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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre el ranking de las Universidades españolas en el mundo

De vez en cuando, trasciende la clasificación que alguna organización subvencionada y con quién sabe qué verdaderos intereses, realiza de las cosas que no parecen preocupar demasiado al resto de los mortales. Pongamos por caso, dilucidar el lugar que ocupan las universidades del mundo en una probablemente temeraria ordenación de sus cualidades y excelencias.

Nunca es  fácil puntuar a los que califican, y menos cuando se trata de los medios que nuestra sociedad ha ideado para posicionar a algunos jóvenes en teórica situación de ventaja sobre los demás. Porque ahora todo el mundo quiere ser licenciado, master, doctor. No importa que sepa poco, el título es una distinción. Hasta se venden por internet, sin necesidad de acreditar estudio alguno. Claro, estos títulos son falsos, pero cuelan bien, ya que la mayoría no sabe distinguir un titulado de verdad de otro de mentira.

Juzgar a las universidades es, en principio, tan temerario como juzgar al juez y gobernar el gobierno. Es una cuestión opinable, discutible conclúyase lo que se concluya, difícil de objetivizar. pero imprescindible. Aunque los únicos que queden contentos sean los primeros clasificados y... los que no aparezcan en la lista. que siempre podrán decir que ellos nunca participan en ese tipo de valoraciones.

Las universidades españolas nunca han quedado bien calificadas en estas competiciones, y, por eso, la mayoría de los docentes universitarios están convencidos de que están mal hechas.

Para algo servirán, sin embargo. Porque suponemos que se medirá el número de publicaciones de prestigio internacional de sus profesores, las patentes registradas por los departamentos universitarios y su plasmación práctica, las posiciones sociales que ocupan sus egresados en el mundo real, junto con el número de empresas que han creado y los empleos generados...

Puede que también se evalúe la contribución al pib nacional de sus licenciados, la intensidad y profundidad de los programas de cada asignatura, con atención especial a su adaptación y actualización con los tiempos, y la coordinación con otras disciplinas, tanto básicas como de especialización. Habrá que analizar igualmente las formas de revisión de los programas y su aplicación al entorno, incluída la preparación para trabajar en equipos multidisciplinares.

Ah, seguramente se hayan encontrado maneras y fórmulas para valorar la asimilación de enseñanza por los alumnos, la pertinencia de los exámenes y su objetividad frente a la evaluación continuada, y, por supuesto, las vías de calificación del personal docente y la formación continua del profesorado;...

Incluso puede ser que estos expertos evalúen la forma de selección del profesorado universitario -en especial, de catedráticos y profesores titulares- y  los cursos de actualización y ampliación de estudios que realicen, el coeficiente intelectual, capacidad de asimilación y conocimientos prácticos de sus alumnos -antes y después de su camino hacia la licenciatura-, la integración en las aulas de profesionales externos sin dedicación exclusiva a la docencia, los sistemas de cooperación interacadémica tanto entre departamentos como con otros centros universitarios, el número de contratos de colaboración entre los departamentos universitarios y las empresas locales y su repercusión concreta en la vida extraaularia, el grado de integración social de los egresados, la cantidad de satisfacción/insatisfacción surgida en las aulas en la búsqueda, generación y transmisión del saber,...

¿Podemos estar arriba? O, tal vez, cabe preguntarse: ¿cómo vamos a estar en lo alto? ¿El deseo expresado por el Gobierno en estos días (14 julio 2008), de situar a varias universidades entre las mejores del mundo, no es un desideratum más de esos que nunca se realizan?

Sobre lo que guarda el baúl de los recuerdos

En ese peculiar ordenador personal que es nuestro cerebro, el tiempo hace que se vayan perdiendo algunas conexiones entre el disco duro y el sistema operativo.

Pero, de pronto, y sin que podamos explicar porqué, se recupera un enlace con un espacio de nuestra memoria del que ya no guardábamos noticia. Revivimos entonces recuerdos de nuestra niñez, nos sorprendemos revisando momentos que parecerían provenir de una infancia o adolescencia de otros.

Valga un ejemplo. No hace mucho tiempo, en España se cerraban las calles durante algunos minutos para explotar los barrenos con los que se rompía el terreno. Dos operarios, uno a cada lado del tajo, provistos de un banderín rojo algo descolorido, impedían el paso a transeúntes, que aguardaban a que sonara el cornetín que anunciaba que la carga explosiva había estallado. Así, las operaciones se sucedían durante varias semanas, quizá meses, a su lento ritmo.

Cuánto se avanzó en apenas cincuenta años en la construcción, eliminando dificultades y facilitando la comisión de muchas tropelías, incluído el cobro de comisiones por los que autorizan algunas de esas obras. 

Hoy, en cuestión de un par de días se puede erigir un edificio que resistirá firme el paso del tiempo, bien armado con herrajes y hormigón, con sus ventanas de plástico reforzado provistas de vidrio traslúcido resistente a los golpes.

En un abrir y cerrar de ojos se levantará un viaducto, se demolerá una rocalla, se tendrá puesta una colonia de viviendas, lista para ser ocupada por jóvenes mileuristas que se endeudarán por el resto de sus vidas para pagarla, mientras unos pocos -tal vez- se habrán enfundado los beneficios, lícitos o ilícitos -a saber en unos pocos meses.

Sobre estreñimiento y almorranas

Los niños se ríen cuando decimos, caca, culo, pis, y puede que aún exista en un salón empingorotado alguna dama que se escandalice si hablamos de almorranas, aunque las padezca de pascuas a ramos.

El origen de un mal tan común que causa risas a los que no saben lo que duele, es el estreñimiento, la dificultad para que los desperdicios del bolo alimenticio, salidos del cuerpo que los aprovecha, sigan su ciclo en otros seres. Porque el estreñimiento suele venir emparejado con otra manifestación cruelísima, que es el afloramiento de las venas que se encargan de llevar sustento a la parte terminal del intestino grueso, y que llamamos almorranas, o hemorroides. Palabras cultísimas ambas, ya que provienen del griego, y significan fluir de la sangre.

Para curar el estreñimiento ocasional, la cultura popular recomienda lavativas. En las casas con solera, esas peras de goma utilizables con fin tan innoble ocupan un lugar destacado en las mesitas, junto a la vaselina y otros unguentos con los que aliviar los dolores o facilitar las cosas.

