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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre la obra social de las Cajas de Ahorros

Si las Cajas de Ahorros han de funcionar como cualquier otra entidad financiera, razona José Manuel Pérez, Peridis, en una interesante reflexión (EP 1 de agosto 2010) sobre las consecuencias del ajuste de estos "entes atípicos", se va a ir al traste la obra social que vienen realizando desde su creación.

Peridis es arquitecto y humorista y, como firma el artículo refrendándolo con ambas identidades profesionales, no sabría el lector si atribuirlo, en un primer impulso, a la primera o a la segunda de sus brillantes ejecutorias.

Pero corresponde, claramente, a la faceta de fino humorista. Así hay que entenderlo cuando escribe: "Las Cajas ... dedicabann hasta ahora, por término medio, un 25% de los beneficios a la obra social (...) Total, en dólares, al cambio actual, 3.000 millones. Lo mismo que la Fundación de Bill y Melinda Gates".

Queda así perfilada, para Peridis, la preocupación "porque si todo ese proceso de saneamiento lleva a la desaparición de esa gigantesca obra filantrópica, ¿quién asumiría sus funciones?"

No debemos preocuparnos, en realidad. Se pueden realizar análisis diferenciados entre las Cajas españolas, desde luego. Sus resultados económicos siempre nos darán una pista, pero no tanto de su eficiencia gestora -no seamos rídículos, a estas alturas de la película- sino de los tipos de ayudas que se han creído obligadas a conceder para sostener determinados sectores de sus economías regionales, a específicas empresas y, por supuesto, a concretos particulares.

Quienes nos atrevemos a mirar las cifras de Balances y Cuentas de Resultados más allá de la apariencia que dan los números del dinero, podemos sacar conclusiones acerca de algunos entresijos de esa "labor social de las Cajas" y los caminos por donde han discurrido.

Por supuesto, con el dinero de todos... los cuentacorrientistas, de los depositarios atraídos por la idea ingenua de "lo nuestro", a los que se ha remunerado, más que con réditos a sus ahorros, con palmadas en la espalda, regalitos por Navidad y buenas palabras en su dialecto local.

Y si alguien quiere saber lo que debe hacer una Caja de Ahorros para sobrevivir en el mundo financiero, puede echarse una mirada por la historia de la Sparkasse que, traducido a nuestro idioma, quiere decir, exactamente, Caja de Ahorros.

Pero esa es otra historia.

Sobre parálisis, inversiones e infraestructuras

La paralización "de momento" de varias obras en infraestructuras que tenía, no ya programadas, sino en ejecución, el gobierno español, invita a hacer varios análisis.

El más inmediato, desde luego, sería cuantificar  sobre la reducción de actividad que esto supone, en el sector de la construcción, que es un sector bastante intensivo en mano de obra y con aceptable capacidad de arrastre.

La "patronal de la construcción" (Seopan) ha evaluado en más de 100.000 empleos las consecuencias negativas del cambio de planes de Fomento.

No sabemos cómo se han calculado estas cifras, aunque en otras ocasiones nos hemos referido a una de las fórmulas de Progrullo, para traducción aproximada de las reducciones en pib sobre el sensible factor que es el empleo: cada 1% de pib en España se relaciona con 200.000 empleos (puesto que tenemos una población activa de 20 millones de personas)

Más útil a los efectos de análisis laboral es poner de manifiesto que cada dos puestos de trabajo en infraestructuras está asociado a uno en las empresas directamente relacionadas y que la inversión de un millón de euros en ellas supone 300.000 euros de movilización derivada.

Si estas cifras son válidas, no parece que la inversión en infraestructuras sea, desde la perspectiva de la movilización directa, un sector estratégico para la dinamización.

Quedarse en este análisis será un error mayúsculo. Porque las inversiones en infraestructuras no deben juzgarse por los efectos a corto plazo, sino a largo, y no por sus repercusiones directas sobre inversión y empleo, sino como apoyo esencial para generar la base de crecimiento y desarrollo para el resto de los sectores y para todos los agentes económicos.

Por eso, lo que nos interesa en este Comentario es resaltar las consecuencias respecto a la credibilidad de un Gobierno para definir una estrategia de desarrollo coherente, convencer a partidarios y sobre todo, a detractores, de su viabilidad, y mantenerla. Pese a quien pese y cueste lo que cueste.

Si los planes estaban bien hechos, y pensando no en el corto plazo, sino en la mejora de la posición respecto al futuro, destinando de la manera más eficiente los recursos a potenciar la capacidad para competir, la supresión de inversiones en infraestructuras equivale a quemar los palos trinquete y mesana de la nave en la que viajamos.

Y, por tanto, solo cabría esperar, que la solución, si existe, provenga de los buques de salvamento.

Por fortuna, en este caso, entendemos que lo que se confirmaría es que los planes estaban hechos, en gran medida, asentados en la cultura del despilfarro, de la improvisión, con la filosofía de "nuevo rico". Si esto es así, lo que deseamos creer con firmeza, solo tendrían que indicarnos, los planificadores de bombín y pacotilla, que se han equivocado, e ir haciendo sitio para otros más capaces.

Sobre la gradación de los delitos y las penas

"Tiene delito" se suele decir, en plan coloquial, de alguien que está realizando una actuación que nos disgusta. Puede ser porque haya dejado a su padre enfermo en un asilo, se nos haya adelantado para pedir las vacaciones del verano, o se haya quedado con el trozo mayor del pastel de cumpleaños.

Evidentemente, aunque alguna de las situaciones que podemos imaginar -de ese tenor- merezcan algún reproche moral, lo más problable es que no sean delito, esto es, tengan la tipificación jurídica recogida en el correspondiente Código penal.

Los estudiosos del Derecho Penal comparado tienen garantizado una tarea permanente, porque cada país tiene sus reglas y, su concepto de gradación de los delitos y, consecuentemente, variables son las penas que se aplicarían a los convictos, después de un juicio "justo" -en casos dramáticos, incluso a los simples sospechosos, por linchamiento popular-.

Algo parece muy seguro, a la vista del comportamiento de las gentes: el delito es mucho más grave si se sufre, como víctima, en las propias carnes.

Basta escuchar a los afectados, en caliente, sobre lo que les gustaría hacer con el sujeto delincuente, independiente de su posición de anónimo o conocido, y ya sea sospechoso, presunto, encausado o convicto. No solo a los afectados, sino incluso a los que pasaban por allí.

La imaginación de los improvisados jueces suele concretarse en que "había que matarlos a todos", o "debería hacerse con él lo que ha hecho con la chica", o "es necesario darles un buen escarmiento", y sugerencias de ese tenor.

No parece, pues, que la regeneración del delincuente sea preocupación popular, superada por el deseo de venganza, o de satifacción "espiritual" del daño con pruducción de daño equivalente (o mayor) al que lo produjo. La Ley del Talion tiene, por supuesto, arraigo profundo en la naturaleza humana.

Pero no vayamos a casos extremos para justificar la reflexión, que es elemental y bien conocida de los juristas especializados: los delitos y las penas tienen una gradación que es coyuntural en las sociedades. Hay momentos en los que preocupan más los delitos económicos, en otros, los sexuales.

En las penas, aunque reconociéndose a algunos delitos el máximo nivel de gravedad, otros han ascendido a idéntica posición como invitados ocasionales.

¿Es lo mismo matar a un semejante que cometer adulterio?. ¿Resulta equiparable apropiarse de un sujetador en un supermercado que conseguir un dinero equivalente amenazando de muerte a un anciano en la calle? ¿Merece el mismo reproche penal el empresario que entrega un sobre con dinero a un funcionario para conseguir medio punto más en un concurso, y con ello garantizará el mantenimiento de su empresa, que quien lo recibe para su propio disfrute?.... 

Sobre creencias, ideologías y tendencias

Los escépticos perderán siempre las batallas. No importa el campo en el que se ventilen sus fuerzas. Porque para vencer en algo, hay que estar convencido de lo que se defiende y tener claro el objetivo de lo que se pretende.

