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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sociedad

Sobre la vida como espectáculo de variedades

Parecería imposible clarificar las prioridades, bajo la presión de tanta información disponible, y tan variada.

¿Cómo decidir si es más importante la lesión de Messi debida al patadón de un colega enrabiado que las inundaciones con muertos en Croacia o en Bangladesh, quien sabe si atribuíbles al cambio climático?

¿Atraerá más atención la visita del Papa católico al Reino Unido, incluídas sus prudentes elucubraciones sobre la afición pederasta de alguno de sus lugartenientes o será preferible situar en primer plano la foto quesloqueimporta del presidente Zapatero dándose un apretón con el hijo de Hassan II?

¿Será cosa de poner a caldo ese períódico tenido por serio cuando elogiaba la transición española a la democracia (o hacia lo que fuera) y vituperable ahora por  comparar a las ministras españolas con las velinas del presidente Berlusconi?

¿Podrá ser más interesante seguir contando las interioridades morbosas de la vida de unos mineros secuestrados por la mala suerte en una mina chilena o habría que poner una pincelada más sobre el holocausto irakí a la mayor gloria de la desfachatez internacional?

¿Querrá alguien que se le ilustre mejor acerca de los miles de personas que se mueren de desnutrición, cada día, en Etiopía o preferirá conocer la alineación del Barça o del Athleti de mañana?

¿Habrá que mostrarse en contra de la petición de condena a muerte del bloguero iraní Husein Derajshan, de la lapidación por adúltera de su santa compatriota Sakineh Ashtianí -injustificable, Alá y sus ayatohlas nos perdonen la intromisión, incluso aunque fuera ella quien hubiera ordenado estrellar aviones contra las Twin Towers-, o será más apropiado presentar el dramatismo del temperamental rechazo a un silo nuclear por cualquier ciudadano que se precie de practicar devotamente la filosofía nimby?

Son demasiadas opciones, para elegir sin titubeos las que pueden llamar mejor nuestra atención de espectadores. Porque, para qué darle más vueltas, a la hora de decidir acerca de las prioridades, actúan/actuamos como si la vida fuera un espectáculo de variedades.

Sobre el mérito de saber pasar desapercibido

Pasar desapercibido es muy fácil; saber hacerlo, es un arte, un trabajo, un mérito.

Cuando hay cientos, miles de personas que hacen lo mismo que nosotros a cada instante, millones con idénticas preocupaciones y propósitos, confundirse con ellas, de manera que un observador sea incapaz de destacar a nadie, porque todos le parezcan absolutamente indeferenciables, es una consecuencia natural de la similitud.

En la naturaleza, podemos encontrar situaciones en las que algunos depredadores (por ejemplo, tiburones) escogen al azar sus víctimas. Moviéndose con violencia desde dentro del banco de arenques, sardinas o caballas, la salvación de éstas no será consecuencia de ninguna posible estrategia individual, da igual lo que corran, bullan o molesten, sino que dependerá de su suerte, de la casualidad.

No parece ser ese el escenario habitual: los carnívoros suelen preferir seleccionar a los más débiles, las crías recién paridas, los ejemplares viejos o enfermos.

Entre los seres humanos las cosas son bastante diferentes, porque hace tiempo que no nos comemos unos a otros. Pero como existen grupos dominantes y dominados, la cuestión de pasar o no desapercibido cobra significado.

Para entrar en los grupos de poder, junto a la condición mayoritaria de tener avalistas o la muy estrambótica del mérito, una puerta bastante ancha es la de saber pasar desapercibido.

No significarse, no presentar polémica, no aportar idea alguna: limitarse a sonreir, estar presente, aguantar. Llegará un momento en que, desaparecidos todos los competidores que hubieran creído que la actividad, la propuesta de ideas, la voluntad de mérito, en suma, les abriría la entrada a la élite, se encontrarán en la primera fila y serán laureados.

Así se explica que, junto a los que toman decisiones en su conveniencia, en muchos centros de poder, que deberían ser foros de discusión y polémica, haya tantos ineptos, ineficaces, torpes de solemnidad, que asistirán callados, vacíos sus cerebros, apocadas de inactividad las mentes, a reuniones y cónclaves en los que avalarán con su silencio cómplice el festín de los verdaderos depredadores.

(Este Comentario no hace justicia a aquellos, que no serán pocos, que se esfuerzan en pasar desapercibidos, no para conseguir prebenda alguna, sino porque han decidido vivir sin ambiciones.

No importa si desengañados como consecuencia o a priori, cautos por convicción o por naturaleza, se han vuelto agnósticos para todo lo que pueda conseguirse, y, salvando sus muebles, andan solo ocupados en lograr que otros no les quiten el sol; y, sobre todo, que no les hagan daño, les dejen tranquilos en su tonel, esquivándolos como pueden, los muchos tocapelotas, enredadores, gañanes, matones, como andan por ahí escaciplando sin propósito o importunando sin razón, especialistas en dar pellizcos, pescozones y pataditas a los pacíficos, encontrando mérito y disfrute en sacarlos de sus casillas).

Sobre la crisis del sindicato UGT y otras sugerencias

El otrora respetable (y respetado) sindicato UGT ha dado un paso importante hacia el abismo, ese agujero sin fondo al que la evolución condena los artilugios que han dejado de ser útiles.

No es un problema único de la Unión General de Trabajadores -escrito así, con su denominación completa, resaltan aún más las incongruencias entre lo postulado y lo conseguido-. La defensa de los intereses del colectivo de currantes sigue siendo sustancial.

El problema es que un sindicato moderno no puede seguir pensando, como se entendía hace dos siglos, como denunció en su momento la inteligencia superdotada de Karl Marx, que el empresario es el enemigo.

La imagen que ha decidido presentar públicamente la UGT para, según opiniones expresadas, "calentar motores" para animar a la población activa española a abandonar sus poltronas de comodidad y participar en la huelga general, convocada para el 29 de septiembre de 2010, es desacertada, añeja e irreal.

Los vídeos en los que se presenta una empresa de chicha y nabo, en la que los teóricos currantes viven atemorizados, no tienen ni pajolera idea de lo que se fabrica o se hace en el tenderete empresarial del que, al parecer, cobran, (en el que no dan ni clavo ni palo al agua) y en el que un fulano con cretinismo evidente, presentado como empresario, su representante o jefe del clan, deja clara su incompetencia esférica, su imbecilidad  sádica y su chulería mangante, careciendo de media torta intelectual o física, son miserables.

La interpretación de David Fernández, Chiquiliquatre, no defrauda. Es un buen actor, un cómico de garra. Los demás actores, cumplen, representando como pueden su minimalista papel caricaturesco, conscientes, seguro, de que sus personajes denigran también a los trabajadores.

Pero el guión hace un flaco servicio, no ya al entendimiento social, ni menos a la comprensión de la crisis, sino a la valoración de la inteligencia de quienes toman decisiones en UGT. El enemigo hace tiempo que dejó de ser el empresario, compañeros, y menos el pequeño empresario.