Está también ese otro aparato caído injustamente en la batalla por reducir el tamaño de los pisos: el bidé. La función del bidé, tan asociado en la imaginería del siglo pasado a los meublés y a las casas de meretrices, es servir para algo más que para la higiene íntima rápida o lavarse los pies, explicación esta última que nos daban a los niños. El bidé sirve, sobre todo, para limpiarse bien el culo luego de hacer las propias necesidades, que es como se dice.

Los baños de asiento, alternando aguas frías con calientes, y reforzadas con la recolocación digital -extremando el cuidado- de las venas hinchadas, son un alivio importante para las almorranas, aunque han de combinarse con una pomada adhoc, como Hemoal o Trombocid, y el descanso de la parte afectada sobre un cojín bien aireado mientras se piensa en otra cosa. Los farmacéuticos de la esquina estarán encantados de servirnos algo así, sin necesidad de receta, solo viendo la cara que llevamos (e imaginando lo otro).

Para tratar el estretenimiento, utilice mejor líquidos introducidos por la boca que por salva sea la parte. Tiene sentido, si bien se mira. El flujo natural de las cosas es hacia abajo, no hacia arriba. Será mucho más eficiente un buen laxante que tres supositorios y una lavativa. Y mucho menos doloroso si el taponamiento ha venido acompañado de esa manifestación cruenta de la insoportable levedad del ser que son las almorranas.

Tómese un comprimido de Daflon (500 g) durante dos ó tres días, con las dos comidas principales y un sobre de Duphalac (15 ml) diluído en agua tres veces al día, y mande la lavativa a freir gárgaras. Si lo hace con receta médica, mejor que mejor.

Sobre tertulias y tertulianos

Aunque ya no están de moda esas reuniones de eruditos -generalmente, por lo que nos han contado, vinculados a la literatura- en las que se criticaba a los ausentes en el lateral de un cafetón  mientras se dejaban enfriar los posos del cortado y se bebían buches cortos de un vaso con agua de grifo, las tertulias todavía existen.

Son otra cosa. Ahora se llaman tertulias a tríos de ancianos venerables y/o periodistas con mala baba que despedazan la actualidad, dando caña al partido de la oposición al de la cadena radiofónica o televisiva, y, como quien no quiere la cosa, enjaretan a los ignorantes oyentes párrafos enteros de una enciclopedia que fotocopian para la ocasión, o rememoran trozos de su propia vida pasada, para darles un giro autobenefactor.

Las tertulias podrían ser formas de reunir a gentes de diferentes campos, combinados con especialistas en el tema. Se podría hablar de inmigración, por ejemplo, entrelazando las opiniones de la Sra. Rubí -responsable de esa delicada materia en el gobierno del Sr. Rodríguez Zapatero- con las de representantes de las embajadas de los países que nos proporcionan la mayor parte de nuestra mano de obra, directivos de asociaciones empresariales y controladores de alguna de las oenegés que trabajan en el tema de la integración de los expatriados.

Pero lo más importante no es reunir a gente que tenga algo que decir sobre un asunto. Es preguntarles con intencíón, y ayudar a que manifiesten sus puntos de acuerdo o discrepancia. No hace falta que lo hagan cara el  público, no es necesario que exhiban impúdicamente sus carencias. Lo que es imprescindible es que se entiendan, que trabajen juntos quienes tienen competencias con el mismo tema, que se conozcan al menos.

Tiene razón Carlos Elías, autor de La razón estrangulada: "Somos un país de letras". De muchas palabras, y pocas ideas que se puedan aplicar a resolver problemas.

Sobre el G-8 y el papel internacional de España

De vez en cuando (una vez al año, que no hace daño) se reúnen los líderes de los ocho países más ricos de la Tierra para conocerse algo mejor, echar unas risas, comer algo y plantar un árbol.

Podían hablar de muchas cosas, pero tampoco es cosa de amargarse la comida. Para empezar, la categoría que los une no es precisamente una categoría moral. Que esos ocho países, que comprenden apenas el 10% de la población del planeta, sean los más ricos, es más bien para echarse a llorar. El 90% de la población restante y, en particular, ese 30-40% que pasa mucha hambre y vive en la miseria, tiene razones suficientes para reclamar atención en esa reunión de pastores.

La situación actual del mundo es demasiado complicada en este momento para que esos ocho líderes sonrientes -quizá deberíamos salvar a Angela Merkel, pulpo en ese garage- se compliquen la vida llevando a su agenda los conflictos y tensiones que preocupan más a los que no están representados allí.

No queremos olvidar que existe un llamado G5 - formado por Brasil, China, India, México y África del Sur -, que son invitados a recoger, de vez en cuando, las migajas de la mesa y ser testigos de la incapacidad para ponerse de acuerdo en temas que afectan también a las "potencias emergentes".

Tampoco habrá de dejarse de lado la preocupación económico-intelectual que defiende que España ya debería pertenecer al G-8, al haber superado a Canadá en la generación de pib (al menos, antes de la crisis).

Lejos de la tentación de incorporarnos a grupo tan selecto como bastante abyecto, se nos ocurre que España podría capitanear -desde luego, desde la humildad- la reunión de todos los países menos ricos. Ese grupo sea, ni más ni menos, que el conjunto complementario del G-8. Y desde la autoridad que proporciona representar al 90% de la población mundial, habría que marcarles las pautas a esos otros líderes desorientados, ofuscados con mirarse los ombligos de su supuesta opulencia y bienestar.

Porque, o somos todos iguales y merecemos el mismo respeto y consideración, o no lo somos. Si los que buscan salir de la miseria arriesgándose a morir en una patera o cruzando un río vallado, no son iguales al que vive en un rancho texano, en un palacete francés, o caza zorros en las praderas inglesas, hora es de saberlo.

No hace falta apelar a la religión, ni a principios. Bastará empujar a los más pobres hacia abajo, para que se hundan, y seguir dándoles armas para que se maten entre ellos, y ayudarles a fabricar unos cuantos misiles nucleares de alcance limitado para que diriman cuál es la religión verdadera y la capacidad de convicción de sus visionarios.

Pero si osamos mantener la delicada hipóstesis de que todos los seres humanos somos iguales, si creemos en la humanidad como conjunto, si persistimos en alardear de tener principios morales indiscutibles, hay mucho que tratar en las reuniones de los G-8. Además de comer bien, hacer unas risas, y plantar un árbol.

