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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sociedad

Sobre la indefensión ante la desfachatez

Es más que una impresión. Es una realidad, que los prudentes, los sensatos, constatarán día a día en nuestra sociedad en la que la falta de escrúpulos se ha adueñado de posiciones centrales en la vida diaria y, por supuesto, de casi todas las marginales.

La desfachatez triunfa. No es ya que el que no llora no mama, y se va más allá de que hacer cierto aquello de quien más chifle, capador. Es el imperio del tonto el que no se aproveche de que las luces del respeto al otro están apagadas.

Quien mantenga el criterio de que se debe respetar el derecho de los demás, y, no digamos ya si, educado en la prudencia, prefiere renunciar a hacer algo si entiende que puede causar molestias a terceros, se encontrará en una selva en el que el vapuleado será él.

Se ha llegado a esta situación en la que la anarquía (egoista) campa gloriosa por los repeto de los demás, por una combinación exitosa -para aquella- de ausencia de sensibilidad frente al prójimo, junto con la vista gorda vertida a diario por quienes podrían, e incluso deberían, perseguir los casos de abusos que, desde la tierna infancia, se presentan en las guarderías, se multiplican en las escuelas y se perfeccionan en los lugares de trabajo, en las calles, en las relaciones de vecindad y cercanía.

Para muchos, empujados por la desfachatez de los otros, ejercitar la propia es una forma de defensa, en aplicación del principio de, si quieres la paz, prepárate para la guerra.

Sobre el afán de prohibir

El afán de prohibir sigue extendiéndose por el mundo, emulando a los jinetes de la Apocalipsis. Existen recopilaciones de carteles prohibidores, (de gran diversidad imaginativa, rayana en algunos casos con la estulticia), cuyo análisis asombra a quien se confronta con ellos y hace pensar sobre el objetivo verdadero del autor del imperativo.

Sería conveniente analizar si nos sería conveniente aplicar un período de vacación al deseo de prohibir. "Hasta nuevo aviso, se prohibe prohibir", sería el escueto enunciado que podría hacerse público en el frontispicio de la ciudad global.

Porque, desde luego, hay múltiples motivos para protestar por lo que molesta y razones de más para que se cumpla con las prohibiciones de aquello que resulta injustificable desde lo que se podría considerar la ética más elemental.

Es inadmisible, aunque no haya necesidad de divulgar la prohibición, cualquier discriminación relacionada con el sexo o los hábitos sexuales de la persona adulta. Y, sin embargo, existen demasiadas sociedades en las que se margina a las mujeres, se persigue a los homosexuales.

Es intolerable, por más que se soporta con condescendencia en los más variados foros, la explotación de los seres humanos, la ocultación de información respecto a la peligrosidad de algunas formas de producción y las conclusiones de ciertas investigaciones sobre productos perjudiciales.

No se debería consentir la utilización abusiva de la posición para dañar a otros, incumpliendo normativas respecto al uso de explosivos, sustancias contaminantes, emisiones molestas, ni, tampoco, la dejación en la persecución y castigo de quienes, con prepotencia y desfachatez, sabiéndose a cubierto, realizan la destrucción de patrimonios ambientales o culturales.

En todos los lugares, incluso en las sociedades más desarrolladas (y especialmente, en éstas, por la manía reguladora como hipotética demostración de actividad) se prohibe por prohibir, concentrándose en algunos asuntos de menor relevancia, ocultando así la incompetencia para prohibir y ser coherente con lo legislado, en otros sectores de mucha mayor importancia.

Se ha prohibido en España, recientemente, fumar en lugares públicos; se ha eliminado la difusión en los canales televisivos estatales del espectáculo de la fiesta nacional de los toros; se ha llenado la geografía de normas sobre ruidos, sobre topes de velocidad a los vehículos automóviles, sobre decencia en el vestir, sobre materiales que no pueden transportarse en viajes aéreos o terrestres, sobre conservación de algunas especies amenazadas, sobre la contaminación de aguas y terrenos, sobre las sustancias prohibidas a deportistas, sobre el uso de información privilegiada, sobre la comunicación de operaciones relevantes a los organismos reguladores, etc. etc.

Desde luego, habría muchas razones para prohibir multitud de comportamientos que hieren la sensibilidad, el sentido común, la solidaridad y el respeto imprescindibles hacia el otro.

Pero, ¿no sería más útil esforzarse en educar en la importancia de respetar sin dañar, para no tener que prohibir?

Ya sabemos que este deseo no es más que una quimera, una ilusión de cumplimiento imposible, porque no parece encontrarse entre las prioridades de nuestra sociedad.

Y es una lástima, porque nos ahorraríamos mucho dinero, crispación y malestar, si fuéramos capaces, colectivamente, de entender que la prohibición es una manifestación del fracaso de la ética y que, cada vez que se promulga una ley prohibitiva, cada instante en que alguien colocar un cartel prohibiendo algo, más que ejerciendo una autoridad, real o hipotética, está proclamando la incapacidad colectiva para ser más felices.

Ya que la libertad para que cada uno pueda hacer lo que le apetezca, sin necesidad de que nadie le recuerde, ni con la norma ni con la amenaza de ninguna sanción, que está prohibido hacer daño (al otro, a la naturaleza, a la economía, a la sociedad, ...), es el indicativo de la madurez de una sociedad para vivir en paz, en armonía consigo misma y con las demás.

Siendo ese desiderátum no factible, quedaría por enunciar: Prohibid, prohibid, malditos.

Por fas o por nefas

En la antigua Roma, los días se dividían entre fastos y nefastos. En unos, considerados días venturosos, se podían celebrar los actos públicos; en los otros, los dioses no se consideraban propicios, y en ellos, por tanto, se evitaba realizar juicios y negocios.

Por fas o por nefas es una expresión, caída hoy en desuso, por la que se entendía que una acción debe realizarse, porque resulta inaplazable.

Al iniciar una nueva etapa en Alsocaire, nos dedicaremos a glosar la actualidad, abriendo el abanico de preposiciones con las que comenzaremos nuestros comentarios a todas las que son utilizadas en español, concediendo especial atención a aquellas cuestiones que deben ser resueltas sin dilación.

Por fas o por nefas, hay que recuperar la economía, eliminar la crispación social, integrar a la primera línea de responsabilidades a los más capaces, impulsar la creatividad y la inventiva, defender la honestidad y la bonhomía, tomar ejemplo de quienes no han disminuído, aunque caigan chuzos de punta, su voluntad de cambiar las cosas para mejor, conservando cuanto merezca la pena.

Por fas o por nefas, España saldrá adelante, porque cuenta con recursos, con medios, con personas de gran nivel técnico, intelectual, social, político.

Recuperarlas al lugar que les corresponde, por el bien de todos, es la tarea ineludible que debemos acometer todos los españoles.

Feliz 2011, compañeros.

Sobre cómo despedir el año con un corte

El último día del año más duro (hasta el momento) de nuestra democracia a la española merece ser despedido con un corte.

Para muchos de nuestros compatriotas, el mal sabor que deja 2010 -habiéndose llevado por delante centenares de miles de puestos de trabajo, millones de ahorros, miles de negocios, montones de perspectivas e ilusiones y toda la credibilidad- lo convierte en un año para olvidar.

El malestar que se refleja en la sociedad española invitaría, a los más expeditivos, a interpretar que estamos invitando, con el título del Comentario, a dar un corte de mangas a la situación y pasar página. Ni ha sido nuestra intención, ni sería factible.

Cuando nos despertemos mañana, vencida la resaca, salvo los vasos rotos, las botellas vacías y el confetti ajado, los problemas, pero también las capacidades, seguirán ahí.

Proponemos, por ello, no dejar marchar el año sin sacar consecuencias, y aprovechar la falsa renovación que permite un comienzo de período para, después de la reflexión, tomar decisiones en el terreno personal y, desde la que sea nuestra particular percepción, proponer actuaciones en lo colectivo y tratar de llevarlas a cabo.

2010 ha sido un año en el que nos han crecido muchos in: incompetentes, inútiles, insolventes, interesados, incongruentes,...También han aparecido montones de nuevos des: desempleados, descontentos, desilusionados, descarados, desmentidores, desastrosos, desesperados...

No podemos saber en qué grupo se encuentra el lector, aunque le deseamos de corazón que no se vea identificado con ninguno, y pertenezca al conjunto reducido de quienes no están afectados por la crisis, ni como sufridores, ni como creadores, ni como cómplices.

También indicamos que no existen muchas opciones probabilísticas de que un español, extraído al azar de la población por una pinza simbólica, pertenezca a ese grupo. En principio -y no faltará quien lo discuta-, lo formarían únicamente los funcionarios de nivel bajo y los empleados de grandes empresas que desempeñen tareas muy concretas en obras y servicios de larga duración.

