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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Economía

Sobre para qué serviría un pacto de Estado ahora

Dicen que en algunas islas de la Polinesia, cuando los huracanes azotan la zona, se reúnen todos en el centro del poblado y gritan a una: "¡Eh, Dios, que estamos aquí!".

No hay constancia de la efectividad de tal medida, aunque la intención de los que así actúan sí resulta evidente: conseguir que el espíritu superior desvíe su furia hacia otros lugares y no por ignorar la posición de los que piden esa actuación, sino precisamente por conocerla.

Algunas voces de este pueblo heterogéneo llamado España, ante la grave crisis económica que está reventando las presuntas solideces de las que había alardeado el Gobierno, reclaman un Pacto de Estado. Un acuerdo entre las principales fuerzas políticas y los agentes económico-sociales, para sacar adelante el país de este bache.

¿Un Pacto de Estado, para qué, con qué ideas?. A diferencia de otros momentos de crisis, la litigiosidad social es prácticamente nula; a pesar del alto número de parados, se podría creer que el país no se había creído la bonanza por la que se estaba atravesando, y esos 4,3 (o incluso más) millones de personas que buscan empleo en este momento, habían asumido que, si lo tenían era en precario y que, si lo pretendían por primera vez, no tenían muchas posibilidades de alcanzarlo. No hay manifestaciones en las calles, no se queman vehículos, no se piden dimisiones a gritos. Solo se protesta porque -dicen los líderes síndicales- "no consentiremos que se retrase la jubilación a los 67 años". ¿Es eso todo?

En cuanto al empresariado, poco se podrá contar con un grupo de representantes del otro factor de producción, si el presidente de la patronal ha visto su proyecto empresarial saltar por los aires, ha perdido hasta la camisa y está amenazado de varios procesos judiciales. Su equipo de confianza, que ha cerrado filas en su alrededor, no parece preocupado por proponer medidas de reactivación -¿abaratar el despido? ¿reducir las cotizaciones a la seguridad social? ¿disminuir el impuesto de sociedades cuando no hay beneficios?-, sino en no asomar mucho la cabeza de sus, probablemente, propias inseguridades.

Un capítulo aparte lo merece, sin duda, el Partido Popular, alternativa de gobierno clara según los sondeos de opinión. Su argumento principal frente a la crisis es que el equipo de Zapatero no tiene ideas y que son unos incompetentes mentirosos. No será cuestión de introducirse en esa discusión ahora. Pero ¿hay alguien o algo más ahí?

Nos parece fundamental que se proponga, no un pacto de Estado, sino un conjunto de medidas claras para la reactivación y el control de la economía. Damos por supuesto que todos queremos salir de esta situación de crisis, independientemente del signo político y del estado de las economías. Necesitamos un plan de gobierno, un plan de Estado, serio, lo más completo posible, con cometidos y responsabilidades para todos los agentes sociales y capaz de generar confianza a todos los habitantes de esta piel de toro...y de los que la rodean y desconfían de nuestra capacidad para ponernos en marcha con las mejores ideas, en lugar de consumir el tiempo vociferando que no se tienen.

 

Sobre el Programa de estabilidad de Grecia y las barbas del vecino

El 3 de febrero de 2010 la Comisión Europea adoptó varias recomendaciones dirigidas con la intención de que el déficit presupuestario de Grecia se sitúe por debajo del 3% del PIB en 2012.

Cuando el Comisario de Asuntos Económicos y Monetarios Joaquín Almunia las comentó en la rueda de prensa de ese día (en lo que se llama en el argot periodístico de los insiders "misa de doce"), no ocultó que "algunos países en la eurozona comparten problemas comunes, fundamentalmente, España, Grecia y Portugal -a los que se podría añadir algún otro- que les provocan permanente pérdida de competitividad (...)"

El asunto es muy delicado. El gobierno griego había sometido a la Comisión su programa de estabilidad para el período 2010-2013, que contemplaba la reducción del déficit presupuestario en 4 puntos en 2010 (actualmente está en 12,7% del PIB), pretendiendo llegar al 2% en 2013. Para ello, entre las múltiples medidas fiscales, sociales y políticas, se compromete a suprimir la incorporación de nuevos funcionarios en 2010 y a contratar solo 1 por cada 5 que se jubilen.

La Comisión realiza una crítica del Programa, apoya las anunciadas y aconseja nuevas medidas restrictivas, además de iniciar un procedimiento de infracción, por considerar que Grecia no cumple con sus obligaciones de hacer públicas estadísticas e información relevantes, ni auxilia adecuadamente a los funcionarios comunitarios en su labor de recopilación y análisis.

Cuando se analizan los dos artículos del Tratado que se han utilizado por la Comisión para justificar esta, hasta ahora, insólita, injerencia en asuntos propios de un Estado miembro - el 126.9 y el 121.4-, comprendemos mejor que el mensaje del Comisario va dirigido también a España y que las barbas peladas del vecino griego son un antecedente inmediato del Informe que recibirá el gobierno español, aún convencido de que "se está haciendo lo que hay que hacer".

Pero Joaquín Almunia hace tiempo que se ha situado en el centro del cerebro europeo, y allí las cosas se ven con ojos franco-alemanes, y la estabilidad del euro y la competitividad internacional de estos dos grandes, ahora que le han cogido el tranquillo a la recuperación de la economía, no puede verse amenazada por "deficiencias estadísticas, institucionales y de gobernanza".

Por cierto, entre los países europeos que están en la lista de los que serán regañados, no figura Italia, que ha solventado la crisis con más éxito.

Una de las singulares medidas adoptadas por el presidente Berlusconi ha consistido en conceder una amnistía fiscal para que se pueda acceder a la repatriación de los capitales acumulados en el extranjero, y por los que no se había tributado ni declarado: un deseo reiteradamente expresado por bastantes emigrantes españoles que han vuelto a su país, pero mantienen sus ahorros, conseguidos, desde luego, por su trabajo y actividad en el exterior, en cuentas en paraísos fiscales o en entidades bancarias, de forma opaca a la investigación fiscal.

 

Sobre las perspectivas de recuperación económica en España

Si atendemos a la percepción directa de la actividad económica española que puede obtenerse directamente de la calle, no hay ningún síntoma de recuperación aún. El número de locales comerciales que están cerrados o anuncian su total liquidación por cese de negocio, ha aumentado. El número de viviendas ofrecidas a la venta o en alquiler no disminuye, más bien crece. Y el precio de los inmuebles -en cualquier lugar del país- sigue su tendencia bajista.

En los comercios que resisten, los precios han bajado. Los carteles que confrontan, junto a la mercancía de todo tipo, el precio de "antes" con el de "ahora", son absolutamente frecuentes. Pero, salvo excepciones, los locales no presentan gran activididad, y muchos están vacíos.

Concorde con estas apreciaciones del personal a pie de calle, las cifras oficiales, a regañadientes a veces, reflejan que el paro crece (4,3 millones de personas sin trabajo y queriendo tenerlo), y que la actividad económica declina (el pib disminuyó un 2,9% en 2009 y las previsiones son de que caerá un 2,3% en 2010). Y lo que es más grave, de ser "el país mejor preparado para afrontar la crisis económico-financiera" (gracias, teóricamente, a un modelo de reservas bancarias ejemplar, a una economía más pujante y a otras ilusiones), hemos pasado a ser reconocidos como aquel que se recuperará más tarde de todos los desarrollados.

De poco serviría el optimismo crónico del Gobierno -que persiste en indicar que los datos son menos malos y que lo peor ha pasado- si no se acompañara de medidas o expectativas concretas para reenderezar la tendencia. Porque el deseo no es fórmula para conseguir lo que se anhela: si así fuera, ponemos por caso, cada año, los millones de ingenuos quasiludópatas que creen que este año les tocará el gordo en la Lotería de Navidad, verían premiados sus boletos.

