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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sociedad

Sobre el día del padre putativo

Hoy día 19 de marzo, hay que felicitar a los Pepes, o sea a los padres putativos, a los padres presuntos, a los que creen que sus hijos son suyos, pero no lo son.

En alguna estadística de esas que los periodistas, sociólogos o aficionados al arte de poner números a las cosas de la vida, suelen peinar para expresar sus ideas, hemos leído que entre el 20 y el 30% de los hijos habidos en un matrimonio no son de la pareja, sencillamente porque son producto de la infidelidad de la esposa. Más difícil será conocer de ese 30% cuáles son producto de la infidelidad de ambos (la mamá y el engendrador), y, en todo caso, carecemos de estadísticas o memoria para traerlas a este espacio.

Siendo San José el padre putativo por excelencia, cuidador del niño Jesús con delicada atención, al que enseñó un oficio (que no llegó a ejercer, con el disgusto que producen esos desplantes filiales), es lógico que a los padres se les preste atención especial el día de su (del santo) onomástica. San José, destinatario de muchos chistes crueles y hasta soeces  respecto a su carácter de padre putativo consciente y asumido, debe servir de ejemplo para todas las paternidades.

Ahora que se ha puesto de moda tener hijos putativos, con técnicas de inseminación in vitro e implantación in vagina que han sido perfeccionadas desde el mundo veterinario, es hora también de que se celebre el día del hijo putativo. O sea, del que cree ser hijo de A y B y no es hijo de A, sino de C, pudiendo ser C conocido, desconocido o de falsa atribución. Quizá es un poco complicado para un Comentario leído a esta hora de la mañana, pero así son las cosas.

Ser padre putativo está menos valorado que ser madre putativa, que, en esta época de avances científicos, está algo más cotizado. Parece que se pagan solo 40 euros por donación de semen, frente a 600 euros por donación de óvulos. No se puede vivir solo de esa prestación social. desde luego, pero menos da una piedra.

Aunque el anonimato del padre real debiera estar garantizado, para proteger de reclamaciones tanto a los putativos que alimentaron y educaron el árbol como a los donantes de la semilla, en algunos países hay que guardar archivo de los donantes, en previsión de que al niño se le ocurra preguntar un día: ¿Quién es mi padre verdadero, oh querido padre putativo?.

El consuelo para los padres putativos es que, por ahora, el desorden de los archivos clínicos españoles no permite ni garantizar la trazabilidad ni, mucho menos, limitar a seis inseminaciones con éxito las resultantes de una donación de esperma. Un día, sin embargo, se tendrá el archivo mundial del adn y, con técnicas perfeccionadas, se levantará el velo para descubrir a todos los padres e hijos putativos. Temblad, queridos.

Sobre la exaltación del buen humor

Benditos sean los que sonríen, porque ellos nos alegran la vida. Benditos sean los que nos ceden el paso a los peatones en los pasos cebra, porque ellos nos evitarán sobresaltos y, en los peores casos, también se evitarán dificultades a sí mismos si nos arrollan.

Benditos los que ceden en su derecho para afirmar nuestra expectativa, y los que reconocen que nuestro derecho, porque, al evitarnos conflictos, mejorarán el bienestar de las dos partes.

Benditos sean los que alaban las virtudes del contrario en cualquier contienda, política o no, porque su eventual victoria los hará aún más grandes a nuestros ojos.

Benditos sean los que reconocen sus dificultades, nos confiesan que tienen miedo, buscan apoyo en nosotros, porque ellos contribuirán a que nos sintamos más felices, ayudándoles.

Benditos sean los que nos cuentan chistes y anécdotas graciosas, que nos hagan reir de ellos o de nosotros mismos, sin ridiculizar a terceros, porque así habrán demostrado que nos consideran inteligentes, y nos confirmarán su propia inteligencia.

Benditos sean, en fin, los que nos llaman a primera hora de la mañana para que les alegremos su día, porque nos alegrarán también el nuestro; y benditos sean los que se acuerdan de nosotros a última hora de la jornada, para despedirse y decirnos que nos quieren, porque, aunque no podremos jamás pagarles su aprecio por nosotros, sabrán reconocer que nuestro cariño hacia ellos tampoco tiene precio.

 

Sobre la soledad y otras miserias

Nuestra sociedad occidental está posiblemente enferma, pero, dada la dificultad de hacer un diagnóstico para un colectivo tan extenso y la imposibilidad de recetar, por tanto, un curativo, los subgrupos del entramado societario están medicándose individualmente. Seguramente, lo que se administran estas víctimas indirectas del fenómeno colectivo no tienen efecto alguno, son placebos.  

La obsesión por la comunicación telemática es, desde luego, un síntoma de que algo no va bien. Existe un personaje, creado por la imaginación de "Muchachada Nui" (Joaquin Reyes y Cía, TV-2), el inefable Enjuto Mojamuto, que refleja muy bien la sensación de dependencia del individuo aislado respecto al entorno virtual que se ha forjado para compensar su soledad.

Esos 60 o 120 ¿o son ya 240? millones de blogueros, en número creciente de forma prácticamente exponencial (dicen que se cuadriplican cada año), que escriben con mayor o menor asiduidad, sus pequeñas historias con la esperanza de que los lean conocidos y desconocidos, son un reflejo, también de la soledad. Desde los blogs más visitados (lo que no quiere decir, ay, leídos), hasta el más recóndito de los diarios informáticos perdido en la red, reconozcámoslos, el tufo destilado es el de la necesidad de comunicación de sus creadores, es decir, la existencia de alguna forma de soledad.

El mundo de lo virtual es solo un espacio muestral representativo de lo que está sucediendo en el mundo real, aunque, en algunos casos, el primero se complazca en ser una caricatura o una deliberada expansión liberadora del segundo. Ancianos y jóvenes que viven en soledad (abandonados a ella, o forzados sociológicamente a independizarse a su pesar). Parados. Estudiantes y trabajadores víctimas del mobbing. Pobres. Desarraigados. Prejubilados. Maltratadas. Homosexuales. Etc.

En alguna de tantas esferas de marginación y soledad, seguro que cada uno encuentra un sitio en el que reposar su desilusión. Y si no lo halla, medite seriamente de donde le viene ese equilibrio.

Sobre el inglés fluido como promesa electoral

Mister Sapatíro jas prómised in an electóral mítin dat in no mór dan ten íars ol de ispaniards sul bi eíbol tu espic flúen inglis.

Is ei veri gúd an sorpraisin niú, bicóse as uel non, de juól uorld jas fóund peinfol dificolties in domineit risoneibeli de veri compliquéited lenguech of Chéqspir. Afta cómon persepsion, onli inglismen sím tu can.

