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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sociedad

Sobre las oscuras razones y la forma de descubrirlas

Hay cargos que nadie desea. Uno de los abominados clásicos es el de presidente de la Comunidad de Vecinos (o sea, de Propietarios). Las razones son bien conocidas: trae problemas a quien lo ostenta casi diarios, trabajos extra a cualquier hora y sobre las más variadas peticiones; posibilidades innumerables de no contentar a todos y a veces a ninguno; riesgos de conseguir, incluso involuntariamente, que ciertos propietarios no vuelvan a dirigirte la palabra por motivos tan nimios como la hora de recogida de la basura o el cierre del portal; y, además, no tiene remuneración alguna.

Cuando se plantea la renovación del cargo de Presidente de la Comunidad de Propietarios, que tiene carácter anual, normalmente, salvo que esté establecido otra fórmula o un turno de rotación en los Estatutos, nadie quiere presentarse. En muchos de esos casos, ante la falta de candidatos, quien ha sido Presidente hasta entonces, acepta, resignado, seguir en el cargo un año más. Así, una y otra vez, sin que por ello esté exento de críticas ni quienes le han negado el saludo vuelvan al redil.

Hay, desde luego, otros muchos cargos que nadie debiera desear, porque implican trabajo y poco o ningún beneficio, pero que despiertan en algunas personas un ánimo de perpetuación muy sospechoso. Por ejemplo, el de decano de un colegio profesional.

Incluso, aunque estén remunerados, lo están tan por debajo del mercado que implican una entrega y capacidad de sacrificio desmesuradas y que hay que explicar bien. Por ejemplo, el de presidente de Gobierno o el de portavoz de un partido, o el de consejero de una autonomía. Por ejemplo, el de jefe de departamento universitario; por ejemplo...

En cualquiera de estos variopintos casos, hay que agradecer que haya candidatos al sacrificio. Pero hay también que mantener un ojo avizor para detectar aquellos supuestos en los que el candidato a la renovación pretende seguir, teniendo competencia, o sea, candidatos alternativos, argumentando que nadie como él puede seguir la labor iniciada.

En estos casos, habrá que sospechar la existencia de oscuras razones.

Porque las razones claras son éstas: a) nadie puede pretender hacerlo mejor que otro, solo por el hecho de disponer de información privilegiada o de estar ya en el puesto que se pretende cubrir por nuevas votaciones; b) si el puesto tiene una remuneración nula o muy escasa en relación con el trabajo que se debe o pretende desarrollar, hay que concluir -porque nadie actúa como santo de peana así como así- que el candidato a perpetuarse tiene cogido el truco de cómo alimentar la faltriquera con prebendas directas, e indirectas.

Así que, amgos, ojo al parche. Mejor dicho, no nos pongamos el parche en el ojo para no ver la realidad.

 

Sobre el chiste y su relación con el inconsciente colectivo

Los dos chistes que van a continuación son, desde luego, tan antiguos como El Pupas. No causarán gracia, en general, si los cuenta cualquier ciudadano normal. Mucho menos si el auditorio está formado por desconocidos.

Sin embargo, cualquiera de ellos puede hacer desternillarse de risa a un grupo selecto formado por el jefe-contador de chistes y sus subordinados directos. Si el lector tiene ocasión de comprobar este aserto, habrá reunido una prueba más de que Sigmund Freud se equivocó al relaciones el chiste con el subconsciente individual, porque su verdadera relación lo liga al subconsciente colectivo.

No importa tanto el contenido del chiste en sí, sino la predisposición del auditorio a reirse con él o a aplaudirlo, porque la risa, a diferencia del llanto, se genera por contagio, no por sensación individual.

Sirvan como elemento de prueba, los dos ejemplos. Ensáyese con su familia, con sus amigos y, finalmente, con sus subordinados. Anote las reacciones individuales. Después, cuéntele los chistes a su jefe o a alguien que tenga autoridad sobre Vd. y otros. Al cabo de poco tiempo, aistirá al magnífico espectáculo de ver cómo su jefe cuenta el mismo chascarrillo, quizá, a los mismos a quienes ustéd se los ha contado. Disfrute comparando las reacciones.

1. Dos malos estudiantes hablan de los exámenes. "¿Qué tal te ha ido en Historia?" pregunta al otro uno de ellos. "Magnífico -le responde-. Sobresaliente". "¿Cómo sobresaliente? ¡Si no tenías ni idea!". "Pues, chico, así fue. Empleé el método del concretando y resultó". "¿Qué es eso del concretando?"."Mira. Me preguntaron sobre los etruscos, sobre los que, por supuesto no tengo ni idea. Pero le dije al tribunal: Concretando, ¿se refieren Vds. a los etruscos de la primera época o de la segunda?. Me contestaron que de la primera. Así que les volví a preguntar: ¿Se refieren Vds. a las actuaciones de los etruscos en la primera época referentes al mercado interior o a las realizadas en el exterior?. Me contestaron que en el mercado interior, pero cuando los pedí que concretaran si me debería circunscribir al mercado interior de las grandes urbes o de las pequeñas, ya me dejaron marchar, dándome sobresaliente."

"¡Ah", dijo el otro, que creía haber entendido el método y le había parecido estupendo.

El examen que le correspondía era de religión. El tribunal le preguntó: "Háblenos Vd. de Dios Padre". Sin dudar, el alumno, comenzó lo que creía el camino hacia su sobresaliente: "Perfecto. Concretando, ¿el padre de quién?".

2. Unos expedicionarios se habían adentrado en una zona peligrosa, poblada, al parecer, por indígenas incivilizados que confeccionaban canoas con las pieles de sus víctimas. A pesar de sus precauciones fueron descubiertos, y cuando huían a todo correr, perseguidos ya de cerca por los aborígenes, uno de ellos se detuvo de pronto y empezó a acuchillarse el pecho. "¿Pero qué haces?" -le preguntó un colega. "Ya que nos van a coger, por lo menos, les estoy fastidiando la canoa".

Sobre el desánimo

Posiblemente el caldo de cultivo natural del que se alimenta la inteligencia humana está compuesto de desánimo. Hay tanto por conocer, son tantas las dificultades para hacer algo, resultan de tal variedad los enemigos para cualquier propósito, que lo normal sería desanimarse.

Cuando vemos a alguien que se empeña, a pesar de haber sido vencido una y otra vez por las circunstancias, en llevar a cabo cualquier propósito, y una vez que nos convencemos de que no tanto esfuerzo no proviene de su imbecilidad, decimos que es un animoso.

Los que acumulan más experiencia vital tienden a pensar, como demostración del conocimiento adquirido, que la actitud de ser animoso no es sino una de las maneras que tienen los seres humanos para aprovecharse de los demás.

Pero sería injusto, ya que no hay que mezclar dos tipos de animosos. Está el animoso que actúa pensando en su beneficio, que es quien presenta al grupo un panorama idílico, o le convence de que tiene las claves para superar las dificultades y que, cuando se estrellan, ha saltado a tiempo con el santo y la peana. Esos animosos actúan como los expertos en Bolsa, que se callan cuando el mercado está en horas bajas y no paran de exhortar al juego cuando la montaña rusa de los números sube.

