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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre la Reforma del Código penal y la gradación de las penas

El Gobierno español ha presentado para su aprobación a las Cortes generales una propuesta de modificación del Código penal que incorpora algunos nuevos delitos y aumenta las penas previstas para otros. El fundamento básico para la introducción de esas nuevas medidas punitivas es la alarma social que causan esos comportamientos.

El concepto de alarma social es un elemento controvertido, cuya componente más significativa es su carácter variable en el tiempo y en el espacio. En algunos países, la poligamia está admitida e incluso aconsejada, en tanto que en España -por ejemplo- es un delito castigado  con prisión de seis meses a un año (art. 217). La extorsión, que resultaba práctica habitual hace un par de siglos, es duramente reprimida en nuestro ordenamiento con prisión de uno a cinco años (art. 243, referido al que "con ánimo de licro, obligare a otro, con violencia o intimidación, a realizar u omitir un acto o negocio jurídico en perjuicio de su patrimonio o del de un tercero").

No podemos deternos en un comentario de este tipo en enumerar la amplísima casuística de modificación de penas a lo largo de los tiempos. Uno de los supuestos más comentados en su momento, fue, por afectar potencialmente a todos los no abstemios conductores, es la negativa a realizar la prueba de alcoholemia (art. 380 del Código de 1995) al ser requerido por agente de autoridad, castigada  como delito de desobediencia (art. 556) con prisión de seis meses a un año.

Pocos de los estudiantes de derecho se han sustraído a la curiosidad de ordenar los diferentes tipos penales en relación con las penas previstas, tratando de encontrar una concatenación, una lógica, entre ellos. Son muchos los casos en los que no parece haber tal, por lo que habrá que recurrir a la interpretación de la alarma social por el equipo legislador.

Sobre las envidias y otras ensaladas poco higiénicas

Ningún originalidad habrá en denunciar que la envidia preside, desde su pedestal ignominioso, la mayoría de los actos de ciertos prójimos. Los nuestros, por definición, quedan salvados, pues nos limitamos a defendernos de esos envidiosos.

Ese ser abyecto que es el envidioso tiene un perfil bien definido, y, por eso, es fácilmente detectable. Sin embargo, no estamos por ello libres de su veneno, pues el envidioso actúa siempre a nuestras espaldas y únicamente podemos intuir sus maniobras, ya que, prácticamente, jamás descubriremos que ha echado su mierda sobre nosotros, que la llevaremos a la espalda como un monigote de los santos inocentes.

Los envidiosos hacen su ensalada ideal con los arribistas, los timoratos, los ineptos. Un perfecto envidioso no carece de algunas virtudes, y su perspicacia le lleva a conocer lo que otros tienen en demasía, para procurar zaherirlos donde más les puede doler. El envidioso no busca a los que habrá de maltratar con sus artes, sino que se los encuentra en un lugar que cree suyo, o le vienen desde fuera cuando él se creía dominante del medio.

Pobres de los que caigan en el caldo de cultivo en donde impera el envidioso. Aderezados con los condimentos dichos más arriba, la única forma de librarse de esa ensalada tan poco higiénica que forman junto a los incompetentes y aduladores, la única forma de escaparse a su influencia es dejándoles el campo libre, mudándose de terreno, y, si se puede, como aconsejaba Pons en una historieta memorable, tirando todo el mejunge por la ventana, como haríamos con una tartaleta invadida por gusanos.

Sobre la sostenibilidad del carbón y su relación con la captación de CO2

En la película de buenos y malos de las fuentes energéticas, el carbón -hullas y lignitos- representa, para el ciudadano medio español, el papel de malo genuino. En el subconsciente colectivo se mezclan las visiones de las huelgas y tensiones provocadas por los mineros del carbón, allá en tiempos en los que el SOMA tenía fuerza movilizadora, con la idea de que quemar carbón es contaminante y poco rentable.

Así que el carbón está condenado de antemano. Error gravísimo en el panorama energético, pues no solamente constituye, por la cantidad de sus reservas, su coste muy estable, y la seguridad de suministro, un elemento imprescindible del miz energético, sino que las tecnologías para quemar carbón y para captar los gases de su combustión han avanzado de forma impresionante.

Y quedan muchos retos aún. En el Seminario sobre la Necesidad de una estrategia energética sostenible, convocado por la Asociación de ex-Diputados y ex-Senadores de las Cortes Generales los días 13 y 14 de noviembre (en colaboración con el Consejo Superior de Ingenieros de Minas), el carbón tuvo su sitio en el debate, de la mano del ponente Juan Carlos Ballesteros, subdirector de investigación de Endesa Generación. Habló, entre otras cosas, de la captación yl almacenamiento del CO2 que ligó, acertadamente, con la sostenibilidad del carbón.

Porque es evidente que si los productos de la combustión se tratan y reciclan o el CO2 producido se almacena de forma permanente de manera que no pueda contaminar la atmósfera, el resultado de la generación de energía a partir del carbón puede ser sostenible.

España está dedicando esfuerzos importantes a la detección de zonas de almacenamiento estables geológicamente, que deben cumplir condiciones muy estrictas,  ya que la garantía de estabilidad ha de ser permanente, pues el gas con efecto invernadero no ha de volver a la atmósfera "jamás".

A nosotros nos parece que el carbón debe tener su oportunidad igualmente en otra dirección: el estudio sistemático de las posibilidades de neutralización química del CO2 y los gases de efecto equivalente producidos por su combustión. Todo menos dejar al carbón condenado a ser el feo de la película, solamente porque, inconscientes, queremos renunciar a su pasado, que es el nuestro, para no culpar a los guaperas del relato, los medios de transporte y, en especial, los vehículos privados, cuya capacidad destructiva manejamos inconscientemente con nuestras propias manos.

Sobre las regulaciones de empleo y el ejemplo de Nissan

Que estamos metidos en un berenjenal económico, no lo duda ya ni el ministro Solbes. Que la crisis no ha hecho más que empezar, así parece (aunque, cada día la dan los sabios por resuelta). Que la desconfianza en las medidas que se han adoptado y en las que se vayan a adoptar es inmensa, no se duda (no hay más que darse una vuelta por el verdadero mercado, el de abastos).

