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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre la correcta utilización de la descalificación y el insulto

El alcalde de Getafe, Pedro Castro, presidente de la Federación de Municipios y Provincias (que, hasta donde creemos, incluye los alcaldes y alcaldesas de todos los signos políticos), ha llamado "tontos de los cojones" a los votantes del PP. Lo hizo en una reunión con los vecinos de su localidad, y, como trascendió -obviamente- el exceso verbal, se armó la marimorena.

En realidad, la frase exacta fue -quedó grabada- "no sé porqué sigue habiendo tontos de los cojones que siguen votando al PP", por lo que, analizada correctamente, se refiere a su extrañeza de que en el mundo de los tontos de los cojones, cuya mayoría, presuntamente, votan al PSOE o a otras fuerzas políticas distintas del PP, algunos se obstinen en seguir defendiendo a esta última fuerza política.

Porque para el alcalde de Getafe, conocedor por lo que él estima de la situación de preferencias electorales, lo adecuado sería que todos los tontos de los cojones votaran a otras fuerzas políticas distintas del PP y, cabe suponer, preferiblemente, al PSOE.

No entendemos, pues, que sean los representantes del PP quienes pidan la dimisión de Pedro Castro como presidente de la FMPE, sino que habrían de ser sus propios correligionarios, a algunos de cuyos votantes ha insultado tan gravemente.

Pero como nos gustaría sacar el máximo de provecho, para buscar algunas risas y sonrisas, al tema. proponemos, en aras del correcto uso del insulto, y al margen de nuestras consideraciones gramaticales anteriores, las siguientes ideas:

a) Uso correcto de la gradación de insultos, escarnios y befas. Los grados admitidos serán: tontín, tontorrón, tonto del bote, tonto de baba, tonto del culo y tonto de los cojones.

b) aplicación del insulto a los propios correligionarios, para animarles a cumplir objetivos: indolente, paráo, pasmáo, aborregáo, calzonazos y jilipuertas.

c) aplicación del insulto a los partidarios de la oposición: borregos, comedores de pesebre, inútiles, mangantes y jilipuertas

d) aplicación del insulto a uno mismo: incomprendío, desengañaó, engañáo y jilipuertas

Sobre la interferencia judicial en la educación de los niños

Un juez de Jaén, a resultas de la denuncia del tutor de un niño al que su madre le había abofeteado por no querer hacer los deberes, ha condenado a la madre a 45 días de privación de libertad y a un año de alejamiento del menor.

Es un detalle adicional importante es que todos los miembros de la familia, los padres y el menor, son sordomudos.

Suponemos el calvario por el que la madre está pasando, al ver que, además del disgusto por haber visto que el bofetón a su díscolo retoño le había hecho sangrar por la nariz (parece que se golpeó contra una mesa), de haber sido denunciada como maltratadora, tendrá ahora que consentir que unos desconocidos cuiden de su querido hijo durante doce largos meses.

A falta de conocer todos los detalles, podemos asombrarnos de que S.Sª. haya aplicado lo dispuesto en el Código Penal que, en la modificación prevista para postergar el maltrato llamado de género, permite agravar las penas cuando existen relaciones de parentesco o afinidad entre el verdugo y su víctima.

También podría haber captado el espíritu de Ley de protección al menor, que pretende eliminar maltratos a los infantes y conseguir que la reprensión educativa que pueden ejercer los padres -y, por delegación de los mismos, maestros y tutores- no se traduzca en castigos físicos.

Pero no podemos entender el riguroso mecanismo que ha llevado a un juzgador, aplicador de la justicia, pero también obligado a actuar con la flexibilidad que cada caso requiera, no haya visto todos los atenuantes posibles para un comportamiento en el que un ciudadano lego, en frío, no alcanza a ver culpabilidad alguna.

Tenemos, entre otros muchos, desde luego, un grave problema en nuestra sociedad: la falta de disciplina, la grave falta de autoridad que se ejerce sobre los discentes, sobre los niños. No se trata de educarlos a bofetadas pero, qué caramba, todos hemos recibido varios cachetes en nuestra niñez y adolescencia sin que seamos capaces de guardar el menor rencor a nuestros padres o educadores.

Eso sí, si un juez nos hubiera dejado sin el cariño de nuestra madre durante todo un año, no se lo hubiéramos perdonado jamás. No a nuestra madre, por supuesto. A su Señoría.

Sobre la relación entre la minería y los petardos

Los estudiantes de ingeniería de minas en Madrid, están festejando estos días a su Patrona, Santa Bárbara, lanzando petardos en el patio de su Escuela, que está situada en Ríos Rosas; es decir, en el centro de la capital de España.

Esta celebración ruidosa de la conmemoración de una santa ahora inexistente -y no porque esté difunta, sino porque nunca existió, según se ha probado por quienes saben de eso- viene siendo protestada por los vecinos, y recogida puntualmente por los periódicos locales.

Los estudiantes -habrá que buscar a los culpables de la mascletá exclusivamente entre los varones, ya que no somos capaces de imaginarnos a las futuras ingenieras dándole al petardo, lo que en absoluto supone una descalificación, sino un elogio- dicen que no hacen daño a nadie, que es una tradicíón de la centenaria Escuela. Los habitantes de las casas próximas argumentan, con más razón, que no tienen ninguna obligación de aguantar el estruendo.

Sean cuantos sean, y ya admitido que se encuentran en franca minoría, esos bullangueros estudiantes de minas en Madrid parecen estar, por lo demás, bastante desfasados respecto a las aplicaciones de la carrera que cursan. Los ingenieros de la tierra, como les gustaría ser llamados a algunos miembros de esta profesión, están en muchos sitios, pero ya pocos ejercen propiamente la minería y, dentro de ellos, pocos son los que utilizan explosivos y, desde luego, ninguno usa petardos.

Harían bien, por tanto, los estudiantes de ingeniero de minas en Madrid en revisar la forma en que festejan a su Patrona, consiguiendo que la sensatez se imponga, pues es virtud no hacer ruido cuando uno ha dado en hacer momentáneamente locuras y patochadas.

Pueden hacer concursos de canto minero -hermosos ejemplos dánse en todas las cuencas que en España han sido-, aplicarse en confeccionar tortillas de patata (modalidad, por supuesto, de las que resultan comestibles), reducir algo el CO2 equivalente de la atmósfera proponiendo que las clases sean diurnas o que los programas de estudios sean más concretos y transparentes (por ejemplo), o, incluso, pueden dedicar los días libres que se les conceden por su santa Patrona imaginaria -pero aún susceptible de levantar devoción y, por tanto, hacer milagros- a repasar las asignaturas más difíciles, preparando los exámenes de diciembre-enero, si es que aún existen tales cosas.

