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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre los beneficios empresariales

Pocas dudas admite, incluso para los estatalistas acérrimos, que el mejor acicate que se conoce para estimular al ser humano, salvo exóticas excepciones, para entregar lo mejor de sí mismo a una actividad, es la promesa de obtener un beneficio personal.

La cuestión se complica, y mucho, cuando se traslada a las corporaciones y, en especial, a las grandes empresas -multinacionales o no- que controlan con su actividad sectores vitales del tejido industrial o comercial de un país.

Los beneficios empresariales -no se nos fuerce a ser ingenuos, sino a mantener la sensatez en todo juicio- no responden, en estos casos, únicamente a la buena o mala gestión de sus equipos directivos, sino a la forma en que se encuentran enquistadas en la cadena productiva y al método en que han conseguido separar la importante cuestión de la diferencia entre el valor y el precio.

El precio justo solo viene determinado por el mercado, reiteradamente ensalzado como solución óptima de asignación de recursos, cuando la competencia es perfecta.

El valor de un servicio o producto depende de criterios subjetivos, manipulables por los agentes de una colectividad. Conocemos algunos métodos: la publicidad, el engaño respecto a las prestaciones y costes del bien producido, la capacidad de sobornar a las instituciones de control y, también, de la moda y de las corrientes de opinión que afectan a la sensibilidad y a la apreciación de necesario o superfluo que se incorpore, como intangible, al producto. 

El control de los beneficios empresariales, para garantizar su reinversión a la colectividad en la que se han generado las plusvalías generadas, es imprescindible. Dejar la decisión de la reasignación de los beneficios en las exclusivas manos de los accionistas principales o de los gestores de las empresas, es minimizar la importancia de la gestión pública.

Se puede apelar a la responsabilidad social corporativa de las empresas como un medio de transparencia respecto a cómo se ejecutan, bajo qué pautas, las decisiones de reinversión, incluída la preservación del ambiente o la creación y mantenimiento de los puestos de trabajo locales.

Pero si hemos aprendido a no confiar en la bondad del ser humano como principio natural de actuación, no se nos debería pedir que tuviéramos confianza en el comportamiento honesto con la colectividad de una entidad carente de responsabilidad ética y, por los muchos ejemplos, especialista en escurrir el bulto de la responsabilidad jurídica.

 

A favor de la síntesis

Si fuéramos invitados a expresar nuestro parecer acerca de cuál de ambas capacidades intelectivas, análisis y síntesis, es más frecuentemente utilizada por los seres humanos, responderíamos, sin dudarlo, que el análisis.

La síntesis es la hermana débil de ese dueto desequilibrado. Para el caso de que el lector dude de esta deduccción, observe el comportamiento en su entorno, haga una introspección respecto a su propia manera de actuar, examine los principios, teorías, doctrinas, programas, que canalizan, mueven y sirven de soporte a la inmensa mayoría de las acciones personales u colectivas.

Deducirá que la síntesis, la capacidad de síntesis, pocas, muy pocas veces, se deja ver.

Los pueblos mediterráneos, más concretamente, se embelesan con el ejercicio de los análisis, y allí se quedan.

Juristas, técnicos, políticos del gobierno como de la oposición, tipos de la calle como de la moqueta, empresarios, sindicalistas, sacerdotes y fieles, entran en tierras de análisis y allí se anclan.

Hasta nuestros filósofos se orientan hacia el empirismo, la observación de detalles del comportamiento de los individuos o de las masas y pocas veces -si es que lo consiguieron alguna- se han sentido capaces de ofrecer un compendio sistemático, una Summa, un Tratado, unos Principia, un Resumen.

Unos y otros, disfrutan, disfrutamos, con la contemplación de lo exterior -con intención, generalmente, de descubrir los defectos que nos servirán para criticarlo-, pero huyen, huímos, de cuanto signifique poner prioridades, extraer consecuencias y, en definitiva, sintetizar lo que se haya percibido durante el análisis.

Tal vez el lector encuentre sentido a esta invocación: Ven, síntesis, ayúdanos a seleccionar lo mejor de lo que tenemos a nuestro alcance, a separar el ruido de quienes nos pretenden confundir sobre la importancia de realizar un análisis completo de los errores del pasado, para permitir que quienes tengan propuestas y soluciones las expresen, nos convenzan con ellas, nos liberen de las servidumbres del análisis.

 

A mayores: La valoración por el mercado de los compromisos sociales corporativos

Pocos asuntos ofrecen tanto interés para el análisis socioeconómico en este momento como éste, con el que hemos titulado nuestro Comentario: la incorporación como parte del precio del producto del valor asumido por el mercado para los compromisos sociales de las corporaciones mercantiles y organizaciones públicas.

Hablamos de ese conjunto de acciones voluntarias, de imprecisa definición y catalogación,  que se está llamando, en nuestra opinión erróneamente, responsabilidad social corporativa (RSC).

Si existe una razón para sospechar en la quiebra (aún incipiente) de las bases de la economía de mercado es la creciente valoración por parte de las sociedades de los elementos que se habían considerado exógenos a los procesos productivos. Hablamos de las externalidades, de los inputs no introducidos como coste en los balances de las empresas y de las entidades de cualquier tipo.

Tenemos razones ahora muy serias para pensar que nos estábamos equivocando, como colectivo, al dejar que las entidades de transformación incorporaran, sin coste, el uso de los elementos que considerábamos "naturales e inagotables", de los que el aire, el agua, la tierra, eran representantes típicos.

Nos han (casi) convencido de que la atmósfera se calienta demasiado por la contaminación que ha provocado el desarrollo, que el agua pura está escaseando, como consecuencia de la falta de depuración de la que hemos ensuciado, o que el suelo se ha llenado de productos indeseables y el paisaje que apreciábamos se deterioró o desapareció para siempre.

No solamente éso: la globalización ha puesto de manifiesto que las empresas pueden cambiar sus localizaciones de un mes para otro, dejando sin trabajo a miles de personas, en su búsqueda ávida por la maximización del beneficio para sus accionistas, volando para posarse allí donde los controles administrativos y sociales, las restricciones legales y los costes de mano de obra son menores.

Estamos, en esta parte de la civilización, mucho más concienciados que hace unos años. Queremos una atmósfera limpia, un paisaje agradable y cuidado, un trabajo seguro y bien remunerado, y exigimos que las empresas que se vinculen a su entorno social, dirigidas por empresarios honestos, que nos cuenten la verdad de los costes en los que incurren los procesos, porque deseamos que nuestro bienestar sea sostenible, tenga futuro.

Pero no parecemos dispuestos a pagar por ello. Seguimos comprando lo más barato, sin importar si proviene de una tierra alimentada con abonos contaminantes para la hidrosfera o de verduras protegidas por insecticidas violentos. Vestimos lo que más nos gusta y al precio más asequible, sin que nos preocupe leer la información de la etiqueta respecto a su proveniencia, ni nos informamos sobre lo que hay detrás de la cadena productiva.

No vamos a poner todos los ejemplos. Compramos vehículos por su diseño, no nos privamos de renovar aparatos electrónicos antes de que su vida útil se  haya apenas iniciado, viajamos a países lejanos porque nos sentimos libres para divertirnos al máximo, utilizamos en nuestro beneficio cuanto se nos ponga al alcance, en la obsesión de consumirlo y probarlo todo, porque la vida es breve y no estamos dispuestos a dejarla pasar sin gozar al máximo...

