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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Contra arredrados, arrostrados

Para los que siguen, sin entender ni papa -como la mayoría, sino todos, de los que se expresan- las elucubraciones acerca de lo hay que hacer para salir del agujero, una de las cuestiones conceptuales que les gustaría que alguien resolviera, de una vez por todas, para saber a qué atenerse y actuar en consecuencia, es si conviene más consumir a tope a ahorrar en lo superfluo, o andar por ambas cosas.

Como en toda situación de incertidumbre, la sensación de peligro inminente provoca ya algunas reacciones desesperadas. Una interviniente en un programa de radio (No es un día cualquiera, 2.10.11) afirmaba que ahora cogía muchos más taxis que antes: era su contribución personal para mejorar la economía (de los taxistas, se entiende).

Algunos cuentarrentistas, alarmados por los agujeros que se han descubierto en ciertas entidades seudobancarias, se han decidido a volver a utilizar los calcetines o el bajo-colchón para guardar los ahorros (lo que ha elevado, de forma indirecta, los asaltos a domicilio de delincuentes a la busca del dinero fácil).

Haciendo traslación del ejemplo concreto, la cuestión subyacente, es: ¿Qué actitud sería preferible, la de los arredrados o la de los arrostrados?.

Reconociendo que la pregunta es difícil y que, como tal, se corre el riesgo de que los especialistas en la cuestión pretendan contestarla con varias páginas de ininteligibles palabros, proponemos que se les confronte, simplemente, como se hace ahora en las escuelas de negocio y otras universidades del saber, con poner una cruz sobre la respuesta que prefieran. Unicamente como escapatoria mental y salvaguarda a su honor, si lo estimaran imprescindible, podríamos ofrecerles la posibilidad de que marcaran una tercerca casilla, no puntuable: "No sabe/no contesta".

Apostaríamos a que, si les fuera en ello la vida o el empleo en el empeño, la inmensa mayoría se decantaría por esta última opción, salvando así el pellejo, pero no los muebles ni las circunstancias.

(Por cierto, nosotros hemos defendido persistentemente que la máxima circulación de los excedentes en una economía, es imprescindible: el dinero improductivo es lo mismo que papel mojado).

Para los que están convencidos de que la botella es demasiado grande

Hay frases que desvelan mucho más que grandes discursos. El presidente de los Estados Unidos, en un acto público que tuvo lugar en California el pasado 26 de septiembre de 2011, afirmó, tan campante: "The Debt crisis in Europe is scaring the world. They have not fully healed from the crisis back in 2007 and never fully dealt with all the challenges that their banking system faced. It is now being compounded with what is happening in Greece” (1).

El comentario no implica solamente meterse en camisa de once varas, como inmediatamente han protestado, casi al unísono, todos los líderes políticos europeos y algunos banqueros y grandes empresarios. Cuando el mandatario del país que alberga las guaridas de los principales causantes de la crisis económica que ha arrastrado a Europa, pone énfasis en la culpa de otros, está sirviendo a los intereses de quienes han tirado la piedra y esconden la mano.

No era necesario, en verdad, haber sido tan explícito, pero se agradece. La alocución de Obama es el ejemplo evidente de que, en una crisis, vale todo y cada uno busca la salida como puede, incluso aplastando al contrario.

En este caso, el objetivo es -perdónesenos la metáfora elemental, si hiere sensibilidades) demostrar quién es el macho dominante frente a la hembra a la que se trata de atraer, poniendo de manifiesto las debilidades del competidor. Son estas, muy evidentes, y afectan al própósito, persistentemente frustrado, de lograr un tamaño político europeo, basado en una cohesión interna verdadera, que permita, por encima de las buenas intenciones, ofrecer el contrapunto a la ambición norteamericana de dominar la economía mundial.

Los dirigentes de Estados Unidos, como los de la Unión Europea,  saben bien que la única forma de salvaguardar, al menos por un tiempo, el bienestar de sus economías es aprovecharse de las necesidades y recursos para el crecimiento que agarrotan y estimulan por igual a las economías emergentes (ya se sabe quiénes, los BRICs).

Estados Unidos juega aquí el papel del optimista, que ve su botella medio llena, en tanto que a Europa le corresponde el del pesimista, viéndola medio vacía. Una parte menos conocida de esta historieta para aficionados a las metáforas, indica que el sabio la encontró, simplemente, demasiado grande para el líquido que debía contener.

Uno de nuestros escasos sabios locales lanzados a la palestra de opinar sobre la crisis, escéptico sobre los resultados de la carrera alocada por descubrir, como por arte de birlibirloque, la forma de atajar los desperfectos afirmaba, en nuestra opinión, atinadamente: "Muchos dicen tener la solución, pero nadie la tiene". (Antonio Garrigues Walker en la inauguración de la Jornada sobre Responsabilidad Social Corporativa de las Multinacionales, 28.09.11, en la Fundación Mapfre).

Hay que mirar también a la botella, y comprobar si no nos resulta demasiado grande para nuestras ambiciones frustradas. Lo que no vale es darle mazazos en la cabeza al que está bebiendo del mismo brebaje que nosotros, acusándole de ser el culpable de haber desperdiciado el líquido del que se ha disfrutado en mayor medida y con mejor deleite, en la pretensión de que tomen nota quienes se acercan con sus apetitosas cantimploras repletas, queriendo participar, gozosos, en nuestra excursión por los senderos de la insensata insolidaridad.

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(1) "La crisis de la deuda en Europa está asustando al mundo. Ellos no están totalmente curados de la crisis que arrastran desde 2007 y nunca han abordado totalmente la solución a todas las dificultades con las que se enfrentaba su sistema bancario. Lo que está sucediendo en Grecia está haciendo la situación más grave".

Sobre posibles ministros del futuro gobierno de España

Somos un país volcado hacia el deporte, en especial, el fútbol, que admite mucho más juego para alimentar las vanas discusiones con las que, fundamentalmente los varones, independientemente de su linaje intelectual, ocupan demasiadas de sus horas de trabajo.

La dedicación con la que los llamados medios informativos entregan páginas y espacio a glosar encuentros entre equipos, el estado físico y síquico de los atletas y las declaraciones de entrenadores, jugadores, expertos y aficionados, lo prueba.

No interesa tanto la política concreta, aunque nos afecta algo más en la vida real. Cuando dejamos de hablar del último gol espectacular de Kaká, Ronaldo, Messi o Forlán, (no se enfaden los omitidos, si nos leen), la vuelta a lo concreto de lo que atañe a nuestra situación personal debiera ocupar más espacio mental, pero lo despachamos con descalificaciones frontales.

Los tertulianos político-económicos tampoco ayudan mucho a deshacer la maraña de quién o quienes son, en verdad, los que juegan con nuestro bienestar y cuál es el estado de forma de sus equipos.

Hemos imaginado que los candidatos Rajoy y Rubalcaba, uno de ellos futuro presidente de Gobierno, han presentado, como si se tratara de entrenadores de fútbol ante un encuentro crucial con la situación de crisis, la plantilla con la que cuentan y seleccionado a quienes sacarán, por su actual estado de forma, como equipo inicial al campo, en el caso de que se clasificaran finalmente para esa liga de máximos, después de haberse batido ante las urnas el 20-N.

De la información disponible extraída de los media, esta es la plantilla de figuras con la que cuenta más directamente Rajoy: Cristóbal Montoro, Javier Arenas, Dolores de Cospedal, Soraya Sáenz de Santamaría, Ana Mato, Esteban González Pons, Miguel Arias-Cañete, Alberto Ruiz Gallardón, Gabino de Lorenzo, José Luis Ayllón, Teófilo de Luis, Juan José Güemes, Arturo García Tizón, Fátima Báñez, Celso Delgado, Alfonso Alonso Aranegui, Jesús Merino, Pedro Arriola, José Antonio Bermúdez de Castro, Juan Manuel Moreno.

Con base en las mismas fuentes, esta sería la plantilla con la que cuenta más estrechamente Rubalcaba: Jesús Caldera, Cristina Narbona, Ramón Jáuregui,Valeriano Gómez,  Cristina Garmendia, Elena Valenciano, Antonio Hernando, Gaspar Zarrías, Juan Manuel Aceña, Xoan Cornide, Pedro Sánchez, María González, Ángeles Álvarez, Carlos Hernández, Marisol Pérez, Pilar Alegría, Gregorio Martínez, Inmaculada Rodríguez Piñeiro, Micaela Navarro, Daniel Fernández y Àngel Ros.