¿O es que ya no hace falta estudiar mucho -casi tanto como para llegar a ser un padre de la Iglesia (es un decir) para que le den a uno el título de ingeniero de minas? ¿De dónde sacan su dinero estos "modernos" para los petardos? ¿Vendiendo pinos?

Sobre el desánimo

Posiblemente el caldo de cultivo natural del que se alimenta la inteligencia humana está compuesto de desánimo. Hay tanto por conocer, son tantas las dificultades para hacer algo, resultan de tal variedad los enemigos para cualquier propósito, que lo normal sería desanimarse.

Cuando vemos a alguien que se empeña, a pesar de haber sido vencido una y otra vez por las circunstancias, en llevar a cabo cualquier propósito, y una vez que nos convencemos de que no tanto esfuerzo no proviene de su imbecilidad, decimos que es un animoso.

Los que acumulan más experiencia vital tienden a pensar, como demostración del conocimiento adquirido, que la actitud de ser animoso no es sino una de las maneras que tienen los seres humanos para aprovecharse de los demás.

Pero sería injusto, ya que no hay que mezclar dos tipos de animosos. Está el animoso que actúa pensando en su beneficio, que es quien presenta al grupo un panorama idílico, o le convence de que tiene las claves para superar las dificultades y que, cuando se estrellan, ha saltado a tiempo con el santo y la peana. Esos animosos actúan como los expertos en Bolsa, que se callan cuando el mercado está en horas bajas y no paran de exhortar al juego cuando la montaña rusa de los números sube.

Los otros animosos sí que merecen especial atención, y habría que hacerles una vivisección para detectar de qué están compuestos. Son aquellos cuyo móvil es el avance de todos, y están dispuestos a sacrificar su tiempo, su capacidad, y hasta su dinero, para que todos mejoren.  Desgraciadamente, suelen durar poco, porque se van con el primer hundimiento del barco en el que se habían enrolado.

Con este comentario queremos honrar su memoria, la de esos desconocidos que no han pasado a ningún libro de Historia, pero que entregaron cuanto sabían para buscar algo de luz entre las tinieblas, y que no pudieron sobrevivir a los disparos bajo la línea de flotación que les propinaron los animosos de manual.

Animosos de primera generación, de ésos que no toleran que se les lleve la contraria ni se les advierta de ningún peligro, porque se han hecho el propósito de no dejar que les tiemble la mano, puesto que en realidad, lo único que desean es superar el período de su singladura, y ceder la patata más caliente a los siguientes, retirándose ellos a sus cuarteles de verano, a disfrutar del rendimiento de la ilusión que se han esforzado a crear con la credulidad de los demás.

Y si salen mal dadas, a saltar del barco los primeros. Como en el cuento de los huevos con chorizo, el cerdo se involucra; la gallina solo se compromete.

Sobre Bolonia, belenes y bolonios

Hace una década, un grupo de políticos deseosos, como todos los de esa subespecie cultural, de pasar a la Historia, tuvo una idea magnífica: conseguir que en la Unión Europea, ese lugar idílico en el que existía la libre circulación de personas y bienes, los títulos oficiales fueran homologables, válidos para ejercer la profesión en cualquiera de los países que conformaban ese supraestado embrionario, antes llamado Comunidad Europea.

Ese Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) se llamó, popularmente, Bolonia, en recuerdo del lugar en donde se firmó el propósito. Y con ello, se armó el Belén. A partir de entonces, especialmente en España, -país esencialmente europeísta y disciplinado hacia todo lo que viene de fuera, a la par que polemista con todo lo de dentro-, no hubo paz.

El gobierno interpretó lo que le vino en gana respecto a lo que se había firmado; las Universidades y los colegios profesionales de las carreras de ciclo largo -ahora, se dijo, sin sentido para el mundo laboral, solo válidas para la miniesfera investigadora y docente- pusieron el grito en el cielo; los estudiantes, preocupados al parecer por las tasas académicas y amigos por propia condicicón de armar bulla, se lanzaron a la calle.

La cuestión nos parece muy grave, pero no tiene que ver con Bolonia. Tiene que ver, y de forma directa, con la aberrante concepción de nuestra Universidad, con la dotación de las cátedras y métodos de acceso al profesorado, con la arcaica definición y contenidos docentes de la mayor parte de las asignaturas, con la obsoleta concepción de las carreras y especialidades en multitud de disciplinas, con la separación entre el mundo docente y el práctico y, en fin, con la urgente necesidad de revisar para qué sirven, en realidad, los estudios universitarios.

Todo este tema complejo no apunta hacia Bolonia, sino hacia la revisión de un concepto de apariencia ingenua, pero muy dañino, que es la "libertad de cátedra". En ese altar, se han inmolado y, por supuesto, se siguen inmolando hasta que no lo remediemos, cientos de miles de víctimas -los estudiantes, los padres paganinis, los empresarios que deben pagar por re-formar a sus empleados, los contribuyentes fiscales, etc- .

Vayamos, pues, al grano. Que se revisen los planes de estudio, que se acomoden a la realidad de los mercados, y que la saludable libertad de cátedra se reduzca a lo que debió haber sido, la necesaria libertad ideológica en los temas opinables, pero, en absoluto, para permitir que cada supuesto sabio, por haber ganado una oposición, seguramente amañada, imparta en su clase, a pobres inocentes, lo que le salga de la pelota.

Sobre misiones, turistas, pobres y fanáticos

Los atentados de Bombay del pasado 28 de noviembre han servido para realizar diferentes tipos de análisis, que -nos atrevemos a calificar- varían desde lo pertinente a lo cerril, de lo atinado o lo estúpido.

Lo más coherente nos parece referirse a la existencia de un grupo organizado, fanático, dispuesto a inmolarse causando daños a personas y bienes, preferiblemente extranjeros y preferentemente destruyendo edificios singulares y extraer consecuencias de ese nuevo atentado.

La referencia que algunos media han hecho, tratando de ridiculizarla, a la actuación de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, nos ha parecido insolente, trivial y desprovista de todo interés. No van por ahí las preocupaciones, y el deternerse en la anécdota es equivocar completamente el objetivo, reflejando la vacuidad y cortedad de miras de quienes sacan punta a una nimiedad.

