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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Desde Libia a Somalia, pasando por Siria

El viaje que proponemos no es un itinerario turístico -desde luego, de realización desaconsejable en esta quincena final de agosto de 2011- sino, una incursión crítica por la delicada situación de estos tres países, a la que habrían llegado, aparentemente al menos, por vías diferentes.

Tres vías diferentes de involución política.

Los rasgos generales del panorama son bien conocidos:

-Libia se encuentra inmersa en una guerra civil entre partidarios y detractores de un personaje estrambótico al que se conoce como coronel Gadafi, apoyados estos últimos, con la cautela propia del que no enseña sus verdaderas intenciones, por la llamada "comunidad internacional", cuya ayuda a los rebeldes ha sido creciente a lo largo de la contienda, en la medida en que las potencias occidentales advertían que el régimen gadafista, al que habían cambiado armas por petróleo, tenía las de ganar.

-Somalia, ejemplo delirante de Estado fallido, sufre una hambruna terrible, que ha situado al borde de la muerte por inanición a una parte inestimable de sus habitantes -caracterizables, según apetezca, como refugiados, nómadas, perseguidos, secuestrados, analfabetos, oprimidos, etc-, área con reservas minerales muy atractivas y una zona de influencia marítima teórica muy rica en pesca, en donde tienen sus caladeros las flotas europeas y japonesas y se producen con regularidad episodios de secuestro de barcos por piratas lugareños dotados con medios muy sofisticados de origen occidental;

-y, en fin, en Siria, el tercer país de este itinerario sobre algunas de las más evidentes tensiones actuales, un régimen dictatorial bien pertrechado en su falsa legitimidad, que no duda en ordenar disparar contra los disidentes, prometiendo al mismo tiempo tibias reformas constitucionales por decreto, y cuya cabeza visible, Al Asad, como en el caso de varios hijos del preboste libio, ha sido laureado por prestigiosas universidades europeas.

Pues bien: bajo la clara dirección del cambio en la política de tolerancia con algunos regímenes no democráticos con los que se mantienen importantes relaciones comerciales, que está propiciando el gobierno de Barak Obama, Libia, y seguramente de inmediato, Siria -como ha sucedido de manera sorprendentemente fácil en otros países de la zona- se verán forzados a un cambio constitucional, en el que el poder cambiará de manos; ojalá que el pueblo adquiera con ello un verdadero protagonismo.

En el caso de Somalia, parece que las fuerzas del orden internacional han decidido que la olla local puede seguir calentándose antes de intervenir: la solución que ahora parecería más viable es dividir al frustrado país en tres o cuatro, dejando en una de las zonas la mayor concentración del problema, salvando así los muebles de las principales riquezas minerales del cuerno de Africa. Pero lo opción es demasiado cara, y habrá que observar antes cómo se comportan esos militares guerreros surgidos de las profundidades de la Edad media que han apelado al islamismo radical para controlar a los disidentes.

Sobre las vacaciones y la felicidad

Las vacaciones son, para los adultos, una forma temporal de acercarse a la felicidad. No siempre funciona, pero el cambio de escenario, la sensación de verse liberado de los habituales responsabilidades y problemas, acerca a un estado de bienestar por el que sabemos que se liberan toxinas y malfactores del organismo.

Esa generación de un espacio diferente durante un corto período sirve, como se acostumbra a decir, para "recargar las baterías". Lamentablemente, la vuelta brusca al mundo real, nos hace olvidar muy rápidamente lo que hemos disfrutado sin atender a más preocupaciones que encontrar un sitio libre en la arena de la playa, llegar a la posada recomendada a la hora de comer o ganar la partida de dominó en la que jugamos el café y la copa entre lugareños de un pueblo que costaría trabajo encontrar en el mapa.

Si el lector se siente identificado con esta descripción, debemos advertirle, ante todo, que es un privilegiado, aunque, para su tranquilidad relativa, le aclararemos que no pertenece a la categoría superior. Una pequeñísima colección de seres humanos vive en permanente vacación, ayunos de la responsabilidad de tener que ganarse el pan con el sudor de la frente -por figurada que sea la imagen metafórica-, al ser herederos, o propietarios sobrevenidos, de mecanismos de generación de rentas suficientes para no tener que preocuparse jamás por conseguir la forma del sustento, sino, en todo caso, únicamente ocupados por la manera de gastar lo que cada día se les ingresa en sus cuentas corrientes.

Digamos también que, para los asalariados, la posibilidad de un disfrute vacacional, cuando el puesto de trabajo parece garantizado a pesar de la crisis, es superior a la de los pequeños empresarios o autónomos a los que será mucho más difícil desconectar. ¿Cómo evitar dedicar algunos momentos del día a repasar las cuentas por cobrar, los asuntos pendientes, las previsiones de tesorería, los conflictos con ese cliente o empleado difíciles?

No se puede, claro, hablar de disfrute de vacaciones para quienes su tiempo está libre, porque carecen de trabajo remunerado, que necesitan.

Seguramente hemos oído en varias ocasiones que una gran parte de los japoneses no tienen vacaciones, o solamente un par de días al año. En los países orientales, en casi todo ese territorio -hoy en convulsión de complicado resultado final-  apelado como "mundo islámico" o en grandes zonas de la depauperada Africa, tomar vacaciones, para muchos, resultaría una expresión ininteligible.

Los interesados por la Historia, sabrán que los días de descanso y vacaciones fueron un logro relativamente reciente de la era industrial, y que, durante muchos años, fue tema persistente en la negociación de los convenios laborales, el aumento del tiempo de asueto y la reducción de jornada laboral era, incluso con prioridad a las mejoras salariales.

Ante este panorama tan diverso, se comprende que existan -y hasta, en épocas de crisis, proliferen- predicadores del bienestar que defiendan que la felicidad es una sensación que debe alcanzarse desde la reflexión personal, despegándose de las necesidades corporales y concentrándose en el espíritu.

No negamos interés a estas propuestas. Pocos espíritus pueden despreciar el alto placer de leer o escuchar algo sugerente -prestándoles media atención-, después de una buena comida y un apropiado libar, en brazos del ser amado, en esos momentos en que no nos importaría morir para ser libres.

Sobre agnósticos y fanáticos

Madrid ha visto sacudida su tórrida tranquilidad estival en 2011 por una inocua marea de adoradores de la manera católica de demostrar sumisión a la superioridad que, en su respetable teoría teológica, ha creado esta -para ojos humanos, claramente excesiva- parafernalia cosmológica de la que formamos parte, en lo que resulta, para algunos, una representación teatral escenificada para un público misterioso.

Han sido, según varios cómputos igualmente fiables, entre quinientos mil y un millón y medio de fieles, fundamentalmente jóvenes, convocados bajo el lema de una Jornada Mundial de la Juventud y con la dirección espiritual del Papa Benedicto XVI.

Esa concentración de devotos, reunidos en una exhibición de los principios que rigen su fe, ha provocado diversas reacciones, la mayor parte merecedoras de un análisis específico. Desde la sumisión difícilmente justificable apelando a la cortesía institucional de los representantes del Estado español a la figura papal, hasta las protestas, sin razones, de quienes se confesaron -aprovechando la ocasión- fanáticos de esa otra religión, carente de ritos y dogmas, que es el ateísmo reaccionario.

No nos parece criticable ceder durante un par de días una parte de la ciudad a un congreso de cualquier disciplina -reglada o esotérica-, siempre que sea beneficioso económicamente para la ciudadanía residente.

