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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre los parados, los amomiados y los jetas

Los líderes de la sociedad de mercado están muy preocupados por el dinero. Ha caído brutalmente la rentabilidad de las inversiones, y la confianza empresarial -esto es, de los grandes accionistas y sus empleados más cualificados- está por los suelos. El orden económico mundial ha tocado a rebato y los dirigentes mundiales se van a reunir para tomar decisiones. ¿Quién se ha quedado con el dinero?, no cesan de preguntar, a voz en grito.

Están llamando la atención en la dirección equivocada. Como el cuco, cantan en un sitio diferente a dónde han puesto los huevos. Por supuesto, el dinero está a buen recaudo. Los timados, otra vez, han sido los pequeños ahorradores, los que aportaron su capacidad de trabajo manual o intelectual al sistema a cambio de salario, los crédulos de que todo funcionaba con normalidad, guiándose por los indicadores que aportaban los grandes muñidores del sistema.

En la reunión de los altos pastores de la economía mundial, a la que el presidente Zapatero quiere ir, el  presidente Bush, en la representación que ostenta, ya ha adelantado el guión: No se tocarán los principios básicos del mercado.

Estamos, pues, ante las posibilidades de analizar una reforma, un retoque del edificio en el que se sustenta nuestra fe.

¿Y si lo miramos desde otra perspectiva?. En verdad, la obsesión por el elemento dinero, o sea, el capital, como factor de producción más relevante, nos parece sesgada, insuficiente, y maligna. El factor más importante de la producción es el trabajo.

Pero es que, además, como el trabajo es la única manera que tenemos de repartir dinero entre las familias, y ya que nadie está dispuesto a regalar su patrimonio a cambio de nada, la existencia de puestos de trabajo para todos los que quieran trabajar y, en particular, los que necesiten trabajar para poder vivir, debiera ser la idea fundamental de nuestro sistema de solidaridad.

No sabemos cómo crear trabajo en nuestra sociedad moderna, tecnológicamente tan avanzada. La producción de elementos de alta tecnología precisa poco personal y muy cualificado.

Hemos cambiado de sectores generadores de empleo, sustituyendo el campo y la ganadería, y las grandes industrias, por la generación de software y la producción de sofisticadas piezas que realizan máquinas automáticas.

El personal no cualificado se deriva hacia la construcción, el servicio al turismo y la atención al ocio. Pero no necesitábamos haberlo hecho. Los orientadores de los objetivos de la humanidad la han lanzado contra la idea de que bienestar significa hacer el vago, viajar, comer, beber y oir música estridente.

Va a ser imprescindible retroceder algunos pueblos de la vía del progreso, volver a las estaciones que dejamos atrás. Retornar a los grandes sectores generadores de empleo: no va a haber tanto dinero para hacer turismo, ni para ir al restaurante, ni para ir al fútbol. Y habrá que seguir comiendo y viviendo. El apoyo al campo es, en nuestra opinión, básico, y el anclaje en aquellos sectores industriales que generan empleo, mucho empleo. La investigación habrá que concentrarse ahí, en dar más salida al factor trabajo.

Suena a primitivo, pero no podemos estar amomiados a la espera de que el capital resuelva sus contradicciones y confiar que eso va a solucionar nuestro problema. Ha demostrado ya varias veces que es incapaz de reinvertir sus plusvalías en beneficio de quienes las han generado. Digan lo que digan.

 

 

Sobre el discurso del Príncipe de Asturias y los Premios de su nombre

D. Felipe de Borbón, Príncipe de Asturias, presidió el viernes, 24 de octubre de 2008, una vez más, la entrega de los premios que llevan el nombre de uno de sus títulos. El acto tuvo lugar en el Teatro de Campoamor, con la presencia de una selección de las fuerzas vivas ovetenses (y algunos otros complementos asturianos). Hubo gaiterios, tocata de himno regional (ese de "tengo de subir al árbol, tengo de coger la flor y dársela a mi morena que la ponga en el balcón").

Los premiados, gentes de la segunda fila de la élite mundial -salvo Rafa Nadal, que es número uno justo en este instante-, estuvieron encantados, entre gozosos y sorprendidos por el despliegue de afecto que la población ovetense les dedicó, alineándose a las puertas del Teatro y del Hotel de la Reconquista -antigua Inclusa-, aplaudiendo a rabiar cada vez que un Audi pasaba por delante de sus narices.

El espectáculo del reparto de galardones no es en absoluto aburrido para nadie, ni menos para los asturianos. Les da ocasión de ver en directo o por la tele a SM La Reina -magnífica, con un traje de chaqueta rojo- a SAR Da. Letizia -que hace poco retozaba por el Campillín y los praos de la Gesta con el cartapacio, como plebeya- y que estaba muy seria, con los labios algo hinchados y la nariz helénica y a SAR D. Felipe, ya muy puesto en su papel de hombre de Estado, y que lee los papeles mejor a años luz que su padre, aunque no tiene, ni tendrá, el desparpajo real de D. Juan Carlos, porque necesita para ello un Golpe de Estado que, por fortuna, no volverá a suceder.

Del espectáculo local hay que destacar al Presidente de la Fundación Premios, Matías, algo servil, como debe ser, al Presidente del Principado, Tinín, decididamente fuera de peso, y a Gabino, que consiguió colarse un par de veces sin haber pagado, por lo que parecía la entrada. Del espectáculo nacional pudimos atisbar a varios ministros y ministras, que aprovecharon el buen día para darse una vuelta por Asturias; suponemos que habrán venido en avión militar, que es el medio más rápido de llegar a esta alejada región, seguido por el coche oficial y, a más distancia, el coche particular, el tren, el Alsa y el avión de Iberia.

El discurso de los galardonados que pudieron hablar en el acto fue corto, bien trabado y solemne. Atwood y Bethancourt demostraron su sensibilidad y buen decir. Adreu estuvo emotivo. Pero el príncipe, con estupenda dicción, estuvo plúmbeo. Quien le preparó el discurso confundió su papel con el de un becario que tuviera que demostrar lo mucho que sabe de la ciencia y del mundo. Y no era necesario eso.

Hubiera bastado resaltar, de todo lo que dijo, el mensaje de futuro, solidaridad, ejemplo que dan los que, a lo mejor no siendo los mejores exactamente, si están empujando con coraje y dedicación a que el mundo mejore. Y el papel de España en apoyar a esos secundones que merecen la gloria y nos dan mucha tranquilidad de que no se hacen las cosas siempre por dinero.

El resto de lo que leyó se lo podía haber dejado a Matías, a Tinín e, incluso, a Gabino.

Sobre las propuestas de España en la cumbre de los G-20 ante la crisis

En el momento en que escribimos esta Nota no se sabe aún si España será invitada a la reunión de los llamados G-20, una combinacíón casi aleatoria de países, que se reunirá para dilucidar qué es lo que está pasando en la economía mundial y difundir las propuestas que se les hayan ocurrido a los consejeros de los jefes de Estado.

Aunque el lugar de la cita es Washington -los vuelos de American Airlines son algo más baratos- actuarán como anfitriones convocantes un trío de conveniencia: el formado por el unánimemente denostado (incluso por su propio partido) ex-presidente de Estados Unidos, George Bush jr., el hipercarismático sempersonriente presidente de Brasil, Luis "Lula" de Silva y el mediático  multiubicuo  eterno adolescente, presidente de Francia, de la UE y de la Ohlalá!, Niko Sarkozy.

Puede que España sea finalmente autorizada a asistir a esa reunión de culpables, presuntos, sospechosos y víctimas de la crisis económicamente. Seguramente el tímido presidente Zapatero se incorporará al evento con la sonrisa de niño bueno al que la maestra ha perdonado el castigo, y la diplomacia hispana lo presentará como un éxito de negociación.

Nuestro consejo es que no vaya. Que de cualquier excusa, que juega el Atletic, que lo pensó mejor, que tiene jaqueca o que no le sale de por ahí, que se arreglen sin su presencia.