Mientras no estemos preparados para incorporar como coste de los productos, bienes y servicios, la internalización de lo que hasta ahora considerábamos de libre uso, los informes con que nos obsequian algunas de las empresas sobre Responsabilidad Social Corporativa y Sostenibilidad, se parecerán, más que a cualquier otra cosa, a cantos de sirena, himnos a la bandera, nanas de cuna para adormecer los espíritus dormidos de quienes parecen ignorar, porque no lo han sabido ni querido analizar, que el mercado lo asume todo.

Porque es un tragaldabas que solo ocasionalmente se siente empachado por la ingestión masiva de realidades, mitos, bonhomías, perversidades, trampas, buenas intenciones, pero lo únicamente que digiere es dinero, dinero, dinero.

Sobre ética y responsabilidad social

La dinámica social pone de moda algunos vocablos y destruye otros. Viejos perros con nuevos collares. Responsabilidad social corporativa y desarrollo sostenible (o, mejor, sustentable) son dos expresiones que han hecho fortuna.

En el entorno occidental, (donde se agrupan, condicionados por el miedo y su obsesión por el placer, el 25% de los ciudadanos del mundo, compulsivamente rodeados de aparatos rápidamente obsolescentes que les proporcionan desde movilidad hasta agua caliente), ninguna organización -pública o privada- se atrevería a negar que no profesa sincera y profunda adoración por ambos dioses del devocionario colectivo.

Después de haber llegado hasta aquí o cerca de aquí impulsados por una religión monoteísta muy bien hilvanada con lo mejor que se iba encontrando en el camino de perfección, el mundo occidental ha entrado en crisis de valores y, en la renovación de las pautas de comportamiento colectivo, la mayor parte de las Constituciones estatales más elaboradas se han declarado laicas, es decir, ajenas a analizar las razones de Dios y a investigar sobre su naturaleza, renunciando a sacarle partido a su hipotética relación con el hombre. 

La situación es delicada. Si no se dispone de la amenaza de las penas del infierno en el más allá para controlar los deseos de actuar contra las normas divinas, hay que recurrir a la legislación para castigar a los trasgresores en el más acá; si se han roto, nuevamente, las Tablas de la Ley, habrá que volver a escribirlas sobre la placa indestructible de la ética universal.

A nivel personal, la idea de lo que está bien o mal -siempre en relación con el otro- aparece definida muy claro en la intimidad del pensamiento de cada uno. Tiene muchos elementos comunes con todos los demás seres humanos y algunos que son específicos de la formación y exigencia de comportamiento que cada uno se haya ido imponiendo, y de la consideración que tengamos a ese otro. (1)

A nivel colectivo, las sociedades necesitan normas de comportamiento impuestas o exigibles, porque no está nada claro que existan unas normas éticas generales impresas en el alma social. Esas normas son particularmente importantes para controlar las actuaciones de las grandes empresas.

No se puede olvidar, por ejemplo, que empresas petroleras (Shell, Exxon, BP, ...) o de servicios (Wal-Mart, Chevron,...), regidas por puros intereses mercantiles, tienen mayor facturación y, por tanto, mucha más amplia capacidad de acción, que el PIB de la mayor parte de los países (manejan cifras equivalentes, por ejemplo, a las de Bélgica, Polonia, Suecia, Noruega,...).

La Fundación Rafael del Pino ha traído a Madrid, el 3 de febrero de 2011, a varios de los ponentes de una jornada que tuvo lugar en Barcelona el 31 de mayo del año pasado, para presentar un libro colectivo que recoge y amplía las comunicaciones presentadas entonces. "Hacia una nueva ética económica global. Innovación vs. statu quo" es el título.

Un regalo. Una invitación, plagada de sugerencias, para reflexionar sobre lo que nos merece la pena corregir. El futuro de la humanidad ya no depende de lo que nos regalen los dioses, sino de lo que conformemos los seres humanos con lo que está puesto a nuestro alcance.

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(1) A nivel general, no sería objetable, por ejemplo, tener una relación extramatrimonial o fuera de la pareja. Pero puede convertirse en un motivo grave de sentimiento de culpabilidad -sin necesidad de que la situación haya trascendido a ningún ámbito externo- , de acuerdo con la formación recibida y, sobre todo, con la convicción de "haber traicionado" la confianza del otro.

 

Sobre la reforma profunda de las ingenierías

En un documento "confidencial", al parecer redactado desde el Ministerio de Industria español, en el que se analiza el Anteproyecto de Ley de Servicios profesionales, se recogen diversas afirmaciones que demuestran -entre otros vicios de pensamiento no menos graves- el profundo desconocimiento de sus autores respecto a la ingeniería.

Para justificar la necesidad de "una reforma profunda de las ingenierías" se enumeran diversas razones, que sintéticamente trasladamos aquí. 

La mala regulación actual, al decir de quienes redactaron el tosco informe, "restringe la competencia y perjudica el desarrollo de todas las potencialidades que ofrecen las actividades profesionales tecnológicas", y ha de abordarse su nueva formulación, considerando estas circunstancias:

-muy alto potencial para generar crecimiento económico.

-existencia de 17 ramas de ingeniería con reservas de actividad que constituyen una anomalía en el contexto europeo, en donde existe, en general, ausencia de regulación.

-gran conflictividad entre las corporaciones colgiales que paraliza proyectos y dificulta las inversiones.

-la segmentación agrava el problema de la falta de titulados en ingeniería.

-problemas de movilidad, debido al ámbito restringido de atribuciones.

La presentación de este marco de desiguales razones, parcial o totalmente erradas -como deduciría de inmediato cualquiera que tuviera la voluntad de ser objetivo-, lleva a proponer como "solución", una nueva regulación que conduzca a "admitir expresamente que todos los titulados en ingeniería tendrán reconocidas facultades para realizar cuantas funciones le atribuya la normativa vigente a cualquier rama de la ingeniería", (...) "partiendo de que todos los titulados en ingenieria comparten un núcleo común de conocimientos suficiente para habilitarles a realizar todas las funciones que tienen los ingenieros, sin alterar el modelo académico vigente".

Grave distorsión de la realidad acreditan sus autores, tal vez en el servil intento de aplaudir lo que provenga de directrices políticas superiores, al enjuiciar de esta manera la labor de los ingenieros.

Nos apresuramos, eso sí, a aclarar que no estamos con ello criticando al partido socialista en el gobierno, sino que somos conscientes de que estas ideas son compartidas por los representantes del PP y, seguramente, por otros grupos con representación parlamentaria.

Solo desde la ignorancia, que es vecina del desprecio, hacia la función de la ingeniería en esta sociedad tecnológica, se puede pretender que los ingenieros "valemos para todo", sin atender a la profunda necesidad de estudio, análisis, experiencia y conocimientos -multidisciplinares, la mayoría- que involucran muchas de las actuaciones técnicas y, desde luego, todas las relevantes.

Debe tenerse, además, muy presente, que las decisiones técnicas afectan o pueden afectar, en no pocos casos, a la seguridad de personas y bienes, suponen la utilización (y, por tanto, pueden derivar en su respeto, uso eficiente o maluso) de elementos naturales -aire, tierra, agua- y están en las bases de lo que consideramos bienestar y capacidad de desarrollo de nuestra sociedad.

Ningún ingeniero defenderá, en su sano juicio, que sabe o puede ser capaz de resolverlo todo.

