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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre la ficticia dramàtica claredat de dos visiones

El Molt Honorable President de la Generalitat catalana, Artur Mas, pronunció un discurso con ocasión de la Diada, en la que, junto a afirmaciones genéricas y contenidos triviales, aprovechó la ocasión para calentar el horno en donde se cuecen los desentendimientos de algunos insensatos a ambos lados de una frontera inexistente, inviable e inútil.

Un horno de panadería económico-política, en el que se confeccionan bollos con fantasías históricas, merengues localistas, presunciones de ser mejores, desprecios imaginarios, que son digeridos a empellones por incultos útiles, fanáticos sin serias razones, que creen estar alineados con catalanismos o españolismos, cuando lo que ponen en claro es su ignorancia de la Historia y de los intereses subyacentes y, lo que aún es más grave, su incapacidad para respetar a los demás y tener proyectos comunes sin sentirse víctima ni acusar al vecino de victimario.

Hemos extraído una sola frase de la alocución institucional, como reveladora -o más bien, desveladora- de la existencia de un "wishful thinking" (1) partidista, en absoluto inocente, del que se ha convertido en portavoz el Presidente catalán: "Molts catalans han vist amb una dramàtica claredat que la visió uniformista i excloent d’Espanya afecta negativament tots els catalans".

El President contrapone dos visiones: la "uniformista y excluyente" de España con la de muchos catalanes. No se refiere, con la primera, a una actitud de los españoles, sino de un ente que se identifica como hostil: "España".

Puede que Mas crea haber empleado sutileza argumental en la frase, pero su posición se deshace entre los dedos del análisis, poniendo en claro que no es más que una forma, genuinamente terrorista -en el sentido de desestabilizadora-, de encender los ánimos contra un falso enemigo, inventado por propio interés, imaginario en concepto pero que se insinúa representado en seres reales, que pasarían a ser, por tanto, los "enemigos a combatir": los "españolistas", los defensores de la unidad de España, a los que se atribuye, gratuitamente, una "visión uniformista".

Si "los catalanes" son, para quienes piensan como Mas, los que han nacido en Cataluña, habrá que separarlos de los que viven en la región y, en todo caso, preguntarse qué es lo que los une con esa pretendida visión enemistada con el resto de los nacidos en España.

Si "España" es una manera de referirse a la Administración central del Estado español, esta visión de Mas es peculiar y, desde luego, no encuentra fundamento ni en la Constitución ni en lo que -nosotros tampoco hemos hecho encuestas- "muchos españoles" identificamos con ese concepto.

Convendría que reflexionáramos, con calma, a ambos lados de la frontera imaginaria entre Cataluña y las demás regiones de España, quién/quiénes están interesados en identificar con "dramática claridad" lo que no es más que el "humo de la confusión", mientras sacan tajada de la algarabía que forman quienes se enzarzan en demostrar su diferencia por hablar mejor el catalán o el español, o por ser hinchas del Barça o del Madrid.

Porque a muchos españoles, nos duele que muchos catalanes hayan tenido que cambiar sus nombres de pila -Nieves, José, Sergio, Dolores, etc.- por Neus, Pep, Sergi, Dolors, etc., para que no se sepa que sus padres han nacido en Cáceres, Castrillo de los Polvazares o Ventas con Peña Aguilera, y a muchos españoles no nos importa lo más mínimo que Carles, Pere, Montse o Carme se sientan orgullosos de haber nacido en Cataluña y trabajen en Madrid, Gijón o Sevilla, porque nosotros también estamos orgullosos de ser asturianos, madrileños, andaluces y proclamar que somos españoles, seguros, con tranquila claridad, que es la forma de hacer un país más fuerte, preocupado en lo fundamental y no en rascarse las ridículas diferencias.

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(1) (meras imaginaciones)

Sobre fogones, religión y cocineros

"También en los pucheros anda Dios", intentó aclarar Santa Teresa de Ávila, entre perdices y penitencias, dando motivos para que la imaginación popular la elevara -injustificadamente- a la mística glotonería.

La cuestión de comer ha entrado en los países occidentales en una espiral que combina el epicureísmo y la estupidez, en proporciones que solo individualmente pueden ser valoradas.

En España, el negocio gastronómico ha derivado en la consagración de diversos especialistas en el arte de dar de comer, lo que, por cuestión de conjunciones astrales, publicidad oficial y una excelente capacidad comunicadora por parte de algunos restauradores, ha puesto simultáneamente a la cocina patria en un lugar muy alto, especialmente en los países anglosajones (en donde andaban bastante torpes en eso de despertar las papilas gustativas y llevar la imaginación a los fogones).

Las dos escuelas principales en el asunto de la comienda son, como en todo lo humano, en realidad, la de los místicos y la de los físicos. Algunos hablan de la cuestión en España como si se tratara, por un lado, de la cocina de la abuela y por otra, de las estribaciones patrias de la escuela gastronómica francesa que se remontaría a Savarín y tendría su sumo sacerdote en Paul Boccusse, entrando por los Pirineos catalanes, contagiando a algunos espíritus con la manipulación de la mantequilla y las hierbas del jardín.

Ni hablar. El fenómeno afecta al choque de dos placas tectónicas culinarias, la llamada cocina mediterránea -pero la del Sur, la catalano-andaluza- y la atlántica -pero la cantábrica, la que va por todo el arco atlántico desde el País Vasco a Galicia, con un punto gordo en Asturias-.

Se debe reconocer la influencia sobre la primera del tsunami oriental, con un cierto gusto por el amaneramiento, de la cocina para ver y no solo para la ingesta-, en tanto que la cocina atlántica, basada inicialmente en el pote y el tentetieso, ha resaltado la calidad del producto en los platos y añadido el folklore local a la garcilla.

El 10 de septiembre de 2011, TVE-1 nos obsequió con un programa que permitió captar, en poco más de una hora, las esencias de ambas escuelas, dando el protagonismo sucesivo a Ferrán Adriá (catalán, como su nombre indica) y a José Andrés (asturiano, como también indica su nombre). (1)

Escuchar a estos dos maestros de la comunicación es ya, de por sí, un gusto. Son tan distintos como personas como lo que han conseguido plasmar encima de sus mesas.

El místico Adriá, después de haber creído encontrar al dios de la cocina, parece algo decepcionado del camino seguido, que veneran y copian bienaventurados y aprendices de sacerdotes. El carnal José Andrés, una reedición mejorada de Arguillano, se mueve igual por las aguas frías en donde se crían los percebes que va a comer como por los tomates de colorines americanos, propagando una fe intacta en que todos podrán entrar en el reino de los cielos gastronómicos si se aplican a seguir las simples enseñanzas de su doctrinario.

Qué cosas. Pues va a ser verdad que también en los pucheros está Dios.

 

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(1) El nombre completo de José Andrés es José Ramón Andrés Puerta, por lo que lo que parece sustantivo sería apellido, y con eso ya da incluso pistas de por dónde va su cocina.

Sobre las consecuencias de la rebaja en la calificación crediticia internacional

El 6 de agosto de 2011, la agencia de valoración (rating) de inversiones Standard and Poors, cumplió su amenaza de rebajar la calificación como acreedor de los Estados Unidos de América, desde la triple A a la doble A plus.

Así que, si había dudas, quedó puesto en total evidencia quiénes mandan -en el mundo. Porque los argumentos esgrimidos por los empleados de la agencia no dejan de ser un juicio interesado a la política del actual presidente del país que aún pretende liderar la economía internacional.

Lo datos objetivos nos dejan bastante indiferentes. La deuda estadounidense está situada en algo más de 14,5 billones de dólares ("billones" europeos), que es prácticamente el equivalente (97%) a su PIB anual.

Los comentaristas político-económicos han llenado páginas con sus elucubraciones respecto a las consecuencias de esa ligera disminución en la valoración de la solvencia de Estados Unidos. El gigante tendrá los pies de barro, pero los mayores efectos de la desfachatez con la que los consejeros económicos de los muy ricos diagnostican sus males, se han dejado sentir a unos cuantos miles de kilómetros de distancia, en la Desunión europea.

Confiamos que el serio lector no juzgue frívolo este comentario si lo vinculamos al inmediatamente anterior, en el que tratamos -con la ligereza evidente de quien pretende sintetizar lo que conoce solo superficialmente- de la explicación global que físicos y místicos pretenden dar a la cosmogonía.