El enemigo está dentro. Sirve aquello de los defensores del cuartel de Simancas: Disparad sobre nosotros. El enemigo se ha colado en el campamento y la confusión entre los que van o vienen, atacan o defienden, trabajan o estudian, ninis y tutis, reina en la plaza. 

(Nota; Los ninis, son, en denominación que se va imponiendo, los que ni estudian ni trabajan -pasotas de nuestra sociedad carcomida-; los tuti serían aquellos que, antes que pasar hambre, y faltos de virtuosismo, aguantan con lo que les echen (hace referencia a los que están, en la orquesta, en los lugares no preminentes de la fila de viola, chelos o violines)

Sobre la habilidad para escurrir el bulto

Como indica el cuento, en ese suculento plato que son los huevos con chorizo, la gallina colabora y el cerdo se compromete.

El trabajo de ambos animales resulta sustancial para conseguir el sublime efecto culinario, pero hay que lamentar que el cerdo no pueda estar presente para saborear su éxito en esta faena (y en las sucesivas, mientras dure su mondongo), en tanto que la gallina seguirá siendo testigo, y los adornará con sus cacareos, de las jornadas inolvidables que proporcione a sus admiradores.

Por supuesto, la misma naturaleza de sus aportaciones hace que en el mundo vayan quedando únicamente las gallinas, que serán las únicas capaces de rentabilizar los efectos de la combinación. Quizá, en momentos de éxtasis, tengan un recuerdo para los suinos fallecidos en la batalla; después de todo, ya no son competidores.

Miramos enrededor, y encontramos que cada vez son menos los que arriesgan poner toda la carne en el asador. Contrariando su expresada voluntad de compromiso, a la hora de la verdad se contentan con aportar los adornos, y, haciendo alarde de lo mucho que les cuestan, de tarde en tarde ponen el huevo.

Eso sí, no se olvidan de cantar las victorias como si fueran todas suyas, atribuyendo los fracasos y errores a los difuntos y ausentes. 

Tenemos que decir, sin embargo, que aunque nos resulte comparativamente detestable, las gallinas no son, en puridad, las que merecen reprobación. Los abyectos son quienes, después de haber presenciado el espectáculo de los esfuerzos ajenos, se comen la fritura y, para encima, se marchan sin pagar el plato roto, escurriendo el bulto como sierpes.

N.B. En la política y en la empresa, se dan claros ejemplos de cerdos y gallinas (con perdón). Pero lo que más abunda, son los que jalean, miran, no se definen ni por unos ni por otras, y esperan pacientes para alinearse raudos con las gallinas, una vez que el sacrificio -inmolación sacerdotal o suicidio- se consuma)

Sobre la actitud y sus réditos

Hemos oído muchas veces que la actitud predispone al éxito o al fracaso. Quizá nosotros mismos hemos podido comprobar que hay algunos días en los que nos sentimos más capaces de acometer acciones o proyectos más difíciles, que teníamos postergados a la espera de una mejor ocasión.

Puede que también tengamos una pequeña relación de "personas talismán", amigos o conocidos que nos infunden alegría, y a los que recurrimos en horas bajas.

Hay quien confía, antes de hablar en público, iniciar una negociación importante o, sencillamente, para animarse, en los efectos salutíferos de "una copita" (sobre las consecuencias de deslizamiento hacia la alcoholemia de este hábito, renunciamos a expresarnos ahora).

La observación de comportamientos -algunos, difundidos en imágenes o reconocimientos explícitos- indica que no faltan quienes, antes de empezar un trabajo, entrar en una reunión o iniciar un encuentro deportivo, acarician un amuleto, repiten una serie de movimientos que "les dan suerte" o...miran al cielo o hacen una apurada señal de la cruz, invocando la ayuda de espíritus superiores.

No tenemos criterio firme. Puede que todo sirva para algo, puede que no. Dependerá de lo que cada uno crea, pues el factor placebo juega un papel subjetivo. En realidad, seriamente, pensamos que no sirve para mucho. La actitud más positiva del mundo puede venirse abajo en un segundo ante una mala noticia; el ánimo más encoraginado se desmoronaría al saber que ha muerto una persona querida o que somos portadores de un cáncer mortal.

Los responsables de grupos -en la empresa como en la política- tienden a animar a sus empleados con arengas en las que se preconiza la importancia de las actitudes positivas, la importancia de creerse que se van a conseguir los propósitos, como base para acabar lográndolos.

Por supuesto, pocas veces se consigue lo que no se desea. Pero es muy superior el número de los que no consiguen lo que desean, por más fervor que pongan en su anhelo (bastará echar una mirada a las colas para comprar lotería o echar la quiniela).

Seamos, pues, sinceros. La actitud es un accidente de la materia. Sus réditos dependen, fundamentalmente, de la casualidad, salvo que pongamos de nuestra parte lo que depende de nosotros: trabajo, conocimiento y, por supuesto, no perderle la cara a las dificultades -en especial, las que nos crean esas armas de torpe catadura que son la envidia, el rencor, la maledicencia, la ignorancia o la desidia-.

Sobre la contaminación social

El término "contaminación social" es empleado por la Asociación Mesa de la Ría de Huelva en un folleto que es, a la vez, denuncia y presentación de actuaciones, en contra de los intereses que, en su explicada opinión, se mueven en torno a las actividades industriales de la ensenada del Tito y del Odiel, y que han provocado el profundo deterioro de ese paisaje y graves enfermedades a parte del paisanaje.

El subtítulo del cuadernillo es, por sí mismo, una invitación a la reflexión: "Quienes nos representan, en realidad, nos reemplazan".

Lejos de ser una obviedad, o reflejar una consecuencia de la representación misma, la frase suscita perfectamente la idea de que el representado es desplazado -permanentemente, es decir, su opinión deja ya de contar- por el representante, que se arroga la facultad de suplantación de la personalidad del que ha delegado en él, porque confió en que defendería sus intereses.

Esa usurpación viciosa deja inerme al representado, que se ve desprovisto del cauce legal para expresar su criterio desde entonces.

La zona de la ría de Huelva es uno de los parajes españoles que más han sufrido por la contaminación industrial. Impulsada como Polo de Desarrollo en el año 1964, se instalaron en ella industrias químicas que, al abrigo de la permisiva legislación de entonces, produjeron, junto con el deseado empleo, la destrucción del entorno.

En la actualidad subsisten 5 fábricas en el área, pertenecientes a Endesa, Atlantic Copper, Nilefos (por compra a Rhodia), Foret y Fertiberia.

Aunque el problema de los fosfoyesos (1) ha alcanzado la mayor difusión, el vertido de 130 t de Cesio-137, radioactivo, procedente de la factoría de Acerinox (Cádiz), en las balsas de ese derivado, propiedad de Fertiberia, también fue recogido en la prensa en 1998 y, recientemente, (2009), volvió a adquirir protagonismo por la sentencia del TS que declaró ilegal la gestión del residuo realizada por el CSNE.