Las empresas y, por tanto, las familias, -todas aquellas que dependan de los salarios aportados por el trabajo o por las rentas de los ahorros- lo están pasando mal, y lo pasarán peor. (Segundo principio de la termodinámica, aderezado con la incompetencia y la avaricia)

Los trabajadores de Nissan Barcelona se han convertido, por ello, en una referencia respecto a cómo actuar/cómo no actuar cuando vienen mal dadas y a los del curro les pone el capital de chanclas en la calle.

El Expediente de Regulación de Empleo que presentó la dirección de esta empresa supone casi 1.700 despidos, con una drástica reducción de la estructura de la empresa. No se venden coches, y la multinacional no quiere trabajar para stock. No quiere acordarse de los acuerdos anteriores, de las promesas de investigación, de la exportación a Latinoamérica. El españolito de a pie, como su nombre indica, no tiene dinero para cambiar de auto.

Oficialmente, los argumentos son otros. Se alega que los costes laborales en Barcelona son los mayores del sector en España (prácticamente, 30.000 euros por persona y año) y que el absentismo es excesivo: un 7,5% de las horas de trabajo perdidas por enfermedad y otras ausencias.

La reacción de la plantilla ha sido terrible: una manifestación de trabajadores muy enfadados ha avanzado como una apisonadora hacia la sede de Nissan y ha lanzado contra el edificio piedras, vallas publicitarias y hasta botellas incendiarias. Hacía tiempo que no se veía tal demostración de furia. Los gritos de los despedidos y sus simpatizantes iban desde mentirosos hasta asesinos; desde estamos en guerra a no nos moverán.

Casi en los mismos momentos, una delegación española, presidida por SM El Rey visitaba Japón, y, entre otros empresarios nipones, se entrevistaba con el consejero delegado de Nissan, Hidetoshi Imazu. Se habló, por supuesto, del futuro de las inversiones en España y de la cooperación entre ambos países.

Habrán tomado buena nota. Lo que ya no nos atrevemos a decir es qué consecuencias se derivarán de esa pelea entre dos elementos tan discordes: la máxima rentabilidad del dinero y la imperiosa necesidad de trabajo para llenar de garbanzos el puchero.

 

Sobre la liberté para Santos y los derechos de los hinchas

A los que somos poco aficionados a ver el fútbol, siempre nos sorprenderá el interés que provocan las cuestiones surgidas en torno a este deporte. Se ha hablado con desprecio de las marujas -aquellas mujeres que se preocupan de detalles intrascendentes de la vida de otros-, pero la categoría de los hinchas futboleros está a muy superior nivel, cuando se toma como medida de su enajenación el interés por las nimiedades más absurdas.

Hay diferentes niveles de forofos, o hinchas, por supuesto. La categoría de los que lanzan una silla contra la policía antidisturbios después de un partido de fútbol en campo ajeno es muy especial. Si de esa actuación resulta uno de los agentes con heridas graves en la cabeza que merecen siete puntos de sutura, la cualificación del energúmeno no debiera cambiar. En los altercados entre huelguistas y fuerzas de seguridad se producen lanzamientos de piedras, objetos metálicos y otros elementos que arriesgan, por supuesto, con  provocar heridas y contusiones.

La familia de Santos Mirasierra, el energúmeno lanzasillas, y muchos aficionados y adheridos del Olympic de Marsella, piden la liberté pour Santos, que, desde su actuación irreflexiva, está en prisión preventiva, y arriesga que le enchironen por cuatro años (la fiscalía pide ocho). Su abogado, Erlantz Ibarrondo, en prudentes declaraciones, no ve razón para tanta amenaza de castigo, en el que se acumulan los cuatro años por desórdenes públicos a otros cuatro por un delito de lesiones.

Nosotros tampoco vemos motivo para tanto despliegue, ni creemos necesaria la intervención del presidente Sarkozy para arreglar lo que parece un exceso de celo en la prevención de una peligrosidad que no se había manifestado hasta ahora por parte del tal Santos. Ese hincha es un pobre imbécil que se amaparaba en su presunto anonimato para lanzar objetos contra la policía que trataba de reprimir lo que parecía podía convertirse en una batalla campal.

Santos merece un correctivo, y seguramente un par de años en la cárcel le vendrán estupendamente para recapacitar -a él y a los hinchas de su misma categoría mental- pero la repulsa sicológica que provoca en un fiscal y en un juez de insrucción, como nosotros, poco aficionados al fútbol, por lo que parece, no debiera exacerbar el castigo. Por eso, hasta que le juzguen, y dado que es un ciudadano hispano-francés, que lo dejen en libertad condicional.

Y hablando de libertades, seguimos denunciando la necesidad de liberar a la abogada Carrascosa, madre prisionera por amor a su hija, sometida a la máquina de la justicia imperialista norteamericana, y que no  ha sido escuchada en ninguno de sus alegatos de defensa de las razones por las que no quiere entregar a su niña a su padre maltratador, por muy ciudadano de primera que le conceptúen.

Ahí sí que haría falta que interviniera, de una vez, Sarkozy, que tanta mano parece tener con las causas difíciles, y, a cambio del favor, le canjearíamos al impresentable Santos por poder homenajear a la heroína Carrascosa.

Sobre la financiación empresarial y la crisis de los 70

Cuando el mundo se vió inmerso en la crisis de los 70, se habló, por supuesto, de un punto de inflexión en la historia, de una encrucijada que debería suponer la recomposición de las fuerzas dinámicas que habían sustentado el crecimiento económico hasta entonces. Era el momento, se repitió hasta la saciedad, de replantearse la dinámica de la evolución mundial.

Este nuevo planteamiento se concretó en varios ejes. Se argumentó acerca de la necesidad de eliminar la bipolaridad entre el mundo desarrollado y el subdesarrollado, considerándolo como un único sistema global. Las reivindicaciones del Tercer mundo en relación con el apoyo de los países que habían alcanzado un alto bienestar, sugerían propuestas sensatas acerca de modificar un modelo de desarrollo tecnológico, incorporando elementos que impulsaran la sanidad, la educación, las coberturas sociales.

En España, la culpabilidad de la crisis se achacaba fundamentalmente a la grave dependencia exterior de la economía, proponiéndose el reforzamiento del sector público, la corrección de los desequilibrios regionales, la mejora de la flexibilidad y transparencia del sector financiero, la contención de la especulación urbanística y del deterioro del sector agrario, el apoyo a la pequeña y mediana empresa...