Presente cuando los primeros disparos, que causaron decenas de muertos en el hall del Hotel donde se hospedaba la delegación española que iba a estrechar lazos empresariales con las autoridades indias, el que Aguirre hubiera quedado más o menos tiempo, en relación con la evacuación del resto de los expedicionarios, carece de repercusión alguna.

La India no es un país en guerra, la Presidenta no tenía capacidad de acción en el escenario y, con seguridad, tenía cosas más importantes que hacer que esperar a que la situación se aclarara (además, del comprensible deseo de largarse cuanto antes de un sitio en donde estuvieron a punto de matarla). Salió en la foto, sí, y con calcetines, pero porque los desocupados no tienen sensibilidad hacia los problemas graves de los demás, y trivializan lo más drámático.

Porque, en cambio, lo cierto es que el mundo tiene un problema importante en esa zona. Un grave problema. La crisis económica golpea desde los dos extremos. Desde el lado de los avariciosos y tramposos líderes económicos y sus secuaces, que nos han llevado hasta aquí, inflando sus globitos financieros, y desde el lado de las economías pobres, en donde hay grupos ideológicamente muy convencidos, y que parecen lanzados a destruir, implorando a Alá, todo lo que les suene a imperialismo norteamericano, siempre que sea presa fácil.

¿Tiene sentido, para los terroristas, que hayan colocado las bombas en los hoteles de lujo de Bombay y en el barrio judío.? ¿Tiene sentido que hayan hecho explotar bombas en trenes de cercanías en Madrid que llevaban a currantes a su trabajo? ¿Lo tiene que hayan lanzado aviones con pasajeros madrugadores contra las torres gemelas? ¿Tendrá sentido el próximo atentado?

¿Cuál es el conjunto intersección de los propósitos que guían estas acciones? ¿Lo sabemos? ¿Lo sabe alguien? 

Sobre los que estamos a uvas

Estamos a uvas. No sabemos de la misa la media. Andamos subidos al guindo y no nos caemos, quiá.

Si, en verdad, la culpa es nuestra. Con tantas señales y´símbolos, ya deberíamos habernos dado por enterados. Atravesamos por una nueva época, un neo-despotismo ilustrado. Quizá, incluso, ni siquiera ilustrado.

Los nuevos déspotas -en el sentido histórico de todo para el pueblo, pero sin el pueblo- son los dirigentes y muñidores de cuanto nos afecta: a) políticos -según su ránking, obvio: desde los de we, the world leaders hasta los de la calle es mía y sacaré los tanques si pierdo las elecciones-; b) altos empresarios -desde Mittal o Prince hasta...¿Rivero?-; c) capitalistas de los de millones de euros -sean del Gates o del Exites-; d) expertos en: ...

El comentario viene al pelo por el juicio por el que el presidente del Gobierno español Rodríguez Zapatero descalificó  las apreciaciones del ex-presidente González, aún de su mismo partido, al respecto de las negociaciones enntre Lukoil y Sacyr. "A González le faltan detalles, que yo le daré".

Así que las cosas están claras, dentro de la oscuridad. Nos faltan detalles. El silogismo es tan fácil de construir que hasta un niño recién destetado puede completar el razonamiento: no podemos estar al tanto porque nos han birlado información. Si quienes han estado en el máximo poder del país no están en las claves que permtien tomar o no tomar decisiones importantes, qué decir de los que andamos abajo, mucho más abajo.

¿Por qué nos ocultan información, nos mienten, nos engañan?. Porque, por supuesto, no sabríamos cómo interpretarla. La verdad en nuestras manos podría convertirse en un isntrumento peligroso.

Lo único que desean es nuestro voto, nuestro aplauso, nuestros dineros, nuestros trabajos. Con ellos, podrán hacer tranquilamente lo que, suponemos que en conciencia, creen que es lo mejos para nosotros. Y, naturalmente, para ellos.

Aunque no lo hayan reconocido aún, nunca hemos abandonado el voto ponderado.

Currante con título universitario: su voto equivale a diez votos de currantes con formación profesional.

Empresario con empresa al borde de suspensión de pagos que se niega a respaldar con su patrimonio personal el crédito bancario que solicitó, su voto equivale a un millón de votos de parados.

Ex- presidente con vocación de tocar las narices a diestro y siniestro, su voto para autorizar el paso de presos a Guantánamo, equivale a diez millones de ciudadanos, incluídos algunos seguidores de la Cope.

Tendremos que seguir trabajando en las equivalencias. Qué sofoco.

Sobre terroristas y aterrorizados

Seguro que, en este momento en el que se comenta desde muy diversos ángulos el múltiple atentado de Bombay sobre los hoteles Oberoi y Taj Mahal y el centro judio de Nariman, la imagen de terrorista aparecerá preferentemente vinculada a extremistas islámicos y la de aterrorizados, con la de las decenas de rehenes extranjeros, temiendo por sus vidas.

No falta razón para pensar así, desde luego. Se prodigan demasiado las escenas de terrorismo ideológico o fanático que tienen por víctimas a partidarios de las tesis contrarias o, más comúnmente, a pacíficos individuos, sin ninguna vinculación con los agresores. Y no parece existir forma de defenderse contra esos ataques.

No es posible convencer, no hay argumentos en última instancia, para quienes han decidido poner fin a sus vidas, llevándose por delante a unos cuantos de sus congéneres, cuando tienen los ojos, los oídos y los sentimientos completamente tapados, en la esperanza de que se verán recompensados en un Paraíso. La labor de los pacíficos ha de enfocarse a la eliminación del caldo de cultivo en donde crecen esos fanáticos: la pobreza, la extrema miseria, la injusticia y la incultura.

Pero es que hay, además, otros terroristas, mucho más peligrosos y dañinos que los que se inmolan en hoteles y plazoletas de los países en donde las diferencias sociales son escandalosas y, también, más peligrosos que los que estrellan aviones o hacen explotar mochilas en trenes que matan a cientos, a miles de inocentes.

Esos terroristas no matan directamente, no llevan armas visibles ni están dispuestos a inmolarse. Algunos de ellos no serán nunca detectados. Son terroristas que se mueven entre el dinero, manipulan el bienestar, utilizan masivamente a los otros.

