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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sociedad

En defensa de la pirámide del saber

Hubo en la Escuela de Ingenieros de Minas de Oviedo un profesor un tanto singular (por diversas razones) que aconsejaba a sus alumnos que más que preocuparse por saber ellos mismos, tuvieran la perspicacia para saber quien lo sabía (bien, se entiende), que era lo importante. 

Ahora que todo el mundo se jacta de venir de vuelta, el aparente chascarrillo encaja de maravilla con lo que nos está pasando. Todos tenemos títulos universitarios; todos queremos sentarnos en los sitios de preferencia para pontificar como si hubiéramos merecido un premio nobel. Y pocos son quienes conocen verdaderamente de lo que hablan.

Y la cuestión es muy grave. La diferencia entre la punta tecnológica y lo que saben estos eruditos de saloncete crece exponencialmente. La pirámide del saber se resquebraja brutalmente. De lo que se enseña en la Universidad, poco es lo que se aplica. Los centros de investigación se especializan en campos muy concretos, reproduciendo títulos de doctor a base de exprimir sacharomices, saxífragas, índices de extrusión y modelos dinámicos de simulación hasta el paroxismo.

No es un problema único de España. Los núcleos de trabajo están desconectados entre sí. Los excelentes se confunden con los vulgares, los copiones, los ineptos. En los pocos centros en que se cuenta con equipos de altura, multidisciplinares, motivados y bien orientados, el riesgo del presupuesto suficiente amenaza como una espada de Damocles.

Necesitamos rellenar los huecos del saber, del saber bien, reconstruyendo la pirámide. La base, hoy, es mucho más ancha que hace décadas. No sirve tener un puntito de luz a gran altura, si, por abajo, reinan oscuridades y vacíos. En lugar de pretender ser todos ingenieros, médicos, científicos de gran nivel, jugando a ser sabios para todo, debemos ilustrar a nuestros adolescentes, convencer a nuestros jóvenes, de la dignidad y necesidad de las funciones bien hechas por todos los escalones intermedios.

Para que no se nos caiga, como está sucediendo, la pirámide del saber sobre nuestras inconscientes cabezas de falsos ilustrados. Un grupo de profesores universitarios anda recogiendo firmas contra el Borrador del Estatuto del Profesor universitario, en apoyo de un Manifiesto en el que se refleja, además de mucho resquemor, un análisis amargo de la situación, abonado con algo de improvisación. (Se han deslizado errores gramaticales -como "todos los viejos (...) se puedan hacer catedráticos de bien mayores"- que no hubiera perdonado el más novel de los docentes de Lengua, imaginamos).

Se les disculpa, porque se trata de recuperar el edificio en donde se ha apalancado la indolencia, generando un espacio para reproducirse cómodamente, sin reparos para aparearse cuando convenga con cómplices tan aviesos como la envidia, el descaro, la impudicia, la ignorancia y el desprecio. Ese edificio, fundamental para nuestro desarrollo, es la Universidad, y necesitamos volver a encajarla en la pirámide del saber, del que se ha desconectado.

Entretenidos

Nos sigue asombrando la capacidad de ciertos personajes para mantenernos entretenidos. No, desde luego, en el sentido de hacernos pasar un buen rato, sino de impedir, con sus improcedentes observaciones, impertinentes o pedantes puntualizaciones y sus torpes discursos plagados de trivialidades, que los que tienen más que decir y con mayor enjundia, no tengan cancha para expresarse.

Miradlos por doquier, desparramados. Ocupan, por supuesto, sitio (a saber porqué) en esas tertulias que ahora tanto proliferan en los medios, por sí mismas en gran medida gratuitas, en donde se agrupan en torno a una noticia, sentados para despedazarla, unos cuantos expertos en todo, de entre los que destacan los especialistas en sacar pecho donde no hay ni una hebra de solvencia.

Llenan, eso sí, mucho más hueco del que les  corresponde por ideología y por cabeza, interrumpiendo constantemente a los demás, repitiendo hasta la saciedad argumentos sin chicha ni nabo y, a la postre, entreteniendo, esto es, ya que no aburriendo al más pintado, evitando que se profundice en el análisis.

No les contiene en su insulsa verborrea ni el desespero del moderador ni las protestas airados de los otros, ni, claro, un sentido de la prudencia del que, por completo, carecen. Pero, como el tiempo se nos va, implacable, cuando termina el programa han puesto su bandera zafia en cada esquina, y al final predomina el reflejo, entre oyentes o televidentes aturdidos, de que ellos son los auténticos maestros utilizando las malicias, de que su opinión es la que vale, y que más cuenta ser así que comedido si se trata de vencer como sea a los contrarios. 

El efecto final es aún peor de lo que se pueda colegir de su mala educación, pues su pericia en entretener con vacuidades, es contagiosa y se propaga. Habiendo dejado mal sabor de boca en quienes, por su mayor educación y prudencia, no encontraron forma de decir bien lo que podían, no es de extrañar que a la siguiente ocasión, adoctrinados por lo que conviene hacer para enfrentarse a colosos del desplante como aquellos, hayan tomado éstos también buena nota. Por eso, que, a la postre, se ha hecho habitual que todos los contertulios se enzarcen en interrumpirse y maltratarse, más ocupados en cortar el hilo argumental del otro que en construir un tejido coherente con el suyo.

Estos necios u otros parecidos pagados de sí mismos, (con dinero de todos) están también en los debates parlamentarios. Se desparraman en discursos plagados de descalificaciones, tan ayunos de ideas y florituras verbales de las que, al menos, dan gusto al escucharlas, como hartos de zafiedad y malos modos.

Escalan otros de las mismas especies, los peldaños de organizaciones y empresas y largan, al principio como el final como en los medios, unas frases sin valor, poniendo el careto para las fotos y restando tiempo a los que han preparado sus exposiciones y ponencias, cuando no interrumpiendo y llevando las mentes de los que escuchan al vacío, aburriendo hasta las piedras.

Vánse, en fin, estos maestros de improvisar desde lo infame, llenando claustros, convenciones, reuniones de distrito, coloquios después de unas ponencias, cenas de amigos, debates de partido,...Nos entretienen las horas, las ocupan con sus voces y malolientes recursos, nos desgracian la oportunidad de escuchar a los mejores.

Malditos sean, por siempre, estos perniciosos engreídos, a los que no parece llegado el día en que, soltándonos el pelo, los demás les gritemos que se callen, que se vayan con sus frases rimbombantes, sus soliloquios vacuos y sus miradas complacientes al ombligo, a la última fila, castigados a guardar en silencio para siempre velando las armas del olvido.

Sobre el peligro de los viernes

Los viernes son vistos por la mayor parte de los que tienen trabajo como un día grato. La semana laboral termina para ellos allí, y se abre la perspectiva de un fin de semana lejos de jefes, compañeros chinches, máquinas rebeldes o llamadas de clientes disconformes.

El viernes ha desplazado al sábado como promesa de desahogo sexual para quienes tienen o buscan pareja con la que soñar despierto y, aunque no se diga, bien podría aplicársele, por analogía, la deplorable rima de "viernes, viernesete, camisa limpia y p...", con la que se hacían gracias los machitos ibéricos que se preparaban para la triste realidad de lo poco que se ligaba en los sesenta y setenta del pasado siglo.

