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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre cuentistas y badulaques

Resulta que hay badulaques y badulaques y que lo que quiera decir con ello depende, no de Vd., sino de lo que esté haciendo con o para Vd. la persona a la que se dirija de esa manera.

Este galimatías necesita explicación. Si Vd. llama badulaque al Sr. Botín o a su inquilino, por ejemplo, se entenderá que ha descubierto que no cumple con sus compromisos económicos en los plazos adecuados.

Pero si Vd. llama badulaque a su cuñado, lo que está significando es que ha descubierto que es un necio que no le ha hecho caso a pesar de que le advirtió que era mejor no dejar el coche aparcado en la reguera, dado el riesgo de que se desatara una tormenta de verano. (Por cierto, si el coche es suyo o de su cuñado, la sensación puede ser muy diferente).

Nada tienen que ver los cuentistas con los badulaques, en principio. Los cuentistas se inventan historias, y aunque a algunos (poquísimos) les pagan un dinero por decirlas en las cafeterías, frente a un micrófono y mientras el personal se toma un combinado o un refresco que cuesta lo mismo, la mayoría de los cuentistas tienen que andar con mucho cuidado para no ser descubiertos como tales.

Cuando a un cuentista se le ve el plumero (lo que no tiene nada que ver, en este caso, con su condición o apetencia sexuales), lo más probable es que se caiga con todo el equipo, y su descrédito puede ser definitivo. No tanto porque el cuentista sea mentiroso, que a éste se le coge primero que a un cojo, porque las mentiras tienen las piernas pequeñas, sino porque el cuentista ha construído parte de su realidad sobre una ficción y, cuando se le pilla, es como si le quitaran una parte de su personalidad.

El cuentista es, pues, un profesional míresele por donde se le mire. Sus cuentos son verosímiles, aunque no son verdaderos. Lo normal es que, aunque se sospeche que no tienen causa real, sean admitidos, y el cuentista puede vivir en paz. La forma más segura de que no los descubran, es que se forjen a base de mentiras piadosas, de mentirijillas sin apenas valor, hasta probar que el terreno que pisan es suficientemente sólido.

Un cuentista excepcional, ponemos por caso, fue un médico de no recordamos qué lugar de Galicia, que tenía un gran éxito como ginecólogo y que fue promovido como jefe del departamento correspondiente, por lo que, para completar su expediente administrativo, se le pidió que presentara el original del título de medicina, que solo figuraba como fotocopia no compulsada. Desgraciadamente (para él, y, pudiera ser, para sus mentores y los esposos de sus pacientes) solo había cursado los dos primeros años de la prestigiosa carrera.

Quizá el punto de unión entre los badulaques y los cuentistas sea la propensión del badulaque a defenderse con cuentos chinos. Seguro que su cuñado, mientras la familia contempla el coche encallado en la arena a un par de kilómetros de distancia de la costa, encuentra alguna excusa. La mejor: "Si tan convencido estabas de que el sitio era malo, ¿por qué no lo cambiaste tú cuando te di las llaves para que metieras en el maletero tu pantalón con el billetero y el rolex?"

Sobre putones verbeneros

Según la hagiografía popular, un putón verbenero es una ninfómana, especimen de naturaleza fundamentalmente literaria y mito surgido al hilo de conversaciones entre caballeros desocupados que se han tomado unas copas de más, yquieren aparentar que se las saben todas.

Una vez oímos a una señora, de esas que están casadas con un caballero que las ha hecho señora de a cambio de atender a los niños, que en Mónaco había dos putones verbeneros que, bien miradas, son dos señoras con título de princesa que han sacado de alguna manga y que hacen lo que les da la gana con lo suyo, como debe ser,  y que, desde luego, tienen un físico que si ya no quita el hipo (por razón del paso de la edad), sigue despertando admiración, envidias y desasosiegos.

Los putones verbeneros deberían ser, genuinamente, chicas de muy aceptable hechura que se acercaban a las fiestas que organizaban en su pueblo, cuando había orquestas de esas que se llamaban Marimba azul o Los hispanoamericanos, y que tocaban canciones imbailables que permitían sacar a las hembras que se habían vestido de fiesta, a pisar la hierba en entredós, y, con suerte, comprobarles la cuerda del sujetador, antes de acompañarlas a su casa entre los maizales o recibir una bofetada por rijoso.

Ahora las verbenas de los pueblos han sido sustituídas por otros festejos en los que se persiguen astados por mozalbetes generalmente borrachos, por lo que los putones verbeneros existen solo en la imaginación de los nostálgicos.

Tiempos en los que una dama que se defendía de los acosos varoniles podía ser impunemente marcada como más puta que las gallinas, poniéndole un baldón que solo se quitaba de encima hasta que se casaba con el farmacéutico o se escapaba con el cura antes de desacralizarse ambos.

Estos seres entrañables, han desaparecido del santoral irreverente, y han sido sustuídos por una promiscuidad colectiva bastante perniciosa que, en beneficio de una entelequia llamada liberación sexual de la mujer, ha provocado que el sexo haya dejado de ser tabú para convertirse en un ejercicio físico en el que, cuantas más muescas se consigan en la experiencia personal, más realizada se siente una (o varias).

En la adulteración progresiva del lenguaje, hay putones verbeneros semánticos entre los varones, los homosexuales hasta entre los blogueros. Poco tienen que ver estos de ahora con aquellas reliquias de la represión sexual, pobladas de jóvenes que se satisfacían personalmente mirando fotografías de tamaño 2 DIN A-4, y que iban después a confesarse para gozo de extraños.

Sobre tirillas y yogurines

Tirillas y yogurines tienen poco que ver entre sí. Pertenecen a un mismo mundo, desde luego -el de la pijería- y, si acaso, lo que les une es la dificultad de encontrar una definición para cada tipo que no admita discusión.

Para algunos, los tirillas son tipos flacos, estirados de cuerpo, donquijotes de alfasto. Andarían por ahí tiesos como si se hubieran tragado palos de escoba, si bien no debería presuponerse con ello el carácter del tirillas, que bien podría ser amable como el que más.

Para otros, el tirillas (que es palabra que usa la misma forma para el singular que para el plural), unen a su delgadez y tiesura, el ir atildados y trajeados como para una boda o una fiesta de las de src (perdón; se ruega contestación).

