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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Economía

Sobre la financiación empresarial y la crisis de los 70

Cuando el mundo se vió inmerso en la crisis de los 70, se habló, por supuesto, de un punto de inflexión en la historia, de una encrucijada que debería suponer la recomposición de las fuerzas dinámicas que habían sustentado el crecimiento económico hasta entonces. Era el momento, se repitió hasta la saciedad, de replantearse la dinámica de la evolución mundial.

Este nuevo planteamiento se concretó en varios ejes. Se argumentó acerca de la necesidad de eliminar la bipolaridad entre el mundo desarrollado y el subdesarrollado, considerándolo como un único sistema global. Las reivindicaciones del Tercer mundo en relación con el apoyo de los países que habían alcanzado un alto bienestar, sugerían propuestas sensatas acerca de modificar un modelo de desarrollo tecnológico, incorporando elementos que impulsaran la sanidad, la educación, las coberturas sociales.

En España, la culpabilidad de la crisis se achacaba fundamentalmente a la grave dependencia exterior de la economía, proponiéndose el reforzamiento del sector público, la corrección de los desequilibrios regionales, la mejora de la flexibilidad y transparencia del sector financiero, la contención de la especulación urbanística y del deterioro del sector agrario, el apoyo a la pequeña y mediana empresa...

El mundo ha evolucionado en estos 30 años hacia una mayor bipolarización, al crecimiento de las grandes empresas con proyección multinacional, y a demostrar la incapacidad para el entendimiento pacífico de los pueblos, agravado con guerras y fanatismos religiosos, raciales, energéticos y, en última y verdadera instancia, económicos.

Los líderes del G-20 (más el presidente Zapatero) podrán llenar sus libretas en Washintong de apuntes voluntaristas respecto a lo que hay que hacer, para controlar las hambrunas, el paro creciente, la destrucción ambiental, el desplome financiero. Recibirán sus propios aplausos, sin duda, y, enardecidos por ellos, puede que se vuelvan a sus casas pensando que han conseguido corregir la situación, al concederse un respiro, un plazo algo más largo.

No deberían engañarse, ni engañarnos. La redistribución del dinero es solo una parodia de la redistribución de la riqueza del mundo. Debemos, más que aumentar la productividad y la generación de más beneficios en algunos sectores, plantearnos cómo actuar en estos ejes básicos: eliminación del hambre, difusión total de las soluciones sanitarias y ambientales, apoyo a las familias y a sus economías básicas, cobertura social, control estatal e incluso supranacional de la acumulación desmedida de riquezas.

Porque las crisis del capitalismo tienen siempre las mismas causas, y los analistas pueden proponer idénticas medidas, pero si los que deben cumplirlas no las siguen, solamente se conseguirá agravar la magnitud del siguiente descalabro. Y esto tiene el aspecto de estar llegando a sus últimas consecuencias. Ni Gea, ni los oprimidos, ni los más sensatos, dejan margen para actuaciones voluntaristas. Hay que calzarse las botas y destruir, de verdad, varios de nuestros ídolos.

 

Sobre el cumplimiento de las reglas de juego y su penalización

Imaginemos un juego en el que las reglas pudieran ser determinadas por uno o varios de los jugadores, y modificadas por ellos a su pura conveniencia. Sin embargo, esa calidad especial de trampear las normas no sería conocida por los demás, sino únicamente por el grupo dominante. Eso sí, habrían convenido no utilizar el privilegio salvo en un caso especial: cuando estuvieran perdiendo decididamente; en esa circunstancia, todo vale.

En ese juego hipotético, el objetivo expresado, convenido por todos, firmado como algo irrenunciable, será que todos ganen. En teoría, se trata de un win-win perfecto, y es cierto que todos pueden ganar, y mucho, porque, aportando su trabajo a la riqueza que ya hay sobre la mesa, -que ha sido puesto en ella por alguien ajeno al juego, al principio del mismo-, no tienen más que japlicarse al objetivo y repartirse los beneficios de vez en cuando.

Las reglas concretas del juego -las divulgadas para conocimiento de todos los participantes- son bastante flexibles, y pueden concretarse en los diferentes subgrupos de jugadores, con tal de que mantengan la idea de que cada subgrupo ha de generar beneficios. No hay nada escrito en cuanto a la fórmula para el reparto: puede conceder ventajas a los que se hayan incorporado primero, acierten más números escritos en un papel o tengan más resistencia física.

Los subgrupos pueden cambiar entre sí las fichas producidas como resultado del trabajo y la actividad de cada uno. Pueden incluso, robárselas unos a otros, con tal de que no sean descubiertos. Una regla muy interesante es la posibilidad de conseguir del grupo de control, que actúa como Banca, que se aporten nuevas fichas al tapete, si se inventan estrategias de futuro convincentes, que animen a otros jugadores  de que el éxito acompañará las acciones y proyectos, por arriesgados que parezcan a los más serenos.

Hay un peligro grave para los jugadores que no estén en ese núcleo duro del juego, pero hasta que llegue, todos pueden divertirse bastante. Porque cuando quedan pocas cosas por repartirse encima de la mesa, o, simplemente, las necesidades del grupo dominante sean superiores a los recursos que hayan conseguido atesorar, aquellos que controlan el juego podrán decidir el valor de lo que queda en el tablero, e incluso enunciar el principio de que las fichas que posea cada jugador tendrán a partir de ese momento la mitad del valor -incluso ninguno- del que tenían hasta ahora.

También pueden perdonar a algunos jugadores sus compromisos, penalizar a otros, y, en todo caso, elegir libremente lo que más convenga  a sus intereses. Porque cuando las cosas se ponen complicadas, el win-win general se polariza hacia los pocos que estaban en las claves.

Es un juego muy complicado, pero resulta divertido para los que imponen las reglas. Se puede llamar mercado, pero pueden encontrarse otros nombres igual de sugerentes.

Sobre el aumento de la productividad

Todos hablan de la crisis y nadie -o muy pocos- hablan de la productividad. Los sindicatos defienden el mantenimiento del empleo o la mínima reducción de puestos de trabajo, pero no hablan de mejorar la productividad. Los empresarios hablan de caída de beneficios y necesidad de créditos financieros, aunque no ponen el dedo sobre la necesidad de incrementar la productividad.

Los políticos dan cifras de población activa, prometen mejorar la asistencia social a los necesitados y acuerdan proteger a las entidades financieras para que no entren en insolvencia -que acabarán entrando, y arrastrando a los gobiernos- pero no hablan de la imperiosa condición de aumentar la productividad de todos.

¿Cómo se aumenta la productividad?. Más fácil, imposible. Incorporando al mundo del trabajo a todos los que estén en edad y condiciones de trabajar y consiguiendo que todos los que trabajen ofrezcan su mejor rendimiento, situándolos en los lugares adecuados y motivándolos para que sean más eficaces.

No hay más que estar atento a lo que nos rodea para constatar que nuestra sociedad -la española- tiene una productividad muy baja, bajísima. Centenares de miles de personas reciben el subsidio de paro, porque la sociedad no les encuentra sitio; otros centenares de miles personas, están a la expectativa de encontrar un trabajo, sin apoyo público y manteniéndose con el auxilio de familiares, contención y amigos.