Pero el peligro de los viernes al que nos queremos referir acude por otros lados. Estos días son los que eligen los especialistas en eso que se llama sicología industrial (no queremos ofender a nadie; se trata de poner un nombre aceptable a cada cosa) para aconsejar a los empleadores a que se despida a los trabajadores que sobran, a los díscolos o a los que destacan demasiado.

El personaje que hemos creado hace unos años (Linkweak) empieza su historia de viñetas así: siendo despedido un viernes. "Tengo mucho trabajo", se defiende, desde su ingenuidad de currante convulsivo. "Tanto mejor", le replica su jefe, Bigbós, un disminuído mental (no diagnosticado) encumbrado al control de una empresa de alta tecnología.

Los viernes son también los días que eligen los jueces y magistrados para largar, con prodigiosa frecuencia, sus Sentencias, en especial, las que resultan de contenido más abstruso. Sin duda, lo hacen así por una doble razón: la sensación de liberación que les produce, obtieniendo así mayor disfrute de su tiempo libre en el wíquén, y dejar (como en el caso anterior) unos días de meditación para que los que han perdido disminuyan su cabreo.

Podemos poner aún más ejemplo, pero dejemos en estas pinceladas la traslación del peligro de los viernes. Atentos, currantes, abogados y clientes, penados, confiados, insumisos, listos, desgraciados: los viernes son los días en que se toman las decisiones más difíciles, y, con ello, aumenta la probabilidad de que os corten cabezas o den la patada que os escocerá las ilusiones.

De la teoría de bloques a los bloques de teorías

El fútbol, al concentrar el interés de mucha gente, es útil para difundir teorías que pueden aplicarse a la vida normal, la de ganarse el cocido. Ya ese genial filósofo de lo cotidiano que fue (no nos consta que siga ejerciendo) Jesulín de Ubrique: "La vida es como un toro"; es decir -salvando las distancias, y haciendo abstracción del objeto y del sujeto- como un partido de pelota.

Los analistas han descubierto que las razones por las que el Real Madrid que ahora entrenan José Mourinho y Florentino Pérez (el uno con la pizarra y el otro con la chequera) se encuentran en la utilización de la teoría de bloques. Una teoría cuya originalidad los perversos de la película no atribuyen a Mou, sino a un tal Víctor Frade, profesor de estrategias en la Universidad de Oporto.

La teoría de bloques (fundamental mantener el plural) significa que, en lugar de correr todos los jugadores tras el balón, como hacíamos en la escuela, creyéndonos Di Stéfano, Pelé, Ronaldo o Messi (según tiempos), hay que mantener un sentido global de equipo, y cada uno debe tener claro que es responable de una zona del campo.

No somos los españoles muy dados a entender eso de los bloques, salvo que admitamos que cada uno nos sentimos un bloque de nosotros mismos. Como, ocupados por largar nuestra opinión, -creyéndonos los reyes del Mambo o los protagonistas de la película (homenaje particular a ese magnífico anuncio que nos aconseja apagar el móvil)- no atendemos generalmente a las razones de los demás, somos muy descuidados en aplicar la teoría de bloques.

Nos faltan miles de Mourinhos en nuestra vida. Gentes con autoridad que nos convenzan, nos obliguen, nos sujeten a defender bien nuestra parcela, a hacernos fuertes en ella.

Es difícil la tarea. Entretanto, allá van los esforzados por la pelota. Hoy, puede ser la central de Fukushima y las elucubraciones sobre la seguridad global; ayer, la gripe aviar, el aceite de colza, el anisakis o la Biblia en verso; mañana, cualquier asunto que les llame la atención, sobre todo si da cancha mediática. Preguntados por su opinión, no dirán que no saben, sino que se meterán, gozosos, en tierras ignotas, camisas de once varas.

Sobre seguridad global y gambarimasu

Nos parece, en efecto, pero por diferentes razones que las que esgrimen algunos bustos parlantes, que el desarrollo de los acontecimientos recientes en Japón deberían señalar un antes y un después en el tema de la seguridad en nuestro planeta.

Ya hemos expresado en otros Comentarios nuestra admiración, respeto y afecto por el comportamiento de la población japonesa ante la desgracia provocada por el terremoto, el maremoto y su derivación nuclear.

Mientras los occidentales escapan del escenario, sus políticos hablan de apocalipsis o paralizan sus centrales nucleares, la gran mayoría de los japoneses trabajan sin descanso en la recuperación de la situación normal, la búsqueda de víctimas, la superación en silencio de sus duelos, temores y carencias; y un grupo de héroes están dominando, con coraje, técnica, recursos extraídos de debajo de las piedras y dientes apretados, -y entre voces de "dañado irreversiblemente" "fuera de control" "desastre nuclear", "falta de información", "ampliación del espacio de seguridad", "nucleares, no"-, la fuerza rebelde de los reactores de Fukushima.

Vivimos deseando máximo confort, máxima seguridad y eterna juventud. Tenemos cada vez menos de los tres.

Nuestro confort es falso, porque lo hemos ido concentrado en satisfacciones individuales, hedonistas, ficticias a la larga, porque van dirigidas al cuerpo y no al espíritu.

Nuestra seguridad es mínima, amenazada por terrorismos de todo pelaje, violencias de sátrapas, locuras de género, desastres naturales y, sí, la necesidad desmesurada de energía para alimentar el confort de nuestro cuerpo caduco. Y no tenemos la eterna juventud, ni siquiera disfrutamos bien de nuestra salud, porque aunque vivimos más tiempo y podemos hacernos varios lífting e inflarnos los carrillos, los pechos y el trasero, caeremos irremisiblemente en una vejez abandonada, en un final de fiesta miserable, rodeados de aparatos y embutidos de medicamentos, mientras los que creíamos que nos amaban se habrá ido a jugar al squash o al julepe.

Gambarimasu implica sentirse solidario con el espíritu colectivo, poder olvidarse de que el individuo que somos es muy poco en relación con la fuerza de todos juntos. Desde la órbita de la seguridad, supone que, mientras nos mantengamos unidos, seremos indestructibles.

Sobre sobrinos

Empecemos con un relato verdadero:

El anciano cruzaba la calle lentamente  a causa del Parkinson, apoyándose en un bastón y conducido por una servidora, que le advertía, a gritos, de que debería darse prisa, pues el semáforo acababa de cambiar a rojo.

De pronto, las piernas se le bloquearon y cayó al asfalto. Dos transeúntes lo levantamos del suelo y le preguntamos cómo se encontraba, acercándolo a la acera. Pasó un vecino, que se dirigió a él por su nombre, y, como hablando para un público inexistente, dijo: "¿Tiene Vd. hijos? ¡Usted no puede seguir ásí! ¡Llámelos, que le vengan a buscar y le lleven con ellos!".

El anciano, sin dirigirle la mirada, musitó para los que le sosteníamos: "No tengo hijos. Solo tengo sobrinos".

Sigamos con otro relato imaginario, aunque con -algo ocultas, a nuestro entender- sagradas enseñanzas:

La Biblia cuenta que Lot, sobrino de Abraham, -el patriarca que fue urgido por Yahvé para sacrificar a su hijo unigénito Isaac (unigénito si excluimos a Ismael, el que tuvo con Agar, su esclava, porque está claro que hasta para la divinidad hay clases) con la intención de probarle-, se apareó con sus hijas, conscientes éstas de que era la única manera de tener descendencia, ya que no había más varones a la redonda, como consecuencia del castigo fatal enviado sobre Sodoma y Gomorra; para forzar su voluntad, y seguramente obedeciendo al estímulo subyacente de las libidinosas prácticas que habían presenciado antes, lo emborracharon antes.

