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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sociedad

Sobre la muerte

El muerto al hoyo y el vivo al bollo, es un dicho que recoge, con precisión castellana, los intereses en juego en torno a la muerte.

Refleja también, con toda crudeza, la poca fiabilidad que la cultura popular concede a los argumentos en torno a la trascendencia del ser humano, el descrédito de las posiciones religiosas respecto a la existencia de otra vida, incluso aunque se nos presente como más privilegiada.

Una vez que el cuerpo del otro se queda inmóvil para siempre y empieza la descomposición de su materia, el cuerpo propio reclamará la inevitable atención: hay que darle alimento para que el mismo no decaiga.

Esta idea de que lo único que tenemos es la vida, y que hay que aprovecharla, disfrutar a tope, se ha incrustado de tal forma en nuestra sociedad, que se ha convertido en el mensaje más relevante.

Disfrutarlo todo, hollarlo todo, consumirlo todo. Este movimiento iconoclasta ni siquiera se detiene ante la cuestión trascendente de "cómo disfrutar mejor" o "con qué sentido", sino que se ve arrollada por el impulso colectivo, especialmente visible en un sector tal vez incluso mayoritario de la juventud, de que para gozar a tope de la vida hay que desplegar absolutamente cuantas opciones de posible placer que estén al alcance, sin pensar ni en el día de mañana ni, desde luego, en lo que pudiera tener lugar después de la propia muerte, a nosotros o a lo que sobreviva a ésta.

Resulta curioso que nuestra sociedad española haya importado la fiesta anglosajona del Halloween para sustituir a la Festividad de Todos los Santos, que la iglesia católica viene celebrando el 1 de noviembre desde que el papa Gregorio III (allá por 741), la fijó definitivamente en esta fecha, y que había sido establecicida para conmemorar, tanto a los bienventurados conocidos como a los anónimos, que eran multitud desde que el emperador Diocleciano se había empeñado en poner un halo de virtud martirológica a cuantos cristianos se puesieron al alcance.

Resulta curioso que nuestra sociedad española haya olvidado la festividad de Difuntos, establecida el 2 de noviembre, y señalada como diferente a la anterior, y cuyo origen es incluso anterior, pues parece haber sido fijada por un tal San Odilón, abad de Cluny, francés por supuesto, en 998.

Lo que ya no resulta curioso, sino coherente, es que en cualquiera de estas fechas, sean pocos los jóvenes españoles que se dejan caer por los cementerios a poner, como era costumbre, flores a sus deudos y adecentarles los nichos donde yacen, y que se lancen a las calles, descocadas ellas y sedientos ellos, (o al revés, quién sabe) disfrazados de brujas, muertes, diablos, trasgos y vampiros (o puede que al revés o en totum revolutum), proclamando que hay que aprovechar el hoy, y que, si alguien cree que existe un mañana en donde rendir cuentas ante un juzgado que no sea el del Garzón y otros empecinados, que cambie el chip y corte el rollo.

Sobre méritos y meritorios

Siempre nos ha parecido que en las dos acepciones de la palabra meritorio, según se use como adjetivo o como sustantivo, hay una ironía muy al pelo de nuestra idiosincrasia. Los que realizan tareas meritorias pocas veces se ven reconocidos por esa labor, y los que recogen el fruto de esa labor, los que cosechan el mérito, son otros.

Los meritorios son, según el docto libro, los que trabajan sin sueldo, y aclara que las razones de esta esplendidez, se encuentra en que actúan como aprendices, o a la espera de que su trabajo pase a ser remunerado.

Los tiempos han cambiado. Hoy, hay algunos que trabajan sin sueldo solamente por el prestigio que da pertenecer a una institución (o así creen obtenerlo), y, por supuesto, siguen siendo multitud los que están dispuestos a hacer de meritorios un tiempo, en la pretensión de que se les reconozcan la capacidad para ocupar un puesto asalariado o alcanzar esa distinción que les hace tilín y exige algún peaje.

Por eso, meritorio tiene ya poco que ver con los méritos, y los que los tienen oficialmente reconocidos, defienden la exigencia de cualificación para llenar los huecos que aparecen en las posiciones adyacentes con uñas y dientes, conscientes de que, cuanto más prestigio haya en los lados, más se ensalzan ellos.

Desde sillones en las Reales academias, pasando por puestos en consejos y juntas colegiales y patronazgos de fundaciones, hasta cátedras, sedes, gorros, plumas, medallas, o asesores áulicos, todos los sitios de pretendido prestigio tienen bicho, y acceder a ellos exige muchas más cosas que los méritos. Incluso, en muchos de ellos, los méritos son un hándicap, una rémora, una opción de sospecha para que los que están arriba lancen los aceites más hirvientes sobre los aspirantes.

Hay quienes se esfuerzan en conseguir esos puestos que gozan de beneplácito y fulgor aparentes. Deberían convencerse, sobre todo, si no consiguen el objetivo, de que la inmensa porción de la sociedad ignora estos alcances. El prestigio se lo conceden, en general, solo los que están en el ajo, los que tienen el título o los que aspiran a él.

Las preocupaciones de las gentes normales no van por el camino de que se les valoren los méritos con plumas ni sillones de rancios cueros, sino por la necesidad de superar la condición de meritorios y conseguir que se les pague en dineros por su trabajo.

Sobre amortizados, inmigrantes y parados

Nunca supimos cómo hacían en realidad sus encuestas y análisis sociológicos las variopintas empresas de demoscopia que, periódicamente, nos ilustran sobre aquello que les apetece decir a los entrevistados y les agrada leer a quienes los han contratado.

Bastaría con estar atentos a las evoluciones de esos jóvenes con cara de estar cumpliendo los últimos días de un castigo ejemplarizante, y que abordan con poco rendimiento a los paseantes con cara de estar más desocupados, en plazas transitadas o a la entrada del metro, interesándose por si tienes un momento y rellenado a solas los cuestionarios que pocos están dispuestos a satisfacer.

