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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Economía

Sobre la rentabilidad económico-social de la mentira

O la crisis económica era indetectable o nos mintieron al ocultarla. O los indicadores de que disponemos para juzgar la economía no sirven para detectar los riesgos del sistema o los que saben cómo evaluarlos no la transmitieron a quienes deberían actuar para evitarla, corregirla o aminorarla. O los que tenían la información no nos la dieron, impidiendo que nos preparáramos, o, en realidad, lo que sucede es que pasan de nosotros, les importamos un comino.

Hace tiempo que sospechábamos que nuestras fórmulas de evaluación y transmisión de la realidad necesitan un profundo análisis. Están mediatizadas por intereses inconfesados -es decir, inconfesables-; llegan con demasiada frecuencia sesgadas, peinadas y adulteradas cuando se ofrecen a la consideración general; se comunican tardíamente o a destiempo, perdiendo valor o ganando daño para los que no están en el cotarro.

Como las cosas de los hombres pocas veces son gratuitas -en el sentido de carecer de un objetivo-, hay que admitir que los que tienen información y la enmascaran o manipulan, lo hacen sabiendo porqué. Puede que, si les preguntamos la causa, quieran hacernos creer que somos inmaduros para comprender toda la verdad, o que nuestra felicidad no debe ser empañada con la cruda realidad.

Pero será difícil hoy que nos convenzan de que la ocultación de las dimensiones de una crisis verdadera y profunda, tratando de llamarla con otro nombre y disimulando su gravedad, tenía otro objetivo que buscar la rentabilidad económico-social de una mentira. Porque no estamos hablando de ineptos, sino de gentes inteligentes. Hay que saber ahora quién se ha quedado con los beneficios, y, ya con más tiempo, porqué.

Sobre prisas y rentabilidades

Tenemos prisa, mucha prisa. Por eso, celebramos la colocación de las primeras piedras de edificios y monumentos que a lo peor nunca conseguirán ser puestos en pie del todo. Por eso, anunciamos con profusión de carteles y parafernalia mediática, planes de urbanización, jardines y construcción de infraestructuras que, puede ser, no se lleven a cabo jamás.

Vivimos mucho del cuento, de la ilusión de que ya hemos hecho lo que solo es un proyecto. Y claro, como ya hemos festejado la terminación de lo que nos hemos propuesto, corremos el riesgo de no ejecutarlo, porque la ejecución es lo más aburrido y trabajoso de cualquier asunto. Eso sí que lleva tiempo y significa esfuerzo.

No tiene porqué extrañar que en España investiguemos tan poco. La Universidad y la empresa están contagiados del mismo espíritu apresurado y tramposo del resto de la sociedad.

¿Quién habrá de preocuparse del pobre científico que, en soledad con una colección de aparatos arrebatados a sangre de la incuria, prueba una y otra vez, siguiendo un duro protocolo, si por acaso se cumplen las hipótesis que ha entresacado de complejos libros y artículos plagados de fórmulas incomprensibles para todo el mundo?

¿A quién ha de importarle un ardite la batalla diaria de  ese equipo de ilusos mal pagados que todos los días se encaraman sobre la remota posibilidad de que les alcance la chispa de la genialidad o de la suerte, trabajando con método en un espacio de saber incomensurable y lleno de trampas?

Pero, ay, cuando esos ignorados descubren algo, cuando su trabajo oscuro alcanza alguna luz, aparecen de aquí y allá cientos de capitalizadores de su éxito. Esos sí que le sacan la rentabilidad.

Son ratas. Quizá, si nos fijamos bien, descubramos a mucho de los que asisten con frecuencia a la colocación de cientos de primeras piedras.

Ahora están en otro papel. Reclaman para sí el mérito y la gloria de presentar un edificio completo que han construído otros, puede que con las primeras piedras de gentes como ellos que ni siquiera tocan la flauta por casualidad, sino con desfachatez. En las catacumbas del sistema, los equipos de investigación siguen probando teorías, tonteorías.

Sobre las empresas que solo buscan beneficios sociales y su contexto

Muhammad Yunus, economista bangladeshiano de fama mundial por haber creado el Grameen Bank, que le granjeó el Premio Nobel de la Paz en 2006, dió ayer, en el Salón de Actos de la Fundación Rafael del Pino, una lección magistral sobre los microcréditos y la necesidad de impulsar aquellos proyectos y empresas que, en lugar de perseguir beneficios económicos, pretendan únicamente un beneficio social.

