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Al Socaire de El blog de Angel Arias

El lenguaje del pueblo y el de los políticos

En el proceso electoral del 25 de marzo de 2012, en el que se decidía la composición de las Cámaras regionales en Andalucía y Asturias, los partidos políticos que obtuvieron mayor número de votos, no podrán gobernar.

Ni el PSOE asturiano ni el PP andaluz han conseguido diputados suficientes para conseguir la mayoría que garantizaría la Presidencia de sus autonomías.

El primero, ni siquiera uniendo sus fuerzas con Izquierda Unida, entidad con la que se le supone una cierta identidad idelógica, allá por los entresijos de la socialdemocracia posibilista; en consecuencia, Francisco Alvarez Cascos volverá a ser Presidente del Principado, aunque, en este caso, con el apoyo explícito de un Partido Popular que ha tropezado en hueso en una región que se inclina por cambiar de aires.

El PP andaluz no llevará a Javier Arenas a la presidencia porque PSOE e Izquierda Unida formarán un pacto de gobierno que garantizará la permanencia de Griñán en el sillón principal de la autonomía.

Los representantes de los diferentes partidos acostumbran a decir, después de unas elecciones, que han captado el mensaje del pueblo. A mí tal expresión me pareció siempre una solemne tontería, porque no creo que las poblaciones tengan una entidad colectiva, por lo que les niego la capacidad de expresarse de forma rotunda, salvo en momentos de exaltación, siempre dirigidos por la combinación de una grave situación de tensión que se percibe visceralmente como insostenible y un líder carismático que personaliza el cambio frente al preboste debilitado que ostenta el poder legitimizado hasta entonces (circunstancia dramática que conduce, como la Historia confirma, cuando la polarización se concreta en fuerzas equivalentes, a una revolución o a una confrontación armada, si la división de opciones contamina al Ejército).

Las elecciones de representantes son, en momentos de tensión económica y desorientación política, vigente la democracia, una lotería, esto es, reflejo de la incertidumbre y la falta de opciones convincentes. Las encuestas previas lo han venido a demostrar, incapaces de acertar con los resultados, ya que se suponía la victoria holgada del PP andaluz y la derrota estrepitosa del Foro por Asturias, y ninguna de las dos previsiones se produjo.

Expresada la opinión individual de un par de millones de votantes, fruto de la combinación de elementos tan diversos, el resultado no puede ser otra cosa que una papilla, un pupurri inextricable, y, para digerir en calma el cocinado electoral ha llegado el momento de los políticos, para pactar lo que les convenga a ellos.

Qué oportunidad más estupenda para que, por una vez, se sienten todos a la mesa de negociaciones para aportar, con claridad y honradez, ante la luz y taquígrafos del pueblo sorprendido, lo que se les ocurra para aglutinar, en una sola voz, como un clamor, al pueblo.

Ese pueblo que, cuando se le pide que vote, cuando faltan ideas convincentes, cuando los que las presentan no tienen poder de persuasión ni calidad para estructurarlas, se deshace en un caleidoscopio desorientado de ausencias,  impresiones, fobias, filias, intuiciones, devociones, desganas,...así hasta contabilizar los millones de pareceres que algunos se obstinan en llamar el lenguaje del pueblo, cuando es solo el eco de la desorientación de los que le reclaman que se exprese.

 

 

Amigos, felicidad y redes sociales

Mientras aquí seguimos pedaleando en el tarro de nata en el que nos han tirado, esperando que se haga mantequilla para poder salir del atolladero, en otros sitios nadan en la abundancia.

No de otra forma se explica que se concedan subvenciones para realizar tesis doctorales sobre lo que cualquiera con dos dedos de frente reconoce como obvio: Facebook no da felicidad, sino que, incluso, a partir de cierto número de amigos, produce estrés y revela problemas emocionales para relacionarse en el mundo físico.

Esta conclusión para cuyo hallazgo no hacían falta grandes alforjas, fue obtenida, tras analizar sicológicamente a 300 universitarios adictos a las redes, por un grupo de sociólogos de la Western Illinois. El estudio confirmó -evito emplear la palabra "revelar"- que, cuantos más amigos se tienen en Facebook, más narcisista es el perfil y más riesgo de que surjan tensiones de personalidad en el sujeto al que, en principio, tantos afectos virtuales le exigen demostraciones de cariño, seguimiento y atención.

El asunto, fríamente considerado, tiene dos vertientes: una, la ausencia de objetivos o la ignorancia culpable de lo que puede conseguirse con miles de contactos virtuales, por parte de quien se obstina en acumular amigos, atrapándolos como sea en las redes sociales, obsesionado por alcanzar al cupo en el que el servidor del programa le anuncia que "no va más".

Porque está claro que, salvo que se encuentre uno en campaña electoral o venda productos cosméticos (o equivalentes), ningún interés tiene llamar amigos, aunque sean etéreos, a gentes que ni se conoce ni maldita la falta.

Pero la vertiente más empinada del caso se encentra por la ladera de creerse que habrá relación entre ambos mundos, y que esos miles de amigos virtuales se pasarán, algún día al mundo real y nos servirán para conseguir algo de lo que anhelamos.

Esta dislocación respecto al mundo real es la que me parece definitiva para calificar de caso patológico a quien se muestre orgulloso de tener 5.000+ amigos en alguna red social, sin haber salido en Gran Hermano, llamarse Ronaldo o Leo o dedicarse a ofrecer servicios sexuales telemáticos.

¿Qué pretende? ¿Encontrar trabajo, vender sus dibujos, terminar la soltería, que le lean lo que escribe, que le admiren por lo que elucubra?. ¿Tal vez asocia, en su fuero interno, que tener más amigos implica más capacidad de acción, mérito, opciones de qué sabe quién?

¿Es que no se ha enterado todavía de la forma eficiente de conseguir poder? ¿No le sugiere nada echar un vistazo a las relaciones personales -tangibles, con lazos familiares sólidos, billeteras, puestos en los consejos, cacerías, hoyportíes mañanapormíes- entre políticos, banqueros, grandes empresarios, bajando de las nubes de lo metafísico al terreno enfangado de la realidad en el que se nutren los negocios?

Lo que ya no tengo claro es si estas amistades reales, estos contubernios afectivos, producen la felicidad de quienes los tejen y manejan. Más seguro tengo que, de cuando en vez, son las razones de la infelicidad de los que no los tenemos por amigos, ni -perdónesenos la insolencia-, por lo general, ganas de tenerlos.

Desglobalización, insostenibilidad y marcha atrás.

Se están desmoronando sin estrépito, afectados de aluminosis mental, los edificios precariamente construídos en los años de bonanza.

Levantados en los terrenos recuperados en gran parte a la filosofía buenista, los arquitectos de esas obras que se nos presentó como referente definitivo para la historia del mundo, estaban educados en escuelas en donde se impartían enseñanzas versátiles, que servían tanto para formar a nuevos ricos del socialismo permisivo como para adoctrinar a los hijos de los viejos guardianes del liberalismo clasista.

Obligados a abandonar las viviendas de conveniencia en las que nos creíamos sólidamente asentados, ya no se oyen discursos y alegatos a favor de la globalización, la sostenibilidad o la alianza de civilizaciones.

Más bien, al contrario. La campaña por las elecciones a la Presidencia francesa ha puesto énfasis, dada la personalidad de su autor, Arnaud Montebourg, persona de confianza del candidato socialista François Hollande, sobre su librito con un título que hubiera sido anatematizado hace un par de años: "¡Votez pour la démondialisation!".

En Toulouse, a finales de marzo de 2012, se ha librado una batalla entre las fuerzas del orden y un yidahista, asesino confeso, en la que se pueden localizar nada tranquilizadores elementos. El despliegue realizado por la policía y el ejército fue colosal, y su objetivo evidente era demostrar a la población que se velaba por su seguridad.

Sin embargo, la muerte en el tiroteo del islamista -la religión como significante- deja abiertas las cuestiones acerca de qué organización estaba detrás de sus acciones, con qué medios cuenta, y todas estas interrogantes reactivan los miedos de una población -no solo francesa- que no entiende porqué el odio de las cruzadas ha rebrotado en un mundo que se decía civilizado, de própósito global y muy preocupado por volverse sostenible.