El sobrino (segundo) más enigmático de las escrituras judeocristianas es Juan el Bautista, hijo de Isabel, prima de la Virgen María. Su nacimiento está envuelto en la misma nube de misterio acerca de la esterilidad de su madre que la que sirvió para presentar la intervención especial que dió lugar a Isaac, el hijo de Sara, al que nos hemos referido antes, también incapacitada para la concepción, en momento en el que aún no se había inventado el negocio de las clínicas de fertilidad.

Sobrinos en la literatura han aparecido algunos: los más famosos son los del tío Gilito, huérfanos menos aficionados a las cosas del dinero que lo que manifestaba su otro tío, Donald, envidioso de quien lo manejaba a paladas, aunque no tuviera que preocuparse por defenderlo de los golfos apandadores.(1)

Está, desde luego, situada en buen lugar, la sobrina de Don Quijote, preocupada por la salud intelectual de su tío, y cómplice, junto con el ama y el sacristán, de la pérdida de magníficos ejemplares de libros de caballería.

En las Crónicas de Narnia, C.S. Lewis dedica muchas páginas (un libro entero) al Sobrino del mago, el loco Andrew, tío de Diggory.

En la vida real, los sobrinos se dividen, en general, en relación con las expectativas de heredar a sus tíos. Si los tíos tienen hijos, y los sobrinos de los que estamos hablando, padres vivos, cada clan se ocupa de sus cosas, y hasta es posible que los primos ni lleguen a conocerse.

Si los tíos no tienen hijos, las perspectivas de un caudal hereditario interesante, suelen acercar a algunos sobrinos al calor del parentesco, tratando de conseguir algún beneficio. De la experiencia en temas hereditarios, los conflictos entre sobrinos por la herencia de un causante muertoe intestato, son pan de cada día para bastantes abogados.

Por cierto, el Código Civil español contiene un artículo que suele levantar sorpresas y ampollas entre legos en relación con el sobrinazgo. Es el 925: "El derecho de representación tendrá siempre lugar en la línea recta descendente, pero nunca en la ascendente. En la línea colateral sólo tendrá lugar en favor de los hijos de hermanos, bien sean de doble vínculo, bien de un solo lado."

En román más paladino (es un decir), los sobrino-nietos no heredan cuando compiten con hermanos del difunto y sus sobrinos vivos. Así que la premoriencia de un sobrino respecto a su tío, deja a los pobres hijos de aquél sin derecho a heredarlo. 

Apresúrense, pues, los posibles afectados por tan cruel disposición a conseguir, en vida de su querido tío-abuelo (o tía-abuela, entiéndasenos), regalos, donaciones o prebendas o, si les es más sencillo, llévenlo a redactar un testamento en el que se les incluya.

(1) Los golfos apandadores es la misteriosa adjetivación de los delincuentes que perseguían el dinero del tío Gilito; sus técnicas para apropiarse de lo ajeno resultaban, ya entonces, tan increíbles como hilarantes. Apandar, término caído en desuso, es equivalente a apropiarse.

Entre aficionados al reportaje, testigos y protagonistas

La masiva incorporación al mobiliario cultural de los aparatos audiovisuales, ha significado la eclosión de una categoría de individuos -nada en realidad, les une, salvo el adminículo- que se afanan en recoger, prácticamente a tiempo real, las escenas de aquellos actos en los que, en teoría, debieran actuar como testigos, ser sencillamente espectadores y, en algún caso, incluso partícipes del suceso.

El despropósito es patente, tanto en ceremonias públicas como privadas, en situaciones casuales como forzadas.

Surge el arrebato de plasmar lo que está sucediendo con la cámara o el vídeo, no importa si el sujeto se ve de pronto cerca del personaje público que quiere dispensar sus (por lo general) insulsas declaraciones, o si ve a otros en posición que se le antoja memorable, o se encara, tropieza, ha pagado para ello o fue invitado, en cualquier acontecimiento ajeno o familiar, casual como provocado, fortuito como adrede.

Miremos el producto final de la obsesión por hacerlo todo imagen guardada en el coleto propio. Si de accidentes trata, vemos junto al herido o el cadáver -ejecución, tropiezo, atropello, asesinato-, decenas de individuos que blanden sus cámaras y teléfonos, registrando el momento para sus archivos particulares, importándoles más atender al diafragma que a la víctima o a sus deudos.

Si es por boda, bautizo o evento íntimo, revolotea en torno a contrayentes, neófitos, oficiantes o inocentes causantes del barrunte, una pléyade de amigos, familiares y curiosos que, vulnerando su deseada presencia cabal como serenos testigos, se convierten, merced al toque de san Vito que promueve lo digital, en innecesarios reporteros gráficos del acto, pasando a ser un incordio para los que están, de verdad, a la faena.

Ténganse en calma los obsesos del dedo puesto en el gatillo. Acérquense, por favor, al papel que les corresponde en la ceremonia, acto o circunstancia a la que asisten. Si en acontecimiento familiar, pónganse en línea con los protagonistas y testigos; déjen el aparellaje en casa, si a ejercer ese menester de recolector de imágenes no han sido expresamente convocados, y si lo hubieran sido, aparquen convulsiones frenéticas, seleccionen momentos, borren luego sin piedad lo que no sirva.

Y si, por lo que sea, se tropiezan con el duelo de otros, intimidades vulneradas, desgracias colectivas, sean discretos, mantengan la distancia, no sea que les caiga encima la maldición que se reserva a entremetidos. Piensen en lo que les gustaría si fueran ellos mismos, en vez de mirones encelados en píxelar la realidad, pacientes, víctimas, sujetos y no objetos no tolerados de objetivos.

Sobre lo importante

No llaman. No acuden. No responden. No preguntan. Están, dicen, totalmente ocupados. En cosas importantes y urgentes. Se cruzan en la calle con el otro, hacen un gesto, provocan un roce frío, y se van, como el conejo blanco de Alicia en el país de las maravillas. "¡Qué tarde es!".

"No llego". "No tengo tiempo". "Estoy agotado". "No doy abasto". "Un día de estos, nos vemos y te cuento". "Ni te imaginas".

Así van pasando los días, los meses, los años, y el silencio, que todo lo ocupa, va llenando lo que debería estar ocupado por el cariño, los afectos, el momento relajado, el recuerdo, la simpatía, la complicidad.

Tal vez les ayudemos diciendo que no nos engañan. Sabemos, sencilla y simplemente, que no es cierto que estén tan ocupados. Están, en realidad, perdidos en su incapacidad para resolver, en su poca atención a los que necesitan ayuda. Huyen, y en su gran inestabilidad emocional se creen imprescindibles.

Imaginan que pueden convencernos que de lo que están haciendo (sea lo que sea) solo ellos tienen la clave.

Así que, cuando los veamos pasar, fugaces, atropellados, convulsos, disculpándose por no tener tiempo para nosotros, podemos gritarles, girando nosotros la espalda, para que nuestro mensaje les alcance nítido: "¡Adiós, amigo!. ¡Feliz viaje hasta tu destino en ninguna parte!.¡Cuando tengas tiempo, piensa en recoger los afectos que se te han ido cayendo por el camino!"

A la inmensa mayoría, desde la exigüa minoría

"A la inmensa mayoría" es el título de un sobrecogedor poema, con base que pudiéramos calificar de programática, de ese artista de la palabra llena de mensajes, que fue Blas de Otero, y que está recogido en su poemario "Pido la paz y la palabra" (1955).