Is not bin iet páblised de uéi de ispanis président in chárch is góin tu achíf dis inúsual perfórmans, bat próbabily de mízod vul bí tu tích de yuniors píupils in de práimari escúls dáirecli onli in inglis prononsieison, avóidin dei tu lern de espélin.

As ei módes jómeige tu dis taitanic porpós, in Alsocaire, ui ar devotin tudéi dis cóment tu gíf an sémpel exámpel as jóu zins can gu in de inmediéit fúchur, if Sapatíro uins de yeneral púl (oder séid,  de eléchions téiquing pléis in cómin márs).

Jópeli mister Asnar uil bi téik de responsábiliti tu coordineit som of de lísons, prófitin jis demostréited abíliti tu spic síveral lenguiches almos fluenli.

Eniuéi is espected uiz lóyical curiósiti de ánsuer dat de oposícions líder, mister Rayoi, is prepérin tu dis chálenyin propósal . Sóm spócsmen reléited uiz jis níar sáiquel jad anónsed alredi tudéi -in unofísial uéui- dat de pipis parti jéd is consíderin tu prómis dat al de ispániars uil bi éibol tu espík énglis in onli éit íars o íven les, if dei gif jin dea vouts in de march eléchions.

Sobre el gotelét

El gotelé o gotelét se puso de moda hace unos treinta años, después del reinado del papel pintado, que se había impuesto en todos los hogares de clase media como una forma estupenda de tapar las grietas de la edad y la incuria de los inmuebles y dar un poco de alegría sosaina a las paredes.

Desde hace apenas un lustro, el gotelét ha sucumbido al mundo de las modas que, como es sabido, tienen un retorno cíclico a los estereotipos del pasado. Ahora lo que se lleva son las paredes lisas, pintadas al temple, con suaves colores brillantes. Y, si Vd. quiere estar realmente a la última, debe pensar ya en los papeles pintados y en cubrir la habitación con telas de colorines o diminutas pirámides que reflejen la luz, dándole al salón-comedor-cocina americana aspecto discotequero.

Yendo a lo concreto. Si la pintura de su casa tiene más de diez años y ha llegado el momento de darle un retoque a algunas paredes (bien porque las marcas de los bordillos de los cuadros, o las huellas de las manos pringosas de aquellos niños que ya están ahora emancipados, etc. se le han hecho insoportables), puede suceder que descubra que tiene el gotelé en casa.

Según los entendidos, tener gotelé en una respetable mansión es muy parecido a descubrir que la han invadido las termitas. Si se decide a convivir con él (ellos), la situación es soportable. Pero si se decide a eliminarlos, su vida pasará por un naufragio.

No importa que lo haga Vd. mismo o lo encomiende a los expertos. Una vez liberada de muebles, libros, cuadros, cortinas y lámparas la habitación que está infectada de gotelét, el desgotelador deberá aplicarse a la temible labor de tratar de eliminar esos montoncitos de yeso. Porque si el gotelét es plástico, y de verdad no le gusta lo que tiene, múdese de casa.

Pida una lijadora potente al vecino, para empezar. Compre un par de máscaras protectoras. No haga caso de los expertos, no contrate a ningún rumano para esa labor tan íntima. La cantidad de polvo que se va a formar, lo haga por sus medios o con ayuda de las tecnologías sudamericanas o del Este, será inenarrable.

No importa que cierre las ventanas, abra las puertas, realice la operación de lijado de forma lenta o a toda velocidad. Todo, absolutamente todo, se verá cubierto de polvo. Desde la estancia más cercana a la más remota habitación de la casa. El piso ático como los subsótanos. Las huellas de sus pasos señalarán en blanco las evoluciones de su desesperación en busca de agua a la cocina, al baño, a los ascensores.

Ah, pero la felicidad que Vd. sentirá cuando haya conseguido librarse del gotelét  y recuperar las paredes como estaban hace treinta o cuarenta años es -también- indescriptible. Pintadas ahora al temple liso lucirán impecables. Tendrá dos o tres semanas aspecto de venir de una panadería y no podrá recibir visitas. Sus pulmones sufrirán, pero Vd. tendrá la satisfacción de haber contribuído al aligeramiento de la estructura de su edificio en unos cuantos kilos que, con el conveniente disimulo, habrá sabido ir arrojando en los cubos de basura del vecino (Esto está muy mal, pero ¿qué hacer si no hay a mano ningún contenedor de desechos de construcción, al no ser ya verano?)

Ya sabe, la corriente durará diez años, quizá mucho menos. La siguiente etapa es/será el papel pintado. Ahora le separan del gotelét otros veinte años y, con un poco de suerte, podrá cambiar antes de casa. Claro que también puede saltarse un escalón y empapelar directamente las paredes.

Sobre el pasado

El pasado no tiene mucha fama entre los jóvenes. En general, se le desprecia, particularmente ahora que nuestros educandos solo deben estudiar cuatro cosas de Historia y, en muchos casos, solo circunscrita a los pequeños hérores locales, rescatados de los cuentos de hadas regionalistas.

"El pasado ya no es lo que era", es una frase de inconfundible valor mediático, pero no tiene la fuerza de esa otra de "El futuro es el lugar en donde vamos a vivir el resto de nuestras vidas".

Si los más ancianos encuentran consuelo parcial a la devoradora vejez en aquello de "cualquier tiempo pasado fue mejor", que tan estupendamente aprovechó el poeta soldado Jorge Manrique, los más jóvenes piensan del pasado que es un tiempo perdido, y que los viejos no están ni para cederles el asiento en los transportes públicos.

El pasado de los que peinan algunas canas, en España, estuvo lleno de interesantes objetivos, que ocuparon mucho tiempo de los jóvenes, de sus mentores y de los que se encargaban de mantenerlos a raya.

Educados en el catolicismo rancio, muchos, sin renegar de esas raíces -estudiaron la Biblia por capítulos de Historia Sagrada-, encontraron un agnosticismo culto. Preparados para tener -ellos- a las hembras sumisas a sus deseos, acabaron haciendo la mitad de la cama por las mañanas y adoctrinadas -ellas- para no ceder ni ante versos de Gutiérrez de Cetina o Bécquer, enviaron a sus hijas por el mundo con trece años.

Y, por supuesto, inmersos en un programa vital asfixiante en el que todo estaba atado y bien atado, rompieron los nudos con la espada de la tolerancia y las libertades.

Las nuevas generaciones se encontraron cómodas en un entorno agnóstico, libérrimo, protector, que, posiblemente, les dió ventajas pero no les dotó del músculo suficiente que da el hambre, la pugna por conseguir los objetivos, la satisfacción de haber ganado lo que se tiene sin que te lo cedan o regalen.

