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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre los figuras

Los figuras no destacan por una sola cualidad. Tampoco llegan a campeones de nada. Nadal, por ejemplo, no es un figura. Es un fuera de serie. Bolt tampoco es un figura. Es un monstruo, un ser de otro planeta, un extraterrestre.

Para ser figura hay que sobresalir de la media en unas cuantas cualidades, pero no a escala mundial, sino en tu estrecho círculo.

Y tienen que hacerlo prematuramente o a destiempo, para que los demás se den cuenta  inequívoca. Sobre todo,  aquellos de los demás que se dedican a la remuneradora tarea (a nivel de prestigio trapacero) de destruir figuras locales. Soterradamente, de forma implacable, despedazarán al figura y lo mandarán al fondo de la mediocridad.

La atribución de la posición de figura en un entorno íntimo debiera servir, por tanto, de medida preventiva. Es una advertencia, de que el destino previsible que se le reserva es la de servir de buco emisario. (Los bucos emisarios, machos cabríos expiatorios y, menos pedantemente, recogetortas y comeostias de una sociedad, son, como es reconocido por la siquiatría, imprescindibles para la catarsis).

El figura se aplica, inocente, en hacer cada trabajo lo mejor que puede y sabe. Puede que se vea estimulado, engrandecido, por estimar que sus amigos le aprecian, que va por buen camino. Inconsciente de que los demás pasan del tema o le acechan, pertrechados con los argumentos que le van perfilando como buco.

El va a lo suyo, toma como si se tratara de una competición en cada actividad. Seguramente, en ciertas materias, en efecto, sobresale de verdad o puede llegar a sobresalir fuera de allí. No era, genuinamente, el mejor, pero ha mejorado. De nada le valdrá. Prisionero de su provincialismo, el figura está presto a caerse con todo su equipo.

Porque el figura despierta simultáneamente la envidia de los mediocres y el estímulo de los mejores. Los primeros se encargarán de ridiculizarlo y los segundos se esforzarán en superarlo. Atacado por los dos frentes, sucumbe sin gloria.

Los cementerios de la adulación están repletos de figuras. "Era un figura" es lo que queda de prácticamente todos ellos. Unas palabras que resumen una historia sin nada que contar, un descalabro, un fugaz pasaje por el teatrillo de la fama.

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