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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sociedad

En serio: ¿Algo va bien?

"Algo va mal" es el título en español del libro póstumo de Tony Judt ("Ill fares the land", 2010), un análisis lúcido y, al mismo tiempo, ligero, sobre lo que nos está pasando. Una fotografía macroeconómica imprescindible, en especial, para los que no tienen muchas ganas de enterarse a fondo de lo fundamental, argumentando que les falta tiempo. Porque el librito se lee rápido y lo que se cuenta se comprende sin ecuaciones ni acudir a tutores que lo expliquen.

Este comentario va dedicado a todos los optimistas y, en especial, a la periodista asturiana Angeles Caso, que en un reciente artículo publicado en el diario local La Nueva España defendía el optimismo ante la situación actual, argumentando que, en comparación con el pasado, estamos viviendo el momento "más pacífico e igualitario que haya conocido la humanidad" (se refiere al subgrupo occidental), concluyendo que "aunque solo sea levemente, ese progreso hacia el bien, consuela".

Teniendo en cuenta que durante el siglo XX se han debido soportar dos guerras que alcanzaron a todos los países de ese pacífico conglomerado de países (y a alguno más), y que el anterior dirigente de los Estados Unidos de Norteamérica expresó sin matices que "estamos en guerra" (1) -y contra un enemigo casi imaginario, lo que hace la cuestión prácticamente esotérica-, la afirmación de que el momento es el más pacífico que hayan vivido las generaciones de descendientes Moisés, Abraham y sus amigos, suena algo "chocante".

No menos intrigante resulta adivinar los datos introducidos al modelo de análisis macroeconómico que ha conducido a la, sin dudas, excelente escritora, a expresar que nos encontramos en el momento más igualitario de nuestra historia y en leve avance hacia el bien.

La traducción literal del título que dió Judt a su libro proporciona una respuesta de urgencia: "El mal conduce el mundo" que puede completarse con unos versos terribles de Vicente Aleixandre, muchas veces citados: "La serpiente se asoma por el ojo divino/ y encuentra que el mundo está bien hecho".

Por supuesto, para quienes están disfrutando del momento, las cosas van bien. Muy bien.

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(1) George Bush, jr., 2005: ""Make no mistake about it, we are at war. We're at war with an enemy that attacked us on September the 11th, 2001. We're at war against an enemy that, since that day, has continued to kill." (3 agosto 2005), dirigiéndose en texas al American Legislative Exchange Council.

A disfrutar de los ochenta

No nos referimos a la década de los ochenta del pasado siglo -bastante anodina, por cierto-, sino a la suya: debe estar preparado para disfrutar de la vida cuando, superados los compromisos que ahora impiden o dificultan ese gozo, al fin se vea libre de ataduras, y entre en la década prodigiosa .

Veníamos sospechando que algo se movía a partir de los setenta, pero la confirmación -que no la clave- nos la proporcionó una viuda reciente, que -copiamos literalmente de uno de los periódicos que dieron la noticia- "lamenta que la enfermedad le haya arrebatado a su marido antes de tiempo (...)".

El medio informativo que hemos leído no concede importancia a otros detalles, sino al presunto perjuicio que sobre el difunto habría causado su dedicación durante más de 40 años a cortar piezas de uralita en una fábrica. El titular melodramático apunta en la dirección que el jefe de informativos estimó lo nuclear del caso: "Muere otro trabajador afectado por el amianto" (EL 2.09.2011).

Previamente, se nos había indicado que el finado, A.G., "murió a los 81 años". Su desconsolada mujer, con la que compartió mesas y manteles -utilizando un eufemismo parcial- durante más de 60 años, precisa su dolor con estas sentidas palabras, sin conceder relevancia al período en el que afectó también, seguramente a su marido: "Ahora que podíamos vivir más tranquilos, con los hijos ya criados y disfrutando de los nietos, él se ha muerto".

La longevidad media del español varón "al nacimiento" está cifrada actualmente en 76,9 años, pero son múltiples los ejemplos que avivan el deseo, la esperanza e incluso, la firme confianza, en que hay una vida saludable más allá de la muerte de los demás, a medida en que uno se aproxima a ese bastión fatídico. 

El citado no es, ni mucho menos, un caso único. Manuel Fraga, "se retira de la política activa a los 89 años", demostrando, para que no haya dudas sobre esa realidad, que se halla en el pleno uso de sus facultades intelectuales o, si no fuera así exactamente, con una utilización de las que le queden que le sitúa muy por encima de la media (española, por supuesto).

Los ejemplos de octogenarios que se consideran en la flor de la vida -y no solo para sus propios ojos, sino, de manera ya menos comprensible, para los ajenos- se prodigan. Cayetana, duquesa de Alba, es un modelo a seguir para muchos (incluso bastante más jóvenes): Concha Velasco, 72 años, la actriz polifacética de "La vida por delante" (sic), habiendo sido preguntada acerca del noviazgo de la primera con un joven de 61 años -con el que se encuentra en estos días a punto de regularizar su situación civil- afirmó rotunda que "ya lo quisiera para mí". El "lo" es pronombre personal que sustituye el nombre de Alfonso Díez Carabantes, un funcionario que ha conquistado el corazón de la simpática octogenaria.

En fin, que habrá quien todavía dude, aportando razones, de que haya vida después de la muerte. Pero de lo que no quepa ninguna duda es que hay vida, y mucha, después de los ochenta.

Sobre los pazguatos

Tenemos la convicción de que el número de pazguatos sigue creciendo, a pesar de que las condiciones ambientales, aparentemente, serían contrarias a su supervivencia, puesto que la humanidad cree que ha alcanzado un mayor nivel de inteligencia respecto a su pasado.

Los pazguatos no son fáciles de descubrir, pues aunque tienen costumbres gregarias -queremos decir, realizan simultáneamente los mismos actos y a las mismas horas del día-, justamente entonces, cuando están en pleno éxtasis de pazguatería, suelen encontrarse a solas o, si están viviendo su condición en multitud, resultan insoportables para quienes no tienen su mismo mal.

Característica subsidiaria de un tipo de pazguato -el pazguato televidente- es negar su condición de tal, ya sea argumentando que puede abandonar su comportamiento a voluntad, o bien abominando de lo que le convierte en esta subespecie, criticando, con fingida distancia e incluso sin mostrar piedad, lo que ha visto y oído en aquellos lugares que le sirven de alimento a su pazguatería, sin darse cuenta de que todos estos síntomas no son más que un acto reflejo de las características que lo diferencian de los que no están afectados por el desequilibrio emocional que les azota, privándoles de raciocinio.

Otros pazguatos -del tipo hincha futbolero, militante de base en un partido o agrupación, por ejemplo- están convencidos de que no existe vida más allá de su circunstancia, despreciando todo lo que se mueve fuera de ella, nutriéndose únicamente de las pócimas que incrementan su aturdimiento.

Este segundo grupo es, incluso, más digno de atención que el primero, pues, al tomar relación física con sus iguales, pueden creerse que son mayoría y que tienen alguna importancia más allá de como especímenes de laboratorio. Hacen exaltación de su pazguatería, adornándose con bufandas, símbolos, banderas y gorritas de anuncio, imaginándose, tal vez, que así se protegen de que les tomen por imbéciles, cuando, en realidad, se exponen aún más a que los juzguen de tales, facilitando su inequívoca identificación e incluso animando a que otras facciones de pazguatos de idéntico desequilibrio se enzarcen con ellos en peleas pretendiendo decidir así quien es mejor y más adecuado para ostentar la máxima categoría.

Se han hecho pocos estudios sobre la manera de curar a los pazguatos, pero se ha demostrado imposible su rescate a lo que se entiende por normalidad, si no se cuenta con la colaboración, no solo del pazguato -lo que ya es difícil de por sí-, sino, sobre todo, de quienes viven de ellos -lo que exigiría, esta vez con serio fundamento, una reforma constitucional-.