Por su parte, los yogurines pueden ser neófitos en lo que se tercia, gentes que acaba de salir del cascarón, tiernos como un bollo recién salido del horno y, por tanto, apetitosos para comérselos. Lo que se suele terciar es el asunto ese del ars amandi, por lo que un yogurín es un tipo que está bueno como el pan y es muy joven por lo que cabe suponer que nadie lo ha viciado. Un virgen, vamos.

Por extensión (o al revés, que a saber dónde está el principio y dónde el fin), yogurín es el nuevo en una labor. Los yogurines son los recién licenciados, cuando acaban de salir de la Universidad, por ejemplo, y creyendo que saben algo, aún no se han dado cuenta de que están peces, y les falta un hervor, o varios, antes de que se caigan del guindo, en donde están subidos en su inocencia.

Los yogurines, por su propia condición, tienen fecha de caducidad. Al cabo de poco tiempo, donde había un yogurín, se encontrará uno a un tipo con el colmillo retorcido como el que más, o tan experimentado como el mejor.

Los tirillas, por su parte, se mantienen así toda su vida. Suelen construirse un mundo a su medida, y se les puede ver, ya ancianos, tiesos como siempre, sin mirar a nadie, aderezados como para asistir a su propio entierro.

Sobre los figuras

Los figuras no destacan por una sola cualidad. Tampoco llegan a campeones de nada. Nadal, por ejemplo, no es un figura. Es un fuera de serie. Bolt tampoco es un figura. Es un monstruo, un ser de otro planeta, un extraterrestre.

Para ser figura hay que sobresalir de la media en unas cuantas cualidades, pero no a escala mundial, sino en tu estrecho círculo.

Y tienen que hacerlo prematuramente o a destiempo, para que los demás se den cuenta  inequívoca. Sobre todo,  aquellos de los demás que se dedican a la remuneradora tarea (a nivel de prestigio trapacero) de destruir figuras locales. Soterradamente, de forma implacable, despedazarán al figura y lo mandarán al fondo de la mediocridad.

La atribución de la posición de figura en un entorno íntimo debiera servir, por tanto, de medida preventiva. Es una advertencia, de que el destino previsible que se le reserva es la de servir de buco emisario. (Los bucos emisarios, machos cabríos expiatorios y, menos pedantemente, recogetortas y comeostias de una sociedad, son, como es reconocido por la siquiatría, imprescindibles para la catarsis).

El figura se aplica, inocente, en hacer cada trabajo lo mejor que puede y sabe. Puede que se vea estimulado, engrandecido, por estimar que sus amigos le aprecian, que va por buen camino. Inconsciente de que los demás pasan del tema o le acechan, pertrechados con los argumentos que le van perfilando como buco.

El va a lo suyo, toma como si se tratara de una competición en cada actividad. Seguramente, en ciertas materias, en efecto, sobresale de verdad o puede llegar a sobresalir fuera de allí. No era, genuinamente, el mejor, pero ha mejorado. De nada le valdrá. Prisionero de su provincialismo, el figura está presto a caerse con todo su equipo.

Porque el figura despierta simultáneamente la envidia de los mediocres y el estímulo de los mejores. Los primeros se encargarán de ridiculizarlo y los segundos se esforzarán en superarlo. Atacado por los dos frentes, sucumbe sin gloria.

Los cementerios de la adulación están repletos de figuras. "Era un figura" es lo que queda de prácticamente todos ellos. Unas palabras que resumen una historia sin nada que contar, un descalabro, un fugaz pasaje por el teatrillo de la fama.

Sobre los panolis

Los que más saben de pan en oli (panoli, fonéticamente), son los valencianos que, por supuesto, se los comen.

Para los restantes hispanoparlantes, los panolis son carne de cuchillo, unos pringaos, gentes bobaliconas y simples.

Esto dicho, los panolis son necesarios y, muy especialmente, para los que se aprovechan de ellos. En estos días, algunas gentes de su oposición política opinan que el presidente español Zapatero es un panoli.

No estamos de acuerdo. Al presidente le adornan o entorpecen otras muchas virtudes, cualidades y defectos, pero no nos parece un panoli. Si acaso, tira más hacia el lado de los habilidosos, los que se aprovechan de la coyuntura y de la falta de información -que incluso propician- para metérsela al contrincante (e incluso al simpatizante) doblada, que es una forma peculiar de vender motos, incluso a los que no tienen carné ni del partido.

Un panoli tiene mucho que aprender de la vida, pero su problema es que ellos no saben por dónde empezar a documentarse. Creen que todo el monte es orégano, que se venden los duros a cuatro pesetas (o cambian los euros a dólar, para redondear) y que tó er mundo es bueno.

La educación del panoli es materia trabajosa. Muchas mujeres creen que sus parejas son unos panolis, porque no saben defender lo que es suyo, y así pasa lo que pasa. Por su parte, muchos hombres creen que sus mujeres son unas panolis, que no saben de la misa la media, y así les va.

Independientemente de su estado civil, el panoli va por la vida metiendo la pata, comiéndose marrones y chupándose el dedo. Como no se percatan de su condición de bobalicón, se convierten en terreno abonado para que otros más avezados en el arte de sacar tajada, les saquen hasta los higadillos, de puro confiados.

Hay panolis en todas partes, y es muy posible que su número sea equivalente al de las estrellas del firmamento. Nadie alardea de andar por la vida haciendo de panoli, aunque lo más fácil del mundo es descubrir a un panoli si se está por la labor.

Gracias a la cualidad que tienen algunos para detectar a esta categoría de pardillos, han proliferado los tiburones, los badulaques y los que se especializan en engañar la credulidad de los incautos, dándoles unos zarpazos a su economía que dejan temblando al panoli y con cara de no haber roto un plato pero la faltriquera llena a sus depredadores.

Puede que haga falta más legislación y mejor aplicación de la existente, para proteger a los panolis, percebes y tontainas, para que no los tomen por tontos del culo o del bote, que es como se caracteriza su cándida gilipollez.

Sin embargo, somos de la opinión de que había que aumentar la información de los peligros en que pueden verse metidos los panolis, y aumentar la ética de nuestra sociedad.

