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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre ornitología para estudiantes de español

Los españoles  disfrutamos mucho con los pájaros y, por ello, hemos venido apreciándolos como aperitivo para acompañar unos vinos y raro será el hogar en poblachón patrio en el que no se cuelgue a la ventana, al calentar del dia, una jaula dorada con un fringílido cantarín.

Este cariño hacia los animalillos, ha servido también para introducirlos en el lenguaje coloquial. Decimos, así, de alguien que tiene la cabeza a pájaros, si pretende imposibles; lo que es distinto, desde luego, de andarse por las ramas, que significa dar un rodeo al tema sin atreverse a abordarlo de pleno, bien por miedo, ignorancia o respeto.

Hay pájaros de mal agüero, que son quienes advierten de lo que va a venir, pronosticando que será malo o peor, por lo que tienen todas las de acertar. También se puede expresar admiración al tiempo que envidia con un ¡vaya pájaro!, que es casi seguro que, buscando una expresión de similar significado, conducirá a calificar como pájaro de cuenta a quien nos haya hecho una faena (no torera), o esté a punto de hacerla. 

Como el lenguaje es proclive a ambivalencias, se puede expresar bastante admiración indicando de alguien que está hecho un buen pájaro, pero, cambiando de sexo, una buena pájara puede tener parecido con una mala pécora, que es un insulto de los que carecen de sentido literal, pero levantan mucho encono. 

Cuando un niño cae, al fin, vencido por el sueño, después de haber dado la tabarra, se dice que se quedó como un pajarito, e incluso que se quedó frito (seguramente en referencia a lo que comentábamos al principio de este artículo). Por extensión, se aplica también a los adultos, aunque se prefiere en estos casos hablar de que se quedó como un tronco o roque

Si uno no ve la salida a una situación comprometida, es evidente que se sentirá como pájaro enjaulado, que no hay que relacionar con la expresión el pájaro voló, que se emplea sobre todo en las películas policiales, y que sirve para indicar que la película aún no ha terminado.

En fin, hay quien come menos que un gorrión, quienes se comportan como un par de tórtolos o pichoncitos, y quien tiene cabeza de chorlito. Incluso (aunque cayó en desuso) se asociaba con cuervos en el argot tabernario a los profesionales que vestían de sotana.

Pero hace tiempo que la mayoría cumple al pie de la letra eso de que cada mochuelo, a su olivo y no sale de casa más que en caso estrictamente necesario (comprar pan, periódico o tabaco).

Respecto a la minoría que completa el cómputo -pájaro más o menos- de la población humana de nuestro jaulario, puede valer que Dios los cría y ellos se juntan, equivalente a eso que los que piensan en inglés expresan poniendo en evidencia que los pájaros de un mismo plumaje, se agrupan ("birds of the same feather, flock together"). Aunque hay que ser muy pardillo para que tenga chicha esa advertencia.

Sobre la burbuja inmobiliaria y otras razones del mercado

En el sector inmobiliario español, hay muchas personas que se sienten como si les hubieran dado una bofetada en noche oscura para robarles la cartera y, además, se hubieran distribuído unos pasquines con su pálido rostro bajo el letrero de Se Busca.

La historia es conocida. La facilidad crediticia para comprar una vivienda, en la que eficientes bancarios te hacían sentir en un santiamén el rey del mambo sin más que presentar una nómina y el objeto inmobiliario de tus sueños, animó a muchos que vivían de alquiler a sentirse en casa propia.

Por añadidura, serios y dilectos individuos, impuestos por el Banco que te iba a adelantar el dinero, y que te cobraban una pasta por hacer que te miraban el piso y aplicarle unos baremos, tranquilizaban (se supone) a la entidad prestataria y a tí mismo, de que las cosas estaban atadas y bien atadas y de que la valoración que servía de base para el crédito era tan sólida como los cimientos de lo que te proponías comprar.

Paralelamente, señoras y señores del Gobierno, pertrechados (suponíamos) tras un profundo conocimiento de la realidad del país y sus necesidades, ilustraban a propios y extraños sobre el déficit de construcción de unas 700.000 viviendas. Incluso se atrevían, para que nadie se sintiera defraudado, a definir módulos mínimos habitables, para familias monoparentales.

Florecían permisos de habitabilidad, se perfeccionaban leyes del suelo y se multiplicaban planes de ordenación urbana e inversiones en ciudades jardín y polígonos y ciudades dormitorio. Todo, en fin, cuanto ayudaba a la construcción del estado de bienestar y a proporcionar tranquilidad de que el mundo estaba en orden.

Se nos quiere ahora convencer de que ha sido nuestra avidez, nuestro asqueroso afán especulativo, los que nos han llevado a encontrarnos con que el piso que habitamos, y que estábamos adquiriendo en plazos trabajosos que en este momento -suponemos que circusntancialmente- muchos no pueden pagar (ellos o su pareja, o ambos, han perdido su empleo), niéguese la mayor.

Niéguese, además, la pertinencia, de y que, para más inri, tengan que asumir esos compradores ultrajados por parte de aquellos en quienes confiaron para empeñarse hasta las cejas, que el mercado es variable como la dona del Rigoletto. No pueden creerse, y con razón, que quienes les dicen que lo que poseen ha bajado  brutalmente de precio, sean los mismos tasadores que, de nuevo de la mano de los Bancos prestatarios, vuelven a verlo con otros ojos, y, tan profesionales como antaño, lo valoran a la mitad de lo que calcularon hace apenas tres años.

Pues bien: la situación debiera ser mucho mejor explicada. No se eche la culpa al mercado inmobiliario, porque estamos hablando de un bien sustancial que no se rige, o no se debiera regir, por las reglas del mercado libre.

Ante todo, ayúdesenos a la ciudadanía, dejando claro que los compradores de pisos gracias a hipotecas alegremente concedidas por entidades financieras, han sido engañados.

Ellos no tienen ninguna influencia sobre el mercado. Necesitaban un piso para vivir en él, y no se hubieran decidido a adquirirlo en propiedad jamás, si esos asesores que no lo eran suyos, sino del Banco, no les hubieran construído puente de plata para ello.

Tampoco pueden entender (cómo van a hacerlo!) que los precios hayan caído de la noche a la mañana. Por una parte, porque se supone que los costes de construcción de la vivienda, no han bajado: son, si no se entiende mal, la suma del coste del terreno (vinculado a la existencia de un Plan de Ordenación Urbana y a la existencia de servicios públicos), con la de los materiales y mano de obra, más el razonable beneficio del constructor.

¿Qué ha bajado, de esa cadena de valor? ¿La mano de obra? ¿El precio de terreno? ¿Los materiales? ¿El beneficio del constructor?.

No creemos que ninguna de esos factores haya tenido una disminución significativa. Ha aumentado, solamente, la presión sobre los que tienen pisos y no pueden pagarlos.

Una razón de mercado, pues, muy miserable: exprimir a los más pobres, para hacerse a bajo precio con lo que poseen, y cuya insuficiente propiedad han pretendido ir adquiriendo, guiados por una luz que, manejada al antojo de intereses más poderosos, se ha convertido en espejismo.

Sobre la celebración del 24-F

En 1981, hace 30 años, un 23 de febrero, cuando muchos españoles habían terminado la jornada laboral, un grupo de militares irrumpió en el Congreso de los Diputados, mientras se celebraba un segunda votación para la investidura del ingeniero de caminos Calvo-Sotelo como Presidente, tras la dimisión de Adolfo Suárez, que afirmó que, con su presencia en el Gobierno, no quería ser causa de una nueva guerra civil.

Quienes éramos ya adultos en esa fecha tenemos nuestro propio recuerdo de lo mal que lo pasamos. Había aún mucho miedo en España, porque vivíamos bajo la certeza de que muchos mandos militares y una parte significativa de la población civil no deseaban libertades.

Se asociaba en muchos foros libertad al libertinaje: y libertad tenía muchos caminos para manifestarse: libertad de expresión, de culto, de desplazamiento, de empresa, de enseñanza, ... Libertad para expresarse como comunista, como homosexual, como pacifista, como sindicalista, como contrario al servicio militar obligatorio, como favorable a las autonomías o a la libre determinación, o declararse defensor del aborto terapéutico, de la eutanasia pasiva o de la inocencia del cuerpo humano desnudo...

Libertades que se demandaban que eran, algunas, tan pequeñas como poder besar a la persona que amabas en la calle, sin que nadie te sacara una tarjeta roja por desvergonzado; o protestar por una injusta nota ante el profesor de la asignatura, o acudir a la justicia porque no se deseaba aguantar el mobbing o las pretensiones sexuales del jefecillo de turno.

Había tanto miedo que quienes estábamos en aquel momento en el extranjero recibimos llamadas angustiadas para que elimináramos papeles comprometedores, sin que supiéramos exactamente qué podía significar eso, y todo nos pareció, de pronto, peligroso, delicado, valioso. Había tanto miedo que no fueron pocos los que se tiraron al monte, abandonaron sus casas, cruzaron la frontera o se hicieron transparentes.