Porque los pazguatos son lo mismo que los pulgones para las hormigas -salvando las distancias-: son alimentados de la bazofia con la que creen disfrutar, pero lo que en realidad les están haciendo es limpiándoles el cerebro, secándoles las meninges, utilizando su fuerza y potencialidades para, una vez convertidos en mojama, hacer con ellos lo que les de la gana.

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(1) La R.A.E. define al pazguato como: "Simple, que se pasma y admira de lo que ve u oye". En Asturias, -y, por tanto, en otras regiones españolas- utilízase mucho la expresión "No seas pazguatu", en el sentido más común de no te dejes engañar por las apariencias, no creas la milonga que te han contado (porque los coches no tienen bugilates, ni hay perros verdes ni las chorreras de los jamones son comestibles; pero también puede usarse para animar a que no se deje de aprovechar una ventaja o bocado por ser apocado o melindroso.

Sobre el tratamiento de la ancianidad

Resulta coherente con sus principios, que una sociedad que adora la apariencia de juventud hasta el punto de dejarse, en no pocos casos, modelar por el bisturí, y no quiere oir hablar de enfermedades, hambre o catástrofes más que en resúmenes de telediario, no sepa qué hacer con sus ancianos.

En realidad, sí que cree haber encontrado la fórmula ideal. De acuerdo con un cóctel personal que aúna posibilidades económicas del anciano y de su familia, estado mental y resistencia físicosíquica del envejeciente a dejarse manipular y oferta cercana de plazas residenciales, los afectados por la edad pueden optar entre las diferentes escalas del sálvese quien pueda o acceder a ser recluídos en un cobijo definitivo tipo cementerio de elefantes.

De vez en cuando sabemos de algún anciano que es descubierto muerto en su domicilio al cabo de varios días de ocurrir su óbito; se calcula que casi la mitad de los ancianos viven solos, en las viviendas que sirvieron para cobijo familiar en su momento, hoy ya abandonadas por unos hijos que, en un porcentaje que ninguna estadística fiable ha evaluado, se acerca a visitarlos solo ocasionalmente.

Un porcentaje de ancianos, que no es difícil calcular si se tiene en cuenta el número de residencias y sus plazas medias, y de ellos, una mayoría con graves hándicaps síquicos o motrices, vive en esos geriátricos, atendidos por voluntariososo o por personal especializado, al que, desde luego, también habría que añadir el calificativo de "sufrido", por las duras situaciones a las que se deben confrontar, con personas que solo pueden evolucionar hacia peor y cuyo estado mental no facilita ni recompensas ni satisfacciones.

Quienes hayan tenido ocasión de pulsar la situación de las residencias para la tercera edad, tanto públicas como privadas, convendrán en que la visión de esos centros no produce al visitante precisamente sensación de tranquilidad ni sirven para detectar mucha felicidad entre los que allí cohabitan. 

La situación geográfica, el emplazamiento urbano de estas residencias no nos parece, además, en general, bien elegido. Subraya esa sensación de cárcel, de aislamiento; ¿por qué se han construído en las afueras de las poblaciones, o en lugares de incómodos accesos peatonales, impidiendo o dificultando el paseo de los ancianos, o la posibilidad de que, por sí mismos, o guiados por sus acompañantes, circulen en silla de ruedas o puedan caminar sin mayor esfuerzo -seguramente apoyados en un bastón- por los alrededores?.

Tomamos como ejemplo, entre muchos, de este despropósito, el, por lo demás, magnífico centro asistencial de Taramundi (Asturias); en el fondo de una población con empinadas cuestas, los residentes no tienen nada fácil la opción de acercarse a la cafetería más cercana, fuera del centro.

Creemos que el anciano mejor ubicado lo está junto a su familia, en el entorno que le es más conocido; si aún es físicamente capaz, le encantará ser todavía útil, incluso en pequeñas labores; si tiene las facultades físicas poco mermadas, disfrutará participando con los demás, con sus consejos, sugerencias o, porqué no, contando sus batallas de juventud y madurez.

Aislar a los ancianos, concentrarlos con otros de su misma edad y parecidas dolencias, es someterlos a un suplicio que, seguro, no desearíamos para nosotros. 

(Convendría volver a dar difusión al cuento de los Hnos. Grimm sobre el abuelo de la escudilla y el nieto)

Sobre las vacaciones y la felicidad

Las vacaciones son, para los adultos, una forma temporal de acercarse a la felicidad. No siempre funciona, pero el cambio de escenario, la sensación de verse liberado de los habituales responsabilidades y problemas, acerca a un estado de bienestar por el que sabemos que se liberan toxinas y malfactores del organismo.

Esa generación de un espacio diferente durante un corto período sirve, como se acostumbra a decir, para "recargar las baterías". Lamentablemente, la vuelta brusca al mundo real, nos hace olvidar muy rápidamente lo que hemos disfrutado sin atender a más preocupaciones que encontrar un sitio libre en la arena de la playa, llegar a la posada recomendada a la hora de comer o ganar la partida de dominó en la que jugamos el café y la copa entre lugareños de un pueblo que costaría trabajo encontrar en el mapa.

Si el lector se siente identificado con esta descripción, debemos advertirle, ante todo, que es un privilegiado, aunque, para su tranquilidad relativa, le aclararemos que no pertenece a la categoría superior. Una pequeñísima colección de seres humanos vive en permanente vacación, ayunos de la responsabilidad de tener que ganarse el pan con el sudor de la frente -por figurada que sea la imagen metafórica-, al ser herederos, o propietarios sobrevenidos, de mecanismos de generación de rentas suficientes para no tener que preocuparse jamás por conseguir la forma del sustento, sino, en todo caso, únicamente ocupados por la manera de gastar lo que cada día se les ingresa en sus cuentas corrientes.

Digamos también que, para los asalariados, la posibilidad de un disfrute vacacional, cuando el puesto de trabajo parece garantizado a pesar de la crisis, es superior a la de los pequeños empresarios o autónomos a los que será mucho más difícil desconectar. ¿Cómo evitar dedicar algunos momentos del día a repasar las cuentas por cobrar, los asuntos pendientes, las previsiones de tesorería, los conflictos con ese cliente o empleado difíciles?

No se puede, claro, hablar de disfrute de vacaciones para quienes su tiempo está libre, porque carecen de trabajo remunerado, que necesitan.

Seguramente hemos oído en varias ocasiones que una gran parte de los japoneses no tienen vacaciones, o solamente un par de días al año. En los países orientales, en casi todo ese territorio -hoy en convulsión de complicado resultado final-  apelado como "mundo islámico" o en grandes zonas de la depauperada Africa, tomar vacaciones, para muchos, resultaría una expresión ininteligible.

Los interesados por la Historia, sabrán que los días de descanso y vacaciones fueron un logro relativamente reciente de la era industrial, y que, durante muchos años, fue tema persistente en la negociación de los convenios laborales, el aumento del tiempo de asueto y la reducción de jornada laboral era, incluso con prioridad a las mejoras salariales.

Ante este panorama tan diverso, se comprende que existan -y hasta, en épocas de crisis, proliferen- predicadores del bienestar que defiendan que la felicidad es una sensación que debe alcanzarse desde la reflexión personal, despegándose de las necesidades corporales y concentrándose en el espíritu.

No negamos interés a estas propuestas. Pocos espíritus pueden despreciar el alto placer de leer o escuchar algo sugerente -prestándoles media atención-, después de una buena comida y un apropiado libar, en brazos del ser amado, en esos momentos en que no nos importaría morir para ser libres.

De todo un poco

Para una buena parte de los españoles, sus vacaciones se han terminado a estas alturas del verano, en el que la palabra crisis se ha enseñoreado como sustantivo muy cualificado en casi todo lo que interesa al ser humano.

Tenemos crisis económica, por supuesto; política, claro está; ambiental, no lo dudemos; y, para acabar el cuento de forma breve, existencial, que es la forma genérica de abarcar un ámbito que va desde lo filosófico a lo religioso, agrupando todo eso que los expertos en sacarle punta a lo obvio han llamado "valores de la persona".