A ese nivel cósmico, allí donde hay que integrar lo físico y lo metafísico, lo que nos indiquen las agencias de valoración crediticia, refiérase a quien se refiere, nos parece, no ya irrelevante, sino ridículo. Deberían enterarse, de una vez, que no están influyendo en absoluto en el orden cósmico y que sus aparentemente complejas escalas de valoración no son sino el producto combinado de leyes físico-matemáticas, ondas electromagnéticas y órdenes de indeterminación.

Vamos, que nos la traen floja, nos toca los pies y nos importa un bledo.

 

 

Sobre la verdad original, místicos, científicos y orden implicado

Si el título de este Comentario ha significado algo para el lector, no le extrañará que lo comencemos expresando que agnósticos y devotos tienen mucho en común, aunque no sean conscientes de esa convergencia de sus naturalezas y que se produce, no en el terreno de lo físico -lo que sería evidente- sino en lo metafísico, en el campo de la mística.

Cuando David Bohm expresó la idea central de su teoría del "orden implicado", como la asunción de que el orden nunca puede manifestarse en nosotros de manera íntegra, por lo que lo que percibimos por la experiencia es solo una parte de la totalidad del orden, no hizo más que dar forma brillante a una constatación que ha señalado las preocupaciones intelectuales tanto de místicos como de científicos.

Ambos, a lo largo de la Historia, se han empeñado en avanzar, tratando de comprenderlos "a su manera", por los dos terrenos aparentemente incomunicados del cosmos dedicándose, respectivamente, a idealizar lo físico y a experimentar lo metafísico.

Si hay alguna puerta actualmente abierta que nos da alguna clave acerca de la conexión entre ambos subsistemas del cosmos, sería la fórmula que relaciona la masa y la energía: E=m*c exp2.

Esta relación casi mágica ha conducido a los físicos téoricos a pensar que han encontrado la explicación lógica -en el sentido de coherente con los postulados- a los fenómenos observados en el cosmos que podemos captar con instrumentos.

Sin embargo, por mucho que estos científicos se empeñen en decirnos que sus ecuaciones están a punto de explicarlo todo, la evidencia de la complejidad que nos rodea seguirá estando en la base de nuestra resistencia -tal vez ilógica- a reducir, no ya el mundo externo a nosotros, sino la realidad percibida directamente por cada "yo", a fórmulas, postulados y campos de Schroedinger.

Porque aunque en las grandes cifras del cosmos, se haya avanzado mucho en comprender lo que nos está pasando y vincularlo a lo que pasó y pasará, la cuestión de dónde o cómo se originó la materia prima -la "singularidad" de todos los modelos-, de la que emergió el Big Bang es siempre el punto oscuro que queda por resolver.

Esa es, metafóricamente, el verdadero agujero negro, el punto oscuro, hasta ahora insondable, de la física cuántica. Para los científicos agnósticos a la idea de Dios (el más popular, Stephen Hawking), ese material primigenio no tiene porqué venir de ninguna parte: "podría crearse materia en presencia de campos gravitatorios fuertes" (1).

Para muchos de los científicos que están convencidos de que, tanto si el Universo tienen un principio como un límite, Dios ha de existir, la cuestión, se convertiría en esta otra, no menos relevante: explicitar qué es lo que entendemos por Dios y qué significado adquiere nuestra existencia respecto a esa entidad.

Avanzar en la comprensión de esta zona misteriosa es solo posible con la introspección, la meditación; ese es el terreno de la mística.

Por ello, algunos estamos convencidos de que si no somos sensibles a la curiosidad de caminar por los senderos de la voluntad de entendernos a nosotros mismos en conexión con lo que nos rodea, para sentirnos encajados en el cosmos como parte de él, habremos desperdiciado la única posibilidad que tenemos en nuestras manos para abrir personalmente la puerta que vincula nuestra materia con la energía: el tiempo de nuestra propia existencia.

Para ese itinerario, no hay fórmulas válidas. Cada uno tiene que encontrar la suya.

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(1) Renée Weber: Diálogos con científicos y sabios, Ed. La liebre de marzo, 2004 (2ªEdición)

Entre ojos que no ven y corazones que no sienten

El dicho popular expresa que "ojos que no ven, corazón que no siente", y seguramente tenía su justificación en tiempos en donde no existían las telecomunicaciones. Ahora, con los nuevos adelantos, nos hemos ejercitado en ver y no sentir; precisamos: cuando lo que vemos afecta a los demás, no a nosotros.

La cuestión de la vinculación entre la vista y los sentimientos podría dar bastante juego, pero queremos referirnos hoy a la convergencia final, por sus resultados -la impasibilidad, la ineficacia- tanto de los que no quieren ver la naturaleza de la situación en la que nos encontramos, como la de quienes no sienten sus efectos,  salvaguardados de ella por diversos motivos.

¿No tiene el lector la desagradable sensación, de que la crisis avanza entre ojos ciegos y espíritus apáticos? Como un pordiosero que recorriera el vagón de metro con su hucha en la mano, unos miran hacia otra parte, fingiendo no ver, y otros miran fijamente, sin llevarse la mano a la cartera, esperando que pase.

Pero por mucho que deseemos que la crisis se baje en la próxima estación, persiste en viajar en nuestro mismo tren. Algo hay que hacer.

A los ojos que no ven: tenemos una alta tasa de economía sumergida (trabajadores sin contrato laboral; pagos sin factura; compraventas parcialmente en B; dinero circulando de la prostitución y de la droga; etc.); una insuficiente inspección fiscal (¿de dónde surge el dinero para tantos chalets de lujo, segundas residencias, altos niveles de vida, vehículos de alta gama, viajes de recreo; etc.?);  la enseñanza pública está desconectada de las necesidades de mercado y desmotivados profesores y alumnos; la enseñanza privada se ha convertido en un reducto para la reproducción de privilegiados; el consumo se ha retringido más de lo necesario, por miedo a que la recesión continúe, faltando líderes que inspiren confianza y tengan credibilidad; la Administración debe demasiado dinero a empresas y, sobre todo, a pymes y autónomos, y ha alimentado una gestión de descontrol, cuando no de despilfarro; hace falta información fidedigna desde la Administración, y desde los sectores empresariales, respecto a necesidades y oportunidades de inversión; etc.

A los corazones que no sienten: carece de justificación que algunos beneficios empresariales crezcan en una situación de crisis; los empresarios de los grandes grupos no se sienten comprometidos con el desarrollo del país ni con la creación de empleo ("la creación de valor para el accionista" es un juego de desfachatez cuando olvida la responsabilidad social de la empresa); los sindicatos deben prestar especial atención a los parados, no a sus afiliados, apoyando la creación de empleo con colaboración con los demás agentes, no con reinvindicaciones improcedentes y huelgas salvajes; una cosa es estar indignado y otra muy distinta ser un insensato; hay mucha gente que lo está pasando muy mal y que no debe confudirse con los que dicen que lo están pasando mal, que son más y que, además, no suelen comprender a los primeros; etc.

No vamos a bajarnos en la próxima estación, desde luego. Tampoco podemos. ¡Ojos que no ven y corazones que no sienten, la responsabilidad es tremenda! (Y, por cierto, y aunque la tentación puede existir, no identificamos a los que no ven con la izquierda ni a los que no sienten con la derecha ideológicas; hace tiempo que no nos dejamos engañar por los mensajes)

Sobre regalos y otras dádivas

No solo no se ha perdido la costumbre de regalar, sino que se descubren nuevos ejemplos, formas, modos y maneras de regalo.

No es lo mismo, nos advierten, que te regalen un traje a medida que un jamón serrano (1) ; y no solo porque no te puedas poner (salvo que tengas ganas de llamar la atención) un terno a lonchas para tapar las partes pudendas, sino porque el foro social -y judicial- podría entender que, si ocupas un cargo público, lo primero huele a cohecho y lo segundo, simplemente, revela selectos apetitos.

A nosotros nos molesta que nos regalen los desconocidos, porque hemos crecido con la desconfianza de que el que regala, algo quiere o algo te ha quitado ya.