El país estaba tan inerme que, salvo unos pocos videntes que habían copiado lo mejor de otros textos sagrados, aún no sabíamos (ni muy bien ni muy mal) para qué servía la Constitución que se había aprobado en 1976, y el Estado de derecho era tan frágil, tan inexperto, que no había protocolos de actuaciones en emergencias (y menos en intentos de golpes de Estado), y algunas embajadas y consulados se enteraron de que estaba ocurriendo algo en España cuando los españoles a los que nos habían alertado nuestros amigos en la metrópoli llamamos para saber qué podíamos hacer.

Fue una mala noche, la de aquel 23 al 24 F, con las personas que representaban aire fresco para salir de décadas de dictadura, encerradas en el hemiciclo, sintiendo o presintiendo que su miedo -heroísmos posteriores aparte- era como el nuestro, seguramente superior.

Hemos dicho muchas veces posteriormente que el discurso de SM El Rey nos tranquilizó a todos. No entonces, desde luego. No en ese momento en que nos pareció que aquel hombre, al que asociábamos a las estructuras del franquismo, un "Juan Carlos Primero el Brevísimo" que ya llevaba unos cuantos años aguantando tarascadas como personaje simbólico, se estaba jugando la vida al descolgarse de un golpe al que habríamos podido llegar a jurar que había consentido.

Lo que más cambió aquella noche, para muchos, especialmente para los que no nos sentíamos especialmente monárquicos, fue algo que no podemos olvidar: Teníamos Jefe de Estado. Y otras cosas: había que reformar las fuerzas armadas, consolidar la democracia, preparar protocolos de emergencia, realizar un intenso trabajo que se nos había puesto de manifiesto por delante, con la alegría de saber que éramos mayoría, inmensa mayoría.

Perdónesenos que no celebremos nada por el recuerdo de esa noche que pasamos en vela. Queda tanto todavía por hacer y hay aún algunas sombras...

Sobre el lascivo encanto de las dictaduras

Si tuviéramos mejor capacidad de análisis y más tiempo para ejercitarla, tal vez podríamos trazar con pincelada segura el camino que condujo, desde aquellas estructuras sociales presididas por emisarios divinos, tipos cultos y recios a pesar de su gusto por el oropel, que incluso se creyeron pertenecientes a árboles genealógicos que les unían a lo metafísico (hablamos de faraones, emperadores indopersas, etc.), a esta miseria actual en la que dictadores de inequívoca calaña sicópata llevan treinta o cuarenta años dominando cualquier movimiento de rebeldía en sus amados pueblos, ordenando sofocar con sangre, fuego y oraciones toda disidencia.  

Queremos creer que la razón de poner en solfa ese tercermundismo insostenible, pero consentido por las grandes potencias, ha sido el impulso juvenil de una revolución desde abajo, nacida de la consciencia de un mundo global en el que otros jóvenes, más allá del horizonte, tienen un nivel de vida que parece propio del Paraíso, disfrutan de una libertad que nadie vigila, y deben disponer de tantos medios a su alcance que pueden decidir si estudian, trabajan o vegetan, sin que el látigo de algún sexagenario les cruce la cara. 

Y tenemos que conceder valor especial, además, en la movilización de una revuelta que responde al clamor de un ¡basta ya! (a la hipocresía, a la falsedad, al dominio, a la pernada, a la imposición de silencios) a esas mujeres que van ahora con la cara descubierta, que, por debajo incluso de los sharis y los burkas, llevan sus brazos y muslos al aire, exponen su femineidad sin tapujos, y hablan, gritan, demostrando que, también en esos países, tienen -por lo menos- la misma capacidad intelectual que los varones.

No temen, ni unos ni otras, que caiga sobre ellas ningún energúmeno enarbolando la bandera de Alá para obligarles a callarse la boca, a volver a los rediles y a ellas, además, a ponerse un trapo mesacamilla para hacerlas desaparecer visualmente del espacio.

Ver y oir (en la traducción simultánea al español) el 22 de febrero de 2011 a un tal Gadafi, presidente de Libia, vomitar amenazas de muerte contra cualquiera que se mueva contra él, insultando soezmente a quienes manifiestan, inequívocamente, que lo que desean es que se vaya para siempre del país, supuso para cualquier alma sensible un esfuerzo titánico de resistencia al vómito, una apelación al sentimiento de vergüenza ajena (y, por lo que nos atañe, también propia).

Era imposible no tener presente que de las decisiones de ese individuo, indudablemente poseído de sí, ególatra, iluminado, déspota, tirano, insano, afectaban a millones de seres humanos. Entre los afectados, además, nos encontrábamos nosotros, españoles dependientes del suministro de petróleo y gas natural libio, pueblo sin coherencia en muchas cosas que habíamos estado batiendo el agua de una inasumible amistad con el dictador.

Los acontecimientos que, desde enero, han venido sucediéndose, en una imagen que puede asimilarse a un fuego que se propaga, entre los países árabes en donde se habían implantado, con la connivencia norteamericana y europea, dictaduras duraderas, con intenciones de reproducirse en dinastías, deben hacernos reflexionar, y mucho, sobre lo que llamábamos "alianza de civilizaciones", "cooperación para el desarrollo", etc., pero también, sobre nuestro real conocimiento de las poblaciones de los países árabes.

Hemos estado imaginando, porque convenía a los intereses de los países dominantes, desde el pedestal de nuestra petulancia judeocristiana, que las poblaciones musulmanas no habían evolucionado y que las dictaduras les convenían a su idiosincrasia paleta.

Ahí están, verdaderamente emergentes, explosivas, imparables, esas multitudes: pidiendo, de una vez por todas, democracia. No lo hacen en nombre de Alá, sino en nombre de la justicia y de la libertad, principios generales que decimos defender como fundamentales en nuestro espacio de convivencia más próxima.

No estará de más poner también de manifiesto que quienes citan divinos mensajes, acogotados contra las cuerdas mientras buscan una mínima gatera de tolerancia que les permita escurrir el bulto para disfrutar de la riqueza que han robado a los suyos y que hemos alimentado entre todos, son precisamente los que quieren permanecer en el poder que han usurpado a sus pueblos.

Podíamos hablar de revolución, pero nos gusta más llamarla evolución, rescate de la esencia que hace al hombre y a la mujer dueños de su destino, sin sátrapas, pero también sin plutócratas condescendientes ensimismados por el lascivo encanto de las dictaduras.

Desde los juicios sumarísimos hasta los lentísisimos

¿Quién no se ha emocionado viendo a una multitud enardecida, surgida de las tinieblas de quién sabe qué selva, qué desierto, qué pueblo o ciudad -de allá lejos o de aquí al lado-, intentando linchar a un pobre tipo que es sospechoso de haber realizado algún acto contrario a la ley, a la costumbre o al humor imperante en la tribu humana de referencia?

Muchas veces, la actuación decidida de la policía y otras fuerzas del orden, consiguen, si no calmar los ánimos, llevarse al sospechoso o al culpable lejos de allí. Otras, al tipo lo descuartizan allí mismo. En ciertos casos, se descubre -siempre a posteriori- que lo único que tenía que ver con el daño que se le había imputado sobre la marcha era su miedo, su pavor por haber sido confundido con otro.

En general, no está admitido tomarse la justicia por la propia mano. No se admite que el padre, el hermano, el esposo o el novio puedan verter ácido sobre el rostro de la mujer adúltera o que no quiera casarse con quien ha previsto la familia.

No se permite, como principio bastante asumido por toda la aldea global, que quien haya sido sorprendido llevándose una gallina a su corral desde el ajeno, o con un bolso que no es el suyo o, sea reconocido por un transeúnte como malhechor, pague con una paliza, con la mutilación o la muerte su poca suerte para pasar desapercibido.

Los juicios sumarísimos, máxime si son realizados en el calor de una acción de catarsis colectiva, no son muy bien vistos. Se admiten, en tiempos de guerra, o en períodos de excepción, porque los militares no necesitan andarse con tantos miramientos para decidirse a separar lo malo de lo bueno.

Es cierto que, para épocas normales, se han definido algunos pocos tipos de procesos abreviados (que son fórmulas en las que, para ciertos asuntos, se reducen los trámites y plazos), pero se prefieren los juicios lentísimos.

Un juicio lentísimo tiene múltiples ventajas: entre las menos conocidas, puede que los litigantes fallezcan, desesperen, se arruinen; puede que el objeto del litigio se haya desvanecido, evaporado o sucumbido; dará empleo duradero a jueces, letrados, procuradores, peritos, funcionarios de amplio espectro.

Quizá desde esas ventajas no muy difundidas, debe contar el que, sobre todo, permitirá alcanzar -en muchos, muchísimos casos- la justicia pretendida, aquella que hace que, independientemente de quien venza en el pleito, quien lo merece haya vencido ya antes, obtenido su triunfo en la misma dilación del proceso, por ser más potente económicamente, más influyente, por haber sido más avieso, más escurridizo, más hábil en descubrir y poner de manifiesto los entresijos por donde se escapan los enemigos de la justicia verdadera.

Porque de otra forma, no resulta fácil explicar porqué duran tanto algunos procesos y otros, en cambio, se resuelven en plazos razonables. Se diría que, dependiendo de las Salas, los Juzgados (es decir, de las diligencias personales), hay Justicia de varias velocidades, para desesperación de las partes, coste a la sociedad y descrédito general de la Justicia.