En las reuniones de los países que no son G-8, y que España podría propiciar, habrá materias para estar reunidos todos los días del año. Y, si son fieles a la encomienda, a los que hablen allí, que les lleven unos bocadillos y unas botellas de agua, porque no les apetecerá suspender la discusión para ir al restaurante. Tendrán poco apetito.

Sobre celebraciones, fiestas, juergas y putiferios

La palabra "putiferio" -de significado aceptado generalmente como aquella fiesta en la que la gente se comporta desmadradamente, y en la que no parece existir conciencia de la responsabilidad por parte tanto de organizadores como de los ejecutantes de la juerga- no figura entre  los términos aceptados por la Real Academia de la Lengua Española, ni tampoco en el Diccionario de Habla Hispánica.

Pero algunos de los festejos, incluso con proyección internacional, en los que ciertos sectores de la sociedad encuentran la manifestación de su hipotética alegría, responderían adecuadamente a la denominación de putiferio. Para no ser genéricos, nos referiremos hoy concretamente a las carreras de los mozos ante los toros, después del pistoletazo diario, durante la semana grande de San Fermín, en Pamplona. Una de nuestras Fiestas Nacionales.

No negamos la carga estética del espectáculo de miles de jóvenes corriendo entre seis toros y varios cabestros. No es preciso resaltar la emoción que produce ver a algunos de los corredores asumiendo grave riesgo de ser corneados por los animales, pisoteados por los participantes -en un alto porcentaje, borrachos y cansados-. No hay que decir del espanto que produce ver la sangre fluyendo de las heridas causadas a las personas que han resultado empitonadas o magulladas.

Pero todas esas emociones, cualesquiera que sea su naturaleza y la cantidad de adrenalina que permiten liberar entre participantes, espectadores y público en general, sucumben -nos parece- ante estas consideraciones:

1. Se pone en grave peligro la vida de cientos de personas, muchas de ellas, por lo que se dice y parece, con intoxicación etílica y, por tanto, en grado de enajenación total o parcial. No se comprende que se sea tan estricto -y nos parece bien- en vigilar que nadie conduzca un vehículo de motor habiendo bebido algo de alcohol, o se sea tan meticuloso en analizar las circunstancias del control de los propios actos en muchas circunstancias, en las que el único afectado por la decisión sería aquel a quien se le impide tomarla, y se deje a miles de personas expuestas a morir inmoladas en público, en honor de una estupidez colectiva.

2. No sabemos quién paga toda esa parafernalia y, en particular, la atención sanitaria a los heridos o fallecidos en el despropósito, incluído el despliegue de facultativos, ambulancias, centros de atención, etc. Si somos los contribuyentes, y a falta de una votación significativa, que cuenten con nuestro no, y que se traslade al Congreso de Diputados.

3. No creemos que la exhibición de esa enajenación colectiva ante el riesgo, provocado por unos pobres animales que creen defender su vida, favorezca la imagen de España como un país moderno, sensible y concienciado por el respeto a la naturaleza y a los seres vivos. Más bien nos sumerge más profundamente en nuestra supuesta incapacidad para divertirnos sanamente, e invitar a los demás a compartir nuestra alegría desde la sensatez, el buen gusto, y en una fiesta bien organizada y sin riesgos. Haya dicho lo que haya dicho Mr. Hemingway que, escrito sea de paso, tampoco es que nos emocione como autor de altura.

Sobre prisas y rentabilidades

Tenemos prisa, mucha prisa. Por eso, celebramos la colocación de las primeras piedras de edificios y monumentos que a lo peor nunca conseguirán ser puestos en pie del todo. Por eso, anunciamos con profusión de carteles y parafernalia mediática, planes de urbanización, jardines y construcción de infraestructuras que, puede ser, no se lleven a cabo jamás.

Vivimos mucho del cuento, de la ilusión de que ya hemos hecho lo que solo es un proyecto. Y claro, como ya hemos festejado la terminación de lo que nos hemos propuesto, corremos el riesgo de no ejecutarlo, porque la ejecución es lo más aburrido y trabajoso de cualquier asunto. Eso sí que lleva tiempo y significa esfuerzo.

No tiene porqué extrañar que en España investiguemos tan poco. La Universidad y la empresa están contagiados del mismo espíritu apresurado y tramposo del resto de la sociedad.

¿Quién habrá de preocuparse del pobre científico que, en soledad con una colección de aparatos arrebatados a sangre de la incuria, prueba una y otra vez, siguiendo un duro protocolo, si por acaso se cumplen las hipótesis que ha entresacado de complejos libros y artículos plagados de fórmulas incomprensibles para todo el mundo?

¿A quién ha de importarle un ardite la batalla diaria de  ese equipo de ilusos mal pagados que todos los días se encaraman sobre la remota posibilidad de que les alcance la chispa de la genialidad o de la suerte, trabajando con método en un espacio de saber incomensurable y lleno de trampas?

Pero, ay, cuando esos ignorados descubren algo, cuando su trabajo oscuro alcanza alguna luz, aparecen de aquí y allá cientos de capitalizadores de su éxito. Esos sí que le sacan la rentabilidad.

Son ratas. Quizá, si nos fijamos bien, descubramos a mucho de los que asisten con frecuencia a la colocación de cientos de primeras piedras.

Ahora están en otro papel. Reclaman para sí el mérito y la gloria de presentar un edificio completo que han construído otros, puede que con las primeras piedras de gentes como ellos que ni siquiera tocan la flauta por casualidad, sino con desfachatez. En las catacumbas del sistema, los equipos de investigación siguen probando teorías, tonteorías.

Sobre los bolonios y los ingenieros

En un emotivo acto, presidido por la Ministra Cristina Garmendia, se rindió homenaje póstumo el 7 de julio de 2008 a Clemente Saenz Ridruejo, uno de esos ingenieros polifacéticos cuya biografía parecería imposible, de tan plagada de actividades y méritos y en campos tan variados.

El lugar fue el Salón de Actos del Instituto de la Ingeniería de España, que ahora preside Manuel Acero. En el estrado se sentaron, entre otros, Florentino Santos -compañero de algunas fatigas de Clemente- y Miguel Aguiló, presidente de la Fundación Ingeniería y Sociedad. También destacamos a la recién nombrada Directora general de Servicios del Ministerio de Trabajo e Inmigración, Marisa Delgado, coorganizadora del acto junto a José Pedro Calvo, del IGME.

