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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre sobrinos

Empecemos con un relato verdadero:

El anciano cruzaba la calle lentamente  a causa del Parkinson, apoyándose en un bastón y conducido por una servidora, que le advertía, a gritos, de que debería darse prisa, pues el semáforo acababa de cambiar a rojo.

De pronto, las piernas se le bloquearon y cayó al asfalto. Dos transeúntes lo levantamos del suelo y le preguntamos cómo se encontraba, acercándolo a la acera. Pasó un vecino, que se dirigió a él por su nombre, y, como hablando para un público inexistente, dijo: "¿Tiene Vd. hijos? ¡Usted no puede seguir ásí! ¡Llámelos, que le vengan a buscar y le lleven con ellos!".

El anciano, sin dirigirle la mirada, musitó para los que le sosteníamos: "No tengo hijos. Solo tengo sobrinos".

Sigamos con otro relato imaginario, aunque con -algo ocultas, a nuestro entender- sagradas enseñanzas:

La Biblia cuenta que Lot, sobrino de Abraham, -el patriarca que fue urgido por Yahvé para sacrificar a su hijo unigénito Isaac (unigénito si excluimos a Ismael, el que tuvo con Agar, su esclava, porque está claro que hasta para la divinidad hay clases) con la intención de probarle-, se apareó con sus hijas, conscientes éstas de que era la única manera de tener descendencia, ya que no había más varones a la redonda, como consecuencia del castigo fatal enviado sobre Sodoma y Gomorra; para forzar su voluntad, y seguramente obedeciendo al estímulo subyacente de las libidinosas prácticas que habían presenciado antes, lo emborracharon antes.

El sobrino (segundo) más enigmático de las escrituras judeocristianas es Juan el Bautista, hijo de Isabel, prima de la Virgen María. Su nacimiento está envuelto en la misma nube de misterio acerca de la esterilidad de su madre que la que sirvió para presentar la intervención especial que dió lugar a Isaac, el hijo de Sara, al que nos hemos referido antes, también incapacitada para la concepción, en momento en el que aún no se había inventado el negocio de las clínicas de fertilidad.

Sobrinos en la literatura han aparecido algunos: los más famosos son los del tío Gilito, huérfanos menos aficionados a las cosas del dinero que lo que manifestaba su otro tío, Donald, envidioso de quien lo manejaba a paladas, aunque no tuviera que preocuparse por defenderlo de los golfos apandadores.(1)

Está, desde luego, situada en buen lugar, la sobrina de Don Quijote, preocupada por la salud intelectual de su tío, y cómplice, junto con el ama y el sacristán, de la pérdida de magníficos ejemplares de libros de caballería.

En las Crónicas de Narnia, C.S. Lewis dedica muchas páginas (un libro entero) al Sobrino del mago, el loco Andrew, tío de Diggory.

En la vida real, los sobrinos se dividen, en general, en relación con las expectativas de heredar a sus tíos. Si los tíos tienen hijos, y los sobrinos de los que estamos hablando, padres vivos, cada clan se ocupa de sus cosas, y hasta es posible que los primos ni lleguen a conocerse.

Si los tíos no tienen hijos, las perspectivas de un caudal hereditario interesante, suelen acercar a algunos sobrinos al calor del parentesco, tratando de conseguir algún beneficio. De la experiencia en temas hereditarios, los conflictos entre sobrinos por la herencia de un causante muertoe intestato, son pan de cada día para bastantes abogados.

Por cierto, el Código Civil español contiene un artículo que suele levantar sorpresas y ampollas entre legos en relación con el sobrinazgo. Es el 925: "El derecho de representación tendrá siempre lugar en la línea recta descendente, pero nunca en la ascendente. En la línea colateral sólo tendrá lugar en favor de los hijos de hermanos, bien sean de doble vínculo, bien de un solo lado."

En román más paladino (es un decir), los sobrino-nietos no heredan cuando compiten con hermanos del difunto y sus sobrinos vivos. Así que la premoriencia de un sobrino respecto a su tío, deja a los pobres hijos de aquél sin derecho a heredarlo. 

Apresúrense, pues, los posibles afectados por tan cruel disposición a conseguir, en vida de su querido tío-abuelo (o tía-abuela, entiéndasenos), regalos, donaciones o prebendas o, si les es más sencillo, llévenlo a redactar un testamento en el que se les incluya.

(1) Los golfos apandadores es la misteriosa adjetivación de los delincuentes que perseguían el dinero del tío Gilito; sus técnicas para apropiarse de lo ajeno resultaban, ya entonces, tan increíbles como hilarantes. Apandar, término caído en desuso, es equivalente a apropiarse.

Sobre el estado actual y la perspectiva inmediata de la energía nuclear

En un acto multitudinario, el 16 de marzo de 2011 se presentó, en el salón de Actos de la Universidad Pontificia de Comillas en Madrid, el libro "Energía nuclear: estado actual y perspectiva inmediata".

No era exactamente el contenido del volumen, que fue regalado a los asistentes, ni siquiera posiblemente la anunciada conferencia del catedrático de Física Nuclear en la Universidad de Sevilla, Manuel Lozano Leyva, que debería tener como objetivo servir de marco general para adornar el acto, lo que atrajo tanto público.

La situación en la central de Fukushima, con incógnitas respecto al control de un proceso desequilibrado por las fuerzas de la naturaleza, fue, con certeza, el desencadenante principal del interés, inusitado para este tipo de actividades académicas, como destacó el Rector, aclarando que, como era obvio -con una frase desafortunada-, "no corresponde a una decisión oportunista, pues no hemos encargado el terremoto para presentar el libro".

La conferencia de Manuel Lozano fue didáctica. Hizo un repaso sobre los pros y contras de los distintos tipos de energía conocidos para producir electricidad.  Desde el principio expuso su percepción del momento: "Estamos en un momento que va a marcar un antes y un después de la Historia Universal".

Pero, coyunturas aparte, Lozano mantuvo las líneas centrales que había previsto para su conferencia, que dejaban claro porqué precisamos de la nuclear para mantener nuestro nivel de desarrollo.

Porque "aunque debiera estar desacoplado el bienestar social con el consumo de energía", la realidad es que si todos los países convergieran hacia un índice de desarrollo humano (IDH) de 0,9 y se limitaran a un consumo de energía primaria de 3 tep/persona-año,  las necesidades de energía futura mundial -¿en un horizonte de 20 años?- serían el doble de las actuales.

Con un argumentario sólido, no exento de humor, con pocas fisuras para la polémica temperamental, Lozano realizó un repaso rápido, muy ilustrativo, sobre los pros y contras de cada sistema de generación de energía primaria para la producción de electricidad.

"Veo algunos políticos por aquí", expresó Lozano, insinuando que era importante desligar el debate técnico del emocional, después de haber aconsejado la "desideologización" de la cuestión: "Quien más renovables instaló en España, fue franco; las centrales nucleares se erigieron con un gobierno socialista; Endesa, con sus 13 Mw de energía fotovoltaica insalada tiene la misma capacidad de producción que la duquesa de Alba".

Su conclusión fue clara: "Necesitamos más energía, menos combustión; más renovables y más nuclear".

Fukushima "ha de ser una lección", en muchos aspectos, sin embargo. El catedrático de Física Nuclear esbozó algunas vías de actuación inmediata, a modo de ejemplo: "conceder más margen a la seguridad activa, mantener las bombas diesel en funcionamiento durante un cierto período, sin desconectarlas bruscamente del sistema, elevarlas a una altura determinada que las proteja de inundaciones, salvaguardar la refrigeración, mejorar la respuesta de materiales y sistemas sometidos a condiciones extremas".

"Y, por supuesto, reforzar la idea de "la necesidad de información fiable, para contrarrestar alarmas injustificadas: los japoneses lo están haciendo bien".

Mucho que hacer, pero nunca abandonar: "Conocemos la materia a un nivel de intensdidad que sobrecogería a los no expertos. (...) La Humanidad jamás va a renunciar a una conquista tan intelectual y prometedora como el núcleo atómico".

