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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Economía

Sobre estrategias económicas y el sexo del feto

Habrá que empezar por explicar la segunda parte del título: la referencia a los ginecólogos que, para no equivocarse en la predicción, anuncian a los futuros padres un sexo -que no género- para el hijo que van de tener, y escriben en la ficha del consultorio la opción alternativa.

Así, si, producido el nacimiento, resultó varón lo que se predijo hembra, podrán echar mano de la tarjeta y explicar a los reclamantes que oyeron mal, porque en ella quedó escrito lo que convenía.

En las predicciones económicas y, además, con la seria justificación de que adivinar el futuro en este campo es mucho más difícil, nos hemos acostumbrado a leer opiniones contradictorias de los especialistas, y a hacerles el mismo caso de quien oye llover.

Con esto de la crisis global, se han desarrollado dos teorías que no pegan ni con la cola de la mejor voluntad.

Los asesores del presidente de Estados Unidos le han convencido de que para salir del atolladero económico, lo mejor es promover el gasto, animar el consumo, especialmente, el privado y reducir impuestos.

Los pepitogrillo de los países que cuentan algo en la Unión Europea han apostado por reducir la inversión pública, recortar presupuestos y aumentar la presión fiscal.

Visto a vuelo de pájaro, la interpretación más elemental de cada criterio, nos llevaría a detectar que los norteamericanos confían en la iniciativa privada y en que, si hay demanda, el mercado reajustará la estructura de la producción, tapando las grietas. No en vano son la economía más potente del mundo y se ven capacitados para actuar como corresponde al señor feudal de este castillo.

Por su lado, los europeos de Alemania y Francia, lastrados por el peso de Estados más burocratizados, y en los que lo público tiene mayor entidad para sus en las economías, actúan de forma parecida a como lo haría un ama de casa sensata: dejando de ir a restaurantes y al cine, comprando ahora solo lo imprescindible, remendando los trajes de los niños, mandando a arreglar los zapatos viejos y, para traer algo más al coleto familiar, dar clases al niño de los vecinos o hacer horas extras planchando para otros o limpiando la escalera de la comunidad.

Esto, para los casos más claros en los que el sexo de la criatura se distingue muy bien en las ecografías. Para los Estados intermedios, como España, los gurús económicos nos tememos que hayan aconsejado una cosa y apuntado otra distinta en sus libretas.

Sobre la planificación de la vida que nos queda

Posiblemente la felicidad tiene que ver con la concreción de las expectativas personales a lo que es factible.

Si desde niños somos educados a fijarnos metas altas, la frustración nos estará acechando. Pocos serán los elegidos y la comparación con los logros de otros, más ineptos o peor formados (siempre en apreciación subjetiva), nos hará pensar en la inutilidad del esfuerzo propio y provocará desilusiones que habrá que vencer.

Una cuestión relacionada, aunque indirectamente, tiene que ver con la actitud de quienes creen que van a vivir eternamente. Con cincuenta años, se comportan igual que si tuvieran veinte, y se entregan con la misma ilusión a nuevas aventuras.

No estamos criticando tal comportamiento, en absoluto. Negar la evidencia de que la vida es finita, de que las fuerzas se acaban, y de que lo que iniciemos en la tercera edad es probable que no podamos terminarlo o no lleguemos a disfrutarlo, puede ser una forma de autoengaño, pero también puede constituir -y ojalá sea el caso- una manera de mantenerse activo, útil, eficaz.

Morirse con las botas puestas -como reza el dicho- es un objetivo muy loable.

Sobre la obra social de las Cajas de Ahorros

Si las Cajas de Ahorros han de funcionar como cualquier otra entidad financiera, razona José Manuel Pérez, Peridis, en una interesante reflexión (EP 1 de agosto 2010) sobre las consecuencias del ajuste de estos "entes atípicos", se va a ir al traste la obra social que vienen realizando desde su creación.

Peridis es arquitecto y humorista y, como firma el artículo refrendándolo con ambas identidades profesionales, no sabría el lector si atribuirlo, en un primer impulso, a la primera o a la segunda de sus brillantes ejecutorias.

Pero corresponde, claramente, a la faceta de fino humorista. Así hay que entenderlo cuando escribe: "Las Cajas ... dedicabann hasta ahora, por término medio, un 25% de los beneficios a la obra social (...) Total, en dólares, al cambio actual, 3.000 millones. Lo mismo que la Fundación de Bill y Melinda Gates".

Queda así perfilada, para Peridis, la preocupación "porque si todo ese proceso de saneamiento lleva a la desaparición de esa gigantesca obra filantrópica, ¿quién asumiría sus funciones?"

