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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre las vacaciones y la felicidad

Las vacaciones son, para los adultos, una forma temporal de acercarse a la felicidad. No siempre funciona, pero el cambio de escenario, la sensación de verse liberado de los habituales responsabilidades y problemas, acerca a un estado de bienestar por el que sabemos que se liberan toxinas y malfactores del organismo.

Esa generación de un espacio diferente durante un corto período sirve, como se acostumbra a decir, para "recargar las baterías". Lamentablemente, la vuelta brusca al mundo real, nos hace olvidar muy rápidamente lo que hemos disfrutado sin atender a más preocupaciones que encontrar un sitio libre en la arena de la playa, llegar a la posada recomendada a la hora de comer o ganar la partida de dominó en la que jugamos el café y la copa entre lugareños de un pueblo que costaría trabajo encontrar en el mapa.

Si el lector se siente identificado con esta descripción, debemos advertirle, ante todo, que es un privilegiado, aunque, para su tranquilidad relativa, le aclararemos que no pertenece a la categoría superior. Una pequeñísima colección de seres humanos vive en permanente vacación, ayunos de la responsabilidad de tener que ganarse el pan con el sudor de la frente -por figurada que sea la imagen metafórica-, al ser herederos, o propietarios sobrevenidos, de mecanismos de generación de rentas suficientes para no tener que preocuparse jamás por conseguir la forma del sustento, sino, en todo caso, únicamente ocupados por la manera de gastar lo que cada día se les ingresa en sus cuentas corrientes.

Digamos también que, para los asalariados, la posibilidad de un disfrute vacacional, cuando el puesto de trabajo parece garantizado a pesar de la crisis, es superior a la de los pequeños empresarios o autónomos a los que será mucho más difícil desconectar. ¿Cómo evitar dedicar algunos momentos del día a repasar las cuentas por cobrar, los asuntos pendientes, las previsiones de tesorería, los conflictos con ese cliente o empleado difíciles?

No se puede, claro, hablar de disfrute de vacaciones para quienes su tiempo está libre, porque carecen de trabajo remunerado, que necesitan.

Seguramente hemos oído en varias ocasiones que una gran parte de los japoneses no tienen vacaciones, o solamente un par de días al año. En los países orientales, en casi todo ese territorio -hoy en convulsión de complicado resultado final-  apelado como "mundo islámico" o en grandes zonas de la depauperada Africa, tomar vacaciones, para muchos, resultaría una expresión ininteligible.

Los interesados por la Historia, sabrán que los días de descanso y vacaciones fueron un logro relativamente reciente de la era industrial, y que, durante muchos años, fue tema persistente en la negociación de los convenios laborales, el aumento del tiempo de asueto y la reducción de jornada laboral era, incluso con prioridad a las mejoras salariales.

Ante este panorama tan diverso, se comprende que existan -y hasta, en épocas de crisis, proliferen- predicadores del bienestar que defiendan que la felicidad es una sensación que debe alcanzarse desde la reflexión personal, despegándose de las necesidades corporales y concentrándose en el espíritu.

No negamos interés a estas propuestas. Pocos espíritus pueden despreciar el alto placer de leer o escuchar algo sugerente -prestándoles media atención-, después de una buena comida y un apropiado libar, en brazos del ser amado, en esos momentos en que no nos importaría morir para ser libres.

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