Ultimamente advertimos que cada vez recibimos más regalos de gente desconocida, y la cuestión empieza a preocuparnos. ¿Cómo se va a enseñar a los niños que no se deben aceptar regalos de desconocidos, si el bombardeo de atenciones de extraños es continuo?

En el supermercado, por ejemplo, se está haciendo habitual que el producto que pretendemos comprar anuncie en el propio envase que se nos está dando "un x% más, completamente gratis".

Quizá nuestro caso sea excepcional, pero en estas circunstancias, preferimos dejar el artículo en la estantería y elegir otro que no nos regale nada.

Especialmente alarmante es la medida adoptada por algunos envasadores de bebidas alcohólicas -digamos, cerveza- que se empeñan en darnos "un 33% más", en la lata de 33 cc, que es la medida habitual (un tercio de litro). Debería prohibirse esta práctica, por incitar al consumo de alcohol, es decir, a drogarse. No le encontramos sentido. ¿Quién está detrás? ¿La mafia del crimen organizado?.¿ Es -perdónesenos el atrevimiento- una campaña orquestada por la guardia civil de carreteras, para aumentar las multas en los controles de alcoholemia?.

En fin, señores. No se fíen de los desconocidos que les regalan cosas. Pueden estar grabándoles. Pueden estar tomándoles el pelo. Pueden pretender generarles una necesidad. Y lo más seguro, es que les estén dando gatos por liebres.

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(1) Admitimos que esta frase la escribimos pensando en la exculpatio ratione que ideó el vicesecretario de Comunicación del PP, González Pons, argumentando respecto al juicio por cohecho impropio que está padeciendo el ex presidente de la Comunidad Valenciana, Campos, cuando afirmó que "Si estuviéramos hablando de regalo de un jamón en lugar de un traje, nadie se habría extrañado" (citamos de memoria). Nulla exculpatio sine lege, lamentablemente.

Posteriormente, hemos conocido que Lady Gagá lució un traje decorado con filetes de carne y que la diseñadora emeritense Patricia Gruart copió la idea con un vestido hecho a base de lonchas de jamón en un desfile de pasarela a principios de 2011.

Estas sorprendentes aplicaciones de la carne cruda o amojamada como vestimenta demostrarían, simplemente, que el ingenio humano no tiene límites a la hora de aplicarse a descubrir estupideces con que cubrir las propias carnes con las tolendas de otros animales, incluso aunque ello suponga el despilfarro de alimentos, pero no adulteran el sentido de nuestro disparo bajo la línea de flotación de la ética al uso en algunos predios.

En serio: ¿Algo va bien?

"Algo va mal" es el título en español del libro póstumo de Tony Judt ("Ill fares the land", 2010), un análisis lúcido y, al mismo tiempo, ligero, sobre lo que nos está pasando. Una fotografía macroeconómica imprescindible, en especial, para los que no tienen muchas ganas de enterarse a fondo de lo fundamental, argumentando que les falta tiempo. Porque el librito se lee rápido y lo que se cuenta se comprende sin ecuaciones ni acudir a tutores que lo expliquen.

Este comentario va dedicado a todos los optimistas y, en especial, a la periodista asturiana Angeles Caso, que en un reciente artículo publicado en el diario local La Nueva España defendía el optimismo ante la situación actual, argumentando que, en comparación con el pasado, estamos viviendo el momento "más pacífico e igualitario que haya conocido la humanidad" (se refiere al subgrupo occidental), concluyendo que "aunque solo sea levemente, ese progreso hacia el bien, consuela".

Teniendo en cuenta que durante el siglo XX se han debido soportar dos guerras que alcanzaron a todos los países de ese pacífico conglomerado de países (y a alguno más), y que el anterior dirigente de los Estados Unidos de Norteamérica expresó sin matices que "estamos en guerra" (1) -y contra un enemigo casi imaginario, lo que hace la cuestión prácticamente esotérica-, la afirmación de que el momento es el más pacífico que hayan vivido las generaciones de descendientes Moisés, Abraham y sus amigos, suena algo "chocante".

No menos intrigante resulta adivinar los datos introducidos al modelo de análisis macroeconómico que ha conducido a la, sin dudas, excelente escritora, a expresar que nos encontramos en el momento más igualitario de nuestra historia y en leve avance hacia el bien.

La traducción literal del título que dió Judt a su libro proporciona una respuesta de urgencia: "El mal conduce el mundo" que puede completarse con unos versos terribles de Vicente Aleixandre, muchas veces citados: "La serpiente se asoma por el ojo divino/ y encuentra que el mundo está bien hecho".

Por supuesto, para quienes están disfrutando del momento, las cosas van bien. Muy bien.

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(1) George Bush, jr., 2005: ""Make no mistake about it, we are at war. We're at war with an enemy that attacked us on September the 11th, 2001. We're at war against an enemy that, since that day, has continued to kill." (3 agosto 2005), dirigiéndose en texas al American Legislative Exchange Council.

Sin pruebas

Sin pruebas

Resulta que lo que tenemos son solo sospechas. Nos faltan pruebas. Sí, es cierto que hay algunos informes, se han realizado estudios más o menos profundos sobre el entorno, las posibles razones, los presumibles colegas y cómplices, pero nada garantiza que la objetividad de esos análisis sea absoluta.

Necesitaríamos pruebas concluyentes, de esas que ningún juzgador se atrevería a subestimar ni despreciar, porque deberían ser admitidas por cualquiera, aunque no tuviera la menor idea ni de leyes, ni de doctrinas, ni de ideologías.

Pruebas que, sí, está Vd. en lo cierto: en realidad, deberían ser evidencias. Habrían de ser evidencias absolutas, sin matices. ¿Para qué nos servirían las fundadas sospechas de unos, frente a las rotundas negaciones de otros?. Es imprescindible poner sobre la mesa un relato de lo sucedido que absolutamente nadie, ni siquiera los propios sospechosos ni sus valedores, pueda negar.

Tiene Vd. razón, sí, esto equivale a que el sospechoso se declare culpable. Para que no haya dudas, además de las certezas, necesitamos la confesión del sujeto al que estamos atribuyendo los hechos. ¿Me dice Vd. que nadie puede ser obligado a declarar en su contra?... Pues he ahí una dificultad.

Porque no basta, si queremos ser puristas, descubrir al presunto culpable con las manos en la masa, o blandiendo el cuchillo junto a la garganta del asesinado, o con la pretina bajada al lado de la víctima. Tampoco cabe prescindir de un asomo de duda aunque el testimonio provenga de persona abolutamente creíble, y esté reforzada con soporte audiovisual que no parezca adulterado. Quién sabe qué intereses ocultos pueden haber retorcido la prueba o el testimonio.

Está, además, la cuestión de garantizar un proceso absolutamente justo, con todas las garantías éticas, procesales y emocionales, en donde la decisión pueda ser adoptada por personas reconocidamente capaces por todos, y que no hayan tenido ninguna posibilidad de contaminación, que, ellas mismas, estén carentes de la menor sospecha de animadversión o afectos hacia el sospechoso, para que puedan dirimir si las cosas sucedieron así, y no de otra manera, descartar con rotundidad que las personas que nos cuentan el relato no están inventando circunstancias o aportando detalles que agravarían o aminorarían la importancia de los hechos...

¿Tenemos todo claro?. Ah, pero lo sustancial es que los plazos están vencidos. Ha transcurrido el tiempo imprescindible para que todo lo que sucedió haya prescrito.

Y como, en consecuencia, no podríamos castigar a nadie, ni solicitar la restitución ni pedir la compensación para víctimas o expoliados, carece de interés saber quién lo hizo, porqué, cuáles fueron los efectos; hay que mantener las cosas como están, dejarlas seguir su curso; olvidar y estar más atentos la próxima vez.

Los culpables, en fin, somos nosotros. ¡Hemos sido tan lentos!

 

 

A disfrutar de los ochenta

No nos referimos a la década de los ochenta del pasado siglo -bastante anodina, por cierto-, sino a la suya: debe estar preparado para disfrutar de la vida cuando, superados los compromisos que ahora impiden o dificultan ese gozo, al fin se vea libre de ataduras, y entre en la década prodigiosa .

Veníamos sospechando que algo se movía a partir de los setenta, pero la confirmación -que no la clave- nos la proporcionó una viuda reciente, que -copiamos literalmente de uno de los periódicos que dieron la noticia- "lamenta que la enfermedad le haya arrebatado a su marido antes de tiempo (...)".