No debemos preocuparnos, en realidad. Se pueden realizar análisis diferenciados entre las Cajas españolas, desde luego. Sus resultados económicos siempre nos darán una pista, pero no tanto de su eficiencia gestora -no seamos rídículos, a estas alturas de la película- sino de los tipos de ayudas que se han creído obligadas a conceder para sostener determinados sectores de sus economías regionales, a específicas empresas y, por supuesto, a concretos particulares.

Quienes nos atrevemos a mirar las cifras de Balances y Cuentas de Resultados más allá de la apariencia que dan los números del dinero, podemos sacar conclusiones acerca de algunos entresijos de esa "labor social de las Cajas" y los caminos por donde han discurrido.

Por supuesto, con el dinero de todos... los cuentacorrientistas, de los depositarios atraídos por la idea ingenua de "lo nuestro", a los que se ha remunerado, más que con réditos a sus ahorros, con palmadas en la espalda, regalitos por Navidad y buenas palabras en su dialecto local.

Y si alguien quiere saber lo que debe hacer una Caja de Ahorros para sobrevivir en el mundo financiero, puede echarse una mirada por la historia de la Sparkasse que, traducido a nuestro idioma, quiere decir, exactamente, Caja de Ahorros.

Pero esa es otra historia.

Sobre las causas del escaso impulso de la investigación en España

El libro blanco de la investigación en España, si existiera -¿verdad que no existe?- tendría las tapas negras. Y no es porque no nos interese la investigación, no; nos interesa, y mucho. Estamos especializados en copiar, en clonar, y si se nos ocurre hacer una chapucilla para conseguir el mismo resultado mientras cobramos, mejor.

Sin dudarlo, las razones del menosprecio colectivo, que es tanto como decir, institucional, hacia la investigación, provienen de nuestra poca paciencia. No sabemos esperar; el ansia de resultados inmediatos nos empaña, obsesiona y agota. Lo queremos, ya.

De ahí que nos venga muy bien que inventen ellos, y en nuestra constitución síquica, trataremos -ya que no es posible arrebatarles por las malas el fruto de sus desvelos- de copiarlos. Por eso estábamos muy felices en aquella falsa autarquía por la que hacíamos lo que nos daba la gana con los descubrimientos de otros, cambiando un par de cosillas y patentándolos como propios.

La cuestión cambió y, por ello, no asombrará, en este nuevo contexto, que seamos un país de pocas patentes, muchos acuerdos de transferencia tecnológica y  una fuerte dependencia exterior (a pesar de nuestra posición de país desarrollado) de los avances de los centros de investigación más activos, de los que alimentamos nuestra estructura pretendidamente innovadora.

Tampoco será motivo de sorpresa reconocer que una parte sustancial de nuestras empresas más orgullosas por su investigación aplicada mantienen felices acuerdos con otras extranjeras que son las que han desarrollado los equipos y productos que aquí fabrican (generalmente, se ultiman o se montan) o son, simple y llanamente, filiales de multinacionales que tienen poderosos centros creativos en Alemania, Reino Unido o Estados Unidos (por no decir, para no incrementar la vergüenza, en países bastante menores en población, como Dinamarca, Suecia, Noruega o Países Bajos).

Ni siquiera nos provocará una mueca de estupor el admitir que muy pocos de nuestros equipos de investigación han sido capaces de descubrir algo diferente de los artículos publicados por otros centros foráneos, con los que se han apresurado a firmar convenios de cooperación para optar a subvenciones para sus becarios, aumentar sus dotaciones de infrapagados funcionarios y, en fin, engordar sus currícula con interminables -y económicamente estériles- títulos de trabajos que parecen combinaciones aleatorias de los mismos palabros.

El número oficial de científicos, técnicos y centros dedicados a la investigación y a la innovación es muy superior al real. Son pocos los que innovan de verdad y es también escaso el número de los que están ilusionados por su trabajo que, desde luego, no guarda relación con las compensaciones económicas que reciben.

Lo más curioso es que sería muy sencillo detectar, en este marco de confusiones, quienes son los buenos y los malos de la película. Como sucede en un aula, los alumnos no se equivocan al reconocer a quienes son los mejores de su clase, lo que no siempre detecta el profesor. Aquí, los que saben quiénes son los mejores serían los propios colegas y podían serlo unos comités de evaluación que no tuvieran rémoras de politicas, enchufismos y cambios de cromos. 

Claro que también podemos seguir ilusionados pensando que lo hacemos bien y que los que critican el sistema son resentidos que no han alcanzado la gloria.

