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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sociedad

Sobre la intolerancia

La intolerancia es una mala hierba de las afectividades humanas, que crece en los lugares más variados. Su ubicuidad y capacidad de adaptación la hace apta para adquirir naturaleza, incluso entre los que creen estar libres de ella. Se encuentran ejemplos de su resistencia a todos los medios, también entre algunos que alardean de haber sido creados libres de ese pecado capital, y, por ello, tiran a mansalva piedras contra otros.

Hay intolerancias descomunales, que llegan a provocar guerras. Otras, mucho más pequeñas, se limitan a causar sarpullidos en las almas. Pero la semilla es la misma en todos los casos, y es sorprendentemente diminuta.

Surgen de malentendidos, de axiomas, de verdades supuestamente reveladas. Se alimentan de odios ancestrales, de sentimientos convulsos, de rabias mal contenidas, soportadas por la envidia, la cerrazón mental, el desprecio a lo ajeno, y otros arbustos y hierbas. Florece generalmente en los terrenos baldíos de ideas, en donde puede considerarse endogámica, pero también puede campar libremente por el supuesto respeto al pensamiento de los otros, porque en su modalidad saprófita se alimenta de los desechos del ego.

Nada está libre del pecado. Las religiones, que deberían cuidar solamente la relación del hombre con Dios, han sido el pretexto en el pasado y sirven´hoy, desgraciadamente, para enturbiar las relaciones entre los hombres, causando muchas muertes en su nombre.

La globalidad ha permitido ahora que la intolerancia pueda surgir hacia una persona de la que se desconoce todo, a la que no se ha visto ni verá nunca, con la que no se tiene relación alguna, simplemente por una frase, una sospecha, un gesto que no gusta. Algo parecido a esa explosión de odio que aparece en algunos cuando el que conduce el coche que va delante no va a la velocidad que deseamos, señala mal su maniobra o se detiene para subir a la abuelita.

La carencia intelectual de no comprender al prójimo, sistemática o fortuita, que está en la base de la intolerancia, apenas necesita pretexto. Surge también cuando se malinterpretan, mirándolas con las gafas sucias de la incultura o la mala uva, las ideas más inocuas.

Hay una categoría de víctima propiciatoria para recibir la carga de la intolerancia de los más enfermos por esa mala hierba.Los que se exponen, los que se sinceran, los que crean, los más activos.

Escribir en un Cuaderno informático, como éste, aunque se pretenda hacer desde la neutralidad y el respeto, produce -raras veces, pero significativas- la cosecha de un exabrupto. Alguien desocupado e ignorante, con intenciones rastreras, escudándose siempre en el anonimato, lanza un dardo descalificador, pretendiendo más insultar que imponer su verdad.

No hay que asustarse de los intolerantes. Son un fenómeno consustancial al que opina. No sería admisible doblegarse ante el criterio vicioso de los que quieren basar sus razones en historias inventadas, medias verdades (que son mentiras completas), o monstruos de su imaginario particular.

Sobre el síndrome de final de las vacaciones

Casi todo el mundo toma sus vacaciones en agosto. Hay razones importantes para hacerlo así: es el mes en el que las temperaturas en el hemisferio norte son más cálidas, hay coincidencia con el final del calendario escolar, se produce el cierre de Juzgados y buena parte de los organismos oficiales, etc.

Hay muchas más razones para no hacerlo así, y, por supuesto, existirían aún más si se hiciera un planteamiento global de racionalidad.

En agosto, como consecuencia de que casi todo el mundo toma sus vacaciones, se produce un aumento de la demanda de los servicios en las zonas de destino preferente, con lo que los precios suben desmesuradamente. En consecuencia, esos días cuestan mucho más caros que si fuéramos capaces de disfrutar del asueto en otra época del año y, concatenadamente, los hosteleros, restauradores, comerciantes en general, podrían bajar sus precios si tuvieran seguridad de que la utilización de sus instalaciones estuviera mejor distribuída.

En agosto, se produce una paralización injustificable de muchas actividades, con lo cual existe sobrecarga de quienes quedan de guardia y malfuncionamiento de algunos imprescindibles servicios. Las zonas de veraneo ven sobresolicitadas sus ofertas de agua, recogida de residuos, prestaciones sanitarias, etc. Otras zonas, en donde los titulares se han ido de vacaciones, quedan con calidades mínimas, o carencias notorias.

Es hora ya, en este mundo que se pretende global, que organicemos mucho mejor el disfrute de las vacaciones. Final de curso escolar flexible. Eliminación de inconcebibles rémoras del pasado, como es el cierre judicial. Difusión de las oportunidades en otras épocas...

Sobre el ridículo

El ridículo es una sensación, y como tal, no todos la perciben igual. En especial, hay una notable diferencia entre hacer el ridículo, creer que se está haciendo, y tener la impresión de que la situación ridícula la está protagonizando el otro.

Hay una época de nuestra vida en la que nos preocupa especialmente no hacer el ridículo: la niñez y la adolescencia. La distancia entre nosotros y los que nos rodean es máxima, entonces, medida desde la perspectiva del ridículo. Suele ser una situación nacida de la inseguridad. La niña le dice a su mamá: "No me voy a poner ese vestido; estoy ridícula", y todos los demás la ven encantadora. El joven piensa: "No quiero hacer el ridículo; no reclamaré", y el que cometió la equivocación o se aprovechó de la de otro, saldrá incólume.

De mayores, hacemos el ridículo a sabiendas, o, justamente por querer evitarlo, caemos en él. Siempre, claro, visto desde la peprspectiva del otro. Para hacer unas risas, pero sobre todo para disimular un defecto, hay especialistas en hacer ridículos, llamando así la atención sobre un tema menor, ocultando tal vez la posibilidad de que se vean defectos más grandes.

Pero el verdadero ridículo es el de quien, haciendo esfuerzos para aparentar otra cosa, ahonda en su carencia. Ridículos de quien, queriendo ocultar el estragos corporal de su vejez, se emperifolla y pintarrajea; o de quien, siendo ya calvo, se cubre con un pelucón bajo el que asoman los cuatro pelos que dejó la alopecia; ridículos mayores, los de quien, habiendo alardeado de ser especialistas en no se qué ciencias, se ven con el culo al aire ante los que de verdad más saben, Ridículos de categoría especial los de aquellos que, yendo desnudos, se ponen las plumas de otro, apropiándose de los méritos del colega, del subordinado, del amigo o de quien pasaba por ahí.

Vivimos entre ridículos. Unos los hacemos; otros, simplemente, los consentimos. Aunque siempre queda el consuelo de creer que, cuando hacemos la pelota al que tiene el poder, nos preparamos para posteriormente, cuando no está, ridiculizarlo como venganza. ¿Sabrá el petulante que nuestros falsos aplausos son solo la muestra de nuestra percepción de su ridículo?

Sobre las fronteras entre la especulación, la verdad y la mentira

Nota: Este comentario trata de reconstruir, con la información hoy disponible, pero de una forma novelada, el dramático suceso del accidente de un MD-87 el 20 de agosto en Barajas, en el que murieron 154 viajeros).