El medio informativo que hemos leído no concede importancia a otros detalles, sino al presunto perjuicio que sobre el difunto habría causado su dedicación durante más de 40 años a cortar piezas de uralita en una fábrica. El titular melodramático apunta en la dirección que el jefe de informativos estimó lo nuclear del caso: "Muere otro trabajador afectado por el amianto" (EL 2.09.2011).

Previamente, se nos había indicado que el finado, A.G., "murió a los 81 años". Su desconsolada mujer, con la que compartió mesas y manteles -utilizando un eufemismo parcial- durante más de 60 años, precisa su dolor con estas sentidas palabras, sin conceder relevancia al período en el que afectó también, seguramente a su marido: "Ahora que podíamos vivir más tranquilos, con los hijos ya criados y disfrutando de los nietos, él se ha muerto".

La longevidad media del español varón "al nacimiento" está cifrada actualmente en 76,9 años, pero son múltiples los ejemplos que avivan el deseo, la esperanza e incluso, la firme confianza, en que hay una vida saludable más allá de la muerte de los demás, a medida en que uno se aproxima a ese bastión fatídico. 

El citado no es, ni mucho menos, un caso único. Manuel Fraga, "se retira de la política activa a los 89 años", demostrando, para que no haya dudas sobre esa realidad, que se halla en el pleno uso de sus facultades intelectuales o, si no fuera así exactamente, con una utilización de las que le queden que le sitúa muy por encima de la media (española, por supuesto).

Los ejemplos de octogenarios que se consideran en la flor de la vida -y no solo para sus propios ojos, sino, de manera ya menos comprensible, para los ajenos- se prodigan. Cayetana, duquesa de Alba, es un modelo a seguir para muchos (incluso bastante más jóvenes): Concha Velasco, 72 años, la actriz polifacética de "La vida por delante" (sic), habiendo sido preguntada acerca del noviazgo de la primera con un joven de 61 años -con el que se encuentra en estos días a punto de regularizar su situación civil- afirmó rotunda que "ya lo quisiera para mí". El "lo" es pronombre personal que sustituye el nombre de Alfonso Díez Carabantes, un funcionario que ha conquistado el corazón de la simpática octogenaria.

En fin, que habrá quien todavía dude, aportando razones, de que haya vida después de la muerte. Pero de lo que no quepa ninguna duda es que hay vida, y mucha, después de los ochenta.

En la Sierra de Madrid, habitan devoradores de paisajes

En la Sierra de Madrid,  habitan devoradores de paisajes

Podemos, sencillamente, llevarnos las manos a la cabeza y lamentar que se haya dejado que las cosas llegaran a este punto de deterioro. Pero no ha de bastar: hay que hacer urgemente una reflexión de lo que se ha hecho, de sus porqués, incluso detectar a culpables y razones y, desde luego, donde sea más evidente, tomar medidas de restitución, porque no deberíamos consentir que una situación así se convierta en permanente.

De la insensatez, desidia, malgusto y egoismo de las generaciones actuales no deberían padecer las futuras.

Ni siquiera deberíamos consentir que sufriéramos los efectos durante más tiempo, una vez descubierto el descalabro, de ese mal que se ha establecido, -en el urbanismo como en otros campos, ay-, en nuestra sociedad y que resulta ser una fiel combinación de dos principios malignos: El que venga detrás, que le den; y Me cubro las espaldas con informes técnicos (incluídos en ellas artificiosas declaraciones de conformidad ambiental).

Una visita por la mayoría de los pueblos de la sierra de Madrid -pongamos como ejemplo de desastres, El Boalo y Mataelpino- nos serviría inmediatamente para tomar consciencia de lo que hablamos. En unos, el deterioro es grande, incluso total; en otros, conviven manifestaciones de respeto por el paisaje y la arquitectura "serrana" con aberraciones dignas de la piqueta.

Devoradores de paisajes, destructores de belleza, egoístas amparados en su poder sobre el cemento y el ladrillo, ignorantes de la estética más elemental, se han afincado entre nosotros y fagocitado, sin pudor, una buena parte de lo que nos pertenecía a todos.

Detrás de esas manifestaciones de mal gusto y de la insolencia de no querer mirar allá de las propias narices, junto a los propietarios de las, en general, previstas como fincas de recreo, o segundas residencias para días de asueto, se ocultan otros culpables: arquitectos y aparejadores incapaces, al parecer, de aplicar, las nociones de estética que han aprendido en sus Escuelas Técnicas, y responsables municipales que no saben, por los síntomas (queremos ser cuidadosos en no utilizar un lenguaje agresivo), lo que es elaborar un Plan de Urbanismo y hacerlo cumplir.

La combinación consolida un desastre en el que creen haber triunfado miles de nuevos ricos (aunque se autositúen en la nebulosa clase media) que no quieren saber de paisajística ni respeto al disfrute de los demás, ignorantes de ceja espesa y boina calada -intelectualmente hablando- que se creen que lo grande, aparatoso, brutal, es signo de opulencia, merecedor de admiración y envidias.

Proponemos que se haga el inventario completo de esos despropósitos, se analice lo que pueda corregirse, imponiendo obligaciones a sus dueños de resituir lo mal hecho o limitando las condiciones para la venta y, en todo caso, indicando que la vida útil autorizada de tales edificios perversos no será superior, digamos, a veinte años, a partir del momento en que deberán ser demolidos; y, por supuesto, que se trabaje seriamente en la reconfección de los Planes urbanos, bajo la supervisión de Comités de Estética y Paisajística que sepan de belleza, de conservación de valores paisajísticos, de respeto a terceros, y que...lo decimos con la boca pequeña, pero firmes, porque da vergüenza... no se dejen influir por el dinero.

Sobre socialdemocracia y partidos políticos

La proximidad a un nuevo debate electoral en España, en el que los representantes más cualificados de los partidos con opciones mayoritarias, se enzarzarán en discusiones insulsas, tratando de poner de manifiesto contradicciones o falsedades del contrario, nos anima a comentar lo que, en nuestra opinión, constituye la base mínima, irrenunciable, que ha de constituir el ideario de una opción política en un país avanzado.

Este núcleo principal se desarrollaría con atención a dos principios: la voluntad de actuar, en todos los órdenes, democráticamente; y la de dedicar atención especial desde los poderes públicos a los servicios asistenciales -sanidad y educación, fundamentalmente- de forma que los menos favorecidos económicamente puedan acceder, cualquiera que sea su situación, al disfrute del nivel de prestaciones que el conjunto de la sociedad haya definido como mínimas.

El nombre de este ideario bien pudiera ser el de socialdemocracia. Sin embargo, el uso de esta apelación ha sufrido tales adulteraciones, apropiaciones indebidas y menosprecios injustos, que, en países como España en que su utilización ha sido tergiversada, ha perdido significado.

Ningún partido con voluntad de alcanzar la mayoría para gobernar osaría renunciar a proclamarse firme defensor de esos dos principios. En España, además, la Constitución lo proclama sin ambages en su artículo 1: "España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político".

La cuestión se reduce, pues, a elegir la forma más adecuada de plasmar la voluntad socialdemócrata, por parte de los partidos que formen parte de ese "pluralismo político". (1) Y han de hacerlo, obviamente, en el marco de una "economía de mercado", lo que nos conduce, a valorar el alcance de otro término muy baqueteado por los embates de la política callejera: el liberalismo.

Ningún representante de un partido político que desee gobernar puede defender el libre mercado absoluto, porque ha quedado ampliamente demostrado por la Historia reciente que los intereses particulares, sin limitaciones o alicientes, no cumplen satisfactoriamente las necesidades mínimas en ciertos sectores y para determinadas clases sociales.

La necesidad de incentivar algunos negocios con subvenciones -aunque sean circunstanciales- y, sobre todo, la obligación desde los órganos de la Administración del estado o las empresas públicas de asumir ciertos servicios, nos conduce a admitir que el liberalismo absoluto es inviable hoy, y que la economía de mercado debe convivir con zonas que están sustraídas a este elemento regulador, y que tendrán precios (o tasas), fórmulas de gestión y control, etc., propias.

