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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre el estado de la nación

Se inicia el 14 de julio de 2010 en el Congreso de los Diputados de España un nuevo Debate sobre el estado de la Nación, fórmula que incorporó a la arena política en 1983 el entonces Presidente Felipe González.

Han cambiado muchas cosas desde entonces. Para empezar, la dura lucha por el espacio político desde las regiones, han hecho surgir y resurgir con fuerza al marco del debate la cuestión de las naciones -ya no nacionalidades- dentro del Estado español.

El país aún se encuentra en estado de euforia colectiva después del triunfo de la selección española de fútbol en el mundial. Los especialistas en sicología o sociología de masas sabrán interpretar mejor las consecuencias de esta exaltación de júbilo masivo, por haber visto conseguido un objetivo que se había mostrado inalcanzable pero que, a la postre, nada significa para mejorar la situación económica colectiva.

Nada o muy poco. Los más 600.000 euros que cada uno de los 23 jugadores de la selección se han embolsado supondrán unos 4,6 millones de euros en impuestos para las arcas públicas, es decir, 10 céntimos de euro por español.

Seguimos siendo tan pobres y tan faltos de ideas como antes. Hemos tenido un destello de ilusión, pero nuestro estado colectivo sigue siendo el de la desorientación, la abulia, la falta de rendimiento. Y el de nuestros políticos, como comprobaremos en estos días de mediados de julio, el estado de hinopsis que les produce el tratar de defender su puesto de trabajo y sus ideas, sin acordarse de los que estamos aquí, en la tierra.

Nos ha producido una especial emoción ver a esos millones de aficionados al deporte de la pelota, fundamentalmente jóvenes, entregados a sus líderes emocionales.

No eran, claro, todos futbolistas, ni siquiera aficionados habituales al fútbol. Habría una representación completa de todas las etapas de la formación de los jóvenes. Estarían todas las profesiones, multitud de estudiantes, muchos egresados universitarios, algunos ya activos, bastantes parados, la mayoría aún con fuertes dudas y temores respecto a cómo enfocar ese futuro que supone familia, trabajo, vivienda, mejor nivel de vida. 

Hay que llevar un mensaje contundente, coherente, a esos jóvenes que han mantenido sus incógnitas y esperanzas a un lado durante unos días para priorizar la alegría de ver que los colores de España eran llevados a la cima del mundo.

Construyamos un estado de la nación, fuerte. Jóvenes, no permitáis que la discusión sobre lo que hay que hacer se convierta en una floresta de diatribas y descalificaciones. Haced vuestro propio debate y venid, con vuestra ilusión, a empujar para salir del atolladero.

Pero no nos engañemos. Hacen falta, además del empuje y la ilusión, conocimientos, ideas, experiencia. No despreciemos el valor y el mérito de nadie, porque el trabajo de todos es necesario. Y si alguien quiere debatir si somos nación o nacionalidad, si han sido agredidos en sus sentimientos por fallos o aciertos de TCs y Estatuts, si han "hecho los deberes" o no los han hecho bien, vuvucelas, trompetillas, marco aparte.

Nosotros, adelante, a lo nuestro. No hagamos del estado de la nación, el estadio de la nación.

Sobre el modelo de estrategia de Vicente del Bosque y Toni Grande

El triunfo de la selección española de fútbol en el mundial de Sudáfrica de 2010, ha puesto nuevamente sobre el tapete, aunque esta vez magnificado por los focos del gran triunfo, el método de trabajo de de sus dos entrenadores, Vicente del Bosque (primer entrenador) y Antonio (Toni) Grande.

Se presenta a esta pareja de personas reservadas, sobrias, cordiales, como una combinación de estrategas, en la que uno asume el papel de la representación exterior y el otro trabaja, incluso por las noches, estudiando minuciosamente las cualidades y defectos del equipo contrario y la forma de aprovecharlos o vencerlas.

Como ha sucedido con otras parejas de personajes que se han vuelto famosos, la opinión popular tiende ahora a recuperar al segundo, al que ha permanecido más oculto, rebajando así los méritos del que conocemos mejor la cara. Es el eterno juego de la búsqueda intuitiva del equilibrio entre el yin y el yan, hurgando en todo éxito la virtud de la compensación, para lo que se hace imprescindible repartir las cualidades entre dos o más personas.

(Por cierto, que en la política se utiliza mucho el esquema, es casi consustancial a ese espacio de poderes. Felipe González era el lado amable de aquel ejecutivo que puso a España en Europa y Alfonso Guerra el avieso que controlaba los desmanes de los ambiciosos del partido y las finanzas, incluso torcidas, de la máquina de ganar de votos.

No siempre las parejas de compensación salen bien. Hubo un tiempo en que la pasión por los jóvenes rompió las redes de la sucesión política, con efectos, generalmente, cruentos y nec fastos: a Santiago Carrillo le surgieron de las simas profundas de las minas asturianas guajes que no eran David Villa, sino Gerardo Iglesias; Manuel Fraga apoyó, por convicción o por fuerza, a un Jorge Verstringe, antes de que una visión sobrenatural le tirara (a éste) del caballo...

En el mundo empresarial, en donde los experimentos se hacen solo con gaseosa, las parejas ideales suelen ser del mismo palo, tal astilla. Así se mantienen las sagas y los bienes a buen recaudo. Se pueden citar a los Del Pino, Abengoa, Botín, Koplowitz; pero, si se mira mejor, aparecen debajo o al lado de los troncos familiares, los fieles sirvientes: son los Rafael Montes (de FCC), José Terceiro y Javier Molina (Abengoa), Rodríguez Inciarte (BSCH), Joaquín Ayuso (Ferrovial); etc.)

La pareja Del Bosque-Grande es, hoy, modelo de éxito popular. Se habla como posibles factores del éxito de la selección, la combinación de una generación excepcional de futbolistas junto a unos preparadores que han sabido darles confianza. Por ello, referido a los entrenadores, se llenan páginas hablando de su capacidad para crear buen ambiente entre los jugadores, de su habilidad para conseguir captar lo mejor de cada uno y convencer a los que no son titulares de que su trabajo es tan importante como el de los que estarán en el campo, y hacer jugar a cada uno al menos un ratito para que nadie se sienta postergado...

Se escribirán libros sobre estrategia del Bosque-Granda, se propondrán ejemplos surgidos o inventados de esa combinación de experimentados ex-jugadores a los que la edad ha sacado de los terrenos de juego para confinarlos al banquillo de las tácticas donde combinan números inferiores a los dedos de una mano: 4-4-2 y 4-5-1 , etc.

Nada empaña al mérito la realidad física de ambos entrenadores, hoy algo fondones y más calvos (más uno que otro), al contrario. Cabe imaginarlos dando órdenes de ejercicios y retos que no podrían cumplir, por el deterioro de la edad, pero atinadas como balas de experto francotirador, idóneas para hundir los objetivos y flotillas del otro, especialmente si va de listillo y se confía, aunque utilice la técnica trapacera de la patada en el esternón, el golpe en la rodilla, la zancadilla más torpe y aunque cuente con el árbitro más cegarato que se vió en campo de fútbol alguno .

Lo que parece más difícil de copiar, sin embargo, es conseguir que varios millones de personas, sin haber tocado pelota, se movilicen para aplaudir, adorar, gritar y llorar embelasados, durante horas, pronunciado los nombres de cada uno de los jugadores del equipo español, de sus dos entrenadores y del resto del equipo médico, culinario y técnico, y de la madre que los parió y los pechos que los amamantaron, en una manifestación sin precedentes de euforia colectiva.

Si Del Bosque o Grande tienen la fórmula, por favor, que se la cuenten de inmediato a Zapatero, a Rajoy o a quien más les apetezca, para que encontremos a quien nos saque del agujero, ya.