2010 nos ha dejado el espectáculo lamentable de la crispación en la vida política española, del retorno a los planteamientos viscerales, a la descalificación frontal, al insulto. No solamente entre los representantes de los partidos políticos (aunque hay que matizar, siquiera para hacer justicia, que los ataques han sido más virulentos desde los partidos que no gobiernan que desde el Gobierno); podemos creer, siendo indulgentes, que, cuando faltan ideas, ese es su concepto de lo que es trabajar por el bien común...

Pero nos preocupa mucho más porque las descalificaciones, los exabruptos, los chistes zafios, los motes groseros, han ocupado sitio entre la ciudadanía, como si se hubieran redescubierto las dos Españas, esta vez, sin clara ideología ni aparentes objetivos, en un ejercicio de adormecimiento letal, de falsa catarsis.

Se ha puesto de moda el ridiculizar a los miembros del Gabinete, empezando por el Presidente, incluso con palabras gruesas -bastaría darse un paseo, con las narices tapadas, por los foros de internet y por los comentarios a cualquier noticia en que se informe sobre sus actuaciones- y, también, apelar despectivamente a la mayoría de los que son alternativa de Gobierno, a los que se tilda desde incompetentes a desvergonzados e incluso, se les presenta como si formaran parte de una pandilla de delincuentes reales o presuntos.

Las opiniones desde los pocos instrumentos con que cuenta la sociedad civil que se trasmiten son, además de escasas, a menudo, interesadas de facción o inviables por concepto. Y cuando tienen apariencia sensata, y se presentan bien documentadas (¡qué raras veces!), son despreciadas desde los púlpitos sin análisis, en peligrosa postura de estímulo al desprecio colectivo hacia toda manifestación de ingenio e inteligencia, pero, también con menosprecio de diligencia. (Y hay que recordar a Séneca: "Diligentia maximun etiam mediocris ingeni subsidium").

Es significativo que este país no se identifique con los líderes, y que, por lo demás, haya tan pocos. La apatía de amplios sectores de nuestra sociedad es un síntoma, grave, de la desconfianza en que la propuesta de soluciones y el trabajo conjunto permite alcanzar las vías de escape a la crisis. No saldremos de ella a golpes de decreto ni con bandazos de timón, ni tampoco porque lo repita, machaconamente, una o diez personas (tampoco porque le nieguen capacidad, sin proponer alternativas, otras tantas).

Sería interesante conocer cuántos están disponibles, con conocimientos, capacidad y ganas y no se les utiliza para nada. Esa fuerza inusada, ignorada o despreciada ahora por los que detentan el poder, cualquiera que sea éste, es un despilfarro de recursos y, a la vista de lo que ofrecen los que acaparan los mandos, resultarían imprescindibles para aportar mayor enjundia con la que sacar a España del atolladero.

Sobre copago, edad de jubilación, beneficiarios, prestaciones y control

El Estado social se sostiene en virtud de una caja negra -admitamos que coloreada en algunas zonas, para no resultar insolentes-, compuesta por varios entes allegados, de los que el más significativo es llamado Seguridad Social.

En ese sistema de flujos de dineros que sirven para pagar prestaciones, el órgano regulador del equilibrio, para aumentar las segundas, no tiene más remedio que incrementar los ingresos en caja. En otro caso, se producirá un endeudamiento progresivo que acabará minando la credibilidad de los prestamistas y usuarios y provocando, cuando falten los créditos y se mantengan las exigencias de servicios que no se pueden pagar, el descalabro del edificio social.

Como los ingresos son los derivados de impuestos generales (directos e indirectos) y de las contribuciones de empresarios y trabajadores, cualquier incremento en los mismos que provenga de aumento en la presión fiscal o contributiva, y no del crecimiento de la economía, tendrá un rechazo inmediato.

Como los gastos son causados por los destinatarios de las prestaciones asistenciales, bien sean por desempleo, jubilación, enfermedad, educación, etc., cualquier disminución ha de ser cuidadosamente estudiada para que el colectivo afectado no sufra más de lo necesario.

Nos parece que, como siempre ha de hacerse cuando se trata de resolver un momento crítico, lo más urgente para restablecer el equilibrio es perseguir las bolsas de fraude al sistema, provocadas por quienes malusan la oferta de prestaciones: falsos parados laborales y falsos jubilados, hipocondríacos favorecidos por la permisividad de los facultativos, malos estudiantes crónicos, etc.

El debate estará siempre abierto y las voces no tienen porqué ser concordantes, porque dependerá de la información disponible y de los sentimientos personales. Pero hablamos de la necesidad de encontrar una solución general fundada (y también flexible), no de defender posiciones intuitivas.

Es imprescindible instalar el copago como medida general de co-responsabilidad, aumentar la inspección contra el fraude, uniformizar el nivel de servicios y sus costes en las diferentes autonomías, controlar la genuina utilización asistencial, analizar y sancionar, con medidas adecuadas y firmes, la ineficiencia educativa (en profesores como en alumnos) y, en fin, corregir las pérdidas de sustancia que se detecten en la caja negra.

Hay que realizar una proyección lo más exacta posible de la evolución del número de sujetos, activos y pasivos (donantes y receptores) de la caja negra, clasificándolos por categorías similares y asignando a cada grupo la carga o el beneficio económico que, de acuerdo con la normativa y la tendencia, les correspondan.

Y, con ese modelo como juguete, será el momento de probar los efectos del aumento en  la edad de jubilación, incremento en las contribuciones de empresas y trabajadores, reducción de oferta de prestaciones e, incluso, la disminución -aumentando el nivel de exigencia o de necesidad- del número de beneficiarios.

Enséñennos el modelo, explíquennos porqué hay que tomar determinadas medidas y no otras. La referencia genérica a que es lo que hacen en otros países, o a que la edad media de los españoles ha subido, no nos satisface. Queremos saber qué es lo que pasa, exactamente. Y, más aún, qué es lo que creen, quienes estén manipulando la caja negra, que nos va a pasar a quienes hemos venido haciendo y seguimos haciendo, escrupulosamente, lo que nos mandan.

Particularmente nos interesa ésto a quienes, como es nuestro caso, hace ya bastante tiempo que hemos aportado mucho más de lo que esperamos recibir cuando (si nos apetece) nos jubilemos, pasando a ser entonces beneficiarios y no contribuyentes a ese barullo de intereses que se cuece en la caja negra.

Sobre las posibilidades de que la ética y la racionalidad triunfen

Recordaba Diego Gracia, Presidente de la Fundación Ciencias de la Salud y profesor de la Historia de la Medicina, en el acto sobre Salud y Cambio Climático que se celebró el 15 de noviembre de 2010 en el auditorio de la Fundación Mapfre, a Xavier Zubiri, en su afirmación de que la inteligencia es un rasgo fenotípico más, como pudiera serlo el aumento del grosor del panículo adiposo para defenderse del frío por parte de algunos mamíferos.

Este rasgo fenotípico propio de la especie humana debería, en concordancia con la teoría de Darwing, ser el resultado evolutivo de su adaptación al medio, la clave de nuestra supervivencia. 

Claro que Darwin consideraba que las especies debían ajustarse al medio, evolucionando ellas y no, como hemos hecho los humanos, transformando el medio para adaptarlo a nuestras necesidades, utilizando como herramienta lo que llamamos "cultura", y que transmitimos (o pretendemos transmitir) de generación en generación.

Interpretando libremente lo que expresaba Diego Gracia siguiendo a Xavier Zubiri -que, por cierto, fue el interviniente más elogiado en el posterior coloquio, a pesar de que su función teórica era únicamente la de "inaugurar el acto"-, surgen varias ideas respecto a las características de esa evolución, algunas de las cuales enumeramos brevemente:

1. Muy pocos animales nacen en la situación de desvalimiento que presenta el ser humano a su nacimiento, criatura prematura como consecuencia de la decisión del homo erectus, que produjo un estrechamiento del canal pélvico y provoca la expulsión del feto antes de que complete su crecimiento en el seno materno, comenzando un período que los biólogos llaman "fase fetal postnatal".

2. Es una incógnita aún no resuelta que ese fenotipo que caracteriza nuestra inteligencia, suponga, realmente, nuestra garantía de supervivencia como especie. Otros intentos de los homínidos fracasaron, como lo demuestran las diferentes especies que los hallazgos paleontológicos van descubriendo.

3. La inteligencia es, en esencia, la facultad para combinar elementos de ética y la racionalidad, significando la peculiar percepción de la especie humana respecto a la naturaleza y a cómo actuar respecto a ella. En los animales irracionales, la transmisión del conocimiento de la especie se realiza utilizando capacidades intuitivas del individuo, propias, a las que se añaden -en los animales entendidos como superiores- elementos adquiridos en la época del aprendizaje. Estos últimos son resultado de una experiencia acelerada, tutelada por los padres (generalmente por la madre) y se configura a partir de ensayos de "prueba y error", que reproducen lo que ha sido positivo para la supervivencia de la especie.

4. La crisis de los valores de ética y racionalidad que se advierten en la sociedad moderna son evidentes. Nunca como ahora se ha cuestionado lo que nos ha llevado hasta aquí y, en claro sentido, se está planteando la posibilidad de modificar ese legado cultural, esa experiencia, animando a la modificación de los contenidos aportados hasta ahora por el fenotipo "inteligencia".