El mundo ha evolucionado en estos 30 años hacia una mayor bipolarización, al crecimiento de las grandes empresas con proyección multinacional, y a demostrar la incapacidad para el entendimiento pacífico de los pueblos, agravado con guerras y fanatismos religiosos, raciales, energéticos y, en última y verdadera instancia, económicos.

Los líderes del G-20 (más el presidente Zapatero) podrán llenar sus libretas en Washintong de apuntes voluntaristas respecto a lo que hay que hacer, para controlar las hambrunas, el paro creciente, la destrucción ambiental, el desplome financiero. Recibirán sus propios aplausos, sin duda, y, enardecidos por ellos, puede que se vuelvan a sus casas pensando que han conseguido corregir la situación, al concederse un respiro, un plazo algo más largo.

No deberían engañarse, ni engañarnos. La redistribución del dinero es solo una parodia de la redistribución de la riqueza del mundo. Debemos, más que aumentar la productividad y la generación de más beneficios en algunos sectores, plantearnos cómo actuar en estos ejes básicos: eliminación del hambre, difusión total de las soluciones sanitarias y ambientales, apoyo a las familias y a sus economías básicas, cobertura social, control estatal e incluso supranacional de la acumulación desmedida de riquezas.

Porque las crisis del capitalismo tienen siempre las mismas causas, y los analistas pueden proponer idénticas medidas, pero si los que deben cumplirlas no las siguen, solamente se conseguirá agravar la magnitud del siguiente descalabro. Y esto tiene el aspecto de estar llegando a sus últimas consecuencias. Ni Gea, ni los oprimidos, ni los más sensatos, dejan margen para actuaciones voluntaristas. Hay que calzarse las botas y destruir, de verdad, varios de nuestros ídolos.

 

Sobre la falta de método como elemento de éxito

Deberían reconocer la verdad. Pocos en España de los que han llegado a un resultado excelente, en cualquiera de los campos del arte o de la ciencia, han alcanzado la cima como consecuencia del método.

El éxito premia, con una inmensa regularidad, la ausencia de método, el desorden, la desesperación, la penuria. Por eso, guiados por esa amarga experiencia, tanto planificadores como inventores, han admitido que el caos es el caldo de cultivo para las mejores innovaciones.

Seguramente habrá algún ingenuo que piense que la situación es diferente en la investigación privada. No es así, al menos de forma significativa. Salvo que las grandes empresas tienen más opciones de repartir los descubrimientos de sus centrales, de forma que se pueda atrapar alguna subvención a la investigación, presentando con cierta verosimilitud los resultados foráneos como conseguidos desde aquí.

Las consecuencias son extraordinarias y, para no causar la inevitable conmoción social, no se divulgan, pero los principios se siguen escrupulosamente por cuantos están en el ajo del asunto. No es necesario crear equipos investigadores, ni dotarlos de materiales adecuados, ni generar programas con la pretensión de que, al recorrerlos exhaustivamente, conduzcan a un barrido de todas las opciones, descubriendo, pasito a pasito, el sendero de la mayor probabilidad, en el que se encuentra la esquiva fórmula, el resultado genial. Quiá.

La metodología es justamente la contraria.Tengamos un grupo desmotivado de gentes, preferiblemente doctores, malpagados, hacinados en despachos o laboratorios poco iluminados, y sometámoslo con un reducido presupuesto al ejercicio perverso de exigirles publicar sus elucubraciones, acertijos, trasuntos  e incluso conclusiones, con la premisa de que del número de páginas se derivará una parte importante de su sueldo.

Es importante que las publicaciones se hagan en inglés, pero si no fuera posible, será suplido el tema haciendo juzgar el trabajo de aquellos que, no necesariamente siendo los más incompetentes, se hayan distinguido, sin embargo, por su capacidad para lamer las posaderas de quienes mandan.

Lamentamos tener que desvelar el secreto, pero alguien debería decirlo de una vez. El camino más seguro para llegar al éxito no es el método, es  su falta. Produce resultados excelentes en la vida económica de los devotos y, por añadidura, ocasionalmente también recibe su premio en el mundo de la ciencia, porque, al fin y al cabo, el azar es uno de los motores que rigen el Universo.

Y es tan barato ponerlo en funcionamiento...

Sobre la inteligencia emocional

¿A quién no le han dicho alguna vez que carece de inteligencia emocional?. Desde que Daniel Goleman puso en circulación el término, con un best-seller inolvidable, estas dos palabras han pasado a ser terminología común, siendo utilizadas por su significado intuitivo. No es necesario, por ello, haber leído el  libro o haber asimilado sus conclusiones. Y, más importante, de lo que se habla es de la carencia de esta hipotética virtud, de esa falta de sensibilidad que nos permitiría predecir la reacción del otro. Como todas las carencias sociales, la descubrimos en los demás, nunca en el coleto propio.

La falta de inteligencia emocional se ha convertido en una expresión mágica, y se traduce, en la práctica, en la tendencia a salir chamuscado de un barullo. Por variadas que sean las circunstancias, el que recrimina o recrimina en nuestra presencia a otro, está reconociéndose implícitamente la capacidad que niega, obligando a cree que el vencería en una situación idéntica.

Será reputado de carente de inteligencia emocional el esposo -o la esposa- que haya confesado que la bufanda, la falda o el jersey que le acaban de regalar por el cumpleaños es idéntico a otros dos que ya no usa y, además, ni siquiera es su cumpleaños. Es deficitario emocional quien bosteza en lugar de aplaudirle las gracias al cretino del que esperamos algo. Le falta de eso al profesor que recrimina a sus alumnos por desconocer quiénes eran Viriato u Holofernes, en caso de que hubieran existido, por supuesto. Tiene números rojos de inteligencia emocional el que increpa desde la cola a la taquillera por hablar durante un par de minutos al teléfono, entre risas, mientras el público se congela en la calle...

Por el contrario, un alarde de inteligencia emocional puede consistir en esperar a última hora del viernes para comunicar a un empleado que está despedido. Nada que objetar, emocionalmente hablando, en ocultar una gravísima crisis económica a un par de millones de personas (o miles de millones) llamándola desaceleración o reajuste. Se puede encontrar, hipotéticamente,  a raudales inteligencia emocional en un nave industrial, saliendo de la boca de un predicador que augurase la entrada segura al reino celestial de quienes depositen mayores ofrendas en su gazofilacio. Cabe intuirla, en formato menor, en la madre que convence a su hijo de cinco años que se siente en ese sillón tan bonito porque le va a dar un helado, cuando en verdad lo fundamental es que le sacarán las vegetaciones al pequeño (y un riñón a los padres).