Sería interesante que, abandonando por un par de meses la dedicación inane a glosar el estado de los futbolistas y sus entrenadores, los media nos ayudasen a hacer una valoración, trascendiendo ideologías reales o pretendidas, de la calidad de conjunto de cada uno de esos equipos, y de la experiencia, talante y conocimientos de sus integrantes. Sería de agradecer que los candidatos nos presentaran, junto a sus propias ideas, las de quienes vendrían a ocupar las plazas fundamentales de sus equipos de Gobierno.

Nosotros, sinceramente, no nos atrevemos a hacerlo; no tenemos información ni nos corresponde. Pero nos gustaría imaginar que, además de los enumerados, hay más, muchos más nombres dispuestos a entregar lo que saben por mejorar la situación de España.

Sobre el papel de las empresas multinacionales en el desarrollo humano

En la Jornada sobre RSC -auspiciada por la Fundación Mapfre y El Nuevo Lunesç que se celebró en Madrid el 28 de septiembre de 2011, y a la que ya hicimos referencia en otro Comentario, intervino José Félix Lozano, de la Universidad Politécnica de Valencia, para hablar acerca de la cuestión con la que hemos titulado esta reflexión.

Lozano, que estudió Filosofía -así nos fue presentado por la moderadora de la mesa en la que intervino, Helena Redondo, socia de Deloitte-, utilizó el material del máster sobre RSC que se imparte en la Politécnica, y que él dirige, para concluir que "una empresa transnacional que quiera colaborar en el desarrollo humano, debe poner en marcha procesos de diálogo con las comunidades, guiados por los criterios de: orientación al consenso, inclusividad, simetría real, y prevalencia de la fuerza el mejor argumento.

Seguro que esos criterios merecerían más explicación (el conferenciante la dió, desde luego), pero dejamos que el lector haga volar su imaginación, ayudándole o entorpeciéndole únicamente con nuestra apreciación de que, como directriz a seguir, el material resulta escaso.

La prudencia de la conclusión de Lozano procede, seguramente, de su correcta apreciación de la lejanía en que nos encontramos respecto a ese objetivo que, desde el punto de vista de la ética que impregnaría el objetivo del desarrollo, sin embargo, parecería obvio.

Porque -nos preguntamos nosotros- ¿qué papel jugarían las empresas -en especial, las multinacionales-, si no es el de colaborar en el desarrollo global? ¿O deberíamos admitir que se guían por objetivos perversos, como pudieran ser el del dominio total de la Tierra, la generación de falsas ilusiones de progreso, el aumento de la dependencia de los seres humanos respecto a sus directrices?

No vamos a alarmarnos, pues, más de lo que ya estamos. El desarrollo humano debe ser un objetivo compartido por todos los agentes, y ha de estar basado en la búsqueda de la mayor felicidad, o satisfacción, del conjunto de la Humanidad, reduciendo al mínimo las diferencias entre los que más disfruten del bienestar y los que menos.

¿Cómo conseguirlo, sea cual sea el nivel del coadyuvante a este propósito colectivo, si no es mediante el diálogo?.

En la posición de las comunidades como interlocutores frente a las multinacionales, se están evidenciando desequilibrios importantes, entre los que mencionamos, por nuestra cuenta y riesgo: 

1) la ubicuidad o multilocalización de estas últimas (que les permite evadirse de las normas y de  la autoridad de un solo Estado, haciendo necesarias estrategias y acuerdos a nivel internacional);

2) su alto desarrollo tecnológico (que es superior al conseguido desde las Administraciones públicas, por lo que no es factible ordenarles líneas de desarrollo preferentes, sino atender a sus propuestas: por ejemplo, la Universidad no orienta a las multinacionales, sino que sus departamentos se deja orientar y dirigir -también económicamente- por ellas en la inmensa mayoría de los casos): y

3) su objetivo de rentabilidad a corto plazo y su gran capacidad económica, que son las herramientas de la actuación de los equipos directivos de las multinacionales, y que ni siquiera responden frente a los accionistas (1), puesto que los grupos de control de esas macroempresas suelen resultar opacos para la sociedad civil en general y responden principalmente a intereses de élites económicas, que se blindan entre sí.

Antonio Garrigues Walker había puesto ya el dedo en una de nuestras llagas: "En esta época es muy difícil pensar con claridad. Tenemos, además, un déficit espectacular: el intelectual. Hay muchas opiniones de técnicos económicos, pero los filósofos y sociólogos están ayudando muy poco." Lo dijo inmediatamente antes de traer a colación la frase redonda de Ortega y Gasset: "Lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa, y eso es lo que nos pasa."

El mayor mérito de la intervención de Lozano fue, sin duda, atraernos nuevamente a esa luz de la filosofía, más o menos oculta bajo el celemín de los que tienen que defender intereses específicos, porque para eso les pagan (2).

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(1) Muy interesante sería analizar las razones de la "apatía racioncal de los accionistas", a la que se refirieron Gerardo Manso (Sacyr) y Mónica López-Monis (Banesto).

(2) "El mercader difícilmente resiste a la tentación/ y no estará sin pecado el tendero." (Eclesiástico, 26,29)

Sobre algunos dilemas de RSC en las empresas multinacionales

Durante la IV Jornada sobre Responsabilidad Social Corporativa en las empresas multinacionales, celebrada el 28.09.2011 en el Auditorio de la Fundación Mapfre en Madrid y con la colaboración de El Nuevo Lunes, los ponentes -representantes casi todos ellos de empresas multinacionales con sede en España- se esforzaron en ofrecer, tanto una panorámica del estado de la cuestión, como hacer exhibición de la forma concreta por las que sus propias corporaciones se aplican para atender a las exigencias crecientes de ese terreno variable.

Si tuviéramos que emitir un juicio global sobre la reunión, diríamos que todos estuvieron muy bien, a la altura de lo que se esperaba de ellos. La conferencia inaugural de Antonio Garrigues Walker, diseccionando el tema entre lo legal y lo ético, centró ya los aspectos filosóficos de la cuestión.

Nosotros tuvimos ocasión de hacer dos preguntas, una para cada mesa de intervinientes. Como en estas reuniones, el personal se comporta con una gran timidez (o es que en realidad, salvo un par de anomalías, todos o casi todos son directivos, empleados o becarios de las empresas actuantes, como sucede sistemáticamente en las asambleas generales de las grandes empresas), no hubo más preguntas que las nuestras (y las que el moderador de cada panel realizó a los conferenciantes.

La primera pregunta se refería a la disponibilidad de las corporaciones  para incorporar a sus órganos de gestión o de control, en fórmulas que habría que estudiar, a los representantes de la sociedad civil. Contrariamente a lo que viene sucediendo, que los consejeros independientes son elegidos entre aquellos que han servido en la administración pública (y acaban defendiendo intereses corporativos), nuetra propuesta ería que los representantes políticos en el Parlamento -la forma, hasta ahora más eficiente de conseguir representación de la sociedad civil- tuvieran acceso a esos órganos, teniendo información e interviniendo positivamente sobre las líneas de trabajo futuro de las empresas.

Se trataría, como pretendimos explicar, por una parte, de ayudar, en el trabajo conjunto entre Administración pública y empresas, a construir una pipe line (al estilo de los proyectos previstos por los organismos multilaterales) que sirviera de orientación a empresas de menor tamaño y a futuros inversores.  Por otra, se evitarían así -seguramente- los sinsentidos éticos de negar la implantación de una tecnología (digamos, la nuclear) en el territorio nacional, en tanto que se está apoyando ese desarrollo, con empresas propias, en países menos avanzados tecnológicamente.

La otra pregunta hacía referencia a las dificultades prácticas de defender una postura de responsabilidad social con decisiones emanadas simplemente de la sensibilidad de una empresa privada, cuyo objetivo principal es la maximización del beneficio. Más poderosas que muchos Estados, las multinacionales acaban decidiendo lo que es bueno o malo para las sociedades en las que se asientan, convirtiéndose los representantes de las Administraciones (es decir, el pueblo) en meros espectadores. La ética global, o los principios éticos generales, que a nivel personal son patrimonio individual y asumibles a los principios kantianos o religiosos más compartidos, pasan así a ser definidos por las multinacionales.

¿Cómo traducir adecuadamente los principios, p.ej. "actúa de forma que lo que hagas no te gustaría que te lo hicieran a tí" o "procura que tus acciones puedan ser adotadas como norma general", cuando el sujeto es una multinacional y a sus ejecutivos se les valora por la "creación de valor" que sus decisiones han tenido en un corto plazo para sus accionistas? ¿Nos conformamos con que nos digan que cumplen la Ley y sus normas internas de conducta, incluso en países donde domina la corrupción? ¿Estamos dispuestos a admitir un doble comportamiento, según se refiera a su actuación cercana a nosotros ("los clientes principales") o en aquellos temas que solo vivimos -al menos, aparentemente-, por la televisión?.