Estamos en tiempos de alardear de contar con apoyos de la inmensa mayoría. Políticos, responsables de entidades financieras, organizadores de eventos, pertenecientes a claustros, asociaciones deportivas o patios de vecindad, se creen con el control de las inmensas mayorías de lo que pretenden representar o defender.

Nosotros somos conscientes de pertenecer a la exigüa minoría de los que cumplen las condiciones siguientes:

1. Estar convencidos de que España está atravesando por un período oscuro de su Historia, en el que la mediocridad, la improvisación la apatía y el desánimo, se ha asentado en los principales centros de decisión.

2. Haber advertido que quienes tienen opiniones más fundadas en la mayoría de los temas no encuentran los foros adecuados para expresarlas, no cuentan con la difusión que sería imprescindible y, en no pocos casos, han renunciado a comunicarlas al exterior, conscientes de que solo obtendrán descalificaciones frontales, tendentes a ridiculizarlas.

3. Ser conscientes de que la base cultural de la población se ha hecho más amplia, pero mucho más frágil: son muchos más, desde luego, los que tienen títulos y diplomas, pero no son más los que saben en profundidad de algo concreto y gozan de una formación sólida. En consecuencia, nos encontramos con un país que se cree culto y educado, cuando en realidad es frívolo y torpe, especialmente en comparación con los países más avanzados.

4. Haber detectado que la Constitución y las leyes electorales han convertido la llamada esfera política en un sistema reproductor de alternancias que alimentan la falta de programas coherentes, abocando a la representación parlamentaria a un bipartidismo ineficaz. Las regiones que han conseguido a tiempo poner en pie partidos localistas (por haber reclutado líderes populares) han obtenido un peso desproporcionado, y desestabilizador, sobre los intereses de la mayoría. 

5. Defender la calificación de que resulta un despropósito pretender para España, país intermedio, el liderazgo en temas económicos, sociales, asistenciales o de política internacional. El resultado será (es) únicamente una pérdida de credibilidad, de solvencia económica y de esfuerzos, dispersos en propuestas que no redundan en beneficio de la ciudadanía española, y se pierden en un contexto internacional en el que no se ha configurado por las grandes potencias una voluntad de avance conjunta.

6. (seguirá, tal vez; pero, entretanto, si le apetece, el lector puede prolongar la relación de agravios de la exigüa minoría...)

A mala crisis, buena cara

Ofrecemos a continuación, para ilustración de adolescentes y regodeo de mayores, algunas combinaciones de palabras que la crisis ha sacado del armario y vuelto a poner en el tafetán de las conversaciones callejeras.

Porque han de ser unos cuantos -con permiso del Funcas y sus estimaciones sobre la economía sumergida- los que no tengan ni para pipas, aunque a nadie le gusta reconocer haberse quedado sin blanca, esto es, estar a la cuarta pregunta.

No es lo mismo estar en las últimas que estar a la última, cosa ésta que, en contra de los vientos que soplan, sigue habiendo bastantes que se toman muy a pecho, -y a despecho de muchos a los que, como les va mal, no les sienta bien- ya sea vistiendo de Dior, de Armani o de lo que decida el último rey de la moda que haya que ponerse o quitarse (aunque, dicho sea en honor a la verdad, con las mujeres jóvenes siempre han tenido fácil hallar la decisión de más efecto).

Si está en la situación delicada en la que los demás sospechan que no tiene dónde caerse muerto (aunque es muy probable que no muestren la menor intención de echarle un cable), lo aconsejable es que haga de tripas, corazón, y acepte cualquier curro, aunque no tenga ni pajolera idea de lo que se va a traer entre manos, ni entienda de la misa la media, la misión le deje a la altura del betún o le suponga ponerse de mierda (con perdón) hasta las cejas.

Con el agua al cuello, después de meses de estar en dique seco y ver acaso cómo le han dado con la puerta en las narices miles de veces, estará dispuesto a todo, desde atracar un Banco, tirarse al monte o liarse la manta a la cabeza, aunque tendrá que cuidar que no le pillen con las manos en la masa, ni arriesgue meterse en un fregado del que no pueda salir o, después de haberse enganchado otra vez a eso del curre, le pongan de patitas en la calle por pasarse de listo o hacer sus necesidades líquidas fuera del tiesto (que ya sería mala puntería).

Le vaticinamos que, si se ve obligado a estar a la que salta y agarrar lo primero que se le pase por delante de las narices, trabajará como un negro y, además, le pagarán -consecuentemente, quizá- en el mismo color. Pero quién se andará con remilgos en caso tan sangrante. 

No espere un chollo, olvídese de peritas en dulce, de la posibilidad de no dar ni clavo o pasar la jornada papando moscas o calentando la butaca. Sudará la camiseta aunque no la lleve, y, además, una de las que le caigan de la frente, será la gota gorda.

Si se decide, con todo, a atracar un Banco o a dar la nota a la desesperada, apechúgue con las consecuencias si le trincan con el paso cambiado, habiéndola pifiado (existen otros sinónimos, que solo se usan en películas). Para no ser cogido en pelota (o pelotas), como para todo, hay que saber, y en una tierra en la que hasta el más tonto hace relojes (o paraguas), no hay que confiar en que se pueda tocar la flauta por casualidad, tanto haya Vd. nacido de pie o con una flor en salva sea la parte, que ya son rarezas (especialmente, esta última).

Resumiendo, que a mala crisis, buena cara. Y que no hay mal que cien años dure (ni cuerpo que lo resista, desde luego). Y que nunca llovió que no parara. Por eso, si está entre los pobres desgraciados que se han visto afectados negativamente por la crisis, aguante el chaparrón, aproveche la mínima para echarse algo al coleto y, como norma general, en la travesía del desierto, no enseñe nunca el trasero a quien no le vea intención de taparle las vergüenzas y sí solo de tomarse su dolor a chirigota, que de todo hay en la viña del Señor, y más, en Carnestolendas.

Sobre la mujer árabe

No hay mujeres. No hay mujeres en las manifestaciones de descontento que están consiguiendo derrocar, en acción que tiene elementos de explosión por simpatía (1), a varios de los regímenes dictatoriales islámicos.

Muy pocas, en cualquier caso. Aunque los comentaristas occidentales se han esforzado en presentar, sobre todo al principio, lo contrario.

No hay mujeres entre los miles de desplazados que se agolpan ante las fronteras tunecinas, huyendo de la guerra civil libia; hay escasas mujeres entre los egipcios, marroquíes, jordanos, argelinos, iraquíes, dakaríes, que apoyan un cambio, una apertura del poder, mayor libertad.

¿Dónde están?. Por supuesto, en sus casas. Encerradas en sus casas, impedidas a expresarse por sus maridos, sus hermanos, sus padres, sus clanes y tribus; también, por las mujeres mayores, o las más cansadas, decepcionadas o arrepentidas de que nada puede hacerse ante la superioridad física, intelectual, divina, del varón.

Podemos mirar hacia otro lado, concentrar nuestros esfuerzos de colectividad distinguida en perseguir la violencia de género de nuestros espacios, hacer difusión de los casos de ese par de cientos de enajenados que matan o hieren a sus parejas porque las quieren solo para sí, porque la mujer es su posesión.