Tanta inestabilidad provoca malestar, pues no somos los bípedos implumes amigos de navegar entre incertidumbres. Las situaciones de crisis demandan líderes que indiquen a la masa por dónde ir, aunque sea para volver a estrellarse. Quienes han vivido momentos de fuerte tensión saben que aquél que alza la voz, aparentando firmeza para sus propuestas, tiene todas las opciones de ser seguido, aunque lo que formule sea, analizado desde la calma, completamente descabellado.

Epoca esta, pues, proclive a engaños en la que aparecen hasta debajo de las piedras expertos en analizar la situación económica, proponer medidas aliviadoras o acusar al más vulnerable aparentemente como causante de los actuales males, en una pretensión de catarsis colectiva.

Calma y atentos a lo que hay detrás de las propuestas. Pocos son quienes tienen las claves, escasos quienes pueden hacer análisis fiables y muchos, en cambio, quienes vociferan lo que creen haber oído, o improvisan con intuición desafortunada medidas análogas al bálsamo de Fierabrás.

Ya lo hemos escrito otras veces. Si alguien te engaña una vez, el culpable es su mala fe. Si te vuelve a engañar, la culpa pasa a ser tuya.

Contra el futuro no se puede luchar

Que la mayoría de los ancianos de la tribu vean el porvenir negro está en la esencia de las cosas, podría decirse. Quienes presienten ya cerca el final de su existencia, tienden a fabricar un precipicio allí donde se ubicaría el futuro y argumentan con facilidad que cualquiera tiempo pasado fue mejor.

Por el contrario, a la juventud hay que exigirle ilusión, confianza en que lo que viene, gracias a su esfuerzo, será mejor que lo que han encontrado. Por eso, una situación como la presente en que un grupo de descontentos pretende convencer a la mayoría de que hay más razones para la desazón que para el gozo, respecto a lo que van a construir, mueve a perplejidad.

La desilusión no es culpa de los jóvenes, sino de los mayores; porque se desilusiona el que ha tratado de poner en marcha proyectos y no ha podido realizarlos o ha fracasado en ellos. Por eso, no sería justo atribuir a una minoría juvenil irresponsable esta ola de protestas, algunas extremadamente violentas, y que se atribuyen, por intereses de quienes pretenden sacudir sus responsabilidades, a adolescentes revolucionados que no tendrían nada que ofrecer, salvo su deseo de poner el sistema patas arriba.  

Desde la huída, hacia atrás

Después de un par de décadas de huída hacia adelante, se hace imprescindible una vuelta atrás. Sanear los escombros del optimismo infundado para encontrar los cimientos en donde volver a asentar el desarrollo que se pueda sostener.

No es un trabajo sencillo, ni mucho menos. Hay que saber controlar las voces de quienes mantienen que todo se hizo mal y, especialmente, de quienes propugnar volver a las cavernas, acogiéndose al miedo ancestral a lo que no se entiende.

Están, luego, los gritos desaforados de quienes defienden que saben hacerlo mejor, sin especificar qué, ni, sobre todo, con qué medios y, para colmo, sin decirnos con qué objetivos.

Están, en fin, los ánimos agotados de los que, creyendo haber tenido una visión, ímaginando que había luces a final de un túnel, se encontraron con que era solo un reflejo sobre la pared.

Los últimos han perdido crédito y los otros reclaman la opción del que no ha tenido la oportunidad de equivocarse. Estamos mirando, pues, hacia los líderes, sobre todo, a los que sean capaces de volver a ilusionarnos.

Porque estaremos siempre dispuestos a seguir a los mejores, a los más convincentes, a los más serios y sinceros. Y, muy específicamente, no deseamos renunciar al avance consistente de la Humanidad, generación tras generación. Por eso, no queremos que falte en nuestra mochila colectiva ninguno de los elementos que componen un bagaje irrenunciable: solidaridad, control de los que más tienen, atención a los que más padecen, oportunidad real para los mejor dotados.

No hay porqué desesperar. Al contrario, hay que estar especialmente atentos para poner los nombres correctos, encajando los sujetos con sus predicados, y desentrañando las falacias de los que no pueden, no saben, no quieren. Oimos hablar mucho de sostenibilidad, pero no la estamos consiguiendo. Dicen que estamos en un escenario global, pero los desequilibrios son cada vez mayores. Defienden la ética, pero nos engañan, nos confunden, se enriquecen sin escrúpulos con el trabajo de los que más necesitan, disfrutando de un bienestar que no están dispuestos a compartir.

Las reglas están claras, pero no todos las cumplen y, sobre todo, las infringen algunos de los que debieran dar ejemplo. Hay varias velocidades en el avance, y la información disponible nos ha demostrado que quienes manejan más mandos de la maquinaria tienen tendencia a preocuparse más de engordar lo suyo que a distribuir mejor lo que vamos consiguiendo.

La clave nos parece, en fin, no en empeñarse ciegamente en seguir el camino que hemos seguido, sino, ante todo, en prospectar alternativas, discutir opciones, ser crítico con los errores. Montañeros y espeléologos saben, por ejemplo, de la sensación de haber llegado a un punto desde el que no se puede avanzar o, si se persiste, se aumenta descomunalmente el peligro, y, entonces, es preferible desandar parte de lo recorrido y ensayar una nueva ruta.

Lo importante es no desfallecer y, sobre todo, no echar por la borda las enseñanzas adquiridas, ni desprenderse de los valores que hemos convenido como irrenunciables.

Un momento delicado, y no por ello menos apasionante. Si hay que volver un trecho hacia atrás, después de haber huído hacia delante, sería nefasto abandonar, por inservible, el historial de experiencias que ha pasado a formar parte de nuestro acervo colectivo.

 

Sobre la relación entre el Club de la Comedia y Telefónica

Sobre la relación entre el Club de la Comedia y Telefónica

Nunca hemos visto publicado este anuncio, pero estamos seguros de que la petición circula con insistencia, emanada desde prácticamente todos los centros de poder: "Necesitamos encontrar optimistas; hay que difundir mensajes de ánimo, positivos, constructivos".

¿Por qué habrá que difundir optimismo? ¿Para quitar la razón a esos grupos de indignados que protestan contra los políticos, el Gobierno, la Banca, los empresarios y, en general, contra todo lo que se mueva con tufillo a autoridad? ¿Para detener, como sea, cualquier vía por la que se cuela la creciente alarma social, entusiasmada con proclamar la incoherencia del modelo y la ineptitud o la avaricia de los que lo controlan?

No lo sabemos. Lo que sí estamos seguros es de que el día 8 de julio de 2011 la Fundación Telefónica, en su II Thinking Party, pretendió difundir optimismo y, para ello, reunió a un grupo de conferenciantes que rebosaban satisfacción y que tuvieron aún más de la misma, entregándola al público, en dosis de veinte minutos de plática tan divertida como edulcorada.

El espíritu de la convocatoria estuvo muy bien asumido por todos los intervinientes, (al menos los que lo hicieron hasta las 12h30, en que tuvimos que ausentarnos), si bien desearíamos destacar a Pau Garcia-Milà Pujol, creador de EyeOs, un sistema operativo que "se convertiría en el fenómeno del cloud computing", según reza la carátula de su libro "Está todo por hacer", una obrita al estilo de "El monje que vendió su Ferrari" o "Quién se ha comido mi queso", que va ya por la cuarta -¿o es la séptima?- edición, prologado y epilogado por los dos Felipes más importantes del momento y con el que fuimos agraciados en el sorteo de final de la sesión.

El joven Garcia-Milà (ponemos atención a los acentos) representa, en verdad, la conciencia de nuestra sociedad, y con sus dotes de comediante aprendidas en la escuela de Andreu Buenafuente, las traslada, con éxito, a cualquier audiencia, entregada al aplauso emocionado desde el mismo momento en que conoce que la empresa de este chaval que acaba de cumplir los 24 y que "fue expulsado de la carrera de Ingeniería en Informática" (?)  emplea a más de 40 personas, factura más de dos millones de euros al año y está a la vanguardia de no se sabe muy bien qué descubrimientos que revolucionaron a Google y, por tanto, el mundo.

