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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Entre aficionados al reportaje, testigos y protagonistas

La masiva incorporación al mobiliario cultural de los aparatos audiovisuales, ha significado la eclosión de una categoría de individuos -nada en realidad, les une, salvo el adminículo- que se afanan en recoger, prácticamente a tiempo real, las escenas de aquellos actos en los que, en teoría, debieran actuar como testigos, ser sencillamente espectadores y, en algún caso, incluso partícipes del suceso.

El despropósito es patente, tanto en ceremonias públicas como privadas, en situaciones casuales como forzadas.

Surge el arrebato de plasmar lo que está sucediendo con la cámara o el vídeo, no importa si el sujeto se ve de pronto cerca del personaje público que quiere dispensar sus (por lo general) insulsas declaraciones, o si ve a otros en posición que se le antoja memorable, o se encara, tropieza, ha pagado para ello o fue invitado, en cualquier acontecimiento ajeno o familiar, casual como provocado, fortuito como adrede.

Miremos el producto final de la obsesión por hacerlo todo imagen guardada en el coleto propio. Si de accidentes trata, vemos junto al herido o el cadáver -ejecución, tropiezo, atropello, asesinato-, decenas de individuos que blanden sus cámaras y teléfonos, registrando el momento para sus archivos particulares, importándoles más atender al diafragma que a la víctima o a sus deudos.

Si es por boda, bautizo o evento íntimo, revolotea en torno a contrayentes, neófitos, oficiantes o inocentes causantes del barrunte, una pléyade de amigos, familiares y curiosos que, vulnerando su deseada presencia cabal como serenos testigos, se convierten, merced al toque de san Vito que promueve lo digital, en innecesarios reporteros gráficos del acto, pasando a ser un incordio para los que están, de verdad, a la faena.

Ténganse en calma los obsesos del dedo puesto en el gatillo. Acérquense, por favor, al papel que les corresponde en la ceremonia, acto o circunstancia a la que asisten. Si en acontecimiento familiar, pónganse en línea con los protagonistas y testigos; déjen el aparellaje en casa, si a ejercer ese menester de recolector de imágenes no han sido expresamente convocados, y si lo hubieran sido, aparquen convulsiones frenéticas, seleccionen momentos, borren luego sin piedad lo que no sirva.

Y si, por lo que sea, se tropiezan con el duelo de otros, intimidades vulneradas, desgracias colectivas, sean discretos, mantengan la distancia, no sea que les caiga encima la maldición que se reserva a entremetidos. Piensen en lo que les gustaría si fueran ellos mismos, en vez de mirones encelados en píxelar la realidad, pacientes, víctimas, sujetos y no objetos no tolerados de objetivos.

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