En este vértice de compromisos prácticos -cuánto bienestar puede pagarse una sociedad concreta, con qué medios está en situación de garantizar una democracia efectiva y qué sectores debe controlar al margen, o poniéndole condiciones al mercado- radican las diferencias entre los partidos socialdemócratas.

Por favor, explíquennos bien sus propuestas.

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(1) Dejamos a un lado la, harto curiosa, vinculación de esos valores superiores con el "ordenamiento jurídico", que aparece así, no ya como el garante, sino como el inspirador e impulsor de los mismos. Consecuencias de traducir párrafos, que no atender a conceptos, suponemos, de otras Cartas Magnas, por parte de nuestros diligentes "Padres de la Patria".

El art. 20 de la Constitución alemana define, sin necesidad de circunloquios ni matices, la República como un Estado federal democrático y social. Este es su texto:

Art 20:(1) Die Bundesrepublik Deutschland ist ein demokratischer und sozialer Bundesstaat. (2) Alle Staatsgewalt geht vom Volke aus. Sie wird vom Volke in Wahlen und Abstimmungen und durch besondere Organe der Gesetzgebung, der vollziehenden Gewalt und der Rechtsprechung ausgeübt.(3) Die Gesetzgebung ist an die verfassungsmäßige Ordnung, die vollziehende Gewalt und die Rechtsprechung sind an Gesetz und Recht gebunden. (4) Gegen jeden, der es unternimmt, diese Ordnung zu beseitigen, haben alle Deutschen das Recht zum Widerstand, wenn andere Abhilfe nicht möglich ist.

Traducimos:

"Art. 20: (1) La República Federal Alemana es un Estado federal democrático y social. (2) Todos los poderes del Estado emanan del Pueblo. La promulgación de leyes, el poder ejecutivo y el judicial se ejercerán por el Pueblo en eleccciones y referendos y por medio de Órganos específicos. (3) La promulgación de leyes está vinculada al ordenamiento constitucional; el poder ejecutivo y el poder judicial, a la Ley y al Derecho. (4) Contra todo aquel que pretenda infringir este ordenamiento, tienen todos los alemanes el derecho a oponerse, si no fuera posible otra alternativa."

¿A las barricadas?

Otoño de 2011 será caliente, al menos en España. La imperiosa necesidad de reducir aún más el gasto público -con las inevitables repercusiones hacia el sector privado-, superpuesta a la realidad de una crisis económica de la que no se encuentra el fondo, permiten prever que habrá amplias movilizaciones de descontentos.

Los profesores de Enseñanza Secundaria, Formación Profesional y Bachillerato de la enseñanza pública de la Comunidad de Madrid han sido el primer colectivo en manifestarse en contra de los recortes.

El origen del descontento que está provocando su movilización se encuentra en una amable carta que la Presidente de la Autonomía les ha dirigido estas vacaciones, en la que les indica que, con motivo de la necesidad de reducir gasto, tendrán que dar dos horas más de clase a la semana. En total, tendrán que apechugar con 20 horas semanales de presencia en el aula, por lo que solo les quedarán 17,5 horas para preparación de clases, tutorías, reuniones de departamento, guardias, y corrección de exámenes.

Los representantes de los profesores afectados argumentan en múltiples direcciones en contra de esta decisión. Por una parte, entienden que disminuirá el nivel de las clases, pues se verán obligados a dar asignaturas para las que no están preparados o a bajar el nivel de aquellas para las que sí lo están, pero que ya no tendrán tiempo para actualizar y mejorar, además de verse impelidos a dedicar menos horas a tutorías, actividad esencial para ayudar a los adolescentes a asimilar las complejas enseñanzas y atender a su formación integral, en una edad difícil.

Por otra, protestan -y aquí hay que entender que quienes más lo hacen, lógicamente, son los directamente afectados- porque se reducirá el número de profesores interinos, ya que esas dos horas semanales, multiplicadas por los 25.000 docentes de la Comunidad -200.000 horas mensuales-, serán, en realidad, en buena parte, reducidas de la dedicación total, traduciéndose en pérdida de puestos de trabajo para los interinos, que son unos 3.000 (la Consejera de Educación discrepa de esta cifra, que es la que dan los sindicatos, y la reduce a algo más de la mitad).

No sabemos cómo han hecho los cálculos, unos y otros; la Presidente de la Comunidad habla de ahorros de 1.800 Millones de euros y los profesores de más de mil puestos de trabajo perdidos y disminución drástica de la calidad de la enseñanza.

El argumento de la pérdida de calidad de la enseñanza es, sin duda, falsario. Ya tenemos uno de los peores índices de calidad de Europa y será difícil empeorarlo; no hace falta ser inspector de enseñanza para tener una idea de cómo emplean el tiempo de tutorías, reuniones de departamento y otras actividades no lectivas los profesores de enseñanza secundaria y, por elevación, los de la Universidad.

Dichosos los lejanos tiempos en que esforzados PNNs asumían sobre sus espaldas horas y horas de clase efectiva, ante grupos de cien o más alumnos, preparadas en sus casas, tomando notas de libros en inglés, alemán o francés, avanzando sobre lo desconocido y, horror, cobrando únicamente una miseria por las horas de presencia en las aulas.

Este otoño va a ser una prueba de fuego para nuestro sentido de la responsabilidad, la seriedad de los empresarios y empleados y la firmeza y claridad de los que gobiernan para convencer a los que se resisten de que las medidas de austeridad son imprescindibles. Eso sí, no hay que descuidar atender las necesidades de los que sufran, en efecto, con las mayores consecuencias de las medidas, o nos encontraremos ante y formando parte de las verdaderas barricadas.

 

Sobre perendengues e intríngulis

Para saber bien algo, hay que asimilar su perendengue, o requilorio. Hasta no hace mucho, se utilizaba la expresión: "Esto tiene su perendengue", para dar a entender que resolver la cuestión no era tan simple como parecía.

Nos tememos que se ha perdido mucho la idea de los perendengues, y no se saben ni se enseñan, por lo que cada vez son más los que se andan por las ramas, creyendo que dominan algo, y en realidad, ni saben de la misa la media, convertidos en maestros de chicha y nabo.

Todos esos que pretenden que son expertos, sin haber llegado al meollo de las cosas, que se han quedado con cuatro ideas cogidas por los pelos o un par de conceptos prendidos con alfileres, tienen mucho peligro.

Si se dieran el batacazo ellos solitos, habrían alcanzado así su escarmiento, cayéndose con todo su equipo y sin causar daño a terceros. Pero, como proliferan los maestrillos del arte de birlibirloque, resulta que son demasiadas las veces en que los que acuden, crédulos, a su falsa ciencia, resultan víctimas de la ignorancia y pretenciosidad de los que han alardeado de conocer las claves, cuando solo tienen un barniz.

La situación está tan descontrolada que no bastan títulos ni diplomas oficiales para librarse de ignorantes de perendengues. Unos, aconsejan a la primera de cambio, si se les pone en la mano un aparato estropeado, que hay que sustituir todo el equipo, argumentando que ya no se fabrica la pieza que falta o que el modelo está obsoleto.

Otros, cuando se ponen a la labor, causan de un mal pequeño un estropicio, o nos tienen a la espera de una solución que nunca llega, salvo que tengan ocasión de acudir a un experto de segundo nivel (así lo llaman), quien es, en puridad, el que se sabe lo del perendengue.

Como el mundo tecnológico es ya muy complicado y todos, quien más quien menos, nos hemos hecho dependientes de que funcionen bien las tecnologías en las que hemos aposentado nuestra modernidad (móviles, ordenadores, módems, centrales nucleares, autos, siderurgias, iphones, depuradoras, programas, misiles de cabeza nuclear, técnicas de trasplante de órganos, cálculo estructural, etc.), quienes constatamos en el día día la ignorancia supina acerca de los requilorios por los que, en verdad, funcionan las cosas, vamos aumentando nuestro miedo sin remedio.

Porque cada vez son menos los que saben de verdad que solo si tienes conocimiento de los perendengues están en condiciones de solventar un problema serio. Y, por hache o por be, por la Ley de Murphy o porque algún día por azar o por necesidad en algún tema crucial habrá que saber dónde está el meollo para atajar un desastre, y si para entonces nos hemos rodeado de charlatanes, falsos expertos, laureados de pitiminí, que no tengan la menor idea de cómo actuar sobre los perendengues, lo más seguro es que nos vayamos, con lo puesto, todos al carajo.