Una cerrada salva de aplausos premió la conferencia, que el ponente pronunció de pie -"porque como profesor estoy acostumbrado a dar así las clases, y por respeto a los que están ahí, detrás, también de pie, al no tener sitio sentados"-.

No hubo coloquio. No se mencionó, pero esperaba a parte de la audiencia un partido de fútbol importante. La razón oficial fue que "habría preguntas para varios debates".

Sería muy aconsejable que la conferencia de Lozano se publicara como separata al libro, del que queremos hacer una mención muy especial al artículo del desaparecido Juan Antonio Rubio, del Ciemat, referencia que fue, hasta el último día de su vida, en estos temas de los que se habla tanto sin saber, y pocos, muy pocos, saben mucho sin conseguir apenas que se les escuche.

Cabe Fukushima

(La preposición "cabe" está en desuso -significa "junto a"-, pero se la encuentra todavía en la poesía y en algunas frases con la que se pretende llamar la atención. Ese Comentario pretende ser un poema; tiene la intención de manifestar solidaridad, respeto y, al mismo tiempo, distancia; obviamente, los destinatarios de un mensaje tan contradictorio son diferentes).

A las 16h de la tarde (más o menos, no vamos a molestarnos en mirar la programación para concretar la hora) del día 16 de marzo de 2011, Madrid y Lyon, dos ciudades europeas, se paralizarán durante un par de horas. Motivo: un partido de fútbol, un juego.

El mismo día, a la misma hora, a 10.000 km de distancia, cientos de miles de personas estarán ocupadas en otra misión, de excepcional trascendencia para ellas. Motivo: recibir la última información sobre el control alcanzado de la situación en cuatro reactores nucleares de la central de Fukushima, afectados por una de las mayores catástrofes naturales conocidas en la historia de la Humanidad.  

De esos cientos de miles, hay 50 personas que tienen un protagonismo especial, porque del resultado de su trabajo dependerá la tranquilidad de los demás: son las encargadas de mantener los parámetros del núcleo de los reactores bajo control, garantizando, en lo posible, la refrigeración de la vasija que lo contiene.

Su tarea está considerada, naturalmente, como de alto riesgo. Se juegan la vida, una muerte prematura, enfermedades degenerativas que no perdonan, duelen. Han sido comparados, por algún imaginativo, con "mineros". Solo son comparables consigo mismo.

Hemos tenido oportunidad de leer y escuchar en estos días muchas opiniones sobre los acontecimientos de Japón, la mayoría, emitidos por gentes que no saben, pero quieren opinar. Lo hacen desde posiciones preconcebidas, argumentan desde una infinita distancia con el suceso, se ponen parches en el ojo propio, intacto, no por simpatía ni por prevención, sino porque tienen miedo y no saben cómo controlarlo.

A unos se les ocurre que se hubiera evitado el accidente de haber elevado 20 m la base de las centrales, porque así el tsunami no habría afectado las instalaciones; otros expresan que nunca debieran haberse instalado centrales nucleares junto al mar, en zona sísmica; aquél dice que el Apocalipsis ha llegado; otros, aprovechan para defender el negocio de las eólicas y de la fotovoltaica; acullá se oye, con un deje a desvergüenza, que jamás nos habría pasado a nosotros, porque la casualidad nos ha puesto, hasta ahora, lejos de los desmanes de la madre naturaleza.

Cabe Fukushima, cabe los expertos japoneses, cabe los que guardan silencio y atienden, con paciencia -y, sí, claro, con miedo, desolación, sueño, rabia- a que los que saben, concluyan.

Habrá tiempo para pensar en cómo protegerse mejor de los terremotos y de los tsunamis, y seguir avanzando en la única dirección que, para la humanidad en marcha, pero en calma, tiene sentido: sabiendo y controlando más las fuerzas de la naturaleza, hasta acabar dominándolas.

Algo que no se consigue, desde luego, por mucho que el Madrid y el Lyon proporcionen a los que quieran divertirse, un buen espectáculo de pelota.

(Por cierto: ¿Ya no preocupa lo que está haciendo Gadafi en Libia? Puestos a revisar, tenemos que revisar muchos protocolos...)

Sobre comportamientos orientales y occidentales

La desgraciada situación generada en Japón por el descomunal terremoto, el consecuente tsunami y la derivada descompensación de los sistemas de control en varias centrales nucleares, que ha terminado provocando (¿se sabe seguro?) la fusión parcial del núcleo de dos de ellas y el escape (¿posible?) de partículas radioactivas con riesgo de nocividad para la población ha puesto de manifiesto, también, la diferencia entre dos formas de entender la vida.

Hay que sacar también enseñanzas de las actitudes. Un mensaje corto de un espontáneo comunicante desde el desastre, traducía en estos términos lo que estaba pasando: "Los occidentales se están marchando masivamente de Tokio; los japoneses parecen más tranquilos".

En efecto, desde nuestro confuso paradigma (permíta el lector que usemos una palabra que hemos denostado), nos apresuramos a sacar a la calle la parafernalia de la demagogia politiquera y ponemos en primera línea de opinión a los que manejan sentimientos y no conocimientos.

Tenemos que decirlo: Sí que es necesario un debate, pero a escala mundial. El motivo del debate sería lo que desea alcanzar la Humanidad, y el planteamiento a discutir tendría dos opciones:

Si, con todas las consecuencias, y asumiendo controladamente los riesgos, con la agresividad de un conocimiento científico observador, creativo y ordenado, deseamos dilucidar hasta el fin, hasta donde se llegue, qué está pasando, porqué, y cómo se produce. Y, por supuesto, distribuyendo entretanto equitativamente los bienes producidos entre todos, premiando solo la capacidad y el esfuerzo.

O si, por el contrario, preferiríamos decir/creer que vivimos conforme a natura, con buenismo aparente compatible con el engaño a los que menos tienen por los que más controlan, diciendo hoy fá y mañana no-fá, sin importar argumentos, tomando a rechifla al que sabe, si conviene al poder imperante, y, obviamente, trasladando los riesgos a quienes no pueden defenderse, no saben, no se enteran.

Nos parece ejemplar el comportamiento de la población japonesa. Hoy, queremos ser japoneses. Por solidaridad, y por estilo. Y, sobre todo, creemos fundamental lanzar un consejo, para quien quiera tomarlo: los que sepan de verdad, que colaboren, se ofrezcan, rindan; los que no sepan y quieran hacerlo así, que recen; y los que no sepan ni quieran rezar, que se callen, que no aturdan, que no jodan.

Con Japón

No ha sido el hombre, esta vez. No fueron aviones conducidos por fanáticos para destruir símbolos del progreso cristiano, sin preocuparse de quienes ocupaban ni edificios ni eronaves. No fueron tribus dominantes exterminando a congéneres peor alimentados y armados.

No fueron exaltados que pretenden convencer de que estarían mejor si se les dejara aislados en su cortedad intelectual, asesinando inocentes -todos los demás somos inocentes-.

Esta vez, el culpable no tiene otro nombre que la precariedad del material en donde nos han puesto la evolución y la genética. Un planeta que se enfría, formado por placas inmensas de material rocoso que se superponen y chocan al contraerse, y una masa de agua gigantesca para la dimensión del ser humano, agitada por esos movimientos de la corteza sólida y sujeta al influjo de los astros.

Los sobrecogedores sucesos de Japón han desatado algunas líneas de reflexión y muchas opiniones. Hemos llegado, a base de observación, estudio e hipótesis, a explicar bastante bien el comportamiento de este soporte físico.

Es cierto también que lo hemos contaminado, calentado, explotado hasta casi su extenuación y poblado con una densidad que no hubiéramos imaginado, no ya los antepasados cavernarios, ni siquiera nosotros mismos. Nos ha sido imposible, hasta ahora, ponernos de acuerdo sobre otro objetivo que no sea el aprovechar al máximo lo que tenemos a disposición.

