Blogia

Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre escépticos, cálculo de probabilidades, cambio climático y Dios

Hoy, día 24 de diciembre de 2008, el mundo cristiano celebra la conmemoración del nacimiento de Jesús, hace más o menos, 2.010 años.

Por supuesto, ese niño Jesús, del que muchos serios investigadores dudan que haya existido jamás, no nació un 24 de diciembre, porque hace esa tira de años el calendario era distinto. La fecha fue fijada, simbólicamente, incrustándola en el calendario gregoriano, fórmula para medir el tiempo de manera cabal que, a su vez, se basó en los estudios realizados por un tal Sosígenes de Alejandría, y que habían dado lugar al cómputo juliano (de Julio César).

Pero lo verdaderamente atractivo a estas alturas de nuestro caminar filosófico no es dilucidar la fecha exacta en que nació el niño Jesús, -un demiurgo que había de tener una existencia corta pero llena de acontecimientos relevantes para él, para algunos de sus coétaneos y para miles de millones de sus admiradores posteriores -, sino admitir si se trata realmente de la reencarnación de Dios.

Si se pudiera descrifrar inequívocamente esta hipótesis, no importarían tanto el resto de los dogmas que impregnan los recovecos de nuestra civilización occidental y son culpables indirectos de muchos odios incomprensibles a la luz de la razón. Ni siquiera es tan relevante que Dios haya decidido hacerse hombre incrustándose en una estirpe judía de rancia raigambre, utilizando el vehículo corporal de una virgen.

Lo verdaderamente importante es que la mente divina haya entendido que para enseñarnos el camino de la virtud a los seres humanos sería necesario que su descendiente tuviera que ser crucificado por los suyos. Y que los instigadores principales de tal sacrificio fueran, justamente, los representantes oficiales de la religión que seguían hasta entonces quienes defendían que esa reencarnación habría de llegar, considerándolo como un impostor.

A pesar de todos los esfuerzos por perfeccionar, con el paso de los siglos, el esquema de credibilidad de la religión cristiana, acompañándose, en particular, del testimonio de miles de fieles que llevaron su fe hasta el extremo de dejarse inmolar por ella, el número de incrédulos ha sido siempre muy importante, y, en la actualidad, crece.

No parece existir una fórmula perfecta para rebajar ese número de incrédulos. En otros tiempos, se habría intentado disminuirlo de múltiples maneras: por guerras santas, inquisiciones, milagros, adoctrinamientos, amenazas; etc. Hoy no queda más que un método muy especial de convencer de que los seguidores de Cristo están en la religión verdadera: convenciendo a los incrédulos con el ejemplo de una postura ética impecable y con su solidaridad con los pobres, con los desfavorecidos, con los que sufren.

Permítasenos comparar la cuestión de la religión con la cuestión del cambio climático. Hay sacerdotes de ese nuevo culto pagano absolutamente convencidos de que la concentración de CO2 equivalente en la atmósfera, de alcanzar determinados niveles -alarmantemente próximos- provocará efectos desastrosos para la Humanidad. No para el Universo, ni siquiera para Gea, desde luego: las restantes especies, y, en particular, los que hemos despreciado con el nombre genérico de microorganismos, volverán a pasar, en ese caso, por una edad de oro.

Pero, a pesar de todas las simulaciones, de las explicaciones de científicos relevantes, de películas catastrofistas, de congresos mediáticos, hay muchos escépticos. Más incrédulos que creyentes, en realidad.

El argumento principal de los incrédulos es que, siguiendo lo que se ha comprobado con otros modelos -el económico, entre ellos- existe una gran probabilidad, intuitiva, de que los cálculos de los sacerdotes-científicos del cambio climático, no incluyen todas las variables, y habrá alguna, importante, que se les haya pasado desapercibida.

En consecuencia, las cosas no sucederán como habían imaginado o no serán, si acaecen, de las anunciadas proporciones catastróficas. Por no decir que, como la ciencia siempre acude -siempre ha acudido, se dice-, algo se les ocurrirá a los más listos, o algo aparecerá en el camino de la invención humana, tal vez, incluso, abandonado por los dioses para que alguien lo encuentre: "Dios proveerá".

La verdad es que las consecuencias extraídas de la existencia probable de que un cambio climático esté a punto de suceder, son todas buenas. Hay que respetar la naturaleza, contaminar menos, aprovecharse más de las energías limpias, contener el desarrollo indiscriminado y contar mucho más con los países menos desarrollados, avanzando en una economía verdaderamente globalizada.

Si Dios y el cambio climático no existieran, habría que inventarlos. Feliz Navidad y cambio climático, amigos. Los caminos de la fe y la razón vuelven a entrecruzarse.

 

Sobre la financiación de las autonomías en época de crisis

¿Cómo puede ser que todas las autonomías salgan beneficiadas, según anuncia el Gobierno, del nuevo modelo de financiación autonómica? ¿Cómo ha de serlo en una época de crisis, en la que los presupuestos globales han de ser, forzosamente, más restrictivos, si no se incurre en incrementar el déficit presupuestario, que es tanto como decir, alegría para hoy y hambre para mañana?

El modelo de financiación de las comunidades autónomas es uno de los inventos de nuestra democracia, que trata de convencer a todo el mundo, a base de la conocida mecánica de plantear unas hipótesis de cálculo que, a la postre, no se cumplen en la práctica.

Es evidente que el esquema de la solidaridad interregional ha dejado de ser el objetivo del Estado de las autonomías para desplazar el centro de gravedad, sencillamente, hacia el modelo poblacional, es decir, que aquellas comunidades que tienen más población, tengan mayores ingresos por transferencia desde el Estado central.

El resultado es que las autonomías en donde las rentas medias son más altas, y en donde los niveles de transferencia y asunción de responsabilidades directas están ya en su grado máximo, tienen un poder de atracción de la población inmigrante más alto, por lo que aumentan proporcionalmente el número de sus residente, sus necesidades asistenciales propias, y presionan para que, manteniendo la cuantía de recursos por habitante que ya tenían, se les mantengan cuotas equivalentes en los presupuestos que se negocian.

Las autonomías con pérdida de población -el resultado evidente de que están perdiendo atractivo en el contexto de las Autonomías, con menores perspectivas de trabajo y nivel de vida- serán, en consecuencia, cada vez más pobres y su capacidad de negociación, menor. 

Y el Estado central, único posible garante de que caminemos hacia la redistribución de la riqueza, será cada vez más débil. La fotografía José Luis Zapatero y Esperanza Aguirre, sonrientes ante el acuerdo autonómico que han logrado, es la evidencia de que, cuando dos tendencias políticas cotnrapuestas creen haber triunfado en una negociación, una de ellas ha conseguido colar a la otra su media verdad.

El tiempo nos aclarará a quién de ambos políticos habrá de helarse la sonrisa.

Sobre la formación de los jueces

Para ser juez o fiscal en España la tradición transmite que hay que superar una dura oposición, la cual exige una preparación de varios años, en la que el aspirante se mantiene aislado del mundo y de la carne, como un anacoreta, inmediatamente después de haber cursado la carrera de Derecho.

Pocos legos saben que la  Ley Orgánica 9/2000, ha unificado el acceso a las carreras Judicial y Fiscal, por lo que las plazas de ambos funcionarios se cubren con una única convocatoria, con los mismos ejercicios para ambos Cuerpos. Los programas para Secretarios Judiciales son también prácticamente los mismos, solo que los ejercicios se realizan en orden inverso, por lo que las academias de preparación desaconsejan presentarse simultáneamente a las convocatorias de jueces y fiscales y a las de secretarios.

Si alguien tiene curiosidad por saber de qué va la cosa, ha de servirle que el BOE del 18 de marzo de 2008 publicó el último programa aprobado para los tres ejercicios teóricos eliminatorios. En el primero, se debe responder a un test sobre los temas que componen los otros dos ejercicios. En el segundo, se deberá responder en 75 minutos a cinco temas (1 de 31 temas de Derecho Constitucional; 2 de 98 temas de de Civil; y 2 de 62 temas de Penal). En el tercero, de igual duración, los temas a desarrollar son también cinco (2 de 62 temas de Derecho Procesal Civil; 1 de 37 temas de Procesal Penal; 1 de 33, de Mercantil y 1 de 37, de Administrativo o Laboral),

Sacando consecuencias, puede vaticinarse que un recién licenciado que tenga aceptable memoria y disfrute de una copia de la disertacíón que se le espera, para todos los temas, desarrollados con la concisión y ciencia que destilan, a base de experiencia, las decenas de academias o preparadores que pululan por el mercado, tardará unos dos o tres años en obtener la plaza, contando, sobre todo, con la suerte.

Porque, para la mediana de los estudiantes de derecho, y no digamos, si nos referimos a las hembras, aprenderse de memoria 500 páginas de erudición representa un esfuerzo menor que aprobar Derecho Laboral. Por ello, la dificultad principal del proceso no está en saberse los temas, sino que el día de la oposición caiga en el momento estrella. Del examinando y del Tribunal que va a juzgarlo.

