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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sociedad

Sobre personajes imaginarios que pueden venir a cuento

(Advertencia previa: Este Comentario no es serio; está realizado con la intención de hacer unas risas; si alguien se siente enojado por él, que se cure de lo suyo).

En un país en el que hasta el más tonto se jacta de hacer paraguas, el riesgo que corre quien se las da de listo como el hambre, es que, cuando llega la hora de concretar, si no se anda con Tiento, se tomen sus propuestas como venidas de Pitorreo, y se le acabe teniendo por un Perico de los Palotes sin más recursos que el pito del sereno (el de silbar).

La situación a ventilar es tan complicada, que, a la mínima, parece que se pudiera armar la de Marimorena, que no se debe confundir con la Martaleña, que es mustélido; visto desde el lado de quien toma las decisiones, cuando la situación degenera en un Pifostio (y no digamos ya si es de tomo y lomo), lo que apetecería (demasiado tarde) sería haber salido de allí antes de la de vámonos, Juana, o que volvieran las cosas al principio.

En toda cuestión de la que se deduzca un responsable, si no se anda con ojo, éste puede quedar como la chata de Pumarín, es decir, como Angulo. Por cierto, que esa señora de escasa nariz es un caso peculiar de personaje de ficción que antes fue real, bien conocido en su época por aquellos ovetenses que, contrariando costumbres, se arriesgaban a mirar cuando se cruzaban con otros en la calle. No tiene nada que ver, que se sepa, ni con la Bernarda (aunque compartiera con ella profesión) ni con el bobo de Coria, que ese sí estaba emparentado con el tonto del bote, ¿Abundio?, que pasaba la vida en Babia, cuando no estaba asando la manteca.

Se aconseja al líder hacerse con adecuados compañeros de viaje, que le asesoren con Prudencia la mejor forma de elegir entre tantos Menganos, Zutanos, Merenganos y Fulanos que estarán aporreando su puerta con sus bálsamos de Fierabrás.

No caben principios generales, aunque ha de descartarse a El Pupas, porque de quejicas nunca cabe esperar soluciones, y también se debieran excluir a los Gafes, que más que pincharse con el as de espadas jugando a las cartas, son quienes ven peligros antes que oportunidades. Igualmente, ándese con cuidado con Antón Pirulero que, atendiendo solo a su juego, propondrá lo que solo a él interese.

Tampoco sirven ni para un apaño los alumnos del Maestro Ciruela que, aunque tengan el  máster de alguna Universidad norteamericana, andan más perdidos que Carracuca, porque, con la cebeza cargada de recetas sin ordenar, envenenan el ambiente, distraen y, al fin y al cabo, lo que sugieren no vale para un roto, ni para purga de Benito.

No tanto por cuestión de alcanzar cuota como de dar en el clavo, al equipo hay que incorporar mujeres, y para hallarlas muy buenas y mejores en gracias y talentos, no hará falta ir a Calatayud a preguntar por la Dolores ni dejarse guiar por un Judas hasta la María Sarmiento. Eso sí, será de agradecer que no se las den de Marisabidillas, ni pretendan que comportándose como Marimachos, alcanzan mejor la talla. Por cierto, y para obviar que todo se termine con un ¡Angela María! del que hizo la  selección, se atenderá, únicamente, a lo amueblado de los cerebros, despreciando otras virtudes, que son de apreciar en distintas circunstancias.

En todos los sexos, manifiestos o no, abomínese de los maestr@s en el arte de birlibirloque, por el tiempo que hacen perder, como sucede con los ciruélidos a los que nos hemos referido antes. Eso es así desde los tiempos de Maricastaña.

Aunque no hay que juzgar por el aspecto físico, en los que tengan que estar en primera fila, es conveniente que no sean más feos que Picio, ni anden hechos un Adán, pero tampoco se las den de más elegantes que un pincel, vigilando a hurtadillas dónde compran sus trajes (o llenan los depósitos).

Como habrá que ahorrar,  no se vaya a caer en el error de organizar un ejército dotándolo con las carabinas de Ambrosio -bandido que la cargaba con altramuces, por lo, creyendo tirar a dar, no acertaba una-, ni se acuda a los trapaceros métodos del capitán Araña -el que reclutaba marineros pero jamás se embarcaba con ellos-, no vaya a ser que todo resulte en un Tiberio, al descubrirse la tostada.

Las reuniones para tomar decisiones, háganse en sus sitios legalmente previstos, con luces y taquígrafos, y no en la casa de Tócame Roque o en la de Pedro (por a gusto que se sienta en ella), ni, aunque pueda parecer que tenga su aquél, se restrinja el ámbito de la discusión al corral de la Pacheca.

Llegado el momento de comer, sean frugales los yantares y aún más escaso el correr del licor -nada de ponerse como El Quico- y, si no se alcanzara el punto pretendido, córtese por lo sano con un si quieres arroz, Catalina. También puede servirse el ya te rondaré, Morena.  

En el peor de los casos, solo quedará acogerse a lo que tú digas, ya sea palabra de Judas, o como dicen en Colombia, sabrá Mandrake, quedando todos, a pesar de la tecnología de hacer paraguas, como chupa de Dómine.(1)

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(1) Y no como suele decirse, chúpame dómine, que literalmente expresaría un deseo muy distinto.

En la jornada de reflexión

Por mor de la Ley Orgánica 5/1985, de 19 e junio, del Régimen Electoral General,  el día antes de las elecciones generales -que han de ser en domingo-, se impone una jornada de reflexión, cuyo propósito real es impedir actos violentos de exaltación partidista.

Según el manual de cosas cantadas y verdades que han de admitirse sin chistar, los españoles no somos dados a la reflexión, al estar inclinados por tradición y  carácter a resolver sus asuntos con la cabeza caliente. Aquí, las más de las veces se hacen las cosas en un arranque, es decir, sin darle más vueltas, y, en realidad, sin darle muchas: tal vez a la primera.

Si el tema lleva tiempo rondándonos la cabeza o ya huele, habiendo llegado a un punto en que no aguanta más, trae más cuenta liarse la manta a la cabeza, y tirar por la calle del medio y, si no hay calle, salirse por peteneras; para cortar por lo sano, cuando el culpable del desasosiego tiene nombre, se le manda a tomar con viento fresco o por lo que menos quiera.

Los reflexivos son rara avis, pero, sin que andemos sobrados de ellos -ni de nada-, tampoco faltan, que de todo hay en la viña del Señor (aunque, para ropa, mejor ir a Zara). Se les ve venir de lejos, especialmente, cuando levantan la mano en una discusión acalorada, de esas en que parecería que nos va la vida en ella -un guirigay, vamos-, y quien más quien menos, todos se están poniendo a caldo o no paran de decir chorradas.  Pedir la vez expresa que tienen algo que decir, y lo normal es que se acabe todo como el rosario de la aurorra y ellos no tengan su oportunidad.

Ser reflexivo no es lo mismo que andar meditabundo, gacho, porque una cosa es estar a lo que se celebra, y otra ser un amomiado.

Amomiarse supone, en esencia, andar papando moscas, pero no solo, porque todo evoluciona. Los que eran momios, cuando había tocadiscos en los guateques -allá por la edad de piedra de las relaciones, cuando las jóvenes buscaban casarse- hacían de pinchadiscos mientras los demás se daban, discretamente, el lote. Hoy los momios se quedan en casa jugando a Farmville, creyendo que así hacen algo útil. Cuando descienden a la vida real, los momios no tienen nada que hacer ni que decir, porque les falta materia gris cuando el mundo no es de colorines.

Una jornada de reflexión como la de hoy, no va a compensar muchas jornadas de irreflexión anteriores, pero algo ayudará, si se aprovecha hasta las últimas consecuencias, apurando hasta la última gota. Los responsables de campaña, que se las saben todas, no descuidan lo más mínimo. El viernes, 18 de noviembre de 2011, decenas de autobuses, cargados hasta los topes de ancianitos a los que se les había dado como premio por la participación, unas banderitas azules y eñ bocadillo de mortadela, ocuparon los alrededores del Palacio de deportes de Madrid, donde había un mitín para celebrar el triunfo del Partido Popular, que está cantado.

Opinar lo contrario es dar el cante -y se sabe que no hay que cantar la gallina antes de tiempo-, pero como mientras haya fe, hay esperanza, en otro lugar del mismo pueblo, los seguidores de otra facción, a la que ciertos aguafiestas atribuyen idénticos o parecidos argumentos, festejaban el triunfo del Partido Socialista -que está por ver-, y como la alegría, como el dinero, va por barrios, otros partidos en liza, -y ya son ganas-, hacían lo propio. Pero lo que no está en el guión, no tiene chance.

Con reflexión o a la carrera, son multitud los que se han apuntado al cambio de aires -lo de afiliarse es otra cosa, aunque hay especialistas en cambiarse de chaqueta y aún de traje por subir en política-, confiando en que un milagro les curará de lo suyo.

Nuestra reflexión va por otro lado, y reconocemos que el diagnóstico está chupado. En nuestra modesta opinión, el mayor problema del país es el alto número de parados. Y, en esta ocasión, que nos referimos a los que no tienen empleo, que no tienen nada que ver.

Parados son los que confían que la solución les venga de fuera, como caída del cielo. Es muy difícil movilizar a los parados de verad en un país en el que los jóvenes siguen soñando con ser funcionarios, sin admitir que no hay sitio para más, ni da lo mismo. Todos debemos aportar nuestro grano de arena, y el que tenga más de uno, con mayor razón.

En fin, jornada de reflexión. Que les sea leve.