Lo que, desde la neutralidad ideológica -que no desde el agnosticismo-, no alcanzamos a entender es por qué debe dársele relieve propio de una relación oficial a un acto que, visto desde fuera, no deja de ser una exhibición publicitaria de una dieta intelectual que, por el momento, no ha podido demostrar que conduzca a ningún resultado fuera de este valle y que, además de algunos encomiables ejemplos puntuales de sacrificio y entrega, tantos episodios oscuros ha generado en él a lo largo de los veinte siglos de, más bien, errática evolución.

De todo un poco

Para una buena parte de los españoles, sus vacaciones se han terminado a estas alturas del verano, en el que la palabra crisis se ha enseñoreado como sustantivo muy cualificado en casi todo lo que interesa al ser humano.

Tenemos crisis económica, por supuesto; política, claro está; ambiental, no lo dudemos; y, para acabar el cuento de forma breve, existencial, que es la forma genérica de abarcar un ámbito que va desde lo filosófico a lo religioso, agrupando todo eso que los expertos en sacarle punta a lo obvio han llamado "valores de la persona".

Tanta inestabilidad provoca malestar, pues no somos los bípedos implumes amigos de navegar entre incertidumbres. Las situaciones de crisis demandan líderes que indiquen a la masa por dónde ir, aunque sea para volver a estrellarse. Quienes han vivido momentos de fuerte tensión saben que aquél que alza la voz, aparentando firmeza para sus propuestas, tiene todas las opciones de ser seguido, aunque lo que formule sea, analizado desde la calma, completamente descabellado.

Epoca esta, pues, proclive a engaños en la que aparecen hasta debajo de las piedras expertos en analizar la situación económica, proponer medidas aliviadoras o acusar al más vulnerable aparentemente como causante de los actuales males, en una pretensión de catarsis colectiva.

Calma y atentos a lo que hay detrás de las propuestas. Pocos son quienes tienen las claves, escasos quienes pueden hacer análisis fiables y muchos, en cambio, quienes vociferan lo que creen haber oído, o improvisan con intuición desafortunada medidas análogas al bálsamo de Fierabrás.

Ya lo hemos escrito otras veces. Si alguien te engaña una vez, el culpable es su mala fe. Si te vuelve a engañar, la culpa pasa a ser tuya.

A mayor gloria

Aunque ha quedado completamente demostrado que la responsabilidad de la crisis internacional no es culpa del gobierno de Rodríguez Zapatero sino de los golfos apandadores de la mafia internacional, el cambio de gestores de la cosa pública en España abrirá un inevitable período de borrón y cuenta nueva durante el cual, como siempre sucede en estos casos, se atribuirán a los que se vieron obligados a marcharse déficits ocultos, cuentas por pagar, amortizaciones mal realizadas y despilfarros injustificados.

Esa es la tónica, y el Partido Popular no la va a cambiar, por lo que vamos viendo en las autonomías en donde se ha hecho con la gestión política. Decir a los administrados que todo se encontró muy mal -manga por hombro- es no solamente un argumento de oposición, sino una forma de facilitar la toma de decisiones, cuando se pretende apretar cinturones y reducir gastos, echando la culpa de la austeridad a los que se fueron y preparando el camino para que las mejoras, cuando se produzcan, sean atribuídas al nuevo equipo.

El paso por la piedra de moler a lo hecho por los antecesores encuentra un contrapunto casi cómico en el deseo, -visto con perspectiva, no solo fatuo sino también infantil-, de pretender prevalecer, dejando su nombre al lado de lo que se ha construído en la época en la que los tuvimos como mandatarios -con nuestro dinero-, como si fuera clave para la posteridad. En estas décadas del hormigón armado, por cierto, ha sido muy sencillo fabricar acueductos, autovías, puentes, mausoleos o museos de la ciencia, cuya utilidad, en no pocos casos, está por demostrar.

Llevados por su fatuidad, no son pocos los politicastros que nos han llenado las esquinas, las plazas, las fachadas, los espacios, de placas con sus nombres. No culpemos, con todo, solo a los de una facción política: el mal es general; coexiste con el cargo.

Los ejemplos ploriferan por doquier. Aquí, en el cutre monumento a los marineros fallecidos en el que fue su elemento de vida, los nombres de un alcalde y un consejero con letras de bronce en una placa que dice no se qué sobre el día en que pasaron por allí con su ego a cuestas. Acullá, en la remodelación de un edificio de esos que llaman singulares, -para vergüenza de la inmensa mayoría de los que no lo son-, aparecen ligados los apellidos -no los cargos, no las funciones- de un par o un trío de personajillos que tuvieron a bien inaugurar con su presencia un nuevo monumento a la desfachatez con la que quieren que los vean en el futuro junto a Hausmann, Palacios, Soria o Corbusier.

Hemos encontrado, en una población -que no citamos, porque confiamos en que no será la única- una de esas placas proliferantes en las que un justiciero borró los nombres de quienes anunciaban su gozo con más dinero público. La cosa, al final, quedó, más o menos, así: "El día, tantos de cuantos, fue inaugurado este edificio siendo presidente de la autonomía" (aquí las letras arrancadas)" y a mano, en letras apuradas: "El pueblo llano".

Contra el futuro no se puede luchar

Que la mayoría de los ancianos de la tribu vean el porvenir negro está en la esencia de las cosas, podría decirse. Quienes presienten ya cerca el final de su existencia, tienden a fabricar un precipicio allí donde se ubicaría el futuro y argumentan con facilidad que cualquiera tiempo pasado fue mejor.

Por el contrario, a la juventud hay que exigirle ilusión, confianza en que lo que viene, gracias a su esfuerzo, será mejor que lo que han encontrado. Por eso, una situación como la presente en que un grupo de descontentos pretende convencer a la mayoría de que hay más razones para la desazón que para el gozo, respecto a lo que van a construir, mueve a perplejidad.

La desilusión no es culpa de los jóvenes, sino de los mayores; porque se desilusiona el que ha tratado de poner en marcha proyectos y no ha podido realizarlos o ha fracasado en ellos. Por eso, no sería justo atribuir a una minoría juvenil irresponsable esta ola de protestas, algunas extremadamente violentas, y que se atribuyen, por intereses de quienes pretenden sacudir sus responsabilidades, a adolescentes revolucionados que no tendrían nada que ofrecer, salvo su deseo de poner el sistema patas arriba.  

En pleno declive: la huerta asturiana

En la revista mensual El Correo de la central lechera asturiana, en marzo de 1984 -hace, por tanto, más de 27 años cuando escribimos esto- se recogían algunas de las conclusiones de un estudio sobre el campo asturiano que acababa de realizar el ingeniero agrónomo Sergio Alvarez Requejo.

Con importante base documental, el hoy desaparecido creador e impulsor de la (Estación) Pomológica de Villaviciosa, entre otros proyectos, ilustraba acerca del profundo cambio producido en la huerta asturiana, que había pasado en pocos años -de finales de los cincuenta a principios de los ochenta- de una posición de equilibrio comercial con otras provincias, a resultar netamente importadora.

Esa "huerta asturiana" ha pasado a mejor vida. El autóctono como el turista no tienen más que darse un paseo por la geografía asturiana para darse cuenta que el campo está completamente abandonado. A salvo de algunos huertos particulares, en los que jubilados agrarios o de la minería cultivan tomates, escarolas y habas para su uso familiar, se ven, sobre todo, en los valles asturianos, terrenos abandonados.