Esta posición mental, sin embargo, es muy diferente de la confianza, que expresan algunos ingenieros, (por cierto, cada vez con menos frecuencia), nacida de la satisfacción de haber conseguido superar estudios amplios y complejos, y gozar de una base de conocimientos amplia, de considerarse candidatos para que, contando con tiempo, el equipo, los medios y la asesoría externa adecuada -si fuera necesario- verse capaces para colaborar en mejorar lo que se le encomiende y ayudar a sacarle provecho para sus clientes o la sociedad en conjunto.

La técnica ha evolucionado de forma que ha segmentado, sobre todo en los últimos veinte o treinta años, los conocimientos necesarios para construir (y siquiera para entender cómo se hace) modernos barcos, coches o aviones, extraer minerales con la exigida seguridad y eficacia, generar energía con máximo rendimiento y total garantía, producir variedad de derivados complejos en instalaciones ya muy sofisticadas y potencialmente peligrosas si no se controlan con maestría, rentabilizar de forma sustentable una explotación forestal o agraria o -terminamos con los ejemplos, de los miles que podrían presentarse- calcular, diseñar, erigir y distribuir los elementos de una estructura, ya sea una nave industrial, un aeropuerto, un establecimiento comercial, con los parámetros legales, sociales y tecnológicos requeridos.

Volveremos sobre el tema, pero dejamos aquí hoy una propuesta de actuación, para que la ingeniería española no se concentre en las barricadas en la intención equivocada de librar una batalla irracional contra el resto de la sociedad: La unificación de todos los Colegios de ingeniería en un gran Colegio único, en el que se encardinen todas las ramas actuales y desde el que se transmita claramente a la sociedad y, por tanto, a los representantes políticos, lo que es la ingeniería, para qué les sirve, a lo que está dispuesta, qué quiere...

La redacción de una Ley Orgánica de la Ingeniería que se convierta en el marco regulatorio general de las ingenierías e implique, junto a la garantía del buen orden profesional, la adecuada defensa de intereses generales y la seguridad de personas y bienes se ha vuelto imprescindible.

Esta Ley, totalmente coherente con la Constitución vigente, supondría la colegiación profesional obligatoria y el sometimiento a normas de control profesional y deontológico.

Los abogados españoles disponemos, con el amparo de la Ley Orgánica del Poder Judicial, de una regulación, un marco obligatorio para la colegiación, que la sociedad civil y todas las representaciones políticas nunca han cuestionado desde que aquella fue promulgada. (art. 542 de la L.O.P.J, 6/1985).

¿Por qué debemos los ingenieros sufrir negativamente las consecuencias de la eficacia del pensamiento creativo y del desarrollo tecnológicos, -propios y externos-?

Porque con tanta improvisación y desconocimiento acerca de lo que significan los ingenieros en una sociedad que quiere ser avanzada, nos seguiremos cayendo en el precipicio de la dependencia exterior...todos.

(P.S. La canciller alemana Angela Merkel dispone de asesores que tienen otro concepto de la ingeniería, desde luego. Las Kammer alemanas no se plantean su reforma ante ninguna Directiva de Servicios.

Los ingenieros españoles que sean seleccionados para trabajar en Alemania, en respuesta a la oferta a la que tanto se ha dado difusión en estas fechas, tendrán pronto la experiencia propia de advertir la diferencia entre "ejercer de ingeniero de la especialidad X" (z. B., die Verantworklichkeit als Bergbauingenieur) o "ser útil a un proyecto por haber estudiado una ingeniería" (beteiligte Mitarbeiter in Multidisciplinären Teams)

Hacia la igualdad de la mujer árabe

El extraordinario momento que se está viviendo en Egipto y Túnez en el que la presión popular, con improvisación pero firmeza, está forzando el cambio -esperemos que pacífico- desde sendos regímenes totalitarios incrustados en sus estructuras políticas, que parecían destinados a reproducirse, a una mayor democracia, no puede hacernos olvidar la gran asignatura pendiente de los países árabes: liberación de la mujer.

Liberar a la mujer (no tanto del dominio del varón, como de la sociedad machista en su conjunto) es la concreta expresión de la democracia. Ningún país puede pretender defender los valores de la equidad, el respeto mutuo, la preocupación por el desarrollo conjunto, ..., si se margina a las mujeres sistemáticamente.

Las raíces de este desprecio, tan rentable para un colectivo que así elimina de un golpe a la mitad de la competencia, no se encuentran en ningún libro -ni sagrado ni profano-, ni en la experiencia, ni en el sentido de oportunidad, sino en la esencia misma de la miseria de todo aspirante a dominante, que pretende que por ser mejor en algo marginal ha de ser reconocido como más idóneo también en lo sustancial.

Los varones no son más inteligentes ni más perspicaces que las hembras, ni siquiera más resistentes al dolor o al sacrificio, pero sí, considerados uno a uno respecto a sus posibles émulas, poseen mayor fuerza bruta. Y han venido ejerciendo esa capacidad, sobre todo, donde tiene un ámbito de expresión más sencillo: el familiar, con sus parejas, con sus mujeres.

Leemos con emoción que la mujer árabe está presente en las manifestaciones por la democracia de Túnez y Egipto, ocupando, con mayor frecuencia cada vez, un lugar en las calles y en los foros. En Túnez, en particular, nos había ya sorprendido agradablemente, siempre que tuvimos ocasión de visitar aquel país, la presencia importante de la mujer en las aulas universitarias.

Esas mujeres que están manifestándose ahora están poniendo un énfasis especial en la necesidad y la urgencia de que los países árabes abran la puerta hacia la completa democracia: no tiene que ver con velos ni con creencias. Es la eliminación de una injusticia colectiva que, tampoco hay que engañarse, aún tiene sus restos de raíces en el mundo occidental, dispuestos para volver a crecer y asentarse, cómodos entre desprecios, falsedades, egoismos, dogmas, miserias del alma humana.

Ante la propuesta de Merkel para ayudar a disminuir el paro en España

Los líderes alemanes siempre han estado dispuestos a echar una mano a esa admiradora casi incondicional que es España y, en correspondencia, no se han regateado sacrificios para no defraudar a la hermana mayor.

Los alemanes ya no son, por lo que se observa en las calles, ni más altos, ni más rubios, ni más guapos, pero sí, claramente, más sistemáticos, más emprendedores y aunque, posiblemente, no puedan acreditar tener la media de inteligencia más alta del planeta, se siguen creyendo más inteligentes que los españoles.

Los españoles, que persistimos en nuestra condición de no saber lo que somos como colectivo, somos muy útiles como criados, lacayos y comparsas y, por el devenir de la Historia, quienes mejor han aprovechado esa actitud servil, disimulada con bigotitos, algunos exabruptos y vacua pretensión de independencia, han sido los alemanes.

También debe reconocerse que esa perspicacia para sacar partido del adocenamiento hispano no proviene únicamente de la cualidad teutona para echar el ojo a quien le puede echar una mano, sino que se ha encontrado flanqueada, robustecida y contrastada a mano izquierda de su mapa y derecha del nuestro, por la pertinancia francesa en ignorarnos, ningunearnos o criticarnos y, por tanto, en justa correspondencia hacia unos y otros, nos aliamos con germanos cuando no viene al cuento y no nos fiamos de los gabachos cuando nos vendría al pelo hacerles la pelota.

El cariño de Alemania hacia lo español ha sufrido un reciente impulso. ELa Embajada alemana en España ha recogido en su web (www.madrid.diplo.de), dentro de la cooperación entre ambos países, una oferta de personal cualificado en varios sectores (ingeniería, medicina, docencia y, por supuesto, hostelería) que ha revolucionado las aguas del ya inmenso paro patrio.