Sobre los adultos conflictivos y su tratamiento

Tal vez el lector, que será persona culta y versada en el análisis de las relaciones sociales, haya escuchado alguna vez o varias de un tercero que "es persona conflictiva". Como le tenemos en alta estima -aún sin estar seguro de conocerlo plenamente- apostaríamos a que él mismo no habrá utilizado jamás ese apelativo para referirse a nadie.

Pero, como nadie está libre de pecado, si Vd. ha tirado alguna vez a alguien esa piedra, arrellánese en el asiento y lea nuestra opinión acerca de los que creen haber detectado que el colega es persona conflictiva y así lo van transmitiendo a quien se tercia.

Para empezar, habrá que poner de manifiesto la premisa de que cuando se cataloga a alguien de conflictivo se está juzgando su relación (la de él) tensa con una persona dominante (a la que se quiere demostrar afección) o frente a un grupo o sistema de poder (del que se quiere seguir formando parte).

Como, en especial cuando se trata de las cosas de comer, nadie tiene la intención de crear problemas, es seguro que el juzgado como conflictivo no sea consciente de haber merecido el apelativo. Lo más curioso es que quienes transmiten que alguien es conflictivo no están interesados en juzgarlo, sino en que no se les juzgue a ellos como simpatizantes con él.

En la empresa, los "conflictivos" empiezan a serlo porque no ríen los pésimos chistes del jefe, afilan el perfil porque no se quedan hasta las tantas tomando copas con los compañeros de departamento o ridiculizan la afición a jugar al bingo del director del departamente, y, osados, se consagran al atreverse a ofrecer en una reunión suspuestamente de brain-storming algunas ideas contrarias (y muy aceptables, como suele demostrarse a posteriori) a la opinión que ya aparecía consolidada por parte de los mandamases del grupo.

En fin, para no hacerlo muy largo, no se ocultan para emitir algunas críticas al "sistema" que, en privado, todos estarían de acuerdo en valorar como pertinentes.

El conflictivo perfila su condición, pues, no siendo un pelotas, un lameculos, una sombra aplaudidora sin criterio en el complejo mundo de poderes de las empresas e instituciones.

Cumple también otras condiciones, que lo hacen extremadamente vulnerable: es independiente; no tiene apoyos por arriba, no es familia del empresario, no milita en partidos, no se agrupa salvo para ir a un espectáculo divertido. Puede, además, que sea más alto, más elegante, o más guapo que la mayoría; dén por seguro que se encontrará entre los más inteligentes del grupo.

Si le descubren un conflictivo en su área de relaciones, analice las razones por las que le han designado así. Siéntase seguro de que el que le comunica ese carácter del otro, quiere proteger algo y, apueste que ese algo tiene altas posibilidades de ser turbio, ilegal, o, cuanto menos, deplorable.

Porque, amigo, si no hay conflicto, no se avanza. Solo los que aportan ideas nuevas pueden hacer que se mejore el funcionamiento de lo que está en marcha, renquee o no. Y los únicos que pueden estar interesados en que no se toque nada, marginando y desplazando como proscritos a los que discrepan, tildándolos de conflictivos, son quienes tienen algo que ocultar.

Este es nuestro tratamiento recomendado: Siente a un conflictivo a su mesa, y escuche sus razones. Aprenderá, seguro.

Hacia un nuevo modelo económico, pero ¿cuál? (y 3)

(El lector interesado en adquirir la visión completa de lo expresado en esta serie de 3 Comentarios, debiera leerlos por el oden en que han sido presentados).

3. En un escalón inferior, aunque con imbricaciones en los anteriores, especialmente en el relacionado como segundo grupo, se encuentra un ya numeroso conjunto de empresas en actividades productivas, de transformación y de servicios, con orientación clara hacia los mercados locales, y en los que tratan de conseguir las mayores cuotras de mercado posibles.

Estas empresas, cuyos centros de decisión son, -en el contexto europeo-, fundamentalmente alemanas y francesas (pero también cuentan con representantes cualificados de casi todos los demás países, si bien con especializaciones, en general, resultado de la evolución histórica), han ido apoderándose de los mercados de distribución de productos agroalimentarios y de consumo, así como de casi todos los sectores de ocio, de la moda, del arte, de la cultura, en general.

La fórmula ha sido sencilla: ahogar con bajos precios circunstanciales a los líderes zonales y adquirir un músculo mínimo adquiriendo empresas de tamaño intermedio, para, conseguido una cuota sustancial del mercado, fijar márgenes alterando a voluntad los precios de venta del miz de su oferta, para que ni la competencia ni el consumidor tengan fácil la comparación.

Tenemos algunos ejemplos (muy pocos) de "empresas españolas" que están jugando sus cartas en esta división, si bien, al analizar en detalle los retornos reales de las cifras de ventas en relación con las de producción, la valoración puede no ser tan optimista, ya que han ido desplazando, forzadas por los costes crecientes de la fabricación local, sus centros de fabricación hacia países en donde el proceso es más barato, subcontratando allí la mercancía de acuerdo con las amplias posibilidades que ofrece una demanda lanoral creciente, y, sin olvidar, por supuesto, en el análisis, que los escrúpulos decaen ante la necesidad de subsistir y siempre se pueden adornar con informes y memorias de sostenibilidad y preocupación ambiental.

En el sector agropecuario, base, sino de la economía, si del empleo autónomo, en un país tradicionalmente agrario como España, los efectos han sido letales. Los grupos de producción y distribución locales, tanto en los sectores lácteo, como ganadero, han sido absorbidos por los grandes del sector, y los precios de compra han forzado al pequeño productor a vender a bajo coste, generando situaciones de explotación que los aproximan a un nuevo lumpen proletariat, además de haber provocado la desertización, por abandono, del campo.

Los comerciantes locales, incapaces de competir con las grandes cadenas de distribución, han desaparecido. Solamente los neo-empresarios orientales, con un concepto de negocio peculiar, con empleo y dedicación familiar, asumiendo horarios, cargas de trabajo y pretensiones económicas incompatibles con el estado de bienestar que presuntamente habíamos creado, han podido establecer una red de comercios cuyas características son bien conocidas (largos horarios, bajos salarios, productos a muy bajo precio y mala calidad, precios basados en aprovechar la oportunidad o la necesidad, etc.).

4. Ya avanzando hasta llegar -casi- a la base empresarial, se encuentra toda una multitud de empresas y actividades de autónomos (también clandestinas, irregulares o inconfesables) que conforman el dinamismo heterogéneo, vital, del magma de la estructura económica del país.

Todo un conjunto variopinto, no fácilmente clasificable -aunque existen, por supuesto, órdenes posibles, categorías, ramas...- de respuestas para cubrir necesidades de los seres humanos de la colectividad, o inventarlas. Son empresas, en su inmensa mayoría, de menos de 20 empleados, que dependen del esfuerzo, a menudo descomunal, de sus creadores, autoempleados generalmente en ellas, y que luchan por subsistir, frente al mercado, las adversidades, siempre con la esperanza -alcanzada en un porcentaje que, de divulgarse, sería desalentador- del éxito final.

Se dice, por ejemplo, que para generar 5 millones de puestos de trabajo (que necesita, en relación con la población activa desempleada) la economía española, se necesitarían seguramente del orden de 1 millón de empresarios. Es decir, otras tantas iniciativas singulares. ¿Se imaginan lo que esto significa, en relación con el panorama que hemos dibujado?

Quizá los mismos que han hecho esa reflexión piensan que no cabe esperar generación de empleo de los demás grupos de la pirámide, empeñados en la deslocalización y la reducción de fuerza laboral, a la espera a que las aguas de la crisis se tranquilicen.

Aquí es donde la sociedad civil tiene obligación de respuesta. Porque no se trata de que la necesidad obligue a crear muchos restaurantes, muchos comercios al detall, muchas tiendas de la esquina, o a que emprendedores sin información se empeñen (en sentido literal) en sacar adelante una idea que imaginan les sacará de pobres.

Solo una formación académica seria, una información de oportunidades veraz, una orientación diligente, y esos otros múltiples factores que ayudan a que un proyecto se tenga en pié, tienen aquí valor. Es una lástima que la Universidad, los Centros de Investigación públicos, los foros de creatividad, la comunicación de necesidades y oprtunidades, no jueguen el papel que se espera de ellos.

Porque, en nuestra opinión, hay que reconstruir la pirámide desde abajo, desde la base. Sostener lo que sea aprovechable, imprescindible, útil, y avanzar, como una lanza, hacia arriba, poniendo en claro lo que nos están ofreciendo, y en qué los necesitamos, los grupos que, desde más arriba de la pirámide, nos contemplan como elementos del mercado, como usuarios o compradores potenciales, y no como elemento central de la sociedad, en la que vivimos para ser más felices, no para que nos utilicen en la felicidad de otros.

No estamos en la filosofía de sálvese quien pueda, sino en la teoría de que todos somos parte de la solución y solo unos pocos no están preocupados por el problema.

Hacia un nuevo modelo económico, pero ¿cuál? (2)

(Este Comentario es continuación del anterior, que debería leerse antes, para su más perfecta comprensión).