Nuestro comentario no se adscribe a ninguna ideología, no tiene trasfondo oculto. Es la constatación de la pura realidad: Esos terroristas de cuello blanco y faltriquera llena confeccionan, generalmente en compañía de otros, terribles burbujas, que dicen financieras, y las hacen estallar, aquí y allá, en fuegos de artificio letal sobre el trabajo, los ahorros, empleos y dineros de los demás.

Sus actuaciones nos tienen hoy a todos aterrorizados, los de las casas adosadas, los de los pisitos, los de las chozas, los de las cabañas; aunque algunos ignoren la circunstancia, porque sus efectos se hacen sentir en todas las esquinas y serán muy duraderos.

Poco sabemos de cómo combatir ese terrorismo, que es, como todos, ideológico. Hay evidencias, sin embargo, de los elementos clave de la religión que profesan. Su dios es el dinero; sus sacerdotes y sacerdotisas, son quienes manejan a su antojo las creencias socioeconómicas, convertidas en dogmas de obligado respeto (mercado, contratación en Bolsas, líneas de negocios, sectores tecnológicos preferente, hábitos de consumo forzados, fórmulas de ocio impuestas; etc).

Y las víctimas, que no los adeptos, somos nosotros.

Todos nosotros. Hénos aquí, aterrorizados, sin ánimo o valor para decirles, basta ya; os combatiremos sin desmayo y os venceremos, porque vuestra victoria es imposible. Miramos al cielo, mientras esperamos a que de algún lugar surjan las tropas de élite y como en los cuentos de final feliz, nos liberen, de una vez por todas, de la pesadilla.

Sobre la mejor forma de hacer mutis por el foro

Podemos volver a citar a Vicente Aleixandre: La serpiente se asoma por el ojo divino y encuentra que el mundo está bien hecho.

Los que escriben obras para el teatro (si quedan algunos) saben bien que a los actores y actrices principales hay que facilitarles un mutis en un momento dramático o cómico cumbre, para que puedan recoger los aplausos del público por su labor. En los Congresos técnicos, algunos conferenciantes cosechan aplausos enfervorecidos mientras otros terminan su discursito sin pena ni gloria, y la razón es que los primeros han sabido elegir el momento final, poner énfasis sobre el momento en que van a hacer mutis por el foro.

Los políticos, por propia condición, es muy raro que sepan cuándo deben irse, Y lo tendrían muy sencillo, a poco que supieran Hisotoria. Han de marcharse cuando estén en el momento cumbre de su trabajo. Es la única forma de evitar su Waterloo, su fracaso seguro, su estrépito final.

Porque -con perdón- a todo cerdo le llega su San Martín que, traducido en términos políticos y salvando las distancias, quiere decir que a todo político le llega su crisis, su punto bajo de popularidad; por eso, han de estar atentos para retirarse, dimitir, irse a cuidar rosas o hacer obras caritativas, antes de que se les venga a caer encima de la cabeza el tenderete sobre el que han construído su popularidad.

A falta de esa decisión personal, la existencia de períodos legislativos es una medida imprescindible. Ningún cargo público o privado, elegido no importa con qué mayoría, debería postularse después de transcurrido el período para el que fue nominado. Aunque sea el mejor. Siempre habrá un segundo de su equipo, si es que la oposición no tiene suficiente quorum aún, que podrá recoger la antorcha y, seguro, hacerlo tan bien o mejor.

Y, en el peor de los casos, será sobre ese sucesor sobre el que caiga el tenderete, dejando el sabor de boca a los adeptos de que, como el anterior, el líder, el magnífico, no hubo nadie.

Sobre los aires de provincias

Hay dos maneras -al menos- de referirse a los aires de provincias.

Una, quizá la más común, es tenerlos como indicativo de las atmósferas menos contaminadas, con las que prueba bien ponerse en contacto, para cambiar de aires. Hace ya bastante tiempo, cuando viajar al extranjero era equivalente a cruzar la cordillera cantábrica para los que vivíamos en Asturias, las familias que podían permitirselo iban a León (a los pueblos de El Bierzo, a Valencia de Don Juan, a Benavente) a cambiar de aires, a secar.

Pero queremos referirnos a los aires de provincias con otra acepción, peyorativa, que implica que quien tiene el aire a provinciano, delata su condición de pueblerino. Como también dicen quienes se sienten por encima de los otros, "se les nota el pelo de la dehesa", para ridiculizar la  proveniencia del otro.

Hace años, al comienzo de la primera etapa socialista, se puso de moda recurrir al origen pueblerino como condición que realzaba el camino seguido desde la cuna hasta el pedestal en donde algunos querían colocarse. Así, todos retornaban a su genealogía para encontrar un pueblo chico del que venir, como salvaguarda para discurrir entre otros progres y obreristas, creyéndose así a salvo de críticas de proletarios de tradición.

Con todo, es cierto que existe un aire de provincias. Esa condición se genera, de forma natural, cuando, a base de hablar con los mismos coetáneos, ver las  mismas caras y paisajes y dedicarse a copiar y pretender gustar a los mismos referentes, se acaba adquiriendo, sin darse cuenta, un aire similar a lo que nos rodea.

Ese tufillo provinciano, como todos los tufos, no es en sí mismo ni bueno ni malo, e incluso viene bien durante algún tiempo para hacerlo contrastar con otros tufos diferentes, pero si se queda solamente en aura pretenciosa, más que aroma, como sus portadores pretenden, resulta cheiro, olor a cerrado, a podredumbre, a emanaciones de cloaca.

Sobre la aportación al riesgo global de las economías opacas

La decepcionante actuación, ante la opinión pública mundial, del grupo de los autollamados líderes mundiales (recordemos aquello tan petulante de "We, the world leaders", seguido de un montón de naderías equivalente a varias páginas en blanco), está teniendo diversos correlatos, unos académicos, y otros del mundo real.

Nos ocupa en este comentario la cuestión de las economías opacas. Es decir, de aquellos países con deficientes controles y contabilidades públicas y privadas oscurantistas, y que también están sufriendo de lo suyo y lo de otros.

Normalmente, esas cosas se ocultan.

Incluso las crisis de las economías occidentales se hubieran mantenido, más o menos, en la oscuridad (the shadow´s zone), en tiempos en los que ni Leontieff se había molestado en poner a disposición de los funcionarios más aplicados sus estupendas matrices que, como recordarán los primeros de la clase de la época en la que se estudiaba para aprender, interelacionaba con coeficientes los factores de producción y la combinación para poner en marcha los sectores económicos, permitiendo sacar alguna consecuencia acerca de los efectos de modificar aquí y allá los inputs del sistema.