No estamos definiendo un panorama idílico ni nos agarrota un ataque de ingenuidad exasperante. No. Por el contrario, estamos advirtiendo que el poder se está desplazando, y rápidamente, hacia el lado de los que tienen creencias, ideologías y, especialmente, fanatismos.

Podría pensarse que esa deriva no es, en si misma, mala. Tener devociones y, por tanto, creencias, dignifica al ser humano, confirma su naturaleza racional.

Sin embargo, si repasamos la Historia, nuestro colectivo no ha avanzado hacia la selección de las creencias, recogiendo de las enseñanzas de la práctica, las que resultaron más eficaces, sino que se ha ido decantando por las más perversas.

En el terreno de la ética, no estamos mejor que hace dos mil años. No estamos, desde luego, arrojando cristianos a los leones, pero sí que es posible constituir un espectáculo, aún más soez, dilapidando adúlteros.

Si de religiones se prefiere hablar, el siempre respetable avance del escepticismo, ha corrido paralelo con el progreso de las creencias en divinidades estrambóticas, que manipulan el estúpido deseo masculino de la superioridad del hombre sobre la mujer, la reconquista de espacios sagrados o la conservación de hábitos, costumbres y dietas que no superan la primera criba de la racionalidad.

Pero no hablemos de religión. Pensemos en espacios políticos "irrenunciables", en las (mal) llamadas culturas propias, en los nacionalismos orgullosos de sus esencias y cualquier aberrante consideración de que algunos son superiores a otros, por haber nacido en una esquina del mundo.

Incluso, hay que estar atentos a detectar los que se creen diferentes, no por sus propias capacidades y méritos, sino por pertenecer a una etnia, a un grupo, a una secta o montón de individuos a los que aglutina una devoción que les confirme como élite.

Porque, aunque seamos cada vez menos, aún subsistimos quienes estamos convencidos -de eso sí, y no nos moverán- que el desarrollo del ser humano está en conseguir que, algún día, no se necesiten leyes ni castigos, ni órdenes, ni amenazas, para satisfacer un objetivo de máximo alcance: que todos los seres humanos merecemos el mismo respeto, disfrutar de la misma libertad, y no para hacer lo que nos apetezca o nos de la gana, sino para mejorar en conjunto.

Sin discriminaciones. Sin otras diferencias que no sean para ayudar a los más débiles, a los que hayan nacido más desfavorecidos, a mejorar, a disfrutar de lo que no pertenece a nadie en particular, sino que sirve para aumentar el acervo común de todos.

Es un objetivo utópico, lo sabemos. Pero no nos dejaremos avasallar por los que creen que legislando sobre los espacios de libertad, restringiendo el uso de lo que es de todos para aumentar su propio beneficio, intentan convencernos de que avanzan hacia algún sitio.

O vamos todos juntos, o no vamos. Tiempo, al tiempo.

Sobre los derechos de los animales y la abolición de las corridas de toros

A partir del 1 de enero de 2012, los habitantes de Cataluña que quieran ver corridas de toros, por las que se mantiene gran afición popular, tendrán que verlas por las cadenas de televisión no catalanas o acercarse a las demás regiones españolas o al país vecino.

En una votación de las llamadas "históricas" -el discurrir de nuestra pequeña aldea se ha poblado de votaciones históricas- el parlamento catalán, por un estrecho margen, ha representado su distancia intelectual y moral con el resto de España, aboliendo las corridas de toros. Fue el miércoles, 28 de julio de 2010, un poco antes del mediodía.

Lo que se votó, en realidad, fue la supresión del parágrafo 2.a. del art. 6 de la Ley de la Comunidad Autónoma de Protección de animales 22/2003, que implicaba la excepción para realizar las corridas de toros en las plazas de Cataluña -en realidad, solo subsistía La Monumental de Barcelona-, y cuyo tenor completo era el siguiente:

art. 6. Prohibición de peleas de animales y demás actividades

1. Se prohíbe el uso de animales en peleas y espectáculos u otras actividades, si pueden ocasionarles sufrimiento o pueden ser objeto de burlas o tratamientos antinaturales, o bien si pueden herir la sensibilidad de las personas que los contemplan, tales como los siguientes:

a) Peleas de perros.

b) Peleas de gallos.

c) Matanzas públicas de animales.

d) Atracciones feriales de caballitos donde se utilizan animales.

e) Tiro de pichón y demás prácticas asimilables.

2. Quedan excluidas de estas prohibiciones:

a) La fiesta de los toros en las localidades donde, a la fecha de entrada en vigor de la Ley 3/1988, de 4 de marzo, de protección de los animales, hubieran plazas construidas para su celebración, a las que debe prohibirse el acceso a las personas menores de catorce años.

b) Las fiestas con novillos sin muerte del animal ("correbous") en las fechas y localidades donde tradicionalmente se celebran. En estos casos, está prohibido inferir daños a los animales.

3. Se prohíbe matar, maltratar, causar daños o estrés a los animales utilizados en producciones cinematográficas, televisivas, artísticas o publicitarias, de modo que el derecho a la producción y la creación artística, cuando se desarrolle dentro de un espectáculo, queda sujeto a normas de policía de espectáculos, tales como la previa autorización administrativa. La difusión audiovisual de este tipo de producciones queda restringida a horarios en que no puedan ser observados por menores y herirles en su sensibilidad.

(fin de la transcripción).

La propuesta de modificación ha sido trasladada al parlamento catalán por Las diputadas Pilar Rahola y Espido Freire, y ha contado con el apoyo de 180.000 firmas recogidas en la calle.

Los defensores de que los toros de lidia no mueran en la plaza, sino que se extingan en los mataderos municipales, están de enhorabuena. Pero es absolutamente imprescindible realizar un análisis político de lo que significa esta abolición, y traer a la ponderación todas las variables principales.

 

Sobre las iguanas

Pocas veces como en estos tiempos la Humanidad parece estar necesitada del auxilio del Guardián del centeno.

El guardián del centeno (The Catcher in the Rye, de J. D. Salinger) es la metáfora más afortunada de Holden Caufield, el adolescente protagonista:

"... me imagino a muchos niños pequeños jugando en un gran campo de centeno y todo. Miles de niños y nadie allí para cuidarlos, nadie grande, eso es, excepto yo. Y yo estoy al borde de un profundo precipicio. Mi misión es agarrar a todo niño que vaya a caer en el precipicio. Quiero decir, si algún niño echa a correr y no mira por dónde va, tengo que hacerme presente y agarrarlo. Eso es lo que haría todo el día. Sería el encargado de agarrar a los niños en el centeno. "

Ya, ya sabemos que la traducción es equivocada y que nadie está guardando el centeno, sino que lo que Salinger pretende es presentar la imagen amable del atormentado Caufield, preocupándose, como haría un Catcher en el juego de béisbol, de que la pelota no caiga al terreno de juego, dándole el punto al contrario.

También sabemos que por estas latitudes el centeno ha sido sustituído por el trigo, por el girasol, la lenteja o, simplemente, se prefiere sembrar y dejar los terrenos sin atender, en baldío, cobrando, eso sí, las subvenciones.

Sea como fuere, el campo de centeno, o de trigo, es inmenso, pero nos hemos acercado al precipicio para jugar, para retozar.

No sabríamos ni siquiera explicar el atractivo que significa, habiendo tanto campo libre del que disfrutar, esa cortada a pico. Ni siquiera podríamos justificarlo por nuestro hipotético amor al riesgo. Nos gusta la tranquilidad, volver a casa a tomarnos el bocadillo, dormir arropados por mamá, soñar con los angelitos.

Si, extremando el cuidado, nos asomamos al borde -con precaución de que nadie nos empuje, en los alocados movimientos de algunos compañeros de juego- nos parecerá ver que abajo hay un terreno igualmente inmenso. Pero vacío, desoladoramente vacío.

Fijando nuestra atención, podemos creer que algo semejante a una iguana, -¿o es un dragón?-, estático como una estatua, junto a un árbol seco, nos espera.

No hay nadie más, no se sabe nada de los que, antes, hayan podido caer en el terreno de la iguana.