2. En la parte inmediatamente colindante descendiendo desde la pirámide de poderes económicos, se encuentra un grupo de empresas, también multinacionales, que operan en sectores que pudiéramos llamar de transformación con mayores valores añadidos (mayores valores desde la perspectiva del beneficio para ellas).

Su funcionamiento se asemeja bastante a un sistema oligopolístico, en el que se hubieran pactado normas de no agresión, respetando ramas de producción completas entre sí.

Quizá lo más curioso de este grupo es que operan bajo condiciones de disponibilidad de los conocimientos tecnológicos avanzados que garantizan la persistencia de su dominio de la situación.

En sus consejos de administración, se sientan representantes de otros holdings empresariales, junto a supuestos consejeros independientes, que deberán garantizar que fluye hacia ellos la información relevante para seguir tomando decisiones estratégicas que preserven su funcionamiento, y, naturalmente, lo mejoren.

Debido a las grandes posibilidades de recursos financieros que generan sus actividades, aprovecharán especialmente los períodos de crisis para hacerse con aquellas empresas más pequeñas de sus sectores (las ahora llamadas start-ups), que pudieran significar algún riesgo potencial, si se las dejara crecer libremente.

La composición del accionariado de esas multinacionales no excluye la participación de capitales públicos, aunque cabría preguntarse qué intereses defienden en realidad. Se pueden encontrar ejemplos de estas multinacionales en los sectores de la producción de energía y electricidad, en el sector del automóvil y de los aparatos electrónicos y electrodomésticos, aparellaje quirúrgico, en composites, muebles, en los media, minerometalurgias especiales, aparatos militares y productos bélicos y de comunicaciones, etc.

Un efecto importante sobre el mercado del trabajo local que produce la búsqueda permanente de beneficio, es que los gobiernos pueden verse presionados -desde los sindicatos, fundamentalmente- cuando se amenaza con tomar decisiones de cierre de alguno de los talleres de producción, pues sus grandes factorías son generadoras de importantes demandas de fuerza de trabajo (en general, no muy cualificada, ya que los núcleos de investigación avanzada se centralizan en los países de máximo desarrollo, dominantes del contexto geopolítico).

Llueven así, hacia ellas, medidas de apoyo, subvenciones, ayudas y creación de protecciones ad hoc, que pretenden salvaguardar -quién sabe por cuánto tiempo- la permanencia de esos macrocentros productivos en las áreas afectadas. La distorsión que provocan en el mercado de la competencia y en el mercado no precisa mayores comentarios.

Tampoco puede menospreciarse, en absoluto, el efecto de arrastre que tienen estos grupos sobre las economías locales, pues generan una importante capacidad de contratación y subcontratación a su alrededor, produciendo el efecto de alineación sobre la economía regional, que queda convertida en dependiente de sus encargos, resultando prácticamente de reconversión imposible, por la especialización a que se han visto abocadas, cuando desaparecen los pedidos de las empresas de cabecera, obligándolas a su cierre inmediato. 

(seguirá)

Hacia un nuevo modelo económico, pero ¿cuál? (1)

Dejemos la ortodoxia, el análisis sistemático, la pomposidad del lenguaje. Utilicemos la intuición, nacida de la observación subjetiva, pero culta, de lo que está pasando en la economía global.

Muchos expresan que es necesario un nuevo modelo económico, presuponiendo que habrá alguna fuerza superior capaz de imponerlo. Qué ilusión. El nuevo modelo económico, surgido de la transformación controlada de las estructuras existentes, hace ya tiempo que se instaló entre nosotros.

Y estos son sus elementos principales:

1. Férreo control de las grandes líneas de producción básica (minería, materiales, energía, agua, medios de transporte, etc.) por macro-empresas multinacionales, en régimen de monopolio u oligolopolio imperfecto. Con la misma estrategia, se han configurado los líderes absolutos de otros sectores relacionados con nuestra idea de bienestar: producción de fármacos, tecno-medicina, alta tecnología, investigación de alta calidad, producción de los llamados bienes culturales, información, etc.

En algunos casos, el  capital de estas empresas, con capacidades de actuación muy superiores a la mayoría de los Estados, parece encontrarse en manos de personas físicas, de familias que han tenido éxito desproporcionado en sus planteamientos de negocio.

No nos debemos engañar. Estos detentadores masivos de capital y, sobre todo, de capacidad de decisión, reúnen muy variados intereses económicos de fuerte potencial, y sus líneas de actuación concretas son confiadas a ejecutivos muy capaces y excepcionalmente bien pagados, cuyos bonus estarán ligados a la obtención de beneficios, lo cual se convertirá en garantía de proseguir aumentando el control global para los accionistas, que adoptarán, gracias a los lazos de intereses que les unen, las grandes directrices.

No hay porqué imaginar objetivos altruistas, ni capacidades sobrehumanas. En los consejos de administración de esos mastodontes empresariales, se sientan individuos de lo más normal, con comportamientos éticos y personales que no están -ni tienen porqué estarlo, claro- precisamente dirigidos por la idea iluminada de aumentar el bienestar colectivo, salvo que se traduzca en lo que puede medirse: dinero, bienes, poder.

La utilización eficiente de la visión económica, de disponibilidad de materias primas, de recursos, de vacíos legales, de más favorables ambientes laborales y políticos, no se detendrá. Puede que, para tranquilizar las conciencias de sus nichos de clientela más exigente, se esfuercen en presentar brillantes informes de sostenibilidad y atractivas memoria ambientales. Será una posición pasajera, zonal, y, por tanto, simbólica, pues faltará la supervisión global de sus actuaciones.

En realidad, no tendrán (no tienen) empacho en combinar sedes oficiales, filiales o participadas en paraísos fiscales, manejar la economía sumergida donde haga falta y, por supuesto, alimentar la corrupción de los tomadores de decisiones, con poder suficiente para retirarlos del mercado de trabajo si oponen alguna resistencia.

Sus medios de actuación directos para incrementar la rentabilidad serán siempre los clásicos: reducir personal, deslocalizar factorías y centros de producción hasta donde los costes sean menores y, también,  incorporando más automatización y extremando los ahorros en los inputs y procesos.

Las consecuencias para los países hoy llamados desarrollados son claras: reducción de empleo y actividad en ellos, que se verá desplazada hacia países emergentes, con mejor disponibilidad de materias primas, mano de obra más barata, y menor control legal y ambiental. Las necesidades financieras no serán la preocupación fundamental para estas multinacionales, pues se encuentran en situación de fijar los precios de mercado.

(seguirá)

Sobre la sana envidia y los sabios consejos de almanaque

Por supuesto, la sana envidia no existe, porque la envidia es siempre ponzoñosa, perversa, quema el espíritu de aquel donde se aposenta.

Tampoco existen -en este caso, por extinción de su soporte físico- los sabios consejos de aquellos almanaques de sobremesa, que te obsequiaban cada día con una frase rotunda, atribuída por lo general a personajes cuyos nombres te sonaban a cultura, y que parecía que se habían pasado la mitad de su vida ideando combinaciones esplendentes de sujeto-verbo-predicado.

Los consejos no se encuentran en los almanaques, pero no hay escasez; al contrario. A poco que se baje la guardia, se encontrará con alguien dispuesto a espetarle uno o varios.

Las dos diferencias que el lector habrá ya descubierto entre las frases impresas rimbombantes y la que nos regala el vecino de al lado, son, sin duda éstas: una frase de almanaque tiene un montón de destinatarios potenciales desconocidos y, por tanto, no tiene porqué adecuarse -salvo casualidades- a nuestra situación particular; y, en segundo lugar, lo que nos aconseja un bípedo al oído -se lo hayamos solicitado como si no- es casi siempre exactamente lo que no vamos a hacer.

"Te aconsejo que vayas a tu jefe y le digas claramente que no vas a aguantar ni un día más esa explotación; que te despida si se atreve". "Deja de llamar a tu novio por unos días, hazle ver lo importante que tú eres para él. Verás como viene después a comerte a la mano". "Te aconsejo prolongar la vida de las centrales nucleares; ahorrarás dinero al país y, además, mantendremos los conocimientos en una tecnología imprescindible." "Distánciate de ese personaje; aunque aparentemente cuente con apoyos en su región, no hará más que emponzoñar la imagen colectiva del Partido". Etc.

No hay que descuidar tampoco la guardia ante la posibilidad de que el que nos aconseja, lo que, en verdad, tiene contra nosotros, es envidia. Lo que convierte al consejero en retratado y ha de servir para elevar nuestra autoestima. Imaginemos el poder que otorga a un individuo desayunarse, al empezar el día con frases como: "Prefiero dar envidia a dar lástima" o, aún mejor: "Si feo te envidian, guapo te matan",  y, ya con esencias extramundanas, este redondo aforismo: "Los débiles, envidian; los fuertes, admiran"...

No debemos subestimar, con todo, a quien nos da consejos, porque puede que nos esté poniendo a prueba, ya que "Hace falta más sabiduría para aprovechar un buen consejo que para darlo".

En fin, que quien aconseja no tiene porqué ser ni envidioso ni experimentado, por aquello de que "Un mal escritor puede ser un buen crítico, por la misma razón que un mal vino puede hacer un buen vinagre", aplicado al tema que hoy nos ha ocupado. También del más incompetente ejecutor pueden venir ideas de lo más aprovechables.