En pie, jóvenes. Los que no llenáis vuestros libros de estudio ni con sangre ni con bilis, ni los llenáis de dibujos geométricos producto del aburrimiento.

Adelante, jóvenes. Los que no os dejáis convencer de que todo está hecho, sino los que pensáis que la mayor parte está por hacer. Arriba, jóvenes. Los que, por encima de mezquinos intereses individuales, trabajáis por hacer mejor el porvenir de todos.

El futuro está en vuestras manos, y tiene mucha tela. Tal vez os convenga siaber que el pasado es la plataforma desde la que lanzamos nuestras ilusiones hacia el futuro. No interpretéis lo de la plataforma solo como un pedestal; en ella están también los centros de investigación, los acopios de combustible, las salas de preparación de pilotos y tripulación, los análisis de trayectorias, la fijación de objetivos...

Sobre los disfraces más comunes

Las fiestas del Carnaval suponen una explosión de alegría y una invitación a la diversión, incluso al desenfreno. Mucho se ha escrito sobre ellas, su origen pagano, su recuperación para subrayar, desde la perspectiva cristiana, la inevitable relación entre carnalidad, disfrute y muerte y así, mover a la reflexión sobre lo corto de la existencia.

Como origen de la Cuaresma, y depojadas hoy de su carga religiosa, son un símbolo de la sociedad hedonista, que cree liberarse de la realidad ridiculizando aquello que más teme, sepultando en una muestra de alegría colectiva lo que más daño nos hace: el pensamiento de la muerte.

Los disfraces forman parte sustancial del Carnaval. Con el disfraz nos ocultamos, pero también nos presentamos de manera diferente a la habitual, ante los otros. Nos ocultamos, vemos sin ser vistos, y solo descubrimos nuestra verdadera identidad cuando nos apetece.

El disfraz es algo diferente al vestido, a lo que se lleva por moda o por resguardarnos del calor, de la impudicia o del frío. El disfraz alcanza categoría de tal cuando está claro que, interpretando nuestro personaje habitual, jamás nos presentaríamos así. Por eso, podemos disfrazarnos si desempolvamos del arcón el traje de la bisabuela o nos cubrimos con un traje de otro lugar, de otra cultura.

Hay quien se gasta mucho dinero en disfrazarse, quien se limita a tapar el rostro, o quien utiliza un derroche de imaginación y fantasía.

Resulta curioso que una parte de los disfraces masculinos consistan en disfrazarse de mujeres, incorporando unos pechos prominentes, medias caladas y tacones a la figura. Pocas mujeres se disfrazan, sin embargo, de hombres: los disfraces de las regiones cálidas consisten mayoritariamente en adornarse con plumas y ropajes vistosos, o desnudarse hasta límites muy cercanos al quebrantamiento del pudor.

Las madres disfrazan a sus niños de gatitos o conejitos o soldados y bandidos. En las fiestas de sociedad, ellos suelen ir vestidos de Charlot o de árabe (evidentemente, menos en los países árabes) y ellas de vaqueros con pantalón corto o de chica años veinte (del pasado siglo). Por la calle, se verán muchas caretas de monstruos, zapateros, rajoyes y calaveras.

He aquí alguna relación de disfraces originales: mesa camilla (utilizando la cabeza de florero); abeja (empleando dos coladores como ojos y dos bolsas de la basura como alas y, obviamente, con una camiseta a rayas amarillas y negras); aborto (no olvidarse del cordón umbilical y una leyenda adecuada: yo pude ser premio nóbel); chulo de meretrices (convencer a varias amigas para hacer la cohorte y así, eventualmente, ganar algo de dinero); personaje a caballo (un amigo puede hacer de acémila); caperucita y el lobo; lápiz y papel; culo y supositorio; pie y zapato; pájaro y nido; ...

El disfraz que más nos inquieta, sin embargo, es el de observador. Oculto detrás de una cámara digital, el observador obtiene fotografías de cuanto le rodea y, al llegar a casa, repasa las historias que pudo haber vivido, de haber tenido la valentía de mostrarse a los demás tal como es.

Sobre las solteras

No pretendemos hacer creer que un estado civil determine una tipología de seres humanos, ni mucho menos que defina un carácter, pero resulta muy atractivo pretender el análisis de lo que hace peculiares a las solteras en nuestra sociedad.

No nos referiremos a todas las mujeres solteras, sino que delimitaremos este comentario a realizar una prospección sobre las circunstancias peculiares de las que tienen, en este momento, entre los cuarenta y los sesenta años. Han nacido entre los cuarenta y tantos y los sesenta y algo del siglo pasado, con la lógica flexibilidad para fijar las fronteras.

Son mujeres que, para empezar, parecen disfrutar de su situación, y, sin alardear de ello, ponen de manifiesto claramente su independencia cuando tienen ocasión. No están, ni mucho menos, rendidas a la ceremonia de la seducción, sino que se entregan a ella con peculiares ahincos. Como consumidoras, gastan mucho dinero en cremas, peluquerías, ropas, regalos que se hacen a sí mismas. Pero su objetivo no son los hombres (ni las mujeres), sino gustarse a ellas mismas.

Se equivocaría de medio a medio quien, venido de otras galaxias, imaginara que su soltería las hace inocentes de las artes amatorias, panolis en las actividades sexuales, vírgenes expuestas a que se las capte con cuatro zalamerías. Por el contrario, a poco que se las comprenda, lo que dejan intuir es que saben como nadie de noches desveladas, traiciones a otros amores, declaraciones a la luz de los alcoholes, mentiras de alcoba o despedidas ya de madrugada. No son obsexas, por supuesto, pero conocen lo que dan de sí los juegos de la cama, lo que son las lágrimas de rabia, las esperas inútiles, los gozos.

En el trabajo, normalmente se hacen imbatibles. No distinguen fines de semana de lunes por la noche, no hay quien les espere si ellas no quieren . Dicen lo que piensan a las claras. Les cantan las cuarenta y más alto a compañeros y compañeras. Tienen juicios sobre lo que habría que hacer o deshacer que rascan, desbaratan o conforman. No por ello las vemos destructivas, aunque será difícil venderles como bueno un jamelgo blanqueado. Eso sí, si alguien necesita que se cumpla el programa, que recurra a las solteras para que se encarguen de llevarlo a buen sitio. Puede que no caigan simpáticas, pero los otros sabrán porqué, a causa de los esqueletos que, como buenas observadoras, ven en los armarios.

No habiendo sido madres, son más duras para juzgar a los infantes, especialmente los que lucen bigotes y triquiñuelas de pasillo. No habiendo sido esposas, desconfían. Por haber sufrido como amantes, tienen una sonrisa algo cínica cuando se las piropea. Puede que estén esperando su momento. Puede también que lo que esperen es el momento de los otros.