Los maestros de la inteligencia emocional, pues, nos doran la píldora para endilgarnos un palmetazo en el cogote. No es exactamente la teoría de Goleman, pero vale para andar por casa.

Lo que nadie ha dicho es que es preferible la gente que hable claro y por derecho. Es preferible que se nos diga a las claras la verdad, los que quieran nos confiesen sin rodeos lo que pretenden, los que nos asaltan nos pidan la bolsa o la vida, para saber si tenemos que cubrirnos la espalda o la cartera.

Desconfiamos, obviamente, aún más, de los que apelan a su inteligencia emocional para negarnos nuestra sensibilidad, solo porque pertenecemos al grupúsculo de los que llamamos al pan, pan, al vino, vino y, cuando no sabemos si las cosas son de comer o de jugar por casa, nos callamos.

Sobre los colegios profesionales y sus funciones

Los colegios profesionales han dado mucho que hablar en el sistema jurídico español (y en casi todos), y seguirán ocupando espacios de polémica. Desde fuera, son vistos como una protección inmovilista de los intereses de los colegiados, es decir, una barrera impuesta a terceros en la que, independientemente del conocimiento, se exija una cualificación específica -otorgada por una Universidad o Escuela Técnica reconocidas- y se controle el intrusismo y, en ciertos casos, la calidad de los proyectos y trabajos realizados por los colegiados.

Desde dentro, los Colegios profesionales se han convertido en un foco de tensiones y polémicas entre ciertas facciones de colegiados. La pluralidad de ideologías propias de un colectivo cada vez más numeroso y heterogéneo, y la presión de los más jóvenes sobre el "aparato colegial", han generado tensiones que, en no pocos casos, han llevado las diferencias a los Tribunales.

En concreto, la polarización entre las tendencias progresista y conservadora, ha minado en casi todos los colegios profesionales españoles la hipotética, y tradicional, unidad oficial. Pocos son los Colegios en los que algunos grupos de colegiados no andan o anduvieron a la greña, para desesperación de propios y asombro de extraños, en los casos que han trascendido esas diferencias.

Hace falta una revisión del papel de los Colegios profesionales, en muchos aspectos. En lo disciplinario y en lo deontológico, no basta con la supresión constitucional de los Tribunales de honor, sino que ha de reforzarse con la revisión de los Estatutos profesionales, actualizándolos, con la concreción de los códigos éticos y las funciones de los recursos de alzada, limitando el acceso de las evenutales diferencias a la vía contencioso-administrativa, pero protegiendo los derechos individuales, tantas veces mancillados por una malentendida defensa de los supuestos intereses grupales, esgrimidos por las Juntas de Gobierno deseosas de perpetuarse en sus machitos.

Pero lo más importante es que los Colegios asuman, todos, su función necesaria, para la protección de los usuarios y clientes, de control de la calidad de los proyectos realizados por los colegiados. Ello exige, por supuesto, que se doten de medios y profesionales, y que, además de poner los sellos y cobrar las tasas y derechos, se mojen.

 

Sobre las alegrías de la huerta

Decían que en los tiempos duros, se cuentan los mejores chistes y chascarrillos. Las penurias avivan no solamente el ingenio, sino también el sentido del humor. Por esa parte, bienvenida sea la crisis, si se comporta, al menos en ese aspecto,  como mandan los cánones. Porque, de momento, el panorama es tremendamente aburrido, penoso, triste.

Hay que cambiar el chip, y buscar nuevos elementos de risión. Desde Estados Unidos, los nuevos aires del cambio, nos obligarán a cambiar todos los chistes sobre negros, que nunca nos hicieron gracia, pero ocupaban mucho espacio en los cabarets, sobremesas de comidas de empresa y paradas en el pasillo de los chistosos oficiales.

Y qué decir de la gracia que les hacía a algunos hablar de las parejas de la guardia civil, del machismo de los Ejércitos o de los duros comportamientos de los camioneros o mineros. Pamplinas. Ahora hay por doquier mujeres llevando las armas, los pantalones, los arrojos, y hasta hacen de ministras de Defensa -antes, Guerra-, mucho mejor que cualquier otro ministro, presente y pasado.

Quedarían los chistes de gays, o sea, maricones (y tortilleras/lesbianas, por supuesto). Pero, ¿dónde va Vd?. Para empezar, cada familia tiene el /la suya, o varios. Después, su número crece ostensiblemente, y ocupan, además, ándese con cuidado con su cachondeo, porque ocupan puestos de relevancia como personas influyentes en el periodismo, las artes, la política, la empresa. No hacen gracia a nadie, vamos, y le dejarán a Vd. como un demodé, un tontorrón e, incluso, sospechoso de andar por los andurriales de los que hace mofa, por su esfuerzo en exagerar voces y modales que a nadie sorprenden.

En fin, que hay que buscar nuevas alegrías en la huerta, cosas que nos hagan gracia de verdad. Vamos, ni se le ocurra rebuscar en esas historietas ridículas de machos latinos que se comportaban en la cama como gallos de corral o de ginecólogos que hacían pruebas de fecundidad autoinmolándose. Ni hablar, si usted quiere aparecer como chistoso, encuentre cosas nuevas.

Le daremos una pista. Utilice la realidad. Aunque todos estemos metidos en la olla, si somos capaces de reirnos de las razones por las que hemos llegado hasta aquí, la catarsis será beneficiosa. Sindicalistas, banqueros, políticos, empresarios, inmigrantes, constructores, liberales, libertinos, ludópatas, jubiletas, parados, inmigrantes, economistas, tecnólogos, consumistas, cátedros, jetas, ecologistas, titulados, expertos, inversionistas, ilegales, fiscalistas, ... No queremos dejar a nadie fuera. A reir, sobre las nuevas alegrías de la huerta.