No es, ni mucho menos, lo habitual. Del exterior a lo que nos preocupa, lo que más se hace notar, es el ruido.

Sobre ingeniería y paisajes percibidos

"El paisaje comprende lo natural y lo construído. Desde el paisaje se puede entender la ingeniería en su completa significación, el equilibrio entre obra y contexto."

Esas fueron, más o menos, las palabras con las que Miguel Aguiló, catedrático de Estética de la Ingeniería en la Escuela de Caminos de Madrid, centró lo sustancial de su mensaje respecto al paisaje y la ingeniería, en la conferencia sobre "Ingeniería, paísaje y sentido de lo construído", que pronunció en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, el 16.02.2011.

Por supuesto, esa declaración vino precedida de numeros ejemplos de obras de ingeniería que intervinieron eficazmente sobre el paisaje natural y de toda una pulsante gradación de su pensamiento tecno-filosófico -en la que el conferenciante recurrió a Henry Bergson, Heidegger, Walter Benjamin, Keynes o Rielke (entre otros), como le vino en gana, demostrando un deslumbrante bagaje cultural-.

Aguiló tiene su teoría sólidamente fundamentada y es muy difícil, además de temerario, criticar tanto sus principios como sus conclusiones. Ingeniero de caminos y economista, ha ocupado la presidencia de Iberia, Canal de Isabel II y Astilleros españoles.

Es desaconsejable, pues, acercarse al alcance de las fauces del león desde la improvisación o la simple intención de dejar alguna constancia ante su auditorio de que se existe.

Para abrir el coloquio, le hicimos una pregunta que intentamos fundamentar en ciertos atisbos de defensa de la ingeniería (y de la arquitectura) sin atender a especialidades. Nos presentamos como ingeniero de minas y enlazamos nuestro comentario con la necesidad de ofrecer un frente común que ponga en claro ante la sociedad civil lo que están haciendo y pueden hacer los técnicos, defendiendo así el prestigio global de la ingeniería.

No está -nos pareció- Miguel Aguiló por abrir espacios relevantes a las otras ingenierías. Y, menos, a los ingenieros de minas -competidores como ingenieros civiles, especialmente en las obras subterráneas-. Confesó el conferenciante que "no había trabajado nunca con ingenieros de minas", aunque sí citó otras ramas de la ingeniería como colaboradores habituales. Junto  a los de minas, tampoco ve como "creadores de paisaje" a los navales o aeronáuticos; no mencionó a los de la especialidad de Defensa.

Fue la única parte del paisaje que pintó Aguiló cuya percepción nos dejó con un sabor agrio. ¡Hubiera sido tan sencillo, dado lo redondo de la conferencia, y ante un auditorio en el que no había solo ingenieros de caminos, defender que, junto a los arquitectos, todos los ingenieros, al actuar sobre el paisaje natural, modificándolo y adaptándolo a las necesidades de la sociedad, tienen responsabilidades comunes en conseguir que sus intervenciones sean mínimas, funcionales, estéticas!.

Porque, caramba, no solo los ingenieros de caminos intervienen sobre el paisaje; lo hace hasta el labrador que levanta una nave, apilando ladrillos, para guardar el tractor en un pueblo de Galicia, o el delincuente malversado que arroja las ruedas gastadas del coche a un río -por contar dos ejemplos que se reproducen a diario-; ellos contribuyen negativamente a nuestra percepción del paisaje.

Pero de la profesionalidad y deontología de los titulados, de su saber hacer y sensibilidad, cabe esperar, y que se autoexijan, otros comportamientos. Hayan sido egresados de no importa qué Universidad o Politécnica.

En el nombre de la Enel-gía, ¿Business as unusual?

La Jornada resultó más bien aburrida. Era el Día de la sustentabilidad para Enel, la empresa italiana que controla Endesa y, hasta la hora del almuerzo (un tentempié servido con algo de desorden), el flamante Auditorio que la empresa tiene en Madrid, estaba a rebosar. Después, ay, los espacios se aclararon bastante.

Lo más interesante nos pareció el mensaje del Ministro de la Presidencia, Ramón Jáuregui, que lanzó algunas piedras en el tejado de la sustentabilidad que trataban de construir, desde la lógica autocomplacencia, los ejecutivos de Enel-Endesa y sus speakers invitados de pago.

El discurso de Jáuregui tuvo reflejos de nostalgia de tiempos pasados, o así nos pareció. Empezó expresando con claridad el mensaje de fondo: La política desde la Administración del Estado no lo puede todo y "La Empresa" puede mucho más.

Teniendo en cuenta que la política de Endesa (como quedó trasparente en la jornada) la fija Enel, y que las directrices para este complejo italiano son establecidas desde la administración pública del vecino del Sur, esta confesión de debilidad sonó a extraño.

Jáuregui expresó que "la sostenibilidad está en la base de una cultura que ilumina la actual situación", y que los ciudadanos reclaman un comportamiento responsable de sus empresas. Sin embargo, -dijo- así como "en los últimos diez años en España se ha avanzado más -en actuaciones trasversales- en los campos de ambiente e integración de la discapacidad", en el sector de la RSC (Responsabilidad Social Corporativa) advierte el Ministro "signos preocupantes de agotamiento en el debate".

A la vista de las rutinas (también "preocupantes", adjetivó), tiene la sensación de que se actúa como si "ya se hubiera avanzado bastante", olvidando que la RSC no es una meta, sino un camino de perfección y excelencia.

Apoyó esta grave constatación en ejemplos concretos: el alto porcentaje de empresas del IBEX que operan en paraísos fiscales, la disminución de presión por parte de la Administración, -consecuencia de la pérdida de ingresos públicos por la caída del sector inmobiliario-, y la importancia marginal que conceden las empresas a las Memorias de Sostenibilidad, que -en lugar de "ser una oportunidad para que las compañías se desnudaran", se contratan a empresas consultoras, que las realizan de acuerdo con estándares convencionales, poco agresivos.

El ministro Jáuregui abogó por una modificación de los principios que regulan, desde las empresas, los informes de sostenibilidad, que deberían estar destinados a los stockholders, y ofreciendo información interna útil como, por ejemplo, sobre la subcontratación que realizan, incoporando un listado de proveedores.

"Las empresas grandes (de más de 1.000 empleados) están obligadas a hacer ese Informe" (es decir, no lo considera una decisión voluntaria, sino exigible por Ley), y "las empresas públicas tienen que dar ejemplo".

El final de su corto discurso fue contundente: "El futuro será sostenible, o no será".

En la mesa redonda (más bien, respuesta a un cuestionario "light" que dirigió a varios amigos de Enel, como maestro de ceremonias, el periodista David Eades, de la BBC), la secretaria de Estado Teresa Ribera (que tuvo el acierto, a pesar de su excelente inglés, en hablar en español, "para que el auditorio le entendiera mejor") defendió como importante "enunciar compromisos políticos en el corto plazo, como la única manera de generar señal, certidumbre, para que las empresas y la sociedad vayan generando nichos" a medio-largo plazo.

Así que, al menos desde la Administración pública española, se daba por bueno el eslogan que servía de llamada de atención para la Jornada: "Business as unusual".

El problema está, desde luego, en cómo conseguir beneficios empresariales con himnos a la bandera de los intereses colectivos, ausentes del debate.

 

Sobre huellas, sonidos y colores del agua.

Estamos inmersos en la moda de buscar la huella de lo que hacemos. Seguramente, complacidos de haberla dejado. Proliferan los análisis de las huellas de nuestro paso que, por supuesto, están relacionadas con la naturaleza. Por eso serán hídricas, acústicas, de carbono, ecológicas, ambientales...

Podemos estar orgullosos de haber superado los tiempos en que, al grito de ¡Agua va! los habitantes de las ciudadelas medievales vaciaban sus bacenillas arrojando el contenido de la ventana a la calle. Ahora, nuestras aguas negras se recogen en casi todas las ciudades civilizadas, se tratan en complejas instalaciones de depuración y, en algunos casos, se reutilizan.

No importa tanto que en el mundo -según cómputos misteriosos realizados por funcionarios bien pagados, se supone- estimemos en 1,5 millones los niños menores de 5 años que fallecen por beber agua en malas condiciones. Tampoco debe ser tan importante que casi 1.000 millones de semejantes -quizá no tan semejantes, después de todo- carezcan de agua potable en sus hogares y, por tanto, habrá de ser muy superior el número de los que no disponen de recogida de sus aguas cloacales y, no digamos, de estaciones para su tratamiento posterior.

Ah, pero no tenemos motivos para estar orgullosos. Nuestra huella hídrica -es decir, el balance entre el agua limpia que consumimos y la que devolvemos a la naturaleza- es francamente negativo, especialmente en el mundo occidental, el que se jacta de ser más civilizado.

Vienen muy bien estudios como el realizado por el profesor José Antonio Sotelo y un equipo de profesores multidisciplinar, y nos parece estupendo que la Fundación Mapfre dedique un dinero a pagar esa investigación.

El libro "La huella hídrica española en el contexto del cambio ambiental" es una ayuda inestimable para la reflexión en torno al uso y economía del agua en España.