Sobre los pazguatos

Tenemos la convicción de que el número de pazguatos sigue creciendo, a pesar de que las condiciones ambientales, aparentemente, serían contrarias a su supervivencia, puesto que la humanidad cree que ha alcanzado un mayor nivel de inteligencia respecto a su pasado.

Los pazguatos no son fáciles de descubrir, pues aunque tienen costumbres gregarias -queremos decir, realizan simultáneamente los mismos actos y a las mismas horas del día-, justamente entonces, cuando están en pleno éxtasis de pazguatería, suelen encontrarse a solas o, si están viviendo su condición en multitud, resultan insoportables para quienes no tienen su mismo mal.

Característica subsidiaria de un tipo de pazguato -el pazguato televidente- es negar su condición de tal, ya sea argumentando que puede abandonar su comportamiento a voluntad, o bien abominando de lo que le convierte en esta subespecie, criticando, con fingida distancia e incluso sin mostrar piedad, lo que ha visto y oído en aquellos lugares que le sirven de alimento a su pazguatería, sin darse cuenta de que todos estos síntomas no son más que un acto reflejo de las características que lo diferencian de los que no están afectados por el desequilibrio emocional que les azota, privándoles de raciocinio.

Otros pazguatos -del tipo hincha futbolero, militante de base en un partido o agrupación, por ejemplo- están convencidos de que no existe vida más allá de su circunstancia, despreciando todo lo que se mueve fuera de ella, nutriéndose únicamente de las pócimas que incrementan su aturdimiento.

Este segundo grupo es, incluso, más digno de atención que el primero, pues, al tomar relación física con sus iguales, pueden creerse que son mayoría y que tienen alguna importancia más allá de como especímenes de laboratorio. Hacen exaltación de su pazguatería, adornándose con bufandas, símbolos, banderas y gorritas de anuncio, imaginándose, tal vez, que así se protegen de que les tomen por imbéciles, cuando, en realidad, se exponen aún más a que los juzguen de tales, facilitando su inequívoca identificación e incluso animando a que otras facciones de pazguatos de idéntico desequilibrio se enzarcen con ellos en peleas pretendiendo decidir así quien es mejor y más adecuado para ostentar la máxima categoría.

Se han hecho pocos estudios sobre la manera de curar a los pazguatos, pero se ha demostrado imposible su rescate a lo que se entiende por normalidad, si no se cuenta con la colaboración, no solo del pazguato -lo que ya es difícil de por sí-, sino, sobre todo, de quienes viven de ellos -lo que exigiría, esta vez con serio fundamento, una reforma constitucional-.

Porque los pazguatos son lo mismo que los pulgones para las hormigas -salvando las distancias-: son alimentados de la bazofia con la que creen disfrutar, pero lo que en realidad les están haciendo es limpiándoles el cerebro, secándoles las meninges, utilizando su fuerza y potencialidades para, una vez convertidos en mojama, hacer con ellos lo que les de la gana.

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(1) La R.A.E. define al pazguato como: "Simple, que se pasma y admira de lo que ve u oye". En Asturias, -y, por tanto, en otras regiones españolas- utilízase mucho la expresión "No seas pazguatu", en el sentido más común de no te dejes engañar por las apariencias, no creas la milonga que te han contado (porque los coches no tienen bugilates, ni hay perros verdes ni las chorreras de los jamones son comestibles; pero también puede usarse para animar a que no se deje de aprovechar una ventaja o bocado por ser apocado o melindroso.

Para evitar discrepancias, referendos

Los magnates de dictaduras, así como de las diversas formas de seudodemocracias que la imaginación humana ha ideado para justificar la subordinación de las mayorías al poder de unos pocos, utilizan los referendos como fórmula para consolidar su posición.

Con redacciones prácticamente ininteligibles, llaman al pueblo a manifestarse con un sí o un no, y consiguen, por supuesto, una aprobación masiva de propuestas para reformas imprescindibles, decisiones ya tomadas, elucubraciones carentes de aplicación o incluso, solicitan respuestas a cuestiones de las que se advierte tendrán un carácter simplemente informativo, no vinculante, para quien toma las decisiones.

Conscientes de que los referendos suponen el reconocimiento de la derrota de los métodos de representación parlamentaria, los países democráticamente más avanzados, aunque lo tengan previsto en sus Constituciones, no recurren a convocar referendos más que en casos especialísimos, por asuntos peliagudos, en los que la consulta es, en esencia, sustitutiva de la opción de tirar una moneda al aire.

Para toda consulta pública, sin embargo, la experiencia demuestra que los resultados dependen, en realidad, de la fortaleza del Gobierno convocante.

Es así posible que, como sucedió en España, la población pueda manifestarse, en pocos años, y sin disponer de más información, a favor o en contra de la OTAN, guiada pastoralmente por los dirigentes de un partido que entonces disfrutaba de especiales simpatías.

La historia se repite continuamente: el pueblo no votará, en referendum, porque haya analizado sesudamente la propuesta y su(s) alternativa(s), -no sabría, no podría, no habría lugar- sino en relación con la simpatía -o el temor- que le despierte quien la hace.

En las dictaduras, los referendos se ganan siempre por abrumadora mayoría. Lamentablemente, en las democracias, la tendencia es que también suceda lo mismo, por lo que se convierten en plebiscitos, cartas blancas para que el Gobierno siga haciendo lo que le parezca bien en lo consultado y en lo que le peta; por el contrario, si, llevado por su debilidad, un Gobierno se ve abocado a un referéndum por las Cámaras, se verá expuesto a un voto masivo de castigo.

En cualquier caso, los referendos son, económicamente, un despilfarro.

Podemos comparar, para tener una referencia próxima de lo que estamos analizando, dos recientes referendos: en uno, realizado en Marruecos, se solicitó el apoyo de la población para una Constitución que suponía la cesión de una parcela del omnímodo poder del Rey a otras instituciones; en el otro, llevado a cabo en Italia, se interesaba por conocer la opinión acerca de cuatro cuestiones dispares, una de ellas implicando el abandono de la producción de energía con base en las centrales nucleares de fisión, ante una sociedad hipersensibilizada por los recientes acontecimientos de Fukushima.

El 99% de los votantes marroquíes (sobre casi un 80% de los que tenían derecho a expresar su opinión al respecto) se manifestaron a favor de eliminar el carácter sagrado a la figura del Rey, lo que fue interpretado como un éxito del monarca, Mohamed VI, lo que podría resultar inextricable para cualquier analista independiente.

En el caso italiano, cabe imaginar que pocos de los votantes en el referendo tenían la capacidad, o las ganas, o ambas, de entender las complejas cuestiones. Como ejemplo, sirva que la pregunta que se formulaba a los italianos, en relación con las centrales nucleares, era exactamente ésta: "Volete voi che sia abrogato il decreto-legge 25 giugno 2008, n. 112, convertito con modificazioni, dalla legge 6 agosto 2008, n. 133, nel testo risultante per effetto di modificazioni ed integrazioni successive, recante Disposizioni urgenti per lo sviluppo economico, la semplificazione, la competitività, la stabilizzazione della finanza pubblica e la perequazione tributaria, limitatamente alle seguenti parti: art. 7, comma 1, lettera d: realizzazione nel territorio nazionale di impianti di produzione di energia nucleare?”. (1)

Obtuvo, como en el caso de las tres restantes, más del 95% de respuestas positivas, en lo que fue interpretado por los comentaristas, un rechazo masivo a la política de Berlusconi, no un éxito de la conciencia colectiva de respeto ambiental, por ejemplo.

Las otras tres preguntas, referidas dos de ellas al mantenimiento de la normativa sobre gestión del agua y fijación tarifaria y la otra en relación con la jurisdicción aplicable a determinados aforados, más bien ayudaban a reflejar el estado de perplejidad en el que se encuentra la política italiana, con un primer ministro debilitado, una economía vacilante y ese muestrario de opciones ideológicas que solo son capaces de desentrañar los propios italianos...