 

Sobre la Roja, el paradigma y la renovación del Ejecutivo

Sobre el paradigma del fútbol ha escrito hasta Joaquín Leguina, un ex-presidente de la Comunidad Madrid que iba para más y que se quedó en la gloria de ser crítico con sus correligionarios, al estilo tegolpeoperonotenoqueo de Felipe González, Joaquín Almunia y, en medida regional, Antonio Masip o Juan Carlos Rodríguez Ibarra.

Resulta que, como vaticinó un pulpo criado en Alemania y soñaba todo el país, España ganó el Mundial de fútbol, y el equipo formado por un elenco de jóvenes majetes y simpáticos que juegan a ese deporte como si hubieran nacido para darle al balón, ha sido elevado a la categoría de modelo global. 

Los fines de esta exaltación son, naturalmente, publicitarios. Mírese desde donde se mire. A nadie en su sano juicio se le puede ocurrir que el esfuerzo por hacer vistosidades con una pelota en el pie, en controversia con otro grupo de atletas equivalentes, pueda ser, serenamente, validado como ejemplo a seguir para todos.

¿Que hemos disfrutado de la victoria, los españoles? Quién lo duda. ¿Que el fútbol es un espectáculo que puede ser divertido y emocionante si los del campo hilvanan buenos pases y tiran con acierto a gol y si, además, estamos creyendo rivalizar con todo un país cuyos representantes en la economía y la industria nos siguen mirando por encima del hombro cuando entramos a negociar algo?. Ignorarlo sería pecado.

La secretaria de Organización del PSOE, Leire Pajín, ha utilizado la base publicitaria de la Roja (el color de la camiseta española que ideó el Marqués de  Villamejor en 1920) para proponerlo como modelo para su partido, el político, mientras se prepara la intervención del presidente del Gobierno español en el segundo debate de la legislatura sobre el estado de la nación (aún desastroso).

La euforia ha movilizado la inventiva (también las invectivas) hispana y han surgido múltiples propuestas de reforma, tanto del Ejecutivo, como de toda la oligarquía nacional

La intervención de Pajín, mujer influyente en su partido, de fácil verbo y armas tomar, obligará a reflexionar sobre un Ejecutivo con once ministerios, aunque los papeles ya están muy perfilados.

Hay Ministros-cierre, implacables en el marcaje hombre a hombre (miembro a miembro, queremos decir); otros que están atentos -teóricamente, al menos- para verl@s venir; andan algo faltos de cabeza, para los remates, aunque se recorren muchos kilómetros (confiamos en que pagados de sus bolsillos), tenemos ministros en horas punta, si bien predominan los de horas valle; etc,.

No parece viable que Del Bosque acepte (el desequilibrio de honorarios es, además, inasumible) la oferta de ser Presidente de Gobierno, ni siquiera aceptará, creemos, incorporarse como asesor, junto a Krugman, Stiglitz, Samuelson, Keynes, ...

El fútbol es mucho más serio que todo eso. El fútbol es el fútbol, estúpidos.

 

Sobre las obligaciones implícitas del comprador de obras de arte

Ningún artista plástico -supuesto que se encuentre en su sano juicio o que no se proponga llamar con el hecho la atención sobre el resto de su creación-, destruiría su obra después de haberla realizado.

La razón, expuesta de manera simple, es que la creación artística se realiza para venderla luego y así comer o vivir algo mejor, o para intentar trascender a esa pejiguera que es la muerte propia a través de la obra; si se quema, se destruye la posibilidad de realizarlas, una, o ambas.

Pero como en todo se pueden hacer trampas, el objetivo de conseguirlos (pasta o gloria), puede llevar a pretender llamar la atención, en especial si se es mediocre, a base de performances y happenings, de las que una de ellas supone revelarse como artista pirómano.

Se desvía así el foco de interés del espectador desde la obra al creativo.

En Mérida, en México, existe desde 2007 una galería, Da Burn, en la que los artistas son invitados a quemar sus obras, en una ceremonia preparada por el propio autor y ante un público que gradúa sus emociones desde la sorpresa, el escepticismo, hasta el rechazo.

La mayoría son obras destinadas conceptualmente al fuego por el propio artista, como sucede con las fallas, con lo cual se seleccionan los efectos en relación con el momento que se producirá cuando se quemen. En la justificación oficial, se indica que "los artistas queman por muchas razones: cierran ciclos, marcan tiempos o concluyen con una identidad".  Sin contar con que existe placer en el fuego, como pirómano y como contemplativo. ¿Quién no disfruta viendo arder troncos y trozos de muebles viejos en una parrilla?

Después de esta introducción, volvamos a la idea central de que un artista "normal" no vendería ni entregaría su obra a un interesado que le manifestara su propósito de destruirla de inmediato.

El lector puede utilizar su pleno derecho a poner matices o encontrar excepciones a esta reflexión, pero debe reconocer que la inmensa mayoría de los pintores, escultores, fotógrafos -profesionales como aficionados; geniales tanto como burdos- desearían que sus obras sean conservadas adecuadamente por el comprador o por su poseedor y, si fuera posible, expuestas en salas con el mayor acceso de público posible.

Así que cuando vende, directamente o por intermedio de su marchante una obra de arte, no la vende entera, no se realiza la operación sin condición.

Existe una condición implíticita en la transacción. Que la cuide y conserve en óptimo estado mientras esté en su poder. La operación adquiere la característica peculiar de una compra-venta con obligación de custodia, aunque sin que su incumplimiento apareje la aplicación de penalidad alguna, ni iluminara la vigencia sobrevenida de una cláusula de rescisión. No cabe al artista la opción de considerar rescindida la venta a petición del artista, si la guarda no está siendo correcta, pero la obligación subsiste.

La obligación de su conservación por parte de su poseedor es una característica intrínseca a la obra de arte. Es, por su esencia, una obligación ética con el artista y, en el caso de las obras de arte magistrales, con la sociedad actual y con las generaciones venideras.

No tiene sanción legal, pero su incumplimiento merece la reprobación de todos los amantes del arte y no solo el disgusto del artista (si vive para contarlo).

Otra faceta de la cuestión es la desaparición continua de objetos y obras de arte, constante delatora del aprecio variable de sus poseedores, públicos como privados. Unas veces, se los sustrae de museos y galerías por el descuido o la fuerza; otras, se adquieren para adornar una sala de rico en combinación con los sofás; no son pocos los pedestales de nuestros parques que no tienen la escultura que sostenían, destruídas al cambiar el signo de los tiempos, obligadas a compartir espacio con máquinas y aperos de mantenimiento, o desaparecidas entre la ignorancia y el desdén. 

Ni siquiera está libres los museos de  ver esfumarse de sus territorios las obras más pesadas: aún no se encontraron los primeros cuatro bloques de acero de 38 toneladas fundidos por Richard Serra para el Reina Sofía, y que había costado otras tantos millones de pesetas (600.000 euros). El artista entregó una réplica, a coste cero. El arte no tiene precio y, por ello, se mueve inseguro entre el aprecio y el menosprecio.

Sobre la optimización del input social del ser humano

La idea se puede expresar de forma muy simple. Si todo ser humano debiera ser considerado como un insumo del proyecto de la sociedad como conjunto, ésta debería preocuparse de que sus capacidades fueran aprovechadas de la mejor manera posible a lo largo de su vida.

La disponibilidad colectiva sería la suma de los insumos individuales: hoy por hoy, más de 6.000 millones de capacidades. Muchas, ¿verdad?

¿Cuál es ese proyecto colectivo?. No parece que exista, al menos de manera razonablemente concreta, pues no valdría responder a la cuestión con la indicación grosera de "progresar para conseguir un mayor bienestar" o "tratar de que todos tengamos una vida digna".

Por otra parte, tampoco resulta convincente suponer que formamos parte de un proyecto dirigido desde el más allá para probar nuestra capacidad de ser razonables. Hace tiempo que se habría demostrado el fracaso de este experimento hipotéticamente teocrático. 