En macroeconomía, sobre todo, lo peor que se puede hacer es no actuar y decir que se está muy bien, porque con ello se consigue que las empresas se endeuden más con perspectivas de negocios internacionales que no habrán de concretarse. En microeconomía, la contraposición de una realidad directamente percibida de más paro e inactividad, contrapesada con mensajes de optimismo desde el Gobierno, mina la credibilidad de éste y crea desconcierto que contrae aún más el mercado.

Las medidas a adoptar han de ser muchas, muy intensas e inmediatas. No pueden ir, desde luego, por la vía de incrementar los impuestos, pues esto retraerá aún más la iniciativa empresarial y el consumo. Para crear empleo, hay que estimular la creación de empresas, facilitando los créditos y orientando las opciones de inversión: lo mercados internacionales de los países emergentes son una oportunidad ahora aún mayor; favorézcase la exportación, la colaboración con sus administraciones y apóyense, con tecnología, sus sectores estratégicos.

Imprescindible la reducción del número de Cajas y su reorganización interna, prácticamente todas ellas (a salvo de La Caixa, Cajamadrid y Cajastur) amenazados de una quiebra que será sonora, pues, metidas en política, nos tememos que están ocultando sus verdaderas situaciones patrimoniales y el alcance de los riesgo que han asumido, impulsadas por sus gestores, con orientaciones exhibicionistas a la galería votante.

(seguirá)

Sobre lo pequeño

El ser humano está mejor preparado sicológicamente para entusiasmarse con lo grande que para apreciar lo pequeño. Y la tendencia a ensalzar lo grande como preferible ha adquirido intensidad en el siglo XX, para instalarse como norma de valoración en lo que llevamos del XXI.  Lo cotidiano está lleno de ejemplos. Desde el Big Mac hasta los Megaconciertos o los Gigatron, todo nos ha crecido.

Los instrumentos de observación y medida nos han ampliado el horizonte de lo perceptible, de lo mensurable. Para cuantificar lo más grande y lo más pequeño, precisamos por ello de nuevas unidades, que nos sirven también para referirnos con brutal exageración al tamaño de los productos comerciales. Encontraremos cada vez más Gigas (10 exp 9), Teras (10 exp 12), Zettas (10 exp 21), Yottas(10 exp 24), nanos (10 exp -9),  picos 10 exp -12), zeptos (10 exp -21), yoctos (10 exp -24), en nuestra vida.

Sin embargo, como no estamos preparados sensorialmente para disfrutar de lo diminuto, aunque hasta el más lerdo puede admitir que se han conseguido avances sustanciales con las nanotecnologías, en lo cotidiano nos hemos centrado en la valoración de lo grande, de lo gigante, de lo máximo.

"Caballo grande, ande o no ande", es el principio que hemos llevado a la exageración absoluta. Cuanto más grande, mejor. Grandes edificios, descomunales monumentos, gigantescas expresiones escultóricas, tremendos bastidores en donde se acumulan líneas y manchas de tamaños ciclópeos, incontrolables congregaciones de forofos ante cualquier manifestación seudocultural, etc.

Los políticos, empresarios, organizadores de toda índole se esfuerzan en ofrecer, inaugurar, impulsar lo inmenso, lo más grande. No lo más alto, ni lo más fuerte, ni lo más veloz. Lo gigantesco es lo que merece el mayor aprecio, lo que más apabulla.

Las consecuencias son nefastas. Hemos perdido el sentido de lo artístico, que ha sucumbido ante el tamaño: si es más grande, más bonito. Museos y ciudades se están llenado de bazofias cuyo único engañoso valor es la dimensión. En el mundo de la economía, aunque se oyen voces acerca de la importancia de la pequeña empresa, como creadora de empleo y riqueza estable, se apoya en lo práctico a las grandes empresas, cuyos propietarios son más influyentes y de las que las movilizaciones laborales resultan mucho más efectistas.

Solo de vez en cuando aflora, como un recordatorio tenaz, la fuerza de lo pequeño. Que no es solo a menudo hermoso, como apuntó Shumacher, sino mucho más: imprescindible, activo, esencial, modesto, complejo, peligroso,... Porque tiene, exactamente, los mismos atributos de lo grande, (salvo el tamaño)porque los factores de escala no afectan al valor, sino que son una consecuencia relativa de la dimensión del observador y su propia capacidad para apreciar el tamaño.

Como hace tiempo que los seres humanos no pertenecemos al centro del Universo, nos parece importante destacar que deberíamos concentrarnos en manejar la utilidad de las cosas en relación con nuestro tamaño y apreciar más lo que, con los ojos de la razón y condicionados por la potencia de la vista respecto a lo que tenemos al alcance de la mano y de la inteligencia, hemos venido calificando como "pequeño".  

 

Sobre las previsiones

Muchas previsiones no se realizan con el objetivo de vaticinar el futuro, sino de provocar reacciones en el público con objetivos retorcidos. Generalmente, las razones de las falsas previsiones son económicas. Es muy fácil movilizar a mucha gente, si se cuenta con la base de credibilidad adecuada y el aparato para la difusión de la mentira o la media verdad.

El caso de la gripe A se está conformando como un ejemplo de la implantación de una falsedad utilizando una entidad con credibiliad (hasta ahora) para vender un producto comercial que premitiría (a saber) conjurar la gravedad de un virus hipotéticamente mortal.

La Organización Mundial de la Salud se encargó de tocar a rebato con alarmas terribles sobre la mortandad que se avecinaba por culpa de una mutación del virus ese de la gripe que cada año nos visita y nos fuerza a unas vacaciones en cama de un par de días.

Resulta que se va aclarando que el virus no mutó más que lo que acostumbra, que la gripe de este año es incluso más benigna que otros, y que lo único verdadero es que se han enriquecido más los fabricantes de esas vacunas de las que los países más civilizados (pero nos tememos que con los responsables cada vez más estúpidos o, al menos, más crédulos) se apresuraron a hacer acopios masivos.

Va a ser cosa de recordar que las únicas previsiones a las que hay que hacer caso son las que uno mismo realiza de acuerdo con su experiencia y que las mejores estadísticas son las que se peinan y lavan con las propias ideas. Porque, al fin y al cabo, no podemos olvidar que, desde que el mundo se ha poblado de incrédulos del Más allá (salvo, según parece, los seguidores de Alá), son demasiados los que creen que hay que aprovechar al máximo en el propio beneficio los cuatro días que se van a pasar en este mundo. 

Sobre los aprovechados de primera generación

En esa obra maestra de captación de sensibilidades, que es "El abuelo", de Benito Pérez Galdós -genialmente adaptada al cine por José Luis Garci y en figura inolvidable interpretada por Fernando Fernán Gómez-, D. Rodrigo, conde de Albrit y señor de Lamperusa dogmatiza a uno de sus servidores (creemos recordar que Senén) que una manera segura de enriquecerse es aprovecharse de los que dejan sus bienes abandonados o van despilfarrando y desperdiciando lo que tienen.

La pertenencia a la primera generación de aprovechados, ladrones y ladronzuelos, apropincuadores y usurpadores de lo ajeno, lleva en sí el riesgo de tener que superar el momento en que los verdados propietarios descubren el expolio del que están siendo objeto y lo denuncian o se toman la justicia por su mano.

Una vez que dejan atrás ese momento, que se superan los períodos para la usucapión o que se comprueba que los propietarios legítimos han olvidado sus derechos o los desconocen, es el momento de disfrutar de los bienes ajenos como si fueran propios, porque lo serán para siempre. Nadie reclamará y las nuevas generaciones, los hijos, nietos y demás descendientes de los aprovechados, creerán incluso que lo que poseen lo han adquirido legítimamente.