Las observaciones particulares -sin valor científico, pero sí práctico- muestran, entre otras cosas, que ha crecido el número de obras de reforma y rehabilitación en viviendas particulares y edificios públicos, realizadas mayoritariamente por dilectos trabajadores provenientes de países del este europeo, que trabajan según la actividad que despliegan, a destajo, con precarios instrumentos y sin las convenientes medidas de seguridad.

También ha crecido, hasta la colmatación, el número de técnicos latinoamericanos dedicados a dar respuesta -más o menos eficiente- a los innumerables problemas que las líneas de ADSL española presentan a los usuarios. Muchos deben ser también los habitantes de los cubículos de los llamados call center -ahora todos de obligado pago para los sufridos "clientes"-, que responden con acentos árabes o latinos a las desesperadas peticiones de los telefonantes.

Igualmente, se constata que ha crecido el número de prejubilados, jubilados, jóvenes en edad de estudiar o trabajar y mujeres de todas las edades, que toman el sol o el fresco en las plazas y parques públicos, mirando el tiempo y las gentes pasar.

Ha crecido el número de jóvenes extranjeras empleadas de hogar -o así parece- cuidando mientras alimentan sus chácharas con compatriotas, proliferantes parejas ajenas de niños gemelos sospechosamente producto de inseminaciones in vitro (y, por supuesto, también toman cuidado de otros infantes con perfiles físicos individualizados).

Ha aumentado desorbitadamente la cantidad de parejas de hecho, formadas por un latino y un local, hombres y mujeres, apoyándose en sus complementarias necesidades, los de acá con Alzheimer o demencia senil o un serio hándicap físico y los de allá con ganas de llevarse algo de vuelta al hogar foráneo en donde esperan las bocas de los suyos.

Ha aumentado el número de parados universitarios, menores de 35 años, seguramente con una, dos o tres carreras, despedidos de pronto por reconversión de empresas de tecnología puntera, consultings afamados, periódicos de éxito, subcontratistas de los que añadían valor, etc., que esperan en vano que los llamen de algún sitio para ser mileuristas por primera vez o volver a serlo.

No hace falta hacer muchas estadísticas para intuir con fundamento que ha aumentado la circulación de dinero B, el empleo sumergido remunerado por debajo del mercado, el número de notas de entrega en lugar de facturas, el despilfarro de recursos intelectuales de miles de jóvenes formados para dar lo mejor de sí, el desprecio hacia la experiencia de los mayores de cincuenta años, la competencia por los puestos de trabajo inframileurista por parte de la inmigración readaptada gracias a permisos de residencia y trabajo conseguidos en otros sectores,...

Sobre el valor del consejo de los mayores de esta tribu

Morgan Tsvangirai es el primer ministro de Zimbabue, presidido por Robert Mugabe, a pesar de que fue aquel quien ganó las elecciones para presidente en 2008, pero su victoria fue sepultada en un fraude masivo, denunciado por todos los observadores internacionales. Para no hundir aún más a uno de los países más pobres de la Tierra, Tsvangirai aceptó una cohabitación forzada que juzga "Correcta. Hay unos acuerdos firmados que cumplir". (EP, 8 de octubre de 2009, crónica de Ramón Lobo).

Lo que más nos ha llamado la atención de esta entrevista es una frase que parece, en efecto, venida del fondo de la Historia: "El (Mugabe) tiene la edad que tendría hoy mi padre. En Africa existe la dignity, un concepto que no entienden los europeos: el respeto que se tiene por la gente mayor". (1)

Hemos mirado alrededor y creemos que en España, si pudiéramos remedar al bueno de Morgan, "hoy existe la indignity. El desprecio continuado a cuanto proviene de la edad, la seriedad, el fundamento, el conocimiento de la Historia y de los procesos".

Estamos prefiriendo la improvisación, el destruir lo que tenemos para erigir allí algo completamente nuevo y quizá hasta estrambótico, hacemos mofa del que presenta argumentos, tenemos por seguro de que los más jóvenes -avalados tal vez con un montón de papeles emitidos a base de entregar dinero por no sabemos cuántas universidades extranjeras- saben más, por ser nuevos, que los que tienen los colmillos retorcidos por la experiencia.

Por supuesto, esta situación insólita, costosísima, tiene exclusivamente lugar allí donde lo que se juegan son los dineros públicos o se juega solo en el terreno de las apariencias. Los que defiende su dinero se mantienen en sus puestos a pesar (o a favor) de la edad.

Y cuando jubilan a sus colegas más íntimos, los mantienen como asesores, para que puedan compaginar el disfrute de sus patrimonios con la emisión de unos cuantos sabios consejos que siempre vendrán bien a los pardillos que, por la centésima parte de los honorarios, harán los deberes con aplicación, utilizando fórmulas que seguramente no entienden y escribiendo en el inglés fluido macarrónico que aprendieron, becados por sus papás, en un campus de la América profunda o en KFC (2).

(1) Tsvangirai nació el 10 de marzo de 1952; tiene, el 16 de octubre de 2009, 57 años. Mugabe nació el 21 de febrero de 1924; tiene, por tanto, en la misma fecha 85 años. No estamos en este comentario referiéndonos al pelaje personal de quien está considerado como uno de los dictadores más corruptos y sanguinarios de Africa (laureado en Londres como economista)

(2) Kentucky Fried Chicken, una cadena de comida rápida.

Sobre la rentabilidad política de las devociones y los signos

El primer domingo de septiembre, los mineros de Asturias y León con simpatías socialistas se reunen en las campas de Rodiezmo,  con sus familias, a tomar unas empanadas, beber algo de vino y escuchar el discurso enfervorecedor del José Angel F. Villa, el de me-cagu-en-mi-mantu pero también el principal valedor, utilizando la fuerza del sindicato que controla, el SOMA, del mantenimiento a trancas y barrancas de la minería del carbón asturleonés.

Eso es así desde hace 30 años.

