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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sociedad

Sobre los panolis

Los que más saben de pan en oli (panoli, fonéticamente), son los valencianos que, por supuesto, se los comen.

Para los restantes hispanoparlantes, los panolis son carne de cuchillo, unos pringaos, gentes bobaliconas y simples.

Esto dicho, los panolis son necesarios y, muy especialmente, para los que se aprovechan de ellos. En estos días, algunas gentes de su oposición política opinan que el presidente español Zapatero es un panoli.

No estamos de acuerdo. Al presidente le adornan o entorpecen otras muchas virtudes, cualidades y defectos, pero no nos parece un panoli. Si acaso, tira más hacia el lado de los habilidosos, los que se aprovechan de la coyuntura y de la falta de información -que incluso propician- para metérsela al contrincante (e incluso al simpatizante) doblada, que es una forma peculiar de vender motos, incluso a los que no tienen carné ni del partido.

Un panoli tiene mucho que aprender de la vida, pero su problema es que ellos no saben por dónde empezar a documentarse. Creen que todo el monte es orégano, que se venden los duros a cuatro pesetas (o cambian los euros a dólar, para redondear) y que tó er mundo es bueno.

La educación del panoli es materia trabajosa. Muchas mujeres creen que sus parejas son unos panolis, porque no saben defender lo que es suyo, y así pasa lo que pasa. Por su parte, muchos hombres creen que sus mujeres son unas panolis, que no saben de la misa la media, y así les va.

Independientemente de su estado civil, el panoli va por la vida metiendo la pata, comiéndose marrones y chupándose el dedo. Como no se percatan de su condición de bobalicón, se convierten en terreno abonado para que otros más avezados en el arte de sacar tajada, les saquen hasta los higadillos, de puro confiados.

Hay panolis en todas partes, y es muy posible que su número sea equivalente al de las estrellas del firmamento. Nadie alardea de andar por la vida haciendo de panoli, aunque lo más fácil del mundo es descubrir a un panoli si se está por la labor.

Gracias a la cualidad que tienen algunos para detectar a esta categoría de pardillos, han proliferado los tiburones, los badulaques y los que se especializan en engañar la credulidad de los incautos, dándoles unos zarpazos a su economía que dejan temblando al panoli y con cara de no haber roto un plato pero la faltriquera llena a sus depredadores.

Puede que haga falta más legislación y mejor aplicación de la existente, para proteger a los panolis, percebes y tontainas, para que no los tomen por tontos del culo o del bote, que es como se caracteriza su cándida gilipollez.

Sin embargo, somos de la opinión de que había que aumentar la información de los peligros en que pueden verse metidos los panolis, y aumentar la ética de nuestra sociedad.

Relacionar la contención de los panolis con los presupuestos éticos de los que se sienten con libertad para aprovecharse de la candidez de otros puede no ser muy popular. No hay otra salida. Porque si todos apeláramos al cumplimiento de la ética universal, en lugar de practicar el que venga detrás que arree o tonto el último, nos iría bastante mejor al colectivo.

Al fin y al cabo, aprovecharse de un panoli no tiene mérito, aunque pocas veces tenga castigo.

 

Sobre currantes y mangantes

Currantes, lo que se dice currantes, hay cada vez menos. Lo que más se valora hoy por hoy es saber escurrir  el bulto, consiguiendo no dar ni clavo (o apenas) y, al mismo tiempo, dar el pego.

No queremos decir con ello que los mangantes hayan sido elevados a la categoría de ídolos de las multitudes, porque nadie reconocerá que es un mangante, y mucho menos, en presencia de su abogado. Solo que el deseo secreto de cualquier currante es que le manden a casa el sobre con la nómina (y la pasta) sin aparecer por el tajo, como no sea para firmar el recibí.

Hay que tener mucho cuidado de que, siendo un mangante, te puedan tomar por un currante verdadero. Los currantes legales se pasan todo el día de la Ceca a la Meca, sudando la gota gorda por las mismas cuatro perras. Cada día vuelven a sus cuevas del curro, derrengados, rotos, hechos una pena y no tienen fuerzas ni para apretar el botón del televisor, cuanto menos para darse un revolcón con la parienta o el momio con el que comparten los silencios.

Cuando se oye decir, genéricamente, "nosotros, los currantes", y no se está asistiendo a un mítin sindical o un discurso político, todo el mundo entiende que se pretende echar mano de una metáfora.

Currante es sinónimo en ese caso de todos aquellos que tienen un sueldín a final de mes, sin que a nadie le importe en absoluto lo que han hecho para merecerlo.

Es posible que la inmensa mayoría de los que se creen currantes no se hayan planteado jamás la rentabilidad de lo que hacen. Lo más probable es que les importe un bledo, se la traigan floja, o incluso les toque los pies, porque "ya sabrán los de arriba" qué es lo que tienen que hacer para que la cosa vaya p´alante, que para eso les pagan.

Es decir, que hay grandes probabilidades de que un currante sea un mangante.

Por supuesto, si la frase ha sido pronunciada por un líder de algún sindicato, se está refiriendo exclusivamente a los afiliados y lo habitual es que, después de unos aplausos, se pongan a celebrar el día del Trabajo (o similar) comiendo tortillas y empanadas y bebiendo vino a morro, felices con la promesa de que se va a ser inflexible en negociar que la jornada laboral se va a reducir un poquito más el próximo año.

 

Sobre mamarrachos y estrambóticos

Contrariamentente a lo que pudiera creerse, la mayor parte de los mamarrachos no se ven, lo que no les impide ser una referencia. Especialmente, en la cuestión del vestir.

"Vas vestida como un mamarracho" es una expresión contundente por la que, casi siempre un padre o una madre con autoridad decadente, califican la impresión que les causa el que su hija haya decidido salir a la calle con un atuendo que les parece inconveniente.

Uno mismo puede convertirse en mamarracho cuando su vestido o su traje impolutos hacía pocos minutos han sufrido las consecuencias de algún revés. Puede ser que les hayan tirado encima un tarro de mermelada, un bebé haya hecho sus necesidades encima o un cánido les haya destrozado los bajos del pantalón. Son ejemplos. En ese caso, procede decir, para disculparse ante los anfitriones: "Estoy hecho un mamarracho".

Cuando hay que decir a alguien que es un mamarracho, la cuestión tiene ya su perendengue. Las abuelas solían decirlo bastante. "Eres un mamarracho" suponía que habías contestado con descaro a la propuesta de tener que tomarte el aceite de ricino para hacer de vientre, y era la réplica a alguno de los insultos que dominábamos cuando teníamos siete u ocho años. Le decías a tu abuela, "tonta" y ella te respondía con "eres un mamarracho".