En el momento de iniciar su vuelo regular, un avión cargado de pasajeros y de sus maletas repletas de recuerdos de sus vacaciones y, por supuesto, con el depósito de combustible casi lleno para soportar un vuelo de más de 1.000 km, sufre una avería en el mecanismo que sirve para aprovechar para el frenado la potencia de los motores en la maniobra de aterrizaje.

Uno de los dos motores, en lugar de servir para impulsar el aparato, equilibra la potencia del otro, anulándolo. La maniobra de frenado solo se puede efectuar en tierra: es decir, o bien se realiza por una operación errónea del comandante de la nave o el mecanismo se activa por un fallo electrónico.

El aparato no alcanza la velocidad suficiente para elevarse plenamente, a pesar de que el comandante de la nave fuerza aún más la potencia del que parece reaccionar a sus mandos, consciente de que algo va mal en el otro motor. Otro mecanismo, encargado de medir la temperatura para regular la refrigeración en las alas, no funciona, porque ha sido desactivado hace unos momentos por los mecánicos de tierra.

El avión, un MD que hace el viaje Madrid-Gran Canaria, propiedad de la compañía Spanair, en regulación de empleo por sus dificultades económicas, se eleva apenas unos metros de altura y cae, escorado, rebotando contra el suelo varias veces, rompiéndose e incendiándose de inmediato, por explosión de los depósitos de combustible.

Casi todos los pasajeros, y ocho de los nueve miembros de la tripulación, mueren instantáneamente, conmocionados por los golpes (a más de 300 km/hora) y carbonizados. Se salvan algunos de los asientos delanteros, lejos relativamente de los motores del avión, situados en la parte trasera. Los escasos supervivientes, muchos gravemente heridos, con quemaduras atroces, serán llevados con urgencia a los Hospitales de la ciudad que, apaciblemente, descansaba de los calores del mes de agosto.

Entre los procesos de ayuda a los afectados, se movilizan muchas actuaciones efectivas, entremezcladas con sentimientos de pánico y confusión, lógicos ante la catástrofe: momentos de angustia y dolor entre los que esperaban a los viajeros, o acababan de despedirlos; consternación entre los que asistieron al accidente, desde la torre de control del aeropuerto, desde otros aviones, desde las salas de espera y cafetería de las terminales.

Se activan los mecanismos de emergencia, para enviar ambulancias, bomberos, equipos de extinción y limpieza. Se acoge a los heridos, se separa a los fallecidos, se pide la lista de viajeros, se preparan comunicaciones públicas, se dan las primeras noticias sobre el accidente, se realizan las preliminares preguntas sobre el porqué. Se lanzan las primeras especulaciones, acusaciones, lamentos.

Hoy se sabe que el accidente no fue provocado por la explosión de ningún motor. Se sospecha que, en el origen, hubo algun fallo electromecánico. Se sabe que, aunque no fue determinante, el aviso de calentamiento de uno de los detectores de alta temperatura en las alas, podría haber sido un síntoma (erróneo) de que algo iba mal, pero que no fue detectado más que como un elemento independiente, por lo que fue desactivado.

Se sabe que el comandante era un piloto experimentado. Se sabe que los procedimientos de inspección de los aviones son intensos, y aleatorios, pero insuficientes para descartar todos los fallos. Se sabe que los deudos de los fallecidos y accidentados van a cobrar del orden de 250.000 euros por persona. Se sabe que el Gobierno ha anunciado la investigación hasta sus últimas consecuencias, aunque depende de terceras personas, que no controla directamente.

Se sabe que los trabajadores de Spanair están especialmente consternados y que temen por la viabilidad de la compañía, aunque la propiedad  recibirá unos 30 millones de euros (frente a los 4 o 5 millones de euros máximo que percibirá el conjunto de los afectados). Pero la pérdida de imagen ha sido brutal.

Se sabe que algunos de los comentarios periodísticos, aunque guiados por el deseo de informar, contuvieron especulaciones periodísticas, algunas plenamente insertas en el morbo, que resultaron en gran medida infundadas, y, por tanto, a la larga, se probaron mentirosas. Otras, por el contrario, ayudaron a conocer mejor la verdad, y han de seguir manteniendo la presión, para que no se eludan responsabilidades, si las hay.

Se sabe que los familiares de los afectados están nerviosos y enfadados por lo que estiman oscurantismo de la compañía.Se sabe que...

Sobre el consuelo ante el dolor

El 20 de agosto de 2008 quedará inscrito para siempre en los anales del dolor y el temor que provocan los accidentes de aviación. Especialmente, para España.
Los 153 fallecidos en la caída de un MD-58 en el aeropuerto de Barajas, han significado una profunda conmoción para la opinión pública. Como corresponde siempre que ocurre un accidente masivo, y particularmente si por alguna circunstancia se nos acerca, quedamos consternados. Pudo habernos pasado a nosotros. Tal vez,  afectó a un conocido, en la relación de víctimas descubrimos a alguien de la localidad donde residimos.

Muchas familias están sufriendo ese dolor directamente. La pérdida brusca de seres queridos, en circunstancias dramáticas, cambiando, en este caso, para mayor contraste, vacaciones y alegría por dolor y vacío, es el sentimiento más duro al que puede ser solicitado un ser humano.

La experiencia del comportamiento deseable en estos casos ha generado algunos estereotipos, ciertas fórmulas que se utilizan para aliviar algo el dolor de los que se han visto más afectados por una tragedia. Se movilizan servicios asistenciales especiales que prestan apoyo sicológico a los parientes y amigos de los fallecidos y heridos graves.

Esa ayuda sicológica consiste, básicamente, en ofrecerles afecto, comprensión ante su dolor y tristeza, y abrirles la posibilidad de que se sientan reconfortados por el recuerdo de los momentos gratos que han vivido con el difunto -en su caso- y la esperanza de que su impulso, su memoria, su afecto, perdurará en los vivos, y les animará a hacer las cosas aún mejor.

El mejor consuelo, para los creyentes, es la esperanza de volver a reunirse algún día, en el más allá, -se dice- con los seres queridos. Ese argumento es utilizado como piedra filosofal por sacerdotes y vicarios de la fe, conscientes de su carácter imbatible. ¿Hay algo  más reconfortante que aceptar que esta vida es un juego, y que la muerte no es más que el paso a un estado superior, más feliz, y eterno?

Más difícil lo tienen los agnósticos. Pero ser agnóstico no significa vivir sin esperanzas. El mejor consuelo  es retomar la noción, por si hacía falta, de que somos individualmente frágiles, débiles, finitos, y  que nuestra fortaleza proviene exclusivamente de lo que consigamos hacer juntos, generación tras generación, cediéndonos el testigo de la vida.

