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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sociedad

Sobre lo que quieren los ancianos

La población humana vive más tiempo, pero la cuestión principal es resolver que los viejos disfruten de verdad de esos años de más que el progreso les está dando, con una buena calidad de vida.

Lo de la buena calidad de vida es un concepto difuso que cada uno podría interpretar a su manera. Sin embargo, y para no entrar en largar disquisiciones, podíamos concretar en que, para un anciano, está directamente relacionada con tres condiciones: gozar de autonomía intelectual, motriz y económica.

Un envejeciente occidental con razones para sentir satisfecho, habrá conseguido zafarse, con éxito, de múltiples amenazas físicas y síquicas, pues no, aunque le haya sido más sencillo que hace siglos, sus setenta o más años de vida le han acreditado como un superviviente.

Habrá superado enfermedades infantiles (varicela, sarampión, ictericia), cuarenta o cien gripes, treinta anginas, convivido con su herpes, resistido a las operaciones de apendicitis y vegetaciones, cicatrizado diez tajos en la piel -alguno de dos o tres centímetros-, y, en fin, sobrevivido al riesgo de caer víctima del tráfico rodado, los asaltos callejeros, el islamismo radical, las locuras de adolescencia y la exhibición póstuma de cualidades de los cincuenta.

Superada la criba de los accidentes coronarios y los cánceres galopantes que diezman los finales de la segunda edad, los peligros que tiene que superar el anciano serían ya muy pocos antes de alcanzar la inmortalidad, aunque, desgraciadamente, se convierten siempre en despedidas finitivas.  

Ese envejeciente, con la pensión oficial complementada con alguna renta de los ahorros de la vida que no se permitió hasta ahora, no tiene más que conjurar el riesgo de la demencia senil, librarse de padecer la enfermedad de Alzheimer o ser azotado por la sintomatología del Parkinson.

Observando lo que hacen los ancianos, podría deducirse que un placer seguro para la edad mayor, es pasear: solo, o con un perro, o acompañado de su pareja.  Hay quien se apoya en un bastón o una andadera, por la artritis, el reuma, el miedo a caer o la osteoporosis.

Otro placer del anciano está relacionado con el comer y beber. Se les suele ver cargados con bolsas de las que siempre sobresalen varias barras de pan, pero en las pescaderías y carnicerías piden con determinación lo que les gusta, y lo compran por gramos si fuera preciso. Eso prueba que, en general, lo hacen con moderación pero con conocimiento. Lamentablemente, los otros placeres de la carne habrán ido pasando a mejor vida, por lo que solo hay que luchar contra el aumento del colesterol, la glucosa o la precipitación de los oxalatos.

Pero, sin duda, el mejor placer del anciano, tanto para instruídos como para iletrados, radica en disfrutar de algún foro de interés en donde poder expresar sus opiniones. Por esa devoción ocupan los bancos libres, aprovechan los silencios, y cuentan incluso a desconocidos, anécdotas de su vida y la de otros sin que les importe repetirlas miles de veces.

Si el joven lector se toma el interés de acercarse un dia a uno de los cientos de Centros de mayores que han poblado nuestro país y, disimulando la curiosidad, se toma el esfuerzo de escuchar alguna de las conversaciones de quienes no están jugando al dominó o a las cartas (ni rodeando la mesa de los que juegan), aprenderá los temas preferidos de las conversaciones: a) alabar lo mejor que estaba todo antes -que suele incluir referencias directas a la situación económica propia-, b) relatar los achaques recientes -con detalles clínicos que podrían hacer las delicias de un especialista en geriatría- y c) denunciar el abandono en el que les tienen sumidos los hijos, que andan lejos, no llaman, no atienden, no preguntan.

Son muchos los ancianos que tienen suficiente autonomía siquico-física y que desearían, aunque no lo expresen, sentirse útiles, insertos en la sociedad en la que aún viven, queridos.

La atención formal a los ancianos ha mejorado. Hay más centros para congregar ancianos; se acumulan en ellos más revistas y periódicos; en los centros de día, pueden obtener medicinas sin problemas, muchas veces autorecetadas, con las que calmar  dolores reales, supuestos o presuntos.

Pero estamos abandonando a nuestros mayores, reuniéndolos en lugares en donde los dejamos que se cuezcan juntos, en su propia salsa, la de su vejez de marginados.

Nuestros abuelos vivieron menos tiempo y, sin embargo, en sus últimos años fueron más felices. Permanecieron hasta su último día en sus propias casas, contaron con la presencia frecuente o permanente de alguno de sus hijos y nietos, y, sobre todo, tenían la certeza de que sus opiniones y decisiones servían.

Y cuando caían enfermos de verdad, además de las medicinas y placebos de rigor, recibían la impagable demostración del cariño de los suyos.

Hoy los viejos se mueren solos, rodeados de cables, sostenidos mecánicamente a una vida que desde hace tiempo devino inútil. Los avances de la técnica pueden prolongar su existencia, pero su calidad está relacionada con el valor de estar de estar viviendo.

Sobre el desnudo femenino como reclamo publicitario decadente

Los centenares de revistas que llenan los kioskos de prensa utilizan dos tipos de reclamos para llamar la atención del comprador potencial: el regalo de algún elemento que tenga más o menos relación con el lector y sus excentricidades (la oferta de libros, dvds, bolsos, zapatillas, cerámicas miniatura, etc., ha forzado la invasión de las aceras con ese muestrario de chucherías), y una portada sugerente.

Detengámosnos en las portadas: No importa si se trata de una revista de moda, de cotilleo marujil o de política desestructurada, probablemente la frontal de la revista la ocupe una joven en edad de merecer enseñando alguno o la totalidad de sus encantos físicos, en anverso o reverso.

La intención publicitaria de esta avalancha de desnudeces ha quedado desfasada. Resulta conmovedor advertir la obstinación con la que estos especialistas en publicidad se empeñan en ofrecer imágenes que los ciudadanos pueden ver a miles en vivo y en directo, a poco que estén atentos a las exhibiciones de despreocupada impudicia de jóvenes y no tan jóvenes con las que se han de cruzar a diario.

El cuerpo femenino sigue estando en muy alto nivel de atracción, tanto para varones como para hembras, pero la competencia ha crecido y se advierte la saturación de este reclamo histórico que supuso la perfección progresiva del encanto con el que la hembra humana seducía al macho de su especie.

Una evolución del perfeccionamiento de nalgas y pectorales que, en tarde seguramente inspirada, Desmond Morris y otros estudiosos que hoy crían malvas, habían pretendido justificar como consecuencia de la necesidad de atraer a la coyunda al macho humano. La réplica de las nalgas en la frontal femenina del homo erectus habría servido para facilitar la visión de las atractivas redondeces tanto al ir como al venir.

El atractivo de las masas va hoy por otros derroteros. Seguro que el anuncio del despelote, pongamos por caso, de la más cotizada actriz no alcanza la cumbre de expectación que un tal Cristiano Ronaldo, vestido en calzoncillos -y blancos, para mayor dificultad de desarrollo del potencial sex appeal- consiguió el pasado 6 de julio de 2009 en Madrid.

El solito llenó un estadio de fútbol, con capacidad para 80.000 espectadores, y, para conseguir la proeza, solo necesitó dar un par de vueltas al campo, decir tres tonterías -no juzgamos al emisor sino lo emitido- y enseñar algo del muslamen, para que la multitud aplaudiera enfervecida la peculiar exhibición.

Lo escrito: El desnudo femenino está entrando en su decadencia seductora, por saturación visual de los destinatarios, aunque algunos seguiremos, desde luego, siendo acérrimos defensores de su vigencia eterna como cumbre de las excitaciones placenteras.