La forma seguramente más correcta de designar un comportamiento tan irrespetuoso sería la de llamarte "mequetrefe". Los mequetrefes evidenciaban la necesidad de un procedimiento correctivo inmediato, consistente en mandarte a la cama sin cenar, castigarte sin salir al recreo de la tarde o escribir cien veces "no volveré a ser un mequetrefe". A ciertas edades -sesenta y siete años, respectivamente, de los de entonces-, podía ser divertido.

Las personas adultas no se llaman a la cara "mamarracho", más que si han sido educadas en colegio de pago, lo que, aunque sigue estilándose, se disimula por lo general en lugares abiertos. Casi todo el mundo prefiere ser "de pueblo" y contar historietas inverosímiles sobre el pasado.

Por cierto, quienes utilizan la palabra mamarracho como insulto -normalmente, a quien les birla el aparcamiento junto a la playa-, suelen también decir -en otras ocasiones- que flipan, que lo pasan bomba o que te lo tienes que currar más. Algunos, viven del cuento, pero lo habitual es que no den ni clavo y se lo pasen de puta madre (así lo expresan, al menos, en confianza, que es lo mismo que petit comité).

En realidad, son unos estrambóticos. Porque los mamarrachos de verdad, los que se merecen la denominación de origen, pasan de cómo les vean los demás, viven su vida. No porque sean bordes, sino porque no les va la marcha.

Puede que estén instalados en la calle Serrano (si no está en obras), con su tenderete de cartón, su perro y su colecta de enseres mierdosos, o estén agrupados bebiéndose varios tetrabrick de vino peleón a las diez de la mañana delante de un mercado de postín.

Cuando cae por sus cercanías un tipo legal (la mayor parte, prefieren dar un rodeo para no cruzárselos), alguno de esos mamarrachos genuinos, malolientes, desharrapados, costrosos, sucios y borrachindongos, le piden unas monedas con el aire de quien te perdona la vida.

Dan un poco de miedo, pero son completamente inofensivos. Los mamarrachos genuinos no hacen ningún daño, simplemente vegetan en nuestra sociedad de la opulencia y, con algo de práctica, pueden incluso convertirse en invisibles para el ciudadano respetable.

Sobre las malas pécoras

Una mala pécora nunca fue una mujer que dejaba descontento al que le había pagado por copular con ella, sino cualquier hembra capaz de sacar adelante sus propósitos dejando en ridículo, si le hubiera parecido conveniente, a quien  se interpusiera en su camino.

Las malas pécoras tradicionales solían ser, por ello, mujeres de pelo en pecho (virtual) y, a poco que tuvieran espacio, eran las que llevaban los pantalones de la casa, y, más genéricamente, allí donde actuaran, se decía que los tenían bien puestos. Por cierto, tanto los ovarios como los cojones.

Las malas pécoras (para el que las sufría en sus carnes, después de haberlas explotado a su antojo) coincidían con mujeres que estaban hasta el gorro, y que no aguantaban ni un minuto más desplantes ni sumisiones.

Pero, como los tiempos han cambiado, las malas pécoras hoy por hoy son, fundamentalmente, hombres. Tipos normales y corrientes, casi siempre dedicados a los negocios de comprar y vender que han hecho alguna mala jugada a quien así habla de ellos. No les ha pagado la comisión, les ha levantado un cliente, ha votado en contra de la moción avalada por el partido.

En este caso, no se puede decir nada ni de pelos en pecho, ovarios, o pantalones. Otra forma de referirse a ellos, siempre por parte de los que se siente afectados, es como hijodeputa.

A las malas pécoras masculinas se les presenta como tipos retorcidos e indeseables, aunque, bien mirados, son, aunque en menor proporción que sus homónimas femeninas, buena gente. Siempre hay alguna razón para arriesgarse a que le llamen a uno mala pécora, que incluso puede ser prolegómeno a que te rompan la cara.

Porque nadie se deja putear así como así. Y, salvo en estado de extrema necesidad, y digan lo que digan, todo quisque prefiere hacer el amor con quien le hace tilín, y no con un fulano desconocido que cree que te posee porque ha pagado cuatro perras por nuestra libertad.

Que hay que aconstumbrarse a la discrepancia, vamos.

Sobre machacas y mamporreros

Los machacas y/o mamporreros no son, hay que aclarar desde el principio, pelotas. Por lo menos, no de manera directa. Si cabe hacer una diferencia sustancial entre los machacas y los pelotas, es por la vía de la competencia. Un machaca que se precie es imprescindible, al menos, para su jefe.

Porque, eso sí, tanto mamporreros como pelotas tienen en común la cualidad de tener jefe, alguien que tome decisiones respecto a ellos, que pueda decidir acerca del futuro del subordinado. El pelota espera que el jefe le suba el sueldo, de categoría, o, por lo menos, le pase la mano de vez en cuando por el lomo. Por su comportamiento, asimilalble al de los cánidos domésticos, se le llama también lameculos.

El mamporrero o machaca tiene jefe, pero no espera de él más que no le toque mucho las pelotas. Normalmente, ese deseo no se cumple, porque nunca osará expresarlo directamente ante el que decide, aunque no se cortará para quejarse ante sus compañeros. "Me ha encargado ésto o lo otro" o "Me tiene frito" o "No me deja ni para ir a mear" son frases que, en adecuados contextos, salen de la boca doliente del machaca.

Los mamporreros originales, como todo el mundo sabe, y especialmente las señoritas de buena familia, a las que sus esposos surgidos de más humilde condición se lo han explicado claramente, ("Tu padre me tiene en la empresa de mamporrero") son los subalternos que ayudan, sosteniendo su parte erecta) a que el macho caballar cumpla su función procreadora con la yegua. En esta función suelen salir malparados, trastabilados y, ciertamente, más sucios.

Es evidente que la utilización de la palabra mamporrero es una metáfora o, mejor, un símil, pues no suele coincidir la función que se desarrolla en la realidad con la indicada oralmente. Lo que no quiere decir que algunos mamporreros sean vistos por soplapollas, típicamente, por compañeros envidiosillos.

Para terminar con esta breve reseña, un último apunte. Si Vd. cree tener sospechas de que le están empezando a tratar como mamporrero, sin que le apetezca trabajar más que los demás (por ejemplo, por no ser workaholic, que no tiene traducción al español, pues existen pocos ejemplos entre latinos), quéjese al Comité de empresa por mobbing.

Le dejarán en paz. Puede que incluso, al cabo de unos meses, le rescindan, con la indemnización legal que le corresponda, el contrato, reconociendo su despido como improcedente.