Sobre las dehesas

Sobre las dehesas

La Junta de Andalucía ha publicado (14 de julio 2010) una Ley ("Ley de la Dehesa") para "favorecer la conservación de las dehesas" en la Comunidad Autónoma.

Como en todo documento legislativo, la Exposición de motivos está llena de contribuyendos, preservares, promoveres, revalorizares, desarrollares y, de entre los nuevos deseos, el de los inevitables desarrollos sostenibles.

No se trata de establecer, sin embargo, como se deduce de la lectura del documento, nuevos elementos surgidos de la gestión moderna, sino, simplemente, de "garantizar el cumplimiento de los principios que han inspirado durante generaciones la gestión de las dehesas: integralidad, racionalidad, sostenibilidad y multifuncionalidad".

La Ley de la Dehesa responde bien al tipo de reglamentación que nos despierta la inquietud, al advertirnos, de pronto, de que las cosas no iban como imaginábamos. ¿Está en peligro la dehesa? ¿Se muere?.

Como sucede con tantos otros bienes, ecológicos, culturales, paisajísticos o históricos, si están en peligro de extinción, se puede dar por seguro que se extinguirán. A pesar de las ayudas púbicas, de los esfuerzos administrativos.

Aunque no recogemos literalmente las definiciones, en esencia, La Ley se refiere a la formación adehesada, como "una superficie forestal ocupada por un estrato arbolado compuesto principalmente por encinas, alcornoques, quejigos o acebuches, que permita el desarrollo de pasto para aprovechamiento de ganado", y a la "dehesa como una formación adehesada en explotación, para aprovechar sus pastos, frutos y ramones". El frío lenguaje administrativo no consigue tranquilizarnos respecto a la sospecha insoportable de que la dehesa se está acabando. 

Tenemos ya en España, otra Ley de la Dehesa, madre putativa de ésta: La Ley 1/1982, sobre la Dehesa en Extremadura. En ella, el concepto de dehesa se vincula solo a la superficie de la explotación, sin referirse a métodos de gestión o a la presencia de arbolado. Para el legislador extremeño, dehesa es "cualquier finca rústica de más de 100 ha. susceptible de aprovechamiento ganadero en régimen extensivo."

En la región extremeña subsisten 1,4 millones de hectáreas de dehesa, aproximadamente la tercera parte de su superficie vegetal. Un 1% están afectadas por "la seca", una enfermedad fúngica que seca los alcornoques y las encinas, y que demandó este año, 13 millones de euros de subvenciones adicionales.

Definiciones, definiciones. La más acertada, nos parece, en las actuales circunstancias, la que Martín Galindo proponía en 1966. La dehesa “es una creación humana sobre un suelo pobre y frente a un clima hostil. En ella se trata de armonizar en difícil equilibrio, el aprovechamiento agrícola, ganadero y forestal de un espacio dotado de condiciones físicas poco flexibles”.

Son esas dificultades naturales las que han provocado la singularidad de la dehesa y la concentración de sus posibilidades de explotación, que la carestía y escasez de mano de obra, la reducción del tipo de ganado al vacuno casi exclusivamente, las dificultades de empleo rentable del corcho, etc., han agudizado en las últimas décadas.

No te mueras, dehesa.

 

Sobre las subvenciones al carbón y el arte de la pesca

Hay en España, en la actualidad, 6.841 trabajadores afiliados a la minería del carbón. 3.832, en Asturias. Se extraen 9,5 mill. de t al año de antracita y hulla; algo menos del 30%, en el Principado. Unas 70.000 t al año, por cada "minero" astur.

El anuncio de la UE de que las ayudas al carbón deberán justificarse estrictamente con un plan de cierre de las minas no rentables, y que, en octubre de 2014, deberán suprimirse éstas totalmente, ha provocado las lógicas reacciones de rechazo a la medida en las regiones mineras afectadas, que están ubicadas hoy en día solo en Alemania (cuenca del Ruhr), en España (Asturias y Castilla-León) y Rumania.

En consecuencia, las autoridades regionales de Asturias y Castilla-León han vuelto otra vez a tocar a rebato por lo que significará, dicen, el cierre total de las instalaciones, -no caben dudas de que su rentabilidad es imposible-, y un descalabro regional.

Como gritar no cuesta dinero, se denuncia -con mayor o menor intensidad según el signo politico- la tardanza del Gobierno en comunicar la noticia, y la falta de cumplimiento de los compromisos de mantener la minería.

Al mismo tiempo, se subrayan los perjuicios que la pérdida de esta actividad supondrá para ambas autonomías, convocando a todos los agentes sociales sociales a que defiendan el sostenimiento de la situación actual, que implica una prórroga de 12 años más -hasta el 2022-, en atención al carácter estratégico de la producción de carbón, y acogiéndose a la libertad para subvencionar hasta un 15% del mix de la energía primaria, tal como fue recogido en el Decreto de ayudas que el Gobierno presentó a Bruselas en 2009.

Aunque las cifras son conocidas, vamos a repetirlas aquí. No es la UE productora significativa de hulla , en el contexto mundial (147 millones de toneladas, 2,5 % del total). La subvención total al sector en la UE no llegó, por poco, a los 2.900 mill. de euros en 2008 (viene bajando drásticamente: la cifra significa menos del 50% respecto a 2003); de la que algo menos de 1.300 millones son subvenciones a la producción (19,72 euros por t).

Se estima en unas 100.000 personas el número de los que trabajan en la minería de la hulla (42%) e industrias afines (58%). En España, la parte del carbón en la producción de energía primaria es, más o menos, del 25 %, y la mitad proviene de la hulla astur-leonesa.

Hay una argumentación tan estúpida como interesada que circula por ahí y por la que se hace el cálculo de que "cada minero asturiano-leonés" nos cuesta al resto de los españoles del orden de 200 a 250.000 euros al año (calculando la cifra a partir de la subvención al carbón nacional para equiparar su precio al de importación, y dividiéndolo por el número de trabajadores en la mina) y que, por ello, sería mucho más rentable pagarles el sueldo en casa.

Es evidente que los mineros no ganan ese salario. Las subvenciones a la hulla tienen un destino mucho más amplio (pago a las empresas auxiliares, adquisición de nuevos equipos, mantenimiento de los existentes, insumos, compensación encubierta a los déficits de las tarifas eléctricas, beneficios económicos de capitales oportunistas, estructuras sindicales antañonas, coste socio-político de la eliminación de la minería, etc.) y la minería sostiene, como un Titán con pies de barro, una pirámide de intereses, algunos ocultos, muy ocultos.

Para analizar correctamente la cuestión de la subsistencia de la producción de carbón nacional, es necesario situar  perfectamente en su contexto todos los intereses en juego -beneficiosos y perjudiciales-, los términos económicos -y sus reales destinatarios- y las alternativas juiciosas -y no solamente las voluntaristas y las imaginativas-.

Por cierto, y separándose del furor ecologista hoy de moda, no solamente hay que considerar las alternativas energéticas reales para producción de energía "limpia".

Más especialmente, hay que estudiar las opciones de creación de empleo regional. Para los trabajadores directamente afectados -que ahora ya no son muchos-, y sobre todo, pensando en los efectos que se han causado por la reconversión en las comarcas mineras. Cierto que se han beneficiado de las prejubilaciones y de las pensiones, y se siguen beneficiando del poder adquisitivo de los salarios mineros en los empleos subsistentes, pero cualquier visitante advertirá las consecuencias de la pérdida de sustancia futura, por el lastre para la actividad regional que supone convertir en un plazo muy corto en clases pasivas a miles de trabajadores.

Se puede hacer la evaluación del problema argmentando que, prácticamente, el tema -desde la perspectiva laboral- está ya resuelto. Habrá que matizar que mal resuelto, pues Asturias ha perdido la mayoría de su peso minero y siderúrgico, sin que, dado el pequeño tamaño regional y lo limitado de los impulsos de generación de actividad propios, se hayan generado equivalentes de empleo y actividad económica.

Nadie crea, por tanto, que la cuestión está ahora en generar 3.831 puestos de trabajo en Asturias. No son los puestos de los mineros los que peligran; no son ellos quienes deben manifestarse. No solos.