Alemania, se nos dice, necesita técnicos y personal sanitario para reforzar su salida brillante de la crisis, y España es considerada por los calificadores del motor europeo como un vivero excelente de ese material humano. Máxime cuando es constatado que no sabemos qué hacer con él, pues cientos de miles de universitarios campean con un título inútil bajo el brazo, sin encontrar trabajo.

No han faltado quienes han elevado sus voces al cielo, denunciando el expolio de cerebros y capacidades que ello supone para España.

Qué error, qué inmenso error. El ministro de Trabajo español, que ahora es Valeriano Gómez, experto sindicalista, entiende la situación con absoluta claridad. Puesto que nuestro país es incapaz de generar empleo y riqueza y estamos ya en período electoral -para gran parte de las autonomías y renovación de concejales en todos los ayuntamientos-, lo inmediato es mejorar las cifras del paro. Como sea.

Eso sí, hay que garantizar que estos jóvenes -expresan desde el Ministerio, puestos de rodillas- , cuando vuelvan a casa, con su talento reforzado por lo mucho que van a aprender en Alemania, encuentren un puesto de trabajo acorde con su esfuerzo, sus capacidades, su experiencia.

Tururí, tururú, resuenan las trompetas.

Pero no se rasgue nadie las vestiduras. Estamos en equilibrio. Nosotros también creamos empleo para Alemania. Ahí están, sin ir más lejos, los ejemplos de Laudrup, Özil, Khedira, y eso que es proverbial la resistencia de los alemanes, incluso los de primera generación, a dejar el suelo donde juegan, salvo que se les saque de allí a golpes de billetes.

Y todo incluso a costa de sacrificar uno de nuestros futbolistas-símbolo, Raúl González, obligado a pelearse bajo el frío en los terrenos del Schalke 04 (vaya nombre para un equipo de fútbol) contra tipos que le ponen zancadillas en una lengua ininteligible.

Por cierto, que exista libertad de circulación -y asentamiento- para personas vigente para los ciudadanos de la UE, y la homologación automática de títulos, fruto de los acuerdos de Bolonia y Schengen, así como de la muy desgraciada interpretación hispana de la Directiva de Servicios que pretende destruir los Colegios profesionales, no facilitará la creación de puestos de trabajo cualificados para españoles en nuestro país.  No, todo lo contrario: vendrán, cuando les interese, sin trabas, los de fuera.

Pero eso será parte de otra historia, la que nos hace proclives a fomentar medidas para profundizar en nuestro descalabro colectivo.

Ante el cambio del panorama político en el Makreb

Ante el cambio del panorama político en el Makreb

La situación del Magreb (Argelia, Marruecos y Túnez) siempre se trató de diferenciar de la del Makreb (Libia y Egipto), y no faltaban argumentos, figurando entre ellos los barnices culturales y la formación jurídica administrativa, así como los enlaces comerciales y políticos que cada zona mantenía con los países que los colonizaron y, en disparo por elevación, con el gran padre norteamericano.

Ha sorprendido a los analistas europeos la corriente revolucionaria que se ha formado en este final de enero de 2011, con inusitada rapidez, en los países que gozaban de una apariencia de estabilidad política y, en especial, de una aceptable vía de modernización, basada, sobre todo, en la calidad de la formación universitaria que se estaba impartiendo en los centros oficiales y en su relación con los estamentos europeos.

En Túnez, la salida del presidente Ben Ali, después de 23 años de gobierno autoritario, condescendientemente apoyado por la Unión Europea, al verse acusado de corrupción y objetivo directo de un súbito descontento popular, ha generado una gran incertidumbre en el país, que no será fácil de controlar por el presidente interino, Mohamed Ghanuchi, forzado a construir un gobierno de coalición para evitar que la revuelta se convierta en una guerra civil.

La situación en Egipto no parece muy distinta, por más que el presidente Hosni Bubarak -también con 30 años de poder dictatorial a sus espaldas- se encuentre apalancado de momento en la fidelidad -frágil- del Ejército, sometido a presiones por parte de los muchos generales que están ocupando puestos relevantes en el Gobierno. Es posible que su salida del país esté relacionado con la salida personal que le ofrezcan sus aliados políticos, los Estados Unidos y la Unión Europea, preocupados éstos porque el país no se vea controlado, al caer Bubarak, por los partidos fundamentalistas.

Un momento, pues, muy delicado, para el Norte de Africa, y habrá que estar atento a la formación de gobiernos de coalición que sigan contando con el beneplácito de las potencias occidentales y, por tanto, mantengan el estado de contención a los intereses del fundamentalisto islámico.

La salida negociada a la crisis parece mucho más problemática en Egipto, por la ausencia de una oposición organizada y por el riesgo ya manifestado de que la marea revolucionaria alcance al vecino Sudán, país ficticio que está a punto de segregarse en dos, lo que reabriría otro foco de inestabilidad en la zona.

Sobre el pacto comisorio y la conmiseración de un juez

En la legislación española, que mantiene reductos de protección de los más fuertes, otorgándoles singulares derechos, subsiste, a pesar de su prohibición expresa general, el pacto comisorio en los contratos hipotecarios.

Por él, quien pide dinero a alguien para comprar un bien y entrega éste en prenda, puede acordar con su acreedor que, si no compensa en su totalidad la deuda comprometida, perderá aquél en manos del prestamista (lo que constituye el acto de comisión o apropiación), y, puesto que se comprometió a pagar determinadas cantidades a cambio de un dinero, seguirá siendo deudor de cuanto le quede por pagar, una vez descontado el precio que haya alcanzado el bien en el mercado.

Como consecuencia de esta regulación de los contratos hipotecarios, celebrada por las instituciones bancarias, la bajada de precio de los inmuebles hipotecados, unida a la penosa circunstancia de la pérdida del trabajo por parte de aquellos que se habían animado a adquirir un piso contando con que el sueldo les bastaría para ir pagándolo, ha traído como consecuencia que no pocos compradores de viviendas en la época de bonanza se encuentren hoy con que la han perdido y, para colmo, siguen debiendo dinero a sus bancos.

Un auto de la Audiencia Provincial de Navarra de 17 de diciembre de 2010 ha servido para que los críticos vean luces de esperanza en la modificación, por la vía de la jurisprudencia, de esta situación que afecta a las sensibilidades sociales. El BBVA ha sido condenado, en Primera Instancia, a reconocer que la primera valoración de un inmueble, que acabó adjudicándose en subasta a un precio notablemente inferior en el trámite de ejecución, le vincula y, que, por tanto, debe devolver lo que pretendió cobrar de más a su deudor, para compensarse de un crédito hipotecario fallido.

El auto, sin embargo, tiene, en nuestra opinión, nula o escasa aplicabilidad fuera del ámbito para el que se emitió, ya que no constituye una entrada al fondo del asunto de lo excesivo de los pactos comisorios hipotecarios, sino que se limita a considerar una situación específica, en la que es el propio acreedor el que acaba fijando también el precio de compra del inmueble que él mismo, en anterior ocasión y para conceder el préstamo al deudor, estableció de forma más alta.

Tras la huella del pacto de las pensiones y del precio de los billetes

Cuando se viaja en avión, no es conveniente, en beneficio del propio bienestar mental, preocuparse en detectar quiénes de aquellos con los que compartimos espacio en la aeronave y disfrutan de idénticas prestaciones a nosotros -aunque solo sea la sonrisa del sobrecargo a la entrada- han pagado la mitad, la décima parte e incluso puede que hasta nada, por realizar el mismo trayecto.