La reapertura en España del debate electoral -circunscrito a solo dos regiones, pero muy relevantes para la evolución de la plasmación práctica de los llamados ideales socialistas en el país-, ha servido también para detectar el cansancio de los mensajes de la izquierda clásica, vencida, además, no en el campo de la batalla ideológica, sino en el desamparo autónomo provocado por la corrupción interna, el amiguismo marginador de mérito y capacidades y, ya para vergüenza insoslayable, el descontrol del gasto público.

Estamos en marcha atrás, aunque tengo la impresión de que, en lugar de volver la cabeza para tener cuidado de por donde vamos, seguimos mirando por el cristal delantero.

Picatueros y pejigueros

Entre los numerosos pájaros de aspecto humano que componen nuestra fauna, no son raros de ver, puesto que no solamente no se ocultan, sino que hasta hacen ostentación de su peculiar naturaleza, los picatueros y los pejigueros. Por cierto que estos últimos son muy parecidos, hasta el punto que solo los especialistas pueden distinguirlos, a los pijoteros.

Hay que hacer, sin embargo, la aclaración de que los picatueros son endémicos de Asturias, una pequeña región que, a pesar de estar cerca del ombligo del mundo, como continuamente se esfuerzan en demostrar los nacidos en ella, los mapas foráneos se obstinan en situar en todos las periferias.

Los picatueros se caracterizan porque se pasan la mayor parte del tiempo en que están con otros seres humanos, poniéndoles a prueba, buscándoles las cosquillas, metiendo cizaña, tocándoles los pinreles (y otras glándulas), y, en fin, ocupados en cualesquiera formas y maneras que puedan servir para sacarles de sus casillas.

Resulta muy curioso, y es la demostración de que los picatueros no tienen intención de sacar rentabilidad de tantos esfuerzos, sino que únicamente buscan el placer relativo de ver al otro fuera de sí, desconcertado y aturdido, que, cuando sienten que la paciencia de su víctima está llegando al límite, se van con viento fresco a molestar con sus artes a otro individuo.

Lo que no ha de ser interpretado, ni mucho menos, que el picatuero no vuelva, pasado un corto tiempo, a darle picotazos a la misma madera, a la que tal vez quieran martillear desde otro ángulo, y todo con la misma intención exigüa y cicatera de notar el malestar que provocan en los otros.

Los pejigueros están más extendidos, y aunque suelen especializarse en relación con los hábitats propicios, se distinguen por poner pegas a todo.

Algunos pejigueros alcanzan puestos muy altos en la pirámide social, en donde -por razones misteriosas- son apreciados por otros pájaros depredadores, que ocupan posiciones relevantes, transmitidas de generación en generación o, en no pocos casos, adquiridas utilizando variadas artes que no han podido ser analizadas en profundidad, aunque tienen que ver, se cree, con la libertad de mercado, la posesión del dinero y el arte de mantener el poder a trancas y barrancas. 

La mayor parte de los pejigueros se quedan sin embargo, como simples pijoteros, que solo ven dificultades sin atisbar soluciones ni obligar a que otros se expriman el majín para encontrarlas (como sucede con la subespecie que he pretendido caracterizar en el párrafo anterior).

El efecto común más propio de la actuación de picatueros y pejigueros es impedir que la convivencia se desarrolle cómodamente. Crean un barullo insoportable y, si hubiera forma, lo más aconsejable sería separar a ambas especies, dándoles caña y dejándolas en ridículo de inmediato allí donde se las encuentre.

Porque lo que han revelado las investigaciones más recientes es que ambos grupos son cobardes, y cuando se les enfrenta con argumentos, se arrugan y pierden su condición, es decir, plumas, transmutándose en seres inocuos, o viéndose obligados a emigrar a nuevos terrenos que les resulten propicios, lo que sería ya un problema solo para ellos, y no para las colectividades en donde se asientan, dejando en libertad a los que hostigan para que éstos hagan lo que saben hacer, sin que les importunen esos parásitos.

Lo que va de Viva la Pepa a Vivan las Cadenas

No estamos para muchas celebraciones, pero el 19 de marzo de 2012 no era cuestión de dejar pasar la oportunidad de conmemorar el bicentenario de aquel momento en el que unos cuantos españoles, reunidos en Cádiz, reconociéndose monárquicos -fieles a un Rey huído y a un infante raptado-, con un pueblo en lucha contra un vecino todavía más envidioso que envidiable, sufrieron el sueño de redactar unas normas generales que dieran más poder a los que no venían alardeando de privilegios de la sangre.

La Historia española del siglo XIX es una enciclopedia en sí misma del carácter hispano, y, cuando vuelva a parecer interesante a los que deciden los planes de estudio, enseñar a los educandos de dónde venimos para que puedan decidir, cuando se hagan mayores, adónde ir (sin que les cieguen los cantos de sirenas y pelotudos), será muy útil como guía de saberes y entendederas.

Uno de los que escribió la Constitución de 1812 (La Pepa, por la fecha en que se aprobó y porque, cuando volvió el Rey Deseado Fernando VII y la abolió, estaba prohibido referirse a ella y dicen que se la dió ese sobrenombre para no acabar en chirona), fue Martínez de la Rosa, un catedrático de Filosofía Moral, escritor, moderado en el pensar, y buen componedor, por lo que mereció pasar a la Historia con el sobrenombre de Rosita la Pastelera y pasó varios años en la cárcel, por orden de Su Majestad.

Al pueblo español nunca le gustó, en realidad, lo de la libertad, en particular, aquella que se le concede por la gente que conoce y de la que sabe sus debilidades. Prefiere las cadenas, la sumisión, el rendimiento que cabe esperar de quien hace la pelota a alguien que está por encima de las cosas de este mundo, porque su poder venga de Dios, o de la tradición, o de los siglos de los siglos.

Apenas si tardaron dos años nuestros antecesores en la fe en aplaudir la abolición de aquella peligrosa Constitución, surgida de las mentes de tipos estudiosos, sí, pero normales, que procedían de familias de las que era difícil conocer más de un par de ramas de su árbol genealógico, y de los que, por tanto, había que desconfiar.

El 4 de mayo de 2014 se cumplirán doscientos años de la derogación, por Fernando VII, de aquella elucubración peligrosa por la que se recortaban los poderes absolutos de la monarquía, con una prudencia que hoy nos parece timorata. El pueblo aplaudió entusiasmado, escriben las crónicas, la abolición de aquella Constitución (que tendría otros dos cortos períodos de vigencia, posteriormente), con un grito espeluznante: "¡Vivan las caenas!".

Algo habrá que imaginar para, cuando llegue ese momento, mover a la reflexión a la España otra vez adormecida, siempre navegando entre las aguas de una seudolibertad nunca asumida como capacidad para el ingenio y la seguridad de las cadenas, interpretada como fórmula segura de ahuyentar a los malos espíritus de la inteligencia.

Momento estelar para las risas

La comicidad de un payaso tiene un imprescindible punto de enlace con el espectador.

Nadie se ríe en estos tiempos -salvo que le paguen por hacerlo, o porque su coeficiente mental y su emotividad estén lindantes con esa franja delicada en la que o le nombran algo importante o le recluyen- por ver a un tipo con enanismo caerse por una escalera, o porque alguien con cara de estar improvisando diga caca, culo o pis o recupere palabras que hace nada no estaban en los diccionarios para adolescentes.

A salvo de circunstancias explosivas, en las que es imposible, por encontrarse dentro de un núcleo de absurdo, contener la carcajada y evitar que se le salten a uno las lágrimas y se anulen las alarmas de la seriedad, el que escucha los temas preparados para unas risas tiene que estar predispuesto a dejarse sorprender, a entregarse a lo que se le cuenta -esto es, tiene que saber que está allí para reirse- y, además, debe tener una situación personal de cierto desequilibrio, de desorientación.

Te ríes, en fin, porque quieres reirte, porque lo necesitas como comer.

Nadie se ríe si está actuando desde el dominio de la situación, ni va a desternillarse con sus propios chistes (aunque siempre hay imbéciles que actúan de clá de sí mismos, y, dentro de ellos, no faltan quienes son incapaces de verse desde fuera de su ego y se preparan para ese momento de sobremesa en que o se vuelve al trabajo o se hace escarnio de las presuntas miserias del prójimo, que dan la pista de las debilidades del que cuenta).