Se han hecho muchos esfuerzos, se han iniciado múltiples caminos, vendido varias motos, ilusionado con espejismos, pero la realidad es terca. Asturias es demasiado perqueña para recuperarse de la pérdida de puestos de trabajo que han provocado las crisis siderúrgica, naval, hullera, y agropecuaria. Las ha tenido que sufrir todas, y en apenas 20 años, y ahí están las consecuencias: se vive relativamente bien, aún, pero no se hacen proyecciones de futuro, y si se hacen, no se divulgan, porque son extraordinariamente pesimistas.

En 1991, el profesor Gustavo Bueno (padre), invitado por el SOMA-UGT, pronunció un discurso, que era también una reflexión filosófica sobre Asturias, y cuyos elementos fundamentales siguen vigentes. No, en este caso, porque el ilustre pensador sea un visionario, sino porque no se puede cambiar una situación dramática desde dentro, contando con que la solución provenga de los mismos mimbres del cesto que se ha roto.

Decía Bueno : "Por ello, lo que necesitamos, lo que pedimos, lo que exigen los mineros asturianos y todos los asturianos en general, no es que se reduzca el empleo, ni la producción; ni siquiera que se mantenga en estado estacionario; sino que se aumente, que se aumente la producción absoluta (no sólo la productividad), y con ella el empleo.

"Y que se aumente el empleo, erigiendo nuevas industrias, industrias bien diversificadas, que puedan acoger a la masa creciente de jóvenes en paro, sin más futuro probable que la droga o la emigración. E incluso fomentando la agricultura, para que el minero vuelva a serlo, como en el principio, y no como un hombre enterrado de por vida bajo tierra, sino como un hombre que también puede cultivar, no sólo después de jubilado, sino en su propia vida laboral, una huerta y sentarse a la sombra de un manzano cuando le dé la gana."

A los mineros, a sus hijos, a todos los asturianos, les gusta pescar. Saben hacerlo muy  bien; han enseñado a muchos otros a pescar.

Pero, si no hay peces en el río, vuelven a casa con las manos vacías, por mucha técnica que se evidencie, manipulando con destreza las colas de rata y los aparejos de mosca, los esmerillones y cucharillas, las boyas y anzuelos, los merucos, saltones y maravallos.

Sobre orientaciones e identidades sexuales

Esto de los géneros, sexos, apetencias y debilidades, gracias a los descubrimientos continuos de aficionados, investigadores, estudiosos e imaginativos, se está poblando de tantas variedades que está resultando muy difícil, no ya entender de qué va la cosa, sino escribir o hablar de ella sin herir susceptibilidades.

Un tinerfeño -la ubicación geográfica del sujeto no añade al caso precisión de interés científico- preocupado por entenderse mejor a sí mismo, y después de haberse sometido a diversos tratamientos en su cuerpo de hombre, y sintiéndose ya mujer, descubre que le gustan las mujeres.

Acude, para encontrar alguna explicación a su problema, a un consultorio sexual acreditado, (EP, 23.07.2010), con una pregunta obvia, dados sus antecedentes: "¿Yo soy transexual y lesbiana?".

La respuesta del experto (o experta) aclara, no solamente las dudas del consultante, sino que sirve de modelo general para explicar, en realidad, todos los comportamientos y sentimientos relacionados con la sexualidad.

Una cosa es la identidad sexual, otra las características físicas, y una tercera, diferente, la orientación sexual, "que marca la dirección del deseo". Si las dos primeras no coinciden, se es transexual; si no coinciden las características físicas y la orientación sexual, tendremos caracterizados a homosexuales y lesbianas.

La respuesta, por tanto, al demandante de información sería: "Sí, es usted, un hombre transexual lesbiana".

Las posibilidades que abre esta sistematización a los interesados de descubrirse mejor a sí mismos, son bastante atractivas (en el supuesto de que tuvieran dudas de cómo catalogarse). No hemos podido ponernos de acuerdo en cuanto a la definición de todas las opciones, habida cuenta de que se pueden aceptar comportamientos bisexuales, lésbico-homosexuales y que, por supuesto, existen eunucos transexuales homosexuales y seguramente mujeres heterosexuales que se orienten sexualmente hacia los varones.

Esperamos no habernos liado. Pero los hombres y las mujeres heterosexuales orientadas sexualmente hacia los sujetos del sexo opuesto son los que nos parecen más necesitados de atención sicológica. Preguntaremos a Vampirella.

Sobre el matrimonio de conveniencia entre técnica y política

Las relaciones entre técnica y política son las propias de un matrimonio de conveniencia en la que quien lleva la voz cantante hacia el exterior es la segunda, pero quien realiza el trabajo de la casa es la primera.

Pocas veces ambas se presentan juntas en sociedad, y son discretas en hacer manifestaciones públicas la una de la otra, aunque cualquiera que las conozca un poco sabe que no pueden vivir separadas y que, si bien no se prodigan en relaciones íntimas, se entienden en la cama en donde se generan las condiciones de futuro.

Un catedrático de Filosofía, Daniel Innerarity, realiza un incursión (EP, el 23 de julio de 2010 pág. 27) sobre esta relación, para indicar,  desde la base argumental de que "además de las que han sido beneficiosas, estamos rodeados de técnicas que han fracasado", y que, gracias a estos fiascos, "la técnica ha reforzado el prestigio de la política", al convertirla en su reguladora, "frente a las inseguridades, peligros y accidentes que las modernas tecnologías plantean".

Como elemento para iniciar una discusión, el argumento (recogido aquí de forma resumida y, por tanto, imperfecta) es muy aceptable, pero los soportes desde los que trabaja el profesor Innerarity nos parecen muy poco consistentes.

Los métodos de trabajo de la política y la técnica son diferentes, aunque ambos tienen como propósito final el mejorar el bienestar de la sociedad. Para los primeros, el éxito consiste en ofrecer urgentemente realizaciones que sean vistosas, para rentabilizarlas en votos y apoyos populares; para los segundos, basta generalmente con mejorar algún aspecto que les aporte prestigio, y rentabilidad económica a sus empresas y equipos. 

Distintos son, por ello, los conocimientos requeridos, los métodos y los ritmos.La política gestiona -o debería gstionar- la mejor solución a los problemas colectivos con los mimbres disponibles, y la técnica le proporcionaría lo sustancial de aquellos elementos de actuación que mejoraría el bienestar de los que votan, pero manteniendo objetivos mucho más amplios. Así sucede desde que el hombre abandonó las cavernas.

La política, sin la técnica, perdería su razón de existir, porque no tendría opciones sobre las que elegir, habida cuenta que se elige siempre entre soluciones técnicas. La técnica, por el contrario, no necesita exactamente de la política para subsistir, aunque la aplicación práctica de sus hallazgos constituye uno de los mejores estímulos para perseguirlos, y dota a su trabajo de sentido frente a los demás seres humanos.

Se pueden inventar y crear aplicaciones técnicas brillantes sin contar con el apoyo político (y, desgraciadamente, España a veces parece seguir ese camino), aunque es muy aconsejable que se dispense a los técnicos -aquí, sinónimo de investigadores- la atención y cuidados necesarios, para que puedan trabajar cómodamente, orientando las prioridades que deben dar a sus estudios y ensayos, ya que el campo de lo que queda por descubrir es infinito.

Esta conveniencia de apoyar la técnica desde la política es mayor hoy, porque la técnica ha alcanzado muy altos niveles de dificultad y exigencia, y el trabajo individual resultaría poco productivo, o ineficaz; hacen falta sofisticados equipos y materiales, y realizar tareas multidisciplinares en todos los campos.

Acusar a la técnica de fracaso es una falacia interesada. Equivale a echar en cara del héroe que muere después de haber salvado a varias víctimas de haber provocado el accidente.

La técnica no tiene las soluciones en su chistera, echando mano de varitas mágicas. Las trata de encontrar, con esfuerzo, método y, sí, también, a veces (pocas) con algo de suerte. No crea los problemas y, cuando ofrece las soluciones, no siempre las entrega como certezas, sino con un margen de seguridad o incertidumbre, porque en la mayor parte de los casos no se pueden controlar todas las variables, solo las más importantes.