Desgraciadamente, no controlamos todos los efectos de la naturaleza y, aunque podemos detectar con antelación casi todos los que tendrían resultados catastróficos, y hemos procurado protegernos contra ellos (más donde viven los más ricos), no podemos reaccionar a tiempo contra los que son muy graves y se producen muy cerca.

Casi siempre lo que echamos en falta es el tiempo. Nos falta tiempo. Diez minutos no han sido suficientes para salvar esos miles de vidas que hn sucumbido ante una ola gigantesca que se llevó todo por delante.

Y, además, no podemos preverlo todo, ni protegernos, por tanto, cuando los accidentes se presentan a su máximo nivel de ocurrencia, con las mayores capacidades destructivas.

Algunas de las casi 50 centrales atómicas de Japón se han visto gravemente afectadas por el terremoto de grado 9. Parece que en dos de ellas se ha iniciado la fusión del núcleo del reactor.

Los técnicos japoneses, auxiliados por especialistas de todo el mundo nuclear, y reforzados con las oraciones y plegarias de los creyentes más variopintos, se esfuerzan en controlar la situación.

Lo conseguirán, a pesar de los gritos de yatelodecíayo, la algarabía, de quienes creen hacer un favor pidiendo que renunciemos a lo que ha pasado a formar parte de nuestra esencia: vivir lo mejor posible. Y la energía nuclear es imprescindible para ello. A pesar de los que chillan y a pesar de los riesgos que supone el que la Naturaleza y el azar nos lo seguirán poniendo muy difícil.

Tenemos confianza en que vencerán, venceremos. Vencer o morir, esa es la máxima. No hay medias tintas.

Estamos con Japón, con los japoneses, junto a su dolor, y con confianza en la fuerza de la inteligencia y el saber hacer contra la de la naturaleza. Os admiramos, compañeros.

Entre aficionados al reportaje, testigos y protagonistas

La masiva incorporación al mobiliario cultural de los aparatos audiovisuales, ha significado la eclosión de una categoría de individuos -nada en realidad, les une, salvo el adminículo- que se afanan en recoger, prácticamente a tiempo real, las escenas de aquellos actos en los que, en teoría, debieran actuar como testigos, ser sencillamente espectadores y, en algún caso, incluso partícipes del suceso.

El despropósito es patente, tanto en ceremonias públicas como privadas, en situaciones casuales como forzadas.

Surge el arrebato de plasmar lo que está sucediendo con la cámara o el vídeo, no importa si el sujeto se ve de pronto cerca del personaje público que quiere dispensar sus (por lo general) insulsas declaraciones, o si ve a otros en posición que se le antoja memorable, o se encara, tropieza, ha pagado para ello o fue invitado, en cualquier acontecimiento ajeno o familiar, casual como provocado, fortuito como adrede.

Miremos el producto final de la obsesión por hacerlo todo imagen guardada en el coleto propio. Si de accidentes trata, vemos junto al herido o el cadáver -ejecución, tropiezo, atropello, asesinato-, decenas de individuos que blanden sus cámaras y teléfonos, registrando el momento para sus archivos particulares, importándoles más atender al diafragma que a la víctima o a sus deudos.

Si es por boda, bautizo o evento íntimo, revolotea en torno a contrayentes, neófitos, oficiantes o inocentes causantes del barrunte, una pléyade de amigos, familiares y curiosos que, vulnerando su deseada presencia cabal como serenos testigos, se convierten, merced al toque de san Vito que promueve lo digital, en innecesarios reporteros gráficos del acto, pasando a ser un incordio para los que están, de verdad, a la faena.

Ténganse en calma los obsesos del dedo puesto en el gatillo. Acérquense, por favor, al papel que les corresponde en la ceremonia, acto o circunstancia a la que asisten. Si en acontecimiento familiar, pónganse en línea con los protagonistas y testigos; déjen el aparellaje en casa, si a ejercer ese menester de recolector de imágenes no han sido expresamente convocados, y si lo hubieran sido, aparquen convulsiones frenéticas, seleccionen momentos, borren luego sin piedad lo que no sirva.

Y si, por lo que sea, se tropiezan con el duelo de otros, intimidades vulneradas, desgracias colectivas, sean discretos, mantengan la distancia, no sea que les caiga encima la maldición que se reserva a entremetidos. Piensen en lo que les gustaría si fueran ellos mismos, en vez de mirones encelados en píxelar la realidad, pacientes, víctimas, sujetos y no objetos no tolerados de objetivos.

Sobre lo importante

No llaman. No acuden. No responden. No preguntan. Están, dicen, totalmente ocupados. En cosas importantes y urgentes. Se cruzan en la calle con el otro, hacen un gesto, provocan un roce frío, y se van, como el conejo blanco de Alicia en el país de las maravillas. "¡Qué tarde es!".

"No llego". "No tengo tiempo". "Estoy agotado". "No doy abasto". "Un día de estos, nos vemos y te cuento". "Ni te imaginas".

Así van pasando los días, los meses, los años, y el silencio, que todo lo ocupa, va llenando lo que debería estar ocupado por el cariño, los afectos, el momento relajado, el recuerdo, la simpatía, la complicidad.

Tal vez les ayudemos diciendo que no nos engañan. Sabemos, sencilla y simplemente, que no es cierto que estén tan ocupados. Están, en realidad, perdidos en su incapacidad para resolver, en su poca atención a los que necesitan ayuda. Huyen, y en su gran inestabilidad emocional se creen imprescindibles.

Imaginan que pueden convencernos que de lo que están haciendo (sea lo que sea) solo ellos tienen la clave.

Así que, cuando los veamos pasar, fugaces, atropellados, convulsos, disculpándose por no tener tiempo para nosotros, podemos gritarles, girando nosotros la espalda, para que nuestro mensaje les alcance nítido: "¡Adiós, amigo!. ¡Feliz viaje hasta tu destino en ninguna parte!.¡Cuando tengas tiempo, piensa en recoger los afectos que se te han ido cayendo por el camino!"

A la inmensa mayoría, desde la exigüa minoría

"A la inmensa mayoría" es el título de un sobrecogedor poema, con base que pudiéramos calificar de programática, de ese artista de la palabra llena de mensajes, que fue Blas de Otero, y que está recogido en su poemario "Pido la paz y la palabra" (1955).

Estamos en tiempos de alardear de contar con apoyos de la inmensa mayoría. Políticos, responsables de entidades financieras, organizadores de eventos, pertenecientes a claustros, asociaciones deportivas o patios de vecindad, se creen con el control de las inmensas mayorías de lo que pretenden representar o defender.

Nosotros somos conscientes de pertenecer a la exigüa minoría de los que cumplen las condiciones siguientes:

1. Estar convencidos de que España está atravesando por un período oscuro de su Historia, en el que la mediocridad, la improvisación la apatía y el desánimo, se ha asentado en los principales centros de decisión.

2. Haber advertido que quienes tienen opiniones más fundadas en la mayoría de los temas no encuentran los foros adecuados para expresarlas, no cuentan con la difusión que sería imprescindible y, en no pocos casos, han renunciado a comunicarlas al exterior, conscientes de que solo obtendrán descalificaciones frontales, tendentes a ridiculizarlas.

3. Ser conscientes de que la base cultural de la población se ha hecho más amplia, pero mucho más frágil: son muchos más, desde luego, los que tienen títulos y diplomas, pero no son más los que saben en profundidad de algo concreto y gozan de una formación sólida. En consecuencia, nos encontramos con un país que se cree culto y educado, cuando en realidad es frívolo y torpe, especialmente en comparación con los países más avanzados.

4. Haber detectado que la Constitución y las leyes electorales han convertido la llamada esfera política en un sistema reproductor de alternancias que alimentan la falta de programas coherentes, abocando a la representación parlamentaria a un bipartidismo ineficaz. Las regiones que han conseguido a tiempo poner en pie partidos localistas (por haber reclutado líderes populares) han obtenido un peso desproporcionado, y desestabilizador, sobre los intereses de la mayoría. 