El retorno perseguido por estos inversores sociales no son los dividendos en dinero, sino la satisfacción conseguida al poder cuantificar los efectos sociales de sus iniciativas. Pueden pretender la devolución del dinero que han depositado para la causa, pero jamás obtendrán una remuneración económica. Los proyectos, empresas, fundaciones, corporativas, etc., que hayan creado o coadyuvado a generar, no repercutirán en beneficios para ellos, sino para aquellas personas, de condición humilde, a las que han ido destinadas las inversiones. 

Puso Yunus varios ejemplos concretos. El más directo, la ayuda a 100.000 pobres aproximadamente, tutelados por los 27.000 empleados del Grameen, (a razón de 4 necesitados por empleado), a los que se les ofrece la posibilidad de, al mismo tiempo que piden de casa en casa una limosna, ofrezcan algún producto, dando la opción al donante, bien de comprar esa mercancía, bien de entregarle solo una dávida, o las dos cosas.

El dinero para ese incremento de actividad es ofrecido, junto con la información necesaria básica, por los empleados del Banco, sin esperanza de rendimiento económico. Yusun, con picardía economicista, califica estas actividades incorporando los términos de "segmentación del mercado", "aumento de la oferta", "especialización" e "introducción de valores añadidos a una actividad que, de todas maneras, se está ya realizando".

El Premio Nóbel, que no ocultó que ese objetivo social lo tienen también -por Ley- las Fundaciones (y otras entidades "sin ánimo de lucro"), puso dos ejemplos empresariales. La entrega por Danone de millones de yogures reforzados con vitaminas y minerales a niños en estado de desnutrición crónica y la instalación de depuradoras a poblaciones con máxima necesidad, para eliminar el arsénico y otros contaminantes del agua que beben, iniciativa para la que convenció a Veólia. Ambos proyectos se ejecutan en Bangladesh.

Como cualquier idea destinada a beneficiar a un colectivo con un bien o servicio que no puede pagarse, la recompensa de los donantes no altruistas -y no cabe pensar ni que Veolia ni Danone lo sean-, las expectivas de recuperación de lo entregado se localizan en otros mercados en los que las empresas desarrollan su actividad principal.

Sobre la caída de la Bolsa

Las Bolsas están experimentando continuas caídas, alcanzando mínimos que no se veían desde hace muchos años. Como este mecanismo relativamente perverso mide, sobre todo, la ilusión de los inversores por adelantar los beneficios futuros de las empresas, el primer análisis es que estamos en un momento de pesimismo.

No hay confianza en la marcha de la economía, porque, a pesar de los resultados positivos que se esfuerzan en presentar las principales empresas -europeas, fundamentalmente-, la percepción popular del panorama no es halagüeña. Hay una sicosis creciente de que estábamos viviendo por encima de nuestras posibilidades, así que nos lo teníamos merecido. Toca apretarse el cinturón como expiación, y nos toca a nosotros, especialmente, los permanentemente reivindicativos asalariados, los despistados autónomos, los nada imaginativos pequeño-inversionistas.

¿Es esto así a nivel global?. Sin duda, no en la mitad del planeta. Las economías emergentes son ya prácticamente responsables del 50% de incremento del PIB mundial, que alcanza un 3%. El consumo de las materias primas crece de forma continua en esos países, -fundamentalmente, en el continente asiático, con China e India a la cabeza, pero también en Brasil- que, con muy altas poblaciones, están conteniendo artificialmente los precios, para que la inflación no se les dispare.

Falta un análisis macroeconómico completo de lo que está sucediendo, pero cualquiera entiende que las corrientes de consumo están modificando severamente sus ritmos y sus flujos. Los países productores y consumidores no son los mismos que hace pocos años. Los productos han cambiado.

Además del auge de las telecomunicaciones, del incremento de negocio con las energías verdes (¡un mercado de 100 mil millones de euros en 2007!), de la facilidad de deslocalización de las industrias pesadas buscando la mano de obra más barata y el espacio más tolerante con la contaminación, de la reducción del interés por el ahorro y los consumos menos inmediatos, etc., el mundo globalizado ha provocado algunos efectos contraproducentes para los países desarrollados.

El más importante es que los Gobiernos han perdido una buena parcela del control de la situación. Pueden reunirse para tomar las medidas que les parezca, pero la economía real se les está yendo de las manos. Se ha ido produciendo la concentración de los centros de inversión relevantes en manos privadas, lo que ha hecho perder peso a las decisiones de Gobierno, que han visto disminuídas las capacidades de influir sobre la economía. Tienen mucho personal funcionario, soportan gastos ingentes (fijos), obtienen mucha información, pero pueden hacer poco con ella desde los mecanismos oficiales.