El opositando competirá con jóvenes que han estudiado exactamente lo mismo y que tienen prácticamente la misma capacidad de aprendizaje y exposición. La media de obtención de plaza es, según las estadísticas, de cinco años. Con 26 años se puede ser juez; quizá, incluso desde los 23.

El resultado de la creciente necesidad de dotar a la judicatura de número que no de músculo -estamos en un país que gusta de legislar y pleitear-, es que, cada año, se incorporan a estas prestigiosas carreras funcionariales unos 300 jueces y fiscales, que pasan a engrosar el número de expertos en la administración en Derecho, decisores sobre la vida, la hacienda y la libertad de sus contemporáneos.

¿Qué aportan, qué poseen estos enviados de la diosa Justicia, además de saberse de memoria los 300 temas que resumen varias asignaturas de la carrera de derecho?

¿En qué consiste su experiencia vital, aparte de haberse pasado encerrados en sus habitaciones repitiendo monótamente, reloj en mano, los temas que luego recitarán a sus preparadores? ... No moverá a escándalo imaginar que, de salida, pocas vivencias tendrán estos bisoños que están empezando a vivir.

La experiencia la irán adquiriendo con el paso de los años, a base de equivocaciones y errores -que padecerán los otros-, junto con el proceso de su propia madurez, lo que les llegará a medida que su existencia les vaya poniendo zancadillas, lobanillos y cicatrices y sean capaces de superarlos.

Muchos -al menos, algunos de ellos-, recién investidos y colocadas las puñetas, se creerán dioses y actuarán en consecuencia. Otros -¿ojalá los más?- adquirirán con rapidez el sentido de prudencia y se parapetarán en análisis concienzudos de los procesos que les caigan en las manos, dilatando la aplicación de la justicia.

No hace falta ser un lince ni ser tachado de revolucionario para aconsejar que debería exigirse un mínimo de 5 años -qué menos- de ejercicio práctico de la abogacía para poder optar a ser juez. Y, complementariamente, habrá que robustecer su soledad con la posibilidad de que puedan consultar los casos más difíciles a expertos en la vida social y la aplicación, no solo del derecho, sino del sentido común y de las artes.

 Nota al pie.- Lo de "dura oposición" -y cada vez más dura- hace referencia, según confiesan los propios miembros de los Tribunales, a que los candidatos saben en cada convocatoria menos, por lo que tienen que aprobar, para cubrir las plazas, incluso ¡por debajo de 45 puntos sobre 100!-. Saque el lector sus consecuencias, que a nosotros nos da pavor.

Sobre lo que se nos ha ocurrido para salir de la crisis, y sus plazos

La idea es simple como una patata: en lugar de animar al consumismo a los ciudadanos de los países desarrollados -¿para qué? ¿para prolongar la profundización de la crisis-, préstese el dinero y la ayuda más importantes a los países en vías de desarrollo, para que produzcan más, consuman más y actúen de locomotoras de la reactivación mundial. Todo bajo un marco regulatorio nuevo, de cooperación internacional, que no tiene que ver con Kyoto ni con Podman, sino con la generación de unas reglas de intervención público-privada consensuadas y transparentes.

No es una elucubración. Claro que la crisis es una crisis de confianza, porque el origen está en el descubrimiento casi simultáneo de una colección de falsedades y mentiras, en las que participaron -por acción u omisión- políticos, banqueros, controladores, grandes empresarios, comisiones reguladoras, etc.

La nuestra es una propuesta relacionada con la búsqueda de la mayor eficacia de las medidas, aplicándolas en aquellos puntos del sistema económico en el que pueden tener efectos más fructíferos, porque el sistema está menos dañado o tiene más posibilidades de recuperación o activación con menos recursos.

En realidad, eso era lo que habíamos creído que se estaba haciendo, cuando se nos animaba a invertir en acciones de alto riesgo para aprovechar el tirón de las economías asiáticas o del conjunto de los Brics, que tenían mano de obra tan productivas, sistemas tan eficientes y nos entregaban productos casi listos para el consumo.

Solo que hemos descubierto que nuestra credibilidad era erróneo. Se estaban quedando con nuestros dineros, tanto los de los fondos de pensiones como los de los ahorros que tanto nos costó conseguir, unos desvergonzados tramposos disfrazados de banqueros y gurús que actuaban desde Washington, Londres, París o Madrid y que no tenían más principios que los que les dictaba su ánimo de delincuentes.

Ya nos hemos acomodado a admitir que el núcleo del sistema de desarrollo occidental estuvo basado, al menos en las últimas décadas, en una pura fantasía. Sonaba bien, en principio. Se estimuló el consumo de los ciudadanos de los países ricos, convenciéndonos de que nuestro bienestar estaba en relación directa con la posesión de múltiples adminículos. Podíamos permitírnoslo, el sistema funcionaba de maravilla.

Se difundió el avieso paradigma de que "la calidad de vida" consistía en un hedonismo sin límites ni económicos, ni sociales, ni éticos.

Se enalteció la belleza, la juventud, el despilfarro. Parapetados en la bondad del mercado, en la vigencia permanente de la ley de la oferta y la demanda, se engordó el precio de lo superfluo, apoyando la especulación en otro invento: la publicidad fantasiosa y desleal.

Se mercantilizó, incluso -y muy gravemente- el futuro, creyéndolo garantizado. No hizo falta vender el alma al diablo; se enajenaron los hipotéticos beneficios que nos había de reportar el porvenir, y se consumieron alegremente. Pero el futuro no estaba por la labor. No existía en esa dirección.

Como el bienestar precisaba de múltiples iconos, y no era posible producirlos en occidente a precios asumibles, se compraron en los los países menos desarrollados, y se pasaron por el factor multiplicador de los intermediarios (comerciantes, bancarios, especuladores, avariciosos o ladrones, qué más da, ahora) para conducirlos a los mercados occidentales sobrecargados de precio.

Pocas cosas de las que aquí se consumieron alegremente estaban producidas realmente en estos predios. ¿Para qué había que fijarse en los made in China, India, Taiwan o Brasil?. Eramos ricos. inmensamente ricos, porque habíamos descubierto que la simple apelación al "ya te pagaré con lo que obtenga mañana", servía para que nos dieran dineros. Hipotecamos, pues, lo que no teníamos. Lo que no tendremos.

En los talleres propios se trabajaba febrilmente en combinar los elementos importados que daban lugar a los productos acabados, y se les ponían sellos de hipotéticas garantías de calidad, surgidas de normas cada vez más exigentes, porque podíamos pagarlas. Se integraban en salas de montaje cada vez más automatizadas las piezas unitarias, los circuitos y placas electrónicas, -importadas con bajos o nulos aranceles- convirtiendo esas partículas inocentes en aparatos electrodomésticos,  reproductores de dvds, vehículos de altas prestaciones, ... que se convertían en imprescindibles para nuestra felicidad.

No será necesario apurar mucho el diagnóstico, pero se entenderá que esas peligrosas construcciones empresariales sobre los productos de otros -ya lo fueran en talleres de montaje, empresas de servicios ambientales o turísticos, enseñanzas con poca aplicación práctica- permitieron crear un mercado laboral inestable. La perspectiva de trabajo, atrajo como un imán a gentes de países más pobres, dispuestos a ejercer sus carreras universitarias limpiándolos la mierda, si fuera necesario.

Entre tanto, la perspicacia de los avida dollar, la tecnología del desarrollo y la ignorancia gubernamental canalizaron hacia carreteras cada vez más inútiles y potabilizadoras, incineradoras, depuradoras, aerogeneradores, etc.  la actividad de constructoras cada vez más potentes. Ellas mismas consumieron los ahorros de los que pudieron tenerlos, con construcciones que se consumieron la costa, viviendas de rápido crecimiento en terrenos recalificados y otras actuaciones depredadoras que contaron con el apoyo de funcionarios y políticos corruptibles.

Con los productos alimentarios pasó algo diferente. Mientras subvencionábamos a las producciones internas, incapaces de ser competitivas en el mercado libre con los que se producían en los países en desarrollo, creamos un entramado de aranceles y prohibiciones, para que las patatas, la leche, los tomates, pudieran ser locales (obviamente, habría que publicitarlos como más sabrosos que los que venían de fuera, más "nuestros"); los intermediarios se encargaban de que en los mercados, las frutas, carnes y hortalizas "exóticas" tuvieran precios acordes con los propios, independientemente del precio que pagaran en origen a los esquilmados agricultores y canpesinos.

Lo dicho: si queremos reactivar la economía en corto plazo, démosle el dinero preferentemente a los países menos desarrollados. Y que los que nos han llevado hasta aquí, que se caigan con todos sus equipos. Son los mercaderes del tempo de sus dioses, y hay que echarlos de la casa del Padre, la nuestra, a latigazos.

Nos han mentido una vez. Si nos vuelven a engañar, la culpa será nuestra.

¿Plazos para salir de la crisis? Dependen de nosotros. Hay que actuar rápido, quitándoles el sitio a los que nos han mentido o consentido las mentiras de otros a sabiendas, y callarles a todos ellos la boca, alzando nuestras voces con verdades, evitando que se reorganicen y nos sigan contando tonterías.