Los otros animosos sí que merecen especial atención, y habría que hacerles una vivisección para detectar de qué están compuestos. Son aquellos cuyo móvil es el avance de todos, y están dispuestos a sacrificar su tiempo, su capacidad, y hasta su dinero, para que todos mejoren.  Desgraciadamente, suelen durar poco, porque se van con el primer hundimiento del barco en el que se habían enrolado.

Con este comentario queremos honrar su memoria, la de esos desconocidos que no han pasado a ningún libro de Historia, pero que entregaron cuanto sabían para buscar algo de luz entre las tinieblas, y que no pudieron sobrevivir a los disparos bajo la línea de flotación que les propinaron los animosos de manual.

Animosos de primera generación, de ésos que no toleran que se les lleve la contraria ni se les advierta de ningún peligro, porque se han hecho el propósito de no dejar que les tiemble la mano, puesto que en realidad, lo único que desean es superar el período de su singladura, y ceder la patata más caliente a los siguientes, retirándose ellos a sus cuarteles de verano, a disfrutar del rendimiento de la ilusión que se han esforzado a crear con la credulidad de los demás.

Y si salen mal dadas, a saltar del barco los primeros. Como en el cuento de los huevos con chorizo, el cerdo se involucra; la gallina solo se compromete.

Sobre los finales de ciclo y la frenética actividad

Los finales de ciclo no los determina el cambio climático, los períodos lunares o las concentraciones cósmicas. La forma más general de señalar un cambio de ciclo es el término de un mandato de gobierno. Cuando se oyen los tambores del final de una legislatura, se produce una frenética actividad de quienes están en el poder, espoleado por la guindilla de quienes pretenden quitárselo.

Esa actividad desproporcionada, anómala, cuya única intención es confundir a los que pueden votar por el cambio, no siempre es detectada. Se presenta como Resumen de gestión (informe a colorines costeado por la colectividad que pretenden representar), o se multiplican las reuniones, celebraciones con los motivos más vanales o inauguraciones de los elementos más triviales.

No nos confudamos, pues. La frenética actividad de los finales de ciclo es una muestra más de la inoperancia o el deseo de perpetuarse en el poder con fines malsanos de quienes lo han venido ocupando hasta ahora.

En los principios de ciclo es cuando los elegidos deben concentrar su mayor actividad: para terminar de ultimar sus compromisos, completar, impulsar las líneas de trabajo que habrán de ser desarrolladas durante todo su mandato o legislatura.

Sobre el poder y su capacidad de reproducción

Se han hecho muchos análisis del poder, de quienes ejercen el poder, y sus comportamientos, pero nunca aprenderemos bastante.

Ante todo, debe aceptarse como principio extraído de la práctica, que la principal obsesión de todo poder es prolongarse, reproducirse, continuar indefinidamente en su ejercicio. Los argumentos para defender esa postura esencialmente injusta, atrabiliaria, perjudicial para la mayoría y contraria a la democracia, suelen ser los siguientes:

-En la política: "No he tenido suficiente tiempo parra llevar a cabo mi programa" "Solamente estaré un mandato más y luego lo dejo" "Los que se oponen a mi mandato son antidemocrátas" "Mi presencia en el poder es una garantía del orden y de la democracia".

-En la empresa: "Soy el dueño del negocio y lo he visto nacer, así que nadie lo conoce como yo" "No hay recambio, estoy rodeado de incompetentes" "Me pregunto qué pasará el día en que yo me muera" "Me ha costado llegar hasta aquí y aquí estaré hasta que me echen".

A favor del poder se cita, sin embargo, que la naturaleza humana es desordenada, y hace falta alguien que ordene, que dirija. Algunos trabajos realizados por prestigiosos investigadores que no han querido dar su nombre han demostrado que, en realidad, no es necesario que el que esté ejerciendo el poder dé ninguna instrucción, ni haga nada. Basta con que esté allí, con que se crea que está allí, como los dummies que se utilizan para ocupar un asiento al lado del conductor que permita entrar en los bus-bao cuando se va solo.

Y observando el funcionamiento de algunas instituciones y empresas se puede entender que es incluso mejor así, que lo más beneficioso para todos es que los que estén en el poder, si han llegado allí con la intención de perpetuarse, es que no hagan nada.

Porque los únicos que merecerían estar en el poder deberían mantener la humildad suficiente para comprender que el ejercicio del poder es una carga que la sociedad impone a los más capaces, a los más inteligentes, a los más hábiles, y que la servidumbre mayor de ese pedestal es que, cada poco tiempo -desde luego, seguro que cada cuatro años- se están generando varios miles de competidores que los habrán superado en cualesquiera de esas características.

Sobre los guardias de discoteca, funciones y efectos

Otro joven -Alvaro Ussía- ha muerto, esta vez en Madrid, a la salida de una discoteca, al ser golpeado por los guardias de seguridad. Tenía 18 años y había pisado, se cuenta, a la novia de uno de los controladores del orden, mientras bailaba con sus amigos del Cole.

A la salida, los tres atléticos guardianes del Capitolio de la Diversión en el que se produjeron los hechos, le cortaron el paso y le rompieron para siempre el corazón, pidiéndole cuentas a lo bestia de sus, al parece, deficientes dotes para la danza. Los agresores tenían, en media, 30 años, eran corpulentos y habían sido contratados como ayudantes de camarero, o eran amigos de los dueños; es decir, pasaban por allí, como quien dice.

No nos importan demasiado los detalles. En el proceso penal que se organizará para dilucidar todas las responsabilidades -también las civiles-, los abogados de la defensa argumentarán algo sobre el hecho fortuito y la ausencia de voluntad de matar; e incluso de hacer daño; los abogados de la familia del infortunado citarán como testigos a los amigos de la víctima, que declararán, quién sabe, que era el cumpleaños de uno de ellos, que aunque en el grupo había menores, era habitual que se les dejara pasar y que, desde luego, no provocaron a nadie.

No trataremos aquí de culpar ni de disculpar. Ha trascendido, además, que el local carecía de licencia de apertura como discoteca y que tenía innumerables deficiencias. Trascendiendo del propio suceso, queremos denunciar con este comentario, la falta de seguridad, es decir, de tranquilidad, de respeto a la convivencia, que se permite en algunas discotecas y clubes de diversión, en donde, en espacios muy reducidos, se agolpan centenares o miles de personas, algunas de ellas, bajo los efectos del alcohol y de las drogas, y sin verdadero control.

Las funciones de los guardias de discoteca son, teóricamente, detectar a la entrada a los menores de edad y hacer desistir de la misma a quienes presentan síntomas de tener alteradas sus facultades por sicotrópicos y alcohol. Si surge algún altercado en el interior, los guardias de discoteca deben controlar de inmediato al o los provocadores y sacarlos del recinto discretamente, poniéndolos en su caso a disposición de la policía, lo que sucede si los daños causados a personas o bienes o la resistencia evidenciada por los alborotadores tiene entidad suficiente.