La historia de permisividades, desencuentros, traiciones y voluntad de forzar la recuperación de la ría, es contada en el folleto al que hacemos referencia, y que se puede recoger en la exhibición relativa al Principio Potosí que se realiza en el Museo Reina Sofía. (2)

La Mesa de la Ría, al ilustrar la "contaminación social" de la ría de Huelva, expone orgullosamente que es,"con el paso del tiempo", en la actualidad, "una asociación ciudadana, libre de formaciones políticas e independiente económicamente." La historia de las dilaciones y engaños de los políticos de todos los signos es glosada, también, en el denso documento.

Un ejemplo brillante, por tanto, de recuperación por las bravas, por la vía de los hechos, de la representación otorgada por los que se encontraron mal representados.


(1) Los fosfoyesos se producen como residuo del tratamiento con ácido sulfúrico de los fosfatos (que proceden, en este caso, de Marruecos, Togo y Senegal). Los residuos se apilan por Fertiberia en 1.200 Ha de la zona, en balsas que albergan unos 120 millones de toneladas. El último día de 1998, como consecuencia de un temporal, uno de los muros de contenció rompió, vertiéndose las aguas ácidas a la ría.

(2) La exhibición de ideas desde lo retro-kitsch a la denuncia social en torno al concepto sui géneris Principio de Potosí tiene poco que ver con lo que se espera de un Museo de Arte Contemporáneo. Pero esa es otra historia.

 

Sobre las vacaciones en agosto

Un año más, los españoles -y casi todos los europeos- se encontraron simultáneamente de vacaciones en agosto. El "cerrado por vacaciones" volvió a condecorar la mayor parte de los escaparates comerciales (excepto, claro está, los de los "lugares de veraneo") y las justificaciones del tipo "No se lo podremos entregar/reparar/fabricar/ofertar hasta septiembre" jalonaron las últimas semanas de julio.

Este comportamiento colectivo, que tiene sus orígenes en el natural gregario de nuestra especie, carece de la menor justificación práctica y tiene muy fácil arreglo. En Alemania, por ejemplo, lo han solucionado desde hace años. Los Shulferienkalender son públicos con total antelación, distintos por BünderLand, y así se puede programar las vacaciones evitando aglomeraciones y la paralización del país, además de poder disfrutar mejor de los lugares apetecidos, sin problemas de sobreexplotación.

La Comisión Europea, por lo que se nos cuenta, está estudiando, por fin, la racionalización de los períodos vacacionales en la UE. Ojalá que se llegue a un acuerdo y, más que pensar en uniformizar los resultados se trate de definir criterios homogéneos de flexibilidad.

El eje central de la justificación oficial para que las vacaciones generales se tomen en agosto proviene del cierre de las escuelas y colegios en verano. Los docentes aprovechan así el fin del período lectivo para preparar las clases, dar conferencias y asistir a congresos y perfeccionar su formación y la actividad académica con los alumnos se paraliza.

Pero esto tiene consecuencias para toda la cadena productiva. Los estudiantes se encuentran simultáneamente con un período de total asueto desde finales de junio hasta mediados de septiembre y fuerzan a sus papás, a las empresas y organismos en los que trabajan y, por ende, al resto de la sociedad a encajar sus vacaciones en esos meses.

Sin sentido. Así se consigue que los sitios vacacionales estén abarrotados, los servicios y el disfrute sean peores, los precios más caros y, por añadidura, la demanda se concentre en la costa, donde las temperaturas son más agradables y la oferta natural más limitada.

Se pierde así la ocasión de promocionar bellísimos lugares en el interior, de mejorar la formación cultural de la familia, de conocer con más profundidad el país. Muchos emplazamientos permanecerán ocultos para la mayoría hasta que se alcanza la edad dorada. Los viejecitos, y otros escasos bienaventurados, serán quienes se benefician por encontrar casi vacíos tanto las playas atestadas en el verano como esos parajes idílicos que nadie ha puesto en valor.

Por el contrario, se habrá creado un pico estacional que obligó a contratar personal en verano, cerrándose muchos establecimientos el resto del año y cesando en su oferta de empleo.

Ni las empresas, ni la judicatura, ni cualquier occupación o tarea que se nos ocurra nombrar tiene beneficio alguno porque toda la plantilla de la empresa o de la entidad pública o privada se encuentre de pronto de vacaciones. La recuperación del ritmo perdido, además, cuenta en contra; se perderán varios días, incluso semanas, y, en bastantes casos, habrá que resolver de forma acelerada y, por tanto, peor, el trabajo pendiente acumulado.

Sobre partidos políticos, propósitos públicos, ideologías coherentes y ambiciones personales

El distanciamiento que se ha venido produciendo en España respecto a los partidos políticos, obliga a una reflexión profunda, puesto que lo que está en juego no es la supervivencia de determinadas facciones ideológicas, sino la pérdida de interés general por los elementos de participación ciudadana que, más o menos ordenados y con mayor o menor profundidad, son los soportes de la democracia.

Se podrán incorporar matices ad libitum, pero habrá que reconocer que las grandes disquisiciones sociofilosóficas acerca de las grandes vías tradicionales para encauzar de forma práctica la gestión de lo público han quedado desvirtuadas, seguramente ya de forma definitiva.

Nadie hablaría en los países occidentales de comunismo de economía centralizada y cristianismo liberal más que como reductos de un sentimentalismo histórico que movilizó temperamentalmente las masas, hasta enfrentarlas a muerte, en el pasado. Ni la religión ni el Estado absoluto ni la iniciativa privada sin barreras son vistas como guías sólidas para conformar las guías de una nación moderna.

En España nuestra libérrima concepción oficial de los caminos de la democracia nos ha conducido, por una parte, a la pérdida de capacidad de actuación del Estado central y por otras, a un exceso legislativo con el que se pretende poner coto (tarea imposible) a los egoismos individuales y grupales.

Los partidos mayoritarios (PSOE, PP, IU) no han conseguido mantener el interés ciudadano por la participación. La corrupción y la incompetencia, unidos al nepotismo y amiguismo grupales en los dos primeros partidos han emponzoñado la visión popular de la política, y provocado un distanciamiento con la ciudadanía no interesada profesionalmente en la política.

El caso de IU, falto de liderazgo y con un mensaje ideológico confuso y, en una monarquía, sesgado hacia la ruptura constitucional, merece apenas unas líneas de conmiseración por el despilfarro de una postura política que debería mantener un valor de referencia mucho más que testimonial, ética.

Es en este contexto en donde cobraría valor, y muy alto, el interés por conformar una nueva fuerza política que ayude a poner orden e ilusión en los foros ciudadanos. La intención promulgada para UPyD podría parecer indicadora de una voluntad de cambios en el debate.