Van quedando pocos mineros, pero la costumbre se mantiene, y nunca faltan jerifaltes venidos de Madrid para hacerse la foto, dar algunos mensajes de cara a la nueva temporada política y, de paso, departir con los presuntos votantes repartiendo abrazos y sonrisas. La foto de este año prueba que estuvieron allí, en olor de multitud, el Presidente del Gobierno y, por lo menos, dos de las mujeres importantes que va colocando el PSOE en primera línea de la opinión pública: Bibiana Aído (Ministra de Igualdad) y Leire Pajín (Secretaria de Estado de Cooperación Internacional) 

Es esta foto una de las dos que suscitan este comentario. Mientras se cantaba (o mejor, tarareaba, ya que la letra no la conoce ya nadie) La Internacional, extraño resto de otros tiempos de lucha, las dos jóvenes militantes, siguiendo miméticamente la acción de algunos de los que se encontraban por allí (viejos combatientes contra el fascismo), levantaron con garbo el puño izquierdo.

El Presidente Zapatero, listo como el hambre, mantuvo las manos a la espalda y el aire ido. Foto de portada.

Hay otra foto de estos días que encaja igualmente, e incluso mejor, con la idea que pretendemos expresar: la rentabilidad de los signos, cuando se utilizan y, si se sabe aprovechar el momento, mucho más, cuando se los ignora.

La foto la proporcionan los actos de celebración del Día de la Santina, representación local asturiana de la polimórfica Virgen María. Esta imagen pequeñina y galana tiene fama merecida de ser muy milagrera, a nivel de la Pilarica y la del Rocío (por ejemplo). El ex-futbolista Quini, venerado a su vez como héroe pagano en las Asturias, figura públicamente entre los defensores de esa devoción, al verse curado de un cáncer de garganta por haberse (com)prometido a llevar las andas en la procesión de este año de gracia de 2009 y, por supuesto, también debido al buen hacer de los médicos que lo atendieron, y que aún están en el anonimato hagiográfico.

En esa foto que tenemos a la vista, el presidente del Principado, Vicente G. Areces, junto con el ex-Presidente Antonio Trevín y otros principales, asisten con aspecto recogido a la misa de la conmemoración, co-oficiada por un arzobispo -Gabino Díez Merchán, varios obispos y otros clérigos católicos.

Como no nos consta la reconversión de estos políticos regionales a la fe de su probable bautismo infantil -en general, ayunos de prácticas devotas, lo que no resulta criticable, sino simple constatación-, entendemos que, en este caso, como resulta habitual en las ceremonias religiosas en donde se da la presencia masiva de autoridades de variado pelo ideológico y confesional, ha tenido lugar la utilización publicitaria de las devociones de los demás.

A diferencia del Presidente Zapatero, que se mantiene al margen de la manifestación de otros, estos Presidentes locales, se apuntan activamente, no a título personal, sino por lo que representan, a la participación en un acto religioso a pesar de la aconfesionalidad de los Gobiernos, central y regionales.

Puede argumentarse que, de cualquier forma, todo es puro teatro. Lástima. Nos convendría a todos que creyéramos firmemente en aquello en lo que participamos y manifestáramos con nuestra ausencia coherente, cuando no con nuestro rechazo activo, la distancia con lo que no pertenece al ideario colectivo que debemos respetar. ¿O todo vale si la foto es buena?

 

Sobre los festejos populares: el caso Pozuelo

El final de las fiestas de Pozuelo (población satélite de Madrid) este año estuvo marcado por unos graves disturbios. Ya de madrugada del sábado al domingo, unos doscientos jóvenes se enfrentaron a la policía local, tratando de amedrentarles.

La policía había sido reclamada para intervenir como consecuencia de que un joven había recibido un botellazo. De todas maneras, ante la previsión de altercados (ya se sabe lo que son hoy por hoy las fiestas populares para algunos: alcohol y droga), la policía ya estaba vigilante en la zona.

Hay 20 jóvenes detenidos, y diez policías heridos, dos de ellos graves. Suponemos que también habrá algunos jóvenes heridos, pues la policía tuvo que emplearse a fondo, e incluso llegaron refuerzos de la Policía Nacional especializada en disturbios.

El diagnóstico del problema, porque aquí (no en Pozuelo, en toda España, quizá en casi todo el mundo) tenemos un problema,  es relativamente sencillo. Falta de autoridad en casa y en las escuelas, libre comercio de droga en las cercanías de estas últimas, alcohol, poca formación y educación, incapacidad para comunicarse, proliferación de liderazgos vacíos para la juventud.

No hacen falta más policías. Son necesarios mejores y más motivados maestros y, sobre todo, padres que se responsabilicen de la educación de sus hijos. Tampoco ignoramos que con la inmigración se ha incrementado la marginación de algunos sectores juveniles, generándose bandas de delincuencia, que, faltos de control en sus casas, sin conciencia de futuro, creen realizarse implantando su propia ley del más fuerte.

Hay que controlar los focos de estos puntos de respuesta antisocial. Saber porqué se producen, donde, y estudiar la manera de atajarlos lo más cerca posible de sus orígenes. No esperar a que se manifiesten para reventar una fiesta popular en la que miles de jóvenes, sencillamente, iba a pasarlo bien, no a aprovechar la oportinudad para enfrentarse ni a la policía ni a sus posibles contradicciones.

 

Sobre varios consejos para mejorar la sociedad

Nuestra sociedad tiene varios problemas, y la salida a esa complejidad no habrá de aparecer por arte de birlibirloque, sino que ha de ser discutido por los que pueden tomar las decisiones, escuchando a quienes pueden aportar las soluciones.

He aquí algunas reflexiones

1. Financiación de los partidos políticos.

Los descubrimientos, seguramente fortuitos, de algunas fórmulas ilegales para financiar el Partido Popular no pueden movernos a engaño. Todos los partidos recurren, para aumentar su capacidad de premiar a los simpatizantes y colaboradores, a reclamar cantidades de los contratistas a quienes conceden adjudicaciones cuando están en el poder.

Negar esa evidencia es una tontería, una falsedad de nuestra sociedad, una mentira nada piadosa que obliga a difíciles equilibrios contables, a falseamiento de facturas, a flujos de dinero B. Para poner coto a esta práctica no basta con apuntar a los escalones más débiles de la cadena ni, por supuesto, echarse las manos a la cabeza cuando algún exmilitante cabreado denuncia alguna irregularidad.

