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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sociedad

Sobre la suerte de la fea

Hay un dicho español que reza así: "La suerte de la fea, la guapa la desea". Por supuesto, hoy ya casi nadie osaría emplear esa frase refiriéndose a las mujeres. El sesgo machista de la expresión rascaría en las puristas mentes que vigilan el estricto cumplimiento de la teoría de la igualdad de sexos.

No estará de más recordar el sentido subyacente de la expresión de marras. Con ella, se pretende enfatizar que no siempre las cosas salen como uno piensa, y a pesar de haber gozado de todas las cualidades y ventajas, es muy posible que alguien con menos méritos se alce con el premio. Tal vez por méritos propios, ocultos al observador superficial. La historia de Betty, la fea, la protagonista del culebrón televisivo con tanto éxito, glosa esa idea.

El contrapunto al dicho que estamos glosando, desde la perspectiva de géntero, sería este otro: "El hombre y el oso, cuanto más feo, más hermoso".

Los pescadores de mosca recurren a la frase hecha antes indicada, para referirse a aquella circunstancia en la que el pez (generalmente, trucha) que no entró a un señuelo que reproduce con fidelidad un himenóptero, perfectamente apetitoso a ojos humanos, se haya dejado engañar por una reproducción hecha de pena.

 

Sobre los donantes

Lo decimos en otro lugar amigo: Hoy, día 5 de junio, es el día del donante. Todos los días del año, son días de los receptores.

Puesto que la donación de órganos de un cadáver ha sido analizada en otro Comentario, nos vamos a detener aquí en las donaciones entre seres vivos, en la pretensión de establecer una cierta sistemática, desde la perspectiva del donante.

Las donaciones que se pretendan realizar con objetivo económico están, en la legislación española, prohibidas. El donante es, para nuestro legislador, un ser altruista. Lo que no impide que se compensen las molestias causadas en algunos casos, y, muy particularmente, en el de donaciones de óvulos o semen con destino a la inseminación artificial, que es uno de los grandes negocios clínicos del momento.

Tenemos así, un primer grupo de donantes que serían aquellos que reciben dinero por la donación. El legislador no puede ignorar que existe un comercio de óvulos y semen procedente de donantes jóvenes, preferiblemente universitarios. Hasta 1.000 euros se pagan por unos cuantos óvulos (normalmente 300) y unos 80 euros por un cm3 de esperma (generalmente, 30 euros) . Algunos estudiantes cuentan con este complemento para reforzar sus ingresos (Se les anima con eslogan del tipo: "Eres rico. Dona lo que te sobra").

La donación de sangre es una de las más populares, y se ha convertido para algunas personas concienciadas, en una operación regular cada tres o cuatro meses (a la que, por lo demás, acaban siendo adictos forzosos, pues el organismo reacciona produciendo más). Son, sin embargo, muchas más las personas que cruzan en dirección contraria la calle para no toparse ante uno de los vehículos de extracción.

Seguro que si fueran ellas las receptoras no tendrían idénticos reparos. Es necesaria una concienciación superior, pero también una eliminación de temores y traumas subyacentes desde las épocas infantiles, que nos hacen distanciarnos de lo que signifique dolor, muerte y sacrificio corporal, aunque sea mínimo.

Los donantes de médula, postura de esplendidez menos publicitada, figuran en un grupo aún más especial. Cuando una persona acepta ser donante de médula, se expone -gratamente, sin duda- a ser llamado en cualquier momento para recibir la punción que habrá, posiblemente, de salvar la vida de un desconocido, regenerando sus defensas.

Los donantes de riñón son, en esta escala, los más espléndidos con el prójimo. De tarde en tarde, se publica la oferta de alguien que, víctima de problemas económicos, ofrece uno. En muchos países, está prohibido este comercio. En España, la donación de un riñón se presenta, en casos específicos, entre personas de la misma familia: padres para sus hijos, hermanos, esposos. Una prueba de amor muy especial.

Sobre los rituales laicos para las efemérides

Debemos reconocer que cuando nos propusimos escribir este comentario, pensábamos en centrarlos en los funerales laicos.

Más bien, en la improcedencia de que nuestra sociedad siga celebrando funerales religiosos (fundamentalmente, católicos) de personas que, en vida, han admitido o reconocido su agnosticismo.

Igualmente curioso -cuando no ridículo- resulta que el oficio religioso se desarrolle ante deudos, amigos o simpatizantes del difunto, en la que aquellos que sean agnósticos, se verán obligados a realizar una gimnasia ritual que está alejada de sus creencias o harán como que están en otro lugar mientras dure el espectáculo. Podrían no asistir, desde luego, pero la presencia en los funerales es un acto social muy importante.

La situación es propia de una comedia bufa cuando el oficiante, aprovechando la homilía, realiza un panegírico de la devoción del agnóstico difunto, y teoriza sobre las creencias religiosas de sus fieles ante un público en el que se encontrarán, como impávidos pasmarotes, unos cuantos simpatizantes del muerto que querrían manifestar con su presencia allí el afecto que le tenían, y no han encontrado otro acto social adecuado para este mensaje social.

Nos parece importante desarollar un ritual del funeral laico, que dure al menos entre media hora y tres cuartos de hora, y en que tengan lugar lecturas, comentarios, panegíricos o recuerdo de anécdotas del difunto y su entorno. En el que los deudos y amigos, de una forma suficientemente ordenada, coherente, afectiva, manifiesten sus simpatías por el que se ha ido y refuercen su fe... en el ser humano.

La necesidad de un ritual laico aparece también en las bodas civiles y está por descubrir en los bautizos o inscripciones civiles del nombre del recién nacido. Las bodas civiles consisten en una ceremonia desvaída, ante un funcionario que puede que tenga prisa y que, si quiere hacerlo bien, larga una homilía con consejos que poco vienen a cuento o desea a los novios felicidad y pide que se besen...todo ello antes de irse a una comilona o cena en la que se engullirán varios platos de comida entre virtuales desconocidos.

Hay que construir un libro de ritos laicos. Ya.

 

Sobre el matrimonio y la vida en pareja

Uno de las fórmulas de ordenación social que se ha visto afectada -y gravemente- por la evolución de las relaciones humanas, es la institución del matrimonio. Inspirándose en la fórmula romana, y dotándola de un contenido ritual más complejo y vistoso, la Iglesia católica -en especial, a partir de esa gran revolución que significó Trento- ayudó mucho a poner orden en las cosas de la tribu.

Los ordenamientos civiles, imbuídos de una tradición de religiosidad, a pesar de que han ido reconociendo su capacidad para legislar al margen de mandamientos eclesiásticos y/o confesionales, navegan, y navegarán, porque no es fácil desprenderse de esta raiz cultural que está tan pegada a la esencia humana que es seguramente indisociable de ella, y que nos lleva a crear a Dios y, aunque se le niegue, a mantener algunas consecuencias surgidas del buen orden: la regulación de la vida en pareja cuando quiere tener hijos o cuando acumula propiedades, es una de ellas. 