Sobre la capacidad de la euforia para relanzar la economía

Cuando estamos optimistas, nos animamos a consumir más. Tomamos la decisión de comprar el traje o los zapatos que nos parecían bonitos pero demasiado caros; nos damos el lujo de acudir a un restaurante de moda sin mirar el lado derecho de la carta; hacemos más llamadas telefónicas, preparamos con mayor ilusión las próximas vacaciones; etc.

Además de esos ejemplos de andar por casa, ¿los empresarios propietarios de los grandes grupos, también toman decisiones más arriesgadas o se permiten aventuras económicas haciendo menos caso a sus directores financieros, después de tomar unas copas de Moet Chandon, firmar la reconciliación con su ex, o -esto sí que es un buen ejemplo- después de que el equipo de sus sueños se haya calificado para jugar la final del campeonato mundial de fútbol?

Lo sentimos, no tenemos la contestación. Algunos visionarios de los que no dudan en inventar una cifra para dar respuesta a una elucubración, insinúan que si España ganara el mundial de fútbol, se podría mejorar el pib en una décima.

No es mucho. La venta de camisetas rojas y azules con los nombres de los hérores, de banderitas rojigualdas, de Calimochos, tintos de verano y -permítasenos la pícara licencia- de preservativos, parece que sí ha aumentado.

Si la última estimación se relaciona con el espacio muestral total, podríamos inducir que el número de niños que nacerán en abril de 2011 habrá aumentado y que, si seguimos ganando campeonatos todos los años, recuperaremos la forma de pirámide de la distribución de edades -hoy por hoy, en alarmante forma de boa que se tragó un burro- y, a partir de 2050, aproximadamente, podríamos pensar, al fin, en jubilarnos, al poder cobrar las prestaciones sociales correspondientes, como han podido disfrutar, hasta ahora, nuestros predecesores. Habríamos cotizado...calcule Vd. su caso, estimado lector.

Es una apuesta arriesgada, pero no nos queda otro remedio que confiar en que la salvación económica vendrá por pelotas. Las nuestras o las de los otros. La hoja de deberes impuesta por la UE a Grecia es un modelo que puede fotocopiarse si las euforias no se traducen en aumentos de productividad, eliminación de despilfarros y concentración del gasto útil.

Si tiene dudas, no será preciso que recurra a los mejores gurús del panorama económico mundial; pregúntele a su tendero.

Sobre el futuro del estado de bienestar

Las claves de la conferencia que Luis Garicano Gabilondo, exiliado economista español, pronunció el 6 de julio de 2010 en la Fundación Rafael del Pino, las dió -de manera tal vez involuntaria- el director de la misma, Amadeo Petitbó, en la presentación del ponente: Caminamos hacia un estado de malestar.

Garicano disfruta de la privilegiada posición de ser profesor en la London School of Economics y tener tiempo, inteligencia y ganas, para analizar los datos sobre la economía española y compararlos con los de la Unión Europea y Estados Unidos.

De sus conclusiones viven, desde hace años, muchos analistas y periodistas económicos de menor nivel, porque sus reflexiones sirven de alimento, generalmente crítico,  respecto al gobierno socialista y de adobo pesimista para juzgar lo que nos espera.

Por cierto, la Fundación del Pino ha dotado a la Universidad Carlos III de un fondo para que sea contratado como catedrático por el período 2010-2013, (a él y a Juan Díez Medrano) "para ayudar a la recuperación de investigadores españoles en el extranjero". 

Además de la información que obtiene de los bancos de datos, que le permiten fundamentar conclusiones de indudable peso, Garicano cuenta -como dedujimos- con la atinada visión de su suegra holandesa que está preocupada porque, siendo el euro la moneda única para un grupo de países a los que les falta, sin embargo, coherencia fiscal y social, teme que los pensionistas de allá encuentren sus pensiones disminuídas por culpa de lo bien que vivimos los españoles de acá.

Garicano tiene un verbo ágil, alimentado por una cabeza inteligente, y sabe poner sentido del humor a verdades que, como son como puños, duelen si el que las escucha tiene la afición de mirar hacia otro lado. Dijo, por ello, -matizando que no se refería a ningún político concreto y especialmente no a Zapatero y a Rajoy, con los que acababa de entrevistarse- que "los políticos españoles comparten los diagnósticos, pero hay un camino de gigante con lo que son capaces de implementar".

De entre los muchos titulares que podrían extraerse de su ponencia, nos resultó llamativa la comparación entre las tendencias a largo plazo derivadas de la tecnología de la información respecto a la de comunicaciones, que ha perfilado en los últimos años.