Y los mecanismos multilaterales, desde las Uniones de países a las Convenciones financieras, tienen, relativamente, escasos medios para actuar de forma contundente, viéndose limitados a lanzar sesudos avisos, realizar actuaciones de ejemplarización -modestas- y llenar el panorama de informes atiborrados de estadísticas y cifras. 

Nos tendremos que contentar, como sucede con las predicciones atmosféricas, en obtener buenas explicaciones a posteriori de porqué nuestros mecanismos de previsión fallan justamente cuando más necesitábamos su exactitud, ahora que estábamos de vacaciones. Los grandes grupos empresariales se habrán hecho, entretanto, más ricos con nuestros ahorros, ya que habíamos confiado en que haría buen tiempo también este verano, como se nos había adelantado con todo lujo de indicadores. 

 

Sobre la corrupción y algunos efectos

Transparencia Internacional ha publicado recientemente su "Informe Mundial sobre la Corrupción, 2008", enfocado hacia el sector del agua. Viene haciéndolo desde hace varios años, y no faltan ejemplos extraídos tanto de países pobres como de los muy desarrollados. La "Operación Malaya" y el escándalo de Ronda ocupan un par de páginas en un Informe de casi 300, dejando suficientemente alto en representatividad el pabellón español.

Podemos rasgarnos las vestiduras, abominar de la corrupción como un mal pernicioso. Perseguir la corrupción en los países pobres, esa lacra que impide incluso que las ayudas humanitarias internacionales lleguen a los afectados por una guerra o un terremoto, es un ejercicio de profilaxis inexcusable.

Pero no hay que exagerar los logros. La corrupción es un fenómeno imposible de radicar, porque está vinculado a la esencia de la naturaleza humana. Al deseo de acumulación, de tener más que los demás, de incrementar la propiedad privada.

Por supuesto, hay medios lícitos de acceder a la propiedad y a la riqueza, pero son muy trabajosos, problemáticos y llenos de riesgo. El medio más seguro de conseguir algo es corromper; la forma más generosa de ver recompensado un esfuerzo es ser corrompido. Así piensan muchos seres humanos desde que el mundo es mundo, a pesar de los reglamentos, las leyes, los principios éticos, la estética. Así será.

¿Por qué tanto fatalismo? Si no bastara la misma relación histórica de los hechos conocidos de corrupción -obviamente, la punta del iceberg-, habrá que recurrir a las raíces mismas de cualquier procedimiento de adjudicación, de selección, de distinción. Los corruptos no siempre cobran en dinero ni los corruptores necesitan exactamente expresar sus deseos espúrios.

No hace falta exteriorizar las intenciones, en una sociedad que sabe valorar y recompensar los favores, sin que sea preciso ni siquiera demandarlos. Basta, frecuentemente, la simple presencia de intereses para que el mecanismo de la corrupción se desancle.

Sobre la gestión de las crisis económicas

De vez en cuando se producen reajustes entre los agentes socioeconómicos. Son los asentamientos de las placas tectónicas imaginarias que componen los sustratos geológicos de nuestro estado de bienestar. En el reparto de las plusvalías por el mercado -esa fórmula imperfecta, pero imprescindible de distribuir los productos generados por una combinación afortunada de recursos naturales, mano de obra y tecnologías-, hay momentos en que los afectados negativamente son muchos, y, entonces, la situación se define oficialmente como "crisis".

Cuando empiezan a aparecer grietas en el sistema, se generan comportamientos estereotipados (al fin y al cabo, no es la primera vez que nos sucede; no será la última), que resumimos así:

a) los que están en los mandos de la gestión política, niegan la gravedad de la crisis y tratan de peinar los indicadores; los que están en la oposición, exageran la situación y acusan de inoperancia e incapacidad al Gobierno

b) los agentes empresariales más poderosos se concentran en los sectores en los que el riesgo es menor, procurando liberarse de gastos generales y aumentando sus inmobilizados; las agentes empresariales más débiles se van, desde la suspensión de pagos a la ruina; sus activos utilzables son adquiridos por los primeros.

c) se reduce la contratación laboral y se aumentan los despidos, presionando sobre el consumo y bienestar familiar, que consume sus ahorros en bienes de primera necesidad, al ver reducidos sus ingresos; aumenta la inestabilidad social y el malestar, propiciando huelgas, protestas y conduciendo al cambio de gobierno; en los países menos civilizados, una crisis profunda puede provocar revueltas, guerras civiles y hasta invasiones pacificadoras de los países que tutelan el orden mundial, por mandato divino.

d) aumenta la religiosidad, y la devoción hacia recetas estrafalarias o imposibles. Por lo general, la crisis se resuelve sola. Los economistas y otros estudiosos aprovechamos entonces para escribir un libro sobre las propuestas que, en nuestra estimación, han resultado factores de éxito o debieran haberlo sido de haberse adoptado. El mercado continúa, algo más limpio de debilidades, y sigue comiéndose las plusvalías, si las hay; si no las hay, se come las uñas.