Centenares de miles de personas, con plena capacidad física y hay que suponer intelectual, vegetan y deambulan por las calles y plazas, tomando el sol o el aire, jugando a las cartas o charlando de materias sin trascendencia, porque han llegado a la edad de la prejubilación, de la jubilación o, simplemente, no tienen nada mejor que hacer. Centenares de miles de personas están infrautilizadas en sus empresas, o hacen como que trabajan, o son incapaces de hacer bien su trabajo porque nadie las orienta, las anima, las corrige o ...las despide. Centenares de miles de personas....

Han dado el premio nobel de Economía a un antistema, un heterodoxo: Paul Krugman. Defiende que una persona trabajando, aunque sea con un salario ínfimo, es preferible a una persona en paro cobrando el desempleo o deambulando por las calles sin hacer nada.

Suponemos que se refiere a que es mejor para la economía global, pero añadimos, sin miedo, que es también mejor para el individuo, sin indicar con ello que, por supuesto, su salario mínimo o sus necesidades básicas sean completados, dado el caso, por ayudas públicas.

¿Hace falta que las obviedades sean atribuídas a un premio Nobel para que sean más verdad?

Sobre el tamaño de la confianza en Barak Husein Obama

Ya próximos al 4 de noviembre de 2008, en el que se dilucidará quién habrá de ser el Presidente de los Estados Unidos durante los próximos 4 años, las encuestas presentan una ventaja a favor del candidato Obama. Más joven, más creíble, más simpático, más negro, más inexperto, mejor comunicador, más imprevisble, menos comprometido y menos dogmático que el candidato McCain.

Obama representa el cambio y McCain la continuidad. El republicano encardina lo previsible (más de lo mismo) y el demócrata la frescura de nuevos aires (menos de lo mismo, para introducir nuevos ingredientes).

 La campaña electoral, seguida con interés, incluso con pasión, en el resto del mundo occidental, está siendo decepcionante. Ambos candidatos han demostrado un desconocimiento del mundo de la economía y las finanzas, de la política internacional más propio de malos alumnos de primero de la Facultad que de quienes están llamados -uno de los dos- a dirigir el mundo.

No nos parece que ninguno de los dos despierte emoción en el elelctorado indeciso. Más bien creemos que el beneficio que recogen las encuestas a favor de Obama es el del castigo al otro candidato, en una situación de grave crisis, porque se le considera más responsable de la misma que quien, no teniendo soluciones para salir de ella, pertenece al partido de la oposición y no del gobierno.

Puede que Obama gane las elecciones -será Presidente si los electores no reciben nuevos inputs que afecten a su credibilidad o la economía mejore clara y milagrosamente en este corto período hasta las votaciones-.

Pero el túnel sigue siendo muy oscuro y el cambio de maquinista, precisado por su campaña en aumentar la escasa protección social del Estado norteamericano y necesitado por la coyuntura económica de aumentar el control sobre el mercado, lo hace más largo.

Por eso, sería de agradecer que, además de vender ilusión, empuje, confianza en el sueño americano y su iposición de liderazgo mundial, los candidatos rebajaran sus niveles de fantasía y pusieran realismo, contención, críticas al descontrolado sueño americano, y expresaran su  intención de colaborar estrechamente, y con compromiso firme, por hacer este mundo solidario, pacífico, honesto.

En el caso de Barak Husein Obama, la propuesta del cambio, clarificar estas cuestiones antes de las elecciones, le aliviaría de las dificultades de tener que adaptar sus actuaciones como futuro Presidente con el peso excesivo de una confianza desmesurada en que tiene la solución, cuando lo que tiene son las ganas.

 

Sobre las crisis, pero ¿qué crisis?

Todo el mundo habla de la crisis económico financiera mundial. Los gobiernos tratan de detener el descalabro de la credibilidad anunciando inyecciones de liquidez al sistema, comprando empresas en bancarrota, activos corruptos y prometiendo garantías de Estado para los depósitos bancarios.

Pero la credibilidad en el mecanismo de mercado que nos ha llevado hasta aquí, sigue cayendo. Cae por encima de lo técnico, de lo razonable. Por supuesto, mucho más allá de lo deseable. Cae a plomo, pasando por alto, como un huracán, sobre las medidas expresadas por los políticos que, hasta hace muy poco, vendían estabilidad, futuro esperanzador, éxitos. Por eso mismo, digan lo que digan, su poder de convicción se encuentra socavado, perdido. No les creen, no les podemos creer.

La crisis no es económica. Es de credibilidad de los que gobiernan, de los que debían gobernar la situación y sus mentores. Y la Historia está cuajada de momentos en que esa falta de fe en lo que había significado el paradigma hasta entonces, se resolvía con revoluciones, guerras, o derrocamientos, cuando no con suicidios o asesinatos.

Estamos ante un cambio de paradigma, sin duda. Es la ocasión para discutir sobre nuevos programas, medidas, actitudes. Para ello, hacen falta nuevos líderes. ¿O seguiremos dando un voto de confianza a los esquemas que nos han explotado entre las manos?

El pueblo norteamericano tiene el 5 de noviembre de 2008, la mirada del mundo puesta sobre él. No todos pensamos lo mismo, claro está. Pero hay veces en que tener mucha experiencia en algo no sirve para nada, cuando el camino a recorrer es completamente nuevo. Si, además, no necesitamos líderes mesiánicos, sino capacidad para escuchar y aunar esfuerzos, preocupándose mucho menos de los ricos y mucho más de los que esperan oportunidades, la luz se hace más clara.

Wellcome, shrewdness. Bienvenida, perspicacia

Sobre dinero, rentabilidad, responsabilidad social y refugio

La caída persistente de las Bolsas está reflejando, desde luego, la desconfianza de los que tienen dinero en la economía y en su recuperación a corto plazo. Las previsiones optimistas sobre beneficios de los grupos empresariales se han tornado en convicciones de que la coyuntura es pésima, y que hay que rebajar las cifras de ingresos, olvidarse de los beneficios, apechugar con los créditos y reducir gastos.

¿Quienes están mejor adaptados para resistir las crisis? ¿Las grandes empresas, en donde diplomados ejecutivos de verbo fácil han presentado un panorama rosa a sus accionistas, siendo generosamente recompensados por sus valientes actuaciones con salarios desmesurados y participaciones en beneficios prematuros? ¿Los llamados pequeños empresarios, pertrechados con dedicación, ilusión y capacidad de resistencia, para sacar adelante su proyecto? ¿Los autonómos, acostumbrados a no mirar el reloj (ni el bolsillo)?

El dinero es cobarde, ya se ha dicho muchas veces, y huye cuando ve peligro de que lo devoren. Tardará en volver a las Bolsas y a los proyectos que impliquen algo de riesgo, y se refugiará -como siempre ha hecho, cuando vienen mal dadas- en la compra de terrenos e inmuebles a quienes se ven obligados a desprenderse de ellos por necesidad, en la adquisición de joyas y objetos de arte de valor seguro, en la oscuridad del calcetín y la caja fuerte... Dejará de ser productivo socialmente, y se convertirá en un topo de la coyuntura, amargándola.