Reconfortados con la imagen, el ejemplo, el esfuerzo, y el cariño, de aquellos que nos han precedido y nos han regalado su apoyo, enseñanza y afecto. Y si no han vivido lo bastante, pensar que a nosotros nos corresponde tratar de ocupar, hasta donde podamos, el vacío que ellos hubieran ayudado a cubrir.

Independientemente de creencias, para todos, la prioridad inmediata que proporcionará consuelo deshaciendo una incertidumbre, será conocer las causas del accidente, analizarlas desde la objetividad técnica, y sacar todas las consecuencias.

 

Sobre la seguridad aérea y los accidentes de aviación

(Este comentario se ha ido actualizando con un extracto de las noticias que se fueron conociendo sobre el accidente de un avión en Barajas el 20 de agosto de 2008, hasta las 19h.)

Un avión de la compañía Spanair, -un MD 83- que despegaba desde Barajas (T-4) hacia Las Palmas de Gran Canaria a las 15h en vuelo JK-5022, ha sufrido la explosión de uno de sus motores -el izquierdo- y se ha salido del eje de la pista, partiéndose en dos y ardiendo prácticamente por completo.

El vuelo llevaba 164 pasajeros y 9 tripulantes. Había salido con dos horas de retraso, para resolver algunos problemas detectados en la aeronave. Se sabe por la llamada por viajeros a sus familiares que esperaban para recogerlos.

En las primeras noticias, se decía que cincuenta han resultado muertos en el accidente y otras cincuenta personas se daban como desaparecidas. Posteriormente, solo se ha confirmado la existencia de 27 supervivientes, todos ellos heridos, algunos de gran gravedad, que se encuentran hospitalizados. A las 19 horas se confirmaban 146 fallecidos, y uno de los testigos hacía figurar entre ellos el comandante de la aeronave.

Desde 1983 no se habían producido accidentes en el aeropuerto madrileño, y esta noticia ha conmocionado el panorama vacacional, sepultando por su gravedad los comentarios que llegaban desde las Olimpiadas de Pekín, y provocando la interrupción de las vacaciones de los políticos principales del panorama español, que se han apresurado a comunicar que se acercan a Madrid. 

El accidente ha causado también el incendio forestal de un bosquete próximo a la terminal, ya sofocado prácticamente al cabo de dos horas. Ciertos comentarios -que critican la seguridad aérea de las compañías de bajo coste- vinculan el fallo de los motores al hecho de que el avión, que, según Spanair, tenía 15 años de antigüedad y había sido revisado en enero de este año, no habría sufrido su desmontaje y revisión completos, que, de haberse tratado de una compañía de primera línea, habrían sido preceptivos.

Grave acusación que deberá ser probada, pero que cuestiona dramáticamente que la lucha por bajar los precios de los viajes en avión esté afectando a las condiciones de los vuelos.

Se especula sobre las causas, tomando cada vez más carácter la idea de que la explosión de produjo por un fallo durante la carrera de despegue, una vez alcanzado el punto de no retorno (velocidad de rotación). El piloto posiblemente intentó detener la maniobra, estando aún sobre la pista, pero sin conseguir evitar el despegue, para que, casi instantáneamente, falto de impulso, el avión se desplomara, partido en dos y envuelto en llamas .

Según expertos, no parece que el origen único sea el incendio de un motor, ya que los aviones comerciales están diseñados para volar con un solo motor, que, como es sabido, se encuentra sometido a máxima solicitación en el momento del despegue, y que se realiza con carga de combustible completa (26.000 litros en la nave accidentada).

El incendio del motor no debió haber provocado la explosión del avión, sin embargo, circunstancia de hubiera hecho la catástrofe completa, ya que los motores del MD no están situados en el centro del aparato, sino en la zona trasera.  Los pasajeros que sobrevivieron podrían haber estado situados en la zona delantera.

El despliegue de medios, en ambulancias y equipos de bomberos ha sido inmediato y ejemplar. Los servicios sanitarios de la Comunidad de Madrid han comunicado que no se necesita sangre de ningún tipo sanguíneo, de momento, aunque es aconsejable, como siempre, estimular las donaciones.

El número de asistencia a familiares dispuesto por Spanair es el 800-400-200. El Protocolo de Grandes Catástrofes, que se generó después de la tragedia del Once Eme, está siendo aplicado. Las declaraciones de condolencia se suceden. Un día triste para Madrid, para las Palmas, para España, para las compañías con vuelos baratos, para la navegación aérea.

Nuestra condolencia para las familias de los fallecidos, y el deseo de rápida recuperación para los heridos. A las autoridades les corresponde, desde luego, explicar sin fisuras las causas de este accidente. De momento, las grietas de que esta catástrofe podría haberse evitado, que asoman entre el dolor, se agrandan con el paso del tiempo.

 

Sobre la asgalla

La asgalla no existe. Asgalla es un adverbio, una bella palabra que utilizan los asturianos (y los leoneses que han sufrido algún contagio lingüistico) para designar lo que es abundante.

Se usa mucho, y forma parte, como los tajalápices, chiscar y préstame, de las incrustaciones en el lenguaje español o castellano con que matizan su habla los asturianos. Cuando son anfitriones, procuran que haya bebida y comida asgalla. Los ríos de cada pueblo antes tenían truchas asgalla. En los manzanos de la finca familiar de Porcia hace unos años se recogía fruta asgalla.

Hace tiempo que hay pocas cosas que se tengan o produzcan asgalla. Más bien, de lo que antes había abondo ahora apenas si se recogen hoy cuatro casigalinas. Sirven al menos pa la prueba. Pero ni las avlanas son todas de Allande, ni las fabes vienen de Cornellana ni las truchas o los salmones salen del Canero o del Sella. Dicen que ni el campanu nació en aguas asturianas.

Debe ser por el cambio climático, que nos calienta las molleras y tiene a muchos refalfiaos. Algunos se refugian en creer que como se está para acabar el mundo, hay que darse prisa y andar a la trágala, hacer las cosas a trancas y barrancas. Se olvidan de lo que no da natura, tararura; o de que una cosa es predicar y otra dar trigo. También dicen los viejos: Al platu vendrás, arbeyo.

Habría que andar con más tiento y disfrutar las cosas más amodo o amodiño, pensando en los que vengan detrás. Que eso de que el que venga detrás, que arree, a la postre acaba perjudicando a todos.

Pero no es fácil convencer a tantos fieles de la cultura del gañote: lo que no afuega, engorda. De esos, sí que hay asgalla.

Sobre las vacaciones en épocas de crisis

Hace años, cuando no había dinero ni costumbre de desplazarse en vacaciones, algunos bajaban las persianas de su casa durante una semana y simulaban haberse ido al pueblo. Aunque no se conseguía el exultante color moreno con el que volvían de cocerse en la costa los afortunados que sí podían permitirse unas verdaderas vacaciones, de aquella ilusión también se vivía.

Los tiempos, claro, han cambiado. Ahora son multitud los que llegan al período de vacaciones con la lengua fuera, con frases como "No aguanto más", "Lo necesito más que comer", etc. Obsesionados por la importancia de cambiar de aires, son muchos los que piensan en las vacaciones como una huída, una modificación drástica de sus entornos vitales, pretendiendo que así descansarán.