Ahí cerca, justo donde hasta hace pocos meses nuestros dirigentes se sentaban complacientes para negociar las compras de petrólego, gas o minerales con esos sátrapas que se habían instalado en un poder omnímodo sobre los hombres de sus pueblos, una mitad de las poblaciones no tiene prácticamente derechos.

No tiene nada que ver con la religión. Hace mucho tiempo que Dios, con letras capitales o minúsculas, ha desistido de entrometerse, dándonos órdenes sobre la mejor forma de ordenar nuestras miserias.

Tiene que ver con la voluntad de dominio de unos seres humanos sobre otros, y con la tolerancia cómplice de quienes pudiendo decir, simplemente, no quiero saber nada de negocios contigo mientras mantengas una situación que priva de derechos a mujeres y a quienes tienen opiniones contrarias a las tuyas, se encogen de hombros, toman una taza de té tras otra en jaimas con aire acondicionado, y acaban firmando unas compras que les harán más dependientes de la alianza de nuestros pueblos con el retraso, la esclavitud, la barbarie.

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(1) Términos por los que se expresa que una detonación se propaga desde una masa que ha entrado en explosión, a otras, separadas de ella.

De ruidos

Se arma mucho ruido. A niveles individuales, como colectivos. No sabemos si existirá algún lugar en España que no celebre sus fiestas lanzando voladores, petardos o, llegada la noche, organizando un espectáculo de luces y, sobre todo, acompañándolo con mucho ruido.

En Carnaval como en Semana Santa, en fiestas religiosas como profanas, sea por causa del fútbol como del ciclismo, para recibir al vencedor como para despedir al fallecido, las multitudes se manifiestan por el ruido.

No se expresan contenidos inteligibles, pero sobrecoge escuchar a las masas. Una genuina expresión de su forma de sentir se percibe cuando nos acercamos a un estadio de fútbol: la masa enfervorecida por los avatares del juego presta, con sus aullidos, la voz a ese monstruo de la civilización.

En el plano de las preferencias del personal, pocos se recatan en manifestar que están ahí, a bocinazos, escapes abiertos, aparatos de ventilación mal ubicados,  cánticos desafinados, o -para no hacerlo largo- como propietarios de perros enfurecidos con el mundo tras altas tapias, etc.

Sí, por supuesto, también debemos referirnos a esos jóvenes que parecen empeñados en hacernos partícipes de sus horteras criterios musicales, de su gozo por estropear su cerebro, estómago y voluntad con botellones (al tiempo que mobiliario público, jardines, y descanso vecinal).

Al igual que se dice que por el humo se sabe dónde está el fuego, por el ruido se sabrá dónde se encuentra el majadero. No suele fallar: el que más grita, vocifera, se atolondra, menos tiene que decir, peores bazas tiene. Los de la mejor razón, son los discretos.

Sobre ornitología para estudiantes de español

Los españoles  disfrutamos mucho con los pájaros y, por ello, hemos venido apreciándolos como aperitivo para acompañar unos vinos y raro será el hogar en poblachón patrio en el que no se cuelgue a la ventana, al calentar del dia, una jaula dorada con un fringílido cantarín.

Este cariño hacia los animalillos, ha servido también para introducirlos en el lenguaje coloquial. Decimos, así, de alguien que tiene la cabeza a pájaros, si pretende imposibles; lo que es distinto, desde luego, de andarse por las ramas, que significa dar un rodeo al tema sin atreverse a abordarlo de pleno, bien por miedo, ignorancia o respeto.

Hay pájaros de mal agüero, que son quienes advierten de lo que va a venir, pronosticando que será malo o peor, por lo que tienen todas las de acertar. También se puede expresar admiración al tiempo que envidia con un ¡vaya pájaro!, que es casi seguro que, buscando una expresión de similar significado, conducirá a calificar como pájaro de cuenta a quien nos haya hecho una faena (no torera), o esté a punto de hacerla. 

Como el lenguaje es proclive a ambivalencias, se puede expresar bastante admiración indicando de alguien que está hecho un buen pájaro, pero, cambiando de sexo, una buena pájara puede tener parecido con una mala pécora, que es un insulto de los que carecen de sentido literal, pero levantan mucho encono. 

Cuando un niño cae, al fin, vencido por el sueño, después de haber dado la tabarra, se dice que se quedó como un pajarito, e incluso que se quedó frito (seguramente en referencia a lo que comentábamos al principio de este artículo). Por extensión, se aplica también a los adultos, aunque se prefiere en estos casos hablar de que se quedó como un tronco o roque

Si uno no ve la salida a una situación comprometida, es evidente que se sentirá como pájaro enjaulado, que no hay que relacionar con la expresión el pájaro voló, que se emplea sobre todo en las películas policiales, y que sirve para indicar que la película aún no ha terminado.

En fin, hay quien come menos que un gorrión, quienes se comportan como un par de tórtolos o pichoncitos, y quien tiene cabeza de chorlito. Incluso (aunque cayó en desuso) se asociaba con cuervos en el argot tabernario a los profesionales que vestían de sotana.

Pero hace tiempo que la mayoría cumple al pie de la letra eso de que cada mochuelo, a su olivo y no sale de casa más que en caso estrictamente necesario (comprar pan, periódico o tabaco).

Respecto a la minoría que completa el cómputo -pájaro más o menos- de la población humana de nuestro jaulario, puede valer que Dios los cría y ellos se juntan, equivalente a eso que los que piensan en inglés expresan poniendo en evidencia que los pájaros de un mismo plumaje, se agrupan ("birds of the same feather, flock together"). Aunque hay que ser muy pardillo para que tenga chicha esa advertencia.

Sobre la celebración del 24-F

En 1981, hace 30 años, un 23 de febrero, cuando muchos españoles habían terminado la jornada laboral, un grupo de militares irrumpió en el Congreso de los Diputados, mientras se celebraba un segunda votación para la investidura del ingeniero de caminos Calvo-Sotelo como Presidente, tras la dimisión de Adolfo Suárez, que afirmó que, con su presencia en el Gobierno, no quería ser causa de una nueva guerra civil.

Quienes éramos ya adultos en esa fecha tenemos nuestro propio recuerdo de lo mal que lo pasamos. Había aún mucho miedo en España, porque vivíamos bajo la certeza de que muchos mandos militares y una parte significativa de la población civil no deseaban libertades.

Se asociaba en muchos foros libertad al libertinaje: y libertad tenía muchos caminos para manifestarse: libertad de expresión, de culto, de desplazamiento, de empresa, de enseñanza, ... Libertad para expresarse como comunista, como homosexual, como pacifista, como sindicalista, como contrario al servicio militar obligatorio, como favorable a las autonomías o a la libre determinación, o declararse defensor del aborto terapéutico, de la eutanasia pasiva o de la inocencia del cuerpo humano desnudo...

Libertades que se demandaban que eran, algunas, tan pequeñas como poder besar a la persona que amabas en la calle, sin que nadie te sacara una tarjeta roja por desvergonzado; o protestar por una injusta nota ante el profesor de la asignatura, o acudir a la justicia porque no se deseaba aguantar el mobbing o las pretensiones sexuales del jefecillo de turno.

Había tanto miedo que quienes estábamos en aquel momento en el extranjero recibimos llamadas angustiadas para que elimináramos papeles comprometedores, sin que supiéramos exactamente qué podía significar eso, y todo nos pareció, de pronto, peligroso, delicado, valioso. Había tanto miedo que no fueron pocos los que se tiraron al monte, abandonaron sus casas, cruzaron la frontera o se hicieron transparentes.