Si un tipo serio, en un discurso provisto de empaque, se ve interrumpido por un espontáneo, o le comunican al oído una noticia soprendente, tiene que asumir de inmediato la situación antes de que adquiera más tamaño y destrozarla. O, con el tiempo, causará risa.

Ahora, pasado el tiempo, resulta gracioso ver a Bush jr. poniendo cara aún más de despistado cuando le soplan al oído que ha habido un atentado en las torres gemelas, incapaz durante un largo intervalo de desconectarse de la vista a la escuela infantil en la que estaba pasando el rato. Pero solo porque sabemos que no hay peligro en reirse, porque lo malo ya pasó y lo que vemos no tendrá consecuencias.

No parece gracioso, por el contrario (todavía), ver en estos días al presidente Obama disurseando sobre la tensión prebélica con Irán, y reaccionando ante el grito de una exaltada del público con un: "¿Quién está hablando de guerra?".

He leído que estos años de crisis son momentos estelares para los cómicos, y que la gente acude a los teatrillos en donde actúan y se apega a los programas de televisión en donde se anuncian risas, como nunca.

Algo no me encaja. Porque no estamos todavía en situación de reirnos, ya que estamos entre la polvareda y los disparos y las caídas del caballo de la batalla. No se si esos que ríen o quieren reir es porque ya lo dan todo por perdido y asumen que nada peor les puede pasar, o es, simplemente, porque han interpretado -erróneamente- que su vida real es también una representación y que, en cualquier momento, alguien aparecerá en el escenario de sus vidas para anunciar que la función ha terminado.

¿Quién está hablando de crisis? ¡Me troncho!

El valor de los números

Estamos viviendo la época dorada de la precisión. Tenemos instrumentos para medirlo casi todo, y a nivel individual, además.

Un amigo mío ha instalado en su casa una estación metereológica completa, y sigue con exactitud la evolución de la humedad, contenido en óxido nitroso, anhidrido carbónico, partículas en suspensión, temperatura, velocidad del aire y no se cuántas variables más, ¡en cada una de las esquinas de su terraza!

Otro ha incorporado a su iphon varios programas que permiten recolectar instantáneamente, valores que nadie imaginaría, antes de la llegada de la tecnología al alcance de cualquiera, que pudieran llegar a ocupar hasta la obsesión las horas de ocio de un tipo, por lo demás, normal.

Uno de esos programas, le sirve para conocer los decibelios ambientales que soportan sus oídos (de él), separando incluso los ruidos de fondo de los ocasionales y, con solo darle a un par de teclas del adminículo versátil, se pueden obtener los valores históricos de varios años, agrupados en funciones de densidad según las marcas de clase que uno quiera y tomando los intervalos temporales que le apetezcan, calculando, por supuesto, la moda, la desviación típica y la media, así como los valores máximos y mínimos diarios.

Otro colega de la oficina me explicó que está enganchado a un programa que utiliza varias escalas (incluídas la de Richter y Mercalli) para poner un número (bastante críptico, en realidad) a los movimientos parasísmicos que se operan en nuestra mesa de reuniones y, sintiéndose actualmente incapaz de controlar su adiccíón, se complace en indicarnos el valor alcanzado cada vez que alguien estornuda, o se le cae al suelo la botella de agua; su momento estelar fue, cuando, en el curso de una discusión acalorada, un cliente dió un puñetazo sobre la mesa y el tipo nos anunció que se había alcanzado, momentáneamente, los 4,2, información a la que atribuyo, creo que con razón, la pérdida del contrato.

No son pocos los obsesionados por hablar de números, aunque advierto una tendencia a cuantificar  sobre todo aquello que -al menos para mí- carece de interés. En general, observo que se nos están dando continuamente cifras, bombardeándonos de datos, sin extraer consecuencias respecto a ellos, ni ayudarnos a sacar, con fundamento en tan precioso material, alguna conclusión.

Cuando se nos ofrece un partido de fútbol televisado, los comentaristas no paran de obsequiarnos con cifras: posesión del esférico, faltas cometidas, número de minutos que un jugador concreto ha estado en el campo, penalties que un árbitro ha pitado en los últimos tres años, ... si de otros deportes se trata, no me extrañaría que se adujeran las veces que una tenista ha utilizado un tipo de playeras. 

Por procedimientos que adivino dificultosos, pueden medirse, ya con precisión extrema, los minutos de posesión de balón de cada uno de los miembros de los equipos en liza, en cualquier acontecimiento deportivo, incluso el jokey sobre hierba o el tenis de mesa; y sabremos, al final de cualquier contienda y según su tenor, desde cuántos kilómetros ha recorrido cada futbolista, a cuántas pedaladas ha soportado cada ciclista, o el número de pasos, inspiraciones y expiraciones o toques del pelo con la mano que realiza cualquier personaje, sea político, sindicalista, invitado a Gran Hermano o caído de un guindo la noche anterior.

Pero ¿qué significa, en verdad, superar el 5,3% o el 5,8% (o el 25%, ya puestos) el pib de un año y qué razón guarda este hecho, que no parece preocupar a países menos obedintes que nosotros, con fastidiarnos lo bien que lo estábamos pasando?. ¿Cómo y quienes lo miden con tanta exactitud, si el gobierno anterior, con los mismos funcionarios, llegó a otras conclusiones? ¿Porqué no hablan los que manejaron otras cifras, en lugar de aceptar puestos en consejos de administración de empresas cuya actividad resulta un arcano para la mayoría? ¿Qué fiabilidad tiene cualquier cifra económica -y, en su caso, con qué margen de error se calcula, si no somos capaces -por ejemplo- de detectar el porcentaje de economía sumergida que nos está permitiendo soportar esta crisis persistente?

Y, aunque no sea cuestión de cifras, sino de niveles comparativos, y sin que ello signifique apuntar en una direccion concreta, sino a tiro granado:¿Es más importante que a un presidente de Comunidad le regalen un par de trajes o que se creen unos cuantos suplementos a las pensiones con subvenciones agrícolas? ¿En qué tipo de activos -financieros, inmobiliarios, atípicos, erráticos- están contabilizados los miles de millones de euros con los que las entidades financieras sostienen la fantasía del valor irreal de los pisos que se fueron quedando cuando sus clientes no pudieron pagar las cuotas que habían convenido, con valoraciones que obligatoriamente debían hacer sus propias entidades de tasación?

Día de preguntas, pues. Un profesor de matemáticas nos decía a los alumnos que lo que no se puede cuantificar, no se sabe. Pues me parece que tenemos el saber muy polarizado hacia lo que menos importa.

Poderes

Estamos asistiendo en este delicado momento español a la exhibición de distintos tipos de poderes y como todo ejercicio de poder implica la referencia a su legitimación y la valoración de sus consecuencias, me propongo en este Comentario hacer alguna referencia sucinta a tres de sus manifestaciones.

Percibo, en primer lugar, el poder ejercido por el Gobierno del Partido Popular, del que repetidas veces hemos oído que proviene de la legitimación de la mayoría otorgada en las urnas en noviembre de 2011, y que se interpreta por el Ejecutivo y sus simpatizantes como que les autoriza a tomar decisiones en solitario, apoyadas en la convicción -desde luego, no despreciable- de que eso es lo que hay que hacer y no otra cosa.

En segundo lugar, se encuentra el poder de los líderes de la sociedad civil, entendiendo por tales los intelectuales, pensadores, científicos, técnicos y profesionales en general (y hay campos muy relevantes para la ordenación de la vida social: juristas, médicos, ingenieros, empresarios, autónomos, etc.). Este poder se ha visto, por variadas razones, muy disminuído en su aprecio colectivo, (con matices, pero con un deterioro importante y, en algún caso, drástico, para sus potenciales ejercientes) y, por tanto, los efectos prácticos de sus actuaciones se presentan, -pudiendo no serlo, desde luego, si se atendiera a la autoridad que debería concedérsele a cada uno en su campo de solvencia- como nulos o poco relevantes.

Y existiría un tercer poder, de cuya fortaleza y legitimidad no puede dudarse, porque, en su base, es el poder que reside en el pueblo soberano, pero que, como no es homogéneo, ni divisible, ni siquiera expresable como unidad, pues está lleno de matices, se manifiesta esporádicamente como contrapunto, como protesta, o como reacción a los poderes de quienes ejercen el Gobierno (en su caso habitual).