Por ello, sería muy aconsejable que, de vez en cuando, la política, es decir, los políticos, se bajaran de su pedestal de ilusionistas de la realidad tecnológica y se aclararan de una vez de que es ingenuo creer que "la técnica acude siempre"; lo intentará, desde luego; pero se le han de proporcionar medios, dineros, las capacidades intelectuales y, no en último lugar, algo que no se vende en ningún mercado: tiempo.

Y no se olvide que el desarrollo tecnológico, a los niveles actuales, implica riesgos; a veces, más altos. Si se aumentan los focos de decisión, los modos de aplicación, los puntos de control, las intenciones de los políticos, la probabilidad de fallo aumenta.

Trátese de conductos de petróleo, centrales nucleares de fisión, viajes en avión o en automóvil, encendido de aparatos electrodomésticos o subidas y bajadas en ascensor a la casa donde vivimos. Hay que mantener los equipos, seguir investigando mejoras, trabajando continuamente para que la técnica no se convierta en el buco emisario del fracaso de la política.

Sobre la dificultad de reconocerse humano

Si bien no existen dudas genéticas respecto a la pertenencia a la misma especie de todos los seres bípedos con cierta capacidad de raciocinio con los que nos cruzamos por ahí, incluida la nuestra propia, resultaría muy difícil caracterizar a esa misma especie a base de analizar su comportamiento.

Quizá lo más adecuado sería centrarnos en nuestra capacidad para apropiarnos indiscriminadamente de todo cuanto nos rodea, poseyéndolo en una primera instancia y destruyéndolo en la segunda, señaladamente si no podemos conservarlo en nuestra propiedad.

Como no pretendemos más que dejar un par de pinceladas sobre la cuestión, nos detendremos en unos pocos comportamientos grupales, que estimamos significativos para expresar la dificultad de reconocerse humano junto a ellos. 

Un comportamiento implica una finalidad y, justamente, trataremos de comprender qué pretende(n) quiénes actúan de esa manera, para, en consecuencia, deducir nuestro alejamiento o cercanía con el objetivo que detectamos en el otro.

¿Qué pretenden quienes, por ejemplo, corren unos metros junto a ciclistas profesionales que coronan una cima y se hallan en pleno esfuerzo, comprometiendo su equilibrio y dificultando su marcha, disfrazados de variopintas maneras, incluso desnudos, llevando en algunos casos pancartas o banderas con nombres, mensajes cortos de ánimo o de insulto?.

La respuesta más verosímil es que esos centenares o miles de personas, que en algunos casos repiten su aparición jornada tras jornada, quieren que se les vea. Como no conocemos su identidad, salvo que pasen a la fama efímera de los imbéciles que han conseguido tirar de su bicicleta a uno de los atletas, su mensaje es forzosamente anónimo y, por ello, nos representa a todos. Equivaldría a decir: quiero que sepáis que sois también así, como yo: imbéciles.

El equívoco o la confirmación de tan demoledor mensaje solo podría ser desmentido o aceptado por unos pocos: quienes conozcan particularmente a esos individuos. Pero, a falta de otra información, podemos imaginarnos a ellos y a tres o cuatro de sus amiguetes o familiares más cercanos, viéndose una y otra vez por la televisión y repitiendo (por signos, muecas o por nefas): "Hemos conseguido elevar al ser humano al nivel de estupidez que le corresponde).

¿Qué pretenden quienes cubren de pintura negra las señales de tráfico, cambian las toponimias, confundiendo así a los visitantes y, aunque puedan creerse pertenecientes a grupos distintos, cuáles son las intenciones de quienes escriben su nombre en las paredes de edificios públicos y privados, deterioran marquesinas y mobiliario, llenan con sus estúpidos mensajes grafiteros y sus aborrecibles dibujillos los escaparates, los monumentos artísticos, las pasarelas, los puentes, azudes, naves, muros,...?

La respuesta más verosímil es que esos centenares o miles de personas, quieren, lisa y llanamente, fastidiar. Si tuvieran otra intención, trabajarían sobre papel, utilizarían tizas de colores para pintar sobre la acera, irían a una escuela elemental de pintura o decorarían la sala de estar de la casa de su abuela.

Pero no tienen otro propósito que agredir a los demás y, por ello, su comportamiento nos es ajeno, nos parece lamentable, propio de otra especie diferente a la de un ser que se cree racional.

Sin importarles la propiedad y los derechos de los demás -todos, cuando atentan contra bienes públicos- o los de comerciantes y particulares concretos, su objetivo no es artístico (nos es imposible dar contenido estético a la bazofia), sino mezquino, agresivo, enfermo.

Y para terminar, dejando al lector que siga haciendo sus propias preguntas respecto a lo que le separa de los demás:

¿Sabemos qué pretenden, hoy en día, quienes mantienen creencias que suponen marginación de otros pueblos y razas, el odio a muerte a las diferencias, amparados en una supuesta revelación de los dioses a sus antepasados??

¿A quiénes contenta hablar simultáneamente de un mundo global y solidario y argumentar respecto al valor superior de su cultura, su capacidad de gestionar, su derecho a tener más por ser de una manera?

¿Qué quieren que pensemos de los que alegan proteger a la mujer manteniéndola custodiada en casa, la obligan a ir cubierta por la calle, le niegan capacidades y derechos?

¿Somos de la misma especie de los que, conociendo cómo curar una endemia, mantienen el precio de los fármacos ficticiamente alto, para aumentar sus beneficios?  

¿Somos de esa especie que no duda en matar a sus semejantes, por ideologías, creencias, odios tribales -recientes o ancestrales-, o por la posesión de un recurso que no se quiere compartir, habiendo para todos?

Difícil reconocerse humano, en lo pequeño y en lo grande, en lo próximo como en lo lejano, así en la tierra como en el cielo.

Sobre el daño injusto y los márgenes de tolerancia

El daño injusto, para los profesionales del derecho, es el daño antijurídico, es decir, el que se produce a otro incumpliendo la normativa y si ésta contiene prescripciones para valores límite, cuando los supera o no los alcanza.

El origen de este concepto se encuentra, desde luego, en la idea de que "no se ha de causar daño a otro" (reflejado en el brocardo latino alterum non laedere) que, a su vez, se entronca en la máxima de la ética universal, "Compórtate con los demás como desearía que se comportaran contigo". (Por cierto, inmaculada reflexión que solo se quiebra con los sado-masoquistas).

La cuestión nuclear es que la legislación de cada Estado define situaciones en las que es lícito causar daño a un tercero. Se trata, en general, de daños difusos -en los que los afectados no están perfectamente definidos, como es el caso de los daños ambientales-. Pero también pueden legislarse o reglamentarse autorizaciones para daños en los que los afectados, convertidos en sufridores de la situación, son grupos concretos o personas bien definidas.

En el derecho urbanístico se dan múltiples casos de daños o molestias causadas a terceros -pérdida de vistas, carga de ruidos y humos molestos, servidumbres para tendidos públicos, afección a terrenos o aguas, etc. - que, compensados económicamente o no, privan de disfrutes o producen cargas donde antes no las había, sacrificando algunos privilegios y disfrutes ante un supuesto interés general o más amplio.

Mucha litigiosidad se genera ante la presunción de que a alguien se le ha causado un daño injusto y los Tribunales deben decidir con cierta frecuencia si corresponde indemnización o restituir la situación, cuando fuere posible, al estado anterior. En el caso de que el ilícito sea penal, el infractor se expone a la pena de cárcel.

Las fronteras del daño injusto han de estar definidas por la Ley, con límites precisos, fijando los márgenes, y los máximos o mínimos, de las variables que sirvan para juzgar el daño.

La legislación es cada vez más restrictiva, a lo largo y a lo ancho (se crean más normas, con límites más estrictos). Por eso, no puede aceptarse que los controladores en primera instancia (prima facie) del cumplimiento de estos límites utilicen, de forma, claro está, totalmente subjetiva y variable, sus ideas de tolerancia.