5. Defender la calificación de que resulta un despropósito pretender para España, país intermedio, el liderazgo en temas económicos, sociales, asistenciales o de política internacional. El resultado será (es) únicamente una pérdida de credibilidad, de solvencia económica y de esfuerzos, dispersos en propuestas que no redundan en beneficio de la ciudadanía española, y se pierden en un contexto internacional en el que no se ha configurado por las grandes potencias una voluntad de avance conjunta.

6. (seguirá, tal vez; pero, entretanto, si le apetece, el lector puede prolongar la relación de agravios de la exigüa minoría...)

Sobre la implantación de un mercado gasista en España

La Presidente de la Comisión Nacional de la Energía, María Teresa Costa, ofreció el 8 de marzo de 2011, con ocasión de la presentación del Tratado de Derecho de Gas Natural del que es autor el profesor Iñigo del Guayo, algunas interesantes reflexiones sobre la implantación de un mercado gasista en España.

Trataba Costa de responderse a sí misma a la pregunta acerca de si se dan en nuestro país las condiciones para ello, y concretaba su apreciación en los siguientes puntos:

1) Existe una red solvente con más de un 20% de exceso de capacidad. Es decir, no hay barreras de entrada a nuevos consumidores.

2) Se recibe el suministro de más de 10 países, y en gran parte, en forma de GNL, lo que proporciona una oferta muy amplia, con una competencia robusta. La puesta en servicio de la red Medgas, con la conexión con Argelia, con capacidad para abastecer el 30/35% de las necesidades, confiere aún mayor solvencia y capacidad de respuesta al sistema.

3) Se cuenta con una muy buena regulación de acceso a la red, con operadores independientes, lo que facilita la igualdad de condiciones de competencia para las 15 empresas actualmente activas, aunque pudieran ser "muchas más".

Lo que necesita el mercado gasista, para esta catedrática cuya "profesión transitoria" (así la caracterizó) es la de Presidente de la CNE, es la creación de un mercado organizado. "El principal déficit que  tenemos es el de que es muy difícil hoy averiguar, incluso para el regulador, los precios del mayorista del gas."

Como consecuencia, para el cálculo de la tarifa último recurso, se ha tenido que recurrir a referencias internacionales, (como el índice Henry Hub para el mercado spot norteamericano), lo que ha motivado la generación de "un memorial de agravios" por el que se argumenta que en España cuesta más caro el gas al usuario final, y (esto ya lo decimos nosotros) la previsión de la generación de una nueva burbuja, como han denunciado diversos comentaristas.

Desde la acribia: condiciones para triunfar

La acribia (o acrivia) es una palabra hermosa, caída en desuso, por la que se caracteriza el rigor, la exactitud, el cuidado por la palabra precisa, con que se ha dotado un escrito. Alvaro D´Ors, maestro del Derecho, la designaba como una cualidad imprescindible para el jurista.

En esta época de internet y del consumo, no está de moda escribir con acribia, sucumbida ante la improvisación, la ligereza y el descuido formal. 

El 8 de marzo de 2011,  Gaspar Ariño Ortiz, catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad de Madrid, y respetada referencia en el mundo de la abogacía y experto, por sus buscados dictámenes, en la no siempre cómoda labor de ayudar a dilucidar lo que es justo a partir de lo que es legal, sacó a pasear la palabra en el salón de Actos del Club Español de la Energía.

La ocasión era la presentación de un Tratado de Derecho del Gas Natural (Ed. Marcial Pons, dic. 2010) que había escrito Iñigo del Guayo Castiella, también catedrático de Administrativo, en la Universidad de Almería. Con acribia, dijo Ariño que había sido escrito el libro, y caracterizó al autor como "un lujo de España".

Como Ariño tiene tablas más que suficientes para seducir al auditorio, les robó la parte más dulce del protagonismo a otros teloneros ilustres: ni más ni menos que María Teresa Costa (presidenta de la CNE, que estuvo didáctica y comprometida en su disertación, y a cuya charla dedicaremos otro comentario) y Antonio Llardén Carratalá, presidente de Enagás, quien condensó en unos magníficos 15 minutos el panorama actual y el inmediato futuro en relación con la creación de un mercado organizado del gas.

Atribuyó Gaspar Ariño, a su discípulo catedrático, (quien confesó luego haber vencido -ante tantos elogios- la "tentación de huir", para someterse, al cabo, a decir lo que tenía preparado), "las cuatro condiciones para triunfar: disciplina, focus, passio, patientia". Glosó la idea sin acudir a papeles. No le hacían falta, pues no era la primera vez que este avezado polígrafo, culto y socarrón, recurría a tal mensaje de sabiduría clásica para aconsejar a nuevos navegantes.

Fue fórmula segura para ganarse al público y recoger los aplausos más intensos, de una Jornada que Juan Bachiller Araque, anfitrión del encuentro, no dudó en calificar como la más brillante que se había realizado en el Club desde que él había asumido su Dirección General, felicitando a los asistentes por haber sido testigos de ese evento.

No nos regalaron el libro, así que poco podemos decir del objeto material del evento, y menos con acribia. Por las esencias esbozadas, promete; y en la separata nº 30 de Cuadernos de Energía, el propio autor hace un resumen de sus diez capítulos, avanzando propósitos y algunos contenidos.

En el día de la mujer trabajadora, haciendo un repaso

Ni siquiera lo que es objetivamente bueno, lo es sin matices.

El reconocimiento de la igual capacidad de ambos sexos, venida de la posición menos rotunda de no discriminación de la mujer y, en algunos sectores, encastrándose hacia la insolente discriminación positiva, no tuvo un camino fácil desde el desprecio hacia lo femenino.

Porque la mujer se consideró, en una mutación de valores provocada en no se sabe bién en qué momento de la historia, más débil, más frágil, menos inteligente. Un objeto hermoso; alguien necesitado de protección especial; un ser de poco o ningún valor, no apto para la guerra, aunque sí para el trabajo; una esclava; una prostituta o un objeto carnal; un estorbo; la mitad en valor de un varón...

No alardeemos de nuestra hipotética sensibilidad para defender lo más adecuado para resolver todos los casos. Hay anécdotas archirepetidas que sirven para apuntar hacia luces y sombras, abriendo polémicas que resultan muy del gusto de los que a todo le quieren dar la vuelta sin profundizar en el meollo.

En su momento (ayer, 1931, Congreso de los Diputados), cuando se abrió -con las reservas de quien no está seguro de que el vino no se haya agriado después de cientos de años en las barricas abandonadas en los sótanos de lo que es más urgente, oportuno o conveniente- el debate sobre el sufragio femenino, Victoria Kent y Clara Campoamor, las dos únicas diputadas de aquella República heroica, discreparon sobre lo que era mejor. Ambas tenían razón, posiblemente.

Se nos llena hoy la boca con la defensa de la paridad de sexos en los Consejos (mujeres: Alicia y Esther Koplowitz y las hijas de la segunda, Ana Patricia Botín, Amparo Moraleda, María del Pino, Covadonga O´Shea,...; pero también podíamos apuntar a cómo se eligen los hombres más capaces, tantas veces después de pasar los filtros del linaje y calibrar la fuerza de los dineros).

Nos llevamos las manos a la cabeza ante tanta violencia de género (aquí corren más peligro las Merylin, Betsabé, Celia Ignacio,...; pero no se puede generalizar: entre los asesinos hay gentes de orden con permiso de armas,  amantes despechados hábiles con la navaja o el martillo).