Por los síntomas ya esbozados, nos tememos que esto no va ser así. La toma de posiciones por resentidos con intactas ambiciones personales, la falta de discusión interna y la dirección férrea de los debates hacia posturas preconcebidas de crítica a los partidos mayoritarios, la debilidad de bastantes planteamientos programáticos, confeccionados con urgencia y escasez de medios intelectuales y económicos, y, no en última medida, la fuerza mediática embadurnada de notas ácidas de marujismo de la líder del partido, pueden dar a traste con una ilusión que apareció en el panorama secarrón de la política española cuando Rosa Díez y cuatro amigos dijeron que había que cambiar el decorado, los actores y el libreto.

Sobre el poder de la ignorancia

A medida que se van obteniendo más datos, puede concretarse que España, y en especial, ese pequeño territorio en donde habitan los asturfiados, vivió su última época floreciente en el primer sexenio de los ochenta del pasado siglo.

Atraídos por la perspectiva de participar en un cambio decisivo en la historia económica y social de la región asturiana y en concordancia con lo que parecía estar sucediendo en el resto del país, volvieron a la región gentes que se habían autoexiliado a los distintos extranjeros que entonces había.

Junto con otros bienpensantes que habían permanecido en la tierra matriz, se creó la ilusión de un diálogo social amplio y, por las perspectivas de diversa índole que se presagiaban, hubo la posibilidad de llegar a algunos acuerdos entre los agentes sociales, en especial, el capital y los sindicatos.

Animados con algunos éxitos y, sobre todo, con la promesa de otros muchos, se acometieron modificaciones masivas de la forma de hacer las cosas, guiándose por buenas voluntades, improvisaciones, empujes de variada intención, intereses de toda índole.

No fue fácil darse cuenta que los vicios anteriores se estaban reproduciendo, aflorando los mismos o parecidos desencuentros, combinado con la marginación que acabó siendo prácticamente sistemática de cualquier discrepante.

Se crearon así, nuevamente, las dos Españas, que, contrariamente a lo que muchas veces se difunde por ahí, no significa que los cuarenta y tantos millones de españoles pertenezcan a un grupo o al contrario.

No. Solamente hace referencia a que los cien mil o así que se esfuerzan por controlar al país, pugnarán de forma permanente por hacerse con los poderes, arrinconando al contrario; y, por tanto, como la lucha es ancestral, habrá de verse cómo las familias que están en el ajo de este cuento permanente han decidido repartir a sus miembros alineándolo en una opción y en la contraria, para que les importe lo mismo ocho que ochenta.

Esta combinación de estrategias vencedoras, exige como complemento imprescindible que el resto del personal se mueva en la ignorancia. Y a ello se aplican, por igual, tanto los de una facción como los de su complemento necesario.

Sobre el turismo de calidad y el de cantidad

Los responsables de promoción turística de aquellos lugares que quieren atraer a visitantes foráneos, hablan mucho de "turismo de calidad".

El turista de calidad es el que viene con dinero, pernocta y come en el sitio, y compra en las tiendas del lugar, no solamente los ridículos souvenirs para regalar a la mamá o a la tía, sino lo que necesita y lo que le apetece.

El turista de calidad predilecto es el que se aloja en hoteles de cinco estrellas, viene acompañado de un séquito familiar y, tal vez, de sirvientes, se hace servir comida de muchos tenedores y compra por decenas vestidos de diseño y joyas, que se hace entregar sin salir del hotel.

Nos parece que la obsesión por orientar hacia un "turismo de calidad" las infraestructuras hoteleras y de servicios de los municipios españoles es un error. Uno de tantos como se producen como consecuencia de una programación acelerada, improvisada de las inversiones.

Porque lo que sostiene, de forma permanenente el atractivo turístico, es la calidad objetiva de lo que se ofrece. Y esta cualidad es una combinación de paisaje, posibilidades de disfrute -cultural y gastronómico- y paisanaje. Y esa oferta no puede ser orientada hacia una élite económica, cuya idea del lujo tiene que ver, en general, muy poco con lal cultura, con el respeto a la naturaleza y su disfrute pacífico.

Puede haber quien pague unos cuantos millones por matar un elefante o tener una piscina particular en sus sutie, pero no destinaríamos un euro del dinero colectivo a confirmar su hipotético derecho a pasar por encima del respeto que merecemos los que ni podemos pagarnos ese lujo, ni se nos ocurriría, de poder hacerlo, permitírnos tal despilfarro de recursos.

Sobre la importancia

Sobre la importancia

Escribe Indro Montanelli ("Historia de los griegos", Ed. Backlist), que "lo primero que hay que hacer para adquirir importancia es darse mucha".

El agudo consejo le viene al hilo al que fue uno de los mejores periodistas italianos, recontando la historia de Zeuxis de Heraclea, el orgulloso artista que pintaba uvas que atraían bandadas de pájaros y cuyo orgullo resultaría herido por Parrasio de Efeso, otro enamorado de su propio arte que engañó a su rival Lhaciéndole creer que la cortina que había pintado ocultaba un cuadro, cuando ella era el cuadro mismo.

Ninguna obra se conserva de tan dotados genios, y solo han quedado un par de anécdotas relativas a la importancia que se daban a sí mismos y la veneración que suscitaron entre sus contemporáneos.

Desde la perspectiva moderna, y contando con la incredulidad de estos tiempos, podemos expresar, sin asomo de duda, que "ya sería menos" y que su arte, por egregio que pareciera a sus contemporáneos, no nos causaría ahora más que una efímera admiración, justificando tal vez tres o cuatro horas de espera en la cola a las puertas de un museo, antes de tomarnos una caña con cacahuetes.

En cambio, sigue con plena validez la cuestión de lo importante que es darse importancia para que otros te la den. Nuestro ejemplo local posiblemente más paradigmático, aunque de parecido tenor tenemos la casa llena, es el de Belén Esteban.

Esta inteligente mujer se ha mantenido camaleónicamente en la palestra mediática utilizando a la perfección el principio de hacerse imprescindible para una buena parte de sus conciudadanos y adláteres. Sus virtudes específicas se mantienen ocultas primorosamente, pero su importancia ha cobrado tal entidad que ha pasado a formar el núcleo vital esencial de mucha gente.

¿Qué opina Belén Esteban sobre esto o aquello? ¿Qué hace, ha hecho, hará? ¿Cómo defiende, acusa, se inhibe, tolera o amenaza? Son preguntas inquietantes, absolutamente anodinas y completamente indiferentes para nuestra existencia (y puede que hasta para la suya propia), pero es importante saberlo todo sobre ella.

Porque se ha dado mucha, muchísima importancia, y es imposible quitárnosla de encima. 

(La foto que acompaña a este comentario corresponde al número de la revista ¡Hola! del 6 de agosto de 1998, y la original fue realizada por Alberto Matey)

Sobre teleredes sociales y el diálogo de besugos

Las redes sociales que utilizan como soporte las telecomunicaciones se pueden agrupar en dos grandes especies, considerados sus resultados desde la perspectiva de la rentabilidad individual:

a) las de éxito seguro, que son utilizadas por millones de personas (pronto, serán miliardos) para enviarse mensajes cortos con los más simplones contenidos, desde "estoy desayunando" a "me voy al cine" hasta poner a disposición de desconocidos fotografías del último viaje a las playas de Cancún o de la excursión a la Pedriza o a Pedraforca.

b) las de fracaso muy probable, que son utilizadas por cientos de personas (en algún caso, miles), para tratar de hacer negocio.