Sobre Warren Buffett

Warren Buffett está en Europa haciendo publicidad de la Coca Cola y de sí mismo -"Me he dado cuenta de que en Europa soy poco conocido", ha dicho- y, de paso, buscando algunos recuerdos que llevarse a casa.

Cuando Mr. Buffett sale de compras no se contenta, por supuesto, con cualquier cosa. Busca empresas de sectores sólidos que tengan beneficios anuales brutos de más de 50 millones de euros. Nada de esas chucherías nuevas, como internet o las telecomunicaciones. No tiene ya edad (77 años), para comprender lo que hay detrás de las nuevas tecnologías y hay un principio infalible en los negocios: entre algo tangibles y una elucubración, elige lo que se pueda agrarrar.

Por tanto, serán preferibles asuntos que tengan tradición de resistir, porque será una garantía de que las empresas que se dediquen a ellos puedan aguantar la crisis que tenemos encima y que, ya lo venía advirtiendo Buffett, es una consecuencia de esos inventos de los derivados y otros productos bancarios que pretenden que la gente viva a costa del futuro.

¿Ladrillos? No está mal, sobre todo, si se trata de empresas que trabajen en construcción y servicios, como FCC o Ferrovial. ¿Cadenas de distribución?. Le encantan, en particular si tienen un nombre y están bien diversificadas, como VIPS. ¿Empresas eléctricas? ¿Pero de verdad queda alguna suelta por ahí?. Por favor, ¿quién de Vds. es José María Entrecanales?

En el bufet que Plácido Arango, hijo, organizó en su casa para el mayor multimillonario del mundo, que dice tener unos 35.000 millones de dólares para invertir en este momento -después de haber donado casi otros tantos a la Fundación de Gates-, casi un centenar de empresarios españoles se interesaron por darle sus tarjetas de visita y manifestaron su deseo de concertar entrevistas con alguno de los colaboradores que le acompañan en la gira.

Esther Koplowitz no pudo asistir a la cena fría del dueño de Starbucks, pero es que ya había tenido ocasión de departir con él sobre negocios cuando le dieron no se qué premio en USA, en una de esas cenas que se encargan a una agencia y en la que puedes decidir si te traes al presidente o a un actor con Oscar. Tampoco estuvo Florentino Pérez, suponemos que porque tenía una reunión particular ya concertada de antemano.

No puede extrañarnos tanta expectación. Si Warren Buffett fuera un país, sería mayor que Marruecos, cuyo PIB supera el magnate con su fortuna (lugar 57 del ránking mundial). Con una diferencia, sin embargo. La deuda pública de Marruecos -aunque ha disminuído algo en porcentaje en los últimos años, gracias, entre otros factores, a la ayuda de EEUU- está en el entorno del 70% de ese Producto Interior Bruto, por lo que Mohamed VI no está para salir de compras, al menos, no como país.

Nos gusta Warren Buffett. Tiene los pies en el suelo y la cabeza en la realidad.

Sobre los índices de revisión de precios, incluído el ipc

Quienes han tenido que plantear alguna vez la fórmula de revisión de precios para preparar una oferta a las administraciones públicas, lo saben bien.

Determinados los grandes capítulos que integran el coste total (redistribuídos en ellos gastos generales y el beneficio), se calculan los porcentajes que cada una de esas partidas representa en él.

P/Ct =a, por ejemplo, puede ser la proporción del coste total que corresponde a los gastos de personal; E/Ct=b, la proporción de los costes de energía; R/Ct =c, la parte que sería atribuíble -siempre por ejemplo- a los materiales o materias primas empleados en la producción de lo que se está ofertado.

Así que, como: Ct= P+E+R, esto implica que 1=a+b+c.

Si queremos reflejar la variación de estos costes iniciales con el paso del tiempo, no habrá sino que llamar: P/Po a la relación entre el nuevo precio de los costes de personal respecto a los que sirvieron para calcular la oferta del momento de la oferta, cuando esa misma partida era Po. Y así con los valores iniciales de cada uno de los capítulos de costes: Eo, Ro, etc.