Sobre qué se puede hacer con los libros ya leídos

Habrá que comenzar el Comentario matizando sobre los distintos tipos de libros que podemos encontrar en una biblioteca casera: los que hemos estudiado, los que nos han regalado o comprado y no nos gustaron; los que nos entusiasmaron; los que no hemos leído todavía; los que nunca leeremos; y las enciclopedias y los tomos sueltos que nos regalaron con algunos periódicos.

Pero el comentario no se dirige a glosar este muestrario, sino que, sobre todo, queremos referirnos a las diferentes categorías de personas que poseen libros.

Es un postulado fundamental de este artículo, que los poseedores de libros no son, necesariamente, lectores de los mismos, y en algunos casos ni siquiera pueden alardear de ser sus legítimos propietarios (todos tenemos una parte de la biblioteca construída con los libros que nos han prestado y no hemos devuelto). De entre ellos, los que tienen desarrollado en grado avanzado la rara enfermedad de comprar libros, suelen hacerse buenos amigos de otra especie en extinción: los libreros (ahora, sucumbiendo en manos de esos asesinos en serie del placer de comprar que son las grandes superficies).

Hay quien habla de la librería señalando a un modesto par de anaqueles situados entre el televisor y las fotos de los niños, en donde se agrupa un conjunto dispar de volúmenes de muy variopintas procedencias, y hay quienes tienen una verdadera biblioteca capaz de rivalizar en número y calidad con la que tenía Alonso Quijano antes del despojo del ama y el sacristán,  a la que alimentan regularmente con más celulosa impresa, tomándola por el monstruo de las siete cabezas.

Ahora bien, el tema no está tanto en formar una biblioteca, sino en desprenderse de ella. Cuando las circunstancias de la vida obligan a prescindir de todo o parte de una gran biblioteca, aparecen, de golpe, los problemas.

El punto de partida para esa decisión tan difícil puede ser aligerado si los que tienen que prescindir de los libros son los allegados del que se vió en la obligación de hacer su viaje al más allá. Alcanza su grado máximo de penalidad, sin embargo, si el que tiene que prescindir de los libros, bien por cambio a un piso mucho más pequeño o por la toma de conciencia de que se va acabando el recreo y se pretende dejar los amados libros en buenas manos.

Aquí vienen la sorpresa y el desconcierto. Las bibliotecas públicas no admiten ya más libros. Dicen que, obligadas a admitir los tropecientos volúmenes que editan los políticos y sus amigos, no les caben más. Comienza uno su recorrido por los centros oficiales, y encuentra parecidos argumentos. Los libros sobran.

 Da igual que sea la biblioteca de una escuela, o el centro de día de la tercera edad. No importa que uno se ofrezca a donarlos a la Universidad donde uno hizo sus primeras letras, o suplique que se los queden en la parroquia para la sección laica. El declinar vendrá acompañado casi siempre de una pregunta y una asunción: "¿Qué vamos a hacer con ellos?...Ahora, con eso de internet, la gente no lee libros".

Es cierto que la gente -no por culpa de internet, que no hace falta mentar a los espíritus, sino por la falta la costumbre- no lee; se limita a comprar de cuando en cuando los best seller para regalárselos a los amigos, y a pasear por los vagones del metro Angeles y Demonios o Los pilares de la Tierra (2).

De los libros de texto, para qué decir otra cosa. Como los profesores suelen decir a los alumnos las preguntas que les van a caer en el examen (pobres docentes, no quieren suspender a más del 80 por ciento), e impera la fotocopia, no se venden tampoco. Basta para aprobar llevar anotadas en la muñeca las respuestas al test, con cuidado de no equivocarse al hacer la traslación al papel oficial.

En fin, acabáramos. Nuestra sugerencia es que, llegado el caso, se donen las bibliotecas a ongs de países con menos recursos, en los que una de las lenguas oficiales sea la del bibliotecario donante. Allí, esperemos, sabrán qué hacer con ellos. Y, en todo caso, como estarán organizando sus bibliotecas públicas, tendrán con la donación la ocasión de llenar varios anaqueles, para que no parezcan vacíos y vayan retirando las fotografías de los falsos benefactores de sus patrias.

Sobre la propensión a la suplantación de personalidad por parte de los padres

Si la crisis económica tiene algún efecto positivo. que sirva al menos para simplificar el número de falsos benefactores de los niños que la imaginación y avidez de los comerciantes ha ido echando sobre las espaldas de los padres.

Desde el ratoncito Pérez hasta Papá Noel, pasando por los Reyes Magos o el Niño Jesús, son unos cuantos los espíritus que han delegado en el bolsillo de los padres su presunta voluntad de premiar las buenas obras y enderezar las inocentes maldades infantiles.

La única efemérides variable es, como se sabe, el ratoncito Pérez, que pone a los niños alguna cosilla bajo la almohada para compensarles el disgusto de haber perdido un diente de leche. La teoría dice que el tal Pérez cambia dientes por chocolatinas, libros de cuentos o monedas. Pero como es un sistemático incumplidor, han de ser los padres quienes mantengan la tradición; y cuando el niño les dice que ha puesto el diente y el ratón no "les dejó nada", argumentan que quizá estaría ocupado aquella noche, y que prueben a la siguiente.

Las conmemoraciones de los demás benefactores en grado fraudulento, se acumulan todas en el final de año y principios del siguiente. Hay una inflación de impostores en esas fechas. Sus celebraciones han ido incrustándose sin piedad en el calendario, a golpe de avidez mercantil, y son muy pocos los niños que renuncian a recibir regalos en todas ellas: por San Nicolás, el 24 de diciembre, o en la noche del 5 al 6 de enero.

La confusión es tal que desde hace ya decenas de años, con esto de la globalización, no solamente se pone el Nacimiento en las casas -nos referimos siempre a las clases medias, que son las que mantienen en pie las tradiciones- sino también se incrusta en el salón un abeto o pino (con su raíz o ya cortado a motosierra), y se dejan calcetines en la chimenea, paquetes bajo el árbol, zapatos y turrón junto a la ventana, además de comprar papánoeles de Ikea para colgarlos del balcón, como señuelo.

Padres, basta ya. Rebeláos. Abandonad el cuento. Decid a los niños, desde temprana edad, que los únicos dadivosos que existen de verdad son los padres. Y que, para nuetros hijos, llevamos haciéndoles regalos desde que nacen. Así que si Pérez, Melchor, Baltasar, Jesús, Nicolás o Gaspar quieren dar alguna señal, pues que se mojen; pero ya está bien de que unos lleven la fama y otros carden la lana.

Sobre la función del dinero en la sociedad occidental

Olvídense de todo lo que les han enseñado en las escuelas, incluídas las grandes escuelas de negocios. Mentalícense de que no les van a servir para nada los master obtenidos en cualquier prestigiosa Universidad. Ni Harvard, ni Oxford. Ni Massachussets ni Pompeu Fabra.

Porque ha quedado indefectiblemente demostrado que lo único que utilizan para moverse por la vida con solvencia, tanto los gurús como los aventurados de medio pelo, es la técnica del trilero, la desfachatez del ladronzuelo, la ley de la calle. El todo vale, vamos.

No hay duda de que habrá que revestir la intención con cierta sofistificación, pero eso ya no depende de lo que uno sepa sino de lo que los otros no conozcan. Y de cultura general, saben, por lo que se ha visto, poquísimo.

El padre putativo más reciente del capitalismo, Mr. Bush hijo, presidente saliente de los Estados Unidos de América, ha reconocido que abomina, que apostata de la economía de mercado. Quien había defendido esta entelequia bien argumentada -que dió lugar a las mejores páginas de la literatura de ficción, y generó varios premios nóbeles-, ahora admite que no cree en el mercado.

Hay que rasgarse las vestiduras, porque en el reparto de papeles en la gran comedia del mundo, ese hueco no puede quedar jamás vacío. Alguien con suficiente credibilidad tiene que asumir el papel de defensor del principio central del capitalismo: es decir, que el mercado es el rey y de que quien trabaja cumpliendo sus reglas puede llegar a lo más alto.

Las reglas escritas eran unas, pero lo que hacían los buenos jugadores era inventarse otras. Por eso, se entiende que, después del desfalco de Madoff, los adalides más sonoras del capitalismo estén que botan. Han quedado al descubierto las tripas del invento y han resultado dañados inocentes.

Porque una cosa es timar a los ingenuos, a esos estúpidos ahorradores que confían en la solvencia de cualquier reclamo desde el que se les reclamen sus cuatro chavos -puede ser la lotería de Navidad o la Bolsa, o, mejor, sectores como la construcción o las energías verdes, con promesas de buenos rendimientos-, pero lo que no puede admitirse es que alguien desde dentro del sistema, un insider, uno de los nuestros -vamos, de los suyos- time a los colegas.

Comprendemos perfectamente la indignación, por ejemplo, de Alicia Koplowitz, que parece pudo haber perdido unos diez millones de euros que invirtió en construir la pirámide esa que se cayó en América, del tal Madoff. No hay derecho. Sus asesores le aconsejaron que depositara el dinero en una Sicav, que es un invento  infalible para evitar pagar esos injustos impuestos que solo deben soportar los asalariados -que disfrutan del mercado laboral, el que funciona-, y resulta que se los han volatilizado.