Después de las dos guerras casi mundiales y de mayo del 68, el personal se vió afectado por un fatalismo nihilista respecto al más allá y muy pragmático respecto al más acá. Muchos hombresy mujeres volvieron sus ojos hacia la búsqueda de placer, allí donde pudiera estar, a sabiendas de que todo era efímero, fútil, y que lo que no pasaba por alguno de los sentidos corporales era poco interesante.

En fin, al grano. Los jóvenes no quieren casarse. Prefieren vivir en pareja, en pisos alquilados a nombre de uno de ellos, uniendo tal vez sus ingresos, pero manteniendo una importante independencia.

Es una forma ligera de convivencia, en la que falta, en general, el proyecto común. No quieren tener hijos -al menos todavía-, no hay entronque ni participación en la vida familiar de los respectivos clanes, ambos miembros de la unidad de convivencia, trabajan y pasan mucho tiempo fuera del hogar, que tampoco es exactamente un hogar, porque tiene mucha precariedad a las espaldas.

Los problemas legales que, sobre todo, para quienes deciden vivir así, tiene esta forma de convivencia, van siendo resueltos mal que bien. Declaraciones fiscales independientes, irregularidades en la domiciliación de uno de los componentes de la pareja, problemas en la distribución de gastos, dificultades para escriturar las inversiones comunes, riesgos de que la masa hereditaria vaya a parar a otros no deseados (sobrinos, hermanos, ...de la pareja).

Sobre la curiosidad por lo que hace la vecina

En toda niñez de varón, siempre hay alguna vecina a la que se sorprendió mientras se quitaba el sujetador, se duchaba con la ventana entreabierta, o se cambiaba despreocupadamente las bragas tras una persiana mal bajada.

No importa que después se hayan acumulado a estas imágenes infantiles, cientos de otras más próximas, mejor gozadas y carnales: el delicioso escorzo de aquella mujer sorprendida en acto íntimo, una instantánea robada a la casualidad, persistirá impecable como uno de los momentos inolvidables de la existencia.

Escribimos este comentario para todos, aunque desde una percepción genuinamente masculina. Podríamos hacerlo sexu inverso, aunque resultaría menos sólido el ejemplo. Las mujeres tienen -y siendo axioma, no necesita el aserto demostración alguna- menor capacidad para entender del morbo. Nos lo recuerdan muchos casos del día a día: véase si no, que son muchas menos las mujeres lesbianas que  osan salirse de su armario. O no les hace falta, o prefieren la oscuridad de sus yoes para moverse en libertad sin las estridencias.

Todo esto va a cambiar. Bibiana Aído, ministra de la Igualdad del Reino de España, que, por su juventud, no ha tenido tiempo para muchas vivencias  pero se ha fijado mucho y trata de sacudirse el pelo de la dehesa politiquera, se ha fotografiado con un dibujo infantil que puede ser el logo-símbolo de la que nos espera.

En el dibujo se ve a dos monigotes, blandiendo uno la escoba y el otro, una cartera de ejecutivo.

Parece ser que el autor o autora del emblema -tal vez, la propia mini-ministra- ha querido identificar con ello la igualdad entre sexos que se propugna. Si es así, se debería reconocer al varón como el monigote de la escoba, por sus pantalones cortos y el pelo erecto; la hembra sería la de la faldita escocesa, el maletín y los tres pelos ladeados. La igualdad, convertida en vaso comunicante, estaría insinuada por la unión casta de las manos de uno y otro. Juntos por la lucha final.

Protestamos con güasa respetuosa por la igualdad que nos anuncian. Desde nuestro pedestal, hubiéramos preferido otras variantes del mismo esquema sintomático.

La mejor, que los dos palitroques llevaran sendos maletines (Día de furia en tiempos de desempleo: manzana y malhumor; alternativa: sitio para guardar los resultados de la gestión pública destinados al coleto propio),. O, por lo menos, se podía haber indicado que cada palo aguantara su escoba... (Hay tanto que barrer; Coslada, Marbella, Madrid; que nadie se sienta ofendido, por favor, si omitimos su pueblo).

Desde esa desilusión un tanto mosca, proponemos como imagen divertida de igualdad, la de la vecina observando plácidamente por la ventana abierta, tomándose un glenfidich y  despreocupada de taparse las piernas, cómo su vecino se despoja de los gallumbos, antes de invitarlo a cenar en el Zalacaín para planificar el fin de semana entre las sábanas.

Por lo demás, esperamos que, dado el exigüo presupuesto del Ministerio, el logo se lo impriman gratis. Nuestra proposición va sin copiráit, así, en pelotas picadas.

Sobre Telma y Lourdes

La Telma de este comentario es Telma Ortiz Rocasolano, una desconocida hasta que su hermana pasó a ser princesa de Asturias, o sea, futura reina de España.

Lourdes es María Lourdes Pérez Padilla, juez de Primera Instancia de Toledo, una desconocida hasta que Telma, la hermana de Letizia, la princesa de Asturias, demandó a todos cuantos grupos de la prensa a sus abogados se les vinieron a la cabeza. reclamando la protección de intimidad para su cliente.

Piden los letrados, medidas cautelares que impidan a los media referirse a la vida privada de Telma, haciéndoles judicialmente una advertencia de no injerencia, una especie de orden de alejamiento mediático, "por el peligro físico, real, que supone para ella y su pareja, el acoso de los medios".

Así que Telma y Lourdes no tienen nada que ver con Thelma y Louise, la pareja de la inolvidable película que contó como protagonistas femeninos a Geena Davis Susan Sarandon.

Son dos mujeres que quieren vivir normalmente, hacer cada una su trabajo sin interferencias, al margen de las luces mediáticas, pero a la que las circunstancias ajenas han puesto bajo los focos de la curiosidad casi general, alimento para el morbo de la multitud de cotillas, marujas y pepitos, periodistillas y cazaimágenes, que pululan por este país y por todos los del orbe occidental. Tierras donde viven los que no tienen que preocuparse por tsunamis, terremotos, hambrunas, guerras tribales o invasiones de ejércitos de otros mejor dotados y, por ello, sienten un incalificable interés por lo que hacen sus vecinos.

Telma y Lourdes lo tienen difícil para salir airosas del asunto, cada una en ese papel singular en el que están siendo observadas. Una como demandante de intervención de la justicia, y otra como dispensadora de sentencias con efectos civiles. Otra tercera mujer importante en el caso, la fiscal del mismo, ya se ha manifestado diciendo que no lo ve nada claro, y que, en su docta opinión, la demanda debe desestimarse. Los abogados de la parte demandada, que mueve muchos dineros provenientes en parte de la estulticia imperante,  han puesto el grito en el cielo, porque -dicen, conceder tan insólitas medidas cautelares sería toda una burla al derecho, la vuelta a la censura previa.