Estamos aún lejos de las 3 mujeres asesinadas a diario, en escalofriante promedio, en Turquía, (ese país cuya cercanía nos es imprescindible a la Europa bamboleante). Puede que lleguemos, si nos obstinamos en hacer publicidad de la locura, del desprecio al otro, de la "prostitución consentida", de "fórmulas para disfrutar plenamente del sexo" en las que la mujer cuenta como adminículo. Puede que lleguemos, si animamos a los adolescentes a que sigan los instintos de su naturaleza... y si, desde las alturas, confundimos igualdad de género con técnicas de folclore electoralista.

A favor del trabajo de la mujer, por supuesto. Pero, aún más, a favor del acceso sin trabas a la cultura, a la formación, al ocio. A favor de que la mujer, a igualdad de tarea, gane lo mismo que el varón de idéntica capacidad y desempeño, por supuesto. Pero no a costa de que el ("gran") empresario se beneficie más porque tenga la opción de elegir entre mayor oferta de trabajo.

A favor de que la mujer pueda realizarse con un trabajo adecuado, digno (qué palabra), leal, útil, remunerado adecuadamente. Claro. Pero no presentando como si fuera un logro su acceso a los Ejércitos, al frente de las batallas, a los trabajos más duros, las tareas de máximo riesgo. Y también a favor de otras formas de realización que no impliquen necesariamente trabajar para otro, sino por otros. Para varones como para hembras.

Hay tanto por hacer...se cuelan tantas voces que distorsionan el mensaje. Convivimos con tantas trampas, que a veces, creyendo avanzar, giramos en tiovivo.

Sobre el homo pedisequus

Con el comienzo de la campaña electoral, se produce la movilización de quienes ocupan cargos políticos y de cuantos conforman el aparato de los Partidos, a la búsqueda del homo (o mulier) pedisequus.

Esta otra subespecie imaginaria de la naturaleza humana, diferente del homo politicus pero indisociable de él, no adquiere carta de naturaleza, en realidad, más que con ocasión de los períodos de elecciones.

En ellos se encarga, el pedisequus, con su presencia entusiasta, vociferante y entregada, de dar color a mítines, algaradas de Partido, caldeiradas, bocadilladas, paelladas o fabadas.

Aplaudirá con devociones sin tapujos, oreará con ardor infantil banderitas, lucirá gorras, coreará eslóganes y hasta besará, como si fueran santos, manos, rostros y pies de quienes ocupen púlpitos y estrados.

Es un misterio, que tal vez correspondería dilucidar a sociólogos y  a quienes analizan los entresijos de la sociedad civil, desentrañar las razones que guían al pedisequus. ¿La expectativa de una prebenda, un puesto en el duerno en donde comen quienes, por oficio principal, tienen repartir y controlar el erario público?

No parece que sea así, pues, salvo en las primeras filas de asientos, y a salvo de los jóvenes militantes que, dispersos por el espacio en donde se celebra el encuentro, mantienen en orden sus propias aspiraciones, solo se ven anónimos ciudadanos, más aptos para disfrutar de viajes del Inserso, más amigos de la partida de pinacle o del chuletón a la brasa que de pasar frío a la intemperie ideológica.

¿Será la nostalgia de una creencia juvenil que hoy quieren ver plasmada, a pesar de los afeites y la decoloración, en esos programas desvaídos, posiblemente tan faltos de directriz como de ideas, con los que los jefes de las tribus de politicus quieren encantar los oídos, como flautistas de Hamelin de una travesera con solo un agujero?...

Quién sabe lo que pasea por la mente de los pedisequus. Lo que es más fácil es adivinar lo que pretende el politicus, su especie dominante.

Utilizar la fácil movilización del pedisequus para convencer a esa otra masa más reacia, que conforma la mayoría de la sociedad civil, el homo adumbratus, de que hay que votar porque toca, por responsabilidad ciudadana, por garantizar que las cosas no empeoren, porque los otros no repitan o no vuelvan.

Aunque, a la postre, la razón principal seguirá siendo, para estos adumbratus (desanimados, indolentes, ahítos, cansos, vagos) qué se puede hacer mejor con una hora de un domingo de final de primavera que acercarse a que te vean los del barrio cómo introduces en la urna una papeleta con lo primero que se te pasa por la cabeza.

A mala crisis, buena cara

Ofrecemos a continuación, para ilustración de adolescentes y regodeo de mayores, algunas combinaciones de palabras que la crisis ha sacado del armario y vuelto a poner en el tafetán de las conversaciones callejeras.

Porque han de ser unos cuantos -con permiso del Funcas y sus estimaciones sobre la economía sumergida- los que no tengan ni para pipas, aunque a nadie le gusta reconocer haberse quedado sin blanca, esto es, estar a la cuarta pregunta.

No es lo mismo estar en las últimas que estar a la última, cosa ésta que, en contra de los vientos que soplan, sigue habiendo bastantes que se toman muy a pecho, -y a despecho de muchos a los que, como les va mal, no les sienta bien- ya sea vistiendo de Dior, de Armani o de lo que decida el último rey de la moda que haya que ponerse o quitarse (aunque, dicho sea en honor a la verdad, con las mujeres jóvenes siempre han tenido fácil hallar la decisión de más efecto).

Si está en la situación delicada en la que los demás sospechan que no tiene dónde caerse muerto (aunque es muy probable que no muestren la menor intención de echarle un cable), lo aconsejable es que haga de tripas, corazón, y acepte cualquier curro, aunque no tenga ni pajolera idea de lo que se va a traer entre manos, ni entienda de la misa la media, la misión le deje a la altura del betún o le suponga ponerse de mierda (con perdón) hasta las cejas.

Con el agua al cuello, después de meses de estar en dique seco y ver acaso cómo le han dado con la puerta en las narices miles de veces, estará dispuesto a todo, desde atracar un Banco, tirarse al monte o liarse la manta a la cabeza, aunque tendrá que cuidar que no le pillen con las manos en la masa, ni arriesgue meterse en un fregado del que no pueda salir o, después de haberse enganchado otra vez a eso del curre, le pongan de patitas en la calle por pasarse de listo o hacer sus necesidades líquidas fuera del tiesto (que ya sería mala puntería).

Le vaticinamos que, si se ve obligado a estar a la que salta y agarrar lo primero que se le pase por delante de las narices, trabajará como un negro y, además, le pagarán -consecuentemente, quizá- en el mismo color. Pero quién se andará con remilgos en caso tan sangrante. 

No espere un chollo, olvídese de peritas en dulce, de la posibilidad de no dar ni clavo o pasar la jornada papando moscas o calentando la butaca. Sudará la camiseta aunque no la lleve, y, además, una de las que le caigan de la frente, será la gota gorda.

Si se decide, con todo, a atracar un Banco o a dar la nota a la desesperada, apechúgue con las consecuencias si le trincan con el paso cambiado, habiéndola pifiado (existen otros sinónimos, que solo se usan en películas). Para no ser cogido en pelota (o pelotas), como para todo, hay que saber, y en una tierra en la que hasta el más tonto hace relojes (o paraguas), no hay que confiar en que se pueda tocar la flauta por casualidad, tanto haya Vd. nacido de pie o con una flor en salva sea la parte, que ya son rarezas (especialmente, esta última).

Resumiendo, que a mala crisis, buena cara. Y que no hay mal que cien años dure (ni cuerpo que lo resista, desde luego). Y que nunca llovió que no parara. Por eso, si está entre los pobres desgraciados que se han visto afectados negativamente por la crisis, aguante el chaparrón, aproveche la mínima para echarse algo al coleto y, como norma general, en la travesía del desierto, no enseñe nunca el trasero a quien no le vea intención de taparle las vergüenzas y sí solo de tomarse su dolor a chirigota, que de todo hay en la viña del Señor, y más, en Carnestolendas.

A medida que se nos van ocurriendo

Se han publicado varias medidas para reducir el consumo energético y, en especial, el de derivados del petróleo. Porque aunque no tenemos problemas de suministro (ya veremos), la factura de nuestra dependencia energética exterior ha subido (los especuladores aprovechan para darle una patada a seguir al precio del barril Brent cada vez que se mueve algo en el Cercano/Lejano Oriente).