Todavía puede arreglarse lo que esta señora, gracias a Dios. Siempre en rumor, en septiembre parece que sus asesores dieron orden de vender las participaciones que tenían en la pirámide. Lo mismo pasa con la participación de Colonial en FCC: otra entidad solvente, Goldman y Sachs, vendrá al rescate. Si eso es así, y el mercado vuelve a funcionar algún ratito, todavía hay esperanzas de que esas injustas pérdidas nos las comamos entre todos. Se trata de que recuperemos la ilusión.

Ya se ve que el mercado, aunque derrotado y enmerdado, es todavía infalible con los que creen en su pureza.

Sobre el peligro amarillo (que China se nos caiga)

En la presentación de un libro bastante optimista de Jacinto Soler Matutes, -"El milagro económico chino: Mito y realidad"-, el 16 de diciembre de 2008 en la Fundación Rafael del Pino, héte aquí que el invitado principal, el insigne economista Mixin Pei, dió unas pinceladas gruesas, pero certeras como puños, respecto a los peligros que acechan si la crisis occidental persiste y China no puede sostener el crecimiento mínimo de su pib necesario para generar empleo.

Ya Amadeo Jensana, un sorprendente políglota multicultural, había adelantado algo. Las ventajas de ser un "late comer" y la perspicacia de haber hecho de las inversiones extranjeras un motor interno para el país, no impiden que la crisis afecte, de verdad, a China. Los efectos sobre las exportaciones están teniendo lugar, habida cuenta de que la mitad aproximadamente de lo que China envía al extranjero, se va a USA y a la UE, y, además, son productos muy sensibles para la generación de empleo interna (zapatos, juguetes, ropa, etc).

La caída de la producción del 2% puede parecer escasa, pero tiene efectos brutales sobre un país con mas de 2.000 millones de habitantes. Según el Banco Mundial, si China crece por debajo del 11% no se crea empleo. Si a la situación exportadora se añade la caída de la construcción (afectando al precio de los cementos, el acero, etc) y aunque la deuda hipotecaria en China es muy baja (13%) y se exigen garantías y solvencias muy altas (el comprador debe aportar al menos el 50% del precio), la amenaza de recesión relativa está en el escenario.

Sobre Lord Stern y el rollete ese del cambio climático

El salón de actos de la Fundación Rafael del Pino estaba lleno a rebosar. El conferenciante de honor, elegido para cerrar con broche de oro el ciclo de conferencias sobre el Cambio climático, era ni más ni menos que Lord Nicholas Stern, el director del Informe Stern, -ese Informe "así de gordo" (la frase es de María del Pino) que había encargado Mr. Blair hace ya siete años, con la intención de que le explicaran bien de qué iba la cosa-.

María del Pino (cada día más joven y más guapa) hizo la presentación del conferenciante y del final del ciclo, levantando un par de risas entre medias, cuando se percató que los auriculares para la traducción simultánea de Nicholas Stern no funcionaban  (debía de ser el único no bilingüe de la sala) y cuando le llamaron a ella por el móvil ("Nunca me pasa y me tiene que pasar hoy").

A la izquierda del conferenciante estaba la ministra del Medio Ambiente y otros medios, Elena Espinosa. La otrora directora del Puerto de Vigo iba a cerrar el acto. Amadeo Petitbó -el infatigable director del invento y duro controlador de coloquios-, en el otro extremo,  flanqueaba por su parte a las dos ilustres señoras. La expectación era máxima. Cráneos conocidos entre el auditorio, bellas melenas; chaquetas de pana y trajes de licra se mezclaban con outlets de Armani y delicias de Zara. Había promesa de un cóctel con picaditas de jamón (que se cumplió, claro).

Pero Nicholas Stern nos largó una más bien aburrida relación de obviedades. No se apoyó en medios informáticos ni leyó su conferencia, porque se sabe de memoria el mensaje, pero se le notaba bastante que empieza a vivir de eso, de contar su rollo, consciente de que, mientras los políticos discuten qué hacer primero, se puede traducir en algo de dinero ("perdonen que les hable en dólares, pero es la moneda con la que trabajamos en esto") la polémica entre fundamentalistas y voluntaristas del climate chage.

Su discurso se parecía más a un "Resumen ejecutivo" que a otra cosa. Confundiendo el grado de preparación académica del auditorio -a estas selectas convocatorias acude una representación de lo más granado de los interesados en cada tema- habló de lo que todo el mundo sabe, y, en consecuencia, no dió motivos para un titular llamativo. Defraudó.

Con prevención a dar cifras, -¿cómo pudo imaginarse que estaba justificado decir "Veo que Vds. en su mayoría no son economistas, peor para ustedes"?-, no se mojó cuando, ya en el coloquio, Carlos Espinosa de los Monteros le espetó que "¿por qué no es Vd. más incisivo en defender la energía nuclear?"-, porque "quiere mantenerse neutral respecto a todas las alternativas".

Repitió lo que saben aquí hasta los niños de cuna, pero nadie ha conseguido demostrar a los adultos con absoluto poder de convicción -"el coste de no hacer, es superior al de hacer, que andará entre el 1 y el 2% del pib-. Resaltó, eso sí, que las medidas han de ser globales, consensuadas y urgentes y que hemos avanzado mucho, y que Copenhage ha de ser un hito de cooperación similar al obtenido "después de la segunda guerra mundial". La solución, si existe, ha de combinar la solución a la crisis económica con la ambiental, y "un elemento positivo es que el Sr. Bush ya no estará" (risas).

Quizá fuera porque la teoría del cambio climático ya nos la sabemos todos. También pudiera ser porque, de tanto haber leído de los sucesivos Informes del Panel Intergubernamental del Cambio Climático acerca de los cataclismos que nos esperan, o, mejor, les esperan a nuestros hijos más longevos, ya estamos con  las manos puestas encima de la cabeza, esperando que llegue el Apocalipsis y nos coja confesados.

Tampoco ayuda que los detractores del asunto, ésos que dicen que le monde va de lui meme, o que la técnica siempre acude, o que con los mismos datos se puede llegar a conclusiones contrarias (esta frase genial es de María del Pino), hayan obtenido el refuerzo de un final de otoño localmente muy frío y de que, gracias a Dios y, en lo que corresponda, al segundo principio de la Termodinámica, las inundaciones, pedriscos, gotas frías y otras lindezas que la naturaleza nos hace con el agua no nos han afectado aún demasiado.

Pero nos afectarán si no hacemos algo, todos juntos. Y los países pobres están entre los nuevos convencidos. Los monzones han sido más fuertes y dañinos en estos años; India y China están, por ello y porque "hay muchos ingenieros en los ministerios",  por la labor de reducir también sus emisiones (Rafael Llamas le había introducido su cuña de que, en otro foro, un profesor de por allá le había espetado aquello de "ahora nos toca a nosotros", pero Stern no estaba por la labor de rebajar el otimismo: "En estos años, las percepciones han cambiado". Brasil es un ejemplo de planificación y concienciación ambiental. España es un modelo a seguir. Barak Obama es la esperanza del líder necesario para el mundo en crisis.

Hay, pues, razones para el optimismo. El cambio climático tiene, además, un indicador muy peculiar y fácil de seguir, que es el comportamiento del agua. Stern lo expresó así, más o menos: "Los fenómenos del cambio climático se van a traducir en fenómenos con el agua como protagonista".

Solo habrá, pues, que sentarse delante de casa y esperar a que el nivel del agua supere la ubicación del órgano que también nos sirve como olflato.

 

Sobre el riesgo de congelación en la AP-66

El tramo de autopista española que une León con el Principado de Asturias se llama AP-66; es un ramal de la autopista Madrid-Galicia, la A-6, una de las vías radiales que evidencian el centralismo con el que fue concebida España, después de su unificación por la Conquista -o lo que fuera aquello- a los árabes que venían del Oriente.

Es una autopista de peaje, y quienes tienen que realizar el trayecto Madrid-Gijón, por ejemplo, tienen que desembolsar unos 19 euros a la ida y otros tantos a la vuelta. La mantiene Aucalsa, que es propiedad del grupo Sacyr-Vallehermoso, y ha sido vendida a Citygroup, según un complejo acuerdo que se perfeccionará a mediados de 2009.

La AP-66 es la vía de comunicación más utilizada entre la meseta y esa zona periférica, tradicionalmente aislada, tierra de mineros, sidrinas, amagüestos y emigrantes. Ahora es mucho mejor, más barato y en general más rápido utilizar el tren, pero la mayor parte de la gente no lo sabe todavía y prefieren ir contemplando el paisaje mientras se exponen a que les pongan una multa o les quiten puntos por superar más de lo admisible los 120 km/h de velocidad máxima.

Ayer, casi 400 personas quedaron atrapadas en la autopista A-66, en el tramo leonés -entre el Negrón y La Magdalena- , y tuvieron que ser rescatadas por la Unidad Militar de Emergencia (que no sabemos bien qué es, debido a que el RD de su creación, el 399/2007, ha sido anulado por el TS en Sentencia deñ 4 de noviembre de 2008 ).