La intervención de Miguel Aguiló, saliéndose de lo estrictamente laudatorio, fue muy atractiva. Defendió una docencia en la ingeniería que incoporase a profesionales experimentados y en la que se valorase, para el acceso a las cátedras y puestos de profesores, como elemento clave, los conocimientos prácticos.

No era tan importante, -afirmó-, que los ingenieros tuvieran cuatro, cinco o seis años de discencia, como el que sus profesores fueran gentes que supieran de lo que la sociedad pretende de los ingenieros. Técnicos que conocieran el día a día de las empresas, que vivieran desde el terreno. Porque quizá los físicos podrían calcular mejor una estructura, los economistas supieran más de rentabilidad o los químicos más de materiales, pero los ingenieros deben saber, sobre todo, de cómo hacer las cosas y que funcionen. Los bolonios corren grave peligro si se ignora este objetivo.

Sobre mujeres, jóvenes, políticas

La política se ha convertido en un espectáculo de variedades. Por eso, la elección de algunas primeras figuras que unan juventud, belleza, femineidad e ingenuidad o frescura es una garantía de que la representación tendrá atractivo para el gran público.

Nadie se fijaría en un sesentón con aire de venirse de vuelta de todo, citando a cada tres por cuatro las historietas de su vida pasada: que si la crisis de los ochenta, que si la guerra de Vietnam, que si la revolución cultural de 1968..., que si las dos Españas. Pamplinas, a quién interesará eso.

Es mucho más divertido escuchar a alguien con un buen par de tetas y aceptables piernas improvisar sobre la situación mundial o repetir lo que se habló a puerta cerrada. Se puede también discutir sobre si somos miembros o miembras, contemplar embobados como la nena se besa y achucha con su Pigmalión , mientras el respetable se pregunta cuándo se equivocará la  joven de buen ver que nos promete frescura y cambios radicales.

Habéis perdido, vosotros también, jóvenes varones. No estáis de moda. Lo vuestro es el deporte, visto o practicado. 

La mujer joven ha escalado la cima, de la política y, con paso firme, avanza en el mundo de la empresa. Vosotras, mujeres ya algo talluditas, tampoco tenéis ya mucho que hacer. La cuota, esa garantía de no se sabe bien qué en no se comprende dónde y para qué, se cubrirá cada vez en mayor medida con estas adolescentes llenas de energía, candor y nuevas ideas. Inspira discutir con ellas -Lolitas- en las reuniones del partido.

Porque vosotros, vejestorios de cualquiera de los dos (o cuatro sexos) para los que vuestra intención de voto está más que detectada y no la váis a cambiar, les importáis un bledo a los que deciden lo que hay . que hacer con el presente.

Sobre la edad, la vejez y los chinos

Un anciano es persona junto a la muerte. Un astuto es un cuchillo con la hoja oculta. Una esposa es una mujer con una escoba. Un niño es una semilla que se quiere como a un cerdo. El hermano mayor es el niño que come primero. Un cuervo es un pájaro al que no se le ven los ojos. Una oración es un cuchillo en la boca.

Es atractivo pensar en entenderse solo con los pictogramas. Todos los artistas gráficos utilizan esa técnica. Aunque la evolución del tiempo -varios miles de años- haya desfigurado los caracteres y, en muchos casos, el sentido subyacente a la iconografía, estudiar los caracteres chinos -bastantes, también japoneses- empleados en la escritura resulta, cuanto menos curioso.

¿Cómo representaríamos hoy, de forma esquemática, los personajes, conceptos y elementos que nos ocupan o preocupan? Es interesante, pensamos, detenerse en desarrollar algunas posibilidades.

Anciano es persona separado de la familia. Astuto es persona junto a dinero. Mujer es hombre sin pene. Niño es probeta con éxito. Hermano mayor es hijo único. Cuervo es astuto volando. Oración es tiempo perdido. ¿Otras?

Sobre aborto, eutanasia y prioridades

La tensión en torno a la vida y la muerte, que es característica de la esencia del ser humano, se ha venido manifestando a lo largo de la historia de la Humanidad de muy distintas maneras. Nuestros antepasados han matado a sus ancianos, han seleccionado a los nacidos varones, han marginado razas, exterminado pueblos, no necesariamente al amparo de una justificación, que hubiera sido, por supuesto, en cualquier caso, interesada.

¿Es esto un cuento del pasado?. Obvio que no. Hoy se sigue matando a semejantes, dejando abandonados en la indigencia, la inanición o el desprecio a miles, a millones de seres humanos. Mueren muchos. Millones. Niños a los que les falta el agua, ancianos sin atención, mujeres de parto, adultos víctimas de enfermedades que tienen cura en otros países.

En este momento se ha abierto un debate cruzado que afecta a dos momentos de la exisencia, y al poder de decisión de un ser humano sobre la vida de otro. Aborto y eutanasia; cuándo, por qué, por quién, con qué justificación legal.

Hay muchas diferencias y matices, y, entre todas, además de que nos encontramos en la decisión de definir si podemos negar el comienzo o el fin de otro ser por razones externas, sobresale esta idea.

Aunque podemos decidir legalmente -y convencernos de lo acertado de la decisión. cuándo alguien comienza a ser persona, y, para más tranquilidad, vincularlo con la capacidad de ese ser para vivir por sí mismo, fuera del útero materno -cuidado con la ciencia-, es mucho más delicada la decisión acerca del momento en que podamos decidir que alguien, manteniendo su carácter de persona, -porque no se la vamos a quitar, ¿verdad?-ha perdido la capacidad de vivir por sí mismo. No es lo mismo avanzar del no ser al ser que del ser al no ser, aunque sea jurídicamente y estemos en una ficción legal.

No digamos ya de la complejidad que presenta el caso de aquel que solicita la ayuda para morir, porque entiende que la sociedad ya no le ofrece atractivos.

Sobre las empresas que solo buscan beneficios sociales y su contexto

Muhammad Yunus, economista bangladeshiano de fama mundial por haber creado el Grameen Bank, que le granjeó el Premio Nobel de la Paz en 2006, dió ayer, en el Salón de Actos de la Fundación Rafael del Pino, una lección magistral sobre los microcréditos y la necesidad de impulsar aquellos proyectos y empresas que, en lugar de perseguir beneficios económicos, pretendan únicamente un beneficio social.

