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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Medida de capacidad colectiva

Me parece mal (y, desde luego, preocupante) que en el exterior hayan perdido la confianza en nosotros, pero peor es la desagradable sensación de que los españoles, también.

Carece de relevancia práctica si hemos sido víctimas de la voracidad especuladora, de la insolidaridad centroeuropea o de nuestra propia capacidad para el despilfarro. Lo determinante es tomar conciencia de que ni la avidez de los mercados, ni los apoyos interesados de las ridículas potencias germanofrancesas ni la contención desaforada de nuestro gasto, nos van a solucionar nuestro problema.

Porque nuestro problema es demostrar que somos capaces de seleccionar prioridades, dejar de obsesionarnos con lo que crean los demás que debemos hacer, activar nuevos sectores generadores de riqueza y empleo, y poner a trabajar a todo el mundo, en lo que mejor sepa hacer y nos sea más necesario, y, por supuesto, traer a este campo de concienciación a los que tienen el capital, los medios de producción, los recursos de investigación, la más eminente capacidad intelectual.

Para este momento que, como era de imaginar, no es nuevo, sino que se ha vivido ya en otras ocasiones en la historia de nuestro pueblo y de todos los demás, disponemos de un cuento del que es inmediato extraer las consecuencias prácticas. Es la historia de aquel padre que, junto a su hijo, llevaban a un burro al mercado, agarrado del ronzal.

Los que tal veían, se mofaban de ambos humanos, puesto que, teniendo disponible una bestia, iban a pie, sin aprovecharla como montura.

Pero no quedó la cosa ahí, pues, cuando el padre decidió que fuera el hijo quien se subiera al asno, otros espectadores se escandalizaron de que un joven consintiera que su progenitor fuera andando, mientras él disfrutaba del paisaje tan ricamente.

No se solucionó el asunto cuando decidieron cambiar las tornas, con el padre arriba, pues no faltaron los que avergonzaban a un padre robusto que cargaba las espaldas del burro y dejaba que se cansara el hijo, más débil, con la caminata. Por supuesto, cuando padre e hijo se subieron a la acémila, los que tal vieron, se compadecían del animal, soportando un peso que les parecía excesivo y, por tanto, inconsiderado y cruel el trato que recibía.

Termina el cuento con el burro llevado a cuestas por el padre y el hijo, siendo fácilmente deducible el cachondeo que tal decisión generó durante el resto del camino.

La enseñanza es tan simple que casi sonroja ponerla de manifiesto, porque puede interpretarse como que minusvaloramos al interlocutor: Los consejeros que no viven el problema, aportarán críticas y argumentos que forzarán a decisiones que no traen la solución.

La responsabilidad de elegir el mejor camino, las formas, los medios, es de los que van, no de los que están en las lindes y bordes; porque los que, desde la periferia, aconsejan, controlan, especulan, no lo dudemos, tienen sus propios intereses, y por ellos se guiarán, no por los nuestros.

 

De cacería

De cacería

El Rey D. Juan Carlos resbaló el 13 de abril de 2012 mientras se encontraba cazando elefantes en Botsuana y, trasladado de urgencia a una clínica en Madrid, fue operado de rotura múltiple de la cabeza del fémur, recuperándose satisfactoriamente.

Unos días antes, (el 6 de abril) D. Felipe Juan Froilán, hijo de la infanta Da. Elena, se hirió en un pie con una escopeta de perdigones del calibre 36, que pretendía montar apoyándola en él, mientras se encontraba pasando unos días con su padre.

Dos episodios que han dado mucho que hablar en los mentideros de Palacio, siendo aprovechados por los cazadores de piezas reales para disparar contra la Monarquía.

Los argumentos vienen al pelo sin esfuerzo. Por una parte, se esgrime sin tapujos la falta de sensibilidad deducible en quien, después de afirmar estar "hondamente preocupado" por lo mal que lo están pasando "muchas familias españolas" se va con unos amigos a matar un proboscídeo.

Por otra, se lanzan al aire voces escandalizadas, pidiendo la aplicación de la justicia, para procesar y multar de inmediato al Sr. Marichalar, bajo cuya custodia parental se encontraba el menor accidentado que, a sus 13 años, no podía (no debería) manipular armas de fuego; incluso se sugiere a Da. Elena -por si lo hubiera menester- que pida la inhabilitación del padre por comportamiento irresponsable.

Estos dimes y diretes relacionados con las armas encuentran su mejor sazón por una cuestión de aún mayor empaque, descubierta a finales de 2011, por la que quedó con el culete al aire un miembro adjunto de la Familia Real, D. Ignacio Urdangarín, del que se supo que tenía negocios relacionados con hipotéticos tratos de favor con los que había podido comprar y reformar un palacete de alto estándin, éste, desde luego, muy real.

No tengo en mi libreto la defensa de la Monarquía, pero sí me inclino a defender la sensatez y denunciar el peligro de tirar por la ventanilla la llave de contacto de la avioneta en la que volamos, confiando únicamente en la pericia del azar para sacarnos del trance.

Nos gustará más o menos, pero el Rey tiene en la Constitución española muy tasados cometidos, entre los que no figura, desde luego, quedarse en su Palacio rezando o lamentándose por lo mal que les va a sus súbditos. Y, hasta donde estamos informados y podemos intuir, no tenemos la menor tacha que hacer a este Rey, del que, desde luego, disentimos en cuanto a la afición a la caza (por varias razones: falta de medios, respeto a la vida en general, y no verle la gracia a tumbar a un bicho al que necesitamos para comer, de un balazo).

Tiene la Casa Real una asignación aprobada en los Presupuestos Generales que, además, se nos ha ofrecido recientemente algo pormenorizada (y no han faltado voces que se apresuraron a aplaudir esta decisión de levantar algo el velo de cómo se gastan los dineros los monarcas). Se nos ha dicho, y así lo hemos incorporado a nuestro acervo cultural monárquico, que el único Patrimonio del Rey es el que ha conseguido reunir, por ser un buen administrador, de lo que pudo ahorrar del sueldo que tiene aprobado, y del que, además, paga rigurosamente sus impuestos.

¿Qué problema habrá, pues, en admitir que, correspondiendo a su alto nivel de ingresos, que triplica el de nuestro Presidente de Gobierno, y ahora que está en el calendario fiscal la recuperación del impuesto sobre el Patrimonio, gaste sus ahorros como le peta? ¿Hay algo malo en matar un animal de gran porte, -"descatalogado", eso sí-, seguramente un bicho al que a S.M. siempre le hizo "mucha ilusión" ver cómo caía abatido, doblándose de patas, para poder cortarle los colmillos y hacer con ellos alguna talla especial o regalárselos a quien más los aprecie?

Sigo preguntando: ¿No tiene este país sensibilidad para comprender el disgusto de ese padre separado, al tener que explicar a su ex que el hijo ya espigado, curioso como él, aficionado a los libros de caza como el abuelito, se deshizo un pie porque se le disparó una escopeta, a pesar de las precisas instrucciones que le habría dado de que nunca, nunca, apoyara los cañones en el pie para montarla, una vez que hubiera quitado el seguro?

Y, en fin: ¿No basta a esos republicanos indomables, incapaces de reconocer el favor que hace a este país anárquico tener un Monarca carismático, el haber escuchado de los portavoces de la Casa Real que el presunto delincuente Sr. Urdangarín, que ya expresó que tiene todos los argumentos posibles para demostrar su inocencia, recibió indicaciones concretas del jefe de la Casa de que debía abandonar de inmediato cualquier negocio relacionado con las Administraciones Públicas?

Abandónese, pues, la cacería. La pieza está en veda y, chascarrillos aparte, corresponde a una especie protegida, por la cuenta que nos tiene. En este momento tenemos mayores problemas que disparar contra la Monarquía, aunque se haya celebrado con nostalgia republicana el 14 de abril, como corresponde a nacidos sin más alcurnia que la que uno mismo haya podido echarse a las espaldas, sin padrinos ni árboles genealógicos que lo sustenten.

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(Nota: Me he permitido retocar la foto que los media publican de S.M D. Juan Carlos junto a un tipo desconocido y un elefante de prominentes colmillos y en posición letal, poniéndole al acompañante humano el rostro de D. Froilán)

 

Miedos

Un "grupo de expertos" (aún subsisten, pues) de la Comisión Europea examinarán, en la segunda quincena de abril de 2012 la contabilidad pública española, para informar a los ministros de economía de la Unión Europea acerca de la calidad de los Presupuestos que el Gobierno español ha presentado para su aprobación al Parlamento.

Esta actuación corresponde a la innovadora idea de poder lanzar "una alerta temprana" en el caso de que se detecten desequilibrios graves que pudieran tener efectos desestabilizadores sobre el resto de países (digamos, Alemania, Francia y Reino Unido).