En el fondo, aunque no lo expresamos así, por no alarmar más de lo debido a los pulcros representantes que hacían gala de la sensibilidad de sus empleadores, subyace una pregunta inquietante: ¿Aumentará el riesgo, ya aparecido con ejemplos concretos, de que las multinacionales ubiquen sus sedes o centros de consolidación global del negocio, al margen de filosofías, en países menos exigentes, cuando dejemos de ser sus clientes preferenciales?

Hemos extraído como denominador común a las respuestas de los ponentes que aún no estamos maduros para "mezclar churras con merinas". ¿Quiénes "no estamos"? ¿Quién lo decide? ¿Las mismas multinacionales?

A los jóvenes que tienen lo que hay que tener

A veces llegan a las ventanas de este observatorio, junto a los tufos de la crisis económica, olores a quemado que sentimos como mucho más inquietantes: los de las esperanzas, propósitos e ilusiones frustrados de una parte de nuestra juventud.

Porque una situación material se acaba superando (por las buenas o por las malas), pero la falta de empuje hacia el futuro del sustrato de la sociedad que debe estar más interesada en él, la juventud,  -porque es allí, y perdónesenos la obviedad, en donde tendrán más tiempo que los demás para instalarse- , es nefasta, porque el daño causado es irrecuperable. Ese tiempo perdido no volverá.

Será perdido para ellos y para todos.

No resulta cómodo para nadie referirse a los momentos que antecedieron a la guerra incivil española de 1936-1939, porque hay una voluntad tanto subterránea como explícita de alejar la bicha del panorama. Estamos, ciertamente, en otras coordenadas mentales, sociales y políticas respecto a aquella situación. No es posible que los españoles se vuelvan a matar unos a otros, no volverán a empuñar las armas sin atinar a saber, con certeza, contra quién o porqué están disparando y qué les ha conducido a estar jugándose la vida.

Si bien sigue habiendo dos Españas para casi todos los temas polémicos, o bien uno de los grupos es minúsculo frente al otro o, si nos referimos al panorama político, las opciones principales son bastante parecidas -y pacíficas-. Se parecen incluso en la manera de amagar de salón para dar espectáculo, en ir de farol para seducir, con plumas de fantasía, al votante, una vez cada tantos años...

No hay coincidencia en el momento, desde luego. Pero alguna similitud, si. Si releemos los párrafos finales de la lección inaugural de quien era en 1934, junto con Ortega y Gasset, la persona de mayor prestigio intelectual en España, rector por excelencia de la Universidad de Salamanca, el ya setentón Miguel de Unamuno, nos encontramos con estas evocadoras palabras, muchas veces citadas, desde luego:

"Vosotros, estudiantes españoles, que os ejercitáis en la investigación científica, histórica y social, en la dialéctica -escuela de tolerancia y de comprensión de la concordancia final de las discordancias; de la coincidencia de las oposiciones que dijo el Cusano (1) - vosotros tenéis que enseñar a vuestros padres -a nosotros- que esa marea de insensateces -de injurias, de calumnias, de burlas impías, de sucios estallidos de resentimientos- no es sino el síntoma de una mortal gana de disolución. De disolución nacional, civil y social. Salvadnos de ella, hijos míos. Os lo pide al entrar en los setenta años, en su jubilación, quien ve en horas de visiones revelatorias rojores de sangre y algo peor: livideces de bilis.

Salvadnos jóvenes, verdaderos jóvenes, los que no mancháis las páginas de vuestros libros de estudio ni con sangre ni con bilis. Salvadnos por España, por la España de Dios, por Dios, por el Dios de España, por la Suprema Palabra creadora y conservadora."

En época de paces, el mal peor que puede azotar a la juventud es el desánimo, confundirse en creer que está todo hecho cuando todo está por hacer; perderse en criticar lo que hicieron las generaciones anteriores, cuando lo positivo es concentrarse en lo que pueden construir desde la suya...

(1) Nicola Cusano, italiano universal, (1401-1464), tenía esta filosofía:

"L’universo è una unità plurima; per quanto l’universo sia composto da migliaia di parti, queste sono riportate all’unità di Dio, che vive in esse. In questa unità gli opposti coincidono e sono armoniosi: caldo e freddo, luce ed ombra, alto e basso, vita e morte. Noi concepiamo queste parti come se fossero in contraddizione, ma esse coesistono nell’universo e contengono la ragione della propria esistenza e di quella dei loro opposti. La Verità sta nell’Uno, il quale è assoluto, singolare ed infinito. L’umana conoscenza è relativa, molteplice, limitata ed approssimativa ed ogni scienza è semplice congettura. Se noi siamo in grado di intuire che Dio e il mondo sono in conoscibili, l’ultima cosa è ammettere che a noi, o meglio alla mente, compete la sola “dotta” e costante ignoranza, quindi la consapevolezza che la Verità nella sua assolutezza e infinità non può mai essere possesso del pensiero umano."

Sobre la reforma de la enseñanza universitaria

No estamos precisamente en época de reformas, sino más bien de aguantar el chaparrón.

En el sector universitario, la terrible confusión generada por la implementación de los mal llamados acuerdos de Bolonia y el increíble destrozo que se ha realizado sobre casi todas las carreras tradicionales, puede hacer creer a los autores del desaguisado y a quienes no se enteran de la fiesta, que esa reforma ya ha tenido lugar y que solo cabe esperar a recoger sus frutos.

El argumento central que se ha esgrimido públicamente es que se ha pretendido la homologación de los títulos españoles con los del resto de Europa, acercando, de paso, a la realidad del mercado laboral a los futuros egresados, separando los niveles de formación universitaria en tres: master, grado y doctorado. En esa reestructuración de los estudios que se venían haciendo en España, se ha tomado -se dice- como guía el modelo anglosajón.

Pretender cambiar de un "modelo francés" (o parecido) a un "modelo anglosajón" (o parecido) es, ya de por sí sorprendente, porque ambos ofrecen debilidades y fortalezas, pero sus mejores éxitos no son debidos a la enseñanza general impartida sino a haber sabido concentrar en pocos centros privilegiados las esencias de prestigio social, nivel formativo y espíritu de clan.

Por otra parte, del análisis de cómo se han hecho las cosas en estas dos zonas del universo cultural para adaptarse al objetivo de "crear un espacio único laboral europeo", poco parece haber sido modificado. Nuestro país sigue teniendo un gran atractivo para instalarse, y las barreras a la integración en el extranjero (no solo el idioma) siguen intactas.

 Pero es que, además, los autores de la reforma no parecen haberse detenido mucho en las virtudes del actual "modelo español", lanzándose a la aventura de modificar lo que se tenía, asumiendo el tremendo riesgo que supone generar una nueva desorientación, no explicada ni acordada con los agentes sociales, en la oferta universitaria.

Los artífices de la reforma han olvidado que los egresados españoles de las aulas universitarias se emplean y emplearán -al menos, lo intentarán-, masivamente, en las empresas de nuestro país y en las Administraciones públicas españolas.

Algunos de los que no encuentren trabajo aquí, seguirán optando por marcharse, pero lo más preocupante es que un apreciable número de los mejores en cada promoción, incluso después de haber trabajado años en España, se están decidiendo a marcharse al extranjero, por la razón fundamental de que no encuentran aquí una tarea que entiendan a su altura o por el deseo de integrarse en equipos multidisciplinares de mayor prestigio  y con líneas de investigación y trabajo más prometedoras.

Nuestro país necesita -no porque lo digamos nosotros, por supuesto, por clamor presentido- que la Universidad, independiente de la carrera que se considere, pero especialmente, en las carreras con mayor relieve social (ingeniería, economía, medicina, derecho, ...) se concrete en dos direcciones de éxito: la formación de las decenas de miles de empresarios que el país necesita y dotar a sus egresados de una combinación de herramientas generalistas y específicas que los capacite para la inmediata integración en el mundo laboral, pero también -y aquí está el difícil equilibrio- para que una parte importante de ellos tengan recorrido personal para poder participar en los proyectos más ambiciosos de la sociedad.

Hace falta, por ello, crear una base ancha para los estudios de máster y eso no se consigue apuntando desde el principio a las opciones de grado; y lo que es más grave, no se puede pretender, cuando se carece de la base suficiente, ampliarla con unas cuantas capas laterales de conocimientos sustanciales, a otra edad, con otras ganas y con el tiempo pisando los talones. 

Desde ir aviado a ir tirando

La riqueza del idioma español permite reflejar muchos matices con un par de pinceladas verbales, sugiriendo, como en un fuego de artificio, varias ideas con apenas dos palabras.