En teoría, todos tenemos esas opciones de optar por vuelos baratos, que se anuncian, por ejemplo, como lastminute, o viaje a Taratacún soloporlastasasaeroportuarias. El problema suele estar no solo en que debemos viajar en una fecha determinada, sino en que siempre llegamos tarde a las ofertas: "Lo sentimos, no quedan plazas disponibles para su selección; pruebe otra opción", es la respuesta que obtenemos con sistemática persistencia, a nuestras prosprecciones.

No es muy diferente la percepción que algunos sentimos hacia la cuestión de la regulación de las pensiones, de la que, en este enero de 2011, mucho se ha hablado nuevamente en España. Habrá de ser también una cuestión combinada de falta de capacidad para descubrir las mejores ofertas y de ausencia de perspicacia para planificar nuestro viaje por los subsidios y pensiones.

Frente a quienes consiguen alternar con maestría los períodos de trabajo cotizado con los de percepciones del paro, de forma que se obtenga la mayor rentabilidad posible para el laborante de la disponibilidad de los subsidios, están los (pocos, presuponemos) que no han sido capaces de cobrar un solo euro de esta caja del erario público, sin dejar de cotizar un solo día.

Frente a quienes aprovechan al máximo la oferta del todo gratis, ayudando a colapsar los servicios asistenciales al primer catarro y al menor asomo de conjuntivitiss o diarrea, están los que son reacios a presentarse ante los ambulatorios, salvo que se les esté reventando el pulmón o la sesera, ofreciendo el contrapunto de su contención a la visitorrea de otros que, y no se nos interprete mal, pueden haber sido capaces de traer a la mitad de su familia desde otro país para operarse gratis total a costa de terceros de cataratas o de malformaciones congénitas.

Frente a quienes han debido darse de alta como autónomos, al ser despedidos con cincuenta años de su empresa, para no perder el derecho a la prestación de jubilación, aunque ya más exigüa, se encuentran felices coetáneos que han sido prejubilados con todas las banderas desplegadas del salario completo, en incluso actualizable, en virtud de planes de regulación que, en muchos casos, hemos pagado entre todos los demás.

Ya comprendemos que resolver a gusto de todos es imposible, y que las compañías aéreas y los pepitogrillo del Gobierno y de los sindicatos no pueden contentar a todos, y lo que más les preocupa es conseguir cubrir como sea el precio de cada viaje.

Sin embargo, y dadas las perspectivas laborales que, -ojalá nos equivoquemos- no solamente no mejorarán, sino empeorarán a largo plazo, quienes se jubilen, por ejemplo, en 2020, con 66 años, llevarán ya 15 o 20 años en paro y no tendrán derecho más que a algo más de la mitad teórica de la  pensión; les queda, eso sí, la opción de robar para que los envíen a la cárcel -como ha trascendido hacen los ancianos japoneses- y, así, tener garantizado alimento y cobijo y, sobre todo, gente con la que poder hablar de lo mal que va el país.

Pero sería muy conveniente que nos explicaran muy bien cuánto cuesta cada trayecto, qué criterios siguen para asignar las plazas y, sobre todo, que a quienes estamos subidos al mismo avión y hemos pagado el precio pleno del pasaje, al menos, nos dieran un vasito de güiski y un platillo de aceitunas para pasar mejor el mal rato colectivo de una aventura que, estando aún en el aire, tiene los visos de acabar en estrellato.

Desde Wikileaks a la ley Sinde

Angeles González Sinde es una mujer inteligente que iba en el camino de ser una cineasta de mérito hasta que aceptó ocupar el Ministerio de Cultura español, por lo que le tocó asumir la destrozada papeleta de defender la "Disposición Final Primera del proyecto de Ley de Economía Sostenible", conocida, por sublimación jurídica del lenguaje pupular, como "Ley Sinde".

Los que gustan de mezclar churras con merinas, discutir las ventajas de galgos frente a podencos y hablar de los puntos de coincidencia entre velocidades y tocinos, encuentran también razones para relacionar el fenómeno de Wikileaks, en el que el verdadero protagonista es un tal Julien Assange, con este engendro, no tanto legal como conceptual, del que se ha hecho protagonista a la ministra fiel.

No tenemos información acerca de si las modificaciones que se pretenden a la Ley de Propiedad Intelectual vigente y las medidas desorbitantes que se trata de otorgar a órganos jurisdiccionales e incluso extrajurídicos para cerrar webs molestas, han surgido al dictado de los poderes norteamericanos y, aún menos, si son consecuencia del malestar producido por las filtraciones realizadas a través de Wikileaks de lo bien que funciona la diplomacia de los Estados Unidos para convencer de, insinuar acerca de, sonsacar sobre, enredar con, enmerdar para y adulterar desde, casi todo lo que puede afectar a su economía.

Lo que sí nos parece punto de anclaje para la argumentación al respecto de ambas es la imposibilidad de poner puertas al campo de las libertades, en especial, de las que surgen, con impetu imparable, de la lógica y de la sensatez.

Somos inmensa mayoría los que deseamos transparencia en la actuación de nuestros políticos, lealtad para defender lo que negocian en nuestro nombre, honestidad para sus decisiones. No nos importa tanto que fallen en sus propósitos como que nos mientan en lo que nos trasladan y mucho más nos duele que nos engañen en su beneficio con lo que les confiamos.

No deseamos que haya más Wikileaks, sino que no sean necesarios. Preferimos a una filtración obtenida aún no sabemos de qué forma, la comunicación ordenada, asimilable, de las razones por las que se hacen las cosas públicas, de las dificultades para obtener los resultados que se han prometido o que convienen a nuestra colectividad. Una información periodística honesta, profesional, ayudaría mucho a complementar y a corregir los deseos eventuales de algunos politicos para ocultar o deformar la verdad.

Todo esto no tiene, para nosotros, nada que ver con la defensa de la propiedad intelectual, ni con la regulación de internet, cuestión tremendamente compleja en la que no se puede improvisar ni moverse a impulsos del corazón o de parte. Porque, si un creador quiere poner a disposición de todo el mundo sus obras, es su decisión y su responsabilidad. Y, dada la posibilidad inacotable de bajarse información a través de otros servidores, de nada vale regular unos si otros permanecen libres.

Por eso, el único punto común que se nos ocurre entre los que abominan de Wikileaks y defienden con obstinación la Ley Sinde pudiera estar bastidores, en lo que no se ve pero se intuye como estructura mental de los que cantan en un sitio para poner los huevos en otro: el miedo a la libertad. Y, en consecuencia, nos gustaría que esa Disposición Final Primera se quedara en agua de borrajas, porque ni está en su sitio legal ni surge en el momento ni con la redacción adecuados.

No se puede pretender prohibir sin delimitar claramente los objetivos sociales y las seguridades jurídicas de un acto limitativo de libertades, y no es admisible confiar a una redacción típica de una "ley en blanco" la administración de una disposición restrictiva, un acto de gravamen.

Sobre la indefensión ante la desfachatez

Es más que una impresión. Es una realidad, que los prudentes, los sensatos, constatarán día a día en nuestra sociedad en la que la falta de escrúpulos se ha adueñado de posiciones centrales en la vida diaria y, por supuesto, de casi todas las marginales.

La desfachatez triunfa. No es ya que el que no llora no mama, y se va más allá de que hacer cierto aquello de quien más chifle, capador. Es el imperio del tonto el que no se aproveche de que las luces del respeto al otro están apagadas.