Ante la necesidad imperiosa de crear empleo

El comienzo de la campaña electoral en España ha activado la imaginación de los portavoces de los partidos que se encuentran en posición de obtener representación parlamentaria, para presentar las medidas que supondrían la activación de la economía, lo que se vincula directamente con la creación de empleo.

A esa ceremonia de chamanes del dios dinero, concurren también los representantes sindicales y empresariales, además de catedráticos y especialistas de esa complicada combinacion de ciencia y exoterismo que tanto papel juega en nuestras vidas.

Desde un lado del panorama, pugnan por hacerse oir quienes defienden que hay que reducir el músculo de las Administraciones, reducir impuestos, poner más barato el precio del dinero y confiar en que la iniciativa privada detecte oportunidades de negocio. En resumen: confían más en la inteligencia del mercado que en la capacidad de los Gobiernos para salir del bache, y, al reducir los ingresos del Estado, disminuyen, naturalmente, las prestaciones públicas (aunque no lo digan).

Desde el otro lado de las posiciones ideológicas, se indica que no se reducirán los servicios sociales, ni se empeorará su ejercicio, y que se aumentarán los impuestos a quienes tienen mayor capacidad económica. En resumen: se ven maniatados para reducir el Estado de bienestar, y la presión sobre los que gozan de mejor posición para soportar la crisis, menguará, naturalmente, su interés inversor por acometer nuevas iniciativas.

Parecerían dos posiciones irreconciliables y, planteadas como pura discrepancia conceptual, lo son. Pero en economía las cosas nunca son tan sencillas como para exponerlas blanco sobre negro.

En nuestra opinión, la generación masiva de puestos de trabajo no está tan vinculada a las cuestiones macroeconómicas como a la generación de un escenario de confianza a niveles microeconómicos.

Los agentes mayores de la economía tienen una visión de la situación, y una capacidad de respuesta y resistencia a la crisis, que los hace poco sensibles a las necesidades locales: el caso de las multinacionales es paradigmático, utilizando a su antojo la movilidad de sus centros de producción, buscando los menores costes y la optimización del beneficio. Aunque a muy corto plazo puedan sentir el peso de las medidas fiscales (por ejemplo), a medio plazo se escurrirán, en busca de escenarios más favorables.

Distinta es la cuestión para los agentes menores, entre los que se debe contar esperanzadoramente con los pequeños ahorradores, los profesionales con especialidades, los jóvenes con formación en nuevas tecnologías, los jubilados y prejubilados, los que tienen capacidad de consumo casi intacta a pesar de la crisis (funcionarios y empleados de las empresas más sólidas, que tienen seguro su puesto de trabajo).

Para ellos, hay que preocuparse, desde los estamentos del Estado, de generar  en condiciones de estabilidad y confianza, orientando sus posibilidades inversoras hacia sectores de futuro y reduciendo el coste del dinero que necesiten para plasmar sus ideas de negocio, que estarán, por su misma naturaleza, vinculadas al territorio en donde viven (dineros que emplearán, por cierto, fundamentalmente, en la financiación del circulante de sus proyectos).

 

Sobre quienes ven los toros desde la barrera

Desde el 1 de enero de 2012, y hasta que el Parlament catalá cambie democráticamente de parecer, las corridas de toros permanerán abolidas en Cataluña. Será un hecho cultural, que marcará una diferencia más, y ésta bien definida, entre esta región y el resto de España.

Seguro que, con el espíritu práctico que caracteriza a los catalanes -"el català de les pedres en fa pa"- la Editorial Sopena (con sede en Barcelona), que se viene esforzando desde hace siglos en que los españoles aprendan idiomas en diez días, habrá suprimido, para las ediciones en Cataluña, un capítulo que la nova situació, el fet cultural sobrevingut, ha convertido en prescindible: "En los toros/ Át dzoe búl fáit" -en español/en inglés-, ahorrándose así el alumno que quiera ser monitor turístico en los Països un par de horas en el dominio de qualsevol lengua extranjera, incluído -ay!- el catalán.

Pero no hemos abierto esta página del Cuaderno para dar cancha ni a amigos ni a enemigos de las corridas (siempre habrá que puntualizar "de toros"). Nos proponemos algo más pedestre, que es denunciar -ante quien corresponda, que puede ser, todavía, González-Sinde, ministra española de Cultura- que la supresión del vistoso, cruento y emocionante, bello y abominable, espectáculo que sigue siendo fiesta nacional en el resto del país, supondrá -si se generaliza la práctica de decidir democráticamente lo que nos gusta o no, por ajustadas votaciones en los Parlamentos regionales-, en corto plazo, una pérdida sustancial de vocabulario y, por tanto, la desaparición de una parte de nuestra cultura (que es tambè la seva).

No se comprenderá, por ejemplo, lo que se quiere decir cuando se objeta a quien no se compromete con el caso, que está viendo los toros desde la barrera. Será necesario explicar lo que duele síquicamente el que la autoridad te meta un cuerno, y, por supuesto, nadie se referirá a esas gracias que hacen daño al prójimo, comentando que le han metido un buen pullazo.

Creemos que el cuadro de Gernika (léase Guernica) que pintó un afamado artista francés nacido en Málaga, llamado Paul Picasso (léase Pablo Picaso), no hubiera sido el mismo si al maestro de todas las generaciones de pintores que vieron sus cuadros no le hubieran gustado los toros, tanto en estofado como en la plaza.

Habrá, desde luego, también, que eliminar de los museos todas las demostraciones de esa barbarie genial que es pasar a un cornúpeta bajo un trapo, y que suele acabar -en las plazas de menor postín- con el astado arrastrado por las mulillas al desolladero y con el maestro bípedo dando una vuelta al ruedo con un apéndice del animal, y que la tradición ha decidido que sea, en general, una oreja.

Volviendo al lenguaje: por más que no disminuya la frecuencia (más bien tiene toda la pinta de aumentar), habrá que encontrar otras formas de referirse a quien padece -típicamente, sin saberlo- la enfermedad común de que le engañe la pareja, pues no tendrá tanta gracia referirse a él (o ella) como cornudos, y habrá muchos que no entiendan que quien les pone los cuernos en la mano y les hace empujar la carretilla, los utiliza para entrenarse en mejorar los pases con que obsequiará al repetable a la hora de la verdad, que suele empezar a ser a las cinco de la tarde ("las cinco en punto en todos los relojes").

¿Cómo asociar el darle una larga cambiada a un tema o a un energúmeno, con el mérito de despistar lo que parecería obvio, cambiándole los chips a quien viene bufando, con ánimo de apremiarnos a hacer lo que no nos apetece un rábano? ¿Se podrá entender lo que es recibir a la porta gayola, que es casi como decir me importa un pito, esa emoción de aguantar el tipo sin saber qué es lo que se nos vendrá encima, confiando solo en nuestra destreza para salir del paso, aún estando de rodillas?

No, nos creceremos ya como el toro en el castigo. Habrá que explicar que tener temple no es ir bien abrigado, sino saber estar a las duras como a las maduras, mandando, sin mover ni una ceja ni las zapatillas, bien plantáos, aunque se tenga la taleguilla rota y los machos sueltos; se perderán colores: ni negro zahíno, ni bragao, ni tal vez prieto o manchao; prevalecerán esas ridículas denominaciones de butano, teja, chicle o verde botella...; no habrá adeptos, en tendidos de sol como de sombra, a verónicas, manoletinas, pases de pecho, naturales,...¿quién creerá algo a pies juntillas si no habrá quien ponga así, en su suerte, las banderillas, sobre todo, si fueran de castigo?

No podemos terminar sin lanzar un mensaje a todos los catalanes que aman la riqueza cultural: suprimid, si así lo queréis, las corridas de toros en directo, porque siempre os quedará verlas por las televisiones nacionales o el resto de las autonómicas, pero no dejéis que desaparezca lo taurino del idioma.

Ante el predominio de la mediocridad

Se han colado por todas partes: en España y fuera de aquí. Se han aupado en los centros de decisión, de opinión, de creación de cultura. Impregnan el lenguaje con sus banalidades, dominan los foros de expresión. Confunden y aplastan, -con sus voces tonantes, sus argumentos insulsos, sus frases rimbombantes, soportados con los aplausos de unas claques bullangueras-, a los que tienen más sólidas razones.

Son mediocres y felices en su condición. Sobre sus alzas y pedestales, desde la cima que han conseguido a base de pisotear, emplear los codos y patadas para avanzar y, cuando lo consideraron necesario, cortar voluntades y cabezas, se sienten imprescindibles. Lo son para los intereses que defienden. 

Siguiendo pautas de desorientación, han convencido a las masas, vacías de energía, que son, a la vez, posición y alternativa. Las tienen en sus manos.

Mirémoslos, de una vez, desprovistos de ropajes. Se reúnen, dicen, para analizar la situación. Proclaman que saben cómo resolverla. Pero la realidad demuestra que no saben o no quieren tomar las decisiones que servirían para corregir el rumbo torcido.

No gestionan las crisis, gestionan las voluntades de los que han convertido en sus dependientes, haciéndoles creer que hacen lo que pueden para solucionar las debacles, cuando en realidad, aplazan las medidas, marean las perdices, dejan que las cosas empeoren para los más débiles, calentando el fuego de los que más tienen.

No basta con desenmascararlos, hay que construir alternativas. La mediocridad no es, desde luego, inocua. Sigue directrices, toma posturas que no son inocentes.

Aunque lo parezca, no estamos refiriéndonos a la política. No solo.

Sobre la ingeniería en la sociedad

"Ingeniería en la sociedad: Negocio y empresa" fue el título genérico con el que fueron presentadas varias ponencias el 20 de octubre de 2011 en el salón de actos del Instituto de la Ingeniería de España.