Podrá parecerlo así, y hasta se consiguirá acreditarlo con papeles, sellos y membretes. Ante los que esgrimen títulos, bienes y riquezas que no han conseguido con su propio esfuerzo demostrable, solo podremos oponerles el privilegio de la duda de cómo los han obtenido sus ancestros. Para que mediten de dónde viene ese prestigio, ese olor a distinción que contiene un tufo a podredumbre.

 

Sobre la validez de los modelos económicos

La idea es buena: Dejar que la economía se movilice dentro de reglas generales que permitan amplios márgenes a la iniciativa privada y capacitar a la organización del Estado para que una parte de las plusvalías generadas por el sistema, retiradas mediante un procedimiento recaudatorio impositivo transparente, sirva para proporcionar asistencia social a los más necesitados y, subsidiariamente, se dedique a impulsar determinados sectores, reputados estratégicos, que aún no estén maduros para soportar la libre competencia.

La cuestión se complica si incorporamos a ese modelo nuevas variables imprescindibles para plasmar mejor la realidad.

Ante todo, se debe contar con que el funcionamiento se ajuste a los principios éticos generales, no permitiendo que algunos se enriquezcan por incumplir las normas o aprovechar de forma desleal las situaciones de privilegio. Es decir, hay que contar con un aparato de control, una reglamentación y unas previsiones punitivas para los infractores.

La selección de los criterios normativos y la manera de controlar su cumplimiento y garantizar la penalización de los desvíos, es un problema que no está resuelto. Los sistemas legislativos y judiciales de todos los países, incluso de los que alardean de profundas convicciones democráticas, tienen muchos fallos que los hacen estar lejos de la perfección. Por supuesto, también en la aplicación de las normas: los poderes judiciales están conformados por seres humanos y ya se sabe que el poder que no esté sometido a ningún control, acaba corrompiéndose.

Sin embargo, el problema mayor de los modelos económicos en la actualidad se concentra en su incapacidad para manejar dos elementos sustanciales. Uno de ellos, es, desde luego, la globalización o internalización de los mercados, con centros de decisión que no son estatales, sino en gran medida, empresariales, es decir, con objetivos particulares y en absoluto relacionados con el bienestar colectivo o los valores generales, por mucho que se les intente enmascarar con expresiones pomposas, tales como "responsabilidad social corporativa" o "preocupación por la sostenibilidad ambiental".

El otro elemento crucial es el factor técnico. Es disculpable que los economistas -especie ilustrada que, como los periodistas, cuenta con representantes  cualificados que se han formado al margen de las Academias oficiales- hayan menospreciado la técnica en sus modelos. Es, al fin y al cabo, la aplicación del principio noseológico de que la existencia de aquello que no se comprende, debe ignorarse.

Pues bien: la técnica, el saber hacer, y saber hacerlo siempre mejor, ha señalado, con su capacidad de evolución muy superior a la de un mercado de bienes y servicios tradicional, la directriz central de nuestro actual crecimiento económico, rompiendo el modelo por su propio eje. Los países no pueden reputarse como más o menos desarrollados en razón de su capacidad económica, sino de su cualificación técnica.

No podemos seguir midiendo la posición de los países por el PIB, o los factores económicos agregados o desagregados. Un equipo de técnicos con cualificación puede implantar en cualquier lugar, siempre con menos dinero que el necesario para hacer lo mismo hace unos pocos años, la base para el mejor desarrollo futuro de la colectividad. El pasado tecnológico se convierte en un lastre si no es capaz de renovarse rápidamente. Vale más elegir un sitio nuevo que pretender sostener las tramoyas parcialmente inservibles del pasado.

El modelo económico que hay que reconsiderar supone incorporar, de forma inmediata, los factores tecnológico y universal. Tampoco se puede prescindir de la ética, aunque esa variable, como se decía del valor en el soldado, no hay más remedio que presuponerla.

 

Sobre las virtudes de los comerciantes chinos

La invasión china de los siglos XX y XXI es silenciosa, pero muy efectiva. Nos tienen cogidos por los huevos, la leche, las sartenes, los objetos de plástico y todas esas cosas necesarias para la vida.

No sabríamos vivir sin los comerciantes chinos. Están allí donde los necesitamos, a cualquier hora, con el complemento preciso para terminar el bizcocho, la ensalada, hacer un bricolage o meter el último tentenpié al coleto. Los hay especializados, sustituyendo a las antiguas tiendas de la esquina, en productos alimenticios; otros son la versión próxima y barata de la sección de oportunidades del Corte Inglés.

Es cierto que son todos los chinos son físicamente iguales: poseen el mismo aspecto pulcramente desaliñado, hablan a gritos y llevan unos zapatos horribles. Cuando están parados, parece que no te están viendo, y es que, simplemente vigilan. Cuando están en movimiento, llevan, desde furgonetas muy usadas pero nunca destartaladas, conduciéndolos en parejas o tríos, unos bultos inmensos que conducen a sótanos y trastiendas que nunca hubiéramos imaginado que existían.

No hablan nuestro idioma (salvo los más jóvenes), pero lo entienden perfectamente por vías desconocidas de la comprensión humana. No hay más que atender a una conversación habitual entre un cliente y su diligente proveedor chino: "¿Tenéis un chisme de esos que sirven para que espese la masa?" y, después de mirar al inquirente de hito en hito, como si fuera a penetrar su alma, el chino se va en silencio a un lugar oculto en una de las estanterías del fondo de su tienda, y le acerca una batidora de varillas.

Sobre la aplicación de la teoría de los agujeros negros a la creación de empleo

No importa que el lector no conozca demasiado acerca de la teoría de la relatividad, basta con que tenga la confusa idea al respecto que tenemos casi todos: existen en el Universo físico unos sumideros de energía, que carecen aparentemente de masa.

Su existencia ha sido deducida teóricamente a partir de ecuacíones físico-matemáticas y comprobada, -siempre por lo que nos han contado los sabios-, posteriormente, utilizando potentísimos telescopios en observación combinada con migraciones de la luz, elucubraciones ininteligibles para gente normal y paciencia.

Tampoco importa que no tenga mucha idea el lector acerca de los fractales. Basta con que eche mano de la idea simplona de que se pueden idear estructuras que se autocontienen, de forma que, cuanto más se las investiga, se descubre que existen interrelaciones entre los niveles inferiores, que reproducen las mismas geometrías -o idénticos comportamientos- que las de los niveles superiores.

La capacidad de imitación y repetición de todos los entes del Universo nos lleva a creer firmemente que cualquier observación en un entorno limitado encuentra su paralelo, aumentado o disminuído en las estructuras que lo contienen o en las que contiene.

En el campo económico, existen agujeros negros que retiran el dinero, es decir, las plusvalías generadas con el trabajo de otros, y no generan empleo. Según estudios que nunca hemos realizado, el empleo generado por un sistema está vinculado con el capital y el ambiente en la relación: sostenibilidad de un territorio = K*población activa ocupada*recursos financieros en circulación exp 2. (siendo K un coeficiente, menor que uno, que se calcula como la relación entre la superficie forestal y la total de un territorio)

Hay que animar a los que tienen dinero a que lo pongan en circulación, a que ariesguen, a que lo inviertan o a que lo gasten. Y hay que conseguir que todo el que pueda trabajar, trabaje, aunque sea barriendo la puerta de su casa. Ni gentes tomando el sol en los bancos del pueblo ni banqueros llevándose el dinero a paraísos fiscales o a "valores refugio"

Sobre piratas y pesqueros

Tenemos 36 tripulantes (16 de ellos, españoles) rehenes del rescate de un pesquero secuestrado, llevado al inclemente abrigo de la costa somalí, una fragata española al acecho de una intervención problemática, varios helicópteros sobrevolando tomando fotografías aéreas de gran valor documental, dos presuntos piratas -uno de ellos, herido en el vientre- en prisión incondicional por aplicación por los pelos de un artículo del código penal, y un gobierno nervioso reclamando calma y tranquilidad a la población, al unísono con una oposición igualmente nerviosa y posiblemente tanto o más incompetente que proclama que todo lo que se ha hecho, hace, y hará estará mal, por definición.