Miremos alrededor: descubriremos miles de casos, algunos de los cuales nos afectan directamente, en los que el funcionario público que debiera ejercer control respecto a las situaciones de daño injusto ha ejercido su criterio particular de tolerancia, convirtiéndose, por tanto, en cómplice de la trasgresión y en sujeto causante de  discriminaciones injustificables.

(Ejemplos: Instalaciones fabriles o sanitarias que producen contaminación acústica, atmosférica, hídrica, edáfica, etc., por encima de los límites prescritos y que no son perseguidas, a pesar de las denuncias de los vecinos afectados. Locales dedicados a actividades molestas, incluso peligrosas, que subsisten milagrosamente sin licencia o sin haber resuelto las deficiencias. Cerramientos de terrazas y áticos tolerados masivamente, contrastando con la dureza de sanciones ante situaciones idénticas, evidenciando distintas varas de medir. Licencias o resoluciones favorables de visitas de inspección (fiscal, ambiental, etc.) en las que el funcionario aplica una "tolerancia ante la especial situación" que la normativa, que ha de ser igual para todos, no puede autorizar... )

Sobre la energía nuclear: causas y efectos de la procrastinación

España es un país nuclear, con una no despreciable presencia de centrales nucleares de fisión distribuídas por su territorio y una significativa dependencia de esta forma de producción de energía primaria.

España es, sin embargo, oficialmente, un país que abomina de la energía nuclear y en el que se estuvo favoreciendo durante décadas la difusión pública de argumentos -provenientes de enfervorecidos "ecologistas"- en contra de esta fuente nuclear, a la que se imputa producir residuos de alta contaminación cuya eliminación no se conoce y haber causado el grave accidente de Chernobil, que podría repetirse en otro momento.

Es una contradicción, a la que ya nos hemos referido en otras ocasiones, no apoyar el desarrollo de una tecnología de la que se está haciendo uso, y que se seguirá utilizando hasta, por lo menos, mediados de los 2030.

Si se entiende que es peligrosa, por pura coherencia, habría que cerrar de  inmediato todas las instalaciones, desmantelándolas sin dilación. Cueste lo que cueste: la seguridad, lo primero.

Si no me fío personalmente de quienes construyen aviones, sospecho que las estadísticas de accidentes están amañadas y no entiendo nada de aeroestática y propulsión, llegando a la conclusión de que la aviación no es suficientemente segura para mí, no viajo en avión; viajaré siempre en tren, en autobús, en coche, en acémila o andando.

Si se cree que no existe tratamiento adecuado para los residuos radiaoactivos y que no se encontrará a corto plazo una solución para su almacenamiento o recuperación definitivos, habrá que negociar con los países desarrollados en esta investigación que se hagan cargo de los residuos generados. Cueste lo que cueste: la tranquilidad, ante todo.

Si las soluciones alternativas han de adoptarse con un desarrollo tecnológico limitado -producto de su escaso apoyo a la investigación-, con una alta concienciación ecológica, -que le impide, por ejemplo, utilizar su carbón nacional aunque genere puestos de trabajo que no ha conseguido sustituir en esas zonas de producción, y que le impulsa a admitir la proliferación de parques eólicos en sus crestas montañosas y huertas solares en sus campos, con tecnologías emergentes centroeuropeas-, habrá que echar mano a los recursos propios y a la capacidad de ahorro.

Pero si resulta que estamos en un país relativamente pobre -resultado de la baja productividad per cápita y de los reducidos recursos naturales-, volvemos a la realidad, nos aguantamos, dejamos de lado nuestros sueños de lo que podía haber sido, y seguimos trabajando y dejando trabajar en lo que es, mal que nos pese.

Porque aplazar las decisiones no beneficia. En el arca de los buenos deseos, las telas, se apolillan. La procrastinación no se premia, se castiga, haciendo que las medidas que se demoraron por cobardía, dejación o insuficiente análisis, sean, a la larga, más difíciles, más caras, menos útiles.

Sobre éxitos y objetivos

Puede parecer una obviedad, pero pocas veces -poquísimas- se alcanza lo bueno que no se desea, y, si fuera anhelado, aquello por lo que no se haya trabajado intensamente.

Si se trata de un objetivo colectivo, nunca se logrará si la mitad de los que deben colaborar actúan en dirección contraria; y, tampoco se podrá alcanzar, o se conseguirá con mucha más lentitud, -seguramente a destiempo- si un alto porcentaje de los que están en la situación se inhiben, cruzados de brazos, como si no fuera con ellos.

No sería concebible una empresa sin objetivos, y no se pueden cumplir éstos sin un plan, un equipo ilusionado y un líder que confíe en el saber hacer de sus colegas (¿subordinados?) y que solo actúe para tomar decisiones cuando, ocasionalmente, haya varias opciones.

En el deporte, los españoles parece que hemos descubierto que podemos ser los mejores, incluso que parece tenemos actitudes especiales para algunas disciplinas. Si tenemos un objetivo, preparación para lograrlo, confianza en el líder y una estrategia adaptada, podemos ganar y ganamos. En tenis, en ciclismo, en motociclismo, en fórmula uno, en balónmano, en balóncesto, en marcha, en fútbol... 

En política las cosas no van de distinta manera, porque esta actividad humana no es una invención extraplanetaria.

No es necesario que el líder sea un premio nóbel, ni que pretenda saber de todo.

No sería coherente pretender ser los mejores del mundo en todo lo que nos suena a bueno y nobilísimo (ayuda simbólica al desarrollo, empleo masivo de energías verdes, intermediación aleatoria en conflictos, asistencia social desmesurada, etc.) y despreocuparnos de lo que exige esfuerzo (aumento claro de productividad, contención radical de gasto, eliminación decidida de redundancias, ahorro en energía y electricidad, priorización feroz de objetivos, abandono sin tapujos de proyectos por falta de medios, sacrificio salarial y solidaridad coherente con los que menos tienen, etc.)

Pero, sobre todo, lo que no nos deberíamos de perdonar es, en época de crisis, carecer de objetivos y que una mitad del país parrezca mirar hacia otro lado, espoleado por la falta de entendimiento entre los que están elegidos, no para demostrar su mejor fluidez verbal o su capacidad para darse mamporros vistosos en los foros, sino para tomar decisiones cuando hay varias opciones que sean apoyadas, cada una de ellas, por los que más saben, no por los que ignoran, intuyen, odian, ridiculizan, no se mojan, se benefician, desprecian, no padecen.

Sobre la libre elección del juez

¿Y si se pudiera elegir libremente el juez civil que hubiera de dictaminar sobre nuestras pendencias?...¿Cuáles serían las ventajas e inconvenientes?.

Lo mismo que se defiende fervorosamente en la mayoría de los ámbitos el derecho a la libre elección de médico, en el servicio de Salud pública que pagamos entre todos, (por supuesto, teniendo el dinero preciso, cada uno puede elegir el galeno privado que le peta) ¿por qué no podrían elegir las partes, puestas de común acuerdo, aquel juez que les pareciera idóneo, o más competente, para dirimir sus diferencias?.

Nos apresuramos a concretar que esa posibilidad es imposible en el Derecho español, para el que el juez que corresponda a cada litigio viene determinado por el turno de reparto (que, por cierto, aprovechan los avezados en su beneficio, dejando pasar la vez, cuando así les conviene, para presentar su caso, si por la lista a seguir les fuera a corresponder un magistrado que no les convence).

La libre elección de juez supondría también un conocimiento transparente por parte de los usuarios de la Justicia -que es, no necesitaremos recordarlo, otro bien público-, de las calificaciones que les merecieran, por su experiencia como destinatarios de sus fallos, los jueces.

¿Sabemos, en España -por concentrarnos en el país desde el que escribimos- , quiénes son los mejores jueces?

¿Podemos juzgarlos, ponerles una nota, por ejemplo, a partir de algo tan sencillo como el porcentaje de revisiones de sus sentencias que han realizado los órganos superiores de la propia judicatura? 

¿Sabemos, para cada Juzgado, el tiempo medio de resolución que les toma el caso, el cumplimiento de los "veinte días" para dictar sentencia, una vez que el caso se declara concluso?