Pero por la puerta de atrás se están colando otros reclamos, indicios precursores de un cambio de tendencia. Las piernas masculinas venden ahora más, atraen más al manoseado respetable.

Si esto sigue así, los que nos vamos a meter en los armarios tendremos que ser otros.

(Nota marginal: Por las mismas fechas, otros tantos miles de ciudadanos de parecido aspecto normal, aunque en este caso de la etnia norteamericana, asistieron en vivo a un festival-sepelio en honor del cantante de pop Michael Jackson.

El espectáculo fue difundido por decenas de cadenas de televisión de todo el mundo, por lo que su visionado -bello palabro de origen indiscutiblemente colonial- superó la cifra de varios millones de mirones. Presuntos desocupados que vibraron de emoción, dolor y amor por la muerte hipotéticamente a causa de sobredosis de un artista que enterró en vida su personalidad verdadera, para suplirla por la de un sosias que fue ídolo de multitudes.

La muerte también vende; y si no son camisetas, serán en este caso, dvds con las danzas y cantos, vueltos macabros, de un genio de la música ligera)

Sobre comités y comisionados

Como ya no quedan tantas grandes empresas, quizá no todo el mundo tiene claro que los comités eran imprescindibles en las corporaciones privadas como en las públicas. No se concebía mover un dedo -estratégicamente hablando- si antes no se había reunido el comité, para que, oídos sus integrantes, el jefe decidiera lo que le saliera de su imaginación.

Pero es que lo importante era que todo el mundo que tenía algo que oponer se sintiera involucrado. Tenía su momento de gloria, su efímera oportunidad de decir lo que le apetecía, bueno o malo, a favor o en contra, y eso era suficiente para que se sintiera importante en relación con el tema. "Lo avisé" o "Me hicieron caso, por supuesto". Las batallitas del abuelo estarían así garantizadas.

¿Hay  comités hoy en día?. Y los que hay, ¿para qué sirven?. Admitamos en primer lugar, que hay comisiones, más que comités. Y que las tales comisiones no sirven prácticamente para nada, salvo para dilatar el momento de tomar la decision, con lo que puede suceder -generalmente, es así- que el problema se resolvió por sí mismo o que se ha complicado de manera que ya no hay dios que lo resuelva.

Veamos si no, quienes son los comisionados, es decir, los miembros de las comisiones que tengamos más a mano. ¿Son gentes que tienen algo que opinar sobre el tema?. Habitualmente, no. Un comisionado que se precie deberá estar callado como un muerto hasta que llegue el momento de votar, siempre de acuerdo con lo que el cabeza de fila de su facción haya decidido.

En consecuencia, los debates abiertos en las comisiones no sirven para nada. Los portavoces de las facciones lanzan su rollete, los miembros de cada grupo, elegidos por supuesto por su fidelidad a la causa, desaparecen en la cafetería o en el limbo de sus sueños hasta que se vota, y el resultado se puede predecir de antemano. Si hay mayoría suficiente, la propuesta del grupo dominante saldrá adelante, después de agotadas todas las maniobras dilatorias.

Nos parece que en las comisiones (nos referimos a las que tienen repercusión pública) deberían votar, no los comisionados, sino el público que asista al debate. Y podrían opinar también.

Por eso, cuando alguien dice "hay que abrir el debate", nos inclinamos a pensar que la propuesta debiera haber sido "cerremos el debate, y dediquémosnos a preguntar a los que saben, a ver qué sale".

Sobre el sentido de la vida

"El sentido de la vida" es el título en español de un libro de apenas 200 págnas escrito por Julian Baggini, el fundador de la revista Philosophers´Magazine. Tiene ya algunos años (la primera edición data de 2004).

El interés especial de esa recopilación, comentada desde un escepticismo lúcido, es que plantea las dudas esenciales de la filosofía, analizadas a lo largo de los siglos por los eminentes pensadores que han pasado por este mundo, para concluir que el camino más seguro es que cada uno se construya su propia respuesta, sin que existan normas o consejos de felicidad superiores a otras.

Es decir, cada quisque debe descubrir y acumodar a su peculiaridad el sentido de la vida, el sentido que quiera dar a su vida.

La conclusión está explícita en uno de los modelos de pensamiento seguidos por el autor en ese desbrozo de las conclusiones de los arduos trabajos desde Aristóteles a Madonna, en David Hume: "Sé filósofo, pero, entre toda tu filosofía, no dejes de ser un hombre".

Los caminos de elección son bastantes.

Se puede encontrar una respuesta a la carta, en un restaurante de lujo o en la tasca de la esquina. Perdón por la vulgar analogía, pero viene al pelo. Elegir entre las alturas de la metafísica más estructurada y la filosofía del borracho de barra.

Sin descuidar que la mayoría de los días habrá que comer en casa, y cocinar lo que nos hemos agenciado en el supermercado; por eso, lo más aconsejable, sería aprender a cocinar bien unos cuantos platos y, si estamos de humor, ponernos en la mesa lo que más nos guste, e invitar a la cuchipanda a los mejores amigos.

También vale hacer que nos lo envíen desde la estantería de la biblioteca, queremos decir, desde la pizzería o el restaurante de lujo del barrio. Habrá días en que nos apetezcan los calamares en su tinta y otros en que tengamos el cuerpo para una tortillita de patata. Pero algo habrá que comer para no morirse.

 

Sobre la recuperación del tiempo perdido

Permíta el lector una reflexión con pretensiones filosóficas. La consciencia del vivir, el elemento sustancial a partir del cual construímos todo los seres humanos, tiene relación intrínseca con la percepción del tiempo.

El tiempo, como el espacio, son elementos ajenos a la idea de nosotros, que tomamos las referencias justamente en relación con la percepción de lo que entendemos nos es ajeno, externo.

Si no fuera por el tiempo y el espacio, podríamos incluso dudar de la existencia del yo. Pero que lo que ahora sentimos como signo del ser, o del existir, experiencia en torno a la cual añadimos atributos a las personas y a las cosas, capta nuestra atención solamente porque lo ubicamos en el espacio y en el tiempo.

La inmensa mayoría -es decir, una infinidad- de los elementos ajenos a nosotros no existen para nuestro yo. No las hemos detectado aún: incluso muchísimas de las que detectamos -de acuerdo con nuestro nivel educativo, nuestra formación, nuestra experiencia- no están identificadas individualmente.

Acompañar en una excursión por un trozo del Universo a un geólogo, un botánico, un naturalista, un historiador, un astrónomo, ...nos abre nuevas perspectivas de conocimiento del entorno. Nos reafirma el yo, al descubrirnos nuevas diferencias entre nuestra individualidad y la de los demás objetos.

Pero lo que percibimos hoy, como detectó Heráclito, es diferente de lo que percibíamos ayer, o hace unos instantes, o de lo percibiremos mañana, si es que mantenemos mañana la misma capacidad para percibir.

¿Qué es mañana? ¿Qué es ayer, o el pasado? Pocas respuestas tendríamos sino fuera porque hay elementos que percibimos como inmutables, y por tanto, no nos servirían más que como referencia, respecto a otros que se cambian.

La emoción que sufre el ser humano al despertar del sueño, y advertir que, junto a la inmutabilidad de ciertos recuerdos que aparecen impresos en la memoria, existen otros que no están ya allí, es tremenda. Podemos repetir los mismos gestos, las mismas actitudes que nos condujeron a ciertos resultados, pero puede que, dado el cambio de ciertos sujetos y objetos, nada de lo esperado consigamos.

Todo este circunloquio viene a cuento (o no) para comentar lo inútil de algunos esfuerzos que realizan en esta época de desorientación, ciertos seres humanos para detener el tiempo. Una falsedad de la que los prisioneros son ellos, porque los demás -objetos y personas- cambian, y su vano propósito de subsistir inmutable solo les parece a ellos.