El retorno perseguido por estos inversores sociales no son los dividendos en dinero, sino la satisfacción conseguida al poder cuantificar los efectos sociales de sus iniciativas. Pueden pretender la devolución del dinero que han depositado para la causa, pero jamás obtendrán una remuneración económica. Los proyectos, empresas, fundaciones, corporativas, etc., que hayan creado o coadyuvado a generar, no repercutirán en beneficios para ellos, sino para aquellas personas, de condición humilde, a las que han ido destinadas las inversiones. 

Puso Yunus varios ejemplos concretos. El más directo, la ayuda a 100.000 pobres aproximadamente, tutelados por los 27.000 empleados del Grameen, (a razón de 4 necesitados por empleado), a los que se les ofrece la posibilidad de, al mismo tiempo que piden de casa en casa una limosna, ofrezcan algún producto, dando la opción al donante, bien de comprar esa mercancía, bien de entregarle solo una dávida, o las dos cosas.

El dinero para ese incremento de actividad es ofrecido, junto con la información necesaria básica, por los empleados del Banco, sin esperanza de rendimiento económico. Yusun, con picardía economicista, califica estas actividades incorporando los términos de "segmentación del mercado", "aumento de la oferta", "especialización" e "introducción de valores añadidos a una actividad que, de todas maneras, se está ya realizando".

El Premio Nóbel, que no ocultó que ese objetivo social lo tienen también -por Ley- las Fundaciones (y otras entidades "sin ánimo de lucro"), puso dos ejemplos empresariales. La entrega por Danone de millones de yogures reforzados con vitaminas y minerales a niños en estado de desnutrición crónica y la instalación de depuradoras a poblaciones con máxima necesidad, para eliminar el arsénico y otros contaminantes del agua que beben, iniciativa para la que convenció a Veólia. Ambos proyectos se ejecutan en Bangladesh.

Como cualquier idea destinada a beneficiar a un colectivo con un bien o servicio que no puede pagarse, la recompensa de los donantes no altruistas -y no cabe pensar ni que Veolia ni Danone lo sean-, las expectivas de recuperación de lo entregado se localizan en otros mercados en los que las empresas desarrollan su actividad principal.

Sobre la insostenibilidad de algunos comportamientos sociales

Mientras defendemos la importancia del desarrollo sostenible, nuestra sociedad "avanzada" (es decir, desarrollada) sigue favoreciendo y estimulando comportamientos que tensan la cuerda de su insostenibilidad, con despilfarros flagrantes.

Van algunos ejemplos:

La unidad familiar se rompe tan pronto como los hijos consiguen tener un empleo, aunque sea precario, que les permita acercarse al mileurismo. Este salario no les permite, en efecto, grandes alegrías, pero resultaría un magnífico aporte a la economía familiar de los padres, si esos hijos emancipados se mantuvieran en el domicilio paterno hasta que decidieran formar una familia por sí mismos, y no simplemente "escaparse para gozar de la independencia".

Proliferan así cientos de miles de habitantes de miniviendas, apenas dotadas de lo más elemental, construídas en las afueras de las ciudades, con servicios de agua, alcantarillado y transporte realizados a la trágala, promovidas por especuladores en connivencia tal vez con munícipes. Pagan por ellas alquileres desorbitados, gastan en transporte lo indecible, pierden el tiempo en ir y venir lo que no está escrito.

Son jóvenes treintañeros que han decidido obtener -dicen- su libertad, pero a los que les falta un proyecto con el que vivir en común, incluso con su eventual pareja (o sea, incluso en los casos en los que son dos los "emancipados" que se han decidido a vivir juntos). Alejados de la familia, vinculados a la frialdad del mundo empresarial que los exprime, escasos de afectividad.

Tenemos así lanzada la espiral de consumo e ineficacia en múltiples vertientes:

a) pisos de 30 a 40 m2 (superficie construída), en las afueras, apenas aderezados para cobijar una habitación, un saloncito y un cuarto de baño, alquilados a precios de fantasía y pagados por ahorradores especulativos que asumen graves riesgos de quedarse con alquileres impagados;

b) pisos de 100 o más m2 en zonas más céntricas y mejor equipadas, habitados por padres abandonados;

c) coches y móviles y televisiones y aparatos electrodomésticos para todos;

d) apuros a final de mes para la mayoría;

e)consumos ineficientes de electricidad, combustibles;

f) más contaminación;

g)ancianos en soledad, eventualmente sacados a pasear por su pareja de hecho (latinoamericana, generalmente);

e) jóvenes consumistas que no soportan estar en una vivienda mínima y aprovechan cualquier pretexto para reunirse en restaurantes, casas familiares semiabandonadas en la playa o en la sierra;

etc;...

Sobre la caída de la Bolsa

Las Bolsas están experimentando continuas caídas, alcanzando mínimos que no se veían desde hace muchos años. Como este mecanismo relativamente perverso mide, sobre todo, la ilusión de los inversores por adelantar los beneficios futuros de las empresas, el primer análisis es que estamos en un momento de pesimismo.

No hay confianza en la marcha de la economía, porque, a pesar de los resultados positivos que se esfuerzan en presentar las principales empresas -europeas, fundamentalmente-, la percepción popular del panorama no es halagüeña. Hay una sicosis creciente de que estábamos viviendo por encima de nuestras posibilidades, así que nos lo teníamos merecido. Toca apretarse el cinturón como expiación, y nos toca a nosotros, especialmente, los permanentemente reivindicativos asalariados, los despistados autónomos, los nada imaginativos pequeño-inversionistas.

¿Es esto así a nivel global?. Sin duda, no en la mitad del planeta. Las economías emergentes son ya prácticamente responsables del 50% de incremento del PIB mundial, que alcanza un 3%. El consumo de las materias primas crece de forma continua en esos países, -fundamentalmente, en el continente asiático, con China e India a la cabeza, pero también en Brasil- que, con muy altas poblaciones, están conteniendo artificialmente los precios, para que la inflación no se les dispare.

Falta un análisis macroeconómico completo de lo que está sucediendo, pero cualquiera entiende que las corrientes de consumo están modificando severamente sus ritmos y sus flujos. Los países productores y consumidores no son los mismos que hace pocos años. Los productos han cambiado.

Además del auge de las telecomunicaciones, del incremento de negocio con las energías verdes (¡un mercado de 100 mil millones de euros en 2007!), de la facilidad de deslocalización de las industrias pesadas buscando la mano de obra más barata y el espacio más tolerante con la contaminación, de la reducción del interés por el ahorro y los consumos menos inmediatos, etc., el mundo globalizado ha provocado algunos efectos contraproducentes para los países desarrollados.