Tendemos a atribuir, tal vez equivocadamente, las decisiones desde el Gobierno, no a la clarividencia de los miembros del Gabinete, sino a su capacidad para movilizar la capacidad creativa y de análisis de los funcionarios, activada, por supuesto, con el estímulo de las ideas que provienen de las gateras por donde se manifiesta la sociedad civil, incluído en ella, las que se emiten desde las oposiciones.

Pues bien, las medidas que se han divulgado en la pretensión de la reducción del consumo de petróleo, son la demostración patente de que nuestra capacidad de creación colectiva está agarrotada, carece de señal válida.

En estas condiciones, es lógico que quienes tienen que elegir entre las propuestas que se les presenten, o promover directrices, evidencien, ayunos ellos mismos del necesario dinamismo, un panel de iniciativas incoherentes, fruto combinado de la rotunda falta de ideas y de la incapacidad de los gestores de los recursos humanos que nos sacarían del atolladero.

Sería de agradecer que, en lugar de tanta proliferación de estudios de cabezas de ratón intelectuales dando consejos sobre lo que se debería hacer o no, de tanta crítica frontal o lateral hacia cualquier elucubración que venga de contrario, pongamos orden en este gallinero, provocando un debate global, descarnado, ideológicamente neutro, cara al público, sin afeites, en el que todos los que tengan algo que decir lo expongan en positivo, nos lo cuenten sin fisuras y que un Comité de Venerables (que no sabemos dónde están, ni cómo se integraría, ni siquiera si nos importa), formado por gentes con credibilidad y con  capacidad para decidir, después de haber impulsado el debate, saque consecuencias y proponga acciones que nos convenzan.

Porque, hasta ahora, lo que trasciende es que ningún gurú, colectivo ni plataforma tiene la visión de conjunto, nadie está libre para opinar con objetividad, nadie sabe lo bastante ni poseer carisma para convencer al vecino, que se encuentra revestido del mismo o parecido oropel intelectual, y que se ha olvidado, por el paso del tiempo con la púrpura, de que debajo va desnudo.

Así que es imprescindible elevar el nivel un escalón y, para ello, los menos  indicados son quienes adoptan las medidas a medida que las van recogiendo de los despachos, de los cenobios, de la calle, sin capacidad para filtrarlos ni tiempo ni autoridad para ordenar que alguien lo haga.

Tanto nivel de mediocridad e improvisación nos aturde, nos desanima, nos asquea.

Sobre la mujer árabe

No hay mujeres. No hay mujeres en las manifestaciones de descontento que están consiguiendo derrocar, en acción que tiene elementos de explosión por simpatía (1), a varios de los regímenes dictatoriales islámicos.

Muy pocas, en cualquier caso. Aunque los comentaristas occidentales se han esforzado en presentar, sobre todo al principio, lo contrario.

No hay mujeres entre los miles de desplazados que se agolpan ante las fronteras tunecinas, huyendo de la guerra civil libia; hay escasas mujeres entre los egipcios, marroquíes, jordanos, argelinos, iraquíes, dakaríes, que apoyan un cambio, una apertura del poder, mayor libertad.

¿Dónde están?. Por supuesto, en sus casas. Encerradas en sus casas, impedidas a expresarse por sus maridos, sus hermanos, sus padres, sus clanes y tribus; también, por las mujeres mayores, o las más cansadas, decepcionadas o arrepentidas de que nada puede hacerse ante la superioridad física, intelectual, divina, del varón.

Podemos mirar hacia otro lado, concentrar nuestros esfuerzos de colectividad distinguida en perseguir la violencia de género de nuestros espacios, hacer difusión de los casos de ese par de cientos de enajenados que matan o hieren a sus parejas porque las quieren solo para sí, porque la mujer es su posesión.

Ahí cerca, justo donde hasta hace pocos meses nuestros dirigentes se sentaban complacientes para negociar las compras de petrólego, gas o minerales con esos sátrapas que se habían instalado en un poder omnímodo sobre los hombres de sus pueblos, una mitad de las poblaciones no tiene prácticamente derechos.

No tiene nada que ver con la religión. Hace mucho tiempo que Dios, con letras capitales o minúsculas, ha desistido de entrometerse, dándonos órdenes sobre la mejor forma de ordenar nuestras miserias.

Tiene que ver con la voluntad de dominio de unos seres humanos sobre otros, y con la tolerancia cómplice de quienes pudiendo decir, simplemente, no quiero saber nada de negocios contigo mientras mantengas una situación que priva de derechos a mujeres y a quienes tienen opiniones contrarias a las tuyas, se encogen de hombros, toman una taza de té tras otra en jaimas con aire acondicionado, y acaban firmando unas compras que les harán más dependientes de la alianza de nuestros pueblos con el retraso, la esclavitud, la barbarie.

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(1) Términos por los que se expresa que una detonación se propaga desde una masa que ha entrado en explosión, a otras, separadas de ella.

Con fabes y con sidrina, non fai falta gasolina

Ibamos a titular este Comentario con el más técnico eslógan de "Con aerogeneradores y coche eléctrico, solucionado el problema", pero, a última hora, nos pareció que ese otro recogía mejor el espíritu inconsistente que se ha colado entre los asesores, los pagados como los espontáneos, del Gobierno español, en desgraciada desbandada intelectual.

Hay que decir, de inmediato, aunque nos duelan prendas por lo que implica tan desolada visión, que el horizonte de las ideas está yermo tanto a derecha como a izquierda, aislados los reductos de sensatez rodeados por indios que lanzan flechas contra los carros y ululan amenazando con cortar las cabelleras.

Una visión en la que toda la electricidad sea proporcionada con aerogeneradores y en la que la mayoría de los vehículos movidos por derivados gasoil o gasolina sean sustituidos por otros con baterías recargables, parecería propia de un émulo de Julio Verne, que quisiera divertir a los seguidores juveniles y, de rebote, aaspirara a pasar a la historia de la literatura de ficción como un clarividente imaginativo.

En la presentación del Informe Cambio Global España 2020/2050, se abrieron, al final, 20 minutos de coloquio, en las que hubo dos intervinientes muy especiales, ambos ingenieros de minas, que, a contracorriente de la curia que oficiaba, formularon sendas serias objeciones al modelo propuesto.

Lo hicieron, como ha de ser la norma en cualquier formulación técnica, de forma educada y serena, sin alardes demagógicos. Lo que sucede es que, si sus argumentos forman parte del futuro debate necesario, el hueco que se les dispensó resultaba ridículo; y si (como pudiera parecer) ya han resultado fagocitados por la fuerza de la opinión mayoritaria y mejor fundada, su manifestación pudiera sonar a la de un residuo vencido, al que se concede, cortésmente, el derecho a la última palabra antes del cadalso.

Nos parece que lo que está sucediendo en España es que no hay debate, porque no hay deseo de debate; falta, también, un coordinador, un Comité o Consejo ciudadano que promueva las opiniones, valore argumentos y efectos económicos y sociales, y proponga o tome él mismo decisiones, actuando en claro beneficio de la colectividad y no de iluminismos.

Alberto Carbajo, director de distribución de Red Eléctrica, expuso por enésima vez, que la energía eólica necesita una energía de soporte que garantice cubrir las necesidades de la red, absorbiendo las diferencias entre la producción y el consumo. Es decir, no será posible jamás llegar a un 100% de producción eólica, considerada como única fuente de suministro.

La respuesta de Joaquín Nieto, cuya cualificación académica no nos consta expresamente (en su currículum de sindicalista figura un Premio como periodista ambiental) fue algo así como "Alberto, lo estás haciendo muy bien, pero has pronosticado otras veces que era imposible lo que que habéis acabado haciendo, lo que prueba que necesitáis que se os pongan retos, para estimularos. Estoy seguro de que encontraréis la solución al problema".