La Universidad española debería reflexionar seriamente sobre lo que está pasando.

Si, con absoluta capacidad de convicción, notable desparpajo y el apoyo de varias de las cabezas visibles del país -algunas han expresado incluso porqué-, jóvenes como Pau Garcia-Milà pueden en 20 minutos (o en cien páginas con letra grandecita) demostrar que es un mérito sustancial de tu currículum que te expulsen de la enseñanza oficial y que en el mundo en el que nos están obligando a movernos, "está todo por hacer", lo mejor que harían la mayor parte de los  porsímismos considerados muy doctos y por suspropiasinstituciones muy laureados culosentados que pretenden detentar la sapiencia oficial del país, sería apagar las luces e irse; hacer hueco, vamos.

¿O se atreven a poder demostrar, ante las mismas audiencias, lo contrario -o, al menos, que saben cómo terminar una parte de lo que falta, y que están ya haciéndolo en beneficio de las mayorías-? 

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P.S. 1.- Los dos Felipes a quienes nos referimos son S.A.R. Felipe de Borbón y el Excmo Sr. D. Felipe González, ex-Presidente de Gobierno.

P.S.2.- Nos gusta el botijo que decoró Karla Frechilla, símbolo del evento, y que se atrevió, además, a pintar un cristal con sus acrílicos luminosos, a la vista de todo el mundo, mientras se desarrollaban las sesiones.

P.S.3.- Por cierto, uno de los ponentes de la tarde, en línea con la mayoría de los ponentes y con el título de este Comentario, fue el humorista Leo Harlem (Leonardo González Féliz), fijo del Club de la Comedia original, el de las risas como objetivo confesado.

Sobre antideslizantes, riesgos y espectáculo

Sobre antideslizantes, riesgos y espectáculo

Desde hace unos seis o siete años, se vienen impregnando de una sustancia antideslizante algunos tramos de las calles de Pamplona por donde han de pasar corredores, toros y cabestros, en los encierros que tienen lugar cuando las Fiestas de San Fermín.

El lugar más conflictivo del trayecto hasta la plaza de toros es la curva de la calle de Mercaderes en el cruce con Estafeta. En ella, los participantes en la carrera se ven obligados a girar a toda velocidad (casi 40 km/hora) y no faltaba quien resbalase, -bípedo o cornúpeta- cayendo al suelo, creando más peligro.

Esto se acabó. El 7 de julio de 2011, por ejemplo, la carrera discurrió sin ningún incidente. Los toros entraron prácticamente juntos a la plaza, no se separaron apenas, durante el recorrido, de sus cabestros, y los jóvenes corredores -algunas mujeres entre ellos- se comportaron muy correctamente, sin alardear de valentías improcedentes, sin asumir riesgos innecesarios.

Fue un espectáculo aburrido, pues. No hubo emoción. Nada que reseñar, salvo un par de contusiones; lo mismo que en cualquier otra fiestucha de barrio.

Hay que tomar medidas. Proponemos que para el próximo año se unten las calles con sebo y aceite de girasol, se embadurnen las zapatillas de un diez por ciento (al menos) de los corredores y las cuatro pezuñas de todos los astados -cornifinos como mochos, castrados así que enteros- con grasa de caballo y se dicte, por pertinente ordenanza, que los intervinientes en la carrera se verán obligados a dar dos vueltas a Pamplona antes de entrar en la plaza.

Y que se llame a algún Hemingway, que venga a dar testimonio de lo bien que lo pasamos corriendo ante los cuernos, poniendo peligro donde no hay razón, llenando el cuerpo hasta los topes de alcohol y adrenalina, porque hay que saber vivir, que son dos días; perdón, siete.

Para entender el mundo algo mejor

La teoría de la evolución hace aguas cuando se aplica a la especie humana, pues, lejos de adaptarse a la Naturaleza, el objetivo fundamental de esta anomalía de la que formamos parte es sobrevivir a las dificultades generadas por nuestra propia naturaleza.

Antonio Machado trató de reflejarlo sintéticamente, en unos versos que aplicó a los españoles: "Españolito que vienes al mundo/te guarde Dios:/Una de las dos Españas/ha de helarte el corazón". Para un poeta que había sido testigo de una guerra civil, el desánimo estaba muy justificado. Pero no vemos en la idea el reflejo de una ley universal. Ahora que el mundo tiene pretensiones de global, las gentes con el corazón helado se concentran preferentemente en el occidente, aunque quienes sufren las consecuencias están por todas partes, y son la inmensa mayoría.

Otros escritores, como Georges Perèc, lo intentaron ya desde el título de su obra magna: "La vida, instrucciones de uso"; Podíamos citar a muchos, a casi todos los grandes, -Balzac, Cervantes, Shakespeare, Tolstoi-, como empeñados en contarnos a los demás lo que creían saber del comportamiento de la humanidad. 

Hoy día, cualquier niñato cree conocer las claves de la existencia sin necesidad de que se las cuente nadie, gracias a la televisión y a la calle (por este orden). Por la primera, se ha impregnado desde los primeros chupeteos, de violencia, obsesiones por la belleza corporal como clave para el sexo promiscuo, desprecio al mérito y convicción profunda de que nadie puede servir de modelo de comportamiento ético, ya que la mierda y el engaño lo contagian todo.

Por la calle, aprenden del peligro de separarse del grupo, buscan la protección en el anonimato y en la imitación, y entienden rápido que el saber ocupa lugar, por lo que es mejor dedicarle mínimo espacio en el cerebro.

Sería muy necesario que los que pretendan controlar los mandos de esta sociedad dedicaran tiempo a poner en valor algunas cualidades caídas en desuso: la ética, el pundonor, la honradez, el servicio, la disciplina, la esplendidez, la seriedad, la coherencia, ...

Porque nos ayudarían a entender el mundo algo mejor: no el que tenemos en las manos ni tampoco del que venimos, sino el que nos permitiría recuperar el sentido de nuestra naturaleza.

Habría que advertir, sin embargo, que, como instrucciones de uso, en este momento, para la vida que tenemos por delante, aparecen como extremandamente perjudiciales para la serenidad emocional, e incluso, como peligrosas para garantizar la supervivencia.

Sobre homenajes póstumos

Con el más bien enigmático título de "Cortar el revesino" -al menos, para los tiempos que corren (1)-, aprovecha Javier Marías, en la página del Pais Semanal del 26.06.2011, para referirse a la torpe práctica de homenajear, después de muertos, a quienes en vida no se ha dado el mérito debido.

Entre otras observaciones que vienen al pelo, Marías indica, con su especial finura para acertar donde más duele, que si los homenajeados ya en su descanso eterno hubieran fallecido jóvenes -sin que les hubiera faltado tiempo para llegar a ilustres- podría entenderse que el coro de alabarderos hubiera esperado a que alcanzan más edad, dando prioridad a los más viejos en el escalafón de la aplaudidera. Pero no se ve el caso a los remilgos para no homenajear, en vida, a sesentones y setentones que tuvieran buen currículum, pues no cabe esperar que el tiempo los mejore y sí que los catarros de invierno les puedan hacer mala pasada.

Quizá por eso, y para evitar el bochorno de tener que elegir entre tanto meritorio, algunas cofradías, corporaciones y colegios, dan las medallas, simplemente, a los que llegan a una cierta edad o han cumplido tantos años como miembros del grupúsculo.

Distinto asunto es que -como reconoció, si la memoria no nos falla, Eduardo Haro Tecglen en una presentación de los premios del Café Gijón- se monte un concurso literario con la intención de premiar, ante todo, a los organizadores del mismo, gentes ya de cierto renombre pero sin títulos de empaque, poniendo así en claro el nivel de los méritos que se pretende ensalzar más adelante.

Sugerimos a quienes creen tener méritos no reconocidos aún para ser objeto de un homenaje póstumo, que en su testamento, ya que están a tiempo, prohiban tales manifestaciones de cariño.