El nuevo Ct, pasado el tiempo, será: Ctnuevo= Pnuevo+Enuevo+Rnuevo.

Las administraciones, y todo cliente que se compromete a pagar un servicio que dura varios años, prefiere encontrar una fórmula que relacione los precios ofertados iniciales y los que deben pagarse a lo largo del tiempo. Para ello, lo usual es referirse a índices oficiales, y el cálculo consistirá en multiplicar Po -el precio ofertado- por un valor, K, que refleje la variación de las partidas. Esos índices son publicados periódicamente por serios organismos, basándose en sus análisis, encuestas y recopilación de datos.

Así tenemos un índice de variación de salarios, otro índice para la variación de costes de energía eléctrica, y otros para analizar la variación del coste de algunas materias primas, significativamente, el índice de precios de la construcción. La reina de las reinas es el ipc, el índice de precios al consumo.

Siguiendo con nuestro cálculo

Ct nuevo= Cto*K =Pnuevo+Enuevo+Rnuevo=Po*i´+ Eo*i´´+Ro*i´´´, y dividiendo todo por Cto:

Ctnuevo/Cto= a*i´+b*i´´+c*i´´´=K, siendo, por supuesto: 1=a+b+c, y a, b y c, números fijos para cada caso en estudio. Los índices i´, i´´, i´´´, son los que hacen referencia a la variación por unidad en el período de cada uno de los capítulos de costes (persona, electricidad, materiales, etc).

Como todo índice que refleja un hecho complejo, sin embargo, el índice de precios al consumo es un cálculo de conveniencia. Su punto de partida es el análisis de la cesta de la compra de una familia media.

La cesta de la compra varía con el tiempo, con las condiciones de vida, las preferencias de los consumidores. Para una unidad familiar de clase baja, las patatas, el pollo, las verduras, el alquiler o el transporte público, pueden ser determinantes en su composición. Para una familia de clase media alta, serán más importantes las variaciones, quizá, de la merluza, el tipo de interés del dinero, la gasolina, o... el precio del guiski escocés y las entradas de la ópera.

En 2001 se cambió la base para el cálculo del ipc. Con anterioridad, se habían seleccionado 471 artículos clasificados en 8 grupos. A partir de ese momento, se calcula con base en 484 artículos agrupados en 12 grupos, que en su conjunto componen eso que se denomina "cesta de la compra". Los nuevos grupos son: -Alimentos y bebidas no alcohólicas;Bebidas alcohólicas y tabaco ;Vestido y calzado;Vivienda; Menaje;Medicina; Transporte;Comunicaciones;Ocio y cultura ;Enseñanza ;-Hoteles, cafés y restaurantes;Otros.

Para calcular la variación respecto al año anterior, se utiliza un procedimiento de cálculo del índice llamado "Laspeyres encadenado", que relaciona los precios de la cesta a los del año anterior.

Las ponderaciones varían a lo largo del tiempo, lo que proporciona una base más realista, pero la cuestión controvertida será siempre, la de los capítulos que se incluyen en la cesta de la compra, y su variación de composición anual, lo que origina un girigay que hace prácticamente imposible el seguimiento completo y objetivo del índice a lo largo de períodos de tiempo, en los que se cambió varias veces la composición de los productos y servicios que se introducen en la hipotética cesta familiar.

El diseño de esa colección de bienes y servicios que se seleccionan para calcular el IPC se determina a partir de la Encuesta de Presupuestos Familiares, un macrosondeo que se realiza sobre 22.000 hogares que comunican todos sus consumos durante 15 días.

Aquí viene otro elemento de discrepancia, en la selección de esos hogares, su ubicación, poder adquisitivo real, gustos, etc. Si su. hábito de consumo encaja con la muestra, es algo que debería comprobar el lector, como curiosidad de su desviación respecto a la media de consumo seleccionada por el INE. Lo normal es que no se vea representado.

Privilegios y miserias de la política, se vista o no con los ropajes coloridos de la informática y la política: no acertar a contentar plenamente más que a quienes están convencidos a priori.

 

 

Sobre la globalización de la pobreza y sus perversos encantos

Birmania, Líbano, Palestina, Bolivia, Somalia, Colombia, BanglaDesh,...La relación puede extenderse, discutirse en parte, pero la lectura de estos nombres debiera sugerir de inmediato los efectos que provoca la desigual distribución actual de la riqueza en el mundo. Los Organismos Internacionales nos advierten reiteradamente de que el intervalo entre los países pobres y los más ricos, ha crecido. La globalización de las comunicaciones nos permite enterarnos casi en tiempo real de cómo sufren las gentes en esos países.