Hay, por ejemplo, muchas maneras de ir por la vida. Todo es cuestión de descubrir con quién o de qué vamos acompañados.

En las actuales circunstancias económicas, quien más quien menos trata de ir tirando, aunque los que no tengan trabajo y sí deudas, van aviados. Por cierto, que por una broma el lenguaje, ir aviado como su sinónimo estar apañado, no significa andar bien pertrechado para soportar los avatares (los de la vida) que eso es ir sobrado, sino ir más bien en pelotas.

Se puede ir a por lana y volver trasquilado, desde luego; es lo que merecen quienes se meten en camisa de once varas: que se encuentren con la horma de su zapato, que es ese más listo que descubre que van de farol y a cada metedura de pata, les va sacando los colores.

No es lo mismo ir a una fiesta que volver de ella, porque se va con ilusión y se suele venir con decepción, que de todas maneras es mejor que volver con un ojo morado o siete puntos en la cabeza. Si el propósito es delicado, posiblemente valga más ir solo que mal acompañado, y, de cualquier forma, cuando el cariz del tema vaya poniéndose negro, no hay que dudar en apagar e irse.

Ir en grupo, protege y garantiza el anonimato, pero no da inteligencia. Todo el mundo sabe que ¿dónde va Vicente?, donde va la gente, y con muchos, hay que andarse con cuidado. Se suele decir que Dios los cría y ellos se juntan, que en otros idiomas equivale a Pájaros de la misma pluma se agrupan, o sea, díme con quién vas y te diré quién eres.

Hay gentes con las que no se debe ir ni loco, y otras que no valen ni para ir a pañar higos, ni para un roto ni un descosido (y otras, sí, claro). Hay quien va sobrado y quien va dejando plumas por donde pasa, evidenciando de qué pie cojea; como todo en la viña, mientras unos van, hay ya quien viene, aunque lo haga de vacío.

Para gustos se hicieron colores, pero es hora de ir poniendo matices. Porque, al tiempo que algunos dejan pasar el propio tiempo, mirando las musarañas, están esos pocos que van, pian pianito, avanzando. Actúan como si les fuera en ello la vida, pero es que, de todas formas, así va el cuento para todos. Venimos (o nos traen, siendo precisos) para irnos.

No es tan sencillo, en estos tiempos, saber de qué va la cosa, por más que lo que se va viendo es que va para largo y que, si salimos de ésta, va a ser con suerte y no sin traumas. Para quienes andan ávidos de soluciones, un consejo que, al menos, les sirva para ir haciendo boca, sería no irse por las ramas, sino directamente al grano y que vayan por partes y cerrando capítulos.

Porque lo que hay que evitar es que el problema se nos vaya de las manos, a hacer puñetas. Si vamos atando cabos, lo que no deberíamos consentir es que los culpables de cómo vamos, se vayan de rositas. En cuanto a nosotros, los currantes, ya sabemos que lo nuestro es dejar que pase la tormenta, porque ¿dónde irá el buey que no are? 

Sobre la legitimidad para matar

No es la primera vez que escribimos en este Cuaderno sobre la pena de muerte, y manifestado nuestra posición de clara disconformidad.

La aplicación de esta forma drástica de castigo repugna a algunos -somos cuidadosos, de momento, para no hablar de "mayorías"-, y la muerte por ajusticiamiento de Troy Davis en Estados Unidos, en circunstancias que la prensa se ha encargado de airear, convenientemente dramatizadas, reaviva la polémica.

Desvirtúa el debate el que los argumentos en contra de la pena de muerte se concreten a escala individual. Hay que mantener el enfoque general. Porque no se pueden entender como contrarias a la pena de muerte, las voces discrepantes que esgrimen que Troy no tuvo un juicio justo, porque era negro, sus abogados no se emplearon a fondo, el 80% de los testigos en su contra se desdijeron, no se tuvieron en cuenta sus coartadas y, en fin, los jueces que intervinieron en el caso parecen haber actuado contaminados por prejuicios y la presión mediática.

Parecen indicar que si estas condiciones u otras similares no se hubieran cumplido, la aplicación de la pena de muerte a un convicto es, en esos casos, la fórmula adecuada.

Que el país que pretende servir de referencia democrática mundial, y cuyos mandatarios no dudan en lanzar máximas, soflamas e incluso ejércitos contra países menos desarrollados teóricamente en ese motto tan sugerente como ambigüo de "defensa de los valores humanos", mantenga en más de una treintena de sus Estados la pena capital, mueve, cuanto menos, al estupor de los humanistas menos arrogantes.

La legitimidad para matar, ejercida a nivel individual, ha sufrido evolución con los siglos en algunos países, y se mantienen grandes diferencias hoy en día.

La pérdida de autoridad para tomarse la justicia por propia mano en aquellos que cuentan, se cree, con un sistema jurídico más avanzado, desplazando la valoración del acto punible y la gradación de la pena a los órganos del Estado, ha convertido en sancionables conductas que antes eran toleradas: el sacrificio/asesinato de la esposa cogida en infidelidad fragante por su iracundo esposo es uno de los ejemplos más significativos del cambio.

Entre los países que mantienen la pena de muerte, la tipología de los actos que pueden llevar a ella y la forma de su ejecución carecen de homogeneidad: se castiga desde la tenencia de droga a la disidencia política, el adulterio como el asesinato, incluído el homicidio involuntario; y se ejecuta, por ejemplo, a pedradas de los asistentes o de los deudos de la víctima, o a mano armada del agraviado, o colgando al reo, inyectándole sustancias, electrocutándolo o disparándole.

En España se ha consolidado, tanto desde la Ley como desde la jurisprudencia, que ningún particular, sea o no agente de la Ley, puede matar a otro sino es ejerciendo su derecho a la defensa proporcionada a la agresión que esté sufriendo o al mal que pretende evitar. Y se ha abolido, cualquiera que sea el daño causado, la pena de muerte para el delincuente.

Creemos que es una formulación técnicamente correcta, socialmente avanzada, jurídicamente impecable y humanamente encomiable. No se nos ocurre otra mejor.

Si trasladamos a nivel de cualquier Estado esta construcción de filosofía jurídica, aparece inmediatamente como evidente que no hay razón para que un delincuente, cualquiera que sea el delito cometido, confirmado en culpabilidad e intención, una vez que ha sido juzgado en juicio justo y en situación de recluso, sea privado de su vida.

Que se le castigue con la reclusión, incluso de por vida (aunque, en este caso, mantenemos nuestra discrepancia, pues defendemos la postura de un límite a la proporcionalidad de las penas).

A solas con su conciencia, habrá de meditar y purgar durante los años de condena sobre el mal causado, los móviles de su reprobable conducta, pero, como individuo, no reviste ya ningún peligro para la sociedad, ya que está debidamente custodiado, y como signo, como ejemplaridad del reproche, es mucho más significativa la permanencia de su reclusión que el haberle privado de la vida bruscamente. Si existen dudas -¿cuando las disipamos del todo, de qué forma?- de su culpabilidad absoluta, no habrá que cargar con el oprobio de haber condenado a morir a un inocente.

La legitimidad para matar se basa, en el fondo, únicamente en el deseo de venganza. Viendo al hijo del policía al que, presuntamente, Troy Davis asesinó, reconocer, con lágrimas en los ojos, que durante los dieciocho años que el presidiario se mantuvo en la cárcel, no descansó en demanda de justicia, descubrimos en él, para su desgracia, la carencia más dolorosa que puede tener un ser humano: la capacidad de perdonar.

Una actitud que se recompensa con el placer de poder olvidar lo que nos causó daño, para concentrarnos en buscar lo que produce beneficios.

Y para un ciudadano de un país cuyo Presidente se reconoce cristiano, que invoca a Dios en casi cada acto público, que quiere dar ejemplo de comportamientos, que su móvil sea la venganza refleja, inequívocamente, el contagio que desde el Estado se ha producido a la sociedad americana.

Si no hay capacidad de perdón, afloran enigmáticamente, en ocasiones claves, las notas de fariseismo y falsedad del fondo con las que está construido el floripondioso "edificio de los valores humanos" que dicen defender los mandatarios de Estados Unidos, tanto fuera como dentro de sus fronteras. Porque el más alto de esos valores es el respeto a la vida de los semejantes, aunque ellos no hayan sabido respetar la nuestra: lo que a esos miserables les ha servido para degradarlos, nos ayuda a sublimarnos a nosotros, a nuestros principios.

Sobre la estructura de la clase media

Se han ensayado múltiples definiciones de "la clase media" y todas las que conocemos se nos antojan imbuidas de un voluntarismo poco contagioso. La mayoría, en la línea iniciada por Marx y Weber, la vinculan al estado de bienestar y a la disponibilidad individual para disfrutar de un mínimo nivel de vida.