Sobre el cambio generacional

Soplan aires, dicen, de cambio generacional. Obama ha ganado a McCain porque Estados Unidos apuesta por "el cambio generacional". La ministra de Defensa española, Carme Chacón, es la política más valorada del momento, porque es representante del "cambio generacional". Una importante colección de políticos, bancarios, empresarios y profesionales de múltiples campos, son presentados como "cambio generacional".

Sólo para citar algunos nombres, recogemos éstos: Cospedal, Pajín, Aído (Bibiana), Moraleda (Amparo),...la mayoría, mujeres, porque el "cambio generacional" está ligado, también, a la incorporación de las mujeres a algunos puestos de relevancia.

Negamos la mayor, sin embargo. De cambio generacional, poco. Por supuesto, la jubilación -y, en el caso de la empresa privada, la muerte- va dejando claros que son ocupados por gente más joven. Y, especialmente en política, el atractivo de incorporar a mujeres a la imagen pública -aquí en donde este sexo tan ferozmente oprimido durante siglos no va cubierto y, por tanto, podemos juzgar su belleza- es indudable.

Pocos se podrán sustraer, hombres y mujeres -sobre todo, éstas- a dejar de juzgar si Mss. Obama estaba afortunada con su vestido rojinegro el día que su esposo ganó las elecciones, si la vice de la Vega se ha hecho lifting y luce adecuadamente sus chaquetas de sastre, si la Merkel tiene o no aprensión a que la besen, o, para no hacer infinita la relación, si la Chacón lució adecuadamente cuando pasaba revista embarazada de siete meses a los restos del heroico ejército español, etc.

Barak Obama es más joven que McCain y Bush, pero su discurso no es solo ligeramente diferente, sino que es absolutamente necesario. El mundo está envuelto en una crisis gravísima, la credibilidad internacional de Estados Unidos está bajo mínimos, y la sociedad norteamericana tiene que soportar, desde la pérdida de nivel económico y el creciente desempleo, dos guerras que no le han llevado a la victoria, sino a la sensación de estar solos en la defensa de la Patria, Dios y el orden mundial.

Hacía falta cambio, se pedía a gritos, y los republicanos se encontraron prisioneros de un gobierno culpable y con un héroe de guerra que se había preparado solo para combatir contra Hillary Clinton en el cuerpo a cuerpo y no contra un simpático afroamericano educado en Hardvard y en la seducción de masas al que se habían rendido sin condiciones todas las plazas-votos de los latinos, negros, asiáticos.

En el mundo, y en España, hace falta cambio, pero no precisamente generacional. Cambio de rostros, nuevas ideas, inteligentes, pragmáticas, aglutinadoras. Es muy fácil decir que el que está enfrente, "no sabe gestionar la crisis", "no tiene ideas", "no tiene credibilidad". Lo difícil es concretar qué proponemos para mejorar la situación, cómo, con qué medios, por cuánto tiempo.

Por cierto, McCain ha dado un ejemplo magnífico de lo que es querer a un país y creer en él. Su discurso de derrotado, no es una claudicación, es una oferta seria de cooperación y una invitación a que el pueblo americano olvide por cuatro años quién le gustaba más de los dos candidatos y se aplique, en la unidad, a mejorar las cosas para que Obama lo haga lo mejor posible. Dan ganas de llorar un poco.

Sobre el electo Presidente Obama y Spain

Contrariamente a lo que pudiera parecer, por la gran difusión mediática que se dió al evento por nuestros lares, los españoles no hemos elegido al nuevo presidente de Estados Unidos. Lo han elegido los estadounidenses, en una votación cuyo resultado fue concretándose abrumadoramente en varios hitos muy significativos.

Barak Obama empezó a ganar claramente cuando venció a Hillary Clinton, presentándose como un tipo más simpático que la ex primera dama. En Estados Unidos la gente no quiere discursos complicados, no está preparada para oirlos: le gustan las películas de buenos y malos, las comida basura, los elogios al magnífico pueblo americano. Un pueblo que se agranda por momentos. Hasta 1920, eran solamente los varones; desde finales de los 60, también los latinos y los negros; cualquier día futuro, también podemos serlo los europeos. Aunque todavía no lo somos.

Obama venció definitivamente cuando el candidato republicano que tenía enfrente, un tipo con un currículum de héroe de ficción, bregado y recio, cayó en la trampa de creerse insuficientemente simpático, y metió en danza a una genuina ama de casa norteamericana, de esas que creen que lo más importante es abrigar a los niños al salir del colegio.

Pero lo tiene muy difícil, porque en su ligero programa electoral hay unas cuantas promesas difíciles de cumplir. No es tan simple conseguir asistencia sanitaria pública de calidad para todos, ni cobertura de paro razonable, ni retirar las tropas de Irak lo antes posible, ni apoyar la alianza de civilizaciones. Ese programa es viable solo en España, en donde el país está mucho más a la izquierda que USA. Con ese programa, ganó Zapatero, y con ese mismo programa, cambiando ciivilizaciones por civilizados, va a ganar Rajoy las próximas elecciones.

Esperemos que en el camino de España hacia la derecha y de USA hacia la izquierda se encuentren ambos equipos de gobierno y, por fin, Moratinos conozca a Obama e intercambie con él un par de palabras, aunque solo sea aquello de Ai am Moratinos, Fórein Minister of Espéin, in Iuróp.

Felicidades, Barak Obama. En España hubieras ganado por unanimidad.

Sobre el cumplimiento de las reglas de juego y su penalización

Imaginemos un juego en el que las reglas pudieran ser determinadas por uno o varios de los jugadores, y modificadas por ellos a su pura conveniencia. Sin embargo, esa calidad especial de trampear las normas no sería conocida por los demás, sino únicamente por el grupo dominante. Eso sí, habrían convenido no utilizar el privilegio salvo en un caso especial: cuando estuvieran perdiendo decididamente; en esa circunstancia, todo vale.

En ese juego hipotético, el objetivo expresado, convenido por todos, firmado como algo irrenunciable, será que todos ganen. En teoría, se trata de un win-win perfecto, y es cierto que todos pueden ganar, y mucho, porque, aportando su trabajo a la riqueza que ya hay sobre la mesa, -que ha sido puesto en ella por alguien ajeno al juego, al principio del mismo-, no tienen más que japlicarse al objetivo y repartirse los beneficios de vez en cuando.