El país estaba tan inerme que, salvo unos pocos videntes que habían copiado lo mejor de otros textos sagrados, aún no sabíamos (ni muy bien ni muy mal) para qué servía la Constitución que se había aprobado en 1976, y el Estado de derecho era tan frágil, tan inexperto, que no había protocolos de actuaciones en emergencias (y menos en intentos de golpes de Estado), y algunas embajadas y consulados se enteraron de que estaba ocurriendo algo en España cuando los españoles a los que nos habían alertado nuestros amigos en la metrópoli llamamos para saber qué podíamos hacer.

Fue una mala noche, la de aquel 23 al 24 F, con las personas que representaban aire fresco para salir de décadas de dictadura, encerradas en el hemiciclo, sintiendo o presintiendo que su miedo -heroísmos posteriores aparte- era como el nuestro, seguramente superior.

Hemos dicho muchas veces posteriormente que el discurso de SM El Rey nos tranquilizó a todos. No entonces, desde luego. No en ese momento en que nos pareció que aquel hombre, al que asociábamos a las estructuras del franquismo, un "Juan Carlos Primero el Brevísimo" que ya llevaba unos cuantos años aguantando tarascadas como personaje simbólico, se estaba jugando la vida al descolgarse de un golpe al que habríamos podido llegar a jurar que había consentido.

Lo que más cambió aquella noche, para muchos, especialmente para los que no nos sentíamos especialmente monárquicos, fue algo que no podemos olvidar: Teníamos Jefe de Estado. Y otras cosas: había que reformar las fuerzas armadas, consolidar la democracia, preparar protocolos de emergencia, realizar un intenso trabajo que se nos había puesto de manifiesto por delante, con la alegría de saber que éramos mayoría, inmensa mayoría.

Perdónesenos que no celebremos nada por el recuerdo de esa noche que pasamos en vela. Queda tanto todavía por hacer y hay aún algunas sombras...

Sobre los adultos conflictivos y su tratamiento

Tal vez el lector, que será persona culta y versada en el análisis de las relaciones sociales, haya escuchado alguna vez o varias de un tercero que "es persona conflictiva". Como le tenemos en alta estima -aún sin estar seguro de conocerlo plenamente- apostaríamos a que él mismo no habrá utilizado jamás ese apelativo para referirse a nadie.

Pero, como nadie está libre de pecado, si Vd. ha tirado alguna vez a alguien esa piedra, arrellánese en el asiento y lea nuestra opinión acerca de los que creen haber detectado que el colega es persona conflictiva y así lo van transmitiendo a quien se tercia.

Para empezar, habrá que poner de manifiesto la premisa de que cuando se cataloga a alguien de conflictivo se está juzgando su relación (la de él) tensa con una persona dominante (a la que se quiere demostrar afección) o frente a un grupo o sistema de poder (del que se quiere seguir formando parte).

Como, en especial cuando se trata de las cosas de comer, nadie tiene la intención de crear problemas, es seguro que el juzgado como conflictivo no sea consciente de haber merecido el apelativo. Lo más curioso es que quienes transmiten que alguien es conflictivo no están interesados en juzgarlo, sino en que no se les juzgue a ellos como simpatizantes con él.

En la empresa, los "conflictivos" empiezan a serlo porque no ríen los pésimos chistes del jefe, afilan el perfil porque no se quedan hasta las tantas tomando copas con los compañeros de departamento o ridiculizan la afición a jugar al bingo del director del departamente, y, osados, se consagran al atreverse a ofrecer en una reunión suspuestamente de brain-storming algunas ideas contrarias (y muy aceptables, como suele demostrarse a posteriori) a la opinión que ya aparecía consolidada por parte de los mandamases del grupo.

En fin, para no hacerlo muy largo, no se ocultan para emitir algunas críticas al "sistema" que, en privado, todos estarían de acuerdo en valorar como pertinentes.

El conflictivo perfila su condición, pues, no siendo un pelotas, un lameculos, una sombra aplaudidora sin criterio en el complejo mundo de poderes de las empresas e instituciones.

Cumple también otras condiciones, que lo hacen extremadamente vulnerable: es independiente; no tiene apoyos por arriba, no es familia del empresario, no milita en partidos, no se agrupa salvo para ir a un espectáculo divertido. Puede, además, que sea más alto, más elegante, o más guapo que la mayoría; dén por seguro que se encontrará entre los más inteligentes del grupo.

Si le descubren un conflictivo en su área de relaciones, analice las razones por las que le han designado así. Siéntase seguro de que el que le comunica ese carácter del otro, quiere proteger algo y, apueste que ese algo tiene altas posibilidades de ser turbio, ilegal, o, cuanto menos, deplorable.

Porque, amigo, si no hay conflicto, no se avanza. Solo los que aportan ideas nuevas pueden hacer que se mejore el funcionamiento de lo que está en marcha, renquee o no. Y los únicos que pueden estar interesados en que no se toque nada, marginando y desplazando como proscritos a los que discrepan, tildándolos de conflictivos, son quienes tienen algo que ocultar.

Este es nuestro tratamiento recomendado: Siente a un conflictivo a su mesa, y escuche sus razones. Aprenderá, seguro.

Por la defensa ética de nuestro estado de derecho

Un estado de derecho, como el español, no puede estar sometido continuamente a la desastrosa sensación de que existen demasiados individuos que, incluso y a pesar de su posición de garantes, se aprovechan para delinquir, en la confianza (suponemos) de que sus actuaciones resultarán inadvertidas y, -lo que es mucho peor-, saldrán impunes si son descubiertos.

Son excesivos los casos con los que los media nos alimentan el malestar cada día. Es intolerable para la sensibilidad de los millones de personas que, no solamente nos esforzamos en cumplir la Ley sino que, conscientes de nuestra responsabilidad ética con los demás, seguimos los principios que forman la base de la convivencia: el respeto a los demás, la honestidad y concordancia entre lo que creemos, lo que decimos y lo que hacemos.

Ha trascendido un grave escándalo protagonizado por autoridades andaluzas, que no tuvieron empacho en inventarse situaciones laborales de la que no disfrutaban -ellos, sus amigos o sus correligionarios- para cobrar subsidios de desempleo a los que no tenían derecho, o inventarse falsas personalidades para acogerse a prejubilaciones.

No dudamos que los sucesos se esclarecerán y, finalmente, los culpables, si se demuestra el dolo de sus actuaciones, serán castigados como se merece.

Pero este escándalo se suma a otros múltiples, se superpone con otros miles de situaciones aún no denunciadas y, por lo que se acaba sabienda en algunos casos, conocidas y, por tanto, toleradas en complicidad, por quienes están al cabo de la calle, enterados de fraudes que no denuncian e incluso ocultan, quién sabe porqué motivos.

Hay en España demasiadas construcciones irregulares, demasiadas situaciones de fraude, excesivas infracciones impunes a toda una parafernalia de leyes, normativos y reglamentos que a menudo parecen estar ahí solo para que las cumplan los que no puedan permitirse saltárselas a la torera.

No debiera trasladarse al ámbito penal o administrativo y mucho menos, al ámbito de los procesos civiles de quienes se sienten obligados, ante la omisión de las autoridades a suplir la dejación de las obligaciones de los responsables públicos, a acometer complejos, dilatados y caros, denunciando irregularidades de las que el día a día nos ofrece excesivos ejemplos.