Desde luego, la modificación de actividad, se haga o no en período vacacional y cualesquiera que sea su intención original, es un descanso. Aprovechar los días de vacaciones remuneradas para dedicarse a ayudar a los más necesitados, realizar una incursión en el mundo de quienes no tienen vacaciones porque deben convivir con sus apremiantes necesidades, no solamente puede ser un descanso para nuestras mentes occidentales, sino una oportunidad estupenda para conocer cuáles son las prioridades de otros seres humanos.

En estos días hablamos mucho de nuestra crisis, del cambio de tendencia, de la modificación de paradigmas. Nuestras vacaciones en épocas de crisis pueden servirnos para analizar mejor lo que merece la pena, plantearnos qué podemos hacer para aprovechar mejor nuestro tiempo...el escaso tiempo que, individualmente, nos queda, dado lo corto de nuestra vida.

Porque lo importante no son las vacaciones, nuestro carpe diem no se debe limitar a agotar el disfrute de ese par de semanas, sino a conseguir mejorar el equilibrio de nuestro espíritu.

Sobre el interés mediático

La profesión de periodista -titulados universitarios, asimilados, incorporados o aficionados- tiene un falso referente al que se venera con la devoción desmedida que se profesa a toda falsa divinidad: el interés mediático.

En su virtud, se persigue a las personas, se les fotografía en cualquier situación, se les atosiga con preguntas estúpidas, se inquiere sobre sus costumbres más íntimas a sus familiares y vecinos, se especula sobre sus aficiones y secretos deseos, y, en fin, se miente sobre cuanto les rodea. Todo está permitido, pues no es el periodista quien elige, sino el público quien lo demanda. Y el público es sabio, siempre tiene razón. (Esta última estupidez la usan, también, mucho los políticos).

Por su gracia a ese ídolo venerado, se hacen también cientos, miles de fotografías a cada personaje empresarial, cinematográfico, artístico, político,..., en todos cuantos actos y eventos participen. Se les sacarán instantáneas también en los que no participan, aunque acudan como público o de incógnito, con la esperanza de descubrirlos en alguna posición de interés mediático. Rascándose el cogote, metiéndose el dedo en la nariz, haciendo un gesto extraño, preciosos testimonios que se guardarán hasta que se encuentre ocasión de ocupar con ella un comentario ad hoc.

Si son artistas del celuloide, cantantes, modelos, ganapanes, playboys y playgirls, triunfitos, etc, el objetivo de tanto fervor puede ser distinto: analizar sus trajes, sus parejas; trasladarles la sensación de agobio en la calle, en la playa, en sus casas, perseguir sus gustos, acompañantes, gestos, pormenores, asaltándolos cuando van a entrar o salir de sus casas, del restaurante, del servicio. Si explotan, mucho mejor. Si lo aguantan, apretar más las tuercas.

Hay un personaje muy educado, al que la edad ha ido convirtiendo físicamente en esperpento, pero que mantiene una lucidez y simpatía notables, al que los media atosigan con furor, con preguntas generalmente impertinentes, y a las que luego -ciertos programas y revistas, no exactamente todos- enmarcan en un tono típicamente burlesco: la duquesa de Alba, doña Cayetana. Se ha construído sobre ella un personaje de ficción, sin duda.

Se inventan incluso falsas anécdotas, tratando de ridiculizarla, a ella y a su entorno. Del fallecido duque de Alba, consorte, Aguirre, sacerdote ejerciente en otro tiempo, se cuenta, por ejemplo, que en los exequias del padre del Rey, protestaba ante los encargados de protocolo porque se le había puesto muy atrás en los bancos de la iglesia, impropio para su rango. Una marquesa que tal oyó, dijo en voz alta: "Si quiere estar más adelante, vaya al altar, y oficie".

El dicho es gracioso, puede tener interés mediático, pero creemos que es un invento. En las fotografías del sepelio, se ve a los duques de Alba en primera fila, circunspectos, sentidos, apenados.

 

Sobre los empleos de Pompeya y César

Si a Plutarco le hubieran pedido actualizar Vidas Paralelas, acomodándolo a estos tiempos, tendría que  modificar el capítulo dedicado a César, por lo menos cuando el prócer repudia a Pompeya, porque, además de ser honrada, debería parecerlo. Resultaría incomprensible. Porque, desde luego, parecer honrado es muy importante, pero serlo, se va convirtiendo en un adorno innecesario.

Para no complicar el mensaje, no hablaremos, sin embargo, de honradez, sino de la facilidad con la que encuentran empleo público por parejas una buena parte de los personajes que nos dirigen los destinos.

Ya hemos comentado en otra ocasión sobre la facilidad con la que encuentran acomodo en la empresa privada quienes ocuparon importantes cargos en la vida pública. Seguro que aprendieron a mejorar sus dotes de gobierno mientras eran pagados con el dinero de todos, y lo que aprendieron les sirve después para incrementar el patrimnio.

No es cosa de este país, porque el asunto se ve por todos los tejados. Todo el mundo sabe que, en Estados Unidos, los presidentes y aspirantes a serlo del país que presume de ser el más demócrata del mundo se agrupan por sagas familiares: los Bush, los Clinton, los Kennedy,...; Otros, más modestos, los imitan: en Argentina, los esposos se suceden sin problemas en el cargo: Perón, Kirchner... En nuestro modelo de gestión administrativa, Francia, las parejas se hacen y deshacen al abrigo de la cosa pública, para regocijo de los tabloides del corazón: de Mitterrand a Sarkozy, pasando por Royal, no hay quien se arriesgue a tirar la primera piedra...

En España, de vez en cuando se vende como escándalo de nepotismo algún chisme, mezclando casos mayores y menores (casos Juan Guerra, Ollero, Matutes, Pajín,...), pero la mayor parte del bosque parece siempre que está por descubrir. Existe mucho respeto por airear las relaciones entre los que ocupan cargos públicos. Haría falta una relación completa de parejas de hecho o de derecho que viven del Estado, simplemente por cultura popular.

Sabemos poco. Sin tiempo, además, para una exhaustiva enumeración, citamos como ejemplo poco conocido a la ministra Carme Chacón y a su esposo, Miguel Barroso, director de la Casa de América, ambos con la oportunidad de dar ejemplo, aprovechada, de disfrute de permiso remunerado por su reciente paternidad. El ex-presidente de Gobierno Jozé María Aznar ha dejado ocupada en el equipo de gobierno de la ciudad de Madrid a su esposa, Ana Botella, probablemente para no perder contacto con la cosa pública mientras se dedica a asesorar multinacionales y dar conferencias. Otro ejemplo podría ser el de Borrel y Almeida.

No son pareja, pero sí hermanos, Apel-les y Josep Lluis Carod-Rovira, delegado de la Generalitat en Francia y ex-vicepresidente del mismo ente, respectivamente. Los Zaplana y los Barceló tienen amplio control en Valencia de la situación de lo que se mueve por allá, con un entramado familiar que solo podría ser, por lo que dicen,  igualado por la familia Fabra en Castellón o los Pujol-Ferrusola en Catalunya.