Las primeras cumplen a satisfacción plena, por los síntomas, el objetivo personal de los telenautas.

a-1) Muchas veces, se consigue el contacto permanente con compis del cole, con remotos supercolegas anónimos con los que intercambiar frases en cutreinglés y pochoespañol, y se puede, con esfuerzo, recuperar, al menos durante un par de mensajes, a viejos conocidos cuya existencia se había perdido (en bastantes casos, por razones poderosas que no hay razón para modificar, pero que el tiempo ha borrado).

a-2) Otras veces, los telenautas se envían mensajes cortos conteniendo direcciones de páginas web -incluídas, sobre todo, las propias- con informaciones que pueden resultar, realmente, relevantes y muy interesantes. Sin embargo, esta aplicación de las redes sociales del tipo a) cabe considerarla espuria, inusual, casi, insultante, para el resto de la heterogénea cofradía.

Sus integrantes suelen autoconsiderarse expertos, quizá incluso gurús, puede que frikries, seguramente pirados. Son mirados como si se tratara de drogadictos por los del subgrupo a-1)  que entiende que las teleredes deben utilizarse, sobre todo, para crear spam, ruido y comunicarse tonterías.

El grupo que merece especial atención sicológico es el b-1). Se trata, en su mayoría igualmente, de personas enganchadas al mundo digital, que buscan alguna forma de autoempleo, convenciéndose a sí mismos de que lo que saben o creen saber será valorado por otros internautas. Craso error. Los que les siguen, los que contactan con ellos, son personas con idénticas o muy parecidas necesidades y ofertas, creándose así, por lo general, un caldo de cultivo bastante pastoso, que se resuelve de cuando en cuando convocando a los más fanáticos a tomar unas cervezas (reales), contarse algunos chistes y ligar, si es posible.

Esto último es lo que les provoca, ocasionalmente, la verdadera satisfacción, que se prolonga en la medida en que obtienen ingresos por otras vías, siguen de mantenidos por sus familias o hasta que su pareja descubre que les están sosteniendo la afición, como becarios.

Por todo lo cual, resumiendo lo aquí apuntado, y puesto que de redes y pescar se trata, dado que los intervinientes en todas las categorías suelen leerse a sí mismos y pasar por alto o hacer lectura transversal de prácticamente todo lo que escriben los demás, cabe expresar la situación como de diálogo de sordos, o mejor, conversaciones de besugos.

Todo sea dicho sin ánimo de ofender, solo con ánimo esclarecedor para iniciados. Y por si es necesaria la aclaración, un diálogo de besugos es la expresión coloquial de una conversación trivial, en la que dos hablan sin contenido ni sustancia.

Sobre creencias, ideologías y tendencias

Los escépticos perderán siempre las batallas. No importa el campo en el que se ventilen sus fuerzas. Porque para vencer en algo, hay que estar convencido de lo que se defiende y tener claro el objetivo de lo que se pretende.

No estamos definiendo un panorama idílico ni nos agarrota un ataque de ingenuidad exasperante. No. Por el contrario, estamos advirtiendo que el poder se está desplazando, y rápidamente, hacia el lado de los que tienen creencias, ideologías y, especialmente, fanatismos.

Podría pensarse que esa deriva no es, en si misma, mala. Tener devociones y, por tanto, creencias, dignifica al ser humano, confirma su naturaleza racional.

Sin embargo, si repasamos la Historia, nuestro colectivo no ha avanzado hacia la selección de las creencias, recogiendo de las enseñanzas de la práctica, las que resultaron más eficaces, sino que se ha ido decantando por las más perversas.

En el terreno de la ética, no estamos mejor que hace dos mil años. No estamos, desde luego, arrojando cristianos a los leones, pero sí que es posible constituir un espectáculo, aún más soez, dilapidando adúlteros.

Si de religiones se prefiere hablar, el siempre respetable avance del escepticismo, ha corrido paralelo con el progreso de las creencias en divinidades estrambóticas, que manipulan el estúpido deseo masculino de la superioridad del hombre sobre la mujer, la reconquista de espacios sagrados o la conservación de hábitos, costumbres y dietas que no superan la primera criba de la racionalidad.

Pero no hablemos de religión. Pensemos en espacios políticos "irrenunciables", en las (mal) llamadas culturas propias, en los nacionalismos orgullosos de sus esencias y cualquier aberrante consideración de que algunos son superiores a otros, por haber nacido en una esquina del mundo.

Incluso, hay que estar atentos a detectar los que se creen diferentes, no por sus propias capacidades y méritos, sino por pertenecer a una etnia, a un grupo, a una secta o montón de individuos a los que aglutina una devoción que les confirme como élite.

Porque, aunque seamos cada vez menos, aún subsistimos quienes estamos convencidos -de eso sí, y no nos moverán- que el desarrollo del ser humano está en conseguir que, algún día, no se necesiten leyes ni castigos, ni órdenes, ni amenazas, para satisfacer un objetivo de máximo alcance: que todos los seres humanos merecemos el mismo respeto, disfrutar de la misma libertad, y no para hacer lo que nos apetezca o nos de la gana, sino para mejorar en conjunto.

Sin discriminaciones. Sin otras diferencias que no sean para ayudar a los más débiles, a los que hayan nacido más desfavorecidos, a mejorar, a disfrutar de lo que no pertenece a nadie en particular, sino que sirve para aumentar el acervo común de todos.

Es un objetivo utópico, lo sabemos. Pero no nos dejaremos avasallar por los que creen que legislando sobre los espacios de libertad, restringiendo el uso de lo que es de todos para aumentar su propio beneficio, intentan convencernos de que avanzan hacia algún sitio.

O vamos todos juntos, o no vamos. Tiempo, al tiempo.

Sobre la dificultad de reconocerse humano

Si bien no existen dudas genéticas respecto a la pertenencia a la misma especie de todos los seres bípedos con cierta capacidad de raciocinio con los que nos cruzamos por ahí, incluida la nuestra propia, resultaría muy difícil caracterizar a esa misma especie a base de analizar su comportamiento.

Quizá lo más adecuado sería centrarnos en nuestra capacidad para apropiarnos indiscriminadamente de todo cuanto nos rodea, poseyéndolo en una primera instancia y destruyéndolo en la segunda, señaladamente si no podemos conservarlo en nuestra propiedad.

Como no pretendemos más que dejar un par de pinceladas sobre la cuestión, nos detendremos en unos pocos comportamientos grupales, que estimamos significativos para expresar la dificultad de reconocerse humano junto a ellos. 