Relacionar la contención de los panolis con los presupuestos éticos de los que se sienten con libertad para aprovecharse de la candidez de otros puede no ser muy popular. No hay otra salida. Porque si todos apeláramos al cumplimiento de la ética universal, en lugar de practicar el que venga detrás que arree o tonto el último, nos iría bastante mejor al colectivo.

Al fin y al cabo, aprovecharse de un panoli no tiene mérito, aunque pocas veces tenga castigo.

 

Sobre currantes y mangantes

Currantes, lo que se dice currantes, hay cada vez menos. Lo que más se valora hoy por hoy es saber escurrir  el bulto, consiguiendo no dar ni clavo (o apenas) y, al mismo tiempo, dar el pego.

No queremos decir con ello que los mangantes hayan sido elevados a la categoría de ídolos de las multitudes, porque nadie reconocerá que es un mangante, y mucho menos, en presencia de su abogado. Solo que el deseo secreto de cualquier currante es que le manden a casa el sobre con la nómina (y la pasta) sin aparecer por el tajo, como no sea para firmar el recibí.

Hay que tener mucho cuidado de que, siendo un mangante, te puedan tomar por un currante verdadero. Los currantes legales se pasan todo el día de la Ceca a la Meca, sudando la gota gorda por las mismas cuatro perras. Cada día vuelven a sus cuevas del curro, derrengados, rotos, hechos una pena y no tienen fuerzas ni para apretar el botón del televisor, cuanto menos para darse un revolcón con la parienta o el momio con el que comparten los silencios.

Cuando se oye decir, genéricamente, "nosotros, los currantes", y no se está asistiendo a un mítin sindical o un discurso político, todo el mundo entiende que se pretende echar mano de una metáfora.

Currante es sinónimo en ese caso de todos aquellos que tienen un sueldín a final de mes, sin que a nadie le importe en absoluto lo que han hecho para merecerlo.

Es posible que la inmensa mayoría de los que se creen currantes no se hayan planteado jamás la rentabilidad de lo que hacen. Lo más probable es que les importe un bledo, se la traigan floja, o incluso les toque los pies, porque "ya sabrán los de arriba" qué es lo que tienen que hacer para que la cosa vaya p´alante, que para eso les pagan.

Es decir, que hay grandes probabilidades de que un currante sea un mangante.

Por supuesto, si la frase ha sido pronunciada por un líder de algún sindicato, se está refiriendo exclusivamente a los afiliados y lo habitual es que, después de unos aplausos, se pongan a celebrar el día del Trabajo (o similar) comiendo tortillas y empanadas y bebiendo vino a morro, felices con la promesa de que se va a ser inflexible en negociar que la jornada laboral se va a reducir un poquito más el próximo año.

 

Sobre mamarrachos y estrambóticos

Contrariamentente a lo que pudiera creerse, la mayor parte de los mamarrachos no se ven, lo que no les impide ser una referencia. Especialmente, en la cuestión del vestir.

"Vas vestida como un mamarracho" es una expresión contundente por la que, casi siempre un padre o una madre con autoridad decadente, califican la impresión que les causa el que su hija haya decidido salir a la calle con un atuendo que les parece inconveniente.

Uno mismo puede convertirse en mamarracho cuando su vestido o su traje impolutos hacía pocos minutos han sufrido las consecuencias de algún revés. Puede ser que les hayan tirado encima un tarro de mermelada, un bebé haya hecho sus necesidades encima o un cánido les haya destrozado los bajos del pantalón. Son ejemplos. En ese caso, procede decir, para disculparse ante los anfitriones: "Estoy hecho un mamarracho".

Cuando hay que decir a alguien que es un mamarracho, la cuestión tiene ya su perendengue. Las abuelas solían decirlo bastante. "Eres un mamarracho" suponía que habías contestado con descaro a la propuesta de tener que tomarte el aceite de ricino para hacer de vientre, y era la réplica a alguno de los insultos que dominábamos cuando teníamos siete u ocho años. Le decías a tu abuela, "tonta" y ella te respondía con "eres un mamarracho".

La forma seguramente más correcta de designar un comportamiento tan irrespetuoso sería la de llamarte "mequetrefe". Los mequetrefes evidenciaban la necesidad de un procedimiento correctivo inmediato, consistente en mandarte a la cama sin cenar, castigarte sin salir al recreo de la tarde o escribir cien veces "no volveré a ser un mequetrefe". A ciertas edades -sesenta y siete años, respectivamente, de los de entonces-, podía ser divertido.

Las personas adultas no se llaman a la cara "mamarracho", más que si han sido educadas en colegio de pago, lo que, aunque sigue estilándose, se disimula por lo general en lugares abiertos. Casi todo el mundo prefiere ser "de pueblo" y contar historietas inverosímiles sobre el pasado.

Por cierto, quienes utilizan la palabra mamarracho como insulto -normalmente, a quien les birla el aparcamiento junto a la playa-, suelen también decir -en otras ocasiones- que flipan, que lo pasan bomba o que te lo tienes que currar más. Algunos, viven del cuento, pero lo habitual es que no den ni clavo y se lo pasen de puta madre (así lo expresan, al menos, en confianza, que es lo mismo que petit comité).

En realidad, son unos estrambóticos. Porque los mamarrachos de verdad, los que se merecen la denominación de origen, pasan de cómo les vean los demás, viven su vida. No porque sean bordes, sino porque no les va la marcha.

Puede que estén instalados en la calle Serrano (si no está en obras), con su tenderete de cartón, su perro y su colecta de enseres mierdosos, o estén agrupados bebiéndose varios tetrabrick de vino peleón a las diez de la mañana delante de un mercado de postín.

Cuando cae por sus cercanías un tipo legal (la mayor parte, prefieren dar un rodeo para no cruzárselos), alguno de esos mamarrachos genuinos, malolientes, desharrapados, costrosos, sucios y borrachindongos, le piden unas monedas con el aire de quien te perdona la vida.

Dan un poco de miedo, pero son completamente inofensivos. Los mamarrachos genuinos no hacen ningún daño, simplemente vegetan en nuestra sociedad de la opulencia y, con algo de práctica, pueden incluso convertirse en invisibles para el ciudadano respetable.

Sobre las malas pécoras

Una mala pécora nunca fue una mujer que dejaba descontento al que le había pagado por copular con ella, sino cualquier hembra capaz de sacar adelante sus propósitos dejando en ridículo, si le hubiera parecido conveniente, a quien  se interpusiera en su camino.