Este tercer poder se manifiesta siempre, por su propio carácter, en momentos concretos y contra actuaciones determinadas, y trae como resultado la movilización de una parte de sus componentes, típicamente muy limitada del gran colectivo que es el pueblo y a la que se le suele dar una gran importancia por quienes los convocan y a la que se desprecia por los destinatarios de la crítica.

Me parece interesante, y, también, imprescindible para la plena comprensión del lector de lo que pretendo expresar, aplicarlo a una circunstancia concreta, que estamos viviendo con gran intensidad en España, y es la forma de salir de la crisis, atendiendo a medidas de carácter económico.

El ejecutivo aplica el criterio de austeridad y reducción de gasto (que, además, sentimos no pocos españoles como impuesto por poderes externos, a los que, desde luego, nadie ha votado en noviembre de 2011). Ha preparado, sin negociación y sin explicación técnica, sino apelando a su superior conocimiento de la situación y a que las decisiones que toma son imprescindibles, una panoplia de medidas, que afectan a órdenes muy importantes de la vida ciudadana.

Los poderes, digamos intelectuales, han ofrecido -descontando las opiniones, respetables, de quienes aplauden las medidas del Ejecutivo como la consecuencia del desorden administrativo y la euforia social en que ha sumido supuestamente al país el gobierno socialista- objeciones a la oportunidad y a la eficacia de tales acciones, coinciendo, por lo demás, en que no se está atendiendo a la reactivación, sino únicamente a la reducción de la deuda externa.

El poder popular no tiene opinión en el tema económico, porque lo que está viviendo es su propia realidad, que se plasma con pocas palabras: paro creciente, temor ante un futuro aún más difícil y la constatación, en sus directos peculios, de que la situación empeora. El terreno para convocar una huelga general, por parte de los únicos sindicatos de trabajadores que subsisten en España, está, pues, perfectamente abonado.

Lo dramático es que no existe debate sobre las soluciones, ni, por tanto, se dan explicaciones convincentes, basadas en datos y en previsiones técnicas fiables, respecto a lo que va a pasar.

España, por tanto, aparece muy vulnerable para que, más aseada y limpia que antaño en sus compromisos financieros, se convierta en un bocado muy apetitoso para quienes sepan qué hacer con las parcelas saneadas de riesgo y no tengan que responder ante el pueblo soberano ni atender más que a la máxima rentabilidad de sus accionistas.

El estrepitoso fracaso de los Colegios Profesionales

No ha alcanzado demasiada repercusión social -y ni siquiera entre los propios profesionales de cada gremio-, pero los Colegios Profesionales están heridos de muerte, lo que es tanto como afirmar que, en breve, dejarán de existir.

La lanzada contra estos colectivos, de trayectoria, en general, misteriosa, la ha proporcionado el Real Decreto 1000/2010 del 5 de agosto de 2010 que, en alegada transcripción de una Directiva Comunitaria, suprimió el visado de proyectos y la colegiación, que hasta entonces eran obligatorios en muchas profesiones.

Se salvaron de ese cambio brusco en el plácido discurrir de los Colegios, apenas un par de tipos de proyectos -relacionados con la seguridad, según se explicaba en el Decreto- y, desde luego, la intocable profesión de la abogacía, defendida desde una Ley inexpugnable, que es la Ley Orgánica del Poder Judicial (art. 544), y las recias Leyes procesales que fundamentan nuestro Estado de Derecho.

No voy en este Comentario a esgrimir el apoyo constitucional que poseen los Colegios profesionales, ni a elogiar la labor (real o imaginada) que han desarrollado en defensa de las actividades regladas, organización de fiestas patronales, viajes de compañerismo, creación de bolsas de empleo y en la protección de viudas y huérfanos de colegiados fallecidos,... -ya se ve, por el empleo del género gramatical que hago a consciencia, que estas corporaciones tenían su fondo en un mundo en el que solo trabajaban fuera del hogar los varones-.

No, lo que voy a lamentar es que los Colegios no hayan trabajado mucho más en dos campos concretos: a) garantizar la cohesión de los profesionales colegiados con las Universidades y la sociedad, actuando de verdadero punto de encuentro y dinamización entre ellos y b) defender la cualificación de sus profesionales ante la sociedad, poniendo en valor, de forma continuada y fundada, los méritos de sus colegiados y de los trabajos realizados por ellos, actuando también con seriedad y firmeza contra los desvíos deontológicos en que pudieran incurrir sus miembros.

Es muy difícil (yo lo veo prácticamente imposible) enderezar ese camino, con Juntas directivas en los Colegios, (siempre hablando en general), formadas por personajes jubilados sin otro cometido ni interés que asistir a sus reuniones, con los profesionales realmente activos en el oficio compitiendo a cara de perro entre sí y con otros licenciados de otros campos por trabajos exigüos, mal remunerados y en los que, no pocas veces, se juegan intereses y responsabilidades civiles (o penales) nada despreciables.

Es muy difícil confiar en que los Colegios puedan resurgir, como ave fenix, de las cenizas que ha provocado la llamarada con tintes terroristas, -pero compartida por partidos políticos y estamentos que se mantienen callados-, atribuíble al anterior gobierno socialista de España, cuyo comportamiento en el final de su última legislatura fue muy parecido al del alacrán que se ve a punto de morir.

Quienes deseen encomendarse a la rehabilitación de los Colegios, deberán empezar, además, por negarlos. Para su supervivencia, deberán transmutarse a Asociaciones, los que promevan el cambio, tendrán que movilizar a otras personas y desplazar de sus poltronas a casi todos los directivos actuales, convencer a los futuros asociados y a la sociedad de que han modificado formas, intereses, métodos, tareas y que saben cómo hacerlo mucho mejor, para beneficio de los asociados y de la sociedad (no solo de los clientes y empresarios contratantes) en su conjunto.

¡Uff! ¡Qué pereza!

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(1) Basado en el autónomo-quasi omnímodo poder de decisión de los jueces y magistrados, y la libertad -sutilmente condicionada- de los letrados, licenciados en derecho con el carné al día por pago de una cara colegiación obligatoria, para defender en pleitos de claro formalismo, los intereses de sus clientes.

La expuesta singularidad de Asturias

He puesto ya otras veces de manifiesto que Asturias ha funcionado históricamente, en múltiples ocasiones (generalmente, además, sin pretenderlo los protagonistas) como banco de pruebas de España.

Su situación periférica, el permanente aislamiento geográfico de esas tierras y la peculiar sensibilidad de sus más significados personajes (faltos, en general, de la percepción de la realidad que dan, más que los viajes, el meterse en la piel del otro), el empacho de la digestión exagerada de los problemas locales, y el temperamento inicialmente fogoso, pero en el fondo, dócil, de sus pobladores, es caldo idóneo para experimentaciones. 

Se adelantan en la región, por todo eso y quién sabe qué otros retruécanos y visiones deformadas, problemas -ya sean reconversiones salvajes, montaje y represión de huelgas sin objetivos deducibles, compras alegres de empresas inviables con capitales públicos, proliferación de centros culturales ingobernables e inútiles, etc.- que después se ventilarán en el resto del país. Se prueban también así opciones por los gobiernos centrales, cuyo resultado se trasladará después a la política oficial, ya con más conocimiento de cómo manejarlas.

Las elecciones autonómicas que, por decisión del presidente regional Francisco Alvarez Cascos (al que se acusa de haber fundado un partido personalista, cuando así han sido siempre todos), se volverán a celebrar a los seis meses de haberse llevado a cabo las últimas, aunque coinciden con las andaluzas, proporcionan en exclusiva un material apetitoso para tratar de presagiar lo que se nos avecina.

!Qué más da que en Andalucía, precipitado a una victoria pírrica por la perfectamente escenificada debacle de las ideas de Pablo Iglesias, gane el candidato Javier Arenas, reforzando así un mapa español aún más azul!. Asturias es diferente, porque va por delante de la realidad, predice el futuro. Y el futuro es el desorden, por la disociación bipolar entre los que manejan o creen manejar el factor capital y los que creen representar el factor trabajo.