Porque, además, no necesitaríamos ningún foro especial, para decir al mundo lo que nos apetecería decir a nosotros. Tenemos la web, que lee todo el mundo, o al menos, la puede leer. Por ello, hemos querido ayudar a expresar la posición española con algunas ideas que, si les apetece, pueden suscribir Zapatero, Rajoy y los miembros y miembras del Consejo de Diputados que lo deseen. Basta con que pongan una nota de adhesión más abajo y nosotros nos encargamos de enviársela a los tres convocantes, a cobro revertido.

1. La globalización es una patraña. Ha servido para que las grandes empresas se hagan más opacas a la fiscalización y al control, y una buena parte de ellas -no decimos todas por respetar un margen a la duda- utilicen en su beneficio la precaria seguridad jurídica de los países menos desarrollados.

Así han conseguido las grandes firmas, con la complicidad de los gobiernos, vaciar el ahorro de las familias. El dinero ha sido volatilizado de sus países de origen y canalizado, en movimientos especulativos, hacia las naciones más deprimidas del planeta. Porque el dinero es papel y anotaciones y, como la energía, ni se crea ni se destruye: se roba, se desplaza, se utiliza, se reutiliza, pero nadie quema la pasta.

En estos países de destino preferidos para las plusvalías, los más ricos e inescrupulosos han ido adquiriendo en tierras, voluntades, materias primas, montado nuevos negocios y, paralelamente, han contaminado, destruido y expoliado lo que les apeteció, todo en honor al progreso, al bienestar y al desarrollo, que es un cuento inventado. 

Ha sido especialmente atractiva para los actuantes ejercer la opción de obviar los controles contra la contaminación de los países desarrollados, situando los centros muy contaminantes allí donde la mano de obra es barata y las exigencias ambientales escasas o nulas. La globalización ha permitido adormecer las mentes colectivas, vendiendo chucherías a los que vivían en países que se creían ricos, mientras se reinvertían los beneficios en los países que se habían creído que eran pobres.

2. La economía de libre mercado no ha funcionado, una vez más. Ese invento de la oferta y la demanda tiene agujeros por todas partes.

Podemos admitir que no tenemos otro sistema mejor y que no vamos a volver al método del puro trueque de mercancías, pero son imprescindibles controles muy estrictos que garanticen que las materias primas básicas, y en particular, las relacionadas con la producción de alimentos, medicinas y educación tengan el control superior de las administraciones públicas y de la comunidad internacional, para lo que se hará un seguimiento férreo de los precios y de las necesidades, impulsando la distribución mayor de la cultura, las ayudas para sanidad y los alimentos para consumo humano, con el compromiso de los países más desarrollados, en razón directa a su pib, aporten más a un fondo de desarrollo.

3. El planeta se está deteriorando ambientalmente a niveles nunca conocidos, y es imprescindible detener esa carrera.

Las medidas podrán tener relación con el calentamiento global, pero independientemente de esa relación, los G-20 y todos los países tienen que ser conscientes de que se debe detener el consumo irracional de medio ambiente y, en particular, el que se realiza en beneficio privado. Es imprescindible internalizar los costes ambientes en todos los proyectos de envergadura, y los países del G-8 deben dar ejemplo de ese cálculo, negando ayudas a macroproyectos que tengan impacto ambiental si no gozan de un informe ambiental aprobado por una comisión de técnicos independientes y plurinacional.

4. El mundo debe vivir en paz.

Ni las religiones, ni las ambiciones particulares de un Estado, ni la búsqueda de cualquier garantía de suministro, ni ningun argumento justifica la guerra. Los países deberán acordar el desmantelamiento de todos sus centros de producción de armas nucleares en un plazo máximo de diez años. Los conflictos se resolverán en una Corte de arbitraje internacional. Si los dirigentes de un país decidieran agredir o invadir a otro, atacando su soberanía, serán expulsados de los foros internacionales, estudiándose las medidas para que la población sufra el menor castigo posible.

Y así siguiendo. Zapatero podría enviar simplemente una carta, y, entretanto, hacerles el manipipas.

Sobre la legiferancia y el incumplimiento de las leyes

Cuando se habla de inseguridad jurídica, solemos pensar en aquellos países que no disponen de legislación o reglamentación suficiente para garantizar algunos derechos fundamentales.

Los derechos más vulnerados son: la protección del propietario contra la expropiación sin la adecuada compensación ni causa justa, la necesidad de fundamentar el interés general en las decisiones de la Administración pública y la garantía de un juicio con pautas procesales bien definidas, públicas y una decisión tomada por órganos reglados competentes con posibilidad de segunda instancia.

Pero en la dirección contraria se encuentra la legiferancia, es decir, la obsesión por promulgar leyes tras leyes, sin la paralela preocupación porque se cumplan.

España es un país legiferante, aunque tenga seguridad jurídica en lo procedimental. No es cosa de un gobierno concreto, sino de la incapacidad jurídica de nuestros legisladores para construir un cuerpo coherente de pé a pá, sin remisiones laberínticas, y de la incapacidad presupuestaria para abarcar, en tiempo y forma, todos los hipotéticos incumplimientos.

Existen demasiadas leyes y reglamentos que no se cumplen, tanto por la incapacidad de la Administración para ordenar y vigilar las infracciones que se previeron en ellos, como porque los propios infractores tienen plena confianza en que el brazo de la ley no llegará hasta ellos, protegidos en su impugnidad por la escasez de medios públicos para detectarlos y juzgarlos prontamente.

Vivimos, por ello, en España una situación que apunta a lo peligroso, por la combinación de la legiferancia y de la insuficiente dotación de medios judiciales -personales y materiales- .

Pero convivimos también con otro efecto nocivo de nuestra legiferancia. La aparición de los nuevos sicofantas, herederos de aquellos odiosos individuos de la antigua Grecia (siglo V a.de C.) que denunciaban a sus vecinos ante los jueces sin fundamento, con la sola voluntad de importunarlos, causarles daño o extorsionarlos. Los sicofantas de antes importunaban a los ricos; los de ahora, perturban jurídicamente a los humildes, a los pobres.

Esos sicofantas actuales, -amparados en su poder económico, que les permite contratar bufetes especialistas en encontrar tres pies al gato; confiados no en el resguardo de la ley, sino en la lentitud en la administración de la justicia y en los inmensos gastos que genera; y, no en última medida, ocultos en la hojarasca de una panoplia de leyes y reglamentos, algunos contradiciéndose o exigiendo una labor interpretativa de encaje de bolillos que permite acercar la rama al interés propio, aunque sea espurio-, acuden a los tribunales para demandar a los más débiles, acusándolos, siendo ellos, en realidad, los contraventores. 

Incluso ni siquiera necesitan acudir, el perjudicado por ellos, ya desiste, convencido a priori de que los jueces le darán la razón aunque no la tenga, e incluso, aunque perdieran el pleito, los costes procesales serían tan altos que no hay forma de defender su derecho.

Sicofantas hay demasiados. Su actitud genera inútiles gastos privados y públicos, crea desánimo social, porque amedrentan a los que explotan y hieren, y sirve de descrédito a la justicia, porque deambulan impunes pisoteando el derecho ajeno. No tienen escrúpulos en aplicar una regla mafiosa: "Si no tienes ningún derecho, demanda al que lo tenga para obtener provecho, puesto que el exceso de leyes te protege". 

La apariencia de buen derecho -el fumus bonae juris- queda así, convertido en una burla.

También lo escribieron los griegos: Las muchas leyes favorecen la impunidad de los que las incumplen. Las leyes tienen que ser -así decían- pocas y claras, para que puedan ser cumplidas.

 

Sobre premios, medallas y galardones

Se ha puesto de moda premiar a gentes que se han distinguido por algo en lo que sea. Comités de expertos locales sobre los más variados temas se reúnen a comer o a cenar y deciden quienes merecen llevarse la estatuilla que amigos artistas han creado ad hoc y que se entregará en un acto solemne, culminando un proceso costeado con dineros públicos, cuyo objetivo es, se dice, prestigiar una localidad, "ponerla en el mapa", por expresarlo con política logorrea.