5. Hay signos claros de que algo ha ido mal para el homo sapiens sapiens, y no tenemos ninguna duda de que, para descubrir la razón, hay que analizar el legado cultural que estamos transmitiendo. Porque tenemos que descubrir cuanto antes cuáles son los motivos que impiden que la ética y la racionalidad triunfen, cuando son los pilares sobre los que nuestra especie ha construído su estrategia de supervivencia.

 

Sobre la rebelión de los senior

Se está hablando mucho de retrasar la jubilación a los 67 años, añadiendo 2 años más de incertidumbre al período laboral. Por supuesto, nadie ignora que lo que se pretende es no tener que pagar dos años más de pensión a los jubiletas, de forma que se apañen como puedan hasta entonces.

El asunto sería hasta soportable si alguien -a saber dónde está- fuera capaz de explicarnos, con datos objetivos -no con historias peinadas como le haya venido en gana al politicastro de turno- las previsiones de ingresos y gastos de la seguridad social en su conjunto y, naturalmente, de qué forma y con qué resultados se están haciendo las inspecciones que garantice que quienes están percibiendo las prestaciones tengan realmente derecho a ellas y no las vean como una forma de obtener un ingreso extra.

La cosa, si se quiere de verdad tratar el tema con objetividad, no habría de quedar ahí. El despilfarro de experiencia, capacidad y energías que representa la jubilación de los senior, sacrificada, no porque interese -en este país al menos- que obtengan ese "merecido descanso", sino, simplemente, con el propósito de que ahuequen su sitio para que lo ocupen los jóvenes, merecería un análisis serio acerca de la mejor manera de que se aproveche su saber hacer, en la formación de los junior.

No es cierto que la gente de más de 65 años quiera dejar de trabajar. Al contrario, la mayoría se encuentran con capacidad y ganas. Pero no hay que engañarse ni engañarlos: no hay puestos de trabajo para ellos, en una sociedad que desprecia el conocimiento, y alaba lo juvenil como un valor total, como si se tratara de algo definitivo.

Habría que encontrar la forma -en realidad, se conoce bien- de compaginar el trabajo a tiempo parcial de los senior de más de 65 años, con el aprendizaje de los junior. Se evitarían muchos errores y decisiones equivocadas.

También es inaceptable que no se compute la cotización durante toda la vida laboral del trabajador para el cálculo de la pensión.

Mantener un minuto más la injusta fórmula actual es un insulto -uno entre tantos- a quienes hemos trabajado desde la adolescencia, cotizado incluso durante varios años por encima del máximo (cuando era necesario el pluriempleo para sobrevivir) y acumulamos treinta, cuarenta y hasta cincuenta años de pagos a la seguridad social ininterrumpidos, sin haber cobrad o jamás la menor prestación, y sin ni siquiera haber estado -esto gracias a Dios y a la naturaleza- de baja por enfermedad más de un par de días, que, desde luego, no se pagaron con subsidios, sino asumieron nuestras empresas o nosotros mismos, en tanto que autónomos.

Sobre lo que nos falta por descubrir en Atapuerca

Burgos, una de las más hermosas ciudades españolas, está situado a 18 km de Atapuerca, un pueblecito al que sorprendentes hallazgos arqueológicos han situado con letras de formato gigantesco en el mapa mundial de la ciencia.

La historia particular de los yacimientos de Atapuerca ha sido contada muchas veces, y por eso, nos detendremos exclusivamente en dos aspectos menos conocidos.

El primero es el mérito, oscurecido por otros protagonismos, de un ingeniero de minas, Trinidad de Torres (Trino), que fue quien descubrió la mandíbula de Homo Heidelbergensis en la llamada Sima de los Huesos, en 1976. Un antepasado que vivió hace aprox. 500.000 años.

Hasta entonces, aunque desde 1863 se sabía que en el municipio había fósiles -seguramente, incluso, restos humanos, de notable antigüedad- nada significativo se había hecho. Trinidad de Torres estaba preparando su tesis doctoral sobre los úrsidos del Pleistoceno, y pidió permiso a Juan María Apellániz, que estaba haciendo una cartografía de la zona, con la colaboración del Grupo de Espeleología Edelweiss, para hacer algunas excavaciones.

Al descubrir, entre los fósiles de osos (ursis deningen), una mandíbula humana, y siendo consciente de la antigüedad de la misma, en relación con los estratos que estaba analizando (Pleistoceno Medio), se la presentó a su director de tesis, Emiliano Aguirre, quien, no dudó en presentar un proyecto de investigación para, profundizando en las excavaciones, conocer mejor la evolución humana en Europa.

Cuando en 1990 se jubila Aguirre, toman el mando del proyecto los actuales directores del mismo, J.L. Arsuaga, J.M. Bermúdez de Castro y E. Carbonel, y van apareciendo nuevos fósiles humanos, cuya importancia alcanza su cumbre con el hallazgo en 1997 de restos de una nueva especie, a la que se denomina Homo antecessor.

Entre los fósiles descubiertos desde entonces, el más intrigante es el de un grupo de jóvenes, hombres y mujeres, que parecen haber sido arrojados a la sima, en una ceremonia funeraria cuyo alcance ha dado lugar a fértiles elucubraciones.

Una de las historias que cuentan a los visitantes del Parque Arqueológico los bienentrenados guías de la Fundación Atapuerca elucubra que en la prehistoria existía igualdad de sexos, ya que ellos y ellas muestran en sus huesos fosilizados las mismas huellas de haber luchado con animales. Puede ser: también puede ser que las carnes de estos individuos hayan sido devoradas por carroñeros que pudieron caer, atraídos por el olor, al mismo precipicio. 

Pero tenemos una petición, inspirada en estos sucesos antañones, reales o imaginarios. Ausente de la política visual Bibiana Aído, desaparecido en absorción imbornal el Ministerio de Igualdad, y dado que nuestros representantes siguen obstinados en matizar que hablan para ciudadanos y ciudadanas, adictos y adictas, miembros y miembras, proponemos se repare, puesto que aún es tiempo, una injusticia semántica, y se ponga en el mapa de la paleoarqueología, junto al homo antecessor,y con sus mismos honores, a la femina antecessor.

(También pedimos, aunque no tenga mucho que ver, que en las cartas oficiales, en lugar del Sr./Sra. D./Da. delante del nombre de los ciudadanos, se den instrucciones a los funcionarios que se tomen el esfuerzo de poner el exacto tratamiento que corresponde al sexo de la persona.

Puesto que si hay tanta preocupación por tratar a ambos géneros por igual, no le vemos sentido que a José o a Margarita les entiendan como D./Da., sin que nos sirva de disculpa que a la Sra. Juez o al Sr. Subsecretario se les aplique también el D./Da. ¿O es que habría que decir, para ser políticamente correctos, Sr./Sra. Rubalcaba, D./Da. Trinidad Jiménez, D./Da. Alberto Ruiz Gallardón?)

Sobre el transporte aéreo y el negocio de la inseguridad

Viajar en avión se ha convertido en un fastidio.

Es necesario guardar largas colas ante los inspectores de seguridad, manteniendo en vilo las bandejas con las cazadoras, las chaquetas, los bolsos, las carpetas; quitarse el cinturón, el reloj, las botas; deshacer el maletín para dejar visible el ordenador; desconectar el móvil; despojarse de cualquier objeto metálico; reducir al mínimo los líquidos y frascos reservados a la higiene personal que se llevan con uno al interior del avión; renunciar a llevar el bocadillo de salchichón y estar dispuesto a pagar una fortuna por una comida infecta (aunque higiénicamente controlada, suponemos) servida por una azafata provista, ante todo, de una máquina de calcular y una terminal de telepago.

Por supuesto, se ha de estar perfectamente identificado, manteniendo el DNI o el pasaporte siempre al alcance de los dientes (la boca también ha de tenerse ocupada); y si ha decidido viajar a Estados Unidos, mejor se toma antes un par de pastillas de tranquilina y se dispone a ser sometido a vejaciones que no consentiría ni a su santa madre.

¿Todo ello, para qué?. En nuestra opinión, para nada útil para el viajero, aunque reconocemos que se maneja una ingente cantidad de dinero que va a parar a las compañías encargadas, teóricamente, de nuestra seguridad.

Aparatos detectores muy sofisticados que descubren hasta los clavos y alzas de los zapatos; colorimetrías que detectan, casi sin error, la diferencia entre el líquido para el pelo y la pastilla de chocolate; especialistas que justifican despojarte por unos minutos del cinturón porque puede guardar una navaja barbera; monstruos de la detección imaginativa, formados en complejas escuelas de simulación que saben de circuitos integrados y software multidireccional con solo mirarte las tapas del laptop.