Esos viejos y viajas que se han estirado la piel, enderezado los pechos, arreglado con apliques las partes más fofas, han de saber que se engañan solo a sí mismos. Podrán creer que esa belleza que perciben -ficticia, hecha de bisturíes y trampas- es suya, pero no. Han dejado de ser ellos, para pasar a ser otra cosa, otro objeto, otra servidumbre de un yo diferente.

La recuperación del tiempo perdido es imposible. Por eso también, quienes quieren vivir una segunda juventud, recuperando viejos amores, aupándose en el revival de lo que se les ha ido, han de saber que no es el pasado el que deben recuperar, sino construir, con los mimbres disponibles, el futuro.

Ahí si. El futuro está hecho de los retazos que han sobrevivido del pasado. Solo de esos.

 

Sobre el minimum credula postero

Carpe diem quam minimum credula postero, escribió Horacio. Nos hemos quedado con la primera parte de la frase, que se ha convertido en un tópico, y que se interpreta comúnmente como "aprovecha los momentos, disfruta de la vida, despreocúpate del mañana."

No es eso lo que uno de los poetas por excelencia de la Humanidad quiso decir. La frase completa tiene este sentido literal: "Aprovecha el presente, y no tengas la menor confianza en el futuro". Es decir: No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. O también: No consumas hoy las rentas del futuro.

Así queda todo más claro. Horacio no pretende impulsarnos a un hedonismo irreverente. Al contrario, desea llamar la atención respecto a los que se entregan al despilfarro, pensando que ya llegarán momentos mejores que les permitirán pagar los platos rotos.

Minimum credula postero. Si alguien hubiera explicado la frase completa, a lo mejor no nos habría ido tan mal.

(Dum loquimur, fugerit inuida aetas: carpe diem, quam minimum credula postero/ Mientras hablamos, se nos escapa, ansioso, el tiempo: aprovecha el presente, y no confies lo más mínimo en el futuro)

Sobre bodas

Nuestra sociedad exhibicionista ha depositado en la celebración de las bodas una de sus más claras maniobras de seducción.

Tradicionalmente, y en todas las culturas, han sido los casorios un momento para tirar la casa por la ventana. La familia de la contrayente festejaba que su hija había encontrado otro hogar. Las razones ancestrales de ese rito de celebración eran económicas: una hembra era una carga, y para digerirla mejor, había que adornarla con una dote, más o menos importante según la categoría del futuro esposo.

En nuestra sociedad, en la que la mujer y el hombre han alcanzado, por fin, posiciones equiparables, y en la que a nadie se le ocurriría ofrecer algunas ventajas para que la novia fuera carga más soportable, las bodas siguen teniendo muchas esencias folclóricas, de las que no estaría de más hacer una reflexión serena sobre la naturaleza de los beneficiados.

Los mayores beneficiados de una boda en su aspecto económico, son los restaurantes y salas en donde se celebra el ágape o el cóctel. Como lo normal es reunir más de doscientas personas, entre amigos y familiares de los contrayentes, no sirve cualquier local.

Los precios que estas empresas cargan por los servicios, en una operación al más puro estilo de cartel, son absolutamente desmesurados. En relación con el coste del producto ingerido o bebido, se trabaja con márgenes de 1.000 por ciento (10 euros por euro), y aún superiores. Para 200 invitados y un precio medio de 200 euros por persona, la cifra que habrá que desembolsar es escalofriante: 40.000 euros.

Se mueve, por supuesto, otros flujos de dinero inútil: un vestido de novia puede costar sobre 18.000 euros. Un despilfarro que solo servirá para un día. No será el único despliegue: madrinas, invitadas, chaqués de padrinos y testigos, trajes, zapatos, desplazamientos, hotel. Calculando una inversión promedia de 300 euros por persona , se podrá llegar a la cifra de 60.000 euros.

En regalos, la norma actual no escrita es que se calcule 150 euros por persona. Podemos, por tanto, hablar de un desembolso de 30.000 euros-igualmente, en su mayor parte, inútil y, en todo caso, en beneficio singular de los grandes almacenes que tienen listas de bodas en las que se seleccionan objetos que los novios cambiarán por otros, casi en su totalidad-.

La iglesia reclama también su parte. Unos 500 euros por el alquiler del local divino, en el que oficiará, además del sacerdote, un fotógrafo que tendrá la exclusiva de la ceremonia. Los adornos florales y otras pequeñeces, elevarán la cuenta a unos 2.000 euros, a los que habrá que sumar los 3.000 o 4.000 euros del artista de la cámara.

Quedan solo mínimas aportaciones complementarias: los puros, los regalitos para los asistentes, las propinas, los autobuses y taxis para los desplazamientos de la iglesia al local, de la iglesia al juzgado, del juzgado a casa. El viaje de novios, siempre cuanto más lejos, mejor. Se puede calcular el todo de estas minucias, en unos 4.000 euros más.

Si han llegado hasta aquí, y no quieren sumar, nosotros se lo damos hecho: 140.000 euros. Se pueden conseguir bodas más baratas, (y más caras), pero la diversión (de los que están detrás de tal negocio) no será idéntica.

Sugerimos al presidente de Gobierno y sus asesores económicos que, para reactivar la situación y animar al consumo, insten a la gente a casarse. El lema podría ser: ninguna pareja de hecho, la crisis te necesita.

Sobre los días que marcan nuestra vida

Hay personajes o personajillos que cuando se les pide un currículum para hacer su presentación en un acto, llenan varias páginas, y al leerlo en voz alta -y, desde luego, al escucharlo- tal parece que ese material daría para alimentar varias vidas.

Títulos académicos, experiencias múltiples, trabajos y publicaciones diversas, méritos y galardones de toda índole, de aquí y de allá, se acumulan en esas páginas, desplegando toda una parafernalia de vanidades mezclada con los reconocimientos oficiales y oficiosos con los que se aprovecharon las ocasiones para aumentar las plumas del ego.

Porque, aunque hay en algunos currícula un intenso trabajo detrás, muchas líneas de los mismos en la mayor cantidad de personajes parecen producto de la camaredería, el amiguismo, o la oportunidad.

Al final, el currículum no lo hace uno mismo, sino que lo hacen los demás. El currículum no es lo que uno quiere haber sido, sino que queda.

Por eso, son muy pocos los genios de la historia de los que conocemos sus andanzas, siendo apenas el nombre lo que sabemos de ellos y habiendo quedado, de tantos, solo alguna de sus realizaciones. ¡Hay geniales obras anónimas! ¡Proliferan los esperpentos con el nombre del autor del descalabro!.

De los buenos escritores, muchas se habrán destruído o perdido o no publicado jamás. De arquitectos, muchas habrán sido demolidas o serán pasto del paso del tiempo. De filósofos, no será extraño que sus ideas escritas en voluminosos tomos ocupen apenas un par de líneas en la Historia de la Filosofía...

Aunque parezca puro escepticismo, los días que marcan nuestra vida son exclusivamente dos: el nacimiento y la muerte. En el medio, terminamos nuestros estudios, nos casamos, tenemos hijos, sufrimos enfermedades, nos afanamos, queremos, nos aman, nos odian, nos entretienen, nos alaban, nos desprecian. Y después, nos olvidan, nos olvidan, nos olvidan, nos olvidan.

 

Sobre la grave enfermedad del periodismo profesional

Los grupos de empresas que se dedican a la información escrita pierden dinero. Tratan de captar clientes, pero el público les ha dado la espalda.