El más importante es que los Gobiernos han perdido una buena parcela del control de la situación. Pueden reunirse para tomar las medidas que les parezca, pero la economía real se les está yendo de las manos. Se ha ido produciendo la concentración de los centros de inversión relevantes en manos privadas, lo que ha hecho perder peso a las decisiones de Gobierno, que han visto disminuídas las capacidades de influir sobre la economía. Tienen mucho personal funcionario, soportan gastos ingentes (fijos), obtienen mucha información, pero pueden hacer poco con ella desde los mecanismos oficiales.

Y los mecanismos multilaterales, desde las Uniones de países a las Convenciones financieras, tienen, relativamente, escasos medios para actuar de forma contundente, viéndose limitados a lanzar sesudos avisos, realizar actuaciones de ejemplarización -modestas- y llenar el panorama de informes atiborrados de estadísticas y cifras. 

Nos tendremos que contentar, como sucede con las predicciones atmosféricas, en obtener buenas explicaciones a posteriori de porqué nuestros mecanismos de previsión fallan justamente cuando más necesitábamos su exactitud, ahora que estábamos de vacaciones. Los grandes grupos empresariales se habrán hecho, entretanto, más ricos con nuestros ahorros, ya que habíamos confiado en que haría buen tiempo también este verano, como se nos había adelantado con todo lujo de indicadores. 

 

Sobre el optimismo como pose

El optimista no es ya un pesimista mal informado. Es más probable que sea alguien que desea vendernos algo. Afinando algo más: con engaño.

Vivir obsesionados con los elementos negativos de la existencia, no nos hace nada atractivos a los demás. Preferimos arrimarnos a quienes ven las cosas con laxitud, porque la procesión ya la llevamos dentro. Benditos sean, pues, quienes nos ayudan a sacar unas risas de nuestra problemática, haciéndonos olvidar por unos instantes el lado amargo en el que nos movemos. Eso sí, que nos lo adviertan antes: va de risas.

Porque no estamos refiriéndonos a las actitudes de los graciosos del grupo, los cómicos de pago, o los que atraviesan un momento envidiable debido a que les tocó la lotería o les acaba de emplear como vicepresidente su tío rico. A todos esos, a los que se les ve venir, no solamente les perdonamos la osadía, sino que agradecemos que existan y nos quieran contagiar, aunque lo suyo no sea trasmisible.

El optimismo que nos duele viene de marchas forzadas, interesadas para confundirnos a nosotros, mientras ellos mantienen las claves en las manos, ocultándolas. Se empeñan en lanzarnos esencias de un mejunge de buenas palabras y ánimos, con la intención de animarnos a que nos adentremos un poco más en la selva de la incertidumbre.

Estos optimistas viciosos, son mal que tiene su cultivo en las empresas y en la política. El terreno que abonan con sus mentiras, es siempre el mismo: nosotros. Los que creemos en su palabra, los que confiamos en que lo que nos cuentan tiene fundamento serio.

Ojo, sin embargo: si nos engañan una vez, es culpa suya. Cuando dos, la culpa es nuestra.

En la empresa, los optimistas profesionales ocupan los puestos más altos, las direcciones generales o la dirección de personal. Cuando las cosas empiezan a ir mal, se apresuran a pintar de rosa las paredes, a presentar informes esperanzados y convicentes. Suelen recibir -pagándolo- el premio a la empresa más emprendedora, al empresario más dinámico, antes de hacerla sucumbir en la suspensión de pagos, llevándose en la debacle unas cuantas nóminas impagadas, varios proveedores crédulos, descubiertos a la seguridad social de todos.

El nuevo equipo, si existe, calificará todo lo que han hecho de muy mal, pero los otros ya estarán, en general, a buen recaudo. Se habrán vendido por un euro simbólico las estructuras malolientes, pero de las que un comprador de saldos -éste, armado con la brocha del pesimismo más feroz- sabrá sacar tajada.

¿Por qué se hace eso? Porque presentar las dificultades como parte del camino habitual no está bien visto. Hay que demostrar continuamente que acertamos, y, por eso, reconocer que los asuntos pueden desembocar en un fracaso si no se trabaja más duro, convoca el desprecio sobre quien sea capaz de hacer tal afirmación, conjeturada por los caciques y sus visionarios de poco halagüeña, de hacedora de malfario, de persimismo injustificado. Como si la perspicacia convocara el descalabro.

No hay crisis. Hay desaceleración. No hay desaceleración, hay ajuste. No hay ajuste, hay desequilibrios. Los desequilibrios eran impredecibles, y ahora lo que hay que procurar es aprovechar la profunda crisis para sanear las infraestructuras y el sistema. Solo los más débiles han perecido en ella.

No nos hundimos, el barco es firme y resistirá a la vía de agua. Hemos caído al agua, orden. Tenemos botes y salvavidas para todos. Se salvarán los que sepan nadar y los insolidarios que se han escapado con los botes. Estamos cerca de la orilla, el esfuerzo será mínimo. El horizonte es engañoso, lastimosamente se podrán salvar únicamente los más fuertes. Habrá un entierro digno para todos los fallecidos, y se tomarán medidas para que no vuelva a pasar algo así en el futuro.

Sobre lo que vale la pena y porqué

Ayer, 29 de junio de 2008, el equipo de fútbol que representaba a España ganó, en un torneo organizado cada cuatro años por un Organismo llamado UEFA, el encuentro final, contra la representación alemana, después de una liguilla en la que participaron unas cuantas selecciones europeas.

Más resumido: España venció a Alemania. Efecto principal colateral: Somos los mejores en todo.

Se nos olvidó la crisis, desaparecieron las tensiones y diferencias políticas o las singularidades regionales. El mundo está rendido a nuestros pies: somos la envidia del orbe.

Efectos secundarios: Hay que hacerse la foto con los futbolistas ganadores y su entrenador, pronunciando las frases más rotundas que se nos ocurran (omitimos, por pudor, el nombre de sus emisores): "cita con la historia"; "nombres para la leyenda"; "es lo más bonito de los últimos años"; "es un privilegio ser el primer presidente de la democracia que tiene la suerte de ver ésto"; etc.

Desde luego, pretender minimizar esa victoria sería arriesgarse a provocar la ira de la inmensa mayoría de los españoles, entregados a la contemplación exultante de la victoria del equipo que representaba a su país. Todos han (hemos) seguido la evolución de la selección de fútbol, disfrutado con el espectáculo.