Seguramente los viajeros frustrados no corrían riesgo de haber muerto congelados y no sufrieron más daños que el susto. Estamos en un país avanzado. La gasolinera que da servicio a ese tramo de autopista estaba próxima. Se ayudaron/ayudarían unos a otros. Muchos tenían móviles y algunos mantas. Harían un fuego con maderas y papeles y ropa vieja...

Totalmente en serio: Nos parece que la evidente falta de mantenimiento adecuado para una autopista nacional debe ser bien explicada y, en su caso, sancionada. Se sabia perfectamente que iba a nevar, y muy fuerte. Se debería haber impedido el paso a los vehículos que no disponían de cadenas.

No se advirtió a los viajeros del riesgo que corrían porque la autopista no tenía garantizada la limpieza del firme. Seguramente, todos preguntaron por el estado de la vía, y pagaron el peaje del tramo anterior. Nadie sospechó, por supuesto que, en los despachos de los banqueros y empresarios interesados en el buen fin de la operación, a lo peor habían tomado la decisión de reducir algo los gastos de mantenimiento, con el trivial propósito de mejorar una pizca los resultados del Ejercicio.

Es una maldad, pensar así, y pedimos perdón si no sucedió de esa manera. Pero, ¿está Astrurias, ahora, más cerca del polo norte, con eso del cambio climático y de la crisis económica? ¿Tal vez no confían en las previsiones oficiales de nevada, ventisca y frío intenso, los gestores de la Autovía Concesionaria Astur Leonesa, sean quienes sean ahora? ¿El Citygroup que, como bien se sabe, está en la cúspide de las causas-efectos de la crisis, habrá dejado "en la sombra" la cuestión  de preocuparse por una autopista menor, mientras negocia con Sacyr?

Viajen en tren, mientras tanto.

Sobre la misión de paz en Afganistán

Recorrer la historia de los pueblos que han conformado la naturaleza de ese país sin fácil solución que es Afganistán, es sumergirse en la persistencia de la incapacidad humana para entenderse.

Afganistán ha estado siempre en la encrucijada de las culturas. Cuando la ambición del hombre era más modesta, y Dios era uno solo, los afganos -una forma clásica, pero falsa, de denominar a la inmensa cantidad de tribus que fueron creciendo y multiplicándose, y, por tanto, dividiéndose entre sí- se dedicaron a la agricultura y a la oración. Así descubrieron cosas muy interesantes para la filosofía, la medicina, la ciencia en general.

Después, y cuando el centro del mundo se descoyuntó, movido por fuerzas centrípetas con la naturaleza común de la ambición humana, Afganistán se encontró transformado en una tierra limítrofe: por arriba, el cristianismo ortodoxo y el marxismo; por el occidente, el islamismo; por el sur, el hinduismo.

Los afganos, tierra de castas impermeables coexistiendo en el mismo espacio, añadieron a las etnias, es decir, a las diferencias morfológicas, los elementos sobrenaturales, como explicación para la desigual distribución de los recursos naturales. Como consecuencia, unos se sintieron, con el paso del tiempo, más comunistas -antes del marxismo, por supuesto-; es decir, algo más humanos; otros, se hicieron más radicales en su islamismo pseudocristiano, es decir, algo más divinos; algunos, tocados por la mano de la ética universal, se hicieron más tolerantes con los inferiores, esto es, más vulnerables; otros, se vieron menos inferiores con los tolerantes, equivalente a decir que más revolucionarios; etc;...

Emancipado de Inglaterra desde principios del siglo XX, el personaje ficiticio que es Afganistán miró el mapa y se encontró en medio de países igualmente inventados, en donde se concentraban demasiados seres, genéticamente compatibles pero ideológicamente estériles, dispuestos a defender con uñas, dientes y kalashnikóvs -allí inventados- sus perfectas culturas y sus indiscutibles tradiciones, que les conectaban directamente con su Dios, que era para cada etnia, único, incuestionable, y, por ello, muy exigente con todos los demás.

Para los talibanes y chiítas, en realidad, su Dios había devenido terriblemente exigente; conformándolo a imagen y semejanza de lo que deseaban que fuera, quienes se consideraban herederos legítimos de lo mejor de la etnia pastú, no dudaron en imponer con las armas su pretensión de supremacía, para hacerla indiscutible los que se resistían a admitirse claramente inferiores.

Las castas inferiores, resultaron fácilmente contaminadas por ideologías foráneas, y a algunos de sus miembros se los encontró convertidos en peligrosos comunistoides que superponían, haciéndolas aún más dañinas, sus ansias de redención aquí en la tierra, a las ya de por sí peligrosas herejías suníes, cuando no al nefasto agnosticismo práctico.

Se conformó así un tinglado ideológico en el que tuvieron su caldo de cultivo propio en las etnias de hazaras y tayikos, aquellas de las que habían salido quienes tradicionalmente habían jugado casi a la perfección su papel de criados y sumisos, el rol que les correspondía en la división original de los títulos que hicieron sucesivamente los persas, los  dioses, los turcos y, ya en la época más moderna, los británicos y los norteamericanos.

Difícil una misión de paz en Afganistán, sin duda. Sobre todo, si quienes la pretenden están armados hasta los dientes y entretienen su ocio paseándose entre las tribus de pacíficos, buscando que no se peleen entre sí ni los maten los malos en su presencia.

Porque la paz duradera ha de estar apoyada en un potente músculo de tolerancia cultural, pero sobre todo, ha de contar con un sólido respaldo económico y un gobierno autóctono, democrático, fuerte y creíble incluso para sus detractores.

No bastan un par de miles de observadores, por más que tengan buena voluntad, luzcan boinas azules y uniformes brillantes, compren en los mercados las legumbres más caras y se desplacen a toda velocidad entre los poblados, con miedo a verse atacados en el tránsito, refugiándose luego a escribir cartas de amor y aburrimiento desde sus campamentos blindados.

No basta condolerse de lo pobres e incultos que son estos afganos, mientras las empresas de los países ricos les extraen el gas natural y los minerales del subsuelo.

Desde luego, hacen falta muchas cosas en Afganistán. Además de tecnología y recursos, en los primeros lugares de la ayuda, ha de figurar la doctrina de la tolerancia, ayudándoles a sentirse cómodos en su rica pluridad de creencias, convencerles de que la verdad está en el respeto a la pluralidad y en la búsqueda de la igualdad.

Tenemos dudas de que exista en la comunidad internacional autoridad suficiente para detentar la transmisión de ese mensaje, que está en dirección contraria a lo que ha recorrido este país y que no parece triunfar, tampoco, en el mundo occidental.

Pero, sin necesidad de romperse mucho la cabeza sobre lo que podría hacerse, existen opciones sencillas para salir del atolladero.

Porque, hoy por hoy, Afganistán sea un banco de pruebas de la incapacidad de los seres humanos para entenderse, el país está tan abajo, que con poco que se haga, puede subir unos peldaños. La hambruna, el desgaste brutal, la inestabilidad, la altísima tasa de natalidad por mujer como única ilusión para la redención, son tremendos. La última vez que entregó algunas cifras de su economía, población, índices de mortalidad, etc, estaba inequívocamente situado en el último lugar de los 192 países que figuraban en la relación.

Paz a los hombres de buena voluntad, decimos por acá...Si tuviéramos algo de sensibilidad y mucha más voluntad...seguro que no necesitábamos tantas palabras ni nos daría tanto miedo llamar a las cosas por su nombre.

Sobre Canguro net

Hacemos aqui una breve reseña acerca del desigual comportamiento de Canguro Net, ese sistema de filtros para los buscadores que pretende eliminar el acceso a las páginas de contenido sexual, más o menos explícito, creando así un marco de tranquilidad para los padres y educadores de hijos y discipulos menores de edad o adolescentes.

Lamentamos decirles que si se confían a la seguridad de su sueño creyéndose a pies juntillas que Canguro vigila concienzudamente los campos de posible perdición visual de sus educandos, se equivocan, porque son múltiples las formas de pasarse por alto los controles.

Olvídense de sus creencias en los canguros informáticos. Si han pensado que los ojos de sus hijos no se van a ver mancillados por visiones de señoras desnudas, gentes realizando actos sexuales en las más acrobáticas posturas o imposturas, o se les ocultarán los cuerpos de tipos que enseñan ostentosamente lo que la mayor parte de las personas normales solo se muestran a sí mismos o al especialista en enfermedades de los tractos, cáiganse de la burra.

Vayan vendiendo los ordenadores y, por supuesto, dándose de baja en cualquier servidor de banda ancha. Cómprenles a sus hijitos la colección de tebéos y pulgarcitos de los sesenta del pasado siglo.

El sistema no funciona bien, es decir, no funciona. Pueden hacer la prueba, y entre-taparse los ojos con los resultados, para no encelar su propia imaginación. Basta combinar palabras en dos o tres idiomas, falsear alguna de las grafías, persistir en la búsqueda de sinónimos, pasarse desde la búsqueda por palabras a la búsqueda por imágines, para que el Canguro salte controlels y olvide sus funciones de tutela. Sin contar con la multitud de páginas que se ocultan bajo apariencias inocentes, y que surgen cuando se buscan otras cosas.