En realidad, las clases medias no son media de nada, porque la división -por ejemplo- entre la riqueza total disponible por un Estado o Corporación económica y el número de sus individuos nos daría una referencia inútil, ya que la riqueza no se distribuye según funciones estocásticas-tipo y, desde luego, no sigue una función normal, en la que se pudiera calcular la media, la desviación típica y el porcentaje de individuos comprendido entre dos niveles de renta que no resultasen desproporcionados entre sí.

Pero es que tampoco querríamos centrarnos en la engañifla de hablar de las clases medias como algo homogéneo en lo económico, sino resaltar algo muy diferente: dentro del conjunto de individuos que tienen rentas moderadas -digamos, inferiores a 60.000 euros/año y superiores a 20.000 euros/año-, hay un núcleo especialmente digno de lástima.

Son aquellos que cumplen con todas las normas, que se comportan como atípicos ciudadanos ejemplares, porque son educados en el trato, pagan sus impuestos por la totalidad de sus rentas, atienden a las multas en las contadas ocasiones en que cometen alguna irregularidad, participan con su tiempo libre en la vida social de la comunidad, rinden eficientes en su trabajo, hacen horas extras sin rechistar (y sin cobrarlas), separan adecuadamente la basura para reciclar y se esfuerzan en contaminar lo menos posible, se trasladan en transporte público siempre que es factible, disfrutan de las pequeñas alegrías de cada día sin envidiar al vecino rico del que no tienen idea cómo pudo alcanzar niveles tan lujosos...

Esos ciudadanos de "clase media" son los que soportan el sistema, sus auténticos "paganinis". Son, valga el ejemplo, compañeros de la secretaria de Warren Buffett. Merecen lástima, porque están rodeados de incumplidores de las normas, jetas sociales que, por un motivo u otro, se aprovechan, felices, de los múltiples agujeros de descontrol que permite el sistema.

Por qué suena el río y doblan las campanas

"Por quién doblan las campanas" es el título de una conocida novela de Ernst Hemingway sobre la Guera Civil Española (GCE), banco de pruebas indecente de la Segunda Guerra Mundial (SGM); no todo el mundo sabe que la frase está extraída de una larga reflexión del poeta metafísico inglés John Donne (Devotions Upon Emergent Occasions, siglo XVII), que, en ese párrafo concreto que la incluye, dice así:

"No man is an island,  entire of itself; every man is a piece of the continent, a part of the main; if a clod be washed away by the sea, Europe is the less, as well as if a promontory were, as well as if a manor of thy friend’s or of thine own were;  any man’s death diminishes me, because I am involved in mankind, and therefore never send to know for whom the bell tolls; it tolls for thee. " (1)

Si lo traemos aquí, sin embargo, es sobre todo, por la continuación:

"Neither can we call this a begging of misery, or a borrowing of misery, as though we were not miserable enough of ourselves, but must fetch in more from the next house, in taking upon us the misery of our neighbors. (...)" (2)

En la versión que ahora se entiende más atinada sobre el problema surgido por cómo los mercados juzgan la solvencia de algunos países europeos, se atribuye la falta de credibilidad de los Estados, no a la cuantía de su deuda soberana, sino al inmenso endeudamiento de las familias, que sería -en el caso de España- superior incluso a tres veces el PIB anual.

Resultaría, en consecuencia, que no es el Estado (sus Administraciones públicas) quien presenta el riesgo de no poder pagar, sino sus ciudadanos que, endeudados hasta más allá de las cejas, y sin ingresos suficientes, no podrían afrontar la devolución de los créditos que les fueron concedidos por sus instituciones financieras.

Acabáramos, pues. Ahora ya sabemos por quién doblan las campanas y porqué sonaba el río. Agua llevaba, pero prestada. Al secarse las fuentes, afloró nuestra pobreza individual acumulada con la de nuestros vecinos.

Pero los entendidos dicen que, aunque las aguas han amainado, el cauce es sólido: los Estados sobrevivirán a esta angustia, la crisis no prevalecerá contra ellos.

Esto huele, por tanto, fuertemente, a devaluación; ya están preparados nuestros cuellos; nos han bajado la gorguera, dejando al descubierto nuestra fragilidad, y, con ella, los cortes en la piel que atestiguan pasadas soluciones a momentos similares. 

Mientras tanto, en los charcos patean (espatuchan, decimos en Asturias), los vecinos, montando caceroladas con sus venerable razones. Hay huelga de enseñantes, y parece que tienen razón; se anuncia la intención del Consejo de Administración de los noticieros públicos de supervisar los contenidos emitidos o radiados y los periodistas y afines tienen buenas razones al reclamar su libertad de opinión; los sindicatos piden más puestos de trabajo y no les falta razón; los banqueros quieren más dinero para tapar agujeros y puede que esa sea la razón; los indignados ocupan la calle y se llenan de razón;...

Si no fueramos ya bastante miserables, siempre podemos atrapar más miseria de la casa de al lado. Teniendo razón, por supuesto.

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(1) "Nadie es una isla, completo en sí; cada hombre es un trozo del continente, una parte del todo; si el mar se lleva un pedazo de tierra, Europa disminuye, tanto si se trata de un montículo prominente, como si se es la casa solariega de tus amigo, o la tuya propia; del mismo modo, la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy vinculado a la humanidad; y, por eso, nunca mandes a nadie a enterarse de la razón por la que doblan las campanas: doblan por ti." John Donne

(2) "Tampoco podemos confundir esta situación como una petición o un préstamo de miseria, porque si no fueramos ya bastante miserables por nosotros mismos, siempre podremos atrapar más miseria de la casa de al lado, incorporando a la nuestra la de nuestros vecinos". John Donne.

Entre ser y estar

A quienes tenemos el español como lengua materna, el idioma nos ha regalado un tratado de filosofía con solo dos palabras: ser y estar. La comprensión de la diferencia entre ser algo y estar en ello es un escollo idiomático para muchos extranjeros que, aunque hayan alcanzado niveles altos en el manejo de nuestro vocabulario, tropiezan en una distinción que a ellos se les antoja sutil e incluso incomprensible y a nosotros nos resulta obvia desde los primeros balbuceos.

Nuestro filósofo más reconocido, Ortega y Gasset, no hizo más que poner en claro esta diferencia, adaptándola para anglosajones: "Yo soy quien estoy", podía haber escrito, pero lo glosó con más palabrería ("Yo soy yo y mi circunstancia"), condescendiente con los que no le entenderían en inglés. La traducción como "I´m who I´m" se confundiría con el "Yo soy el que soy", con el que Yahvé indicó su autonomía (en hebreo como en arameo).

Todo lo que creemos saber en filosofía gira en torno -posiblemente- a esos dos conceptos, que podemos agrupar, retorcer, pretender explicar o intentar destruir. "Yo solo estoy" sirve para los existencialistas, y las diferentes maneras de precisar "cómo soy", dieron y dan mucho jugo para pasar a la historia como pensadores muy finos: "Yo pienso, luego estoy", es el gran descubrimiento de Descartes que, la verdad, si no lo hubiera expresado en francés, no habría tenido tanto alcance.

¿Cuántos versos de su Hamlet hubiera podido ahorrarse Shakespeare, de haber podido expresar directamente esa sutileza? "To be or not to be", es lo mismo que "Ser o no estar", que es la cuestión a resolver en el famoso soliloquio.

"Ser y estar", desde luego, encierran a la perfección las claves de un misterio recalcitrante que sigue ocupando a los más activos físicos, filósofos y místicos, con resultados aún tibios -en nuestra modesta opinión- hasta el momento. Y cualquier niño español podría resolvérselo o, por lo menos, intentarlo.

(En el Día Internacional del Alzheimer, dedicado a todos los que padecen esta cruel enfermedad por la que se sigue siendo, pero ya no se está, y, muy especialmente, a sus cuidadores, que están junto a ellos y, no pocas veces, están por ellos, en vez de ellos)

Sobre el aburrimiento como terapia

Antes del gran descubrimiento, lo frecuente era preocuparse por terapias con las que combatir el aburrimiento. Aburrirse se consideraba abominable.

Cuando alguien expresaba "Estoy aburrido", se movilizaban en torno a él los más variados artilugios. Para evitar que el pueblo llano cayera en tan deplorable situación, cuando el campo o la fábrica no proporcionaban la actividad requerida, los señores principales organizaban guerras contra los vecinos y expediciones de conquista o preparaban faustos, torneos, justas, con las que se pretendía ocupar el tiempo libre.