Quien mantenga el criterio de que se debe respetar el derecho de los demás, y, no digamos ya si, educado en la prudencia, prefiere renunciar a hacer algo si entiende que puede causar molestias a terceros, se encontrará en una selva en el que el vapuleado será él.

Se ha llegado a esta situación en la que la anarquía (egoista) campa gloriosa por los repeto de los demás, por una combinación exitosa -para aquella- de ausencia de sensibilidad frente al prójimo, junto con la vista gorda vertida a diario por quienes podrían, e incluso deberían, perseguir los casos de abusos que, desde la tierna infancia, se presentan en las guarderías, se multiplican en las escuelas y se perfeccionan en los lugares de trabajo, en las calles, en las relaciones de vecindad y cercanía.

Para muchos, empujados por la desfachatez de los otros, ejercitar la propia es una forma de defensa, en aplicación del principio de, si quieres la paz, prepárate para la guerra.

Hasta donde la vista alcanza, Cuba (4)

Hasta donde la vista alcanza, Cuba (4)

La subsistencia de dos sistemas monetarios simultáneos en la Cuba actual es, no solamente un peculiar intento de apropiación de divisas exprimiendo los bolsillos de los visitantes extranjeros, supuestamente todos capitalistas, sino que propicia la generación de una curiosa dicotomía, que en absoluto es completa, como más adelante explicaremos, en el mercado.

En principio, hay algunos productos que se pueden adquirir en moneda local, el peso cubano, cuyo valor de cambio oficial -exclusivamente en los puestos de Cadeca, la agencia de cambios propiedad del Estado- es de 24 pesos cubanos por cada cuc, que es como se denomina abreciadamente la unidad convertible, también llamada peso convertible.

El sueldo oficial de los empleados por el aparato estatal, omnipresente, fluctúa entre los 300 y los 450 pesos mensuales (entre 25 y los 40 euros). A pesar de las cartillas de suministro y de las prestaciones gratuitas, no es sencillo vivir con tan exigüos salarios, y los que pueden, se buscan un suplemento en trabajos fuera de control estatal, propinas, favores, regalos.

Los extranjeros deben cambiar sus dólares o euros a pesos convertibles, siendo el cambio del euro, variable día a día. En nuestro viaje, que tuvo lugar desde el 11 de enero de 2011 al 22 del mismo mes y año, fluctuó entre 1,15 y 1,20 cucs por euro. Los precios de los hoteles, restaurantes y las tiendas de abastecimiento especial y, por supuesto, las de souvenirs (todas controladas por el Estado, es decir, por el Gobierno), se rigen en cucs.

En los desabastecidos mercados agropecuarios se puede comprar en pesos cubanos, a precios muy bajos. Los escasos productos que en ellos se ofrecen (algunas legumbres, hortalizas y frutas; carne de cerdo presentada en condiciones higiénicas deplorables, y poco más) resultan muy asequibles para el turista que se arriesga -es un decir, pues nada impide su entrada- a entrar en ellos.

Una libra de la fruta bomba (papaya), por ejemplo, se vendía a 4 pesos cubanos; había abundancia de tomates, que parecía el producto estrella, que podía incluso comprarse a 2 pesos. En la hedalería Coppelia, después de guardar la cola correspondiente -los cubanos son muy aficionados a los helados, haga frío o calor- se puede adquirir una ensalada del gusto que te toque en suerte (ocho bolas de helado) por 8 pesos. Si se quiere elegir con más opciones y no guardar cola, los funcionarios que controlan la entrada a las dependencias te indican, amablemente, que entonces tienes que pagar la misma cantidad numérica, pero en pesos convertibles.

Cuba es, en consecuencia, muy cara actualmente para el turista. Los hoteles, que aunque luzcan cuatro o cinco estrellas no siempre las merecen, no se arredran en soicitar entre 80 y 150 (o más) cucs por noche, y no siempre incluyen el desayuno. Comer a la carta -siempre escasa y con productos bastante insípidos, en los que la "langosta" y los "camarones" son una constante en la oferta, puede salir tranquilamente, incluida una cerveza (2 cucs, en general) por la respetable cantidad de 18 a 25 cucs.

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Sobre genes y política

Se solía decir -hace algún tiempo que al personal le preocupan otras cosas- que la política hace extraños compañeros de cama. La interpretación de la frase puede ser figurada, pero existen demasiados ejemplos de que la cama sirve para comunicar capacidades para la política.

Cónyuges, emparejados y descendientes de retozones encuentros se dedican, siguiendo las huellas de sus padres y ascendientes, al arte de dirigir los destinos de sus coetáneos.

No merece la pena entretenerse en buscar ejemplos, porque están en la mente de todos. Desde los Clinton a los Kirchner, desde los Bubarak a los Kennedy pasando por los Kim-Jong, las sagas familiares se reproducen, o pretenden hacerlo, en los puestos de máxima responsabilidad de casi todos los países, sin necesidad de apelar a sangres azules, derechos divinos y tradiciones históricas.

Existe, pues, un claro paralelismo en la gestión del erario público con lo que se entiende lógico en la esfera de los bienes privados y no produce alarma especial que esta consistencia argumental se traslade también, por contagio, hasta las empresas públicas.

El presidente de la Samsung (Lee-Yae-Yong) encontró que, tras complejo proceso selectivo, su hijo es el idóneo para sucederle. Esto sucede en Corea, pero en España no nos inmutamos al conocer que apenas diez familias controlan los 24 grupos empresariales mayores del país, con lazos afectivos y, en muchos casos, genéticos, que reproducen a escala de árbol genealógico el entramado de intereses económicos.

Estos ejemplos de comportamiento a gran escala, se repiten, aquí y acullá, a todas las escalas, pues casi nadie parece libre de las esencias del nepotismo, aunque lo encubra con sofisticados procesos de selección o lo defienda con un tajante "con lo mío hago lo que quiero".

Con la incorporación de dos ex-presidentes de Gobierno de España en democracia, Felipe González y José María Aznar, a los consejos de administración de dos empresas cotizadas en Bolsa, Gas Natural y Endesa, inmersas ambas en la reconversión a la chita callando del sector eléctrico patrio, se continúa la ceremonia de fusión entre los parámetros para garantizar una buena gestión de intereses públicos y privados.

En Asturias, se decía, hace años: "El que vale, vale, y el que no, para la Ensidesa" (que era una fabricona de la que quedan algunos vestigios). Hoy, actualizando y generalizando el aforismo, se puede indicar: "El que vale, vale, y el que no, que se j..."

 

 

Hasta donde la vista alcanza, Cuba (3)

Hasta donde la vista alcanza, Cuba (3)

Existen bastantes países en los que la población sufre penurias, disparidades salariales, desinformación y control policial superiores a Cuba. No se puede enjuiciar la situación cubana desde la comparación con estados en los que los desequilibrios y las torsiones de los conceptos democráticos admitidos como norma, generalmente constitucional, en países occidentales son incluso más graves, sino que conviene hacerlo, y así lo pretendemos, desde la falta de aprovechamiento, el despilfarro o el maluso de los grandes recursos de la isla.

Esta es la cuestión más descorazonadora. Más del 95% de la población de Cuba vive en condiciones de penuria, como consecuencia parcial del bloqueo internacional, pero, sobre todo, por la mala planificación, la escasa productividad y la avaricia con los peores colores capitalistas que dicen abominar, por parte de cierto sector de la cúpula dirigente. 