Somalia es, como se sabe, un país inexistente marcado por el hambre y el desorden. Está muy mal ubicado, porque la zona es rica en caladeros de pescado, en gas natural, en petróleo y otros recursos llamados naturales, y las aguas de aquel lejano territorio, adecuadas como basurero colectivo de residuos, especialmente los más contaminantes y peligrosos.

Si no fuera porque las apariencias internacionales se han hecho algo más civilizadas, hace ya tiempo que algún país poderoso lo habría invadido, encarcelado y muerto a esos señores de la guerra y esos bucaneros que tanto molestan y que dicen defender sus costas de la invasión explotadora, y puesto un poco de orden occidental en la población. Pero se tienen ya demasiadas actuaciones de pacificación abiertas en el mundo, y conviene aportar algo de calma.

Nos parece que, mientras el bufete ese londinés negocia con los bucaneros -se va a seguir haciendo así, ¿no?- el rescate del pesquero (aproximadamente habrá que pagar un millón de euros, cuya entrega, obviamente, será negada), lo mejor que estaríamos todos haciendo es estar callados. Ese dinero, por supuesto, servirá para dotar de mejores equipos y armamento a los patrulleros de la zona, el mejor oficio detectado para los pescadores autóctonos.

El superjuez Garzón no va a tener más remedio que mandar soltar a ese par de indocumentados, una vez que sean curados de sus heridas, y sería preferible que lo hiciera en la misma chalupa en donde fueron apresados, para evitar incrementar con otro par de desharrapados las ya muy amplias poblaciones de alóctonos que están atiborrando nuestros espacios marginales.

Y el Gobierno puede, desde luego, preparar su cara de satisfacción para anunciar que, después de intensas gestiones, los 36 marineros del pesquero han sido liberados, sanos y salvos. Ellos contarán su historia: les trataron bien, en ningún momento temieron por su vida y que, desde luego, no se habían alejado apenas de la zona protegida, pero el pescado es cada vez más escaso y hay que arriesgar más.

En fin, que o nos vamos acostumbrando al pescado de piscifactoría que, con cebollita y un chorrito de vino blanco, está muy aceptable, o nos hacemos vegetarianos. Porque eso de que nuestra Armada tenga que medirse con piratas armados con fusiles navegando en chalupas zodiac que se aventuran a más de 700 km de la costa a la ventura de atrapar un atunero amordazado por tener sus redes echadas, no aguanta el tipo por mucho tiempo más.

 

Sobre los hijos de las tinieblas

(En un Comentario anterior, nos referimos a los "hijos de Dios y los hijos de las tinieblas". En éste, nuestro destinatario, como se colegirá de inmediato, es un colectivo diferente al apuntado entonces)

En época de crisis y de oscuridad, es evidente que quienes florecen y encuentran su medio adecuado, son los hijos de las tinieblas. Entre las alcantarillas, hurden sus trampas, realizan sus oscuras operaciones de canibalismo, engordan, se multiplican y resisten. Son ratas humanas.

Seguramente el lector al que suponemos de costumbres fundamentalmente diurnas y con domicilio conocido (al menos, por él y los suyos), no sabrá mucho del mundo de la noche y, salvo por experiencias ajenas de las que acostumbran a servirnos los media, poco de perversiones y actitudes delictivas.

De ahí que podamos deducir que habrá muchas cosas que no ha hecho y, salvo que se le atraviese un casual, no hará nunca. Ni dormirá bajo un puente ni al abrigo del portal de un cajero automático, ni comerciará con ciertas partes de su cuerpo o el de otros a cambio de unos billetes, ni asaltará un banco cubierto con pasamontañas o bigote postizo, etc.

Más bien, le tocará pasarlas canutas para llegar a fin de mes, entrar en un cajero bancario para consultar si no se le habrá puesto la cuenta en saldo negativo, aguantar lo que le pide el cuerpo durante largas horas de faena que, sí, cambia por dinero, etc.

Los hijos de las tinieblas a los que nos referimos no se ven impelidos a dormir a la intemperie. No. Duermen, a salvo de leyes o reglamentos que interfieran en su camino, en esponjadas camas, quizá con vistosos doseles y en habitaciones con vestidor y baño de lujo integrado.

Pueden pagar en efectivo, pero también cuentan con tarjetas doradas con las que cargar variados gastos, incluso de perversas aficiones. Y, en fin, se juntan con otros de la misma catadura, agrupándose para protegerse mejor, actuar más impunemente, controlar más aviesamente las pistas falsas que suelen dejar de sus andanzas.

Los hijos de las tinieblas de esta época han ocupado algunos puestos directivos en las entidades financieras, en los gobiernos, en las empresas. Se les identifica muy mal a la primera, porque están revestidos de un aura de respetabilidad y serenidad. Parecen por fuera como Vd. y como yo, pero no tienen la misma piel, carecen de sensibilidad.

Nos desprecian. Creen que somos tontos, que nos los hemos merecido por nuestra ingenuidad.

 

Sobre el proyecto de ley de economía sostenible

En mayo de 2009, con ocasión de un Debate sobre el estado de la nación, el presidente Rodríguez Zapatero, en una de sus acostumbradas improvisaciones, anunció la inmediata presentación de una Ley de economía sostenible.

Concebida como solución a corto plazo para los problemas causados por la crisis, esa Ley debería precisar las medidas de apoyo público, incremento de la presión fiscal y estímulo a la coordinación entre los agentes sociales para cambiar algunos de los postulados económicos vigentes, y enfocar al país hacia un nuevo modelo productivo, de forma "rápida, viable y consolidada".

Es imposible conocer en este momento quiénes serán los artífices de esa concreción de un modelo que, desde luego, supondría, en caso de ser viable, la concesión por aclamación universal del premio Nobel de economía (y quizá algún otro) a sus autores.

No serán sus autores, salvo desmentidos de última hora, ni Pedro Solbes, ni Manuel Marín, ni Ramón de Miguel, ni Carlos Westendorp, ni Joaquín Almunia, alejados del fuego de las ingenuas genialidades del Presidente de su partido.

Porque alumbrar una ley de economía sostenible, es un parto imposible. La historia económica universal nos ha permitido concluir que los principios del ser humano están vinculados estrechamente a la búsqueda de su propio bienestar (y, salvo excepciones, el de su familia directa, es decir, sus descendientes). El altruismo no está entre los valores de la mayoría de la humanidad.

El Estado necesita más ingresos para sostener un modelo de asistencia social concebido en momentos de euforia por el cambio de un gobierno autoritario a otro con base democrática. Esos incrementos no deberían provenir más que de un aumento de la productividad, porque, de otra forma, generarían un malestar en quienes los deban soportar, que tendría consecuencias previsibles.

Esas consecuencias supondrían, para el capital, el aumento de la velocidad de fuga a otros países con menor presión fiscal, más bajos costes de mano de obra y más tolerantes leyes ambientales.

Para los pequeños empresarios, una mayor presión sobre la viabilidad de sus proyectos y un paso hacia su ruina. Para las clases medias, disminución de su calidad de vida y más desánimo. Para las clases económicamente mejor dotadas, aumento de la evasión fiscal, incremento de las transacciones en dinero negro, proliferación de las operaciones opacas.

 

 

Sobre el alpiste del canario y otros ahorros

La obsesión por reducir gastos atraviesa España. Abandonando los postulados de la teoría del consumo, aquellos principios que animaban a consumir mucho para generar mercado, transacciones y satisfacción, la crisis ha instalado la preocupación por la austeridad.