Las opciones de estos decididos o forzados a juzgar la labor de los demás en campos en los que, por pura necesidad de especialización, no tienen mucha idea, fluctúan entre dos extremos, entre los que caben combinaciones, si los premios a otorgar son más de uno.

Bien premian al héroe local, eligiéndolo como el erudito, deportista o vate más valioso del orbe, o bien extraen de las hemerotecas o de su memoria el nombre de una figura mundial en el asunto, y así añaden al currículum del lejano famoso, la hipotética gloria de haber sido recordado en esa reunión de próceres, invitándolo a visitar el pueblo a recoger el galardón y divulgando de paso que esos ardores pueblerinos se añaden al reconocimiento que ya otorgaron antes a la figura otras instituciones harto más prestigiosas.

El objetivo mínimo, de cualquier manera que las cosas vayan, se entenderá siempre cumplido por la comisión. Se habrán reunido a comer y a tomar algún estimulante, habrán conseguido hacer unas risas y podrán poner su nombre junto al premiado. 

Si el destacado es un miembro de la comunidad local, se le hará pronunciar un pregón en las inmediatas fiestas, recibirá los aplausos y plácemes de sus conciudadanos cuando visite el pueblo y tendrá su mayor día de satisfacción, equivalente al mejor baño de multitud, cuando sus padres, abuelos, y hasta las mujeres u hombres (según inclinación sexual) que no le habían hecho ni caso en la pubertad, se junten en abrazos de felicitación, haciendo morirse de envidia a los que los chincharon en la escuela.

Si el premiado es de fuera, lo más seguro es que su gabinete de prensa envíe una carta agradeciendo el premio y confesando la imposibilidad de venir a recogerlo, rogando se le envíe el asunto por correo certificado.

Pero, quién sabe, si al cabo de unos años de resistir, el premio se haya consolidado o, por curiosidad o error, alguno de los galardonados venga a recoger la estatuilla y el posible dinero, con el que se conseguiría el cierre solemne de una transacción de vanidades por deseos.

Se nos ocurre otra opción algo más barata. Que los del Comité de expertos actúen como cónclave cardenalicio y se concedan a sí mismos, por turno, el premio, al que, seguro, se consideran en lo íntimo tan merecedores como el que más, ni más ni menos. Y que se paguen por sí mismos las comidas y el bebercio.

Sobre la investigación judicial de la bajeza

Atención al juez León Garzón. Es una persona con una inmensa capacidad de trabajo, tiene carisma entre la mitad -al menos- de la población de a pie española, y dispone de un instrumento potentísimo, desde el punto de vista mediático: la facultad de utilizar el Código Penal de este país, lleno de párrafos en blanco -y hasta páginas-, para remover Roma con Santiago.

Especialista en disparar salvas y en fuegos de artificio, este omnipresente personaje surgido de las entrañas de la tradicionalmente anodina judicatura se ha empeñado en poner las cosas en su sitio. No lo conseguirá, obviamente, pero desde que nos hemos dado cuenta de su existencia -políticamente hablando, cuando iba para ministro del Presidente González- nos ha venido dando distracción y proporcionado cosas que hablar, a unos y a otros, y todo por muy poco dinero. Al fin y al cabo, en la Audiencia Nacional no parece que tengan, salvo él, mucho que hacer.

Tiene razón en casi todo. Y no porque se la demos nosotros, claro, sino porque maneja conceptualmente, como nadie, las verdades de Perogrullo, a saber y como ejemplo: la sociedad está dominada por unos pocos, que han venido utilizando los instrumentos disponibles, sean éticos, fiscales, judiciales o políticos, en su beneficio preferente, en todo lugar, en toda época, y con pretensión de impunidad entre los vivos y lugar de gloria entre los muertos.

Hora es llegada, pues, de revisar la historia, retornar a los orígenes, denunciar el fraude inmenso de nuestra existencia, las mentiras desde Adán y Eva (incluídos), la usurpación de la propiedad común, las guerras púnicas y las impúdicas, arremeter contra todos los crímenes próximos y lejanos en el tiempo y el espacio. La labor es inmensa, y, como hay que empezar comiendo esas manzanas por algún lado, bien está revisar los acuerdos que dieron lugar a la actual Constitución española, a la Ley de Amnistía y atacar los actos de represalia protagonizados por los vencedores de un levantamiento contra el gobierno legítimo, allá por 1936.

Genuino representante los niños de la postguerra civil española, de esos que tuvimos a parte de la familia militando en cada facción de España, que no pasamos hambre pero nunca conocimos lo que era la abundancia, que crecimos entre silencios y miedos, que fuimos educados férreamente en la religión católica pero que acabó pareciéndonos un cuento chino, que llegamos vírgenes a la pubertad, que saludábamos cada mañana, -prietas las filas-, a un cristo de hierro en medio de dos fotografías descoloridas de una pareja formada por un invicto caudillo y un ideólogo de pacotilla,que..., Garzón se ha propuesto poner los puntos sobre las íes a la Historia española reciente, removiendo las tierras de las cunetas, desenterrando huesos y, así, sacar los colores a este país, que tiene irrenunciable vocación de servir de chirigota ante el mundo.

Alto ahí, Garzón no tiene la culpa, tiene toda la razón al acoger la petición de que se investigue donde están los cuerpos de los represaliados después de la Victoria. Lo que es increíble, por lo vergonzoso, es que mantuviéramos a miles de cuerpos al borde de caminos y tapias, ocultos a la memoria por la única razón de haber sido asesinados después de la guerra, en el barullo que armaron los que ganaron. Pero los teníamos.

Es increíble también que, en un país que no honra a sus muertos, que los olvida ya desde la primera generación, escuchemos ahora voces compungidas de sobrino-nietos que dicen que quieren dar sepultura y sosiego, ahora, a sus deudos. Qué ejemplo para esos millones de nietos que no saben dónde están enterrados sus abuelos. Pero estas lágrimas de cocodrilo no impedirán que estemos de acuerdo en que hay que llevar a los muertos a los cementerios. Identificarlos específicamente será otra cosa, porque no estimamos necesario gastar cuartos en lo que luego abandonaremos en los nichos.

Otras cosas es aprovechar para restregarnos todos en la vergüenza de unas páginas que, por fortuna para los vivos, los que las escribieron están ya casi todos muertos. Así que tengamos algo de cuidado, porque podemos dar un paso hacia atrás, gracias al juez más popular de España. La democracia española está prendida con alfileres en la capa toreril de la imnominia por los cuernos de la historia. Sabemos, por haberlo oído decir a nuestros abuelos, que, de pronto, en aquella España subdesarrollada, clasista, injusta, se abrió la veda del vecino, después de varios intentos fallidos de entenderse con argumentos.

Lo habíamos asumido, lo teníamos incorporado a nuestro acervo cultural de lo que nos es propio, como una vergüenza a desechar. Un general con mando en plaza apeló a los principios inquebrantables: Dios, Patria, y Rey, y se los había pasado por el forro de sus intereses particulares y de los de los que le apoyaron. Enfrente, se alinearon los agnósticos, esos que perdieron la guerra. Como no debía ser. Nosotros, los herederos de aquella España, ganamos la guerra por ellos, cientos de siglos más tarde.

Si ya lo sabíamos. Para que no quedasen dudas expresadas, los vencedores persiguieron durante algún tiempo a los que seguían sin creerse que aquello no tenía vuelta de hoja y, si se ponían farrucos, los mataban, para que aprendieran para siempre los que quedaban vivos. Y aprendieron, vaya si aprendieron, aprendimos. Callaron, callamos todos, por decenas de miles de años, muertos de miedo. Un par de manifestaciones delante de los grises, unos pasquines, unos cuantos días en chirona, un par de bofetadas, algún muerto más por puta mala suerte.

Por lo que viene evidenciando, León Garzón es agnóstico, republicano y, además, luce escéptico hacia los  patriotas. Elegido para un destino inmenso, se ha empeñado en utilizar el poder que la Constitución de 1978 le ha conferido, en investigar judicialmente la bajeza de la especie humana, hasta donde pueda llegar, si le da tiempo y le dan más cancha

Tiene imaginación, coraje, mala uva y una descomunal capacidad de trabajo y, con la última que ha armado, se intuye lo que se propone: revisar la Monarquía y su legitimidad. ¿Porque es eso, verdad, lo que pretende?