Hace falta para que las cosas vayan bien, mano izquierda, talento para el trato con gentes que, por lo general, solo quieren divertirse, y, claro está, los guardias deberían actuar conforme a un Protocolo y una Reglamentación clara.

La frecuencia de los casos en que los guardias de seguridad se ven protagonizando las actuaciones de violencia que, en teoría, debieran tratar de reprimir, pone todo el acento sobre su escasa preparación para manejar las situaciones potencialmente conflictivas. Pueden tener, no lo dudamos, una excelente preparación física y un cuerpo de aramario, conseguida a base de horas de gimnasio, anabolizantes y envergadura natural, pero no cuentan, porque no se les exige -al menos, en Madrid-, con la necesaria dosis de calma, temperamento equilibrado e inteligencia emocional para no verse envueltos ellos mismos en los conflictos emocionales que deberían de resolver.

Por supuesto, los principales culpables de haber creado el clima para situaciones como ésta, son los dueños de las discotecas y clubes, que permiten, guiados por la codicia, hacinamientos intolerables y que, despreocupados por el estado de sus clientes, ofrecen segundas, terceras y enésimas bebidas a mitad de precio, se despreocupan de las transacciones de estimulantes que se llevan a cabo en sus locales y confían la seguridad de los mismos a dos o tres torres físicas, algunas con problemas sicológicos, que, según trasciende, pretenden guardar también la sensibilidad de los pies de sus novias, danzantes en el local que ellos custodian, y están dispuestos a romper la cara o el corazón de inmedaito a quien les pise distraidamente los empeines.

Detrás de los dueños de estos locales de diversión están, en fin, los responsables de las administraciones públicas que, por motivos no imaginables sin que tengamos que enrojecer, hacen la vista gorda al incumplimiento de las normas de seguridad, expendeduría ilegal de bebidas y control de fármacos y sicotrópicos.

De tanto despropósito, de vez en cuando, la muerte de un joven que solo quería divertirse, nos conmueve y escandaliza. No pasemos la página esta vez.

 

Sobre las envidias y otras ensaladas poco higiénicas

Ningún originalidad habrá en denunciar que la envidia preside, desde su pedestal ignominioso, la mayoría de los actos de ciertos prójimos. Los nuestros, por definición, quedan salvados, pues nos limitamos a defendernos de esos envidiosos.

Ese ser abyecto que es el envidioso tiene un perfil bien definido, y, por eso, es fácilmente detectable. Sin embargo, no estamos por ello libres de su veneno, pues el envidioso actúa siempre a nuestras espaldas y únicamente podemos intuir sus maniobras, ya que, prácticamente, jamás descubriremos que ha echado su mierda sobre nosotros, que la llevaremos a la espalda como un monigote de los santos inocentes.

Los envidiosos hacen su ensalada ideal con los arribistas, los timoratos, los ineptos. Un perfecto envidioso no carece de algunas virtudes, y su perspicacia le lleva a conocer lo que otros tienen en demasía, para procurar zaherirlos donde más les puede doler. El envidioso no busca a los que habrá de maltratar con sus artes, sino que se los encuentra en un lugar que cree suyo, o le vienen desde fuera cuando él se creía dominante del medio.

Pobres de los que caigan en el caldo de cultivo en donde impera el envidioso. Aderezados con los condimentos dichos más arriba, la única forma de librarse de esa ensalada tan poco higiénica que forman junto a los incompetentes y aduladores, la única forma de escaparse a su influencia es dejándoles el campo libre, mudándose de terreno, y, si se puede, como aconsejaba Pons en una historieta memorable, tirando todo el mejunge por la ventana, como haríamos con una tartaleta invadida por gusanos.

Sobre las regulaciones de empleo y el ejemplo de Nissan

Que estamos metidos en un berenjenal económico, no lo duda ya ni el ministro Solbes. Que la crisis no ha hecho más que empezar, así parece (aunque, cada día la dan los sabios por resuelta). Que la desconfianza en las medidas que se han adoptado y en las que se vayan a adoptar es inmensa, no se duda (no hay más que darse una vuelta por el verdadero mercado, el de abastos).

Las empresas y, por tanto, las familias, -todas aquellas que dependan de los salarios aportados por el trabajo o por las rentas de los ahorros- lo están pasando mal, y lo pasarán peor. (Segundo principio de la termodinámica, aderezado con la incompetencia y la avaricia)

Los trabajadores de Nissan Barcelona se han convertido, por ello, en una referencia respecto a cómo actuar/cómo no actuar cuando vienen mal dadas y a los del curro les pone el capital de chanclas en la calle.

El Expediente de Regulación de Empleo que presentó la dirección de esta empresa supone casi 1.700 despidos, con una drástica reducción de la estructura de la empresa. No se venden coches, y la multinacional no quiere trabajar para stock. No quiere acordarse de los acuerdos anteriores, de las promesas de investigación, de la exportación a Latinoamérica. El españolito de a pie, como su nombre indica, no tiene dinero para cambiar de auto.

Oficialmente, los argumentos son otros. Se alega que los costes laborales en Barcelona son los mayores del sector en España (prácticamente, 30.000 euros por persona y año) y que el absentismo es excesivo: un 7,5% de las horas de trabajo perdidas por enfermedad y otras ausencias.

La reacción de la plantilla ha sido terrible: una manifestación de trabajadores muy enfadados ha avanzado como una apisonadora hacia la sede de Nissan y ha lanzado contra el edificio piedras, vallas publicitarias y hasta botellas incendiarias. Hacía tiempo que no se veía tal demostración de furia. Los gritos de los despedidos y sus simpatizantes iban desde mentirosos hasta asesinos; desde estamos en guerra a no nos moverán.

Casi en los mismos momentos, una delegación española, presidida por SM El Rey visitaba Japón, y, entre otros empresarios nipones, se entrevistaba con el consejero delegado de Nissan, Hidetoshi Imazu. Se habló, por supuesto, del futuro de las inversiones en España y de la cooperación entre ambos países.

Habrán tomado buena nota. Lo que ya no nos atrevemos a decir es qué consecuencias se derivarán de esa pelea entre dos elementos tan discordes: la máxima rentabilidad del dinero y la imperiosa necesidad de trabajo para llenar de garbanzos el puchero.

 

Sobre la inteligencia emocional

¿A quién no le han dicho alguna vez que carece de inteligencia emocional?. Desde que Daniel Goleman puso en circulación el término, con un best-seller inolvidable, estas dos palabras han pasado a ser terminología común, siendo utilizadas por su significado intuitivo. No es necesario, por ello, haber leído el  libro o haber asimilado sus conclusiones. Y, más importante, de lo que se habla es de la carencia de esta hipotética virtud, de esa falta de sensibilidad que nos permitiría predecir la reacción del otro. Como todas las carencias sociales, la descubrimos en los demás, nunca en el coleto propio.