(Hay un libro sobre las solteras, escrito por Bert Baeza, que anda por algunos kioskos y pocas librerías, y que deberían adquirir quienes quieran saber más sobre las solteras, esas mujeres de las que no se habla, y que algunos incompetentes siguen confundiendo con las solteronas de antaño, las tietas de Serrat: en seus genolls no duerme ningún gat castrat, sino la espléndida sorpresa que están dispuestas a desvelar solo a quien a ellas apetezca)

 

Sobre las razones del envejecimiento prematuro

Si Vd. quiere envejecer rápidamente, haga el firme propósito de no disfrutar de cuanto le rodea. Piense en el mundo con irremediable pesimismo: si no le bastan las ideas generales (calentamiento global, pérdida de valores, amenaza nuclear, fracaso del desarrollo sostenible, etc.) aproxime todo lo que pueda el ascua a su sardina. Y, por supuesto, vea la sardina chamuscada o el ascua exangüe.

Aprovéchese de cuantas oportunidades le den los demás para verse ya fuera de todo circuito de poder o disfrute. A  los veinte, laméntese de los momentos de irresponsabilidad de la niñez; con la frontera de los treinta, duélase de haberse casado demasiado pronto o no haberlo hecho todavía; con cuarenta, razone sobre lo mucho que se ha perdido, pero, sobre todo, enumere las cosas que ya no podrá hacer (aquellos malabarismos de gimnasta quasi-profesional; tantas noches en vela sin que las ojeras delataran su cansancio el día después).

Si ya está en los cincuenta, lo tiene aún más fácil: la amenaza de la prejubilación es inminente, y si está tocado por el dedo que decide quién es superfluo o imprescindible, convénzase de que nadie valorará su experiencia o su destreza. Cumplir los sesenta sabrá convertirlo en memorial de achaques: si no es la próstata, el reúma, las rencillas; haber perdido al dominó, caerse del caballo. A los setenta, le quedan cuatro telediarios y docenas de miles de medicinas de alto coste aunque sin valor, simples placebos: no le llama nadie, y ya no tiene sentido que aprenda ni a tocar el timbre del datáfono.

¿Llegó a los ochenta?. Póngase a temblar. El cerebro le trae recuerdos de la infancia y la juventud que a nadie interesan; los compañeros del geriátrico se han muerto todos; lleva ya dos operaciones a vida o muerte y la enfermera que le atiende no tiene más interés que pedirle su número de cuenta corriente. Si cumple los noventa, no será porque haya disfrutado de su existencia hasta aquí, simplemente le están recompensando desde arriba (si es que hay alguien) por los años perdidos.

En fin, si quiere saber las razones del envejecimiento prematuro, no tiene más que tomar cada día de la misma medicina. Piense que no le quieren, que no sirve para nada, que nada tiene que ofrecer a los demás. Pero si quiere vivir mucho tiempo y, sobre todo, hacer felices a los que le rodean, trate de sorprenderse cada día llevando la contraria a la intensa fuerza que le pretende convencer de que este podría ser el último de su vida.

Sobre el escusado o excusado

No hace mucho, se decía "ir al retrete"; ahora se prefiere murmurar: "me voy al baño"; tal vez "al aseo" o, más simplemente, se desaparece unos instantes. En todos los idiomas se emplean diversos eufemismos para designar el lugar al que enseñamos las partes más secretas. La primera vez que un norteamericano pregunta "Where is the John?", siempre hay algún neófito que contesta"no tengo ni idea", creyendo que se interesa por Juanito, el colega que suele llegar tarde.

Hablamos del escusado, el sitio en el que uno se encuentra en la soledad de su propia corporeidad, allí donde nadie puede hacer lo que nos corresponda por nosotros, allí donde la taza, la cadena y el lavabo reclaman atención varias veces al día.

Claro que no pretendemos ser soeces ni vulgares con este Comentario. Por el contrario, queremos hacer, con la debida discreción, la exaltación de ese cuarto menospreciado de la casa, que tanto sirve para recuperar los equilibrios perdidos y tanto nos ayuda con su multivarianza. En el excusado nos hemos recluído muchas veces de niños, para recuperarnos de una rabieta. Allí hemos fumado los primeros cigarrillos, conocido los escondidos privilegios del sexo en solitario (o puede que en furtiva compañía). En los escusados se leyeron novelas prohibidas en edades benditas, se llora todavía; en él se cultiva Narciso y se acicala fantasía, creyéndose Galatea.

Hay quien tiene en ese lugar tan poco venerado oficialmente, una biblioteca completa, anunciando así a los demás presuntas dificultades con el tránsito intestinal. Otros guardan profusión de colonias, cremas y combinaciones de pócimas y aceites que, por lo menos, reflejan el deseo de estar más bello, seducir por seguro, amagando vencer el paso de ese gran enemigo de la felicidad que es el tiempo.

Lejanos los tiempos en que a los niños nos daban un trozo de periódico y nos invitaban a hacer nuestras necesidades por el campo,  épocas donde el retrete o la retraite cerrados eran cosa de más ricos. Mucho más años pasaron desde el "agua va", arrojada a la calle sin fijarse en los viandantes. Hoy los excusados se adornan de colores, se enseñan exultantes, y los genuinos roca tienen competidores en diseños italianos, franceses o nipones, no siempre buscando la comodidad de posaderas.

Algunas piezas de los excusados más completos han perdido posiciones, víctimas del espacio y del desprecio -digamos el bidé, que tantos pies sirvió para lavar, y tantos alivios procuró a venas desatadas y, por supuesto, aderezó meublés y casas de cuidado-. Otros recursos, en cambio, han aparecido, en competencia con el váter y la ducha, orgullosos o modestos, desde jacuzzis hasta adminículos deportivos, secadores, balanzas, cepillos eléctricos y prisas.

El escusado cumple, en fin, el papel del punching-ball; es el cuarto en donde, a solas, podemos pasar revista a nuestra vida, preparar estrategias y consolar decepciones,  hasta que alguien aporrea la puerta y nos urge: "¿para cuándo?", haciéndonos caer a la realidad desde la altura.

Sobre fotos, infantes e intimidades

¿Qué aspecto tendría Viriato? ¿Sería el tipo de facciones serenas y aspecto hercúleo con el que era perfilado en los libros de historia que estudiábamos en la última postguerra? ¿O le cuadraría mejor el rudo testuz de un pastor abandonado a su suerte desde la niñez? ¿Y Jesucristo? ¿Tendríamos que acudir a las imágenes de Murillo para embobarnos en sus rizos y cara plácida de chavalote bien alimentado?.