Ahora resulta que en Rusia dicen tener dinero para comprar empresas en crisis en las economías más ingenuas de los países de segunda línea en donde impera el capitalismo (esto es, España). No es que tengan las economías más saneadas, sino más opacas.

Podíamos hablar también de las grandes fortunas amasadas en los últimos años por aguerridos empresarios que han hecho su imperio desde India, Pakistán, Corea del Norte o...Kasakstan (nombre elegidos al azar). Pero esa es otra historia.

Sobre Dios, ese desconocido probablemente inexistente

Los autobuses de Londres lucirán a partir de enero de 2009 una inscripción singular: "There´s probably no God. Now stop worrying and enjoy your life".

Se trata de una campaña que auspicia la British Humanist Association, que dirige un tal Richard Dawkings, biólogo, y que está soportada por contribuyentes anónimos. Un grupo de gentes tan ilusionadas con el proyecto de difundir ese mensaje insólito que han realizado aportaciones muy superiores a lo que cuesta insertar el anuncio en el medio de transporte elegido, así que tendremos cuerda agnóstica para rato.

Aunque el lema no aporta nada nuevo, los creyentes tienen motivos para estar preocupados.

En primer lugar, pueden pensar, y con razón, que si la probabilidad, por pequeña que sea, se resuelve a favor del suceso cuestionado, y resulta que ese Ser tiene ganas de demostrar su existencia de una forma definitiva, la enojada divinidad pueda aprovechar la provocación para lanzar un mensaje inequívoco contra los díscolos humanos, quién sabe, tal vez acelerando el cambio climático o mutando un par de bacterias.

Pero el motivo de mayor contricíón puede estar en los sancta sanctorum de las religiones, allí donde se reciben, o creen recibir, se interpretan o se inventan, las señales del Más Allá. Porque ese movimiento incipiente de rebeldes contra una de las creencias más persistentes, si prospera, puede aumentar el negocio de los locales de diversión, restaurantes y sitios de lenocinio, pero arriesga dejar sin apoyo económico, las variadas máquinas de recaudar dinero que se han consolidado en la Historia de la Humanidad, que, bajo la pretensión de hacer la pelota a las divinidades inmortales, se han conformado como religiones de cometidos bastante más pedestres.

Los mandamientos de Dawkings incluyen varias reflexiones de naturaleza ética, tratando de incorporar principios universales derivados del pensamiento kantiano y de otros ilustres escépticos, pero los espacios de los autobuses no dan para más. Corren el riesgo los organizadores del show, por tanto, que el gran público se quede solo con los titulares.

Han quedado fuera de cobertura mediática frases como "No hagas a otros lo que no quieras que te hagan" o "Respeta el derecho de los demás a estar en desacuerdo contigo" y otras de igual calibre. No vendría mal rescatarlas, aunque la campaña costara mucho más dinero, porque su incumplimiento por una buena parte de la Humanidad es evidente.

Puede incluso llegar a pensarse, siendo ingenuos, que entre las razones por las que hubo que apelar a alguien superior, repartidor de premios y castigos desde su posición de eterno aburrido, estaba la necesidad de poner algo de orden a la propensión a desmadrarse. 

Mirado así, la publicidad de esos nuevos Humanistas es despilfarro. Porque, en medio de la parafernalia de ritos y devociones, pasarlo lo mejor posible que te permite el dinero disponible y la hosquedad de los de al lado, era un objetivo al que no estábamos dispuestos a renunciar.

Sobre las consecuencias del posible aterrizaje de Lukoil en Repsol

La persistente indeterminación en la plasmación del modelo energético español va a traer oscuridades y lágrimas para el futuro si, como parece, Lukoil se hace con el 30% de Repsol, sumando las acciones puestas a la venta por Sacyr (20%) con las de la Caixa y Mutua Madrileña (10%).

No vamos a ser pesimistas sin  razón, pero de aquellos polvos vienen estos lodos, y de los que andan en el lodo no cabe esperar más que se ensucien los zapatos, arriesgando resbalones y caídas.

Los polvos convertidos en lodos son varios. El más aparente es que Luis del Rivero necesita inyectar con urgencia liquidez a la mamá de su grupo, aprisionada en las redes de la crisis inmobiliaria, porque su imperio se le desploma encima de la cabeza. Y, claro, no va a consentir en quedarse en pelotas financieras por puro romanticismo.

Otro lodo del libro lo protagoniza Antonio Brufau que, desde el volante de ese paquebote que es Repsol YPF ha visto cómo la cotización de las acciones en Bolsa de la empresa perdían casi la mitad de su valor en el año. Sus consejeros más cercanos le aconsejan -si le hacía falta alguna sugerencia- recuperar en lo posible la cotización, acercándola a los 26,7 euros por papel que había pagado Sacyr, cuando el panorama se prometía más feliz.

Hay más lodos. La propia situación del mercado energético español ha añadido nuevos elementos para abrir el apetito de los tiburones, lobos esteparios y caballos troyanos. Tenemos, como se reconoce en todos los foros, una situación de extrema debilidad estructural en el sector. Las empresas son rentables, pero están infravaloradas por el mercado bursátil y ausentes de coordinación y control estable.

Los accionistas de las eléctricas, compañías gasísticas y petroleras españolas no tienen voluntad de permanencia, las supuestas alianzas estratégicas son frágiles y se carece de una política energética gubernamental definida. Por eso, se ha preferido realizar transacciones rentables en lugar de pensar en el largo plazo.

Vivimos en un país dependiente de las importaciones de energía primaria y sin capacidad concertada para dar un golpe de timón a la incertidumbre, entretenidos con debates interminables, en los que se mezclan falsedades sobre las llamadas energías verdes, acuerdos frágiles con los proveedores de gas natural y petróleo, sostenimiento caro de un carbón propio que ha adquirido un carácter simbólico para la historia de la lucha sindical, y un parón nuclear que es, como decía un experto, un verdadero apagón nuclear, que pretendemos cubrir con las luces que le sobran a los vecinos.

Aemec (la Asocación Española de Accionistas Minoritarios de las Empresas Cotizadas) está, por supuesto, a favor de la venta del paquete de control en Repsol, pero en igualdad de condiciones para todos. En el sálvese quien pueda, no hay que esperar que los minoritarios defiendan otra posición que no sea la de recuperar la mayor parte de su dinero, sin verse perjudicados por acuerdos secretos.