Telma tiene razón, pero la ley no se la da, no se la va a dar la ilustre togada, sin retorcer el espíritu de lo escrito, lo que seguro no está en sus intenciones.

Se comprende bien la argumentación de la perjudicada por el acoso, la injusticia y el encono de verse sometida a la persecución de sus actos triviales, de detectar lo que viste, come, a dónde viaja y en qué se divierte, de todo cuanto hacen o no dicen a solas o en familia, como subproducto de una fama que ni ha pretendido ni desea conseguir. Claro está que no obtiene beneficios de ese interés mediático, ni los quiere. Porque, ¿de verdad ve alguien como un trato de favor entrar por una puerta reservada en el edificio del Juzgado de Toledo donde se juzga su demanda? ¿tiene preferencias por figurar como cooperante en Filipinas?.

El fantasma de su hermana, la otra hermana de esaTelma sin hache, Erika, muerta -según todas las apariencias- por ingestión de barbitúricos durante una crisis depresiva, incapaz de soportar la tensión de una persecución despiadada que despreció sus cualidades personales para convertirla en beneficiaria hipotética de su calidad "de hermana de", estará siempre ahí. En aquel caso, el morbo mediático se contuvo posteriormente a la defunción, se comenta, ante la petición de la Casa Real de no ahondar en el dolor de la familia. Los que perseguían a la princesa Diana de Gales también se arrepintieron, luego. "El público quería saber", se excusaron, tarde.

La ley del 5 de mayo de 1982 sobre Protección al honor, la intimidad personal y familiar y la propia imagen, no protege a Telma Ortiz y no facilita la decisión de María Lourdes Pérez Padilla. Pero se entiende lo que pide aquélla, y en Alsocaire estamos de acuerdo con ello.

Sobre la Cañada Real en Madrid: una solución

Algunos vienen disfrutando de la situación desde hace -parece- 30 e incluso 40 años. Otros (la mayoría), desde cosa de un par de meses -dicen-. En total, más de 20.000, quizá 30.000 personas han ido, primero a la chita callando y últimamente a la de tonto el último, organizando un pueblo de tomo y lomo en terrenos protegidos, en patrimonio público, o sea, de todos, y cuyo garante es la mismísima Administración del Estado, en sus variados aspectos.

El lugar de que estamos hablando, no es un sitio cualquiera, perdido en la geografía de uno de esos países con inseguridad jurídica crónica, apelados como tercermundistas. Está en España, se llama Cañada Real (porque así se conoce al espacio protegido), y dista solo 15 km del centro de Madrid. Y bien a la vista está, en particular ahora, que es pasto de televisión, emisoras de radio, ongs, voluntarios, voluntaristas, etc.

Los habitantes de esta acampada que ocupa titulares, porque les están destruyendo las casas, siguiendo un orden que parece aleatorio, son reflejo de la diversidad étnica, sociológica y pachanguera -que de todo hay- de nuestro país.

Muchos son inmigrantes, fundamentalmente marroquíes, bolivianos y ecuatorianos; no faltan rumanos, albanos y croatas. No pocos, están de forma ilegal en España (Unión Europea), lo que no es óbice para que casi todos los adultos tengan trabajo, dispongan de algún modus vivendi, hagan con esfuerzo y privaciones sus ahorrillos, por si vienen aún peor dadas.

¿Que qué hacen?. Ellos, se reparten entre los ocasionales de la construcción, braceros en los mercados de abastos, extras en la hostelería. Ellas, tal vez consigan ser dependientas de supermercado durante un par de meses -donde no se les vea mucho-, cuidadoras de ancianos e inválidos, asistentas domésticas y, por supuesto, en los ratos libres, no dejarán de actuar de tuteladoras de una recua de críos con los que Dios no falla en premiar a los que elige para demostrar su omnímodo poder.

Hay un tal Félix (lo hemos visto en la TV-1, hace unas horas) que construye casas como quien lava en Cañada Real, y se alquila los pisos a extranjeros (ellos, que por 500 euros mensuales; él, que por solo 300). Incluso da empleo a muchos. Tiene un aire del que se las sabe todas. Aguanta el tipo sin perder la compostura, aunque le increpen, como si la misa no fuera con él. Las razones de esta historia esperpéntica de los edificios demolidos por máquinas excavadoras, "no se las explica; por supuesto, sabía que eran ilegales, pero es que las cosas no se hacen así; únicamente enviaron un papel para avisar que estábamos en terreno público y que habría que retirarse". Pero con calma, que no es cosa de andar atropellando.

Los extranjeros no están solos, qué va, en este teatro de variedades. Hay bastantes españoles, que ocupan la parte más noble del poblado. Andan ahora silenciosos, en general,  y , por supuesto, lucen molestos, porque se les ha descubierto el pastel. Argumentan con firmeza que las casas donde ellos viven, coquetos chalets con vegetación agradable, son suyas y muy suyas y nadie puede quitárselas, porque las autoridades han consentido su apropiación, y  ahora, después de tanto tiempo, han adquirido sus derechos.

Sí, -argumentan, desafiantes, quienes se atreven a hablar- es cierto, solo disponían -hace veinte o treinta años- de un permiso para cuidar un huerto de subsistencia en terrenos públicos en la Cañada. Pero es que ellos, poquito a poco, y como nadie les decía nada,  han ido construyendo ahora un tendejón para guardar los aperos, luego un galpón para traer agua de la red pública, después la toma eléctrica, y, finalmente, con esfuerzo, se han encontrado con esta casa-chalet en donde viven todos, con el garaje anexo en donde guardan los coches. ¿Y qué?

Rizando el rizo de una supuesta asesoría legal de río revuelto, estos neocolonos de la tierra nunca prometida, hablan de que el suelo será público, puede,  pero el vuelo es de ellos, es privado. Así que las casas no se las pueden quitar, tendrán que llevarlas a otro sitio. Y alegan, por si acaso, que ha habido posesión pacífica y aparente, y adquisición de la propiedad por transcurso del plazo de la usucapión , obviando que esos latinajos con la propiedad pública no rigen.

Claro, y, además, si la Administración se pone a investigar por el mundo, en cualquier sitio hay ilegalidades como las suyas o peores.O sea,  "que los dejen vivir en paz", porque echarlos allí, donde no hacen mal a nadie, es "una injusticia".

Los extranjeros que han querido dar su opinión, adoptan dos posiciones:  los marroquíes, seguramente acostumbrados a actuar así en su país, no están haciendo nada malo, y tienen derecho a vivir, y pagan sus impuestos; para, los hispanos y los eslavos, asumiendo mayoritariamente la ilegalidad de su residencia en el poblado y en el país, el asunto más urgente es recoger los bártulos, rescatar el dinero ahorrado de las ruinas y seguir la transhumancia; los pisos patera son más seguros, hay que perderse en la noche de la gran ciudad.