Eso si, Canguro, como cualquier guardián de discoteca, tiene sus filias y fobias. Verán hasta la desesperación que páginas normales, de periódicos y webs institucionales no se ofrecen a la vista, sin que se sepa por qué. Palabras inocentes como "chica" "mujer" "gay" y otras muchas, caen bajo los filtros con los que los celosos (y algo estúpidos, sospechamos) cancerberos del bien y del mal han sembrado los campos de su concepto de virtud. 

Por tanto, ni siquiera hará falta que sus hijos naveguen por la red de forma anónima (http://anonymouse.org/anonwww.html) o que invaliden los controles del puerto 80, o hagan acrobacias con las herramientas de internet que cualquier infante de más de diez años se sabe de carrerilla, pese a quien pese.

God save children and youth´s virtues!

Sobre los fraudes piramidales y la economía de mercado

Esto se cae. "Esto" es el sistema financiero, podrido por la falta de controles, por la constatación de la avidez y la falta de escrúpulos de algunos respetados miembros de esa colectividad de tramposos en el que hemos visto convertido el medio por excelencia de la economía llamada capitalista: el mercado.

Nos apresuramos a escribir que el mercado, por sí mismo, no tiene ninguna culpa. Es un buen procedimiento, regular los precios de la oferta con la cantidad de demanda, pero cuando no existen referencias construídas desde lo que cuestan las cosas que se ofertan, el ansia de obtener beneficios sin límite, dará rápidamente al traste con el sistema. Porque existe en algunos seres humanos una combinación de ambición y capacidad para la mentira que les llevará a utilizar ese ingenuo mecanismo para enriquecerse, timando a sus semejantes.

Es el timo de la estampita, en sus variadas formas. Puede llamarse fraude piramidal o robo de guante blanco. Consiste, básicamente, en vender humo, adornándolo, claro está, más o menos, según la pretendida o sospechada cualificación y desconfianza de la víctima del timo.

Bernard L. Madoff, autodeclarado culpable de haberse inventado un negocio de la nada, prometiendo a sus inversores pingües beneficios, creando una empresa basada en fondos altamente especulativos (hedge funds), no tuvo, en realidad, más que adornar alago lo que los trileros de la puerta del Sol (por ejemplo) vienen haciendo durante siglos.

Si el posible timado es una señora venida del pueblo con aire de sentirse abrumada por la gran ciudad, bastarán combinar un falso tonto con un billete de lotería primado, o un talón para cobrar una herencia, o un sobre del que asoman un montón de billetes de cien euros. Hará falta un listo compinchado que se quede vigilando al tonto mientras el timado va a cobrar el billete, cobrar el talón o recoger el beneficio de la inversión con la que engañó al tonto.

Si el posible timado es un ahorrador que lee los periódicos económicos, que confía en sus bancarios, que se ríe de los que se dejan timar en la calle, habrá que revestir el timo con una solvencia educada en Harvard, mucha palabrería económica y sembrar confianza con rostros de listos intermediarios que son parte del engranaje de seducción, porque cobran altos sueldos por decir sus tonterías. Madoff, por ejemplo, tenía claro que, debería entregar, como despedida, 200 o 300 millones de euros a algunos empleados, familiares y amigos" antes de presentarse al SEC. Qué mas daría haber perdido 50.000 millones de euros que 50.300 millones, ¿a quién le iba a importar?

 

Sobre el gobernador de Illinois, la mujer del César, Obama y los intoxicados

Resulta que el gobernador de Illinois, Rod Blagojevich, puso en venta el escaño que Barak Obama dejaba libre en Washington, y el FBI lo ha emplumado.

El presidente electo se ha apresurado a descolgarse de la operación y a declarar que reprueba la actuación de quien fue su compañero de filas. Hay conversaciones grabadas que involucran gravemente al tal Blagojevich y a otros colegas del partido demócrata.

¿Cuánto puede valer un escaño en Illinois, y, sobre todo, qué rentabilidad se le puede sacar a la inversión? ¿De qué manera?

Grave reflexión, desde luego. Pero, en realidad, la pregunta más inquietante se refiere, en este caso, al pasado y a una persona que es esperanza de cambio y fortaleza para muchos:

¿Le sacó rentabilidad el futuro presidente de Estados Unidos, Barak Obama, al escaño por Illinois que tenía en Washington?. ¿De qué manera?

Pero aunque la respuesta a tan insidiosa pregunta fuera negativa, existe otra cuestión que es solo aparentemente más fácil de resolver, porque existen multitud de pruebas testimoniales. Por ello, exigirá las mejores dotes persuasorias del candidato electo, que desde el 20 de enero prósimo dirigirá el país más poderoso de la Tierra, para salir libre de sospecha.

Dado que Obama y Blagojevich tenían una relación muy estrecha, ¿Cómo no se dió cuenta el perspicaz Obama, cuando lo apoyó y mientras colaboró con él, de que estaba dando su confianza a alguien que consideraba los puestos políticos en relación con su rentabilidad? ¿No le preocupa moverse ente propensos a sinecuras, cohechos, o nepotismos?

O, en fin, dentro de la ingenuidad de quienes creemos aún que hay esperanza de que todo se aclare, y Obama salve su credibilidad, todavía hay otra pregunta:

¿Los comportamientos en Estados Unidos en política no se han liberado aún de las costumbres de reyes y nobles de los siglos XVI y posteriores, por las que, para obtener dinero para sus economías, vendían los cargos de corregidores, recaudadores de impuestos, y hasta los títulos de nobleza, a los mejores postores?

Nos sentimos, en este momento, intoxicados. No porque la información nos parezca falsa, no. Nos sentimos intoxicados porque nos han envenenado una ilusión, y es urgente que se clarifique, no ya lo que el -presunto- impresentable Blogejevich haya podido esperar conseguir con ese juguete para adultos que para él es  un escaño en el Senado, sino dejarnos con la plena seguridad de que Obama  no lo utilizó en provecho propio durante el tiempo que lo detentó.

Porque Obama juega aquí el papel de la mujer del César. Lógico que quiera desmarcarse ahora de los corruptos y de los extremistas, pero nos interesa saber lo que hacía antes junto a ellos. Ay, ay, ay...

 

Sobre el desarrollo sostenible y otros cuentos chinos

La sostenibilidad es un concepto confuso. Se sostiene lo que no se modifica, y si lo que se ha modificado se desea recuperar, habrá que devolverlo al estado original.

Se habla de sostenibilidad social, económica y ambiental. Pero la experiencia nos ha venido a demostrar que lo económico se cae cuando menos se espera, porque los mercados no funcionan, y lo social camina hacia el sálvese quien pueda, cuando vienen mal dadas, aumentándose sin parar las diferencias entre los más ricos y los más pobres.

¿Y en lo ambiental?. Pongámonos serios. La sostenibilidad ambiental es un recurso generado básicamente para acallar las conciencias de los que contaminan. Por parte de los consumidores y beneficiarios más pudientes, dando por supuesto que no quieren disminuir su nivel de vida, se ha recurrido al subterfugio consolador de sus conciencias, apelando a su relativa buena disposición para pagar algo más de dinero por la misma cosa. A cambio de que se destine, al menos teóricamente, para que se corrija un porcentaje de lo que deterioran o les lleven lo más lejos posible el producto residual de sus disfrutes.

Pueden ponerse muchos ejemplos, pero para encontrar el modelo general de actuación no hay más que leer los informes de sostenibilidad de las grandes empresas o administraciones públicas, seguir las declaraciones grandilocuentes y pomposas de sus intencionalidades y, después, reconfortado o inquieto con tan sabios propósitos y brillantes resultados, asomarse a la ventana, bajar a la calle, acercarse al llamado campo. Y sacar consecuencias. Si el preocupado ambiental desea viajar, tanto mejor: así adquirirá una visión más global de las realidades de la sostenibilidad ambiental. 

A cada paso, encontraremos miles de ejemplos de lo que el ciudadano medio entiende, en la práctica, por respeto a la sostenibilidad: considerarse con derecho a creerse el amor del mundo, el único poblador con derecho a no respetar las normas. Véanse cómo se dejan abandonados los residuos, cualesquiera que sean, -colillas, pilas, escombros, bolsas de basura, electrodomésticos, autos, etc- en el sitio más inoportuno -junto a los ríos, en las acequias, en el bosque, en los párkings públicos, en los patios traseros, en los solares vacíos-.

Rige el principio de que "con tal de que nadie me vea o no haya quien me pueda reprochar por lo hago, tiraré mi inmundicia donde me peta; al fin y al cabo, ya pago bastantes impuestos". Es un principio, como se advertirá, propio de un mundo desarrollado, de nuestra civilización avanzada.

