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Al Socaire de El blog de Angel Arias

De ruidos

Se arma mucho ruido. A niveles individuales, como colectivos. No sabemos si existirá algún lugar en España que no celebre sus fiestas lanzando voladores, petardos o, llegada la noche, organizando un espectáculo de luces y, sobre todo, acompañándolo con mucho ruido.

En Carnaval como en Semana Santa, en fiestas religiosas como profanas, sea por causa del fútbol como del ciclismo, para recibir al vencedor como para despedir al fallecido, las multitudes se manifiestan por el ruido.

No se expresan contenidos inteligibles, pero sobrecoge escuchar a las masas. Una genuina expresión de su forma de sentir se percibe cuando nos acercamos a un estadio de fútbol: la masa enfervorecida por los avatares del juego presta, con sus aullidos, la voz a ese monstruo de la civilización.

En el plano de las preferencias del personal, pocos se recatan en manifestar que están ahí, a bocinazos, escapes abiertos, aparatos de ventilación mal ubicados,  cánticos desafinados, o -para no hacerlo largo- como propietarios de perros enfurecidos con el mundo tras altas tapias, etc.

Sí, por supuesto, también debemos referirnos a esos jóvenes que parecen empeñados en hacernos partícipes de sus horteras criterios musicales, de su gozo por estropear su cerebro, estómago y voluntad con botellones (al tiempo que mobiliario público, jardines, y descanso vecinal).

Al igual que se dice que por el humo se sabe dónde está el fuego, por el ruido se sabrá dónde se encuentra el majadero. No suele fallar: el que más grita, vocifera, se atolondra, menos tiene que decir, peores bazas tiene. Los de la mejor razón, son los discretos.

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