La solución al problema exige, desde luego, tacto pero también mano firme. Cañada Real no es el único ejemplo. Hay muchos, siempre demasiados, asentamientos ilegales en España, casi siempre en zonas públicas (al lado de las carreteras, en parques nacionales o regionales, en los bordes de los latifundios que pertenecieron a Icona). Siempre los ha habido, pero hoy han crecido en número y en intensidad.

¿Qué hacer? En primer lugar, hay que proceder a la Identificación completa y exacta de los lugares y de sus moradores. En la Cañada Real, por ejemplo, hay que tomar nota de las situaciones personales y circunstancias. Son, por encima de todo, seres humanos y merecen respeto, y, por supuesto, sujetos de derechos (y deberes); hay muchos niños entre los afectados por el eventual desalojo.

Pero la circunstancia legal en la que se encuentran no se puede cambiar con buenas voluntades. En la actualidad, todos son residentes ilegales, pues están viviendo en una zona protegida, que hay que preservar, obviamente, en el estado que se pretende (en la Cañada Real, paso histórico de rebaños en transhumancia; en los bordes de las carreteras, en los parques nacionales, como áreas de reserva de servicio o valor ecológico; etc).

El dilema no tiene vuelta de hoja. Las zonas deben ser liberadas de toda construcción, o eliminada la declaración ambiental. ¿Qué se quiere hacer? ¿Merece la pena mantener la protección, o hay que suprimirla? ¿A quién beneficia la situación, cualquiera que sea? ¿Por qué?

Si se desea recuperar plenamente la Cañada, hay que demoler. Aunque incluso en esta actuación, puede haber diferencias en el trato, pues para algunos de los moradores se puede detectar culpabilidad, actuación dolosa, es decir, consecuencias penales; otros, pueden alegar ignorancia; bastantes, por lo que parece, no tienen permiso de residencia y están siendo explotados por aprovechados. Hay tela, pues.

Con mucho cuidado en el tratamiento jurídico, nos tenemos que habrá que levantar unos cuantos centenares de expedientes administrativos, laborales o de responsabilidad civil cuyo trámite, en su caso, puede estar sujeto a la resolución de la prejudicialidad penal.

El simple envío de policías armados hasta los dientes para proteger a las excavadoras y aporrear a los afectados, no basta, no es humano, no es siquiera -curiosamente, justo-. Porque ser justo implica no ser discriminatorio y, también, ser proporcionado, valorando el alcance de las decisiones que se adoptan, en relación con los efectos pretendidos.

Que, además, en la Cañada Real haya decenas de yonkies, basura acumulada por doquier y malos rollos es, entre el barullo, una anécdota menor.

Sobre lo que hacen los vecinos

El mundo está conmovido porque un tipo ha mantenido secuestrada a su hija durante veinte años, encerrada en un sótano, y, mientras aparentaba tener una vida normal y simpática, la violaba y la hacia concebir un hijo tras otro. El monstruo-dios fue indulgente con algunos de sus descendientes, pues a la mitad de ellos los elevó a la categoría de nietos, diciendo que la pobre criatura a la que había encerrado en su búnker se los había puesto en el portal para que los cuidaran los abuelos. Su mujer, y sus vecinos a uvas.

Es increíble, pero es cierto. Es inverosímil, pero es real. Nadie se enteró de nada hasta que, por casualidad (de una forma aún confusa) se descubrió al raro y se destapó el pastel.

Los vecinos dicen que era buena persona; las compañeras del trabajo, lo adoraban; las agencias de viaje de la zona, lo tenían por muy buen cliente. Solo su cuñada, con aspecto de enajenada física, dice ahora que siempre sospechó de él, de Fritzl, el electricista austríaco que se aprovechó de que cuando la guerra fría había subvenciones para fabricar subterráneos con los que protegerse de los hipotéticos ataques de aquellos comunistas decadentes que decían tener armas nucleares a punto de gatillo.

Está mal visto vigilar a los vecinos. Lo correcto es únicamente saludarlos si se coincide en el ascensor; si el trayecto se prolonga, comentar algo sobre el tiempo atmosférico. Si hacen ruido a partir del oscurecer, llámese a la policía; es más eficaz que solicitar directamente a los vecinos que sean más moderados o felicitarles si festejan su cumpleaños.

Hay opciones incluso crueles. Si se tiene dinero y ganas de avasallar derechos de otros, demándeseles, amplíese el piso propio aprovechándose del bajo cubierta comunitario, instálese un puti-club en el tercero o un subterráneo de acceso exclusivo. Aunque los vecinos pleiteen, la ley le protegerá alargando el pleito durante años, tal vez décadas.

Ah, y si la escalera huele mal durante meses, posiblemente el vecino se haya muerto en soledad y se esté pudriendo en sus miserias. Póngase en contacto con el presidente de la Comunidad, abran el piso con la llave maestra y dispónganse a hacer declaraciones a la prensa.

Sobre la mediocridad

Que los mediocres tienen más posibilidades de triunfar, no es algo nuevo. La mediocridad no es, evidentemente, la única característica personal que conduce al éxito. Es condición muy insuficiente. Los mediocres necesitan tener a su lado, para llegar arriba, a gente capaz. Las razones por las que los más capaces sucumben ante los más hábiles de los mediocres, tienen que ver con muchas cosas, pero, sobre todo, con la inteligencia emocional.

La versión oficial -es decir, académica- de lo que ha de entenderse por inteligencia emocional, la relaciona con la capacidad de captar adecuadamente el entorno, relacionarse con simpatía con los demás, y tener actitudes positivas para concentrarse, fundamentalmente, en lo que la mayoría quiere oir: las cosas van bien, si van mal tienen solución, y si no tienen solución, es preferiblemente no perder tiempo en encontrarla.

En nuestra sociedad, educamos a los niños y jóvenes para ser más capaces, y la enseñanza es muy apta para captar rápidamente a los más inteligentes de cada promoción. Pocos maestros y colegas no guardan referencia exacta de los mejores. Raras veces son los que triunfan en la vida, en el sentido que damos a la palabra triunfar, pero son útiles a los mediocres de su promoción, de los que suelen ser muy amigos.

Se cumple así el axioma fundamental de la vida práctica: lo importante no es saber, sino saber quien lo sabe.

Por fortuna para ellos, embebidos en sus trabajos de investigación, en sus cálculos complejos o en su búsqueda de los fundamentos exotéricos que rigen o parecen regir los pasos de la humanidad, los más listos, ayunos de inteligencia emocional por lo general, son premiados con la felicidad de estar contentos con lo que saben hacer, ayudando a los mediocres -cuando se dejan- a que no se equivoquen demasiado.

Sobre las conmemoraciones de fechas históricas

El dos de mayo de 1808, el pueblo madrileño se levantó contra los franceses, utilizando la rabia como arma que tenían más a mano. Fue un momento muy especial, que el general Murat se encargó de reprimir con sus 30.000 soldados, pasando después por las armas a todos los que fueron apresados en aquella guerra civil singular, del pueblo soberano contra la aristocracia afrancesada y los tejemanejes de la alta política rastrera.