La convocatoria atrajo, sorprendentemente, a pocos interesados. Cierto que, al final de las exposiciones y del coloquio, no se había anunciado esta vez el siempre atractivo cóctel, en esta época de penurias. El que la hora de comienzo del acto fuera las 18h30 tampoco justificaba -como pretendió un azorado Manuel Acero, al comprobar la escasa asistencia- los inmensos claros en la sala.

El tema era muy atractivo y los ponentes se esforzaron en dar su visión sobre la situación de la sociedad y la contribución de la ingeniería. Claudio Boada, Presidente del Circulo de Empresarios, que habló en primer lugar, teniendo que ausentarse inmediatamente después de su exposición, estuvo especialmente brillante.

Después de referirse el ponente a que nuestro modelo de crecimiento está agotado, pues estuvo fundamentalmente basado en la mano de obra barata y concedió un peso excesivo del sector de la construcción, se decantó por la necesidad de impulsar la economía del conocimiento, además de recuperar parte del peso perdido por la industria: "Los países que mejor han capeado la crisis son aquellos para los que el sector industrial representa del orden del 20% del pib" (En España ha caído desde el 35% en 1970 al 15% en la actualidad).

Defiende Boada la necesidad de formar más profesionales en ciencias y, en concreto, en ingeniería, mejorando el sistema educativo de las Escuelas de Formación profesional y Educación secundaria, para fomentar las vocaciones en esta rama del saber. La deficiente formación recibida en España queda patente, no solamente en los conocidos informes PISA, sino en el reciente Global Information Tecnology Report (2010-2011), según el cual, España ocupa -por ejemplo- el puesto 99 del ranking en formación en matemáticas, detrás de países (puede imaginarse) con un nivel de desarrollo muy inferior en la actualidad.

La oferta educativa debe adaptarse a la realidad social, lo que exige un cambio de enfoque. Hay que salir del círculo vicioso por el que se pretende que lo que se enseña sea utilizable para que el alumno sea "empleable". Los males de esta situación los enumeró Boada con crudeza y contundencia: Tenemos una industria "plagada de debilidades", con una débil innovación, poco respeto a la investigación y desarrollo, insuficiente internacionalización, una escasa presencia de empresas verdaderamente multinacionales (con sede principal en España), y un tejido industrial muy precario.

En este último punto, destacó Boada una cuestión que, posteriormente, en su ponencia, el director de la Cámara de Comercio Alemana en España (Walter von Plettenberg) pondría en contraste con la situación en el país que es motor de Europa. Una parte sustancial de las pymes españolas no tienen ¡ningún empleado! -solo el dueño-; aquí llamamos pymes a empresas que no alcanzan los 10 empleados y que, por su naturaleza, tienen escaso potencial de adaptación y crecimiento.

En Alemania, justamente, el tejido industrial más activo lo forman las "pymes" de 200 a 300 empleados, que aquí serían consideradas "grandes empresas". A raiz de una de las preguntas que formulamos en el coloquio -cuál es el porcentaje de egresados de las Escuelas Politécnicas que forman empresa propia-, quedó patente que los ingenieros alemanes, en contraste con los jóvenes españoles que sueñan con ser Beamte (funcionarios), desean aplicar lo que han aprendido para montar una empresa de éxito.

Los problemas de un entramado industrial tan precario como el español son variados, y las consecuencias son bastante obvias: Las pequeñas empresas son mucho menos productivas (cifró en 2,35 veces la efectividad de las empresas grandes respecto a las pymes), y el salto hacia un paradigma más flexible no se ha conseguido aún. La escasa coordinación del mundo de la empresa con la Administración ha causado una mayor caída en los márgenes económicos y la plasmación de una mala política energética.

(continuará)

Sobre la sociedad emprendedora, sus claves y sus hándicaps (y 2)

(Este comentario es continuación del anterior, que lleva el mismo título).

Bill Drayton apoya lo sustancial de su mensaje en la necesidad de formar en ese espíritu de cambio a los jóvenes, incluso desde los inicios de la adolescencia.

"Quien ha tenido una experiencia emprendedora en la adolescencia es muy probable que mantenga esa inclinación en el futuro", ya advirtió María Zapata, y repetiría "el maestro". Hay que cambiar, en consecuencia, el sistema educativo, porque es muy importante lo que traslademos a los chicos de quince años. "Our world is over", y no hay repetición: hay que enseñarles a crear.

Es en las iniciativas educativas que Drayton y sus colaboradores y simpatizantes vienen llevando a cabo como aplicación del concepto de "emprendedor social", en donde se cuentan los logros más fascinantes de su teoría, que el sociólogo tiene cuidado en desvincular de "cualquier religión, ideología, grupo de poder, o país".

Los jóvenes tienen que ser educados como "change-makers", estimulados para encontrar soluciones por sí mismos, que no les vengan impuestas. "No hay mucho tiempo para ese cambio, que debe ser provocado en 10 o 15 años" y, como fórmula magistral complementaria: "Todo puede ser mejorado, sin necesidad de cambiarlo totalmente", es solo cuestión de que cada uno se plantee, en su concreto entorno, qué puede hacer para mejorar lo que sabe.

Garrigues ayudó a que Drayton concretara el mensaje, con una observación de gran alcance: "Hay que modernizar la solidaridad", y citó a Mohamed Yunus -del que anunció su próximo paso por Valladolid, en noviembre de 2011-, en el entendimiento de que "los microcréditos son la combinación de emprendedores sociales y normales", con la constatación adicional de que "los pobres están más interesados en devolver el dinero que se les presta que los ricos".

Drayton encontró en ese momento su punto más brillante, en nuestra opinión: "Los emprendedores no deben tener una idea fija, porque su entorno es cambiante. Hay que saber construir en cada compañía la capacidad de cambiar. No se puede continuar operando con estructuras humanas que no sean capaces de cambiar continuamente."

Por eso, "part of the problem is the youth culture; we are biological organized to succed from the youth". Y como el sistema está "badly designed", tenemos que construir ese "new world" en el que la ética sea recompensada, y ese mensaje debe ser difundido por cada institución, por cada individuo. Haciendo de la pregunta de Garrigues, respuesta, "hay que educar a los jóvenes para no ser corruptos".

Hubo más ideas en la tertulia, aunque no preguntas desde el público. Fue muy interesante, y simpático, el soliloquio final con el que Antonio Garrigues Walker cerró el acto, liberado para expresarse en un español brillante, con chascarrillo incluído (se lo habíamos escuchado otras veces), que terminó con un mensaje de defensa de nuestra capacidad como españoles: "Estamos mal, pero mejor que Italia, Grecia o Portugal. Nos parecemos más a Francia. (...) Somos el país que ha tenido más cambios en los últimos 30 años y estamos en disposición de asumir las ideas maravillosas que nos has expuesto".

Sobre la sociedad emprendedora, sus claves y sus hándicaps

Fue una reunión bien intencionada. El salón de actos de la Fundación Rafael del Pino aparecía abarrotado de público, quizás más distendido  y dicharachero que otras veces, ocupado en abrazarse y besarse (al menos, los de las tres primeras filas del auditorio, las "reservadas") y, por ello, algo resistente a ocupar sus asientos, prestando oídos sordos a las indicaciones del anónimo maestro de ceremonias, y alargando así unos minutos el comienzo del acto.

"Las claves para una sociedad emprendedora", fue el ambicioso título de la conversación que mantuvieron el 19 de octubre de 2011, Bill Drayton (al que se le entregaría el premio Principe de Asturias de la Cooperación Internacional 2011 el viernes siguiente), Joaquín Garrigues Walker (presidente de la comisión que se lo otorgó, en junio de ese año) y Zaryn Dentzel (fundador de Tuenti).

Antes de la intervención de Drayton, María Zapata, directora de Ashoka-España (1) y María del Pino Calvo-Sotelo, presidenta de la Fundación que nos acogía, pronunciaron sendas breves alocuciones (brevísima, la de la hija del empresario que fundó Ferrovial, que se limitó a dar la bienvenida y recordar el propósito fundacional de la ONG anfitriona).

María Zapata aprovechó el espacio publicitario para presentar la idea que subyace como motor de Ashoka, elogiar al ponente principal ("quien acuñó el término de emprendedor social"), y solicitar el apoyo para la entidad, que cuenta en España con 24 emprendedores especiales, que "decidieron cambiar el mundo". (2)

El plato fuerte se digirió con más pena que gloria. Las razones son varias. En primer lugar, el mensaje de Drayton parece enmarcable entre las iniciativas voluntaristas, esas que a los que tenemos el rostro curtido nos parecen impregnadas de bonhomía, válidas a microescala, pero quiméricas como objetivo para modificar las razones del mundo, que se tejen con urdimbres más bastas (que también se puede calificar de más sutiles, sin hacer desmerecer la idea).

El diagnóstico no es descabellado: "Los procesos son tantos y tan rápidos que es imposible que unos pocos puedan lograr el cambio total". La conclusión es ya más problemática: Por eso, se necesita que "toda la sociedad se concentre en encontrar soluciones", se convierta en una sociedad de "change-makers".

En segundo lugar, Drayton habla para un público muy especial, aunque no necesite reconocerlo así: los que creen que Estados Unidos es un país que tiene soluciones para todo, grupo de devotos que en Europa ha perdido muchos adeptos. La visión de Europa que tiene Drayton se debe asemejar, además, a la de imaginársela como un carromato conducido por dos caballos percherones: el bueno y dócil que personifican Reino Unido, Alemania y Francia, y otro indómito, imprevisible, que conforman los países del sur, entre los que se encuentra la folclórica España.