Aunque no descartamos que algunos intelectuales, políticos y otras gentes, desde diversos campos profesionales y afectivos, crean en la necesidad de un proyecto humano global, no resulta detectable, y menos en este momento, que los propósitos apunten en la misma dirección. Más bien, las ideologías dominantes se complacen en evidenciar lo contrario.

En la Historia de la humanidad, se han cosechado sonoros fracasos para proyectos con vocación universal. Sin remontarnos hasta los imperios persas, romanos u otomanos, y pasando de puntillas por aberraciones, como el nazismo, la trata de esclavos o el integrismo religioso, tenemos heridas recientes que nos proporcionan argumentos para apoyar nuestra incapacidad para alcanzar un proyecto colectivo.

El comunismo ha fracasado, entre otras cosas, por su falta de sensibilidad respecto a la valoración de la diversidad, el capitalismo es -incluso para muchos de sus devotos- una trampa de la élite económica, interesada casi exclusivamente en garantizar su mantenimiento,  y los proyectos ético-cosmogónicos, de los que cabe destacar al cristianismo en estas latitudes y al hinduismo en las opuestas, tienen o demasiadas cargas dogmáticas o insuficiente perspicacia social para ser tenidos en cuenta como soluciones aceptables universalmente.

Pero, además, y obviamente, no somos únicamente animales gregarios; el proyecto colectivo nos importa menos que nuestro éxito personal como individuos, aunque a menudo nos veamos obligados, simplemente, a luchar por nuestra supervivencia (sí, -claro está-: más en los países más pobres y más para las clases menos favorecidas económicamente).

Esta consideración utilitaria de la vida de todo individuo, por parte de la sociedad a la que se pertenece -que, idealmente, en una colectividad globalizada y supuestamente regida por altos valores éticos, no admitiría clases ni fisuras- tendría su complemento imprescindible, en una formulación desde una perspectiva individual, que podría expresarse así:

Cada uno de los individuos de la especie humana debiera tener factible, incluso garantizado, que su vida supusiera un progreso, una evolución positiva de su propia satisfacción, desde la cuna hasta la tumba.

Puesto que los seres humanos necesitan de la sociedad para realizar ese proyecto personal, a lo largo de la vida, es imprescible lograr que la sociedad encaje a cada persona, sin tensión, en el espacio útil y de bienestar que corresponda a su edad, conocimientos, méritos, necesidades y disponibilidad. Fundamentalmente, en el rango que, para cada grupo de edades, combine la justa (no la excesiva) satisfacción de necesidades y la utilización (no la explotación) de su capacidad.

Para cumplir objetivos globales, la sociedad está desastrosamente enfocada, y no hay ni que referirse a paradigmas ni a zarandajas económicas. Basta analizar la situación desde un punto de vista ético (universal), pero también, pragmático (rentabilidad global).

Si todos los individuos humanos somos iguales no caben: ni esclavitud, ni desprecios, ni utilización ventajistas de unos sobre otros.

Si vivimos en un mundo global no pueden ser admitidos: ni desplazamiento hacia unos países de industrias contaminantes, ni maximalismos ni dogmatismos, ni explotación de recursos foráneos sin contrasprestación, ni dictaduras, ni contemporización con dictaduras e integrismos.

Si queremos avanzar en una dirección no se deben tolerar: ni multinacionales mastodónticas con mayores poderes de acción que los estados, ni desigualdades salariales injustificables por rendimiento o capacidad, ni control mercantil de tecnologías ni, naturalmente,fármacos, básicos, ni deforestación ni contaminación sin control, ni explotación de sexos ni menosprecio a razas y culturas, ni falta de formación infantil y juvenil que incapacite para acceder a ese objetivo de bienestar, ni desprecio hacia los principios éticos y conductuales más elementales, que son aquellos que garantizan la seguridad y el ámbito de ejercicio de la personalidad.

Y si, acercando la lupa a nuestro entorno más directo, resulta que tomamos consciencia de vivir en un país que resulta ser un modesto contribuyente a la economía mundial, con escasa tecnología propia, y fuertes desigualdades culturales, económicas, sociales internas, parémosnos a acordar qué nos conviene más.

Restringiendo nuestra vocación frustrada de querer ser el Pepito Grillo de la conciencia mundial, pongámosnos a solucionar, ante todo, nuestros problemas, contradicciones y desigualdades más urgentes, en lugar de andar aconsejando a los demás, cuando nos dan el micrófono, lo que tendrían que hacer, mientras nos entran los listos y listillos, los saqueadores, los oportunistas, a disfrutar de lo que no valoramos de cuanto tenemos en nuestra casa.

Sobre las causas del escaso impulso de la investigación en España

El libro blanco de la investigación en España, si existiera -¿verdad que no existe?- tendría las tapas negras. Y no es porque no nos interese la investigación, no; nos interesa, y mucho. Estamos especializados en copiar, en clonar, y si se nos ocurre hacer una chapucilla para conseguir el mismo resultado mientras cobramos, mejor.

Sin dudarlo, las razones del menosprecio colectivo, que es tanto como decir, institucional, hacia la investigación, provienen de nuestra poca paciencia. No sabemos esperar; el ansia de resultados inmediatos nos empaña, obsesiona y agota. Lo queremos, ya.

De ahí que nos venga muy bien que inventen ellos, y en nuestra constitución síquica, trataremos -ya que no es posible arrebatarles por las malas el fruto de sus desvelos- de copiarlos. Por eso estábamos muy felices en aquella falsa autarquía por la que hacíamos lo que nos daba la gana con los descubrimientos de otros, cambiando un par de cosillas y patentándolos como propios.

La cuestión cambió y, por ello, no asombrará, en este nuevo contexto, que seamos un país de pocas patentes, muchos acuerdos de transferencia tecnológica y  una fuerte dependencia exterior (a pesar de nuestra posición de país desarrollado) de los avances de los centros de investigación más activos, de los que alimentamos nuestra estructura pretendidamente innovadora.

Tampoco será motivo de sorpresa reconocer que una parte sustancial de nuestras empresas más orgullosas por su investigación aplicada mantienen felices acuerdos con otras extranjeras que son las que han desarrollado los equipos y productos que aquí fabrican (generalmente, se ultiman o se montan) o son, simple y llanamente, filiales de multinacionales que tienen poderosos centros creativos en Alemania, Reino Unido o Estados Unidos (por no decir, para no incrementar la vergüenza, en países bastante menores en población, como Dinamarca, Suecia, Noruega o Países Bajos).

Ni siquiera nos provocará una mueca de estupor el admitir que muy pocos de nuestros equipos de investigación han sido capaces de descubrir algo diferente de los artículos publicados por otros centros foráneos, con los que se han apresurado a firmar convenios de cooperación para optar a subvenciones para sus becarios, aumentar sus dotaciones de infrapagados funcionarios y, en fin, engordar sus currícula con interminables -y económicamente estériles- títulos de trabajos que parecen combinaciones aleatorias de los mismos palabros.

El número oficial de científicos, técnicos y centros dedicados a la investigación y a la innovación es muy superior al real. Son pocos los que innovan de verdad y es también escaso el número de los que están ilusionados por su trabajo que, desde luego, no guarda relación con las compensaciones económicas que reciben.

Lo más curioso es que sería muy sencillo detectar, en este marco de confusiones, quienes son los buenos y los malos de la película. Como sucede en un aula, los alumnos no se equivocan al reconocer a quienes son los mejores de su clase, lo que no siempre detecta el profesor. Aquí, los que saben quiénes son los mejores serían los propios colegas y podían serlo unos comités de evaluación que no tuvieran rémoras de politicas, enchufismos y cambios de cromos. 

Claro que también podemos seguir ilusionados pensando que lo hacemos bien y que los que critican el sistema son resentidos que no han alcanzado la gloria.