Las reglas concretas del juego -las divulgadas para conocimiento de todos los participantes- son bastante flexibles, y pueden concretarse en los diferentes subgrupos de jugadores, con tal de que mantengan la idea de que cada subgrupo ha de generar beneficios. No hay nada escrito en cuanto a la fórmula para el reparto: puede conceder ventajas a los que se hayan incorporado primero, acierten más números escritos en un papel o tengan más resistencia física.

Los subgrupos pueden cambiar entre sí las fichas producidas como resultado del trabajo y la actividad de cada uno. Pueden incluso, robárselas unos a otros, con tal de que no sean descubiertos. Una regla muy interesante es la posibilidad de conseguir del grupo de control, que actúa como Banca, que se aporten nuevas fichas al tapete, si se inventan estrategias de futuro convincentes, que animen a otros jugadores  de que el éxito acompañará las acciones y proyectos, por arriesgados que parezcan a los más serenos.

Hay un peligro grave para los jugadores que no estén en ese núcleo duro del juego, pero hasta que llegue, todos pueden divertirse bastante. Porque cuando quedan pocas cosas por repartirse encima de la mesa, o, simplemente, las necesidades del grupo dominante sean superiores a los recursos que hayan conseguido atesorar, aquellos que controlan el juego podrán decidir el valor de lo que queda en el tablero, e incluso enunciar el principio de que las fichas que posea cada jugador tendrán a partir de ese momento la mitad del valor -incluso ninguno- del que tenían hasta ahora.

También pueden perdonar a algunos jugadores sus compromisos, penalizar a otros, y, en todo caso, elegir libremente lo que más convenga  a sus intereses. Porque cuando las cosas se ponen complicadas, el win-win general se polariza hacia los pocos que estaban en las claves.

Es un juego muy complicado, pero resulta divertido para los que imponen las reglas. Se puede llamar mercado, pero pueden encontrarse otros nombres igual de sugerentes.

Sobre el negocio ambiental de los alpechines

La legislación ambiental, consecuencia de la preocupación por no deteriorar aún más la naturaleza, ha generado extraños compañeros de cama. Uno de ellos, sin duda, es el llamado negocio ambiental realizado con los residuos peligrosos o altamente contaminantes.

En principio, todos entenderían que un residuo no tiene valor alguno, sino que es un demérito, una penalidad del proceso. Su tratamiento significará un coste que será una externalidad que gravará el precio del producto que se entregará al mercado.

Sucede, sin embargo, que existen comercios paralelos que introducen variables especiales que conceden un valor a los residuos, por lo que existe una competencia para conseguir aplicarlos a otros procesos, bonificándolos. ¿Complicado? Situémonos, por ejemplo, en el mercado de bonos de carbono, que da un valor a la tonelada de carbono equivalente, valor que fluctúa según la demanda de las empresas contaminantes que no estén cumpliendo los objetivos que les ha marcado el Tratado de Kyoto.

Puede suceder, por tanto, que un material altamente contaminante, como los derivados del orujo y alperujo en la producción de aceite, en lugar de ser procesados en las instalaciones de cogeneración previstas para ellos, sean comprados por empresas holandesas o inglesas para ser quemados en otras instalaciones que nada tienen que ver con el aceite, pero que se benefician de la bonificación y que, por tanto, están dispuestas a pagar un dinero por lo que solo es material contaminante.

Al final, el olivarero se encuentra con que puede vender sus residuos contaminantes, que han pasado de ser una externalidad a convertirse en un ingreso extra. Mientras tanto, las instalaciones creadas para quemar estos residuos, se encuentran sin materia prima suficiente.

Pero como el mercado de esos residuos es coyuntural y ficticio, pues lo único real es que los alpechines y sus derivados son muy contaminantes, cuando el precio que estén dispuestos a pagar las empresas holandesas y británicas sea inferior a las subvenciones, nos encontraremos con toda la magnitud del problema: los olivareros tendrán que pagar porque se les traten los residuos y las empresas de cogeneración tendrán sus instalaciones ya obsoletas.

Sobre los blogs y ciertas vanidades

De vez en cuando se convoca un concurso de blogs (cuadernos informáticos como éste), por el que alguna cadena periodística -u otras agrupaciones con ánimo de lucro- pretenden premiar a los mejores. 20.minutos organiza este año nuevamente uno de estos certámenes, en el que se han inscrito más de 4.000 blogueros, aportando sus creaciones al barullo general y a la mayor gloria del universo bloguero.

Alsocaire se ha inscrito, pero no ha realizado ninguna campaña de captación de votos, ni intercambio de favores con ningún otro escritor de cuadernos. El resultado, obviamente, es que, a estas alturas del período de votación (último día válido para votar), tiene cero votos, ocupando, por tanto, el último lugar -exaquo con otros miles de invotados-. Los potenciales votantes eran, en esta ocasión, los demás blogueros.

No se trata de analizar ahora quiénes han obtenido más votos, ni por qué. Cualquier concurso hace referencia a una injusticia, porque la votación implica siempre la confrontación de dos opiniones personales: la del que pretende ser mejor y la del que lo juzga. Pero, en el caso de los blogs, con más de 4.000 candidatos escribiendo con los más variados propósitos, desde las formaciones individuales más heterogéneas, pretender seleccionar a los mejores, implica, siempre una traición. Que los demás autores voten a sus competidores en un certamen, es un ejercicio malévolo, la invitación a una aberración abominable.

Porque un cuaderno informático, como cualquier diario personal. será siempre el mejor para el que lo escribe, irremplazable, único. Los premios, por lo tanto, ya están dados a priori. Qué tongo. Los premiados deberíamos ser todos, y, en especial, los que no obtuvimos ningún voto.

Así que, felicidades, blogueros sin seguidores entre los blogueros. Hemos ganado este concurso. Nuestra pureza está intacta, los que nos siguen no nos hacen competencia alguna. No corremos ningún peligro.

Sobre los muertos y su recuerdo

Se ha puesto de moda por estas latitudes hacer chirigota de la muerte colectivamente. Tomando prestada una costumbre foránea, los jóvenes -ay, los jóvenes- se disfrazan de zombis, aparecidos, brujas, calaveras y exorcistas, y organizan bailes, jaranas y chanzas a costa de la parva.

La realidad cotidiana es otra. Del sentimiento trágico de la existencia huímos como del diablo, si existiera. Nos aplicamos en negar nuestro envejecimiento, con afeites, potingues, operaciones de estiramiento y otros disimulos.