La falta de inteligencia emocional se ha convertido en una expresión mágica, y se traduce, en la práctica, en la tendencia a salir chamuscado de un barullo. Por variadas que sean las circunstancias, el que recrimina o recrimina en nuestra presencia a otro, está reconociéndose implícitamente la capacidad que niega, obligando a cree que el vencería en una situación idéntica.

Será reputado de carente de inteligencia emocional el esposo -o la esposa- que haya confesado que la bufanda, la falda o el jersey que le acaban de regalar por el cumpleaños es idéntico a otros dos que ya no usa y, además, ni siquiera es su cumpleaños. Es deficitario emocional quien bosteza en lugar de aplaudirle las gracias al cretino del que esperamos algo. Le falta de eso al profesor que recrimina a sus alumnos por desconocer quiénes eran Viriato u Holofernes, en caso de que hubieran existido, por supuesto. Tiene números rojos de inteligencia emocional el que increpa desde la cola a la taquillera por hablar durante un par de minutos al teléfono, entre risas, mientras el público se congela en la calle...

Por el contrario, un alarde de inteligencia emocional puede consistir en esperar a última hora del viernes para comunicar a un empleado que está despedido. Nada que objetar, emocionalmente hablando, en ocultar una gravísima crisis económica a un par de millones de personas (o miles de millones) llamándola desaceleración o reajuste. Se puede encontrar, hipotéticamente,  a raudales inteligencia emocional en un nave industrial, saliendo de la boca de un predicador que augurase la entrada segura al reino celestial de quienes depositen mayores ofrendas en su gazofilacio. Cabe intuirla, en formato menor, en la madre que convence a su hijo de cinco años que se siente en ese sillón tan bonito porque le va a dar un helado, cuando en verdad lo fundamental es que le sacarán las vegetaciones al pequeño (y un riñón a los padres).

Los maestros de la inteligencia emocional, pues, nos doran la píldora para endilgarnos un palmetazo en el cogote. No es exactamente la teoría de Goleman, pero vale para andar por casa.

Lo que nadie ha dicho es que es preferible la gente que hable claro y por derecho. Es preferible que se nos diga a las claras la verdad, los que quieran nos confiesen sin rodeos lo que pretenden, los que nos asaltan nos pidan la bolsa o la vida, para saber si tenemos que cubrirnos la espalda o la cartera.

Desconfiamos, obviamente, aún más, de los que apelan a su inteligencia emocional para negarnos nuestra sensibilidad, solo porque pertenecemos al grupúsculo de los que llamamos al pan, pan, al vino, vino y, cuando no sabemos si las cosas son de comer o de jugar por casa, nos callamos.

Sobre el cambio generacional

Soplan aires, dicen, de cambio generacional. Obama ha ganado a McCain porque Estados Unidos apuesta por "el cambio generacional". La ministra de Defensa española, Carme Chacón, es la política más valorada del momento, porque es representante del "cambio generacional". Una importante colección de políticos, bancarios, empresarios y profesionales de múltiples campos, son presentados como "cambio generacional".

Sólo para citar algunos nombres, recogemos éstos: Cospedal, Pajín, Aído (Bibiana), Moraleda (Amparo),...la mayoría, mujeres, porque el "cambio generacional" está ligado, también, a la incorporación de las mujeres a algunos puestos de relevancia.

Negamos la mayor, sin embargo. De cambio generacional, poco. Por supuesto, la jubilación -y, en el caso de la empresa privada, la muerte- va dejando claros que son ocupados por gente más joven. Y, especialmente en política, el atractivo de incorporar a mujeres a la imagen pública -aquí en donde este sexo tan ferozmente oprimido durante siglos no va cubierto y, por tanto, podemos juzgar su belleza- es indudable.

Pocos se podrán sustraer, hombres y mujeres -sobre todo, éstas- a dejar de juzgar si Mss. Obama estaba afortunada con su vestido rojinegro el día que su esposo ganó las elecciones, si la vice de la Vega se ha hecho lifting y luce adecuadamente sus chaquetas de sastre, si la Merkel tiene o no aprensión a que la besen, o, para no hacer infinita la relación, si la Chacón lució adecuadamente cuando pasaba revista embarazada de siete meses a los restos del heroico ejército español, etc.

Barak Obama es más joven que McCain y Bush, pero su discurso no es solo ligeramente diferente, sino que es absolutamente necesario. El mundo está envuelto en una crisis gravísima, la credibilidad internacional de Estados Unidos está bajo mínimos, y la sociedad norteamericana tiene que soportar, desde la pérdida de nivel económico y el creciente desempleo, dos guerras que no le han llevado a la victoria, sino a la sensación de estar solos en la defensa de la Patria, Dios y el orden mundial.

Hacía falta cambio, se pedía a gritos, y los republicanos se encontraron prisioneros de un gobierno culpable y con un héroe de guerra que se había preparado solo para combatir contra Hillary Clinton en el cuerpo a cuerpo y no contra un simpático afroamericano educado en Hardvard y en la seducción de masas al que se habían rendido sin condiciones todas las plazas-votos de los latinos, negros, asiáticos.

En el mundo, y en España, hace falta cambio, pero no precisamente generacional. Cambio de rostros, nuevas ideas, inteligentes, pragmáticas, aglutinadoras. Es muy fácil decir que el que está enfrente, "no sabe gestionar la crisis", "no tiene ideas", "no tiene credibilidad". Lo difícil es concretar qué proponemos para mejorar la situación, cómo, con qué medios, por cuánto tiempo.

Por cierto, McCain ha dado un ejemplo magnífico de lo que es querer a un país y creer en él. Su discurso de derrotado, no es una claudicación, es una oferta seria de cooperación y una invitación a que el pueblo americano olvide por cuatro años quién le gustaba más de los dos candidatos y se aplique, en la unidad, a mejorar las cosas para que Obama lo haga lo mejor posible. Dan ganas de llorar un poco.

Sobre los parados, los amomiados y los jetas

Los líderes de la sociedad de mercado están muy preocupados por el dinero. Ha caído brutalmente la rentabilidad de las inversiones, y la confianza empresarial -esto es, de los grandes accionistas y sus empleados más cualificados- está por los suelos. El orden económico mundial ha tocado a rebato y los dirigentes mundiales se van a reunir para tomar decisiones. ¿Quién se ha quedado con el dinero?, no cesan de preguntar, a voz en grito.

Están llamando la atención en la dirección equivocada. Como el cuco, cantan en un sitio diferente a dónde han puesto los huevos. Por supuesto, el dinero está a buen recaudo. Los timados, otra vez, han sido los pequeños ahorradores, los que aportaron su capacidad de trabajo manual o intelectual al sistema a cambio de salario, los crédulos de que todo funcionaba con normalidad, guiándose por los indicadores que aportaban los grandes muñidores del sistema.

En la reunión de los altos pastores de la economía mundial, a la que el presidente Zapatero quiere ir, el  presidente Bush, en la representación que ostenta, ya ha adelantado el guión: No se tocarán los principios básicos del mercado.