De la opinión de Lukoil, poco se sabe. El periodista Alkaizer repite una y otra vez que el ex-presidente Aznar es el intermediario de la operación, y que el gobierno calla porque no quiere poner leña al fuego. Al oscurantismo se añade que las compañías rusas no son precisamente transparentes, y el que ConocoPhillips detente en Lukoil un 20% poco garantiza en cuanto a la claridad de intenciones de una compañía cuyas directrices las marca el Gobierno ruso, que ha amenazado con una nueva guerra fría, porque quiere estar en el mapa de las relaciones internacionales con voz tonante.

¿Qué nos espera, si Lukoil pasa a ser el accionista de referencia de Repsol?. Pues mayor dependencia de los suministros rusos (de gas natural, sobre todo, pero también de petróleo), y menor capacidad para negociar un mix energético más barato. Más frío, en definitiva, pues no habrá más entendimiento si las instrucciones del panel vienen en ruso, y hay que negociar a la intemperie.

Sobre felpeyos y babayos

No es que resulte siempre fácil diferenciar a un felpeyo de un babayo, pero hay que intentarlo, ya que el tratamiento de ambas especies es completamente distinto.

Los babayos tienen su hábitat natural entre las multitudes y son individuos a los que nun.hay.que-da-y-os la mínima confianza, y valnos mas non-d-ir ni con ellos ni a pañar castañes, en tanto que los felpeyos aparecen como pestes en la propia familia -por lo general, entre los allegáos, traídos por causa de la parienta o del mihóme-. Estos últimos se presentan también confundíos entre xentes que tratamos mucho, hasta que nos percatamos, pero tamos ya caídos del guindo, que nun taben a lo que se celebrama, y que-y-os daba lo mismo roto que descosío, porque nun valen ni pa tener gallines.

Ambas especies tienen castigu, causando molestias y aprietos a quienes los sufren, que pueden variar desde simplemente ponéte de los nervios al más soterrao de dános pol culu (siempre, en figurado).

Los babayos no se pueden digerir ni en pintura y, para mas inri, aunque no tengan siempre la mala baba, tienen la virtud de venir a emporcános los mejores momentos, pues son presumidos amásnopoder, anden siempre enco-ro-petaos y tan refalciaos. Si se les da la mínima, no dudan en ponerse como ejemplos para todo lo bueno, contando batallas y mindongas que le ponen a uno -y sobre todo a una- a cien, actuando como si no tuvieran güelinas, que son esas señoras imaginarias que se comieron juntos al lobo y a Caperucita.

Los felpeyos son algo menos despreciables, pero no hay que bajar la guardia con ellos, porque, si están en vena, pueden hacernos perder hasta camisa. Con sus consejos de falsos entendidos, nos confunden de medio a medio en lo que dicen, y nos convencen de lo que non val ni pa un estropiciu. Luego se llaman a andanas, poniendo cara de aviséte asi que la culpa ye tuya, que nun tas a lo que se celebra, cuando en realidad son ellos los que meten la patuca donde nadie los llamó, y van por ahí queriendo picar y tar en la misa, esfocicándolo todo, que nin comen, ni dejan comer, espatuchando en el duernu.

Sobre los finales de ciclo y la frenética actividad

Los finales de ciclo no los determina el cambio climático, los períodos lunares o las concentraciones cósmicas. La forma más general de señalar un cambio de ciclo es el término de un mandato de gobierno. Cuando se oyen los tambores del final de una legislatura, se produce una frenética actividad de quienes están en el poder, espoleado por la guindilla de quienes pretenden quitárselo.

Esa actividad desproporcionada, anómala, cuya única intención es confundir a los que pueden votar por el cambio, no siempre es detectada. Se presenta como Resumen de gestión (informe a colorines costeado por la colectividad que pretenden representar), o se multiplican las reuniones, celebraciones con los motivos más vanales o inauguraciones de los elementos más triviales.

No nos confudamos, pues. La frenética actividad de los finales de ciclo es una muestra más de la inoperancia o el deseo de perpetuarse en el poder con fines malsanos de quienes lo han venido ocupando hasta ahora.

En los principios de ciclo es cuando los elegidos deben concentrar su mayor actividad: para terminar de ultimar sus compromisos, completar, impulsar las líneas de trabajo que habrán de ser desarrolladas durante todo su mandato o legislatura.

Sobre cómo hacerse rico, y para qué

José María Aznar, ex-presidente de Gobierno de España, se está haciendo rico, por lo que cabe deducir de sus frenéticas actividades post-presidium. La última operación que tiene en cartera es la intervención como intermediario, por lo que se cuenta, en la venta del paquete de Sacyr.Vallehermoso en Repsol. Es un propósito lleno de dificultades, pero él, como todos los privilegiados que conocen los reales resortes del poder, sabe bien cómo sortearlas.

No es el único líder que, cuando colgó los trastos de torear, se dedica/dedicó a mejorar drásticamente su fortuna. Quiá.

Tampoco debe creerse que el objetivo de la acumulación de riqueza es privilegio/servidumbre de los conservadores. Quiá.

La historia nos ilustra sobre los muchos gobernantes que, independientemente de que se hayan declarado seguidores de las doctrinas de Marx, Engels, Keynes, Samuelson, Friedman, Kruger, San Francisco o el Lucero del Alba, han caído en la tentación de amasar alguna pasta con la que sortear los próximos inviernos y legarla a sus descendientes, incrustándolos entre los plutócratas, ya que no entre los sabios, de la Historia de la Humanidad.

Hay algunos libros que tratan de aconsejar cómo hacerse rico. Son muy interesantes, pero rezuman ingenuidad, porque no están escritos por ningún ex-gobernante.  Está bien eso de que hay que conseguir la máxima productividad al tiempo propio, haciendo que otros trabajen para nosotros. Tiene su aquél leer que los mejores negocios son los que se hacen sin inversión en bienes tangibles...

Pero nadie se ha atrevido hasta ahora a reconocer que han utilizado la información y los contactos que obtuvieron mientras estaban gestionando los bienes y presupuestos públicos para enriquecerse posteriormente. Por eso, a falta de concreción, avanzar que ahí está el origen de muchas -¿casi todas?- de las fortunas de quienes fueron próceres, no resulta más que una sospecha.