No conteste nadie. Nada que objetar. No parece peligroso y puede que, además, resulte entretenido.

Sobre las prioridades en política económica

Los comentaristas políticos en España se están centrando estos días de final de octubre de 2008 en lo que parecen dos grandes temas: las elecciones por la presidencia en los Estados Unidos y la crisis económico-financiera que nos ha llegado desde fuera, y a la que se había negado influencia.

Cualquier persona medianamente informada debería saber: a) que las elecciones en Estados Unidos poco afectarán a la política internacional española, mero comparsa en la Unión Europea y falto de una entidad suficiente para que ese coloso orgulloso y autista nos tenga entre sus prioridades, llámese McCain, Obama a Rita the housekeeper. b) que si Estados Unidos sopla y tose, la Unión Europea, coge una pulmonía y a España, por sólida que creamos a nuestra economía, se le encharcan los pulmones.

Podemos incluso entender que hayan pasado a muy segundo plano las cuestiones relativas al cambio climático y la selección de las fuentes energéticas, en la que debiera, sin embargo, estar claro, que para una economía tocada del ala, los dispendios deben ser más cuidados que nunca, y que habrá que ser especialmente cauto, restrictivo, ahorrador en la política energética.

Ya no entendemos que, si creemos vender credibilidad, y solidez del sistema financiero, se diga oficialmente que "solo" se garantizan los depósitos bancarios hasta 100.000 euros. Mejor haberse callado. Y, puestos a gastar dinero público, aumentar -sí, aumentar- las inversiones públicas. Aumentando los controles, si hace falta -que suponemos, a la vista de lo visto, que hace falta- y clarificando, si hay culpables, las responsabilidades delictivas de los que obraron mal.

Porque las cuestiones relativas al entorno del llamado poder judicial, sin embargo, ocupan muchas páginas, que tendrán interés mediático, pero poca enjundia económica. El caso Mari Luz, el plante de los secretarios de Juzgado, la ideología conservadora del Presidente del CGPJ, la apertura de una instrucción que trata de abrir una causa penal contra el otrora invicto Caudillo y sus generales, etc., forman un totum revolutum en el que nos parece que nos jugamos los garbanzos, y no nos jugamos nada colectivo.

Eso sí, escarbaremos en la vergüenza inconcebible de tres años de guerra civil y más de cincuenta años de silencio, cagalera, miedo, represalias, mentiras...y minaremos la credibilidad de ese falso poder autónomo, el judicial, cuyos representantes, además, han sido elegidos por una oposición con unos cuantos temas a memorizar, que consiguieron superar a los treinta años de edad, sin haber salido de su habitación hasta entonces...

Los media dedican, en fin, idéntica atención a la Liga de fútbol, o a las victorias, dificultades y heroicas derrotas de Nadal, Alonso o Crevillé...entre otros ritos deportivos, por lo general, bien remunerados. También les pareceimportante saber si la duquesa de Alba se casará o no y otras actuaciones clave de personajes que se mueven entre la realidad y la ficción de sus recreadores.

A nosotros nos parece llegada la hora de plantearse, de verdad, las prioridades de esta sociedad, de dejar de hacer política -desde el Gobierno y desde la oposición- para la mayoría ignorante, y salir a la palestra para defendar posturas ante los que saben, los que opinan, los que pueden ayudar a encontrar soluciones. El pueblo necesita empleo, salarios dignos, aumentar su productividad, confianza, sanidad pública eficiente, transportes baratos y efectivos, y menos, muchos menos, cuentos chinos.

 

Sobre caxigalinas y retóricas

Cuando los asturianos tenemos que referirnos a lo que no merece mucho la pena. -o queremos rebajarle su importancia- las llamamos "caxigalines" o casigalinas. Son pues, las menudencias, pero no en el sentido de despojos, sino de las cosas que tienen menos valor o cuyo valor no deseamos, por cualquier razón, que magnifique quien las posea.

Las casigalinas aparecen, pues, como las delicadezas de cocina de innovación que nos dejan, por lo general, con hambre, y que algunos pedantuelos de los creatividad llaman ahora por aquí mignardices o miñardices, suponemos que tratando de adaptar la fonética y la grámática de "les mignardises" que los afrancesados de colegio de pago siempre tradujimos en petícomité como mariconadas--

Son casigalinas, también, los regalos que hacen a los invitados a una boda, como recuerdo, o los presentes de cortesía que dan en los quioscos de las ferias, ya sean éstas de innovación como de mueble antigüo, o las compensaciones en especie que suelen entregar a los conferenciantes ajenos las Universidades, Fundaciones de medio pelo y entidades autónomas de la Administración pública. Estas casigalinas se ponen en una estantería del cuarto de estar (si lo hay) hasta que se rompen, y las muyeres las llaman también detallucos.

Las casigalinas ocultan su modesta condición, adornadas con papelines de brillantes colores, cintas, cajitas y, si son de comer, se acompañan de salsas, canutillos de pasta filo, jugos de frambruesas salvajes y sal mandón. Cuando las casigalinas son mentales, es necesario envolverlas en retórica.

Como la humanidad se encuentra en fase de aprendizaje, y esto va para largo, la retórica es utilizada con profusión. Pocos conferenciantes se sustraen a la obsesión de lanzar una batería de casigalinas pretendiendo que el público oyente va a satisfacer su hambre intelectual con ellas.

Por eso, cuando nos encontramos con alguien que ha preparado su lección, eliminando las obviedades de su discurso, y yendo al grano de lo poco o mucho que sabe bien, lo agradecemos tanto. No pretendemos que todos sean Demóstenes, ero, al menos, lo que cabe pedir a quien nos somete a un tercer grado de casigalinas, es que escoja las que sean divertidas, y si no, que no se moleste si echamos un pigacín mientras nos cuece la orella.

(Por cierto, echar un pigacín no tiene nada que ver con la gimnasia sexual, como suelen malinterpretar los intuitivos del bable, sino que es. simplemente,  dormitar)

Sobre la relación entre Kyoto y Lehman Brothers

Podíamos haber titulado este Comentario como "Sobre la relación entre cambio climático y crisis económica", pero nos pareció demasiado largo. Así que hemos puesto en conexión a uno de los culpables de la revolución financiera que hoy soporta el mundo, -la más importante después de la francesa- con el nombre de la ciudad en donde se firmó el primer proyecto para contención del calentamiento global -el más conocido después del provocado por Enmanuelle, la  joya erótica que aumentó los ingresos por turismo en Perpignan-.

Los sabios que manejan bien todas las simulaciones y triquiñuelas que permiten decir algo con cifras, aunque sea trivial, sobre lo que va a pasar en el futuro, nos habían convencido de que la temperatura de la Tierra estaba subiendo y de que los humanos teníamos algo que ver, por nuestro afán de quemarlo todo, hasta las ilusiones.

Otros sabios (o los mismos, qué más da), nos habían convencido de que el mercado era el medio más eficiente para el reparto de los recursos y que la libre economía de mercado era la base para el desarrollo. Se repartieron algunos Premios Nobel con este paradigma, pero, sobre todo, se enriquecieron muchos poco escrupulosos, utilizando la confianza que transmitía ese aserto a los infelices.

No es cosa de ponernos a discutir ahora si las previsiones de ambos son acertadas, porque el argumento central que adivinamos aportarán en su defensa es que, como las simulaciones apuntan a los largos períodos, las variaciones locales no afectan a la tendencia. Es decir, no importa que llueva a cántaros o nos congelemos de frío, la temperatura sube, porque no hay que confundir tiempo atmosférico y clima. Análogamente, los desajustes ocasionales del mercado -ya sean generadores de paro, miserias, quiebras, fraudes, ruinas- no nos han de impedir creer que nuestro bienestar sigue aumentando de forma sostenida.