2. Independencia judicial

El poder judicial no es independiente. Podemos hablar largo y tendido (o de pie) sobre la conveniencia de serparar los tres poderes (o los cuatro, o los diecisiete), pero no es cierto que los jueces se dejen -siempre- guiar por la búsqueda de la justicia. Está claro que la mayoría de los jueces tratan de ser independientes, como la mayoría de los políticos pretenden huir de las prácticas de corrupción.

Pero esta sociedad está muy imbrincada. No es posible la independencia absoluta de nadie. Y menos de aquellos a los que les gusta cazar o pescar, o hacer vida de sociedad, o tienen amigos en este o aquel partido, o aquella o tal cual empresa. Podemos cerrar los ojos a la realidad de que los más poderosos económicamente podrán pagarse fórmulas de evasión y de exención de responsabilidades que el ciudadano medio ni soñó con que existieran, y si son descubiertos (o para defender sus intereses, sean cuales sean) podrán poder disponer del mejor y más influyente  bufete, y gozar de capital para aguantar un largo proceso. 

3. Elección de los gestores de la función pública

La política no puede ser parte del comienzo de una carrera personal, ni mucho menos, una profesión, especialmente de aquellos que ocupen los más altos cargos. Los políticos han de acceder a los puestos de mayor responsabilidad, en la cumbre de su vida profesional, no en los comienzos.

Para la elección de funcionarios, el dilema a resolver es, si queremos profesionales que, después de su oposición, tengan garantizada su carrera y su promoción, o los queremos someter a pruebas más o menos regulares de eficacia. Si nos hemos decidido por la primera opción, hay que ser consecuentes, y proveer a los funcionarios de expectativas profesionales coherentes, así como medios para estimularlos, incentivarlos, y, cómo no, aparcar a los incompetentes.

4. Mejora de la información sobre los flujos de capital

Nos gustaría saber quién analiza los datos del sector inmobiliario, o del mercado de coches de lujo, o la existencia de segundas y terceras viviendas, o quiénes son los detentadores de depósitos bancarios o acciones bursátiles o participaciones empresariales.

Hay mucho rico ostentoso que vive en parcelas a todo lujo, goza de vehículos último modelo de marcas carísimas y parece escapar a todo control.

En fin, existen otros muchos aspectos que podrían analizarse. Los dejaremos para otro día.

Sobre crápulas y benditos

(Desgraciadamente, Blogia vuelva a tener problemas. Volveré a escribir el comentario cuando tenga tiempo)

Hace ya muchos años, los benditos de Dios eran corrientes. Igual podía ser el cura que te perdonaba un pecado mortal a cambio de tres avemarías (en representación del invocado), que el sereno que te ayudaba a descargar el maletero cuando llegabas de Torrelodones (no hagan rimas, porfa) a las tres de la madrugada.

Con el paso del tiempo, los benditos de Dios han dejado el paso a los benditos a secas. Desde luego, siempre se dijo que "He dormido como un bendito" y los más instruídos recordarán aquello de "Bendita la madre que te parió y los pechos que te amamantaron", que no es, como pudiera creerse, un piropo callejero, sino del Nuevo Testamento.

También los crápulas han variado. Ya no se trata de aquellos tipos entregados al vicio, que disfrutaban de la bebida y de los placeres carnales sin medida.

Si Vd. ve al dueño de la empresa que le da de comer entrar un día en el negocio acompañado de un tipo de traje gris y corbata de colorines, con pelo engominado y sonrisa betáfica, y que le es presentado como. "Fulanito va a encargarse de hacernos un estudio de viabilidad; hay que darle la información que necesite", es altamente probable que al cabo de un par de meses Vd. y otros cuantos se encuentren en la calle.

El desconocido será, para Vd, y los demás afectados, sin lugar a dudas, un crápula.

Sobre tarambanas, garrulos y rabaneras

No será fácil que los tarambanas, con su incapacidad para acudir a los entresijos de las cosas, con su impulso natural de repicar las campanas y estar en la procesión, que no es sino preludio de la afición a andarse por los cerros de Ubeda, se fijen en las sutilezas que florecen a su alrededor. Hay que estar a las duras y a las maduras, por supuesto.

Se dice, se comenta, sin embargo, que un tarambana pudiera estar, en verdad verdadera, hecho de rabos de lagartija y que, por eso, cuando se les confía un tema importante, llegan a tener más peligro que una caja de bombas.

Con el paso a la adolesencia, estos niños tarambanas (solos o acompañados con los badulaques) corren el riesgo de convertirse, especialmente si son hembras y frecuentan las malas compañías, en pendones, si no se les ata corto.

Por eso, para darles educación adecuada,  si los padres son gente de pudientes, acostumbran a meterlos de internos en colegios de religiosos, para que los aten corto. Así se evitará, en especial, que entren en contacto con garrulos y rabaneras (lo que es, generalmente, compensado con creces con el establecimiento de amistades con hijos de papá, tontos de baba, bordes, camellos, pirados y, por supuesto, listos y listas de los que se salen).

Los garrulos y rabaneras no son gente mala de por sí, pero como no han recibido educación ni de cómo coger bien la cuchara, usan un vocabulario inapropiado, que enfatizan con altos tonos, meteduras de pata y disposición, en las segundas para armarla buena.

Los genuinos garrulos y rabaneras, tienden a casarse entre ellos, por lo general, por aquello que Dios los cría y ellos se juntan. Pero su capacidad de suscitar la imitación es prácticamente infinita, llegando a causar estragos formativos entre la gente de bien, cuando por un casual se entrecruzan sus caminos.

Las ciudades están pobladas de empleados garrulos (oficinistas y funcionarios de atención al público, básicamente) y de mujeres rabaneras (hembras que quieren colarse en las filas ante el único cajero de los supermercados o cines o vecinas de escalera, por lo general).