Desgraciadamente, mientras existan locos por el mundo defendiendo la guerra santa contra alguien, y dado el interés mediático que presenta la oportunidad de hacer explotar un avión en el aire (o utilizarlo para enviar paquetes bomba a personalidades (i-)relevantes), hay una probabilidad de que, un día, por mucho que escudriñen en nuestros entresijos de tipos pacíficos, aparezca un tipo en la cabina del comandante de la nave aérea con un destornillador, explote una mezcla de goma-dos con una sustancia química no detectada, y un par de decenas de pasajeros que han pasado por estas humillantes pruebas se vayan al carajo (con perdón).

Entonces se redoblarán las medidas de seguridad -todo lo estúpido e inútil es susceptible de ser sometido a incrementos exponenciales-, y se aumentará, por tanto, algo más, un negocio que está basado, no en el pavor individual a morir explosionado -mínimo-, sino en el miedo del político de turno a perder las elecciones por no haber hecho lo posible por velar por nuestra seguridad ante el terror difuso -máximo-.

Un aeropuerto de nivel acoge 50 millones de pasajeros anualmente, y cada uno pierde, en media, una hora y media en los trámites para probar que no es un delincuente aéreo. Puede contar con diez líneas de control, a tres turnos, con cinco personas cada una (En España, por cierto, gran número de ellass, latinoamericanos, suponemos que por su experiencia en atender a los posibles casos de delincuencia organizada). Hay que amortizar aparatos complejos, arcos de detección metálica, cintas transportadoras, bandejas, ménsulas, armamento y otros adminículos.

Por supuesto, hay que atender a reclamaciones singulares, quejas, retirada de material incautado, procesos civiles, penales, médicos, derivados de las tensiones y momentos provocados. Miles de millones de euros en los países más avanzados. Una pasta (gansa), vamos.

Si Vd. es viajero frecuente y ha observado cómo se las gastan, -en equilibrio a tanto despliegue de aparente control en estas latitudes-, en la mayor parte de los aeropuertos de los países menos desarrollados (así les siguen diciendo), se preguntará, como lo hacemos nosotros, a quién beneficia nuestro pavor colectivo, quién se está riendo entre bambalinas, a qué inefable (1) maestro de ceremonias debemos aplaudir por esta cuidada representación de la rentabilización de la tontería.

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(1) Por cierto, "inefable" tiene como único significado (RAE) "aquello que no se puede explicar con palabras". Un "inefable maestro" no es un elogio, es una construcción omisiva, una elipsis y, en general, una muestra de la cortedad idiomática de quien así escribe.

Sobre la percepción de la corrupción: medida y desmedida

Transparencia Internacional (TI) es una organización sin ánimo de lucro con ciertos aires misteriosos que fue fundada en 1993 por Peter Eigen, un abogado alemán que trabajó para el banco Mundial y, entre otras actividades, tuvo ocasión de asesorar legalmente a Namibia y Botswana.

Cada año, desde 1995, TI adquiere una punta de notoriedad por la publicación de un índice de corrupción, en el que casi todos los países son puntuados de 1 a 10 por un panel internacional de profesores universitarios y politólogos (intentamos con este palabro hacer referencia a la pluralidad de procedencias de los expertos).

La medida de la corrupción ha de ser forzosamente subjetiva y, en una amplia medida, intutitiva. Sabedores de que la luz es letal para su actividad, corruptores y corruptos se mueven en las cavernas del poder, ocultando sus huellas. Aunque la corrupción no es omnívora, pues su alimentación principal es el dinero, tiene una gran capacidad de adaptación: sabe esperar, puede transar, tiene tentáculos internacionales y tiene cómplices que basan justamente en su honestidad la capacidad de disimulo.

Año tras año, Dinamarca es el país que obtiene el índice más alto, merecedor de la matrícula de honor. España se mueve en el aprobado alto, entre los puestos 20 y 30 de un ranking de 170 países, más o menos. En la cola, se estabilizan los países más pobres de este planeta, mezclados con otros que se hayan en guerra o en crisis de identidad, como Irak, Irán y Venezuela.

No sabemos muy bien para qué se utiliza en concreto este índice -puede servir, por ejemplo, como orientación a los inversores internacionales para saber en cuánto deben aumentar los costes para incorporar los montos dedicados a sobornos-. 

De entre los mandatarios a los que ha sentado muy mal encontrar su feudo entre los países percibidos como corruptos, figura el gobierno de Chaves, el histriónico presidente de la República Bolivariana. Sus representantes se vienen dedicando a desacreditar el Informe, denunciando que es una manipulación de la CIA y otras organizaciones del capitalismo norteamericano y presentando argumentos de descalificación basados en la dificultad de medir la corrupción cuando los que puntúan tienen puestas las gafas de su propia corrupción.

No merece la pena entrar en valoraciones. Los que trabajan en los mercados internacionales saben bien el percal con el que se encuentran. Suponemos que, si caen en sus manos estas clasificaciones voluntariosas de investigadores sociológicos que manejan estadísticas, índices y papeles desde sus despachos, no podrán evitar una sonrisita despectiva.

Y guardarán, celosamente, entre claves, anotaciones ininteligibles salvo para ellos, los testimonios desconocidos para los demás que permitirían saber la verdadera medida de la corrupción en el mundo, los caminos del dinero negro, las ambiciones del poder y la consecución de contratos y beneficios que mueven los engranajes, tal vez incluso los principales, de la economía mundial.

 

 

Sobre mentirosos y mentiras

Quien más, quien menos, todos somos mentirosos, pero, en general, de mentirijillas.

Esas pequeñas mentiras, cuyas patas son siempre cortísimas, sirven apenas para ayudar a pasar página de aquellos momentos en los que hemos sido descubiertos en una situación que hubiéramos deseado no perteneciera a nuestro particular currículum o, también -todo tiene siempre un haz y un envés- queremos incorporar a él, inventándonos un ropaje que no nos corresponde.

Pero así es el poder del mentiroso, así el tamaño de la mentira que se siente con capacidad de urdir.

Para los mentirosos de mentirijillas, existen detectores y hasta programas de televisión que ofrecen pequeñas cantidades de dinero a quienes, conducidos más que por el deseo de ser veraces, por la contumacia en mostrarse estúpidos, tengan suficiente de estómago junto a la falta de cabeza para confesar en público que han engañado a su esposo acostándose con la peluquera, odian a su hermana mayor desde que se enteraron que usaba almohadillas en el sujetador o sisan latas de bonito caducadas en la tienda del chino de al lado.

Lo más curioso de esos programas es que el dinerillo con el que se alimenta la estulticia, no lo dan por ser un buen mentiroso, sino porque, a pesar de lo duras e inverosímeles que puedan parecer las confesiones, los presuntos afectados, parecen, por lo general, haberlo sabido y consentido. Por tanto, son cómplices de haber puesto sobre las mentiras del otro su capa de ocultación.

Julian Assange, que es el inventor de un uso realmente imaginativo de internet que llamó, sabiamente, Wikileaks (Fugas rápidas, en anglohawainano), se ha propuesto demostrar, con ejemplos prácticos, lo que ya intuíamos: que las democracias son mentirosas. En especial, cuando sus dirigentes empiezan guerras en los países para salvar en ellos a los súbditos de sus tiranos cuando ese es el beneficio colateral menos interesante, pues el daño pretendido es apropiarse de sus recursos.

Ha elegido como prueba de fuego para su cruel experimento -cruel para los sensibles crédulos de la propaganda oficial, si es que quedan- la guerra de Irak, en la que el ejército norteamericano cumplió a la perfección las órdenes de poner a ese país en estado de guerra civil, derrocando a sangre y fuego a un dictador de los muchos que ocupan el puesto de mando en países que oficialmente no pasan el examen, siendo tenidos por poco o nada democráticos.

No se sabe aún cómo se hizo con ellas, pero dice tener casi 400.000 páginas o documentos de mentiras, horrores, infracciones patentes de derechos humanos y testimonios irrefutables de comportamientos inhumanos, por parte de las tropas de ocupación norteamericanos.

Por los ejemplos que se van conociendo, perfectamente documentados, desgraciadamente verosímiles, con el marchamo de ser genuinamente ciertos, estamos ante una de las grandes mentiras al descubierto de cómo se sigue gestando la historia de la Humanidad. 

El más tonto se vuelve filósofo, y habrá que corregir algunos aforismos, adaptándolos. Mentir o no mentir, ¿ésa es la cuestión?. ¿Quien mucho miente, nada le aprieta? ¿Al público alabando y con la mentira dando? ¿Miente bien y no mires de quién?. ¿Bobalicón el que no mienta? ¿A buen entendedor, pocas mentiras?

Sobre la banda de Möbius, la botella de Klein, la conjetura de Poincaré y la cabeza de Perelman

A Perelman le ocupaba la cabeza una conjetura que había expresado Poincaré y que la inmensa mayoría de los humanos pasados y presentes ni siquiera sabía formular: todas las formas geométricas finitas, cerradas y sin discontinuidades en los subespacios de tres dimensiones que puedan ser definidas en uno de cuatro, han de ser forzosamente esferas.