Garrigues, teórico conductor del coloquio, pretendió una y otra vez "to insist in the basicalities", pretendiendo hacer ver al laureado Drayton que, entre nosotros, a diferencia de en USA, la "civil sociaty" no juega mucho papel, y que eso de que "todo el mundo quiere ser change-maker" no es aquí tan creíble, además de que no se entiende bien "cuál es la principal diferencia entre un business y un social entrepreneur".

Como Drayton se extendió por los cerros de Ubeda (o sus similares en Arlington), acudió en ayuda de Garrigues y de su inglés (bueno; pero ineficaz para contener verborreas), ese aún joven con aire de permanente iconoclastia que es Dentzel, preguntando por su parte acerca de qué habría que hacer para cambiar el ciclo, cómo se podría conseguir que un empresario social tenga éxito, en un país en el que el 40% de la gente que busca empleo son jóvenes que nunca han tenido ninguno, y que desearían es ser funcionarios (public servants). 

En fin que, reforzando el negro diagnóstico -en lo que demostró Dentzel haber conseguido una perfecta aclimitación al espíritu hispano- tenemos aquí un "big economic problem", porque "while the system is coming down" se nos pide crear oportunidades y no sabemos, ya que las escuelas de negocios proponen caminos trillados y la cultura del pelotazo ("getting quickly rich", tradujo Dentzel) está muy cómoda entre nosotros.

(continuará)

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(1) El nombre de Ashoka, según ha expresado Drayton y repiten sus seguidores, fue un emperador indio que vivió 3 siglos antes de la era cristiana que, después de haber luchado bravamente para unir una zona del sur asiático, renunció a la violencia, abrazó el budismo y se dedicó a realizar proyectos sociales. La Fundación, creada en 1980, tiene más de 1.600 miembros con categoría de "fellow", distribuídos en 60 países y cuenta con un presupuesto de más de 30 mill. de dólares.

(2) Entre ellos, nuestro amigo y colega José Manuel Pérez (Peridis), inventor de ValNalón; el polifacético arquitecto-dibujante de tiras cómico-políticas, José María Pérez (Peridis), fundador de la Asociación de Amigos del Monasterio de Santa María la Real; y Rodrigo Aguirre de Carcer, impulsor de las ventas en internet de donaciones en especie, a través de SocialBid.es

Sobre indignados, expectativas y opciones

No es la primera vez que dedicamos este Comentario al "movimiento de los indignados". No será, damos por seguro, la ultima. En esta ocasión, queremos llamar la atención sobre los riesgos de dejar que el malestar social se incremente, alimentando, además, el descontento con promesas imposibles o descalificaciones frontales, de quienes detentan alguna parcela de poder. Vengan de partidarios como de contrarios.

En nuestra apreciación, estaríamos, formalmente, -en lo que respecta a los que protestan de forma masiva, heterogénea y contundente- en una situación prerevolucionaria. Lo estamos, específicamente, en España.

No ha de caerse en la visión condescendiente ni en la pretensión simplista de que todos los indignados expresan el mismo descontento; tampoco es cierto -esto, incluso, ya por evidencias, no por presunciones- que en todos los Estados y lugares la forma de controlar, acallar o compensar ese malestar esté siendo la misma.

La situación es especialmente delicada en España porque se reúnen varios elementos, algunos, desde luego, no específicos, pero en concurrencia peligrosa, que proporcionan el peculiar caldo de cultivo para que los desórdenes que toda movilización de descontento de base amplia se conviertan en una explosión destructiva, puede que incontrolable.

No será necesario más que enumerar sucintamente los principales motivos de inestabilidad para hacer sonar las alarmas: cinco millones de parados, una parte importante de ellos, jóvenes (y otra, nada despreciable, mayores con experiencia pero aún peores expectativas); descrédito de la clase política, concentrada, desde luego, en el partido aún en el Gobierno, aunque también reforzada por una oposición principal ruda, improvisadora, confusa y otra oposición secundaria, consciente de su marginalidad, utópica; ausencia de líneas claras que sirvieran de apoyo para emerger del bache (por falta de análisis, por improvisación, por dificultades reales de encontrar propuestas viables y, más, en corto plazo); descrédito de las instituciones, por motivos varios, pero tenidos por consistentes por quienes los desacreditan (poder financiero, empresarial, judicial, policial, docente...)

Es imprescindible retornar a la calma, concentrar constructivamente las propuestas, analizar su viabilidad, trabajar juntos y no contra, recuperar a los mejores y defender lo que se ha hecho bien y, sobre todo, por parte de quienes tienen o van a tener la opción de gobernar el país, hablar con claridad, distinguiendo lo que es posible, lo imposible, lo inútil y lo que no harán jamás, porque no está en su programa (aunque no lo hayan publicado).

Hay que salir de la situación prerevolucionaria, concentrando esfuerzos, no en el odio hacia quienes lo han hecho mal, no en la pretensión de destruir lo que no nos gusta, sino en lo que queremos hacer bien, y en el apoyo a lo que nos permitirá reconstruir, con otros mimbres, pero la misma base del cesto, un recipiente mucho más acogedor. Otras opciones pasan por mucha más sangre, sudor y lágrimas y, por lo conocido de nuestra Historia, no conducen a ningún sitio.

Por qué no es noticia que un hombre muerda un perro

Suponemos que en las facultades de periodismo más rancias seguirá ilustrándose a los alumnos de primer curso que no es noticia que un perro muerda a un hombre, sino al revés. Lo que ya no estamos tan seguros es de que se les indique que, para que exista tal noticia, el hecho real tiene que haber sucedido.

Además, si se analiza con calma, la reflexión ha perdido sentido. Claro que es noticia que un perro muerda a un hombre. Depende de quién sea el propietario del perro o de la personalidad del mordido, de las circunstancias, del tamaño de las heridas causados. La materia, convertida en noticiable de primer orden, puede dar pie a muchas páginas de comentarios y a muchos espacios televisivos.

Y esto vale para mordiscos como para cualquier otra actividad humana, independientemente de su aparente trivialidad. Bodas, encuentros deportivos, separaciones o roturas de menisco pueden ser objeto de pública atención.

Ah, pero, además, es muy importante cómo se cuenta la noticia, dónde se pone el énfasis, y no en último lugar, qué se oculta al exponerla. No es lo mismo que el perro te muerda en una gasolinera que en tu despacho oficial, o que su propietario sea un constructor o un amigo de la familia. Y la habilidad del periodista puede iluminar más una parte de la herida, detallando con minuciosidad el tamaño del mordisco, o detenerse en especular sobre las circunstancias misteriosas que habrían llevado al sufridor del ataque cánido hacia parajes tan poco poblados, aunque al día siguiente haya que desmentirlo todo sin empacho.

También -y dado que cada día hay, por desgracia, varias personas mordidas por perros- es importante que, dependiendo de lo que se llama la línea editorial del medio, se seleccionen los materiales recogidos,  dando preferencia a unos mordiscos respecto a otros.

Concediendo a algunos sucedidos más espacio que a otros, se podrá tergiversar su homogénea esencia, dando la impresión de que en algunos lugares (poblaciones, sectores, facciones políticas,...) se presentan con mayor frecuencia, aunque no exista fundamento empírico ni científico alguno; al consagrar más intensidad a algunos detalles, se puede lograr que quien recibe la información se convenza de que hay ciertos perros que son más peligrosos aunque su naturaleza, por raza y hábitos, deba ser calificada de pacífica; puede difundirse, en fin, que algunos dueños aparezcan como menos cuidadosos -¿qué razón existía para denunciar la mordedura, pretende distraer la atención de hechos más graves?-, por más que, en realidad, pertenezcan al grupo de los mejor concienciados, o que, como hay víctimas más sensibles a las mordeduras y no faltan ánimos provocadores , no se deberá descartar que las víctimas sean ellas mismas, las principales culpables -¿quién es más pecador, el corruptor o el corrompido? ¿quién nació antes, el huevo o la gallina?-.

Estamos tan obsesionados con escudriñar en algunas mordeduras que nadie parece haberse dado cuenta de que, siguiendo con las metáforas, y manteniendo el cariño debido a los animales, "menea la cola el can, no por tí, sino por el pan", y que "al perro viejo todo se le hacen pulgas", ni con el valen tús-tús (ni tutús), por no decir que "el perro ladrador es poco mordedor", siendo gran verdad, desde luego, que "muerto el perro se acabó la rabia", y que todo es cosa, si el perro molesta o tiene más peligro, en formar buenos laceros que los cojan y les den para el pelo.

Es decir, en román paladino, si se vigila el régimen de vida de los que gestionan los bienes comunes, si se investigan las cuentas de los partidos políticos, si se controlan las adjudicaciones de servicios y obras públicas, si se exige como premisa fundamental honestidad, solvencia y claridad a todos cuantos ocupen puestos relevantes en la sociedad -en los sectores públicos como privados-, no habría corruptores ni corrompidos, ni escándalos ni prescripciones de comportamientos delictivos.

Y si los informadores, en lugar de detenerse en los pequeños escándalos y regocijarse de haber domesticado a los chiguaguas, se atrevieran con los pitbull y los bichos de más porte, apuntando los tiros hacia las guaridas de los mayores delincuentes, esto es, si en lugar de perseguir trajes y jamones fueran al núcleo de las cosas, puede que corrieran grave riesgo de encontrarse sin su empleo, pero todos tendríamos la tranquilidad, por una vez, de que a ambos lados de la información se han instalado las mismas preocupaciones: conseguir que los perros no muerdan a los transeúntes pacíficos o a sus dueños, sino que los distingan y defiendan, concentrando sus habilidades en amedrentar a los asaltantes y ladrones; y que, en tiempos de pan como de carne, no se refugien en la caseta con su rabo entre las piernas.