Antonio González, director técnico del Foro Nuclear, se concretó en una aparente contradicción del Informe: renunciar a la energía nuclear para España, cuando se hace notar que las medidas a adoptar deben contar con un contexto globalizado, y en ese mundo global, la energía nuclear es uno de los factores con los que cuentan los países con mayor desarrollo.

En este caso, no fuimos capaces de apreciar un comentario específico desde la mesa. Después de todo, debe bastar a la docta audiencia intuir que se trata de una energía que no es sustentable, que depende de minerales de importación y escasos en el mundo, que sus centrales son peligrosas y que, ah sí, los residuos radioactivos tienen una duración casi infinita y provocan efectos letales o gravísimos sobre las poblaciones, como se sabe desde la bomba atómica de Hiroshima y la explosión de Chernóbil.

Por fin, la ciencia se ha unido con el saber popular para hacernos avanzar, seguros, en la senda de los despropósitos. Mientras la masa descansa tranquila y confiada (quizás), la mayor parte de los que saben de energía y trabajan en la investigación aplicada, se retiran cada noche a sus casas, con la sensación amarga de haber perdido la batalla del futuro, mientras se les pone toda la responsabilidad del presente en sus manos y cerebros.

Esclavos por su superior conocimiento, parias de la irresponsabilidad colectiva, que confunde lo que sería deseable con lo que nos conviene y podemos.

Sobre los efectos de la tecnología backcasting sobre el calentamiento global de los cerebros

El 1 de marzo de 2011, en la sede de la Escuela Universitaria de Estudios Empresariales de Madrid, se presentó en sociedad el Informe realizado por varios eminentes ambientalistas, (involucrados activamente -y en algunos casos, también de forma económica-, en el mensaje), por el que se desarrolla una pauta de cambio drástico para la generación y consumo de energía de la sociedad española.

El trabajo se llama Cambio Global España 2020/50 y, según explicó uno de sus directores principales -Pedro Linares, de la cátedra BP de la Universidad Pontificia de Comillas-, utiliza la tecnología backcasting que, como aclaró para los no iniciados, no trabaja desde el escenario de partida para deducir las correcciones que habría que implementar para llegar al deseado, sino que lo hace al revés: definido el escenario deseable, analiza los plazos, recursos y la viabilidad de llegar a él desde el que sirve de plataforma original.

El otro director del Estudio es Joaquín Nieto, presidente de honor de la Fundación SustainLabour, sindicalista de peloenpecho y excelente comunicador, propietario ejerciente de esa voz potente y firme con la que se es capaz de seducir al auditorio con cualquier argumento, sea la necesidad de comprar un aparato para pelar verduras o lo imprescindible de aprovechar la energía eólica para abastecer todas nuestras necesidades de elecricidad.

Nos gustaría militar en el grupo de quienes están convencidos de que tienen las claves para movilizar el cambio de las pautas de producción y consumo de nuestra sociedad. Nos encantaría poder tranquilizar nuestras conciencias y, sobre todo, poder llevar a casa suficiente dinero para mantener un tren de vida satisfactorio,  realizando de vez en cuando algunos informes subvencionados, en los que incluiríamos muchas gráficas y un número insuperable de escenarios con previsiones y premisas casi ininteligibles.

Nos parecería, además, como ejercicio de levitación propio de nuestra superior naturaleza, que pudiéramos acogernos, una y otra vez, a la incontrovertible idea central de que el progreso de la humanidad ha sido perverso y de que, purgando hoy solidariamente los pecados de nuestros antepasados, y a pesar de que los españoles no fuimos precisamente los más pecadores de la historia, tengamos que dar ejemplo, a costa de nuestro suicidio colectivo si fuera preciso, de voluntad de redención.

Si todo fuera así, dedicaríamos nuestro empeño a lanzar mensajes salvíficos sobre la necesidad de abandonar tecnologías avanzadas, recuperar los paisajes y ríos contaminados de nuestra feliz infancia, proclamando que la verdad está en adorar el aire y el sol y que lo intuitivo supera al fruto de la reflexión, y que la verdad elaborada trabajosamentte por la Academia ha de subordinarse al dogma revelado al chamán de la tribu por las telúricas voces.

Con vigor renovado, pasaríamos a fuego a nuestras ciudades a las que calificaremos de esperpénticas, denunciaremos el expolio del paisaje que provocó nuestro desarrollismo, y con recursos  cuya disponibilidad nadie cuestionará, crearíamos otras urbanizaciones verticales rodeadas de los campos más veraces, cultivados tal vez por solícitos esclavos que traeríamos de ignotos países. Conscientes de que, además de nosotros, los otros también necesitan comer, afirmaríamos tautológicamente que no faltaría trabajo y bienestar para todos.

No vamos a sacudir, desde luego, el complejo informe, con un manotazo, porque sería injusto con el trabajo desplegado por muchos autores, a los que cabe suponer bien intencionados. Lo analizaremos en otros comentarios.

Nos basta ahora con apuntar que, en el camino de utilizar un buen backcasting y en concordancia con el wishfulthinking de toda soldadura eficiente de profesores universitarios y sindicalistas de colmillo, hubiéramos agradecido más que se nos dijera el camino que va desde Arcadia Feliz hasta nuestra miserable situación actual, en la que se nos caen a pedazos los soportes de la economía del mercado, el rigor universitario, la ética y, sí, también, el mundo sostenible.

En los terrenos del dragón: las profesiones en la UE

En un Informe de enero de 2011 realizado por la Dirección General del Mercado Interno y los Servicios de la Unión Europea, dedicado a repasar la Directiva de Cualificaciones Profesionales, (2005/36CE) se recogen datos para analizar una triste realidad:el Mercado Único de los profesionales, ese que supondría la plasmación de la libre circulación de personas por el territorio de la UE, no funciona.

Existen en los 27 Estados miembros más de 4.700 profesiones que los autores del Informe agruparon en 800 categorías. De entre ellas, 220, por lo menos, solo tienen regulación en un Estado, "lo que significa que los criterios que sirven para regular la profesión no son compartidos por ningún otro". En 400 categórías profesionales no ha habido ninguna movilidad profesional de un Estado a otro en los últimos 30 años.

La movilidad es muy escasa en la Unión. En 2009, solo el 2,4% de la población europea (12,5 millones de un total de casi 500) vivían en un Estado miembro diferente al de su nacionalidad. Y mucho más claro: en los últimos 30 años, solamente 200.000 ciudadanos sacaron partido a la posibilidad de ver reconocidas sus cualificaciones profesionales en un país distinto a aquel en el que habían obtenido el título.

Con estas premisas, resulta especialmente inconsistente que en España nos hayamos puesto a renovar, para empeorarlas, las trayectorias académicas de las ingenierías. Se ha generado un caos infumable, que no conducirá, en absoluto, a facilitar la colocación de los técnicos españoles en el extranjero, sino que disminuirá su cualificación, desorientará a los empleadores potenciales y generará confusión respecto al camino a seguir por los propios educandos.

No teníamos un mal sistema educativo para la ingeniería superior. Muy al contrario: era reconocida como de alta cualificación en el panorama internacional y proporcionaba muchas satisfacciones a los titulados, además de proporcionar confianza a los empleadores y facilitar (no en último lugar) el deseado objetivo de la cualificación continua, por proporcionar una base ancha muy aceptable.

No había tampoco nada que objetar a la coexistencia de las titulaciones técnicas superiores (haciendo abstracción de la petulancia del nombre) con las intermedias.

Las profesiones de facultativo, ingeniero técnico, aparejador o ayudante de obras públicas, tenían un alto reconocimiento en el mercado laboral y proporcionaban el necesario enlace entre los mandos de mayor nivel y los operarios. Tampoco sorprendía -nuevamente, al contrario- que algunos suplieran con experiencia y dedicación la falta de estudios básicos.

El país necesita buenos técnicos, ingenieros con conocimientos profundos y capaces de adaptarse a un mundo cuyos conocimientos crecen exponencialmente y son, cada vez, más complejos.