No existen precedentes respecto a tal mecanismo, existiendo la constancia de que lo que no funciona es la "alerta tardía", que se ha desplegado en el caso de la crisis de las subprime y, siendo más ambiciosos en el análisis, en la caída de todos cuantos sectores clave se nos han desmoronado o desmoronarán a lo largo de la historia (siderúrgico, naval, construcción, comercio minorista, restaurantes de cocina de mercado, correos de postas, agroganadería para autoconsumo, teatro de variedades, monarquía parlamentaria, democracia orgánica, paneles fotovoltaicos, peluquerías y mercerías, etc.)

Ignoro cuáles podrían ser, en este caso, las medidas a adoptar contra España, si el gobierno de Rajoy no acierta en recortar donde ve carne y no hueso-salvo obligarle a reducir aún más su política de gastos, imponiéndole sanciones hasta que la población del país afectado estalle en una revolución-, pero deduzco de inmediato que los que mandan en la Unión Europea de varias velocidades (dos, en realidad) tienen miedo de que la voracidad de los tiburones, orcas y delfines no se contente con los bancos de sardinas y alcance a los boquerones, focas y pingüinos.

Este miedo a la vulnerabilidad europea es de la misma naturaleza, en el fondo, que el expresado por el secretario de Estado de Administraciones Públicas, Antonio Beteta, que está buscando rápidamente un espacio en el escenario mediático con declaraciones enjundiosas, cuando afirma que esa sensación anímica le producen las cuentas de la Comunidad Andaluza, aunque -precisa- no conoce las cifras reales, y eso que cree tener una fórmula insólita para la reactivación económica, guiado por su olfato intuitivo: que los "funcionarios se olviden de tomar el cafelito y de leer el periódico".

Miedos de todo tenor nos han invadido la casa y son alimentados con profusión por noticias, declaraciones, amenazas, elucubraciones, presunciones. Miedo a un desastre nuclear por el que explote (o algo así) una central nuclear y produzca la contaminación radioactiva de medio planeta; miedo al calentamiento global (o algo así) que haga subir varios metros el nivel del mar, ahogue en segundos incluso a los que sepan nadar y, de paso, nos obsequie con huracanes, tsunamis y desiertos; miedo a un ataque terrorista indiscriminado individual o masivo, venga de francotiradores, de exaltados religiosos, devotos del fútbol sala o amigos del Dalai Lama; miedo a que se hunda un crucero, se caiga un avión, descarrile el metro, se nos contagie la brucelosis al comer conejo, la gripe aviar al degustar un pollo, nos envenemos de mercurio por culpa del cazón o nos reviente el hígado por ingerir demasiadas vitaminas.

Miedo. Tenemos miedo. Y nos lo mantienen bien alimentado, porque el miedo siempre pide más. Cuanto más insaciable el apetito de los que nos devoran lasa expectativas, más vulnerabilidad se introduce en nuestro hábitat.

¿Merece la pena operarse para parecerse al Joker de Batman?

¿Merece la pena operarse para parecerse al Joker de Batman?

Cada vez son más las mujeres de cierta edad a las que les encuentro parecido al Joker, el personaje de la sonrisa jocunda en un rostro intrigante, y que bordaba Jack Nicholson, en la versión fílmica del cómic que contaba las aventuras de Batman, el hombre murciélago.  

No lo hacen, supongo, porque tener unos desmesurados labios carnosos, enmarcados por pómulos salientes de estirada piel, y aderezados por ojos saltones que proporcionan una mirada aborregada (inexpresiva), sea un nuevo ideal estético.

Tampoco creo que estas mujeres -me refiero a ellas, aunque no ignoro que también hay varones que se someten al proceso, porque los efectos me resultan más chocantes- consideren que su nuevo rostro desmerece respecto al que tenían, antes de someterse a las operaciones de manipulación.

Ellas se verán más guapas, y aquellos a quienes interese, las verán así, más juveniles, con sus pieles estiradas y sus labios perfilados a martillazos. Por tanto, me inmolo de antemano: soy yo el que no ha sabido evolucionar con la estética de los tiempos.

Pero, por si interesa a alguien, dejo aquí mi mensaje: me gusta mucho más, en el hombre como en la mujer -sí, también y sobre todo en la mujer- el envejecimiento natural, cuando es asumido sin complejos, como consecuencia del paso de la edad en un cuerpo cuidado y llevado con la hermosa dignidad de saberse mayor, pero no feo.

No voy, por supuesto, a arruinar con esta apreciación personal el negocio de miles de clínicas de estética que realizan millones de operaciones de cirugía y se aplican en el tratamiento con esa oscura bacteria, llamada clostridium botulinum, y que se inyecta en la piel, para paralizarla, con el nombre comercial de Botox.

Pero tenía que decir alguna vez que la belleza no tiene que ver, ni mucho menos, solo con los cuerpos y que, en mi modesta opinión, no guarda relación alguna con los modelos estéticos impuestos por la técnica Joker-Batman.

Una aplicación de los índices de embutibilidad a la política

Una aplicación de los índices de embutibilidad a la política

La metalurgia ha aportado a la sicología y a la terminología sociopolítica muchos vocablos que, a veces con significados distorsionados, se emplean con profusión por los expertos en estos dificultosos territorios.

No me consta que, hasta ahora, nadie haya aplicado los criterios utilizados para definir la mayor o menor embutibilidad a la política, por lo que, cuando a algún norteamericano le den por ello un Premio Nobel, quiero dejar aquí constancia que el precursor de esa teoría he sido yo, y en esta modesta bitácora de provincias.

Habrá que hacer algo de historia previa. Allá por 1974, en el Departamento de Investigación Metalúrgica de Ensidesa, para cumplir con la obligación de fabricar un par de informes mensuales con los que alimentar la idea de que estábamos descubriendo algo, me propuse -o propusieron- analizar, utilizando información japonesa (en inglés), norteamericana y francesa, las posibilidades de mejorar los índices que se utilizaban por entonces, en el laboratorio, para estudiar las condiciones de deformabilidad de la chapa laminada y, en especial, de las sometidas a las condiciones más severas, que eran, las que se empleaban en la fabricación de automóviles y en las latas de conserva, cuya "embutibilidad" debía ser máxima.

No descubrí nada (que yo sepa), pero anduve un par de meses calentándome la cabeza con dos índices ya conocidos: el de acritud, "n", del que parecía que, cuanto más alto, mejor se comportaba la chapa en las deformaciones con expansión; y el de anisotropía, "r", que actuaba de compensador de los valores de n bajos en las llamadas embuticiones mixtas y, si, siendo él mismo alto, se combinaba con un índice de acritud también alto, se alcanzaban los mejores resultados cuando la embutición o deformación se realizaba con predominio de la compresión.

Y aquí llego: las ideas socialistas funcionan bien en aquellas situaciones económicas en las que nos encontramos en la parte expansiva del ciclo, por lo que -con perdón de los seguidores de esta doctrina política- su índice definidor más relevante es el de la "acritud, n".

Las ideas del capitalismo liberal parecen teóricamente adecuadas cuando se está pasando por una fase de compresión, y su característica definitoria más adecuada , por ello, sería la de "anisotropía, r".

Pero un alto "r" -digamos, una mayoría del PP- solo no es suficiente, pues debe combinarse, en las fases de compresión, con un alto "n" -apoyo social-. Si "n" es bajo, de nada sirve que "r" sea alto, pues la chapa se rompe pronto, digo, el beneficio socioeconómico óptimo para una situación dada no se alcanza, los objetivos no se cumplen.

He copiado aquí una de las Figuras de ese trabajo que Jaime Acinas y yo presentamos en 1975 a las Jornadas Metalúrgicas de Bilbao en 1975, para ilustrar lo que he expresado con palabras.

Lo único que modificaría, en la aplicación a estas elucubraciones políticas, son los "porcentajes de éxito". Por pura intuición de perro viejo, me atrevería a pronosticar que la frontera de "fallos menores del 5%", más bien sería la de "riesgo de colapso total" de la economía (y, por ahí andamos, con un Gobierno liberal haciendo lo que hay que hacer, dice, pero sin acertar a explicar porqué y, con la mitad de la sociedad, al menos, en contra.

Si se consiguiera, con el mismo "índice de anisotropía, r", incorporar mayores dosis de sensibilidad social, "n", podríamos "salir adelante con las banderas desplegadas" ("fallos menores del 1 %").

Explíquennos, señores diputados, lo que desean hacer con nuestra chapa social, porque parece que está a punto de romperse a base de estirarla solo en una dirección.

 

 

Café para todos y chocolate con churros para Cataluña

Café para todos y chocolate con churros para Cataluña

Ya vamos superando la crisis. No me refiero a salir de ella, sino a estar convirtiéndola en elemento fijo del escenario. Se advierte en el lenguaje de los políticos, esos seres aparentemente humanos para los que una de sus capitanas intelectuales -Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid- ha vaticinado que están a punto de "quedarse sin empleo".

Aunque también ha pronosticado que "encontrarán otro" (empleo), por lo que debemos estar preparados.