Y de la enfermedad y la muerte, ni mentarlas. Los hospitales son lugares en donde nos da pánico entrar para visitar a los otros, y los tanatorios, lugares de malaje.

Qué decir de los cementerios. Si su sensibilidad se lo permite, dése una vuelta por ellos. Verá los nichos abandonados, las tumbas descuidadas o abiertas, las avenidas y panteones, solitarios. Cuanto más vistoso el monumento funerario, generalmente, más años le habrán pasado por encima, dejando huella de abandono.

Tal vez, allá perdido entre la hilera de nichos, descubra una mujer rezando, un hombre arreglando unas flores, una joven musitando frases de conversaciones imposibles. Algunos quieren ahora recuperar la memoria, pero sospechamos que la intención final, será, como estamos haciendo con las memorias que no se han perdido, para olvidarlas para siempre.

Qué pena, porque si nos creemos que la humanidad es un camino, cada eslabón que dejemos atrás nos impedirá avanzar con la fuerza de estar todos juntos, los muertos y los vivos.

Sobre la comercialización del aceite de oliva

La comercialización del aceite de oliva en España se mueve por terrenos desconocidos. Para el comprador final, subsiste el misterio respecto a la calidad del aceite que compra. Se enfatiza frecuentemente que "el aceite ha subido mucho de precio", pero no se matiza en absoluto respecto a las caractertísticas de ese gran misterioso que es el aceite de oliva.

Pocos saben -fuera del sector- que el aceite virgen extra es únicamente aquel que se produce en una rígidas condiciones, que suponen recogida de una aceituna de óptima calidad, transporte y molturación -es decir, prensado- de la misma en 24 horas (máximo 48h) y características organolépticas y químicofísicas que supongan una ausencia de defectos total.

Si el aceite, determinado por un panel de cata, tiene características de defectos que suponen que, de un grupo de 10 catadores -por ejemplo-, alguno, pero no más de dos, encuentran algún reproche que hacer (amargor, sabor extraño, moho, etc), el aceite ya no es virgen extra, aunque seguirá siendo virgen, si corresponde a esa operación de prensado sin aditivos ni refinado.

En cualquier otro caso, el aceite será lampante -esto es. el que se empleaba antes para iluminación por lámpara- y precisará, forzosamente, un refino. Ya no podrá venderse como aceite virgen, pero, una vez refinado, podrá ser vendido  como aceite de oliva, al que el productor ajustará el grado acidez, con un máximo de 2 grados, como le venga en gana.

El consumidor cree que el grado de acidez es sinónimo de calidad, y que un aceite 0,4 grados es mejor que uno de 1 grado. Nada más erróneo. No tiene nada que ver calidad y grado de acidez, y es normal que se mezclen tipos de aceite refinados con aceite virgen, para acercarse al óptimo comercial que se desee.

Hace falta mucha más cultura de consumidor. Porque comprar virgen extra puede tener mucho sentido si se va a emplear para ensaladas, gazpachos, salmorejo, helados, tostas, etc. Si se va a emplear para freir, el aceite de oliva comercial podría bastar.

Por eso, nuestra conclusión es que hay margen para subir el precio del buen aceite de oliva virgen extra. Pero hay que separarlo claramente del aceite de oliva comercial. Como los principales canales de distribución del aceite están en manos de grandes superficies, no hay interés en realizar esta distinción.

Sobre los olivos picuales y veceros y los olivareros altivos

España consume unos 430 millones de litros de aceite de oliva al año, lo que supone aproximadamente unos 10 litros de media por habitante. El consumo aconsejado por los expertos en dietética es de unas 4 a 5 cucharadas soperas por persona adulta y día de aceite de oliva, que, teniendo en cuenta el peso equivalente de la cabida en una cuchara estandar de 15 cm3 (12 gramos), nos arroja la cantidad de 50 a 60g, es decir -seguimos haciendo cálculos elementales- 1,5 l al mes por persona adulta, lo que nos llevaría a un consumo máximo de 15 a 20 l/año.

Puesto que la población española, aunque envejecida, tiene un porcentaje estimable de jóvenes, podríamos aceptar, siempre como idea aproximada, que en los estómagos españoles es posible que no quepa más aceite, y lo que hay que tratar es que el aceite que entra en ellos sea mejor.

La producción española se concentra en Jaén, responsable de más de la mitad de la misma. Parte de ella se exporta a Italia que, productor insuficiente y engañoso, lo utiliza para dotarlo de sus denominacions de origen propias, porque allí las DO se denominan según el envasador del aceite y no según la comarca productora.

Sobre el papel que juegan los empresarios y los altos directivos

El peor regalo que hizo el marxismo-leninismo a esta sociedad desorientada fue, seguramente, la denigración del papel del empresario. Las dos fuerzas contrapuestas de la economía real eran el capital y el trabajo. El primero utilizaba todos los resortes del mal (religión, corrupción, mentiras, avaricia, despillfarro, etc) y el segundo las sufría, inocente.

Además, el capital, personificado en la figura ridícula del gordo con puro -que el admirado El Roto ha sublimado a los cielos de la sátira- no era solamente el empresario, es decir, el propietario de su máquina de generar dinero con el sacrificio de los demás, sino que gozaba también de un ayudante de excepción, un exclaustrado del mundo del trabajo: el directivo.

El mundo de la Banca distingue entre banquero y bancario, pero en el mercado no se suele distinguir entre el empresario (propietario) del directivo (empleado), con el que se le confunde. Pero mucho más grave es que no se distinga entre el poseedor de capital (accionista), particularmente cuando se trata de grandes empresas, y el emprendedor, es decir, quien arriesga su dinero y pone su trabajo para sacar adelante un proyecto, su proyecto.

No ponemos nombres, ya que el lector sabrá dar hasta apellidos a bastantes falsos empresarios a quienes el pueblo llano atribuye decisiones sobre grandes grupos empresariales de los que detentan la mayoría de las acciones, y que solamente pisan sus sedes para decidir la decoración del despacho principal. Son otros, los altos directivos, quienes toman las decisiones, con el objetivo de conseguir la máxima rentabilidad al negocio.