Somos uno de los países de Europa que más agua per cápita consume, a pesar de ser el más árido de Europa: "tanto el consumo de agua azul como de agua verde supera los 100 km3/año".

¿Qué es el "agua azul"?. El profesor Rafael Llamas la ha definido como "la parte del ciclo hidrológico que la sociedad ha modificado para su aprovechamiento". El consumo de "agua verde" ("la que permite que la vegetación natural y los cultivos de secano se desarrollen normalmente"), por su parte es "la evapotranspiración del agua procedente de la precipitación en el suelo de cultivo".

A nivel mundial, "se estima que el uso total de agua dulce (agua azul) es de 4.000 km3/año y que otros 6.400 km3/año de agua verde son utilizados directamente en las actividades agrícolas", valorándose en 5.200 km3/año el volumen de agua azul y verde necesario para producir todo tipo de alimentos a nivel mundial. (Las estimaciones de Naciones Unidas la elevan a 6.000 km3/año: 1.000 m3/año por habitante del planeta).

La huella hídrica de España, con 40,5 millones de habitantes de media en el período 1997-2001, fue de 94 km3/año: 2.350 m3/hab-año.

Es interesante analizar los efectos económicos de ese consumo, según los diferentes empleos realizados. Enla parte andaluza de la cuenca del Guadina, por ejemplo, la productividad económica de las hortalizas es aprox. 15 €/m3, gracias a la producción bajo plástico y al empleo conjunto de aguas superficiales y subterráneas. Es muy alta, desde luego, comparada con los demás valores obtenidos para otras zonas y cultivos, que pueden estar por debajo de 1 €/m3.

Hay que profundizar en esos estudios. Y, sobre todo, hay que asumir un uso mucho más responsable del agua. Porque se nos está acabando el recreo, y hay huellas que no deberíamos dejar.

 

A la búsqueda de los océanos azules

En la presentación del libro sobre La Huella hídrica en España, que realizó un equipo dirigido por José Antonio Sotelo en la sede de la Fundación Mapfre (la entidad que financió el estudio), -el 11.02.2011- se recordó la invención de Rafael Llamas de poner colores al agua, según su estado de contaminación, usos y reutilización posibles.

Nos referiremos en otro Comentario a este interesante estudio y repasaremos, al paso, la hidrología colorimétrica, pero hoy vamos a cumplir con nuestra promesa anterior de glosar los océanos azules, zonas geo-económicas en las que José Luis Vallvé, unos días antes, y en otro foro, veía mayores posibilidades de desarrollo y generación de actividad.

Un océano azul, por contraposición a uno rojo, es un nicho de mercado que aún está desocupado, como resultado de una idea de gran recorrido que no ha sido puesta en práctica.

Vallvé se centró en uno especial, relacionado directamente con el impulso a la actividad de las empresas de Tecniberia, que él preside: "Vender el modelo infraestructural español a Africa".

Y, en relación con ello, "hacer de Madrid la capital mundial de la ingeniería" (matizó que no lo proponía por localismo matritense, porque lo importante no era la ubicación concreta, sino el concepto: aprovechar el éxito y la experiencia de las empresas de ingeniería y construcción españoles en el desarrollo del modelo infraestructural de nuestro país)

Lo justificó por activa y por pasiva, aunque, como enunció la idea al final de su charla, no precisó muchos detalles para hacerse perfectamente inteligible. "Hemos llegado tarde a Asia y, seguramente, demasiado pronto a América."

La construcción de un túnel bajo el estrecho de Gibraltar sería el activador de un impulso de desarrollo al continente africano del que la industria y tecnología españolas deberían ser los activadores

Sería un dinero muy bien empleado:"El túnel costaría de 40.000 a 50.000 millones de euros".

Para el mejor aprovechamiento de ese impulso, Vallvé se refirió también a los diferentes modelos de apoyo a la exportación, que distribuyó, simbólicamente, según nacionalidades: "El modelo francés se concentra en ayudar a las empresas públicas, el americano confía en las grandes empresas como elemento de activación a la exportación; los japoneses, prefieren ayudar a las empresas pequeñas... y los alemanes, a todas".

No necesitó concretar el brillante ingeniero en quién depositaba las preferencias de su modelo, pues ya había dicho antes, con humor, que el eje de crecimiento europeo no era el "franco-alemán", sino "el germano-alemán".

Antes de lanzarse a conquistar esas mares océanas, o simultáneamente, pero con premura, habría que poner orden en varias cuestiones internas, que sistematizó entre las que afectarían al país "como comunidad de vecinos, como sistema, o como empresa".

Siguiendo a José Luis Vallvé:

a) La cuota de gasto que implica nuestro Estado funcionarial es excesiva, y, además, ineficiente. Nos cuesta 100.000 millones de euros/año, lo que supone 30 a 40.000 Mill euros más de lo que nos correspondería por tamaño. Si dedicáramos un 5% de lo  que nos ahorraríamos en diseño de Estado a la ingeniería, tendríamos 5 ó 6.000 millones de euros para mejorar la forma de hacer las cosas -el back office- , dinero excepcionalmente útil, desde luego, mucho más que el que empleemos en el front office (aunque no concretó a qué se refería, entendimos que englobaba las acciones dedicadas a la presentación publicitaria, es decir, a "la galería").

La mejora del control y de la eficiencia tiene posibilidades en muchos sectores. "El español es el único europeo que paga porque alguien recoja el papel que él mismo acaba de tirar" -enfatizó. Y, además, "hay mucho fool rider -que disfruta y no paga".

b) Para arreglar el sistema, habría que abandonar la obsesión de "medir por el dinero empleado, y centrarse en su eficacia. Decimos que hemos invertido 1 euro en educación y, en realidad, ignoramos cuánto de esa cantidad ha ido a parar a ese sector".

La organización territorial es ineficaz. Vallvé se concedió un segundo de autobombo: "Fuí el primero que lo dije. En las comunidades autonómicas uniprovinciales no existe diputación, y no pasa nada. Suprímanse, repartiendo las funciones entre otros órganos de la Administración"

c) España gasta el 40% de la energía en transporte, y no existe debate al respecto. El transporte que se realiza por ferrocarril es menos de la mitad que en la media europea. Subvencionamos, por el contrario, el transporte por carretera. Si un camión atravesara Europa, el único tramo en el que no tendría que pagar peaje, sería al circular por Castilla.

d) No deben abandonarse las políticas básicas en beneficio de liturgias y tabúes sin justificación. "El parón nuclear se produjo por un tabú litúrgico que propagó que esa forma de energía era peligrosa." Por el contrario, "el vector gas, ha producido miles de víctimas, pero no se habla de su peligrosidad." No será fácil el rescate de la objetividad, ni filosóficamente ni tampoco técnicamente:"Hoy, se está jubilando la generación que sabía de nuclear...", sin reemplazo.

Con gusto trasladaríamos, palabra a palabra, si nos fuera posible, toda la charla de José Luis Vallvé. No porque la tengamos como dogma absoluto -estaría, además, lejos de la pretensión del conferenciante-, sino porque es la demostración clara de que tenemos en nuestro país gente seria, capaz, con ideas, deseosa de participar activamente en un debate de presente y futuro.

Lamentablemente, no se está contando con ella.

Esa ausencia, siendo su perfil tan cualificado, incluso nos lleva a pensar que la razón de que no se apele a su consejo, es porque no interesa ningún debate, y, en caso de que se esté produciendo... se realiza bajo corsés y parámetros que anquilosan y reducen drásticamente el espacio para la inteligencia.

 

Por la defensa ética de nuestro estado de derecho

Un estado de derecho, como el español, no puede estar sometido continuamente a la desastrosa sensación de que existen demasiados individuos que, incluso y a pesar de su posición de garantes, se aprovechan para delinquir, en la confianza (suponemos) de que sus actuaciones resultarán inadvertidas y, -lo que es mucho peor-, saldrán impunes si son descubiertos.

Son excesivos los casos con los que los media nos alimentan el malestar cada día. Es intolerable para la sensibilidad de los millones de personas que, no solamente nos esforzamos en cumplir la Ley sino que, conscientes de nuestra responsabilidad ética con los demás, seguimos los principios que forman la base de la convivencia: el respeto a los demás, la honestidad y concordancia entre lo que creemos, lo que decimos y lo que hacemos.

Ha trascendido un grave escándalo protagonizado por autoridades andaluzas, que no tuvieron empacho en inventarse situaciones laborales de la que no disfrutaban -ellos, sus amigos o sus correligionarios- para cobrar subsidios de desempleo a los que no tenían derecho, o inventarse falsas personalidades para acogerse a prejubilaciones.

No dudamos que los sucesos se esclarecerán y, finalmente, los culpables, si se demuestra el dolo de sus actuaciones, serán castigados como se merece.

Pero este escándalo se suma a otros múltiples, se superpone con otros miles de situaciones aún no denunciadas y, por lo que se acaba sabienda en algunos casos, conocidas y, por tanto, toleradas en complicidad, por quienes están al cabo de la calle, enterados de fraudes que no denuncian e incluso ocultan, quién sabe porqué motivos.