Ninguno de los partidos mayoritarios tiene opciones de gobernar en solitario y tampoco parece que se puedan construir mayorías por afinidades naturales (que no personales) entre los que tiran de la cuerda, bien sea a la izquierda o a la derecha.

Pero no es esa cuestión, con ser muy grave, lo más preocupante. Cuando se analiza el comportamiento de los candidatos, se constata que su talante y los contenidos de sus discursos, son... muy aburridos. Que me perdonen todos ellos, porque son amigos o muy bien conocidos, pero ninguno tiene el aspecto de estar disfrutando con la perspectiva de ganar, conscientes de que ninguno va a ganar. Y tampoco, por supuesto, destilan emoción sus presuntos simpatizantes o seguidores.

Ese es el futuro de España, si no lo corregimos (y no sé cómo). Un país  políticamente soso. Pobre, sumiso, resignado y... aburrido.

 

Plan de Austeridad integral: el borrador

No puedo explicar cómo llegó a mis manos, y apelo al secreto respecto a las fuentes que también debe amparar el periodismo ciudadano.

El lector puede imaginarse que se trata del ejercicio literario de un libertario, de una propuesta de la mente calenturienta de un miembro del Gobierno (o de cualquier partidario de hacer oposición), o incluso de las notas tomadas por un estudiante de siquiatría en una clase de las llamadas materias optativas.

Pero me gustaría que -con fundamento o no- se atribuyeran estas ideas a una revelación proveniente de la metafísica o, mejor aún, al trabajo de una consultora alemana para contestar a la cuestión de "Cómo sacar a un gran país, si bien de iniciativa mediocre, y en el plazo más corto posible, de una crisis de solvencia.

Parecen, en general, medidas de control del gasto inútil y es de lamentar que no estén ordenadas por razón de su importancia económica. Algunas anotaciones eran ilegibles, y he hecho una suposición del contenido. En fin, éstas son algunas:

-Se impone como tope máximo salarial, para cualquier tipo de empleado, el que perciba el Presidente de Gobierno o Primer Ministro. Se prohíbe que, al producirse el cese de un cargo público y ser éste contratado por la empresa privada, sus honorarios sean superiores a los que percibía con cargo al Estado.

-Se establecerán índices de productividad para los distintos puestos de funcionario, que servirán para complementar hasta un 20% del sueldo base. Se vigilará, en especial, el número de horas perdidas por bajas sicológicas, estrés y enfermedades menores, que se anotará en el expediente personal. Cada responsable de departamento confeccionará, bimestralmente, un libro de propuesta de mejoras y análisis de las críticas recibidas, que será presentado y discutido en foros ciudadanos.

-Se dará preferencia fiscal, con exención de la cuota de seguridad social a cargo de la empresa, a los periódicos de exclusiva difusión local, y siempre que limiten a un máximo de dos las páginas deportivas. Se prohíbe la impresión de fotos de tamaño superior a 10 cm en su lado mayor.

-Se estimulará la publicación de libros virtuales y se retirarán, para su inmediata incineración, todos los restos de ediciones en papel que lleven en el mercado más de dos años. Queda estrictamente prohibida la donación de libros, papeles y documentos por parte de la viuda a Colegios profesionales, Universidades y Escuelas.

-Todas las pruebas y exámenes de las asignaturas de una carrera regulada serán centralizados y simultáneos, y los ejercicios se decidirán por una comisión mixta, formada por profesores y especialistas no docentes; se prohiben los exámenes tipo test. Los alumnos que no superen en dos años un curso completo no podrán continuar los estudios correspondientes a ese nivel.

-Se exigirá a todos los Juzgados un plan a corto plazo (máximo tres meses) de eliminación de asuntos pendientes y procesos sin resolver, indicando, en su caso, la dotación de personal complementario imprescindible, que será seleccionada por insaculación de la lista de abogados jubilados con más de quince años de ejercicio y menos de 70 años.

-Se analizará por simulación la compatibilidad de las jornadas de trabajo en oficinas, despachos y empresas por barrios, con el objetivo de evitar los atascos en horas punta, tomando la decisión que corresponda, que se impondrá a las empresas y organismos involucrados, modificando consecuentemente las horas de entrada y salida a los mismos.

-Todos los ciudadanos de una población deberán obtener su tarjeta prepago para uso del transporte público, (autobús, metro o tranvía), que será gratuito para los desplazamientos entre el hogar y el puesto de trabajo, y que se compensará mensualmente en relación con la utilización que se haga de los medios públicos.

-Los particulares, conductores de vehículo en horas punta, y los taxistas en todo caso deberán comunicar los destinos de sus trayectos a un sistema centralizado, accesible por internet a los usuarios registrados, que podrán incluso detener una vez por trayecto el vehículo para aprovecharse del viaje, repartiéndose el coste entre los viajeros. 

-Se eliminan durante dos años las dotaciones para amortización, prolongándose la vida útil de equipos, material e instalaciones correspondientemente. Las empresas deberán reinvertir la mitad de ese "cashflow recuperado" en proyectos de nuevo desarrollo.

-Será obligatorio para las empresas y grupos empresariales que empleen más de 250 personas disponer de un plan de viabilidad que garantice el mantenimiento del empleo durante los próximos dos años.

-No se autorizan las jubilaciones anticipadas; en atención a los derechos adquiridos, no se anulan las obtenidas con anterioridad, pero los beneficiarios de las mismas deberán dedicar el equivalente a media jornada laboral a trabajos en beneficio de la comunidad, que serán decididos por el Consejo social de cada barrio o población donde tengan su domicilio.

-Los centros de investigación públicos -y, en especial, los universitarios- deberán comunicar sus líneas de trabajo a un organismo centralizado, cuyo consejo asesor, formado por profesores y científicos con más de 20 años de experiencia acreditada y disponiendo de un currículum ético incuestionable, y de los que la mitad, al menos, estarán jubilados, vigilará que los temas de investigación abordados por cada equipo no sean inútiles para la sociedad, y, en especial, no reproduzcan, estérilmente, investigaciones sin otro objetivo que engordar los currícula y apoyar la endogamia y el favoritismo.

(etc.)

¿Qué sucedería si gobernara Jesucristo?

No pretendo -en absoluto- parecer irreverente con este Comentario. Justamente, al contrario.

Soy de los que están convencidos de que el mensaje cristiano, en especial, después de la dosis ecuménica de la que lo dotó Pablo de Tarso, entronca perfectamente con la filosofía humanista más noble, aquella que nos hace soñar con que formamos parte de un solo grupo, y que la solidaridad debería formar parte esencial de nuestro comportamiento.

Una filosofía de la que se derivan nobilísimas actitudes vitales que ha sido recogida por prácticamente todos los grandes pensadores, y que ha sido seguida, incluso sin apelar a ella (por intuicción o convicción derivada de la visión de la propia naturaleza y sus miserias) por casi todos los que han dedicado y dedican su vida a los demás.

Podría, por ello, preguntarme también sobre lo que sucedería si todos los gobernantes de la Tierra se comportaran siguiendo al pie de la letra las consecuencias de los postulados de Zaratrusta, Buda, Kant, Bertrand Russel, el Dalai Lama, Juan de la Cruz, Teresa de Calcuta, ...

Desde luego, lo más probable es que los asesinaran de inmediato.

Pero, suponiendo que esos líderes imaginados sobrevivieran a los deseos de que desaparecieran, y pronto, por molestos, por incómodos, habría muchas cosas que, con seguridad, se corregirían de inmediato.

No habría ningún problema en que quienes acumulan riquezas se vieran desposeídos de lo que les sobra para que pudieran vivir mejor los más necesitados.

No habría dudas ni resistencias (¡ay!) de que los que están cobrando subvenciones trabajaran en ayuda a la comunidad.

No existiría ocultación de proyectos que pudieran ser rentables para el conjunto de la sociedad, al contrario, serían puestos gustosamente a disposición de los más capaces.

No se admitirían discusiones acerca de quiénes son los óptimos para ocupar un puesto, ya que todos estarían de acuerdo en que, para avanzar más rápido, es imprescindible que los que se ocupen de un tema sean los más sagaces y mejor instruídos.