Sobre papanatas y papamoscas

No queremos repetirnos. Papanatas y pazguatos son sinónimos y, por lo tanto, podríamos remitirnos al Comentario que ya realizamos sobre los segundos.

Ah, pero es que estos papanatas a los que nos referimos ahora son una subespecie. Cuando alguien es un papanatas no tiene remedio. Suele ser esféricamente bobalicón. Un papanatas es un pazguato irredento.

Sin embargo, cuando alguien es un papamoscas, disfruta de una condición recuperable. Su actitud es pasajera. Y, en nuestra experta opinión, no pertenece a la categoría de los papanatas, porque el papamoscas no habla, en tanto que los papanatas evidencia su condición precisamente porque habla.

"¿Qué, papando moscas?", decimos de quien se ha quedado transpuesto. Seguramente está cansado, o la conversación que se mantiene alrededor no despierta su interés. Muy probablemente, el papamoscas retornará en sí cuando le advirtamos que hemos descubierto que no su mente no está con nosotros.

En la adolescencia, se acostumbra a papar moscas cuando se piensa en el ser amado, en particular, si el sujeto de la adoración pertenece a la categoría platónica. Los papamoscas ocasionales, en los momentos de lucidez (relativa) escriben ripios, en donde manifiestan su enajenación circunstancial, para cachondeo de los que leen sus presuntos versos y -misterios de la vida- admiración del destinatario.

Por cierto, el papamoscas juvenil es monógamo potencial, y los ejercicios gramaticales en que concretan sus desvíos de atención se dedican normalmente a personas de distinto sexo (típicamente hembras). Se dan casos, que no cabe calificar de anormales, de enamoramientos papamosquianos homosexuales. En este caso, los versos suelen ser mucho mejores.

En las salas de estudio en las que las administraciones locales convierten las bibliotecas públicas, sobre todo, en épocas de exámenes, es habitual ver a multitud de estudiosos teóricos papando moscas. Ponen la cabeza encima de los tediosos apuntes o libros de texto, mientras sus mentes vagan sobre las opciones del fin de semana o el colega que está un par de filas más allá, igualmente enfrascado/a de mentirijillas sobre su montón de papeles.

Al llegar la edad madura, la propensión a convertirse en papamoscas se detecta, típicamente, en funcionarios. Por supuesto, ambas categorías no son sinónimas. No hay correspondencia tampoco entre los papamoscas juveniles y los adultos. No son un proceso evolutivo, la papamosquía surge de forma espontánea en los individuos, y la frecuencia de la aparición del fenómeno en un mismo individuo depende de circunstancias, como quedó dicho, externas.

"Tengo un trabajo tedioso, repetitivo, aburrido", es el diagnóstico que suele hacer de sí mismo el propenso a ser un papamoscas.

Hay bastantes funcionarios -un número impreciso, de todas maneras- que son bastante eficientes. Con todo, la cantidad de moscas que se papan en las sedes de las administraciones públicas es muy superior a la de las que suelen perderse en las oficinas de la empresa privada.

El problema mayor de nuestro país (hablamos de España, pero con la seguridad de que en todas partes, igual que se cuecen habas, se papan moscas) es que, como han proliferado las grandes empresas, que son una copia de la función pública, han aumentado considerablemente los papadores de moscas privados.

La consecuencia práctica es, naturalmente, que los índices de productividad han bajado por los suelos, que es donde las moscas son facílisimas de atrapar. Incluso se puede ver a algunos con palmeta, con pistolita de muelles o con la mano diestra, coleccionando dípteros, felices de ocupar su tiempo con una actividad que, bien mirado, puede ser, dicen, divertida.

Sobre estirados, sublimados y advenedizos

Todos nacemos iguales, pero algunos somos más iguales que otros. Para estos -es decir, para nosotros- no queda más remedio que tratar de hacerse un hueco en el panorama.

Las formas de conseguir el sitio, por lo general, tienen que ver con la familia de los padres de uno  y las relaciones que sean puestas en valor en relación con nuestro futuro.

Hace un par de generaciones -allá por los sesenta y setenta del siglo pasado- se inculcaba a los niños (y niñas, que también había) que era necesario estudiar y saber, y trabajar duro, para ser alguien en la vida.

En efecto, se puede ser alguien en la vida de muchas maneras. A pesar de que la economía es expansiva, las actividades que permiten llegar a esa situación, en general, son escasas. Los hijos de notario, banquero, registrador, ministro, etc., suelen tener más posibilidades.

Cuando alguien que no es del clan llega a una posición relevante, los que estaban allí, en lo alto, lo consideran un advenedizo. Para los que lo miran desde abajo, es, casi siempre, un sublimado. Y, si no se controla, aparecerá para propios y extraños como un estirado.

Sobre aventados y pirados

Los alocados, aventados y pirados oficiales son una cosa y los que uno se encuentra por ahí, otra bastante distinta.

Cuando oímos de alguien que "está pirado", lo que importa es de qué, o sea, porqué.

Se puede estar pirado por las motos, por las carreras de coches, por la astronomía y por la compañera de pupitre. En este caso, lo que se quiere decir es que al sujeto lo gusta tanto cualquiera de esos objetos materiales o inmateriales que se sale de lo corriente.

Puede salirse tanto de lo corriente que se compre una Ducatti de segunda mano, que se levante a las cuatro de la madrugada para seguir las evoluciones de Fernando Alonso en una pantalla o que le regale un caramelo en el recreo a Lucinda María, dos años mayor que él.

Como en todo en esta vida, hay pirados de categoría superior. Un pirado máximo puede correr borracho y después de varias noches en duermevela delante de los toros en las fiestas de San Fermín pamplonicas por el gustirrinín de salir corneado en la tele.

Otro pirado de categoría supina puede trepar por la estatua de La Cibeles en Madrid porque su equipo ha ganado la liga. Hay pirados que fallecen en el ejercicio de su piridondez, por haber calculado mal sus posibilidades o la situación de la cornisa que se les atravesó en su salto del ángel desde la escollera.

Muchas circunstancias de la vida, en fin, encuentran sus pirados particulares.

Ya advirtió Camilo José Cela, con otra intención, que el reflexivo de un verbo o el paso a las formas gerundiales cambian completamente su significado. No es lo mismo estar pirado que pirarse de un sitio sin pagar, o darse el piro con la esposa de un amigo.  

En cuanto a los aventados extraoficiales, aunque tienen múltiples concomitancias con los pirados, cabría matizar que un aventado, a diferencia del pirado, es víctima del momento. La actitud no emana de sí, sino de algo que proviene del exterior. Por eso, los aventados no son tan predecibles como los pirados.