Ninguna elucubración hará falta si cualquiera de los niños que han nacido en los últimos diez o quince años llega a traspasar el umbral de lo anodino y se convierte en genio o referencia para los demás. Desde las primeras horas contará con cientos, miles de fotografías, en todas las posturas y situaciones imaginables. Papás, tíos, hermanos, gentes que pasaban por allí, tomarán instantáneas de cualquier instante de su vida. Si ha llegado a la prometedora edad de cinco o seis años, dispondrá, muy posiblemente, de una cámara digital con la que podrá ejercitar sus dotes artísticas fotografiándose a sí mismo y a cualquier cosa, animal o ser imaginario que se ponga al alcance.

No hará falta insinuar que, por supuesto, tan pronto se asome a la adolescencia, tendrá uno o varios aparatos que serán teléfono, reproductor de sonido y captador de imágenes, incluso secuencias de varios minutos. Con ellos podrá dejar para la posteridad cualquier hazaña de la que sea capaz, desde el primer gol con su equipo de barrio hasta el diploma de subcampeón de minibasket, sin olvidar la opción atractiva de registrar la paliza dada a un compañero de clase que le caiga mal.

Esa rotura permanente de la intimidad infantil, está, por el contrario, severamente protegida por la interpretación de una ley que se refiere a la captación y difusión de la imagen de los niños. En los periódicos y semanarios vemos con mucha frecuencia (porque no se trata de algo sistemático) que las fotos con la cara de los niños, hijos de famosos o del tendero de la esquina, están difuminadas o cubiertas con una mancha que impide reconocerlos.

He aquí uno ejemplo más de las contradicciones en que vive inmersa nuestra sociedad pazguata. Tomamos frenéticamente testimonios de la vida de nuestros retoños, amontonando miles de fotos sin valor en ordenadores y álbumes, y no somos capaces de reconocer el valor de la sonrisa de un niño ante la cámara. Una sonrisa que debería servir para recordarnos la alegría que hemos perdido en nuestro mundo de adultos, preocupados ahora, también, porque, con la difusión de ese rostro, alguien ose raptarnos a la criatura y pedirnos su rescate.

Preferimos creer que mantenemos a los niños en la falsa protección  de esos archivos casi completos, trazados en tiempo real, de las imágenes de su vida igual a la de cualquier otro.

Sobre la importancia del manejo de la elipsis

La Real Academia Española no concede el privilegio de ser elipsis a aquellas omisiones de palabras que hacen perder su sentido  a la frase o la adulteran tanto que dificultan su comprensión. Pero la realidad es que nos movemos en el terreno de las elipsis. Cualquier entrevistado sobre temas controvertidos o delicados sabe de la necesidad de ser elíptico, de contestar sin dar información relevante o decir únicamente lo que se desea, en controlada ambigüedad.

Los políticos, empresarios y hasta los personajes de la fanfarria mediática ejercen su dominio de la elipsis continuamente. No siempre con éxito a largo plazo, pues, como le gusta decir al Sr. Zapatero, al menos paa su sector de trabajo actual: "En política la verdad se acaba sabiendo siempre".

No es lo mismo, por ejemplo, que el esposo que lleva varios días sin conocer el paradero de su cónyuge, cuando se le pregunta por ella a las diez de la mañana conteste: "Creo que debe estar comprando el pan o los periódicos", que reconozca de plano que lo que teme es que le están ponienda la cornamenta. Por supuesto que no es igual que se diga que " a partir del 9 de marzo me retiraré de la política" o se introduzca el complemento "municipal" o "reconsideraré la oportunidad de".

Pero es que, además, incluso las frases más explícitas pueden tener varios sentidos, por lo que cabría atribuirles algún contagio de esa figura multipresente, que es la elipsis. Cuando un experto mundial en economía y premio nobel, como el Dr. Stieglitz, asesor no remunerado (¿en dinero pero tal vez en especies? -valga como ejemplo de lo que glosamos) del Presidente del gobierno español indica con su gran conocimiento del tema, que "las rebajas de impuestos recortan el gasto público", él o los periodistas que hacen la reseña están ejerciendo de elípticos.

El que esté libre de haber sido elíptico, que arroje la primera piedra. Para los políticos profesionales, es parte del trabajo. El proto-presidente del Gobierno, D.Mariano Rajoy (al menos, por opción), se comprometió a rebajar hasta el 20% el tipo general del impuesto sobre sociedades. Puso varias condiciones: que las empresas se comprometan a crear más empleo estable, que fomenten las medidas de igualdad y que inviertan más en formación; la falta de precisión de los condicionantes convierte en ejemplo de elipsis el propósito electoralista. Seguirán otros, desde una u otra tendencia.

Si no hay mentiras, las elipsis decidirán el voto del once eme, suponemos.

 

Sobre las probabilidades de supervivencia en distintos ámbitos

La probabilidad de supervivencia depende de la edad, según la conocida curva de la bañera de la que saben todos cuantos se dedican al mantenimiento de equipos o se relacionan con los seguros. Al principio de su vida útil, las máquinas, los circuitos -y, ay, las personas- tienen más probabilidades de fallar: son los problemas del ajuste a la situación de crucero.

Después, los elementos pasan por un período en el que la tasa de fallo es constante, y, al cabo de un cierto tiempo, la probabilidad de supervivencia decrece rápidamente con la edad, de forma que la tasa de mortalidad es muy alta, hasta que pasa a ser cero porque toda la población ha desaparecido.

Claro que esas tasas de mortalidad son influídas por la poderosa motivación humana para cambiar los designios de la naturaleza. La causa de muerte más probable entre los jóvenes de 19 a 25 años, en los bien nutridos y solventes (o sus padres) especímenes occidentales, son los accidentes de automóvil: en España, casi 1.500  personas de ese rango de edades mueren cada año, a pesar de los esfuerzos de las campañas de Tráfico. El 60% mueren de esta forma en fin de semana, y casi la mitad de los conductores implicados ha consumido en exceso alcohol o está drogado.

En un giro geográfico y económico, uno de cada seis niños centroafricanos se mueren de inanición o de sed antes de cumplir los cuatro años, y no importa que la Tierra produzca suficiente agua y alimentos para todos, porque el resto de la Humanidad está concentrada en objetivos más importantes (para algunos). Un país en desarrollo que tuviera una población de 20 millones, y que tuviera 1 millón de niños de esas edades, pierde 40.000 niños cada año.

Si Vd. fuera irakí, su probabilidad de muerte por violencia terrorista es, desde 2002, de 13,3 por mil, lo que implica que del orden de 120.000 personas sanas cada año (después de la decisión de intervenir para arreglarles las cosas desde el gobierno del Presidente Bush y algunos otros presidentes de países menores), se morirán despedazadas por una bomba manipulada por alguien que quiso salvarse eternamente, optando a la recompensa perpetua de ciertas especialistas en placeres mundanos masculinos.