Las malas pécoras tradicionales solían ser, por ello, mujeres de pelo en pecho (virtual) y, a poco que tuvieran espacio, eran las que llevaban los pantalones de la casa, y, más genéricamente, allí donde actuaran, se decía que los tenían bien puestos. Por cierto, tanto los ovarios como los cojones.

Las malas pécoras (para el que las sufría en sus carnes, después de haberlas explotado a su antojo) coincidían con mujeres que estaban hasta el gorro, y que no aguantaban ni un minuto más desplantes ni sumisiones.

Pero, como los tiempos han cambiado, las malas pécoras hoy por hoy son, fundamentalmente, hombres. Tipos normales y corrientes, casi siempre dedicados a los negocios de comprar y vender que han hecho alguna mala jugada a quien así habla de ellos. No les ha pagado la comisión, les ha levantado un cliente, ha votado en contra de la moción avalada por el partido.

En este caso, no se puede decir nada ni de pelos en pecho, ovarios, o pantalones. Otra forma de referirse a ellos, siempre por parte de los que se siente afectados, es como hijodeputa.

A las malas pécoras masculinas se les presenta como tipos retorcidos e indeseables, aunque, bien mirados, son, aunque en menor proporción que sus homónimas femeninas, buena gente. Siempre hay alguna razón para arriesgarse a que le llamen a uno mala pécora, que incluso puede ser prolegómeno a que te rompan la cara.

Porque nadie se deja putear así como así. Y, salvo en estado de extrema necesidad, y digan lo que digan, todo quisque prefiere hacer el amor con quien le hace tilín, y no con un fulano desconocido que cree que te posee porque ha pagado cuatro perras por nuestra libertad.

Que hay que aconstumbrarse a la discrepancia, vamos.

Sobre machacas y mamporreros

Los machacas y/o mamporreros no son, hay que aclarar desde el principio, pelotas. Por lo menos, no de manera directa. Si cabe hacer una diferencia sustancial entre los machacas y los pelotas, es por la vía de la competencia. Un machaca que se precie es imprescindible, al menos, para su jefe.

Porque, eso sí, tanto mamporreros como pelotas tienen en común la cualidad de tener jefe, alguien que tome decisiones respecto a ellos, que pueda decidir acerca del futuro del subordinado. El pelota espera que el jefe le suba el sueldo, de categoría, o, por lo menos, le pase la mano de vez en cuando por el lomo. Por su comportamiento, asimilalble al de los cánidos domésticos, se le llama también lameculos.

El mamporrero o machaca tiene jefe, pero no espera de él más que no le toque mucho las pelotas. Normalmente, ese deseo no se cumple, porque nunca osará expresarlo directamente ante el que decide, aunque no se cortará para quejarse ante sus compañeros. "Me ha encargado ésto o lo otro" o "Me tiene frito" o "No me deja ni para ir a mear" son frases que, en adecuados contextos, salen de la boca doliente del machaca.

Los mamporreros originales, como todo el mundo sabe, y especialmente las señoritas de buena familia, a las que sus esposos surgidos de más humilde condición se lo han explicado claramente, ("Tu padre me tiene en la empresa de mamporrero") son los subalternos que ayudan, sosteniendo su parte erecta) a que el macho caballar cumpla su función procreadora con la yegua. En esta función suelen salir malparados, trastabilados y, ciertamente, más sucios.

Es evidente que la utilización de la palabra mamporrero es una metáfora o, mejor, un símil, pues no suele coincidir la función que se desarrolla en la realidad con la indicada oralmente. Lo que no quiere decir que algunos mamporreros sean vistos por soplapollas, típicamente, por compañeros envidiosillos.

Para terminar con esta breve reseña, un último apunte. Si Vd. cree tener sospechas de que le están empezando a tratar como mamporrero, sin que le apetezca trabajar más que los demás (por ejemplo, por no ser workaholic, que no tiene traducción al español, pues existen pocos ejemplos entre latinos), quéjese al Comité de empresa por mobbing.

Le dejarán en paz. Puede que incluso, al cabo de unos meses, le rescindan, con la indemnización legal que le corresponda, el contrato, reconociendo su despido como improcedente.

Sobre papanatas y papamoscas

No queremos repetirnos. Papanatas y pazguatos son sinónimos y, por lo tanto, podríamos remitirnos al Comentario que ya realizamos sobre los segundos.

Ah, pero es que estos papanatas a los que nos referimos ahora son una subespecie. Cuando alguien es un papanatas no tiene remedio. Suele ser esféricamente bobalicón. Un papanatas es un pazguato irredento.

Sin embargo, cuando alguien es un papamoscas, disfruta de una condición recuperable. Su actitud es pasajera. Y, en nuestra experta opinión, no pertenece a la categoría de los papanatas, porque el papamoscas no habla, en tanto que los papanatas evidencia su condición precisamente porque habla.

"¿Qué, papando moscas?", decimos de quien se ha quedado transpuesto. Seguramente está cansado, o la conversación que se mantiene alrededor no despierta su interés. Muy probablemente, el papamoscas retornará en sí cuando le advirtamos que hemos descubierto que no su mente no está con nosotros.

En la adolescencia, se acostumbra a papar moscas cuando se piensa en el ser amado, en particular, si el sujeto de la adoración pertenece a la categoría platónica. Los papamoscas ocasionales, en los momentos de lucidez (relativa) escriben ripios, en donde manifiestan su enajenación circunstancial, para cachondeo de los que leen sus presuntos versos y -misterios de la vida- admiración del destinatario.

Por cierto, el papamoscas juvenil es monógamo potencial, y los ejercicios gramaticales en que concretan sus desvíos de atención se dedican normalmente a personas de distinto sexo (típicamente hembras). Se dan casos, que no cabe calificar de anormales, de enamoramientos papamosquianos homosexuales. En este caso, los versos suelen ser mucho mejores.

En las salas de estudio en las que las administraciones locales convierten las bibliotecas públicas, sobre todo, en épocas de exámenes, es habitual ver a multitud de estudiosos teóricos papando moscas. Ponen la cabeza encima de los tediosos apuntes o libros de texto, mientras sus mentes vagan sobre las opciones del fin de semana o el colega que está un par de filas más allá, igualmente enfrascado/a de mentirijillas sobre su montón de papeles.