¿Preocupación?. Mejor diríamos, la exhibición de una pretendida austeridad. Porque las medidas que algunos organismos y empresas están tomando demuestran tanto la improvisación con la que se ha decidido su implantación como su previsible nula efectividad.

Encajan con el cuento popular de la familia que, queriendo reducir gastos, ahorraba "en el alpiste del canario". Sabemos de varias empresas que limitan la duración de las llamadas de teléfono, o han retirado los móviles a sus empleados, ( incluídos comerciales y la mayor parte de los directivos... ) para acabar reconsiderando su postura, cuando los capitostes culpables de la orden advirtieron que, más que remedio, habían creado una enfermedad que desmoralizaba al personal y reducía la eficacia.

Parecida estupidez es la de esos correos electrónicos que se envían a decenas de personas de la organización (pretendiendo que así todo el mundo está informado) y que se adornan con la coletilla de "no imprimas si no es absolutamente necesario".

Seguro que los archivos de esas eficientes organizaciones engordan más de lo necesario y la cantidad de papel consumido no ha bajado, sino subido. Incluso aunque las impresoras utilicen "papel reciclado"  ya impreso por una cara, que no pocos disgustos ha causado por hacer llegar infomación de difusión no deseada a quien no debiera.

Hemos conocido que en diversos Juzgados se obliga al personal administrativo encargado del reparto de notificaciones a ir en transporte público, dotándoles del bonobús correspondiente a primera hora de la mañana, con lo que se ha logrado es alargar hasta la exasperación el tiempo de entrega y reducido hasta casi la nimiedad el número diario de comunicaciones a los afectados.

Es difícil, desde luego, tomar medidas atinadas para cortar los costes. La más simple y utilizada es la perentoria exigencia, mediante circular "a toda la organízación", de reducir "de inmediato" los gastos de cada departamento al, digamos, diez por ciento. Si se pudiera hacerlo así sin pérdida de eficacia, la medida consecuente sería despedir, por incompetentes, a todo el personal con capacidad de dirección.

Aunque las empresas no tengan canarios (como se sabe, en la minería de hulla se utilizaban como fórmula infalible para detectar el temible grisú), hay muchos casos de reducción equivlente del dinero dedicado a comprar alpistes para los canarios.

Lo seguro es que se nos morirá el canario, que tanto nos alegraba con sus trinos, y perderemos, faltos de su estímulo, más dinero que antes. Habrá que fijarse en los animales que más comen, y para lo que sirven.

(N.B. Estamos, además, en contra de aprisionar pájaros en jaulas. El canario al que nos referimos es un animal nacido en cautividad. La disminución de alpiste que narramos en la historia no ha sido probada con ningún animal vivo, al menos, por nuestra parte. No nos hacemos responsables de cualquier actuación imitativa que no sea efectuada por profesionales)

Sobre el origen del dinero: la verdad

Era una vez un pueblo que no recordaba el origen del dinero. Lo utilizaban, en verdad, muchísimo. Prácticamente, todo lo sabían traducir en dinero. El fichaje de un futbolista, la compra de un político para conseguir alguna adjudicación, una noche con una modelo de pasarela, alimentar durante un año a un niño de la selva (?) africana, un viaje para conocer cómo viven las tortugas de las Galápagos o los indios navajos (si es que existen algunos), etc.

Era muy útil en la vida diaria, porque solo necesitaban meter una tarjeta de plástico en una máquina especial, proporcionar al aparato un número de cuatro dígitos -generalmente el de la fecha del propio nacimiento-, y esperar a que salieran por una hendidura los billetes que completaban la cantidad que se deseara tener en el bolsillo para pagar las pocas cosas que deberían abonarse todavía en "efectivo".

Esta modalidad de pagar en efectivo había caído tan en desuso que solo se seguía aplicando en las tiendas llamadas de "chinos" y en los comercios que generaban una subespecie llamada "dinero bé" o "dinero negro", en atención (se cree) a la afición a practicar la modalidad de deporte llamada "economía sumergida".

Ciertamente, no necesitaban saber que era el dinero, propiamente hablando. La mayor parte de las veces, bastaba firmar en un papel reconociendo que la cantidad que correspondía a lo que habían consumido en el restaurante, o lo que importaba el traje que acababan de llevarse de la tienda de modas (por ejemplo), eran correctos.

Había que tener, eso sí, especial cuidado de vigilar la relación de números que, de vez en cuando, enviaban unas instituciones utilísimas que fabricaban o hacían fabricar las tarjetas de plástico (también llamadas "tarjetas de crédito"). Porque la cantidad que debería figurar en esa relación, en el lado en donde aparecía la palabra "saldo" o "saldo remanente" debería ser siempre superior a la de "cargos en su estimada en cuenta".

Había que vigilarlo porque esas instituciones, llamadas "Bancos" cobraban intereses altísimos por los descubiertos, por lo que habían renunciado a comunicar a los clientes la situación de sus cuentas, esperando simplemente a que alcanzaran los "números rojos", y así poder seguir dando beneficios en un mercado cada vez más competitivo.

De dónde provenía el dinero (o, mejor dicho, cómo se generaban los números de la columna de "ingresos") empezó a ser desconocido para prácticamente toda la gente del lugar. Incluso para unos señores de aspecto pulcro y  serio, que llevaban una prenda arcaica llamada "corbata", y que, según afirmaban,  trabajaban en esas instituciones utilísimas; curiosamente, aunque no eran ricos, la gente a la que llamaban "clientes" se pensaba que estos individuos eran verdaderos "banqueros" (y ellos mismos se lo creían a veces), cuando solo eran "bancarios", antes conocidos como "chupatintas" o "pelanas".

Pero, sea como fuera, dado que nadie sabía cómo se producía ese flujo de números, las personas del lugar seguían gastando sin parar, pensando que alguien poderoso estaba dándole al rabil de la "masa monetaria" como loco, o que el dinero venía de sitios en donde nadie pediría cuentas, como "subvenciones" a fondo perdido, o artilugios de ese tipo.

Hasta que un día, empezaron a faltar las cantidades que se introducían en las columnas de ingresos.

En ese momento, las cosas cambiaron.

Las instituciones enviaron unas cartas muy amables en las que comunicaban que "Estimado cliente, al no haber liquidado, a pesar de nuestros reiterados avisos, el saldo en descubierto de su querida cuenta, nos hemos visto en la dolorosa obligación de proceder al embargo y subasta de su vivienda, que figuraba como garantía hipotecaria del crédito que le hemos concedido en su momento. Le comunicamos, por otra parte, que, dada la caída de precios de mercado, su saldo deudor, una vez que hemos procedido a la liquidación de intereses y gastos, sigue siendo de..."

Pero, ¿de dónde diablos viene ese dinero? -se preguntaban los ciudadanos respetables- ¿Cómo se produce?. ¿No eran simplemente papeles que producían los Bancos o que deberían generar los gobiernos? ¿Qué tenemos que ver nosotros con este asunto?. ¡Queremos que se nos solucione el problema, ya!, exigían.

Consultaron a muchos entendidos, proprotestaron muchísimo. En algunos sitios le dijeron que el dinero venía de lo que tenían que producir, que había que generar "plusvalías", que tocaba apretarse el cinturón.

No les gustó nada la solución. Por fortuna, les llegó una respuesta que les gustó mucho. Provenía de los sindicatos y servía, en particular, para todos aquellos que todavía tenían una entelequia que se llamaba "puesto de trabajo". Así que se fueron a la huelga, muy contentos.

(Continuará)

 

Sobre tarifas eléctricas, precios del agua y tasas de la basura

Los anglosajones llaman utilities a los servicios básicos. Aquellos que nos solucionan los aspectos capitales que determinan nuestra calidad de vida. El suministro de agua, electricidad, teléfono, y la recogida de residuos. Internet también debiera ser una utility sobrevenida.