No conocemos aún de ningún científico que haya calculado de forma seria la probabilidad de que una parte sustancial de la Humanidad desaparezca como consecuencia del cambio climático, dentro de los próximos cincuenta años. Pero viendo los móviles de los que dirigen el mundo y sus preferencias inmediatas, debe ser aún muy pequeña...¿o ya no?

Sobre el bolardo

Bolardo es una palabra foránea, adaptada de la inglesa bollard, que etimológicamente proviene de bole, tronco de árbol. Los bollards y los bolardos sirven para amarrar los barcos en los muelles y, en segunda acepción, al menos para castellanoparlantes, designan a toda una panoplia de obstáculos en aceras y calles que sirven, teóricamente, para impedir que los coches aparquen en determinados espacios.

Los bolardos son, para Alsocaire, un ejemplo muy especial de las consecuencias del comportamiento humano. Aunque es cierto que, en general, sirven para el objetivo pretendido, cumplen muchos otros, y, en multitud de ocasiones, esas "segundas derivadas" del objeto toman el carácter de protagonistas principales.

Hay que advertir, además, que los bolardos situados en algunos lugares, pueden sufrir dos tipos de agresiones: algunos son arrancados de cuajo, quedando como testimonio de su antigua presencia un agujero en la acera o en la calzada -creando así un riesgo adicional para el transeúnte- y otros son cuidadosamente reformados para convertirse en elementos de "quita y pón", garantizando la plaza de aparcamiento sobre el pavimento para quien haya tenido la paciencia de realizar tan fino trabajo.

Los bolardos han surgido en las ciudades en prácticamente todos sus centros, como paso previo a la declaración de su peatonalidad y como síntoma de rendición de los poderes públicos (municipales) al control del cumplimiento de las señales de prohibido aparcar.

Los bolardos no son elementos recaudatorios, más bien suponen un gasto o un dispendio, y por eso, están situados, muy de lejos, en relación con el instrumento del parquímetro, en la preferencia de los munícipes. Un alcalde que se precie tiene que instalar parquímetros y muchas zonas azules, y recibir cánones provechosos por esa utilización privativa y lucrativa de suelo público; la única dificultad es que aquél (el parquímetro) necesita espacios libres en superficie para que los vehículos puedan estacionarse en los lugares de pago, y esos son un bien escaso en ciudades planificadas una sola vez, allá por la Edad Media.

En este sentido, el bolardo significa un colaborador valioso de los parkings subterráneos, a los que ayudan a llenar. Esta fórmula de atraer a los vehículos al centro de las ciudades es factible y lucrativa (con pequeños riesgos, atribuíbles, en general, a los austríacos): el hombre moderno domina -junto a la piromanía y otras artes que no vienen al caso-, la técnica de horadar el subsuelo. 

Los bolardos están también alejados de ser instrumentos neutrales de la regulación del tráfico rodado. Influyen sobre todo en el tráfico peatonal, constituyendo un peligro para el viandante despistado y son un enemigo cierto de minusválidos, en especial de los ciegos y de todos los que precisan moverse con un carrito, sea infantil, de la compra, o el medio con el que se trata de superar un hándicap físico. Cuentan con otros aliados: las marquesinas, los postes publicitarios (y de otras categorías), los recoge-pilas, baldosas sueltas y todos los baches, agujeros y tapas de registro mal ajustadas o abiertas.

Los bolardos son la obsesión de todos los automovilistas, tanto de los que preteden aparcar reglamentaria como irreglamentariamente. Las huellas del golpe de esos nada pacíficos instrumentos contra aletas, puertas y parachoques están en todos los vehículos y son, desde luego, bienvenidas por los talleres de chapistería de la zona.

Parece que los bolardos sirven también para ayudar a las menguadas arcas municipales a obtener algunos ingresos extra, gracias al sobreprecio que ciertas empresas de mobiliario urbano o fundición están dispuestas a situar al margen del mercado y de las contabilidades sujetas a intervención, pero ese es otro cantar, y, en cualquier caso, AlSocaire tiene noticias del himno, pero no sabe la letra.

Sobre los supuestos legales para abortar

"Nosotras parimos, nosotras decidimos", es un eslógan pegadizo. Como cualquier indicación esquemática, mueve a confusión. Lo que se pretende, simplemente, para quienes lo apoyan con plena consciencia de lo que significa es que, antes de un plazo determinado desde el comienzo de la gestación, las mujeres puedan abortar sin tener que alegar causa alguna.

Se trata de un cambio sustancial del actual régimen jurídico para despenalización del aborto en España, que obliga, entre otros elementos, a probar una razón: malformación del feto, peligro grave para el feto o la madre, violación.

Desde luego, es un eslógan solo imaginable en la sociedad occidental, a la que se puede criticar por ser opulenta y egoista. No se puede plantear, por ejemplo, en los países islámicos, entre las pobres tribus del corazón de Africa, o en algunas sociedades endogámicas, en donde un hijo es un tesoro o un mensaje celestial. Tampoco tiene sentido en aquellas culturas en donde un varón es una promesa de redención y una hembra es un lastre económico y, por ello, la probabilidad de que la maten o abandonen a poco de nacer es muy alta.

Incluso en nuestra egocéntrica sociedad, abortar libremente tiene un punto controvertido, que cada uno valorará como le apetezca: conceptualmente resulta insolidario hacia los que no paren -pero forman parte de la sociedad humana- porque circunscribe la capacidad de decisión sobre el aborto a la mujer gestante.

Pero, arabescos laterales aparte, abortar es, sobre todo, peligroso para aquellas embarazadas que decidan hacerlo a solas, sin contar con las garantías médico-sanitarias (y sin el amparo legal, obviamente). Es decir, para abortar, se necesita, razonablemente, el auxilio físico de otros y, por seguridad jurídica, es imprescindible un consenso social sobre la autorización o prohibición del aborto. De otro modo, la abortista corre alto riesgo de acabar en la tumba, con graves problemas físicos, o en la cárcel.

Seguramente todos los que no estén limitados por creencias religiosas, estarían de acuerdo en que hay supuestos serios para abortar. Muchos estamos de acuerdo en que, fijado un plazo límite, tener que alegar razones para ello, es un eufemismo.

La clave es la determinación en cuanto al momento límite para que se consienta interrumpir el embarazo, -el plazo-. Aquí se amplían  las discrepancias. Puede haberlas acerca del momento exacto en el que se forman las células diferenciadas del cerebro humano en el feto, y, más concretamente, respecto a la sensibilidad de ese origen del sistema nervioso superior, y el respeto ajeno que merece. 

