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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre indignados, expectativas y opciones

No es la primera vez que dedicamos este Comentario al "movimiento de los indignados". No será, damos por seguro, la ultima. En esta ocasión, queremos llamar la atención sobre los riesgos de dejar que el malestar social se incremente, alimentando, además, el descontento con promesas imposibles o descalificaciones frontales, de quienes detentan alguna parcela de poder. Vengan de partidarios como de contrarios.

En nuestra apreciación, estaríamos, formalmente, -en lo que respecta a los que protestan de forma masiva, heterogénea y contundente- en una situación prerevolucionaria. Lo estamos, específicamente, en España.

No ha de caerse en la visión condescendiente ni en la pretensión simplista de que todos los indignados expresan el mismo descontento; tampoco es cierto -esto, incluso, ya por evidencias, no por presunciones- que en todos los Estados y lugares la forma de controlar, acallar o compensar ese malestar esté siendo la misma.

La situación es especialmente delicada en España porque se reúnen varios elementos, algunos, desde luego, no específicos, pero en concurrencia peligrosa, que proporcionan el peculiar caldo de cultivo para que los desórdenes que toda movilización de descontento de base amplia se conviertan en una explosión destructiva, puede que incontrolable.

No será necesario más que enumerar sucintamente los principales motivos de inestabilidad para hacer sonar las alarmas: cinco millones de parados, una parte importante de ellos, jóvenes (y otra, nada despreciable, mayores con experiencia pero aún peores expectativas); descrédito de la clase política, concentrada, desde luego, en el partido aún en el Gobierno, aunque también reforzada por una oposición principal ruda, improvisadora, confusa y otra oposición secundaria, consciente de su marginalidad, utópica; ausencia de líneas claras que sirvieran de apoyo para emerger del bache (por falta de análisis, por improvisación, por dificultades reales de encontrar propuestas viables y, más, en corto plazo); descrédito de las instituciones, por motivos varios, pero tenidos por consistentes por quienes los desacreditan (poder financiero, empresarial, judicial, policial, docente...)

Es imprescindible retornar a la calma, concentrar constructivamente las propuestas, analizar su viabilidad, trabajar juntos y no contra, recuperar a los mejores y defender lo que se ha hecho bien y, sobre todo, por parte de quienes tienen o van a tener la opción de gobernar el país, hablar con claridad, distinguiendo lo que es posible, lo imposible, lo inútil y lo que no harán jamás, porque no está en su programa (aunque no lo hayan publicado).

Hay que salir de la situación prerevolucionaria, concentrando esfuerzos, no en el odio hacia quienes lo han hecho mal, no en la pretensión de destruir lo que no nos gusta, sino en lo que queremos hacer bien, y en el apoyo a lo que nos permitirá reconstruir, con otros mimbres, pero la misma base del cesto, un recipiente mucho más acogedor. Otras opciones pasan por mucha más sangre, sudor y lágrimas y, por lo conocido de nuestra Historia, no conducen a ningún sitio.

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