Pongamos orden, de una vez. La administración de justicia no debiera actuar más que como última razón para restablecer el orden que la sociedad haya elegido como modelo.

La tenemos empapizada, con la legiferancia de los que gobiernan, la beligerancia de los que son gobernados, la parcial incompetencia técnica de jueces y abogados (unos, obligados con demasiada frecuencia a decidir sobre lo que no saben, y otros, a promover litigios para comer) y, sobre todo, con  la ausencia de ética que se ha colado como ventaja competitiva en nuestra sociedad.

Todos estamos obligados a cumplir y a hacer cumplir las normas de convivencia y, muy en especial, las leyes. Los que tienen responsabilidades públicas deben dar ejemplo, no solo de su cumplimiento, sino de no tolerar que sus colegas de partido, sus compañeros en la función pública, sus familiares y amigos infrinjan lo que, entre todos, hemos decidido acatar como base para nuestro Estado de derecho.

No es juego en el que gana el más listo. Es una obligación de convivencia, de ética, de respeto hacia los demás, en el que quien desea zafarse merece ser destacado con nuestro más profundo desprecio.

 

A favor de la síntesis

Si fuéramos invitados a expresar nuestro parecer acerca de cuál de ambas capacidades intelectivas, análisis y síntesis, es más frecuentemente utilizada por los seres humanos, responderíamos, sin dudarlo, que el análisis.

La síntesis es la hermana débil de ese dueto desequilibrado. Para el caso de que el lector dude de esta deduccción, observe el comportamiento en su entorno, haga una introspección respecto a su propia manera de actuar, examine los principios, teorías, doctrinas, programas, que canalizan, mueven y sirven de soporte a la inmensa mayoría de las acciones personales u colectivas.

Deducirá que la síntesis, la capacidad de síntesis, pocas, muy pocas veces, se deja ver.

Los pueblos mediterráneos, más concretamente, se embelesan con el ejercicio de los análisis, y allí se quedan.

Juristas, técnicos, políticos del gobierno como de la oposición, tipos de la calle como de la moqueta, empresarios, sindicalistas, sacerdotes y fieles, entran en tierras de análisis y allí se anclan.

Hasta nuestros filósofos se orientan hacia el empirismo, la observación de detalles del comportamiento de los individuos o de las masas y pocas veces -si es que lo consiguieron alguna- se han sentido capaces de ofrecer un compendio sistemático, una Summa, un Tratado, unos Principia, un Resumen.

Unos y otros, disfrutan, disfrutamos, con la contemplación de lo exterior -con intención, generalmente, de descubrir los defectos que nos servirán para criticarlo-, pero huyen, huímos, de cuanto signifique poner prioridades, extraer consecuencias y, en definitiva, sintetizar lo que se haya percibido durante el análisis.

Tal vez el lector encuentre sentido a esta invocación: Ven, síntesis, ayúdanos a seleccionar lo mejor de lo que tenemos a nuestro alcance, a separar el ruido de quienes nos pretenden confundir sobre la importancia de realizar un análisis completo de los errores del pasado, para permitir que quienes tengan propuestas y soluciones las expresen, nos convenzan con ellas, nos liberen de las servidumbres del análisis.

 

A mayores: La valoración por el mercado de los compromisos sociales corporativos

Pocos asuntos ofrecen tanto interés para el análisis socioeconómico en este momento como éste, con el que hemos titulado nuestro Comentario: la incorporación como parte del precio del producto del valor asumido por el mercado para los compromisos sociales de las corporaciones mercantiles y organizaciones públicas.

Hablamos de ese conjunto de acciones voluntarias, de imprecisa definición y catalogación,  que se está llamando, en nuestra opinión erróneamente, responsabilidad social corporativa (RSC).

Si existe una razón para sospechar en la quiebra (aún incipiente) de las bases de la economía de mercado es la creciente valoración por parte de las sociedades de los elementos que se habían considerado exógenos a los procesos productivos. Hablamos de las externalidades, de los inputs no introducidos como coste en los balances de las empresas y de las entidades de cualquier tipo.

Tenemos razones ahora muy serias para pensar que nos estábamos equivocando, como colectivo, al dejar que las entidades de transformación incorporaran, sin coste, el uso de los elementos que considerábamos "naturales e inagotables", de los que el aire, el agua, la tierra, eran representantes típicos.

Nos han (casi) convencido de que la atmósfera se calienta demasiado por la contaminación que ha provocado el desarrollo, que el agua pura está escaseando, como consecuencia de la falta de depuración de la que hemos ensuciado, o que el suelo se ha llenado de productos indeseables y el paisaje que apreciábamos se deterioró o desapareció para siempre.

No solamente éso: la globalización ha puesto de manifiesto que las empresas pueden cambiar sus localizaciones de un mes para otro, dejando sin trabajo a miles de personas, en su búsqueda ávida por la maximización del beneficio para sus accionistas, volando para posarse allí donde los controles administrativos y sociales, las restricciones legales y los costes de mano de obra son menores.

Estamos, en esta parte de la civilización, mucho más concienciados que hace unos años. Queremos una atmósfera limpia, un paisaje agradable y cuidado, un trabajo seguro y bien remunerado, y exigimos que las empresas que se vinculen a su entorno social, dirigidas por empresarios honestos, que nos cuenten la verdad de los costes en los que incurren los procesos, porque deseamos que nuestro bienestar sea sostenible, tenga futuro.

Pero no parecemos dispuestos a pagar por ello. Seguimos comprando lo más barato, sin importar si proviene de una tierra alimentada con abonos contaminantes para la hidrosfera o de verduras protegidas por insecticidas violentos. Vestimos lo que más nos gusta y al precio más asequible, sin que nos preocupe leer la información de la etiqueta respecto a su proveniencia, ni nos informamos sobre lo que hay detrás de la cadena productiva.

No vamos a poner todos los ejemplos. Compramos vehículos por su diseño, no nos privamos de renovar aparatos electrónicos antes de que su vida útil se  haya apenas iniciado, viajamos a países lejanos porque nos sentimos libres para divertirnos al máximo, utilizamos en nuestro beneficio cuanto se nos ponga al alcance, en la obsesión de consumirlo y probarlo todo, porque la vida es breve y no estamos dispuestos a dejarla pasar sin gozar al máximo...

Mientras no estemos preparados para incorporar como coste de los productos, bienes y servicios, la internalización de lo que hasta ahora considerábamos de libre uso, los informes con que nos obsequian algunas de las empresas sobre Responsabilidad Social Corporativa y Sostenibilidad, se parecerán, más que a cualquier otra cosa, a cantos de sirena, himnos a la bandera, nanas de cuna para adormecer los espíritus dormidos de quienes parecen ignorar, porque no lo han sabido ni querido analizar, que el mercado lo asume todo.

Porque es un tragaldabas que solo ocasionalmente se siente empachado por la ingestión masiva de realidades, mitos, bonhomías, perversidades, trampas, buenas intenciones, pero lo únicamente que digiere es dinero, dinero, dinero.

Sobre ética y responsabilidad social

La dinámica social pone de moda algunos vocablos y destruye otros. Viejos perros con nuevos collares. Responsabilidad social corporativa y desarrollo sostenible (o, mejor, sustentable) son dos expresiones que han hecho fortuna.