No se puede dudar de que en algún punto de la gestación, se cuenta, no ya con un sistema vivo, sino organizado para sentir el dolor y, en otro momento más avanzado -que la técnica ha reducido de manera drástica respecto a la concepción-, que ese ser es capaz de sobrevivir fuera del útero materno, si se le dispensan los cuidados adecuados. El avance científico ha aumentado de manera fortísima las posibilidades de supervivencia del feto (entendido en sentido médico, como embrión de más de tres meses).

La decisión de ampliar los supuestos de interrupción legal del embarazo, o de ampliar los plazos para ello, y, por supuesto, estando siempre de acuerdo con la determinación de la mujer gestante, equivale a autorizar para matar a un ser vivo. El elemento diferencial para que ese ser no sea considerado persona, y, por tanto, digno de protección jurídica, es una ficción: puede ser las 24 horas de vida autónoma fuera del útero materno, las seis , doce o veintedós semanas de gestación, o ser consecuencia de haber detectado su malformación cerebral, física, o estar inmerso en cualquier otro supuesto tipificado.

Los autorizados para matar (es decir, los beneficiados por la despenalización) serían la portadora del ser, como instigadora y consentidora y los facultativos que la atiendan, como autores materiales o coadyuvantes necesarios.  El resto de la sociedad, en distinto grado, podríamos ser cómplices despenalizables. 

En los casos de violación de la madre, la autorización legal ya está concedida, sin necesidad de alegar otra causa que la violación denunciada, atendiendo a razones sociales y éticas, a las que se ha dado un valor superior a la vida que se interrumpe.

Pero, ¿en los demás casos? ¿Cómo se determina el momento de la concepción de forma inequívoca? ¿Qué riesgo corre la madre si el plazo se fija demasiado amplio?. ¿Es asumible el plazo máximo autorizado en los países europeos más tolerantes, hasta ahora? (Holanda, 18 semanas)- ¿Por qué los países europeos no se han puesto de acuerdo en fijar un mismo tipo de exención de responsabilidad para los supuestos de aborto admisible?

Habrá que reconocer que no hay acuerdo en la Unión Europea, porque el asunto es cuestionable, desde el punto de vista ético, médico y jurídico, y la sensibilidad social, muy variada.

Cuando leemos que son, cada vez más, las mujeres que acuden al aborto como método anticonceptivo, cuando oímos que los jóvenes, en una sociedad más libre y, subsidiariamente, sexualmente más promiscua, no son cuidadosos ni en la profilaxis ni en atajar el riesgo de embarazo en sus relaciones, nos animamos a proponer que, además de abrir un debate sobre una ley de plazos más permisiva, que amplíe los supuestos de interrupción voluntaria del embarazo a la decisión exclusiva de la madre, esta sociedad tiene que aprender, todavía, a utilizar mejor los medios que impiden los embarazos no deseados.

Porque la decisión de las mujeres para no tener hijos debiera empezar desde el momento mismo en que consienten en mantener relaciones sexuales con alguien del otro sexo.

Puede parecer retrógado. Pero la prolongación de la especie humana hacia el futuro no es cuestión solo de comodidad de la gestante, es un acto natural y necesario, para que nuestra sociedad subsista. Las mujeres (con sus parejas, o por decisión individual) deben tener hijos deseados, y si desean no tenerlos, han de evitar quedar embarazadas, y si desean abortar después de quedar embarazadas, han de hacerlo lo antes posible, para causar el menor dolor a un ser vivo.

Porque aunque las mujeres paren y, por ello, son las más cualificadas para decidir si abortan, hay muchos elementos embebidos en ese tema de gran alcance ético y fuerte sensibilidad social: desde la izquierda como desde la derecha.

Sobre la crisis económica, el lobo y las elecciones generales

En un interesante ensayo de Denis Lefèvre, titulado "Le loup, l´homme et Dolly" (Le cherche midi, Terra, 2007) se pasa revista inteligente a algunas de las crisis a las que se ha visto abocada la agroganadería europea, sus móviles y efectos. La línea conductora del trabajo podría ser que, detrás de sustanciales decisiones, hay dos motivos: el real y el confesado. Por ejemplo, la crisis de las vacas locas sirvió para justificar la reducción de una ganadería sobredimensionada.

En este momento especial preelectoral, los analistas nos están convenciendo de que existe una recesión en el panorama económico, que no ha hecho más que empezar, porque el ciclo de bonanza se ha terminado. Se trata, al parecer, de posiciones coincidentes desde ambas caras del espectro político. Como venimos de un gobierno de izquierdas (así cabe juzgar teóricamente al PSOE, al menos), si lo que toca es apretarse el cinturón y contener salarios, la teoría política viene a mostrar que la opción más adecuada es repetir palo, porque la mejor cuña para el ajuste es la de quien está próximo al que debe hacer el sacrificio.

Claro que si de lo que se trata es de reducir el gasto público, suprimir prestaciones sociales y ayudas desde el Estado, quienes mejor pintan son los gobiernos de derechas, que parecen contar con los mejores economistas y especialistas en hacer milagros con menos dinero.

Como la experiencia democrática de España ha venido a demostrar que los gobiernos se parecen bastante entre sí, que el mal que ha hecho descalabrar a los socialistas ha sido la corrupción de algunos militantes, y que la mayoría de los políticos de este país utilizan la cosa pública como plataforma para conseguir un buen puesto en algún grupo privado que  valore el currículum a partir de las actuaciones y contactos conseguidos mientras el candidato gestiona los bienes de todos, es natural que el votante se encuentre algo dividido.

Si desde todas partes se nos dice que hay que estar atentos porque viene el lobo, sería conveniente que nos ayudaran a distinguir el motivo real del confesado, para evaluar si se trata de un fenómeno pasajero con las elecciones generales o más duradero. Porque si algo tiene claro el ciudadano de a pie es que el no ha provocado ninguna crisis, sino que se ha limitado a seguir la pauta que le marcan desde arriba.

Sobre lo que enseñan los Reyes Magos a los niños

Ayer, en la tarde del día 5 de enero de 2008, varios padres llevaban escaleras plegables cuando acompañaban a sus hijos en edades de inocencia. La decisión venía señalada por la experiencia, pues era la única forma de garantizar que sus pequeños pudiesen ver a los Reyes Magos de Madrid y a su brillante cabalgata publicitaria. Reyes que, por otra parte, este año volvían a tener ideología, o al menos, pertenecían a cada uno de los tres partidos políticos mayoritarios en la capital.

La noche de Reyes planteó a quien esto escribe, desde la más tierna infancia, problemas de conciencia. ¿Por qué a algunos niños esas Majestades etéreas a las que gustaba el turrón y el coñac, les traían tanto y a otros tan poco (o tampoco)? ¿Por qué los niños malos coincidían con los niños pobres? ¿Por qué a los hijos de Fulanito les traían siempre los juguetes que yo les había pedido para mí?