Al llegar la edad madura, la propensión a convertirse en papamoscas se detecta, típicamente, en funcionarios. Por supuesto, ambas categorías no son sinónimas. No hay correspondencia tampoco entre los papamoscas juveniles y los adultos. No son un proceso evolutivo, la papamosquía surge de forma espontánea en los individuos, y la frecuencia de la aparición del fenómeno en un mismo individuo depende de circunstancias, como quedó dicho, externas.

"Tengo un trabajo tedioso, repetitivo, aburrido", es el diagnóstico que suele hacer de sí mismo el propenso a ser un papamoscas.

Hay bastantes funcionarios -un número impreciso, de todas maneras- que son bastante eficientes. Con todo, la cantidad de moscas que se papan en las sedes de las administraciones públicas es muy superior a la de las que suelen perderse en las oficinas de la empresa privada.

El problema mayor de nuestro país (hablamos de España, pero con la seguridad de que en todas partes, igual que se cuecen habas, se papan moscas) es que, como han proliferado las grandes empresas, que son una copia de la función pública, han aumentado considerablemente los papadores de moscas privados.

La consecuencia práctica es, naturalmente, que los índices de productividad han bajado por los suelos, que es donde las moscas son facílisimas de atrapar. Incluso se puede ver a algunos con palmeta, con pistolita de muelles o con la mano diestra, coleccionando dípteros, felices de ocupar su tiempo con una actividad que, bien mirado, puede ser, dicen, divertida.

Sobre estirados, sublimados y advenedizos

Todos nacemos iguales, pero algunos somos más iguales que otros. Para estos -es decir, para nosotros- no queda más remedio que tratar de hacerse un hueco en el panorama.

Las formas de conseguir el sitio, por lo general, tienen que ver con la familia de los padres de uno  y las relaciones que sean puestas en valor en relación con nuestro futuro.

Hace un par de generaciones -allá por los sesenta y setenta del siglo pasado- se inculcaba a los niños (y niñas, que también había) que era necesario estudiar y saber, y trabajar duro, para ser alguien en la vida.

En efecto, se puede ser alguien en la vida de muchas maneras. A pesar de que la economía es expansiva, las actividades que permiten llegar a esa situación, en general, son escasas. Los hijos de notario, banquero, registrador, ministro, etc., suelen tener más posibilidades.

Cuando alguien que no es del clan llega a una posición relevante, los que estaban allí, en lo alto, lo consideran un advenedizo. Para los que lo miran desde abajo, es, casi siempre, un sublimado. Y, si no se controla, aparecerá para propios y extraños como un estirado.

Sobre aventados y pirados

Los alocados, aventados y pirados oficiales son una cosa y los que uno se encuentra por ahí, otra bastante distinta.

Cuando oímos de alguien que "está pirado", lo que importa es de qué, o sea, porqué.

Se puede estar pirado por las motos, por las carreras de coches, por la astronomía y por la compañera de pupitre. En este caso, lo que se quiere decir es que al sujeto lo gusta tanto cualquiera de esos objetos materiales o inmateriales que se sale de lo corriente.

Puede salirse tanto de lo corriente que se compre una Ducatti de segunda mano, que se levante a las cuatro de la madrugada para seguir las evoluciones de Fernando Alonso en una pantalla o que le regale un caramelo en el recreo a Lucinda María, dos años mayor que él.

Como en todo en esta vida, hay pirados de categoría superior. Un pirado máximo puede correr borracho y después de varias noches en duermevela delante de los toros en las fiestas de San Fermín pamplonicas por el gustirrinín de salir corneado en la tele.

Otro pirado de categoría supina puede trepar por la estatua de La Cibeles en Madrid porque su equipo ha ganado la liga. Hay pirados que fallecen en el ejercicio de su piridondez, por haber calculado mal sus posibilidades o la situación de la cornisa que se les atravesó en su salto del ángel desde la escollera.

Muchas circunstancias de la vida, en fin, encuentran sus pirados particulares.

Ya advirtió Camilo José Cela, con otra intención, que el reflexivo de un verbo o el paso a las formas gerundiales cambian completamente su significado. No es lo mismo estar pirado que pirarse de un sitio sin pagar, o darse el piro con la esposa de un amigo.  

En cuanto a los aventados extraoficiales, aunque tienen múltiples concomitancias con los pirados, cabría matizar que un aventado, a diferencia del pirado, es víctima del momento. La actitud no emana de sí, sino de algo que proviene del exterior. Por eso, los aventados no son tan predecibles como los pirados.

En realidad, el aventado hace honor a su nombre. Cuando el viento o aire que provocó su singularidad, cesa, retorna a ser él mismo, para bien o para mal.

Sobre pazguatos

Pazguatos los hay en todas partes, pero para aprender a distinguirlos sin equivocación hay que pasarse un tiempo en Asturias.

En el resto de España y en la mayor parte de Hispanoamérica, el pazguato es, sin mayores matices, el simple o simplón, aquel que se maravilla y pasma de casi todo lo que ve y oye.

Son bobalicones que van por el mundo como si acabaran de salir del cascarón. Si lo hacen de forma natural,  está claro que su coeficiente intelectual no anda muy allá; pero otras veces, el pazguato actúa así por disimulo, por caer bien o mejor.

La mayor parte de los pazguatos no lo son de forma permanente, sino solo muy de tarde en tarde. Y, aunque no haya estudios concluyentes, es muy posible que todos tengamos un punto de pazguatez, que solo será descubierto si pasamos una temporada en las Asturias.

Allí incluso los expertos-en esta modalidad, casi siempre mujeres- diferencian entre el pazguato y el pazguatín, que es un diminutivo cariñoso del primero. Si el primero podría ser pariente del pasmarote, el pazguatín está más próximo al "quisiérate pa mín sinon tuviéres casáu con otra".

Pudiera creerse, si no se está avezado, que el pazguato se pasa el día mirando los bujilates del coche. Desde luego, en Asturias, no. El pazguato ocasional no es que sea tonto, ni tampoco que se haga, sino que, por circunstancias, aparece como poco hábil para las finuras.

Si estuviéramos con ánimo de simplificar, diríamos que al pazguato lo que le falta es inteligencia emocional. "No seas pazguato" supone el reconocimiento de que te has dejado llevar por la primera impresión y el otro (ya se tiene escrito, que, por lo general, será una mujer), emite un juicio de valor por el que te hace ver que tás erráu.