Nos preguntamos, pues, de dónde proceden esos "productos asturianos" que se venden, en primorosos envases y bajo rotundos títulos, en los comercios para turistas. Dónde y de qué se elaboran esos "chorizos artesanos", qué huertas son las productoras de esas "fabes" o qué árboles son los generadores de esas "ciruelas claudias genuinas", por poner solamente ejemplos al lado de las toneladas de sucedáneo de "queso Cabrales" (perdida la noción de su ejecución mezcando las tres leches en cuevas de la zona), la, para nostálgicos, correosa, carne de "genuino xatu culón de la raza asturiana" o ese "bonito del Norte" o "merluza del pinchu de Cudillero", que entra por carretera a las plazas de abastos.

 

 

 

Sobre la destrucción de la arquitectura popular

Sobre la destrucción de la arquitectura popular

La ausencia de una formación basada en principios estéticos en la mayoría de nuestros coetáneos -sustituída por una iconoclasta y estúpida defensa de que el gusto de cada uno es quien ha de dictar la norma-, ha provocado diversos monstruos, bien nutridos por intereses fáciles de detectar, además.

En el caso de la arquitectura tradicional, llamada "popular" en muchos ámbitos, de la que había múltiples ejemplos en toda la geografía española, se pueden ver los nefastos efectos de esta ignorancia colectiva sobre lo que es hermoso.

Hemos tomado como ejemplo del desequilibrio creciente entre lo que es bello y lo que nos es útil, esta imagen de una población asturiana, bastante alejada por lo demás de los circuitos turísticos en boga en ese "paraíso natural": Pola de Somiedo.

Enclavada en un magnífico paisaje, poco afectado por la mano del hombre, se alza una población protegida de las inclemencias invernales por las montañas circundantes, que ha sido uno de los pasos hacia la Meseta desde tiempos inmemoriales. Allí subsisten, como en otros pueblos asturianos, muestras de la arquitectura rústica, producida por artesanos locales, creando sugerentes combinaciones de viviendas familiares, lugares para guardar forraje y granos y cobijos para los animales que constituían el peculio familiar.

Cada vez son menos. El homo irrespetuosos, es decir, el homo impudicus, ese que dice disfrutar de la naturaleza, ha generado, en torno a esos modelos de cómo se supo, durante siglos, compartir espacio vital con la naturaleza, muestras aberrantes de cómo servirse de ella, destruyéndola, matando el paisaje. Los pretextos son banales: hórreos que ya no sirven para la función que los generó y cuyos pegoyos han sido cerrados con ladrillo vistos; casas que fueron condenadas a la acción de la intemperie, abriendo ventanas o rompiendo sus cristales para, una vez destruídas, ser sustituídas por edificios de hormigón de varias alturas para poder contemplar mejor el paisaje al que se agrede, dotados, por supuesto, de los permisos pertinentes.

Al visitante le puede seguir maravillando encontrar restos de la vieja arquitectura, entre bloques de ladrillos desprovistos de cualquier interés que no sea el de simple disfrute de sus dueños. Pero alguíen, con autoridad, debería de una vez por todas, preocuparse de poner en valor la arquitectura popular y hacer todo lo posible por conservarla y, si se llega tarde, para sustituirla por otra de idénticos valores estéticos.

Esos que seguimos compartiendo los seres humanos que no hemos caído en la insensatez de admitir que cualquiera puede generar algo valioso, sencillamente porque a él le gusta así, transformado por su ignorancia en centro de un mundo que morirá con él.

En relación con Cajastur, ¿cui proderit?

En un interesante artículo publicado en el diario La Nueva España el 31 de julio de 2011, el abogado asturiano Juan Casero Lambás, involucrado en otro momento histórico con la UCD, diserta sobre la situación de la Caja de Ahorros asturiana, convertida hoy en delicado juguete especulativo, bajo el título "Cajastur, cui prodest?"

El propio articulista se plantea al final de su reflexión que la cuestión, en verdad, no es tanto a quién beneficia la hipotética escisión de la rama del negocio bancario de Cajastur (actualmente, una Fundación pública) en una sociedad mercantil, sino -en latín paladino- cui proderit?, es decir, a quién beneficiará.

El comentario de Casero fundamenta su argumentación exponiendo la delicada situación de Cajastur, en la que por la Ley 11/2010, del Principado de Asturias -en aplicación interesada de la Ley estatal de Reforma de las Cajas de Ahorros, que limitó al 40% la participación pública, la representación de las entidades fundadoras (Comunidad Autónoma y Ayuntamiento de Gijón) tiene el mismo poder de decisión que los ayuntamientos, dejando a la entidad incontrolada.

Pues bien, como acertadamente denuncia Juan Casero, la transferencia de unos activos con valor contable de 1.800 millones de euros a una sociedad mercantil, Effibank S.A., realizada el pasado 30 de junio de 2011, supone abrir la posibilidad de generación de plusvalías para unas acciones que, por la naturaleza de la entidad a la que se han traspasado, son libremente enajenables. 

Es imprescindible dilucidar a quién beneficiará la generación de valor por parte de este viejo proyecto de apoyo regional, convertido hoy en un juguete especulativo, en el que, si no se concierta un modelo de futuro, se perderán, en manos privadas y guiadas por intereses que, obviamente, nada tendrán que ver con el desarrollo de Asturias, el resultado de muchos años de confianza de ahorradores, pequeños empresarios y gestores que confiaron en su Caja de Ahorros regional.

En el verano, disminuye la inteligencia del ser humano

No consta documentada la sospecha, convertida para nosotros en evidencia empírica, de que las meninges humanas se vean afectadas por el calor.

Sin embargo, basta con observar el tratamiento relajado de la información, por grave que ésta sea, que se genere, mantenga o reproduzca en la mitad central del período que transcurre entre el solsticio de verano y el equinocio de otoño, para confirmar de inmediato que las cosas se ven de forma mucho más relajada cuando aprieta el sol.

No hay razón para pensar que, al estar de vacaciones los responsables habituales de las empresas que proporcionan información, disminuyan las noticias de interés, ni mucho menos, que quepa frivolizar las que se produzcan, creyendo que no se debe hacer por amargar el asueto de televidentes y lectores.

Podría, razonablemente, creerse que el vacío de los jefes y titulares serviría de acicate a los segundos del escalafón para demostrar que pueden suplir perfectamente sus ausencias. No disponemos de criterio ni información para suponer que los escalones inferiores son menos capaces, sino más bien, aventuraríamos que deberá ser, en puridad, justo al contrario.

Por ellom nos inclinamos a aceptar, lamentablemente, que alguien con mucho poder ha resuelto que durante el verano nos volvemos todos más imbéciles y que, en correspondencia, el tratamiento de lo que suceda ha de ser realizado con baremos de frivolidad adecuados a la pérdida de intelecto que se nos supone durante ese período en el que el calor afloja las meninges.

 

Por qué adelantar las elecciones no es la solución

Los estrategas de la campaña electoral del PSOE han valorado positivamente los efectos de que el presidente de Gobierno, y los ministros más cualificados de esta corporación política, hayan decidido engañar, no solamente al partido que se ha convertido en su clara alternativa, sino al electorado, respecto a las fechas en que se convocarían las próximas elecciones generales en España.