Porque, ya que al difunto no le ha de servir ni para levantarle la más leve sonrisa, un reconocimiento a posteriori solo puede tener la intención de tocarle los pinreles virtuales al difunto, representado en las lágrimas de quienes lo han querido más en vida, y conseguir, con ello, que esos personajes a los que les gusta menear el incensario medren un poco en la escalera de su propio reconocimiento, que querrán tener en vida, como todos.

(1) El revesino es un juego de naipes, caído en el olvido, en el que gana el que se queda con todas las bazas; ha de estar atento, sin embargo, el que cree estar a punto de hacerse con la victoria, pues existe la posibilidad de que, en las últimas vueltas, otro jugador le levante todo lo ganado, "cortándole el revesino".

Sobre exhibicionistas, pudorosos y perversos en la red

Entre los efectos secundarios menos analizados de las telecomunicaciones se encuentra el que cambian, -según se alega, con extraordinaria frecuencia-, la personalidad real de sus usuarios. Nos referimos, para precisar el campo de nuestro análisis informal, más específicamente, a las llamadas "redes sociales".

Los estudios conocidos acerca de la influencia de las redes y la personalidad, se han concentrado en la creación de una imagen virtual atractiva por parte de los más jóvenes, por la que el internauta aún en proceso de madurez pretendería darse a conocer de una forma idealizada; este trabajo de construcción de un yo virtual más apetitoso que el verdadero, en el mundo de las relaciones telemáticas, es vista como una manera positiva de perfeccionar la personalidad real, madurándola.

No estamos de acuerdo. Ante todo, porque debemos discrepar de lo que esos estudiosos de variado pelo intelectual -crecido, en general, en las dehesas de las Universidad norteamericanas-, entienden por "manifestación de la personalidad", haciendo una dicotomía entre las apariciones virtuales y reales, como si ambas pudieran disociarse.

Eso de que uno puede crear y controlar egos/yoes o personalidades a complacencia, es una patraña. Cada uno es cada uno, tiene sus cadaunadas, y, por fino y escrupuloso que parezca en borrar huellas de lo que no quiere ser o aparentar lo que le gustaría que pensaran de él, no es posible engañar a ese "permanente ayuda de cámara de uno mismo", que es -permítasenos la escasez de vocabulario-, justamente, uno mismo.

Incluso para las personalidades más bipolares de la siquiatría no existe más que un yo que, no lo negamos, según circunstancias externas, conveniencias del individuo o tensiones físico-químicas en su organismo, puede volverse en manifestaciones extrovertidas y exultantes o llevan a la depresión y al ostracismo del individuo que la padece frente a los demás, pero siempre tenemos que volver a la guarida individual, porque no tenemos manera de zafarnos de lo que, en esencia, somos.

Volvamos, pues, a la red y a la relación que tienen con ella los habitantes del mundo real.

Están, por un lado, los que temen enseñar aspectos que les interesaría mantener ocultos, y creen que la red los desnudaría, les haría perder intimidad. Muchos de los reticentes a usar las vías de intercomunicación telemáticas, alegan una y otra vez que no confían en su seguridad, y que están seguros de que la información que se proporciona a la red -desde número de cuentas corrientes a visitas a páginas de contactos sexuales o pornografía- acabará en manos indeseables, vulnerando datos, secretos o particularidades que no desean que caigan en poder de terceros incontrolados.

No vemos forma de contradecirles, pues si los protocolos para medidas de seguridad más potentes que conocemos, que son las relativas al manejo de la energía nuclear, tienen fisuras y pueden dar lugar a situaciones que se pretendía tener bajo control, no habrá guapo tecnológicamente hablando que pueda defender que esos protocolos que avanzan a base de prueba y error (su vulneración) nos defiendan de que nuestros datos confiados a la red no sean puestos en pelota por fallos de servidores, hackers bien dotados para penetrar en las barreras de otros y, por supuesto, organizaciones delictivas o al servicio de los espionajes internacionales, que tienen como trabajo único levantar el velo de lo que se quiere mantener secreto (Wikileaks nos ha puesto sobre aviso de las dificultades de conservar una información a buen resguardo).

Lo que sí les advertimos que la información que existe en las redes -al margen de los datos que proporcionen organismos oficiales, boletines de las administraciones públicas (y privdas) y las eventuales fugas de seguridad de entidades financieras, centrales de compra venta y análogas detentadores de bases de datos- proviene de dos fuentes: a) la que proporciona el propio sujeto, y que puede controlar y b) la que proporcionan sobre él los demás, a la que no es posible cerrar los ojos, porque no depende del sujeto; y que, si es falsa, tendenciosa o errónea, la mejor manera de combatirla es desde dentro, con argumentos verdaderos y, en su caso, con la denuncia a los órganos jurisdiccionales.

Están, por otro lado, los exhibicionistas en la red, no solo de sus flaquezas anímicas, sino también, y ello nos resulta especialmente simpático, de sus producciones, del tipo que sean. Blogs, webs, redes sociales, están llenas de fatuas, incluso ridículas, pero en una importante cantidad de casos, bien intencionadas, exhibiciones de lo que uno cree poder aportar a los demás, que es, al fin y al cabo, la demostración de la necesidad de ser amado por lo que se es o quiere ser.

Para estos individuos, la red supone ampliar o querer ampliar la capacidad de influencia, de concretar la necesidad de ser amado, querido, respetado, o, sencillamente, de ser tomado en consideración. Estos individuos convierten a sus apariciones en la red, a veces interpretables como sicopatías, en una bandera permanentemente desplegada, cuyo sentido es, inequívocamente: "Eh, que estoy aquí, que quiero que me queráis". La red es, para ellos, un campo de despliegue de su personalidad, que obtiene su recompensa -ocasional o sistemática- con esas reiteradas manifestaciones de "me gusta", o "te copio esto que se me ha ocurrido" o, más frecuentemente, "comunico urbi et orbe que me estoy tomando una cerveza, entro en el baño o me encuentro en una manifestación, una conferencia o estoy disfrutando de un día en la montaña".

Terminamos este Comentario con la referencia a un tercer tipo de individuos, que llamamos genéricamente, perversos, que utilizan el anonimato de la red para poner huevos de mala uva en lo que otros hacen. Convertidos en especialistas en tirar piedras sin necesidad de esconder la mano, porque creen estar actuando de forma anónima, meten mensajes soeces, descalificaciones frontales sin más fundamento que su intención de dañar sin ser identificados, utilizando la red como un campo de exposición de sus debilidades sicológicas, en la misma línea que los que gritan hijoputa al árbitro de un encuentro deportivo, porque entienden que nadie los reconocerá por su verdadera personalidad.

Pues bien: los tres tipos de actuación revelan aspectos de la personalidad real. Exhibicionistas, pudorosos o perversos en la red son reflejo de otras tantas características del yo real, y dan información sobre comportamientos, que cabe analizar con las mismas técnicas que utiliza la sico-sociología tradicional.

Sobre proles y responsabilidades

La Humanidad podría considerar cumplido de sobra el hipotético objetivo sublime (un mandato divino) de poblar la Tierra.

Es verdad que no lo ha logrado una sola estirpe ni una sola nación ni los pertenecientes a una sola secta, pero intentos no han faltado: el genocidio de los rivales parece estar ubicado muy hondo en las miserables razones de muchos sátrapas y dictadores, compartido y ejecutado por súbditos que unen miedo invencible y fidelidad inquebrantable como quien lava.

Exterminar al contrario fue una fórmula muy utilizada a lo largo de la Historia, que, por supuesto, no solo quedaba impune, sino que reportaba innegables beneficios: quedarse con lo suyo, esclavizar mujeres e hijos, y ampliar poderes, tierras y bienes que podían repartirse para premiar adeptos.

Aviso a navegantes: han cambiado algo las cosas.