Lo que nos resulta ahora curioso es que algunos de los dirigentes mundiales, amparados en la situación de crisis que ha obligado a las administraciones públicas a inyectar a sus sistemas financieros entre el 10 y el 15% de sus pibs, argumenten al paso de este huracán financiero que las medidas para cumplir con el Tratado de Kyoto no podrán cumplirse, ya que los dineros se irán a tapar los agujeros, por lo que el calentamiento global tendrá que esperar, como si fuera una pedigüeña que repiquetea en la puerta.

Como es sabido, las medidas para evitar la predicta catástrofe globlal suponían un 1-2% de los pibs y su oportunidad se apoyaba en el contundente argumento de que, si no hacíamos algo inmediato y efectivo la Humanidad cedería en un par de generaciones el sitio a las bacterias. Por eso, asombra la escasa asimilación que tienen algunos altos mandatarios de sus propios discursos.

Pueden algunos pensar que, si somos más pobres, contaminaremos menos, porque nos veremos obligados a disminuir la producción. No hay tal. Si las barreras de control se bajan, la contaminación ha de subir, porque retornaremos a métodos menos eficientes, tecnológicamente más burdos por ser menos costosos.

Porque nosotros no encontramos la relación directa entre el mundo de los Lehman Brothers y Kyoto. Nos hemos creído lo del calentamento global a pies juntillas, y nos creemos igualmente que hay que controlar con mano de hierro los desmanes del capitalismo avaricioso.

Son dos espacios separados, cuyo único posible punto de coincidencia es que ambos se pasean cogidos de la mano entre  los restos de nuestra incapacidad para poner orden con los que sacan demasiado provecho propio de los que nos pertenece a todos.

 

Sobre la excelencia empresarial y los referentes del progreso

El 16 de octubre de 2008,  un grupo de empresarios, convocados por la iniciativa de Ramón Pujades, se reunió en el Salón de Actos de la Asociación de Prensa de Madrid para escuchar algunos mensajes sobre la excelencia empresarial. No es una iniciativa nueva, sino la persistencia en una fórmula que lleva repitiéndose, tanto en Madrid como en Barcelona, desde hace ya 22 años, lo que prueba la solidez y el interés de la misma.

La reunión, bajo el epígrafe de "Reunión de referentes del Progreso" -título de apariencia pomposa que mueve a una cierta prevención sobre los contenidos que se irán a escuchar- sirvió de punto de encuentro de unos sesenta empresarios, algunos curtidos en muchas lides. Cerró el acto el subdirector de calidad del Ministerio de Industria, Antonio Muñoz.

La crisis generalizada ha puesto, desde luego, un énfasis diferente a  las opiniones, vertidas por los ponentes acerca de lo que hay que hacer para ser bueno empresarialmente hablando. Gravitaba en el ambiente, la sensación de que no eran tiempos para hablar de la excelencia, sino más bien para tocar a rebato o lanzar el sálvese quien pueda.

Pero, analizando la solidez de las ponencias, se comprende bien que las buenas intenciones y los conceptos claros tienen fuerza para salir a flote a pesar, o justamente por causa de, la crisis.

Al fin y al cabo, nos movemos dentro de la validez del segundo principio de la termodinámica que, no nos olvidemos, enuncia taxativamente que los pesimistas siempre acabarán teniendo la razón global. Lo que no impide que, en ese contexto de entropía -desorden- creciente, haya elementos activos que pongan orden en su entorno próximo, y lo rentabilicen para sí y los suyos.

Conceptos como la motivación del equipo, la percepción continua y dinámica de lo que necesita el mercado, la cooperación entre empresas que en otros campos pudieran ser competencia para sacar adelante un producto, o la colaboración con la Universidad, son ideas que todos hemos visto reiteradamente reflejadas en los documentos con los que los teóricos del management hacen su apostolado.

La ilusión con la que los ponentes expresaron esas y otras ideas, adaptadas a sus empresas y a sus campos de trabajo, puso el acento sobre lo personal y lo específico. Enriqueció el mensaje, haciéndolo próximo. Una de las preguntas que se formularon en el coloquio, relativas a la adaptabilidad de las empresas excelentes respecto a la crisis, permitió desvelar algunas claves en las que se ancla la capacidad de resistencia de las empresas más dinámicas:

a) Se confía en que la Administración pública, principal cliente para casi todas ellas, mantenga sus planes de inversión y contratación

b) Se han modificado los presupuestos, reduciendo los costes y revisando los márgenes para hacer el producto más competitivo en precios

c) Se dirige el énfasis hacia la tranquilidad, motivación y generación de nuevas sinergias entre el personal

d) Se espera que la crisis no dure mucho y, en todo caso, se hace referencia continua al carácter cíclico de estos fenómenos del sistema.

e) Se confía en el mercado y en la capacidad de resistencia de las empresas excelentes

f) La vocación empresarial no se dirige hacia la obtención de beneficios como objetivo prioritario, sino a la oferta de productos necesarios y de calidad.

 

Pues, pertrechados con impermeable y paraguas, solo queda esperar a que escampe.

Sobre el aumento de la productividad

Todos hablan de la crisis y nadie -o muy pocos- hablan de la productividad. Los sindicatos defienden el mantenimiento del empleo o la mínima reducción de puestos de trabajo, pero no hablan de mejorar la productividad. Los empresarios hablan de caída de beneficios y necesidad de créditos financieros, aunque no ponen el dedo sobre la necesidad de incrementar la productividad.

Los políticos dan cifras de población activa, prometen mejorar la asistencia social a los necesitados y acuerdan proteger a las entidades financieras para que no entren en insolvencia -que acabarán entrando, y arrastrando a los gobiernos- pero no hablan de la imperiosa condición de aumentar la productividad de todos.

¿Cómo se aumenta la productividad?. Más fácil, imposible. Incorporando al mundo del trabajo a todos los que estén en edad y condiciones de trabajar y consiguiendo que todos los que trabajen ofrezcan su mejor rendimiento, situándolos en los lugares adecuados y motivándolos para que sean más eficaces.

No hay más que estar atento a lo que nos rodea para constatar que nuestra sociedad -la española- tiene una productividad muy baja, bajísima. Centenares de miles de personas reciben el subsidio de paro, porque la sociedad no les encuentra sitio; otros centenares de miles personas, están a la expectativa de encontrar un trabajo, sin apoyo público y manteniéndose con el auxilio de familiares, contención y amigos.

Centenares de miles de personas, con plena capacidad física y hay que suponer intelectual, vegetan y deambulan por las calles y plazas, tomando el sol o el aire, jugando a las cartas o charlando de materias sin trascendencia, porque han llegado a la edad de la prejubilación, de la jubilación o, simplemente, no tienen nada mejor que hacer. Centenares de miles de personas están infrautilizadas en sus empresas, o hacen como que trabajan, o son incapaces de hacer bien su trabajo porque nadie las orienta, las anima, las corrige o ...las despide. Centenares de miles de personas....

Han dado el premio nobel de Economía a un antistema, un heterodoxo: Paul Krugman. Defiende que una persona trabajando, aunque sea con un salario ínfimo, es preferible a una persona en paro cobrando el desempleo o deambulando por las calles sin hacer nada.

Suponemos que se refiere a que es mejor para la economía global, pero añadimos, sin miedo, que es también mejor para el individuo, sin indicar con ello que, por supuesto, su salario mínimo o sus necesidades básicas sean completados, dado el caso, por ayudas públicas.

¿Hace falta que las obviedades sean atribuídas a un premio Nobel para que sean más verdad?

Sobre el tamaño de la confianza en Barak Husein Obama

Ya próximos al 4 de noviembre de 2008, en el que se dilucidará quién habrá de ser el Presidente de los Estados Unidos durante los próximos 4 años, las encuestas presentan una ventaja a favor del candidato Obama. Más joven, más creíble, más simpático, más negro, más inexperto, mejor comunicador, más imprevisble, menos comprometido y menos dogmático que el candidato McCain.