En fin, solo queda preguntarse para qué quieren ser ricos. ¿Para ayudar a la educación y a la mejora del nivel de vida de los más pobres? ¿Para, desde su ONG, fomentar la globalización y el desarrollo?. ¿Quizá, para combatir el cambio climático o la desertificación de la Amazonía?

Esa pregunta es tan fácil de contestar que ahí si que no tenemos ninguna duda de lo que están haciendo con el dinero en el que han transformado la información privilegiada que debería haber servido para que todos pudiéramos ser algo más felices. Se lo están guardando para sí, y su sonrisa de satisfacción aumenta cuanto mayor es la cara de estúpidos con la que contemplamos sus evoluciones por los parqués.

Sobre el poder y su capacidad de reproducción

Se han hecho muchos análisis del poder, de quienes ejercen el poder, y sus comportamientos, pero nunca aprenderemos bastante.

Ante todo, debe aceptarse como principio extraído de la práctica, que la principal obsesión de todo poder es prolongarse, reproducirse, continuar indefinidamente en su ejercicio. Los argumentos para defender esa postura esencialmente injusta, atrabiliaria, perjudicial para la mayoría y contraria a la democracia, suelen ser los siguientes:

-En la política: "No he tenido suficiente tiempo parra llevar a cabo mi programa" "Solamente estaré un mandato más y luego lo dejo" "Los que se oponen a mi mandato son antidemocrátas" "Mi presencia en el poder es una garantía del orden y de la democracia".

-En la empresa: "Soy el dueño del negocio y lo he visto nacer, así que nadie lo conoce como yo" "No hay recambio, estoy rodeado de incompetentes" "Me pregunto qué pasará el día en que yo me muera" "Me ha costado llegar hasta aquí y aquí estaré hasta que me echen".

A favor del poder se cita, sin embargo, que la naturaleza humana es desordenada, y hace falta alguien que ordene, que dirija. Algunos trabajos realizados por prestigiosos investigadores que no han querido dar su nombre han demostrado que, en realidad, no es necesario que el que esté ejerciendo el poder dé ninguna instrucción, ni haga nada. Basta con que esté allí, con que se crea que está allí, como los dummies que se utilizan para ocupar un asiento al lado del conductor que permita entrar en los bus-bao cuando se va solo.

Y observando el funcionamiento de algunas instituciones y empresas se puede entender que es incluso mejor así, que lo más beneficioso para todos es que los que estén en el poder, si han llegado allí con la intención de perpetuarse, es que no hagan nada.

Porque los únicos que merecerían estar en el poder deberían mantener la humildad suficiente para comprender que el ejercicio del poder es una carga que la sociedad impone a los más capaces, a los más inteligentes, a los más hábiles, y que la servidumbre mayor de ese pedestal es que, cada poco tiempo -desde luego, seguro que cada cuatro años- se están generando varios miles de competidores que los habrán superado en cualesquiera de esas características.

Sobre Azaña y la memoria histórica

El libro de Santos Juliá sobre Manuel Azaña, presidente de la República cuando se produjo el levantamiento militar que provocó la última guerra civil española, es muy oportuno. Vuelve a poner sobre el tapete de la historia comentada a un personaje heteróclito, multifacético y, en cierta medida, imaginario. ("Vida y tiempo de Manuel Azaña", Editorial Taurus)

Porque Manuel Azaña fue un intelectual elevado a Presidente de la República española que, arrastrado por una traición incomprensible de una facción de los que estaban obligados por juramento a defender el Estado, adquirió la posición de espectador de su propia vivencia, escribiendo sobre lo que estaba pasando a su alrededor, debilitando así en parte la opción de dedicarse completamente a influir sobre su curso.

Su visión de intelectual reflexivo superó a su función de político y hombre de Estado. Consciente desde muy pronto de la imposibilidad de movilizar los intereses de Francia e Inglaterra para detener el campo de experimentación que habían montado Alemania e Italia en España, se refugió en el propósito de proporcionar a la Historia y a la Literatura unas páginas imprescindibles para entender ese tramo de nuestro pasado, del que somos todavía acreedores.

Los documentos de las Memorias de Azaña son esclarecedores de lo que pasaba por su cabeza y del juicio que le merecían sus interlocutores. Revolotea, por encima, la combinación de realismo, decepción y esperanza, Una sensación similar a la que se siente, en muy diferente contexto, leyendo los discursos de otro intelectual llevado a la política, Salvador Allende.

Estamos de acuerdo con quienes opinan que no hay rigor en el término "memoria histórica", porque la expresión es totalmente contradictoria. La investigación histórica no tiene memoria, sino que se ampara en el rigor, la prospección en las fuentes y el método. Por eso, cuando se nos ofrece la posibilidad de escarbar en lo que sentían y pensaban quienes nos dejaron su testimonio en tiempo real, se reabre la ventana de ese momento que vivieron en primera persona, y podemos aventurarnos a decidir si queremos ser cómplices o verdugos de su actuación.

Escribía Azaña, que los españoles, por mucho que se maten unos a otros, "siempre quedarán bastantes, y los que queden, tienen necesidad y obligación de seguir viviendo juntos para que la nación no perezca". Incluso se atrevió a trazar las líneas de las condiciones básicas de esa convivencia: "nunca por las vías del odio, la venganza, el sangriento desquite". La guerra apenas si había empezado. La Historia continúa.

Sobre los deportistas de élite y los kleenex

La insólita comparación que da título a este comentario fue realizada por Coral Bistuer en el marco de uno de esos desayunos del Foro Intereconomía que el incansable Luis Usera organiza con regularidad. El tema era, esta vez, "Deporte, empresa y sociedad" y contó con las intnervenciones de un elenco de deportistas de élite, ya retirados en su práctica totalidad de las competiciones.

Algunos, como Carlota Castrejana, hasta ayer mismo realizaban saltos de campeonato, y hoy se dedican a la abogacía (Por cierto, la más común, por lo que parece, de las titulaciones universitarias de quienes han podido compaginar deporte y estudios). Coral Bistuer es también licenciada en Derecho, según nos dijo. Y Jaime Lissavetzky, en la clausura, también reflejó su propia capacidad de adaptación, desde su anterior puesto como investigador en el CSIC, en tanto que licenciado en químicas.