Perros, en fin, que acierten cuando muerdan y que, después de haber mordido, no aflojen la mordida, dejando escapar al intruso a cambio de una golosina.

Sobre gurullos, borras y pebusillas de la Fiesta Nacional

Sobre gurullos, borras y pebusillas de la Fiesta Nacional

El 12 de octubre se celebra la "Fiesta Nacional" de España. Así, sin complementos ni otros adjetivos. A pesar de la que está cayendo, espíritu de Fiesta, sí que se advertía por las calles de Madrid.

El desfile militar -inimaginable, parece, una fiesta nacional sin desfile de uniformados- concentró esta vez más gente que otros años, tal vez por el refuerzo notorio de muchos padres jóvenes de camisa a rayas (ellos) y pantalón blanco (ellas), que mostraban orgullosos a sus niños rubios portando banderitas rojigualdas, que se echaron a la calle en un primer ensayo de lo que será el día 20 de noviembre por la noche.

Cierto es, con todo, que, salvo quienes pusieron en peligro su integridad física subiéndose a farolas y otros adminículos que habitualmente sirven de impedimento al tránsito peatonal (y, por supuesto, quienes ocupaban las tribunas oficiales), la inmensa mayoría del público tuvo que contentarse con ver desfilar únicamente cabezas de soldados, puntas de banderolas e imaginar el cuerpo de los tanques por la parte terminal de las torretas.

La excitación que provocan estos actos y la necesidad de nombrar culpables a lo que nos pasa, provocó seguramente que, al final de la parada, la atención de una parte del público se concentrara en proferir silbidos indiscriminados al paso rápido de los coches oficiales, gritando incluso algunos un anacrónico "ZP, véte ya", y sin que faltara el grupito de macarras de pelo rapado, cazadora de plásticos y banderola inconstitucional.

Respecto a lo de Nacional, que es el único adjetivo que le queda a nuestra fiesta principal, no podemos alardear de haber profundizado, en lo que llevamos de democracia, en el concepto de "nación" (a la que hemos despojado, por lo demás, de su "destino universal"). Más bien, se nos ha ido la mano entre nacioncillas y nacionalidades. Todos hemos defendido en el bar de la esquina que las mejoreslonganizassonlasdemipueblo, lo que traducido en búsqueda del voto descontento implica, al parecer, defender con tono agrio que, más allá de las montañas y muntanyetas, viven bárbaros que hablan otro idioma, no dan ni clavo y nos quitan los dineros.

Algunos -mal informados- pueden creer que en tal día como hoy se conmemora el descubrimiento de América por Cristóbal Colón, pero no es así. Colón no era español, estaba convencido de que la tierra que pisó en 1492 pertenecía a las Indias orientales y, para más Inri, ya la habian descubierto otros algo antes, además de los propios aborígenes que venían de ser mucho más listos (¡listísimos!), que sus presuntos conquistadores del otro lado del océano.

Tampoco se celebra el Día de la Raza, porque se sigue distinguiendo muy bien a los aymaras, quechúas y tantos otros indios supervivientes, de los españolitos de a pie. Por si no bastara, la opinión antropológica más cualificada está casi convencida de que la raza humana es una sola, por lo que tampoco sería cosa de celebrar el orgullo de haber nacido humanos. ¿Ante quién, ante los insectos o las babosas?

En fin, que esta Fiesta Nacional se nos ha llenado de gurullos, borras y pebusillas (1). Como, además, hemos sabido que el Ministerio de Defensa no tiene para pagar los cursos de formación para manipular los tanques y aviones más modernos que ha comprado con préstamos del de Industria, y no va a ser cosa de pedir ayuda a Santiago Matamoros (Patrono de los Ejércitos), -aconsejamos más bien, cambiarle el nombre, por lo de Alianza de Civilizaciones, si es que aún queda algo- habrá que pensar en que las próximas celebraciones sean, a la par que más discretas, más civiles.

¿Qué tal sacar a pasear a diversos estamentos y grupos de la sociedad civil por la Castellana, con sus reivindicaciones, signos y pancartas?. Puede resultar lucido y servirnos de gran catarsis.

Imaginemos al comentarista ceremonial diciendo con voz tonante por los altavoces: "Viene ahora, encabezando una representación de los titulados universitarios en paro, el presidente de la CRUE y varios rectores y catedráticos de nuestros prestigiosos centros escolares. Algo más atrás, recibidos con respetuosos aplausos, vemos, luciendo sus vistosas togas y birretes ceremoniales, un grupo de magistrados y jueces de lo Contencioso-Administrativo, seguidos por un grupo de justiciables arrastrando una camioneta con una pequeña muestra de los asuntos que sus Señorías mantienen retrasados desde hace, al menos, un trienio...". Etc.

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(1) La palabra "pebusillas" no ha sido reconocida por la RAE ni por ningún otro diccionario que haya sido incorporado a las fuentes de internet. La utilizamos aquí como alter ego de "pelusillas", los residuos de aspecto algodonoso, y de naturaleza promiscua, de los que se encuentran sistemáticos ejemplares bajo los muebles de las casas, en especial, de las camas, cuando se observan al trasluz.

Sobre el papel de las empresas multinacionales en el desarrollo humano

En la Jornada sobre RSC -auspiciada por la Fundación Mapfre y El Nuevo Lunesç que se celebró en Madrid el 28 de septiembre de 2011, y a la que ya hicimos referencia en otro Comentario, intervino José Félix Lozano, de la Universidad Politécnica de Valencia, para hablar acerca de la cuestión con la que hemos titulado esta reflexión.

Lozano, que estudió Filosofía -así nos fue presentado por la moderadora de la mesa en la que intervino, Helena Redondo, socia de Deloitte-, utilizó el material del máster sobre RSC que se imparte en la Politécnica, y que él dirige, para concluir que "una empresa transnacional que quiera colaborar en el desarrollo humano, debe poner en marcha procesos de diálogo con las comunidades, guiados por los criterios de: orientación al consenso, inclusividad, simetría real, y prevalencia de la fuerza el mejor argumento.

Seguro que esos criterios merecerían más explicación (el conferenciante la dió, desde luego), pero dejamos que el lector haga volar su imaginación, ayudándole o entorpeciéndole únicamente con nuestra apreciación de que, como directriz a seguir, el material resulta escaso.

La prudencia de la conclusión de Lozano procede, seguramente, de su correcta apreciación de la lejanía en que nos encontramos respecto a ese objetivo que, desde el punto de vista de la ética que impregnaría el objetivo del desarrollo, sin embargo, parecería obvio.

Porque -nos preguntamos nosotros- ¿qué papel jugarían las empresas -en especial, las multinacionales-, si no es el de colaborar en el desarrollo global? ¿O deberíamos admitir que se guían por objetivos perversos, como pudieran ser el del dominio total de la Tierra, la generación de falsas ilusiones de progreso, el aumento de la dependencia de los seres humanos respecto a sus directrices?

No vamos a alarmarnos, pues, más de lo que ya estamos. El desarrollo humano debe ser un objetivo compartido por todos los agentes, y ha de estar basado en la búsqueda de la mayor felicidad, o satisfacción, del conjunto de la Humanidad, reduciendo al mínimo las diferencias entre los que más disfruten del bienestar y los que menos.

¿Cómo conseguirlo, sea cual sea el nivel del coadyuvante a este propósito colectivo, si no es mediante el diálogo?.

En la posición de las comunidades como interlocutores frente a las multinacionales, se están evidenciando desequilibrios importantes, entre los que mencionamos, por nuestra cuenta y riesgo: 

1) la ubicuidad o multilocalización de estas últimas (que les permite evadirse de las normas y de  la autoridad de un solo Estado, haciendo necesarias estrategias y acuerdos a nivel internacional);

2) su alto desarrollo tecnológico (que es superior al conseguido desde las Administraciones públicas, por lo que no es factible ordenarles líneas de desarrollo preferentes, sino atender a sus propuestas: por ejemplo, la Universidad no orienta a las multinacionales, sino que sus departamentos se deja orientar y dirigir -también económicamente- por ellas en la inmensa mayoría de los casos): y

3) su objetivo de rentabilidad a corto plazo y su gran capacidad económica, que son las herramientas de la actuación de los equipos directivos de las multinacionales, y que ni siquiera responden frente a los accionistas (1), puesto que los grupos de control de esas macroempresas suelen resultar opacos para la sociedad civil en general y responden principalmente a intereses de élites económicas, que se blindan entre sí.

Antonio Garrigues Walker había puesto ya el dedo en una de nuestras llagas: "En esta época es muy difícil pensar con claridad. Tenemos, además, un déficit espectacular: el intelectual. Hay muchas opiniones de técnicos económicos, pero los filósofos y sociólogos están ayudando muy poco." Lo dijo inmediatamente antes de traer a colación la frase redonda de Ortega y Gasset: "Lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa, y eso es lo que nos pasa."

El mayor mérito de la intervención de Lozano fue, sin duda, atraernos nuevamente a esa luz de la filosofía, más o menos oculta bajo el celemín de los que tienen que defender intereses específicos, porque para eso les pagan (2).

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(1) Muy interesante sería analizar las razones de la "apatía racioncal de los accionistas", a la que se refirieron Gerardo Manso (Sacyr) y Mónica López-Monis (Banesto).

(2) "El mercader difícilmente resiste a la tentación/ y no estará sin pecado el tendero." (Eclesiástico, 26,29)

A los jóvenes que tienen lo que hay que tener

A veces llegan a las ventanas de este observatorio, junto a los tufos de la crisis económica, olores a quemado que sentimos como mucho más inquietantes: los de las esperanzas, propósitos e ilusiones frustrados de una parte de nuestra juventud.