Caiga sobre quienes hagan así, el castigo de los dioses. La Biblia, libro sabio que recoge -junto a coyunturales consejos que han pasado a mejor vida sepultados por la historia o por la inopia-  las enseñanzas seculares de un pueblo apegado al dinero, dogmatiza: "Si prestas dinero a alguno (...), vecino tuyo, no serás usurero con él, exigiéndole intereses". (Exodo, 22,24).

Y en cuanto al destino que hay que dar a los talentos, hasta los más infieles saben que una parábola de fuste ordena que no se ponga bajo el celemín, sino que es obligado darles rotación, para que generen riqueza y sirvan de alivio a la pobreza de los otros.

Sobre la solvencia de los municipios y sus riesgos de falencia

No se habla, en esta crisis, de cómo puede afectar a la situación económica de los municipios, aunque hay que suponer, por pura lógica, que sus contratistas estarán sufriendo o empezarán a sufrir las dificultades de la falta de confianza en el futuro que, de pronto, se ha instalado en la sociedad financiera.

Si los ingresos por los precios de agua, tasas de recogida de residuos, impuestos de bienes inmuebles, alquileres de plazas en cementerios, etc., no se producen en las cuantías esperadas , habrá que empezar a preocuparse por los préstamos y adelantos basados en la pignoración de futuros.

El futuro ha dejado de ser, incluso para los municipios, el sitio apacible en el que debíamos pasar en bonanza el resto de nuestros días, para convertirse en una combinación de madrastra y enano saltarín que nos han emponzoñado la manzana.

Los municipios son, en España, las instituciones que más ciega confianza habían manifestado en el futuro. Gracias a él, y a su poder de convicción, han conseguido jugosos cánones adelantados a cuenta de ingresos futuros por los servicios ques tenían que prestar al ciudadano. Ordeñaron la gestión del agua, la recogida de residuos, recalificaron parcelas y rehabilitaron edificios, modelaron plazas y cambiaron adoquines a las aceras. Hicieron museos, teatros, mercados, túneles y monumentos. Y lo hicieron a pesar de tener las arcas vacías, con la connivencia de bancarios y contratistas que veían despejado el futuro.

El punto clave del razonamiento fue siempre que los municipios, uno de los elementos de la administración del Estado -"la tercera pata"- no podían quebrar. Su endeudamiento superaba con creces los límites admitidos por la Ley de Bases, pero se acudía a la fórmula mágica de adelantar los ingresos futuros actualizándolo con tasas de interés cada vez más bajas y con previsiones de crecimiento cada vez más empinadas.

Así se podía disponer en el hoy de los hipotéticos beneficios de la recaudación municipal.

No es por tocar las narices ni a rebato en este momento de preocupación general, pero no vendría mal que, ya puestos a hacer balance y cuenta nueva de las alegrías que nos condujeron hasta aquí, se haga la evaluación neutral de las consecuencias de la hipotética falta de liquidez de los municipios para pagar sus compromisos. ¿Qué solidez tiene esa deuda? ¿Se atreve alguien a revisar la solvencia de los municipios, a la luz de estas candilejas?

Porque el riesgo de falencia municipal es una derivación más de la falta de confianza -y seguramente, nada pequeña- que ahora nos ha entrado respecto al futuro.

(Nota: Falencia tiene dos significados: a) Quiebra del comerciante; y b) engaño o error. Ambos conducen a conclusiones parecidas en la lectura de este Comentario)

Sobre la crisis económica mundial y las soluciones para España

A medida que va pasando el tiempo y tenemos más datos, se van atando los cabos de la realidad y alcance de lo que empezó siendo una ligera conmoción del los mercados.

Sabemos ahora, ya sin dudas, que la crisis económica es muy grave y que no afecta solo a los Estados Unidos, sino a todas las economías occidentales -por lo menos-, y, para colmo, sabemos que el sistema norteamericano está mejor preparado para evaluar y aplicar las medidas, debido a la independencia y flexibilidad de su estructura económico-financiera.

"Hay que decir" -bellísima e inútil combinación de palabras, solo equiparable al "mire usted"- que seguramente si la crisis es así de profunda, la causa principal es por la obstinación de algunos de referirse a ella por su nombre verdadero: Crisis Profunda y no por su nombre artístico: Desaceleración Necesaria.

El personal viviría mucho más contento en la ignorancia. La experiencia ha demostrado a lo largo de los siglos, que la manera más elemental de combatir una certeza, es negándola. ¿Que te pillan con las manos en la masa?. Lo niegas. Da igual que seas sorprendido con los calzoncillos en la mano. Negar es la primera medida que, en la generalidad de los casos, puede apagar el temporal.

Es algo tan elemental que debería formar parte del manual del buen político, y por eso cabrea tanto que la oposición se empeñe en la necesidad de reconocer la evidencia. ¿Para qué?. Si las decisiones no se toman en un contexto alarmista, la tela frágil que sostiene nuestro precaria felicidad aguanta siempre un poco más. Ergo, negar la crisis es el primer axioma.

Ya lo advirtió, repetidamente, el presidente del Gobierno español y su mentor económico, el Primer Ministro Solbes: "No la llamemos crisis, sino desaceleración". Al tener que reconocerla, fue a peor, culpabilidad que cabe achacar a la oposición, a su falta de amor a la Patria.

La segunda medida de contención, una vez que ya no sea posible ocultar la crisis, es resaltar sus efectos positivos. Porque hay que estar convencidos de que, cuando consiga superarse, saldremos reforzados. Sin contar, desde luego, con la excelente preparación de nuestra economía para aguantar cualquier embate del proceloso mundo exterior, combinación de palabras a la que, como segundo axioma, hay que recurrir si el agua nos entró hasta el sótano.

Ha pasado algo de tiempo, y, entre tanto, en los Estados Unidos han conseguido un consenso de sus fuerzas vivas para apuntalar las vigas más carcomidas, añadiendo un poco de gesticulación al marco trágico que había quedado al descubierto. No es seguro que hayan conseguido evitar que se les caiga encima todo el tenderete de su feliz economía, pero sí es claro que, a base de dar gritos alarmistas, han llamado a sostener algunos de los puntales a la banca europea.

Como consecuencia, han aparecido algunas grietas preocupantes en los sistemas financieros del viejo continente.

El gobierno español ha utilizado, el tercer axioma, aplicándolo a su coherente discurso: "Las finanzas europeas tienen mucha más solidez. Pero es que, si no nos llaman a nosotros para negociar medidas, es porque nuestro sistema bancario es completamente seguro". Es decir,  "la crisis, aunque profunda, está perfectamente asumida", y "los ciudadanos pueden estar tranquilos", y, finalmente,  "todo está bien dotado y controlado".