Con estas referencias exteriores, la propuesta de Izquierda Unida y de otros partidos minoritarios de someter a referendum la modificación del artículo 135 de la envejecida Constitución Española no puede interpretarse más que bajo la intención de marear la perdiz, en la confianza de que sirva para dar algo de publicidad a opciones políticas sin peso real, sepultadas bajo las voces adormecedoras de los voceros de dos partidos mayoritarios que llevan décadas peleándose por nuestra atención en el ring embarrado por el espectáculo, más que de sus virtudes, de sus carencias.

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(1) Permítanos el lector que traduzcamos: "Quiere Vd. que sea derogado el decreto ley del 25 de junio de 2008, n. 112, convertido tras modificaciones, en la Ley del 6 de agosto 2008, n. 133, en el texto derivado por efecto de modificaciones e integraciones sucesivas, como consecuencia de Disposiciones urgentes para el desarrollo económica, la simplificación, la competitividad, la estabilización de las financias públicas y el equilibrio tributario, en lo que respecta, concretamente, a los siguientes apartados: art. 7, epígrafe 1, letra d: realización en el territorio nacional de implantaciones de producción de energía nuclear?”.

In artículo mortis: la Constitución como garantía

Las últimas estribaciones de las vacaciones más trabajadas de la singular democracia española han traído como sorprendente producto la reforma de uno de los artículos más simples, y, por ello, menos glosados de la Constitución Española:  el 135.

Es todavía solamente una propuesta, pero el plácido acuerdo alcanzado entre los dos partidos mayoritarios, prácticamente ya en campaña electoral por la Presidencia del país (las elecciones están previstas para el próximo 20 de noviembre), permite garantizar su aprobación sin problemas y, tal como está previsto en su prolija redacción, su aplicación inmediata.

¿A qué viene tanta prisa? ¿Cuál es la razón de tan excepcional consenso entre facciones que se han especializado en sacarnos los colores con sus sistemáticas discrepancias? ¿Es este el único artículo de la Norma Suprema que hay que modificar para actualizar una envejecida Constitución, para la que nuestros más prestigiados constitucionalistas y estudiosos del derecho comparado han venido proponiendo sustanciales reformas que le quiten el polvo de tres décadas de no mover ni una silla en el piso del consenso, en un período en el que incluso dimos la exhibición al mundo de solventar un intento de golpe de Estado?

Llama la atención, ante todo, que el condenado a la eliminación, actual art. 135 de la CE, no guarde más que un lejano parecido familiar con el propuesto, que no le perfecciona ni modifica, sino que lo sustituye con total soltura, ofreciendo, además, un significativo cambio en el estilo normativo y en la voluntad de detalle que se observa en su dictado, convirtiéndose, así, en uno de los más largos, singulares y anómalos artículos de la Constitución vigente.

El uno se refiere, en términos generales, a la emisión de Deuda Pública y a la asunción de compromisos crediticios, obligando al Gobierno, a que esté respaldado por una ley autorizante, y determinando en su escueto párrafo seguno, como garantía de la correcta contabilidad, que aquellos se entenderán siempre incluidos en los presupuestos y que sus condiciones no podrán ser modificadas, ajustándose siempre a lo previsto en la norma que los legitimó.

El nuevo artículo, producto del estado de necesidad provocado por la crisis económica y de la falta de credibilidad, en realidad, no probada en la práctica, de que nuestro complejo entramado administrativo está produciendo endeudamientos públicos incontrolados e incontrolables, entra a detalles impropios en una Constitución, incorporando precisiones propias de otra especie normativa.

Pero es que, además, como el equipo redactor quiere ser convincente en expresar lo que, en puridad, precisaría toda una norma específica, apela a conceptos y realiza indicaciones y propuestas que le dan una apariencia muy vulnerable a la hora de su interpretación, permitiendo aventurar que se convertirá en carnaza para abogados, magistrados y juristas, además de servir de punching ball para la natural réplica política, que ya se ha iniciado por aquellos partidos que no han suscrito el pacto para modificación del vigente artículo 135.

Nos remitimos, pues, a lo que refleja el titular de este Comentario: los  representantes de los partidos políticos actualmente mayoritarios, convertidos en apresurados constitucionalistas, han utilizado la Constitución como garantía o aval para los mercados financieros, y no dudan en ofrecer una imagen disciplinada frente al núcleo duro de la Unión Europea que impone a los débiles lo que él no quiere o puede cumplir.

Otra cosa es que, además, con esta redacción, se esté dando la razón a quienes creen que nadie tiene autoridad suficiente en España en este momento de algarabía administrativa para obligar a munícipes, presidentes de autonomías, ministerios y entidades públicas de todo pelo a que cumplan con un principio que en épocas más sensatas se vinculaba al sentido común y al trabajo de un buen gestor: no gastar más de lo que se pueda pagar, y que, si hay endeudamiento, los ingresos previstos permitan la devolución del principal e intereses, una vez cubiertos los gastos fijos.

Ahora este principo queda provisto de rango constitucional, por si las moscas teutonas o francesas. Habrá quien ya esté pensando en popularizar un nuevo dicho: "Esto hay que cumplirlo porque lo digo yo y, si no me crees, por el artículo 135".

Sobre el pudor de las élites

Entre las curiosas singularidades de la sociedad occidental, se encuentra la pérdida de relevancia de las élites.

Puede decirse, sin temor, que ser élite ya no es lo que era, y eso para cualquiera de las variadas categorías que conforman el variopinto elenco de cuantos pertenecen o creen pertenecer a minorías con alguna característica diferencial a la que se conceda valor, respecto a la masa de individuos que carecen de ella o la poseen con menor intensidad.

El bombardeo al pedestal en donde se aupan las élites proviene tanto del campo externo, como del interno. Por una parte, lo que hasta no hace mucho se reputaba como un factor de distinción y mérito, ahora es posible que sea ridiculizado sin piedad.

Esta situación se presenta de manera especialmente marcada ante las exhibiciones intelectuales: si un individuo destaca por su inteligencia o capacidad, lo más seguro es que se encuentre, no con el reconocimiento general, sino con el menosprecio de sus capacidades -"no es para tanto"; "se pasa de listo"; "sí, es bueno, pero carece de inteligencia emocional", etc.- y, por supuesto, con la oposición destructiva de quienes, teniendo menos mérito, poseen más recursos trapaceros. Por este camino, pues, se aupan a los lugares que corresponderían a las élites intelectuales, secundones y arribistas, que, en esencia, no son más que falsificaciones.

Pero no hay porqué limitarse al terreno intelectual. En pocos sectores puede decirse, sin tacha, que los que ocupan el lugar de las élites lo son por merecerlo. Sin necesidad de ser explícitos, se convendrá en que existe como una conspiración de falsos merecedores, para otorgarse galardones, premios y plácemes, confundiendo así al personal e impidiendo que afloren o destaquen los que lo deberían estar donde ellos se aupan en cónclave de falsarios.

Completa el panorama de esta decadencia de las élites, el que, quienes disfrutan, por tradición, suerte u otras razones de ciertos privilegios, tienen a ocultarse, disminuyendo el nivel de lo que poseen, ente avergonzados y prudentes, para no suscitar envidias ni recelos que los pongan en aprietos.

Es el caso de, como ejemplo más significativo, de las familias reales, de los herederos de grandes fortunas, de los miembros de los gobiernos y directivos de empresas de mayor calado económico, que se ocultan celosamente en sus bienestares, los minimizan o adulteran, para hacernos creer que sufren, como nosotros, de carencias y apreturas o que, si están allí, en parajes idílicos a los que no podemos penetrar, zambulléndose en calas a las que no llegamos o refugiados en mansiones cuya ubicación exacta es un misterio, no es por su gozo, sino por mor de su trabajo. 

 

Sobre las redes sociales y el negocio de la prostitución

Después de haber experimentado un magnífico fulgor, glosado y animado por quienes quisieron ver en ellas la nueva forma de comunicación universal, las redes sociales están pasando por un período de oscuridad, que presagia su decadencia a niveles bastante más modestos que los que les destinaban los fanáticos de las neologías.

La culpa de este descenso en el top de los desarrollos tecnológicos, no la tiene esta, por supuesto, neutral herramienta, cuya capacidad e interés potencial no cuestionamos, sino el uso que se le está dando y, por tanto, la percepción general de para qué sirve.