Lo que los ciudadanos deben pagar por recibir esos servicios es una cuestión muy controvertida, y la diferencia entre tasas (impuestos), precios (fijados por el mercado) y tarifas ( precios reglados) es objeto de disquisiciones legales y técnicas que, como casi todo lo que se mueve mucho, han desembocado en zonas de confusión.

Si son básicos, debieran estar disponibles para todos y sin restricciones motivadas por el poder adquisitivo de cada uno.

Como los desniveles de renta son tan variables, hay familias para las que tener que abonar el coste de lo que consumen por ellos puede significar una parte insoportable de sus ingresos. Por eso, casi todos ellos se subvencionan, al menos, para algunas clases sociales.

Pero sus nombres se mantienen: se sigue hablando de tasa de basura, por ejemplo, cuando se la trata como un precio y el servicio es prestado por una empresa privada, que ha obtenido mediante concurso su contrata. Se dice precio del agua cuando es obvio que las infraestructuras de abastecimiento -y saneamiento- no pueden llevarse de ciudad y ciudad y, por tanto, mal podrá arguirse que las empresas privadas y los organismos públicos municipales (por ejemplo) estén sometidas a condiciones de mercado.

Para el proveedor del servicio, no es tan importante la procedencia de los ingresos, sino que estos cubran totalmente los costes y le permitan un razonable beneficio. En los países más pobres o peor organizados, en donde los servicios públicos pueden no cubrir toda el área de asentamiento poblacional y no superar niveles de eficiencia que para los países más desarrollados serían tenidos por inadmisibles, hay un alto porcentaje de familias que no pagan por el servicio, aunque lo estén recibiendo.

En el caso del agua, incluso de la electricidad, no es incomún encontrarse con impagados altos. Porque no es fácil cortar el suministro de agua a un receptor que no paga (además de las consideraciones humanitarias y legales que pudieran hacerse) y, por eso, la tasa de cobranza depende en alta medida de la solidaridad y concienciación ciudadana.

La recogida de la basura doméstica es uno de los servicios que corre más riesgo de impago, pues los desperdicios pueden llevarse al patio del vecino. En consecuencia, suele agruparse la factura de electricidad y basura en el mismo recibo, cuestión aberrante posiblemente desde la estricta valoración de su entidad jurídica.

En España, lo que pagan los usuarios por el agua corrriente ("el agua de la traída") se denomina precio pero está regulado fieramente. Viene sometido a información y publicidad, ha de ser aprobado por una Comisión, supervisado por otra, y justificado con rigor en cuanto a los costes que cubre.

Lo que no quiere decir que no se introduzcan en él, consuetidinariamente, flexibles conceptos,  pues en muchos casos, se recaudan con el recibo del agua, excedentes para compensar déficits en otros servicios o actuaciones públicas. Recibe el nombre de "precio público", pero más bien se asemeja a una tarifa regulada. En bastantes concesiones administrativas, además, el concesionario (empresa privada que tiene la licencia para ejecutar el servicio) entrega un canon al Ayuntamiento, que proviene justamente de este exceso de lo recaudado sobre el coste verdadero.

Los abonados al servicio que más agua consumen, pagan en general más por el m3 de agua, y se suele distinguir entre usuarios industriales, comerciales o domésticos. El objetivo final de la recaudación es cubrir el coste del suministro, incluída la amortización de las inversiones de infraestructuras.

La recogida de residuos y la depuración de las aguas residuales está sometida a una llamada tasa, que fue tradicionalmente un impuesto que venía a cubrir exactamente el coste del servicio, que se suponía estaba siendo recaudado y realizado obligatoriamente por la Administración pública.

Su valor se determinaba de manera arbitraria, pero ha acabado siendo objeto de cálculos transparentes y precisos, como en el caso del agua, porque debiera cubrir con exactitud el coste individual de la prestación. Más residuos o más contaminantes, más coste para el emisor. Por eso, en algunas ciudades (Madrid, Barcelona, Oviedo, Zaragoza, etc), la tasa de basura es bastante más alta que en otras, correspondiendo con la selección, manipulación y tratamiento de la misma. (Habrá que recordar aquello de "Cuanto más menees la mierda, más te costará limpiarla")

Estamos en la actualidad -final de junio de 2009- hablando mucho en España de las tarifas eléctricas. Sabe aquí todo el mundo que, desde el parón nuclear de los años 80, lo que se recauda no cubre los costes, y que las diferencias son anotadas en una cuenta deudora del Estado, de forma que las empresas eléctricas siguen dando beneficios, porque el Estado pagará por definición.

Ahora se ha pretendido acercar, más o menos a la chita callando, es decir, a poquitos pero sin pausa, el precio real al coste verdadero. Se está adornando de diversas maneras el asunto, pero la realidad es que las tarifas subirán, en corto plazo, lo suficiente para amortizar definitivamente esa deuda del Estado que es, por tanto de todos los españoles.

Precios, tarifas y tasas, se han convertido en variantes que designan idénticos principios: recaudar para cubrir los costes y que cada uno pague en razón con lo que consume o contamina.

Precios, tasas o tarifas, la cuestión no es el nombre que le ponemos sino la forma como conseguimos recaudar lo que nos cuesta el servicio del que disfrutamos.

Sobre el ERE de Arcelor-Mittal y lo que significa para Asturias

El 2 de junio de 2009, el Ministerio de Trabajo español aprobó el Expediente de Regulación de Empleo (ERE) presentado por la primera siderúrgica mundial, Arcelor-Mittal, y que afecta a la reducción de salarios de los 12.000 empleados de plantilla en España de la empresa, -que cobrarán ahora el 90% de su sueldo bruto- hasta el 31 de diciembre de 2009, quizá hasta junio de 2010.

El consumo equivalente de acero sigue siendo uno de los indicadores económicos fiables y debe aceptarse que la atalaya desde la que los gestores de la multinacional de la que es propietaria la familia india más rica del mundo, tienen información privilegiada que aconseja soltar lastre de sus negocios españoles.

Es decir, que a pesar de los brotes verdes, la percepción desde el olfato de quienes tienen el dinero es que la recuperación va para largo y es preferible concentrarse en los BICS (Brasil, India y China, como saben todos los miembros del G-20) .

Sospechamos que, en el caso del acero, cuyos consumidores principales son -perdón por ser tan obvios- apenas cuatro sectores ( la construcción civil y la vivienda, los ferrocarriles, el automóvil y los electrodomésticos), no tiene visos de mejorar, en este país, en el nuevo paradigma, sea el que sea.

Si, además, los que mandan en política local se obstinan en afirmar que el futuro está en las renovables y hay que concentrarse en la ecología y dedicar dinero público entre semana a recuperar el hábitat natural que el personal maleducado destroza todos los domingos, es comprensible que en Londres, Bruselas y Nueva Delhi, ordenen apagar esta luz y piensen "Vámonos".

Vuelven a estar de actualidad (si es que alguna vez la perdieron) dos ideas, que son de la categoría del yatavisé, pero no tenemos otras: una, bastante antigua, de Félix Aranguren, el inventor de la Ensidesa en los cincuenta, cuando, presionado por quienes querían una siderúrgica gigante, les decía una y otra vez, sin éxito -of course-: "No me la toquéis, así es la rosa"; frase que, por cierto, habia tomado prestada de Garcilaso de la Vega. Traducida al lenguaje más moderno: "No alardees de ser rey de la selva si eres un ratoncito de campo"

La otra idea tiene que ver con el futuro tecnológico de Asturias, la región subvencionada, como se acostumbra a oir fuera de allí. Con la escasa memoria que caracteriza a nuestro país, ya nadie se acuerda de que la mala suerte de Asturias fue tener un mal carbón y estar cerca de algunas minas de hierro que válgamedios.