Ya, ya sé que, para la inmensa mayoría, el punto débil de tantas buenas voluntades es que ese líder fantástico y un tanto fantasmagórico no tendría nada atractivo que prometer: ¿solo ser buenos? ... no existe constancia de un cielo para los bienaventurados, no hay seguridad de que la paz hipotética interior sea más reconfortante que un buen jamón serrano o una placentera compañía, no encontramos mayor placer en ayudar a unos muertos de hambre que en asistir a un partido del Madrid contra el Dinamo de Moscú.

¿De verdad, necesitamos que, ya que no hay seguridad de recompensa por ser honestos, nos guíe solo la picardía de no caer algún día bajo el alcance de los palos?

Desde el ejercicio de la utopía a la que la que solo la deformación de la realidad ha hecho imposible, me pregunto porqué, en lugar de las promesas de políticos que no poseen, evidentemente, el control de la situación -que no tienen especiales ideas, que no saben más, que no son más eficaces ni más éticos-, no aparecen en el escenario de la crisis, para evidenciar su compromiso, los grandes empresarios, los mayores terratenientes del país, los más conspicuos poseedores de capital y rentas, para que, en conjunción con científicos, técnicos, especialistas, jóvenes universitarios, desempleados con ideas, nos precipitemos a salir, con la ética por delante, con el empuje de toda la fuerza colectiva, por la puerta de las soluciones.

Dogmas entre la Fe Ciega y el Descrédito Arrepentido

No se le han concedido al Gobierno de Mariano Rajoy los cien días de gracia que, siguiendo normas de la ágrafa cortesía ciudadana, se merecerían los miembros de todo nuevo Ejecutivo.

Tampoco puede decirse que el equipo ministerial nombrado en diciembre de 2011 esté utilizando ese intervalo para tomar contacto con los temas prioritarios y evaluar el alcance de las decisiones más urgentes. Al contrario. El Gobierno no ha dudado ni un minuto en sacarse de la chistera un plan de medidas muy severas, fundamentando su actuación en que la situación que se encontraron es de extrema gravedad y que el equipo anterior ocultó o enmascaró datos, además de haberlo hecho muy mal.

El descrédito sistemático emitido desde el Gobierno actual hacia casi todo lo realizado por el equipo socialista anterior, se entrelaza con la exigencia de una fe ciega en que las medidas adoptadas van a suponer, en un plazo de dos años, la deseada reactivación. Punto de vista totalmente discrepante con lo que vaticinan los expertos del PSOE y de los sindicatos CCOO-UGT (en realidad, convertidos en uno solo, bicéfalo), que no dudan en asegurar que habrá más paro y que la mayoría se hará más pobre mientras los más ricos enngordarán sus fortunas.

La polémica no es, desde luego, académica. No se trata de contrastar las bondades del neoliberalismo frente al criptosocialismo, o al revés. Tampoco me parece que, en la medida en que afilan sus diferencias, quienes creen defender al empresario frente al empleado obtengan más bazas en su mano para enderezar la situación que quienes  gritan que los puestos de trabajo son sagrados y el empresario disfruta siendo un acumulador de plusvalías.

Estoy lejos de quienes pretenden obtener la fortaleza para sus mensajes en mítines improvisados en donde el ambiente se caldea a base de vítores y aplausos. Pero también estoy lejos de los que se han imaginado que la fórmula mágica para activar una economía de un país muy dependiente del exterior y con altas prestacciones asistenciales, es reducir duramente la inversión pública y confiar en que el sector privado adquiera mayor protagonismo y aumente en corto plazo la generación de valores añadidos, con un par de palmadas en la espalda.

Huelga general, pues, convocada para el 29 de marzo de 2012, y porque "no hay otro remedio" para protestar contra la reforma laboral. Mal asunto. Porque si se manejan dogmas por parte de quienes debieran dialogar, que nos obligan a elegir entre la Fe Ciega o el Descrédito Arrepentido, no veo que con tales banderas podamos ir a ningún sitio apetecible.

Dos verdades incompatibles sobre el Once-Eme

En España, el Once-Eme (Once de Marzo) trae a la memoria reciente dos sucesos imponentes, trágicos: los atentados múltiples de 2004, perpetrados contra viajeros en trenes hacia Madrid, y que causaron casi 200 muertos, y el descomunal terromoto-tsunami que llevó por delante 20.000 vidas en Japón en 2011.

Ambos tuvieron secuelas muy importantes, y en órdenes completamente diferentes que siguen siendo motivo de análisis y discusión para muchos, y especialmente en España. Hay quienes consideran que el ataque terrorista en Madrid es una "caso abierto", pues su autoría por el islamismo fanático no está plenamente demostrada y hay quienes defienden la energía nuclear como una víctima inocente más del desastre de Fukushima.

Son dos acontecimientos desgraciados muy distintos, pero en la valoración de los elementos colaterales se han desarrollado teorías más o menos elaboradas que, en esencia, no hacen sino poner de manifiesto que en todo suceso que se analiza desde la perspectiva de las ideologías, siempre aparecerán grupos de opinión que se empecinarán en introducir sus propias intenciones para cualificar lo que podrían parecer hechos objetivos.

A los que pretendemos -y claro que no siempre es posible- resistirnos a que nos conduzcan al terreno en donde otros se sienten más cómodos, porque queremos resistir en la posición de lo que está por encima de actitudes temperamentales, nos causa dolor (ya no sorpresa) que haya, en España, dos actos de homenaje distintos a las víctimas del Once-Eme, empañadas por ideologías confrontadas.

No sé si podrían haberse evitado los atentados de Atocha y del Pozo del Tío Raimundo si España no hubiera participado en la guerra del Golfo. No sé si se debieron haber previsto tsunamis de más de 9 metros en la costa japonesa. No se sí algún descerebrado de ETA estaba también detrás de los atentados. No me parece que el accidente de Fukushima sea la demostración palpable de que la tecnología sea extremadamente peligrosa...

No me parece que la victoria del PSOE en las elecciones que tuvieron lugar inmediatamente después del Once de Marzo de 2004 sea debida al desconcierto informativo y a la atribución inicial del accidente de Madrid por parte del gobierno del PP a los terroristas etarras. No me parece que el gobierno japonés y los propietarios de las centrales hayan tardado excesivamente en dar la voz de alarma nuclear ni que, por tanto, pusieran con ello en peligro muchas vidas,

Sí tengo la opinión de que, además de la lamentable pérdida en vidas humanas, -salvada la dimensión relativa y el ámbito local-, ambas desgracias poseen un elemento común: la imposibilidad de alcanzar la seguridad absoluta ante la eventualidad de los riesgos, sean naturales o provocados, porque siempre habrá un resquicio para que los fanáticos asesinos o las fuerzas naturales descomunales provoquen una catástrofe.

Por eso, lo que me parece increíble de estos Once Eme, eliminado el fragor de los gritos y llantos iniciales por los muertos y heridos, una vez convertidas las víctimas en los héroes forzados de ese martirologio colectivo con el que pretendemos hacer página pasada de las desgracias existenciales, es que haya grupos que nos quieran obligar a profundizar en los daños colaterales que les causaron esos accidentes en sus intereses particulares y, por tanto, nos quieran poner una y otra vez sobre la mesa de discusión, sus estériles puntos de vista, perjudicando lo que más necesitamos alcanzar.  

Y en el Once Eme de Madrid lo que necesitamos es alcanzar la unidad entre los españoles en lo que merece la pena, profundizar en el avance hacia la democracia real y solidaria. Y en el Once Eme de Japón, lo que nos sería conveniente es respetar el magnífico comportamiento del pueblo japonés, ejemplo de esa virtud que nos queda tan lejos, y que ellos han definido, para asombro del mundo, como gambarimasu.

El observatorio de la insostenibilidad

El observatorio de la insostenibilidad

Pérez Arriaga reconoció haberlo dicho ya en 2005: La ausencia de una política energética reguladora en España es insostenible; el déficit tarifario sigue creciendo desde el año 2000, y contribuye a dar una señal errónea al consumo; la integración de la CNE en un organismo regulador de amplio espectro genera nuevas incertidumbres; los objetivos de algunos informes no oficiales (citó el de Green Peace, Energía 3.0) presentan objetivos más ambiciosos que los gubernamentales...