Un paseo crítico por los soportes de las redes sociales más renombradas, descubriría de inmediato que estos mecanismos son utilizados masivamente con objetivos que deben interpretarse como una prostitución de lo que podrían ser los propósitos sensatos de la herramienta, adulterados sin beneficio para la mayoría de los usuarios, convertidos en clientes de un negocio ajeno del que ni siquiera son conscientes, drogodependientes en el despilfarro de un elemento muy valioso, que es su tiempo libre y muy posiblemente afectados de otro recurso, este irrecuperable cuando se pierde en la red, que es su intimidad.

Tomemos como ejemplo la plataforma Facebook. Junto a usuarios que la utilizan para la comunicación de aparentemente triviales, irrelevantes o inocuas noticias personales con sus familiares y amigos, existen otras categorías de perfiles facebookeros que se comportan como tiburones en ese mar de relaciones, fagocitando contactos, difundiendo sin pudor sus intereses comerciales o  intenciones políticas, intoxicando el espacio virtual, con sus ruidos, cánticos o venenos, interpretando la red como un campo apropiado para realizar sus negocios personales.

No es, en sí, el uso comercial de las plataformas virtuales lo que resulta molesto, sino su falta de control actual, que facilita la difusión indiscriminada de proposiciones comerciales o ideológicas, generando un indeseable marco de spam, que hace desistir crecientemente de su uso a quienes no desean ser blanco de campañas publicitarias ni ver su nombre utilizado con finalidades poco claras, convertidos en adeptos, seguidores, simpatizantes o amigos de plataformas variopintas.

Por ello, mientras la situación se ordena -no solo legalmente, también porque se disminuya el efecto sarampión inherente a toda nueva tecnología de fácil acceso y utilización-, son cada vez más quienes se están retirando de las redes sociales, dejando de alimentar sus identidades telemáticas, borrando contactos y simplificando mensajes, mientras el espacio virtual se va concentrando en basuras mediáticas, comentarios insulsos, falsas identidades, cazadores de incautos y fauna genéticamente adulterada.

No culpamos a la red, sino al uso que se va convirtiendo en dominante de la misma; aunque es imprescindible poner barreras, propias y estructurales, a la información que se comunica por su medio.

Porque el sistema conceptual para estructurar las relaciones internas entre sus miembros está actualmente lleno de agujeros, por los que información y opiniones que habíamos destinado a nuestro círculo íntimo, pueden pasar, sin control y sin que pueda incluso sospecharse de quien los originó, a ser utilizados como carnaza por quienes ven en las redes un apetitoso caladero de ingenuos, bombardeando nuestro buzón con anuncios de sus productos, que pueden resutar miserables y pescando información sobre nuestras aficiones y gustos, para darnos de comer la bazofia que tengan preparada.

Sobre la Universidad y la formación espiritual

La plática que el Papa Benedicto XVI dirigió a profesores universitarios con ocasión del encuentro JMJ en Madrid contiene, junto a las obviedades propias de un mensaje pastoral dirigido a sus propios fieles, una reflexión que sirve tanto para devotos como para agnósticos: La Universidad debe cuidar también la formación del espíritu, no solamente atender a la transmisión de conocimientos supuestamente aptos para ser aplicados en el mundo laboral.

Esta fue, en concreto, su dicción: "(...) ¿Dónde encontrarán los jóvenes esos puntos de referencia en una sociedad quebradiza e inestable? A veces se piensa que la misión de un profesor universitario sea hoy exclusivamente la de formar profesionales competentes y eficaces que satisfagan la demanda laboral en cada preciso momento. También se dice que lo único que se debe privilegiar en la presente coyuntura es la mera capacitación técnica. (...) En cambio, la genuina idea de Universidad es precisamente lo que nos preserva de esa visión reduccionista y sesgada de lo humano."

Estamos de acuerdo plenamente con este concepto, que la Universidad española -pero no solo- ha perdido, y que afecta a la preparación del egresado universitario para sentir su responsabilidad social, y a su formación intelectual integral. Podríamos pensar que especialmente las Facultades técnicas son las que adolecen de esta falta de sensibilidad hacia las preocupaciones del espíritu -entendidas, desde luego, para nosotros, como elementos de la ética-, pero nos equivocaríamos.

La acumulación de materia sin una visión de conjunto en la mayor parte de las carreras, en un continuismo que fundamentalmente está construído para apoyar cátedras y reparto de funciones entre profesores y no dirigido hacia la mejora de la formación del alumno, es un serio problema. Aunque aún nos parece superior el hándicap que se deriva de la ausencia de la figura del "modelo de maestro", del educador consciente de que, no solamente debe enseñar materias, sino y sobre todo, comportamientos.

Necesitamos, y sobre todo en la Universidad, por su especial relevancia, profesores que formen también éticamente a sus alumnos, que les enseñen a distinguir valores. Lo ha dicho el Papa católico, pero deberían sentirlo, como una urgencia, la gran mayoría de profesores universitarios españoles, a los que suponemos laicos -en el sentido de no comprometidos con una religión concreta-, pero no podemos admitir que sean escépticos.

Sobre el tratamiento de la ancianidad

Resulta coherente con sus principios, que una sociedad que adora la apariencia de juventud hasta el punto de dejarse, en no pocos casos, modelar por el bisturí, y no quiere oir hablar de enfermedades, hambre o catástrofes más que en resúmenes de telediario, no sepa qué hacer con sus ancianos.

En realidad, sí que cree haber encontrado la fórmula ideal. De acuerdo con un cóctel personal que aúna posibilidades económicas del anciano y de su familia, estado mental y resistencia físicosíquica del envejeciente a dejarse manipular y oferta cercana de plazas residenciales, los afectados por la edad pueden optar entre las diferentes escalas del sálvese quien pueda o acceder a ser recluídos en un cobijo definitivo tipo cementerio de elefantes.

De vez en cuando sabemos de algún anciano que es descubierto muerto en su domicilio al cabo de varios días de ocurrir su óbito; se calcula que casi la mitad de los ancianos viven solos, en las viviendas que sirvieron para cobijo familiar en su momento, hoy ya abandonadas por unos hijos que, en un porcentaje que ninguna estadística fiable ha evaluado, se acerca a visitarlos solo ocasionalmente.

Un porcentaje de ancianos, que no es difícil calcular si se tiene en cuenta el número de residencias y sus plazas medias, y de ellos, una mayoría con graves hándicaps síquicos o motrices, vive en esos geriátricos, atendidos por voluntariososo o por personal especializado, al que, desde luego, también habría que añadir el calificativo de "sufrido", por las duras situaciones a las que se deben confrontar, con personas que solo pueden evolucionar hacia peor y cuyo estado mental no facilita ni recompensas ni satisfacciones.

Quienes hayan tenido ocasión de pulsar la situación de las residencias para la tercera edad, tanto públicas como privadas, convendrán en que la visión de esos centros no produce al visitante precisamente sensación de tranquilidad ni sirven para detectar mucha felicidad entre los que allí cohabitan. 

La situación geográfica, el emplazamiento urbano de estas residencias no nos parece, además, en general, bien elegido. Subraya esa sensación de cárcel, de aislamiento; ¿por qué se han construído en las afueras de las poblaciones, o en lugares de incómodos accesos peatonales, impidiendo o dificultando el paseo de los ancianos, o la posibilidad de que, por sí mismos, o guiados por sus acompañantes, circulen en silla de ruedas o puedan caminar sin mayor esfuerzo -seguramente apoyados en un bastón- por los alrededores?.

Tomamos como ejemplo, entre muchos, de este despropósito, el, por lo demás, magnífico centro asistencial de Taramundi (Asturias); en el fondo de una población con empinadas cuestas, los residentes no tienen nada fácil la opción de acercarse a la cafetería más cercana, fuera del centro.

Creemos que el anciano mejor ubicado lo está junto a su familia, en el entorno que le es más conocido; si aún es físicamente capaz, le encantará ser todavía útil, incluso en pequeñas labores; si tiene las facultades físicas poco mermadas, disfrutará participando con los demás, con sus consejos, sugerencias o, porqué no, contando sus batallas de juventud y madurez.

Aislar a los ancianos, concentrarlos con otros de su misma edad y parecidas dolencias, es someterlos a un suplicio que, seguro, no desearíamos para nosotros. 

(Convendría volver a dar difusión al cuento de los Hnos. Grimm sobre el abuelo de la escudilla y el nieto)