Aconsejamos al lector curioso que visite esta página web, de la American Bar Association. Se llega a ella, además de directamente, por intermedio de esta otra, la oficial de Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos de Norteamérica.

Y si le interesa saber la opinión que los norteamericanos tienen sobre cada uno de sus 23.500 jueces, juicio que los ciudadanos pueden emitir apoyándose con multitud de detalles biográficos sobre sus actuaciones, puede tener un momento de éxtasis, si visita el enlace correspondiente intitulado gráficamente "Rate the Courts".

Sobre Turner, pintor de paisajes, escenógrafo y fotógrafo

Sobre Turner, pintor de paisajes, escenógrafo y fotógrafo

Los libros de arte se siguen refiriendo a William Turner (1775-1851; exposición de 42 de sus obras en Madrid, Museo del Prado, del 22 de junio al 19 de septiembre de 2010) como pintor de la luz.

Son muchas las enseñanzas que se pueden extraer del método y la forma de ejecución por parte de este genial artista británico, que, impulsado por su análisis profundo de las técnicas y móviles de algunos de los mejores pintores que le habían precedido, resultó precursor de dos corrientes, dos formas de captar y entender el entorno, cuyos equívocos nombres las han convertido en antagónicas, cuando, en realidad, son complementarias: impresionismo y expresionismo.

Como toda exposición de pintura, hay que verla; no tiene sentido contarla, aunque el trabajo de David Solkin y Javier Barón ayuda bastante a ordenar las ideas de quienes pretendemos escribir sobre ella.

Y se ha escrito ya mucho, especialmente desde que el periodista-sociólogo Vicente Verdú, (con el que generalmente estamos de acuerdo) en un periódico de amplia difusión, ha calificado de "impostor" a Turner, invitando a desenmascararlo como un copista sin inspiración.

En este caso, se trata de una opinión imposible de compartir, como lo demuestra la repulsa generalizada que ha provocado. Si proviniera de otras fuentes, parecería destinada exclusivamente a llamar la atención, llevando el paso cambiado en el desfile de la compañía, sabiendo que, en estos tiempos iconoclastas se aplaude mucho a quien salta con la payasada o disfruta siendo el mozo del martillo.

Un artista profesional, y tan excepcionalmente prolífico como lo fué Turner, deja múltiples huellas para poder descubrir o intuir sus razones. En su caso, además, como profesor que fue de pintura, incluso algunas claves escritas.

Por ejemplo, de su concepción del cuadro como fotografía -dicho esto en el sentido literal del término foto-grafía-, pero no al estilo de esos desventurados turistas que, cámara en ristre, van poniendo el careto ante cada monumento de su Petit tour. Sus cuadros sobre el incendio del Parlamento de Londres, desde varios ángulos, y con sus alumnos como testigos, evidencian que lo importante de cada momento es lo que se siente, no lo que permanece a la vista para otros.

Turner pintó muchos paisajes, casi todos ellos reinventados en su taller, a partir de miles de notas que realizaba en el campo. El paisaje, con su ropaje esencial, la luz, queda así convertido en un elemento de representación, que puede ser protagonista o servir de figura secundaria para ensalzar otro mensaje dramático.

Podemos así comparar la representación del paisaje como personaje principal, en cuadros como la Tormenta de nieve o Galerna en el mar, en el que la naturaleza muestra su fuerza a partir de la distorsión agresiva de los elementos, o el paisaje como base escenográfica para resaltar momentos en los que el dramatismo está en lo que están ejecutando las figuras humanas, como en la Entrega de las armas y los niños de los habitantes de Cartago a Roma.

Si Turner se inspira en las arquitecturas de los pintores italianos para sus ciudades reinventadas -siempre al borde del agua-, en los paisajes campestres se siente mucho menos vinculado a la realidad y a precedentes, y acaba, por ello, dibujando fantasmas de paisajes, almas de luz y color que no pueden ya ser habitadas, sino simplemente, sentidas.

Otra perspectiva magníficamente esclarecedora, al menos para las personas sensibles, es la percepción de la obra de arte como elemento de diálogo, no ya con el espectador de la misma, sino con su entorno y con otras obras.

Cuando Turner incorpora una boya roja -después de verla junto a la obra, más inspirada como mensaje en sí misma, de Constable- a una de sus marinas más convencionales, lanza lo que Constable interpreta certeramente como "una bala de cañón" sobre su coloreada obra, y, con ello, está saltándose los límites físicos del cuadro, para lanzar un mensaje fuera de él.

No es una copia, ni una interpretación del cuadro de ningún otro autor; es algo mucho más sutil, un guiño al espectador inteligente, subordinando su obra a la del rival, para ganarle la mano, utilizando su creación en beneficio propio, sin dañar a ésta.

Obliga a un matrimonio de conveniencia de su obra con la del otro. Será necesario, a partir de ahora, verlas juntas para entender el mensaje que uno de los artistas quiso dar. Turner no es mejor aquí que Constable; se aprovecha del trabajo del otro artista, para llamar la atención sobre el suyo, enlazándolas. Si no figuraran juntas, ambas obras, la de Turner pasaría, en este caso, desapercibida. Al dotarlas de una explicación, pasa a primer plano, el objetivo: hacer reflexionar sobre el valor emocional de la foto-grafía.

El protagonista, en esta situación y cualquier otra parecida, es el comisario de la Exposición, aquel que pone en diálogo ambas obras. Y de eso se trata, en el fondo, con "Turner y los maestros" (Por cierto, no "Turner y sus maestros"): de hacer de los comisarios, de los que seleccionan las obras para ser expuestas, protagonistas.

Es la hora de los seleccionadores, que también tienen su propio lenguaje y sus ganas de expresarse y que, tal vez, hasta ahora, no nos habíamos percatado de su influencia para hacernos ver otros impactos de la evolución artística.

Sobre los estímulos a la participación

Cuando se organiza un acto, se crea una comisión o se prepara una conferencia, el problema principal de los que están a este lado de la situación es cómo conseguir que suficiente público asista, que haya colaboraciones, que la sala se llene.

En realidad, existen dos niveles de participación y, por tanto, otras tantas formas de valorarla. Especialmente si se trata de actividades en las que se pretende que haya debate, que la participación sea aciva.

Porque hay quien se limita a asistir, ofreciendo su presencia pasiva; y hay quien, además, aviva los debates, ofrece variantes e ideas, se compromete. Son, claro está, los menos.

Si se está preparando un espectáculo, la participación que se busca es solamente pasiva, e importa únicamente el número. En este caso, la publicidad no necesita discriminar y, hasta llenar el aforo del local, podrá dirigirse bajo el lema: "Cuantos más, mejor".

Si lo que se desea es generar un grupo de prestigio, lograr un debate creativo, obtener una plataforma de influencia, lo fundamental es captar, ante todo, a personas con capacidad de arrastre. Se debería incluso evitar, para no disuadir a posibles socios o colaboradores interesantes, que los primeros apuntados fueran personas de bajo perfil.

En corto, pues. Cuando Vd. cree un grupo de opinión, ocúpese, ante todo, de llamar la atención de aquellos que puedan y quieran aportar prestigio. No abra la espita de la admisión general hasta que no tenga garantizada la presencia de un núcleo duro. Entre ellos, puede ver algún elefante que solo permita incorporar su nombre pero no ofrecerá nada más, pero atención a lastrar el grupo de arranque con nombres inútiles frente a las aportaciones deseadas.

Pero si únicamente está preocupado por llenar el salón, no deje que el azar le malogre una sensación que está en su mano crear. Obligue a que todos los que han participado en la organización del acto, se vayan el día señalado con su familia y amigos; que bajo ningún concepto la sala se vea medio vacía; al siguiente acto, aquellos que hayan venido de fuera, se habrán encargado de hacer la propaganda, difundiendo que había muchos asistentes.

Y, sobre todo, los conferenciantes a quienes haya invitado estarán encantados de dirigirse a un público numeroso, y adquirirán un gran concepto de su organización. Cuando vuelva a llamarlos, pasado un tiempo, para dar otra charla, accederán encantados, pues su ego tendrá el regusto del buen sabor de boca.