En el entorno occidental, (donde se agrupan, condicionados por el miedo y su obsesión por el placer, el 25% de los ciudadanos del mundo, compulsivamente rodeados de aparatos rápidamente obsolescentes que les proporcionan desde movilidad hasta agua caliente), ninguna organización -pública o privada- se atrevería a negar que no profesa sincera y profunda adoración por ambos dioses del devocionario colectivo.

Después de haber llegado hasta aquí o cerca de aquí impulsados por una religión monoteísta muy bien hilvanada con lo mejor que se iba encontrando en el camino de perfección, el mundo occidental ha entrado en crisis de valores y, en la renovación de las pautas de comportamiento colectivo, la mayor parte de las Constituciones estatales más elaboradas se han declarado laicas, es decir, ajenas a analizar las razones de Dios y a investigar sobre su naturaleza, renunciando a sacarle partido a su hipotética relación con el hombre. 

La situación es delicada. Si no se dispone de la amenaza de las penas del infierno en el más allá para controlar los deseos de actuar contra las normas divinas, hay que recurrir a la legislación para castigar a los trasgresores en el más acá; si se han roto, nuevamente, las Tablas de la Ley, habrá que volver a escribirlas sobre la placa indestructible de la ética universal.

A nivel personal, la idea de lo que está bien o mal -siempre en relación con el otro- aparece definida muy claro en la intimidad del pensamiento de cada uno. Tiene muchos elementos comunes con todos los demás seres humanos y algunos que son específicos de la formación y exigencia de comportamiento que cada uno se haya ido imponiendo, y de la consideración que tengamos a ese otro. (1)

A nivel colectivo, las sociedades necesitan normas de comportamiento impuestas o exigibles, porque no está nada claro que existan unas normas éticas generales impresas en el alma social. Esas normas son particularmente importantes para controlar las actuaciones de las grandes empresas.

No se puede olvidar, por ejemplo, que empresas petroleras (Shell, Exxon, BP, ...) o de servicios (Wal-Mart, Chevron,...), regidas por puros intereses mercantiles, tienen mayor facturación y, por tanto, mucha más amplia capacidad de acción, que el PIB de la mayor parte de los países (manejan cifras equivalentes, por ejemplo, a las de Bélgica, Polonia, Suecia, Noruega,...).

La Fundación Rafael del Pino ha traído a Madrid, el 3 de febrero de 2011, a varios de los ponentes de una jornada que tuvo lugar en Barcelona el 31 de mayo del año pasado, para presentar un libro colectivo que recoge y amplía las comunicaciones presentadas entonces. "Hacia una nueva ética económica global. Innovación vs. statu quo" es el título.

Un regalo. Una invitación, plagada de sugerencias, para reflexionar sobre lo que nos merece la pena corregir. El futuro de la humanidad ya no depende de lo que nos regalen los dioses, sino de lo que conformemos los seres humanos con lo que está puesto a nuestro alcance.

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(1) A nivel general, no sería objetable, por ejemplo, tener una relación extramatrimonial o fuera de la pareja. Pero puede convertirse en un motivo grave de sentimiento de culpabilidad -sin necesidad de que la situación haya trascendido a ningún ámbito externo- , de acuerdo con la formación recibida y, sobre todo, con la convicción de "haber traicionado" la confianza del otro.

 

Ante la propuesta de Merkel para ayudar a disminuir el paro en España

Los líderes alemanes siempre han estado dispuestos a echar una mano a esa admiradora casi incondicional que es España y, en correspondencia, no se han regateado sacrificios para no defraudar a la hermana mayor.

Los alemanes ya no son, por lo que se observa en las calles, ni más altos, ni más rubios, ni más guapos, pero sí, claramente, más sistemáticos, más emprendedores y aunque, posiblemente, no puedan acreditar tener la media de inteligencia más alta del planeta, se siguen creyendo más inteligentes que los españoles.

Los españoles, que persistimos en nuestra condición de no saber lo que somos como colectivo, somos muy útiles como criados, lacayos y comparsas y, por el devenir de la Historia, quienes mejor han aprovechado esa actitud servil, disimulada con bigotitos, algunos exabruptos y vacua pretensión de independencia, han sido los alemanes.

También debe reconocerse que esa perspicacia para sacar partido del adocenamiento hispano no proviene únicamente de la cualidad teutona para echar el ojo a quien le puede echar una mano, sino que se ha encontrado flanqueada, robustecida y contrastada a mano izquierda de su mapa y derecha del nuestro, por la pertinancia francesa en ignorarnos, ningunearnos o criticarnos y, por tanto, en justa correspondencia hacia unos y otros, nos aliamos con germanos cuando no viene al cuento y no nos fiamos de los gabachos cuando nos vendría al pelo hacerles la pelota.

El cariño de Alemania hacia lo español ha sufrido un reciente impulso. ELa Embajada alemana en España ha recogido en su web (www.madrid.diplo.de), dentro de la cooperación entre ambos países, una oferta de personal cualificado en varios sectores (ingeniería, medicina, docencia y, por supuesto, hostelería) que ha revolucionado las aguas del ya inmenso paro patrio.

Alemania, se nos dice, necesita técnicos y personal sanitario para reforzar su salida brillante de la crisis, y España es considerada por los calificadores del motor europeo como un vivero excelente de ese material humano. Máxime cuando es constatado que no sabemos qué hacer con él, pues cientos de miles de universitarios campean con un título inútil bajo el brazo, sin encontrar trabajo.

No han faltado quienes han elevado sus voces al cielo, denunciando el expolio de cerebros y capacidades que ello supone para España.

Qué error, qué inmenso error. El ministro de Trabajo español, que ahora es Valeriano Gómez, experto sindicalista, entiende la situación con absoluta claridad. Puesto que nuestro país es incapaz de generar empleo y riqueza y estamos ya en período electoral -para gran parte de las autonomías y renovación de concejales en todos los ayuntamientos-, lo inmediato es mejorar las cifras del paro. Como sea.

Eso sí, hay que garantizar que estos jóvenes -expresan desde el Ministerio, puestos de rodillas- , cuando vuelvan a casa, con su talento reforzado por lo mucho que van a aprender en Alemania, encuentren un puesto de trabajo acorde con su esfuerzo, sus capacidades, su experiencia.

Tururí, tururú, resuenan las trompetas.

Pero no se rasgue nadie las vestiduras. Estamos en equilibrio. Nosotros también creamos empleo para Alemania. Ahí están, sin ir más lejos, los ejemplos de Laudrup, Özil, Khedira, y eso que es proverbial la resistencia de los alemanes, incluso los de primera generación, a dejar el suelo donde juegan, salvo que se les saque de allí a golpes de billetes.

Y todo incluso a costa de sacrificar uno de nuestros futbolistas-símbolo, Raúl González, obligado a pelearse bajo el frío en los terrenos del Schalke 04 (vaya nombre para un equipo de fútbol) contra tipos que le ponen zancadillas en una lengua ininteligible.

Por cierto, que exista libertad de circulación -y asentamiento- para personas vigente para los ciudadanos de la UE, y la homologación automática de títulos, fruto de los acuerdos de Bolonia y Schengen, así como de la muy desgraciada interpretación hispana de la Directiva de Servicios que pretende destruir los Colegios profesionales, no facilitará la creación de puestos de trabajo cualificados para españoles en nuestro país.  No, todo lo contrario: vendrán, cuando les interese, sin trabas, los de fuera.

Pero eso será parte de otra historia, la que nos hace proclives a fomentar medidas para profundizar en nuestro descalabro colectivo.