Un comportamiento implica una finalidad y, justamente, trataremos de comprender qué pretende(n) quiénes actúan de esa manera, para, en consecuencia, deducir nuestro alejamiento o cercanía con el objetivo que detectamos en el otro.

¿Qué pretenden quienes, por ejemplo, corren unos metros junto a ciclistas profesionales que coronan una cima y se hallan en pleno esfuerzo, comprometiendo su equilibrio y dificultando su marcha, disfrazados de variopintas maneras, incluso desnudos, llevando en algunos casos pancartas o banderas con nombres, mensajes cortos de ánimo o de insulto?.

La respuesta más verosímil es que esos centenares o miles de personas, que en algunos casos repiten su aparición jornada tras jornada, quieren que se les vea. Como no conocemos su identidad, salvo que pasen a la fama efímera de los imbéciles que han conseguido tirar de su bicicleta a uno de los atletas, su mensaje es forzosamente anónimo y, por ello, nos representa a todos. Equivaldría a decir: quiero que sepáis que sois también así, como yo: imbéciles.

El equívoco o la confirmación de tan demoledor mensaje solo podría ser desmentido o aceptado por unos pocos: quienes conozcan particularmente a esos individuos. Pero, a falta de otra información, podemos imaginarnos a ellos y a tres o cuatro de sus amiguetes o familiares más cercanos, viéndose una y otra vez por la televisión y repitiendo (por signos, muecas o por nefas): "Hemos conseguido elevar al ser humano al nivel de estupidez que le corresponde).

¿Qué pretenden quienes cubren de pintura negra las señales de tráfico, cambian las toponimias, confundiendo así a los visitantes y, aunque puedan creerse pertenecientes a grupos distintos, cuáles son las intenciones de quienes escriben su nombre en las paredes de edificios públicos y privados, deterioran marquesinas y mobiliario, llenan con sus estúpidos mensajes grafiteros y sus aborrecibles dibujillos los escaparates, los monumentos artísticos, las pasarelas, los puentes, azudes, naves, muros,...?

La respuesta más verosímil es que esos centenares o miles de personas, quieren, lisa y llanamente, fastidiar. Si tuvieran otra intención, trabajarían sobre papel, utilizarían tizas de colores para pintar sobre la acera, irían a una escuela elemental de pintura o decorarían la sala de estar de la casa de su abuela.

Pero no tienen otro propósito que agredir a los demás y, por ello, su comportamiento nos es ajeno, nos parece lamentable, propio de otra especie diferente a la de un ser que se cree racional.

Sin importarles la propiedad y los derechos de los demás -todos, cuando atentan contra bienes públicos- o los de comerciantes y particulares concretos, su objetivo no es artístico (nos es imposible dar contenido estético a la bazofia), sino mezquino, agresivo, enfermo.

Y para terminar, dejando al lector que siga haciendo sus propias preguntas respecto a lo que le separa de los demás:

¿Sabemos qué pretenden, hoy en día, quienes mantienen creencias que suponen marginación de otros pueblos y razas, el odio a muerte a las diferencias, amparados en una supuesta revelación de los dioses a sus antepasados??

¿A quiénes contenta hablar simultáneamente de un mundo global y solidario y argumentar respecto al valor superior de su cultura, su capacidad de gestionar, su derecho a tener más por ser de una manera?

¿Qué quieren que pensemos de los que alegan proteger a la mujer manteniéndola custodiada en casa, la obligan a ir cubierta por la calle, le niegan capacidades y derechos?

¿Somos de la misma especie de los que, conociendo cómo curar una endemia, mantienen el precio de los fármacos ficticiamente alto, para aumentar sus beneficios?  

¿Somos de esa especie que no duda en matar a sus semejantes, por ideologías, creencias, odios tribales -recientes o ancestrales-, o por la posesión de un recurso que no se quiere compartir, habiendo para todos?

Difícil reconocerse humano, en lo pequeño y en lo grande, en lo próximo como en lo lejano, así en la tierra como en el cielo.

Sobre éxitos y objetivos

Puede parecer una obviedad, pero pocas veces -poquísimas- se alcanza lo bueno que no se desea, y, si fuera anhelado, aquello por lo que no se haya trabajado intensamente.

Si se trata de un objetivo colectivo, nunca se logrará si la mitad de los que deben colaborar actúan en dirección contraria; y, tampoco se podrá alcanzar, o se conseguirá con mucha más lentitud, -seguramente a destiempo- si un alto porcentaje de los que están en la situación se inhiben, cruzados de brazos, como si no fuera con ellos.

No sería concebible una empresa sin objetivos, y no se pueden cumplir éstos sin un plan, un equipo ilusionado y un líder que confíe en el saber hacer de sus colegas (¿subordinados?) y que solo actúe para tomar decisiones cuando, ocasionalmente, haya varias opciones.

En el deporte, los españoles parece que hemos descubierto que podemos ser los mejores, incluso que parece tenemos actitudes especiales para algunas disciplinas. Si tenemos un objetivo, preparación para lograrlo, confianza en el líder y una estrategia adaptada, podemos ganar y ganamos. En tenis, en ciclismo, en motociclismo, en fórmula uno, en balónmano, en balóncesto, en marcha, en fútbol... 

En política las cosas no van de distinta manera, porque esta actividad humana no es una invención extraplanetaria.

No es necesario que el líder sea un premio nóbel, ni que pretenda saber de todo.

No sería coherente pretender ser los mejores del mundo en todo lo que nos suena a bueno y nobilísimo (ayuda simbólica al desarrollo, empleo masivo de energías verdes, intermediación aleatoria en conflictos, asistencia social desmesurada, etc.) y despreocuparnos de lo que exige esfuerzo (aumento claro de productividad, contención radical de gasto, eliminación decidida de redundancias, ahorro en energía y electricidad, priorización feroz de objetivos, abandono sin tapujos de proyectos por falta de medios, sacrificio salarial y solidaridad coherente con los que menos tienen, etc.)

Pero, sobre todo, lo que no nos deberíamos de perdonar es, en época de crisis, carecer de objetivos y que una mitad del país parrezca mirar hacia otro lado, espoleado por la falta de entendimiento entre los que están elegidos, no para demostrar su mejor fluidez verbal o su capacidad para darse mamporros vistosos en los foros, sino para tomar decisiones cuando hay varias opciones que sean apoyadas, cada una de ellas, por los que más saben, no por los que ignoran, intuyen, odian, ridiculizan, no se mojan, se benefician, desprecian, no padecen.

Sobre los estímulos a la participación

Cuando se organiza un acto, se crea una comisión o se prepara una conferencia, el problema principal de los que están a este lado de la situación es cómo conseguir que suficiente público asista, que haya colaboraciones, que la sala se llene.

En realidad, existen dos niveles de participación y, por tanto, otras tantas formas de valorarla. Especialmente si se trata de actividades en las que se pretende que haya debate, que la participación sea aciva.