Las rabaneras y verduleras son tan semejantes que solo se las puede diferenciar al microscopio cómico. Esta clasificación específica, sin embargo, no tiene ventaja alguna. En la antigüedad, a las niñas se les trataba de compensar su perjudicial ejemplo, en los casos más leves, con lecturas, como las de la buena Juanita, y luego Carmelín y Mujercitas.

Los niños se creía que resultaban menos susceptibles de contagio, hasta que se descubrió que también podía resultar afectados, y por ello, se les impusieron -pasados los años- las lecturas de Luiso, matrícula de Bilbao y los viajes por España de los santos hermanos Antonio y Gonzalito, huérfanos.

Sobre los nindunguis

Ay, los nindunguis. Hora es llegada de que se hable de ellos. Son los que sostienen el país, este y los otros.

Los nindungui no tiene currículum, y tampoco es que las pasen perras, si bien pasan por este valle sin pena ni gloria.

Los que no son nindunguis son famosos. Entre los famosos, están aquellos que han decidido vivir la vida que les ordenan las llamadas revistas del corazón, o los que nos ilustran con sus teorías y prácicas sobre cómo salvarnos de las crisis después de meternos en ella, o ganan títulos deportivos o descubren la forma de gastar en fiestas el dinero que a saber de dónde lo habrán sacado, aunque podríamos imaginarlo.

Un nindungui verdadero lo es, incluso, para los de su propio círculo, con lo que se puede decir que ha bajado algunos peldaños más profundo en la escala de minusvaloración.

Cuando alguien de pretendida alcurnia mediática presenta en sociedad a un nindungui, lo que se espera es que lo deje tirado después de haberlo usado para mantener viva la llama de su popularidad. Pero hay nindunguis que se pegan al rollo como lapas, y acaban siendo famosos, adquiriendo un perfil propio por el que lo que antes se consideraba normalidad pasa a tener interés para el cotilleo de los demás nindunguis.

Sobre marimachos y mariquitas

Con el paso del tiempo, los marimachos (rectius, las marimachos) han pasado a mejor vida. No es que ellos se murieran, por Dios, sino que a los potenciales no se les da ocasión  de crecer y manifestarse en esa afición.

Porque un marimacho era una niña que jugaba al balón, se subía a los árboles y, en general, se comportaba como se creía que debían comportarse los niños. Eso sí, si no había servicio en casa (lo normal) pocas veces quedaban dispensadas de hacer la cama a sus hermanos varones, lavar los platos y ayudar en la cocina.

Su contrapunto eran los mariquitas. Como estamos todavía hablando de niños, un mariquita jugaba con muñecas, cosía trapitos y le gustaba andar haciendo de cocinitas con unos cacharros de miniatura en los que las borras de café y las hojas de los árboles eran las comiditas y el agua del grifo se transmutaba (rectius, se transustanciaba) en café, vino, o coñá, según correspondiera.

Los padres andaban a la caza de potenciales marimachos y mariquitas, porque los hijos tenían que llegar a ser, respectivamente, mujeres y hombres de provecho, como Dios y el orden establecido mandaban. "No seas marimacho" decían a las niñas cuando daban saltos sobre el sofá. "No seas mariquita" decían a los niños cuando hacían pucheros porque se habían ortigado o pinchado con una espina.

Las madres, por su parte, más perspicaces, estaban más vigilantes a los momentos en que marimachos y mariquitas presuntos decidiesen jugar a los médicos o a papá y mamá, para que las investigaciones corporales recíprocas no llegasen muy allá. Las operaciones preferidas eran las de apendicitis y el juego de papás acababa bajo un cobertor.

Cuando la mayoría de los potenciales marimachos y mariquitas crecieron, y se convertieron, respectivamente, en mujeres y hombres de probable provecho, se encontraron con que los marimachos y mariquitas eran una ficción.

Sobre actividades singulares (y 2)

Hay otras muchas actividades que resultan incomprensibles, aunque sus efectos se pueden catalogar de interesantísimos, por la dedicación que demandan a sus ejecutores, o la admiración o desprecio que despiertan en quienes las valoran.

Así, por ejemplo, podemos citar las de estar más perdido que un pulpo en un garaje, estar a la última o contenerse las ganas de mandarlo todo al garete. No menos enigmáticas resultan las situaciones por las que no se entiende de la misa la media, ni se pueden pasar por alto algunas cuestiones o se está encandilado hasta la médula.

Si se tienen en cuenta hasta los menores pormenores o se valoran todas las circunstancias del caso, es, obviamente, difícil que se pueda caer en un error insalvable o tropezar dos veces en la misma piedra, por no decir nada de la imposibilidad de ser tomado por tonto o que te la metan doblada.

Hay mujeres que están de un asunto hasta los cojones, de la misma manera que están hasta los pies, que es donde se ponen a disposición (a sus pies) los caballeros galantes. Quizá lo que pretenden es evitar que se cometan errores de principiante o se tengan que dar más vueltas que un tonto o que una peonza para llegar al meollo de un asunto, de cuya complejidad no cabe dudar, por muchas aristas que tenga o pifias se nos hayan descubierto.

Porque aunque puedas encontrarte en pelota (o ser visto de esta descuidada manera), siempre habrá alguien dispuesto a echarte una mano, o te queda el recurso de que puedas hacer de tu capa un sayo, para cubrirte las espaldas antes de cantarte las cuatro verdades, acaso.

Lo que no irás si estás donde Cristo dió las tres voces o en el quinto coño (o C), aunque no te hayas dado cuenta de que tus argumentos no valen un pijo ni tú mismo sirves ni para "pañar (recoger) bellotas", limpiar retretes o "mamarle el cuete" al más torpe de la manada, culpable de haber consumado la "gran chigada".

Sobre actividades singulares (1)

El deseo de saber del ser humano le ha llevado a las más variadas actividades de investigación y ha tenido consecuencias a veces sorprendentes y de compleja interpretación.

La tarea parece interminable. Unos, siempre al decir de otros, se pasan el tiempo mirándose el ombligo, para, sin embargo, no no llegar a saberse de la misa la media. Menos divertido parece, con todo, que pasarse las horas mirando el vaciado de solares a través de los agujeros abiertos en la tela de protección del vallado.