Sobre las energías que se pierden en España

Que en España se pierde mucha energía, es cosa sabida. Que se pierda en los despachos, en discusiones baldías, en presentaciones cuidadosamente preparadas que se pierden con pocas asistencias, en monólogos sin gracia, en dineros para realizar informes que nadie lee, etc., también.

El 8 de julio de 2010 se presentó en el Ciemat, por la Fundación para estudios sobre la energía, un libro sobre "Energías renovables para la generación de electricidad en España".

El salón de la sacrosanta institución estaba casi lleno y, lo que es más saludable, nutrido con representantes de diferentes sectores energéticos, que hicieron reflexiones, en general muy atinadas, sobre el tema -sin haber leído el libro-, y que dieron lugar a brillantes precisiones, réplicas y comentarios de José María Martínez-Val, quien, como coordinador principal, había presentado el trabajo.

El libro, en sí, no añade mucho nuevo al panorama. Se han escrito en estos últimos años bastantes libros, folletos y libritos sobre el tema, y cada tres por cuarto algún sabio -despechado, por lo general- da una conferencia magistral sobre el tema. Por eso, todos sabemos o creemos saber mucho sobre el tema, y es difícil que se nos sorprenda con algún gráfico nuevo, o alguna reflexión que no hayamos oído o leído.

La lectura del libro levanta una incómoda sensación de improvisación en algunos párrafos del texto, y en concretos capítulos, en lo relativo a su expresión gramatical que no, desde luego, en su contenido.

Es como si hubiera habido prisa por la publicación, sin esperar a las indicaciones del corrector de texto. Que algunos -demasiados- de los gráficos estén ampliados a una escala que no mejora por ello su visualización tampoco ayuda a dar la sensación de que estamos leyendo algo novedoso, sino, más bien, un refrito.

El resumen ejecutivo es espléndido y debería figurar como libro de cabecera de cualquier político que quiera entender las bases actuales y de desarrollo futuro de esas tecnologías, y gozar de una guía básica para no equivocarse (mucho).

Pero el titular periodístico lo dió, sin duda, Martínez-Val, al denunciar (sin intención de hacerlo, pero estaba presidiendo el acto el secretario de Estado) que un país que confunde watios y voltios -refiriéndose al paquete común que se hizo, desde el punto de vista legislativo, para subvencionar tanto los huertos solares (basados en las placas que producen energía solar fotovoltaica, tecnología ya madura) como las instalaciones de solares térmicas (de concentración, y con tecnología aún experimental)-, va forzosamente mal orientado.

Aunque, como el libro merece un análisis más detallado, dedicaremos otros Comentarios a presentar algunos de sus aspectos más destacados.

Sobre la capacidad de la euforia para relanzar la economía

Cuando estamos optimistas, nos animamos a consumir más. Tomamos la decisión de comprar el traje o los zapatos que nos parecían bonitos pero demasiado caros; nos damos el lujo de acudir a un restaurante de moda sin mirar el lado derecho de la carta; hacemos más llamadas telefónicas, preparamos con mayor ilusión las próximas vacaciones; etc.

Además de esos ejemplos de andar por casa, ¿los empresarios propietarios de los grandes grupos, también toman decisiones más arriesgadas o se permiten aventuras económicas haciendo menos caso a sus directores financieros, después de tomar unas copas de Moet Chandon, firmar la reconciliación con su ex, o -esto sí que es un buen ejemplo- después de que el equipo de sus sueños se haya calificado para jugar la final del campeonato mundial de fútbol?

Lo sentimos, no tenemos la contestación. Algunos visionarios de los que no dudan en inventar una cifra para dar respuesta a una elucubración, insinúan que si España ganara el mundial de fútbol, se podría mejorar el pib en una décima.

No es mucho. La venta de camisetas rojas y azules con los nombres de los hérores, de banderitas rojigualdas, de Calimochos, tintos de verano y -permítasenos la pícara licencia- de preservativos, parece que sí ha aumentado.

Si la última estimación se relaciona con el espacio muestral total, podríamos inducir que el número de niños que nacerán en abril de 2011 habrá aumentado y que, si seguimos ganando campeonatos todos los años, recuperaremos la forma de pirámide de la distribución de edades -hoy por hoy, en alarmante forma de boa que se tragó un burro- y, a partir de 2050, aproximadamente, podríamos pensar, al fin, en jubilarnos, al poder cobrar las prestaciones sociales correspondientes, como han podido disfrutar, hasta ahora, nuestros predecesores. Habríamos cotizado...calcule Vd. su caso, estimado lector.

Es una apuesta arriesgada, pero no nos queda otro remedio que confiar en que la salvación económica vendrá por pelotas. Las nuestras o las de los otros. La hoja de deberes impuesta por la UE a Grecia es un modelo que puede fotocopiarse si las euforias no se traducen en aumentos de productividad, eliminación de despilfarros y concentración del gasto útil.

Si tiene dudas, no será preciso que recurra a los mejores gurús del panorama económico mundial; pregúntele a su tendero.

Sobre el futuro del estado de bienestar

Las claves de la conferencia que Luis Garicano Gabilondo, exiliado economista español, pronunció el 6 de julio de 2010 en la Fundación Rafael del Pino, las dió -de manera tal vez involuntaria- el director de la misma, Amadeo Petitbó, en la presentación del ponente: Caminamos hacia un estado de malestar.

Garicano disfruta de la privilegiada posición de ser profesor en la London School of Economics y tener tiempo, inteligencia y ganas, para analizar los datos sobre la economía española y compararlos con los de la Unión Europea y Estados Unidos.

De sus conclusiones viven, desde hace años, muchos analistas y periodistas económicos de menor nivel, porque sus reflexiones sirven de alimento, generalmente crítico,  respecto al gobierno socialista y de adobo pesimista para juzgar lo que nos espera.

Por cierto, la Fundación del Pino ha dotado a la Universidad Carlos III de un fondo para que sea contratado como catedrático por el período 2010-2013, (a él y a Juan Díez Medrano) "para ayudar a la recuperación de investigadores españoles en el extranjero". 

Además de la información que obtiene de los bancos de datos, que le permiten fundamentar conclusiones de indudable peso, Garicano cuenta -como dedujimos- con la atinada visión de su suegra holandesa que está preocupada porque, siendo el euro la moneda única para un grupo de países a los que les falta, sin embargo, coherencia fiscal y social, teme que los pensionistas de allá encuentren sus pensiones disminuídas por culpa de lo bien que vivimos los españoles de acá.

Garicano tiene un verbo ágil, alimentado por una cabeza inteligente, y sabe poner sentido del humor a verdades que, como son como puños, duelen si el que las escucha tiene la afición de mirar hacia otro lado. Dijo, por ello, -matizando que no se refería a ningún político concreto y especialmente no a Zapatero y a Rajoy, con los que acababa de entrevistarse- que "los políticos españoles comparten los diagnósticos, pero hay un camino de gigante con lo que son capaces de implementar".

De entre los muchos titulares que podrían extraerse de su ponencia, nos resultó llamativa la comparación entre las tendencias a largo plazo derivadas de la tecnología de la información respecto a la de comunicaciones, que ha perfilado en los últimos años.

Para Garicano, la mayor facilidad de acceso a mucha información, que antes resultaba difícil de conseguir, da más poder de decisión a los trabajadores, pero los homogeiniza, haciendo más difícil destacar y, por tanto, provocando que el valor de su trabajo disminuya.

En el camino contrario, la sociedad de las comunicaciones permite centralizar en aquellos que tienen mayor formación y capacidad de decisión, los problemas más importantes, que no pueden ser resueltos de manera sencilla, lo que hace que sus actuaciones adquieran un valor muy alto.