En realidad, el aventado hace honor a su nombre. Cuando el viento o aire que provocó su singularidad, cesa, retorna a ser él mismo, para bien o para mal.

Sobre manirrotos y agarrados

Podría creerse que, en épocas de crisis, los manirrotos serían más raros de ver. Pues no. La condición de manirroto, como su complementaria, el agarrado -pronúnciese "agarrao"- no depende de la economía. Es consustancial a la naturaleza.

Los manirrotos, cuando se proponen hacer carrera, suelen dedicarse a la política. Pocos, muy pocos, manirrotos lo son por despilafarrar su propio peculio. Prácticamente todos demuestra su esplendidez o largueza con los bienes de los demás, y más especialmente, con aquellos que no tienen dueño conocido, esto es, los que son de todos.

El agarrado, por contra, lo es solo respecto a sus propios bienes, por lo que se dan casos, incluso cabe afirmar que de forma muy habitual, en que ambas características convivan en la misma persona.

Es muy simple detectar al agarrado, pues basta ponerle en la situación de pagar cualquier consumo. Parecerá que le tienen que sacar un diente al mismo tiempo que echa mano de la cartera. Si puede, se escabullirá sin pagar, alegando cualquier excusa -"tengo el coche mal aparcado" o "se está muriendo mi padre"-, si bien lo normal es que no diga nada y, al hacer las cuentas para abonar lo convenido al escote pericote, falte lo suyo y no haya forma de saber quién faltó al pago de la parte correspondiente.

El manirroto suele ser confundido con el optimista y el simpático. Cuando va de parranda, suele pedir el último, y si todos han pedido un refresco, el encarga un combinado; y si todos andan de combinado, el pide un whisky de malta doble con unos percebes. Por eso, sube la media de la consumición y él, a cambio, alardea de lo bien que le van las cosas.

Como quedó dicho, si se dedica a la política, el manirroto siempre encuentra argumentos para ver el futuro mucho mejor que el presente, con lo que se especializa en la huída hacia adelante. Poco antes de que se estrelle la colectividad que ha llevado, entre cánticos y risas, al desastre, es muy probable que se retire a sus cuarteles de verano o de invierno, y escriba sus memorias, dándose la oportunidad de comentar la ineptitud con la que los sucesores han manejado la espléndida situación que les ha dejado como legado.

 

 

Sobre jetas, paniaguados y pringadillos

Donde hay un jeta siempre tiene que haber varios pringados. Puede creerse que el jeta o caradura se aprovecha de los pringados, pero, en realidad, se necesitan mutuamente.

El primero alcanza su condición gracias a los segundos, desde luego. Lo que ya resulta menos comprensible es que los pringados anden a la búsqueda, consciente o inconsciente, de los jetas que los subyuguen, que los realicen en su condición humana.

Exactamente, sí, como en una relación sadomasoquista. "¡Qué malo es ser bueno!", hace decir Pérez Galdós  al maestro de Jerusa (personaje interpretado de forma inolvidable por Rafael Alonso en la excelente película homónima de Garci).

Los pringados tienen poco que ver con los paniaguados, o paniguados. Históricamente, eran quienes recibían alimento y cobijo a cambio de trabajo; la degeneración de la situación ha incorporado al significado, de forma figurada, a todos los que se benefician de otra persona. La terminología se usa, por ello, mucho, en política.

El paniaguado podría ser malinterpretado como una derivación aberrante del pringado.  Se podría suponer que, consciente de su inferioridad, ha encontrado que puede subsistir -y en aceptable condición- sin necesidad de echarse sobre las espaldas de pringado a ningún jeta.

Pues no hay tal. El paniaguado es un jeta transformado, un travestido.

Los paniaguados perfectos son una consecuencia de la selección natural de las especies y de su capacidad de adaptación al medio. Hay incluso generaciones de paniguados, gentes que han heredado su situación y, protegidos por la bonhomía, la ignorancia, la desidia y el sacrosanto respeto al statu quo (simplificando), se parapetan en sus ventajas y consiguen lo que necesitan sin haber dado un palo al agua o, al menos, muchos menos de los necesarios.

Hay otro tipo de jetas que ya no necesitan de pringados concretos, sino que se han aupado sobre la sociedad en su conjunto. Viven, en cierto modo, de la beneficencia social.

Cuando la mayoría de los mortales están con los quehaceres que les dan para el condumio, estos jetas sublimados juegan al golf o a las cartas, pasean el perro o, simplemente, vegetan, impecablemente disfrazados de gentilhombres. Cuando algún paniaguado, jeta de menor grado, o cualquier gente de bien se les acerca, le largan una lección sobre lo que convendría hacer para cambiar el mundo y lo mal que va todo.

Porque lo único que les queda por hacer en la vida para acabar de realizarse es demostrar que los demás son unos pringadillos, que ya ni siquiera conocen a sus jetas, y, como burro en la noria, la hacen girar a cambio de cobijo y sustento.

Sobre meteduras de pata, salidas de pie de banco y otros estropicios

Ejemplos de meteduras de pata que nos haya dejado la historia, hay pocos. Los vencedores borran las huellas de sus errores. Una metedura de pata no deja -en general- en buen lugar al protagonista. Si, además, metió la pata hasta el pescuezo (en abreviatura, "metió la pata hasta el cuezo"), pues peor que peor.

Una metedura de pata reciente, de origen monárquico, que se ha convertido por razón de las circusntancias en un símbolo gracioso, la cometió S.M. El Rey D. Juan Carlos con el Presidente de la República Bolivariana, Chavez, cuando le interrumpió, mientras estaba dando la vara, con aquello de "¿Por qué no te callas?".

Fue una metedura de pata gloriosa, porque, contra la norma, no vino a dejar en ridículo al emisor, sino al ultrajado. El que antimonárquicos furibundos hayan puesto en algunas paredes hispanas la frase irreverente: "¿Por qué no te callas, tú, Bobón?", no quita gracia al caso, sino que aún aumenta el recuerdo del efecto de una espontaneidad regia incontrolada.

Las meteduras de pata más habituales son las de confundir a las personas, creyendo que se está hablando con Zutano y, en realidad, estamos ante Mengano. Si, además, ponemos a Mengano a caldo al malsuponer que es Zutano nuestro interlocutor, pues que te voy a contar.