 

Sobre manirrotos y agarrados

Podría creerse que, en épocas de crisis, los manirrotos serían más raros de ver. Pues no. La condición de manirroto, como su complementaria, el agarrado -pronúnciese "agarrao"- no depende de la economía. Es consustancial a la naturaleza.

Los manirrotos, cuando se proponen hacer carrera, suelen dedicarse a la política. Pocos, muy pocos, manirrotos lo son por despilafarrar su propio peculio. Prácticamente todos demuestra su esplendidez o largueza con los bienes de los demás, y más especialmente, con aquellos que no tienen dueño conocido, esto es, los que son de todos.

El agarrado, por contra, lo es solo respecto a sus propios bienes, por lo que se dan casos, incluso cabe afirmar que de forma muy habitual, en que ambas características convivan en la misma persona.

Es muy simple detectar al agarrado, pues basta ponerle en la situación de pagar cualquier consumo. Parecerá que le tienen que sacar un diente al mismo tiempo que echa mano de la cartera. Si puede, se escabullirá sin pagar, alegando cualquier excusa -"tengo el coche mal aparcado" o "se está muriendo mi padre"-, si bien lo normal es que no diga nada y, al hacer las cuentas para abonar lo convenido al escote pericote, falte lo suyo y no haya forma de saber quién faltó al pago de la parte correspondiente.

El manirroto suele ser confundido con el optimista y el simpático. Cuando va de parranda, suele pedir el último, y si todos han pedido un refresco, el encarga un combinado; y si todos andan de combinado, el pide un whisky de malta doble con unos percebes. Por eso, sube la media de la consumición y él, a cambio, alardea de lo bien que le van las cosas.

Como quedó dicho, si se dedica a la política, el manirroto siempre encuentra argumentos para ver el futuro mucho mejor que el presente, con lo que se especializa en la huída hacia adelante. Poco antes de que se estrelle la colectividad que ha llevado, entre cánticos y risas, al desastre, es muy probable que se retire a sus cuarteles de verano o de invierno, y escriba sus memorias, dándose la oportunidad de comentar la ineptitud con la que los sucesores han manejado la espléndida situación que les ha dejado como legado.

 

 

Sobre el picaflor

El picaflor es un pájaro del sexo masculino que luce adornado con plumajes de variados colores y que se dedica a flirtear con las damas que están o se presentan como sentimentalmente desocupadas, dándoles conversación, contándoles chistes y chascarrillos y, por apariencias, flirteando, es decir, tratando de engatusarlas.

Como los picaflores andan casi siempre rodeados de multitudes del sexo contrario, podrían ser considerados como el colmo del éxito de cualquier seductor.

A su alrededor, todo son risas de fémina. Mientras realiza su despliegue de frases ingeniosas y ocurrencias, levanta envidias entre otros picaflores más tímidos y menosprecios entre los que se creen que todo el monte es orégano y que tanto esfuerzo es un desperdicio.

No están siempre claros los objetivos del picaflor, que, en principio, por su comportamiento,  parecerían similares a los del ligón: convencer al objeto del flirteo de las conveniencias de irse juntos a la cama y realizar una coyunda con opciones de ser recíprocamente placentera.

Nada más erróneo. La confusión proviene de que ni picaflores ni ligones manifiestan su propósito directamente, aunque, al ser pájaros, si se les mira con atención sus evoluciones, a ambos se les acabe viendo el plumero.

El ligón es de vuelo largo: se acerca al grano dando un rodeo, que, en ocasiones, puede ser tan rebuscado que no conduzca sino a calentar los motores de uno y otra.

El picaflores es de vuelo corto. Esta diferenciación es sustancial, pues si por error se le tomase por un ligón, puede ser motivo de grave desazón para aquella que no controle el alcance de la operación de acoso y se confunda creyendo que hay plan donde no hay más que estéril galanteo.

Por que los picaflores no pretenden más que pasar un rato agradable, ser amigos, tal vez recuperar tiempos pasados de una adolescencia atropellada, consumiendo los últimos cartuchos en conversaciones triviales.

Pero atención: las mismas palabras, utilizadas por el ligón,  pretenderán tranquilizar a la flor a la que se rinde adoración, para que no se le espante a la primera de cambio, y así cercar a la presa antes de comérsela.

El picaflor, al aclararse así, es sincero. El ligón, un bribonzuelo. El primero no persigue llevar al término convencional su arduo trabajo (entendido de esta forma la realización del acto sexual con su conquista). Se contenta con exhibir el trofeo de su admiración en sociedad. Ese es su premio.

De todas formas, picaflores y ligones tocan, al decir de los expertos, menos bola que los discretos. Todos los que hacen ostentación de sus conquistas, según Gregorio Marañón explicó en su libro sobre el comportamiento de los Don Juan, lo que andan es, en verdad, flojos de testosterona.

Si aceptamos esa conclusión marañoniana, los picaflores harían más fácil el trabajo a otros, pagando copas y refrescos a cambio de unas sonrisas y de lucir palmito. Eso sí, al llegar de vuelta a sus casas, mientras se ponen el pijama para acostarse en soledad, pueden consolarse imaginando que pocos creerían que tanto desvelo no les ha conducido a ningún fruto.

 

Sobre jetas, paniaguados y pringadillos

Donde hay un jeta siempre tiene que haber varios pringados. Puede creerse que el jeta o caradura se aprovecha de los pringados, pero, en realidad, se necesitan mutuamente.

El primero alcanza su condición gracias a los segundos, desde luego. Lo que ya resulta menos comprensible es que los pringados anden a la búsqueda, consciente o inconsciente, de los jetas que los subyuguen, que los realicen en su condición humana.

Exactamente, sí, como en una relación sadomasoquista. "¡Qué malo es ser bueno!", hace decir Pérez Galdós  al maestro de Jerusa (personaje interpretado de forma inolvidable por Rafael Alonso en la excelente película homónima de Garci).

Los pringados tienen poco que ver con los paniaguados, o paniguados. Históricamente, eran quienes recibían alimento y cobijo a cambio de trabajo; la degeneración de la situación ha incorporado al significado, de forma figurada, a todos los que se benefician de otra persona. La terminología se usa, por ello, mucho, en política.