La pereza es la madre de todos los vicios, dijo un santo varón. Hasta la Biblia recoge que el rey Saúl tuvo que echar mano de un arpista-tañedor para que le curase de la melancolía, sacándole el espíritu malo, que viene a ser lo mismo, pero dicho más fino, que vencer aburrimiento.

Con el transcurso del tiempo, las ocupaciones curanderas se sistematizaron algo, aunque en lo fundamental, la terapéutica consistía siempre en mantener al sujeto ocupado, distraerle con las artes, hacerle ver el lado alegre de las cosas -contándole chistes o historias de esas en las que el vecino sufre un descalabro-, ilustrarle sobre el sentido de la vida, fijarle objetivos concretos, y, en fin, impulsarle por todos los medios a dejar la poltrona, la cama, el quietismo. 

Se asociaba, sin que nadie se hubiera detenido a estudiar las razones, actividad con buenas vibraciones. Se trataba de mover el solomillo.

Dirección equivocada. Los experimentos realizados por millones de personas durante el último siglo han venido a demostrar, ya sin vuelta de hoja, que, independientemente de la raza, los niveles económicos o culturales, la mejor terapia de la que puede disfrutar el ser humano para destruir el desánimo existencial es no hacer nada, reptilizarse, abotagarse.

Nada de carpe diem, sino, despilfárralo, effundit diem.

Ahora que el verano se acaba y que la mayoría han terminado el "disfrute" de sus vacaciones, es el momento de reconocer la verdad. Sentirse feliz está en relación directa con lo que antaño se asociaba estupidez. El hombre feliz no es que no tenga camisa -como pretende el cuento-, sino que la dejó en casa, después de asar la manteca, para que no tuvieran frío sus perros a los que previamente había atado con longaniza.

¿Quién se divierte hoy más, en realidad? ¿Quién más hace, construye, inventa, ingenia?. No. El que nada hace, el que las deja pasar, quien no da clavo. Resulta que viendo cómo los demás se desloman, él, que debería aburrirse, se monda, libera endorfimas, se divierte.

En la ruta final hacia el quietismo, sirve igual extenderse al sol hora tras hora, apoltronarse ante los esfuerzos de otros por meter canastas, darle a bolas o atravesar con un euro al día continentes de pobreza, que protestar, sentados en la plaza, a que alguien sugiera alguna idea, para apresurarse a destruirla, no vaya a ser que nos hagan trabajar con estos pelos.

De qué hablar si no es de economía

Nos hemos acostumbrado a que los dirigentes políticos (entre los que incluiremos a los sindicales) tengan respuesta para todo, especialmente si se trata de cuestiones económicas.

No son, cabe suponer, sus propias opiniones, sino las de sus asesores, que transmiten, con mayor o menor fortuna, adornándolas con las palabras que creen más convenientes para reforzarlas y, por tanto, convencer a otros.

El tema de la credibilidad de los mensajes ha pasado a primer plano, pues no se trata, como venía sucediendo, de ratificar el mensaje ideológico a simpatizantes y adeptos, arrastrando así la opinión general. En la actualidad, habiéndose reducido el número de afiliados a partidos y sindicatos, la capacidad de convicción y movilización ha de expresarse en terrenos incluso hostiles. 

No es una operación sencilla, y menos si se están equivocando los diagnósticos, con lo que se repiten argumentos que no causan efectos, porque quienes tienen en realidad los controles  no están por la labor de hacer caso a lo que se proponga. Así que los líderes teóricos de la sociedad se empeñan en manipular términos que provienen del acervo de los economistas (suspensión de pagos, renegociación de la deuda, prima de riesgo, etc.), obviando las actuaciones de naturaleza técnica, es decir, de producción, para lo que solamente pueden esgrimir una ignorancia enciclopédica.

¿De qué sirve, en fin, que algunos de los países occidentales con menos presupuesto se hayan dado cuenta de que no tienen dinero en caja para pagar sus compromisos de deuda, si las reuniones de quienes pretenden llevar tranquilidad a los mercados solo hablan de préstamos, reducción de gastos, quitas o renegociaciones a la deuda?.

Métanse también en el paquete las decisiones sobre medidas productivas, tecnológicas. Que se incorporen los técnicos al debate, y que se propongan, junto a las formas de reconducir la economía, nuevos objetivos que incrementen la productividad, eviten despilfarros, abran nuevos caminos a la eficiencia y nos muestren otras formas de hacer mejor, no ya las mismas, otras cosas.

 

Por goleada

Posiblemente para unos cuantos aficionados, la incógnita a resolver en la Liga de Fútbol española de 2011-2012, sea dilucidar si la Copa se la llevará el Barcelona CF (El Barça) o el Real Madrid (El Madrid).

Para nosotros, lo más importante sería conocer si quienes han conducido el fútbol español a la actual situación reflexionarán, por fin, de que están abocando la competición a su extinción.

Porque la diferencia entre los dos equipos citados y los demás se ha convertido en tan grande, que raya en lo grotesco. Como a nadie le gusta ver a su candidato, -el equipo que lleva el nombre de la ciudad en donde uno nació-, perder por goleada, o se retuerce la afición natural para concentrarla en uno de esos equipos de nivel inalcanzable, o se abandona el interés por la competición, a la espera eventualmente de las ocasiones en que se confronten entre sí esos campeones, -sin más rival que el otro, su alter ego.

Se maravilla un tal Cristiano Ronaldo de que los contrarios le larguen más patadas que a nadie y que le parezca que los árbitros hagan la vista gorda, y atribuye esa distinción a que él es más guapo, rico y mejor jugador que los demás.

Se equivoca en parte, puesto que, como está hablando de profesionales del espectáculo, olvida que sus contrincantes en el campo son atletas, como él. No les importa, por ello, que sea más guapo (además de discutible objetivamente, esa cuestión podría interesar solo a quinceañeras reprimidas), ni más rico (el Fisco debería tomar medidas al respecto), sino, únicamente, que es el mejor, o al menos, el segundo mejor (después de El Guaje, Villa).

En realidad, no es que el sea el mejor, sino su equipo (a falta de lo que tenga que decir el otro galáctico, el Barça). Y a los insoportablemente mejores, no queda más remedio que zurrarles, o admitir que los árbitros les piten más faltas o hagan vista gorda a las que les cometan sus contrarios.

Porque, como en las carreras de caballos, o se les pone a las monturas un peso adicional para equilibrarlos más o menos -podría obligárseles al Barça y al Madrid, cuando jueguen con otros equipos, a que alineen solo ocho jugadores o a que la mitad del tiempo vayan tres o cuatro de ellos a la pata coja tras el balón- o nadie va a apostar por aquellos que pertenecen a otra división, pues no hay sorpresa si ganan.

Así ha sido y seguirá siendo desde los tiempos del instituto. A los mejores de la clase, convertidos en repelentes niñosvicentes, les pegaban; los que no tenían tantas dotes, no lo hacían, en realidad, porque les tuvieran envidia; se comportaban así, aún sin saberlo, por buscar el equiliibro; era una manera de recordarles que eran vulnerables, de que no se les subieran los humos a la cabeza, de que estaban hechos de polvo (carne y moratones), como todos.

La culpa, en esto del fútbol, de que se pretenda hacer justicia con patadas, no la tienen los Ronaldo, ni los Messi, ni los Villa o compañía.

Esto es lo que han conseguido los que no aman el fútbol, porque confundieron el deporte con una máquina de hacer pasta, convirtiendo por su mezquino interés el campo de un deporte en un burdo escenario de poderes económicos. Transformaron con ello a los jugadores -conejillos de indias, ídolos de papel, profesionales de circo, vedetes vulnerables en la busca interminable por contratar siempre a los más hábiles en meter pelotas -  en actores de una representación que, llevada a caricatura, conseguido un brutal desnivel entre contrarios al concentrar en dos equipos a todos los mejores, sinceramente, resulta cada vez más aburrida, salvo para masocas y perversos.

Puede que gran parte del personal aún no se ha dado cuenta. Pero todo se andará. Demos tiempo al tiempo. En política, se ha caído en este error, y cada vez nos interesa menos el espectáculo en los que los grandes aparentan manejar la solución a nuestros problemas y más lo que se ventila en la cancha de los partidos más pequeños.

¿Jugamos a otra cosa?

Por todos los diablos, que alguien ponga coto

(Dedicamos este artículo a los estudiantes de español y a los españoles con sentido del humor).

A ver quién es el guapo que se aprieta los machos y toma las riendas del asunto para sacarnos de este berenjenal. Fácil no lo tiene, porque el personal tiene la mosca detrás de la oreja y todos, quien más quien menos, andan ya con el culo pelao de tanto oir que había que poner el callo mientras resultaba que otros sacaban tajada, subidos al carro o al machito para chupar del bote sin dar ni clavo .