La mayor parte de lo que es considerado metedura de pata, no es tal, sino una interpretación sesgada o malintencionada de los opositores al credo que el autor del supuesto error representa. Los políticos en el poder cometen, por ello, muchos hipotéticos errores, que no son tales. Hay que entender, además, que si te están observando miles de ojos en todo momento y analizando lo que haces o dices, es normal que te pillen en algún error.

En España, en donde hay mucha afición a ridiculizar, hemos tenido símbolos de metedores de patas que, en realidad, son gente inteligente para quienes los conocen mejor.

Fernando Morán, cuando fue ministro de Exteriores, protagonizaba chistes en los que pasaba por tonto oficial; Manuel Chaves, hoy vicepresidente de Gobierno, sigue siendo objeto de ridículo, por su aparente dislesia; qué decir de Magdalena Alvarez, de la que internet tiene algunos ejemplos dignos del gran Wyoming. Esperanza Aguirre, Mariano Rajoy o Ana Botella son otros políticos (estos de signo aparentemente contrario a los anteriores), que son o fueron objeto de chanzas populares por sus errores, reales o inventados.

Una metedura de pata reciente por un personaje que prepara a conciencia sus intervenciones, la protagonizó el Presidente de los Estados Unidos, Barak Obama, cuando fue preguntado si consultaba las decisiones importantes con los anteriores Presidentes. Contestó algo así como: "Sí, pero solo lo hago con los vivos; porque no tengo la misma afición que Nancy Reagan".

Porque resulta que la viuda de Reagan había reconocido en una entrevista que conectaba a veces con su difunto esposo en sesiones de espirtismo.

 

 

Sobre los riesgos de confundir el tocino con la velocidad

Hace falta ser verdaderamente descuidado para confundir el tocino con la velocidad (o al revés), pero, al parecer de algunos, no falta quien cae en ese craso error. Incluso hay verdaderos desgraciados, cuya torpe visión les lleva a confundir el culo con las témporas.

Otras confusiones sonoras son las de la gimnasia con la magnesia (habrá que imaginar que, en este caso, el error es gramatical, y se nos antoja que menos grave que confundir el ahí con el hay o la varanda con la barandilla).

Los que creen que les van a dar gato por liebre, nos da la impresión, que por lo general, ya se han comido el marrón. Al contrario sucede que aquellos a quienes se las quieren dar con queso, porque, además de no parecernos tan grave, resulta que los que tal denuncian andan muy moscas y, por tanto, prevenidos.

De todo hay en la viña del Señor, y mientras unos se resisten como cosacos y como condenados, están quienes, sin necesidad de que les doren la píldora ni se la unten con vaselina, comulgan con ruedas de molino (lo que parecería, en circunstancias normales, incluso desproporcionado para Pantagruel).

Voltaire trató de emular la riqueza del lenguaje castellano, mofándose de quienes llegan a: "prendre de vessies pour des laternes", que ya son ganas, porque, en caso de necesidad, las vegijas y las linternas dan buen fuego. Lo que es de máxima dificultad es distinguir las churras de las merinas o los galgos de los podencos, porque, incluso siendo especialista en el ganado ovino o en las razas perrunas, se pueden cometer errores en esas lides.

Hay que andar con tiento. Cada vez son más los que, abusando de la buena fe o tomando al prójimo por el pito del sereno -que era pequeño, pero sonoro-, hacen de capas, sayos, y se meten en camisa de once varas con la intención de alzarse con el santo y la peana, dejándonos compuestos y sin novia.

Sobre los cambios de aire en vacaciones

Cuando las crisis eran más verdaderas, pocos podían disfrutar de las vacaciones y la mayor parte de los que podían permitírselo, se limitaban a cambiar de aires.

La ceremonia vacacional del cambio de aires era vista, en realidad, como una servidumbre, una necesidad de compensación  biológica ineludible. Los que vivían en las húmedas áreas norteñas españolas (Asturias y Galicia, por ejemplo), debían "ir a secar" a poblaciones castellano-leonesas. Los que vivían en las áridas poblaciones castellano-leonesas se acercaban a disfrutar de la lluvia, y si el presupuesto alcanzaba, incluso tomaban conocimiento de lo que era el mar.

Como consecuencia de la valoración salutífera de los cambios de aires, se hacía posible que las viviendas que unos y otros dejaban teóricamente libres durante las dos o tres semanas de vacaciones, fuera a su vez, intercambiadas. Las familias ocupaban durante esos días las casas respectivas, y se ahorraban así el hotel y las cerraduras de seguridad.

Cómo han cambiado las cosas. Ahora los jóvenes se van de vacaciones a Punket, al Serengeti o a Costa Cana, con lo que no es posible plantear, ni de lejos, el intercambio de las viviendas. Tampoco van a secar o a mojar los pulmones, sino a conocer mundo, a empaparse de nuevas culturas, a disfrutar de paisajes inolvidables.

Por eso, después de las tres semanas de vacaciones, los viajeros vuelven más cansados, pero cargados de fotografías de alta definición y una confusa impresión de haber estado en muchos sitios sin que recuerden los nombres de la mayor parte de ellos. En cuanto a empaparse de las culturas, ya se sabe que en esos sitios son muy pobres y, eso sí, tremendamenten amables.

Sobre la decadencia de la dieta mediterránea

Los libros dedicados a aconsejar sobre la ingesta más adecuada para mantener una línea corporal esbelta y vivir de forma más saludable, siguen ensalzando la dieta mediterránea.

Nada que objetar en relación con la propaganda respecto a algunos alimentos que nos era más difícil colocar en el mercado. Lechugas, tomates y pimientos rociados en aceite de oliva forman parte de esa dieta, de la misma manera que el marmitako de pescados grasos con patatinas, el jamón cortado a hacho, los torreznos fritos en sebo y la fabada antes del arroz con leche.

Lo que produce la dieta mediterránea, si se acompaña con un vino de pitarra, una sangría con un chorro abundante de coñá o un par de litros de cerveza, es una euforia encomiable, que permite entablar amistades duraderas, de esas que solo se acaban -si es mal menester- después de una noche de farra, con varios cubatas de de más y producto indeseado de un navajazo mal asestado.

Los efectos de la dieta mediterránea, cuando por ello se entiende, por aberración gustativa, cualquier cosa comestible que se introduzca gañote abajo, se pueden ver en las playas ibéricas, por ejemplo.

Cuerpos inflados de tocino con orondas barrigas vacuas, culos abundantes bamboleantes saliendo de los ajustados bañadores, caderas grasas rebosando las prótesis, piernas varicosas y aún macilentas bajo los muslos celulíticos .

Hay que cuidarse más, compadres. Menos grasas y más vegetales; menos asiento y más paseo; no tantos dulces; menos alcohol y más agua.