"El resultado del mundo en que vamos a vivir, dependerá de quien gane la carrera", afirmó Luis Garicano, que, después, con un escenario con datos precisos y poco tranquilizadores, dejó claro que España, además de defectos de educación y formación, fallos en la cultura social y empresarial, falta de visión política, sesgada estructura industrial, exceso de prestaciones sociales, etc., tiene una carencia de intelectualidad de máximo nivel.

O sea, que estamos aprovechando bastante bien la sociedad de la información, pero no circulamos para ganar por la autopista de la sociedad de las comunicaciones, perdiendo sistemáticamente competitividad en el escenario internacional.

Ah, pero en deportes y, especialmente en fútbol, estamos entre los mejores. Esto no lo dijo Garicano, que agradeció a la audiencia que en el día del partido Holanda-Uruguay, la sala se hubiera llenado con tantos forofos de la economía, forzando incluso, a que hubiera que habilitar un segundo espacio, para albergar a casi otros tantos.

En el coloquio hubo preguntas-monólogo, respuestas rápidas del que tiene recursos para todo y un colofón de nutridos aplausos, merecidos, pero que sonaron también a catarsis de quienes sabemos lo que nos espera y no vemos que se esté haciendo lo necesario para evitarlo.

Sobre la belleza del cuerpo humano

Sobre la belleza del cuerpo humano

Ahora que estamos en verano y, como a pesar de las claras indicaciones sobre los riesgos de tomar el sol a porta gayola, el personal sigue despelotándose en las playas, podemos encontrar material de primera mano suficiente para analizar las condiciones estéticas del cuerpo humano.

Es evidente que estas apreciaciones serán siempre subjetivas. Aunque existen datos para afirmar que se puede contar con un general consenso a la hora de atribuir belleza canónica a algunos especímenes, si detectados en su sazón, también es cierto que parece darse una clara propensión a no valorar en demasía los defectos propios, lo que conduce a que no se está en igual condición de juzgar la fealdad o belleza del otro si resulta que hay en él la misma o parecida nariz prominente, orejas de soplillo u ojo casibizco.

También hay que considerar la influencia decisoria del paso del tiempo. No es lo mismo Laura Antonelli -valga como ejemplo- en sus 30 que con los kilos de más que la edad y las tribulaciones le han puesto.

Tampoco hay porqué descabalgarse con un "yo de belleza masculina no entiendo", siendo varón heterosexual, porque todos hemos envidiado a un Rock Hudson (antes, ay, de que se descubriera gay) o a un George Clooney (del que no consta, para defensa de puristas, al menos hasta el momento, otra propensión que al sexo-género tenido por opuesto).

Pero a lo que íbamos. Del espacio muestral disponible, cabe deducir que, a diferencia de lo que podemos apreciar en la inmensa mayoría de las restantes especies animales, el período en el que el ser humano goza de presunción estética es muy pequeño. No hay, por supuesto, mociquina de a quince que no sea guapa o fea. Hay, para envidia de casi todos, unos pocos ejemplares humanos que tienen, entre los 16 y los 35, una incuestionable belleza.

A partir de ahí, ni las inyecciones de botox, ni las operaciones de cirugía estética, ni las asistencias al gimnasio, pueden evitar que, llegados los cincuenta, las ojeras, los michelines, los inoportunos colgajos dérmicos y los achaques físicos y síquicos de la más variada naturaleza, desaconsejen la exhibición pública de nuestro deterioro.

Claro que, como cada uno es libre de hacer lo que quiera con lo suyo, siempre que no cause mal a otro, nada impedirá que se muestren, incluso con incomprensible ostentación, las muestras de la fealdad en que se convierte el cuerpo humano.

A los amigos de lo estético solo nos queda la opción de mirar hacia otro lado o concentrar la visión en esos jóvenes -reconocemos aquí nuestro sesgo sexual, afirmando sin tapujos y sin asomo de perversión que estamos especializados en cuerpos femeninos- que aún no han tenido tiempo a darse cuenta que lo nuestro es humano, que se deteriora sin posibilidad de contención, que el atractivo de la carne, perece.

Sobre nacionalidades, fútbol y banderas

Las nacionalidades modernas son, en resumen para neófitos, una mezcla de intereses mercantiles, herencias feudales y egocentrismos enfermizos. 

Por supuesto, no son entendidas así por quienes echan mano de ese frasco de esencias rancias, cuando se trata de negociar trozos de tartas de pasteles e incluso, de conseguir despojos de la basura. En esos momentos de éxtasis, se habla de las nacionalidades como si fueran la manifestación más genuina del desarrollo cultural humano, la más pura demostración del genio y de la raza.

Es obvio que las nacionalidades necesitan de banderas, de símbolos y, sobre todo, de un elemento  de identificación, aglutinador y de fácil comprensión.

El fútbol ha conseguido ser ese referente. Así que hou podríamos decir, asumiendo las razones del orgullo coelctivo, que la nacionalidad española se erige en torno al avance cultural que ha forjado un equipo de una decena de héroes capaces de superar todas las dificultades imaginables en un espacio de aproximadamente una hectárea, conduciendo una pelota hasta un portón de tres palos, portando como emblema sacrosanto una roja camiseta.

Esa base cultural antológica se sustenta, básicamente, con los elementos surgidos del Barça, exponente de la muy privilegiada cultura catalana, sublimada sobre todas las demás nacionalidades, naciones, asociaciones atléticas y agrupaciones sociales de la tierra hispana, debido a la especial cualidad de los atletas vestidos con los colores blaugranas.

Nuestro concepto de nación se ve reducido, pues, a una fiebre pasajera. Soy español, español, español, porque el equipo de fútbol que representa mi país en una competición internacional ha resultado triunfador, o porque un fuera de serie atlético ha conseguido un preciado trofeo con sus habilidades.

En todo lo demás, si pudiéramos, prefiríamos, posiblemente, ser norteamericanos, alemanes y, al no ser eso posible, representantes autodesignados del pueblo más escondido del mundo en el que se encontraran algunas raíces que justificaran nuestra presencia actual en un planeta que, pretendiéndose global, resulta, imparablemente, víctima de los más oscuros obstruccionismos individualistas.

Sobre revolucionarios, víctimas y catarsis

Entre los muchos misterios que circundan el comportamiento humano, se encuentra el de la aparición periódica de las revoluciones y, por supuesto, el análisis del papel que que en ella juegan los revolucionarios.

Aunque, una vez que las aguas vuelven a su cauce, aparecerán presuntos revolucionarios como setas que alardearán haber estado allí, construyendo su puesto ficticio junto a los que condujeron la revuelta, damos la calificación de revolucionarios en este Comentario, únicamente a los líderes.

Es decir, eliminamos a los que se incorporan a posteriori, cuando han triunfado las revoluciones o cuando, sin haberlo hecho, los nostálgicos de lo que pudo haberse conseguido intentan ponerlas en valor. Son muchos los hábiles que quieren rentabilizar en su provecho las revoluciones conseguidas como las fracasadas, una vez que entienden ahuyentado todo peligro para sus posiciones y creyendo que su currículum se verá engrandecido con padecimientos inventados que parecen incluso propios de un martirologio.

También elimianmos a los que las secundan, sean cuales fueran sus móviles reales, pero no hubieran sido capaces de iniciarlas.

Detengámosnos, pues, en los que las promueven o lideran. Ahí están, animando a sus compañeros de infortunio a revelarse contra la situación que están padeciendo, porque la juzgan insostenible, prometiendo un mundo mejor sin las cadenas, exponiéndose.

Puede parecer cómico, si bien se observa, pero llama la atención de que, generalmente, los revolucionarios personifican frecuentemente, como nadie, el origen del disgusto colectivo, no en los que han originado la injusticia, sino en el carcelero. Si somos indulgentes, podemos pensar que se trata de falta de información, pero, en realidad, lo hacen por sentido práctico y por comodidad.