Porque hay quien se limita a asistir, ofreciendo su presencia pasiva; y hay quien, además, aviva los debates, ofrece variantes e ideas, se compromete. Son, claro está, los menos.

Si se está preparando un espectáculo, la participación que se busca es solamente pasiva, e importa únicamente el número. En este caso, la publicidad no necesita discriminar y, hasta llenar el aforo del local, podrá dirigirse bajo el lema: "Cuantos más, mejor".

Si lo que se desea es generar un grupo de prestigio, lograr un debate creativo, obtener una plataforma de influencia, lo fundamental es captar, ante todo, a personas con capacidad de arrastre. Se debería incluso evitar, para no disuadir a posibles socios o colaboradores interesantes, que los primeros apuntados fueran personas de bajo perfil.

En corto, pues. Cuando Vd. cree un grupo de opinión, ocúpese, ante todo, de llamar la atención de aquellos que puedan y quieran aportar prestigio. No abra la espita de la admisión general hasta que no tenga garantizada la presencia de un núcleo duro. Entre ellos, puede ver algún elefante que solo permita incorporar su nombre pero no ofrecerá nada más, pero atención a lastrar el grupo de arranque con nombres inútiles frente a las aportaciones deseadas.

Pero si únicamente está preocupado por llenar el salón, no deje que el azar le malogre una sensación que está en su mano crear. Obligue a que todos los que han participado en la organización del acto, se vayan el día señalado con su familia y amigos; que bajo ningún concepto la sala se vea medio vacía; al siguiente acto, aquellos que hayan venido de fuera, se habrán encargado de hacer la propaganda, difundiendo que había muchos asistentes.

Y, sobre todo, los conferenciantes a quienes haya invitado estarán encantados de dirigirse a un público numeroso, y adquirirán un gran concepto de su organización. Cuando vuelva a llamarlos, pasado un tiempo, para dar otra charla, accederán encantados, pues su ego tendrá el regusto del buen sabor de boca.

Pero, amigo, si ha pretendido organizar un foro de opinión y, para dar sensación de éxito, apunta en él a su familia, a sus amigos jubiletas o a una colección de seudónimos y anónimos extraídos de las páginas de su libreta de fallidas direcciones, le auguramos un fracaso rápido. No solo no obtendrá la viveza pretendida a su invento, sino que quienes hubieran podido participar, oliéndose el pastel, rehusarán meter sus ideas en el fallido receptáculo, y los que le hayan dicho que sí, a la primera batida de aburrimiento, se irán a otros lugares de viento más fresco.

Sobre la optimización del input social del ser humano

La idea se puede expresar de forma muy simple. Si todo ser humano debiera ser considerado como un insumo del proyecto de la sociedad como conjunto, ésta debería preocuparse de que sus capacidades fueran aprovechadas de la mejor manera posible a lo largo de su vida.

La disponibilidad colectiva sería la suma de los insumos individuales: hoy por hoy, más de 6.000 millones de capacidades. Muchas, ¿verdad?

¿Cuál es ese proyecto colectivo?. No parece que exista, al menos de manera razonablemente concreta, pues no valdría responder a la cuestión con la indicación grosera de "progresar para conseguir un mayor bienestar" o "tratar de que todos tengamos una vida digna".

Por otra parte, tampoco resulta convincente suponer que formamos parte de un proyecto dirigido desde el más allá para probar nuestra capacidad de ser razonables. Hace tiempo que se habría demostrado el fracaso de este experimento hipotéticamente teocrático. 

Aunque no descartamos que algunos intelectuales, políticos y otras gentes, desde diversos campos profesionales y afectivos, crean en la necesidad de un proyecto humano global, no resulta detectable, y menos en este momento, que los propósitos apunten en la misma dirección. Más bien, las ideologías dominantes se complacen en evidenciar lo contrario.

En la Historia de la humanidad, se han cosechado sonoros fracasos para proyectos con vocación universal. Sin remontarnos hasta los imperios persas, romanos u otomanos, y pasando de puntillas por aberraciones, como el nazismo, la trata de esclavos o el integrismo religioso, tenemos heridas recientes que nos proporcionan argumentos para apoyar nuestra incapacidad para alcanzar un proyecto colectivo.

El comunismo ha fracasado, entre otras cosas, por su falta de sensibilidad respecto a la valoración de la diversidad, el capitalismo es -incluso para muchos de sus devotos- una trampa de la élite económica, interesada casi exclusivamente en garantizar su mantenimiento,  y los proyectos ético-cosmogónicos, de los que cabe destacar al cristianismo en estas latitudes y al hinduismo en las opuestas, tienen o demasiadas cargas dogmáticas o insuficiente perspicacia social para ser tenidos en cuenta como soluciones aceptables universalmente.

Pero, además, y obviamente, no somos únicamente animales gregarios; el proyecto colectivo nos importa menos que nuestro éxito personal como individuos, aunque a menudo nos veamos obligados, simplemente, a luchar por nuestra supervivencia (sí, -claro está-: más en los países más pobres y más para las clases menos favorecidas económicamente).

Esta consideración utilitaria de la vida de todo individuo, por parte de la sociedad a la que se pertenece -que, idealmente, en una colectividad globalizada y supuestamente regida por altos valores éticos, no admitiría clases ni fisuras- tendría su complemento imprescindible, en una formulación desde una perspectiva individual, que podría expresarse así:

Cada uno de los individuos de la especie humana debiera tener factible, incluso garantizado, que su vida supusiera un progreso, una evolución positiva de su propia satisfacción, desde la cuna hasta la tumba.

Puesto que los seres humanos necesitan de la sociedad para realizar ese proyecto personal, a lo largo de la vida, es imprescible lograr que la sociedad encaje a cada persona, sin tensión, en el espacio útil y de bienestar que corresponda a su edad, conocimientos, méritos, necesidades y disponibilidad. Fundamentalmente, en el rango que, para cada grupo de edades, combine la justa (no la excesiva) satisfacción de necesidades y la utilización (no la explotación) de su capacidad.

Para cumplir objetivos globales, la sociedad está desastrosamente enfocada, y no hay ni que referirse a paradigmas ni a zarandajas económicas. Basta analizar la situación desde un punto de vista ético (universal), pero también, pragmático (rentabilidad global).

Si todos los individuos humanos somos iguales no caben: ni esclavitud, ni desprecios, ni utilización ventajistas de unos sobre otros.

Si vivimos en un mundo global no pueden ser admitidos: ni desplazamiento hacia unos países de industrias contaminantes, ni maximalismos ni dogmatismos, ni explotación de recursos foráneos sin contrasprestación, ni dictaduras, ni contemporización con dictaduras e integrismos.

Si queremos avanzar en una dirección no se deben tolerar: ni multinacionales mastodónticas con mayores poderes de acción que los estados, ni desigualdades salariales injustificables por rendimiento o capacidad, ni control mercantil de tecnologías ni, naturalmente,fármacos, básicos, ni deforestación ni contaminación sin control, ni explotación de sexos ni menosprecio a razas y culturas, ni falta de formación infantil y juvenil que incapacite para acceder a ese objetivo de bienestar, ni desprecio hacia los principios éticos y conductuales más elementales, que son aquellos que garantizan la seguridad y el ámbito de ejercicio de la personalidad.