Pues va Perelman y demuestra que sí, con lo cual la conjetura asciende a la categoría de teorema y el matemático ruso a la de genio reconocido.

No nos consta exactamente que la banda de Möbius y la botella de Klein sean las hijas pequeñas de esta elucubración genial que ocupó, por lo que parece, las mentes obsesionadas de muchos matemáticos, pero lo merecen.

La banda de Möbius, como saben Vds., se puede formar con una tira de papel (por ejemplo), suficientemente larga para que se pueda doblar sobre sí misma, haciendo que se toquen los extremos,  pero en lugar de formando un cilindro, haciendo un lazo. Su gracia es que, a pesar de ser bidimensional, tiene una sola cara, pudiendo recorrerse de cabo a rabo sin saltos, lo que se puede comprobar pasando un lápiz por toda ella.

La botella de Klein pertenece al mismo o parecido juego mental, pero de la categoría topológica inmediatamente superior: se trata de una figura que, a pesar de su apariencia de contenedor, nada puede guardar, pues no tiene tres dimensiones, sino dos.

Puede fabricarse físicamente, pero también imaginarse, con algo más de esfuerzo. Supóngase una botella normal -de las de cava o sidra el Gaitero, para ponerlo algo más fácil-, estírese el cuello (de la botella) haciéndolo penetrar por un lateral de la misma, y siga metiendo cuello por dentro del frasco, hasta tocar su fondo o culo (siempre el de la botella); suprímase este fondo y, con cuidado de no quemarse el magín, únase el borde del recipiente con el cuello ensanchado. Voilá!.

Hay fotografías de Grigori Perelman que lo muestran un tanto desaliñado, con mirada enajenada,  barba enrevesada y pobladas cejas. No hay aún análisis de su cerebro, pero todo se andará.

El dice que lo de haber resuelto la paradoja de Poincaré es lo de menos. Religioso y austero, vive con su madre en un apartamento pequeño y no acepta premios ni concede entrevistas.

Está seguro de haber conseguido probar la existencia de Dios, confiesa, y de eso sí está orgulloso.

El misterio que hizo devanarse los sesos a San Agustín y tantos otros místicos, filósofos, pensadores, escépticos, ateos, crédulos, discípulos y autodidactas, desvelado al fin. (Recordarán que se cuenta que aquel santo se encontró, mientras paseaba por la playa pensando en demostrar la existencia divina, con un niño que estaba tratando de meter el agua del mar en un hoyo que había hecho en la arena, y que le hizo ver que las intenciones de ambos tenía la misma dificultad práctica).

No alcanzamos a formular matemática o topológicamente la paradoja de Dios, pero intuímos algo de por dónde pueden ir las ecuaciones de Grigori Perleman, el loco aparente que admite tenerlo todo en este mundo tridimensional y rechazó el millón de dólares que la Fundación Clay estaba dispuesta a poner en sus manos por haber resuelto algo que preocupa a muy pocos aunque puede estar afectándonos a todos.

Porque, desde luego, si la banda de Möbius es unidimensional y la botella de Klein puede desarrollarse, punto a punto, en un plano, es lo natural que en el espacio de cuatro dimensiones se puedan definir esferas que están contenidas en él, y en las que se desharía -como por ensalmo- esa cuarta dimensión. Pongamos por caso, el tiempo.

Si la Tierra es una de esas esferas situada en un espacio imaginario de cuatro dimensiones que incluya el tiempo...nosotros...¿lo captan?

Sobre la mitificación del trabajador

Asistimos -desde hace décadas- a un proceso, seguramente ya irreversible hasta que se produzca la extinción del concepto, a la mitificación del "trabajador".

Lo expresamos entrecomillado para poner de relieve que se está incorporando un matiz importante a lo que resulta sobreentendido cuando se habla de este colectivo de forma genérica, como un grupo oprimido, sufriente, necesitado de atención especial porque está explotado por el resto de la sociedad y, particularmente, por un producto monstruoso de la misma: el empresario.

Ese matiz se construye desde una falsedad, un anacronismo. En realidad, es un virus peligroso, incluso letal, para la propia subsistencia de los logros conseguidos en el siglo pasado, y que se ha incrustado en el término "trabajo", aprovechando el reconocimiento general que ha conseguido -no sin duros empeños- el término, y pretendiendo que la lucha sindical y la "defensa de los intereses de los trabajadores" ha de mantenerse en iguales términos que los que nos trajeron hasta aquí.

El virus está hoy ahí para llenar de pus la valoración de lo que el ser humano aporta a la sociedad en tanto que trabajador, adulterarlo con consideraciones espurias, envenarlo de sentimentalismos trasnochados y sembrarlo con apestosas marañas de odios y recelos que se dirigen, además, contra "el empresario", cuando la mayoría de los "empresarios" son propietarios de pymes, en las que ellos mismos trabajan.

Manteniendo elementos ajenos a lo que hoy habría de entenderse por trabajo, se está perjudicando con roídos ropajes la nobleza conseguida, porque, con el producto de prejuicios infundados, acarreando resabios y penurias del pasado, se empañan la serenidad y el sentido que deberían darse actualmente a las evaluaciones de trabajador y trabajo, protagonistas, desde luego, en ese escenario permanente en el que la sociedad produce los bienes y servicios que necesita.

¿Qué es "trabajo"? ¿Cómo se mide, y por quién? ¿Habría tal vez que vincular esa medida a la eficacia, a la productividad económica, al simple hecho de estar presente en el tajo, disponible?

No faltará quien piense que estas cuestiones son elementales y que han sido ya satisfactoriamente resueltas por estudiosos, admitidas por eruditos y puestas en claro por legisladores y que, por tanto, no hay nada que discutir.

Discrepamos. Trabajo es eficacia, rentabilidad, colaboración íntima, dentro de la empresa, con el empresario. Identificar "trabajador" únicamente como aquél que está vinculado con una empresa o entidad pública por un contrato laboral y que el responsable de darle rendimiento es solo "el otro", el empresario, es una grave imprecisión, que desconoce la variedad de las relaciones entre quienes necesitan un servicio y las personas físicas (separadamente o agrupadas) que lo realizan.

Nadie parece estar con ganas de llegar al meollo de la cuestión. Porque el enemigo hace tiempo que ha dejado de ser el empresario, y, mucho menos, el pequeño empresario. Lo necesitamos, y mucho. Y todos deberíamos reflexionar seriamente por dónde está evolucionando el panorama de la tecnología, de las necesidades (y cómo se están creando y por quién) y, por tanto, cómo está cambiando el tipo de trabajo que se tiene que realizar y cómo se va a distribuir su ejecución -formando a los jóvenes, y orientándolos bien- y, por supuesto, de qué forma se les va a retribuir.

Cada vez hay menos trabajo en el que se necesite simplemente la actividad física de las personas, y cada vez el trabajo intelectual exige una mayor cualificación.

Más preciso aún: se paga menos por el trabajo que no necesita cualificación (en el que, además, el hombre compite con las máquinas o con otros seres humanos en mayor necesidad aún) y se puede pagar cada vez más por trabajos muy específicos, pero para los que se necesita muy alta cualificación y, por supuesto, son escasos.

Los representantes sindicales, los empresariales, los miembros del Gobierno, cuando hablan de Pactos entre los agentes socioeconómicos, emplean análisis a corto plazo, aunque digan preocuparse por el futuro. No saben bastante para predecirlo o no quieren saberlo. Por ello se detienen, de forma prácticamente exclusiva, en garantizar la mayor estabilidad en el empleo para unos y que los incrementos salariales no superarán unos índices máximos para los otros. Cuando discuten sobre "formación", los técnicos no entendemos, en general, no entendemos lo que quieren expresar. (¿Peluquería, cocinero, conductor de camionetas, programador, diseñador, técnico en TICs o en tecnologías ambientales? ¿Piensan en serio?)

Complacerse en considerar actualmente -en España, concretamente- al trabajador con los tintes de explotación, precariedad, inseguridad, etc. que caracterizaron, durante siglos, la dominación de quienes tenían el poder y los que solo podían aportar su fuerza física o su habilidad para obtener de los primeros lo necesario para su sustento, es un anacronismo. Es, también, una mentira y es, sobre todo, un argumento estéril para trabajar por el futuro.

Porque, en primer lugar, existen muchas categorías de trabajadores que no son asimilables en absoluto. Los directivos de grandes empresas, los altos funcionarios, los máximos representantes sindicales, los liberados, los enchufados, los vagos, los indolentes, los inútiles, todos, son considerados trabajadores.

Los inteligentes, los activos, los creativos, los entregados, los que no se arredran, los timoratos, los incapaces, todos, son considerados trabajadores.

Legalmente, para que alguien sea considerado trabajador solo necesita un contrato que cumpla las condiciones establecidas por la Ley, el Estatuto regulador de esa relación entre dos partes: empleador y empleado.