Se entienden, por supuesto, las razones, para anunciar, por fin el adelanto de la convocatoria, fijada por fin, en alocución de Rodríguez Zapatero del último viernes del julio de 2011, para el próximo 20 de noviembre.

Perdida la credibilidad -justamente por la acumulación de promesas incumplidas, fundamentalmente debido a haber subestimado temerariamente la crisis, y tener que aplicar, finalmente, en plena tomenta, medidas contrarias a su programa electoral y, para colmo, dictadas por autoridades extranjeras (europeas y norteamericanas)-, el presidente, que ya había anunciado que no sería candidato, se enfrentaba a un período de desgaste del Gobierno, sin autoridad ni carisma para negociar los imprescindibles pactos de ajuste económico con la oposición y, sobre todo, con los sindicatos.

Sin embargo, las "medidas imprescindibles para el país", con las que se justificaba, hace solo unos días, la necesidad de agotar la legislatura, o eran pura fantasía dilatoria o, si verdaderamente inevitables, siguen sin ser abordadas, y deberán ser acometidas por el equipo que gane las elecciones.

El PSOE, con su falta de claridad respecto a las razones, se ha metido de lleno en los terrenos del dilema del barquero. Si son imprescindibles esas medidas y se piensa que va a ejecutarlas su candidato Rubalcaba (vicepresidente primero del gobierno hasta ayer mismo, como quien dice), se le está otorgando a este político una fuerza persuasiva o una capacidad resolutoria de la que carecería Rodríguez Zapatero, al que se estaría confirmando como un muñeco sin baterías.

Más bien somos de la opinión de que el PSOE, con Rodríguez Zapatero y Rubalcaba a la cabeza han pensado que, puesto que Rajoy será el próximo Presidente de Gobierno, no hay que darle ninguna opción. Las medidas que hay que adoptar son claramente impopulares y se avecina una temporada de tensiones sociales, dificultades económicas y duros ajustes presupuestarios.

Como no nos creemos que el PP, por muy ingeniosos que se sientan sus mejores militantes y simpatizantes, tenga varitas mágicas ni fórmulas misteriosas, le corresponderá a este partido, convertido en el más votado, pero con previsible insuficiente mayoría para gobernar en solitario, recorrer un calvario de pactos muy costosos con los minipartidos autonomicos, huelgas y protestas muy airadas y reducciones de gastos y, por supuesto, de las inversiones en infraestructuras.

Aquí está, para nosotros, el meollo de la cuestión. Pensando en país y no en partido, y entendiendo que hay que actuar con las medias drásticas haciendo que el peso mayor lo lleven quienes más tienen, nos parece que un verdadero gobierno socialista debería tener más éxito en explicar a la población que, después del magnífico recreo del que hemos disfrutado, ha llegado el momento de realizar penitencias.

Aunque, bien mirado, en España, si atendemos a los programas electoralistas, los dos principales partidos son socialdemócratas de boquilla pero liberales en la práctica, por lo que lo que estarán maquinando los sanedrines de ambas formaciones es la fórmula de la vaselina con la que nos van a quitar un buen trozo de bienestar a la clase media.

Desde la huída, hacia atrás

Después de un par de décadas de huída hacia adelante, se hace imprescindible una vuelta atrás. Sanear los escombros del optimismo infundado para encontrar los cimientos en donde volver a asentar el desarrollo que se pueda sostener.

No es un trabajo sencillo, ni mucho menos. Hay que saber controlar las voces de quienes mantienen que todo se hizo mal y, especialmente, de quienes propugnar volver a las cavernas, acogiéndose al miedo ancestral a lo que no se entiende.

Están, luego, los gritos desaforados de quienes defienden que saben hacerlo mejor, sin especificar qué, ni, sobre todo, con qué medios y, para colmo, sin decirnos con qué objetivos.

Están, en fin, los ánimos agotados de los que, creyendo haber tenido una visión, ímaginando que había luces a final de un túnel, se encontraron con que era solo un reflejo sobre la pared.

Los últimos han perdido crédito y los otros reclaman la opción del que no ha tenido la oportunidad de equivocarse. Estamos mirando, pues, hacia los líderes, sobre todo, a los que sean capaces de volver a ilusionarnos.

Porque estaremos siempre dispuestos a seguir a los mejores, a los más convincentes, a los más serios y sinceros. Y, muy específicamente, no deseamos renunciar al avance consistente de la Humanidad, generación tras generación. Por eso, no queremos que falte en nuestra mochila colectiva ninguno de los elementos que componen un bagaje irrenunciable: solidaridad, control de los que más tienen, atención a los que más padecen, oportunidad real para los mejor dotados.

No hay porqué desesperar. Al contrario, hay que estar especialmente atentos para poner los nombres correctos, encajando los sujetos con sus predicados, y desentrañando las falacias de los que no pueden, no saben, no quieren. Oimos hablar mucho de sostenibilidad, pero no la estamos consiguiendo. Dicen que estamos en un escenario global, pero los desequilibrios son cada vez mayores. Defienden la ética, pero nos engañan, nos confunden, se enriquecen sin escrúpulos con el trabajo de los que más necesitan, disfrutando de un bienestar que no están dispuestos a compartir.

Las reglas están claras, pero no todos las cumplen y, sobre todo, las infringen algunos de los que debieran dar ejemplo. Hay varias velocidades en el avance, y la información disponible nos ha demostrado que quienes manejan más mandos de la maquinaria tienen tendencia a preocuparse más de engordar lo suyo que a distribuir mejor lo que vamos consiguiendo.

La clave nos parece, en fin, no en empeñarse ciegamente en seguir el camino que hemos seguido, sino, ante todo, en prospectar alternativas, discutir opciones, ser crítico con los errores. Montañeros y espeléologos saben, por ejemplo, de la sensación de haber llegado a un punto desde el que no se puede avanzar o, si se persiste, se aumenta descomunalmente el peligro, y, entonces, es preferible desandar parte de lo recorrido y ensayar una nueva ruta.

Lo importante es no desfallecer y, sobre todo, no echar por la borda las enseñanzas adquiridas, ni desprenderse de los valores que hemos convenido como irrenunciables.

Un momento delicado, y no por ello menos apasionante. Si hay que volver un trecho hacia atrás, después de haber huído hacia delante, sería nefasto abandonar, por inservible, el historial de experiencias que ha pasado a formar parte de nuestro acervo colectivo.

 

Sobre cómo rentabilizar la incertidumbre

En las Escuelas de Negocios, el tema central a partir del cual gira, como en un ordenado sistema planetario, el conjunto de enseñanzas a cuya culminación se le otorgará al educando un preciado diploma que servirá para aumentar su currículum de estudios (el tiempo les dirá si inútiles), tiene que ver con la gestión de la incertidumbre.

Sacar partido de la desorientación de los demás es, en realidad, un objetivo muy apetecible, incluso para las almas más puras. San Ignacio de Loyola, fundador de una de las empresas de mayor éxito que se conocen, superviviente en batallas horrísonas incluso contra el establecedor de su orden propio, y autor de algunos aforismos que merecerían colocarse en el frontispicio de todas las Universidades técnicas -no solo de las del ICAI-, expresaba con rigor que "En tiempos de mudanza, gran templanza" (en versión original no rimada: ""En tiempo de desolación nunca hacer mudanza", según sus "Ejercicios Espirituales" EE318).