La razón de la nueva maniobra de distracción que se incorpora al argumentario proviene de la obsesión que es la principal -y aparentemente, la única- tarea asumida por el Ejecutivo español desde el equipo de Mariano Rajoy convenció a una mayoría de votantes de que tenía la solución para lo mal que nos iba: reducir el gasto público, como sea.

Lo dicen todos. Me lo decía mi papá, Merkel, Sarkozy, Draghi, ... Me lo decía mi abuelito, Trichet, Rato, hasta ese economista de dos y dos son las que son, llamado Arturo Fernández, ...Me lo decían muchas veces y lo olvidaba muchas más.

El problema es que no hay sitios donde reducir, sin afectar a partes vitales (es decir, la eliminación significativa de prestaciones en los servicios esenciales, lo que significaría el adiós al Estado social), y por eso, los exploradores del Partido Popular anuncian que será necesario ceder competencias a la Administración Central desde las Autonómicas.

Cuando la presidenta Aguirre abordó la idea, el 10 de abril de 2012, dando más precisa formulación a lo que el superministro Montoro había expresado en la mañana de ese mismo día en Radio Nacional, saltaron las alarmas en el gabinete del presidente Artur Mas, allá en la Generalitat catalana.

Cataluña no solo no va a ceder sus competencias, sino que quiere más. Y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y el Llobregat por Manresa, denuncia que la situación actual es la consecuencia de que se ha dado café para todos en esto de las autonomías, cuando solo Cataluña y el País Vasco son verdaderas naciones históricas.

Deduzco que, con ello, pone de manifiesto su creencia, aún no avalada por la investigación, de que los demás habitantes de eso que los fenicios y los romanos (que en paz descansen) llamaron Hispania, no se merecen la gestión de sus recursos, porque no sabrían hacerlo bien.

No ha entendido Mas -y esperemos que su dificultad para comprender la situación no contagie a muchos catalanes (en especial, a los que obtuvieron tal título como hijos de inmigrantes leoneses o andaluces, que son los más vulnerables)- de que se está hablando, no de café, sino de servicios sociales. No de sálvese quien pueda, sino de solidaridad. No de encrespar los ánimos, sino de encontrar soluciones.

Si los políticos catalanes tienen solución para abandonar esta penuria, algunos estamos dispuestos a pagarles el chocolate con churros. En otro caso, agradeceríamos que se callen, y que se sorban el café que les toque sin rechistar, que es lo que venimos pagando todos.

 

 

Enfermarse y estudiar será más costoso en España

El superministro Cristóbal Montoro, en las entrevistas que concede en sus primeros meses como responsable de la Hacienda Pública, ha ido perfeccionando la línea argumental que utilizarán, repitiéndola hasta la saciedad, los demás miembros del Gobierno de España: no se modificarán los tipos de iva, se aumentará un poco la presión fiscal, que alcanzará especialmente sobre los que más tienen, y será necesario reducir algo los presupuestos de los servicios sociales -cuya competencia está transferida a las Comunidades Autonónomas-, pero "sin perjudicar su nivel de calidad".

Pocas veces se habría estado tan cercano en la ordenación de la vida pública española de conseguir la cuadratura del círculo. La relación de esas medidas, presentadas como si fueran imperceptibles a nivel interno, oculta una realidad insoslayable: no se está consiguiendo detener la alarma sobre los mercados financieros que provocó la acelerada, e insensata, declaración del nuevo Gobierno del PP de que las cuentas de la Administración Pública arrojaban un déficit muy superior al reconocido por el Gobierno del PSOE -y que, por tanto, no podrían cumplirse los compromisos de devolución de deuda-.

Este disparo al pie realizado cuando se manejaba alegremente la escopeta de caza recién entregada por las urnas ha causado el efecto lógico: la reducción del crédito español, la desconfianza respecto a cualquier cifra que pueda darse desde aquí y, en fin, la profundización en el camino de la crisis.

Quienes tenemos experiencia gestora -y para lo que voy a escribir a continuación tampoco hace falta mucha- sabemos que en economía hay quizá una sola verdad incontrovertible: lo seguro es el gasto. Los ingresos se estimarán mejor o peor, habrá más o menos suerte con la coyuntura y se cumplirán las previsiones con mayor o más problemático acierto, pero el gasto, "siempre es".

Así que, como la Sanidad y la Educación son gasto seguro -en un país al que se le ha puesto difícil mantener que ambas están relacionadas con la calidad de vida general y que son inversiones de futuro-, podemos concluir, depurando los arabescos verbales de Cristóbal Montoro, que enfermarse y estudiar será más costoso en España.

Resulta, pues, que allí donde necesitábamos una reforma de calidad, para que el acceso y la eficiencia alcanzaran niveles de excelencia, obtenemos, por culpa de los mercados, el castigo de la reducción de lo que se destinará a cubrir estos servicios sociales, que, no lo dudemos, afectará negativamente algo a los más necesitados, mejorará un poco la calidad para los que más tienen y nos hundirá a todos apenas perceptiblemente en la miseria de un estado social que no será capaz de cumplir con el exigible rigor las promesas electorales del actual partido de Gobierno.

 

A favor de una Secretaria de Estado de Nuevos Proyectos

Si el Gobierno español no quiere crear un nuevo Ministerio, vale. Pero hace ya tiempo (desde bastante antes de que el PP actual hubiera asomado su mano con el hacha de los recortes guiada por la garra de la avidez egoísta alemano-gala) que se necesita para comer una entidad que se ocupe de la cuestión capital: generar empleo en este país.

La manera más rápida de generar empleo, pero la menos eficiente es dedicar directamente los dineros a contratar gente para que muevan el aire: los Ayuntamientos, cuando se les dió algo de dinero para aquel plan tan bien intencionado como ridículo que se llamó ERE (del que aún quedan pasquines) empleó la mayor parte del regalo en recoger a los parados y ponerlos a cortar el césped de las plazas públicas, arreglar los parterrres o poner en pie los bolardos caídos.

Paro crear empleo estable, esto es, eficaz y duradero, es imprescindible tener un Plan. Seleccionar sectores y empresas de arrastre, impulsar a los emprendedores a que incorporen nuevos proyectos en esas líneas de futuro, entrenar en las escuelas de formación y Universidades a quienes habrán de gestionarlos o trabajar en ellos a distintos niveles y, por supuesto, hacer fluir el crédito -¡blando!, esto es, sin garantías personales, solo en la confianza del proyecto-, hacia ellos.

Los crédulos en la posibilidad de instaurar una nueva economía apoyan, con persistencia, las opciones de los proyectos ambientales (esto es, de cuidado del ambiente, en sus diversas formas), como generadores de empleo y riqueza.

He indicado, por activa y por pasiva, que esta idea es, a nivel global, errónea: la incorporación de una externalidad al coste de producción complica, siempre, la viabilidad de una empresa. Los únicos beneficiados son los empresarios a los que se les subvenciona, directa o indirectamente, para que generen actividades de protección ambiental. Cuando se eliminan las subvenciones, el sector muere y los que se encontraron empleados en el mismo se van al paro.

Un sector con futuro es otra cosa: implica la generación de beneficios nuevos para la totalidad de la economía, o una parte de ella que pueda actuar de motor del resto, sin comprometer la viabilidad que tenían, o mejorándola. La incorporación de tecnologías de información, telecomunicaciones, uso de las posibilidades del mundo virtual en el área propia de negocio, son elementos claros que aportan nuevas ventajas a una posición clásica de negocio.

Pero atención, porque aquí viene la mala noticia: aunque las nuevas tecnologías reducen costes y generan nuevas actividades rentables -muchas de ellas, sustitutivas, en realidad, de las convencionales-, lo hacen a costa de sacrificar definitivamente fórmulas de actuación anteriores, que dejan de ser competitivas. Y dejan de serlo, casi siempre, porque necesitaban más empleo; es decir, la aplicación de las nuevas tecnologías genera, en los sectores tradicionales en los que se implementan, desempleo; eso sí, incorporan eficacia y, por tanto, mayor rentabilidad y/o abaratamiento de costes.

Si no tenemos capacidad para generar proyectos en actividades nuevas, lo tenemos mal a corto plazo, y habrá que dedicar dineros e ilusiones a la investigación y desarrollo, para obtenerla algún día. Podemos copiar lo que a otros les va bien, pero no lo aconsejo si no tenemos claro que podemos hacerlo mejor y más barato.

Entre tanto, hay que activar el uso pleno de los recursos que tenemos activos (turismo, servicios, hostelería, producción cerámica, textiles, calzado, alimentación, empresas de mecanización, etc.), tanto en el mercado interior, que hay que preservar a ultranza -arrumbemos los prejuicios que abominan del proteccionismo: no se llamará así, pero cada país protege a los suyos-, como -en este caso, especialmente- en el exterior: apoyando la captación de clientes extranjeros y practicando la técnica infalible de exportar.

Vender allí donde no lo tienen aquello que podemos hacer bien, crear la necesidad donde no existe de lo que nos sobra y extraer los recursos donde no saben o quieren hacerlo con eficacia para compensar lo que nos falta: las tres reglas de oro de oro del éxito en el comercio.