Porque una situación material se acaba superando (por las buenas o por las malas), pero la falta de empuje hacia el futuro del sustrato de la sociedad que debe estar más interesada en él, la juventud,  -porque es allí, y perdónesenos la obviedad, en donde tendrán más tiempo que los demás para instalarse- , es nefasta, porque el daño causado es irrecuperable. Ese tiempo perdido no volverá.

Será perdido para ellos y para todos.

No resulta cómodo para nadie referirse a los momentos que antecedieron a la guerra incivil española de 1936-1939, porque hay una voluntad tanto subterránea como explícita de alejar la bicha del panorama. Estamos, ciertamente, en otras coordenadas mentales, sociales y políticas respecto a aquella situación. No es posible que los españoles se vuelvan a matar unos a otros, no volverán a empuñar las armas sin atinar a saber, con certeza, contra quién o porqué están disparando y qué les ha conducido a estar jugándose la vida.

Si bien sigue habiendo dos Españas para casi todos los temas polémicos, o bien uno de los grupos es minúsculo frente al otro o, si nos referimos al panorama político, las opciones principales son bastante parecidas -y pacíficas-. Se parecen incluso en la manera de amagar de salón para dar espectáculo, en ir de farol para seducir, con plumas de fantasía, al votante, una vez cada tantos años...

No hay coincidencia en el momento, desde luego. Pero alguna similitud, si. Si releemos los párrafos finales de la lección inaugural de quien era en 1934, junto con Ortega y Gasset, la persona de mayor prestigio intelectual en España, rector por excelencia de la Universidad de Salamanca, el ya setentón Miguel de Unamuno, nos encontramos con estas evocadoras palabras, muchas veces citadas, desde luego:

"Vosotros, estudiantes españoles, que os ejercitáis en la investigación científica, histórica y social, en la dialéctica -escuela de tolerancia y de comprensión de la concordancia final de las discordancias; de la coincidencia de las oposiciones que dijo el Cusano (1) - vosotros tenéis que enseñar a vuestros padres -a nosotros- que esa marea de insensateces -de injurias, de calumnias, de burlas impías, de sucios estallidos de resentimientos- no es sino el síntoma de una mortal gana de disolución. De disolución nacional, civil y social. Salvadnos de ella, hijos míos. Os lo pide al entrar en los setenta años, en su jubilación, quien ve en horas de visiones revelatorias rojores de sangre y algo peor: livideces de bilis.

Salvadnos jóvenes, verdaderos jóvenes, los que no mancháis las páginas de vuestros libros de estudio ni con sangre ni con bilis. Salvadnos por España, por la España de Dios, por Dios, por el Dios de España, por la Suprema Palabra creadora y conservadora."

En época de paces, el mal peor que puede azotar a la juventud es el desánimo, confundirse en creer que está todo hecho cuando todo está por hacer; perderse en criticar lo que hicieron las generaciones anteriores, cuando lo positivo es concentrarse en lo que pueden construir desde la suya...

(1) Nicola Cusano, italiano universal, (1401-1464), tenía esta filosofía:

"L’universo è una unità plurima; per quanto l’universo sia composto da migliaia di parti, queste sono riportate all’unità di Dio, che vive in esse. In questa unità gli opposti coincidono e sono armoniosi: caldo e freddo, luce ed ombra, alto e basso, vita e morte. Noi concepiamo queste parti come se fossero in contraddizione, ma esse coesistono nell’universo e contengono la ragione della propria esistenza e di quella dei loro opposti. La Verità sta nell’Uno, il quale è assoluto, singolare ed infinito. L’umana conoscenza è relativa, molteplice, limitata ed approssimativa ed ogni scienza è semplice congettura. Se noi siamo in grado di intuire che Dio e il mondo sono in conoscibili, l’ultima cosa è ammettere che a noi, o meglio alla mente, compete la sola “dotta” e costante ignoranza, quindi la consapevolezza che la Verità nella sua assolutezza e infinità non può mai essere possesso del pensiero umano."

Desde ir aviado a ir tirando

La riqueza del idioma español permite reflejar muchos matices con un par de pinceladas verbales, sugiriendo, como en un fuego de artificio, varias ideas con apenas dos palabras.

Hay, por ejemplo, muchas maneras de ir por la vida. Todo es cuestión de descubrir con quién o de qué vamos acompañados.

En las actuales circunstancias económicas, quien más quien menos trata de ir tirando, aunque los que no tengan trabajo y sí deudas, van aviados. Por cierto, que por una broma el lenguaje, ir aviado como su sinónimo estar apañado, no significa andar bien pertrechado para soportar los avatares (los de la vida) que eso es ir sobrado, sino ir más bien en pelotas.

Se puede ir a por lana y volver trasquilado, desde luego; es lo que merecen quienes se meten en camisa de once varas: que se encuentren con la horma de su zapato, que es ese más listo que descubre que van de farol y a cada metedura de pata, les va sacando los colores.

No es lo mismo ir a una fiesta que volver de ella, porque se va con ilusión y se suele venir con decepción, que de todas maneras es mejor que volver con un ojo morado o siete puntos en la cabeza. Si el propósito es delicado, posiblemente valga más ir solo que mal acompañado, y, de cualquier forma, cuando el cariz del tema vaya poniéndose negro, no hay que dudar en apagar e irse.

Ir en grupo, protege y garantiza el anonimato, pero no da inteligencia. Todo el mundo sabe que ¿dónde va Vicente?, donde va la gente, y con muchos, hay que andarse con cuidado. Se suele decir que Dios los cría y ellos se juntan, que en otros idiomas equivale a Pájaros de la misma pluma se agrupan, o sea, díme con quién vas y te diré quién eres.

Hay gentes con las que no se debe ir ni loco, y otras que no valen ni para ir a pañar higos, ni para un roto ni un descosido (y otras, sí, claro). Hay quien va sobrado y quien va dejando plumas por donde pasa, evidenciando de qué pie cojea; como todo en la viña, mientras unos van, hay ya quien viene, aunque lo haga de vacío.

Para gustos se hicieron colores, pero es hora de ir poniendo matices. Porque, al tiempo que algunos dejan pasar el propio tiempo, mirando las musarañas, están esos pocos que van, pian pianito, avanzando. Actúan como si les fuera en ello la vida, pero es que, de todas formas, así va el cuento para todos. Venimos (o nos traen, siendo precisos) para irnos.

No es tan sencillo, en estos tiempos, saber de qué va la cosa, por más que lo que se va viendo es que va para largo y que, si salimos de ésta, va a ser con suerte y no sin traumas. Para quienes andan ávidos de soluciones, un consejo que, al menos, les sirva para ir haciendo boca, sería no irse por las ramas, sino directamente al grano y que vayan por partes y cerrando capítulos.

Porque lo que hay que evitar es que el problema se nos vaya de las manos, a hacer puñetas. Si vamos atando cabos, lo que no deberíamos consentir es que los culpables de cómo vamos, se vayan de rositas. En cuanto a nosotros, los currantes, ya sabemos que lo nuestro es dejar que pase la tormenta, porque ¿dónde irá el buey que no are? 

Sobre la legitimidad para matar

No es la primera vez que escribimos en este Cuaderno sobre la pena de muerte, y manifestado nuestra posición de clara disconformidad.

La aplicación de esta forma drástica de castigo repugna a algunos -somos cuidadosos, de momento, para no hablar de "mayorías"-, y la muerte por ajusticiamiento de Troy Davis en Estados Unidos, en circunstancias que la prensa se ha encargado de airear, convenientemente dramatizadas, reaviva la polémica.

Desvirtúa el debate el que los argumentos en contra de la pena de muerte se concreten a escala individual. Hay que mantener el enfoque general. Porque no se pueden entender como contrarias a la pena de muerte, las voces discrepantes que esgrimen que Troy no tuvo un juicio justo, porque era negro, sus abogados no se emplearon a fondo, el 80% de los testigos en su contra se desdijeron, no se tuvieron en cuenta sus coartadas y, en fin, los jueces que intervinieron en el caso parecen haber actuado contaminados por prejuicios y la presión mediática.

Parecen indicar que si estas condiciones u otras similares no se hubieran cumplido, la aplicación de la pena de muerte a un convicto es, en esos casos, la fórmula adecuada.

Que el país que pretende servir de referencia democrática mundial, y cuyos mandatarios no dudan en lanzar máximas, soflamas e incluso ejércitos contra países menos desarrollados teóricamente en ese motto tan sugerente como ambigüo de "defensa de los valores humanos", mantenga en más de una treintena de sus Estados la pena capital, mueve, cuanto menos, al estupor de los humanistas menos arrogantes.

La legitimidad para matar, ejercida a nivel individual, ha sufrido evolución con los siglos en algunos países, y se mantienen grandes diferencias hoy en día.

La pérdida de autoridad para tomarse la justicia por propia mano en aquellos que cuentan, se cree, con un sistema jurídico más avanzado, desplazando la valoración del acto punible y la gradación de la pena a los órganos del Estado, ha convertido en sancionables conductas que antes eran toleradas: el sacrificio/asesinato de la esposa cogida en infidelidad fragante por su iracundo esposo es uno de los ejemplos más significativos del cambio.

Entre los países que mantienen la pena de muerte, la tipología de los actos que pueden llevar a ella y la forma de su ejecución carecen de homogeneidad: se castiga desde la tenencia de droga a la disidencia política, el adulterio como el asesinato, incluído el homicidio involuntario; y se ejecuta, por ejemplo, a pedradas de los asistentes o de los deudos de la víctima, o a mano armada del agraviado, o colgando al reo, inyectándole sustancias, electrocutándolo o disparándole.