Pero es que, además, de las muchas formas de cumplir con las condiciones válidas para ese contrato, en momentos de crisis y paro como éste, hay tantas o más de aportar trabajo y capacidades a la sociedad sin haber suscrito ningún contrato, y, aprovechando las bolsas de dinero negro, el trueque y, por supuesto, se incrementa la aportación no remunerada y el exceso de dación sobre lo pagado.

No hay más que fijarse en lo que está pasando. Obras y servicios que se realizan por inmigrantes irregulares, criadas y cuidadores de ancianos y niños sin nómina oficial y sin seguro, amas de casa sobrecargadas que cocinan-planchan-limpian de la noche a la mañana, jóvenes y no tanto que tratan de vender en las calles cds pirateados o publicaciones de contenidos infumables, artistas y aficionados que tocan y cantan en el metro o hacen equilibrios en la esquina, electricistas, fontaneros y manitas de variado pelaje que se anuncian junto al telefonillo, informáticos que resuelven problemas por la voluntad, expertos que hacen extras  después (o durante) la jornda laboral, licenciados que dan clases particulares, profesores que hacen de consultores mientras les paga el Estado, jubilados que se realizan en las ongs, modistos a destajo que cosen con las persianas bajadas, etc. Etc.

Se está mitificando a un trabajador especial -el de los "queridos trabajadores y trabajadoras" de los representantes sindicales, un elemento artificialmente pasivo de la sociedad-, descargando sobre él todos los sentimentalismos del pasado, y nos olvidamos de que crece cada día el número de los que no van a obtener trabajo si carecen de la cualificación precisa.

Como también crece la masa de quienes tienen contrato y trabajan, -vaya si trabajan-, para poder comer, para subsistir, para vivir mejor, o, incluso -y esto ya nos gusta- trabajan sin preocuparse por obtener la máxima retribución, incluso gratuitamente, porque están convencidos de que el ser humano es, por esencia, un trabajador y son conscientes de que no necesitan tanto del dinero como de los motivos para ser felices haciendo felices a otros.

El trabajo ni dignifica, ni realiza. Claro que todavía subsiste la idea de que se trabaja para vivir bien, y se busca la más alta remuneración para poder hacerlo lo mejor posible. Y no podemos ignorar ese móvil legítimo.

Pero, mirando más alto, no hay que buscar términos rimbombantes: Ser humano es trabajar, actuar, hacer, y para serlo plenamente, hay que saber hacerlo lo mejor posible.

¿Quién paga a los que no tienen contrato por sus auténticos servicios a la sociedad, muchas veces, sin cobrar nada a cambio? ¿Quién se beneficia de sus trabajos?

Todos; los empresarios que compran lo que producen a bajo precio, directa o indirectamente; los particulares que les pagan poco o nada; el Estado en su conjunto, que lo consiente y que cierra los ojos ante las irregularidades; y, en particular, muy en particular, quienes están vinculados por un contrato de trabajo "con todas las de la Ley". Los "queridos trabajadores y trabajadoras" de los sindicalistas.

Tenemos cada vez menos trabajo para repartir. Y mientras nos rija el ansia de poseer más, los niveles de explotación de unos seres humanos por otros no harán sino separarse más: arriba, los que tienen el control tecnológico; abajo, los que ofrecen sus servicios a bajo precio, porque muchos saben hacer lo mismo. 

Sobre la creciente afición a gritar para ser escuchado

En la Unión Europea cada vez hay más manifestaciones, más huelgas, más gritos. Parece ser una consecuencia de la democracia y de la libertad, solo que habrá que tener cuidado en analizar los resultados.

Porque se puede interpretar, a nuestro juicio cada vez más correctamente, que el que no se conduce por el camino del exabrupto, de la protesta ruda, tiene muy pocas posibilidades de ser atendido en sus reivindicaciones, incluso de que se preste oído a sus deseos.

Una de las razones por las que la exhibición del descontento está cada vez más primada, es la difusión que se da al hecho si los desperfectos fueron más cuantiosos, el daño más pernicioso, y los improperios más altos.

La elección de la estrategia para llamar la atención sobre lo que se reivindica ha pasado a ser parte del resultado. No se cuidará con seriedad y datos la presentación de las razones por las que se protesta, sino que se confiará la fuerza de los argumentos al deterioro producido.

Más pasajeros potenciales abandonados a su suerte en los aeropuertos, estaciones de autobuses o de tren, cerrados por la huelga o el exceso de celo, con millones de euros perdidos; montañas de basura en las calles, con riesgo para la salud y atentados a la higiene; mayor desabastecimiento en los mercados, a los que no pudo llegar la mercancía, que se perdió en los caminos, arrastrando jornales y expectativas; menos niños sin escolarización, pues se impidió a los maestros acceder a las aulas; más chillidos y algarabía que impidieron oir las palabras del representante que el pueblo eligió hace unos meses; más coches de la policía ardiendo; más contenedores volcados; más mases donde menos,...

Siempre se ha dicho que el que no llora no mama; ahora habrá que indicar -para el que no lo supiera- que el que no grita, no será escuchado. Un hándicap más a la posibilidad de atender a los prudentes: aquellos que teniendo incluso más razones, valoran, -por encima de los exabruptos, los empujones, las amenazas, los desperfectos, las consecuencias de ejercer la fuerza bruta y el jaleo que provocan los que interfieren destruyendo a placer el orden y la calma-, los argumentos, señores, las consecuencias y los daños a terceros.

Porque vivir en democracia no supone, qué va, que se dispense más atención cuanto más griten.

 

Sobre los factores que disminuyen la eficacia de un grupo

La teoría de la eficacia grupal está bastante estudiada, así que iremos directamente al grano en la enumeración de lo que disminuye la capacidad de cualquier institución y, en especial, de un país (en donde la acumulación de los efectos negativos es mucho más aparente y, por tanto, relevante).

1. Capacidad de crítica destructiva ejercida permanentemente, y a todos los niveles

2. Inexistencia de autoridad admitida por el grupo (puede sustituirse por la dictatorial)

3. Discusiones sobre los temas relevantes abiertas de forma indefinida y mezclando opiniones técnicas serias con apreciaciones subjetivas e intuiciones

4. Incapacidad para seleccionar a los mejores, sustituyendo el mérito por otros factores (amiguismo, grupismo, nepotismo, aspecto estético, etc.)

5. Bolsas de corrupción no combatidas y, en especial, la sensación de corrupción generalizada como elemento intrínseco del sistema

6. Percepción de que la innovación se castiga con el fracaso y que el empresario es un mal social, un parásito, en tanto que el trabajador es la base de la sociedad, desconsiderando el valor insustituible de la empresa como un combinado excelso entre creatividad, eficacia, financiación y trabajo.

7. Falta de educación y formación suficiente, especialmente en los escalones más altos sociales, económicos, productivos, e incluso en los formativos.

8. Ausencia de valoración positiva por la colectividad de los principios éticos universales, sustituídos por otros relativos a la inmediatez del disfrute y el principio delquevengadetrásquearree.

9. Sustitución de la capacidad de negociación y asimilación de directrices por la imposición de los criterios del "jefe", al que se alaba por su camarilla como si fuera un dios incapaz de errar.

10. Falta de aprovechamiento de la capacidad productiva de todos y cada uno, en particular, de los jóvenes y de los más experimentados.

11. Desprecio hacia la norma, hacia lo construido en el pasado, y, en general, hacia lo que hacen los demás, considerando que lo propio es lo correcto, y lo mejor.

12. Desconocer las limitaciones y posibilidades personales, confundiendo la propia función y asumiendo responsabilidades y objetivos para los que no se está preparado ni capacitado.

Sobre lo que ha de entenderse por trabajador

Sobre lo que ha de entenderse por trabajador

Los líderes sindicales -denominación, por cierto, que evoca rancios tiempos revolucionarios- se refieren en sus peroratas a "los trabajadores y las trabajadoras", dando por admitido que se trata de un colectivo bien definido.

Nos parece que no es así, y por ello, vamos a hacer el esfuerzo de intentar algunas precisiones deducidas de la observación.

El concepto abstracto de trabajo es medido normalmente por el parámetro de remuneración. Las gentes, por lo normal, dicen estoy sin trabajo cuando no tienen ingresos o me pagan tanto por mi trabajo en relación con el salario que reciben de un tercero, que sería su empleador.

Pocas veces se mide por el parámetro de la rentabilidad o eficacia en relación con el tiempo que el llamado trabajador consigue para su empleador. Por supuesto, este valor es el más importante para este último, que distinguirá entre los maulas, enchufadosdelosquenopuedodesprendermeporlacuentaquemetiene, los pelotilleros y los eficientes o manosderecha. La remuneración no atiende, salvo excepciones propias del Guinness, a este concepto. Y mucho menos, en el caso de los empleados excepcionalmente remunerados, en los que se atiende, básicamente, a su capacidad para manejar o guardar secretos de las entidades que conduciría a algunos a la cárcel.

Finalmente, existiría -entre algunas otras menores- la opción de medir el trabajo por el tiempo empleado para completarlo. Esta fórmula, que antes se denominaba "a destajo", está en desuso, salvo -resumiendo algo- para la categoría especial de autónomos y la mayor parte de los inmigrantes irregulares.