Alguno dirá que todo esto es pan para hoy y puede que hambre para mañana. Puede que sí. Pero estamos en el momento del "sálvese quien pueda". Me parece increíble que no se hayan dado cuenta nuestros gestores que los gobiernos alemanes, franceses -y, cómo no, los norteamericanos- están llevando a cabo una maniobra de distracción sobre los países menos eficientes de la Unión Europea, negándoles créditos y forzando a que acometan cada vez más duras medidas de ajuste, mientras las empresas propias se concentran en la exportación de su propia crisis, invadiendo otros países con sus productos de "mayor valor añadido".

Tente mientras dure.

Y, entretanto, un consejo de supervivencia colectiva: Consuma en su barrio, apoye a los que tiene más cerca. En este paréntesis de la globalización, idea estupenda pero que jamás deberíamos pensar en volver a liderar nosotros, los que pertenecemos a países de segunda categoría tenemos que chapotear en los charcos con menos agua, porque en el mar abierto los que más saben y pueden hacen olas muy fuertes, empujando hacia abajo a los que se aventuran allí sin bote salvavidas y haciéndoles tragar, además, mucha mierda.

La Resurrección de los cuerpos

A final de la Semana Santa cristiana, celebran los fieles de esta religión la Resurrección de un Dios peculiar, que, después de haber tomado la decisión incomprensible para nosotros -al menos, para una mayoría- de encarnarse como humano, con el objetivo, según nos cuentan, tanto de darnos ejemplo de comportamiento como de redimir nuestros pecados ancestrales con su sangre, se volvió hacia sus mansiones metafísicas, dejándonos sumidos para siempre en la mayor perplejidad.

No pocos pueblos educados en la tradición de esta anomalía cósmica conmemoran, de la única manera que saben hacer las cosas -con fiestas, jolgorio, cohetes y tambores, así como con exhibición impúdica de sus miserias-, no, como podría suponerse, la Resurrección y Ascensión del divino emisario, sino el recuerdo pormenorizado de su Pasión, que ofrece, desde luego, mucho mejores opciones de escenografía y representación teatral, a la que somos muy aficionados.

La justificación de este desenfoque aparente de por dónde deberían andar las prioridades es sencilla. De la Pasión divina como de las humanas y propias, tenemos, a todos los niveles imaginables, reflejos en la experiencia de cada día. Los seres humanos seguimos haciéndonos sufrir unos a otros con saña renovada y perfeccionada: guerras, asesinatos, actos de terror, violaciones, robos, mentiras, desprecios, silencios.

En cambio, al no existir fotografías, gráficos coetáneos ni otros testimonios fehacientes -salvo algunos escritos de controvertida atribución y, por tanto, dudosa verosimilitud- del momento maravilloso de la recuperación definitiva de la naturaleza corporal de ese Dios excursionista para ser incorporada a su esencia espiritual y por toda la eternidad, -preludio, dicen los exégetas, de lo que nos habrá de ocurrir a nosotros-, tiene lógica que el espectáculo visual se centre en la parte de los golpes, los lloros y, sobre todo, de la crucifixión y, por tanto, que haya bofetadas en cada pueblo y hasta en cada barrio, para hacer de sayón, romano, portador de andas, costalero y, no digamos, maestro de ceremonias y capitán de cofradías. 

Porque nada ha cambiado en el ejercicio del amor al prójimo, a pesar de los esfuerzos divinos y de los humanos bienintencionados para centrarnos en ese objetivo común. De aqúí que se aumente la sospecha de que, de existir lo que algunos nos recomiendan creer, no tardará mucho en que  volverán desde el más allá a darnos alguna indicación de qué hacer, y es de esperar que esta vez nos la aporten de una forma menos metafórica, más comprensible.

Entretanto, seguiremos dando vueltas en nuestra miserable y lenta evolución desde el desconcierto hasta la desilusión. Así ha sido desde que nuestros remotos antepasados se desgajaron de una rama de los australopithecus. Y ahí nos encontramos, detenidos, en este brote de homo sapiens sapiens stultus del que formamos parte la mayoría de los presentes (con escasas salvedades, pero para peor), con las cochinillas de la avaricia y la envidia chupándoles los jugos.

Sarkozy utiliza a España como calzas

El presidente francés Nicolas Sarkozy, que se encuentra en campaña electoral, ha aprovechado el 5 de abril de 2012 una alocución en la localidad de la Costa Azul llamada Saint Raphaël, para exponer ante un grupo de compatriotas más bien escépticos la razón por la que deben votarle a él y no al candidato socialista, François Hollande:"À nos compatriotes qui veulent la gauche, je veux dire : vous aurez la Grèce ou l’Espagne".

La expresión ha sido inmediatamente criticada por representantes de los partidos socialistas franceses y españoles (no así por el Gobierno español, alguno de cuyos miembros la ha incluso justificado). Pero, para mí, la cuestión tiene dos vertientes, que me gustaría exponer brevemente:

a) Por una parte, refleja el comportamiento insolidario de Sarkozy, que emite un juicio negativo sobre la situación española que nadie le ha pedido y para la que carece de legitimidad. Es una injerencia en la política de un país amigo, de un Estado vecino y socio comunitario, que está tratando de apechugar con una crisis que aún no sabemos cómo se ha presentado entre nosotros, pero cuyos orígenes no estuvieron aquí y no vamos a ovidarnos de ellos: el colapso de las subprime, la avaricia del capitalismo de alto nivel, la insolidaridad internacional.

b) Pero, por otra, refleja el concepto que tiene de la izquierda una persona que ha llegado al más alto nivel de un Estado, como el francés, que pasa por ser modelo de democracias y que tiene, en su escudo, las tres palabras que son la clave de la socialdemocracia: libertad, igualdad, fraternidad.

No tendrían Francia, ni España, ni cualquiera de los países occidentales, el grado de avance en esas tres coordenadas, sino fuera por la presión de las clases más desfavorecidas, unidas a la intelectualidad comprometida, contra la avidez del capitalismo internacional.

Ese respeto a la izquierda (la que defiende honestamente que el Estado es la mejor manera de repartir mejor lo que se tiene y que hay que dar, desde él, información general sobre necesidades futuras y garantía de oportunidades a los que menos poseen para que puedan alcanzar, por sus méritos, los niveles de mayor privilegio, porque eso nos beneficia a todos), es del mismo tenor que el que hay que conceder a la derecha (cuando, con idéntica honestidad, defiende que hay que el mercado es la única forma válida de estimular a los que ya tienen y atraer a los mejores de quienes quieran mejora su posición, para que, con el capital de algunos y el trabajo de todos, se obtengan nuevos recursos con los que se podrá mejorar el bienestar total y se habrá premiado a los que saben aprovechar las oportunidades, para que encuentren otras).

Lo que no se puede tolerar es que se utilice al país vecino para ponerse calzas con la que disimular la cortedad intelectual de quien se postula para repetir como mandatario de un país al que hemos entregado una parte sustancial de nuestro comercio y a cuyo presidente, hace apenas un par de meses, en Madrid se le otorgaba el Toison de Oro, la más alta distinción española.

Que nos la devuelva. Y que, como ya manifestó en otra ocasión, haga lo que más le gusta: retirarse con su tercera esposa a disfrutar del dinero que, gracias a su eficaz gestión, ha conseguido sustraer honradamente a los franceses, le hubieran votado como si no, en anteriores ocasiones.

Con ello, además, dejaremos de ver la imagen ya un tanto apestosa del mandatario francés dándose ostentosos arrumacos de contubernio con la representante de la alemania unificada, y podemos empezar a ver nuevamente algunas luces en el objetivo de una Unión Europea que tenga de lo primero más que un nombre que, por el momento, no la caracteriza.

 

 

Una metáfora sobre bosques, felicidad y leñadores

Una vez, en un pequeño país cuyo nombre me viene persistentemente a la memoria, vivía un pueblo de gentes bastante felices que tenían un bosque que era la envidia de todo el mundo.

Parecían bendecidos por los dioses pues se había difundido que nadie cuidaba de los árboles de ese bosque. Incluso algunos de los mismos habitantes del país lo creían así. Se conocían dos formas de cuidar el bosque (una, con fertilizantes en el suelo y la otra, con riego de las copas más altas de los árboles) y, desde hacía años, se habían decidido por el primero de los métodos, aunque casi la mitad de los habitantes del país opinaban que el segundo les había ido bien en su momento y que era hora de cambiar el procedimiento.

Sea como fuere, todos -eso sí, algunos en mayor medida- disfrutaban del bosque y vivían sin estrecheces de lo que les producía. Muchos se permitían no dar ni clavo. A pesar de todo, el país crecía próspero y feliz, con un buen futuro por delante, y los banqueros de todo el mundo rivalizaban por prestarles dinero para abonos, diciendo simplemente, "ya me pagaréis".

Otros países, con admiración, les pedían incluso consejo de cómo cultivar sus árboles, tratando de imitar su éxito. No lo conseguían, sin embargo.

