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Al Socaire de El blog de Angel Arias

En fiestas

Durante el verano, especialmente en agosto y septiembre, la mayoría de los pueblos de España celebran sus fiestas. Se trata de conmemoraciones en torno a la fecha del Patrono local, que suele ser una de las múltiples representaciones milagrosas de la Virgen María, o un santo al que el antiguo señor terrateniente de la Parroquia tenía especial devoción.

En los años cincuenta y sesenta -por no remontarnos más que a lo que conocimos personalmente-, al tratarse de celebraciones religiosas, el elemento central de la fiesta lo constituía la Misa, que era cantada y concelebrada, sirviendo para que sacerdotes de las parroquias vecinas acudieran al pueblo festejante y, luego del acto litúrgico, se distribuyeran para disfrutar de la comida entre las casas de los mejor acomodados.

Por la tarde, en un prado que la Comisión de festejos había alquilado a uno de los vecinos, una orquesta que solía llamarse algo así como "Brisas melodiosas" o "Los bucaneros", tocaba canciones muy melodiosas, que tenían una letra pegadiza que una vocalista de buen ver interpretaba son sentimiento, arrimándose mucho al micrófono y moviendo las caderas.

Los niños disfrutábamos correteando, tal vez pudiendo subir un par de veces a los llamados "caballitos" (si había) y pudiendo disparar a unas bolitas en el tiro al blanco, con el permiso de papá o del tío X. Los ancianos hablaban, observaban, vigilaban y disfrutaban como el que más. Al caer la noche, los mozos se animaban a sacar a bailar a las mozas; ah, y había tómbolas que sorteaban muñecas andadoras, baterías de cocina completas y muñecos de peluche, pero los premios estaban controlados por la mano que vendía las papeletas.

Ahora las fiestas locales han desplazado la cuestión sacra a lo pagano, y lo pacífico a lo tumultuoso. Los niños y los mayores no tienen sitio real en esas fiestas. Cada pueblo rivaliza en organizar -o desorganizar- el espectáculo que atraiga más jóvenes, de lugares cuanto más remotos, mejor. Todo bastante anónimo, al fin y al cabo.

En España, las dos corrientes dominantes de organizar jolgorios  parecen haberse enfocado en torno al toro -animal emblemático al que se hace sufrir con variantes imaginativas, pero invariablemente crueles, desde la fiesta nacional de la corrida al lanceamiento de La Vega de Tordesillas- y al cachondeo tumultuario de adolescentes de todas las edades -descensos de ríos en canoa o en troglodito, cánticos masivos en idiomas desconocidos con juegos de luces y muchos decibelios, incluso aglomeraciones sin ton ni son, pero en las que no deben faltar bebidas alcohólicas, porros baratos y peleas por un quítame allá esas pajas-.

Al día siguiente, los supervivientes dirán que han disfrutado mucho. Aquellos a quienes se les haya roto la cabeza, el fémur o la ilusión definitiva, mucho menos. Los bomberos quemarán los restos de la fiesta y los servicios de limpieza recogerán los desperdicios.

Y la organización se pondrá a pensar en cómo conseguir que el próximo año, la celebración sea aún más grande, más vistosa, ¿más incontrolable?. 

 

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