Es el triunfo de la juventud. En particular, de los menores de 30 años que, deseosos -como es natural- por romper amarras con todo lo que huela a pasado, se han identificado perfectamente con este éxito de unos chavales que, gracias al deporte, se han visto catapultados a ser símbolos, modelos, centros de admiración y de opinión.

He aquí, pues, elevados al Olimpo, a ventitrés deportistas más y a su, hasta hace nada, criticado preparador, Luis Aragonés. Allí estarán, hasta que el paso del tiempo u otra victoria más reciente, los desmonte, junto a Alonso, Nadal, Contador, etc. No solo hay deportistas. También están Javier Bardem, Penélope Cruz, Jose Toledo,... . Se divisa, ya algo más oscurecidos, a Pedro Duque, Almodóvar, Dani Pedrosa, Arturo Pérez-Reverté,...

Qué importante es la publicidad, y, sobre todo, qué agradable conseguir que esta se realice de forma gratuita, o que sea mucho más barata y efectiva. Es extraño advertir que los elegidos para representarnos políticamente y otras personalidades no tienen reparos en poner su credibilidad al servicio de la gloria de ese equipo deportivo. ¿Estamos todos tan felices? ¿Esa trasnmisión de alegría colectiva, tiene un efecto de catarsis, oculta algo? ¿Tal vez la euforia y la crisis se apoyan recíprocamente?

Enhorabuena al equipo español de fútbol. Lo han hecho bien, han dado ejemplo de tesón. En lo único en que discrepamos es en que no aceptaremos su invitación a emborracharnos, desde luego. Son jóvenes, pero alguien debería haberles indicado que, como millones de chavales se están viendo reflejados en ellos, tienen que cuidar todas las palabras. El deporte y el alcohol son dos antítesis, lo deseable y lo abominado.

Sobre la corrupción y algunos efectos

Transparencia Internacional ha publicado recientemente su "Informe Mundial sobre la Corrupción, 2008", enfocado hacia el sector del agua. Viene haciéndolo desde hace varios años, y no faltan ejemplos extraídos tanto de países pobres como de los muy desarrollados. La "Operación Malaya" y el escándalo de Ronda ocupan un par de páginas en un Informe de casi 300, dejando suficientemente alto en representatividad el pabellón español.

Podemos rasgarnos las vestiduras, abominar de la corrupción como un mal pernicioso. Perseguir la corrupción en los países pobres, esa lacra que impide incluso que las ayudas humanitarias internacionales lleguen a los afectados por una guerra o un terremoto, es un ejercicio de profilaxis inexcusable.

Pero no hay que exagerar los logros. La corrupción es un fenómeno imposible de radicar, porque está vinculado a la esencia de la naturaleza humana. Al deseo de acumulación, de tener más que los demás, de incrementar la propiedad privada.

Por supuesto, hay medios lícitos de acceder a la propiedad y a la riqueza, pero son muy trabajosos, problemáticos y llenos de riesgo. El medio más seguro de conseguir algo es corromper; la forma más generosa de ver recompensado un esfuerzo es ser corrompido. Así piensan muchos seres humanos desde que el mundo es mundo, a pesar de los reglamentos, las leyes, los principios éticos, la estética. Así será.

¿Por qué tanto fatalismo? Si no bastara la misma relación histórica de los hechos conocidos de corrupción -obviamente, la punta del iceberg-, habrá que recurrir a las raíces mismas de cualquier procedimiento de adjudicación, de selección, de distinción. Los corruptos no siempre cobran en dinero ni los corruptores necesitan exactamente expresar sus deseos espúrios.

No hace falta exteriorizar las intenciones, en una sociedad que sabe valorar y recompensar los favores, sin que sea preciso ni siquiera demandarlos. Basta, frecuentemente, la simple presencia de intereses para que el mecanismo de la corrupción se desancle.

Sobre la exageración, el pleonasmo y la modestia

El buen paño en el arca no se vende, se apolilla. Además, para vender, hay que exagerar, ensalzar algunas cualidades, inventarse virtudes y ocultar desperfectos, mataduras y lobanillos.

Una consecuencia derivada no es solamente que a menudo nos llevemos a casa, no la ganga que nos habíamos imaginado, sino un bodrio inservible, sino que ya no sabemos distinguir bien lo verdadero de lo falso, lo que merece la pena de lo que no merece más que la patada en el culo. Por no decir de aquellas veces en donde dudamos en donde está la media, porque nos han venido mintiendo de tal forma sobre las características de los otros, que nos han presionado con el pulgar hacia abajo, haciéndonos sentir la escoria universal.

¿Es nuestro ritmo sexual el adecuado? ¿Nuestro pene no será demasiado pequeño? ¿Un orgasmo es solo éso? ¿Nuestro IQ se puede mejorar haciendo tests adecuados? ¿Si no hago diez Sudokus en una hora es que soy imbécil? ¿Es posible que Fulano de Tal tenga tres carreras, una de ellas en USA, y yo no haya podido superar el segundo de BUP? ¿Soy yo el único que no entiende ni papa de la factura de la luz?

¿Por qué no encuentro verdaderamente ningún chollo en el mercado de segunda mano? ¿La mejor ensalada de Madrid es la del VIPs´o la que me preparo en casa cuando estoy de Rodríguez? ¿Hay mujeres que mantienen la regla hasta los cincuenta y tres sin que les falle ni un período? ¿Es mejor tener un parto natural en casa o que te atiendan cuatro ats en una clínica concertada? ¿Es posible que quién más sepa de medicina sea un periodista? ¿El presidente de Gobierno tiene que saber de todo? ¿Se liga más siendo ministro o jugador de la selección?

Puros pleonasmos (palabras redundantes), exageraciones, hipérboles (tropos útiles para la poesía y el ridículo) o muy canijas rupturas de modestia. Negación de aquello tan sabido de que hombre soy y nada de lo humano me es ajeno. ("Homo sum; humani nihil a me alienum puto") . De Terencio, por cierto. Se lo hi

Sobre uniformes, disfraces y desnudos

Le seguimos dando mucho culto al uniforme que, contrariamente a lo que indica su nombre, se utiliza, sobre todo, para distinguir. Que uniformes ya somos por naturaleza.