Tanto bienestar inexplicado había también suscitado la envidia de algunos países vecinos, que, aunque tenían bosques bastante más grandes, desconfiaban. Les resultaba bastante molesta la cara de felicidad de los habitantes del pequeño país. Y se empeñaron en conocer con exactitud en qué consistía exactamente la fórmula de s éxito.

Expertos en jardinería tomaron muestras del bosque encantado y las compararan con las de los suyos. Profundos análisis les convencieron de que no había ninguna diferencia, por lo que, después de un conciliábulo, decidieron acabar con el asunto, negándose a vender abonos y sierras al pequeño país y difundiendo que los análisis probaban que el bosque estaba dañado y había que tomar urgentes medidas de saneamiento.

La historia final del cuento es simple. Se formó un equipo de leñadores que consiguió convencer a la mayoría de los habitantes del pueblo que habia que empezar a regar los árboles por arriba, eliminar los abonos del terreno y, sobre todo, cortar los árboles más grandes, que impedían, con su sombra, que crecieran los más pequeños.

Tenían como consultores a los expertos de otros países y, cuando les preguntaban si habían cortado suficiente, les contestaban que había que cortar más. Si les preguntaban si habían regado las copas bastante y no era el momento de abonar, les decían que había que seguir regando y que ya llegaría el tiempo de atender al suelo.

Cortaron y cortaron, y el pequeño país se hacía cada vez más pequeño y sus habitantes más tristes y desesperados. Cuando ponían por las noches la televisión o la radio escuchaban al equipo de leñadores en el que habían confiado recientemente que aún había que seguir cortando árboles, que era lo que había que hacer, y, como en una pesadilla, el anterior equipo de leñadores repetía que no estaban en absoluto de acuerdo, y que no había que hacer lo que no había que hacer.

Un galimatías.

 

Albedrío y libre elección en el terreno de la física

Retomo en este Comentario el manoseo intelectual de una de las cuestiones verdaderamente cruciales a las que podemos dedicar nuestra capacidad de análisis. ¿Tenemos libre albedrío, es decir, hasta qué punto disfrutamos de algún grado de libertad para decidir sobre lo que hacemos?

Hemos llegado a una explicación aceptablemente satisfactoria en el mundo de lo físico, a partir de ese momento, que se resiste a desvelar su misterio, de los 10 (exp-34) segundos posteriores al big bang.

La imagen sólida -es decir, sin fisuras apreciables- que ofrece la física cuántica de un cosmos que se despliega, luego de esos instantes iniciales, como una manta en la que se produce la parcial concreción en materia de la energía, es aceptablemente satisfactoria para explicar lo físico, lo que percibimos con los sentidos.

En lo que respecta a la transformación posterior, en el espacio-tiempo de la materia, en entidades individualizables cada vez más complejas, algunas de ellas, dotadas de capacidad de movimiento autónomo e interactuación, podemos aplicar -ya con algunos huecos- las teorías evolucionistas y apelar a la selección natural para lograr una relativa tranquilidad para el modelo con el que desearíamos convencernos de que estamos entendiendo bastente de por dónde andan las cosas; al menos, a nivel macro.

De lo que no tenemos la menor idea que podamos aceptar como convincente es respecto a cómo funciona la conciencia -la nuestra, la que forma parte de nuestra sensación de existir-. No conseguimos explicarnos cómo se regulan las cuestiones por las que nos parece que somos independientes y autónomos, en un número suficientemente elevado de nuestras acciones.

Parece que podemos actuar -en escasas ocasiones, pero detectables- sobre el mundo físico (y puede que incluso sobre los sentimientos de terceros individuos) con decisiones propias, no condicionadas por nada ni por nadie.

No solamente eso. De manera que intuimos incluso como mucho más compleja, percibimos regularmente  en nuestro interior material (parecería que por impulsos nacidos en el cerebro, básicamente) imágenes -muchas de ellas idénticas a las que nos ofrecen los sentidos como reflejo del mundo exterior, pero otras, distorsionadas o muy diferentes-, composiciones más o menos estructuradas que podrían haber sido reales o que nos recuperan otras que lo fueron. Se nos presentan incluso durante los momentos de sueño, y nos provocan satisfacciones o angustias a veces más fuertes que las que creemos vivir directamente, encajadas en historias que, aunque las protagonicemos, no podemos controlar.

Casi todas estas sensaciones carecen de repercusión física, esto es, no afectan al mundo real, y forman estructuras complejísimas, no regidas por leyes físicas ni por relaciones conocidas en general, y que llamamos "vida interior", porque deduciríamos, apelando siempre a nuestra capacidad de análisis sensorial, que no lo compartimos con nadie.

Las escasas interpretaciones que se han ofrecido sobre estos fenómenos que se producen en nosotros, ajenos a la física por lo que se supondría, hablan de elementos poco convincentes, recurriendo a metáforas: Los "qualia", los "zombis filosóficos", la "teoría de la continuidad", la heterofenomenología, etc.

Me apetece hoy imaginar que las decisiones que creo poder tomar respecto a lo que me rodea, en particular, en relación con otros seres humanos, forman parte de los agujeros negros de la física, y que conectan el mundo de lo metafísico -o espiritual- con lo material. Por eso, me detengo con especial interés en analizar (o pretender analizar) aquellas actuaciones que parecen nacer del libre albedrío, tanto mío como de mis semejantes, y muy especial, de aquellos a los que aprcio.

Porque las actuaciones que surgen del albedrío (1) no me interesan lo más mínimo. Esas serán pronto explicadas, sin mayores fisuras, por la física. Pero, puesto que lo que conforma la actividad consciente estará, posiblemente para el resto de la duración de la especie humana, opaco para nuestro entendimiento... siempre nos quedará...la poesía.

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(1) R.A.E. acepción 2) Voluntad no gobernada por la razón, sino por el apetito, antojo o capricho.

Descubriendo a Chagall

Desde el 14 de febrero al 20 de mayo de 2012 la Fundación Caja Madrid y el Museo Thyssen-Bornemisza acogen una importante recopilación de cuadros, bocetos y alguna escultura y modelado de Marc Chagall, uno de los pintores del siglo XX con más gancho mediático.

Las razones por las que, a pesar del gran consumo que se ha hecho de su pintura -colorista y enigmática, con cabras, becerros, amantes entrelazados, ramos de flores, lunas, y violinistas o  barbados contorneándose sobre los tejados de pueblos con casas que podrían haber sido dibujadas por escolares inquietos, a veces vueltas boca abajo, y otras en llamas-, magnífica para ser reproducida en posters destinados a decorar saloncetes, despachos de profes universitarios y habitaciones de damisela, mantega viva tanta atención son, en mi opinión dos; a) provocan en el espectador la necesidad de explicar el mensaje de estos elementos, en especial, si se encuentra acompañado, y b) -lo que resulta aún más atractivo- las explicaciones improvisadas parecen convincentes al improvisado exégeta. 

Chagall se empeñó, a lo largo de su amplia vida, en reflejar en su pintura una cosmogonía con muy pocos elementos, que va situando, envueltos en un escenario colorista visualmente muy impactante, de acuerdo con la dinámica que experimentan sus convicciones respecto a dos preocupaciones centrales: el amor (o, mejor expresado, la sexualidad) y la religión (centrada en la contraposición de la Torá con el Nuevo Testamento).

Se ha escrito bastante acerca del papel que las mujeres representaron para Chagall, no ya en su vida, sino dejando reflejo sustancial en su pintura.

Desde su madre, a sus amantes en época juvenil, y, desde luego, la dependencia funcional respecto a sus esposas-criadas, Chagall representa la integración tensa de sexualidad, arte y consecución o búsqueda de la felicidad, plasmadas frecuentemente por él en figuras bicéfalas (hombre-mujer, en la que el papel de uno u otra puede ser suplantado por una cabra, una vaca o un burro).

Ver plasmada con pinceles esa historia personal de conversiones, caídas y reconversiones religiosas, junto a las pulsiones sexuales (y, Chagall me perdone, seguramente también homosexuales), y sabiéndose sujeto paciente pero creyéndose autor y agente de un escenario de guerras, persecuciones por las creencias (y hasta por la ausencia de ellas) e inestabilidad emocional, tiene su morbo.

Cuando Chagall tiene argumentos ajenos -por ejemplo, cuando ilustra las fábulas de Lafontaine o la Biblia-, y aunque esté tentado a incrustar su parafernalia para contar esas otras historias, se muestra como un dibujante-pintor vigoroso y con afición al escorzo, a mirar desde un ángulo trasversal las situaciones.

Cuando Chagall se cuece en la salsa de su mundo personal, limitado por la pulsión religiosa y la idea voluntarista de que el amor redime a la persona, se repite una y otra vez, moviendo sus fichas desesperadamente dentro del cuadro, y entonces no tiene más recurso activo que el color, que utiliza como un estilete para despedazar, con saña desproporcionada, las cuatro piezas de su microcosmos.