Son muchos los que andan a uvas, tienen la cabeza como un bombo o se mueven por las alcantarillas del Estado y, aunque rompan una lanza a favor de alguien (y ya deben quedar pocas), no los librarán, por lo general, de salirse con las suyas o por peteneras o, si son más rápidos, tomar las de Villadiego, incluso llevándose el santo y la peana.

Hay quienes, puede que incluso sin tener nada de tontos, se encuentren como pulpos en un garaje, cuando no como elefantes en la cacharrería. O lo echen todo a perder, sin decir oste ni moste (que ya son ganas de pronunciar incongruencias) por un quítame allá esas pajas.

¡Qué dificultoso trabajo, combinando científica reflexión y análisis certero, cabe suponer de ciertos cometidos y dedicaciones!. ¿No es intrigante saber a qué ha conducido la tarea de papar moscas, o tocarse íntimas partes? ¿Qué se ha podido estudiar para acabar no teniendo ni la más pajolera ideade un asunto? ¿Y para no tenerla, con perdón, ni puta?

Se podrá mirar para otro lado, despreciar cuanto se ignora o no dejar títere con cabeza, ¿pero se alcanzará con ello la cima de la sabiduría que se puede suponer de quien tiene el cuerpo jota, le importa todo un bledo o está hasta los mismos aquellos genitales que antes se había manoseado tan poco higiénicamente?

 

Sobre mujeres especiales

La preocupación de la mitad de la Humanidad para que la otra mitad no le quitara el sitio especial que había conseguido por efecto de la mentira de autodeclararse como sexo fuerte, trajo muchas consecuencias históricas. Algunas, por supuesto, en el lenguaje.

Por ejemplo, nacieron, gramaticalmente hablando, las mujeres de pelo en pecho.

Una mujer de pelo en pecho no tiene porqué disponer del menor elemento piloso situado entre los más significantes de sus signos sexuales secundarios. Lo que se le pide, eso sí,  es que se comporte, en ocasiones muy especiales, de una forma decidida, como se supone que lo haría un hombre.

Es decir, haga lo que hace falte hacer, allí donde un varón (con o sin pelo en pecho) se lo pensaría dos veces, y, seguramente, acabaría tomando las de Villadiego o mirando para otro lado.

Relativamente cercanas a las primeras, se encuentran las mujeres de armas tomar. Con ellas hay que andarse con cierto cuidado, porque acostumbran a cantar las cuarenta al más pintado. Las mujeres de armas tomar suelen ser suegras, jefas que no perdonan que te duermas en el trabajo o esposas de los amigos íntimos a los que solo cabe compadecer, mientras nos manchan de lágrimas el hombro o la pechera.

Objeto (y sujeto) de particular atención son las mujeres de mala vida. Aquí si que hay notables diferencias entre unas y otras.

Las de peor vida son, indudablemente, las que malviven en países subdesarrollados, especialmente si en ellos se ha impuesto la práctica radical de principios religiosos claramente inventadas por los hombres poniéndose la careta de ser dioses para ocultar que, en puritísima verdad, lo único que les guia es que carecen de la menor intención de ceder privilegios al segundo sexo.

En el llamado primer mundo, las mujeres de mala vida suelen ser mujeres del segundo mundo que han sido traídas a estos lugares de perdición, engañadas con la promesa de poder llevar una vida apacible y feliz, y que, al llegar a la tierra tan falazmente presentada, se encuentran desprovistas de pasaporte, dinero y horizontes, siendo compelidas a prostituirse.

Se mujer de mala vida y "ejercer la prostitución" suelen usarse como sinónimos, siendo la segunda forma verbal  más elegante que la primera. Pero se nos antoja que ese verbo aquí está mal empleado. Se ejerce una carrera o se actúa en el ejercicio del libre albedrío, pero las mujeres que sufren esta situación tan desgraciada no ejercen nada, y suelen ser buenas mujeres desorientadas y engañadas que, simplemente, necesitan dinero para malvivir.

Otras mujeres especiales son las mujeres de hoy. Vienen a tener el mismo aspecto de las otras mujeres -aunque, en traje de baño, y sin pretender ofender, lucen más estilizadas- , pero se las distingue por lo que hacen con los demás. Llevan a sus hijos a colegio de pago, tienen personal a su servicio, una economía saneada y disponen de mucho vestuario, "para cada ocasión". Las mujeres de hoy suelen ser princesas, modelos, actrices y mujeres de futbolistas.

No hay que confundirlas, pues, con las mujeres normales y corrientes, que tienen maridos barrigudos, no tienen ocasiones y por ello, carecen de otro vestuario que un par de vestidos de Cortefiel o de Zara y tienen que lavar a mano los cacharros.

 

 

Sobre balarrasas y tiquismiquis

Ya se ve, a primera vista, que los tiquismiquis son gente rara donde los haya.

Hay categorías, por supuesto. En el escalón más bajo, se suelen encontrar los que separan a un lado el plato, con optativa cara de asco, parte de los alimentos; generalmente concentran su aversión sobre la cebolla, el pimiento, el ajo o el tomate. No soportan el sabor de estas sustancias, les recuerdan que sus padres les obligaban a comerlos en la primera niñez, o les provocan unos insufribles dolores de estómago.

Los tiquismiquis más selectos jamás viajarían en metro, para no mezclarse con las gentes malolientes y malencaradas que han oído que utilizan ese transporte público. No se dejarán engañar por quienes les digan que es el medio más barato y seguro para llegar a tiempo a una cita.

Cada tiquismiquis tiene su servidumbre de renuncias, porque en eso consiste su singularidad. Algunos renuncian a alimentos, otros a lugares, incluso al encuentro con personas o a situarse en según que circunstancias. Pueden ser llamados melindrosos y acongojados, pero les va mucho mejor el apelativo de tiquismiquis.