Dicen algunos que tenemos que cambiar de paradigma, pero nadie nos ha puesto blanco sobre negro de qué va eso y nos da el fílin que puede ser más bien otro artificio para despistar por donde van los tiros. Si se trata de coger los petates o salirse con lo puesto a la buena de Dios, no hay caso, de aquí no nos movemos. Porque si hay que empezar desde cero, habría que poner a correr el cuentakilómetros desde ahí para todos.

El tema central es que ya no nos chupamos el dedo, tenemos cuerda para rato y no estamos para creernos los cuentos. Porque podemos admitir que en el chiringuito, mientras duró la fiesta, estuvimos de rechupete, y que caimos como pininos en la trampa de que podíamos pagarnos la verbena, estando a dos velas. 

Pero no irán a echarnos la culpa de no haber estado finos en olernos que iban a cambiar las tornas, si los que estaban arriba decían que todo estaba controlado y que el temporal no iba ni a mojarnos. Así que, si alguien tiene que pagar los platos rotos, que se hagan cargo del estropicio los que presumieron de saber por dónde íbamos y nos metieron en el brete.

Ya tendría chicha que nos cargaran con el muerto a los que solo pusimos el curro donde otros el careto.

Por la cuenta que nos tiene, con todo, urge encontrar gentes que no estén viciadas, que tengan muchas luces para poner las cosas en claro y sacarnos del atolladero, cantando las cuarenta a quien haga falta, sacando los colores a un par de ellos, y que sean capaces de insuflar ilusión al más pintado.

Para ese oficio no vale cualquiera. Sobran piquitos de oro y listillos que echen mano al cajón; que no nos tomen por palurdos para vendernos la moto. Queremos tipos de ley, con tino y talante, provistos de buen ojo, mano zurda, que tengan bien puestos los pinreles, que sepan por donde andan, que no se arruguen ante nada, y que atinen a poner coto a este barullo, contagiándonos de ganas.

Que den ejemplo con el corazón, con la cabeza; y que si se sacan algún conejo de la chistera, que podamos comérnoslo entre todos.

(Por cierto, que esta historia, no tiene destinatario prefijado. Vale igual para aplicarlo a los quebraderos y disgustos en que nos han metido sin comerlo ni beberlo, quienes manejaron a su antojo, poniendo cara de velocidad a los destrozos, patrias chicas, paciones autonómicas, estados de sitio, raptadas por el toro, vecinos de zumosol americanos, iluminarias islámicas o crearon dioses en su estirpe; por decir solo unos cuantos de muchos a los que sentarían como un guante los gorros de trileros.)

En torno al reto del cambio

"Innovadores y rezagados: el reto del cambio" fue el atractivo título de la jornada que se celebró el 15 de septiembre de 2011, en la sede del Centro de Innovación del BBVA, en Madrid, convocada por Knowsquare, una plataforma de encuentro para profesionales dispuestos a intercambiar información, ideas y experiencias.

Los dos conferenciantes que proporcionaron los platos principales de la reunión (1), se esforzaron en vender optimismo, ilustrando con teoría y ejemplos las posibilidades y ventajas de cambiar los métodos de trabajo en las empresas, para mejorar su posición y resultados en el mercado.

Ambas ponencias presentaron interés, puesto de manifiesto por las intervenciones espontáneas o provocadas de los asistentes. Pero lo que nos resultó más curioso es que, contrariamente a lo que podría parecer obligado dada la actual situación de crisis del sistema, el análisis y las medidas propuestas por los intervinientes resultaron atemporales.

No es lo mismo, sin embargo, acomodar la marcha de una empresa en crisis a una situación de mercado aceptablemente previsible, que tratar de modificar los parámetros básicos de la empresa -o generar una nueva- dentro de una situación de crisis generalizada, que afecta a elementos tan esenciales a una sociedad como a su desarrollo tecnológico, las disponibilidades financieras o la capacitación de la mano de obra para afrontarla. 

Una crisis sistémica genera, es cierto, nuevas oportunidades. Aunque esta crisis no ha sido generada por la aparición de nuevas tecnologías, los sectores en los que tienen mayor incidencia -y especialmente, el de las telecomunicaciones, por su facilidad de acceso y la versatilidad de su uso- han modificado y seguirán modificando el panorama de oportunidades de negocio.

Muchas empresas se han creado a base de hacer lo mismo que otras que preexistían, incorporando la velocidad, la potencia o la universalidad de las telecomunicaciones. No han creado, en puridad, espacios nuevos, han ocupado los existentes, dotándoles de mayor efectividad; pero la eficacia no genera emplea global: lo reduce.

Por supuesto, entonces, que las tics (sobre todo) están sirviendo para generar algunos empleos, pero sería propio de un ignorante global no reconocer que han destruído más de los que han creado. Y, lo que es mucho más importante, no pueden asumir -por incapacidad intrínsica, limitaciones de aplicación, gravedad de la crisis de los mercados internacionales, cambio en las relaciones entre estados desarrollados y emergentes- la regeneración del sistema tecno-socioeconómico.

Cada nueva tecnología, precisamente por ser eficaz, si no se crean sectores inexistentes con anterioridad a los que aplicarla, mejora el saber hacer; incluso puede que la sensación del bienestar global, pero reduce necesidades del trabajo, aumenta con probabilidad la intensidad del capital, concentra la riqueza, produce nuevos marginados y desarraigados y, en corto plazo, conduciría a una mayor dicotomía entre los más favorecidos y los perjudicados.

Hay muchos ejemplos ya de estos efectos que alguno puede jugar como perversos, pero, en verdad, lo perverso es el sistema. Es el caso de las tecnologías y exigencias ambientales, para las que la implantación, por ejemplo, de las energías llamadas alternativas -eólica, solar, biomasa, etc. - y la mayor severidad de las medidas de control ante la contaminación están provocando desequilibrios en otros sectores (mayor coste de la energía producida, pérdida de competividad por costes antes externalizados), y la extinción o problemas de subsistencia en las centrales de producción de energía tradicional.

Hemos llamado la atención en otras ocasiones, sobre los riesgos de precipitarse al cambio sin analizar previamente si el medio en el que se mueve la empresa no está en una dinámica inconsistente: algo así como obsesionarse por perseguir alocadamente una manada de búfalos al galope en vez de preocuparse serenamente por cazar, apostados al acecho, al que pase más próximo a nuestro sitio de caza, y que es lo único que necesitamos.

Ante todo, nos preocupa la deficiente gestión del cambio por parte de quienes nos gobiernan, actuación en la que se combinan muchos elementos que podrían ser corregidos, y de los que enumeramos los más relevantes:

-duplicidad de criterios de gestión, presentados como incompatibles, en aspectos sustanciales. No acarrea más que descrédito y pérdida de efectividad el que el actual gestor del país y su alternativa (coreados por sus equipos directivos) estén continuamente afirmando que el otro no tiene razón o que harán justamente lo contrario. Nadie invertirá en un medio inestable. Falta liderazgo, credibilidad, solvencia y sobra palabrería, amiguismos, nepotismos, clientelismo.

-falta de objetivos preferentes para la empresa-país. No es cuestión de anunciar continuamente Planes decenales, Libros verdes o proponer Sectores estratégicos que luego no se llevan a cabo o no se implementan. España necesita consolidar su liderazgo en unos cuantos sectores, y apostar por mantenerlo, facilitando la orientación en torno a ellos de una parte sustancial del tejido empresarial. No basta únicamente con apostar por el turismo y conexos, que son, además, sectores de baja tecnología. Hay que potenciar centros de excelencia tecnológica y ha de hacerse, preferentemente, en relación con los grandes grupos empresariales. La colaboración de las grandes empresas en el modelo es imprescindible.

-incremento de la capacitación de la población, reconstruyendo el organigrama global. La burbuja de desarrollo provocado por la coyuntura de los 90 del pasado siglo ha tenido múltiples efectos nefastos, no tan fáciles de corregir: pérdida de niveles de formación, vulgarización de contenidos, emigración de buena parte del personal cualificado, inmigración desorbitada de muy bajo nivel cultural, etc. España tiene que hacer un gran esfuerzo en ilusionar a los mejores, captar técnicos de prestigio, aumentar el nivel de sus centros de formación y profesorado, fomentar una inmigración de alta calidad (para personas, empresas y capitales).