En las regiones más pequeñas, el tema no va de familias naturales, sino políticas, y si de vez en cuando se airea algún asunto el potaje tiene más bien aspecto de zapatillas de andar por casa, aunque con tales voces, que hasta llegan a Bruselas, incluso para pedir que le quiten la subvención a un proyecto, por aquello de que me apunto a que me quiten un ojo si al otro le dejan ciego.

En Asturias, Gabino de Lorenzo, alcalde de Oviedo, afeaba en el último Pleno municipal a Paloma Sainz que junto a su esposo, Victor G. Marroquí, director del IDEPA, acapara en sueldos 18.000 euros/mes de los dineros públicos. Mucho parece, poco no es. El asunto podría verse en los juzgados, por difamación, y, además, la aspirante a alcaldesa le lanzó al regidor un dardo respecto al origen de la yeguada que comparte con su familia. El concejal de Asociación de Ciudadanos por la Izquierda, Roberto Sánchez, se apuntó al carro para hacer más bulla , y dijo que iba a denunciar el caso a la Fiscalía Anticorrupción. 

En fin, que la política acabará consolidándose como el doble arte de airear los trapos sucios de la familia vecina, mientras se tejen en casa los mantos de organdí que entran por la puerta de servicio. 

Sobre lo que hay detrás de cada cosa

Durante bastante tiempo se decía que "detrás de un gran hombre había una gran mujer". Ahora que las mujeres están ocupando bastantes puestos importantes, habrá que descubrir lo que hay de una gran mujer. Sospechamos que en pocos casos habrá un gran hombre; tal vez, uno pequeño (o varios).

Pero lo que nos trae el titular no guarda relación con las tensiones de género ni nos mueve ninguna frivolidad. Sin necesidad de acudir al efecto mariposa, existen interrelaciones aparentemente extrañas, causas y consecuencias que no son evidentes a primera vista.

El carné por puntos ha disminuído los accidentes de tráfico y, por tanto, se han reducido los muertos en carretera y, por ende, los trasplantes. Qué extraña relación. Detrás de una vida que se salva por la mayor seguridad viaria, hay de tres a siete personas que aumentan su riesgo de morir con órgano averiado.

¿Qué hay detrás de un descalabro inmobiliario?. Muy posiblemente, la ambición por el dinero, conseguida por beneficios desmedidos. Si la diferencia entre lo que me cuesta producir algo y el precio que obtengo por la venta es muy alto (y cada vez más alto), mis plusvalías son ficticias, son humo. El valor añadido de mi actuación en el mercado es una engañifla, estoy quitándoselo a otros para meterlo en mi faltriquera.

Aquellos ganaderos y agricultores familiares, por ejemplo, nunca iban a la quiebra. Ajustan su gasto cuando ven que empiezan a venir mal dadas, eliminan todo despilfarro, consumen sólo o casi lo que ellos mismos producen. Ahora, las grandes empresas lácteas, esas que han hecho algunas grandes fortunas, de pronto anuncian su supensión de pagos.

Ah, y nos parece una equivocación trasladar a la ciudadanía que hay menos trasplantes porque mueren menos jóvenes de accidente en carretera. El silogismo es falso. Hay que reducir, por todos los medios, las muertes en accidente. Y aumentar, por todos los medios, la posibilidad de que quien lo necesita, reciba el órgano correspondiente.

En España, por ejemplo, solo hay unas 5.000 personas que esperan un trasplante. Cada año se mueren unas 570.000 personas. Del orden de 17.000, por accidentes varios. Más de 3.000, se suicidan. Unos 1.500, por septicemias hospitalarias... Algo más se podrá hacer, suponemos.

Sobre la utilidad, rentabilidad y pobreza de la blogosfera

Los blogueros son gente singular, aunque, puesto que su número aumenta -se dice- sin parar, es posible que su sicopatología, de existir, no tenga fácil ni uniforme diagnóstico.

¿Cómo es el bloguero tipo?. La imagen del genial engendro pictórico que Muchachada Nui llamó Enjuto Mojamuto, representa, seguramente, a muchos internautas, de los que los blogueros son una subespecie.

Para muchos familiares y amigos del friqui de las comunicaciones inalámbricas, un individuo inmóvil, sentado, absorto ante una pantalla de cristal líquido, tecleando obsesivamente probables futilidades en su portátil para compartirlas con una secta de obsesos de oscuros placeres nada carnales, puede que represente el estereotipo.

Nada que ver con el bloguero. Un bloguero es un tipo normal, a salvo del tamaño quizá desproporcionado de su ego, que ha encontrado alguna utilidad en escribir con relativa frecuencia un Comentario para que todo el mundo mundial lo pueda leer. No importa que utilice un seudónimo o su nombre propio; el bloguero de pro, emparentado lejanamente con los que escriben frases ingeniosas en los retretes públicos, busca la notoriedad.

Por eso se ocupa de alimentar regularmente su pedestal, que es su blog. Puede que le dedique incluso media hora cada día, empleada en exprimirse el magín, recoger noticias, comentarios y vídeos de otros, enlazar a cuantos blogs de amigos y enemigos le parezca que puedan aumentar el tráfico que conducirá hacia su guarida intelectual, y que le dará idea -a él y a todos- del tamaño de su propósito. Si emplea más de media hora en su blog, o vive de él, o está jubilado o le han prescrito reposo, o sería aconsejable que alguien le llevara al sicólogo.

Algunos blogueros utilizan esta forma de expresión para hacer publicidad de su negocio, actividad profesional o empresarial, en la esperanza de buscar clientes o conseguir tráfico remunerado hacia su dirección virtual. Para unos, la calidad de los visitantes será más importante a la hora de valorar el éxito de su esfuerzo; para otros, cuantas más entradas tenga su cuaderno, tanto mejor. 

Cómo conseguir una y otra, o conjuntamente la calidad y cantidad, es objeto de debates apasionados, de cábalas, de recetas mágicas, que los gurús de las "comunicaciones avanzadas" centralizan,  proponen, venden. Por cierto, l a calidad del bloguero no presupone la de sus visitantes (basta ver las tonterías que se escriben en los comentarios de blogs muy conocidos) y la cantidad de visitantes no supone la calidad del bloguero (basta comprobar el éxito de captación que tienen palabras como "tetas", "desnudo", "chicas", "pene" en el comentario más inane).

Hay un tipo de blog que, desde luego, merece escaso respeto, porque se le ve venir, y morir. Es el de aquél/aquella que, cuando está de campaña, solo/sola o en compañía de otros, abre su bitácora y, mientras dura el cuento, escribe promesas y críticas, para dejar caer el invento de inmediato cuando ya no le rinde gracia.