Qué lástima que las prisas, la ignorancia, el no escuchar a los sensatos, el deseo servil de cumplir con malinterpretadas directrices burocráticas emanadas de Bruselas e impulsadas por intenciones políticas ajenas (nunca claramente explicitadas), nos estén haciendo perder, seguramente de forma irreversible, el tren tras el que corremos pretendiendo llevar el billete en orden, cuando lo que llevamos en las manos son las maletas de viaje de los que se han asentado en primera clase...

Y es especialmente lamentable que, desde algunos sectores de las ingenierías intermedias, manipulando información y añadiendo peculiares dosis de personales resentimientos y fatuas presunciones de lo que no se tiene, se quiera hacer ver al resto de la sociedad que todo vale: que los ingenieros de grado sirven para lo mismo (¡o más!) que los ahora llamados de máster, que no hay que saber mucho para entender de todo, que la experiencia suple lo que no da ni Salamanca ni natura.

El dragón que se alimenta de nuestros despropósitos sonríe satisfecho.

Sobre el estertor final de los colegios profesionales

Las contradicciones internas sobre las que se habían asentado los Colegios profesionales españoles, su indudable concepción elitista, retrógada (cuando no reaccionaria) y su general ineficacia -vista desde dentro como desde fuera- han estallado en fuegos de artificio, como consecuencia del proyecto de Ley de Servicios Profesionales y la eliminación prevista, tanto de la colegiación como del visado de proyectos obligatorios.

Nuestro país sostiene multitud de instituciones obsoletas, inútiles o, al menos, altamente ineficaces por sus resultados, pero cuya existencia es imprescindible para fundamentar la democracia. Es decir: funcionan mal, pero es básico conseguir que funcionen bien.

Puede aplicarse esta desoladora apreciación a organizaciones muy dispares: se puede afirmar de los ateneos, de las cámaras, de los círculos militares, de los clubes sociales -entre miles de rancias agrupaciones surgidas de las pretensiones elitistas de una parte de la sociedad- y, si no se tienen tapujos ni se desean medias tintas, también vale para calificar a sindicatos, a las academias, a los claustros, y a todo tipo de organizaciones profesionales.

Los Colegios profesionales vivieron una magnífica existencia, desde su fundación, al abrigo de unas cuotas de afiliación que permitían una base de ingresos saneada a la que se añadían, por la vía de los visados de proyectos, más dineros, particularmente, en los Colegios de las profesiones ingenieriles.

Durante mucho tiempo (en realidad, hasta hace muy poco), fueron organizaciones opacas, lo que facilitó conferirles la sospecha de que conformaban una especie de cueva misteriosa en la que se movían personajes auto-encumbrados en títulos pomposos como decano, tesorero, secretario o vocal de sus Juntas, de los que no se sabía bien cómo habían sido elegidos para esos cargos y con qué competencias.

Esos guardianes del centeno, magos de su tribu a los que nadie osaba alzar la voz, justificaban su existencia reuniéndose de vez en cuando para decidir sobre delicadas cuestiones que, por lo general, no interesaban a nadie, y que servían de pretexto para celebrar alguna comida o dar oportunidad para una francachela.

Tiene razón, por lo demás, el redactor imbuído de furibundo odio anticolegial de esa Nota, surgida al parecer de los recovecos del Ministerio de Industria, en la que se critica que los Colegios profesionales crean demasiada litigiosidad en su disputa por las competencias. Sus estructuras parecen haber sido incapaces de advertir que el mundo ha evolucionado hacia la libre competencia y siguen pretendiendo estar mejor cualificados que el vecino para poder pontificar sobre cualquier materia nueva que aparezca en el mercado del trabajo.

Tienen razón, en fin, quienes opinan que las estructuras de los colegios están aún plagadas de nichos de ineficacia, en la que se aposentan individuos de edades demasiado provectas y que piensan, más que en el colectivo, en organizar viajes y comidas con los dineros recaudados y, llamándose a la cara queridos amigos y compañeros, no dudarían en acuchillarse al darse la espalda.

Pero sería muy burdo y torpe, y sectario, quedarse solo ahí. Porque los Colegios profesionales, también estaban inmersos en una renovación desde abajo que estaba consiguiendo abrir puertas y ventanas a la transparencia y demostrando una creciente sensibilidad e indentidad con la sociedad civil.

Con equipos directivos escalonadamente renovados, y bajo la presión de los nuevos titulados y la necesidad de presentar una cara diferente ante la sociedad y ante los demás Colegios, estaban avanzando en una trayectoria muy atractiva de modernización.

Todo esto puede verse cortado de cuajo, vertiendo sobre esas estructuras lo más turbio del clasismo aún imperante en nuestra sociedad. Un clasismo a la inversa, cutre, que desprecia el mérito y el valor, y que iguala a todos en la miseria.

Los Colegios profesionales deben reaccionar, y las línes básicas de actuación no pueden ser más que éstas: Primero, dejando claro ante la sociedad, cuáles son sus funciones, valores y méritos; después, democratizándose y haciéndose transparentes; y, en fin, eliminando rencillas corporativistas, para agruparse en la defensa del trabajo bien hecho, independientemente de lo que el profesional pueda acreditar académicamente.

Esto les debería llevar a instaurar modelos y normas de valoración de currícula y proyectos, que implicaran mucho más que poner un sello encima de un legajo o pretender que, por haber ido juntos a la Universidad o a una Politécnica, ya somos todos, además de amigos, igual de competentes.

Se puede desarrollar, y conviene, la idea con más detalle, pero así queda esbozada: Dentro de cada Colegio profesional, abórtese toda lucha por el oropel del poder, elévese la tecnificación de las infraestructuras, simplifíquense, y elimínense de Juntas y órganos de decisión a los reaccionarios y los preocupados por mantener prebendas a las que no tienen derecho alguno.

Fuera de cada Colegio, tómense los dirigentes el esfuerzo de presentar claramente a la sociedad para qué sirven, sin palabras pomposas ni medias verdades: porque lo que espera la sociedad es que, en efecto, garanticen la profesionalidad, certifiquen la calidad de los trabajos y ayuden a mejorar la formación de sus miembros, sirviendo de conexión eficaz entre las demandas de la sociedad y esa otra institución, necesitada igualmente de una buena refriega, que seguimos llamando Universidad y se ha hecho cada vez más limitada de miras.

De ruidos

Se arma mucho ruido. A niveles individuales, como colectivos. No sabemos si existirá algún lugar en España que no celebre sus fiestas lanzando voladores, petardos o, llegada la noche, organizando un espectáculo de luces y, sobre todo, acompañándolo con mucho ruido.

En Carnaval como en Semana Santa, en fiestas religiosas como profanas, sea por causa del fútbol como del ciclismo, para recibir al vencedor como para despedir al fallecido, las multitudes se manifiestan por el ruido.

No se expresan contenidos inteligibles, pero sobrecoge escuchar a las masas. Una genuina expresión de su forma de sentir se percibe cuando nos acercamos a un estadio de fútbol: la masa enfervorecida por los avatares del juego presta, con sus aullidos, la voz a ese monstruo de la civilización.

En el plano de las preferencias del personal, pocos se recatan en manifestar que están ahí, a bocinazos, escapes abiertos, aparatos de ventilación mal ubicados,  cánticos desafinados, o -para no hacerlo largo- como propietarios de perros enfurecidos con el mundo tras altas tapias, etc.

Sí, por supuesto, también debemos referirnos a esos jóvenes que parecen empeñados en hacernos partícipes de sus horteras criterios musicales, de su gozo por estropear su cerebro, estómago y voluntad con botellones (al tiempo que mobiliario público, jardines, y descanso vecinal).

Al igual que se dice que por el humo se sabe dónde está el fuego, por el ruido se sabrá dónde se encuentra el majadero. No suele fallar: el que más grita, vocifera, se atolondra, menos tiene que decir, peores bazas tiene. Los de la mejor razón, son los discretos.