En España se ha consolidado, tanto desde la Ley como desde la jurisprudencia, que ningún particular, sea o no agente de la Ley, puede matar a otro sino es ejerciendo su derecho a la defensa proporcionada a la agresión que esté sufriendo o al mal que pretende evitar. Y se ha abolido, cualquiera que sea el daño causado, la pena de muerte para el delincuente.

Creemos que es una formulación técnicamente correcta, socialmente avanzada, jurídicamente impecable y humanamente encomiable. No se nos ocurre otra mejor.

Si trasladamos a nivel de cualquier Estado esta construcción de filosofía jurídica, aparece inmediatamente como evidente que no hay razón para que un delincuente, cualquiera que sea el delito cometido, confirmado en culpabilidad e intención, una vez que ha sido juzgado en juicio justo y en situación de recluso, sea privado de su vida.

Que se le castigue con la reclusión, incluso de por vida (aunque, en este caso, mantenemos nuestra discrepancia, pues defendemos la postura de un límite a la proporcionalidad de las penas).

A solas con su conciencia, habrá de meditar y purgar durante los años de condena sobre el mal causado, los móviles de su reprobable conducta, pero, como individuo, no reviste ya ningún peligro para la sociedad, ya que está debidamente custodiado, y como signo, como ejemplaridad del reproche, es mucho más significativa la permanencia de su reclusión que el haberle privado de la vida bruscamente. Si existen dudas -¿cuando las disipamos del todo, de qué forma?- de su culpabilidad absoluta, no habrá que cargar con el oprobio de haber condenado a morir a un inocente.

La legitimidad para matar se basa, en el fondo, únicamente en el deseo de venganza. Viendo al hijo del policía al que, presuntamente, Troy Davis asesinó, reconocer, con lágrimas en los ojos, que durante los dieciocho años que el presidiario se mantuvo en la cárcel, no descansó en demanda de justicia, descubrimos en él, para su desgracia, la carencia más dolorosa que puede tener un ser humano: la capacidad de perdonar.

Una actitud que se recompensa con el placer de poder olvidar lo que nos causó daño, para concentrarnos en buscar lo que produce beneficios.

Y para un ciudadano de un país cuyo Presidente se reconoce cristiano, que invoca a Dios en casi cada acto público, que quiere dar ejemplo de comportamientos, que su móvil sea la venganza refleja, inequívocamente, el contagio que desde el Estado se ha producido a la sociedad americana.

Si no hay capacidad de perdón, afloran enigmáticamente, en ocasiones claves, las notas de fariseismo y falsedad del fondo con las que está construido el floripondioso "edificio de los valores humanos" que dicen defender los mandatarios de Estados Unidos, tanto fuera como dentro de sus fronteras. Porque el más alto de esos valores es el respeto a la vida de los semejantes, aunque ellos no hayan sabido respetar la nuestra: lo que a esos miserables les ha servido para degradarlos, nos ayuda a sublimarnos a nosotros, a nuestros principios.

Sobre el aburrimiento como terapia

Antes del gran descubrimiento, lo frecuente era preocuparse por terapias con las que combatir el aburrimiento. Aburrirse se consideraba abominable.

Cuando alguien expresaba "Estoy aburrido", se movilizaban en torno a él los más variados artilugios. Para evitar que el pueblo llano cayera en tan deplorable situación, cuando el campo o la fábrica no proporcionaban la actividad requerida, los señores principales organizaban guerras contra los vecinos y expediciones de conquista o preparaban faustos, torneos, justas, con las que se pretendía ocupar el tiempo libre.

La pereza es la madre de todos los vicios, dijo un santo varón. Hasta la Biblia recoge que el rey Saúl tuvo que echar mano de un arpista-tañedor para que le curase de la melancolía, sacándole el espíritu malo, que viene a ser lo mismo, pero dicho más fino, que vencer aburrimiento.

Con el transcurso del tiempo, las ocupaciones curanderas se sistematizaron algo, aunque en lo fundamental, la terapéutica consistía siempre en mantener al sujeto ocupado, distraerle con las artes, hacerle ver el lado alegre de las cosas -contándole chistes o historias de esas en las que el vecino sufre un descalabro-, ilustrarle sobre el sentido de la vida, fijarle objetivos concretos, y, en fin, impulsarle por todos los medios a dejar la poltrona, la cama, el quietismo. 

Se asociaba, sin que nadie se hubiera detenido a estudiar las razones, actividad con buenas vibraciones. Se trataba de mover el solomillo.

Dirección equivocada. Los experimentos realizados por millones de personas durante el último siglo han venido a demostrar, ya sin vuelta de hoja, que, independientemente de la raza, los niveles económicos o culturales, la mejor terapia de la que puede disfrutar el ser humano para destruir el desánimo existencial es no hacer nada, reptilizarse, abotagarse.

Nada de carpe diem, sino, despilfárralo, effundit diem.

Ahora que el verano se acaba y que la mayoría han terminado el "disfrute" de sus vacaciones, es el momento de reconocer la verdad. Sentirse feliz está en relación directa con lo que antaño se asociaba estupidez. El hombre feliz no es que no tenga camisa -como pretende el cuento-, sino que la dejó en casa, después de asar la manteca, para que no tuvieran frío sus perros a los que previamente había atado con longaniza.

¿Quién se divierte hoy más, en realidad? ¿Quién más hace, construye, inventa, ingenia?. No. El que nada hace, el que las deja pasar, quien no da clavo. Resulta que viendo cómo los demás se desloman, él, que debería aburrirse, se monda, libera endorfimas, se divierte.

En la ruta final hacia el quietismo, sirve igual extenderse al sol hora tras hora, apoltronarse ante los esfuerzos de otros por meter canastas, darle a bolas o atravesar con un euro al día continentes de pobreza, que protestar, sentados en la plaza, a que alguien sugiera alguna idea, para apresurarse a destruirla, no vaya a ser que nos hagan trabajar con estos pelos.

Por goleada

Posiblemente para unos cuantos aficionados, la incógnita a resolver en la Liga de Fútbol española de 2011-2012, sea dilucidar si la Copa se la llevará el Barcelona CF (El Barça) o el Real Madrid (El Madrid).

Para nosotros, lo más importante sería conocer si quienes han conducido el fútbol español a la actual situación reflexionarán, por fin, de que están abocando la competición a su extinción.

Porque la diferencia entre los dos equipos citados y los demás se ha convertido en tan grande, que raya en lo grotesco. Como a nadie le gusta ver a su candidato, -el equipo que lleva el nombre de la ciudad en donde uno nació-, perder por goleada, o se retuerce la afición natural para concentrarla en uno de esos equipos de nivel inalcanzable, o se abandona el interés por la competición, a la espera eventualmente de las ocasiones en que se confronten entre sí esos campeones, -sin más rival que el otro, su alter ego.

Se maravilla un tal Cristiano Ronaldo de que los contrarios le larguen más patadas que a nadie y que le parezca que los árbitros hagan la vista gorda, y atribuye esa distinción a que él es más guapo, rico y mejor jugador que los demás.

Se equivoca en parte, puesto que, como está hablando de profesionales del espectáculo, olvida que sus contrincantes en el campo son atletas, como él. No les importa, por ello, que sea más guapo (además de discutible objetivamente, esa cuestión podría interesar solo a quinceañeras reprimidas), ni más rico (el Fisco debería tomar medidas al respecto), sino, únicamente, que es el mejor, o al menos, el segundo mejor (después de El Guaje, Villa).

En realidad, no es que el sea el mejor, sino su equipo (a falta de lo que tenga que decir el otro galáctico, el Barça). Y a los insoportablemente mejores, no queda más remedio que zurrarles, o admitir que los árbitros les piten más faltas o hagan vista gorda a las que les cometan sus contrarios.

Porque, como en las carreras de caballos, o se les pone a las monturas un peso adicional para equilibrarlos más o menos -podría obligárseles al Barça y al Madrid, cuando jueguen con otros equipos, a que alineen solo ocho jugadores o a que la mitad del tiempo vayan tres o cuatro de ellos a la pata coja tras el balón- o nadie va a apostar por aquellos que pertenecen a otra división, pues no hay sorpresa si ganan.

Así ha sido y seguirá siendo desde los tiempos del instituto. A los mejores de la clase, convertidos en repelentes niñosvicentes, les pegaban; los que no tenían tantas dotes, no lo hacían, en realidad, porque les tuvieran envidia; se comportaban así, aún sin saberlo, por buscar el equiliibro; era una manera de recordarles que eran vulnerables, de que no se les subieran los humos a la cabeza, de que estaban hechos de polvo (carne y moratones), como todos.

La culpa, en esto del fútbol, de que se pretenda hacer justicia con patadas, no la tienen los Ronaldo, ni los Messi, ni los Villa o compañía.

Esto es lo que han conseguido los que no aman el fútbol, porque confundieron el deporte con una máquina de hacer pasta, convirtiendo por su mezquino interés el campo de un deporte en un burdo escenario de poderes económicos. Transformaron con ello a los jugadores -conejillos de indias, ídolos de papel, profesionales de circo, vedetes vulnerables en la busca interminable por contratar siempre a los más hábiles en meter pelotas -  en actores de una representación que, llevada a caricatura, conseguido un brutal desnivel entre contrarios al concentrar en dos equipos a todos los mejores, sinceramente, resulta cada vez más aburrida, salvo para masocas y perversos.