Da lo mismo que ofrezcan rancias peliculas embutidas ahora en dvds, o que regalen tapas para coleccionar descripciones someras de lugares con encanto. Igual da que dediquen veinte páginas a la recogida de la uva que a la cocina mediterránea. No venden periódicos. No tantos como necesitan para subsistir.

Los culpables de esta caída en números rojos de la prensa escrita, son, por supuesto, varios.

Una razón importante es la competencia que sufre la información en papel por la proporcionada por internet. Esta es gratis, se produce y obtiene en tiempo real y resulta plural -esto es, sin otro sesgo idológico que el del propio internauta, que puede seleccionar a su antojo las fuentes para ilustrarse-.

Otra es, ay, el escaso valor que para nuestra sociedad tiene el estar informado de la mayor parte de los temas. ¿Para qué? No hay discusión prácticamente sobre ninguno.

Las conversaciones "de la calle" se componen de un poco de fútbol, algo de crítica política frontal, unas nociones sobre no se sabe bien qué guerras y lo mal que va todo. Apariencia de intelectualidad, puede que en algunos casos, aunque cuidado con aparecer de "cultureta", porque el/la portavoz de preocupaciones más profundas será inmediatamente ridiculizado.

Lo importante para el personal es el disfrute con los sentidos más primarios. No se lee, se ve el cine enlatado y sin posoterior análisis -interesa solo el relato, la historia, no el mensaje-, se prefieren los espectáculos colectivos en los que se actúa de forma pasiva.

El principal culpable de lo que está pasando es el periodista, sin embargo.

Víctima, por un lado, de la ideología del periódico para el que trabaja, dejó tiempo ha de ser independiente. Opina, no por sí, sino para que no le echen de su puesto. No busca la veracidad, sino el sesgo. Teme la objetividad y aún más la crítica, porque cuenta más el plácet del que manda. ´

Por eso, los periódicos -también la radio, y más, incluso, pero se puede cambiar gratis de dial- se han convertido en monocromos.

Si se quiere estar objetivamente informado hay que comprar varios, quizá toda la prensa del día... y quién tiene tiempo, dinero y ganas para ese esfuerzo. Sólo algunos representantes del pueblo y ciertos capitostes de empresa, que, desde sus despachos encerados, tomando café a primera hora de la mañana, reciben los recortes que se les ha preparado.

Muchos lectores de a pie, pagaríamos algo más, el doble más, incluso, por un periódico neutral, que proporcionase información y opinión plural, completa y no sesgada.

Un periódico de periodistas cuya intención principal fuera la de trasladar información, Desde el conocimiento actualizado de lo que pasa, con corrección gramatical (sin pretensiones literarias), y con formación académica. Utilizando la mayor pluralidad de fuentes y aportando, junto con las noticias, si es el caso, sus interpretaciones, sin condicionar, ocultando claves, la opinión del lector inteligente.

Puede que, en sus orígenes, alguno de los periódicos actuales hubiera tenido esa intención. Hoy se ha perdido. Huelen a ideología, sesgan, eliminan, deforman o alaban desmesuradamente.

A los lectores de diarios no nos interesa tanto fútbol (para los que tienen el cerebro agujereado por esa enfermedad infantil, ya existen chupetes adecuados), ni valoramos las hojas dedicadas a dar incienso, ni las que se despilfarran en la crítica destructiva al personajillo de al lado de la bancada ideológica (para atontar a estas víctimas, que se utilicen los papeles de difusión gratuita, y que los paguen aquellos que buscan el efecto).

Periodistas profesionales -no por favor los periodistillas que se han autoconcedido su título a base de una publicidad entre las sábanas- recapacitad. Los periódicos pueden estar muertos. El periodismo, jamás debería morir. Nos va en ello, a todos, una parte de la capacidad de pensar, de opinar, de discutir, de vivir.

Sobre los resultados de las elecciones al Parlamento europeo en 2009

Las elecciones de parlamentarios celebradas el 7 de junio en casi todos los Estados, han confirmado el predominio de los partidos de centro derecha en Europa. Era ya así, y la última votación, realizada en plena situación de crisis, ha venido a profundizar la tendencia.

En España, el análisis del voto realizado permite deducir que el Partido Popular cuenta con mayores apoyos expresos que el Partido en el gobierno, el PSOE. En una lectura interesada, muchos militantes y simpatizantes del equipo de Rajoy-Mayor Oreja pidieron, convocados en la calle Génova, sede del PP, la dimisión de Rodríguez Zapatero.

Por supuesto, el domingo 7 de junio no se estaba eligiendo al Presidente del Gobierno español. Es también cierto que la abstención, muy alta, (más de la mitad de los posibles votantes se quedaron en casa), pone de manifiesto el escaso interés por la ceremonia europea, y se puede intuir que bastantes de los que se abstuvieron no dejarían de expresar su voluntad si se hubiera tratado de poner de manifiesto sus preferencias ante algo que les atañería más directamente.

Allá los dos partidos mayoritarios con sus elucubraciones. La victoria de Jaime Mayor Oreja, con un discurso muy conservador y sin contar con todo el apoyo de su partido, es incuestionable. La pérdida de votantes respecto a las elecciones generales del equipo de López Aguilar, en cuya candidatura se volcó el aparato socialista, no admite duda.

El electorado está descontento. Por la situación general, por la sensación de una mala gestión de la crisis, por la falta de claridad en los mensajes gubernamentales y la pérdida de peso político y técnico de varios ministros, etc. El mensaje de aviso al presidente Zapatero está tan claro como el agua.

Lo más interesante de estas elecciones ha sido, en opinión de más de cuatrocientos mil electores y algunos comentaristas políticos, la emergencia electoral en Europa de un partido que defiende la seriedad, la no beligerancia inútil, el nivel técnico en los debates y propuestas y, en fin, critica la inutilidad de un bipartidismo enzarzado en tirarse los platos a la cabeza.

Tiene que incrementar la profundidad de los mensajes, perfilar el nivel técnico de ciertas propuestas, pulir algunas excrecencias de la dehesa. Pero está llamado a captar la atención de mucho más que el 3% del electorado. Nos referimos al partido UPyD, que capitanea Rosa Díez y ha conseguido colocar a Francisco Sosa Wagner, también ex-psoecialista y, sobre todo, brillante administrativista, en el Parlamento Europeo.

Sobre la ley Omnibus y los derechos de consumidores y usuarios

La Unión Europea no tiene apenas poder económico, pero ejerce un poder legislativo que, convenientemente impulsado por los intereses de los países que tienen más peso en ella, puede producir curiosos efectos.

La Directiva de libre circulación de personas, capitales y servicios ha generado una secuela de hijas, hijastras e hijuelas que, bajo el denominador común de que es bueno, para robustecer Europa, que no haya fronteras, lleva camino de dar al traste con la calidad de la enseñanza universitaria, y la coherencia de los sistemas de formación y empleo.

Existe una Directiva de Servicios, la 2006/123/CE que ha obligado a reflexionar al legislador español sobre la necesidad de adaptar algunas leyes propias para garantizar la mejora eficiencia y la calidad de los servicios con el principio de facilitar la libertad de establecimiento y la homogeneidad de las prestaciones.

El Gobierno ha aprovechado que el Pisuerga pasaba por Valladolid y ha metido en ese saco de la adaptación de la Directiva a nuestro sistema normativo, un montón de asuntos que llevaban tiempo sin que se atreviera a ponerles la mano encima.

Entre ellos, la reforma de los Colegios profesionales, que vienen siendo fundamentalmente regidos por una Ley de 1974 y, por tanto, "preconstitucional", que para algunos personajes es sinónimo de abominable.

Esa Ley-saco se llama, por su carácter omnicomprensivo, Ley Omnibus.