Estamos, pues, ante las posibilidades de analizar una reforma, un retoque del edificio en el que se sustenta nuestra fe.

¿Y si lo miramos desde otra perspectiva?. En verdad, la obsesión por el elemento dinero, o sea, el capital, como factor de producción más relevante, nos parece sesgada, insuficiente, y maligna. El factor más importante de la producción es el trabajo.

Pero es que, además, como el trabajo es la única manera que tenemos de repartir dinero entre las familias, y ya que nadie está dispuesto a regalar su patrimonio a cambio de nada, la existencia de puestos de trabajo para todos los que quieran trabajar y, en particular, los que necesiten trabajar para poder vivir, debiera ser la idea fundamental de nuestro sistema de solidaridad.

No sabemos cómo crear trabajo en nuestra sociedad moderna, tecnológicamente tan avanzada. La producción de elementos de alta tecnología precisa poco personal y muy cualificado.

Hemos cambiado de sectores generadores de empleo, sustituyendo el campo y la ganadería, y las grandes industrias, por la generación de software y la producción de sofisticadas piezas que realizan máquinas automáticas.

El personal no cualificado se deriva hacia la construcción, el servicio al turismo y la atención al ocio. Pero no necesitábamos haberlo hecho. Los orientadores de los objetivos de la humanidad la han lanzado contra la idea de que bienestar significa hacer el vago, viajar, comer, beber y oir música estridente.

Va a ser imprescindible retroceder algunos pueblos de la vía del progreso, volver a las estaciones que dejamos atrás. Retornar a los grandes sectores generadores de empleo: no va a haber tanto dinero para hacer turismo, ni para ir al restaurante, ni para ir al fútbol. Y habrá que seguir comiendo y viviendo. El apoyo al campo es, en nuestra opinión, básico, y el anclaje en aquellos sectores industriales que generan empleo, mucho empleo. La investigación habrá que concentrarse ahí, en dar más salida al factor trabajo.

Suena a primitivo, pero no podemos estar amomiados a la espera de que el capital resuelva sus contradicciones y confiar que eso va a solucionar nuestro problema. Ha demostrado ya varias veces que es incapaz de reinvertir sus plusvalías en beneficio de quienes las han generado. Digan lo que digan.

 

 

Sobre premios, medallas y galardones

Se ha puesto de moda premiar a gentes que se han distinguido por algo en lo que sea. Comités de expertos locales sobre los más variados temas se reúnen a comer o a cenar y deciden quienes merecen llevarse la estatuilla que amigos artistas han creado ad hoc y que se entregará en un acto solemne, culminando un proceso costeado con dineros públicos, cuyo objetivo es, se dice, prestigiar una localidad, "ponerla en el mapa", por expresarlo con política logorrea.

Las opciones de estos decididos o forzados a juzgar la labor de los demás en campos en los que, por pura necesidad de especialización, no tienen mucha idea, fluctúan entre dos extremos, entre los que caben combinaciones, si los premios a otorgar son más de uno.

Bien premian al héroe local, eligiéndolo como el erudito, deportista o vate más valioso del orbe, o bien extraen de las hemerotecas o de su memoria el nombre de una figura mundial en el asunto, y así añaden al currículum del lejano famoso, la hipotética gloria de haber sido recordado en esa reunión de próceres, invitándolo a visitar el pueblo a recoger el galardón y divulgando de paso que esos ardores pueblerinos se añaden al reconocimiento que ya otorgaron antes a la figura otras instituciones harto más prestigiosas.

El objetivo mínimo, de cualquier manera que las cosas vayan, se entenderá siempre cumplido por la comisión. Se habrán reunido a comer y a tomar algún estimulante, habrán conseguido hacer unas risas y podrán poner su nombre junto al premiado. 

Si el destacado es un miembro de la comunidad local, se le hará pronunciar un pregón en las inmediatas fiestas, recibirá los aplausos y plácemes de sus conciudadanos cuando visite el pueblo y tendrá su mayor día de satisfacción, equivalente al mejor baño de multitud, cuando sus padres, abuelos, y hasta las mujeres u hombres (según inclinación sexual) que no le habían hecho ni caso en la pubertad, se junten en abrazos de felicitación, haciendo morirse de envidia a los que los chincharon en la escuela.

Si el premiado es de fuera, lo más seguro es que su gabinete de prensa envíe una carta agradeciendo el premio y confesando la imposibilidad de venir a recogerlo, rogando se le envíe el asunto por correo certificado.

Pero, quién sabe, si al cabo de unos años de resistir, el premio se haya consolidado o, por curiosidad o error, alguno de los galardonados venga a recoger la estatuilla y el posible dinero, con el que se conseguiría el cierre solemne de una transacción de vanidades por deseos.

Se nos ocurre otra opción algo más barata. Que los del Comité de expertos actúen como cónclave cardenalicio y se concedan a sí mismos, por turno, el premio, al que, seguro, se consideran en lo íntimo tan merecedores como el que más, ni más ni menos. Y que se paguen por sí mismos las comidas y el bebercio.

Sobre los chisgarabises

Siempre hubo chisgarabises, pero ahora hay más que nunca. Se encuentran por todas partes, ocupando lugares en donde antes se les cazaba a la primera de cambio. Protegidos por su capacidad para escabullirse, se esconden en la profundidad de la selva, después de haber cantado donde nadie les llamaba.

El chisgarabís típico tiene el cerebro pequeño, la boca larga y las manos pegadas a la nuca. Es un bicho inquieto, moviéndose sin que quien lo esté observando pueda adivinar por qué.

Al ser especie que ha tenido múltiples cruces, es difícil encontrarlo en estado puro. Algunos tienen ahora la mano junto al bolsillo, pero la afición principal del chisgarabís no es el dinero, sino joder la marrana, picoteando de aquí para allá, amagando sin dar, u opinando sin el menor fundamento.

Hay chisgarabises que, con un falso pedigrí, calientan plaza de congresista o diputado. Los hay sentados en consejos de administración, tomando la sopa boba, que es su alimento preferido. Otros chisgarabises se han colado en Academias y Asociaciones prestigiosas, adornándose con plumas de otros, y se acicalan con laureles y diplomas difíciles de conseguir  que, aunque falsos, les ayudan a trepar hasta ramas de sólido porte, a las que se agarran con lal lengua.

Los chisgarabises tienen una capacidad especial para imitar el lenguaje de otras especies de animales de la jungla y mezclarse con ellas. Rara vez se aparean y, cuando lo hacen, producen híbridos estériles, pero gozan comiendo de los excrementos de otros y lamiendo el culo a los machos y hembras dominantes. Aunque nunca ponen sus güebos en ninguna parte -al menos, que se conozca-, es conocida su propensión  a dejar los de otros al descubierto.

Los chisgarabises deberían estar ya hace tiempo en fase de extinción, pero, sorprendentemente, gozan de protección oficial.