Desde ayer mismo prácticamente, los países más poderosos de la Tierra, cuando encuentran algún resquicio entre las debilidades de los que lo son mucho menos, lanzan órdenes de busca y captura contra presuntos culpables de lesa humanidad y, con suerte, al cabo de los años, la Corte Penal Internacional puede ocuparse en juzgar a un anciano con cara de no haber roto nunca un plato, del que se demuestra capacidad para maldades inimaginables. Después de un juicio justo, se le condena, con alivio, a cadena perpetua y se le encierra en una cárcel de carísimo mantenimiento junto a sus dos más directos colaboradores, sometida a una estrecha vigilancia que no permite descartar que se acaben colgando con su cinturón de los barrotes de lacelda.

El otro lado de esta turbia moneda es que los gobernantes suelen apoyar los incrementos de natalidad de los que les convienen. Más población puede significar más representantes en los Parlamentos, más subvenciones, más votos, más poder; animar a tener hijos está también vinculado a las técnicas de huída hacia delante, son un método de aumentar la base de la pirámide de edades, para que parezca que encajan las cifras de generosas prestaciones sociales, se sostenga el crecimiento insostenible y todo eso que gusta al personal creer para no hacerse el harakiri.

La imaginación al poder: se podrían dar 2.500 euros a los que tengan un hijo antes de determinada fecha, o animar a conseguir Premios de natalidad -incluso ofreciendo un chalet- si se consiguiera concentrar doce, quince o veintidós retoños bajo un mismo techo. 

Hace un par de días, la prensa del corazón (toda, aunque en este caso era La Nueva España, que está algo más cerca del nuestro por razones ancestrales) presentaba el caso dramático de un chatarrero al que las nuevas normativas para recogida de residuos iban a hacer más difícil la subsistencia de su negocio clandestino, de recoger frigoríficos, teléfonos móviles y ordenadores abandonados en cualquier esquina por ciudadanos des-preocupados por el cambio climático: "Tengo seis hijos, y si me quitan ésto, me veré obligado a robar para darles de comer".

Ibamos a extraer algunas consecuencias de la falta de controles a la natalidad, pero se nos fue la imaginación por la ventana, en este caluroso día de comienzo de verano. Era algo sobre las consecuencias de un mundo en el que las parejas acomodadas ocidentales tienen solo un hijo, que pudo incluso haber nacido en China, mientras los pobres del mundo -desde Egipto a Sumatra o Sudán, pasando por Ecuador, Guatemala, Bangla Desh  o Pakistán- siguen creyendo que, cuantos más hijos tengan (varones, of course), más posibilidades les serán concedidas para salir de la miseria.

Se nos cruzó el chatarrero y su amenaza de perturbar nuestro orden. Así no se puede vivir.

Sobre la perfección

Si se preguntara a un grupo de personas lo que entienden por una "fiesta perfecta", detectaríamos -además de a los que no saben o no contestan, esto es, a los que no quieren mojarse en su vana pretensión de no ser catalogados- dos grandes grupos: a) quienes opinan que una fiesta perfecta es aquella en la que estuvo todo organizado hasta los menores detalles; y... b) los que están convencidos que una fiesta perfecta es una reunión improvisada en la que cada uno de los asistentes se esforzaron en pasarlo bien, no a costa de los demás, sino con los demás (o, al menos, con algun@s).

No nos sentimos con fuerzas para realizar una lista de las medidas que un buen anfitrión debe adoptar para que sus invitados no se le vayan de la fiesta después de haber agotado las aceitunas con hueso, y que los más interesados sin otras ideas podrán encontrar en cualquiera de los manuales de etiqueta que publican regularmente los que se consideran expertos en organizar la vida de los otros.

Lo que estamos convencidos es que, saraos y festejos aparte, la mayor parte de los seres humanos se dividen entre los que encuentran placer en sacarle punta al lápiz que otros han afilado (o "tajado", como decimos los asturianos) y los que se esfuerzan en escribir con el que tienen a mano, aunque lo hagan con tachaduras, enmiendas y errores.

Son dos esquemas de búsqueda de la perfección, al fin y al cabo: la de los que pretenden crear con los mimbres de que disponen, y la de quienes utilizan el trabajo de otros, para matizarlo o ampliarlo. Si ambas subespecies humanas son capaces de colaborar, sin hacerse daño, estaríamos en buen camino. Pero si los primeros ven a los segundos como pejigueros sin remedio y los otros sientan su autocomplacencia en creerse que son los autores de lo que, simplemente, han pretendido corregir, mal vamos.

Porque la Historia está plagada de fracasos de quienes pretendieron haber encontrado el camino perfecto para lograr algo, pero también tiene magníficos ejemplos de quienes encontraron soluciones para problemas que no estaban analizando. No pocos descubrimientos de los llamados claves para la Humanidad son producto de una casualidad que se colocó en la trayectoria de los que estaban investigando otra cosa o ni siquiera pretendían descubrir nada.

Y nadie habrá de creerse tan fino como para no admitir que lo que ha hecho no puede mejorarse. La sensación la percibe, con frecuencia, el propio autor, cuando repasa lo que hizo al día siguiente, o al cabo de los años; nuevas informaciones, mejor percepción de lo que se tenía a la vista, cuando no el amargo sabor de descubrir errores, defectos de expresión, faltas de ortografía, confusiones tanto de bulto como de fineza...

Hace algún tiempo, los que creían tener algo que decir lo dictaban a su secretari@, o se lo trabajaban con el bolígrafo sobre un papel en blanco, y había oportunidad para corregirlo una y cien veces, antes de lanzarlo a más publicidad; hoy, casi todos los creativos de la letra impresa trasladan directamente del magín al procesador de textos sus elucubraciones, y de ahí, al espacio sideral, con lo que los enanos infiltrados en los programas informáticos engorrinan el trabajo: suprimen, aparentemente a su antojo, aquí y allá palabras, cortan párrafos, o corrigen otros automáticamente sin respeto, pudor y sin consultar a dios ni al diablo.

Desde los escritos oficiales, sean dictámentes jurídicos a informes de situación, presupuestos del Estado como comentarios anodinos, hemos aprendido a convivir con los errores, conscientes, mal que nos pese, de que cualquier intento de hacer algo brillante será superado en días, por mucha que sean la importancia que queramos darle. Preocupados por difundir cuanto antes, ya que lo efímero nos acogota, nos hemos acostumbrado a no dar a la letra impresa mucha importancia, aunque nos vayan en ello los dineros y la tranquilidad, no pocas veces.

A pesar de todo, se siguen adjetivando como perfectas muchas creaciones por sus orgullosos autores. No importa que la corrección de errores ocupe un lugar preferente en el BOE o que las tormentas perfectas no pasen de ser fenómenos atmosféricos de tres al cuarto. Desde la otra esquina, se califican como porquería, lanzándolas al cubo de la basura, muchas propuestas dignas de sereno análisis, porque contienen la base para avanzar hacia lo bueno.

Lo que no entendemos es el celo con el que, cogiéndose el artilugio de pensar con papel de fumar, persisten en los sótanos de atractivos edificios mentales, tipos sin ninguna imaginación para crear que critican con placer lo que otros proponen, cortando a hacha las hojas y las ramitas de su trabajo, o añadiéndole arabescos laterales tan rimbombantes como estériles, jardineros de fin de semana a los que solo importara dar al envoltorio carácter de bombonera, sin percatarse de que lo que interesa es la calidad de los bombones, no los plásticos y papeluchos que los envuelven.

Sobre el agotamiento de la noosfera

Podíamos expresarlo quizá mejor de otra manera, aunque esta sirve para empezar el diálogo.

Si la noosfera es la tercera fase de un proceso evolutivo del cosmos que tiene por antecedentes las transformaciones geológica y biólogica, y en la que formas evolucionadas de algunos seres vivos son capaces de actuar sobre él con independencia de las leyes biofísicoquímicas, o sea, conscientemente, puede ser que estemos vislumbrando el final de la película.

¿El progreso de la evolución significaría volver a empezar, o salirnos del cine?. Algunos llevan tiempo preguntándose lo que hay detrás de esta maquinaria, si Dios (o dioses) o azar; si casualidades o causalidad, en definitiva.