Es cierto que el humor empeorará, pero si persistimos en mostrar nuestros desnudos a los demás, aunque sean desconocidos, deberíamos tener más atención a la línea. Porque se puede no ser apolíneo de natura, pero la delgadez del armazón se procura con el esfuerzo propio -a base de penuria- y hay pruebas de que permite un par de añitos adicionales de vida media.

Más aburridos, sí, pero al mirarse en el espejo, guapos.

Sobre ancianos y otros animales abandonados en verano

Sobre ancianos y otros animales abandonados en verano

(Dedicaremos los comentarios del mes de agosto a cultivar la ironía. Formarán un conjunto de artículos agrupables bajo el título de “Manual para perversos”)

El momento de las vacaciones de verano es el adecuado para abandonar a los ancianos y a los animales de compañía.

El impulso motriz es el reconocimiento de que viajar con ellos es un estorbo. Hay que estar pendientes de ellos en casi todo momento, pueden enfermarse y echarnos a perder el merecido descanso.

Para ellos, también es aconsejable cambiar de aires. Los sentimientos son, en general, recíprocos. Seguro que nuestros seres queridos agradecen que los situemos en un nuevo escenario. Estimulará su creatividad, su deseo de libertad, de independiencia. Les permitirá conocer otros horizontes.

A los primeros –nuestros viejos-, lo aconsejable es llevarlos a una residencia especializada. En principio, solo este verano. Pero, si se han aclimatado adecuadamente, puede dejárseles ya allí para el resto de sus días.

Estarán perfectamente atendidos, por gentes que sabrán lo que necesitan, con compañeros de su edad, con los que podrán disfrutar recordando momentos mejores. Bastará con ir a visitarlos una vez a la semana (inicialmente), para continuar espaciando las visitas y, si la situación se convierte en interminable, olvidarnos indefinidamente de ellos. Eso sí, hay que pagar todas las mensualidades puntualmente (será conveniente que lo hagamos de la cuenta corriente del beneficiado).

Para los animales que nos han servido de soporte para superar las inclemencias de soledad del invierno y las depresiones de primavera, mejor aún que una residencia, que son carísimas, es llevarlos por una carretera secundaria hasta un lugar remoto, y cerciorarnos de que no podrán encontrar el camino de vuelta a casa. Si se trata de un perro, es imprescindible vadear un río para que no puedan olfatear ningún rastro.

No nos martiricemos. Seguro que alguien los recogerá, y les dará oportunidad de conocer nuevos aires, crear otros afectos.

Y a nosotros nos permitirá, sin desasosiegos, disfrutar de las vacaciones de verano, que bien que nos lo tenemos merecido.

 

 

Sobre la credibilidad del mentiroso

Algunos mentirosos de postín han quedado con el culete al aire. Sucede cada vez con más frecuencia, porque el mundo ya no es lo que era, y hay que andarse con cuidado.

Todavía se les puede considerar casos esporádicos, y, por suerte para el sistema, el núcleo duro sigue incólume, a salvo.  

No hay que confiarse. Cuando menos te lo esperas, salta una liebre. Una investigación policial que te pincha el teléfono sin avisar -no sería por tí, claro, sino para perseguir un delincuente común- y las conversaciones gravadas pueden acabar, si no andas con tiento, en las manos inadecuadas .

Se dan casos del comilitón mala uva que no está contento con el reparto de los cargos, comisiones o prebendas, y que, en lugar de portarse como un tío cabal y ventilar las diferencias entre colegas,  denuncia los trapos sucios a los cuatro vientos en plan terrorista suicida. 

Aconsejar prudencia no implica alarmarse, tocar a rebato o rasgarse las vestiduras. Hay muchos recursos para atajar los incendios. No es lo mismo ser acusados por un nindungui que figurar como imputados por los verdaderos encargados de repartir penitencias y castigos. Estamos en un estado de derecho.

Normalmente, bastará con que la cadena de funcionarios actúe con la diligencia habitual para que las hipotéticas faltas queden eternamente impunes. La sacrosanta figura de la prescripción debe ser tenida en cuenta. La justicia tiene mucho trabajo pendiente acumulado y es una norma insoslayable que se debe conceder la misma atención a los casos gordos que a los pequeños. La justicia ha de ser igual para todos.

Tiene sentido que los individuos de mayor relevancia social se vayan de rositas con sus pecadillos. No son un peligro grave, los delitos económicos no son tan graves como hurtar en el metro o darle un tirón al bolso de la ancianita. Su mayor sufrimiento es ya pensar en tener que verse en la picota, expuestos a la maledicencia pública. Para ellos, ése es ya un castigo insoportable.

Los instrumentos de los que disponen los presuntos malfactores, incluso pillados con las manos en la masa, son varios. El primero y más socorrido, es negarlo. Negarlo todo. No estuviste allí, no conoces al otro, la voz no es la tuya, los bienes y el dinero son legales. Te tocaron en una tómbola, vinieron de una herencia, no recuerdas cómo los adquiriste. La presunción de inocencia te ampara.

Como en el chiste en el que el marido cornudo descubre a su mujer en la cama con su mejor amigo, la línea inicial de una buena defensa es negarlo todo: "¿A quién has de creer, a lo que te dice tu mejor amigo o a tu vista cansada?".

Paralelamente hay que intoxicar, mezclar verdades con mentiras, informar con la desinformación, amontonar evidencias junto a conjeturas y botes de humo.

Puede que todos, incluso, el mismo investigador, acaben creyendo que lo que tienen en las manos son puras imaginaciones suyas. Tal vez, si las cosas se hacen como corresponde, que el culpable mayor es el propio aprendiz de verdugo, por no haber dedicado el tiempo y atención necesarios al asunto.

¿Cumple el instructor de la causa con el débito conyugal?. ¿No tendría animadversión manifiesta hacia el presunto? ¿Cazó el amigo del capataz sin licencia? ¿Le gustan al Monarca las anchoas?

Al principal partido de la oposición le han pillado con algunos trajes en la mano. Tirando del hilo, ha quedado al descubierto una trama de interelaciones que se traducían, al parecer, en dineros contantes y sonantes, que es lo que cuenta.  

Atando algunos cabos de los hilos de esos trajes, se puede colegir que el asunto principal que ha quedado al descubierto es el de la financiación extraordinaria de los partidos políticos. Lo había confesado un ex President: el 3%.

Hay que entenderlo con voluntad de indulgencia. Un partido político es una maquinaria compleja que necesita de mucho dinero. Para premiar a los simpatizantes, animar a los militantes a que muevan el solomillo en los eventos, recompensar el trabajo extra de los que se dedican a la gestión directa de la cosa pública por cuatro perras.