Hoy, domingo, 5 de octubre de 2008, varios ministros alemanes y el director del Banco Central de ese país, así como distintos representantes cualifcados de entidades de crédito, están concentrados en hallar una solución a la quiebra del segundo banco hipotecario de la RFA. La situación "es difícil", reconoce Angela Merkel. Nuestra Primera Ministra, Fernández de la Vega, aplica el cuarto axioma: "el Gobierno viene haciendo lo que hay que hacer, desde que se conoció la crisis". No es necesario explicitar las medidas, basta con decir que se han adoptado.

No se interprete de este comentario que estamos  a favor de la propuesta reiterada de la oposición, personificada en la postura del PP. "Que el Gobierno gobierne, que haga algo". No cabe más simplismo que someter a presión a quien no sabe qué hacer, y es una demostración palpable de que no se sabe qué hacer tampoco, en una situación así, porque se avanzaría en las soluciones.

Por eso, en un país devoto como el nuestro, solo cabe recurrir a la intervención de los espíritus. Por fortuna, sabemos qué hacer, porque nos ha ido bien en otras circunstancias.  ¡Santiago, y cierra España!. 

A ver su ahora la oposición se atreve a preguntar: ¿Hay alguien más ahí?

 

Sobre el anatocismo español, el método francés y el capitalismo chino

El anatocismo es el término griego para denominar "el interés del interés" del dinero. Ay de quien se acoja a esta práctica, siendol deudor, porque si no le paga a su acreedor el interés y el capital en los plazos estipulados, se le acumularán los intereses a las cantidades debidas, sumándolas, y se irá calculando sobre ellas el interés de la deuda, con lo que la situación del insolvente se complica vertgionosamente.

El Código Civil español admite el anatocismo y alguna jurisprudencia lo ha consolidado en la práctica, dentro de la autonomía de la voluntad para establecer pactos convencionales. Sin embargo, el Código Mercantil en su art. 317, al referirse al "préstamo de naturaleza mercantil" parece desaprobarlo entre comerciantes, al expresar que "los intereses vencidos y no pagados no devengarán intereses", para, en el art. 319, autorizar su cobro cuando así haya sido pactado.

El cálculo de préstamos a interés compuesto -en los que el capital no se retira, y los intereses acumulados van aumentando el capital total que genera intereses- era uno de los ejercicios ininteligibles que los niños resolvíamos en los tiempos del Bachillerato. Era curioso, para los que no teníamos ni una peseta para comprar el último número de las aventuras del Capitán Trueno, advertir lo rápido que un capital pequeño se convertía en una millonada, y soñábamos con el día en el que ahorraríamos cien pesetas, las pondríamos a interés compuesto durante cuarenta años y nos retiraríamos con Ingrid a nuestro castillo inexpugnable.

Pero llegó el método francés y nos lo fastidíó todo. Y luego, nos enteramos que existía el capitalismo chino y, ya muy mayores, la avaricia norteamericana -esta última, mucho más contagiosa que la gripe asiática-. Aunque eso son ya otras historias que, eso sí, convergen como una lanza sobre los pobres inocentes que seguimos creyendo lo que nos dicen sin entender nada de nada.

Sobre el plan de rescate financiero y el secuestro del mercado

Poco se podrá decir nuevo sobre la crisis que conmociona los pilares de la economía global, porque analistas prestigiosos, empresarios capaces y políticos eminentes han dado muestras de las dificultades de evaluar lo que está pasando y el tamaño del agujero que se ha formado en el sistema.

El Plan de rescate que el gobierno del presidente Bush ha elaborado, y que ha pretendido consensuar con los candidatos a la presidencia que deberá abandonar en noviembre de 2008 propone una inyección de 700.000 millones de dólares al mercado, por la vía de compra selectiva de paquetes de créditos malos, préstamos hipotecarios sin respaldo suficiente, y otras pifias financieras.

La clave del asunto está en que esos caballos rencos, inservibles para las carreras o el tiro sino solo válidos para ser conducios al matadero, serán valorados al precio con el que figuran en los balances de los Bancos de Negocios y las entidades aseguradoras. Es decir, el marrón se lo chuparán los presupuestos del Estado, se distribuirá entre los contribuyentes.

Si bien, con la habilidad que tiene EEUU en traspasar sus crisis urbi et orbe, habrá que esperar qué se les ocurre a sus dirigentes para que la carga sobre el glorioso pueblo norteamericano no sea demasiado gravosa.

El Presidente Bush, disgustado porque el Plan no mereció la inmediata aprobación del Congreso y devoto mercantilista, ha confesado que "el mercado no ha respondido adecuadamente esta vez". Por estos predios, algunos ya habíamos denunciado que el mercado no lo cura todo, y que el Estado necesita, no solamente controlar desde fuera, sino vigilar desde dentro, infiltrándose en la economía real.

Es nuevamente momento para recordar, por parte de los que no somos mercantilistas tan convencidos, que el mercado es solo un instrumento cuyo objetivo ha de ser la distribución deseada de las plusvalías que generamos entre todos. Las plusvalías se suelen concentrar, cuando el mercado funciona sin barreras, en algunas manos predilectas.

Por eso, hay que establecer límites a la acumulación de capital, obligaciones de redistribución de beneficios, selección de sectores preferentes, control máximo de las ayudas al desarrollo y -oh, God- también mantener algunas empresas y entidades públicas que jueguen con las reglas vigentes en el mercado y ayuden a entenderlo mejor.

Porque ya está bien de que el Estado acuda a salvar a a las grandes empresas deficitarias, una vez que el descontrol, la avaricia o la incuria las ha llevado a la quiebra. A los pequeños empresarios que han arriesgado honestamente sus dineros y los pierden porque los grandes les empujan fuera del mercado no acude ningún príncipe bueno a rescatarlos.

Tenemos la imrpesión fundada de que el mercado no es la princesa bella que necesita rescate, sino el dragón al que hay que matar o tener muy controlado, porque, de cuando en vez, se come a las princesas.

Sobre la oportunidad de los pigs

Seguro que lo sabe el lector: pigs, que significa cerdos en inglés, es el acróstico con el que algún vicioso angloparlante se ha permtido agrupar las miserias de Portugal, Italy, Greece y Spain (España) para salir definitivamente del armario/closet de su retraso relativo.

Esos cuatro países, dentro de la heterogénea Unión Europea, tendrían dificultades para levantar su vuelo económico, siendo, a la postre, un lastre para la locomotora que integrarían los clásicos: Alemania, Francia, Benelux y, obviously, Great Britain (Gran Bretaña, o sea, Inglaterra, que viene a ser lo mismo). No se ha encontrado acróstico para estos últimos, aunque pudieran ser denominados como los fabis.

Todo eso tendría algún valor hasta muy poco antes de la eclosión de la crisis económica que sacude Estados Unidos y, por tanto, el mundo. Hasta entonces, los pigs aparecían, como un adorno decadente de los brics o brichs (Brasil, India, China), países emergentes que van camino de controlar en muy breve plazo la producción, el consumo mundial y, por tanto, the world economy.