¿Cabría interpretar que lo que el eximio vasco aconsejaba a sus seguidores era no mover un dedo en tiempo de vientos procelosos, o más bien, estar atento a lo que se tiene y no cambiarse de techo de acogida, rentabilizando lo propio?.

En este segundo sentido, con el que concordamos, la frase del compatriota de Unamuno y de Induráin, sería equivalente a la de "Nunca cambies de caballo en plena carrera" (Que no es un dicho castellano, sino una versión adaptada del inglés "Don´t change horses in midstream", trasunto a su vez de aquello que Abraham Lincoln en 1864 alegó a quienes le urgían a presentarse como candidato a la Presidencia de los Estados Unidos: "It was not best to swap horses when crossing streams").

Sin llegar, ni pretenderlo, a la altura de los zapatos de tan ilustres antecesores en el arte de aconsejar, nuestra conseja para aquellos que no han tenido dinero para costearse un curso de MBA ni se cuentan entre los egresados de Comillas (con o sin órdenes menores) es que existen formas de rentabilizar la incertidumbre, que consisten en aprovechar las olas que crean los grandes paquebotes.

Estamos en una época de tormentas, generada por varios impulsores de borrascas, manipuladores de los mandos de nuestra bañera. Hubo olas generadas por los inventores de los bonos basura (antes llamados "bonos oportunidad que no puede dejar perder"), otras que surgieron de los consejeros espiriturales del dinero fácil (para ellos: "con ese sueldo suyo de mierda puede comprarse una casa de ensueño y pagarla durante el resto de su su vida, según nuestros infalibles cálculos financieros"); muchas, aparecieron cuando las aguas bajaron de nivel (y "se vieron los que estaban en calzoncillos", pero, sobre todo, tenían en las manos mercancías apetitosas).

Ahora ha llegado el momento de quienes han sacado las mejoras notas en la escuela de la desfachatez y del desprecio a los demás, que se empeñan en asustar a nuestros gobiernos, -muy ilusionados, en su momento de euforia, con los lemas de "crecimiento sostenible", "mundo global", "estado social y de derecho, invirtiendo hoy para pagar el endeudamiento en un par de generaciones, puesto que los ciclos económicos tienen tendencia alcista", etc.- haciéndonos ver a los ciudadanos de Credilandia Incorregible que, según los indicadores que ellos confeccionan, podremos pagar -es decir, arriesgamos no pagar- los créditos obtenidos, pero solo si el interés del principal restante es mucho más alto que el que sirvió para hacer los cálculos iniciales.

Llegando al final: si Vd. tiene algo de dinero libre, es el momento de aprovechar los movimientos alcistas que se generan después de cada movimiento al árbol de la solvencia de los Estados, una vez que se conozca que se ha adoptado algún acuerdo de pagar la deuda que mantienen con las entidades financieras que han confiado en nuestra capacidad de mantenernos colectivamente a flote. Eso sí, venda inmediatamente que haya conseguido alguna plusvalía superior al 10% y espere al siguiente achuchón.

Pero si pertenece al grupo mayoritario de quienes no tienen más que ofrecer que su capacidad de trabajo, reduzca gastos al mínimo, métase en su madriguera, no cambie de coche ni de caballo, y espere a que las aguas retornen al cauce que determinen los poderosos. Por fortuna, estamos aún en una zona del planeta en donde sigue siendo difícil morirse de hambre, en la que incluso en las cárceles se come aceptablemente, y existen multitud de cunetas baldías y hasta vastos terrenos abandonados en donde se pueden cultivar tomates, cebollas y lechugas, sin que sus dueños (si existen) se enteren, preocupados en acumular un misterioso mejunge que se sigue llamando plusvalías, que es, en sentido estricto, la diferencia entre el precio de mercado y lo que nos cuesta, de verdad, mantenerse en la carrera.

Sobre la gestión comercial de las empresas de servicios

La historia de desencuentros suele comenzar siempre de la misma manera. Al mediodía, cuando nos disponemos a disfrutar de la ración de taggliatelli con tomate, suena el teléfono, y el visor detecta que la llamada proviene de una demarcación lejana y, en cualquier caso, desconocida.

Inmediatamente depués de haber descolgado el adminículo, una voz femenina se identificará con un nombre que no tendremos ninguna intención de recordar, aparentemente surgido de la relación de caracteres de una serie venezolana o de algún otro país sudamericano (Se entiende, ubicado al Sur de los Estados Unidos de América, o sea, los States), y nos preguntará si tiene el placer de estar hablando con Don Fulano de las Carnes Abiertas, o sea, nosotros.

Si resistimos a la tentación de negar que don Fulano se encuentre en la casa, viajero en una excursión a la Cochinchina para investigar sobre unas posibles huellas del Yeti; o que se ubica, desagradablemente, en una cárcel de Eritrea por haber asesinado un manatí en el zoo local, nos veremos, con alta probabilidad, embarcados en una aventura que nos provocará algunos dolores de cabeza.

Porque desde ese momento en que Vd. ha reconocido ser quien es, será identificado como sujeto al que podrán ofrecerle condiciones ventajosísimas -aunque también ininteligibles para un ser humano con capacidad normal- para cambiar de compañía de servicios.

Los "servicios" es la palabra con la que reflejamos en español la agrupación de los suministros imprescindibles para la vida de un humano del siglo XXI, que los anglosajones llaman "utilities". Detrás de esa denominación crecen, se multiplican y mueren unas cuantas compañías, generalmente multinacionales, que cambian de nombre, de responsables, y hasta de actividad principal, a velocidad asintótica a la de la luz.

Se dicen especializadas en producir, transportar, distribuir, comercializar o difuminar, gas, electricidad, telefonía, agua, recoger basura y residuos fecales y, tal vez, algunas cosas más, pero su verdadera especialización es convertirnos en sus dependientes, maximizar su beneficio a costa de exprimir la combinación de nuestra necesidad con nuestra ignorancia.

La voz le ofrecerá, por supuesto, el cambio gratuito de compañía y le prometerá la absoluta continuidad "de las prestaciones", por lo que "no notará ni por un instante que su suministrador anterior ha dejado de existir para Ud".

Las ventajas adicionales serán múltiples, diversas, complejas, incomprensibles, ... como cuando se compra un ordenador o una cámara digital, provista de funciones caracterizadas por siglas del tipo VIX, JZWI, etc. surgidas de acrósticos ingleses o coreanos de los que nadie recuerda, si es que alguna vez lo supo, su verdadera función.

Tendrá, por tanto, un aparato contador con lectura digital, una terminal telefónica que incorpora llamada en espera y posibilidad de conversación múltiple -además de filtros ultrasensibles y router multifunción-, una llave de acceso al gas natural o artificial de uso restringido y sensor de fugas con alta definición, un adminículo de quién sabe qué generación futura para hacer no se entiende qué diablos, todo lo cual, en conjunto y por separado, le proporcionará la satisfacción de tener la mayor velocidad del momento en el chorro de sus aguas fecales, en los bits erráticos que pasen por su cable de la luz, en los voltios estrambóticos que entren en su chisme de comunicaciones.

¿Cuánto paga, Vd., don Fulano -o puedo llamarle simplemente, Fulano-, por su actual servicio?. No importa, no me lo diga. El que le ofrezco es más barato, más veloz, más seguro. Los dos primeros meses solo tendrá que pagar la tarifa media, y durante un año -óigame bien, un año- tendrá el agua del color más claro de toda la vecindad, o una velocidad de transferencia más alta que la de la Moncloa, o podrá sostener en su tertulia de dominó la seguridad de que el veinte por ciento de la energía que consume provendrá de las basuras de monjes tibetanos.