Y si, acercando la lupa a nuestro entorno más directo, resulta que tomamos consciencia de vivir en un país que resulta ser un modesto contribuyente a la economía mundial, con escasa tecnología propia, y fuertes desigualdades culturales, económicas, sociales internas, parémosnos a acordar qué nos conviene más.

Restringiendo nuestra vocación frustrada de querer ser el Pepito Grillo de la conciencia mundial, pongámosnos a solucionar, ante todo, nuestros problemas, contradicciones y desigualdades más urgentes, en lugar de andar aconsejando a los demás, cuando nos dan el micrófono, lo que tendrían que hacer, mientras nos entran los listos y listillos, los saqueadores, los oportunistas, a disfrutar de lo que no valoramos de cuanto tenemos en nuestra casa.

Sobre el sentido de la vida

Imaginemos encontrarnos en un examen. Un examen crucial, del que dependiera todo. ¿Todo?. Sí, todo.

Hemos entrado en la sala y, desde el comienzo, nos ha extrañado que hubiera tantos examinandos junto a nosotros. No creíamos que el puesto a cubrir fuera tan importante. Hay gentes de todas las edades, de las más variopintas condiciones, razas, cualidades.

Estamos en las filas de atrás, y no vemos quién ha abierto el sobre en el que figura el texto a glosar por todos los presentes. Un joven distribuye las papeletas. Leemos la pregunta, única, que hay que desarrollar: el sentido de la vida.

No hay límite de tiempo. Bueno, sí. Hay límite pero no será el mismo para todos. En cualquier momento, alguien nos retirará el papel. Tampoco sabemos cómo se puntuará el ejercicio, ni siquiera si habrá alguien que califique los trabajos.

Apetece gritar ¡No hay derecho!, ¡No caigan en la trampa de hacer esta prueba! ¡No servirá para nada!. Pero nos contenemos.

Se comenta que muchos ya han entregado sus ejercicios; hay rumores de que algunas plazas ya están concedidas de antemano. ¿Para hacer qué?.

En un rincón del aula se han sentado juntos varios que alardean de haber ido a un academia especial, y que su director ha recibido el chivatazo de la respuesta correcta. Algunos escriben frenéticamente; otros copian ostentosamente de libros y apuntes. Nadie parece vigilar el aula inmensa.

Miramos la hoja de papel en la que hemos dibujado algunas líneas, escrito varias frases que nos parecen incoherentes. Tachamos todo. No nos convence.

La persona que tenemos justo al lado nos sonríe. Aunque reconoce que tampoco ha preparado nada, que está allí sin saber qué hacer, sentimos que, de pronto, nos ha llegado la inspiración.

Sobre el prurito de hacerlo bien y lo malo de hacerlo por prurito

Aunque la palabra es de las que se usan poco, tiene dos acepciones bastantes distantes que nos justifican el atractivo de situarlas juntas en un mismo titular. Porque se puede (y debe) tener el deseo ferviente de hacer las cosas lo mejor posible; pero cuando lo que nos mueve a hacerlas sufriendo de un picor insoportable, lo más probable es que, llevados por esa inquietud, nos precipitemos y el resultado sea nefasto.

No deberíamos tener dudas de que la mayor parte de los políticos -tanto si se encuentran ejerciendo (incluso ostentando) el poder, como si aspiran a llegar a hacerlo- desean ser apreciados por lo bien que lo hacen. Otra cuestión es que sepan cómo hacerlo, y una ya muy diferente, es que antepongan su bienestar personal al colectivo: estamos convencidos de que estos últimos son minoría y que, ya puestos a creernoslo todo, solo caen en la tentación para llevarse -presuntamente- un par de trajes a casa que, puede, incluso no sean ni de su talla.

Pero que, metidos en un berenjenal, tengan que hacer su trabajo mientras les pica insoportablemente el cuerpo, es algo de lo que deberíamos tener compasión. Así no se puede trabajar.

Nos da la sensación de que esta es la situación: los líderes, tanto los próximos como los globales, tienen por prurito demostrar eficacia pero las circunstancias les han puesto el cuerpo en un prurito y, constreñidos a rascarse allí donde les pica, no tienen tiempo, ni ganas, ni tranquilidad, para ocuparse de lo nuestro; de lo de todos, vamos.

Ejemplos, los encontramos a diario: mandamases mundiales que se olvidan de lo que les trajo a una reunión de alto nivel que cuesta un pastón a sus países, y que se ponen a ver en televisión un juego de pelota; mandamasinos más modestos que no consiguen convencer ni a sus allegados familiares de que las medidas que se les han ocurrido para crear empleo serán, no ya eficaces, sino ejemplares para que quienes, cuando sean llamados a dar el callo, teniendo mucho más, no se extrañen de que les llamen a cotizar en la salvación de una crisis que, por cierto, ellos mismos han provocado, a base de tanto divinizar el mercado.

 

Sobre juanes, pilares, conchas, cármenes y pepes

Cada 24 de junio, los Juanes y Juanitas son felicitados por amigos, familiares, subordinados y colegas que quieren manifestarles que se han acordado de ellos en el día de su onomástica. Parecidos movimientos de afectos, intereses y rutinas, se movilizan en torno a las Conchitas el 8 de diciembre, los Pepes y Pepitas el 19 de marzo o las Pillares el 12 de octubre.

Mucho más difícil lo tienen -aunque suponemos que serán igualmente apreciados y/o denostados- los Hermógenes, Eustorgios, Anastasios, Remigias, Torcuatas o Gerundinas, por poner solo unos ejemplos de los adornos que, especialmente en las cuencas mineras asturianas, se han elegido para la identificación de tantos Fernández y González como ha dado el pueblo llano que, además, no se atreve a poner guiones, cambiar el orden o recuperar del árbol genealógico los eventuales apellidos rimbobantes que se hayan incrustado en él.

Con la conquista del suelo español por los emigrantes sudamericanos (aún no consumada en su totalidad, pero ya muy patente en zonas amplias de lo urbano), han aparecido nuevos nombres de persona que no tienen, de momento, santo del día.

Se pueden encontrar Rúsbeles, Yimi Cártons, Santagracias, Porfías, Lénines o Quínies, junto con muchos otros apelativos que antes solo se osaría utilizar para nombrar a las mascotas que, por cierto, ahora se les llama o puede llamar Pablo, Amalia, Antonio y ponerlo así bajo la advocación de algún espíritu del que su propietario sea devoto.

Tampoco será, pues, de extrañar, que, perdidos los sentidos de los afectos, mientras ilustres miembros de la cultura y el deporte animan a adoptar un perrito abandonado en estas vacaciones (cuando aún tenemos mil millones de pobres humanos por ahí), se acabe felicitando solamente al animal de compañía.