Por supuesto que el ciudadano de a pie no es el único, ni siquiera el principal contaminador, pero su actuación es un reflejo de las demás. Es trasladable, sin duda, como en un banco de pruebas sicológico, a las formas de comportamiento de los que dirigen o controlan las grandes empresas o los departamentos en los que se producen, en mayor o menor escala, sustancias contaminantes. Si no me ven, ¿para qué cuidar de mis desechos? ¡Con lo que cuesta!

Obviamente, en la mayor parte de las entidades existirán protocolos de actuación para eliminación de sus residuos y control de las emisiones. Casi con seguridad el núcleo central de las sustancias contaminantes, en muchas de ellas, será recogido y/o neutralizado. Las fotografías de sus centros de tratamiento hacen testimonio.

Pero eso no impide, sino que, por el contrario, parece que sirve de tapadera para que haya partes nada despreciables de esas sustancias que se escapen al control y que, incluso, esporádicamente, por algún fallo, se viertan a la atmósfera, al cauce público o al terreno; o se oculten a los ojos vigilantes.

No vamos a ser dramáticos, pero concentrar la contaminación tiene un peligro especial. Una depuradora de residuales de una ciudad centraliza en un punto, el de su ubicación, las aguas fecales y las contaminadas de, ¿cuántos?- doscientos mil, quinientos mil habitantes equivalentes. Los sistemas de alcantarillado garantizan que cualquier residuo lanzado a ellas acabará en la ETAR. Su eventual desarreglo producirá el que se vierta en el punto de salida una cantidad ingente, concentrada, de contaminantes.

Una incineradora de productos sanitarios llevará a un área concreta, la posibilidad de que, en un instante dado, miles de partículas de alto poder contaminante se difundan a la atmósfera.

Se pueden poner cientos de ejemplos de instalaciones de riesgo: plantas industriales, polígonos tecnológicos, balsas de decantación, etc., etc. En ellas, las medidas de control deben ser especialmente estrictas, y los procedimientos de almacenaje o tratamiento alternativo, en caso de fallo de la vía principal, detallados y rígidos.

Hay que poner el énfasis en dos direcciones principales:

a) la reducción de la contaminación en origen es la primera obligación del que contamina, la más sostenible, la más barata; todos somos contaminantes, y la sostenibilidad supone no contaminar, esencialmente.

y, b) en segundo lugar, tener en cuenta que el traslado de los productos contaminados fuera del lugar donde se producen, implica, no solo tener las instalaciones adecuadas, sino mantenerlas con garantía de su uso permanente y estar seguros de que podrán detectarse sus fallos, y arbitrarse de forma automática, las medidas alternativas eficaces para los casos en que éstos sucedan.

Otra cosas, serán cuentos chinos. Mejor o peor contados, pero cuentos chinos. Siempre será necesario mirar debajo de las alfombras y observar el comportamiento cuando se apagan las luces.

Sobre la profundidad de la crisis económica

Vamos a ver si nos entendemos. La economía es un poco...como un toro, ¿no?

Suponiendo, sin embargo, que esta comparación de urgencia no le satisfaga del todo, damos algunas aclaraciones complementarias.

Los elementos para detectar la profundidad de una crisis son de dos tipos: tangibles e intangibles; reales e imaginarios, o inventados.

La mayor parte de los comentaristas políticos y de los diarios económicos ponen el énfasis en los indicadores inventados. Los inventados son, en particular, el índice bursátil, la caída del PIB, la inflación y otros de ese tenor, que se consiguen multiplicando o dividiendo -generalmente dividiendo- cantidades o números que no tienen nada que ver entre sí, ni, por supuesto, con la economía real. Economía real es la que todo el mundo entiende, incluso los que no tienen ni zorra idea de economía.

Los indicadores claves para analizar la profundidad de una crisis son éstos: el número de parados y su distribución por sectores; el coste del dinero cuando usted se lo pide a un Banco o a una Caja y solo tiene para responder del mismo lo que va a comprar con él; el salario que usted percibe por su trabajo, cuando lo tiene, y lo que le queda a final de mes, si le queda algo; la cantidad de casas y chalets de lujo que hay en su ciudad; el número de automóviles de gran cilindrada que se cruzan ante usted en el paso peatones; el índice de abarrotamiento de gente en el vagón de metro de su línea habitual, un día de semana laboral a las once respecto a un festivo a las once; y, por supuesto, el número de personas conocidas que están actualmente sin empleo.

De este análisis, que cada uno puede repetir, se deduce que la profundidad de esta crisis no es tan grande como dicen los de la economía imaginaria, -la gente tiene miedo por lo que va a venir más que por lo que le está pasando-, pero aún no ha encontrado su punto más bajo.

Como un toro, ¿no?. Ha salido de toriles, potente, y la cuadrilla le ha dado un par de pases, sin conseguir fijar al bicho. Ahora se está en la suerte de varas, y el picador anda arrimado al burladero. El toro ha recibido un primer picotazo, pero ha salido suelto,  y los subalternos tratan de volver a poner el bicho en suertes para que reciba un verdadero puyazo en lo alto.

Este desgaste es fundamental para que el maestro pueda hacer faena. Por eso, el diestro se toma un vasito de agua arrimado al madero, a buchitos, mirando la mole del morlaco, meditando. Mientras, el público jalea y pide sangre.

Sobre las oscuras razones y la forma de descubrirlas

Hay cargos que nadie desea. Uno de los abominados clásicos es el de presidente de la Comunidad de Vecinos (o sea, de Propietarios). Las razones son bien conocidas: trae problemas a quien lo ostenta casi diarios, trabajos extra a cualquier hora y sobre las más variadas peticiones; posibilidades innumerables de no contentar a todos y a veces a ninguno; riesgos de conseguir, incluso involuntariamente, que ciertos propietarios no vuelvan a dirigirte la palabra por motivos tan nimios como la hora de recogida de la basura o el cierre del portal; y, además, no tiene remuneración alguna.

Cuando se plantea la renovación del cargo de Presidente de la Comunidad de Propietarios, que tiene carácter anual, normalmente, salvo que esté establecido otra fórmula o un turno de rotación en los Estatutos, nadie quiere presentarse. En muchos de esos casos, ante la falta de candidatos, quien ha sido Presidente hasta entonces, acepta, resignado, seguir en el cargo un año más. Así, una y otra vez, sin que por ello esté exento de críticas ni quienes le han negado el saludo vuelvan al redil.

Hay, desde luego, otros muchos cargos que nadie debiera desear, porque implican trabajo y poco o ningún beneficio, pero que despiertan en algunas personas un ánimo de perpetuación muy sospechoso. Por ejemplo, el de decano de un colegio profesional.

Incluso, aunque estén remunerados, lo están tan por debajo del mercado que implican una entrega y capacidad de sacrificio desmesuradas y que hay que explicar bien. Por ejemplo, el de presidente de Gobierno o el de portavoz de un partido, o el de consejero de una autonomía. Por ejemplo, el de jefe de departamento universitario; por ejemplo...

En cualquiera de estos variopintos casos, hay que agradecer que haya candidatos al sacrificio. Pero hay también que mantener un ojo avizor para detectar aquellos supuestos en los que el candidato a la renovación pretende seguir, teniendo competencia, o sea, candidatos alternativos, argumentando que nadie como él puede seguir la labor iniciada.

En estos casos, habrá que sospechar la existencia de oscuras razones.

Porque las razones claras son éstas: a) nadie puede pretender hacerlo mejor que otro, solo por el hecho de disponer de información privilegiada o de estar ya en el puesto que se pretende cubrir por nuevas votaciones; b) si el puesto tiene una remuneración nula o muy escasa en relación con el trabajo que se debe o pretende desarrollar, hay que concluir -porque nadie actúa como santo de peana así como así- que el candidato a perpetuarse tiene cogido el truco de cómo alimentar la faltriquera con prebendas directas, e indirectas.

Así que, amgos, ojo al parche. Mejor dicho, no nos pongamos el parche en el ojo para no ver la realidad.

 

Sobre el chiste y su relación con el inconsciente colectivo

Los dos chistes que van a continuación son, desde luego, tan antiguos como El Pupas. No causarán gracia, en general, si los cuenta cualquier ciudadano normal. Mucho menos si el auditorio está formado por desconocidos.

Sin embargo, cualquiera de ellos puede hacer desternillarse de risa a un grupo selecto formado por el jefe-contador de chistes y sus subordinados directos. Si el lector tiene ocasión de comprobar este aserto, habrá reunido una prueba más de que Sigmund Freud se equivocó al relaciones el chiste con el subconsciente individual, porque su verdadera relación lo liga al subconsciente colectivo.

No importa tanto el contenido del chiste en sí, sino la predisposición del auditorio a reirse con él o a aplaudirlo, porque la risa, a diferencia del llanto, se genera por contagio, no por sensación individual.

Sirvan como elemento de prueba, los dos ejemplos. Ensáyese con su familia, con sus amigos y, finalmente, con sus subordinados. Anote las reacciones individuales. Después, cuéntele los chistes a su jefe o a alguien que tenga autoridad sobre Vd. y otros. Al cabo de poco tiempo, aistirá al magnífico espectáculo de ver cómo su jefe cuenta el mismo chascarrillo, quizá, a los mismos a quienes ustéd se los ha contado. Disfrute comparando las reacciones.