Pero la crisis se ha cruzado en el camino y ahora las cosas han cambiado. Hay que volver a remover las fichas.  Los pigs serían los gips (Global Investment Performance Superqualified)

Por ejemplo, resulta que el Presidente Rodríguez Zapatero y el vicepresidente Solbes, se jactan ahora de que la posición de España es de las más sólidas frente a la crisis, estando extracordinariamente bien situada para combatirla con éxito, porque nuestro sistema financiero está saneado y las empresas clave son pero que muy solventes.

Dejando aparte la manera como el Gobierno consigue interpretar los datos, crisis significa, por tanto, la apertura de un sin fin de oportunidades para los que, en momento de miserias, tienen mejor músculo o necesitan menos para sobrevivir. Esa sería la ventaja de España, y, presuntamente, para los pigs y, por traslación imaginativa, para toda la Unión Europea. Habría llegado la hora de Europa para recuperar la hegemonía arrebatada por su hijo listo pero díscolo, Estados Unidos de Norteamérica.

Hay que ser prudentes, sin embargo. Nos parecería preferible, mientras tenemos más información de lo que está pasando, actuar en la sombra y hablar poco.

Porque viene a cuento uno antiguo en el que se nos dice que un pollito aventurero que se había escapado de la granja para conocer el mundo, se encontró  que fuera había, en realidad, un frío glacial: estaba en Siberia. Pensaba ya en morirse, lamentando su osadía, cuando una vaca hizo sus necesidades sobre su cabeza, así que pudo comer algo y calentarse.

Feliz con ello, creyendo estar en la gloria, -el pollito era ciclotímico, por los síntomas- siguió su camino por la nieve, piando como un desaforado. La historia acaba mal. El cuento dice que, atraído por los gritos, se acercó un zorro y se lo comió.

Alguien sacó la moraleja de que, si crees que mejora tu situación en un contexto duro para todos, no la píes.

Sobre el efecto alpiste del canario en el cambio de clima

Quienes sean detractores de los argumentos que se esgrimen a favor del cambio climático, ahora tienen un elemento más, utilizando la analogía. Si no fuimos capaces de predecir el comienzo y alcance de la crisis económica que conmovió nuestro mundo global en el 2008, cuando en torno al mercado se mueven los mayores intereses humanos, ¿quién será el guapo que defienda ahora que los modelos de simulación que lavan y peinan unos cuantos profesores universitarios van a permitirnos detectar el cambio climático?

Si una sola variable, el desequilibrio entre producción actual y ávido consumo de futuros, cuyo campo de existencia depende de la decisión humana, se mantuvo incontrolada, ¿cómo vamos a jactarnos de conocer los efectos de un sin fín de variables sobre el clima, en el que los principales actores son las fuerzas de la naturaleza?.

El comisario de la UE Joaquín Almunia ha denunciado "a la avaricia" de algunos, como responsable de la crisis que está azotando la economía. Con lucidez, y la parsimonia del que viene de vuelta, el político al que el PSOE no quiso como su secretario general, supo poner un titular a la situación. La avaricia de algunos es, también, el sospechoso principal del otro cambio de clima, el atmosférico.

Para conseguir un efecto de golpe de timón, y en plena campaña electoral, el Gobierno de Bush en EEUU ha echado mano de las reservas federales -y, tal vez, de su potencial para provocar conflictos en países pobres con reservas de petróleo, gas natural y minerales-, viniendo al apoyo de los grandes Bancos de Negocios. Esos Bancos que, a diferencia de los Bancos de depósito, se dedican a prestar dinero a grupos de empresas y empresarios que trabajan con el futuro, lanzando proyectos, y que, -es la economía, estúpidos- acaban cayendo siempre en manos de la tentadora diosa avaricia.

Pero ni siquiera el Gobierno de EEUU puede jactarse de controlar, con sus dólares en reserva y su capacidad generadora de inflación, el poderoso mundo del dinero. A escala mundial, el bombeo de dinero para salvar de la quiebra a los Bancos de Negocios no parece muy diferente al de ahorrar en el alpiste del canario para salvar una economía familiar amenazada.

Sin embargo, como efecto demostración, no se duda que pueda tener un efecto positivo sobre la confianza de los lánguidos en la economía, y hacer que la maquinaria del olvido se ponga en marcha, restañando algunas heridas y haciendo que el equipo de zapadores recoja los cadáveres de un nuevo triunfo de la diosa avaricia.

Es la política, estúpidos.

Sobre Lehman Brothers y la credibilidad del sistema económico

La quiebra de Lehman Brothers, presentada el 15 de septiembre de 2008, ha complicado la situación de la economía occidental hasta límites que ningún analista se atreve a predecir.

Tampoco hace falta que lo hagan, podría argumentarse. Han perdido credibilidad y, extremando ahora su cautela, se limitan a ofrecer diagnósticos sobre la situación y lo que hubiera debido hacerse. El campo de las declaraciones para minimizar los efectos de la crisis, proclamar que la posición de defensa ante ella es mejor que la del vecino o que se debe tener confianza en las instituciones, se ha dejado exclusivamente para los políticos, expertos por profesión en decir que van vestidos cuando tienen el culo al aire.

Vaya, vaya. La historia se repite, aunque los ritmos son más frenéticos. En el rebaño humano, la mayoría sigue  dócilmente las pautas que les marcan los guías, convirtiéndose en voceros de lo que leen o escuchan, y dando a los hechos un efecto multiplicador. Antes, un descalabro podría ocultarse entre las cuatro paredes y, con algo de suerte, dejar que pasara desapercibido más allá del círculo íntimo, dando tiempo a restañar las heridas, pasar la patata caliente a otro menos informado y así seguir alimentando las bolas de nieve y de cristal.

Hoy, cualquier pequeña infidelidad se convierte en un escándalo mayúsculo, una nadería de cuatro hipotecas sobrevaloradas aparece como una recesión que ocupa la primera página de todos los media, creando una sicosis que provoca una estampida. Qué animal el hombre. El miedo a la selva, a lo desconocido, está en nuestros genes, y cuando los dioses que hemos creado se nos caen, la noche nos sobrecoge hasta el pánico.

¿Y qué decir de los analistas?. Pobres gentes, se les ha complicado el modus vivendi. Han demostrado, otra vez, que por muchos masters que acumulen, muchos programas de simulación y muchas horas de golf para intercambiar scores, son bastante incapaces para detectar las incongruencias de un sistema económico teóricamente globalizado, pero muy vulnerable.

También se ha fallado hasta ahora para poner cortafuegos -credibilidad, calma, medidas aplicadas al corazón del problema, ...-. Un cortocircuito en uno de los soportes de ese edificio de apariencia magnífica que es el sistema económico-financiero, está provocando un incendio que se pavoroso, que obliga a llamar a los bomberos, que son los Bancos centrales que inyectan liquidez, dándole al rabil.

Qué peligro...Y era todo tan bonito. Mientras lucía el sol, el complejo económico se presentaba como de excelente solidez y futuro, y ahora nos parece, si lo miramos con los ojos de una crisis todavía no atajada, que cuando le sacuden una patada se tambalea y amenaza con caerse sobre las cabezas de los que en el minuto anterior lo admirábamos.