La situación del sector energético fue descrita como víctima de un "caos regulatorio" y la falta de una política de Estado y el desprecio hacia las indicaciones de las Comisiones reguladoras hizo al ponente añorar (Pérez Arriaga es, en este momento, Presidente de la Comisión Reguladora del sector energético de Irlanda) "tener un gobierno irlandés".

El momento resultaba muy apropiado, aunque los destinatarios del mensaje no eran los asistentes a la presentación del Quinto Informe del Observatorio de Energía y Sostenibilidad que la La Cátedra BP de Energía y Sostenibilidad de la U.P. Comillas presentó el 9 de marzo de 2012.

Tengo el Informe en mis manos -nos fue entregado al final del acto- y las cifras son concluyentes: "El sector energético español consumió en 2010 un total de 5,98 EJ (EJ=1018 J, léase: exajulios) de energía primaria, emitió 260 Mt de CO2 (un 92,5% del total español) y generó un valor añadido de 21.855 millones de €, correspondienete a un 2% del PIB".

"El nivel de dependencia energética de España respecto al exterior sigue siendo muy alto, superior al 82,5%, muy por encima de la media europea (...)"

"Los precios finales de la energía (...) en general, han subido, y en España los de la electricidad crecieron más que los europeos (...)"

"La cifra original de valor añadido se reduce en un 57% cuando se descuentan los costes externos debidos a la contaminación por CO2, SO2, NOx y partículas".

"La conclusión de este año 2011 es que desde las instituciones políticas y regulatorias españolas no se ha contribuído apenas a conseguir un modelo energético más sostenible, salvo algunos avances menors en eficiencia energética y biocombustibles".

Los responsables de la política energética española se leerán, por supuesto, el Informe (como hicieron los anteriores, sin duda). Se trata, únicamente, de que, además de tomar consciencia de los indicadores, se adopten decisiones que permitan, de manera valiente y definitiva, enderezar un camino que solo conduce a una conclusión: estamos observando fielmente la insostenibilidad de nuestro modelo (en lo social, en lo económico, en lo técnico, en lo jurídico) y no conseguimos hacer otra cosa que llevarnos las manos a la cabeza.

El interés mediático y el maniático

El interés mediático y el maniático

Tenían reservada la última fila del salón de actos del Centro Superior de Investigaciones Científicas. Entraron ordenadamente, apenas unos minutos antes de que comenzara la sesión, por uno de los laterales.

Eran unos cuarenta, pertrechados con sus cámaras digitales provistas de potentes teleobjetivos y luminosos flashes.

Se mantuvieron de pie durante todo el acto, y no dejaron, durante la hora aproximada que duró el mismo, de sacar fotografías. Miles de fotografías.

En efecto, eran los representantes de la "Prensa". Las carpetas que la organización había preparado para los periodistas permanecían, intactas, en un montoncito sobre una mesa lateral. En ella se encontraba la "Nota de Prensa" cuyo título ofrecía la explicación del interés mediático: "Sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias presidieron el acto de la entrega".

Porque de eso se trataba. La Fundación Entorno-BCSD España entrega los Premios Europeos de Medio Ambiente a 12 empresas españolas.

Supongo que en la foto que publicarán los períodicos el 9 de marzo de 2012 (si es que hay espacio libre en las publicaciones, ya que es imprescindible dedicar varias páginas a comentar los cinco goles de Leo Messi al Bayer de Munich y las reacciones que los mismos han provocado en Mouriño, Cristiano Ronaldo, Florentino Pérez y Mariano Rajoy -entre otros-), será la de S.A.R. Da. Letizia rascándose la nariz.

Aunque no he podido recoger con mi móvil ese momento, me pareció ver, desde la distancia, que en determinado momento de la entrega de premios, la hierática asturiana abandonaba su cara de palo para sacudirse una mota de polvo de su aburrimiento institucional. Alguno de los cuarenta fotógrafos acreditados en una de sus miles de instantáneas tuvo que conseguir esa primicia.

Los derechos de las mujeres

La celebración del 8 de marzo como Día por los Derechos de la Mujer cumplió el año pasado cien años, aunque los colectivos que se apuntaron, a lo largo del período, a esta conmemoración han variado bastante.

Hay, desde luego, motivos para expresar alguna satisfacción, pues, al menos en algunos países occidentales, los avances por la igualdad del segundo sexo respecto al primero han sido notables.

No tantos como notables eran las discriminaciones sufridas por las hembras humanas desde las remotas raíces de la evolución de unos seudoprimates autocalificados de inteligentes que tienen, justamente en la presión ejercida sobre ellas la demostración, al mismo tiempo, del egoísmo del varón para instrumentalizar a la mitad de los suyos, como de su torpeza para rentabilizar al máximo sus posibilidades como especie, descalificando las cualidades de sus madres, esposas, hermanas y compañeras.  

El Día de la Mujer fue inicialmente un planteamiento posicional de algunas féminas respecto a la negativa del varón a concederle el derecho al voto, o al trabajo igualmente remunerado. Desde 1975, la ONU empezó a celebrar la fecha del 8 de marzo como  Día Internacional de la mujer, que, un par de años más tarde, su Asamblea General pasó a denominar Día Internacional por los Derechos de la Mujer y la Paz, que da buena idea de los complejos intereses en juego.

Hay derechos de las mujeres que son objeto de polémica incluso en los países que presumen de haber alcanzado posiciones más igualitarias entre los dos sexos. El 7 de marzo de 2012, el ministro de Justicia español, Alberto Ruiz Gallardón abrió un capítulo nuevo, lleno de espinas, expresando que se estaría conculcando el derecho de la mujer a la maternidad.

Una mayoría de mujeres -al menos, si se atiende a las opiniones más comunmente explicitadas- defiende el derecho de la mujer a abortar, sin que la que toma la decisión deba dar explicaciones respecto a sus razones.

Son dos ejemplos (podría exponer otros, pero me detengo ahí) de "falsos derechos", como podría ser el "derecho a la ancianidad" o el "derecho a una muerte digna"; y no lo son, porque para ejercer lo que es natural no debiéramos apelar a ninguna doctrina jurídica, a ninguna posición legalista, sino a la esencia de las cosas.

Basta tener los ojos abiertos para reconocer que existen grandes bolsas de discriminación contra las mujeres, y que la pirámide de desencuentros empieza ya en los hogares, en las familias, y prosigue, afianzándose con garras muy potentes, en todos los sectores laborales y profesionales, en las más simples actuaciones de la vida diaria.

La igualdad entre ambos sexos para aquellas cuestiones en las que las capacidades potenciales son idénticas (y en algunas, incluso se puede defender la mejor capacidad natural de la mujer para desarrollarlas con más eficacia), no admite (no admitiría) controversia.

Pero conseguir la igualdad no supone dejarse caer en la trampa de ceder en lo que no es negociable, porque descansa en particularidades que no se comparten con el varón. Ese campo no pertenece más que a las mujeres. Como también se pueden encontrar terrenos que, por naturaleza, solo se han de referir a la capacidad de decisión del varón, sino afectan a derechos de terceros.

¿Un ejemplo de esto último? El desarrollo de la propia sexualidad como homosexual (siempre que no derive hacia el exhibicionismo, la vejación del otro, el gregarismo complaciente...terrenos también espinosos en los que puede caerse desde una libertad mal entendida).

Necesitamos -la humanidad- mujeres que no renuncien a serlo, que se defiendan como diferentes en lo que les es propio, y que no cedan un ápice, tampoco, en aceptar concesiones que no merecen individualmente, y que solo vendrían a señalar la injusticia de que, amparándose en cuotas, en proteccionismos interesados, se siga marginando a las más capaces en beneficio de las más contemporizadoras.

Oportunidades de hacer negocio con las biotecnologías

Una de las tertulias gastronómicas (charlar mientras se come, o al revés) que hicimos en el restaurante AlNorte llevaba por título "Cómo hacerse rico, y para qué".

En el acta de aquella reunión quedó registrado que no había muchas ideas acerca de la primera parte de la propuesta, en tanto que se organizó una fructífera discusión acerca del "para qué", llamándome especialmente la atención que una parte de los contertulios se decantaron por el "no merece la pena" como respuesta.