La blogosfera va teniendo muestra de esos cadáveres .virtuales, reflejo de la desfachatez real.  Porque, y esa sí que es una servidumbre de este espacio virtual, este mundo deja huellas difíciles de borrar, en cachés, páginas relacionadas, memorias persistentes en los arcanos de los circuitos integrados.

De los millones de blogs que forman este mundo, no hay tantos aprovechables, por supuesto, pensando en su interés o trascendencia más allá de un círculo muy próximo a sus creadores . Quizá unas decenas de miles. Pero si bien se mira, son muchos. No hay ningún otro sistema que sea capaz de ofrecer, simultáneamente y a golpe de tecla, la oportunidad de conocer decenas de miles de opiniones sinceras, serias, posiblemente muy competentes, actuales, sobre miles de temas.

Ni el mejor periódico del mundo, impreso o digital. 

Usted tiene la sartén por el mando para decidir lo que desea leer, seguir, apreciar. Y sin pagar un precio especial por ello.

 

Sobre lo que guarda el baúl de los recuerdos

En ese peculiar ordenador personal que es nuestro cerebro, el tiempo hace que se vayan perdiendo algunas conexiones entre el disco duro y el sistema operativo.

Pero, de pronto, y sin que podamos explicar porqué, se recupera un enlace con un espacio de nuestra memoria del que ya no guardábamos noticia. Revivimos entonces recuerdos de nuestra niñez, nos sorprendemos revisando momentos que parecerían provenir de una infancia o adolescencia de otros.

Valga un ejemplo. No hace mucho tiempo, en España se cerraban las calles durante algunos minutos para explotar los barrenos con los que se rompía el terreno. Dos operarios, uno a cada lado del tajo, provistos de un banderín rojo algo descolorido, impedían el paso a transeúntes, que aguardaban a que sonara el cornetín que anunciaba que la carga explosiva había estallado. Así, las operaciones se sucedían durante varias semanas, quizá meses, a su lento ritmo.

Cuánto se avanzó en apenas cincuenta años en la construcción, eliminando dificultades y facilitando la comisión de muchas tropelías, incluído el cobro de comisiones por los que autorizan algunas de esas obras. 

Hoy, en cuestión de un par de días se puede erigir un edificio que resistirá firme el paso del tiempo, bien armado con herrajes y hormigón, con sus ventanas de plástico reforzado provistas de vidrio traslúcido resistente a los golpes.

En un abrir y cerrar de ojos se levantará un viaducto, se demolerá una rocalla, se tendrá puesta una colonia de viviendas, lista para ser ocupada por jóvenes mileuristas que se endeudarán por el resto de sus vidas para pagarla, mientras unos pocos -tal vez- se habrán enfundado los beneficios, lícitos o ilícitos -a saber en unos pocos meses.

Sobre tertulias y tertulianos

Aunque ya no están de moda esas reuniones de eruditos -generalmente, por lo que nos han contado, vinculados a la literatura- en las que se criticaba a los ausentes en el lateral de un cafetón  mientras se dejaban enfriar los posos del cortado y se bebían buches cortos de un vaso con agua de grifo, las tertulias todavía existen.

Son otra cosa. Ahora se llaman tertulias a tríos de ancianos venerables y/o periodistas con mala baba que despedazan la actualidad, dando caña al partido de la oposición al de la cadena radiofónica o televisiva, y, como quien no quiere la cosa, enjaretan a los ignorantes oyentes párrafos enteros de una enciclopedia que fotocopian para la ocasión, o rememoran trozos de su propia vida pasada, para darles un giro autobenefactor.

Las tertulias podrían ser formas de reunir a gentes de diferentes campos, combinados con especialistas en el tema. Se podría hablar de inmigración, por ejemplo, entrelazando las opiniones de la Sra. Rubí -responsable de esa delicada materia en el gobierno del Sr. Rodríguez Zapatero- con las de representantes de las embajadas de los países que nos proporcionan la mayor parte de nuestra mano de obra, directivos de asociaciones empresariales y controladores de alguna de las oenegés que trabajan en el tema de la integración de los expatriados.

Pero lo más importante no es reunir a gente que tenga algo que decir sobre un asunto. Es preguntarles con intencíón, y ayudar a que manifiesten sus puntos de acuerdo o discrepancia. No hace falta que lo hagan cara el  público, no es necesario que exhiban impúdicamente sus carencias. Lo que es imprescindible es que se entiendan, que trabajen juntos quienes tienen competencias con el mismo tema, que se conozcan al menos.

Tiene razón Carlos Elías, autor de La razón estrangulada: "Somos un país de letras". De muchas palabras, y pocas ideas que se puedan aplicar a resolver problemas.

Sobre celebraciones, fiestas, juergas y putiferios

La palabra "putiferio" -de significado aceptado generalmente como aquella fiesta en la que la gente se comporta desmadradamente, y en la que no parece existir conciencia de la responsabilidad por parte tanto de organizadores como de los ejecutantes de la juerga- no figura entre  los términos aceptados por la Real Academia de la Lengua Española, ni tampoco en el Diccionario de Habla Hispánica.

Pero algunos de los festejos, incluso con proyección internacional, en los que ciertos sectores de la sociedad encuentran la manifestación de su hipotética alegría, responderían adecuadamente a la denominación de putiferio. Para no ser genéricos, nos referiremos hoy concretamente a las carreras de los mozos ante los toros, después del pistoletazo diario, durante la semana grande de San Fermín, en Pamplona. Una de nuestras Fiestas Nacionales.

No negamos la carga estética del espectáculo de miles de jóvenes corriendo entre seis toros y varios cabestros. No es preciso resaltar la emoción que produce ver a algunos de los corredores asumiendo grave riesgo de ser corneados por los animales, pisoteados por los participantes -en un alto porcentaje, borrachos y cansados-. No hay que decir del espanto que produce ver la sangre fluyendo de las heridas causadas a las personas que han resultado empitonadas o magulladas.

Pero todas esas emociones, cualesquiera que sea su naturaleza y la cantidad de adrenalina que permiten liberar entre participantes, espectadores y público en general, sucumben -nos parece- ante estas consideraciones:

1. Se pone en grave peligro la vida de cientos de personas, muchas de ellas, por lo que se dice y parece, con intoxicación etílica y, por tanto, en grado de enajenación total o parcial. No se comprende que se sea tan estricto -y nos parece bien- en vigilar que nadie conduzca un vehículo de motor habiendo bebido algo de alcohol, o se sea tan meticuloso en analizar las circunstancias del control de los propios actos en muchas circunstancias, en las que el único afectado por la decisión sería aquel a quien se le impide tomarla, y se deje a miles de personas expuestas a morir inmoladas en público, en honor de una estupidez colectiva.

2. No sabemos quién paga toda esa parafernalia y, en particular, la atención sanitaria a los heridos o fallecidos en el despropósito, incluído el despliegue de facultativos, ambulancias, centros de atención, etc. Si somos los contribuyentes, y a falta de una votación significativa, que cuenten con nuestro no, y que se traslade al Congreso de Diputados.