Como parecen dóciles, algunos los tienen incluso por animales de compañía, riendo sus gracias a mandíbula batiente. Despreciados en casi todas partes como animal inmundo, son, sin embargo, muy queridos por ciertas víboras disfrazadas de periodistas del cotilleo,  a las que ellos convierten en zombis que, una vez que la prueban, ya no son capaces de alimentarse sino de carnaza humana. A estas especies, si se dispone de material adecuado, y siempre con el cuidado de lavarse después cuidadosamente, se las puede ver juntas, por la noche, chapoteando entre la mierda. 

En fin, los chisgarabises, zascandiles y chiquilicuatros podrían ser mantenidos a raya, lejos de las áreas civilizadas, a las que, en realidad, solo acuden para tocar las narices. Sería muy fácil ahuyentarlos antes de que empiecen a calentarnos la cabeza prometiendo lo que no pueden cumplir, especulando sobre lo que no saben y buscando donde meter el dedo, siempre buscando el ojo de nuestros ejemplares más valiosos.

Bastaría con hacerles pedorreta, mandándolos con sus cantinelas al carajo.

Sobre la intimidad de los famosos y su protección

Hay algunas frases hechas que pretenden exculpar al culpable o justificar al que actúa. El público o la gente son la referencia genérica a la que se atribuye una capacidad de decisión y una sabiduría innexistente.

"Le damos al público lo que demanda", dice el conductor de un sarnoso programa de TV en el que se pone a caldo a algunos famosos. "El electorado es muy sabio y hemos captado el mensaje" declara el político al que han escaldado las urnas. "Una vez más, la sabiduría popular nos ha dado la razón, confirmando que vamos por el camino correcto", se enorgullece el dirigente al que acaban de confirmar por una exigüa mayoría.

Refiriéndonos a la divulgación obsesiva y perversa de la intimidad de algunos famosos, en la que se ceban algunos medios, llamados "del corazón", convendría desenmascarar algunas falsedades:

a) La vida íntima de las personas no tiene el mínimo interés público. Conocer si fulanito traiciona la fidelidad de su pareja, si los menganitos se han visto en una playa desierta o si dos -o diecisiete- seres humanos han organizado un sarao, no afecta en absoluto ni al bienestar, ni al conocimiento, ni a la sensación de felicidad o tristeza de nadie más que a los propios protagonistas.

La persecución de que son objeto los llamados "famosos" para descubrir detalles personales y divulgarlos, tiene únicamente relación con el gen de la curiosidad vacua, una aberración de la genética por la que somos capaces de llegar a obsesionarnos por lo que carece de interés para la subsistencia, pero nos evita dedicar tiempo a las cuestiones esenciales, favoreciendo así que, en los animales más débiles de cada especie, los depredadores adquieran alimento más fácil.

b) Los asaltos a famosos en la calle, al salir o entrar de sus casas, al ir a la compra, al meterse el dedo en la nariz, por supuestos periodistas micrófono en mano, para preguntarles qué piensan sobre el divorcio de su hija, la caída del caballo de la amante de su yerno, el cáncer de su abuela o la operación de nariz de la vecina, -ejemplos, claro está, surgidos de nuestro imaginario- faltan a la profesionalidad, vulneran la deontología básica y no generan ni saber útil ni plusvalía de ningún tipo.

c) Es necesario poner coto al concepto flexible de libertad de prensa o libertad de información, en dos sentidos: uno ético, con la mejora de formación de profesionales del periodismo y del público receptor (hay mucho que hacer) y otro, jurídico, ayudando a que la judicatura precise los límites de los conceptos difusos del honor, la dignidad personal, las consecuencias de la fama respecto a la intimidad, o el derecho a la propia imagen...

Sobre la patología más común en los blogueros y su curación

Las patologías de los blogueros no están diagnosticadas, si bien lo más probable es que tengan que ver con la psiquis, y, dentro de las categorías sicológicas, la esquizofrenia -la búsqueda de una second life, para entendernos- parece ocupar el primer lugar de los potenciales diagnósticos. Querer ser otro, ser admirado, crear un personaje -muchas veces, anónimo o ficticio- que los demás reconozcan, sigan, veneren.

No hay que confundir bloguero con internauta, por más que para la mayor parte de la gente -es decir, casi todo el mundo- los confunda. Hay muchísimos más internautas que blogueros, porque es muy superior el impulso de curiosidad que el de exhibicionismo. Es más alto el peeping que el geeking.

La inmensa mayoría de los internautas no tienen blog, pero los buscadores les conducen sistemáticamente hacia alguno cuando confían que esos archiveros un tanto bobalicones de las cosas que pululan en la red les ofrezcan la solución a sus problemas, curiosidades. inquietudes visuales e, incluso, vicios personales.

Como estamos en una sociedad que valora mucho más lo visto que lo conocido, más lo gráfico que lo escrito, crece exponencialmente -mejor dicho, potencialmente- el número de consultas a las imágenes y vídeos en internet. Preferimos ver las noticias a tener que leerlas, y preferimos el cotilleo y el fútbol a que nos adoctrinen o ilustren.

 El razonamiento inverso podría llevarnos a pensar que todos los blogueros son internautas, No es asi. Un número creciente de los que escriben blogs no tienen ya tiempo más que para sí mismos, para su cuaderno, para contar lo que les pasa, incluso solo lo que les pasa por la cabeza. Se han convertido en prisioneros de él.

Cuando se reúnen con sus amigos, solo tienen palabras para su blog, para interesarse de ellos/con ellos si han leído lo último que han puesto en la web -que es mejor decirlo en español: en la red, en la trampa-. Si tienen ocasión de entablar conversación con un desconocido, a las primeras de cambio le hablarán de su blog, le darán la dirección, no de su casa, sino del cuaderno informático. Perderán, sin embargo, la del otro, si tiene la osadía de corresponder con otro encargo similar.

No hay tiempo, no hay tiempo para nada más que para ver lo que uno ha escrito y las reacciones que provoca, las visitas al cuaderno, de dónde provienen, quiénes nos "siguen"...quiénes, en realidad, nos huyen...

Debemos estar, pues, atentos para detectar el momento en el que el blog se ha convertido en la preocupación fundamental de nuestra existencia. Una media hora diaria puede ser tolerable. Más, es ya un síntoma de que algo va mal, salvo que uno sea profesor universitario o empleado de un partido político y sea la sociedad quien nos pague, hagamos lo que hagamos.

Teniendo en cuenta que, por mucho que nos digan, por altas que sean las entradas contabilizadas a nuestro blog, por exhuberante que parezca la influencia que ejerce, la ley de la simplificación combinada con la de la analogía permitirá concluir que pocos serán los que lean un comentario nuestro hasta el final. Poquísimos los que lean ni siquiera el título, pero algunos se apresurarán a incluir un comentario, tal vez. Algo así como: "Me gusta mucho, haber si lo mejoras" o "Ke te zurzan, dejenerao, no tienes pajolera idea de lo ke ablas".

Cuando la blogmanía amenaza con ocupar un lugar preferente en nuestras vidas, hay que ser valientes, incisivos, crueles, incluso. Hay que matar el blog. Como en el cuento de la cabra y el judío, una vez que nos liberemos de la cabra, habrá mucho más sitio en casa para la familia, más felicidad en la vida, más tiempo libre para el campo.