Por eso, Chagall gusta hoy tanto. Porque no nos dice nada nuevo, no nos obliga a pensar, nos representa la visita a la casa de la vecina en la que el niño dotado para la pintura nos enseña sus dibujos mientras tomamos un té con pastas.

Pasiones por intuiciones, resistencias contra medidas, austeridad sin soluciones

El peor de los escenarios posibles para un país occidental es seguramente éste: un Estado endeudado frente a acreedores impacientes y desconfiados; una estructura económica disforme en la que varios sectores sustanciales para su sostenimiento han entrado en crisis irreversible; un número insoportable de ciudadanos sin trabajo y, por tanto, sin ingresos, entre los que se encuentra la mitad de la juventud, desalentada; unos sindicatos con poder mediático y credibilidad popular, encaramados en un mensaje sintético, reclamando que se proteja a quienes tienen empleo sin reparar en gastos; un Gobierno con mayoría para gobernar en solitario, ejerciendo de primero de la clase, sin reparar en que cada vez se encuentra más distante de contar con el apoyo de la calle...y al que aplauden las clases y países con mejor posición económica.

Los optimistas hace tiempo que dejaron de tener razones y los pesimistas, que se encuentran con un saco repleto para justificar el harakiri, no se molestan en presentar ideas para alentar el futuro, complacidos en echar la culpa de lo que está pasando a las alegrías del pasado, como si nos hubiera llegado la hora de la Pasión.

Me gustaría que quienes tienen opciones y sartenes por el mango, se concentraran en prepararnos cuanto antes la hora de la Resurrección, poniendo el énfasis en el diálogo y concertación respecto a lo que es imprescindible para alimentar el futuro inmediato, manejando conjuntamente la piqueta restauradora alli donde haga falta, pero teniendo muy en cuenta que no se nos debe caer encima todo el edificio.

Tenemos sitios en los que hemos puesto -o se nos ha colado dentro - a la zorra para cuidar del gallinero. Entiendo que el Gobierno quiera sanear la economía, pero no al precio de reducir aún más la actividad; entiendo que los sindicatos deseen defender los puestos de trabajo existentes, pero no a costa de mantener la ineficiencia y el descaro; entiendo que los acreedores estén impacientes por recuperar su dinero, pero no a costa de ahogar a quienes les debemos;...

Vale, necesitamos ser más austeros. Pero aún más, necesitamos encontrar soluciones para generar actividad y puestos de trabajo. Porque, por mucho que nos apretemos el cinturón, sino plantamos semillas para comer en el futuro, nos van a sobrar todos los agujeros para enganchar la hebilla.

 

Las malas jugadas de la memoria

Le habrá pasado al lector. Tratamos de identificar a los personajes que aparecen en las fotografías de hace cuarenta o más años y que se supone fueron miembros de nuestra familia, y dudamos. ¿Era el bisabuelo Antonio? ¿Esa que está junto al tío Jorge era su mujer, la que murió a mediados de siglo, o una hermana que se fue a Santo Domingo?

Si no tenemos la posibilidad de acudir a un especialista familiar en recordar anécdotas, datos y fechas, es probable que renunciemos a efectuar la identificación y, por tanto, la verdadera identidad de los fotografiados se pierdan para siempre, confundiéndose con el anonimato de los millones de seres que nos han precedido con la señal de la fe (o sin ella) y duermen ya el sueño de la paz (es decir, de la materia vuelta energía cosmogónica).

También hemos podido ser testigos de cómo la memoria flaquea incluso tratándose de nosotros mismos. Hechos y circunstancias que nos parece haber vivido, corresponden -al parecer, por lo que nos cuentan otros con mayor autoridad o claves para recordar lo que pasó en verdad- a nuestra imaginación, tal vez a la esfera de nuestros sueños.

Ah, también puede suceder que nos encontremos con alguien que asume el protagonismo principal de una historia en la que no traspasó el ámbito de mero espectador. Miles fueron los que participaron activamente en la transición política, corrieron delante de los grises cuando estudiantes; mucho antes, las guerras europeas se poblaron de héroes que protagonizaron hazañas propias de películas norteamericanas.

Por los detalles exasperantes con que nos cuentan su mili, el viaje a Thailandia o la operación de menisco, podríamos pensar que nuestros ocasionales interlocutores se han creído en el centro de algo muy importante, cuando deberían estar convencidos de que lo suyo carece de interés a partir de las dos micras de su ego.

Queremos, en realidad, asumir un papel más importante del que la realidad nos concede. Pocos son los elegidos, y, si analizamos el material, es ínfimo el número de los que ocupan espacios verdaderamente relevantes en la historia de la humanidad que debe ser, por lo demás, una parcela minúscula en la historia del cosmos.

Todos estaríamos seguros de identificar a algunos, pocos personajes difuntos hace tiempo. Pero tal vez esa identificación sea errónea, fruto de una trampa tendida por quien ha puesto nombre al retrato, o por una equivocación involuntaria.

Tal vez no estamos seguros de cómo era el rostro de ninguno de nuestros antepasados, independientemente de lo cerca que los tengamos en el árbol genealógico, que hayan sido humildes braceros, el emperador de Bizancio. la reencarnación de Shiva o la pareja de bonomos que despidieron del paraíso.

 

 

La identidad de Kaya y la ornitología

En el discurso de recepción de Eloy Alvarez Pelegry en la Real Academia de Ingeniería (1), leído el 27 de marzo de 2012 el nuevo académico hizo un repaso a la situación de las diferentes fuentes de energía primaria, para desembocar -no como consecuencia directa del análisis, que el autor estructuró de forma enunciativa y no deductiva- en algunas"reflexiones pertinentes" (según su propia dicción), en relación con el binomio economía y energía, y que recopiló bajo el epígrafe "Sobre una economía baja en carbono".

Alvarez Pelegry se apoyó, en esta parte de su exposición, en la identidad de Yoichi Kaya que considera que las emisiones de CO2 equivalente de un país dependen de cuatro factores, por lo menos: la intensidad de las emisiones por cada tipo de energía, la relación entre energía y PIB, la relación entre el PIB y el número de habitantes y, en fin, el número de habitantes.

La conclusión de Eloy es que "si queremos ir hacia una economía baja en CO2, los sectores residencial y servicios deben tener un enfoque especial dada su intensidad en emisiones, superior a los sectores sobre los que habitualmente se incide".

Ese énfasis, sin embargo, está bien justíficado en cifras absolutas, pues, como también dejó reflejado el conferenciante, utilizando cifras del IDAE de 2011, los sectoreos de industria y transporte españoles acaparan -de forma muy consistente desde, al menos, 1990- el 70% de la demanda de la energía final.

¿Cuál sería mi posición? Olvidarse de cuestiones sectoriales, relaciones forzadas entre variables sobre las que no se puede actuar, y atender, de una vez, a la concienciación individual de que, o se cambia de hábitos, o nos retornaremos a formar parte de la energía del cosmos, dejando de ser materia.

La ecuación de Kaya recoge, en realidad, el principio de homogeneidad dimensional aplicado a las emisiones de gas invernadero. Es posible descomponer en tantos factores como se desee un valor dado, sin otro requisito que conservar la homogeneidad: si, por ejemplo, quisiéramos introducir la relación entre el número de aerogeneradores y el de cigüeñas y águilas culebreras muertas entre las aspas de los aerogeneradores instalados en el área de análisis, solo deberiamos compensar este factor -relativamente exótico- con otros dos: el PIB por número de aerogeneradores  y el número de aves desgraciadamente fallecidas por culpa de esos artefactos técnicos relativo al de habitantes humanos.

Es muy posible que el bienestar de los pájaros no resulte directamente beneficiado por el número de personas que se dediquen a la ornitología -más bien, sospecho que al contrario, aunque es imposible sacar alguna conclusión sin que se haga un estudio de campo al respecto- (2).

Pero lo que ya parece menos discutible es que los pájaros permanecerán ajenos a los desvelos de los ornitólogos por entender mejor su comportamiento, guiados por el impulso natural de comer y cantar para aparearse en primavera, aguantando el resto de las estaciones como pueden, pues, aunque no siembren ni mantengan graneros, son alimentados por el Espíritu que vela por ellos (-al menos, hasta hace un par de años, esto no era cuestionado-).

Traducido al campo energético: de poco sirven los trabajos de quienes analizamos los resultados negativos del consumo sobre la naturaleza si quienes los generan actúan como si se encontraran en un espacio de recursos ilimitados.

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(1) El título del discurso fue: "Energía, tecnología e ingeniería"

(2) Tomo prestado aquí un pensamiento del que no recuerdo el autor. Revisaré mi hemeroteca y si encuentro la cita, la incorporaré.

 

Riesgo de fractura del estado de derecho

Me ha producido perplejidad, y desazón, la medida del Gobierno español del 30 de marzo de 2012 por la que se establece un período de amnistía fiscal para dos tipologías muy diferentes de capitalistas.