Podría ser el revival del Titanic, en versión dinero. Lo que no iba a hundirse jamás, arriesga hundirse muy hondo. Si leemos la página corporativa de Lehman Brothers, en un día como hoy, su falta de actualización levanta el sentimiento de que nos movemos por una ciudad fantasma, en la que sus habitantes hubieran sido súbitamente afectados por una catástrofe. Castigo para Sodoma y Gomorra.

Las páginas informáticas de Lehman siguen solicitando currícula de expertos y jóvenes que deseen especializarse en aconsejar inversiones. El cuarto banco de negocios del mundo, difunde todavía con orgullo que proporcionan "a corporaciones, gobiernos y otras grandes instituciones  con los servicios de asesoría estratégica y captación defondos que necesitan para conseguir sus fines."

Por supuesto, estos consejos incluyen (incluían) "asesoría para fusiones y adquisiciones, privatizaciones, y financiamientos de capital y deuda."

El chascarrillo fácil sería puntualizar que ahora, algunos de esos expertos -qué imagen más demoledora la del empleado de Lehmans blandiendo sonriente un palo de golf mientras abandona la sede de la compañía en Nueva York- estarán asesorando la forma más adecuada de liquidar el gigante quebrado. La vida sigue, la rueda continúa. Con los despojos de los que caigan, se alimentarán los que sobrevivan. Parecerán más fuertes, serán algo más altos.

Sobre Teseo y Minotauro en el laberinto

El Catedrático de Economía Aplicada, Juan A. Vázquez, -ex rector y ex director de la CRUE- publica en La Nueva España del 14 de septiembre de 2008 un artículo titulado “El laberinto de la crisis”.

En él desarrolla, con intención didáctica que recuerda la de esos libritos norteamericanos que prodigan recetas para cocinar las salsas del mercado, algunas ideas para mejorar el actual marco económico, después de indicar que coincide con Xavier Sala en que en esta crisis concurren múltiples factores capaces de producir cada uno de ellos una situación crítica.

El título elegido es sugerente para volverlo por sus tornas, y hablar de la crisis -Minotauro- encerrada por Dédalo -a saber quién- en el laberinto, y recibiendo a diario el sacrificio de víctimas humanas -aquí, sectores y empresas- hasta que Teseo -el héroe- libera al demiurgo.

No parece que el insigne economista quiera asumir el papel de Teseo, porque sus propuestas son bastante simples, hay que suponer que porque así lo dispuso el autor, dado el lugar y los destinatarios que eligió para sus consejos. Que, para que el lector no se quede en mayores ascuas, resumimos en una línea: depurar el sistema, inyectarle liquidez, rebajar el nivel de vida, producir más y ser más eficientes, priorizando las medidas en relación con objetivos y medios.

Como el profesor Vázquez es maestro para aplicar el instrumento económico a la realidad, sorprende que las medidas propuestas no sean más concretas. Aún sorprende más que sean de imposible realización sin provocar una debacle, convirtiéndose, por ello, en desideratas más propios de un libro de texto para meritorios discentes que para ilustración de políticos y asombro de colegas.

Que el sistema andaba sobrecalentado y que vivíamos de prestado, lo sabe todo el mundo, solo que, como en el timo de la pirámide, nadie se creía que la cadena iba a romperse, ni siquiera el Gobierno y sus asesores. No contentos con haber calculado los valores actuales de los beneficios futuros, y comérnoslos hoy, habíamos permitido el endeudamiento de las rentas y salarios por percibir.

En esta alegría sin razón, las entidades financieras habían prestado dineros con solo nóminas, y permitido hipotecas al 120% del valor real de la cosa. Hemos construído carreteras -autopistas y vías vecinales- para ir mucho más rápido entre dos ningunas partes, recuperado ruinas, hecho museos, polígonos industriales, auditorios y salones de actos en cada pueblo y, por supuesto, para ayudar a la producción foránea, hemos tirado el televisor, el frigidaire y el lavaplatos cuando se estropeaba el chip más cutre.

Darle al rabil de hacer más dinero para prestárselo a los sectores más afectados por la crisis -constructores, ensambladores de automóviles o entidades financieras- es aumentar la inflación, además de ser medida imposible si el Banco Europeo no está por la labor. Pero es que no falta dinero, sino que lo que nos faltan son ideas donde emplearlo bien.

La culpa de esa falta de creatividad la tiene el desprecio de imaginación y cultura que ha sido tónica de los tiempos modernos. Hemos prejubilado a muchos de los que sabían, para que aprendieran, con errores ya trillados, los jóvenes recién egresados de las escuelas de negocios. Hay que recordar los aires de suficiencia con los que los neófitos explicaban a los que peinaban las primeras canas lo que había que hacer con el cash-flow, lo fácil que era pignorar y lo estupendo que eran las subprime y las segundas y terceras hipotecas.

Está bien proponer que rebajemos el nivel de vida, si por nivel de vida entendemos hacer muchos viajes de turismo al extranjero, andar de acá para allá con los cuatro por cuatro y gastar en caras bebidas, ropas, joyas, cuadros y espectáculos que se promocionan a golpe de top models y admirables artistas y genios de las variedades, despreciando investigación, consejos de científicos y sensatos, y llenando el parqué de universitarios que solo tienen el título como bagaje de conocimientos.

Pero mejor dábamos un vuelco a las prioridades de nuestra sociedad, revisando en lo profundo las inconsistencias del mercado que se ha probado, una vez más, ineficiente para asignar correctamente los recursos, si se le deja libre, en un país en el que unos pocos lo mandan casi todo.

Nosotros creemos que el trabajo de una sociedad, la tarea bien hecha, es la mejor manera de avanzar. Hay que crear trabajo para todos, y dar trabajo a todos. El paro, con el apoyo o no de la seguridad social, es un indicador estupendo para reconocer que no lo estamos haciendo bien. Porque una fuerza improductiva, olvidada, inútil, es el testimonio del fracaso de una sociedad avanzada.

Mientras llega Teseo, seguiremos alimentando a Minotauro con víctimas humanas que, desgraciadamente, serán preferiblemente los más débiles, los más necesitados y, también, los más crédulos de la idea de que todo está bajo control y unos visionarios de gabinete y despacho, con indudable buena voluntad pero discutible sentido pragmático, dan ahora consejos sobre lo que podría haberse hecho.

Sobre la mierda

Mierda es una palabra que, hasta no hace mucho tiempo, pertenecía al grupo de las innombrables, o mejor, de las inescriptibles. Como joder, cojones o coño, aunque en un nivel más modesto´.

Hoy, todos los libretos contienen varias veces estas palabras, combinadas en expresiones que pretenden trasladar el lenguaje de la calle a los libros, a las series de televisión, a los teatros. Hay un perdedor en esta historia: los puntos suspensivos.

Mierda y puntos suspensivos guardan un equilibrio compensatorio que se ha roto manifiestamente a favor de la mierda, joder y coño, entre otras palabras vencedoras. No se ha enriquecido con ello, desde luego, el lenguaje. Dicen que ha ganado en naturalidad. Para nosotros, ha perdido en altura, en riqueza expresiva.