Y el mundo seguirá su curso, tan campante, sin nuestro querido blog. ¿Pero quién se atreve a asesinar esta excrecencia del yo que no ocupa más espacio que el virtual y que, salvo en casos extremos, no hace daño a nadie -a excepción, quizá, de al propio autor/autores?

Sobre la trata de mulatas y lo que vale un pene

El Ayuntamiento de Sevilla, desde finales de agosto de 2008, está desarrollando una campaña contra la prostitución que descansa en la colocación de varios carteles donde se ve, de espaldas, a un hombre y a una mujer -él le pone una mano sobre el pantalón; ella podría ser latinoamericana- y en los que puede leerse: "¿Tan poco vales, que tienes que pagar?"; y en letra algo más pequeña: "La prostitución existe porque tú pagas".

Como no hay que juzgar un anuncio por su intención, sino por el efecto que nos produce, tenemos que afirmar que el mensaje de los carteles nos parece machista, vejatorio para la mujer y, aún más grave, incitador a la violencia. Podría deducirse que anima subrepticiamente a que se disfrute gratuitamente del sexo, como fruta abandonada en el árbol de los deseos.

Mucho se ha escrito, comentado y discutido acerca de la prostitución, pero pocas  decisiones realmente rompedoras se han tomado. Las corrientes de opinión parecen centrarse en dos extremos: En un lado, quienes defienden que la prostitución forma parte del ejercicio de las libertades, y que, guste o no, hay que tolerar que una mujer -o un hombre- deseen comercializar con su cuerpo y convertir ese trasiego de carne por dinero incluso en su profesión; en lo que hay mayor consenso es en declarar que lo que habría que perseguir sería la explotación por terceros de quienes ejercen la prostitución.

En el otro lado, estarían quienes urgen a la inmediata abolición de cualquier permiso, expreso o tácito, para ejercer la prostitución, considerándola una aberración del uso de las libertades, porque ofrecer su cuerpo para disfrute de otro es algo que nadie puede desear libremente, ya que atenta contra la dignidad de los prostituídos, que se convertirían en vehículo paciente y no en compañero del que obtiene placer a costa suya.

No parece haber prisa en tomar decisiones, según algunos. Naturalmente, ésos son los interesados en mantener el estado de las cosas, porque se benefician de él: organizaciones mafiosas, chulos, redes de blanqueo de dinero, impulsores de la inmigración ilegal, corruptos, rijosos, enfermos sexuales, inadaptados, incultos, machistas, putos, ...

Nunca estarán entre los beneficiados los propios prostituídos, aunque cobren -algo- por hacerlo. El dinero no paga el descrédito social, la caída moral, el resbalón por la autoestima... Hacer la calle, aunque sea en un palacio, no es una profesión, es una lacra social y una vergüenza de nuestra sociedad de consumo, que pretende que tiene lugar en el mercado el intercambio de libertad propia por gozo (de otro)

Como es sabido, la trata de blancas era perseguida como delito en un tiempo en que la trata de negras estaba permitida, para ser dedicadas a la esclavitud, bien laboral o sexual: coherentes con la idea de que la raza blanca era superior, la tolerancia hacia las mafias que raptaban y prostituían esclavas negras, se transformaba e intransigencia legal si el objeto eran mujeres -siempre fundamentalmente mujeres- de raza blanca.

Hoy sigue habiendo en España trata de blancas, -de países del Este de Europa, fundamentalmente- pero, sobre todo, hay trata de mulatas -de Brasil, Ecuador, Perú y otros países de Latinoamérica-. Mujeres que han sido engañadas por sus raptores -a veces, falsos amantes, novios, amigos- y a las que se exige un rescate elevado, pagadero en "servicios de prostitución" para que puedan recuperar su pasaporte y la libertad.

No podemos tolerarlo. No sabemos lo que vale un pene, pero será siempre mucho menos que la dignidad y la libertad de cualquier ser humano. No hay ejercicio libre de la prostitución: el cuerpo humano forma parte inseparable de un espíritu que configuran con él la persona; y no se puede defender que quien prostituye su cuerpo a cambio de un dinero lo hace desde la libertad de disposición, porque no se puede disociar la realidad de haber prostituído también una parte de ese espíritu, de la conciencia del ser.

Hay que prohibir todas las formas de prostitución y defender la libertad para el ejercicio de la actividad sexual, con el principio de que sel placer o es recíproco o es utilización, o sea, explotación.

 

Sobre los girasoles ciegos y la memoria histórica

Los girasoles ciegos es el título del libro unigénito del asturiano Alberto Méndez, convertido en película por José Manuel Cuerda, con un guión adaptado por Rafael Azcona y el propio Cuerda. La película ha sido preseleccionada para su eventual presentación al show de los Oscar americanos de este año.

La película mezcla dos de las historias del libro, fundiéndolas en una sola familia, transformando en secundario la narración del relato más conmovedor de los imaginados por Alberto Méndez: el poeta anarquista que huye con su mujer embarazada, y que escribe en su diario las emociones y temores de su peripecia, en la que pierde a las dos personas que más ama.

La Academia de Cinematografía organizó ayer, 22 de septiembre de 2008, un maratón para cinéfilos, en el que se proyectaron en secuencia las tres películas españolas preseleccionadas. Las tres tienen valores, coinciden en no ser grandes películas, pero poseen encanto suficiente como para merecer ser vistas y comentadas. Ninguna de ellas tiene, en nuestra opinión, gancho suficiente para ganar ninguno de los Oscar, cuya trayectoria va en otras direcciones.

Los girasoles ciegos es una película para españoles y, sobre todo, para quienes no han vivido la guerra civil pero han estado cerca. Trae recuerdos de una España cutre, en la que gentes mal alimentadas, pobres, miedosas, trataban de pasar desapercibidas entre los vencedores de un ideario en el que se mezclaban conceptos de Patria, pecado, virtud, buenos (católicos) y malos (comunistas). Un período desolador de la Historia de España, que convendría olvidar para siempre, si no fuera...

Si no fuera porque miles de personas fueron fusiladas por sus ideas, sin participar como contendientes en la guerra. Lo fueron en ambos bandos, desde luego. Víctimas del rencor de otro, de la envidia, del despropósito de querer borrar al antagonista, al que no piensa igual.

De entre todos los muertos, los que más pesan son, sin duda, esos cientos de miles, asesinados por los sublevados, luego vencedores, y por sus secuaces, que fueron paseados hasta las afueras de sus pueblos y enterrados a la orilla de los caminos donde les impusieron la muerte.

Los girasoles ciegos no habla exactamente de eso, pero presenta, aunque con historias inventadas o semiinventadas, algo del contexto en el que se movía la España de Franco en los primeros años de la postguerra. La novela es una magnífica obra literaria que levanta la emoción del lector, con palabras como puños.