Los Colegios Profesionales "técnicos" han protestado por esa Ley, que en su redacción original suponía, en la práctica, la eliminación de sus ingresos, pues dejaba el visado de los proyectos al arbitrio y voluntad de los consumidores, o sea, de los clientes. Si el cliente quería pagar por un sello de calidad, pues allá él, pero no sería obligatorio.

El Consejo de Estado ha emitido a finales de mayo de 2009 un Dictamen, a petición de la Vicepresidencia Primera, en el que se despacha con algunos tirones de orejas al Ejecutivo (por ejemplo, sobre el uso del recurso "carácter de urgencia" para modificar Leyes, que sería, se dice, la razón para algunas "erratas e incongruencias"). El Consejo no cree que la transposición sea el vehículo adecuado para modificar cuestiones que "afectan al Diálogo social", que debería ser objeto de específica discusión.

A los Colegios Profesionales, que habían planteado profundas modificaciones a los artículos que incidían sobre sus competencias y funciones, el Dictamen les da parco consuelo. No critica el Consejo el que las modificaciones se puedan hacer por esta Ley, sino que no son necesarias como consecuencia de la Diectiva.

Destaca, eso sí el grave problema de que ahora se propone dejar al arbitrio de las autonomías el tema de la colegiación, cuando debería ser controlado por disposición estatal.

Estamos, pues, si un cambio de la actitud del Gobierno no lo remedia, ante la perspectiva de un serio descalabro a los Colegios profesionales, que se quieren sacrificar en el altar de los consumidores, de forma innecesaria y gratuita.

Sin valorar sus consecuencias.

Posiblemente, en el think tank de los Ministerios,  se contrapuso simplemente la rentabilidad política de anunciar a la mayoría que el supuesto elitismo de los Colegios se había cortado de cuajo, que estudiar serenamente con los Colegios de los profesionales titulados que deberían mejorar sus mecanismos de autoridad y control sobre sus colegiados y los proyectos que éstos les presentaran a visar, aumentando las garantías de calidad frente a los usuarios, clientes y el resto de profesionales.

 Por ciero, ¿quién o quienes están en ese reducto pensante del Gobierno? ¿Salen de vez en cuando a pasear?

Sobre las elecciones al parlamento europeo y la abstención

El 7 de junio de 2009, domingo, tendrán lugar las elecciones al Parlamento europeo. No serán muchos los españoles que acudirán a las urnas, si las encuestas de motivación están acertadas. También vaticinan que ganará, con alguna ventaja, el grupo de compromisarios del Partido Popular, que lidera Jaime Mayor Oreja.

La campaña electoral ha sido muy aburrida. Nunca han sido tantos, quizá, en la democracia, los argumentos acumulados a favor o en contra de uno de los dos partidos mayoritarios. Pero el público no está por ese tipo de espectáculos. Se ha acostumbrado a atribuir a los políticos y a la política determinados comportamientos deplorables, despreciando la importancia que pueden tener en sus vidas.

Tiene razón López Aguilar al afirmar una y otra vez que el Partido Popular descalifica al Gobierno socialista y no ofrece soluciones ni arrima el hombro. Tiene razón Mayor Oreja al repetir hasta cansarnos que el Partido Socialista tiene un gobierno sin rumbo y que el presidente improvisa y es un mentiroso convulsivo cuando se refiere a la situación económica.

Desgraciadamente, y aunque no les negamos a ambos talla personal, nos parecieron demasiado a menudo dos púgiles de barrio empeñados en ofrecer un combate amañado.

Europa tiene muchos problemas, desde luego. Se acabó el dinero para que nos autoricen a hacer más autovías inútiles. Tampoco lo hay para que funcionen correctamente muchas de esos centenares de depuradoras de aguas residuales que se han construído por la geografía contaminante española. Seremos una potencia mundial en desalación pero el problema del agua no está resuelto en la costa, ni se ha tratado la cuestión del precio del agua con seriedad y cabeza.

La falta de cohesión europea es preocupante por sí misma. La heterogeneidad de los estados, su composición ideológica, el desnivel de rentas, la pluralidad de lenguas y la incapacidad de encontrar objetivos comunes, es muy grave. No se ha aprobado una Constitución, ni siquiera de guante blanco, y en las actitudes de política exterior común o se actúa por el método de chiflador el que más corra o se esconde la cabeza.

La abstención es una respuesta en estas elecciones. Mala, pero refleja una actitud que no tiene otra forma de manifestarse que ésta.

Sobre el aborto a los 16, ¿y la pederastia a los 70?

Para algunos ciudadanos respetables, el aborto provocado de un embrión humano viable es un acto abominable, porque ese conjunto de células es un ser humano desde el comienzo de la gestación.

En las sociedades que tienen preocupación por sancionar o amparar determinados comportamientos, se protege a las gestantes y a los que las ayudan a suspender el embarazo -ejecutado el acto según la lex artis-, en algunos casos determinados.

En esos supuestos, no es considerado delito matar al embrión humano, porque su crecimiento natural, en lugar de inmensa alegría, causaría insoportable preocupación o insuperable enojo a la que lo concibió en su seno.

El gobierno del Reino de España, que andaba sembrado de controversias, ha levantado una polémica impresionante porque una ministra ya muy calificada ha expresado su apoyo total a que las niñas de 16 años puedan pedir sin dar explicación  a sus papás o tutores la píldora del día después -una abortiva-.

Igualmente, quedarían autorizadas a decidir autónomamente si quieren suspender voluntariamente su embarazo, en las mismas condiciones que las gestantes adultas (ley de plazos).

Las razones que se han expresado desde el púlpito de los ministerios caminan por los terrenos de las analogías perversas. Por ejemplo, se ha dicho que "esa misma chica también puede ponerse tetas sin consultar a nadie". La boutade aún pudo mejorarse: "Si una niña es mayor para quedarse embarazada, también podrá abortar"

Aunque la controversia no se ha planteado en otros terrenos, puede muy bien trascender, porque no faltaran casos en los que aplicar la misma metodología.

Para otros ciudadanos que hay que entender igualmente respetables (aunque no necesariamente coincidentes con los anteriores), la pederastia debe ser juzgada con tolerancia porque hay menores que están ya desarrollados como adultos y ha de estimarse que consienten y disfrutan con el sexo.

En ambos casos, lo que se introduce como elemento clave para juzgar la admisibilidad de una conducta es la edad.

Una edad que, para que el sujeto sea considerado con plena responsabilidad penal, se había decidido establecer, con avances históricos sucesivos, en los 18 años.

Pero fijar un límite temporal para valorar el reproche legal que merece un sujeto es, por supuesto, una artimaña, un convenio, una falacia. Hay niños disparando -y por lo tanto, muriendo- en las guerras, niñas haciendo la calle, niños falleciendo de hambre o de enfermedades que se sabe cómo curar... 

Nos parece imprescindible recuperar el punto de partida por el que las sociedades establecen sus valoraciones. El aborto y la pederastia, como el asesinato, la apropiación indebida, el aceptar sobornos, el viajar privado con dinero público, el construir chalets a la orilla del mar o no pagar impuestos estando legalmente obligado, son indeseables.

Que algunas sociedades humanas toleran todos o algunos de ellos, no los hace mejores; la propia cultura de donde provenimos, los ignoró o toleró en su momento.

Deberíamos recuperar el sentido de lo que deseamos proteger como más valioso de nuestra sociedad. Algunos querríamos una sociedad en la que la correcta información, el respeto a los demás, el conocimiento transparente y los principios de la ética universal, inundaran todos los actos de nuestra aldea.