Por culpa de esa coyuntura , Asturias fue foco de atracción para los pobres del resto de España, que se afincaron aquí y hoy son asturianos como el que más, y cobran su pensión, que se ganaron dignamente sacando carbón del agujero o quemándose los ojos entre lingoteras, torpedos de arrabio y campanas de recocido. Efecto secundario: la ganadería y el campo se quedaron vacíos.

Tiene Asturias 1 millón largo de bocas que alimentar y un proyecto tecnológico regional que no puede sostenerse de forma autónoma desde la región, porque su industria está lastrada por el peso de los sectores que nunca supusieron una ventaja comparativa, sino una servidumbre. De brotes verdes y plantones se sabe mucho en Asturias, porque cuando el acero y el carbón y el naval y el campo sufrieronsus drásticas reconversiones, se plantaron unos cuentas.

Que esos brotes verdes hayan dado lugar a árboles frondosos, en Asturias, sigue echándose de menos. 

 

Sobre las plataformas multilaterales como opción ante la crisis

Las plataformas multilaterales (Multi-sided platforms, MSPs) son modelos de negocio en el que un empresario pone la base para que otros, ajenos a su actividad, establezcan sus relaciones o negocios.

Las plataformas son puntos de encuentro puestos a disposición de potenciales interesados, que, en la economía de mercado, son generalmente los ofertantes y sus clientes; pero también sirven para que empresas complementarias -e incluso concurrentes- se presenten ante el mercado, lo estimulen, lo perfeccionen o generen

No responden, en verdad, a una idea nueva. La novedad (a partir del 2000, con Rochet y Tirole) consiste en el análisis de sus efectos, especialmente sobre las estrategias de competencia. La situación actual invita a reflexionar, por otro lado, acerca de si constituyen una fórmula atractiva, y de qué nivel,  para superar las crisis y/o cambiar de "modelo económico".

Richard Schmalensee habló sobre ellas desde una plataforma multilalteral muy singular, que es en lo que se ha convertido la Fundación Rafael del Pino. Fue el 21 de mayo de 2009, ante unas ciento cincuenta personas, entre las que figuraba -lo dijo Amadeo Petitbó, por cierto, cada vez más entregado al juicio político - su esposa, Daisy.

El profesor Schmalensee es ameno y provocador. También profundo, como pueden atestiguar quienes lo conocen y, sobre todo, los que lo han leído, aunque esta última cualidad decidió no manifestarla, prefiriendo obviar la concreción de las posibles aplicaciones a la crisis económica -que era, justamente, el objetivo de la charla-, limitándose a afirmar que hacía falta aplicar la imaginación.

Ejemplos de MSPs expuso varios. Para empezar, se refirió a las tarjetas de crédito. Las tarjetas surgieron para resolver el problema del cliente de un restaurante que ha dejado la chequera en casa y no tiene dinero en efectivo suficiente. Cuando se idearon (1949) en solo un año llegaron a ser admitidas por 330 restaurantes y utilizadas por  42.000 consumidores de Nueva York.

En la actualidad, las MSPs proliferan, aunque no siempre sean detectadas como tales. Google, I-pod, You-tube, Face-book, Amazon.com, Windows, son algunas de ellas. El profesor Schmalensee puso de manifiesto sus peculiaridades.

En todas, la cuestión de quién paga por el servicio -how to price- ha sido resuelta a satisfacción tanto de ofertantes como de usuarios -que son generalmente, beneficiarios de un servicio gratuito- y, por supuesto, de los que soportan la plataforma. Los anunciantes son la clave del arco en casi todos los casos, al sentirse atraídos por el alto flujo de visitantes (clientes potenciales) de estas plataformas.

En un mundo en el que la información fluye por la red en tiempo real, en que la mano de obra ha perdido casi todo su terreno frente a la cualificación y la inventiva, montar una plataforma multilateral es sencillo, requiere muy poca inversión y puede organizarse con pocos empleados. Por eso también, se pueden crear y destruir negocios rápidamente.

Por cierto, algunos de los negocios tradicionales se están muriendo ante nuestros ojos. El periodismo escrito, por ejemplo. Los periódicos compiten, no ofreciendo artículos ni información de calidad precisamente, sino vídeos y musica en dvd, o revistas gratuitas.

Schmalensee, que reconoció que él se informaba de la situación general, vía Google, porque daba noticias e informaciones en tiempo real y le permitía contrastar muy diversas fuentes, dijo el espacio para la prensa escrita se había quedado reducido a la información local o muy específica.

Y comparó la plataforma Vogue con The Economist. En Vogue, es díficil encontrar un artículo, porque la revista se paga fundamentalmente por los anunciantes, y por ello, se pretende que el lector, en su búsqueda, se vea obligado a pasar por y ver los anuncios. The Economist se centra en información y comentarios de calidad, y los interesados en leerla pagan prácticamente la totalidad del precio.

En otros comentarios, propondremos algunas plataformas multilalterales, esa forma de interacción nacida "to create value bringing two groups together".

Sobre un cambio de modelo económico y su oportunidad

No debe ser tan fácil eso de cambiar de modelo económico, así, de golpe.

No basta, porque aunque se pertenezca al G-8+1, y se esté convencido de que ha llegado el momento de cambiar de caballo, dejando atrás el ladrillo y las industrias pesadas, tan contaminantes, la economía no lo es todo. Cuentan también la técnica y, en momento de crisis, lo social. Por no decir que hay convencer a quienes tienen el capital de que la rentabilidad estará garantizada en esas "nuevas oportunidades"

Por supuesto, todos estamos de acuerdo en que sería estupendo conseguir la máxima recuperación ambiental, impulsar la investigación aplicada, dar protagonismo al transporte verde y a la actividad socialmente responsable. Pretender cambiar el modelo tratando de convencer que todas estas actividades y propósitos generan empleo y riqueza -globalmente considerados- es una idea del terreno de las ilusiones.

Que unos pocos se hayan hecho ricos instalando molinillos o placas solares gracias a las subvenciones y al furor ecologético, no tiene que ver con un cambio de modelo económico.

No debe ser fácil, además, cuando hemos instalado en nuestro concepto de bienestar social un Estado de derecho espléndido, protector, optimista. Y todavía se lo pone más difícil al Gobierno, considerar que la oposición es antiespañola, retrógrada, carente de ideas (en un resumen esquemático de lo que cree, según reiteradas manifestaciones, el Presidente de Gobierno sobre el pensamiento de Rajoy).

El Ministro de Industria, Turismo y Comercio español, Miguel Sebastián, aboga por construir un nuevo modelo económico, diferente del que nos ha llevado hasta aquí, apoyándolo "en los fuertes programas de expansión del gasto público", que tienen "como objetivo fundamental suavizar la recesión económica y preservar el empleo" (EP, 17 de mayo de 2009)

En estos momentos, el gobierno de Rodríguez Zapatero se ha embarcado en ese propósito titánico: cambiar de modelo, o sea, de paradigma. En lenguaje figurado, cambiar de caballo o poner los huevos en otro cesto.

Lo quiere hacer, ante todo, sin precisar la esencia del cambio de modelo (lo que puede significar una ventaja, sin embargo: si no se dice a dónde se va, no habrá que justificar adónde se llega). Lo desea realizar, aprovechando el aumento del gasto público, que puede ser importante cuantitativamente, pero no puede olvidarse su proveniencia (los impuestos o el endeudamiento a futuro) y su reducida dimensión en relación con la actividad económica general.

Y, para mayor dificultad, desea que se realice ese cambio, preservando el empleo, sin explicitar cómo se han de cambiar las cualificaciones profesionales necesarias de los trabajadores, ni cuáles habrían de ser éstas...Suena a la cuadratura del círculo, y especialmente, si se concibe el cambio de modelo económico como propósito a corto plazo.