La película es inquietante y se centra en una pasión enfermiza que genera un malentendido dramático, una tensión que conduce a la muerte al inocente y el que el culpable obtiene, sarcásticamente, el perdón. El falso perdón eterno de quien cree que el sacramento de la confesión le redimirá de su horrenda culpa, borrará la memoria histórica, de hechos que ha deformado con sus palabras.

Sobre la avaricia y otros pecados capitales

La denuncia pública hacia la "avaricia de algunos" que, como diagnóstico ético, formuló Joaquín Almunia, Comisario Europeo, en una entrevista de Los desayunos de Radio Tres, ha sido muy comentada, al menos, en los círculos del diletantismo intelectual españoles. Ni las temibles subprime, ni los caprichosos van, ni los artificiosos tir, ni los malévolos bonos basura: la avaricia.

Desde que el Papa Gregorio I en el siglo VI, sistematizó, incluso en exceso (añadió la Vanagloria, que suprimiría después Tomás de Aquino, seguramente por lo que le atañía, y haciendo abstracción de la exótica actualización del cardenal Girotti), la avaricia tiene solución. Ergo, la crisis económica, siguiendo en la misma posición ética versión cristiana, se solucionaría si esos "algunos" a los que se refirió Almunia, y que están bastante bien detectados, utilizaran el antídoto previsto para este pecado capital: la generosidad.

Los anglosajones, que siempre han buscado su propia razón de las cosas, tanto desde las islas británicas como desde las islas norteamericanas (desde Olimpia hasta Florida), han olvidado la distinción entre avaricia y lujuria, que suelen designar con el mismo vocablo, en familia: greediness. Pero no es lo mismo, claro.

El primero es un pecado social, cuya traslación a los códigos penales está, en general, aún inmatura; y la lujuria es un vicio que tiene pocos destinatarios, aunque, cuando trasciende de las cuatro puertas de la soledad de uno mismo, y causa daño a otro, puede causar gran alarma social si se encuentra en su camino con los celos, la estulticia y un arma, y por eso, cada vez ocupa más espacio en los Códigos penales y en los media.

Pero volviendo al tema principal. La solución, pues, ni inyectar más liquidez al sistema, ni establecer cortapisas puntuales al mercado, ni perdonar las deudas a ciertos sectores estratégicos: más generosidad de algunos, señores.

Y contra la lujuria, castidad. Pero eso ya es otro cantar.

  

Sobre los riesgos de la lectura transversal

Hay que admirar a los ejecutivos que quieren estar al tanto de todo.

No rehúyen, sino que buscan, cualquier fuente que les proporcione información. No importa que no guarde relación con su trabajo actual, sus intereses o aficiones.

Internet es su gran aliado. Gracias a ella, reciben un par de centenares de correos electrónicos al día -descontado el correo basura-, se pasean por varios periódicos digitales, acopian tres resúmenes de noticias (alguna de ellas en inglés), hacen puntualizaciones a un par de informes con su marcador de cambios (¿será esta la versión final?), asisten a una reunión por videoconferencia -interrumpida por las llamadas a los dos móviles y al fijo, y aderezada con la lectura de ciertos eseemeeses-.

Pero internet no basta, porque hay que complementar lo digital con lo manual. Es imprescindible mantener un ojo sobre las notas que les han preparado sus colaboradores y colegas, y no se puede evitar ojear alguna revista mientras se chatea un rato, que siempre se podrá compaginar con sorber algo de café y mordisquear un sangüís. Tampoco hay que olvidar echarle la visual cada equis tiempo a las cotizaciones del parqué bursátil y al estado de la rodilla de Ronaldinho, o reservar para las vacaciones de invierno.

Para mantener tal grado de interés por las cosas de este mundo hay que estar especializado en la lectura transversal.

La lectura transversal es un método deductivo-imaginativo por el que, en unos segundos, con solamente leer el título del artículo o del asunto del correo, y teniendo más o menos identificado al autor, se sacan consecuencias definitivas sobre el contenido.

Si los que redactamos largos artículos y pormenorizadas explicaciones fueramos, de verdad, conscientes de la importancia y difusión de la lectura transversal y de que, no importa lo que uno escriba y quiera comunicar, la mayor parte de los receptores interpretarán lo que les de la gana, porque no tienen tiempo (o creen no tenerlo) para leer con calma lo que hemos escrito, ahorraríamos esfuerzo y desengaños.

Por ejemplo, en lectura transversal, este Comentario podría resumirse así: La lectura transversal ahorra tiempo al lector.

Que es justamente lo contrario de lo que queríamos decir: ahorra tiempo al escritor. C.q.d. (que, inicialmente, significaba la abreviatura de !como quería demostrarse"; ahora, a saber cómo se interpretará, en lectura transversal...)

Sobre la (in)seguridad ciudadana y algunas derivaciones

La libre circulación de personas en la Unión Europea ha traído como una consecuencia indeseable, sin duda, el aumento de laa delincuenciaa. De todos los tipos de delincuencia, es decir, tanto de la pequeña como la grande -caracterizadas por su repercusión social, más que por la gravedad penal de los tipos- , ya que facilitan la rápida evasión del infractor o infractores desde el lugar donde han cometido su delito, y dificultan su localización por las fuerzas de seguridad.

¿Qué sería necesario?. Ante todo que, desde el momento mismo en que se conozca la comisión de un delito, se activen procedimientos similares en toda la comunidad europea, para que los delincuentes pueden ser detectados allí donde se encuentren, sin que la huída a través de las inexistentes fronteras internas pueda facilitar su ocultación en un país distinto de donde cometieron el hecho punible.

Desde luego, debe funcionar a la perfección el Banco de datos de delincuentes en busca y captura o con penas pendientes, o en período de observación después de haber cumplido con la pena impuesta. Será criticable desde el punto de vista de la redención  de la pena, pero el delincuente profesional es un reincidente sistemático para el que la cárcel solo habrá servido para mejorar sus contactos.

La sociedad no puede mantener la ingenuidad de que la reclusión facilita la reinserción del delincuente. Puede ser así, en casos muy concretos y, en nuestra opinión, cuando el que comete el delito es un delincuente ocasional. No es lo mismo el reproche que cabe hacer a quien atropella, estando embriagado al volver de celebrar la boda de su hermana, a un ciclista que circulaba de noche sin reflectores que a quien asalta a un joyero y tropella y lo hiere porque le ofreció resistencia... no es lo mismo... pero un abogado puede convencer al juez de que la situación es penalmente equivalente.

No es lo mismo el reproche que merece quien desfalca utilizando una entidad falsa diez millones de euros a la entidad financiera para la que trabaja, o miente sobre una operación de compraventa de acciones a los minoritarios, en relación con el que roba cincuenta euros a punta de navaja a un transeúnte, y es reincidente de esa acción por la que ya fue condenado otra vez... no es lo mismo... pero un abogado puede conseguir que el primero salga impune porque se superó el plazo de reclamación, no esté suficientemente acreditada la identidad del imputado o, al menos, consiga que en dos años, por buena conducta y propósito de enmienda, pueda campar libremente (y, por su bien, de la forma más anónima posible).