El 6 de marzo de 2012, Joan Ginovart, Director del Instituto de Investigación Biomédica de Barcelona (IRB), una de las joyas de nuestra más bien desangelada corona científica, impartió una conferencia sobre "La Excelencia Biomédica como Motor de Innovación", en un ciclo dirigido a Directivos y empresarios que organizan conjuntamente la Fundación Ramón Areces y la Asociación para el Progreso de la Dirección (APD).

Creía Ginovart que estaba dirigiéndose a empresarios -según el mismo expresó-, pero entre el público, que ocupaba, sorprendentemente, solo un cuarto del aforo, lo más parecido a un empresario debía ser yo, porque lo que veía a mi alrededor eran caras jóvenes y preocupadas de estudiantes de biología y medicina y algunos rostros curtidos, esperando el turno de preguntas, de profesores de Universidad, deseosos de ser llamados para pronunciar la próxima conferencia de cualquier ciclo de divulgación.

Ginovart defendió, después de quizá demasiados circunloquios, que los empresarios deberían acercarse a las Universidades y Hospitales en donde se están llevando a cabo investigaciones en biomedicina, porque allí había excelentes oportunidades de negocio.

Aunque, como respuesta a una pregunta del coloquio, surgida de una estudiante de cuarto curso de ciencias biomédicas (y, por lo que expuso, ya con amplio currículum discente), Ginovart se refirió a que los alumnos deberían analizar las posibilidades de crear su propia empresa, no había expuesto esa idea en la conferencia, que canalizó como si los empresarios fueran entes venidos de otro planeta, a los que habría que seducir para que se acercaran a las aulas.

No me quedó nada claro cuáles son las oportunidades concretas de montar empresas en biomedicina (el IRB tiene un centro de start-ups, que parece ser está muy disputado por los big challengers, para comérselos antes de que crezcan) y, desde luego, no contribuyó a mi claridad el empeño del eficiente Xavier Pujol en animar a que se montase en España una empresa de jeringuillas desechables.

Pero sí salí con la idea de que la Universidad no ha asimilado plenamente, incluso a nivel de sus más eficientes y doctos represantes docentes, que empresarios, lo que se dice buenos empresarios, podemos ser todos y, en especial, los alumnos y maestros que tengan ideas surgidas del conocimiento que se debe impartir, justamente, en las Universidades tecnológicas mejor conectadas con el desarrollo científico actualizado y el análisis de las necesidades por resolver o cuya satisfacción pueda mejorarse en nuestra sociedad globalizada.

Solciones que, por cierto, se han de plantear en un mercado (este dardo sin punta se lo dirijo a Pujol) que no está limitado por condiciones de autarquía ni proteccionismo, sino que se extiende a, prácticamente, todos los países, con gentes bien preparadas y dispuestas que -como satirizaba Samaniego en "El jardín de Venus" (El país de afloja y aprieta), en otros supuestos- "si como aflojan no apretaran,/mejor país no habría en todo el mundo".

¿Un gran país bananero? (y 2)

No he previsto en este Comentario pasar revista a las supuestas carencias de la idiosincrasia hispana, (tema que es best teller en los foros en donde los españoles nos dedicamos a criticar a los vecinos, creyéndonos que al atribuirles nuestros defectos quedamos aliviados de que no nos los carguen), sino concentrarme, en esta segunda parte, en el déficit mayor que encuentro en nuestro país, que es el técnico.

No tenemos buenos técnicos, no los apreciamos y no sabemos cómo formarlos ni, por supuesto, qué hacer con ellos. Y un país sin una buena base técnica es un país dependiente y consecuentemente, subdesarrollado.

Entiendo la técnica no solamente como un ejercicio propio de la ingeniería. Me estoy refiriendo al conocimiento que permite saber de una materia, en profundidad y con solvencia, para poder aplicarla, felizmente o con alta probabilidad de éxito, para resolver problemas y para generar nuevas soluciones y desarrollos, haciendo así crecer el conocimiento.

Desde luego, una de las causas de este descalabro técnico la tiene la proliferación de Universidades de medio pelo en España, producto de una concepción de la enseñanza que ha pretendido destruir la espuria relación entre élites intelectuales y élites sociales, rebajando los niveles formativos creyendo que así se hacía socialismo.

No será fácil reconstruir ese destrozo, llevará años, y costará disgustos. Pero hasta que no tengamos una Universidad de prestigio -globalmente prestigiosa, no con un par de centros aislados enchufados en el ránking de las cien más estimadas-, seremos un país subdesarrollado.

Un éxito -ni qué decir si pretendemos, además, una cadena de éxitos- jamás es mérito de una sola persona, sino de un equipo. Esta afirmación general, vale también, y especialmente, para quienes trabajan en la investigación o en la docencia.

Si los mejores se tienen que ir a trabajar al extranjero, si los buenos alumnos no aceptan el trabajo en las Universidades para integrarse como comerciales en las empresas, si el paso por la política sirve como preparación para ocupar después puestos en la empresa privada, si se prejubila o se despide a los que más saben sin atender más que a la economía del corto plazo, el diagnóstico es inmediato: se está despreciando a la técnica y se está estrangulando el futuro.

El Ejecutivo está concentrado en una labor económica, conducida, en buena parte, por abogados del Estado en excedencia. Los veo analizando las cuentas, repasando los apuntes contables, con o sin manguito, con o sin el lápiz detrás de la oreja.

No me los imagino proponiendo ideas de desarrollo, tomando decisiones para ampliar campos de investigación, seleccionando sectores tecnológicos a los que impulsar, llamando a los mejores técnicos para que construyan las líneas en las que asentar el crecimiento. Y que no me los imagine yo, no es un problema. El problema está en que no se los imagina nadie.

Ni nos imaginamos hoy así al ejecutivo del PP, ni -y esto que vivimos es la consecuencia- les hemos visto a los del PSOE, cuando estaban en el Gobierno, preocupados por la ciencia.

¿Un gran país bananero?

Me confesaba hace unos días un colega de la abogacía que su bufete tenía más trabajo que nunca; no es lo mismo que opinan mis colegas ingenieros, en especial, aquellos que se defienden como autónomos, a los que la crisis golpea duramente.

Superado, pues, el buen momento de los economistas -aquella época gloriosa de los swaps, los vans, crowding outs, hedge funds, discounted cashflows, etc.-, nos hemos precipitado en la fase final del ciclo, que es cuando son llamados los abogados para retirar, en pasado, los trozos y cascotes resultantes de las peripecias contables con las que se han ido recortando o ampliando, a la medida de los intereses vigentes de quienes mandaron en los mercados, los delicados proyectos con los que los técnicos previeron formas de caminar por el futuro.

Se que el párrafo anterior es de díficil comprensión a la primera, pero, para los que se escandalizan de haberlo entendido en el sentido de que estoy despreciando a los economistas (macros y micros), quiero defenderme -antes de que estos profesionales me despedacen a su placer y a mi pesar- que lo que pretendo es reflejar, en clave de humor ácido, lo que está pasando en este país, España.

Miren la cara que se nos ha puesto en un par de años. De país modelo hemos pasado a ser culo de Europa (con perdón); de Estado maravilla al estado de miraqué papilla.

Ya no nos sorprende que se descubra, por cualquier método de investigación, incluídas denuncias de empresarios despechados y tránsfugas políticos (allá ellos y sus razones), que una parte indeterminable de los representantes del pueblo nos han estado mintiendo respecto a lo que hacían con un porcentaje de nuestros dineros, que aplicaron a acrecer los suyos. Unica ventaja: hemos aprendido mucho, expertos incluídos, de derecho procesal (de lo penal a lo administrativo), adquiriendo agilidad para evaluar en los cafés la gravedad de ciertos tipos penales, juzgando antes de que los lentos tribunales de justicia nos perviertan los razonamientos con los suyos (si es que todo no ha prescrito antes, que es lo propio).

No podemos, tampoco, clamar al cielo -seguro que no tendríamos oyentes para tales minucias- ante la desfachatez con la que muy altos ejecutivos de la gestión privada justifican sus sueldos y primas de fantasía para realizar inextricables operaciones que se nos antojan mágicas a los que nos quedamos, atragantados, en las primeras páginas de los manuales de Cómo hacerse rico utilizando la credulidad de los demás. Unica ventaja: sabemos calcular el número de veces a que equivalen sus percepciones respecto a los salarios mínimos legales y valorar, en consecuencia, la intensidad de nuestro cabreo.

(continuará)