El 6 de julio de ese mismo año, el emperador Napoleón nombraba a su hermano José era nombrado rey de España y de las Indias, promulgando la Constitución de Bayona para conciliar "la santa y saludable autoridad del soberano con las libertades y privilegios del pueblo", mientras se tejía una resistencia al control francés que hemos estudiado, patrióticamente, como "guerra de la independencia".

Pero lo importante ahora, dos siglos después, metida España en la Unión Europea, es analizar, si se puede hacer con tranquilidad, las enseñanzas de aquella manifestación popular y de los efectos que, años más tarde, en 1814, llevaron a poner en el trono español a Fernando Séptimo "El deseado" (en realidad, indeseable), como consecuencia de lo que se entiende como verdadera primera constitución española, la de las Cortes de Cädiz.

Puestos a celebrar actos del pasado, los próximos años del siglo XXI han de ser pródigos en celebraciones. Habrá que celebrar en 2012, el bicentenario de la Constitución de Cádiz, después, el bicentenario del advenimiento de los Borbones en la persona del dicho rey Fernando VII en 2014 y, desde luego, en 2031, el centenario de la segunda República española.

El mismo 2012, y en fecha 16 de julio, tendremos tambíén que celebrar la victoria sobre los almohades, en las Navas de Tolosa. El 10 de mayo del 2013 se debería celebrar el tricentenario del Auto Acordado por el que Felipe V introdujo la Ley Sálica, por la que se daba preferencia a las mujeres en el acceso al trono, ejemplo, sin duda, del talante feminista de aquellos tiempos y que, con fidelidad digna de análisis, perdura en nuestros días.

En fin, que de posibles conmemoraciones andaremos sobrados y, si no, al tiempo.

Sobre la procrastinación y sus antítesis

En un capítulo del librito con el sugerente subtítulo "Teoría y práctica de la estupidez" (el título principal no es menos atractivo, desde luego: "La inteligencia fracasada"), José Antonio Marina repasa diferentes aspectos de los fracasos de la voluntad.

Una de las seudosicopatologías en las que se ceba el ilustre científico es la procrastinación. Define esta actitud como la persistencia en aplazar, para mejor ocasión, lo que está pendiente. El procrastinante encuentra que el momento no es perfecto para realizar lo que debe, y, en consecuencia, lo postpone. Lo que sucede -y ahí está el punto enfermizo- es que, como nunca está a gusto con la circunstancia que tiene ante sí, no lo hace nunca.

Qué diferente actitud, que no nos atrevemos a llamar enfermiza, la de que quienes, a sabiendas de que el momento no es perfecto, ni mucho menos, adelantan la realización, para sacar pecho o salir en la foto. Se pueden celebrar así cincuentenarios adelantados en un par de años, festividades recuperadas de lo profundo de los tiempos de las que nadie tenía memoria, homenajes a desconocidos que no conoce ni su padre.

 

Sobre el currículum (y 2)

(Para facilitar su lectura, hemos dividido el post Sobre el currículum en dos partes)

Como el cuerpo humano, que consta de cabeza, tronco y extremidades, un currículum consta de apellidos, dinero e influencias. El que se adorne con títulos universitarios, reales o ficticios, con obras heroicas o con puñaladas por la espalda, ya depende del gusto de cada uno.

Unos buenos apellidos, sonoros y diferentes, son el elemento sustancial del currículum. En teoría, todo quisque podría inventarse los suyos, pero lo más conveniente es que se hereden. Si por enlaces matrimoniales poco cuidadosos corrieran el riesgo de perderse, han de mantenerse encadenados con guiones y, aún mejor, dotarse con las partículas "de", "von" o apóstrofes y acentos circunflejos.

No ha sido bien analizado porqué, en todos los países, hay tan pocos apellidos diferentes y solamente unos pocos lucen nombres que los identifiquen inequívocamente. Resulta que, contrariamente a lo que se piensa, los Fernández, Smith, Schneider o Petit tienen árboles genealógicos que echan sus raíces en lo más profundo de los tiempos y, por contra, cuanto más sonoros, más modernos son los brotes.

Si Vd. pertenece a una familia con apellido diferenciado, y la rama de la que procede tiene consistencia, ya puede considerarse con currículum hecho y derecho. Esto vale tanto en democracia como en dictadura, porque, al fin y al cabo, se trata de matices.

El segundo aspecto importante del currículum es el dinero del que su portador disponga. Entiéndase, los bienes terrenales puestos a disposición de los antojos del sujeto. En otras épocas, el apellido solo podría servir para ir tirando, pero ahora es imprescindible acompañarlo de la pasta.

No importa cómo se hayan conseguido esos dineros. Pero si, por desconocidos caminos, el iniciador de la riqueza familiar es Vd. , lo aconsejable es que trate de disimularlo, salvo que su capital provenga de la droga o de la más profunda economía sumergida. Le prevenimos: en algunos lugares, jueces desaprensivos se dedican a la caza de los currícula y sería lamentable que Vd. cayera como una de sus víctimas propiciatorias. Esconda su riqueza detrás de los muros de la discreción.

En fin, está la cuestión de las influencias, tercer elemento del currículum. Nos referimos a los amigos, el grupo de semejantes, aquellos con los que se crean los lazos de identidad de propósitos, creencias, propiedades o prebendas que defender. Nunca vaya solo con su currículum, porque se expone a que lo asalten y le dejen en pelotas.  De nada le valdrán ni los apellidos ni el dinero si no camina en grupo de semejantes.

Si carece de todos los elementos que componen un currículum áureo como el que tenemos descrito, cuando un desconocido le pide que le enseñe su currículum, desconfíe. Especialmente, si, además del currículum, le pretenden someter a un examen sicotécnico.

Sobre el currículum

Contrariamente a lo que mucha gente cree, el currículum no nace con la persona. Algunos ya traen una buena parte de su currículum debajo del brazo, a la manera del pan ése que se decía que adornaba el sobaquillo de ciertos recién paridos. Otros no consiguen hacer currículum a lo largo de toda una vida, por mucho que se empeñan.

Incluso, hay a quienes se les reconoce el currículum cuando están ya criando ortigas, circunstancia que poco aprovecha a los difuntos pero que es utilizada por algún vivo para hacer crecer el suyo, convertido en una planta saprófita del árbol caído en la batalla por la supervivencia entre canallas.

Para conseguir un primer trabajo, se ha puesto de moda exigir que el aspirante presente su currículum, y hay especialistas que enseñan a redactarlo convenientemente. De las actividades más modernas a las más antiguas; concreto y limpio. 

Ya se puede uno imaginar el esfuerzo que significa contar algo cuando no se tiene nada que decir. Ese primer currículum, en realidad, sirve para poco. Quizá, en otros momentos, haya que volver a redactar el currículum: para acceder a una beca de investigación, optar a un premio nóbel, o cosas así. Entonces el currículum deberá detallarse hasta la minucia, pues tiene más valor cuanto más extenso y, por supuesto, lo que se haya hecho en inglés, cuenta triple.