Por una parte, se pretende que se traigan a España los capitales generados en el extranjero, procedentes, en principio, de rendimientos, dividendos y participaciones en beneficios de particulares y entidades (residentes en el extranjero o en nuestro país), pero que no hayan sido declarados.

Por otra, se desea estimular a quienes poseen dinero procedente de actividades realizadas en España, pero que haya sido mantenido oculto a la tributación hasta ahora, para aflorarlas.

En otros Comentarios de este Cuaderno -algunos, realizados hace ya varios años- he defendido el interés de facilitar la repatriación de capitales generados por antiguos emigrantes españoles, hoy vueltos como residentes a nuestro país, pero que se mantienen en cuentas en el extranjero (por citar las que supongo típicas, en entidades bancarias del estado de Florida (USA), República Dominicana, Venezuela, Colombia, México o Argentina).

Lo que nunca se me habría ocurrido es soportar la idea de amnistiar penal y administrativamente a quienes han venido defraudando a Hacienda; en especial, no puedo compartir la idea de conceder un perdón general - a cambio de un peaje económico, incluso, mucho más reducido que los que cumplieron con sus obligaciones- a aquellos que, utilizando artes tipificadas como delitos en nuestro ordenamiento jurídico, han acumulado capitales irregulares que, hasta este momento, la inspección fiscal no ha conseguido detectar.

Y no lo he apoyado ni sugerido porque ello equivaldría a situar al Estado de derecho a nivel de los delincuentes, convirtiéndolo en cómplice de la ocultación.

Esta singular medida, ahora adoptada, se pretende justificada por la urgente necesidad de sanear las cuentas del Estado y, más específicamente, como un medio de cumplir con las imposiciones de reducción del déficit con las que presiona Bruselas al Ejecutivo.

También se ampara esta amnistía fiscal, y esto no lo descalifico, en el propósito loable de conseguir fondos extraordinarios para no tener que acudir a la refinanciación externa con la que pagar los intereses de los créditos públicos de aquellas inversiones, no pocas de ellas innecesarias, que se asumieron cuando teníamos por delante un brillante futuro y otras orientaciones dentro del Estado social.

Hay otras razones, aún no confesadas, pero objeto de comentario permanente en los corrillos especializados. Es ya muy urgente llevar a cabo el saneamiento definitivo de la Banca, ahogada en sus cuentas por el agobio de los múltiples fallidos y activos tóxicos (no solo inmobiliarios).

Y, en fin, no se pueden obviar las serias dificultades para relanzar la economía, con un tejido empresarial falto de iniciativas, ayuno de créditos, carente de líneas de apoyo sectorial, despistado respecto a los proyectos que supondrían desarrollo, necesitado de nuevas reconversiones, ...circunstancias todas ellas que los mercados están valorando negativamente, ejerciendo una tenaza oportunista sobre nuestra delicada situación.  

Como éxito de esa amnistía, es probable -y he suponer que ha sido clave en la negociación previa a la disposición ahora anunciada- que se cuente con que nuestras empresas nacionales más emblemáticas, entre las que se cuentan los Bancos con sucursales foráneas, traigan a la luz de nuestra fiscalidad los dividendos y participaciones en beneficios que obtuvieron en sus filiales extranjeras y que mantienen ocultos en sus balances; aunque el Gobierno se refiere eufemísticamente a estos lugares a donde no llega su brazo recaudador como países "de reducida tributación", la lectura que hay que dar a estos emplazamientos es, simplemente, la de paraísos fiscales.

Estos capitales podrán aportarse por las empresas a la economía real española con un gravamen especial del 8%, si se lleva a cabo la operación de traslado antes del 31 de diciembre de este año; los particulares, deberán hacer la declaración antes del 30 de noviembre y sus dineros, blancos o negros, únicamente tendrán que soportar un benigno 10% de impuesto atípico.

La necesidad obliga ("estamos en una situación crítica" o "límite", según los portavoces del actual Ejecutivo), por lo que parece, a saltarse por el arco de triunfo, la ética y el principio constitucional irrenunciable de la igualdad que está en la base de nuestro Estado de Derecho, consolidando así un anómalo precedente de imprevisibles consecuencias.  

Lo de menos me parece poner de manifiesto que cuando el PSOE estaba en el Gobierno, el PP se opuso, con descalificadores y rotundos epítetos, a una propuesta "similar" (que, en realidad, contaba con importantes diferencias).

Lo de más es que sigue estando vigente el argumento que entonces se esgrimía, y que ahora recuperan, tanto los inspectores fiscales, como los partidos de la actual oposición, como quienes defendemos la coherencia y homogeneidad del Estado de Derecho en el tratamiento a los ciudadanos y a las entidades mercantiles: esta amnistía es anticonstitucional, injusta, estimula la imitación de los defraudadores, y no es nada ejemplarizante, sino motivo de desconcierto, para los que cumplen con las leyes.

Consolida, en fin, el camino hacia la rebeldía fiscal y aumenta la preocupación de quienes vamos alimentando la certeza de que el Gobierno no sabe bien qué es lo que corresponde hacer mejor en estos temas de las finanzas públicas y, metido en la improvisación con un papel en blanco, acude a manejar la vara de medir como le dictan los más poderosos, diciendo sin embargo, con ya muy reducida credibilidad, que piensa en los más débiles.

Sobre el libre albedrío y la conciencia en lo que más de cerca nos atañe

Sobre el libre albedrío y la conciencia en lo que más de cerca nos atañe

Me gustaría poder dotar a un Comentario, con un título tan pretencioso, de un contenido brillante o, por lo menos, con la suficiente entidad sintética para que el lector pudiera tener una idea cabal del estado actual de una cuestión que, se reconozca o no, es la más importante que pueda objetivamente formular un cerebro: ¿"Somos o no somos"? 

O, con otras palabras: ¿Podemos estar seguros de existir como seres independientes?

Tengo, desde luego, aunque me desvíe algo de la intención del artículo, que referirme a que las religiones resuelven, en general, la cuestión positivamente, afirmando sin reservas la(s) existencia(s) de la propia conciencia, del libre albedrío y de un ser superior, en una concatenación de categorías que tienden a entrelazarse como cerezas en un cesto.

Una mayoría de entre los filósofos y científicos preocupados por encontrar las raíces de ese árbol de aspecto inquietante coincide en afirmar que, aunque nos serviría de gran consuelo, no tenemos ninguna evidencia de que la inmensidad que percibimos sea obra de seres superiores (algunos aventuran que es creación de la capacidad sensorial de que dispone este trozo de evolución de la materia que nos jactamos erróneamente en llamar "yo").

La cuestión se resuelve como azucarillo en el miasma mental si admitimos la hipótesis, igualmente indemostrable, de que no nos consta que esos incomprobables existentes dioses tengan alguna intención (buena o mala), o ninguna, sobre nosotros, porque si no podemos estar seguros de que lo que percibamos sea real ...ni siquiera podemos afirmar con la menor convicción que sabríamos el alcance objetivo que deberíamos dar a ese impreciso concepto del "nosotros". (1)

Perdone ahora el lector que baje a los peldaños de la zona visitable del edificio, que es nuestro día a día.

El 29 de marzo de 2012, en España, hemos vivido una jornada de huelga general. Los mismos bustos parlantes que nos expresaban razones, inconveniencias y males de estar a favor o en contra de la misma, reiteraron, con idéntica convicción, sus argumentos al día siguiente.

¿Y si lo estuviéramos soñando? ¿Si los Toxo, Méndez, Rossel, Saez de Santamaría, Montoro, etc. fueran solo parte de un sueño colectivo del querer o no querer?

He podido comprobar, por las declaraciones de los entrevistados y por mi propia constatación de campo, que una buena parte de los huelguistas lo eran por adhesión a las propuestas y consignas que les habían dado otras personas, a las que, naturalmente, concedían credibilidad, pero que no tenían interés en analizar.

También comprobé que, los que decían tener claras sus intenciones, no tenían otra idea alternativa para sustituir la decisión del Gobierno que decían combatir como insostenible, que volver a la situación anterior al Decreto Ley.  Si les preguntaba porqué, además de incomodarse porque inmediatamente entendían que yo era un insolidario y un facha, no conseguían fundamentar su decisión más que con tópicos, siendo el más usado que perjudicaba los derechos adquiridos de los trabajadores.

Y, de pronto, me pareció confirmar que estábamos viviendo un sueño, esto es, que formábamos parte de una pesadilla global, una recreación de la realidad, inventada desde percepciones limitadas, y, en sospechosa cantidad, no controladas por uno mismo.

Ni los que actuaban de una u otra forma -formaran parte del Gobierno como quienes creían hacerlo en su contra- lo hacían desde su libre albedrío, sino siguiendo las directrices de un órgano más amplio, cuyos móviles verdaderos todos desconocían, en realidad.

Y, lo que aún me parecía peor, no tenían conciencia de la fase del sueño en que se encontraban y, por tanto, sobre qué tipo de control podrían ejercer sobre él.