Me parece que la festividad de los Reyes Magos enseña a los niños, desde antes de que tengan uso de razón, que hay diferentes valoraciones para los mismos actos, y que los méritos de los ricos son siempre más elevados que los de los pobres. Por eso, quien esto escribe, abogaría por la definitiva democratización de la fiesta. Que todos los padres entreguen, de acuerdo con sus posibilidades económicas, el dinero que pensaban dedicar a los regalos de Reyes de sus hijos, a una asociación municipal sin ánimo de lucro, y que, con él, se compre un regalo para cada niño creyente del municipio. Un regalo de igual precio para todos y cada uno, que se reparta al día siguiente, por sus propias Majestades, mediante riguroso sorteo.

Los mejores Reyes Magos siempre me parecieron, por la fiesta y devoción que generan, los de esas empresas con solera que dedican unos dineros para repartir juguetes entre los hijos menores de diez años de sus empleados (antes llamados productores), y los sortean a la vista de todos.

Si la asociación municipal a la que me refiero más arriba fuera capaz de dedicar la mitad de lo que recaudan a llevar algo de alegría a los niños pobres de un país alejado, todavía me parecería más mágico y educativo el mensaje de esos seres misteriosos que llevaron oro, incienso y mirra a un niño que lo necesitaba todo, según cuentan sus hagiógrafos.

Feliz roscón, amigos.

Sobre algunos blog(s) que mereció la pena seguir en 2007

De un espacio muestral de más de 60 millones, y que crece diariamente con gran dinamismo, nadie podrá pretender disfrutar de la capacidad de poder conocer ni siquiera una minoría. Se leen los blogs de los amigos, de alguno de los gurús que han conseguido imponer una autoridad siempre cuestionable, de los rivales en la misma opción de mercado (política, empresa, literatura, religión, etc) y aquellos otros que, a fuerza de navegar por el espacio virtual, descubrimos un día por casualidad y nos han enganchado.

Valga la primera reflexión: la mayoría de los blogs corresponden a copias de otros, a traducciones más o menos fieles de bitácoras americanas. La segunda viene casi al pelo: una gran cantidad están escritos a la ligera, con errores ortográficos y gramaticales, fieles a una tradición perniciosa de que un blog debe ser algo para consumo rápido.

Los blogs tienen, por lo general, vida efímera. Cuesta mucho tiempo mantener un blog, incluso tratándose de una obra colectiva. Si se prescinde del hecho de que debiera contarse con alguna materia que trasmitir, la regularidad del sostenimiento de un cuaderno exige disciplina. Mucho esfuerzo para obtener, a la larga, veinte o treinta lectores regularmente asiduos.

Hay un grupo de blogs que son sostenidos por gentes de la política, que los utilizan como plataforma electoral o como manera de perfilar su ideario y estar en contacto con potenciales votantes. Bastantes se agrupan por tendencias, cociéndose así en su propia salsa.

Otros blogs están escritos por profesores universitarios, fundamentalmente de alguna de las subramas de la filosofía o la literatura. Entre ellos están bastantes de los mejores. Se advierte que sus autores tienen tiempo para currárselos, y que les sirven para perfeccionar sus ideas, además de para alimentar el ego ante sus alumnos.

Existen, en fin, los blogs profesionales, en los que militan gentes que ofrecen sus productos mercantiles: agentes de la propiedad, restauradores, abogados, economistas, críticos de arte, pintores, fotógrafos, etc., nos obsequian con comentarios sobre las más variadas materias relacionados con sus intereses.

Sobre los amigos de cada fin de año

Por estas fechas, aparecen los amigos de final de año. Quizá sean los mismos que procurarán asistir a nuestro funeral, o quizá no. Lo segundo, es imposible saberlo y no habrá nadie capaz de contárnoslo. Lo primero se manifiesta puntualmente al vencerse el año, cuando recibimos un email, una tarjeta de felicitación o una llamada cariñosa. El resto del tiempo permanecen mudos, ausentes, perdidos entre las cosas que construyen la vorágine de cada existencia.

No se sabe, por tanto, lo que pueden pretender. Tal vez que contestemos a su periódico arrebato, anunciándoles que estamos dispuestos a reanudar la relación perdida, redescubrir la relación profesional sepultada con los años, abrazar -si lo reconocemos después de tanto tiempo- su cuerpo ausente de nuestro recuerdo cotidiano.

Esos amigos ocasionales, cíclicos, tal vez esperanzados, seguramente cínicos, puede que despistados o nostálgicos, nos demuestran que estamos vivos, aunque para lal realidad de las relaciones estemos ya muertos. Hay que agradecerles que nos pidan unos minutos de sintonía, nos hagan rebuscar en nuestra memoria, para sacarlos a ellos y a sus escenas de pasado otra vez sobre la mesa y preguntarnos, en fin, porqué se gastan su precioso tiempo con nosotros, qué quieren, qué pretenden, qué les duele, además de la soledad de una existencia mutua hecha de olvidos, premuras, descuidos, envidias, anhelos frustrados, recuerdos sin futuro.

 

Sobre el problema principal de nuestra sociedad

Puede parecer pretencioso, pero el problema principal de nuestra sociedad occidental es, para Al Socaire, muy fácil de identificar: es el miedo. Tenemos miedo de decir lo que pensamos, de defender nuestras ideas, de perder nuestro empleo, de que nos pidan algo, de que nos roben, de que nos griten, de que nos ignoren, de enfermar, de que no nos quieran...

Estamos tan llenos de miedos, que esa situación nos anquilosa. Tomemos un ejemplo del día a día: la educación de los niños. El maestro tiene miedo de reprender porque teme la reacción de los padres. Se puede pegar a un profesor pero no se deberá tocar a un alumno. Pocos son los educadores que logran imponer su autoridad en las aulas, en un entorno en el que cualquier poder se ridiculiza.

Dejamos por ello, libre el espacio para que el niño crezca en el auge de la libertad: faltos de orientación, siendo libres para lo bueno y lo malo, muchos se dirigen hacia el lado más cómodo, allí donde les indica una egolatría sin tapujos: protestar si no consiguen lo que les place, salir con los amigos el tiempo que les apetezca, disfrutar del sexo sin tabúes, probar todo tipo de sensaciones -incluso el alcohol y las drogas-, ...

El principal problema de nuestra sociedad es no controlar, desde muy niños, a quienes no comprenden por sí solos que hay que respetar a los demás, y que estamos viviendo en una colectividad llena de fragilidades, en el que lo que nos hace fuertes es únicamente ser solidarios.