Las revoluciones no han surgido históricamente para cambiarlo todo. Solo pretenden tener éxito cambiando lo justo. Como los seres humanos aborrecemos los argumentos complicados, prefiriendo la sencillez, incluso la simpleza, los lemas de la revolución han de ser escuetos, directos, simples.

Una vez que la mecha ha prendido en el grupo de la rebelión, lo más aconsejable es estar lejos. Pocos líderes revolucionarios las culminan.  Cuando se ha producido el número de víctimas suficiente para calmar los ánimos, y se entiende alcanzado el punto de la catarsis colectiva, quienes las iniciaron, si han conseguido sobrevivir, se limitarán a decir: "No era eso, no era eso".

Sobre el sentido de la vida

Imaginemos encontrarnos en un examen. Un examen crucial, del que dependiera todo. ¿Todo?. Sí, todo.

Hemos entrado en la sala y, desde el comienzo, nos ha extrañado que hubiera tantos examinandos junto a nosotros. No creíamos que el puesto a cubrir fuera tan importante. Hay gentes de todas las edades, de las más variopintas condiciones, razas, cualidades.

Estamos en las filas de atrás, y no vemos quién ha abierto el sobre en el que figura el texto a glosar por todos los presentes. Un joven distribuye las papeletas. Leemos la pregunta, única, que hay que desarrollar: el sentido de la vida.

No hay límite de tiempo. Bueno, sí. Hay límite pero no será el mismo para todos. En cualquier momento, alguien nos retirará el papel. Tampoco sabemos cómo se puntuará el ejercicio, ni siquiera si habrá alguien que califique los trabajos.

Apetece gritar ¡No hay derecho!, ¡No caigan en la trampa de hacer esta prueba! ¡No servirá para nada!. Pero nos contenemos.

Se comenta que muchos ya han entregado sus ejercicios; hay rumores de que algunas plazas ya están concedidas de antemano. ¿Para hacer qué?.

En un rincón del aula se han sentado juntos varios que alardean de haber ido a un academia especial, y que su director ha recibido el chivatazo de la respuesta correcta. Algunos escriben frenéticamente; otros copian ostentosamente de libros y apuntes. Nadie parece vigilar el aula inmensa.

Miramos la hoja de papel en la que hemos dibujado algunas líneas, escrito varias frases que nos parecen incoherentes. Tachamos todo. No nos convence.

La persona que tenemos justo al lado nos sonríe. Aunque reconoce que tampoco ha preparado nada, que está allí sin saber qué hacer, sentimos que, de pronto, nos ha llegado la inspiración.

Sobre la imagen exterior de España

Todas esas personas que se abrazaban, lanzando gritos de júbilo, vestidos con la camiseta roja de la selección de fútbol, cuando el asturiano Villa, "el Guaje", metió un gol al equipo que representaba a Portugal en el Trofeo Mundial de Sudáfrica, se sentían identificados con un proyecto singular.

Ese proyecto singular, en el que pueden encontrarse múltiples matices, es el de que ese equipo de fútbol que representa a España gane la Copa de campeón del Mundo, en competición con equipos formados por otros atletas nacidos en diferentes países. Que una buena parte de los aficionados sea capaz de recitar de carrerilla los nombres de todos los jugadores, de los suplentes, del entrenador y hasta de sus esposas y novias, es un detalle adicional sin mayor importancia.

Lo importante es que miles de españoles -¿millones?- se sienten identificados con un equipo de fútbol. Si gana, se podría pensar que ganan ellos. Si pierde, se sienten frustrados con ellos.

Ojalá que se pudiera encontrar la razón íntima por la que se puede ilusionar a un colectivo tan numeroso con el trabajo, y el éxito de unos representantes de élite. No solamente en el fútbol, o en el tenis, o en el motociclismo o en las carreras de bólidos. Qué decimos solamente. Sobre todo, que se pudiera saber cómo ilusionar a la población con el trabajo de sus políticos, de sus empresarios, de sus científicos, de sus técnicos, de los mejores profesionales de cada oficio.

No sabemos. Ignoramos, en verdad, qué diablos es lo que mueve a millones de personas a seguir abotargadas emocionalmente las evoluciones de unos jóvenes, olvidando que están en paro, o que tal vez mañana perderán su trabajo, o que el dinero que guardan en el Banco está en peligro, o que sus acciones valdrán mañana un poco menos o su casa ideal será más inalcanzable.

Porque si supiéramos cómo hacerlo igual, seríamos el mejor país del mundo. Empujados por la misma ilusión, dirigidos por el trabajo de los mejores, no habría selección de políticos, intelectuales, profesionales, investigadores, que nos tosiera.

Pero, ay, nos tosen. Nos pueden. Seremos campeones del mundo de fútbol (lo deseamos, también, para gozo de tantos seguidores), pero nos levantaremos un poco más pobres, más descoordinados, menos solidarios, empecinados en discusiones interminables para defender la mínima parcelita que nos afecte, olvidando las necesidades del vecino y, lo que es más grave, las de todos.

Sobre el prurito de hacerlo bien y lo malo de hacerlo por prurito

Aunque la palabra es de las que se usan poco, tiene dos acepciones bastantes distantes que nos justifican el atractivo de situarlas juntas en un mismo titular. Porque se puede (y debe) tener el deseo ferviente de hacer las cosas lo mejor posible; pero cuando lo que nos mueve a hacerlas sufriendo de un picor insoportable, lo más probable es que, llevados por esa inquietud, nos precipitemos y el resultado sea nefasto.

No deberíamos tener dudas de que la mayor parte de los políticos -tanto si se encuentran ejerciendo (incluso ostentando) el poder, como si aspiran a llegar a hacerlo- desean ser apreciados por lo bien que lo hacen. Otra cuestión es que sepan cómo hacerlo, y una ya muy diferente, es que antepongan su bienestar personal al colectivo: estamos convencidos de que estos últimos son minoría y que, ya puestos a creernoslo todo, solo caen en la tentación para llevarse -presuntamente- un par de trajes a casa que, puede, incluso no sean ni de su talla.

Pero que, metidos en un berenjenal, tengan que hacer su trabajo mientras les pica insoportablemente el cuerpo, es algo de lo que deberíamos tener compasión. Así no se puede trabajar.

Nos da la sensación de que esta es la situación: los líderes, tanto los próximos como los globales, tienen por prurito demostrar eficacia pero las circunstancias les han puesto el cuerpo en un prurito y, constreñidos a rascarse allí donde les pica, no tienen tiempo, ni ganas, ni tranquilidad, para ocuparse de lo nuestro; de lo de todos, vamos.

Ejemplos, los encontramos a diario: mandamases mundiales que se olvidan de lo que les trajo a una reunión de alto nivel que cuesta un pastón a sus países, y que se ponen a ver en televisión un juego de pelota; mandamasinos más modestos que no consiguen convencer ni a sus allegados familiares de que las medidas que se les han ocurrido para crear empleo serán, no ya eficaces, sino ejemplares para que quienes, cuando sean llamados a dar el callo, teniendo mucho más, no se extrañen de que les llamen a cotizar en la salvación de una crisis que, por cierto, ellos mismos han provocado, a base de tanto divinizar el mercado.

 

Sobre el derecho a la huelga y su ejercicio

Sobre el derecho a la huelga y su ejercicio

El derecho a la huelga en España está reconocido como un derecho fundamental por la Constitución de 1978, aunque está regido por un Real Decreto de 1977 (R.D. 17/77), que fue desprovisto de varios artículos por una sentencia del Tribunal Constitucional de 1981.

No se trata, como es obvio, de un derecho general, sino que solamente puede ser ejercido por "los trabajadores"; y no puede realizarse por cualquier motivo, sino "en defensa de sus intereses", viniendo regulados en la normativa, tanto las actuaciones de los huelguistas, los efectos de la suspensión temporal del contrato de trabajo, así como el comportamiento que deben asumir los empleadores, entre otros aspectos.