Por eso, es necesario utilizar muchas veces la adjudicación de contratos y gestión de servicios públicos a las empresas amigas, para arañar pequeños porcentajes. No se trata de sobornos, ni admitir cohechos, ni nada de eso. Las adjudicaciones se realizan con la máxima transparencia y seriedad. Solo ganan los mejores.

Pero ese 3% viene bien para engrasar las menguadas arcas del partido. Que, por el camino, algún pobre hombre se quede con un par de trajes, es pecata minuta. La sinfonía mayor se toca con mejores instrumentos.

El trabajo que ahora toca desarrollar es el de no dañar el tronco, trabajo delicado. Ojo, que si me tocas este tronco, te talo el tuyo. En sana consecuencia, la parafernalia creada con voces, gritos, acusaciones y peticiones de que corten la cabeza caiga quien caiga pero a mí no me toques, se contentará con dejar seccionadas un par de ramas simbólicas. Que sirva de escarmiento. Hay que hacer las cosas bien. Que sirva de catarsis. El que la hace, la paga.

O tal vez, nos encontremos con la figura jurídica de la prescripción, la dificultad de pruebas, la dilación indefinida, la pérdida de expedientes, la falta de precisa tipicidad penal, el olvido.

Dicen que si un mentiroso te engaña una vez, la culpa es suya (de él). Si te engaña dos veces, la culpa es tuya. También podemos preguntar: ¿Quién es el mentiroso? ¿Nos estamos engañando a nosotros mismos?

 

Sobre la popularidad

Hace ya unas cuantas décadas, la cima de la popularidad en España la constituía "La Chelito". Por eso, se decía, generalmente con ánimo recriminatorio: "Es más popular que La Chelito". Lo decían, por ejemplo,  las comadres envidiosas, para dejar en mal lugar a las que les hacían sombra en algo, menospreciando de esa manera el valor de la otra. 

Obviamente, La Chelito es hoy una desconocida. Las cimas de la popularidad las ocupan Madonna, Beckham, Obama, Ronaldo...

Si introducimos en un buscador -por ejemplo, Google- las palabras "más popular que", nos encontramos con varias curiosas comparaciones: En primer lugar, producto del interés circunstancial que tiene la no resuelta crisis de Honduras, provocada por el "golpe de Estado constitucional" (manda guëbos), figura que "Zelaya es más popular que Micheletti".

Enseguida pasamos a que Opera es más popular que el Safari de iphone; luego, viene Susan Boyle como más popular que Obama; se nos cuela a continuación que el etanol es más popular que la gasolina (en Brasil), según un director de Petrobras; luego de varias repeticiones de lo dicho, nos encontramos con que Michelle es más popular que su esposo (Barak), y con que Ubuntu lo es más que Windows XP en Google.

¿Qué más? Emma Thompson supera a Harry Potter, Wanda Nara saca cabeza en Youtube y OpenOffice.org es, ni más ni menos, que cinco veces más popular que Google Docs en Estados Unidos. La guerra de la popularidad en internet prosigue a niveles cada vez más bajos, y ahora es el Iphone el que supera a N95 y Facebook a Friendster (en Malasia), y MySpace es más popular que Facebook en Estados Unidos (mal vemos a Face con estas notas)

Lo que ya nos produce inquietud es que "John Lennon sea más popular que Jesucristo", pero, por fortuna, "no hay nada más popular que la propiedad privada", afirma un sabio de Hinterlaces, entrevistando en Venezuela a los amenazados por la estrategia expropiadora del presidente Chavez. "El que no tiene, quiere tener, y el que tiene, quiere tener más".

 

 

Sobre amistad, complicidad y contubernio

"Existes, luego pienso". No lo escribió así Descartes y, sin embargo, parece estar más cerca de ayudar a desentrañar el misterio  la esencia humana.

Porque nuestra existencia viene refrendada por la consciencia de la presencia de otro, del otro, que nos estimula, ordena  y coordina todas nuestras actuaciones conscientes.

Podemos hablar de amor, amistad, complicidad o contubernio, para definir una escala de aproximación al conocimiento del otro y el grado de encaje de sus pretensiones con las nuestras. Podemos hablar de ignorancia, desprecio, rabia, odio para caracterizar nuestra lejanía respecto a él.

Hay quienes vienen ya a este mundo con el pan debajo del brazo de saber lo importante que es pertenecer a un grupo, y no separarse de él. Desde la más tiera infancia, van tejiendo un entramado de relaciones íntimas, del que no se desprenderán jamás, sino es para ponerse en manos de otro aún más consistente, es decir, más influyente.

En política, ese complejo tejido de amistades y lealtades incontrovertibles, superiores a toda naturaleza, se ha convertido en la clave para entender la actuación de algunos personajes. Para ellos, el "existes, luego pienso" es el summum de su devoción a la causa, al otro, al líder del que nada se discutirá jamás.

Les va en ello su carrera profesional, su bienestar, su razón vital. Desde el "te quiero un güebo" a "lo nuestro es más que amistad" a "díme lo que quieres de mí, que lo haré", porque sin tí, vida mía, no soy nada.

Sobre curas y castañares

Los curas siguen sin subirse a los castaños, -¿ha oído el lector alguna vez que "nunca vióse un cura caer duna castañar en baixo?-.

Pero habrá que estar atentos a los movimientos de la curia, porque el hallazgo de sucesos muy poco probables, comparables con la remota posibilidad de que un tonsurado se caiga de un castania sativa, se ha hecho incomparablemente más arduo.

Ejemplos de sucesos imposibles que han cobrado realidad, los hay a millares:

Una oficinista madrileña muere aplastada por un elefante (estaba de safari fotográfico en Kenia); un portugués con pantaloncito corto es capaz de llenar en solitario uno de los estadios más grandes del mundo sin ofrecer más espectáculo que el haber cobrado una pasta gansa por hacer el ídem-macho; un presidente del país más poderoso de la Tierra (hoy, todavía, EEUU, mañana, China) pierde su cargo, obtenido después de una agotadora campaña electoral, por haber dejado que una becaria le hiciera una paja en la intimidad (con perdón); otro presidente, éste de un país  bastante conocido por sus corridas de toros (con más perdón), tira a la basura un informe de un Consejo Asesor Técnico, certeramente fundado, para guiarse por la intuición de su mago de cabecera...

Lo único que parece mantenerse en su puesto de verdad incontrovertible es la nula relación de los curas y las zonas altas de los castañares.