Hay en España demasiadas construcciones irregulares, demasiadas situaciones de fraude, excesivas infracciones impunes a toda una parafernalia de leyes, normativos y reglamentos que a menudo parecen estar ahí solo para que las cumplan los que no puedan permitirse saltárselas a la torera.

No debiera trasladarse al ámbito penal o administrativo y mucho menos, al ámbito de los procesos civiles de quienes se sienten obligados, ante la omisión de las autoridades a suplir la dejación de las obligaciones de los responsables públicos, a acometer complejos, dilatados y caros, denunciando irregularidades de las que el día a día nos ofrece excesivos ejemplos.

Pongamos orden, de una vez. La administración de justicia no debiera actuar más que como última razón para restablecer el orden que la sociedad haya elegido como modelo.

La tenemos empapizada, con la legiferancia de los que gobiernan, la beligerancia de los que son gobernados, la parcial incompetencia técnica de jueces y abogados (unos, obligados con demasiada frecuencia a decidir sobre lo que no saben, y otros, a promover litigios para comer) y, sobre todo, con  la ausencia de ética que se ha colado como ventaja competitiva en nuestra sociedad.

Todos estamos obligados a cumplir y a hacer cumplir las normas de convivencia y, muy en especial, las leyes. Los que tienen responsabilidades públicas deben dar ejemplo, no solo de su cumplimiento, sino de no tolerar que sus colegas de partido, sus compañeros en la función pública, sus familiares y amigos infrinjan lo que, entre todos, hemos decidido acatar como base para nuestro Estado de derecho.

No es juego en el que gana el más listo. Es una obligación de convivencia, de ética, de respeto hacia los demás, en el que quien desea zafarse merece ser destacado con nuestro más profundo desprecio.

 

Sobre la irrupción de la Edad Moderna en el mundo árabe

No tenemos imágenes de la sensación de euforia que, teóricamente, debía haber recorrido, como un caballo victorioso, las huestes medievales constituídas por vasallos, gentes de la gleba, esclavos y vencidos en general, cuando desde nuestra visión eurocéntrica de la Historia, supusimos luego que había comenzado la Edad Moderna.

Lo hemos estudiado en los libros: En el occidente cristiano se asimiló, siglos más tarde, la superación del período oscuro que se asoció a la Edad Media, a la invención de la imprenta, el descubrimiento por Europa de que había otro continente poblado (y más rico) al otro lado de la mar océana, y a otros síntomas que hicieron pensar que quedaban nuevamente abiertas las puertas de la libertad, el pensamiento y el camino hacia la luz que se atríbuyeron al mundo "clásico" greco-romano.

Tenemos, sí, y muchas, las imágenes de los egipciacos celebrando la marcha de Hosni Bubarak el día 11 de febrero de 2011, después de unas agotadoras -y esperanzadoras- semanas en las que una ola de presión contra algunos dictadores del mundo islámico se ha ido gestado, como un tsunami, entre la población, hasta ahora, bastante sumisa.

Una vez más, la fuerza popular ha concretado en la caída de un ditador, mantenido como líder incuestionable durante décadas, la consecución de la libertad. Una sensación de alivio, de victoria, se evidencia en las declaraciones improvisadas, en los gritos y cánticos de las gentes que se reúnen en multitud, para expresar su júbilo.

¿Cómo trasmitir a esa multitud que aún es mucho el camino que queda por recorrer?. Que, después de ese tiempo de catarsis, hay que empezar el trabajo de generar unas estructuras de opinión canalizada, de propuestas de nuevas actuaciones, de selección de prioridades. Hay que aprender a caminar con nuevas directrices, que hay que encontrar y generar, teniendo mucho cuidado de no destruir lo que se haya hecho bien.

Porque también las dictaduras hacen cosas bien. Pero, sobre todo, después de tantos años de permanencia en el poder, un dictador no solamente no ha crecido solo, sino que se ha generado en su torno una gran red de influencias, poderes, servidumbres y vicios. Sus beneficiados están ahí, a la espera de que todo vuelva a su cauce para seguir actuando.

Mientras levantamos nuestra copa, simbólicamente, para celebrar ese logro colectivo de un pueblo amigo, no podemos menos que mirar por el rabillo del ojo, al general Tantaui, un hombre gris y con cara triste, que nos ha traído el recuerdo, quién sabe por qué, de Carlos Arias Navarro, anunciando la muerte de Francisco Franco, el generalísimo.

A falta de pan, buenas son tortas

A Javier Anta, presidente de ASIF (la asociación mayoritaria de gentes del mundo fotovoltaico español) no le duelen prendas ni le van las medias tintas, por lo que demostró mientras pintaba, con pinceladas firmes y sombrías, el cuadro paisajístico del sector que representa: "Es fundamental tener un mejor gobierno".

Fue en el transcurso del desayuno-ponencia que ofreció, a salón lleno, el Foro Nueva Economía el 9 de febrero de 2011. Era, por supuesto, imposible, conocer si Anta se refería a gobierno con mayúsculas o con minúsculas, y tampoco se echaba en falta la precisión: Para ASIF, las cosas no se han hecho como debieran.

Resaltó Anta en su intervención que el precio de los paneles fotovoltaicos se ha reducido en los últimos diez años desde los 10€/kW a los 2 €/kW, demostración, sin duda, del tremendo esfuerzo realizado por aminorar los costes. La adopción de una medida de estímulo al sector supuso el abandono de la i+d para activar el desarrollo industrial, en la idea de que ello aceleraría la curva de experiencia.

Cuando se inició este proceso,  España contaba únicamente con dos fabricantes, con capacidad para 1 Mw/año, y se encontraba a la cabeza de las aplicaciones. El RD 1828/1998 supuso un esfuerzo de apuesta por esta tecnología. Sinn embargo, los últimos cambios regulatorios son vistos en consonancia con la intención de desplazar del mercado a la fotovoltaica.

El RD 661/2007 fijaba una tarifa para la foltovoltaica que todos -incluso desde el sector- valoraron que era alta, pero el Plan 2005/2010 apostaba por alcanzar la cifra de los 400 MW al final del período.

En los meses subsiguientes, "gracias a la posibilidad de financiación barata, a la importación de paneles (sobre todo, del Extremo oriente) y a la sencillez de la tecnologia, así como al canon establecido, provocaron que se llegara a una cifra diez veces superior al objetivo planficado".

Anta se preguntaba si el sector era responsable de la situación, para contestarse: "El responsable fue la propia tecnología. La regulación no resultó óptima, porque introdujo desequilibrios y tensiones en el sector energético".

En 2008, como es conocido, se instauró el Registro de Asignaciones para la Retribución, procedimiento complejo y que no es visto ahora como eficaz.  "Cuando en 2009 se alcanzó la velocidad de crucero, el Gobierno pretende ahora una quita del 30% sobre las tarifas, limitando las horas del PER y las horas de producción para todas las instalaciones y, además, imponiendo una reducción adicional por zonas, que supone una merma entre el 10 y el 15% de las expectativas económicas."

La discrepancia del sector respecto a las medidas es calificada por el ponente de forma clara: "El sector no compartía la limitación de horas ni los recortes tarifarios, pero lo que no podía aceptar en ningún caso es el efecto retroactivo de las medidas".

Los resultados de las mesas de negociación con el Gobierno no cambiaron la posición del Ejecutivo. "Se apuntaron varias soluciones: sacar de la tarifa las instalaciones que estaban incumpliendo la normativa, porque no habían cumplido con la obligación de terminar las obras en la fecha prevista, o porque habían instalado paneles en época más reciente (con tecnologías más baratas), y se habían acogido, sin embargo, a las subvenciones. Se hubieran podido ahorrar así 720 Mill € -a lo mejor, o en el primer año, pero sí en dos o tres años)".

El asunto se complicó por la difusión de declaraciones falaces (por ejemplo, que se había producido fotovoltaica en horario nocturno), haciendo propagar la idea interesada de que el sector "era timador".

Esta descalificación global al sector no es en absoluto compartida por ASIF: "Puede que en un total de 50.000 instalaciones exista 1% de instalaciones irregulares, pero extrapolar la situación es una manipulación".

También hay que resaltar que "en España fabricamos todos los eslabones de la cadena de valor", y que " de los 25.000 Mill. € invertidos en los últimos 4 años, se han atraído 10.000 Mill € de inversión extranjera".

Lo dicho, a falta de pan, buenas son tortas.

¡A las armas, ingenieros!

Son muchas las formas en la que se podría llamar la atención sobre la excelente disertación que realizó el Presidente de Tecniberia, José Luis Vallvé, en el Foro España Innova, el 10 de febrero de 2010.

Como en su exposición se refirió varias veces a la situación de la ingeniería en España, resaltando que las instituciones gubernamentales se empeñan en la liturgia (magnífica palabra, que Vallvé enfatizó un par de veces) de aumentar su propia grasa, descuidando los nervios y, sobre todo, la materia gris, ésta de "!A las armas, ingenieros!" nos parece adecuada.