3. No creemos que la exhibición de esa enajenación colectiva ante el riesgo, provocado por unos pobres animales que creen defender su vida, favorezca la imagen de España como un país moderno, sensible y concienciado por el respeto a la naturaleza y a los seres vivos. Más bien nos sumerge más profundamente en nuestra supuesta incapacidad para divertirnos sanamente, e invitar a los demás a compartir nuestra alegría desde la sensatez, el buen gusto, y en una fiesta bien organizada y sin riesgos. Haya dicho lo que haya dicho Mr. Hemingway que, escrito sea de paso, tampoco es que nos emocione como autor de altura.

Sobre la edad, la vejez y los chinos

Un anciano es persona junto a la muerte. Un astuto es un cuchillo con la hoja oculta. Una esposa es una mujer con una escoba. Un niño es una semilla que se quiere como a un cerdo. El hermano mayor es el niño que come primero. Un cuervo es un pájaro al que no se le ven los ojos. Una oración es un cuchillo en la boca.

Es atractivo pensar en entenderse solo con los pictogramas. Todos los artistas gráficos utilizan esa técnica. Aunque la evolución del tiempo -varios miles de años- haya desfigurado los caracteres y, en muchos casos, el sentido subyacente a la iconografía, estudiar los caracteres chinos -bastantes, también japoneses- empleados en la escritura resulta, cuanto menos curioso.

¿Cómo representaríamos hoy, de forma esquemática, los personajes, conceptos y elementos que nos ocupan o preocupan? Es interesante, pensamos, detenerse en desarrollar algunas posibilidades.

Anciano es persona separado de la familia. Astuto es persona junto a dinero. Mujer es hombre sin pene. Niño es probeta con éxito. Hermano mayor es hijo único. Cuervo es astuto volando. Oración es tiempo perdido. ¿Otras?

Sobre el optimismo como pose

El optimista no es ya un pesimista mal informado. Es más probable que sea alguien que desea vendernos algo. Afinando algo más: con engaño.

Vivir obsesionados con los elementos negativos de la existencia, no nos hace nada atractivos a los demás. Preferimos arrimarnos a quienes ven las cosas con laxitud, porque la procesión ya la llevamos dentro. Benditos sean, pues, quienes nos ayudan a sacar unas risas de nuestra problemática, haciéndonos olvidar por unos instantes el lado amargo en el que nos movemos. Eso sí, que nos lo adviertan antes: va de risas.

Porque no estamos refiriéndonos a las actitudes de los graciosos del grupo, los cómicos de pago, o los que atraviesan un momento envidiable debido a que les tocó la lotería o les acaba de emplear como vicepresidente su tío rico. A todos esos, a los que se les ve venir, no solamente les perdonamos la osadía, sino que agradecemos que existan y nos quieran contagiar, aunque lo suyo no sea trasmisible.

El optimismo que nos duele viene de marchas forzadas, interesadas para confundirnos a nosotros, mientras ellos mantienen las claves en las manos, ocultándolas. Se empeñan en lanzarnos esencias de un mejunge de buenas palabras y ánimos, con la intención de animarnos a que nos adentremos un poco más en la selva de la incertidumbre.

Estos optimistas viciosos, son mal que tiene su cultivo en las empresas y en la política. El terreno que abonan con sus mentiras, es siempre el mismo: nosotros. Los que creemos en su palabra, los que confiamos en que lo que nos cuentan tiene fundamento serio.

Ojo, sin embargo: si nos engañan una vez, es culpa suya. Cuando dos, la culpa es nuestra.

En la empresa, los optimistas profesionales ocupan los puestos más altos, las direcciones generales o la dirección de personal. Cuando las cosas empiezan a ir mal, se apresuran a pintar de rosa las paredes, a presentar informes esperanzados y convicentes. Suelen recibir -pagándolo- el premio a la empresa más emprendedora, al empresario más dinámico, antes de hacerla sucumbir en la suspensión de pagos, llevándose en la debacle unas cuantas nóminas impagadas, varios proveedores crédulos, descubiertos a la seguridad social de todos.

El nuevo equipo, si existe, calificará todo lo que han hecho de muy mal, pero los otros ya estarán, en general, a buen recaudo. Se habrán vendido por un euro simbólico las estructuras malolientes, pero de las que un comprador de saldos -éste, armado con la brocha del pesimismo más feroz- sabrá sacar tajada.

¿Por qué se hace eso? Porque presentar las dificultades como parte del camino habitual no está bien visto. Hay que demostrar continuamente que acertamos, y, por eso, reconocer que los asuntos pueden desembocar en un fracaso si no se trabaja más duro, convoca el desprecio sobre quien sea capaz de hacer tal afirmación, conjeturada por los caciques y sus visionarios de poco halagüeña, de hacedora de malfario, de persimismo injustificado. Como si la perspicacia convocara el descalabro.

No hay crisis. Hay desaceleración. No hay desaceleración, hay ajuste. No hay ajuste, hay desequilibrios. Los desequilibrios eran impredecibles, y ahora lo que hay que procurar es aprovechar la profunda crisis para sanear las infraestructuras y el sistema. Solo los más débiles han perecido en ella.

No nos hundimos, el barco es firme y resistirá a la vía de agua. Hemos caído al agua, orden. Tenemos botes y salvavidas para todos. Se salvarán los que sepan nadar y los insolidarios que se han escapado con los botes. Estamos cerca de la orilla, el esfuerzo será mínimo. El horizonte es engañoso, lastimosamente se podrán salvar únicamente los más fuertes. Habrá un entierro digno para todos los fallecidos, y se tomarán medidas para que no vuelva a pasar algo así en el futuro.

Sobre lo que vale la pena y porqué

Ayer, 29 de junio de 2008, el equipo de fútbol que representaba a España ganó, en un torneo organizado cada cuatro años por un Organismo llamado UEFA, el encuentro final, contra la representación alemana, después de una liguilla en la que participaron unas cuantas selecciones europeas.

Más resumido: España venció a Alemania. Efecto principal colateral: Somos los mejores en todo.

Se nos olvidó la crisis, desaparecieron las tensiones y diferencias políticas o las singularidades regionales. El mundo está rendido a nuestros pies: somos la envidia del orbe.

Efectos secundarios: Hay que hacerse la foto con los futbolistas ganadores y su entrenador, pronunciando las frases más rotundas que se nos ocurran (omitimos, por pudor, el nombre de sus emisores): "cita con la historia"; "nombres para la leyenda"; "es lo más bonito de los últimos años"; "es un privilegio ser el primer presidente de la democracia que tiene la suerte de ver ésto"; etc.

Desde luego, pretender minimizar esa victoria sería arriesgarse a provocar la ira de la inmensa mayoría de los españoles, entregados a la contemplación exultante de la victoria del equipo que representaba a su país. Todos han (hemos) seguido la evolución de la selección de fútbol, disfrutado con el espectáculo.

Es el triunfo de la juventud. En particular, de los menores de 30 años que, deseosos -como es natural- por romper amarras con todo lo que huela a pasado, se han identificado perfectamente con este éxito de unos chavales que, gracias al deporte, se han visto catapultados a ser símbolos, modelos, centros de admiración y de opinión.