La cuestión que se plantea de forma recurrente en España y en otros países en donde este derecho está reconocido también a empleados públicos (funcionarios, trabajadores de los servicios de primera necesidad, como sanidad, recogida de residuos, enseñanza, transporte, etc.) es si está adecuadamente regulada la limitación de las consecuencias de la decisión de este tipo de huelguistas, con la regulación de los servicios mínimos.

Porque los afectados por una huelga en una empresa o centro que realice servicios públicos no son solamente los trabajadores y su empleador. Ni siquiera son los más afectados. Los más afectados son los usuarios, que son convertidos así, sin comerlo ni beberlo, en moneda de cambio para presionar, con su descontento, para que se conceda a los huelguistas lo que piden.

Naturalmente, cuando una voz se alza reclamando especial prudencia en la convocatoria de una huelga que paralice o afecte gravemente a una de estas actividades, que, además, suele realizarse en momentos de mayor demanda(aclarando aún mejor la intención y a quién se pretende afectar), los huelguistas y sus defensores se lanzan al cuello de los disidentes.

No nos engañemos, sin embargo. Analizando la cuestión con distancia y deseos de finura, llegaríamos a la alarmante deducción que, en el caso de una empresa pública o de una concesionaria de servicios públicos o de primera necesidad, la presión de la huelga sobre los usuarios o clientes del servicio, juega el papel de injerencia intolerable sobre una negociación, pues no se está actuando sobre las repercusiones económicas que la huelga debiera tener sobre el empleador, disminuyendo sus beneficios, sino sobre el objetivo de atender al bienestar de la comunidad afectada que sería la verdaderamente perjudicada.

Se desplaza así el control de la decisión hacia un contexto extralaboral, el político. Y está claro que la huelga tiene todas las oportunidades de conseguir su objetivo, porque el que negocia en nombre del capital de la empresa no se ve afectado en su bolsillo, sea cual sea el resultado. Peor aún: el éxito de su negocación, será contemplado, tanto desde la posición de los trabajadores huelguistas como de los usuarios de los servicios, como positivo, si la huelga acaba suspendiéndose, porque se conceden a los primeros, todas o la mayoría de sus reivindicaciones.

Resulta, en fin, que los huelguistas de los servicios públicos tienen, sino se remedia con otras medidas, siempre las de ganar. Son ellos y, en particular, sus representantes sindicales, los únicos que pueden graduar y ajustar el alcance de las reivindicaciones, para que no conduzcan a la huelga. Porque una vez que han decidido convocarla, sabrán que es prácticamente seguro que obtendrán lo que piden, no porque sea razonable o justo, sino porque los usuarios afectados no tendrán forma de expresar su opinión.

Estos usuarios no tienen dónde reclamar las horas perdidas, a quién pedir la justificación de los cuidados que se les han sustraído en hospitales y clínicas, cómo valorar los riesgos de las enfermedades de las basuras no recogidas, amontonadas en las calles durante la huelga, etc.

Ni siquiera podrán plantearse, cómo diablos podrán expresar su descontento por sus bajos salarios o sus jornadas excesivas, si lo que les preocupa es que su empleador no se vaya al garete y son muy conscientes de que un día de huelga pondría en mayores dificultades a la empresa de la que comen y aumentaría el riesgo de que, a lo peor, se encontraran un buen día con una patada en el culo por despido procedente e improcedente.

(Nota: La imagen que acompaña este comentario corresponde a una anotación en un calendario Mirga de sobremesa realizada por Angel Arias el martes, 15 de agosto de 1973)

Sobre el Museo Arqueológico y Holográfico de Madrid

Sobre el Museo Arqueológico y Holográfico de Madrid

En el Museo Arqueológico de Madrid, una joya olvidada por los circuitos de turistas culturetas, ha aparecido, entre las obras de remodelación de la calle Serrano y del propio edificio, una exhibición de tecnología, formada por hologramas.

Ya todo el mundo sabe -más o menos- lo que son las holografías, ese a modo de pegatinas de seguridad que se encuentran en los billetes y en las tarjetas de crédito y que los hacen prácticamente infalsificables, debido a la dificultad de reproducirlas.

Lo que no se había visto nunca es la cueva de Tito Bustillo en holografía. Y ahí está, en el Museo de Madrid. A través de lo que podría tomarse por una ventana, se accede a la contemplación de la cueva del caballo; en otra vista, un juego de estalactitas y alguna estralagmita nos anima a penetrar en las profundidades de un misterio que no tiene realidad delante de nuestras narices, pero que parece que podría tocarse.

Al lado de esa sorpresa tecnológica, hay otras. Un par de decenas de piezas del museo han sido reproducidas en holografías, y el visitante las contempla una y mil veces, preguntándose cómo ha sido posible tanta exactitud. En el centro de la exhibición, una pantalla táctil, como un gigantesco iphon, además de informarnos sobre cada una de las piezas que, estas sí, están a pocos metros de distancia, en el Museo real, nos permite agrandarlas a voluntad, girarlas, escudriñar en muy pequeños detalles que el ojo desnudo jamás hubiera descubierto.

Enhorabuena a Julio Ruiz y a su equipo de hológrafos. Nos los podemos imaginar bajano los pesados equipos al interior de la cueva asturiana, vigilando el mantenimiento de las condiciones de temperatura y humedad, respetando el silencio, emocionados al contemplar, ya en el laboratorio que, sí, que habían conseguido los primeros hologramas mundiales de una cueva subterránea, y trasladado a un Museo de Madrid la belleza de unas pinturas que alguien trazó hace unos cuantos miles de años.

Sobre Estatutos de Autonomía y Unión Europea

De entre los múltiples y muy diversos problemas que tenemos en España, la cuestión de la constitucionalidad del Estatut (esto es, el nuevo Estatuto que Cataluña viene aplicándose desde 2006), no es, ni mucho menos, la menor.

Afecta a la credibilidad del Tribunal Constitucional -el máximo intérprete de la Constitución vigente, auto-ridiculizado por su falta de entendimiento ante un tema sustancial-, a la de la gobernabilidad del Estado español -en el que, por una fórmula de cómputo electoral poco democrática, se penalizan a los partidos minoritarios que actúan en todo el ámbito del país, pero se premian a los debase nacionalista-, a la solidaridad interregional -porque si las regiones más ricas desean el máximo autogobierno, nos encontramos ante un sálvese quien pueda, del que las regiones pobres llevan todas las de perder- y, por no hacer esta enumeración muy larga ni darle apariencia exhaustiva, aumenta la debilidad negociadora de nuestros representantes en el seno de la Unión Europea.

El invento de la España de las Autonomías y la visión de los múltiples agujeros que la Constitución dejaba abiertos en la formación de las competencias regionales (a pesar de las reiteradas ingenuas afirmaciones de que el proceso autonómico "estaba cerrado"), ha debilitado hasta límites inasumibles los márgenes de actuación del gobierno central de esa hipotética nación, llamada España.

Un grupo de 160 profesores de derecho en Cataluña -que ya es densidad de juristas que se ganan el pan teorizando sobre el alcance de las leyes y desbravando nuevos letrados- afirma que el nuevo y auto-sancionado Estatut es plenamente constitucional, ajustado como un guante a lo previsto en la Carta Magna (perdón por el gigantismo semántico) del 78 "siempre que no se interprete de manera restrictiva y excluyente".

El cliente de esos juristas laureados es el catalanismo en el poder y, por tanto, no es de extrañar que esos especialistas en derecho, defiendan la posición de quien les da de comer, tanto física como metafísicamente. Todos haríamos lo mismo.