Este deseo tan legítimo como el que más incluye que las niñas (y niños) de 16 años se dediquen preferentemente a instruirse, a informarse, siendo el sexo un accidente en sus vidas, no un objetivo al que no debieran sustraerse.

Ahora hay intereses en que los niños califiquen el sexo como lo mejor que pueda sucederles en su niñez; el deseo sexual, un apetito que hay que saciar sin contención alguna.

Sospechamos que parecidos razonamientos y oscuros intereses podrían abogar por autorizar la pederastia a partir de un cierto momento de la vida de los mayores. Si los niños lo consienten libremente, por supuesto.

Sobre locuras, genialidades y chocheces

En cada generación de pollos, siempre aparecen uno o dos más espigados que los demás, que descuellan antes, y son la envidia del cotarro. Las madres cluecas, orgullosas, los apuntan como ejemplo a las demás -"el mío es el más alto, me dice la profesora que está maduro para su edad; es listo como el hambre"-, hasta que llega ese día en que los otros también han crecido para igualarle e incluso, generalmente, siguen creciendo hasta dejar pequeño al que se desgarbó primero.

Las nuevas tecnologías generan espigados de corral que se creen los gallitos de la ciencia, porque saben combinar cuatro palabras de la nueva jerga. Como se les llama para que cuenten lo que saben, levantan la cabeza a destiempo, y se malogran. Sucede ahora mucho, porque cada tres por cuatro se inventa en algún sitio una fórmula para hacer lo mismo algo mejor, un poco más rápido, un si es no es más simple. Y como el tiempo ha pasado a medirse en eternidades, unos segundos parecen un fastidio.

La sociedad debería cuidar más lo de repartir prematuramente los premios a los pollos espigados, haciéndolos creerse lumbreras demasiado pronto, sin ser más que espejos o repetidores de segunda, que es lo mismo que les pasa a los pollos que cambian el plumón un par de días por delante de los otros. La caída mental de estos engreídos les suele resultar estrepitosa, convirtiéndseoles en  frustración, sino en locura, lo que fue tenido por genialidad.

En el otro lado de la pirámide de edad, están las chocheces de los que vienen de vuelta, los gallos con espolón y plumas descoloridas, -equivalentes a leonzuelos desdentados- que se empeñan en contarnos historietas inventadas, insertándose en la historia como si hubiera sido los tipos más gallasperos y galanes de la quintana.

Unas actitudes y otras, impiden repartir bien el grano en las camadas, trasladando sin presiones las enseñanzas más relevantes de los chamanes de la tribu a los aspirantes más capaces y a quienes mejor puedan asimilarlas. En el libro de la selva, dicen que está fórmula sería la manera de conseguir alguna vez levantar el vuelo, conseguir ser libres de las servidumbres de esta granja.

Sobre la postura del dimisionario

(Advertencia para lecturas transversales: Nos referimos en este Comentario a los que han dimitido; su posición no tiene, por tanto, nada que ver, o muy poco, con la llamada postura del misionero, que es aquella en la que dos personas, del sexo opuesto, se ven la cara mientras andan en sus intimidades).

Los dimisionarios son especie humana que, como todo, tiene sus épocas. Las de crisis son especialmente aptas para que florezcan. Pero será necesario hacer una clasificación de las aptitudes que mueven a quien, hasta entonces, ostentaba una posición de poder, para bajarse del pedestal, voluntariamente.

El dimisionario más común es el que entiende que está perdiendo el tiempo sin obtener beneficio alguno, manteniendo el gorro de capitán o el peso de la púrpura. Suele darse esta situación en los que están al cargo de instituciones benéficas, organizaciones sin ánimo de lucro, asociaciones profesionales, etc. Un día de insomnio se levantan con el otro pié y razonan: "¿Qué hago allí?". Y dimiten.

A partir de entonces, suelen disfrutar de mejores sueños, y sus antiguos comilitones empiezan a criticarles libremente. "Era, en el fondo, inoperante". "Demasiado ambicioso". "La mayoría de sus propuestas eran inviables". El sustituto lo promete hacer mejor, recibe atenciones especiales ab initio, acaba captando las mismas indolencias que su predecesor y, si no se acomoda al paso, llega el día en que su propio caballo le tira al suelo de la desilusión.

Otros dimisionarios son, desde luego, los que se ven obligados a hacerlo a su pesar, y, barruntando cielo oscuro, se adelantan al momento en que tendrían que ser cesados. En política se da muchísimo esta suerte y, en especial, en tiempos revueltos. Cuando el cerco de una investigación se aprieta sobre un cuello, lo más aconsejable para el que que nota la soga, es dimitir, para "poder defenderse adecuadamente",. Es decir, para tratar de que los perseguidores aflojen la tensión y, entendiendo que ya se está falto de poder y, por tanto, de interés, le dejen a uno en paz.

Hay otros tipos de dimisionarios, siendo los dos anteriores, los comunes. Se puede dimitir para llamar la atención del personal, y salir robustecido con las peticiones de que te quedes. Es el caso del falso dimisionario, o dimisionario in pectore.

Hay que dimite de un puesto inexistente, casi desconocido o puesto solo en su imaginación, y, por tanto, que casi nadie sabía que ostentaba. Cuando dimiten, la gente se pregunta: "Pero éste, ¿qué hacía?" "¡Ah! ¿Fulanito, era tal cosa? ¡Primera noticia!". Si el puesto del dimisionario estaba bien remunerado son, sin duda, los galardones más apetecibles; por eso, no suelen salir al mercado de los méritos.

Sobre el atractivo anaquel donde se guardan los ídolos rotos y caídos

Habrá más, pero desde la perspectiva del suave encanto de la burguesía con base socializante española, hay, con ventaja sobre otros, dos líderes caídos que siguen despertando interés. Se les invita a dar conferencias y opinan con conocimiento de concausas y una lejanía, a la vez, melancólica y agria respecto a los asuntos de la política diaria, dando a entender que no se cortan un pelo, aunque a la hora de soltarse la melena, se advierte que llevan redecilla.

Nos referimos a Bill Clinton y a Felipe González, ex Presidentes, respectivamente, de Estados Unidos y España. No será necesario, para muchos, recordar las circunstancias por las que tuvieron que irse del poder efectivo por la puerta pequeña, pero como la memoria es esquiva, vengan un par de pinceladas.

El uno, se fue envuelto en las llamas de un proceso vergonzoso en el que fue tratado de obseso sexual y perjuro, con toda la caballería rusticana -perdón, republicana- tras de él: una palabra, obscena en todos los idiomas, le persiguió durante meses: impeachment (impíchment en otras lenguas).

El otro, después de haber opositado para el lugar de mejor presidente de la democracia, fue despedido contra la pared de la historia, por un vendaval en el que fue presentado como una mezcla abominable de corrupto, incompetente y falsario y algunos de sus estrechos colaboradores compartieron días con delincuentes en campos de rehabilitación.

Ambos se aprecian. Bill Clinton piensa de Felipe González que es un "gran tipo" (EP, 23 mayo 2009). Del atractivo personal del hoy secretario de estado consorte, da muestra su capacidad para llenar un aula con casi 1.000 plazas en la Universidad Europea, un invento feliz dirigido por Agueda Benito, en esa ciudad culturalmente anodina que es Madrid.

Clinton, en un lenguaje políticamente correcto, dijo unos cuantos lugares comunes sobre la crisis, Estados Unidos y el mundo, con unos cuantos mensajes para los jóvenes, para la generación del "cómo". Que también podría ser llamada la generación del "para qué", o del "con qué", o incluso del "hacia dónde".