El paniaguado podría ser malinterpretado como una derivación aberrante del pringado.  Se podría suponer que, consciente de su inferioridad, ha encontrado que puede subsistir -y en aceptable condición- sin necesidad de echarse sobre las espaldas de pringado a ningún jeta.

Pues no hay tal. El paniaguado es un jeta transformado, un travestido.

Los paniaguados perfectos son una consecuencia de la selección natural de las especies y de su capacidad de adaptación al medio. Hay incluso generaciones de paniguados, gentes que han heredado su situación y, protegidos por la bonhomía, la ignorancia, la desidia y el sacrosanto respeto al statu quo (simplificando), se parapetan en sus ventajas y consiguen lo que necesitan sin haber dado un palo al agua o, al menos, muchos menos de los necesarios.

Hay otro tipo de jetas que ya no necesitan de pringados concretos, sino que se han aupado sobre la sociedad en su conjunto. Viven, en cierto modo, de la beneficencia social.

Cuando la mayoría de los mortales están con los quehaceres que les dan para el condumio, estos jetas sublimados juegan al golf o a las cartas, pasean el perro o, simplemente, vegetan, impecablemente disfrazados de gentilhombres. Cuando algún paniaguado, jeta de menor grado, o cualquier gente de bien se les acerca, le largan una lección sobre lo que convendría hacer para cambiar el mundo y lo mal que va todo.

Porque lo único que les queda por hacer en la vida para acabar de realizarse es demostrar que los demás son unos pringadillos, que ya ni siquiera conocen a sus jetas, y, como burro en la noria, la hacen girar a cambio de cobijo y sustento.

Sobre meteduras de pata, salidas de pie de banco y otros estropicios

Ejemplos de meteduras de pata que nos haya dejado la historia, hay pocos. Los vencedores borran las huellas de sus errores. Una metedura de pata no deja -en general- en buen lugar al protagonista. Si, además, metió la pata hasta el pescuezo (en abreviatura, "metió la pata hasta el cuezo"), pues peor que peor.

Una metedura de pata reciente, de origen monárquico, que se ha convertido por razón de las circusntancias en un símbolo gracioso, la cometió S.M. El Rey D. Juan Carlos con el Presidente de la República Bolivariana, Chavez, cuando le interrumpió, mientras estaba dando la vara, con aquello de "¿Por qué no te callas?".

Fue una metedura de pata gloriosa, porque, contra la norma, no vino a dejar en ridículo al emisor, sino al ultrajado. El que antimonárquicos furibundos hayan puesto en algunas paredes hispanas la frase irreverente: "¿Por qué no te callas, tú, Bobón?", no quita gracia al caso, sino que aún aumenta el recuerdo del efecto de una espontaneidad regia incontrolada.

Las meteduras de pata más habituales son las de confundir a las personas, creyendo que se está hablando con Zutano y, en realidad, estamos ante Mengano. Si, además, ponemos a Mengano a caldo al malsuponer que es Zutano nuestro interlocutor, pues que te voy a contar.

La mayor parte de lo que es considerado metedura de pata, no es tal, sino una interpretación sesgada o malintencionada de los opositores al credo que el autor del supuesto error representa. Los políticos en el poder cometen, por ello, muchos hipotéticos errores, que no son tales. Hay que entender, además, que si te están observando miles de ojos en todo momento y analizando lo que haces o dices, es normal que te pillen en algún error.

En España, en donde hay mucha afición a ridiculizar, hemos tenido símbolos de metedores de patas que, en realidad, son gente inteligente para quienes los conocen mejor.

Fernando Morán, cuando fue ministro de Exteriores, protagonizaba chistes en los que pasaba por tonto oficial; Manuel Chaves, hoy vicepresidente de Gobierno, sigue siendo objeto de ridículo, por su aparente dislesia; qué decir de Magdalena Alvarez, de la que internet tiene algunos ejemplos dignos del gran Wyoming. Esperanza Aguirre, Mariano Rajoy o Ana Botella son otros políticos (estos de signo aparentemente contrario a los anteriores), que son o fueron objeto de chanzas populares por sus errores, reales o inventados.

Una metedura de pata reciente por un personaje que prepara a conciencia sus intervenciones, la protagonizó el Presidente de los Estados Unidos, Barak Obama, cuando fue preguntado si consultaba las decisiones importantes con los anteriores Presidentes. Contestó algo así como: "Sí, pero solo lo hago con los vivos; porque no tengo la misma afición que Nancy Reagan".

Porque resulta que la viuda de Reagan había reconocido en una entrevista que conectaba a veces con su difunto esposo en sesiones de espirtismo.

 

 

Sobre algunos tipos de tonticie

En un Comentario anterior nos referíamos a la búsqueda y extroversión del posible idiota que todos llevamos dentro, utilizando como guía la película de Von Trier. Aunque se debe reconocer que es mucho más común investigar al idiota que, por lo general a raudales, podemos descubrir fuera de nosotros.

El descubrimiento de la existencia y catalogación de tales idiotas no tiene la menor pretensión clínica. Al contrario, se realiza al margen de cualquier sistemática siquiátrica, porque, además, los idiotas a los que nos referimos nunca serían detectados utilizando test para evaluación de inteligencia.

No. El evaluador único y exclusivo de estos idiotas es el que emite el juicio de valor. Más precisamente, en la lengua española, los idiotas de este comentario son, propiamente hablando, tontos. Por eso, frente a la pobreza léxica del alemán (por ejemplo) en que para insultar brutalmente a alguien hay que decir "Idiot!" y seguramente se acabarán enzarzando en una disputa a bofetadas, en nuestra lengua, puedes llamar a alguien "idiota" o "imbécil" y se quedará tan pancho.

Hay que poner más énfasis. Porque el objetivo de llamar a alguien idiota, o bobo, o imbécil, es emitir un juicio de desprecio, reflejar la supremacía del que lanza el insulto frente al que se las da de intelectual o de listillo, con un epíteto descalificador, pero que no se desea dirigirlo hacia el otro, sino a los que rodean a uno mismo, para que sepan a qué atenerse y para que nos comprendan mejor.

Las diferencias son sutiles y, muy posiblemente, conservando la misma fonética, los significados varían de una zona a otra. Entre los tontos de baba y los del culo hay una gradación, pero no es evidente descubrirla. ¿Dónde situar, de forma precisa, el tonto del haba (leáse "tonto l´haba")?