Obama representa el cambio y McCain la continuidad. El republicano encardina lo previsible (más de lo mismo) y el demócrata la frescura de nuevos aires (menos de lo mismo, para introducir nuevos ingredientes).

 La campaña electoral, seguida con interés, incluso con pasión, en el resto del mundo occidental, está siendo decepcionante. Ambos candidatos han demostrado un desconocimiento del mundo de la economía y las finanzas, de la política internacional más propio de malos alumnos de primero de la Facultad que de quienes están llamados -uno de los dos- a dirigir el mundo.

No nos parece que ninguno de los dos despierte emoción en el elelctorado indeciso. Más bien creemos que el beneficio que recogen las encuestas a favor de Obama es el del castigo al otro candidato, en una situación de grave crisis, porque se le considera más responsable de la misma que quien, no teniendo soluciones para salir de ella, pertenece al partido de la oposición y no del gobierno.

Puede que Obama gane las elecciones -será Presidente si los electores no reciben nuevos inputs que afecten a su credibilidad o la economía mejore clara y milagrosamente en este corto período hasta las votaciones-.

Pero el túnel sigue siendo muy oscuro y el cambio de maquinista, precisado por su campaña en aumentar la escasa protección social del Estado norteamericano y necesitado por la coyuntura económica de aumentar el control sobre el mercado, lo hace más largo.

Por eso, sería de agradecer que, además de vender ilusión, empuje, confianza en el sueño americano y su iposición de liderazgo mundial, los candidatos rebajaran sus niveles de fantasía y pusieran realismo, contención, críticas al descontrolado sueño americano, y expresaran su  intención de colaborar estrechamente, y con compromiso firme, por hacer este mundo solidario, pacífico, honesto.

En el caso de Barak Husein Obama, la propuesta del cambio, clarificar estas cuestiones antes de las elecciones, le aliviaría de las dificultades de tener que adaptar sus actuaciones como futuro Presidente con el peso excesivo de una confianza desmesurada en que tiene la solución, cuando lo que tiene son las ganas.

 

Sobre los que se pasan el día miagando

Todo el mundo sabe que "el que no llora, no mama". Pero es que hay quienes "se pasan todo el día miagando".

Miagar es un sinónimo de maullar, más utilizado por el norte de las Españas, aunque autorizado genuino español o castellano por las Reales Academias de las Españas más amplias. (Nota culta: esas Españas se identifican por aquellas que celebran o celebraron, en algún momento de su historia, como día de la Hispanidad, de la Raza, de la Guardia Civil, de la Virgen del Pilar o de la Patria, el 12 de octubre).

Los gatos medianamente domesticados -ya se sabe que un gato nunca doblega del todo su independencia- miagan frecuentemente, aunque lo que buscan no es cariño, sino algo más pragmático: comida. Los seres humanos que, imitando la persistencia de estos pequeños felinos, se pasan el día pidiendo cosas, miagando, son quienes más consiguen.

El que no miaga, no recibe. Por eso, responsables autonómicos, empleados, asalariados, parceros, rentistas, en fin, todos aquellos que tienen por encima a alguien que pueda dar, tened en cuenta este consejo: Hay que miagar. No es lo mismo que llorar, es repetir una y otra vez, en tono humilde y zalamero, lo que se desea. El que no miaga, no mama. Y, además de ser más fácil que llorar, ni siquiera hay que tener hambre.

Sobre los chisgarabises

Siempre hubo chisgarabises, pero ahora hay más que nunca. Se encuentran por todas partes, ocupando lugares en donde antes se les cazaba a la primera de cambio. Protegidos por su capacidad para escabullirse, se esconden en la profundidad de la selva, después de haber cantado donde nadie les llamaba.

El chisgarabís típico tiene el cerebro pequeño, la boca larga y las manos pegadas a la nuca. Es un bicho inquieto, moviéndose sin que quien lo esté observando pueda adivinar por qué.

Al ser especie que ha tenido múltiples cruces, es difícil encontrarlo en estado puro. Algunos tienen ahora la mano junto al bolsillo, pero la afición principal del chisgarabís no es el dinero, sino joder la marrana, picoteando de aquí para allá, amagando sin dar, u opinando sin el menor fundamento.

Hay chisgarabises que, con un falso pedigrí, calientan plaza de congresista o diputado. Los hay sentados en consejos de administración, tomando la sopa boba, que es su alimento preferido. Otros chisgarabises se han colado en Academias y Asociaciones prestigiosas, adornándose con plumas de otros, y se acicalan con laureles y diplomas difíciles de conseguir  que, aunque falsos, les ayudan a trepar hasta ramas de sólido porte, a las que se agarran con lal lengua.

Los chisgarabises tienen una capacidad especial para imitar el lenguaje de otras especies de animales de la jungla y mezclarse con ellas. Rara vez se aparean y, cuando lo hacen, producen híbridos estériles, pero gozan comiendo de los excrementos de otros y lamiendo el culo a los machos y hembras dominantes. Aunque nunca ponen sus güebos en ninguna parte -al menos, que se conozca-, es conocida su propensión  a dejar los de otros al descubierto.

Los chisgarabises deberían estar ya hace tiempo en fase de extinción, pero, sorprendentemente, gozan de protección oficial.

Como parecen dóciles, algunos los tienen incluso por animales de compañía, riendo sus gracias a mandíbula batiente. Despreciados en casi todas partes como animal inmundo, son, sin embargo, muy queridos por ciertas víboras disfrazadas de periodistas del cotilleo,  a las que ellos convierten en zombis que, una vez que la prueban, ya no son capaces de alimentarse sino de carnaza humana. A estas especies, si se dispone de material adecuado, y siempre con el cuidado de lavarse después cuidadosamente, se las puede ver juntas, por la noche, chapoteando entre la mierda. 

En fin, los chisgarabises, zascandiles y chiquilicuatros podrían ser mantenidos a raya, lejos de las áreas civilizadas, a las que, en realidad, solo acuden para tocar las narices. Sería muy fácil ahuyentarlos antes de que empiecen a calentarnos la cabeza prometiendo lo que no pueden cumplir, especulando sobre lo que no saben y buscando donde meter el dedo, siempre buscando el ojo de nuestros ejemplares más valiosos.

Bastaría con hacerles pedorreta, mandándolos con sus cantinelas al carajo.

Sobre el coñazo de los desfiles

A Mariano Rajoy no le gustan los desfiles. Le parecen un coñazo.

Esta inocente confesión, sorprendida por una tecnología de gran valor periodístico, consistente en "abrir los micrófonos" de los conferenciantes de un acto antes de lo que  ellos creen, o aumentar su potenciar receptora de sonidos para captar sus susurros, ha levantado escándalo general.

Pues bien: a nosotros, como a casi todos los que hicimos la mili, los desfiles siempre nos parecieron un coñazo. Repetir una y otra vez el avance en formación, los giros, las medias vueltas, las variaciones izquierda y derecha, hasta la saciedad, cuidando de que las alineaciones se conservaran, era una paliza a la que, pocos de los que estábamos dentro del espectáculo, encontraban sentido.

Ah, pero llegaba el día del magno desfile final, el Gran Acto, con nuestros padres, hermanos y hermanas, novias, admiradoras y simpatizantes, venid@s  desde lejos para ver nuestras evoluciones, y captábamos la otra cara de la moneda. La del que es espectador y no actor en el desfile.

El arrebato del pundonor nos embriagaba, entonces. Los rostros se tornaban altos, los pechos henchidos, los pasos firmes, el giro matemático... Conseguíamos así, formando bloque, el mensaje individual bajo la forma de una arrebatada aprobación o un beso ilusionado: "¡Qué emoción, qué bien habéis estado!". Y entendíamos por eso, algo más de los desfiles.

Lo mejor, era que nos daban unos días de permiso o, si se habían acabado el período de penitencia, nos pasaban a la reserva activa, licenciados.

Participar en los desfiles -sean del Ejército de Salvación Nacional como de las Devotas de la Virgen Santísima del Rosario-, es un coñazo. Da igual que sea en el Día del Pilar que el Viernes Santo. Pero, verlos, es diferente. Es muy vistoso. Por eso, lo único que no se entiende bien es que a Rajoy le parezca un coñazo ver los desfiles de los Ejércitos. Esa afirmación es más propia de un soldado que de un futuro Jefe de los ejércitos...