Puede que el lector, sobre todo si está ilustrado en las teorías de Teilhard de Chardin (versión cristiana) o de Vernadsky (rama neomarxista) sobre la noosfera, se incomode porque se trate de forma irreverente una de las teorías más atractivas de las que tratan de explicar lo que los humanos hacemos aquí, metidos entre materia y energía. 

Obviamente, eso implica haber superado la preocupación, considerándola minucia, por llevarse algo a la boca o a alguien al catre; lo que también puede significar que, antes, se han resuelto ambas cuestiones, pues sospechamos que todos los que pueden dedicarle tiempo a pensar, tienen sustento y compañía.

Volvamos, pues, al centro. Hay un elemento que merece la pena analizar, a raiz de la potenciación de las interrelaciones entre seres con consciencia que han supuesto las telecomunicaciones.

Esperamos no ser considerados demasiado simples recordando que en los orígenes de la consciencia, era la comunicación. El trasvase de información de una generación a la siguiente, superando la simple traslación por lo que llamamos instinto, es la clave para avanzar en la profundización de la consciencia; empezando por el hecho más elemental de trasferir a otros el hallazgo, convertido en drama individual, de que somos finitos, de que moriremos sin remedio.

Inicialmente para trasladar conocimientos, se confiaba en la memoria, y la transmisión era básicamente oral, aunque no descartamos que se incorporaran rápidamente algunos signos; concretos mementos, recuerdos de respeto, monumentos para ensalzar los descubrimientos que se habían realizado: monolitos, señalamiento de lugares sagrados, indicaciones acerca de donde podría encontrarse alimentos o se hubieran detectado peligros o señales misteriosas.

Puede que la principal transmisión de saber hacer estuviera relacionada con la correcta selección de los elementos para cobijo y protección contra las inclemencias y enemigos, con la indicación de los productos biológicos que fueran sanos o venenosos, y, muy pronto, con la fantasía: las fórmulas para conjurar peligros, los encantamentos, las supuestas señales de los dioses, las elucubraciones, seguramente mentirosas, mentiras convertidas en verdades, incrustadas en el conocimiento de lo que realmente era útil...

¿Cómo distinguir lo cierto de lo incierto, al fin y al cabo? ¿Por sus efectos positivos o por las hipotéticas consecuencias negativas del incumplimiento de la norma sobrevenida? La introducción de la probabilidad fue, en este contexto, un gran hallazgo, porque permitió expresar que nunca estaríamos plenamente seguros de conocerlo todo de forma absoluta.

Dando un salto en el tiempo, la imprenta facilitó enormemente la comunicación y, por tanto, la interacción, pero quedó rápidamente disociada en dos líneas con pocos puntos de unión: la información que servía para transmitir conocimientos -cada vez más sofisticados-, o la que permitía al lector avivar su imaginación, transmitiendo emociones.

Vamos a llegar al final de esta elucubración, obviando pasos y razonamientos intermedios. En la etapa actual, la preocupación por trasmitir la información ha quedado muy relegada ante la posibilidad de dejarla documentada. En los centros de enseñanza hay cada vez menos interés por justificar la forma de llegar al saber, trasladando solo los resultados: reglas nemotécnicas, ábacos, gráficos, conclusiones a cuya justificación no se llega, sino que se impone; no se enfaden los profes, pero es muy posible que ellos mismos también sepan (relativamente) menos, tengan más carencias para entender lo que enseñan: han perdido credibilidad, pues.

Tampoco es ya posible, salvo para algunos privilegiados, entender ni siquiera una pequeña parte de lo que se conoce. ¡Es tan vasto el conocimiento que habría que transmitir! ¡Hay tantas teorías!.

En cambio, la posibilidad de transferir emociones ha quedado potenciada hasta límites que no resultaban imaginables. Se puede jugar, hacer el amor, viajar, interactuar, con otros seres como se desee, de un forma virtual.

Ni siquiera hace falta conocer su verdadera identidad; incluso el número de identidades virtuales puede ser muy superior al de las reales, generando un sin fin de personalidades, cuyo sostenimiento, en las líneas de lo que llamamos carácter y en lo que consideramos soporte curricular, solo depende de la imaginación inividual. Podemos disponer de cuantos avatares queramos, con la única dependencia del tiempo que les podamos dedicar. Ah, pero también podemos construir un generador aleatorio de personalidades ficticias, y poblar con ellas el mundo imaginario...

Pues bien. Se hace cada vez más complejo y difícil conocer, incluso para nosotros mismos, la verdadera personalidad que se esconde detrás de esta paranerfalia de elementos para la comunicación de trivialidades. No sabemos, con frecuencia, si lo que estamos sintiendo es propio  de nuestra vivencia real o de lo que hemos volcado en el escenario virtual, engañando, no solo a los que interactúan con esos yos que hemos creado, sino a nosotros mismos.

La ebriedad que provoca esta opción con tintes maquiavélicos parece que nos ha hecho olvidar que lo más importante de la noosfera era el conocimiento transformador que podíamos ejercer sobre la materia y los demás seres vivios. Ahora, aunque una parte muy reducida de la Humanidad -en general, ni siquiera individuos, sino más bien, corporaciones- tiene la capacidad para realizar transformaciones importantes, la mayoría no saben cómo hacerlo y, por los síntomas, tampoco les importa cómo lograrlo. Viven solo para el disfrute, para las sensaciones.

Con una fundamental diferencia: hasta hace pocos años, quienes quisieran y pudieran, estaban en condiciones de ponerse al tanto de lo sustancial del conocimiento en una generación. Ahora, eso ya no es posible.

La noosfera está dando paso aceleradamente a la ignorosfera, cuyas bases constructivas no se encuentran en el interés por conocer cómo, sino en la terrible dependencia de disfrutar de, sin importar la forma en que esa sensación se origina ni quién o para qué la provoca. 

Sobre la imaginación y el poder

Su relación no se parece a la del sol con la noche, sino más bien a la que mantiene el culo con las témporas, ya que la imaginación y el poder no son complementarios, ni opuestos, sino que se mueven por territorios diferentes.

Para un observador que pretenda analizar las cosas libre de condicionandos, el eslogan del situacionismo, "La imaginación al poder", aparece como una luz guía que genera opciones para el optimismo en nuestro mar de dudas.

La travesura intelectual de aquellos jóvenes de los cincuenta del pasado siglo, que creaban situaciones para manifestar su rechazo a cuanto significara dogma, que pretendían dar la vuelta a los calcetines y anclajes del pensamiento, para poder contemplar las cosas desde el otro lado del espejo, cobra su vigencia otra vez, ahora que colectivamente nos hemos vuelto a anquilosar en el fango de la estulticia, siendo el pensamiento creativo despedazado a picotazos, sostenidos como estamos por las garras de la comodidad, el conformismo y la falta de imaginación.

Los indignados del 15-M, que han conseguido que tanto se hable de ello, no tienen mucho que ver con aquellos jóvenes, porque la situación que critican se la han creado otros, es decir, ha venido generada por el poder. Sus eslóganes, deslabazados, sin la deseable coherencia, reflejan un claro malestar -compartido, como sentimiento, por una gran mayoría silenciosa-, pero no son, en conjunto, ni graciosos ni establecen una línea de actuación. Son, hasta el momento, simplemente, confusionistas.

No resultan prácticos, porque no son realizables, pero su planteamiento en tono de seriedad, de presión al poder, crea desconcierto. No hay revoluciones pacíficas, ni cambios drásticos desde dentro. Y, en realidad, los jóvenes manifestantes -y los que los acompañan, canosos- son un movimiento pacifista, light, que no quiere sangre, porque le da vértigo, pero pide a gritos que se corten cabezas con los cortauñas de la estantería.