La empresa se convierte así en un mundo opaco, en el que ni la contabilidad, ni la fiscalidad, ni las Juntas generales, permiten obtener una visión clara de lo que pasa. Pequeños accionistas, inspectores de Hacienda, empleados de medio y bajo nivel, trabajadores de esas empresas y público en general, pueden vivir en claroscuro o en la opacidad de lo que está pasando en el sancta sanctorum.

Solo así se puede explicar que algunos altos directivos de grandes empresas tengan sueldos fabulosos, muy superiores a los de cualquier otro que se pueda llamar directivo de medio pelo. Su remuneración es fijada por la satisfacción de los que manipulan el núcleo duro del capital, quizá con complejos arabescos mercantilistas y fiscales, sociedades en Caimán, sicavs y paquetes de control.

(P.S. El 25 de octubre de 2008 murió José María Cuevas, quien fue presidente de la CEOE, la confederación de empresarios española, durante un largo período. Para nosotros, es un ejemplo de la posición que debe mantener un empresario-alto directivo, aunque nunca tuvo grandes cargos ni empresas, salvo el de representante máximo de la cúpula empresarial. Defendió la posición que le pareció más conveniente para la mayoría de los empresarios, con claridad, con respeto hacia las de otros colectivos, fueran sindicatos o Gobierno. No adulteró el mensaje, no asumió posiciones antinaturales, ni transmutó sus ideas por conveniencia, pero se manntuvo como una persona dialogante, en las duras y en las maduras. Descanse/descansa en paz. Los que te criticaron, ya pueden empezar sus alabanzas...)

Sobre la reconstrucción de la izquierda

La izquierda española está en crisis. Por lo menos, la que representa Izquierda Unida (paradojas del nombre). Su líder político hasta hace muy poco (25 de octubre de 2008), Gaspar Llamazares, ha dimitido, y, después de haber dirigido duras críticas a sus compañeros de coalición -en particular, al PCE-, ha pedido la "refundación de la izquierda".

Llamazares pertenece al tipo de político poco carismático, frío, culto, lento y moderado en la reacción y con cara y modales de buena persona. Son los más adecuados para que sus correligionarios les den caña y, en especial, si militan en un partido de los llamados de izquierda que no haga más que perder votos en cada elección. Es un excelente buco emisario, un recogetortas de primera.

IU es un tremendo cajón de sastre en donde la marginación provocada por la concentración en los dos grandes partidos -PSOE y PP- ha acabado agrupando a muchos de los que querían disponer de un espacio propio en el que, eventualmente, sacar la cabeza, aprovechando el tirón ideológico formal que supone ser más socialistas que el PSOE, esto es, más papistas que el papa..

El galeno nunca ejerciente Gaspar Llamazares confunde, seguramente, la medicina, porque se equivoca, en nuestra opinión, en el diagnóstico. La izquierda ya no es lo que era, y no hay porqué refundarla, ya que está perdida para siempre. Pero no estará de más recordar lo que no debiera incorporar, como norma de actuación, un partido de progreso, que deseara atraer votantes.

a) No hay porqué enfatizar el aspecto "ecologista" como sentimiento de "izquierda". 

Defender la naturaleza no es una opción ni de derechas ni de izquierdas, es una necesidad. Por eso, hay que tener mucho cuidado en lo que se dice: si por izquierda ecológista se entiende la denuncia sistemática de cualquier deterioro del paisaje o de la naturaleza, la negativa a la implantación de nucleares o las reticencias hacia los trasvases,  hay que asumir que esas opciones no atraen, por sí mismas, a los votantes, sino que diluyen el resto de los mensajes.

Hay que tecnificar ese discurso, haciéndolo adaptativo y flexible a las necesidades económicas y, sobre todo, enfocado hacia la consecución de puestos de trabajo nuevos y a la garantía de estabilidad de los existentes.

b) Se debe realizar una crítica coherente de la economía de mercado, apoyando la pequeña y mediana empresa, la iniciativa privada provista de alta conciencia social, y reclamando la incorporación de los jóvenes al mercado del trabajo y la plena utilización de todas las capacidades. Pleno empleo significa, también, plena utilización de disponibilidades, jóvenes, maduros, ancianos. Hombres y mujeres.

Hace falta mucha información, actualizada, y participar en todos los debates sociales con un mensaje homgéneo y coherente. Tampoco se debería realizar una crítica frontal indiscriminada hacia el gran capital, el sector bancario o las multinacionales. No estamos en un mundo idílico, sino que es necesario negociar con las fuerzas dominantes. No es factible una revolución con pocos mimbres y  hay que apoyar la transformación continua de la sociedad, introduciendo elementos en el paradigma colectivo, que lo enfoquen hacia el objetivo de mejorar la cantidad y calidad del trabajo y el bienestar de los más débiles.

c) El estado social tiene una fisura gravísima: la falta de control de las prestaciones y el descuido sistemático en la valoración de las necesidades de las clases menos pudientes.

El discurso oficial de los grandes partidos se ha dotado de tintes sociales muy creíbles formalmente, pero está lleno de incongruencias, fallos y vicios, que hay que detectar con ejemplos concretos. No se puede decir, sin más, que "el PSOE se ha derechizado" o que "el PP es herencia del franquismo". No es verdad y, además, no dejan de ser frases sin gancho, vacías, poco estimulantes, fáciles de contraatacar.

España ha mejorado drásticamente sus prestaciones sociales y los dos partidos mayoritarios desean convencer a sus votantes de que son capaces de hacer una mejor gestión de los dineros públicos. ´Venden capacidad de gestión, pero no ideas. Un partido que desee transformar la sociedad, para mejor y más solidaria, tiene que plantear soluciones de optimización, que no tienen porqué ser de reforma drástica, porque pocos las entenderían y aún menos las seguirían. El miedo a cambiar bruscamente está en la esencia del animal humano. Programa concreto y datos fiables -sobre todo, valroaciones económicas- deben estar en cada propuesta.

(Y así siguiendo. Pero como no militamos, ni pensamos militar, en ningún partido, nos retiramos discretamente a nuestros cuarteles, sin dejar de manifestar nuestra voluntad de seguir atentos a la renovación de un partido, que se nos antoja imprescindible para mantener viva la conciencia colectiva, en la convicción de que "la serpiente divina se asoma por el ojo divino y encuentra que el mundo está bien hecho", como decía Vicente Aleixandre... Y hay tanto por hacer...)