Pero, en fin, el mal está ya hecho. Por cierto, siempre será mejor que el Ejército se muestre en un desfile que luchando en cualquier guerra incivil, para lo que, por otra parte, y por lo oído, leído y presentido, nos tememos que nuestra gloriosa Patria -concepto cada vez más confuso- está, para complacencia de los pacifistas, aunque para riesgo de ser blanco de afanes imperialistas y/o fanáticos, cada vez menos preparada... 

Sobre las crisis, pero ¿qué crisis?

Todo el mundo habla de la crisis económico financiera mundial. Los gobiernos tratan de detener el descalabro de la credibilidad anunciando inyecciones de liquidez al sistema, comprando empresas en bancarrota, activos corruptos y prometiendo garantías de Estado para los depósitos bancarios.

Pero la credibilidad en el mecanismo de mercado que nos ha llevado hasta aquí, sigue cayendo. Cae por encima de lo técnico, de lo razonable. Por supuesto, mucho más allá de lo deseable. Cae a plomo, pasando por alto, como un huracán, sobre las medidas expresadas por los políticos que, hasta hace muy poco, vendían estabilidad, futuro esperanzador, éxitos. Por eso mismo, digan lo que digan, su poder de convicción se encuentra socavado, perdido. No les creen, no les podemos creer.

La crisis no es económica. Es de credibilidad de los que gobiernan, de los que debían gobernar la situación y sus mentores. Y la Historia está cuajada de momentos en que esa falta de fe en lo que había significado el paradigma hasta entonces, se resolvía con revoluciones, guerras, o derrocamientos, cuando no con suicidios o asesinatos.

Estamos ante un cambio de paradigma, sin duda. Es la ocasión para discutir sobre nuevos programas, medidas, actitudes. Para ello, hacen falta nuevos líderes. ¿O seguiremos dando un voto de confianza a los esquemas que nos han explotado entre las manos?

El pueblo norteamericano tiene el 5 de noviembre de 2008, la mirada del mundo puesta sobre él. No todos pensamos lo mismo, claro está. Pero hay veces en que tener mucha experiencia en algo no sirve para nada, cuando el camino a recorrer es completamente nuevo. Si, además, no necesitamos líderes mesiánicos, sino capacidad para escuchar y aunar esfuerzos, preocupándose mucho menos de los ricos y mucho más de los que esperan oportunidades, la luz se hace más clara.

Wellcome, shrewdness. Bienvenida, perspicacia

Sobre el valor del Canal de Isabel Segunda y las empresas de servicios públicos

El Canal de Y-II (Isabel Segunda) es una empresa pública propiedad de la Comunidad de Madrid, que suministra agua a la capital de España y a más de un centenar de municipios de la región. También gestiona, desde 2005, las siete grandes depuradoras de aguas residuales de Madrid y un centenar de otras más pequeñas.

La información oficial de la compañía es, desde hace unos meses, más oscura que nunca. Se ha borrado de la web información sobre las Memoria anuales, pero se puede estimar que en 2008 ingresará del orden de 700 millones de euros al año y habrá obtenido un beneficio cercano a los 80 millones.

Desde el punto de vista técnico, el Canal es una empresa modelo, con prestigio consolidado. Muchos de los que más saben de agua en España han tenido relación con ella. Roque Gistau, por ejemplo, el brillante Comisario de la Expo del Agua que se clausuró en Zaragoza el 15 de septiembre de 2008, fue ingeniero en el Canal y llegó a ser su presidente, antes de aceptar el señuelo de la empresa privada (la poderosa franco-española Aguas de Barcelona).

El anuncio de la presidenta regional Esperanza Aguirre de su intención de privatizar parcialmente el Canal -sacando a Bolsa el 49% de sus acciones- ha despertado nuevamente especulaciones respecto a su valor en el mercado. Por eso, nos parece oportuno rescatar algunas ideas respecto a lo que valen -o pueden llegar a valer- las empresas públicas de servicios.

Se dice que el Canal podría valer en el mercado entre 2.500 y 3.500 millones de euros. Parece una estimación desmesurada.

Considerando que tuviera unos 1.800 millones de los mal llamados -como veremos- fondos propios, y añadiendo la actualización, al 5-6% de interés anual, de los beneficios estimados durante 10 o 15 años, -supuesto que se mantuvieran al nivel actual-, se podría añadir a la primera cifra entre 700 y hasta 1.700 millones, según el optimismo de las proyecciones para calcular el valor actualizado neto (van) de los márgenes futuros.

Pero se hace imprescindible poner orden. Una empresa regida por precios públicos, que está prestando un servicio básico a la población, como es el de dotarles de agua y depuración de sus aguas residuales, con normativa de cumplimiento cada vez más exigente, no debería obtener beneficio alguno.

Debería, en principio,  tratar de equilibrar sus gastos con los ingresos, repercutiéndo los excedentes en mejorar el servicio a sus ciudadanos-clientes.

Pero, ya que se ha decidido que funcione como empresa, y en la ficción de un mercado cautivo, no es descabellado que exista un pequeño excedente (un 3-5%) que permita actuar de colchón para eventuales distorsiones de los ingresos o los gastos (impagados, imprevistos, nuevas legislaciones, etc). La línea del Canal de más de un 10% de beneficio anual  es, rechazable, desde este punto de vista, porque, además, hay que pensar que con cada ejercicio, al no distribuirse dividendos, se deberían de compensar cada año los beneficios de años anteriores.

El Canal no tiene, en el sentido de sus ingresos, los riesgos normales de una empresa. Como una proveedora de servicios básicos regida por precio público, controla y dirige sus propios ingresos, definiendo por sí misma, con la aprobación final de la Comunidad, los precios que obligará a pagar a sus clientes por los servicios que presta.

¿Para qué quiere, pues, los fondos propios?. Pues para algo sustancial.Los activos en tuberías, sifones, registros, potabilizadoras, presas o sistemas de aducción de agua en alta, etc son inajenables, pero se deterioran. Al cabo de diez, quince, venticinco o cincuenta años deben ser sustituídos completamente, y, entre tanto, exigen mantenimiento y reparaciones regulares.

Son inajenables, porque pertenecen a la propia esencia del servicio que prestan, y no se pueden trasladar ni sirven para ningún otro lugar. Se puede decir que los activos de una empresa de aguas no tienen precio alguno en el mercado libre, y solo lo tienen para la población a la que prestan el servicio. Y para ella, valen tanto como lo que costaría su sustitución por otros equivalentes.

Por eso tienen un fondo de reserva, que no un fondo de comercio. Ese fondo de sustitución o reversión a los activos deteriorables, permitirá a las sociedades de agua adquirir e instalar otros de iguales o mejores características, cuando deban cambiarse finalmente.

Digámoslo, en fin. El Canal de Isabel II tiene un gran valor, pero no un valor de mercado. Si, contraviniendo la lógica del servicio público de agua, alguien comprara un 49% habiéndola valorado en conjunto en 3.000 millones de euros, y abonando por esa participación, por tanto, 1.470 millones de euros, como no hay que suponer que quiera hacer a Madrid un regalo, esperárá obtener una rentabilidad de, al menos, un 5% neto sobre esa inversión.

No hace falta ser un experto en matemáticas financieras para deducir que la única vía posible para lograr esa rentabilidad de los inversores, en una empresa bien gestionada como lo está el Canal, y con las limitaciones evidentes para aumentar el número de clientes -lo de Cáceres ha sido una excepción, cuestionada jurídicamente- y viniendo forzada a animar a sus usuarios a que reduzcan el consumo, es subirles el precio del agua.