Aunque, tal como se han puesto las cosas, si ven a un ensotanado arremangarse el faldón y mirar hacia lo alto de un castaño con animus trepandi, avísennos con un eseemeese, porque inferiremos que el fin del mundo está todavía más próximo de lo que imaginamos.

Sobre los Sanfermines y otros festejos populares

La gente quiere fiesta. En la mayoría de las ciudades y pueblos se han recuperado las más variadas justificaciones para reunir al personal, dándoseles por lo general el calificativo impresionante de "tradiciones populares".

En otros casos, se han inventado ocasiones para concitar el interés del público, y al cabo de dos o tres años de organizar la misma parafernalia se habla ya de "consolidado festejo".

Vale todo para el caso: Disfrazarse de romano, de jerifalte, de encapuchado. Descender por un río en chalupa, en carro de bueyes o en neumático viejo de automóvil. Tirarse agua, tomates o cuescos. Correr delante de los toros, detrás, lancearlos, acuchillarlos, alfiletearlos, embolarlos. Matar un gallo a golpes, un cerdo, una cabra, una vaca. Emborracharse con cerveza, con chacolí, con vino peleón o con anfetas. Etc.

Cada año crece el poder de atracción de las fiestas, y miles de foráneos se desplazan de un lugar a otro soto el lema ancestral de "donde va Vicente, donde va la gente" que rima con eso de "iba a la fuente, no por el agua, sino por la gente". Y sabido es que la gente va donde la llevan los pastores.

Todas las fiestas implican una combinación de espectáculo, comida y bebida. Para los jóvenes en edad de merecer, lo más importante de la fiesta es la combinación de danza, cortejo y la posibilidad de coyunda. En general, el éxito de una fiesta popular está en encontrar la medida justa entre los que van para ver y los que van para ser vistos. 

Este julio de 2009 conviene hablar de una fiesta muy singular por la que hace días murió corneado un muchacho y otros participantes han resultado gravemente heridos.

Los Sanfermines de Pamplona. Una demostración de destreza, por la que un grupo de corredores, bien preparados físicamente, conocedores del comportamiento específico de estos animales, corren delante de los seis toros, burlando a veces su embestida con un periódico enrollado o un trapo exigüo. Les ayudan para salir indemnes de esa exhibíción varios cabestros que agrupan y guían a los colegas semisalvajes hasta la plaza en donde van a lidiarse por la tarde.

Es un espectáculo de corta duración, con carga estética y emocional indudable.

Se inició allá por 1924, y fue glosado desde el principio como una tragedia única, con sus componenntes de amor y celos por un tal Ernest Hemingway, escritor no muy conocido por sus libros, pero que ha pasado a ser modelo de amigo extranjero, vividor y borrachín.

El amigo Ernest es el prototipo del foráneo al que le gusta cómo somos, nos entiende, y admitimos sin rechistar que nos quiere a rabiar porque se emborracha con nosotros. Escribió cosas muy curiosas sobre una España inventada que llenó personajes ingenuos, temperamentales, combinando revolucionarios con ideales confusos, toreros y manolas, y llevándolos de fiesta en fiesta hasta por quién doblan las campanas, sin dejar de querernos, por lo que acabó pegándose un tiro con las entradas para las corridas de San Fermín en el cajón, el 2 de julio de 1961.

En esa fiesta, los entendidos saben que los animales corren, cuando lo hacen en línea recta, más que los mozos, a los que van dejando atrás. Como el trayecto tiene curvas y el adoquinado es resbaladizo, los bichos derrapan en algunos puntos, se rezagan, se excitan. En esas situaciones, el asunto puede tornarse peligroso cuando un toro queda aislado del resto del grupo -le dicen "la manada", pero no parece de aplicación este término, al menos no al conjunto ocasional de irracionales-. Aturdido, desorientado, el bicho intentará cornear a todo lo que encuentre por delante.

Finalmente, los últimos jóvenes en incorporarse a la carrera y los toros y cabestros, llegan a la plaza donde los machos encuentran el descanso de los chiqueros.

¿Hemos dicho en algún momento que los corredores no son hoy por hoy unas decenas, sino varios miles que se amontonan a todo lo largo de la calle Estafeta y en la plaza, y se aturullan y obstaculizan cotinuamente? ¿Hemos escrito que en un alto porcentaje van ebrios, sin haber dormido, exaltados por la droga y el desconocimiento absoluto de lo que sería adecuado hacer si se encuentran, por puñetera casualidad, con un bicho de quinientos kilos delante de las narices?

No. San Fermín cuida de que no pase nada en esos dos a cinco minutos después del chupinazo. Después, los que han seguido en directo por cualquier medio de difusión el momento vuelven a su normalidad, comienzan el día. Pamplona, entre tanto, prosiguiendo la fiesta, se entrega desatada a la continuación del jolgorio que empeña a sus visitantes: ¿Hay manifestaciones culturales, debates artísticos, presentación de proyectos, visitas históricas?

No hace falta. La gente que soporta el núcleo central de la fiesta se dedica a lo que ha venido: beber, comer algo, beber, cruzar cuatro palabras con miles de otros romeros, beber, comer algo, hacer cualquier tontería arriesgada o infeliz, beber, mojarse en una fuente, beber.

Analizándolo así, puede entenderse algo de la personalidad de los pastores del rebaño juvenil y de sus intereses. Los grandes beneficiados de la fiesta son las agencias de viaje, y los comerciantes de Pamplona y alrededores y, en especial, los propietarios y gestores de bares, restaurantes, hoteles y fondas.

Hay otros beneficiarios que ponen su rostro para hacerse fotografiar y pretender que capitanean el asunto, teniéndolo todo por controlado: los políticos. Pues a ellos conviene dirigir este mensaje. Las fiestas de San Fermín deben ser reconducidas. Los que corran delante de los toros han de ser mozos que hayan demostrado su entendimiento de lo que debe hacerse, estar sobrios, y no ser más allá de algunas decenas o cientos.

El espectáculo de la carrera tiene encanto, no es cruento ni tiene porqué serlo, y, aunque sería mejor ver a los bichos libres en el campo, se puede pretender que se mantenga esa tradición tan nueva (ochenta años), y que atrae a tanta gente. Lo que habrá que exprimir el magín es para ocupar dignamente los otros 1.438 minutos de cada día de los que se hayan acercado a Pamplona, problema cierto y complejo.

Hasta tanto en cuanto, los verdaderos artífices de la fiesta seguirán los hombres y mujeres a los que rara vez se les pone cara y ojos: empleados municipales, gentes de la limpieza, médicos y asistentes de los servicios de urgencia, pastores, conductores, camareros, cocineros, ...