Como nos gusta, en lo posible, representar el conocimiento por gráficos y números, nos hemos tomado la molestia (que no lo es) de representar en un diagrama triangular algunas categorías de trabajadores, por si fuera de interés general. Los parámetros representados para cada una son remuneración (R), tiempo de trabajo (T) y eficiencia productiva (E); esta última se mide desde la perspectiva de la sociedad, no del empleador (aunque podría hacerse también así, obviamente).

Rogamos que el lector, si está en alguna categoría de las indicadas, se lo tome como un divertimento. La valoración individual es algo subjetivo.

Vamos allá:

Funcionarios: R media; baja E y T medio.

Am@s de casa: R nula, alto T, media E.

Autónomos: alto T, E medio, R bajo.

Futbolistas de élite: muy alta R (se salen del cuadro), E nulo (o negativo), T bajo.

Ministros del Gobierno: R medio-alto, T alto, E muy bajo;

Consejos de administración de empresas del IBEX: R muy alta (se salen), T medio, E medio.

Directivos de empresas del IBEX: R muy alta, T muy alto, E alto.

Estudiantes: R nula, T muy variable (entre cero y muy alto) y E nula (aunque se considera inversión de futuro). 

Nota: La escala para medir los valores puede construirse de forma bastante objetiva: Pueden tomarse, por ejemplo, como valores máximos -adminisibles- de R el de 120.000 euros/año, de T, 3.000 horas, y calcularse E como el ratio entre el beneficio de la empresa o entidad (mejor que su facturación) dividido por el salario a considerar; para los funcionarios, a falta de otros factores, se considerará que E es nula o muy baja (actuándose aquí por inversión de la carga de la prueba) 

Sobre los interlocutores en una huelga general

Sobre los interlocutores en una huelga general

Escribimos este Comentario el día 29 de septiembre de 2010, en que está teniendo lugar una huelga general en España, convocada por los sindicatos UGT y CCOO. La "quinta del gobierno socialista". (Se dice en otros lugares, la séptima de la democracia, o la décima del País Vasco -siempre a la cabeza- ).

Son las ocho y media de la mañana. Las noticias que venimos escuchando reflejan normalidad, dadas las circunstancias. No se detectan incidentes graves, a salvo de algunas contusiones producto de forcejeos entre componentes de piquetes, por un lado, y policías y empleados que hubieran deseado trabajar, por otro.

Los organizadores proclaman el éxito en el seguimiento de la huelga, que habría alcanzado más del 70%.

El Gobierno, por su parte, defiende que se están cubriendo los servicios mínimos, especialmente en el transporte, y aplaza hacer una valoración hasta conocer más datos.

Nosotros no tenemos empacho en hacer una valoración. En verdad, ya la teníamos hecha desde días antes. Es imposible no advertir que, para los líderes sindicales, la huelga general es el objetivo y que, por tanto, el éxito de su seguimiento es relevante en sí mismo. Quizá, lo único relevante.

Por ello la importancia que se concede a la labor disuasoria de los piquetes respecto a los que piensan incorporarse como habitualmente a su trabajo, de ahí la necesidad de plasmar la presión con amenazas verbales cuando no físicas. Porque la plasmación del miedo, la implantación del criterio de "para qué me voy a meter en líos", es un móvil cuya entidad supera en capacidad de movilización a los objetivos oficiales.

Y es una lástima, porque, ya que se ha decidido realizarla, la jornada de huelga general debiera ser una jornada dedicada a la reflexión general respecto a discutir y seleccionar las propuestas respecto a lo que hay que modificar, introducir y hacer para mejorar lo que nos preocupa.

Como el objetivo es la huelga general, los miles de sindicalistas españoles han desplegado una acción guerrillera que ha comenzado de madrugada, presionando para que los conductores y encargados del transporte público y de los servicios básicos (reparto de alimentos en los mercados centrales, sanidad, recogida de residuos, etc.) se vean reducidos a su mínimo.

Si se analizan con independencia ideológica los argumentos esgrimidos por los sindicatos para convocar la huelga, aparecerá claro su carácter difuso, etéreo, incluso inconsistente.

Cándido Méndez, el secretario general de UGT declaraba, en el programa 59 segundos en TVE, que la huelga "es por el cambio del modelo productivo".

No habría que culpabilizar a Méndez de la falta de ideas general del país. Es solo un ejemplo, aunque significativo. Como ideólogo de la gestión empresarial intuitiva, obviamente rebosante de la confianza conseguida a base del ejercicio del perfeccionamiento de su imagen ante los incondicionales, Méndez no tiene más remedio que mezclar obviedades, cifras genéricas, viejos lemas y confusas frases sin contenido aparente.

Por supuesto, la huelga es un derecho constitucional. Lo que ya no se entiende es que se realice "para no quedar en vía muerta de la recuperación". No saldremos en defensa del débil gobierno de Zapatero, al que no negamos buena voluntad, aunque no nos basta ser buena gente, porque no competimos para ganar el cielo. Pero nos resulta ininteligible la frase, viniendo de un sindicalista que milita en el partido del gobierno, de que "haya que empezar a hablar de recaudación en términos de eficacia".

Y más cosas. Entendemos bien que el crecimiento del número de desempleados sea un grave problema, (más que para los sindicatos y los que tienen empleo, justamene, para los que no lo tienen), pero discrepamos de que "esta reforma va a provocar una gigantesca labor de sustitución", pues hace falta aligerar a las empresas de ineficientes y vagos, y no imponerles el mantenimiento a ultranza -hasta su quiebra- de la plantilla.

En fin, tampoco entendemos a qué viene al caso el que " se está debatiendo en Europa que pueden quedar cientos de miles de trabajadores parados de larga duración que no van a volver al mercado", cuando se está justificando una huelga general en España, no en Bruselas.

Mucho menos comprendemos esa obstinación sindical en ver al empresariado como el enemigo a batir, a presentarlo como "enfrente", y no "al lado". Habría motivos para objetar, por supuesto, la posición específica de algunos empresarios, anclados en la edad de piedra,  incluso de ciertos "representantes" empresariales que recuperan frases de la época del inmovilismo y de la falta de sensibilidad social.

Qué más da, en todo caso, cuál sea el contenido verbal de los mensajes. Los interlocutores en la huelga general no están en el Gobierno ni en los empresarios, a los que los sindicatos reconocen debilidad y falta de credibilidad.

Resulta que los interlocutores forzosos, los destinatarios del castigo que supone la huelga general, somos todos nosotros, el pueblo llano, la gente que no fuimos, iremos ni iríamos jamás a una huelga general. Esta silenciosa mayoría que lo que desearíamos es tener un puesto de trabajo estable, adecuadamente remunerado, en una empresa transparente, eficaz, segura.

Los castigados somos nosotros, todos, los que jamás tendríamos una representación sindical, ni nos afiliaríamos tampoco a un sindicato en el que una buena parte de los "liberados" parecen disfrutar de unas permanentes vacaciones, gozan de ventajas económicas y estatus que no sabrían explicar y que nos pretenden enardecer con discursos que se dirían surgidos de la exaltación vinícola y no de la reflexión.

Tenemos algo que pedir. Nosotros, los empleados y desempleados sin partido y sin sindicato. Deseamos menos teatro de unos y otros, máxima claridad en las cifras por parte de quienes manejen la información, completa lealtad en los planteamientos, sin calentar motores de coches que no se sabría conducir.

Queremos más estabilidad, tranquilidad social, que se valore el trabajo bien hecho y el ingenio bien empleado y..., desde luego, queremos muchas dinámicas empresas en las que, unidos, empresarios y trabajadores, se haga todo lo posible por garantizarnos el empleo con el que pagar, no los lujos, sino las necesidades básicas de nuestra existencia y las de nuestra familias.

Todo ello, en el marco que hayamos decidido mayoritariamente y con la interlocución, nada crispada, sino atenta a lo que le decimos, de un gobierno competente para gestionar tanto la crisis como la bonanza.

(Nota: El dibujo que acompaña este comentario fue realizado en una hoja de las agendas Mirga que se entregaban puntualmente a los empleados de Ensidesa -entonces llamados productores- el miércoles, 15 de agosto de 1973. Llovió algo, pero los lodos son parecidos.)

Sobre lo que hicieron nuestros coetáneos por mejorar la Historia de Espana

El 24 de septiembre de 1810, en San Fernando (Isla de León), un grupo de delegados, actuando en representación de las provincias españolas, reunidos en una Asamblea un tanto atropellada, decidieron empezar a trabajar para presentar, en corto plazo, una proclama singular, dadas las circunstancias.

España estaba entonces gobernada por José Bonaparte, hermano de Napoleón, al que aquellos patriotas no reconocían, pues preferían a Fernando, que tenía algo de sangre real (era descendiente de Phillipe de Bourbon, duque d´Anjou, un segundón que tomó el nombre de Felipe V e inauguró la rama borbónica para la Monarquía española), y estaban dispuestos incluso a morir en el empeño de traerlo de vuelta.