¿Los bobos de solemnidad, categoría aparentemente máxima, son realmente menos de fiar que el bobo o tonto esférico? ¿El tonto del pijo es,con seguridad, más tonto que el bobalicón, pero seguramente allá se andará con los tontos de capirote y los bobos de mierda?

La cultura popular ha consagrado el "tonto de remate", como aquel que las hace realmente sonadas, incluso perjudicándose a sí mismo. Un tonto de remate no sabe de la misa la media.

En la dirección completamente contraria, en Asturias  y otras regiones donde se propende al uso de diminutivos, se utiliza de forma cariñosa el "tontín"/"tontina", que tan brillantemente convirtió en acervo común el actor gijonés Arturo Fernández, y con el que se evidencia cariño, incluso de primer nivel, hacia otra persona. "Anda, tontina, acércate un poco más, que no voy facéte nada", es una manera de generar confianza, trabajando el terreno.

En el montón están los tontorrones, los babayos y los que están pallá. Aunque analizar estos aspectos ya nos llevaría a otro Comentario, porque este se ha hecho demasiado largo.

Sobre la malversación de fondos

 La ejecución, por malversación de fondos, de Li Peiying, ex-presidente del aeropuerto de Pekín (Beijing), ha suscitado numerosos comentarios desde el parapeto occidental.

Dos son las líneas argumentales básicas en las que se mueven las reflexiones, en realidad, interrelacionadas: la diferente valoración de la gravedad de los delitos y de sus penas en China y en otros países dominantes y la cuestión de la función de la pena de muerte como elemento disuasorio para otros delincuentes.

Al ser publicada la noticia en la versión digital de los diarios, se han lanzado a opinar sobre la misma anónimos comunicantes de muchos países. Advertimos, por eso, la coincidencia de ciudadanos de México, Perú, España o Colombia, que interpretan que si en éstos se aplicara la misma pena, se quedaría el campo prácticamente libre de políticos y empresarios .

Un aficionado a la interpretación económica afirma incluso, desde México, que "se acabaría el paro" (suponemos que porque los dineros que cree sustraídos por malversación de las arcas públicas serían suficientes para reactivar a tope la economía).

Al pobre Peiying le ha costado la vida haber sustraído unos 3 millones de euros en su decena de años como gestor eficiente del mayor aeropuerto de China. En la mayor parte de los países occidentales, seguramente, no habría sido descubierto, y si lo fuera, y el delito no ha prescrito -gran opción- podría salir libre en al cabo de un par de años, para disfrutar de lo sustraído.

Aunque cuidado. En Estados Unidos, allí donde subsiste la pena de muerte, te pueden meter varios años en la cárcel si te niegas a entregar a tu hija a un drogadicto, amparada en una sentencia que te concede en exclusiva la patria potestad, emitida por un país democrático (pequeño, pero aceptablemente civilizado, llamado España). La abogada Carrascosa puede atestiguarlo con su propia historia.

Peiying, descansa en paz. Tu mala fortuna fue nacer en el país equivocado para lucir tus habilidades.

 

 

Sobre la imaginación y sus recursos

Con esa tradición de atribuir cualidades o defectos humanos a los animales, algunos irracionales acumulan tantas virtudes que no es extraño que cuando le preguntan a un niño qué animal le gustaría ser, conteste que un águila, un tigre o un caballo.

Las respuestas se llenan, sobre todo, de caballos. Se podrían formar recuas inmensas de niños-caballo.

Es menos apetecible, incluso para los adultos, tener la imaginación de Eistein, Leibnitz, Arsuaga o Fernando Alonso, que la de un caballo. "Tengo una imaginación de caballo" (o una memoria de caballo, aunque resulte más propio tenerla de elefante o de golondrina) es una afirmación corriente.

También se suele decir que alguien los tiene (los testículos) como el caballo de Atila, para expresar que alguien se atreve a hacer cosas que cualquier otro, en su sano juicio, jamás acometería, asimilando el tamaño de los adminículos al arrojo.

Es evidente que la ministra de Igualdad debería hacer revisión inmediata de estas reminiscencias machistas, impropias de nuestra sociedad avanzada. Quizá podría sustituirse por "tiene los ovarios de Babieca", que aunque no es muy conocido, era la yegua de El Cid Campeador, que, por cierto, tampoco debía andar manco de sus bajos.

Lo que nadie desearía es tener la cabeza de un chorlito y, por supuesto, mucho menos, tener la cabeza a pájaros. Pero ser un águila (para los negocios) es mejor que aparecer como un buitre (para lo mismo). Tampoco es agradable, si se es pez normal, caer en las cercanías de un tiburón. Estos últimos no suelen ser conscientes de su condición de tales, e incluso pueden verse como hermanitas de la Caridad, que es  una especie prácticamente en extinción.

Para estimular la imaginación, se les da a los niños cuentos de magia o de aventuras en países y circunstancias inventados por los adultos, en los que los protagonistas se pasan el tiempo buscando anillos, cajas con superpoderes o espadas flamígeras.

Siempre ha sido así. Antes, los protagonistas de esas historietas eran grumetes, hermanos menores de tipos inteligentes y fuertes o hijos de científicos e investigadores. También podían ser hermanas de esos niños, con papeles bastante secundarios, porque bastaba -en general- con que pasaran mucho más miedo o hubiera que rescatarlas de algún monstruo.

Sin embargo, ¿cómo estimular la imaginación de un infante lector llevándosela a conocer una India creada en el papel, para encontrarse con un par de tigres y cuatro monos, si ha tenido ocasión de ver hasta animales prehistóricos en luchas terribles y se ha paseado por Neptuno con el ordenador de su casa desde que tenía cinco años?

No hay más remedio que, para estimular algo la imaginación de los niños, se les lleve a conocer el pueblo o el barrio de al lado. Andando, si es posible.

Después, ya con más calma, enseñarles a ver con los ojos de la realidad las preocupaciones, intenciones, logros y necesidades de gentes reales. De esas que, cuando las atropella un coche, les entra una grave enfermedad o no tienen qué comer durante un par de semanas, se mueren. Y, como no tienen vidas de repuesto, desaparecen para siempre. Seres de carne y hueso, como ellos.