La que contamos aquí es una historia inventada, por supuesto. La realidad se compone de detalles concretos por los que, cuando Vd. cambie de compañía, se encontrará con que: el servicio no será mejor, sino igual; el coste no será más barato, sino, al poco tiempo, incluso algo más caro; y, en fin, estará un par de semanas -con suerte- colgado del teléfono, hablando con personas desconocidas, siempre distintas, siempre dándole un número de incidencia diferente, siempre lamentado su mala suerte, mientras no dispone de ningún servicio de ADSL, o la factura que le han emitido, y cobrado, no corresponde a su consumo, o han considerado que había solicitado una potencia diez veces superior a la que, en realidad, necesita, y tenía contratada con la anterior compañía.

Que, por supuesto, también le estará llamando cada día, para preguntarle, porqué se ha cambiado, porqué no acepta una nueva oferta descomunal que rebajará en un veinte por ciento su factura anterior durante al menos los próximos seis meses,... mientras Vd. se pregunta quién ha tejido a su alrededor esa red de comerciales a comisión, y donde están los responsables finales de las compañías de servicios.

Sobre imprescindibles y cretinos

Es casi seguro que, si fueramos invitados a ello, se nos ocurriría el nombre de muy poca gente que debería ser considerada imprescindible y, en cambio,  podríamos enumerar de inmediato una amplia relación de cretinos.

Puede que el problema no esté en nuestra mala memoria, sino en el exceso de información acerca del segundo grupo de bípedos, en tanto que, en torno a quienes están haciendo labores interesantes para la humanidad, lo que más reina es el silencio.

Desde luego, los llamados programas del corazón y esas agrupaciones de fauna variopinta en complejos estados de descomposición con las que se componen los reality-shows nos proporcionan un excelente material -tanto entre entrevistados como entre entrevistadores, informantes como deformantes- para hartarnos de estupidez de la buena.

Pero seríamos injustos si redujéramos nuestro terreno de caza del cretino a las zonas donde pastan los que viven del cuento, propio y de los demás, utilizando como vehículo para transmitir sus encuentros los canales televisivos.

En todas partes, en cualquier lugar, se encuentran a mares los cretinos, haciendo cerco en torno a un imprescindible, al que sacan el jugo sin pudor, como las hormigas hacen con los pulgones.

Sobre las predicciones de Casandra, el Apocalipsis y el IPCC

En noviembre de 2011 se hará público el V Informe sobre las previsiones de cambio climático, que recoge los datos y, sobre todo, las conclusiones, del panel de expertos agrupados bajo las siglas IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change).

No hace falta haber tenido filtración alguna respecto a lo que esos eruditos están acabando de lavar y peinar -con base en miles de simulaciones que pretenden descubrir por dónde irán los tiros del aumento de la temperatura del planeta vinculado a un gas que hasta ayer mismo creíamos inofensivo-.

El Informe vaticinará que estamos peor que cuando se empezó a tomar consciencia de que la Humanidad se encontraba, en realidad, en algo parecido a una caja cerrada y nos estábamos ahogando en nuestros propios desperdicios.

Los 3.000 sabios nos avisarán, con profusión de gráficos y tablas, de que la velocidad con la que nos movemos hacia la catástrofe final es creciente, y que, por tanto, los tramos para tomar decisiones que disminuyan los efectos destructores de ese calentamiento, se han reducido. Algunas consecuencias ya no podrán evitarse, y habrá que adoptar medidas paliativas, no correctoras.

Como le sucedió a Casandra, la pitonisa que se atrevió a despreciar el amor de Apolo, las predicciones del IPCC son correctas (en todo caso, tienen la intención y el aspecto de serlo), y avisan del peligro, pero no se les hace caso.

Las razones son contundentes. Hay otros temas que aparecen como más urgentes, según los cristales con que se miren: la crisis económica, el desempleo, la amenaza terrorista, la hambruna en amplias zonas, la prima de riesgo, el pago de la hipoteca, la mejora educativa, las vacaciones de verano, ampliar mercado en China para los europeos o en Europa para los chinos, superar el cáncer, controlar la aerofagia, conseguir una subida de sueldo, sobrevivir hasta mañana, etc. etc.

Existe un libro misterioso, incluído entre las Sagradas Escrituras cristianas, llamado Apocalipsis, atribuído a Juan, el discípulo que fue amado por una encarnación de Dios que se detectó hace dos mil años. Como es sabido, Apocalipsis significa "Revelación", y el escrito parece ser un conjunto de profecías sobre cosas futuras, de las que se dice que la mayoría no se cumplieron aún.

Si el lector ha tenido alguna vez el interés de leer ese libro profético, convendrá con nosotros que, al margen de la belleza de las imágenes poéticas de las que está imbuído, no se entiende nada, no se puede deducir nada. Resulta, pues, inútil, para prevenir.

Juan, Casandra y los del IPCC son tres formas de predecir el futuro sin consecuencias prácticas para quienes podrían haberse salvado. Aunque, al menos, en caso del grupo de agoreros citado en último lugar, nos coge confesados (en el sentido de "reconocer o declarar, obligado por la fuerza de la razón u otras causas, lo que por sí mismo no hubieran reconocido").

Sobre el desprecio como argumento

El dicho popular expresa que no hay mayor desprecio que no hacer aprecio. Ese argumento parece haber calado muy hondo en quienes nos quieren convencer de que tienen soluciones.

Para estar persuadido de que lo que el otro pueda aportar -o esté ya realizando- carece de valor, es preciso, básicamente, disponer de un catecismo -un dogma, unos principios- que nos den la secuencia de fórmulas mágicas a las que recurrir como tabla de salvación en cualquier momento de la discusión.

Hace ya tiempo que los partidos políticos, preocupados por ocupar el centro, que es donde está el calor de los votos, no exigen aprender a sus militantes -ni siquiera a los que ocupan puestos relevantes- la totalidad de esos idearios.

Con cuatro frases prendidas con alfileres y un par de recursos para encrespar la polémica, se construyen así supuestos debates interminables y muy aburridos. Los "Ud. no tiene ni idea" o "Estoy completamente en desacuerdo" son coletillas exasperantes, tenidas por muy útiles, para descolocar al contrario y, ganar tiempo para proseguir con un torrente de frases elevadas de tono en el que se repetirá, hasta abrumar, las frases del doctrinario que se tengan aprendidas de memoria.

Puede que se consiga con ello aturdir al contrario y hasta entusiasmar a las audiencias, pero no hay ahí soluciones, solo jarabe embriagador.

Si no podemos aceptar que existan, en el terreno de las ciencias sociales -por no decir en todas- verdades absolutas, mucho menos estamos de acuerdo en que la mitad (o casi) de una población tengan la razón y la otra mitad estén en el error.

Y con la misma base por la que hemos lamentado que existan pueblos enteros que aún no se han dado cuenta de la tremenda rémora que supone despreciar las aportaciones que harían las mujeres, tenemos que expresar también nuestra desazón por el esfuerzo por parte de algunos en provocar una dicotomía en las soluciones a los problemas, como si hubiera un único camino aceptable, del que ellos tuvieran la llave para abrir el candado que impide el acceso.