Brillante ingeniero de caminos y licenciado en derecho como profesiones académicas, (con un currículum de los que demuestran un paso eficiente tanto por lo público como por lo privado y una personalidad atractiva como tenemos ya pocas en España), Vallvé calentó motores desde el principio, ante un auditorio lleno de caras conocidas (muchos ingenieros), y que ocupaba varios salones del Ritz, -señero hotel especializado hoy en estos desayunos, frugales de contenido material, pero densos, magníficos, en sustancia espiritual-.

"Echamos de menos el fortalecimiento de la sociedad civil, porque se supone que estamos en un Estado abierto a los ciudadanos", dijo el conferenciante, después de reconocer que "había aprendido mucho aquí", en otras conferencias de esta iniciativa singular que es el Foro.

José Luis Vallvé mezcló anécdotas con mensajes directos como puños lanzados al rostro del que gobierna creyendo que él solo tiene la verdad y a los demás solo nos queda obedecer. Y, como persona pragmática, ofreció soluciones, vías de trabajo. "Las ingenierías no sabemos hacer otra cosa que i+d+i", apuntó.

Pero el último recorte presupuestario dejó a las constructoras y, por tanto, a las ingenierías, "prácticamente sin obra pública", por lo que están abocadas a una "reconversión brutal". La DG de Carreteras, por ejemplo, pasó de contatar 250 millones de euros al año a apenas 6 millones de euros en 2010.

Y las consecuencias no serán malas solo para las empresas de ingeniería. "Enviar un ingeniero al paro cuesta más que tenerlo trabajando. Se han invertido 60.000 euros en su formación y, si se marcha del país, es probable que no vuelva, con lo que el dinero invertido se habrá perdido para siempre."

El mal está hecho: "España no gasta en ingeniería ni el 5%: junto a 20.000 millones de euros en obra nueva, se gastaron en 2009, 10.000 millones en reformados", lo que quiere decir que se prefiere ir modificando la obra a media que se va haciendo o a posteriori, en lugar de contar con un buen proyecto desde el principio.

También denunció que "tenemos un modelo educativo sin prospectiva". Disponemos de 5 veces más abogados que Francia, que, como tienen que vivir de su trabajo, tienden a generar conflictos, propiciando un exceso de ruido. "Ha bajado el número de estudiantes de enseñanzas técnicas", y "las empresas de ingeniería acceden a las ayudas con mucha dificultad; están mejor situadas las ONG", lo que definió como un procedimiento "perverso" y solicitó que "nos dejen acceder, por favor, al enorme mercado de la cooperación al desarrollo".

La intervención estuvo plagada de excelentes titulares, pero terminamos esta breve (e injusta con el contenido completo de la conferencia), con la satisfacción de expresar que la pregunta que formulamos al ponente coincidió con la que preparó Manuel Acero, Presidente del Instituto de Ingeniería de España, también presente, desde la mesa de honor.

Por ella pudimos enterarnos que comparte nuestra opinión de que los "ingenieros no valemos para todo", como pretende la descabellada redacción de la Ley de Servicios Profesionales a punto de promulgarse, si no se remedia, y que la eliminación del visado profesional en los proyectos es una vía de indefensión hacia el ciudadano, justamente lo contrario de lo que la Ley dice perseguir.

Ah, y también estamos de acuerdo en que "no todos los ingenieros son iguales" y que los antes llamados ingenieros técnicos, como los aparejadores, cumplían una misión esencial, imprescindible y dignísima, en la ejecución de obras y proyectos.

Las ideas de Vallvé sobre los "océanos azules" del panorama tecnológico merecerán otro comentario en este blog.

Contra la huella de carbono, castidad

Siendo la castidad la virtud de la abstinencia de todo goce carnal (según acepción de la RAE), no puede dudarse que la difusión de este comportamiento disminuiría la producción de CO2 y otros gases de efecto equivalente, que son los culpables de la "huella de carbono".

Por si se acerca a estas líneas algún estudiante despistado que esté preparando un trabajillo de esos que puntúan para elevar la nota sobre el aprobado general, aclaremos que la meritada huella es el invento por el que se pretende traducir en peso de anhídrido carbónico emitido las actividades que consumen energía. 

Se puede calcular para personas físicas como jurídicas, para actividades lucrativas como lúdicas. Está de moda. Existen programas que obtienen, a partir de datos sobre los hábitos (de comportamiento, transporte, consumo, etc.) un número al que se ha popularizado llamar "la huella de carbono", con el propósito, por lo general, no tanto de llevarse las manos a la cabeza como de ayudar a la mentalización de que se debe reducir.

Para comparar huellas de este tipo, se siguen procedimientos normalizados de certificación, en especial para organizaciones, siendo en la actualidad el protocolo utilizado la ISO 14064-1. Para productos, está prevista la revisión de la ISO 14067.

Todos somos contribuyentes al calentamiento global, porque todos producimos -también por el solo hecho de existir, pues respiramos- CO2.

Podemos serlo en mayor o menor medida: Chris Goodall refleja en su libro "Cómo vivir con menos CO2" que utilizar la bicicleta es mejor que andar, como elemento para cuidar el clima, si para compensar las calorías que perdemos haciendo ejercicio utilizamos una dieta rica en carne (se emiten 50 kg de gas invernadero para producir 1 kg de carne; así de ineficientes energéticamente son los cuadrúpedos herbívoros).

La cuestión que nos preocupa en este Comentario, sin embargo, no es ya la muy probable necesidad de poner coto inmediato a la masiva producción de gases con efecto invernadero, sino la coherencia de las cifras manejadas y, por ende, la manera fidedigna, fiable, de obtener resultados homogéneos, que nos permitan saber, claramente, cual es el cumplimiento de los objetivos propuestos.

Algo nos suena raro. Si sumáramos las huellas de carbono de todos las empresas, organizaciones, personas, animales, plantas y cualesquiera otros imaginables entes productores de CO2, ¿a qué cifra llegaríamos?.

¿Qué significado tiene, en ese contexto, afirmar que España produce -pongamos por caso- 450 millones de t de CO2 equivalente al año? ¿Cuánto podemos ahorrar de nuestra huella de carbono colectiva? ¿Cómo medir la huella de los "sectores difusos" y, sobre todo, el posible ahorro?

Tenemos un día de preguntas, parece.

 

Bajo sospecha: la justicia

Aunque por lo publicado (EP. 6.02.11), en "La película de Baltasar Garzón", que ha rodado Isabel Coixet para profundizar en "Las razones del magistrado", parece ser mayor el ruido que las nueces, sí pueden deducirse de las confesiones del que fue juez estrella de la Audiencia Nacional española que el hoy encausado tiene serias dudas acerca de la independencia de la Justicia de su país.

No es en absoluto una cuestión que pueda pasar desapercibida. Cualquier juicio respecto al funcionamiento de esta institución clave en una democracia siempre se emitió de forma extremadamente cuidadosa, para no despertar al feroz dragón de afilados dientes que defiende con su espada flamígera su territorio.

La división de poderes ha traído una consecuencia perversa que actúa en defensa de la práctica intangibilidad de los juzgadores. Por supuesto, no nos referimos a la impunidad de los jueces en caso de comisión de delitos (hasta ahí podíamos llegar!) sino a la extrema cautela que es preciso desarrollar a la hora de enjuciar, desde fuera, su labor, su organización o las influencias que se hacen sentir sobre sus decisiones.

El juez suspendido Baltasar Garzón -suspendido no por decisión de otros poderes sociales, sino por sus propios colegas de profesión- está disgustado por el trato que recibe su presunción de inocencia, y se "siente condenado", fundamentando tan grave apreciación porque "cinco de los siete magistrados que me van a juzgar son los que admitieron la querella, los que han resuelto los recursos contra esa admisión, los que han dado participación a todas las partes, (...) los que han confirmado la decisión del juez instructor de imputarme, (...), los que me han denegado las pruebas".

Comprendemos la indignación de Garzón y, como ya hemos expresado en otros comentarios, compartimos la sensación de que se le está tratando injustamente. ¿A quién debemos trasladar esta sensación? ¿Al maestro armero?

Y, con aún mayor inquietud, ¿cuántos de los juzgados, encausados, condenados, tienen o han tenido la sensación -puede que la certeza- de que se les está tratando injustamente, de que han interferido en la toma de decisiones judiciales motivaciones extrajurídicas, de que se han equivocado flagrantemente y tal vez a sabiendas las cautelas procesales, de que se han demorado inexplicablemente las decisiones, incumpliendo cualquier previsión de plazo legal, etc.?

¿Cuántos se han ido de rositas por la connivencia con los juzgadores, que nunca ha podido/querido ser investigada? ¿Qué se quiere decir por los representantes del estamento político cuando, como un latiguillo repiten eso de "confiamos en la independencia de la Justicia"?

¿Confiamos, en el sentido de "estamos seguros con la ceguera del que no quiere ver", o confiamos, en el sentido de existen los controles adecuados, internos y externos, para contrastar que, si los juzgadores no actúan correctamente, serán sancionados, multados, despedidos, amonestados? O, aún peor, ¿confiamos, en el sentido de que esperamos que el asunto sea juzgado por un juez próximo a nuestra ideología?

¿Por qué tenemos que esperar a que un juez molesto por el trato que recibe proteste acerca del mal funcionamiento (de una parte) de la Justicia?

Nuestra sociedad tiene miedo, sigue teniendo miedo a expresarse libremente.