-transparencia, información, seguimiento y control de los objetivos, señalando los niveles de actuación y sus responsabilidades. Parecería obvio, pero los planes que se tracen han de ser de largo alcance, basados en la mejor información disponible (no en elucrubraciones o en pensamientos sin otro fundamento que la ilusión), y, flexibles, para poder corregirlos en la medida en que la realidad se concrete. Deben ser, también, comunicados con transparencia, aunque pensamos que ese nivel de transparencia ha de ser el adecuado a la importancia y exigencias de cada agente en el proyecto. No se trata de ser ingenuos, sino efectivos; no es cuestión de abrumar a papelería ni a datos sin estructurar, sino de ofrecer, a la población, concisión respecto a los índices y su análisis; a los funcionarios, bases para su compromiso, control y exigencia; a las pymes, orientación y apoyo; a los empresarios y emprendedores potenciales, información de oportunidades, financiación, impulso y coherencia; y a las grandes empresas y a sus dirigentes, diálogo, compromiso, exigencia, lealtad.

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(1) Los conferenciantes fueron Jorge Castrillo (Socio de Kairos Management) y Francisco Javier Blanco Portillo (ex- Director de Recursos Humanos en Morgan Stanley, hasta su compra por la Caixa)

En confianza, ¿creen los Brics en el futuro de los países desarrollados?

La paradoja tiene los cantos picudos. Los países emergentes más activos -Brasil, China, India y Rusia- no desearían que las economías de los más desarrollados se agotaran demasiado pronto. Están dispuestos, por tanto, a ayudarlos.

Porque, en esencia, aunque la vieja Europa y el gigante norteamericano necesitan mucho dinero para mantener su nivel de vida y no tienen suficientes recursos propios para ello, el creciente desarrollo de los que empujan desde atrás demanda algo que todavía no pueden garantizar plenamente: mercados suficientes.

Si lo reducimos a los aspectos esenciales, lo que ha sucedido es que el bienestar alcanzado por los países más avanzados -en teoría- se concentraba en una combinación virtuosa entre tecnologías y recursos; los recursos, tanto los materiales como los humanos, agotados los primeros e ineficientes o muy caros los segundos, en los territorios propios, se buscaron fuera de las fronteras.

La explotación de las materias primas que se encontraban en territorios ajenos pasó por diversas fases con nombres muy variados: territorios sojuzgados, colonias, países con acuerdos preferenciales, etc. La deslocalización tecnológica y la avidez de los capitales por hallar siempre mejores rendimientos, permitió utilizar la mano de obra más barata, la legislación más permisiva, la administración más connivente, de los países más atrasados, pero con alto índice de recursos por explotar.

Ahora están dispuestos a prestar dinero, con altas tasas de interés, a los países desarrollados, para que puedan sostener, unos años más, sus cotas de bienestar.

Parece una cuestión de negociación entre países, pero no hace falta tener muchas entendederas para reconocer que es un asunto de capitales. El gran capital abandona la vieja Europa, tecnológicamente avanzada y tal y cual, consciente de que carece de recursos y de que no podrá aguantar mucho tiempo más.

La respuesta a la pregunta del encabezamiento de este Comentario es, sencillamente: "No. Creen en el suyo únicamente".

En fiestas

Durante el verano, especialmente en agosto y septiembre, la mayoría de los pueblos de España celebran sus fiestas. Se trata de conmemoraciones en torno a la fecha del Patrono local, que suele ser una de las múltiples representaciones milagrosas de la Virgen María, o un santo al que el antiguo señor terrateniente de la Parroquia tenía especial devoción.

En los años cincuenta y sesenta -por no remontarnos más que a lo que conocimos personalmente-, al tratarse de celebraciones religiosas, el elemento central de la fiesta lo constituía la Misa, que era cantada y concelebrada, sirviendo para que sacerdotes de las parroquias vecinas acudieran al pueblo festejante y, luego del acto litúrgico, se distribuyeran para disfrutar de la comida entre las casas de los mejor acomodados.

Por la tarde, en un prado que la Comisión de festejos había alquilado a uno de los vecinos, una orquesta que solía llamarse algo así como "Brisas melodiosas" o "Los bucaneros", tocaba canciones muy melodiosas, que tenían una letra pegadiza que una vocalista de buen ver interpretaba son sentimiento, arrimándose mucho al micrófono y moviendo las caderas.

Los niños disfrutábamos correteando, tal vez pudiendo subir un par de veces a los llamados "caballitos" (si había) y pudiendo disparar a unas bolitas en el tiro al blanco, con el permiso de papá o del tío X. Los ancianos hablaban, observaban, vigilaban y disfrutaban como el que más. Al caer la noche, los mozos se animaban a sacar a bailar a las mozas; ah, y había tómbolas que sorteaban muñecas andadoras, baterías de cocina completas y muñecos de peluche, pero los premios estaban controlados por la mano que vendía las papeletas.

Ahora las fiestas locales han desplazado la cuestión sacra a lo pagano, y lo pacífico a lo tumultuoso. Los niños y los mayores no tienen sitio real en esas fiestas. Cada pueblo rivaliza en organizar -o desorganizar- el espectáculo que atraiga más jóvenes, de lugares cuanto más remotos, mejor. Todo bastante anónimo, al fin y al cabo.

En España, las dos corrientes dominantes de organizar jolgorios  parecen haberse enfocado en torno al toro -animal emblemático al que se hace sufrir con variantes imaginativas, pero invariablemente crueles, desde la fiesta nacional de la corrida al lanceamiento de La Vega de Tordesillas- y al cachondeo tumultuario de adolescentes de todas las edades -descensos de ríos en canoa o en troglodito, cánticos masivos en idiomas desconocidos con juegos de luces y muchos decibelios, incluso aglomeraciones sin ton ni son, pero en las que no deben faltar bebidas alcohólicas, porros baratos y peleas por un quítame allá esas pajas-.

Al día siguiente, los supervivientes dirán que han disfrutado mucho. Aquellos a quienes se les haya roto la cabeza, el fémur o la ilusión definitiva, mucho menos. Los bomberos quemarán los restos de la fiesta y los servicios de limpieza recogerán los desperdicios.

Y la organización se pondrá a pensar en cómo conseguir que el próximo año, la celebración sea aún más grande, más vistosa, ¿más incontrolable?. 

 

Al borde del abismo

Seguro que el lector recuerda aquél chiste que dibujaba a un desgraciado que, agarrado a unos matojos que le habían impedido de momento destrozarse en el precipicio al que había resbalado, rezaba a Dios que le salvara del trance. Respondiendo a su plegaria, oyó una voz sobrecogedora que le decía desde lo alto: "Hijo mío, tu fe te ha salvado; suéltate, y mis ángeles te recogerán al vuelo y te llevarán otra vez al camino".

Dice el cuento chusco que el devoto alzó la vista, y con el presumible pavor, preguntó: "¿Hay alguien más ahí?".

El ex-presidente de gobierno Felipe González se ha unido al coro de profetas que pronostican el desastre total de nuestra economía, indicando que -dada la falta de coherencia y solidaridad de la respuesta ante la crisis- "la Unión Europea está al borde de un abismo irreversible". Fue en Madrid, el 12 de septiembre de 2011., en su disertación como presentador del libro de José Ignacio Torreblanca "La fragmentación del poder europeo" (Ed. Icara & Antrazyt).

Lo cierto es que la situación que estamos padeciendo nos ha ilustrado acerca de algunas cuestiones que se nos habían impuesto como dogmas.

Ante todo, ha quedado transparente la perversidad del mercado, especialmente en lo que afecta a ciertos bienes, que permite la acumulación incontrolada de riqueza en pocas manos, cuyos intereses no pasan por la solidaridad con los demás ni el apoyo al desarrollo global, o -por añadir un elemento más de discrepancia con objetivos nobilísimos- el cuidado del medio ambiente. 

Esos macroorganismos no solo controlan parcelas de poder económico y social superior al de muchos Estados, sino que están incrustados en todos ellos, utilizando mecanismos de intervención no todos conocidos.

En el otro lado de la Balanza de desilusiones, lamentablemente, la práctica ha demostrado también que la pretensión de dotar a un sistema capitalista -consolidado como única opción válida- con prestaciones sociales elevadas, en lo que se llaman Estados sociales, exige estructuras de control muy complejas.

Si no se ajusta perfectamente lo que se tiene con lo que se puede pagar, la presión social y el empuje político conducen irremisiblemente a la quiebra del modelo. Porque el futuro no puede soportar las expectativas de crecimiento que hemos imaginado para lo que se acaba convirtiendo en huída hacia adelante. Ni la sociedad en su conjunto es suficientemente solidaria y activa, ni los gobernantes realizan su función como agentes brillantes, capaces, honestos y leales, ...ni los ricos son sensibles ni los pobres son sensatos.

Como en el chascarrillo, nos queda preguntar: ¿Hay alguien más ahí?