No hay que pedir imaginación al poder, porque no la tendrá. Su preocupación será reproducirse, entregar justificaciones en la pretensión de que no se puede hacer mejor o de que lo que se hace es el único camino posible. Es también evidente, que los partidos políticos -¡todos!-se han convertido en España en instrumentos controlados férreamente por sus estructuras dirigentes, en las que la ciudadanía, e incluso la mayor parte de los militantes, no tienen ninguna o muy pocas posibilidades de influir.

Tampoco la imaginación quiere el poder, porque el eslógan es, en estricto sentido, una manifestación ácrata. La imaginación, el estímulo de la novedad, la novedad como recurso, solo provienen de la libertad y la imaginación reclama vivir en libertad.

Pero, ay del poder que no atienda regularmente a las propuestas de la imaginación, porque caerá, falto de solidez, víctima de la revolución de las ideas, que, sin guía, se habrán convertido en caos, en exigencia de destrucción inmediata del poder.

De méritos a meritorios

De méritos a meritorios

Que no estamos en una sociedad -nos referimos a la española- de méritos sino de meritorios de segunda categoría, no aportará sorpresa alguna a los que participan como actores o asisten de espectadores -voluntarios o forzados- al tragicodrama (1) nacional.

Quizá lo único que habría que precisar, para quienes tienen menos conocimiento de la lengua que nos es propia, que un "meritorio de segunda" no sería -en la acepción de la RAE- quien tiene méritos, sino quien los pretende, trabajando incluso sin remuneración, haciendo lo que se ha dado en llamar "la pelota" al que está en el poder, para tener acceso a un puesto de funcionario.

Los meritorios que tienen éxito en sus objetivos forman legión en una tierra como esta nuestra en que abominamos del riesgo y en la que nos gusta es tener un gorro, sea cual sea, que nos regale autoridad y nos permita controlar lo que hacen otros, escapándonos de que se nos controle lo nuestro.

Lo que da mayor singularidad a un meritorio de segunda no es, sin embargo, el puesto que ocupa, sino su empeño, una vez conseguido el sitial, en impedir con todas sus fuerzas que quienes no sean de su cuerda, de su familia o de su agrado accedan a un sitio semejante al que le han encumbrado.

Participan en este devaneo casi todos cuantos están en la pirámide de meritorios: desde el más humilde conserje o celador al más lustroso cátedro, magistrado o director de departamento. Podría decirse, pues, que conforman un cuerpo invisible de meritorios, en los que la protección del estatus y el control de accesos forman parte indisociable de la doctrina.

La historia de los pícaros se entremezcla así con la de los valiosos; la de los que tienen mérito de primera categoría, con la de los que han tenido su mayor destreza en lamer culos ajenos. Unos y otros andan juntos en una única manada, hecha de toros y cabestros, en la que tanto sirve montar como ser montado.

Si deseamos mejorar lo que se hace mal en España -que no es tanto como dicen los enemigos de nuestra idiosincrasia ni tan poco como pretenden los que están arriba del machito- habrá que reflexionar sobre la valoración de los méritos que deseamos en esta sociedad, que es tanto como decir, lo que deseamos que tengan los que llevamos hasta arriba, en donde se nos dirige.

Porque si, al observar atentamente lo que tienen en las manos y en el cerebro los que han llegado, no encontramos en muchos diferencias con los que no se han acercado ni de lejos, habrá que dar la razón a quienes sospechan que el mayor mérito para ser considerado un figurín es haber combinado el arte de lamer culos con el de pisarnos la cabeza a los de abajo. 

(1) Lo normal, por supuesto, es hablar de tragicomedia para referirse a esta feria de vanidades que acaba en valle de lágrimas para todos; como no queremos utilizar el palabro hiperdrama, hemos creado un vocablo que refleja, a un tiempo, el superlativo equivalente a "dramón" y el sarcasmo que está implícito en todo docudrama.

De ilusión también se vive

Vivir de ilusiones es, como se sabe, la expresión por la que condenamos al desprecio a quienes no son capaces de tener los pies en la tierra y se mantienen levitando en fantasías que, a diferencia de lo que creen a pies juntillas quienes les rodean, ellos se piensan sin el menor fundamento que se van a realizar, simplemente porque así lo quieren.

Para algunos, son un grupo aún más digno de lástima que los que se andan por las ramas, están en Babia o dan palos de ciego; parientes intelectuales de la lechera del cántaro a la fuente, sueñan despiertos con sus principes azules, tienen, hasta el momento del sorteo, billetes de lotería premiados en sus manos, y, a la menor, predicen cambios de coyuntura con las gafas de rosa. Caminan, entre tumbos, por las tierras de sus deseos imposibles, irrealizables salvo por artes de birlibirloque o milagros que no vienen al cuento.

Vivir de ilusiones es, sin embargo, una forma de vivir, en la que aposientan sus reales, por convicción o por truco, ciertos individuos. Por dura que sea la realidad no consigue nunca despertar de sus sueños a estos ilusos, que después de cada descalabro parecen recuperar nuevas energías.

Tenemos hoy en la vida política española un ejemplo estupendo de lo que significa vivir de ilusiones. El candidado a presidente Rubalcaba ha comenzado una campaña de enardecimiento de las huestes socialistas con un discurso victorioso, una arenga llena de ardor.

Viéndolo recorrer los territorios destruídos de los seguidores más fieles, avanzando entre ruinas y desgarros, prometiendo victoria y poniendo en pie los muñecos rotos, amenazando al contrario con la debacle, convertido en primo de Zumosol a base de hormonarse fuera del campo de batalla, recuerda a las bravuconadas de los contrincantes de la lucha libre, que ya han pactado quien ha de ganar y se limitan a representar complicadas figuras acrobáticas que han ensayado en el gimnasio.

De ilusión también se vive, desde luego; hasta cierto punto, en que es imprescindible dar de comer a la multitud con los cuatro panes y los peces que han traído al campo los discípulos. Y aunque está preparado el escenario, completa la parafernalia, falta quien haga el milagro de la multiplicación, y el personal lleva ya años esperando.

Por todo ello, los sondeos de opinión reflejan a las claras que, por mucha ilusión, empuje y ganas que se le echen al cotarro, por más aplausos y vítores que se cosechen tras el rezo, a la hora de comer, viendo los platos vacíos, los devotos dejan de creérselo.

 

Sobre el deterioro insostenible de nuestra convivencia

Sobre el deterioro insostenible de nuestra convivencia

Tenemos más razones para ser pesimistas respecto al futuro de la especie humana en conjunto que para defender el optimismo con el que nos obsequian, en cada ocasión, los paladines y principales beneficiarios de nuestro actual desorden: grandes empresarios, políticos y altos funcionarios.

Si el lector es amigo de las representaciones gráficas vinculadas al desarrollo, y, aunque no lo fuera, como observador inteligente, habrá tomado conocimiento de que el crecimiento de la población y el aumento del bienestar suponen un sistemático, y en general exponencial, deterioro de los parámetros ambientales.

Los optimistas defienden que, a partir de un cierto momento, la tecnología, la conciencia social y, en no menor término, una legislación restrictiva, detendrá el deterioro y se volverán los parámetros a cifras gobernables.

Los pesimistas opinan que, aunque eso fuera cierto, el momento en que se invierta la tendencia estará demasiado alejado de la posibilidad de mantener incólumes a una prte importante de la población mundial, y, antes incluso de que se llegue a esa situación de autocontención del sistema, percerá un número suficiente de individuos, de forma que se alcanzará el equilibrio nuevamente en un punto anterior, pero sin necesidad de haber incorporado tanta tecnología ni tanto derecho.

En la Plaza del Sol, en Madrid, un grupo combinado de inconformistas, ilusos, marginales y rateros, está consiguiendo trasladar a la mente general el ejemplo de cómo se llega, rápidamente, a generar una situación de caos con buenas intenciones de partida, cuando se da el poder a la masa, sin otra directriz que "el poder es vuestro".

Hacen falta líderes creíbles que pongan en pie programas realizables. Si faltan unos u otros, el deterioro de nuestra convivencia se vuelve rápidamente insostenible y el desorden lo dominará todo.

Alcalde, hay que poner coto a esta manifestación de libertinaje, ya.