Aunque la propaganda oficial indica que no hay pobres en la isla, no solamente hay mucha gente que vive con muy escasos recursos, sino que la expresión de la mendicidad se encuentra a cada rato y, para colmo, en las zonas turísticas, se observa cómo, a muy primeras horas, algunos que podrían parecer organizadores de colectas sitúan a varias personas con sus miembros amputados, deformaciones graves o estados catatónicos evidentes, en sitios estratégicos. Si no fuera porque no tenemos ningún derecho a pensar tan aviesamente, podría sospecharse que forman parte de las acciones para sacar el máximo provecho de las visitas de extranjeros.

La sanidad pública en Cuba sigue siendo gratuita, lo que favorece el uso innecesario de los servicios médicos. La propaganda oficial alardea de las ayudas prestadas, por ejemplo a Haití, para combatir el cólera, difundiendo una y otra vez una entrevista con una médico que indica que han llegado con sus prestaciones a sitios donde ningún otro país se ha dignado aparecer.

En Marina Hemingway, el Hotel El viejo y el mar, un establecimiento de cinco estrellas situado en medio de un puerto deportivo en el que se ven varios yates con banderas alemanas, canadienses y neozelandesas, está cerrado al público y un portero más bien adusto, prohibe la entrada; se sigue, según responde a nuestra pregunta directa, con la operación de ayuda a venezolanos ("Misión Milagros") que padecen cataratas y otras afecciones oculares, pero no hemos visto, en un buen rato, movimiento significativo en la zona.

Hemos hablado con usuarios del sistema sanitario, y casi todos coinciden en su calidad aceptable, y en la excelente disposición del personal sanitario. Faltan medicinas y los aparatos ya no están en primera línea tecnológica. En los mismos días de nuestro viaje, se descubrió que en un centro geriátrico tenido como modelo habían fallecido, por frío e inanición, varios ancianos.

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Hasta donde la vista alcanza, Cuba (2)

Hasta donde la vista alcanza, Cuba (2)

La Cuba oficial se alimenta del aislamiento feroz respecto al resto del mundo, en el que las autoridades cubanas han inventado una realidad a la medida capitaneada por el imperialismo norteamericano, la ignorancia, la ocultación interesada o el desprecio hacia la dinámica de los países con economía de mercado y la devoción enfermiza - soportada, con tintes que a menudo aparecen al obvervador ajeno como ridículos- hacia lo que sucede en los países de la agrupación Alba (Venezuela, Bolivia, Ecuador), que se presentan como modelo de bienestar.

Esa Cuba oficial no tiene empacho en proclamar que, por ejemplo, España está peor que Ecuador, porque su tasa de paro actual es cercana al 20%, en tanto que la decrépita economía ecuatoriana solo acredita un 4,8% de inactivos laborales. Se airea en la televisión del régimen que en Estados Unidos hay más de 40 millones de pobres -"casi cuatro veces la población cubana"- y se califican de "insuficientes" (siguiendo la letra de unas declaraciones atribuídas a Fidel Castro)- las medidas de apertura dictadas por el presidente de Estados Unidos, Barak Obama, y que suponen, de facto, un avance sustancial en apoyo de la deficiente economía de Cuba.

No hay más que separarse de los recorridos turísticos, para observar que en Cuba hay personas que se están beneficiando del régimen y que viven conforme a los más altos estándares capitalistas. Hay mansiones lujosas, se ven coches con matrículas oficiales (e incluso particulares) que corresponden a los modelos más caros europeos o coreanos y que, en restaurantes muy caros, miembros del funcionariado destacados, celebran, cada día, su posición de bienestar sin privarse absolutamente de nada.

Hay en Cuba, hoy como hace décadas, turismo sexual, que no hace ningún bien a la imagen del país. Jóvenes mujeres que se hacen acompañar, al parecer, a cambio de muy poco, por vejetes rijosos que disfrutan de su necesidad y se aprovechan de una moral abierta, pero económicamente destrozada. 

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Hasta donde la vista alcanza, Cuba (1)

Hasta donde la vista alcanza, Cuba (1)

Seguramente habrá pocos cubanos que puedan leer estas líneas y, por tanto, nada aprovecharán a quienes más podría interesar.

De vuelta de un viaje de casi dos semanas en ese país -después del cual, en absoluto podemos jactarnos de haber recorrido Cuba de cabo a rabo, lo que tampoco era la intención- trataremos de trasladar a este cuaderno algunas reflexiones acerca de la situación que, siempre en subjetiva, pero sincera, impresión, se está viviendo allá.

Para empezar, parece necesario expresar que al visitante se le ofrecen dos Cubas, y que la inmensa mayoría de cuantos se acercan a ese país caribeño se conforman con percibir y disfrutar una de ellas, destinada al turista, y por la que discurre la imagen oficial, salpicada con las intromisiones individuales -la mayor parte, consentidas, aunque surgen algunas esporádicas-.

Esta representación de lo cubano se configura con elementos sorprendentemente repetitivos, bastante escasos, y, a la larga, suficientes para agotar un viaje de siete o diez días, como ofrecen las agencias de viajes.

Pero existe otra Cuba mucho más compleja, dinámica, en equilibrio inestable, que solamente se capta cuando se camina fuera de los circuitos trillados, se tiene el interés, la voluntad y la paciencia de conocer más allá y, con todo el riesgo que implica hacer un análisis de un país singularísimo, con una situación política especial, invita a sacar consecuencias, aventurar opciones para el inevitable cambio, ofrecer incluso ideas, soluciones, sugerencias, para que ese país resulte homologable -por más que siempre permanecerá con su esencia propia, consecuencia de un paisanaje, un paisaje y una historia intrasvasables.

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Sobre intangibles e invisibles

Llamamos economía sumergida a una parte del conjunto de transacciones que se realizan al margen de los mercados oficiales. Los resultados de esa actividad no se reflejan, por tanto, en las contabilidades que se presentan a la inspección pública, pero forman parte del juego de generación y consumo de bienes y servicios.

Las épocas de crisis son propicias a la proliferación de ese fenómeno y a profundizar en las fórmulas que sustentan el autoconsumo, el trueque no dinerario, el cobro en dinero B y, en general, la ocultación pública de la actividadad que se realiza o que nos realizan.

La economía sumergida no tiene que ver directamente con la utilización de recursos a los que no se da valor económico (por los motivos que sean), como puede ser -aunque ciertamente, cada vez menos, en los países en donde la mayoría de sus habitantes están más concienciados ecológicamente- el aire, la biodiversidad en la naturaleza, el agua, etc,. 

Desde hace ya décadas, se trata de inventar fórmulas para trasladar a las contabilidades oficiales el uso de estas externalidades, bien por la vía de tasas, cánones y, por supuesto, multas. Se avanza muy lentamente, por la resistencia de los sectores empresariales y laborales afectados, y por la gran diversidad de sensibilidades y legislaciones existentes en el Planeta.

Como no existe valor en el mercado para estos intangibles, sino que su coste proviene de decisiones oficiales, las empresas -cuyo objetivo, que se conozca, sigue siendo la máxima rentabilidad y el máximo beneficio- inventan fórmulas para escabullirse, en constante tensión entre la diligencia de los funcionarios, las dotaciones inspectoras, la sensibilidad ciudadana, la imaginación, el coste de las medidas alternativas, la descentralización a países más permisivos, etc.