Estas disquisiciones previas enmarcan el propósito de este comentario, eliminando falsas ideas respecto al currículum. Porque el verdadero currículum, el que cuenta con pedigree -aunque esta expresión parezca una redundancia-, no necesita escribirse. Es. Se podría identificar como un aura que acompaña a determinados individuos, algo que se percibe aunque no esté delante. Ese buen currículum tiene vida propia y va por delante de su portador, como un vocero, haciéndole sitio.

Inconscientes de ello, hay ingenuos que pretenden forjarse su currículum a base de sudar la gota gorda, acumulando esfuerzos y conocimientos. Trabajo de Hércules. En cada generación, hay escaso lugar para currícula de ese tipo, y lo normal es que cuando uno llega al objetivo con su currículum debajo del brazo, pensando que le corresponde una silla, compruebe que ya están todas ocupadas por gentes que llegaron mucho antes; puede que tuvieran el sitio reservado desde antes de que llegaran a este mundo.

Y es que incluso aquellos buenos currícula que no están predestinados, se adjudican tempranamente. Al terminar la adolescencia -los veinticinco años- si Vd. no ha conseguido forjarse el suyo, lo más probable es que, haga lo que haga a partir de entonces, su currículum no valdrá una mierda.

Sobre la forma de no perder tiempo renovando el carné de conducir

Supongamos que Vd. recibe la comunicación de la Jefatura de Tráfico de que su carné de conducir está a punto de caducar. Le quedan solo dos meses para renovarlo, pero, dentro de la filosofía de facilitar a los ciudadanos el cumplimiento de sus burocráticas obligaciones, Vd. podrá hacerlo, cómodamente, por correo.

Para ello, solo tiene que seguir cuatro pasos: a) obtener un certificado de idoneidad -algo así como un certificado médico, pero adaptado al objetivo-; b) pagar en Correos la tasa de renovación que se le indica en el impreso, c) sacar un par de fotografías de su careto, y d) enviarlo todo, con un sobre con su dirección correcta, a la Jefatura de Tráfico de su provincia.

No tiene, después, más que sentarse a esperar. Si pasan los dos meses y no le llega el nuevo carné, es posible que el cartero lo haya devuelto a Jefatura o se haya extraviado. No problem. Vaya a la sede de ese órgano de la administración, proteste, dilucide lo que pasó y/o repita el itinerario.

¿Que le parece muy complicado?. No exageremos. En realidad, el trámite primero le llevará apenas cinco minutos (salvo desplazamientos). Personado en la agencia habilitada, deberá pagar unos 15 a 20 euros por ese papel en donde le certifican no se sabe muy bien qué respecto a su vista y salud.

El trámite es la parte sustancial del proceso -renueve por correo como en persona-, pero esféricamente divertida. Con suerte, en uno de esos centros especializados le harán juguetear con una maquinita a adivinar cuándo una bolita debió pasar por una cajita, avanzando a varias velocidades. O puede que le pidan que adivine si esa bolita (u otra) tocaría o no con una línea diagonal oculta en la pantalla. Incluso cabe la remota posibilidad de que le tomen la tensión y le hagan una prueba ocular. Pero lo más probable es que solo le cobren el dinero y le estampen una firma en el certificado.

El segundo paso, debido a la saturación de las estafetas de correos, le llevará más tiempo. Para pagar las tasas deberá hacer cola en un apretado espacio, junto a los que van a comprar sellos, recoger paquetes, informarse, poner buro-fax o pasar el rato. Seguro que alguno de sus antecesores en la cola será un empleado de una empresa de seguros que llevará doscientas cartas para sellar y certificar.

Y, además, tendrá que hacerse las fotografías, sin contar con que corre el riesgo de que se le pierdan todos o alguno de los papeles.

Nuestro consejo: vaya a la Jefatura, con el certificado ése, con las fotografías que se haya hecho Vd. mismo con la cámara digital y la impresora a color y con las pelas. Si está en Madrid, el lugar es Arturo Soria 125. Directamente a la caja -la de particulares-, que está semioculta en el primer piso, según se entra a la derecha.

No haga ninguna cola. Le darán en caja un número para el segundo piso. Si ha ido a primera hora de la mañana, es posible que no tenga que esperar ni diez minutos, tiempo adecuado para leer el periódico. Cuando le toque su turno, un funcionari@ posiblemente con cara de lunes le pedirá el DNI y el viejo carné de conducir, los mirará displicentemente, y despegará la foto que, cumpliendo instrucciones del papel, Vd. habrá pegado en el impreso. Le dará entonces un resguardo válido por dos meses.

Y a esperar que reciba el nuevo carné, impoluto y plastificado, en su casa. En otro caso, si no lo recibe, vuelva a empezar por alguna parte.

Sobre la muerte y otras incomodidades

De entre las incomodidades que nos vemos obligados a soportar, forzados por nuestra débil naturaleza, la de la muerte es la más dura. No nos referimos, obviamente, a la muerte propia -que ésa tampoco es para tanto, tratándose de un episodio indisociable de nuestro currículum-, sino a la de los otros y, más especialmente, de aquellos que no forman parte de nuestra familia ni pertenecen al círculo de nuestros amigos verdaderos

Quizá ya adivine el lector por dónde vamos. Estamos tratando la cuestión desde la perspectiva de la muerte de los otros, considerada como un trabajo adicional, una carga, como consecuencia del acto social que nos demanda una parte de nuestro valioso tiempo libre.

Hay quienes lo tienen perfectamente organizado, conscientes de la relevancia de cumplir adecuadamente con esta pejiguera. Conocemos el caso de directores de personal o ejecutivos de grandes empresas que incorporan a su agenda todos cuantos funerales se refieren a los allegados de sus empleados distinguidos y, por supuesto, no se pierden ninguna de esas ocasiones de manifestar un rostro compungido y derrochar unas palabras ininteligibles pero cariñosas sobre el hombro de los deudos, sin importarles un bledo la veracidad de los sentimientos expresados.

Los funerales -y no solamente desde el rito católico, porque, en este punto, todas las religiones que se precien conceden singular valor al acto de acompañar con pompa a los muertos en su camino al olvido, de la mano de Carón- con actos de significado totémico para nuestras sociedades.

Hay que hacerse ver, y no en relación con el difunto, sino con los vivos. Ni siquiera la familia del finado juega un papel sustancial en este escenario, porque la representación del duelo se dirige por lo general hacia otros lados. No pierda ocasión de asistir al espectáculo de alguna de las próximas manifestaciones de duelo -así las llaman- que, al no afectarle, pueda ser vista desde la distancia. Le aconsejamos alguna según el rito católico.