El ascenso de la mierda, simplemente, una muestra más de la cortedad intelectual que acecha en esta época, en donde con unos pocos cientos de palabras ya somos capaces de cubrir nuestra panoplia de sentimientos y pareceres.

"Me parece una mierda", "Joder, casi me mato" o "Estoy hasta los cojones", son, desde luego, una muestra del lenguaje natural. Reflejan el riesgo de sepultar bajo exabruptos, vacuas frases hechas o expresiones  sin contenido intelectual a la búsqueda de una simpatía gregaria, la necesidad de pensar, de ser precisos, de analizar con cuidado, compromiso e inteligencia, lo que nos rodea, emitiendo juicios personales sobre ese entorno y sus consecuencias.

Sobre los billetes de 500 euros y el control de la masa monetaria

Si Vd. pertenece al grupo de los que creían que los billetes de 500 euros servirían para facilitar manejar las unidades más pequeñas en aquellas operaciones superiores a esa cantidad, va aviado. No importa que le tengan que pagar 600, 1.200 o 4 millones de euros, pida que se lo abonen en billetes menores, o se encontrará que nadie quiere cambiárselos.

Ni siquiera en el Banco con el que Vd. trabaja, ése que proporciona regularmente todos los datos de sus cuentas bancarias, incluídos movimientos, saldos, intereses y rendimientos del mínimo capital que heredó de su abuela, le cambiará de rositas su billete de 500. Le pedirá que se identifique con su carné y, para mayor seguridad de que todo queda registrado para el control del Estado y para el beneficio y gloria del banquero, ingresará el billete en su cuenta corriente antes de dárselo convertido en billetitos.

Si se decide a sacar de su cuenta corriente, digamos, 700 euros, ni por lo más remoto admita que su Banco le entregue uno de esos fatídicos billetes. Ni en el supermercado, ni en el restaurante, ni siquiera entregado como pago de 452,25 euros por comprarse una bicicleta estática, conseguirá largar el muerto.

¿Cuál es el objetivo de todo este despliegue burocrático para controlar un mísero billete?. Nos es, sinceramente, desconocido. Algunos especulan que se hace así para controlar el dinero negro, o perseguir el blanqueo del dinero. No puede ser. Los que manejan la economía sumergida hace tienmpo que están avisados, y no andan por ahí manejando fajos de 500, sino, seguro, maletitas repletas de billetes de 50 euros.

Lo que sí es seguro de que lo hacen para jodernos a los pobres inocentes que, por hache o por bé nos encontramos de pronto con un billete de los grandes en las manos. Nos lo habrán entregado para pagarnos el salario del mes, unos honorarios atrasados o, sencillamente, es parte de lo que ahorramos con el sudor de nuestra frente y y guardábamos en el calcetín para cuando vinieran mal dadas.

Hemos leído que quedan todavía 160.000 millones de pesetas por devolver al Banco de España. Si a ello sumamos los billetes de 500 euros que se crearon en un momento en el que Europa era un proyecto de futuro y no una condena de despropósitos, y que deben estar metidos en sus casas por miedo a que no te detecten como delincuente por tener uno de ellos, la cantidad de dinero inactivo, improductivo, estéril, debe ser una parte nada despreciable del PIB.

Del pib-ostio controlador que algunos se complacen en armar cuando no se les ocurre la forma eficiente de atajar la delincuencia organizada y prefieren dar palos de ciego en la cabeza de los santos inocentes. ¿Nos dejarán en paz, de una vez, los obsesos de la burocracia desorganizada?

Sobre todo, reposo y buenos alimentos

En aquellas épocas más gloriosas en las que, con pocos medios, los honorables médicos de cabecera -hoy de familia- tenían que atender a muy variadas dolencias de los pacientes más dispares, cuando el asunto no era grave, solían terminar la visita con una recomendación incuestionable: "Y sobre todo, reposo y buenos alimentos".

Ya no sabemos bien, después de tantas idas y venidas, si el caso de nuestra economía es grave, leve o mediopensionista. Pero si fuera solamente leve, como persisten en diagnosticar desde el Gobierno -y que los grandes hacedores les oigan- a lo mejor se puede curar solo con reposo y buenos alimentos.

Reposo: en lugar de medidas a ton ni son, con el aparente objetivo de convencer a la oposición de que se tienen múltiples soluciones, dejar pasar el tiempo. Puede que los que verdaderamente controlan los métodos para salir del bache -a saber, Estados Unidos y, en menor medida, Francia y Alemania-, den con las claves para salir de la fase depresiva, y nos podremos apuntar al carro, que hasta ahora, no ha fallado.

Buenos alimentos: adecuados a lo que tenemos en la casa. No se trata de echar por la ventana, dispendiándolo, lo que producimos, sino aplicarlo donde pueda tener mayor efecto.

En este caso, en el apoyo del sector turismo, los servicios en general y la construcción, que son los grandes generadores de empleo. Habrá por ello que extremar las medidas de control de ese fenómeno con varias cabezas, pero todas huecas, que es Eta (siempre con minúsculas) y vigilar, ya en plan más académico, que no decaiga el consumo de las familias, es decir, que no se produzcan despidos significativos en los grupos importantes, porque el trabajo remenunerado es la fórmula más eficiente que conocemos en las economías de mercado para repartir la parte de valores añadidos que no se queda el capital.

Habrá, por ello, que pactar con empresarios y sindicatos, de inmediato, un plan de reposo a la economía. Esperar y ver (wait and see, dirían los anglosajones).

No nos van a dar el premio nóbel por estas escasas ideas, pero, al menos, no andamos repartiendo bombillas de bajo consumo ni haciendo burla de los que las reparten, sin proponer ninguna alternativa. Los listos, al salón.

Sobre posibles medidas de ahorro frente a la crisis

Ahora que se ha reconocido oficialmente que nuestro modelo económico está en crisis, será posible tomar algunas medidas. 

Ante todo, concretemos un buen diagnóstico: nuestro pib crece poco o nada, y el aumento de los precios -oséase, la inflación- hace que las materias primas sean más caras.

Mucha gente cree que la crisis guarda relación con que los currantes disponen de menos de dinero para gastar, y, por eso, deban (debamos) apretarse el cinturón un agujero o dos. Eso es una simpleza, por supuesto. Para el currante, no es un problema de ajuste, sino de todo o nada, de ser o no ser.

Repasemos conceptos. La detección de la crisis proviene de aquellos que manejan mucho dinero en el sistema y controlan una parte sustancial del sistema económico, del que obtienen sus importantes beneficios. Y no están dispuestos a que les bajen así como así, por lo que toman medidas drásticas, caiga quien caiga. Los Bancos endurecen sus condiciones de crédito y aumentan los tipos; las grandes empresas revisan sus proyecciones de beneficio en escenarios menos optimistas.

Las decisiones de los que más mandan no se limitan a hacer pequeños ajustes. Se tantean varias opciones desde los grandes números.