Hambruna, guerras, corrupción, piratería, ausencia de seguridad jurídica, secuestros, crímenes sin resolver, etc. se reparten con profusión allí donde las rentas per cápita son más bajas. Pero tampoco hay por qué estar orgullosos pretendiendo estar libres para tirar las primeras piedras.

(Hoy, sin ir más lejos, 8 de mayo de 2008, ha trascendido el descubrimiento por la policía judicial de una -¿presunta hay que decir, si todos reconocen ahora que existía?- trama mafiosa en Coslada (Madrid), que afecta de hoz y coz a otra policía (la municipal), contaminada desde la cúpula hasta el rabo).

Crece, pues, todo lo malo. Goza de buena salud, alimentado por la obsesión de algunos por acumular riquezas y goces a despecho de lo que sea, y contemplado desde la insolidaridad, la apatía, la miseria, el egoísmo.

El número global de personas que malviven bajo el umbral que caracteriza la pobreza -no importa consideramos dos dólares diarios per cápita, dos euros o tres libras,- ha crecido. Y el número de niños que padecen malnutrición, o el de muertos por inanición en algunos países en donde dominan dictaduras muy solventes a la hora de enriquecerse con el dinero ajeno. La contaminación global, también.

Se puede contemplar con tranquilidad ese, por los síntomas, imparable, deterioro de la estabilidad. Visto a través de la pantalla del televisor no parece afectarnos. Tiene su encanto, porque se puede creer que no nos afecta a nosotros. Un encanto perverso. No nos afecta, todavía.

 

Sobre la crisis económica y su alcance previsible

Tocan tambores de crisis, de corrección de previsiones a la baja. El culpable de esta desaceleración señalado es el sector de la construcción, la burbuja inmobiliaria. Se entiende bien: los precios estaban inflados, debido a que los dineros se canalizaban hacia el ladrillo, animados los inversores porque, como en el juego de la pirámide, los que iban entrando en el mercado insuflando dinero fresco, garantizaban una alta rentabilidad.

De pronto, en sueño se quebró. No se venden viviendas, y quienes hasta hace pocos meses disfrutaban de sus vacas gordas y obtenían buenos beneficios, particularmente de ahorros que no tenían, porque actuaban con dinero prestado de las entidades bancarias, ahora ofrecen sus casas por debajo de coste para salvar las hipotecas.

Nos lo creemos todo, por supuesto. Desorientados, tratamos de entender lo que está pasando, echando la culpa a otros. Aparecen términos nuevos, ininteligibles salvo para iniciados, que pretenden poner un nombre al origen del descalabro. Las hipotecas subprime, los edge funds, la madre que los parió.

Al menos, que nos sirva la enseñanza. El mercado no es la fórmula mágica. Los que nos aconsejan, nos mienten. Lo que no necesitemos, no lo compremos. Si no necesitamos el dinero, no vendamos. Y, como fórmula magistral, los excedentes, consumámoslos en lo que nos guste. Y que nos quiten lo bailado. El Dorado nunca es tan áureo como nos lo pintan. Incluso ni siquiera es áureo, solo pintarrajeado de purpurina.

Claro que, dándole la vuelta de tuerca. ¿Dónde están todos aquellos que necesitaban viviendas? ¿Por qué es necesario que los constructores vendan ahora para salvar su pellejo por debajo del coste? ¿Nos podemos creer que, puesto que el mercado ha bajado solamente un 10-15%, el margen de los constructores era tan exigüo? Y, finalmente, ¿quién está interesado en convencernos de que estamos en una crisis? ¿Qui prodest? ¿Quién sacará tajada?

Sobre el azabache y su valor industrial

Ya nadie talla el azabache, porque falta la materia prima y los artesanos tallistas. Se perdió la posibilidad de extraerlo de las profundidades, siempre de forma individual, a mano, por esforzados que se adentraban en minas angostas armados con un martillo y llevando un saco en el que arrastraban las piedras que iban seleccionando, guiados por la experiencia, en la oscuridad.

El gobierno de Asturias hace unos veinte años había impulsado la talla de esta mezcla de materiales carnobánceos y minerales, compuesto fundamentalmente por vitrinita, formado por fósiles de árboles –protopináceas y araucarias-. (Ver el Libro de Valentín Monte Carreño, de Editorial Picu Urriellu, 2004, El azabache, piedra mágica, joya, emblema jacobeo). Los azabaches mejores provienen de la zona de Lastres, procedentes del Jurásico Superior, pero ya no hay nadie que los extraiga, porque no resulta rentable.