Nos inquietan, por ello, bastante, los que piden un adelanto inmediato de las elecciones generales, argumentando simplemente que el Gobierno actual español está agotado o carece de soluciones para los problemas y que lo que hace falta es cambiar a las personas, para que puedan llevar a cabo un programa que aún no se ha explicitado más que desde la crítica al contrario.

No creemos que los tiempos permitan hacer lo contrario, en nada. Se puede, eso sí, mejorar lo que se tiene e incluso hacer lo mismo, con más capacidad o fortuna. Por eso, más que apelar al final de una época del socialismo -que hace tiempo que no gobierna-, nos gustaría oir más, mucho más, acerca de las opciones para perfeccionar o corregir -explicando en qué y porqué- lo que tenemos, enderazando lo que ha ido mal.

El desprecio como argumento nos parece, sin más, un mal recurso. Deberían exponerse, por unos y otros, las ideas que se pretende llevar a cabo desde el poder. No improvisaciones, programas. Oir, una y otra vez, que el contrario está equivocado, que no sabe, que no puede, sin expresar con claridad lo que se haría cuando -como es previsible- se le venza en las urnas, nos hace sospechar que, más que con un cambio de guión, nos encontraremos con un  cambio de decorado.

En el aniversario del comienzo de una guerra civil

En el aniversario del comienzo de una guerra civil

Puede que un dieciocho de julio ya no signifique mucho para una mayoría de españoles (casi todos los menores de 50 años y, desde luego, todos los jóvenes de menos de 35), y esa ignorancia no es muy tranquilizadora.

El 18 de julio de 2011 se cumplen 75 años del comienzo de la guerra civil en España, que dió lugar a una dictadura que se mantuvo desde su terminación, en 1939, hasta la muerte de Francisco Franco (1975). La concentración en muy pocas manos de todos los poderes del Estado alimentó, durante todos esos años, los tactismos -es decir, fundamentalmente, los intereses, pero también las marginaciones, las esperanzas frustradas y las reprobaciones - de varias generaciones de españoles.

Entre las diversas reflexiones que, con esta efemérides, se dedican a la guerra civil de 1936-1939, sus motivos y consecuencias, nos ha llamado especialmente la atención el comentario que suscribe Julián Casanova (EP Domingo de 17.07.11, pgs. 10 y 11).

En esencia, explica que España fue el único país europeo en el que, dándose circunstancias que pudieran asimilarse a las de otros de la zona, se enzarzó en una guerra civil. "Sin esa combinación de golpe de Estado, división de las fuerzas armadas y resistencia, nunca se hubiera producido una contienda civil".

Las tres condiciones que refleja Casanova giran, pues, en torno a una sola: el Ejército se encontró dividido, desde el primer momento, entre defensores de la República (poder legítimo) y del levantamiento, provocando que, de inmediato, hubiera una zona adicta y otra rebelde, y en las que los militares que las controlaban -no las autoridades civiles, incluso desde el Gobierno de la República, muy subordinadas-, forzaron a integrarse a los habitantes del área respectiva.

Es muy evidente que las tres condiciones que ahora recogemos aquí son circunstanciales, es decir, no fueron las que, por sí solas, hubieran constituído la razón necesaria y suficiente para que los dos bandos se empeñaran con tanto ardor y por tanto tiempo en destruir al contrario.

Los levantiscos contaban con el apoyo de algún prócer económico -Juan March como más significativo-, pero la conspiración tomó forma entre militares. Tampoco los militares que defendían la República lo hacían por sus afinidades sociales o creencias religiosas, sino por lealtad al Estado; una vez metidos todos en una larga contienda, los móviles de quienes, sin ser militares de profesión, se mataban entre sí perdieron toda perspectiva.

Las razones de millones de civiles para sostener una guerra nos parecen más importantes que el que haya unos cuantos militares dispuestos, por ambición o hipotética ideología, a confrontarse con las armas, ya sea con el pretexto de salvar a la Patria o defenderla de unos rebeldes.

Por eso, tratar de descubrir los motivos que justificaban individualmente la adhesión, la dedicación y el empeño, incluso con encarnizamiento, que condujo a no pocos de esos civiles hasta llegar a matar, fuera y dentro del campo de batalla, a los que se veían como obstáculo en el camino hacia el poder que concedería la victoria, es una obligación de cuantos deseamos profundizar en el conocimiento e la naturaleza humana. 

Y eso es lo que nos preocupará siempre del comportamiento humano: su capacidad para la irracionalidad, que se emplea para justificar la destrucción del prójimo, al que acabamos considerando, con regularidad, como enemigo, cuando se convierte en distinto y ese carácter lo hace aparecer como obstáculo para nuestros intereses. Independientemente del desarrollo, de la cultura, de los regímenes, la opción de la disputa armada, de la aniquiliación de lo contrario -de la guerra- está presente, una y otra vez, como la forma periódica de saldar definitivamente  las diferencias.

Ahogar al contrario, al disidente, al distinto. Matarlo.

Esas actuaciones de destrucción serán siempre civiles, en el sentido de involucrar, a pesar de los eufemismos que se empleen, a la población no militar. Si afectan a específicos particulares, serán ajustes de cuentas, provocadas por la concentración del odio en el que tengamos más próximo (asesinatos de familiares y antiguos amigos, compañeros, jefes,...).

Si involucran a poblaciones extensas -hunos o romanos, hutus o tusis, cruzados e "infieles"...- serán ya el reflejo colectivo de la tendencia del ser humano para renunciar a convencer, venciendo al que discrepa, aglutinando sin rigor las capacidades de odiar al que se nos cruza en el camino.

Las dos guerras llamadas mundiales del siglo XX fueron también, y  sobre todo, civiles. Si creyéramos, por ejemplo, que los alemanes, italianos o japoneses, defendían el totalitarismo de sus regímenes, nos equivocaríamos: expresaban su voluntad individual de imponerse.

Todas las que vengan, que vendrán, y las que existen, y las que fueron, se pueden catalogar, sin temor, de civiles.

Mientras existan armas, habrá guerras. Y mientras haya ejércitos, en algún momento, se generarán las circunstancias. Porque, entre los civiles, las diferencias de actitud son consustanciales a sus dispares naturalezas. Aunque solo degenerarán en guerra civil cuando una parte significativa de los militares crean tener la oportunidad de reorientar la situación, moviendo la escalera -por su propia voluntad, o por la de los que les animen a hacerlo-, y otra facción se vea en la obligación de defenderla.

A los que el mercado les da, las agencias se lo bendicen

No sabemos de que se haya hecho ningún test de estrés, de credibilidad (ni de ética) a las agencias de valoración. Lo que estamos seguros es de que no lo superarían.

Hasta hace un par de años, la inmensa mayoría de los ciudadanos ignoraba su existencia, y no la echaban de menos ni creían que influyera lo más mínimo ni en su bienestar ni en sus eventuales desgracias. Ahora, si se les preguntara, coincidirían en que nos están amargando la vida.

En realidad, no necesitamos que nos lo diga ninguna agencia, ya sea nortamericana o una que haya puesto su chiringuito en la esquina de enfrente, que nos diga que estamos pasándolo mal.

Tampoco necesitamos que el compañero de oficina nos diga, poniendo cara de descubridor del Amazonas, "te ha salido un grano en la cara" o que el vecino nos pregunte, mirando el rasponazo que presenta nuestro vehículo por el lado del conductor, "¿te has fijado en golpe que tienes en la puerta del coche?".