1. Dos malos estudiantes hablan de los exámenes. "¿Qué tal te ha ido en Historia?" pregunta al otro uno de ellos. "Magnífico -le responde-. Sobresaliente". "¿Cómo sobresaliente? ¡Si no tenías ni idea!". "Pues, chico, así fue. Empleé el método del concretando y resultó". "¿Qué es eso del concretando?"."Mira. Me preguntaron sobre los etruscos, sobre los que, por supuesto no tengo ni idea. Pero le dije al tribunal: Concretando, ¿se refieren Vds. a los etruscos de la primera época o de la segunda?. Me contestaron que de la primera. Así que les volví a preguntar: ¿Se refieren Vds. a las actuaciones de los etruscos en la primera época referentes al mercado interior o a las realizadas en el exterior?. Me contestaron que en el mercado interior, pero cuando los pedí que concretaran si me debería circunscribir al mercado interior de las grandes urbes o de las pequeñas, ya me dejaron marchar, dándome sobresaliente."

"¡Ah", dijo el otro, que creía haber entendido el método y le había parecido estupendo.

El examen que le correspondía era de religión. El tribunal le preguntó: "Háblenos Vd. de Dios Padre". Sin dudar, el alumno, comenzó lo que creía el camino hacia su sobresaliente: "Perfecto. Concretando, ¿el padre de quién?".

2. Unos expedicionarios se habían adentrado en una zona peligrosa, poblada, al parecer, por indígenas incivilizados que confeccionaban canoas con las pieles de sus víctimas. A pesar de sus precauciones fueron descubiertos, y cuando huían a todo correr, perseguidos ya de cerca por los aborígenes, uno de ellos se detuvo de pronto y empezó a acuchillarse el pecho. "¿Pero qué haces?" -le preguntó un colega. "Ya que nos van a coger, por lo menos, les estoy fastidiando la canoa".

Sobre el turismo sostenible

La Novena edición del Conama (Congreso Nacional de Medio Ambiente) celebrado en Madrid esta semana, nos ha dado pié a recoger varios documentos y folletos.

Aunque la sostenibilidad anima a la virtualidad -juego de palabras para entendidos- el caso es que no conseguimos los seres humanos acostumbrarnos a manejar lo etéreo. Preferimos lo tangible, lo carnal a lo espiritual. La mayor parte de lo ofrecido en los estands de los patrocinadores eran memorias voluminosas, folletos de exhibición de sus logros en la sostenibilidad ambiental, protegidas con bolsas de papel o de plástico. acompañadas en su caso por cds incrustados en las solapas.

La pugna de lo intangible por salir a flote en un mundo real vale en todos los órdenes. Algunos de los foros convocados, en donde se repartían bolígrafos y libros de propaganda -sea el caso de FCC como ejemplo válido- contaban con gran asistencia, en tanto que otros, como el del trigésimo aniversario del CIDES (misteriosa institución, al parecer, para la mayoría), que lleva todo este tiempo tratando de aglutinar las actuaciones conjuntas de los ingenieros españoles desde el IIE (unas siglas igualmente misteriosas, seguramente), apenas si contaron con afluencia de públio.

Lo dicho sirve también para el turismo. Aunque el turismo sostenible verdadero tenga que ver con la virtualidad, es decir, con internet y las telecomunicaciones. Y bastante menos, con la visita a los lugares llamados turísticos, convertidos en destinos para privilegiados y que, llámese como se llame, y potencie lo que potencie, no es más que una forma organizada de agredir los espacios naturales.

El Manuel de turismo sosenible, Araucaria XXI, fundamentos y buenas prácticas, editado por el Ministerio de Medio Ambiente, da algunas pistas, no tanto sobre las buenas prácticas (que también) sino sobre lo difícil que es hacer turismo, es decir, incorporar conocimiento de los otros, sin quemar queroseno, contaminar espacios protegidos, fotografiar lo indecible para enorgullecerse de haber estado allí y, en fin, recorrer a uña de caballo turístico lo que la naturaleza y el hombre sencillo han conseguido, siempre a duras penas, hacer llegar hasta nosotros.

¿Para cuándo una feria virtual del Medio Ambiente? ¿Podrá ser el X Conama solamente virtual, para la mayor gloria del planeta y de los verdaderos ecologistas?

Sobre los errores básicos de la actual Constitución Española y sus consecuencias apreciables

La Constitución de 1978 celebra su trigésimo cumpleaños, que es un momento magnífico para hacer recapitulación y, con la experiencia aquirida, aplicarse a su renovación.

No queremos ser exhaustivos, ni aplicar pretensiones de aprendices a constitucionalistas o falsos padres de una Patria en la que, además, nadie puede reclamar tener paternidad legítima alguna, pero con todo el respeto a instituciones y situación, cuatro son los grandes errores que la experiencia de la actual democracia española ha detectado, en nuestra obvia visión subjetiva:

1. Errores en cuanto a la declaración de que la forma de Estado es una monarquía, y, sin embargo, dejar a la institución prácticamente vacía de contenidos y dotarla de elementos contrarios a lo que la propia Constitución preconiza como esenciales.

La única forma de Estado plenamente democrática es la República; las demás, son aproximaciones oportunistas.

La labor de SM D. Juan Carlos I ha sido, según coinciden los representantes de las fuerzas políticas más relevantes, sustancial en la defensa del orden institucional. Su actuación en política exterior, único reducto en el que tiene alguna opción fuera de la de ser manifestación viviente de lo anacrónico, queda oficialmente limitada al área Latinoamericana; se puede añadir, para dotarla de mayor contenido folclórico, su afición a cazar osos en Rusia o su permisividad para aguantar la impertinencia falso-familiar de Mohamed VI (y antes de Hassan II) de Marruecos.

Las cualidades personales de D. Juan Carlos han sido resaltadas por gentes que lo conocen y que no tenían porqué hacerle la pelota. Es frecuentemente ponderada e incluso venerada por gentes de muchos pueblos en desarrollo en donde todavía se cree que el poder proviene de la divinidad (caso, por ejemplo, de Venezuela).

Pero el Capítulo II resulta lleno de arcaísmos constitucionales improcedentes en un estado moderno y democrático; y, para más inri, contiene una flagrante marginación de la mujer, injustificable desde la igualdad que ensalza la propia Constitución, el sentido común, y el reconocimiento de la marginación injusta de la mujer por la historia del machismo dominante.

2- Errores en cuanto a la concesión al desmembramiento del estado central, con concesiones excesivas y lábiles a las autonomías regionales.

Esta debilidad de la Constitución vigente, ya insalvable, se complementa negativamente con una falta de funcionamiento de órganos federalistas que den algún sentido unitario a los desgarros del Estado que aquella ha propiciado.

La cesión libérrima de poder a las autonomías y otros poderes locales, con o sin presupuestos adecuados, han destruído gravemente los conceptos de solidaridad, debilitando al gobierno de todos, y favoreciendo la aparición de dañinos partidos regionalistas que, en la pretensión de defender intereses locales, y han apoyado caciquismos empresariales y poderes fácticos (viejos y nuevos).

Todos estos desmanes poli´toilógicos han destruído riqueza, provocado duplicidades despilfarradoras de recursos, aparición de idiomismos regionales vinculados a erróneos conceptos de cultura y, en fin, han generado un federalismo desde la unidad, justo lo contrario de lo que ha provocado la fortaleza de los verdaderos estados federalistas, construídos en sentido inverso al español.

3. Errores en cuanto al protagonismo prácticamente exclusivo dado a los partidos políticos en la conformación de la opinión colectiva.

Los partidos se han convertido en falsos -por espúrios e interesados- medios de acceso al poder, favoreciendo caciquismos, amiguismos, regalías y, en última y penosa instancia, provocando el que, en no pocos casos, lleguen a los altos destinos administrativos y a las carteras ministeriales, no los más capaces, sino los más serviciales.

4. Errrores en cuanto a la aplicación de los llamados principios fundamentales.

Se dice que son los valores más claros de nuestra Constitución, Pero algunos son demasiado imprecisos y difusos, y ello ha traído como consecuencia una limitación de contenidos a base de decisiones judiciales, incluído en ello el tribunal constitucional, forzadamente partidista del gobierno de turno, y que ha arrastrado un sistema judicial convertido en un poder fáctico, pero en casos apreciables, vicioso de orientación.

En particular, la aplicación del principio de igualdad ante la ley y de la igualdad formal ha causado una desorientación respecto a lo que significa ser iguales, pues se ha aplicado a conjuntos disímiles: la libertad de cátedra ha significado, por ejemplo, no la libertad ideológica, sino la libertad de contenidos; el respeto al educando ha derivado en una falta de autoridad de los docentes; la igualdad de géneros ha sido interpretada, -en el derecho penal!- como igualdad en el seno familiar entre los hijos y los padres; la igualdad de los hijos ante la ley, independientemente de su filiación, ha arrastrado vulneraciones flagrantes del principio de seguridad jurídica; etc.

Es hora, pues, de una reflexión. Las prioridades no las fija el Gobierno, sino el pueblo.