Como el tema tiene mucha enjundia y atractivo actual, un periodista especializado en temas socio-culturales, Vicente Verdú, ha sacado a la luz estos días un libro bajo el título "El capitalismo fineral" (Ed. Anagrama), en el que, puede leerse: "El capitalismo hace años que ha dejado de ser un sistema determinado y sus condiciones forman parte de la condición misma de la Humanidad (...) El funeral del capitalismo es, sin distinción, el fin de una época, puesto que lo fracasado no es un orden de desarrollo económico o social, sino el desarrollo del orden conocido".

Puede que todos estemos equivocados. Pero si Verdú tiene razón en su análisis -y suena bien- Sebastián lo tiene crudo. Y, por tanto, todos los españoles.

Sobre crisis, desarrollo y desigualdades

Vamos a ver si nos entendemos: si la Humanidad ha llegado hasta aquí, con esta divergencia abrumadora entre los países más pobres y los más ricos y, dentro de cada uno, con diferencias drásticas entre los que más tienen y los que menos, es gracias a las crisis.

Permítasenos no entrar en detalles. Pero cada una de las crisis, bien fueran provocadas por hambrunas, pestes, guerras, catástrofes naturales o artificiales, ha tenido sus vencedores y perdedores.

Hay un par de crisis que significaron un avance importante para una mayoría, aunque el resto de las crisis tuvo ventajas únicamente para las minorías. Incluso, en buena medida, fueron provocadas por ellas para aumentar su poder económico a costa de otros.

La crisis del descubrimiento de tierras ignotas, hasta entonces en manos de gentes con posibilidad de respuesta armada menor, benefició a las llamadas metrópolis y a los aventureros que surgieron de ellas. Desde los hechos más antiguos a los más recientes, la apropiación de lo que otros tienen -riquezas, tierras, mano de obra, etc- es la forma más simple de mejorar el nivel de vida...a costa de los desposeídos.

La crisis de la revolución industrial fue otra operación singular. Permitió el aprovechamiento de materias primas nunca o apenas utilizadas hasta entonces, lo que benefició a los poseedores y transformadores de estas materias primas, y de las máquinas que posibilitaron las operaciones, creando, junto a los magnates, una clase social a la que se dió un nombre adecuado: el proletariado...aunque, en realidad, no eran sino los herederos culturales de siervos de la gleba, vasallos, esclavos, plebe, criados, etc.

Es cierto que la crisis industrial -y su paralela sentimental, la crisis cultural- también benefició, al aumentar la productividad conjunta de la sociedad, al grupo intermedio entre pobres y ricos, que aumentó ferozmente: las clases medias.

No se hizo esta transformación sin tensiones. Significó un drástico cambio de formas de asentamiento y comportamiento, creó una complejidad de funciones de apoyo no directamente productivas, provocó la masificación de las urbes, la destrucción de muchos parajes y, por supuesto, aumentó las desigualdades entre los más altos y los más bajos de la cadena de aprovechamiento de las oportunidades.

Porque la organización sindical por parte de los trabajadores manuales (sobre todo, reivindicando mejoras y estabilidad en el trabajo para sus propios grupos, se apoyó en una fuerte beligerancia que los convirtió, en algunos países, en aliado político importante. En general, esa actitud combativa les supuso, en recompensa, la mejora relativa de sus posiciones -y, desde luego, de sus líderes- respecto al resto de los trabajadores (y no digamos, de los desempleados).

Concluyendo. La crisis actual dará oportunidades a algunos. A los que tengan liquidez -no parece, en este caso, probable una devaluación brutal del valor del dinero en los países más desarrollados- y, sobre todo, a los que más tengan. Localmente, se verán beneficiados los que estén situados en los sectores que se vean más afectados por la crisis y hayan resistido, porque podrán adquirir posiciones de oligopolio o monopolio.

Ahí están los más listos, esperando. Aunque el magnate Warren Buffett (el que dijo que al bajar la marea se distinguía a los que iban en pelota y, también, quien se jactó de afirmar que había tantas oportunidades que lo difícil era decidir) ha declarado entrar en pérdidas en el primer trimestre de 2009, y aunque los Mittal, Gates, y otros ricos muy ricos, parezca que lo están pasando mal, peor lo están pasando los Fernández, Smith, Shuhmacher y Durand.

Porque cada crisis tendrá siempre sus propios beneficiarios. Pueden cambiar los perros, los collares, o ambos.

Sobre la dificultad de interpretar el optimista y el gracioso en las tragicomedias

Verdaderamente, no se encuentran muchos actores dispuestos a interpretar el papel del optimista en la tragicomedia de la crisis que estamos padeciendo (siempre, unos más que otros: la intensidad va con la naturaleza de los recursos que están a disposición de cada cual).

En Asturias, por ejemplo, la reducción de actividad económica en algunos sectores es ya muy importante. Se nota menos -pero vaya si se nota- en el consumo en supermercados o en la restauración. En el primer trimestre de 2009, se habían perdido -no sabemos si destruído para siempre jamás o solamente extraviado temporalmente- 1.500 puestos de trabajo hostelero en la región que es Paraíso Natural, que sobre un total de 30.000 empleos totales del año anterior, suponen un 5% nada despreciable, y la rotura de la tendencia.

En el sector siderúrgico, las dificultades del gigante Arcelor-Mittal para mantener el tipo, en el mundo y en esta esquina del mapa que es Asturias, son muy evidentes: no se vende ni chapa para automovil ni para electrodomésticos, ni alambrón para tornillos, ni acero ni ala ancha o perfil para edificación.

Prácticamente, por estos lares, solo se demanda algo de carril para terminar las obras de los trenes de alta velocidad. En cosecuencia, los excedentes de producción se almacenan, y ya andan saturados los parques de productos finales e intermedios. No cabe más ni en las naves de fabricantes de automóviles, ni en los mercados de reventa de frigos y televisiones, ni en las navetas de los almacenistas.

La parada de uno de los hornos altos de Veriña, es la manera más sencilla de anunciar que Arcelor reduce la fabricación de acero en España a la mitad. Antes, ya hizo lo mismo con las baterías de cok de Avilés. En román paladino laboral, puede significar, no solamente un expediente de regulación de empleo para más de mil personas, sino que todo el sector de transformación, electricidad, y servicios que se alimenta de la fabricona (ahora, menos humos), se tambalee con esa neumonía.

A la debacle se apuntan todos. La Dupont, buque insignia teórico de las ilusiones teconológicas, estudia aplicar una fórmula norteamericana para retocar la producción: mandar a la gente a la calle durante unos tres meses, sin sueldo, y esperar a ver qué pasa.

Otros síntomas apuntan a posicionamientos o más sutiles o menos comprensibles. Los mástiles de los aerogeneradores fabricados por Gamesa -en donde manda Guillermo Ulacia, anterior director general de Arcelor-, se amontonan ordenadamente en lo que va a ser algún día el centro Niemeyer en Avilés y fueron terrenos ganados a la ría en los que navegó Ensidesa.

Etc.

Por eso, es de agradecer que el catedrático de Economía aplicada Alvaro Cuervo, invitado por uno de sus alumnos predilectos, el también catedrático Juan Vázquez, ex rector de la CRUE, haya descendido del observatorio astronómico de Madrid para acercarse a la Tribuna Ciudadana de los Oviedos, el 17 de abril de los corrientes, y difundir, con claras intenciones proféticas y apologéticas, la buena nueva: "En España no hay crisis financiera (...) No exageremos (...) En Asturias hay más cosas que Arcelor-Mittal (...) es el momento para los emprendedores", etc.

El papel del optimista es necesario en plena crisis, pero es uno de los más difíciles de interpretar. Aunque todavía nos parece más dificultoso, el del gracioso.