Observe quiénes ocupan las primeras filas, cómo se tuercen los cuellos durante la ceremonia, tratando de descubrir conocidos y detectando las piezas sociales sobre las que hacerse ver, traduzca en influencias la precipitación de algunos asistentes para estrechar a la familia del difunto; compruebe incluso las formas de devoción que les llevan a no desdeñar cualquier protagonismo, en el reparto de la comunión, en la firma en el libro de condolencias, en la lectura de oraciones, en los apretones de manos en la transmisión de la paz, en el tono de los cánticos devotos.

 

Sobre el valor de la experiencia

Son varios los ejemplos que pueden encontrarse en la vida social y económica española. La realidad muestra que aquí, con cincuenta años uno es ya considerado mayor, es decir, viejo. Hasta los treinta años, sin embargo, se opina que es demasiado joven.

La conclusión es obvia: quedan apenas veinte años de vida útil para cada persona, considerados desde la perspectiva de la sociedad que nos rodea. Pocos serán los que a partir de los cincuenta encontrarán nuevo empleo, si lo han perdido, y serán raros los casos de quienes, no descendiendo de un árbol genealógico con pedigree, sean puestos en cargos de responabilidad.

A los treinta y un años se puede, incluso, llegar a ser Ministro, demostrando con ello que también los altos cargos públicos pueden servir para acumular experiencia útil para el resto de la vida activa. Con cincuenta y pocos años te pueden dar la patada, bajo la fórmula de jubilación anticipada, con o sin plan de reconversión, o hacerte la farsa de un despido improcedente para meterte en el bolsillo cuarenta y cinco días por año trabajado, con máximo de dos anualidades.

Lo más curioso es que la sociedad no se ha dado cuenta de quién pierde. Esos millones de maduros sin sitio en la sociedad, deambulando por las calles sin rumbo fijo o, si más afortunados en sus ahorros, acumulando viajes de recreo tras otro hasta la extenuación de sus rencores, son un despilfarro y, también, una vergüenza.

Quizá una cosa traiga como consecuencia la otra. Si despreciamos lo que pueden hacer por nosotros los que ya acumulan la experiencia, el saber hacer y la tranquilidad de veinte, treinta o más años de actividad y de trabajo, tendremos que acudir al señuelo de los que exhiben su juventud, su belleza y su frescura indómita.

Si a unos les negamos la responsabilidad para dársela a los otros, con aún débil currículum, pero con fuerte empuje para probar en donde equivocarse, no debemos extrañarnos después de lo que pase.

Hemos aumentado la esperanza de vida, para incrementar la desesperanza de quienes ven que la sociedad cree no necesitarlos, y propiciar la acumulación de errores en viejas piedras del camino, porque los que podían habernos advertido de su presencia están pescando carpas o jugando a las maquinitas en el bar de la esquina.

Sobre los métodos de establecer las prioridades

Los más jóvenes lo han tenido más fácil a la hora de establecer sus prioridades. Acá en España, por lo menos. No han tenido que consumir energías para hacerse un hueco entre religiones y dictaduras: el agnosticismo y la libertad de expresión les fueron dadas, como un regalo de sus progenitores. No nos extrañará, pues, oirles hablar del carpe diem y creer que lo que tienen a la mano estuvo siempre así de atopadizo.

Se están equivocando, sin embargo, los que niegan valores a esta juventud que tiene menos de treinta y cinco años. Han hecho de otros su bandera. No han perdido tiempo en milicias, saben menos seguramente de convivencia con desconocidos, pero han aprendido por experiencia el valor de la amistad entre los compañeros de escuela o de instituto, por ejemplo.  Tienen otro concepto de las dificultades de la vida. Sus coordenadas no son las mismas que las que sirvieron para fijar los intereses de sus padres.

Si universitarios, saben que el título les garantiza poco y que, si quieren ser valorados en la empresa, han de acumular méritos y títulos para superar difícilmente sueldos de subsistencia. La cultura de todos, entregados a trabajos manuales o a elucubraciones con números y letras, es mucho más alta. En la calle, sin los gorros efímeros del poder humano, son iguales.

La mayor diferencia con sus padres la encuentran, sin duda, las mujeres. Mejor preparadas, más iguales -y por ello, en tantas cosas, superiores al varón-, la revolución sexual les ha tocado de lleno y aún están asimilando algunas consecuencias del vaivén que se debe asociar a todo cambio brusco.

En lo que nos parece que esta sociedad ha perdido el camino es en no haber encontrado, aún, el equilibrio de sus individuos en el terreno del trabajo, que es tanto como decir, la utilidad que cada uno presta o debe prestar a mejorar la convivencia, el bienestar de todos. Nuestra sociedad no ha sabido que hacer con sus mayores.

No hablamos solamente de los ancianos, sino del desperdicio que suponen las prejubilaciones, los desempleados con más de cuarenta y cinco años que tienen muy difícl, sino imposible, encontrar nuevo empleo si pierden el que tenía.

Hemos teorizado hasta la saciedad sobre la necesidad de adaptación, sobre lo importante que es la formación continua. Pamplinas. En una sociedad automatizada, en la que el trabajo individual tiene, por lo general, una componente repetitiva, los más jóvenes son, sobre todo, más baratos. Y los empleadores no tienen problema en desplazar a los senior para aminorar la carga salarial de las empresas.

El daño que nuestra sociedad recibe con ello es imprevisible, pero, con seguridad, incalculable. Y estéril, estúpido incluso. Porque resulta que tenemos que soportar pensiones de jubilación y cargas sociales de desempleo que podrían evitarse con mejor raciocinio de lo que pretendemos como colectivo. Por no decir también que con salarios de miseria, con los que no se puede sostener una familia, lo que se ha conseguido es que los empresarios y empleadores (también el Estado) tengan mano de obra más barata, y más opciones, cuando en las familias sigue entrando la misma cantidad de dinero con mucho más esfuerzo.

 

Sobre la ilusión

No nos consta que la ilusión figure entre las virtudes teologales, pero merecería una atención especial. Porque si hay alguna cualidad que acerque nuestra frágil naturaleza humana a la comprensión de la divinidad, es la ilusión la que nos proporciona más información acerca de cualidades superiores.

La ilusión es una capacidad que, por lo general, disminuye rápidamente con la edad. Por eso, nos sorprende y emociona cuando nos encontramos con los raros ejemplares que, metidos en la vejez, sin tiempo ya, mantienen esa tensión vital que les lleva a querer comenzar cosas nuevas o se plantean terminar lo que tienen entre manos, sin preocuparles al parecer que su vida se agotará antes de que las acaben.

Porque algunos han comprendido, seguramente, que la existencia individual cobra sobre todo su sentido cuando conseguimos prolongarla en otros. No es cuestión de hijos, sino de enseñanzas, de modelos, de ejemplo, de trabajos continuados por alguien más allá de lo que la historia pueda recordar, y que, con nuestra contribución, mejoramos aunque sea un poquito.