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(1) Si se quiere calentar motores intelectuales sobre estos temas, puede hacerse una incursión por lo que opinan al respecto algunos de los autores entrevistados por Susan Blackmore en su libro "Conversaciones sobre la conciencia" (Paídos, 2010)

 

Ante la convocatoria de huelga general en un momento muy particular

(Este Comentario fue escrito el 28 de marzo de 2011, pero no he podido publicarlo hasta el día siguiente, por problemas en el servidor del blog).

Nada que objetar, naturalmente, al ejercicio del derecho a la huelga, previsto en la Constitución Española como una forma de expresión y defensa de los intereses de los trabajadores.

Los convocantes han comunicado con suficiente claridad las razones que entienden les asisten para convocar la huelga y, como la reforma laboral que pretende el Gobierno está redactada y publicada en forma de Decreto Ley, existen elementos suficientes para que cada uno decida la posición a adoptar.

Estas son las mías: Como profesional autónomo, he de valorar que acudir a la huelga, en su forma práctica, me supondrá tener que recuperar el trabajo que eventualmente no haya realizado en los días siguientes, y, como trabajo con plazos muy cortos, seguramente ya al día siguiente; es probable que muchos de mis clientes no secunden la huelga, por lo que debo estar a su disposición también durante la huelga; y, desde luego, no voy a protestar contra mí mismo -soy aun autoexplotado- ni preveo que en los próximos años mi carga de trabajo disminuya.

Si me faltan las razones personales, me sobran, en cambio, las generales. No estoy a favor de la reforma laboral, pero porque la considero parcial, peligrosa en sus efectos e injusta en sus planteamientos.

Por una parte, porque, como conocedor del mundo laboral, desde muy diversos ángulos, he comprobado que existen muy diferentes tipos de empresarios y de trabajadores, y es un error tratarlos a todos con el mismo rasero.

No es igual ser empresario de una gran empresa que de una pyme. No es lo mismo estar involucrado en la gestión de hoz y coz que hacerlo a través de unos directivos a los que se les paga y entregan sustanciosos bonus para rentabilizar, como sea, las actividades empresariales.

No se puede juzgar de forma idéntica al trabajador que se entrega, con lealtad, a la empresa u organismo que le emplea, y el que está solo obsesionado en escabullir el bulto, fingir enfermedades, alcanzar el mínimo de días de cotización para irse al paro, ni, mucho menos, equipararlo con el que, creyendo que el empresario es un ladrón, le roba horas y material para emplearlos en su propio beneficio.

Estoy a favor de conceder mayor libertad a los empresarios para conseguir la rentabilidad de las empresas en las que tienen invertido su capital y esfuerzo personal y, en esa línea, me parece lógico que no se les obligue a asumir la carga económica que supone un exceso de fuerza laboral inefectiva, y que comprometa, por tanto, la viabilidad de los proyectos.

Pero también apoyo la urgente necesidad de involucrar más al personal en la gestión y en el control de los resultados, del reparto de beneficios, de las inversiones que se efectúen y de la plasmación de las líneas de futuro.

Necesitamos unos sindicatos y unas organizaciones laborales que no solo se contenten con ejercer posiciones reivindicativas, abandonando definitivamente la opción de ver al empresario como explotador y ejerciendo, con conocimiento y seriedad, el papel de colaboradores eficaces en la empresa.

Algo debe cambiar también entre los empresarios, especialmente en los que representan la cúpula de las organizaciones empresariales, porque son mayoría -en mi opinión- los emprendedores que actúan de forma entregada y honesta con sus empresas, que tienen preocupación como los primeros por mantener los puestos de trabajo y que se empeñan, con dineros y con sus esfuerzos, en viabilizar sus negocios, y que no siempre cuentan con la comprensión y apoyo de –todos- los trabajadores.

Hay mucho que discutir, con claridad, con espíritu de colaboración, a nivel de empresa, y no se resuelve, desde luego, con huelgas ni gritos en la calle. Ni con leyes impuestas desde el Gobierno.

Propietarios y fructuarios

Para designar todas las formas posibles de abarcar la propiedad, y sobre todo, la posesión y disfrute, de cualquier bien estimado por el ser humano, nos encontramos, y no solo en el terreno juridico, con una amplísima relación de términos que desvelan la importancia de la cuestión.

La materia estará siempre de actualidad, y se verá sometida a presiones dinámicas, porque las colectividades evolucionan, no ya en el aprecio o valor de los distintos bienes, sino también en las garantías, derechos y obligaciones que están dispuestas a conceder a los propietarios o poseedores de algo y a sus usuarios, legítimos u ocasionales.

No me metería en este barrizal, y menos en mi condición de abogado, sino fuera para llamar la atención acerca de la debilidad en la que hemos colocado legalmente a los propietarios, en beneficio, no de los legítimos o razonables usuarios, sino de la colección de aprovechados, advenedizos, ladronzuelos (por ser benigno en la denominación), ocupas, desastradores, etc., que se nos han colado, por las puertas de la tolerancia, el desbarajuste legal, la permisividad y la creciente incompetencia del estado de derecho para garantizar tanto la ordenada posesión como el controlado disfrute de lo valioso.

A un lado de la balanza, situaríamos, por supuesto, a los titulares registrales y consuetidunarios de bienes inmuebles, a los accionistas de empresas, a los poseedores -por adquisición, donación o buena fe- de bienes muebles, y, naturalmente, a la colectividad misma como detentadora del derecho de propiedad sobre muchos elementos comunes que nos son imprescindibles para la vida o que no debieran pertenecer individualmente a nadie porque los necesitamos todos(ambiente, agua, naturaleza, etc.).

Al otro lado de la cuestión, pondríamos a arrendatarios, empleados, llevadores, parceros, usufructuarios, precaristas, servidores, etc., disponiendo de un contrato, título, o manifestación de tolerancia por parte del dueño para el disfrute de la propiedad,  y que, en general, actúan -como entiendo que debería ser la norma y no la excepción-, como colaboradores eficaces en su mantenimiento o rentabilidad.

Pero, precisamente por el valor que hay que conceder a la propiedad, no deberíamos olvidarnos de los ladrones, usurpadores y aprovechados de toda condición, entremezclados (mirado desde el ángulo inverso) con desposeídos, inejercientes, incapaces de sostener o acreditar la propiedad de lo que debería ser suyo, así como ignorantes o expropiados o limitados legalmente de su condición de propietarios, entre otras formas que podríamos caracterizar como anómalas o distorsionadas de poseer y disfrutar.

Todos -los sensatos, entre los que el lector supongo que admitirá nos situemos ambos- estaríamos de acuerdo que no es un tema baladí y, por ello, en torno a los asuntos de propiedad se ventilan una parte sustancial de las  preocupaciones de la mayoría de los seres humanos y por su causa se plantean no pocos litigios.

Así ha sido desde el comienzo de nuestra Historia: guerras, disputas, expolios, trampas, asesinatos, pactos, etc., aparecen repetidamente alrededor de elementos (muebles, inmuebles, animales, incluso ¡personas!) cuyo control se valora como interesante, movilizando a quienes no lo tienen frente a los que se ven en la necesidad de defenderlo.

España ha ido desarrollando, al abrigo amplio y un tanto melifluo de la Constitución de 1978 y su desarrollo como estado social, una teoría atractiva de las limitaciones de algunos propietarios, relacionada con las obligaciones sociales de esa figura, y, en consecuencia nada trivial, se han ido reduciendo los derechos de quien es titular del bien, incrementando en algún caso sus deberes hasta límites insostenibles.

Hay que recapacitar sobre las consecuencias prácticas de la debilidad en que se ha situado a los propietarios, que ha hecho menos atractiva, con tremendas consecuencias prácticas -negativas-, esta calificación.

En otras ocasiones, he llamado la atención respecto al abandono de casas, bosques y terrenos, faltos de rentabilidad para sus propietarios y cuyo abandono está en la raíz del feismo de no pocas parcelas urbanas, la falta de cuidado que protegería nuestros montes del riesgo de incendio (natural o provocado), o la improductividad de grandes extensiones que podrían ser agrícolas y son eriales.

Quisiera hoy también referirme a los inquilinos que no solamente no pagan los arriendos convenidos sino que maltratan la propiedad de otros, a los usuarios de bienes públicos que -con el argumento viciado de que otros tienen la obligación de cuidarlos- deterioran parques, mobiliario urbano, ríos, monumentos, etc., a quienes se amparan en el anonimato o en el descontrol para adulterar, quemar, deshacer, y hasta destruir, propiedades ajenas.

Nuestro estado de derecho protege, por omisión o por indulgencia injustificable -alimentada también por una tremenda dilación y falta de autoridad en castigar a los infractores-, a los delincuentes contra la propiedad.

Se olvida así que, además del derecho del propietario -público o privado- a que se respete el bien que está en el mercado o a disposición del usuario con el que se relaciona por contrato, disposción legal o permisividad, existe el deber de éste a conservar, sin causarle deterioro, de aquello de lo que se encuentra en posesión circunstancial.