Por ello, los pocos azabaches que se comercializan o son falsos -carbón aglutinado con resinas- o provienen de otros países en los que aún la mano de obra es barata o la legislación laboral y la seguridad de los mineros es más precaria. Cabe pues, decir: el azabache es historia. Si Vd. tiene algún objeto de esta piedra semipreciosa, guárdela como oro en paño, porque, como los marfiles de elefante, esas piezas pertenece a un pasado extinto.

Sobre los intermediarios bancarios y sus controladores

Un tal Jerôme Kerviel, un joven de 30 años que pretendía conseguir el máximo incentivo anual que estaba previsto para su categoría de meritorio bancario, y que cuadriplicaría su sueldo, hizo tambalearse la banca francesa, abriendo un agujero de oscuras consecuencias en la sociedad que le daba de comer, Societé Generale (SG).

Kerviel era especialista en la compra venta de contratos de futuro, magníficamente potenciados con la posibilidad de hacer operaciones en tiempo real en cualquier lugar del mundo. Mientras algunos afortunados sentados ante sus ordenadores conocen las cotizaciones de los valores bursátiles en milisegundos, y cualquier plaza financiera, otros seres confiados se dedican a ganar su dinero en trabajos menos sofisticados, confiando sus ahorros a hábiles bancarios que están "cuidando" su dinero.

Una de las fórmulas de aprovechar los huecos del mercado aparece en los llamados mercados de futuros. En teoría, nacieron para que se pudiera disponer de dinero antes de que el producto final estuviera en el mercado. El cuento de la lechera, hecho realidad económica; la historia de la aceituna que se vendía como árbol, en fin. Pero también se puede hacer algo mejor, sin necesidad de esperar tanto tiempo: simplemente, se compromete una cantidad de dinero para comprar un valor en una Bolsa, y, simultáneamente, se ofrece a la venta en otra plaza, a un precio algo superior. Si las operaciones cuadran, y se hace miles de veces en poco tiempo, se puede hacer así mucho dinero.

Kerviel ha dicho en sus declaraciones que él era un mandado y que sus jefes estaban al tanto de lo que hacía. Su único problema es que sus ascendentes resultados se quebraron porque se equivocó en las previsiones, y apostó mucho dinero de los clientes del Banco en posiciones que resultaron perdedoras, porque el mercado se torció. Ay. No tuvo más remedio, asustado, que falsear los resultados, inventando operaciones ficticias, esperando que la tormenta pasara. Al fin y al cabo, había estudiado en las Altas Escuelas de Economía que el mercado, a la larga, siempre es alcista. Cuando los departamentos de control de su entidad enviaron mensajes al departamento para que explicara lo que estaba haciendo, nadie se tomó la molestia en contestarles.

Parece ahora que ese poco escrupuloso bancario apenas treinteañero ha puesto en peligro a la SG, al sistema bancario francés y hasta redujo la liquidez en varios fondos europeos. Chapeau. El sueño anticapitalista de los viejos seguidores de Marx puede hacerse realidad con solo un ordenador, una clave, y montones de plácidos controladores únicamente preocupados por conseguir los más altos bonus. Mientras, los ahorradores pueden dormir, eso sí, algo más intranquilos. Alguien estará moviendo sus ahorros para obtener altas rentabilidades. Hagan juego, señores.

Sobre la potencia calorifica del gas de ciudad

Si Vd. es observador, habrá notado que hay momentos en que la cafetera italiana con la que se prepara el café tarda muy poco en completar la operación, y otros en que parece eternizarse. ¿La razón? El poder calorífico del gas ciudad que llega a su instalación ha cambiado.

En Madrid, por poner un ejemplo concreto, a principio de la mañana (sobre las siete y media a ocho), ese poder calorífico es manifiestamente inferior que el que se proporciona a la red a, digamos, las cuatro y media de la tarde. La proporción de nitrógeno del gas debe ser, por tanto, notablemente superior.

Ignoramos cómo se toman las decisiones de variar las cantidades de gas natural que se suministran y, ay, qué efecto tienen sobre la facturación a los usuarios. La legislación vigente es un tanto oscura al respecto, dejando en el aire las responsabilidades concretas del proveedor para garantizar un mínimo de poder calorífico al gas entregado a la red y, desde luego, qué tipo de compensación se reconoce a los usuarios. Los contadores volumétricos, desde luego, lo único que miden es -a partir del dato de la velocidad con la que se mueven sus ruedecillas- las cantidades de gas que pasan por ellos, no sus cualidades para calentar el agua del café, de los radiadores o de la olla del cocido.