González, por su parte, tampoco se priva de dar opiniones sobre políticos en activo, aunque sean -o especialmente, si son- compañeros de partido. Creyendo, seguramente, que las doctrinas del otro conferenciante en activo, y este en inglés, Mr. Aznar, se desprestigian solas, acostumbra a opinar del gobierno de Zapatero. Ultimamente asevera que "le exaspera la escasez de las medidas" adoptadas para tratar de resolver la crisis, y, también "su lentitud" en implantar las pocas que se le ocurren.

En fin, hay un atractivo anaquel en donde se guardan ídolos rotos y caídos. Se les ha tumbado de un manotazo cuando estaban haciendo las cosas razonablemente bien y ahora, recompuestos los trozos con pegamento y con la pintura desvaída, se les pone sobre la mesa de vez en cuando, para recordar nostálgicamente cómo eran otros tiempos.

La operación de rescatar juguetes rotos tiene más proyección, según se constata, si se realiza después de comer unos huevos rotos con patatas cuadradillo, por ejemplo, en Casa Lucio. A Bill le entusiasma, y también a Jorge Valdano, Plácido Arango, Alejandro de la Joya, Rafael del Pino y Martín Varsavsky, entre otros. No importa que algunos tengan su propia cadena de restaurantes o asimilables.

No será fácil aparcar el coche, y los huevos resultan siempre ser -los de Lucio y hasta los del Lucero del Alba- algo indigestos, pero el momento de saludar a los curiosos con el brazo en alto da bien en las fotografías y la gente de Lucio sabe cómo despejar de coches la calle casi peatonal.

Con esta combinación, los poderes fácticos sombríos, pueden reunirse con los líderes caídos,  ya desprovistos de espolón, y dejar que lancen algún mensaje a los que están en el poder actualmente.  Se interpretará que están subrayando con tinta simpática lo que dicen esos expertos, sin miedo a que les tilden de contrarios. Si fuera necesario, podrán manifestar su desacuerdo; no vaya a ser.

La operación no es barata (en el caso de Bill, unos 300.000 euros), pero merece la pena, is worth while (is uórz juáil, en otras lenguas). Que aproveche a todos, pues.

Sobre las ideas

No vamos a hablar de la cosmogonía de Platón, sino de la de ahora. No va a ser cosa de filosofía, sino de manual de urgencias. No entraremos en la cuestión de si habrá necesidad de recurrir al cambio de paradigma -palabro que, como ya hemos reflejado, nos repugna-, que veremos luego lo que hará falta para controlar los desmadres de los dioses del mercado...cuando pase la borrasca.

En una situación que se ha concretado como gravísima, y que persiste a pesar de los brotes verdes que algunos ven forzando los ojos de su imaginación -un observador inteligente los llamó "brotes de invernadero"-, faltan ideas. Buenas ideas para conservar la calma, mantener la flotabilidad y revisar la solidez de los botes salvavidas, si es que el asunto ha de acabar -lagarto, lagarto- en un naufragio.

No pensamos que la escasez de ideas sea cuestión de una falta de liderazgo. Hace ya tiempo que no creemos que una persona pueda ser cabalmente tenida por responsable de las actuaciones acordadas por la mayoría de una sociedad. Siempre hay equipos, estructuras, decisiones que se adoptan por filtros piramidales, detrás. El líder nunca está solo, porque no puede vivir sin un fuerte respaldo.

Cuando la mar está relativamente en calma, la mitad de la tripulación puede descansar o mantenerse al pairo. Ahora bien, cuando hay huracán, nadie en el barco debe dormir (ni podría), ni sería admisible que se resistiera a colaborar argumentando que el problema no va con él o que el capitán no tiene su confianza. No es tiempo de motines.

En casos de crisis, ni siquiera hace falta un programa coherente y lógico para movilizar al personal.  La gente está tan asustada que se podría dejar conducir hasta por un loco. El abominable Hitler -perdón por la cita- demostró que es posible contar con la colaboración, activa o pasiva, de la mayoría de una población, tenida por inteligente, con el pretexto inasumible de exterminar a una minoría.

Hoy no se pretende exterminar a nadie, sino salvar una situación económica. Y es lamentable que no existan programa ni ideas, capaces de movilizar a la inmensa mayoría, ilusionándola sin resquicios, a pesar de que la ideología de la solidaridad es, indiscutiblemente, la mejor (la única) que podemos poner en funcionamiento para alcanzar una sociedad justa.

Y, sin embargo, alguien se empeña en colocar sobre el tapete de las preocupaciones, temas que son importantes, pero no son prioritarios ni urgentes. No ahora.

El debate acerca de la corrupción es muy interesante, pero no debe concentrar nuestros esfuerzos en este momento, porque debilita o imposibilita la adopción de acuerdos sólidos, mayoritaios. Debió haber sido mantenido antes, tendrá que ser resuelto después.

Hoy necesitamos concreciones, no propósitos ni buenas intenciones que no puedan llevarse a cabo por falta de consenso. Necesitamos programas inmediatamente realizables, plasmados con total seriedad, con sus consecuencias, resultados y costes perfectamente estudiados. Bien explicados.

Nos preocupa la pérdida de nuestros puestos de trabajo, el parón de la actividad, el no saber cómo vamos a salir de ésta y cuándo. Nos preocupa advertir que nuestras fábricas, con sus equipos y maquinarias en buen estado de uso, aún no amortizadas, están cerrando porque no se compran productos que ayer eran imprescindibles. Y no tenemos sustitutos.

Nos preocupa saber que nuestras universidades y escuelas de formación siguen manteniendo su apacible ritmo de que aquí no pasa nada, sin haber activado todos sus mecanismos de alarma, de creatividad, de impulso y colaboración con los demás agentes sociales.

Nos preocupa que una granm parte de nuestra población -más, bastantes más de cinco millones- se encuentre inactiva, improductiva, inútil, cuando estamos en una situación de crisis: que no se sepa qué hacer con nuestros jóvenes, nuestros jubilados y prejubilados, nuestros parados cobrando subsidios y nuestros parados que no tienen prestaciones, nuestras mujeres y hombres cualificados pero desempleados... a pesar de las leyes de igualdad, de la Constitución y del sentido común que llevaría a utilizar todos los recursos.

Nos preocupa que, estando ahí, aún sin grave daño, todo el potencial de mano de obra, de activos industriales, de poder intelectual, de masa monetaria (ay, ese dinero guardado que espera que la situación se complique aún más, para sacarle mayor rendimiento), no haya una preocupación obstinada, unánime, para volver a movilizarlo de inmediato, tocando a rebato en todos los focos de responsabilidad.

Salgan a la calle las ideas. Que les dejen expresarlas a quienes las tengan, que se promuevan, por el debate, otras, que se discutan y elijan las mejores y se pongan en práctica. Que se llamen para actuar y colaborar a los que más sepan. Que se callen los que vociferan, disimulando que van de vacío.

Que Dios y Obama nos cojan confesados.

Sobre el caso Höffnung

Dicen las crónicas -en especial, las psoedirigidas- que el caso Gürtel se está transformando en presión hacia el entorno de la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre. Así que de la Correa se puede pasar al caso Höffnung (Esperanza en alemán).

Como es sabido, el nombre del caso fue puesto por el juez instructor de la AN, Baltasar Garzón, instruído el mismo -aquí sí- en el idioma germano como buen jurista, porque uno de los principales sospechosos de haber creado una trama de corrupción en el Partido Popular, se apellida Correa y, por un casual chistoso, gusta de hacerse trajes caros junto con otros compañeros de la misma filia.

No sabemos si la protección de este tipo de incendios mediático-jurisdiccionales cuenta con la previsión de cortafuegos. Suponemos que sí, dada la amplia experiencia que habrán venido acumulando los partidos, de este y todos los demás países democráticos, en nadar y guardar la ropa, y especialmente de los trapos sucios.