Los Colegios o Colleges -léase Cólechs- en donde se educan las élites tienen uniformes diferenciadores, que identifican por eso a sus alumnos como seres especiales. Por supuesto, también se venden insignias y camisetas para que los imitamonos se las pongan, pretendiendo confundir a los incautos o confundiéndose con los genuinos, al menos a primera vista.

¿Qué decir de los ejércitos? Los ejércitos siempre han procurado vestirse de manera distinta a como lo hacían sus enemigos, tanto para evitar matarse entre sí -lo que sería imperdonable, salvo que ésa fuera la instrucción recibida de sus mandos- como para demostrar que, al estar bien pertrechados, aseados y con comportamientos disciplinados, deberían ser más difíciles de vencer. Las turbas, sin embargo, son pan comido: el pueblo llano solo consigue cocinarse revueltas que se ahogan en su sangre y saben muy amargas en el puchero de la Historia.

El uniforme ha servido también para identificar al que más manda, a quien debe servirnos de referencia a los humiles, al jefe de la tribu, chamán o venturoso. Los monarcas, Papas, emperadores, y todos cuantos han sido mandamases (o pretendido serlo), cuentan con diseños especiales de sus atuendos, que les distinguían de sus súbditos, para que pudieran cortarles la cabeza con facilidad o hacer la genuflexión en pleitesía.

Desde los indios navajoas a los dictadores de Mogadiscio, desde los zulúes hasta los coptos, desde los quéchuas a los visigodos, chechenos o seguidores de Obama o de Casillas, todas las tribus humanas han echado y echan mano al uniforme para identificarse, disfrazar alguna cualidad, marcar paquete.

Plumas, sombreros y gorritos, pieles, pinturas y piedras, figuran en el diseño de todas las intenciones de poner en claro la nobleza de los espíritus que los portan, ocultando que, salvo excepciones, no se podría demostrar de otra forma ese prestigio.

El Papa Benedicto XVI, patriarca de una de las instituciones más respetadas en el hemisferio norte, es una persona de gusto y ha recurrido al diseñador Prada para renovar el vestuario de los Pontífices tradicionales, presentándose así como actualizado representante de Dios en la Tierra. No es asunto baladí. Hay cometidos y funciones -como cualquiera debiera entender- arriesgadas, que exigen extremar la elegancia y donosura: no es cosa de vestir cualquier trapito cuando se interpreta al Santo Espíritu.

No dudamos que otros representantes de las distintas facciones de los avatares de la divinidad reflexionen también sobre la conveniencia de modificar los viejos hábitos talares, conectando así mejor con los creyentes. Todo esfuerzo es poco para ahuyentar la tentación de pensar que su presencia no es sino la alimentación de una posible farsa ciclópea, subsistente al paso de los siglos, para ocupar los tiempos libres de los crédulos.

Aunque, pensando en positivo, no hay sino alabar al uniforme. Gracias a él, el rey, el poderoso, el jefe, el dictador, el chamán, el ayatolah, el pontífice, el general, el ...., nunca van desnudos.

Sobre el desarrollo insostenible

Desarrollo sostenible, cambio climático, calentamiento global, mundo globalizado, energías alternativas, consumo responsable, producción ecológica, muerte digna, despido improcedente, etc. son solamente ejemplos apurados de la facilidad con la que nuestra sociedad recurre a estereotipos que, si alguna vez significaron algo, acaban convirtiéndose en simples referencias de la ligereza con la que olvidamos la intención por la que reflejábamos en su momento una inquietud y la caracterizábamos con un término nemotécnico.

Con esos trucos, nos concedemos permiso para anestesiar lo que nos dolía, adentrándonos, cada vez con mayor tranquilidad, por los terrenos que habíamos acotado como zona sagrada, y alfombrado de letreros admonitores de "Danger, Public Proprerty, Do Not Trespassing"

Las tres vertientes del concepto básico del desarrollo sostenible, social, económica y ambiental, son vulneradas, de forma aislada o conjunta, con persistencia, y, sin embargo, sus contraventores siguen apelando su preocupación por  cumplirlas y su voluntad de realizar ese objetivo.

Digámoslo simplemente: cualquier desarrollo es insostenible. Es decir, se realiza con vulneración del principio de sostenibilidad haciendo aguas por algún lado. No sabemos los humanos hacerlo de otro modo, desde nuestra voluntad firme de consumir  cuanto tenemos a nuestra disposición, sin que nos ocupe, más allá de lo que tenemos cerca de nuestras narices (y, en este caso, para cerrar los ojos, o acusar al vecino), a qué o a quienes afectamos.

No es siempre el ambiente siempre lo más perjudicado por nuestro desarrollo insostenible. Hemos conseguido acallar su vulneración, con Informes de Sostenibilidad, etiquetas verdes, responsabilidades ecológicas. Eso nos tranquiliza. Sabemos hacer magníficos informes que probarán que las fábricas y artefactos no influyen sobre el ambiente, hemos aprendido a pintar de verde lo que nos afea la visión, compensamos con dinero las protestas de quienes más chillan. Y cuando creemos que nadie nos observa, abandonamos nuestra basura en el patio de otros.

No será tampoco lo económico lo que nos detenga. Sabemos calcular lo que nos cuesta deteriorar nuestro hábitat en virtud del desarrollo. Hemos hecho esfuerzos importantes para introducir algunas externalidades en los costes de la producción contaminante, y sabemos cómo desplazar a países menos exigentes ambientalmente -por estar más necesitados, obviamente- las producciones más enojosas. Desde luego, estamos dispuestos a plantar cinco o diez árboles -preferiblemente de crecimiento rápido- por cada sequoia, tejo o roble que debamos talar en aras de nuestro desarrollo sostenible; o mantener en jaulas adecuadas las especies animales que hemos conseguido exterminar. Para asombro de las próximas generaciones.

Y claro está, lo social no habrá de ser, ni mucho menos, obstáculo. Hace ya tiempo que nos venimos convenciendo de las variadas categorías de seres humanos que nos vemos forzados a la coetaneidad. Ricos y pobres, gentes educadas o iletradas, civilizados o salvajes, altos o pigmeos. Algunos de estos supuestos semejantes están seguramente próximos a los grandes primates y, por eso, preocupados por el bienestar de todos y un trato justo, estamos obsesionados por dotar a estos seres con los que compartimos tantísima carga adn-al de una Reglamentación que impida su utilización interesada. Como haremos, a su debido tiempo con la Drosophila melanogaster. Qué respiro.

Desarrollo insostenible, ya.