Junto a los intangibles, están los invisibles, seres humanos a los que se paga bajo cuerda legal -menos de lo que sería oficial- o, sencillamente, no se les paga, porque su trabajo está reconocido a priori como de factura gratis et amore; entre los primeros, se observa el creciente número de extranjeros empleados en las obras de reforma de edificios y viviendas (particulares o no), o haciendo trabajillos y reparaciones aquí y allá -de carreteras, jardinería, mensajería, guardería, comercio, etc-; entre los segundos, se encuentran amas y amos de casa, agricultores sobrevenidos, cuidadores de bebés y ancianos, educadores de niños y adultos, empleados domésticos, de restauración y de abacerías, etc.

Los que se asombran de lo obvio se preguntan cómo es posible que nuestra sociedad española soporte un 20% de paro sin manifestaciones permanentes. No hay estudios, simplemente, elucubraciones. La nuestra es que se está moviendo una economía sumergida que, además de su propia dinámica tradicional, echa mano de los ahorros, de la evasión de impuestos (¡ay, el iva!), de los intangibles y de los invisibles.

 

Según se mire, formación, cultura, modus vivendi o despilfarros

Parece que estamos más bajos de lo que debiéramos en resultados con los que se evalúa la capacidad de los estudiantes para resolver acertijos, aunque donde nos encontramos realmente atrás es en el acuerdo para decidir qué cosa es formación, qué cultura, y qué es lo que serviría para que los educandos se ganen los garbanzos.

Así que la cuestión gravita en torno a la reducción del despilfarro. Del despilfarro del dinero de todos, en relación con el fracaso escolar, desde luego, pero también con la capacitación que la sociedad no sabe utilizar, que está a su vez vinculada con los salarios de personal docente, materiales, amortización de edificios y campus, etc, que no han servido al objetivo que se les supuso.

Está el despilfarro del tiempo y los medios individuales y familiares, la frustración producida por quienes han estudiado, tal vez mucho, y se han creído preparar para ser útiles, y, año tras año, con los papeles que acreditan sus laureles, comprueban que no se les necesita para aquello, que se les ocupa en otras cosas, o que no se les ofrece un sitio en ninguna parte.

Los fracasos individuales en la selección de la formación que se desea para conseguir un puesto de trabajo, son graves. Pero los errores colectivos en la planificación de las necesidades de educación, en la confección de los planes, en la previsión de necesidades y objetivos generales de una sociedad, son gravísimos.

En este contexto en que se reúnen despropósitos y malformaciones de la gestión de la enseñanza, no debería dejar de analizarse la creciente incorporación de gente mayor a la Universidad, en especial de quienes ya tienen una carrera y pretenden ahora, tal vez terminada su vida laboral o a punto de concluirla, adquirir una formación complementaria, incluso muy distante de la que les sirvió para consolidar su currículum.

Una sociedad que no sabe formar a sus jóvenes, y que ha de soportar un porcentaje terrible de desocupados con titulación o formación para hacer algo que no necesita, está enferma, mal enfocada, yerra.

Si a ello se une la temprana jubilación de sus mayores, el desenfoque en relación con lo que significa formación y cultura, la dedicación de importantes recursos para sostener el paro de los que se encuentran con ganas y edad, y, porqué no reconocerlo, capacidad, para trabajar, el panorama de desencajes necesitaría, con absoluta urgencia, un análisis completo de lo que pasa, y por qué.

No hay temas más urgentes. No para nosotros. Otras leyes, normas, disposiciones, prohibiciones, elucubraciones, pueden esperar. El tiempo no corre tan rápido ni el daño es tan gravoso en los demás sectores.

Sobre el afán de prohibir

El afán de prohibir sigue extendiéndose por el mundo, emulando a los jinetes de la Apocalipsis. Existen recopilaciones de carteles prohibidores, (de gran diversidad imaginativa, rayana en algunos casos con la estulticia), cuyo análisis asombra a quien se confronta con ellos y hace pensar sobre el objetivo verdadero del autor del imperativo.

Sería conveniente analizar si nos sería conveniente aplicar un período de vacación al deseo de prohibir. "Hasta nuevo aviso, se prohibe prohibir", sería el escueto enunciado que podría hacerse público en el frontispicio de la ciudad global.

Porque, desde luego, hay múltiples motivos para protestar por lo que molesta y razones de más para que se cumpla con las prohibiciones de aquello que resulta injustificable desde lo que se podría considerar la ética más elemental.

Es inadmisible, aunque no haya necesidad de divulgar la prohibición, cualquier discriminación relacionada con el sexo o los hábitos sexuales de la persona adulta. Y, sin embargo, existen demasiadas sociedades en las que se margina a las mujeres, se persigue a los homosexuales.

Es intolerable, por más que se soporta con condescendencia en los más variados foros, la explotación de los seres humanos, la ocultación de información respecto a la peligrosidad de algunas formas de producción y las conclusiones de ciertas investigaciones sobre productos perjudiciales.

No se debería consentir la utilización abusiva de la posición para dañar a otros, incumpliendo normativas respecto al uso de explosivos, sustancias contaminantes, emisiones molestas, ni, tampoco, la dejación en la persecución y castigo de quienes, con prepotencia y desfachatez, sabiéndose a cubierto, realizan la destrucción de patrimonios ambientales o culturales.

En todos los lugares, incluso en las sociedades más desarrolladas (y especialmente, en éstas, por la manía reguladora como hipotética demostración de actividad) se prohibe por prohibir, concentrándose en algunos asuntos de menor relevancia, ocultando así la incompetencia para prohibir y ser coherente con lo legislado, en otros sectores de mucha mayor importancia.

Se ha prohibido en España, recientemente, fumar en lugares públicos; se ha eliminado la difusión en los canales televisivos estatales del espectáculo de la fiesta nacional de los toros; se ha llenado la geografía de normas sobre ruidos, sobre topes de velocidad a los vehículos automóviles, sobre decencia en el vestir, sobre materiales que no pueden transportarse en viajes aéreos o terrestres, sobre conservación de algunas especies amenazadas, sobre la contaminación de aguas y terrenos, sobre las sustancias prohibidas a deportistas, sobre el uso de información privilegiada, sobre la comunicación de operaciones relevantes a los organismos reguladores, etc. etc.

Desde luego, habría muchas razones para prohibir multitud de comportamientos que hieren la sensibilidad, el sentido común, la solidaridad y el respeto imprescindibles hacia el otro.

Pero, ¿no sería más útil esforzarse en educar en la importancia de respetar sin dañar, para no tener que prohibir?

Ya sabemos que este deseo no es más que una quimera, una ilusión de cumplimiento imposible, porque no parece encontrarse entre las prioridades de nuestra sociedad.

Y es una lástima, porque nos ahorraríamos mucho dinero, crispación y malestar, si fuéramos capaces, colectivamente, de entender que la prohibición es una manifestación del fracaso de la ética y que, cada vez que se promulga una ley prohibitiva, cada instante en que alguien colocar un cartel prohibiendo algo, más que ejerciendo una autoridad, real o hipotética, está proclamando la incapacidad colectiva para ser más felices.

Ya que la libertad para que cada uno pueda hacer lo que le apetezca, sin necesidad de que nadie le recuerde, ni con la norma ni con la amenaza de ninguna sanción, que está prohibido hacer daño (al otro, a la naturaleza, a la economía, a la sociedad, ...), es el indicativo de la madurez de una sociedad para vivir en paz, en armonía consigo misma y con las demás.

Siendo ese desiderátum no factible, quedaría por enunciar: Prohibid, prohibid, malditos.