La manera de calcular el aumento de precio no es otra que calcular la cantidad anual necesaria para devolver el dinero prestado por los inversionistas, con sus intereses, y dividirla por el número de m3 de agua facturados a los ciudadanos. Los garantes del préstamo tienen una cualificación inmejorable: son todos los madrileños, que siempre han pagado, sin rechistar, sin saber siquiera lo que vale, su factura del agua (unos 150 euros de media al año por cabeza, si no hemos calculado mal)

 

 

 

Sobre el paisaje

El Club Español de Medio Ambiente y el Comité de Ingeniería y Desarrollo Sostenible del Instituto de Ingeniería de España han presentado el pasado 8 de octubre de 2008, a la caída de la tarde -desde las 18 horas- varias ponencias sobre "La conservación del Paisaje".

Los conferenciantes eran todos de gran nivel: José María Blanc, Teresa Villarino, Antonio López Lillo y Leandro Fernández Sainz. El tema, de un atractivo indudable. El marco, un magnífico salón de actos en el centro de Madrid (General Arrando 38), inmejorable. La asistencia, escasa.

Las disertaciones se pueden encontrar en la página web de ambas instituciones, por lo que no se puede pretender aquí hacer su resumen ni su glosa, porque se trató de opiniones personales de especialistas en los respectivos campos.

López Lillo se refirió a la protección que el Paisaje natural recibe en la legislación española. Leandro Fernández se detuvo en las repercusiones del tráfico áreo sobre la producción de gases con efecto invernadero. Teresa Villarino puso unas notas emocionales y técnicas sobre la realidad del deterioro paisajístico que estamos sufriendo. Jose María Blanc se centró en su propia experiencia como defensor casi con carácter de free-lance del paisaje y la fauna amenazados.

El paisaje está sufriendo mucho en estos tiempos, y, como sucede con todos quienes están siendo sometidos a presión, aparentemente goza de mayor protección que nunca. Paradojas. Sucede que hemos tergiversado nuestros valores de la belleza, de lo placentero, desde una posición general, asumida por la mayoría sin problemas, a una actuación terrorista que ha llevado al subjetivismo la escala de valoración.

Y no es así, claro que no puede ser así. Todos tenemos, como uno de los valores centrales de nuestra esencia, impreso en el yo de nuestra razón práctica lo que es lo ético, lo bello, lo bueno. Lo escribió ya Kant, lo dijeron los mejores y más claros de nuestros filósofos, desde Espinoza a Hegel. Pero hemos dejado hablar a los iconoclastas que, afirmando que cada uno puede decidir como le peta lo que es bello o ético, desde su prisma particular deformado con las capas de la avaricia, la lujuria o el desprecio.

Han abierto así el camino -una brecha, en verdad- hacia la destrucción de la belleza común en beneficio de los disfrutes individuales de los más osados, los menos éticos, los más despreciables.

No hay que salir al campo, ni siquiera, para darse cuenta de lo que está pasando. En las ciudades, a pesar de los muchos planes urbanísticos, de las excesivas normas constructivas, de los indescifrables planes de ordenación del territorio, se ha destruído homogeneidad, disfrute colectivo, estética elemental, que eran un legado de nuestra historia: casas sin respeto a la alineación, rehabilitaciones que dan pena, monumentos cercados por aberraciones urbanísticas que los ahogan, exaltación de ruinas sin valor, tolerancia de solares abyectos madurando su especulación, coches inundando aceras y arrasando espacios de paseo, árboles ahogados por alcorques o sufriendo agresión continuada en parquecillos donde los ha colocado el politiqueo ...

Pero si salimos de ese paisaje urbano para encontrarnos con el Paisaje Mayor, en donde deberíamos reunirnos con la madre naturaleza, la mano infiel del hombre ha consumado, especialmente en estas últimas décanas, con la utilización masiva de los tres pecados capitales - el cemento, la corrupción y el beneficio inmediato-, la apropiación de un bien común por los más desalmados.

Somos seguramente muchos los que sufrimos junto al paisaje, por el paisaje y por nosotros mismos. Aunque la escasa asistencia de ayer llevaría a la falsa imagen de que la defensa del paisaje es cosa de conciliábulo.

 

Sobre las tramas de corrupción urbanística y sus efectos

El 7 de octubre de 2008 la Guardia civil detuvo al ex-arquitecto de San José de Eivissa, Antonio Huerta, por su presunta participación en una trama de corrupción urbanística que realizó calificaciones irregulares de terrenos en la zona marítimo-demanial de ese municipio, durante los años 1998 a 2007, según había denunciado el grupo ecologista GEN.

Para cuantos amamos el paisaje y habíamos disfrutado de la belleza de Ibiza, contemplando incluso desde un privilegiado apartamento las magníficas puestas de sol de las Pitiusas, es una buena noticia que se investigue qué estuvo pasando con los permisos de construcción. En muchos casos, ay, un buen día una constructora plantó un edificio de cinco pisos delante de nuestras narices, sobre las rocas o comiendo metros de playa, y la ilusión se esfumó.

Los efectos de la corrupción urbanística son muy variados. El más letal, desde luego, la destrucción del paisaje. Pero existen otros, entre los que se cuenta la pérdida de valor turístico de la belleza sometida a expolio. Cuánto atractivo se ha sacrificado a la especulación, con la connivencia de alcaldes y arquitectos municipales (entre otros, y sin presuponer lo que no esté juzgado aún). Para siempre.

Y, ¿para qué?. Para beneficio de unos pocos, y el perjuicio de todos, incluídos quienes, con la mejor voluntad y buena fe, habían adquirido con sus ahorros de años y pagando su buen precio un pequeño apartamento en una supuesta primera o segunda línea de edificación desde la que se contemplaba un cachito de mar.

Hasta que llegó un poderoso "constructor" y, con nocturnidad, le colocó un mastodonte delante de su refugio, pasándose la Ley y el respeto al paisaje por el forro del bolsillo de los que, teóricamente, están llamados a ser sus protectores. ¿Final de esa historia?. Colocar el cartel de "Se mal-vende" y retirarse a llorar en uan de esas esquinas en donde acaban las ilusiones perdidas.

Sobre dinero, rentabilidad, responsabilidad social y refugio

La caída persistente de las Bolsas está reflejando, desde luego, la desconfianza de los que tienen dinero en la economía y en su recuperación a corto plazo. Las previsiones optimistas sobre beneficios de los grupos empresariales se han tornado en convicciones de que la coyuntura es pésima, y que hay que rebajar las cifras de ingresos, olvidarse de los beneficios, apechugar con los créditos y reducir gastos.

¿Quienes están mejor adaptados para resistir las crisis? ¿Las grandes empresas, en donde diplomados ejecutivos de verbo fácil han presentado un panorama rosa a sus accionistas, siendo generosamente recompensados por sus valientes actuaciones con salarios desmesurados y participaciones en beneficios prematuros? ¿Los llamados pequeños empresarios, pertrechados con dedicación, ilusión y capacidad de resistencia, para sacar adelante su proyecto? ¿Los autonómos, acostumbrados a no mirar el reloj (ni el bolsillo)?

El dinero es cobarde, ya se ha dicho muchas veces, y huye cuando ve peligro de que lo devoren. Tardará en volver a las Bolsas y a los proyectos que impliquen algo de riesgo, y se refugiará -como siempre ha hecho, cuando vienen mal dadas- en la compra de terrenos e inmuebles a quienes se ven obligados a desprenderse de ellos por necesidad, en la adquisición de joyas y objetos de arte de valor seguro, en la oscuridad del calcetín y la caja fuerte... Dejará de ser productivo socialmente, y se convertirá en un topo de la coyuntura, amargándola.

Caiga sobre quienes hagan así, el castigo de los dioses. La Biblia, libro sabio que recoge -junto a coyunturales consejos que han pasado a mejor vida sepultados por la historia o por la inopia-  las enseñanzas seculares de un pueblo apegado al dinero, dogmatiza: "Si prestas dinero a alguno (...), vecino tuyo, no serás usurero con él, exigiéndole intereses". (Exodo, 22,24).

Y en cuanto al destino que hay que dar a los talentos, hasta los más infieles saben que una parábola de fuste ordena que no se ponga bajo el celemín, sino que es obligado darles rotación, para que generen riqueza y sirvan de alivio a la pobreza de los otros.