La más sencilla es afectar al empleo. Si los beneficios han caído un tres por ciento, que puede significar, por ejemplo, una disminución de cien millones de euros de lo que se venían llevando los accionistas,  se hace un cálculo simple: si el coste de un empleado medio son 14.000 euros anuales, habría que echar a 7.000 individuos a la calle, y que la regulación de empleo se apiade de ellos.

La alternativa debe venir acompañada de un análisis preciso acerca del trabajo extra que puede desarrollar la plantilla que no ha perdido su puesto. Si se consigue que los que quedan aumenten su productividad en un diez por ciento, amedrentados por ver las barbas del vecino peladas, la medida será un éxito total.

Otra opción sería tratar de reducir los importes de las compras, presionando sobre los proveedores. El objetivo es lograr disminuir este capítulo en un 10%, disminuyendo, no las cantidades, sino los precios de las adquisiciones. Los fabricantes de las materias primas tendrán que ajustar sus plantillas y disminuir sus márgenes operativos; se ha conseguido pasar la patata caliente a otro.

Puede que algunos ingenuos piensen que habrá que restringir las vacaciones, salir menos a comer al restaurante, aguantar con el coche viejo un par de años más o retrasar la emancipación de los más jóvenes. En absoluto. Justamente lo contrario, es lo que le correspondería hacer a Vd.

Si Vd. no ha sido afectado directamente por la crisis, y conserva su empleo, siga consumiendo como si tal cosa. Incluso, en adhesión y solidaridad con quienes les ha tocado la china, consuma más.

Hay que meter dinero al sistema, dar la impresión a quienes manejan los hilos gordos del sistema de que nos hemos recuperado o de que la crisis no es tan fuerte. Recuerde que ellos necesitan alimentarse con grandes bocados -son carnívoros, recuerde-  y, por ello, no son capaces de apretarse un poco el cinturón. Y, como le hemos dicho, para los sufridores del sistema, la cuestión no es de ajuste, sino de tener o no tener empleo.

Sobre los asesores económicos de Zapatero

Es un tema menor, pero hay que sacarle punta. El presidente del Gobierno de España, Rodríguez Zapatero, ha designado a varios eminentes economistas para que le asesoren respecto a las medidas más adecuadas para paliar la crisis. Porque estamos en crisis, señores. Económica; las demás, se analizarán a su (des)tiempo.

Nada que objetar. Un buen economista sabe calcular perfectamente los balances macroeconómicos -con las salvedades que deben introducirse en toda representación de un escenario tan complejo- y analizar los efectos de esas variables clave del dinero que hemos estudiado en las Escuelas de economía: subir o bajar impuestos, aumentar o reducir el dinero en circulación, canalizar algunas de las inversiones públicas hacia los sectores preferentes, tocar a la baja o subir un pelín los tipos de interés, estimular la producción o el consumo, aflojar la inspección fiscal, dar subvenciones a empresas y actividades estratégicas; etc.

Simultáneamente, un periódico de alcance -EP del 20 de julio de 2008- ha vuelto a difundir que los principales ejecutivos de las grandes empresas del país son ingenieros. De caminos e industriales, fundamentalmente, y la mayoría adornados con un master en BA.

También pasa revista el citado diario, en otras páginas, a la formación académica de los ministros, así como del propio presidente y de los políticos de la opoosición, para poner de manifiesto que, básicamente, son licenciados en derecho, con ciertos postgrados, méritos curriculares y oposiciones en algún caso, -generalmente, dentro de la judicatura, o para realizar cuando se retiren más registros de la propiedad y, en fin, otras pruebas que requieren habilidad memorística.

Pues ya tenemos el cuadro que queríamos. Licenciados en Derecho dirigen y aspiran a dirigir las cosas del Estado, negociando con o contra ingenieros y asesorados, cuando las cosas se tuercen, por economistas. Todos, por supuesto, gentes de prestigio; no hablamos de nindunguis.

Caben otras opciones, pero ésa es la que la democracia parece haber consolidado. Ella sabrá por qué. Nosotros, desde luego, sí que barruntamos las razones, y ya las pusimos de manifiesto en otras ocasiones: cuando las cosas van bien, son preferibles los ingenieros, porque tienen más inventiva y .el cerebro, por lo general, amueblado para sacar partido de las circunstancias, por su facilidad generalista.

Cuando van a peor, llámense a los economistas para que controlen mejor los desvíos de la pasta y saquen rentabilidad máxima a los dineros y estrecheces. Y si van verdaderamente mal, los licenciados en derecho se las pintan para encontrar los trucos y artimañas con los que convencer -o adormecer- al personal.

Sobre el concurso de acreedores de Martinsa-Fadesa y sus culpables

El presidente de Martinsa-Fadesa, Fernando Martín, un hombre hecho a sí mismo, licenciado en químicas, aficionado al fútbol y amigo de un montón de gente poderosa, tenía su imperio economico construído sobre unos pies de barro. Artísticos,  pero frágiles.

Se le venía siguiendo la pista de lejos, siempre con respeto. El presidente del órgano regulador CNMV, la Comisión que regula el mercado bursátil y que tiene, entre otros objetivos no menos difíciles, la encomienda de garantizar la transparencia de la información en ese juego de ricos e ingenuos -características que no su suelen dar simultáneamente- ya había advertido que, cuando tuviera tiempo, revisaría el control de las empresas del ladrillo para "que no incorporaran en sus balances las expectativas de beneficios futuros". Como si todo el mundo no estuviera haciendo eso.

Martín es accionista importante de Unión Fenosa (tiene un 3%, que equivalen a peu prés a 350 millones de euros), y persona de total confianza de Florentino Pérez, al que sustituyó como Presidente del Real Madrid -después de haber estado en su Junta-, y al que nunca escatimó elogios. No hay que descartar, por tanto, que la operación de Pérez de anunciar que se desprende de Unión Fenosa para concentrarse en Iberdrola no hubiera tenido por efecto, al aumentar la cotización de aquella eléctrica, ayudar a su amigo a tener algo de liquidez, vendiendo no las acciones de ACS sino las de Martín.

Otra cosa, mariposa. Si se repasa la lista de acreedores del edificio empresarial ahora con riesgo de derrumbamiento, se ve muy bien situados a La Banque Populaire de Maroc, al Attijariwafa Bank y a la Caisse Agricole de Maroc, por ejemplo: si se suman los créditos concedidos a Martinsa por esas entidades, llegamos a la interesante cantidad de 80 millones de euros, que prueba también hacia dónde se dirigían parte de los intereses de futuro de esta constructora.

O sea, que, además de estar a punto de caerse el sector de la construcción en España por culpa de la sobrevaloración de los activos de las empresas de este ángel caído que es el boom inmobiliario, se va a hundir un trozo de futuro de la economía marroquí. Como ya tenemos parte de la Armada en las aguas del Atlántico para protegernos de los inmigrantes subsaharianos, habrá que estar atentos para defender a Ceuta y Melilla, si llega el caso.

Un concurso de acreedores en el que el primer premio tiene los visos de llegar ser otra muela careada para el gobierno de Rodríguez Zapatero. Y sin contar con que los enanos siguen creciendo.