La Constitución que se gestó en ese período convulso, conocida como La Pepa, porque se promulgó el día de San José de 1812, estaba inspirada en las ideas liberales y defendía la división de poderes, bajo el sistema de gobierno de la monarquía. Tenía muy buen aspecto, y estaba escrita por manos experimentadas.

Cuando Fernando, el rey Deseado, derrotados los invasores franceses, pudo volver a España y coronarse como Fernando Séptimo, una de las primeras cosas que hizo fue derogar aquella Constitución, que recortaba insufriblemente sus poderes subordinándolos a la opinión de los súbditos erigidos en asamblea popular.

Puede no parecer a algunos plenamente justificable que, pasados doscientos años del comienzo de aquella historia, los representantes de todos los estamentos de esta nueva fase de búsqueda del sentido y carácter de la democracia, se reunan para celebrar aquel momento que, si algo de significado tuvo, fue el de demostrar lo difícil que es quitar poder a quien está arriba.

La ocasión actual sirvió, en todo caso, para pronunciar discursos más o menos grandilocuentes, durante los cuales los oradores aprovecharon para alabar a otros de los presentes, que es una forma educada -aunque insolente- de ensalzarse a sí mismos.

De entre todos ellos, destacó José Bono, presidente de las Cortes Españolas en la actualidad -sucesoras, no de las de Cádiz, que fueron disueltas y abominadas, sino de las de la dictadura franquista, que, aunque pese ahora, murieron de muerte natural-. Esto se dice sin desdoro de reconocerlas hijas de la Constitución vigente desde 1978 y que ahora se habla de modernizar, aunque sin saber muy bien por dónde hincarle el diente.

El jefe de los parlamentarios españoles manifestó que, en los tiempos presentes, se había hecho más que en todo el resto de la Historia de España. Lo personificó en el actual monarca, S.M. El Rey Juan Carlos I, aunque reinvindicamos que el la hipérbole, contagiada de pleonasmo, se haga extensiva a todos los españoles.

"Ha hecho Vd. más por España y por la Monarquía que todos sus antepasados juntos" fue, según las crónicas, la frase inspirada de José Bono.

Era hora que alguien nos reconociera lo bailado. Estamos profunda y justamente orgullosos. Proponemos que se hagan pins conmemorativos del bicentenario y que el propio Monarca haga entrega personal del mismo a cada español.

Que nuestros anónimos desvelos alcancen, por fin, la estima de las más altas instancias y pasen a la historia. Bautizo; primer día del Instituto; final del Bachillerato; título de de la FP; primer empleo remunerado; viajes al extranjero; tercer puesto en el concurso de fútbol playa; aquel coche...

Las futuras generaciones van a tener difícil aprender la Historia, con tantos hitos de hechura inolvidable como hemos acumulado en las páginas de lo que, por fin, se ha entendido que es imprescindible que conozca nuestra posteridad. Por suerte, tenemos fotografías y vídeos de casi todos estos momentos.

¡Viva España, viva el Rey, vivamos todos!

 

Sobre los que seleccionan y sus propios méritos

No es una reflexión muy tranquilizadora: en no pocos los casos, los que seleccionan han sido elegidos a dedo.

Lo más curioso, sin embargo, no es el procedimiento que les ha permitido a ellos, los que forman parte de los tribunales de oposición o de los concursos de selección, alcanzar sus posiciones de ventaja, sino el empeño con el que se dedican a dificultar el acceso de los novatos a sus estatus.

La razón puede ser doble, o quizá triple. Desde luego, un proceso de selección que exija difíciles programas, complejos ejercicios de temarios más o menos azarosos, prestigia a los que están ya en el puesto al que los demás mortales anhelen llegar. Es una forma estupenda de cualificar, no ya a los que quieren, sino a los que ya tienen.

Pero, como todo en la vida, hay más motivos. No debe ser pequeño el que permite, cuando las pruebas son muy exigentes, elegir a quien les venga en gana a los que escogen. Los candidatos se quedarán con la copla de que la prueba ha sido muy difícil, y no reclamarán, aquietándose, si en los primeros puestos se han situado desconocidos cuyo mejor mérito real es ser amigo de alguien del estricto Tribunal o haber tenido la suerte de recibir el soplo de dos o tres preguntas la noche antes.

En nuestro país -suponemos que en todos, pero el caso es éste-, ha habido siempre momentos que han sido aprovechados por algunos para auparse en los machitos. La guerra incivil, desde luego, significó una oportunidad excelente para que se incorporaran cátedros, jueces, funcionarios, directivos, cuya capacidad probada era haber resistido una contienda en el bando vencedor.

No ha sido la ocasión única, y en la que los beneficiados están ya casi todos muertos, aunque hayan dejado sus descendencias en el campo. La nueva democracia de los setenta, los cambios de signo en los gobiernos, nos han dejado igualmente sus herencias. Penenes que pudieron hacerse catedráticos por el mérito de estar allí en el tiempo oportuno, jueces que quemaron las cejas un par de años dirigidos por preparadores que sabían lo que se tenía entre manos, funcionarios de confianza a los que se arbitró un concurso restringido que sacaron con la gorra. Etc.

Hoy día, en el que la situación ha madurado, los procesos de selección -de personas como de empresas- tienden a aparentar la transparencia, divulgando convocatorias en las que se precisan temarios, condiciones, baremos y fórmulas de acceso a puntuaciones, que forman en realidad un tejemaneje de complicados caminos de acceso al mérito oficial.

No nos engañemos. Es muy probable que el pliego de condiciones haya sido preparado por el candidato preferente, que el mérito al que se concede mayor puntuación sea el que solo poseen los que se desea que alcancen el premio en disputa.

Un concurso tiene, en sí mismo, los gérmenes del engaño. Pocos son los capaces que pueden demostrar, de veras, su conocimiento y actitudes con un examen o con una oferta de respuesta a un pliego de bases con un par de trampas cuyo manejo solo conoce el que las puso.

Lo que es más difícil es enmascarar un currículum, trampear en toda una actuación vital o empresarial.

or eso, sorprende el empeño -repetimos- con el que los que tienen la plaza y ocupan un sitio, se esfuerzan en exigir pruebas imposibles en concursos de tramas muy difíciles para acceso a lugares apetecibles, a los que se presentan cientos de candidatos a resultar desengañados.

Plazas que, por cochina casualidad, suelen ganar familiares, amigos, correligionarios de los ya sedentes, o, en sus casos, las empresas que ya han venido prestando sus servicios en precario por asignación digital, o haciendo de urgencia alguna obra que ha servido también para mejorar los predios del preboste.

Sobre las piernas y su valor publicitario

Sobre las piernas y su valor publicitario

Reconocemos que íbamos a dedicar este comentario a las piernas femeninas, esa parte de la anatomía del cuerpo de las bípedas humanas en la que la moda actual ha basado lo fundamental de la capacidad de atraer la atención, en principio, del sexo contrario.

La imagen de la inolvidable pretty woman Julia Roberts, presentándose en el Festival de Cine de San Sebastián a recoger el premio a su carrera, con una minifalda de las que se ha dado en llamar (estúpidamente, desde luego) "de vértigo", constituía una referencia actual al respecto de la importancia de enseñar unas bonitas piernas.

También habría que referirse a la obsesión por presentar un cuerpo atractivo que es común a princesas, cónyuges de políticos relevantes, ministras y sus alternativas democráticas o no, empresarias, directivas y empleadas. Nadie podrá negar -en su sano juicio varonil- que la moda de los minipantalones y las minifaldas (especialmente si son lucidas por las jóvenes ejemplares de la raza humana- ha alegrado la vista este verano, que acabamos de despedir.

Pero las piernas masculinas también son importantes en muchas conversaciones, incluso de tipos que presumen de pelo en pecho y de que, en caso extremo, no dejarían que un pelo de gamba atravesara otro orificio de su anatomía que no fuera el previsto para la ingesta, pero que no pueden evitar -a lo que parece- preocuparse por el estado de las piernas de Ronaldo, Messi, Iniesta, Nadal y muchos otros deportistas que ocupan un espacio excesivo en las preocupaciones triviales de una parte nada despreciable de los espectadores deportivos.

Ah, pero nuestras piernas son también muy importantes, y no las utilizamos tanto como debiéramos. Hoy, día 22 de septiembre de 2010, es el día internacional sin coches. Por los datos, no le hemos hecho mucho caso a la celebración. Hemos sabido, y constatado personalmente, que seguimos yendo al trabajo con importante uso del transporte privado.

Las piernas de todos, femeninas como masculinas, exigen darles más publicidad, para que se tome consciencia colectiva del que es su oficio principal: caminar, andar, servir para desplazarse. Que, además, algunas sean bonitas o fuertes es un complemento, no un fin en sí mismo. Y lo que nos ahorraríamos en energía, en importación de combustibles fósiles, en enfermedades coronarias, ni se sabe