En el otro lugar de la escala, parecen encontrarse los balarrasas. Un balarrasa no se detiene por nada, aunque arriesgue morir en el empeño. Los que tienen ocasión de verlos actuar en su papel, los consideran tarambanas, por más que un verdadero tarambana puede estar hoy aquí y mañana allí, y esos cambios de humor, opinión y comportamiento, les protegen a ellos y desquician a sus mentores.

"Eres un tarambana" es una calificación bastante más asumible, por leve, que la de "eres un balarrasa". Los balarrasas es muy poco probable que se casen con la protagonista en las películas de amor y son poco divertidos; los tarambana están metidos en líos y, aunque tampoco se casen con la chica, nos hacen reir.

Sobre los metomentodo

Es evidente que los metomentodo son unos entremetidos, aunque mucha gente los considera también entrometidos, en lo que parece que la Real Academia Española de la Lengua no está de acuerdo.

El nombre es una hipérbole de su condición, una exageración. Porque no es que los metomentodo anden a la que salta para colarse en cualquier sitio. Primero, porque les sería imposible y, después, porque ni ellos lo pretenden.

Se dice a veces también "Fulanito es un metiche metomentodo", lo que es un pleonasmo, una redundancia innecesaria, y este error debiera tener algún castigo, como, tal vez, mirar una moneda por ambas caras o, encontrar la razón para que todas las puestas de sol se produzcan al atardecer.

La especialidad de los metomentodos es la vida de los demás, pues gozan juzgando las acciones del prójimo. Hay metomentodas que son marujas de escalera, que a la mínima sacan los trapos sucios de cualquiera y hasta les ponen encima unos cuantos prestados de otras lavanderías.

No se crea que los metomentodos son mayormente mujeres.

Quiá. No hay más que ver la cantidad de metomentodos que compran un periódico deportivo para enterarse cómo va la rodilla de tal o cual jugador o las relaciones sentimentales del último fichaje de su equipo del alma. En las empresas, la cualidad natural de los metomentodos se trasluce en su propensión a poner a parir a los compañeros, en particular, a aquellos que son más trabajadores o inteligentes.

Existe la falsa creencia de que los metomentodo y los sabelotodos son la misma especie. En absoluto. Los sabelotodos no están interesados en la vida de los demás, sino que, por deformación mental de naturaleza inexplorada, creen que deben opinar acerca de lo divino y de lo humano, emitiendo pareceres y juicios que se acercan a los de Perogrullo.

 

Sobre cuentistas y badulaques

Resulta que hay badulaques y badulaques y que lo que quiera decir con ello depende, no de Vd., sino de lo que esté haciendo con o para Vd. la persona a la que se dirija de esa manera.

Este galimatías necesita explicación. Si Vd. llama badulaque al Sr. Botín o a su inquilino, por ejemplo, se entenderá que ha descubierto que no cumple con sus compromisos económicos en los plazos adecuados.

Pero si Vd. llama badulaque a su cuñado, lo que está significando es que ha descubierto que es un necio que no le ha hecho caso a pesar de que le advirtió que era mejor no dejar el coche aparcado en la reguera, dado el riesgo de que se desatara una tormenta de verano. (Por cierto, si el coche es suyo o de su cuñado, la sensación puede ser muy diferente).

Nada tienen que ver los cuentistas con los badulaques, en principio. Los cuentistas se inventan historias, y aunque a algunos (poquísimos) les pagan un dinero por decirlas en las cafeterías, frente a un micrófono y mientras el personal se toma un combinado o un refresco que cuesta lo mismo, la mayoría de los cuentistas tienen que andar con mucho cuidado para no ser descubiertos como tales.

Cuando a un cuentista se le ve el plumero (lo que no tiene nada que ver, en este caso, con su condición o apetencia sexuales), lo más probable es que se caiga con todo el equipo, y su descrédito puede ser definitivo. No tanto porque el cuentista sea mentiroso, que a éste se le coge primero que a un cojo, porque las mentiras tienen las piernas pequeñas, sino porque el cuentista ha construído parte de su realidad sobre una ficción y, cuando se le pilla, es como si le quitaran una parte de su personalidad.

El cuentista es, pues, un profesional míresele por donde se le mire. Sus cuentos son verosímiles, aunque no son verdaderos. Lo normal es que, aunque se sospeche que no tienen causa real, sean admitidos, y el cuentista puede vivir en paz. La forma más segura de que no los descubran, es que se forjen a base de mentiras piadosas, de mentirijillas sin apenas valor, hasta probar que el terreno que pisan es suficientemente sólido.

Un cuentista excepcional, ponemos por caso, fue un médico de no recordamos qué lugar de Galicia, que tenía un gran éxito como ginecólogo y que fue promovido como jefe del departamento correspondiente, por lo que, para completar su expediente administrativo, se le pidió que presentara el original del título de medicina, que solo figuraba como fotocopia no compulsada. Desgraciadamente (para él, y, pudiera ser, para sus mentores y los esposos de sus pacientes) solo había cursado los dos primeros años de la prestigiosa carrera.

Quizá el punto de unión entre los badulaques y los cuentistas sea la propensión del badulaque a defenderse con cuentos chinos. Seguro que su cuñado, mientras la familia contempla el coche encallado en la arena a un par de kilómetros de distancia de la costa, encuentra alguna excusa. La mejor: "Si tan convencido estabas de que el sitio era malo, ¿por qué no lo cambiaste tú cuando te di las llaves para que metieras en el maletero tu pantalón con el billetero y el rolex?"

Sobre putones verbeneros

Según la hagiografía popular, un putón verbenero es una ninfómana, especimen de naturaleza fundamentalmente literaria y mito surgido al hilo de conversaciones entre caballeros desocupados que se han tomado unas copas de más, yquieren aparentar que se las saben todas.

Una vez oímos a una señora, de esas que están casadas con un caballero que las ha hecho señora de a cambio de atender a los niños, que en Mónaco había dos putones verbeneros que, bien miradas, son dos señoras con título de princesa que han sacado de alguna manga y que hacen lo que les da la gana con lo suyo, como debe ser,  y que, desde luego, tienen un físico que si ya no quita el hipo (por razón del paso de la edad), sigue despertando admiración, envidias y desasosiegos.