Distinta cuestión es quién debe realizar el análisis lo más objetivo posible de las consecuencias de la aplicación plena de ese Estatut y eso, quiéranlo o no, hay que realizarlo desde una perspectiva más amplia, que es el propio Estado de las Autonomías y, como ese Estado está inmerso en una Unión Europea de variopintos intereseses, encajar ese juicio en el marco de las consecuencias para España si, como sería previsible si se sanciona constitucionalmente el Estatut, las demás autonomías -las más ricas, primero- se apuntan a la igualación de competencias y capacidades de decisión.

Cataluña tiene población y peso económico bastante superior a varios de los países que se integran en la Unión Europea. No objetamos que sus políticos más destacados sientan el gusanillo de sentarse al lado de los presidentes de Chipre, Bulgaria, Eslovaquia, Dinamarca, Estonio, Finlandia, Lituania, Irlanda, Luxemburgo, Malta, Eslovenia,...

No creemos que el empresariado catalán, mucho más internacional que sus políticos, vea con ilusión esa equiparación. Y, desde luego, desde una posición central, y sin entrar en más detalles, a nivel del Estado español, cuanto más cabezas crean poder decidir lo que les conviene a ellos solos, más perdemos todos. También ellos.

En esa posición de defensa de intereses más generales, hay importantes elementos jurídicos y pragmáticos que permiten emitir el juicio, de no seguir debilitando a España al disminuir su capacidad de decisión homogénea en una Europa de varias velocidades. Sin necesidad de esperar a la conclusión de un nuevo capítulo de pruebas y errores que nos llevaría a profundidades aún mayores en las  desigualdades económicas, políticas y sociales.

Una reflexión que cuenta con el aval no solamente de juristas, sino del sentido común y la experiencia histórica.

Sobre la vivienda del futuro

Sobre la vivienda del futuro

La intención hay que juzgarla como buena, pero los resultados han sido pobres o, cuanto menos, desconcertantes.

La exposición-concurso Solar Decathlon (organizado por el Departamento de Energía de los Estados Unidos desde 2002) ha reunido esta vez en Madrid, a orillas del río Manzanares, a diecisiete modelos de viviendas energéticamente muy eficientes, diseñados por grupos de alumnos de otras tantas Universidades de Arquitectura. En las ocasiones anteriores las "villas solares" se habían montado en el National Mall de Washington.

Se trata de viviendas que, deben aprovechar en exclusiva la energía solar, compitiendo también en aspectos de funcionalidad, estética, sostenibilidad (palabra que a los arquitectos les produce el comprensible rechazo, pues las edificaciones no están hechas para caerse). Todas ellas, por tanto, integran placas solares, buscan la orientación de máxima insolación y utilizan materiales baratos y aislamientos térmicos, además de los correspondientes ingenios de acumulación y cesión de ese calor, para mantener relativamente confortable la temperatura interior.

Los problemas técnicos centrales de estas viviendas hace ya algún tiempo que están resueltos y lo que se trata ahora, pues, es comprobar cómo esos condicionandos energéticos se traducen en diseño y, por supuesto, cuánto cuesta al habitante cada invento.

Aquí se produce la decepción, pues las casas presentadas son, -ya se sabe que para gustos hay colores-, estéticamente poco atractivas, produciendo un indeseable efecto-desolación -valga el juego de palabras-, cuando se las observa así, alineadas, diminutas, heterogéneas, pero, en esencia, cajitas junto a cajitaas, teniendo como fondo el perfil imponente de esa parte de Madrid, poco conocida del citadino madrileño.

El propósito de ser lo más autosuficiente posible en la producción de energía no es baladí. La Directiva Europea 2002/91 relativa a la eficiencia energética en Edificios,  obligó a replantear la Ley de Ordenación de la Edificación 38/99, y a revisar tanto el reglamento de instalaciones térmicas (RITE) como a desarrollar un sistema de calificación energética de los edificios (CALENER), creando nuevos marcos -de definición exacta, algo imprecisos- para cumplir los objetivos de ahorro de energía en los edificios, tanto de nueva construcción como de los existentes.

Pero las soluciones individuales están lejos de la casa ideal por la que alguien quisiera gastarse el dinero para vivir en habitáculos de 25 m2, con el techo sobrecargado de placas y el interior -o la caseta de al lado- lleno de artilugios. Tal vez la casa de la Universidad de Tongji conserve la mayor parte del atractivo que esperaríamos encontrar en una casa chalet a la que huir desde la ciudad, pero ¿merecería la pena el sacrificio de ubicar ese cajón en medio del campo yermo?.

Un invento paralelo nos ha llamado la atención, pues puede ser de aplicación en los países pobres en los que la leña es escasa y el sol achicharra. Una cocina solar tipo parabólica de aluminio refrectante parece útil para que coman caliente -si tienen qué- en poblados africanos. En Madrid, sin embargo, para cocinar los alimentos, habría que esperar a un día de sol intenso (el 26 de junio de 2010 en Madrid no lo fue) y adaptarse a bocadillos el resto del año.

Volviendo a las viviendas, y oyendo las opiniones de técnicos escépticos, poco tenemos que inventar por estos lares. Las casas de campo tradicionales, con las fachadas con ventana orientadas en dirección norte sur, y los otros laterales cerrados, y sus paredes de anchos espesores -más de un metro, muchas de ellas-, conservan el calor del día en invierno y son frías en verano. Se puede combinar la cuadra y la cocina en el piso inferior con las habitaciones en el superior. Tenemos, además, el botijo, la sandía y, en invierno, la manta toledana.

Y siempre queda la opción de volver a las cavernas, envueltos en pieles de mamíferos, si es que no nos apetece ya vivir en una casa con vecinos.

Sobre la caldera energética española

Porque se han puesto de acuerdo, después de largas sesiones de discretas negociaciones, para no subir las tarifas eléctricas en julio de 2010, los representantes del Partido Popular y del Partido Socialista españoles, hablan de prometedor comienzo para un Pacto sobre la Política Energética, que pueda durar los próximos 15 años.

El primer paso es débil -y obvio- para el duro camino que queda por recorrer a ambas formaciones políticas, después de lo mucho que se han ido separando, por no haber querido escuchar a los técnicos y concentrarse en la venta política oportunista de las decisiones puntuales (o de la ausencia de decisión).

No estamos apuntando hacia los gobiernos socialistas únicamente, que han sido, desde luego, principales culpables de dos graves actuaciones: la provocación de una mala imagen injusta sobre la energía nuclear española, de base populachera; y el apoyo inocentón, pero costoso, a las supuestas energías alternativas.

Los gobiernos populares han sido conniventes en esa desorientación que prima en la política energética, al no atreverse a tomar decisiones imprescindibles, como, por ejemplo, la exigida por la corrección del déficit tarifario y, en fin, el mantenimiento del falso "parón nuclear" -éramos y seguimos siendo un país con una fuerte dependencia de esta fuente energética-, además de no haber sabido defender una estrategia para el carbón de producción nacional, y acelerar la dependencia gasista.

La revista Industria y Minería de mayo de 2010 ofrece algunas cifras y comentarios al respecto de la situación energética española que bien podían servir de resumen a los negociadores respecto a las grandes líneas de cómo actuar.

Como subraya en el Editorial Alberto Carbajo, Director de Operaciones de REE, la electricidad es importante tanto desde el lado de la generación como desde el de la demanda. Desde la generación, porque es la manera de integrar las renovables en el mix de producción energética primaria, coadyuvando así al éxito de dos complementarios: la nuclear y la cogeneración, en la que tenemos mucho invertido.

Se refiere también con ello -suponemos- a la dificultad actual de consumir las energías llamadas limpias sino es a través de ese especial rumiante tecnológico que es la red eléctrica, a sabiendas de que no hemos conseguido aún mover nuestros vehículos de otra manera eficiente que no sea con el uso de derivados del petróleo.

En la demanda, porque la electricidad es el input más solicitado de nuestra sociedad de desarrollo, que la necesita para mantener su nivel de exigencias de bienestar.