Otros inervinientes, como Teresa Perales, aún están en activo, y siguen ganado medallas, pero se están preparando para el futuro, pues, además, es asesora de Fomento y Deportes en el Ayuntamiento de Zaragoza. Un duro periplo el suyo, después de quedar a los 19 años hemipléjica, y necesitada de echar mano a su fuerza de voluntad para transformar "el diamante en bruto" que supuso para su entrenador de natación hallarse de pronto con una joven que apenas sabía nadar (y que consiguió, hasta ahora, 16 medallas olímpicas).

Más alejados de la competición, pero conscientes de la problemática del deportista de élite cuando se apagan los focos de la fama porque el término de la edad deportiva llamó a la puerta, se encontraban Colomán Trabajo o Mariano Ruiz, dedicados a la política (el primero, como diputado en la Asamblea de Madrid y el segundo como coordinador de deportes paralímpicos de Madrid 2016).

La temática estuvo clara desde el principio, y los deportistas que contaron sus experiencias en el panel lo expusieron con toda crudeza. Después de haber dado los mejores años de su vida para entrenar y competir, consiguiendo muchos de ellos, triunfos para el deporte español que han sido muy celebrados políticamente y aclamados por los aficionandos, se encuentran con que "han perdido el tren" y se enfrentan a años de soledad, estrés y readaptación.

Jaime Lissavetzky negó la mayor de los planteamientos esbozados en las exposiciones de los ex-deportistas, defendiendo el interés de la Secretaría de Deporte por su readaptación, reiterando las 5 líneas de trabajo del Consejo Superior de Deportes, la voluntad de confeccionar un Libro Blanco del Deporte español y, en particular, ilustrando sobre el programa piloto dedicado a encontrar una salida profesional post-deportiva a los 1.600-1.700 periodistas de élite que, en promedio, forman el núcleo básico del deporte español de competición.

El secretario de Estado está contento por los buenos resultados del deporte español ("2008 ha sido el mejor año de la historia") y espera incluso que el 29 de noviembre se consigan 3 presidencias de federación internacional (Marisol Casado  -triatlón-, Pachi Perurena -canoa- y Leandro Negre -hockey hierba-).

Sobre los guardias de discoteca, funciones y efectos

Otro joven -Alvaro Ussía- ha muerto, esta vez en Madrid, a la salida de una discoteca, al ser golpeado por los guardias de seguridad. Tenía 18 años y había pisado, se cuenta, a la novia de uno de los controladores del orden, mientras bailaba con sus amigos del Cole.

A la salida, los tres atléticos guardianes del Capitolio de la Diversión en el que se produjeron los hechos, le cortaron el paso y le rompieron para siempre el corazón, pidiéndole cuentas a lo bestia de sus, al parece, deficientes dotes para la danza. Los agresores tenían, en media, 30 años, eran corpulentos y habían sido contratados como ayudantes de camarero, o eran amigos de los dueños; es decir, pasaban por allí, como quien dice.

No nos importan demasiado los detalles. En el proceso penal que se organizará para dilucidar todas las responsabilidades -también las civiles-, los abogados de la defensa argumentarán algo sobre el hecho fortuito y la ausencia de voluntad de matar; e incluso de hacer daño; los abogados de la familia del infortunado citarán como testigos a los amigos de la víctima, que declararán, quién sabe, que era el cumpleaños de uno de ellos, que aunque en el grupo había menores, era habitual que se les dejara pasar y que, desde luego, no provocaron a nadie.

No trataremos aquí de culpar ni de disculpar. Ha trascendido, además, que el local carecía de licencia de apertura como discoteca y que tenía innumerables deficiencias. Trascendiendo del propio suceso, queremos denunciar con este comentario, la falta de seguridad, es decir, de tranquilidad, de respeto a la convivencia, que se permite en algunas discotecas y clubes de diversión, en donde, en espacios muy reducidos, se agolpan centenares o miles de personas, algunas de ellas, bajo los efectos del alcohol y de las drogas, y sin verdadero control.

Las funciones de los guardias de discoteca son, teóricamente, detectar a la entrada a los menores de edad y hacer desistir de la misma a quienes presentan síntomas de tener alteradas sus facultades por sicotrópicos y alcohol. Si surge algún altercado en el interior, los guardias de discoteca deben controlar de inmediato al o los provocadores y sacarlos del recinto discretamente, poniéndolos en su caso a disposición de la policía, lo que sucede si los daños causados a personas o bienes o la resistencia evidenciada por los alborotadores tiene entidad suficiente.

Hace falta para que las cosas vayan bien, mano izquierda, talento para el trato con gentes que, por lo general, solo quieren divertirse, y, claro está, los guardias deberían actuar conforme a un Protocolo y una Reglamentación clara.

La frecuencia de los casos en que los guardias de seguridad se ven protagonizando las actuaciones de violencia que, en teoría, debieran tratar de reprimir, pone todo el acento sobre su escasa preparación para manejar las situaciones potencialmente conflictivas. Pueden tener, no lo dudamos, una excelente preparación física y un cuerpo de aramario, conseguida a base de horas de gimnasio, anabolizantes y envergadura natural, pero no cuentan, porque no se les exige -al menos, en Madrid-, con la necesaria dosis de calma, temperamento equilibrado e inteligencia emocional para no verse envueltos ellos mismos en los conflictos emocionales que deberían de resolver.

Por supuesto, los principales culpables de haber creado el clima para situaciones como ésta, son los dueños de las discotecas y clubes, que permiten, guiados por la codicia, hacinamientos intolerables y que, despreocupados por el estado de sus clientes, ofrecen segundas, terceras y enésimas bebidas a mitad de precio, se despreocupan de las transacciones de estimulantes que se llevan a cabo en sus locales y confían la seguridad de los mismos a dos o tres torres físicas, algunas con problemas sicológicos, que, según trasciende, pretenden guardar también la sensibilidad de los pies de sus novias, danzantes en el local que ellos custodian, y están dispuestos a romper la cara o el corazón de inmedaito a quien les pise distraidamente los empeines.

Detrás de los dueños de estos locales de diversión están, en fin, los responsables de las administraciones públicas que, por motivos no imaginables sin que tengamos que enrojecer, hacen la vista gorda al incumplimiento de las normas de seguridad, expendeduría ilegal de bebidas y control de fármacos y sicotrópicos.

De tanto despropósito, de vez en cuando, la muerte de un joven que solo quería divertirse, nos conmueve y escandaliza. No pasemos la página esta vez.