Sobre la Bolsa y otros juegos económicos peligrosos

La Bolsa ha caído y nadie sabe (mejor dicho, nadie ha sabido o querido explicar) cómo ha sido. En el día de hoy, 21 de enero de 2008, vencidos y desarbolados los ánimos que incitaban a la calma, los valores de la práctica totalidad de las empresas europeas que cotizan en las Bolsas se han dejado las plumas, perdiendo entre el 6 y el 8%. En el caso español, se trata de la mayor caída media desde que existe el Ibex.

Se ha volatilizado mucho dinero, pues. ¿A dónde se van esas diferencias, se preguntan los ingenuos, entre los valores de ayer y los de hoy?. ¿Quién se los queda?. La respuesta es, como siempre, la sobrevaloración de lo que se compra. Cuando la euforia de un momento de crecimiento sostenido, permite a los especuladores arriesgar, pagándolos hoy, con la correspondiente rebaja, los beneficios futuros de las empresas, las acciones suben y suben.

El valor nominal de una acción pasa así a tener un valor simbólico, reemplazado por otro relacionado con los márgenes netos del negocio de la empresa. Puede suceder así que se pague por una acción hasta mil veces el valor nominal, y diez o veinte veces el valor del beneficio anual. Llega un momento, claro, en que las acciones pierden su referencia real y pasan a tener un valor simbólico: la especulación ha vencido cualquier intento racional de relacionar el estado contable con la cotización en Bolsa.

Esos dineros que los pequeños inversores han perdido hoy, ya están a buen recaudo en otros sitios. Una parte importante ha ido a parar en sueldos y salarios ineficientes, en compras de equipos e instalaciones no suficientemente productivas, en inversiones fallidas. Otra parte se ha marchado en falsos beneficios contables, en primas desorbitadas para gestores supuestamente muy eficientes, en publicidades engañosas. También se ha quedado otra parte en los bolsillos de los grandes capitales, en las sociedades que saben cuidar el valor, engordándolo o adelgazándolo cuando les conviene.

La Bolsa, conviene repetirlo, es un juego económico peligroso. Si Vd. tiene dinero y ganas de trabajar, siempre será preferible que invierta en poner en marcha sus propias ideas. Como decía un insigne economista -¿o no lo era tanto?- "las únicas cifras de las que me fío son las que yo mismo peino".

Sobre la memoria histórica de los pueblos indígenas americanos

El presidente de Bolivia, Evo Morales, está decidido a dotar de una nueva Constitución a su país, borrando en lo posible los vestigios de la época colonialista española, y enlazando la Bolivia postmoderna con los usos y costumbres de los indígenas quechúa y aymará.

Desde el sur de Bolivia, los más civilizados, ricos y blanquitos cruceños ponen el grito en el cielo y amenazan con separarse de paceños y cochabambinos, dejando que los nostálgicos de sus raíces se cuezan en su salsa.

No es cuestión baladí. Con menos indio en la sangre, el presidente de Venezuela, Hugo Chavez, anda manejando elementos parecidos, de vuelta a un neomarxismo con fundamentos, según parece,  tanto en los hermanos Marx como en el otrora respetado por toda la izquierda, Karl.

Sobre lo que está pasando con la economía japonesa

Japón sigue sin conseguir salvar su grave crisis, y no hay muchos análisis sobre las consecuencias políticas y económicas de esa situación prolongada. Repercusiones que, al tratarse de la segunda economía mundial, afectan no solamente al empleo y generación de riqueza del propio país, sino también a los países que conforman su clientela.

Ya desde 1990 se viene reconociendo que Japón está en crisis. El modelo desarrollista, basado en los paradigmas del capitalismo más estricto, evidenció sus fisuras en aquel momento, y alcanzó su sima más profunda en el 2003. A pesar de la recuperación desde entonces, el índice Nikkei 225, referencia central para evaluar la entidad de las principales empresas japonesas, mantiene una diferencia del orden del 60% con el de 1989 ( desde los 38.000 hasta los 16.000 en que se mueve actualmente).

No parece descansar la cuestión en la disminución de la capacidad de trabajo de los japoneses, sus reconocidas virtudes de sacrificio y dedicación a la empresa y al sistema. El punto de delicada referencia descansaría en la pérdida de creatividad de los grandes grupos japoneses, que han cedido terreno ante otras economías asiáticas emergentes, y, en especial, China e India.