Trapos sucios que tienen variadas procedencias. Algunos corresponden a los restos dejados por la ambición personal de adquirir tajada de los dineros que mueven las cosas públicas. Para ciertos individuos parece inasumible estar manejando presupuestos importantes obteniendo por única compensación los sueldos y honorarios que oficialmente se les ha atribuído. Quieren más; puede que trajes a medida, coches más lujosos, arreglos gratis en sus casas en la costa, algunos billetes entregados bajo cuerda.

Cuando son descubiertos, el cortafuego a esos incendios está en los manuales. Expulsión de los partidos, abominación pública, libre camino a la acción de la justicia, en cuya neutralidad, rigor, independencia, creemos a pies juntillas.

Otros trapos sucios afectan a la maquinaria de bombear pasta a las calderas de los partidos. De esas alcantarillas del poder poco se sabe, y siempre se sabrá muy poco. Puede que a veces algún político a punto de chochear avance algo sobre porcentajes en la adjudicación de obra pública y su forma de distribución. Tal vez, antes de morir, alguien ya sin poder o despechado nos deje algunas claves que serán objeto de best-seller pero no arrancarán ninguna investigación, por falta de pruebas o prescripción facultativa.

No sabemos mucho tampoco, pues, de los cortafuegos a los incendios que parecen aflorar cuando algo huele a quemado en la maquinaria de engrasar a los partidos. Entendemos que hay muchos gastos y que no debe ser sencillo soportar un aparato tan complejo con la simple aportación prevista por los resultados electorales o la contribución de los cargos públicos. Parece muy probable que haya más, mucho más material.

Que se halle lo que se haya, puede que se convierta en harina de otro costal

El caso Höffnung puede tener cierta similitud al caso "P" (Pendiente/Presidente) que en su momento agitó, hasta descomponerlos, los cimientos del Gobierno de Felipe González. No es improbable que, en algún lugar del bosque, otros incendiarios estén tratando de provocar un caso "Schuhmacher" (futbolista, pero también en la actualidad, apellido transpuesto al alemán del presidente de gobierno español, Zapatero).

Uff, qué calor.

Sobre el Día Internacional de los Sin Trabajo

El derecho al trabajo, reconocido en casi la totalidad de las Constituciones, es, en realidad, una engañifla múltiple.

En primer lugar, porque parte de la presunción de que al ser humano le apetece trabajar. No es así, en absoluto. El trabajo no da la felicidad. Es una carga, no un derecho.

Salvo algunos probables enfermos, que no pueden evitar estar siempre haciendo algo (y que los angloparlantes han decidido llamar workaholics, para resaltar su similitud que los alcohólicos), las personas normales lo que desearían es vivir estupendamente, sin tener que trabajar.

Porque el objetivo principal del trabajo para quienes no tienen la fortuna de ser ricos de familia (sin entrar en otras consideraciones de otros oficios o beneficios que tampoco implican exactamente poner el callo), es traer algunas alubias al pote diario. Si no trabajas, no te pagan, y si no te pagan, no comes. Así de simple.

Claro que algunos privilegiados por el sistema cobran cantidades desorbitadas no se sabe muy bien porqué, aunque se pueda intuir. Pero no deben preocuparse: nunca se investigarán las razones por las que se premia su dedicación.

Por otro lado, resulta que el Día Internacional del Trabajador, celebrado con tanta parafernalia (y se ha olvidado ya, porqué razones originarias), da cancha a un grupo de bienventurados -los "líderes laborales"- que calientan los motores mentales de los que tienen el trabajo y no están dispuestos, por supuesto, a perderlo.

No hay posibilidad de estar en desacuerdo con quienes defienden esa posición. Solo que no representan intereses generales, por mucho que lo disimulen. La defensa del puesto de trabajo por quienes ya lo tienen no es un derecho universal, porque lo que configura la universalidad es que todos, absolutamente todos, los que lo deseen, puedan acceder a un trabajo justo, digno, remunerado adecuadamente.

Los sindicatos y otras asociaciones laborales concentran sus reivindicaciones en pedir mayores ventajas para sus afiliados y para los que ya trabajan, cuando la coyuntura es favorable; y demandar que no se las quiten, cuando vienen mal dadas.

Sin voz real en ese colectivo, casi complementario a él, se encuentra otro, el de los Sin Trabajo. Seguramente, la mayoría jamás han estado sindicados. También hay autónomos entre ellos.

En los sistemas de mercado, se argumenta que el porcentaje de paro estructural -los que desearían trabajar y no encuentran trabajo, en época de bonanza total, es del 2% de la población activa. También se dice "que es bueno para el sistema" que exista incluso un 4% de gentes que se encuentren circunstancialmente Sin Trabajo porque eso facilita el estímulo y la creatividad, la movilidad laboral, la consecución de una mejor formación, etc.

Hoy, en España, los Sin Trabajo oficiales son más del 17%. Las asociaciones sindicales han salido a la calle en todo el mundo para pedir que no haya despido libre, que se conceda más liquidez a las empresas, para amenazar con conflictos si hay más regulaciones de empleo. 

La inmensa mayoría de los Sin Trabajo no tienen sindicatos que los defiendan. No pueden celebrar un día de fiesta, dejando de hacer lo que no hacen por motivos ajenos a ellos. Su derecho al trabajo es un globo desinflado. 

Acordémosnos hoy de los Sin Trabajo. Tienen necesidad de trabajar, y no encuentran dónde. No es que tengan ganas de currar, es que si no lo hacen, y sino cuentan con la solidaridad de los que trabajan, no tendrán qué llevarse a sus casas. 

Si por ellos fuera, se pasarían el día pescando, leyendo un libro, paseando por un prado, conociendo nuevas gentes, saludando a los pájaros o escribiendo poemas. Como nos gustaría a todos.

Hoy, en realidad, no tienen ganas de hacer nada. Seguramente, no estarán en la calle.

Sobre Doña Pandemia y Doña Histeria

La aparición de varios brotes de la llamada gripe porcina en la ciudad de México, a la que se atribuyen provisionalmente unas 150 muertes, ha supuesto la implantación del estado de alerta sanitaria en esta población de quince millones de habitantes, con el cierre de los colegios y limitaciones al uso de algunos servicios públicos.

El efecto colateral es mucho más grave: los viajeros que provinieron en los últimos días de este país norteamericano se ven sometidos a controles, indagaciones, y aislamiento social por sospechas de contagio, cuando no, ellos mismos, cubren sus orificios respiratorios con mascarillas, llamando así la atención sobre sí y su circunstancia.

Como a las elucubraciones sin fundamento hay que ponerles rostro para que cundan mayor efecto, se indica que el presidente Obama puede estar afectado de esa gripe, que, como ya dijimos tiene el apelativo de porcina, por lo cual se pueden hacer unas risas a costa del virus y del más observado líder mundial.

Simultáneamente, un avión que realizaba unas tomas publicitarias sobre Nueva York, siembra el pánico en la ciudad con el mayor número de edificios altos, la Bolsa cae y la gente teme un nuevo ataque de las fuerzas del mal, todo porque se acercó más de lo habitual a la rasante.

Calma, pueblo. El fin del mundo puede estar próximo, desde luego. Pero recordemos que ha de venir procedido por un ruido de trompetas y acordes celestiales y, de momento, solo se percibe la intención humana de conseguir sacar dinero a base de la credulidad de los más, ayudados, cuando haga falta, de Doña Pandemia, Doña Histeria, y de las demás damas de una cohorte harto rastrera, capaz de inventarse gripe aviar, vaca loca, peligro inminente, cambio climático, desastre nuclear y, lo que es peor, hacerlos realidad sin mayores escrúpulos.