En esta época de amenazas, de tensiones y conflictos, de falta de perspectivas, en la que muchos se cuestionan el para qué, salvo para consumirlo de inmediato, no estaría de más rendir tributo a la ilusión y a los ilusionados. No importa lo que estén haciendo. Pero ellos nos muestran, con su actitud, que la evolución del ser humano tiene sentido colectivo y que, si mantenemos viva esa antorcha de perseverancia, que convoca a la suerte, algún día puede que entendamos todos el placer de ser dioses, liberados de las servidumbres del tiempo.

Sobre la Procesión del Cristo de Medinaceli el Viernes de Pasión en Madrid

Observar el lento avance de la procesión del Cristo de Medinaceli en Madrid, al final de una tarde bastante fría de inicio de primavera, por la calle Alcalá, es un espectáculo único. Es Viernes de Pasión  y la "Archicofradía Primaria nacional de la Real e Ilustre Esclavitud de Nuestro Padre Jesús Nazareno"  ha sacado, como cada año, a esta imagen del Ecce Homo a pasear por Madrid.

Se trata de emociones que hay que vivir en primera persona, porque ninguna descripción permitirá captar los sentimientos -homogéneos o encontrados, poco importa- que la situación provocará en el espectador. Habrá quien la viva como una demostración de ingenuidad y arcaísmo, pero hará falta mucho escepticismo personal para no captar la honda emoción de una multitud entregada a la contemplación de una muestra de devoción colectiva.

Los preparativos para el momento se llenarán progresivamente de la presión de una multitud que se irá agolpando, en filas cada vez más apretadas, a lo largo del recorrido. Poco se hablará, entre los desconocidos que se alinean a la espera del paso, entre tanto. De vez en cuando, alguien atravesará la calle cortada al tráfico, buscando  mejor acomodo en las hileras de enfrente, que le habrán parecido menos prietas.

La tarde cae lentamente. Los más ancianos recuerdan para quien quiera oirlos, otras épocas, acaso hablen de un milagro de la imagen que fue otorgado a un conocido. Los más eruditos recordarán la ajetreada imagen de la talla, custodiada hoy por los frailes capuchinos. Unos jóvenes cámaras de TV preparan sus tomas, desde un caballete construído para la ocasión, entre chascarrilos y risas. Junto al andamiaje circunstancial, hay varias cajas de botellas de agua.

De pronto, un sonido de tambores, trombones y timbales rompe el silencio. Se atisba, a lo lejos, perfilándose con parsimonia, un grupo que lleva el guión de la Cofradía y algunos estandartes votivos, precedido de varios jinetes en caballos hermosamente enjaezados, montados gallardamente por miembros de Guardia Real. Cuando pasan ante nosotros, percibimos que del pequeño grupo de caballeros, la mayoría son jóvenes mujeres. Viene detrás una banda de música, con tamborileros convertidos en protagonistas, redoblando feroces, acompasados, tenues, tibios o galanes, según les corresponda..

Pero lo que colapsa nuestra atención es que, de seguido, comienza un desfile que se nos antoja interminable, de cientos, miles de penitentes, abigarrados, silentes, portando escapularios y miradas perdidas. Los primeros, avanzando descalzos por la calle alquitranada, fría, nos descubren a gentes normales que están haciendo demostración de fe, de creencia en intercesiones divinas y milagros. Algunos, suponemos, han recibido ya el premio a sus oraciones: la curación de un ser querido, una oposición, un mal aventado, un premio socorrido; otros, esperan recibirlo. Quién sabe si algunos no estarán allí, en el grupo, por curiosidad, ostentación o incluso burla. Lo que despide el grupo, acogido en silencio mientras pasa, es respeto. Un denso respeto hacia los dolientes.

La procesión no ha hecho sino empezar. A aquellos descalzos, siguen, en una manifestación de sacrificios in crescendo, gentes con cruces, otros, con sus pies descalzos, alguno ya sangrante, arrastrando cadenas -que parecen algunas muy pesadas-, capuchas que, en algunos casos, fijándose en los cuerpos rotos, en los pies hinchados, permiten deducir que ocultan el rostro de ancianos y ancianas; hay también mujeres jóvenes, hombres fuertes, acaso algunos niños: de todo hay en esa viña. Algún penitente se apoya en otros, exhausto, bajo algún capirote se adivinan unas gafas de alta graduación...

Una asistente sanitario se acerca para reclamar un par de botellines de agua. Después pasan señoras de luto riguroso, llevando comó únicas joyas permitidas por las reglas ceremoniales, algunos collares de perlas, ataviadas con altas peinetas que sostienen esas mantillas españolas que parecerían perdidas en el tiempo para siempre.

Y, finalmente, el gran protagonista, el Cristo de Medinaceli, surgiendo entre aplausos, abriéndose paso entre la fe y la razón de una multitud que, al rato, se ha disuelto buscando los autobuses y las bocas de metro mientras quienes siguen protagonizando el espectáculo avanzan para completar el itinerario, sumergidos suponemos en su dolor, en su esperanza, en su devoción, en sus misterios.

Sobre las Fallas de Valencia

A los valencianos hay que alabarles su sentido histórico de la trascendencia. Todos los años, los barrios de la ciudad se organizan para crear composiciones artísticas de cartón, madera y pintura, que serán expuestas apenas diecinueve días de marzo a la curiosidad popular, para ser luego quemadas en la noche de la festividad de San José.

Solamente una de las fallas subsistirá a la cremá, elegida por votación popular. Dicen que será conservada en un museo de salvadas de la quema, pero nosotros hemos creído siempre que avabarán quemándola igualmente. Con ello se cumple el destino más noble de la creatividad humana: pasar a ser fuego y humo, esto es, nada.

Si lo que se entrega al fuego fueran torpezas, tonterías, creaciones sin valor a la que se ha dedicado poco tiempo, cosas inservibles, nos encontraríamos en algo similar a las hogueras de la noche de San Juan: inmensas piras de muebles viejos, cajones, tablas rotas y palos de escoba, que se incineran porque no sirven para nada, aporando así el placer del ver las chispas y oir el crepitar de las maderas.

Pero los valencianos queman obras a las que han dedicado mucho tiempo, en las que se han esmerado como si fueran a perdurar durante siglos. Han gastado en ello bastantes dineros. Su fiesta es, por eso, un homenaje al trabajo inútil del ser humano, a las tareas de hércules diminutos que, conscientes de su debilidad, queman su obra una vez hecha, sísifos que transportan su carga de año en año hasta la hoguera.

La cremá reconoce el valor del fuego para el disfrute instantáneo del que observa cómo el trabajo de otros se destruye para siempre, en un acto de claro poder catártico, liberatorio. Pero el artista también queda afectado en su lado masoquista cuando deja que las llamas pastoreen su obra. Se sacrifica así al dios fuego lo creado por el hombre, y, a cambio, el espíritu retiene un disfrute incomparable por haber destruído adrede lo que llevó tiempo realizar.