Lo que suena ya a castaño oscuro es que el vecino con el que nos cruzamos en el garaje, nos diga al día siguiente: "He mirado mejor el golpe de tu coche y es bastante mayor de lo que suponía." ¿Cómo reaccionaríamos si el colega chinche nos espetara por la tarde, vestido ya él con el pantaloncito de jugar al pádel, mientras nos toca las teclas del ordenador con el que calculamos la distribución de temperaturas en un molde refrigerado -es un ejemplo-: "He estado pensando en tu grano, y ahora que lo miro mejor, no se te va a curar solo con esa pomada que te dije le había ido bien a mi abuela, que en paz descanse"?

Nos hemos convencido, porque teníamos ganas de aparecer como culpables, que la culpa de esta burbuja que nos explotó en las manos, es de todos, incluso de los que nunca pensamos en comprarnos un piso a base de hipotecas. No en vano se nos ha presentado como la combinación de la avidez de los más ricos, los consejos para aprovechar la oportunidad de bonanza que prodigaban sus asesores, la ignorancia económica -por ser suaves- y el deseo de inaugurar por parte de los políticos, y, en fin, la algarabía que formaban todos estos elementos en el patio de los que, simplemente, querían vivir mejor de aquello para lo que les daba su sueldo.

Bien, pues ya vale. Volvamos a empezar. Queremos retornar al momento anterior a la burbuja, allí donde estábamos. Porque en algún lugar habrá quedado el terreno firme, ¿no?.

Señores de las agencias de valoración, retírense del campo antes de que nos veamos obligados a hacerlo a gorrazos. Mientras los demás estamos atareados retirando escombros y tratando de reconstruir lo caído, ustedes siguen socavando los cimientos, dando la tabarra. Antes consiguieron que se volatilizara el dinero de los ahorradores, ahora resulta que están haciendo que nuestra deuda pública nos resulte más cara, es decir, que el futuro se nos haga aún más complicado.

 

Sobre lo que no hay que hacer

Reconocemos, ante todo, el origen del título de este Comentario y, por tanto, la intención. "Lo que hay que hacer con urgencia" es el título de un libro colectivo de más de 500 páginas, escrito por 33 economistas y coordinado por Juan Velarde Fuertes.

La criatura intelectual fue presentada en sociedad a principios de julio de 2011, en un acto que presidió Mariano Rajoy, según las encuestas, el candidato que tiene la más alta probabilidad de ser Presidente del Gobierno español a partir de abril de 2012 (pero tampoco descartamos que pueda llegar a serlo algo antes).

No nos han regalado el libro y aún no hemos podido hojearlo en las librerías -es casi seguro que no nos animemos a comprarlo-, por lo que estas notas no están influidas por las sugerencias que, posiblemente, expongan en él esos estudiosos de la situación económica que, por su número, recuerdan -tal vez no por casualidad- la edad en la que Cristo fue llevado a su martirologio y que corresponden, también, con la cantidad de monedas que el traidor Judas percibió por entregarlo a los miembros del Sanedrín.

Cuando un autor -o varios- hacen llegar a la autoridad sus elucubraciones y consejos -que nadie, que sepamos, les ha pedido-, y lo hacen en un acto público bajo la forma de una publicación, están poniendo de manifiesto muchas cosas.

La más evidente, que creen tener algo que decir y que no tienen otra forma de rentabilizarla que escribiendo un libro y ponerlo a la venta. Otras razones, algo más oscuras, afectan a la intención de exigir a la autoridad actual que se tomen en cuenta sus fundadas recomendaciones; y, también, puesto que es la alternativa y no el poder el que actúa con ellos en el escenario, indicar de qué lado están: del árbol de apariencia más vigorosa.

En cualquier caso, la ocasión sirve para que todos ellos tengan por presentadas sus propuestas (ya que no análisis, pues hablan de "lo que hay que hacer"), y así garantizan que, si las cosas siguen mal, podrán, más adelante, recordar a tirios y troyanos aquello de "Te lo advertí, forastero". Nos parece, con todo, que en este caso, se produce una exhibición de cercanías, y que lo que expresan, unos -los teóricos- y otros -quienes han de ejecutar-, es que el futuro preboste está de acuerdo con lo que se (le) propone.

Como, sin tener idea de las propuestas, solo podemos intuirlas por lo que conocemos del pensamiento de Velarde Fuertes -un enamorado del mercado, un amigo entregado a las razones del poder financiero y un ilustrado tardío en las fortalezas de la técnica-, y las estimamos tan respetables como contemporizadoras.

Para ayudar algo a menear las raíces del debate, esto es lo que, en nuestra opinión, y refiriéndonos a la actual situación socioeconómica, no hay que hacer:

a) Seguir tolerando la exhibición de posesión de riqueza incontrolada, incluído el flujo de dinero negro, que se está produciendo en el país.

b) Concentrar la inspección fiscal en las pequeñas y medianas empresas y en los autónomos, dejando vías libres a la generación de beneficios excesivos por falta de control administrativo, la evasión de capitales, ocultación de plusvalías, premio con injustificables honorarios y prebendas a ejecutivos de medio pelo, etc.

c) Aplaudir que quienes hicieron sus primeros dientes en la gestión pública, afilen luego sus colmillos y trituren con sus muelas de conocimientos adquiridos, desde la gestión privada de los grandes grupos empresariales. Elíjase, de una vez, la experiencia, como valor, no la desfachatez como mérito.

d) Ignorar la baja productividad efectiva de muy amplios sectores de la población ocupada, desde luego, en contraste con la asunción de horarios y esfuerzos laborales insoportables por otras minorías; la simple comprobación de los ratios de facturación respecto a empleo, dentro de cada sector, daría pistas de lo que está pasando.

e) Despreciar los efectos de la importante contratación irregular o con salarios reales parcialmente ocultos al fisco en algunos sectores (servicios turísticos, restauración, construcción, talleres de reparación, servicios de distribución y comercialización, etc.)

f) Subestimar la importancia de la técnica; la economía, como ciencia, es muy posterior al desarrollo técnico, y se debe subordinar a él. (El Sr. Velarde lo sabe bien, pues pertenece a la primera promoción de economistas en España. La Facultad empezó sus clases en febrero de 1944). Los economistas, por su propia formación, no están capacitados para crear empresas -salvo, tal vez, las financieras-, aunque resulten (algunos) buenos controladores y otros (muy pocos) adecuados gestores.

g) Dejar de confiar en que el futuro tiene la solución. Los problemas se han de resolver cuando se presentan, sin aplazamientos. Por ejemplo, si se ha detectado que existe la incapacidad para soportar el modelo de bienestar, se ha de ser capaz de tomar de inmediato las medidas correctoras -ajustando ingresos y gastos-; la dilación agudiza los problemas, porque no se puede confiar en que nos encontraremos siempre con ciclos expansivos de la economía.

h) Dejar sin control la venta de beneficios futuros y, en especial, consentir que se realice por las administraciones públicas. La privatización de los servicios públicos, en concreto, no puede servir de base especulativa, y jamás se ha de renunciar al control final -y a la posibilidad de rescate- de una concesión pública.

Esto, también con urgencia. Se puede leer en positivo, pero se entiende mejor si se expresa con tintes de denuncia. Para que el nuevo Presidente, si lo que se espera, y muchos desean, se produce, no mire solamente hacia los lados que a algunos interesan.