Puede que gran parte del personal aún no se ha dado cuenta. Pero todo se andará. Demos tiempo al tiempo. En política, se ha caído en este error, y cada vez nos interesa menos el espectáculo en los que los grandes aparentan manejar la solución a nuestros problemas y más lo que se ventila en la cancha de los partidos más pequeños.

¿Jugamos a otra cosa?

Por todos los diablos, que alguien ponga coto

(Dedicamos este artículo a los estudiantes de español y a los españoles con sentido del humor).

A ver quién es el guapo que se aprieta los machos y toma las riendas del asunto para sacarnos de este berenjenal. Fácil no lo tiene, porque el personal tiene la mosca detrás de la oreja y todos, quien más quien menos, andan ya con el culo pelao de tanto oir que había que poner el callo mientras resultaba que otros sacaban tajada, subidos al carro o al machito para chupar del bote sin dar ni clavo .

Dicen algunos que tenemos que cambiar de paradigma, pero nadie nos ha puesto blanco sobre negro de qué va eso y nos da el fílin que puede ser más bien otro artificio para despistar por donde van los tiros. Si se trata de coger los petates o salirse con lo puesto a la buena de Dios, no hay caso, de aquí no nos movemos. Porque si hay que empezar desde cero, habría que poner a correr el cuentakilómetros desde ahí para todos.

El tema central es que ya no nos chupamos el dedo, tenemos cuerda para rato y no estamos para creernos los cuentos. Porque podemos admitir que en el chiringuito, mientras duró la fiesta, estuvimos de rechupete, y que caimos como pininos en la trampa de que podíamos pagarnos la verbena, estando a dos velas. 

Pero no irán a echarnos la culpa de no haber estado finos en olernos que iban a cambiar las tornas, si los que estaban arriba decían que todo estaba controlado y que el temporal no iba ni a mojarnos. Así que, si alguien tiene que pagar los platos rotos, que se hagan cargo del estropicio los que presumieron de saber por dónde íbamos y nos metieron en el brete.

Ya tendría chicha que nos cargaran con el muerto a los que solo pusimos el curro donde otros el careto.

Por la cuenta que nos tiene, con todo, urge encontrar gentes que no estén viciadas, que tengan muchas luces para poner las cosas en claro y sacarnos del atolladero, cantando las cuarenta a quien haga falta, sacando los colores a un par de ellos, y que sean capaces de insuflar ilusión al más pintado.

Para ese oficio no vale cualquiera. Sobran piquitos de oro y listillos que echen mano al cajón; que no nos tomen por palurdos para vendernos la moto. Queremos tipos de ley, con tino y talante, provistos de buen ojo, mano zurda, que tengan bien puestos los pinreles, que sepan por donde andan, que no se arruguen ante nada, y que atinen a poner coto a este barullo, contagiándonos de ganas.

Que den ejemplo con el corazón, con la cabeza; y que si se sacan algún conejo de la chistera, que podamos comérnoslo entre todos.

(Por cierto, que esta historia, no tiene destinatario prefijado. Vale igual para aplicarlo a los quebraderos y disgustos en que nos han metido sin comerlo ni beberlo, quienes manejaron a su antojo, poniendo cara de velocidad a los destrozos, patrias chicas, paciones autonómicas, estados de sitio, raptadas por el toro, vecinos de zumosol americanos, iluminarias islámicas o crearon dioses en su estirpe; por decir solo unos cuantos de muchos a los que sentarían como un guante los gorros de trileros.)

En fiestas

Durante el verano, especialmente en agosto y septiembre, la mayoría de los pueblos de España celebran sus fiestas. Se trata de conmemoraciones en torno a la fecha del Patrono local, que suele ser una de las múltiples representaciones milagrosas de la Virgen María, o un santo al que el antiguo señor terrateniente de la Parroquia tenía especial devoción.

En los años cincuenta y sesenta -por no remontarnos más que a lo que conocimos personalmente-, al tratarse de celebraciones religiosas, el elemento central de la fiesta lo constituía la Misa, que era cantada y concelebrada, sirviendo para que sacerdotes de las parroquias vecinas acudieran al pueblo festejante y, luego del acto litúrgico, se distribuyeran para disfrutar de la comida entre las casas de los mejor acomodados.

Por la tarde, en un prado que la Comisión de festejos había alquilado a uno de los vecinos, una orquesta que solía llamarse algo así como "Brisas melodiosas" o "Los bucaneros", tocaba canciones muy melodiosas, que tenían una letra pegadiza que una vocalista de buen ver interpretaba son sentimiento, arrimándose mucho al micrófono y moviendo las caderas.

Los niños disfrutábamos correteando, tal vez pudiendo subir un par de veces a los llamados "caballitos" (si había) y pudiendo disparar a unas bolitas en el tiro al blanco, con el permiso de papá o del tío X. Los ancianos hablaban, observaban, vigilaban y disfrutaban como el que más. Al caer la noche, los mozos se animaban a sacar a bailar a las mozas; ah, y había tómbolas que sorteaban muñecas andadoras, baterías de cocina completas y muñecos de peluche, pero los premios estaban controlados por la mano que vendía las papeletas.

Ahora las fiestas locales han desplazado la cuestión sacra a lo pagano, y lo pacífico a lo tumultuoso. Los niños y los mayores no tienen sitio real en esas fiestas. Cada pueblo rivaliza en organizar -o desorganizar- el espectáculo que atraiga más jóvenes, de lugares cuanto más remotos, mejor. Todo bastante anónimo, al fin y al cabo.

En España, las dos corrientes dominantes de organizar jolgorios  parecen haberse enfocado en torno al toro -animal emblemático al que se hace sufrir con variantes imaginativas, pero invariablemente crueles, desde la fiesta nacional de la corrida al lanceamiento de La Vega de Tordesillas- y al cachondeo tumultuario de adolescentes de todas las edades -descensos de ríos en canoa o en troglodito, cánticos masivos en idiomas desconocidos con juegos de luces y muchos decibelios, incluso aglomeraciones sin ton ni son, pero en las que no deben faltar bebidas alcohólicas, porros baratos y peleas por un quítame allá esas pajas-.

Al día siguiente, los supervivientes dirán que han disfrutado mucho. Aquellos a quienes se les haya roto la cabeza, el fémur o la ilusión definitiva, mucho menos. Los bomberos quemarán los restos de la fiesta y los servicios de limpieza recogerán los desperdicios.

Y la organización se pondrá a pensar en cómo conseguir que el próximo año, la celebración sea aún más grande, más vistosa, ¿más incontrolable?. 

 

Sobre regalos y otras dádivas

No solo no se ha perdido la costumbre de regalar, sino que se descubren nuevos ejemplos, formas, modos y maneras de regalo.

No es lo mismo, nos advierten, que te regalen un traje a medida que un jamón serrano (1) ; y no solo porque no te puedas poner (salvo que tengas ganas de llamar la atención) un terno a lonchas para tapar las partes pudendas, sino porque el foro social -y judicial- podría entender que, si ocupas un cargo público, lo primero huele a cohecho y lo segundo, simplemente, revela selectos apetitos.

A nosotros nos molesta que nos regalen los desconocidos, porque hemos crecido con la desconfianza de que el que regala, algo quiere o algo te ha quitado ya.

Ultimamente advertimos que cada vez recibimos más regalos de gente desconocida, y la cuestión empieza a preocuparnos. ¿Cómo se va a enseñar a los niños que no se deben aceptar regalos de desconocidos, si el bombardeo de atenciones de extraños es continuo?

En el supermercado, por ejemplo, se está haciendo habitual que el producto que pretendemos comprar anuncie en el propio envase que se nos está dando "un x% más, completamente gratis".

Quizá nuestro caso sea excepcional, pero en estas circunstancias, preferimos dejar el artículo en la estantería y elegir otro que no nos regale nada.

Especialmente alarmante es la medida adoptada por algunos envasadores de bebidas alcohólicas -digamos, cerveza- que se empeñan en darnos "un 33% más", en la lata de 33 cc, que es la medida habitual (un tercio de litro). Debería prohibirse esta práctica, por incitar al consumo de alcohol, es decir, a drogarse. No le encontramos sentido. ¿Quién está detrás? ¿La mafia del crimen organizado?.¿ Es -perdónesenos el atrevimiento- una campaña orquestada por la guardia civil de carreteras, para aumentar las multas en los controles de alcoholemia?.

En fin, señores. No se fíen de los desconocidos que les regalan cosas. Pueden estar grabándoles. Pueden estar tomándoles el pelo. Pueden pretender generarles una necesidad. Y lo más seguro, es que les estén dando gatos por liebres.

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(1) Admitimos que esta frase la escribimos pensando en la exculpatio ratione que ideó el vicesecretario de Comunicación del PP, González Pons, argumentando respecto al juicio por cohecho impropio que está padeciendo el ex presidente de la Comunidad Valenciana, Campos, cuando afirmó que "Si estuviéramos hablando de regalo de un jamón en lugar de un traje, nadie se habría extrañado" (citamos de memoria). Nulla exculpatio sine lege, lamentablemente.

Posteriormente, hemos conocido que Lady Gagá lució un traje decorado con filetes de carne y que la diseñadora emeritense Patricia Gruart copió la idea con un vestido hecho a base de lonchas de jamón en un desfile de pasarela a principios de 2011.

Estas sorprendentes aplicaciones de la carne cruda o amojamada como vestimenta demostrarían, simplemente, que el ingenio humano no tiene límites a la hora de aplicarse a descubrir estupideces con que cubrir las propias carnes con las tolendas de otros animales, incluso aunque ello suponga el despilfarro de alimentos, pero no adulteran el sentido de nuestro disparo bajo la línea de flotación de la ética al uso en algunos predios.