He aquí, pues, elevados al Olimpo, a ventitrés deportistas más y a su, hasta hace nada, criticado preparador, Luis Aragonés. Allí estarán, hasta que el paso del tiempo u otra victoria más reciente, los desmonte, junto a Alonso, Nadal, Contador, etc. No solo hay deportistas. También están Javier Bardem, Penélope Cruz, Jose Toledo,... . Se divisa, ya algo más oscurecidos, a Pedro Duque, Almodóvar, Dani Pedrosa, Arturo Pérez-Reverté,...

Qué importante es la publicidad, y, sobre todo, qué agradable conseguir que esta se realice de forma gratuita, o que sea mucho más barata y efectiva. Es extraño advertir que los elegidos para representarnos políticamente y otras personalidades no tienen reparos en poner su credibilidad al servicio de la gloria de ese equipo deportivo. ¿Estamos todos tan felices? ¿Esa trasnmisión de alegría colectiva, tiene un efecto de catarsis, oculta algo? ¿Tal vez la euforia y la crisis se apoyan recíprocamente?

Enhorabuena al equipo español de fútbol. Lo han hecho bien, han dado ejemplo de tesón. En lo único en que discrepamos es en que no aceptaremos su invitación a emborracharnos, desde luego. Son jóvenes, pero alguien debería haberles indicado que, como millones de chavales se están viendo reflejados en ellos, tienen que cuidar todas las palabras. El deporte y el alcohol son dos antítesis, lo deseable y lo abominado.

Sobre los vaqueiros

Los vaqueiros de alzada eran unos tipos de etnia incierta que vivían en algunas comarcas asturianas de cuidar unas cuantas vacas, aprovechando los pastos de las brañas de los altos en los meses cálidos, y bajando hacia zonas más protegidas -cercanas a la costa- así que llevaba el frío. Por eso, recuerda Jovellanos en una de sus cartas a Pouz, eran llamados de alzada, porque levantaban su campamento para buscar mejores pastos.

Eran, por ello, trashumantes, poco integrados y, en fin, no muy apreciados por las gentes de bien.

Fieles al principio de la defensa de los intereses propios y de sus fieles, autoridades civiles y eclesiásticas pusieron trabas a estos individuos extraños, cuyo  origen unos dice se remonta a hace cerca de quinientos años, otros que a los tiempos de la Reconquista que empezó Don Pelayo y otros que ni se sabe.

Pero los vaqueiros existen todavía. Desde hace 50 años, se celebra en la braña de Aristébano un Festival Vaqueiro para evocarlos, en el que se nombra a varios Vaqueiros de Honor, para hacer publicidad turística. Hay hasta una boda vaqueira, que ahora resulta simulada, porque ya casi nadie de entre los xaldos quiere casarse, prefiriendo vivir arrejuntaos y de forma más discreta.

Por supuesto, nadie osaría definirse como vaqueiro de verdad. Sus brañas andan, por ahí, perdidas, abandonadas en su mayoría, visitadas ocasionalmente como elemento turístico para llamar la atención de los adictos al folclore. Como tantas otras cosas que se han perdido, pero que forman parte de nuestros orígenes y esencias, nos acordamos de ellas cuando ya han desaparecido. Y entonces las reinventamos cultamente.

Sobre la trascendencia y el gen de Dios

 Muchos seres humanos se resisten a ser olvidados para siempre, una vez que su vida mortal se extinga. El ansia de perdurabilidad ha guiado las actuaciones de miles de individuos de la especie humana, siglo tras siglo, aunque pocos han tenido éxito. La Historia, tanto la general como la local. ha mantenido para la inmediata posteridad apenas unos cuantos nombres. Y no todos como ejemplo de comportamiento leal.

Cuando observamos la veneración que despierta todo lo moderno, y el énfasis con el que los pertenecientes a las más nuevas generaciones se esfuerzan en vender su originalidad, dándose importancia, no podemos sino sonreirnos para los adentros.

Tal parece que la época actual hubiera dado la mayor concentración de genios de la historia de la humanidad. Estos tiempos laicos son más conscientes que nunca del pulvis eris et pulvis reverteris y se aplican al carpe diem quam minimum credula postero (*), echando mano del vanitas, vanitatis et omnia vanitas.
 
Alguna razón científica parece existir, con todo, para que nos veamos los vivos un si es no es mejores. La especie ha devenido, en general, un poco más alta, mejor alimentada (ay, nos pesan los mil millones de famélicos invisibles), y la utilización media de las circunvoluciones del cerebro puede haber aumentado algo (difícil de probar, empero: el informe Pisa nos ha pisado el callo a los españoles).

En cualquier caso, el número de egresados de las infinitas universidades españolas ha aumentado ferozmente, y hemos recuperado al sexo femenino para el cómputo de la inteligencia, mejorando de inmediato la media y la mediana. Eficientes contribuciones al incremento de la calidad de la especie.
 
¿Qué guía a nuestra calidad animal al deseo de perpetuación?. Para nosotros, el descubrimiento de nuestra finitud, la consciencia de morirnos algún día, revelación descubierta con el uso de razón, y que nos acompañará desde entonces. Por eso, rebelándonos contra la muerte, hemos creado alternativas: la vida eterna es una de las más eficientes.
Científicos especialmente inquietos por detectar nuestros móviles profundos han analizado la existencia de un gen de la especie humana que nos llevaría a desear la existencia de un ser superior: el gen de Dios. No tenemos muy claro cuál ha sido el resultado de su investigación, replicada como sesgada, inútil o incompleta por otros pensadores, creyentes como agnósticos.
No nos repugna a nosotros, en absoluto, admitir la existencia de un gen de Dios, en esa modalidad de gen de consciencia de la mortalidad. Incluso pudiera ser, en nuestra peculiar apreciación, que algunos individuos tuvieran este gen más largo que los demás, es decir, con mayor repetición de las cadenas sensibles o los alelos dobles, por lo que en ellos, el ansia de perdurabilidad sería más intensa.
 
Permítasenos terminar este comentario con una noticia reciente sobre cómo la búsqueda de la trascendencia lleva al mundo virtual a personas que, hace apenas un par de décadas, hubieran creído tener sitio seguro en la historia sagrada de la realidad más corpórea.

"The Daily Telegraph" cuenta hace unos días (el 5 de junio) que el príncipe Carlos de Inglaterra ha creado una web ambiental: www.princesrainforestsproject.org para aumentar la concienciación respecto al cambio climático y la defensa de las forestas amazónicas.
Es una web prometedora, bien construída. El discurso de recepción del hijo mayor de Isabel II es bueno, y su dicción del inglés, sublime. Conclusión apresurada: el gen de Dios también afecta a los miembros más selectos de la iglesia evangélica. God save the Prince. We would try to save the Planet.
(*) Del poema de Horacio: "aprovecha el día, confía poco en el futuro"