Los putones verbeneros deberían ser, genuinamente, chicas de muy aceptable hechura que se acercaban a las fiestas que organizaban en su pueblo, cuando había orquestas de esas que se llamaban Marimba azul o Los hispanoamericanos, y que tocaban canciones imbailables que permitían sacar a las hembras que se habían vestido de fiesta, a pisar la hierba en entredós, y, con suerte, comprobarles la cuerda del sujetador, antes de acompañarlas a su casa entre los maizales o recibir una bofetada por rijoso.

Ahora las verbenas de los pueblos han sido sustituídas por otros festejos en los que se persiguen astados por mozalbetes generalmente borrachos, por lo que los putones verbeneros existen solo en la imaginación de los nostálgicos.

Tiempos en los que una dama que se defendía de los acosos varoniles podía ser impunemente marcada como más puta que las gallinas, poniéndole un baldón que solo se quitaba de encima hasta que se casaba con el farmacéutico o se escapaba con el cura antes de desacralizarse ambos.

Estos seres entrañables, han desaparecido del santoral irreverente, y han sido sustuídos por una promiscuidad colectiva bastante perniciosa que, en beneficio de una entelequia llamada liberación sexual de la mujer, ha provocado que el sexo haya dejado de ser tabú para convertirse en un ejercicio físico en el que, cuantas más muescas se consigan en la experiencia personal, más realizada se siente una (o varias).

En la adulteración progresiva del lenguaje, hay putones verbeneros semánticos entre los varones, los homosexuales hasta entre los blogueros. Poco tienen que ver estos de ahora con aquellas reliquias de la represión sexual, pobladas de jóvenes que se satisfacían personalmente mirando fotografías de tamaño 2 DIN A-4, y que iban después a confesarse para gozo de extraños.

Sobre tirillas y yogurines

Tirillas y yogurines tienen poco que ver entre sí. Pertenecen a un mismo mundo, desde luego -el de la pijería- y, si acaso, lo que les une es la dificultad de encontrar una definición para cada tipo que no admita discusión.

Para algunos, los tirillas son tipos flacos, estirados de cuerpo, donquijotes de alfasto. Andarían por ahí tiesos como si se hubieran tragado palos de escoba, si bien no debería presuponerse con ello el carácter del tirillas, que bien podría ser amable como el que más.

Para otros, el tirillas (que es palabra que usa la misma forma para el singular que para el plural), unen a su delgadez y tiesura, el ir atildados y trajeados como para una boda o una fiesta de las de src (perdón; se ruega contestación).

Por su parte, los yogurines pueden ser neófitos en lo que se tercia, gentes que acaba de salir del cascarón, tiernos como un bollo recién salido del horno y, por tanto, apetitosos para comérselos. Lo que se suele terciar es el asunto ese del ars amandi, por lo que un yogurín es un tipo que está bueno como el pan y es muy joven por lo que cabe suponer que nadie lo ha viciado. Un virgen, vamos.

Por extensión (o al revés, que a saber dónde está el principio y dónde el fin), yogurín es el nuevo en una labor. Los yogurines son los recién licenciados, cuando acaban de salir de la Universidad, por ejemplo, y creyendo que saben algo, aún no se han dado cuenta de que están peces, y les falta un hervor, o varios, antes de que se caigan del guindo, en donde están subidos en su inocencia.

Los yogurines, por su propia condición, tienen fecha de caducidad. Al cabo de poco tiempo, donde había un yogurín, se encontrará uno a un tipo con el colmillo retorcido como el que más, o tan experimentado como el mejor.

Los tirillas, por su parte, se mantienen así toda su vida. Suelen construirse un mundo a su medida, y se les puede ver, ya ancianos, tiesos como siempre, sin mirar a nadie, aderezados como para asistir a su propio entierro.

Sobre los figuras

Los figuras no destacan por una sola cualidad. Tampoco llegan a campeones de nada. Nadal, por ejemplo, no es un figura. Es un fuera de serie. Bolt tampoco es un figura. Es un monstruo, un ser de otro planeta, un extraterrestre.

Para ser figura hay que sobresalir de la media en unas cuantas cualidades, pero no a escala mundial, sino en tu estrecho círculo.

Y tienen que hacerlo prematuramente o a destiempo, para que los demás se den cuenta  inequívoca. Sobre todo,  aquellos de los demás que se dedican a la remuneradora tarea (a nivel de prestigio trapacero) de destruir figuras locales. Soterradamente, de forma implacable, despedazarán al figura y lo mandarán al fondo de la mediocridad.

La atribución de la posición de figura en un entorno íntimo debiera servir, por tanto, de medida preventiva. Es una advertencia, de que el destino previsible que se le reserva es la de servir de buco emisario. (Los bucos emisarios, machos cabríos expiatorios y, menos pedantemente, recogetortas y comeostias de una sociedad, son, como es reconocido por la siquiatría, imprescindibles para la catarsis).

El figura se aplica, inocente, en hacer cada trabajo lo mejor que puede y sabe. Puede que se vea estimulado, engrandecido, por estimar que sus amigos le aprecian, que va por buen camino. Inconsciente de que los demás pasan del tema o le acechan, pertrechados con los argumentos que le van perfilando como buco.

El va a lo suyo, toma como si se tratara de una competición en cada actividad. Seguramente, en ciertas materias, en efecto, sobresale de verdad o puede llegar a sobresalir fuera de allí. No era, genuinamente, el mejor, pero ha mejorado. De nada le valdrá. Prisionero de su provincialismo, el figura está presto a caerse con todo su equipo.

Porque el figura despierta simultáneamente la envidia de los mediocres y el estímulo de los mejores. Los primeros se encargarán de ridiculizarlo y los segundos se esforzarán en superarlo. Atacado por los dos frentes, sucumbe sin gloria.

Los cementerios de la adulación están repletos de figuras. "Era un figura" es lo que queda de prácticamente todos ellos. Unas palabras que resumen una historia sin nada que contar, un descalabro, un fugaz pasaje por el teatrillo de la fama.