Pero, amigo, si ha pretendido organizar un foro de opinión y, para dar sensación de éxito, apunta en él a su familia, a sus amigos jubiletas o a una colección de seudónimos y anónimos extraídos de las páginas de su libreta de fallidas direcciones, le auguramos un fracaso rápido. No solo no obtendrá la viveza pretendida a su invento, sino que quienes hubieran podido participar, oliéndose el pastel, rehusarán meter sus ideas en el fallido receptáculo, y los que le hayan dicho que sí, a la primera batida de aburrimiento, se irán a otros lugares de viento más fresco.

Sobre el libro de Entradas en Alsocaire

Permítanme los seguidores de este blog que haga publicidad del libro en el que recopilé todas las entradas de Alsocaire durante 2009.

Este es el enlace para adquirirlo.

Una posibilidad para leer los comentarios con más calma y deducir de él, algunas líneas principales por las que encamino mi pensamiento.

Gracias por prestarme atención.

Angel Arias 

Sobre los perfiles de Obama, Sarkozy, Merkel y otros políticos en Facebook

Las Oficinas de Prensa de los políticos más influyentes del mundo creen en el alcance de las redes sociales para difundir sus mensajes. Claro que no todas alcanzan el mismo éxito.

El perfil de Barak Obama en Facebook ha conseguido, al 15 de julio de 2010, 10.707.109 seguidores; sus entradas tienen, en media, unos 8.000 comentarios cada una. Un segundo heterónimo oficial, The White House, solo llega a los 634.500, y sus informaciones no suelen superar los 400 comentarios.

Nicolas Sarkozy tiene en esa red 256.690 fans, que se animan a rubricar o criticar alguna idea unas 4.000 veces por entrada, lo que les revela como mucho más participativos per cápita. La página de admiradores de Carla Bruni-Sarkozy supera por los pelos los 14.000 seguidores.

Mucho más modesta en sus resultados en esta red social, la canciller alemana Angela Merkel debe contentarse con 40.841 seguidores en Facebook, siendo su última entrada la dedicada a felicitar a la selección española en el Mundial, -y, de paso, proclamar que el tercer puesto para los alemanes es "un magnífico resultado" que demuestra el "rendimiento conjunto conseguido en los últimos 20 años de unidad"- con 155 comentarios y 387 devotos específicos. (Por cierto, la Sra. Merkel celebra el 17 de julio su cumpleaños: Felicidades)

Casi en los bajos fondos del invento para conectar, Rodríguez Zapatero lleva conseguidos en su página 1.187 "apasionados" de su figura (así se les reclama para participar), sin que parezcan admitirse comentarios directos.

La ola de descontentos o "desapasionados" supera con mucho esta modesta cifra, pues una de sus explícitas contrapartes, "Zapatero, dimite ya" obtiene en la misma fecha, 8.225 simpatizantes. Quizá, sin embargo, la competencia sea ventilada no por el perfil anterior, sino por el intento de equilibrio que significa este otro: "Yo si voy a votar a Zapatero, ¿y qué?", con sus prometedores (pero escasos aún) 3.806 seguidores.

24.283 seguidores telemáticos tiene en esa dinámica vía, Mariano Rajoy Brei, aunque no parecen muy entusiasmados ante la idea de participar más activamente, pues lo habitual es que solo se registren unos 30 comentarios a las diferentes entradas, y con protagonistas muy repetidos.

Por cierto, que, a pesar de los adivinables esfuerzos del controlador de la face por evitar insultos, lo habitual es que los comentarios que suscitan nuestros "políticos primos" reflejen el enzarzamiento beligerante entre las dos facciones en los que la exhibición de incapacidades parece haber dividido España.

No tienen porqué alarmarse los amantes del buen quehacer político, sabiendo que el humor está en su cénit, si se valora en su justa medida que el perfil "Pot aquest burro català tenir més fans que Mariano Rajoy?" haya alcanzado ya los 73.145 entregados a la snigular cruzada. Su foro proporciona, por cierto, uno de los ejemplos hispanos más atractivos para observar, cómodamente sentado ante el ordenador, el amplio, agudo y emocional espacio ideológico carpetobetónico, adobado con los (im)pertinentes arrebatos separatistas (40 a 50 comentarios de media).

Nota añadida el 19 de julio de 2010. Esta Nota quedaría seguramente incompleta si no dejara registrado que Andrés Iniesta, futbolista de la selección española en el Mundial de Sudáfrica, tiene en este mismo medio 1.310.430 seguidores, y que sus últimas entradas han merecido, en media, más de 10.000 comentarios. Lejos aún de los 3.889.878 devotos que tiene el perfil del argentino Lionel Messi, atleta del mismo deporte. Un nuevo orden mundial se avecina.

Sobre los tercios de mejora y libre disposición

En los foros jurídicos, los temas de comunidades de vecinos, familia (convenios y disolución de la sociedad de gananciales por divorcio) y herencia, ocupan la inmensa mayoría de las preocupaciones de los consultantes.

Una de las preocupaciones expuestas, por lo que hemos leído, es la forma de beneficiar a uno de los hijos respecto a los restantes.

Como es sabido, en el derecho civil español, resulta obligatorio que el padre o la madre (resultará obvio precisar que el testamento es una decisión unipersonal, que ha de reflejar cada uno por separado) destinen a sus hijos las dos terceras partes de su herencia, siendo de libre disposición la tercera.

Y dentro de los dos tercios que han de destinarse a los hijos, uno de ellos debe, obligatoriamente también, distribuirse por igual entre todos ellos, pudiendo ser el otro tercio, llamado por ello de mejora, entregado a uno solo de ellos (o, incluso, distribuído entre ellos como apetezca al progenitor que se haga a su muerte).

La cuestión que deseamos presentar aquí son las posibles formas de distinguir con cierta objetividad y apuntando a su carácter positivo, las herencias y legados a los hijos.

La más habitual es tratar de premiar al hijo que le(s) haya dedicado -o que se presuma vaya a dedicar- atención especial en la vejez. En las poblaciones rurales se apelaba mucho a la figura de "el hijo que queda en casa", que se encargaba de la vivienda principal y del cuidado de tierras y ganado, garantizando así la continuidad de las propiedades en la familia y, especialmente, atendería a los padres en la vejez, hasta su fallecimiento. Esta última situación era fundamental en múltiples aspectos: suponía la garantía de cuidado de los ancianos padres, garantizaría su experiencia y apoyo, haciéndoles sentir útiles y activos.

Hasta no hace mucho, y amparándose en el descontrol fiscal y en la inexacta valoración de los inmuebles rústicos (y urbanos), no era inhabitual que uno de los hijos se quedara con todo -el primogénito, el que se mantenía en la vivienda paterna (incluso después de casado), el más avispado para las cosas de este mundo, etc-. Los demás hermanos, y en no pocos casos, las hermanas que "casaban para fuera", o no heredaban nada o se debían contentar con el ajuar para la boda o el reparto de las joyas y vestidos de la madre difunta.

Nuestro consejo es que los padres hagan (por supuesto, por separado, como es obligado), testamento, disponiendo con claridad de sus bienes hereditarios o de la parte que les corresponda como gananciales. Esto evitará disputas familiares, muy comunes si se fallece sin haber testado.

Y para su protección, deberían incluir disposiciones que permitieran premiar, con el tercio de mejora y el de libre disposición, a aquél o aquellos hijos que se fueran a encargar de cuidar su vejez.

Sin olvidarse, desde luego, de asignar y distribuir con serenidad y sentido de la justicia, sus bienes, de acuerdo con la situación económica de cada uno, sus capacidades, los estudios y formación de los hijos (en especial si han sido costeados con el dinero de los padres, las donaciones de que hayan podido disfrutar en vida (atención a ellas: se desaconseja donar la vivienda propia, porque equivale a un seguro de vida) y, porqué no, las preferencias afectivas y las valoraciones desafectivas, manifestando claridad, buen tino y cordura en un acto muy especial por el que serán recordados más allá de su muerte.