Para Garicano, la mayor facilidad de acceso a mucha información, que antes resultaba difícil de conseguir, da más poder de decisión a los trabajadores, pero los homogeiniza, haciendo más difícil destacar y, por tanto, provocando que el valor de su trabajo disminuya.

En el camino contrario, la sociedad de las comunicaciones permite centralizar en aquellos que tienen mayor formación y capacidad de decisión, los problemas más importantes, que no pueden ser resueltos de manera sencilla, lo que hace que sus actuaciones adquieran un valor muy alto.

"El resultado del mundo en que vamos a vivir, dependerá de quien gane la carrera", afirmó Luis Garicano, que, después, con un escenario con datos precisos y poco tranquilizadores, dejó claro que España, además de defectos de educación y formación, fallos en la cultura social y empresarial, falta de visión política, sesgada estructura industrial, exceso de prestaciones sociales, etc., tiene una carencia de intelectualidad de máximo nivel.

O sea, que estamos aprovechando bastante bien la sociedad de la información, pero no circulamos para ganar por la autopista de la sociedad de las comunicaciones, perdiendo sistemáticamente competitividad en el escenario internacional.

Ah, pero en deportes y, especialmente en fútbol, estamos entre los mejores. Esto no lo dijo Garicano, que agradeció a la audiencia que en el día del partido Holanda-Uruguay, la sala se hubiera llenado con tantos forofos de la economía, forzando incluso, a que hubiera que habilitar un segundo espacio, para albergar a casi otros tantos.

En el coloquio hubo preguntas-monólogo, respuestas rápidas del que tiene recursos para todo y un colofón de nutridos aplausos, merecidos, pero que sonaron también a catarsis de quienes sabemos lo que nos espera y no vemos que se esté haciendo lo necesario para evitarlo.

Sobre las historias de amor cuestión de Estado

Las princesas de la vida real no duermen encima de garbanzos, ni esperan, aletargadas por razón de perversos maleficios o bocaditos en manzana ponzoñosa a que las despierten de su sopor esforzados representantes de su alta clase, que habrán tenido que matar dragones, resolver complejos acertijos o recorrer el mundo conquistando infieles con la sola ayuda de flamígeras espadas.

Ni siquiera se molestan ahora en convencernos de su conexión mayor con las alturas -respecto a los demás mortales-, o de ser descendientes legítimos de ombligos sutilísimos que, generación tras generación, después de librar batallas por el poder que se han hecho inextricables, alguien hubiera puesto entre nosotros para ayudarnos a distinguir el bien del mal, decidir sobre lo que a ellos les conviene y repartir unas cadenas de latón a cambio de nuestro vasallaje.

No. Esos representantes de la sangre azul se esfuerzan, desde hace algunas décadas, en demostrarnos que son exactamente como nosotros. Estudian en colegios juntándose con plebeyos que luego alardearán de ser sus amigos íntimos, trabajan de forma remunerada en conseguir negocios para multinacionales de prestigio, practican deportes, incluso violentos, con el riesgo de romperse la crisma o quedar en ridículo a la vista de todo el mundo y se entusiasman aplaudiendo el equipo de la casa mientras beben cerveza a morro como el hijo del vecino.

Incluso ya no se casan con otros individuos de su misma clase pretendidamente superior, renunciando a fomentar una endogamia que había permitido a nuestros ancestros, gracias a los correspondientes pactos de familia entre soberanos benevolentes, gozar de unos años de aquí paz y después gloria.

Ahora se casan con la gente del pueblo, con sus preparadores de gimnasia, con modelos y actrices, con peluqueras, con divorciados con hijos, con profesionales de Banca, con personas de carnes tersas y huesos recios que, siendo como somos nosotros, -solamente algo más guapos- nos acercan a esas personas de la élite a la altura de nuestros ojos atónitos, para que las toquemos, las besemos, soñemos incluso con la posibilidad de emparentar, acaso, con ellas, mientras admiramos su belleza de fotoshop y nos regodeamos con la aparición de sus arrugas y michelines sobre los armiños .

Por supuesto, las actuaciones de estos altos personajes siguen siendo cuestión de Estado.

Nuestros antepasados jamás hubiéran imaginado que los tiempos fueran a cambiar de tal modo que las cuestiones de Estado de príncipes y princesas evolucionaran hasta hacernos pretender ahora que la realeza tiene máximo valor porque disfruta de nuestra misma condición. Es decir, sufre por parecidas penalidades para llegar a fin de mes, se enamora del vecino de al lado, y tropieza en similares piedras de deshonra. Para algunos, he ahí su mayor mérito: ser tan sencillos.

Como ahora podemos observarlos en su día a día sin tapujos, pues están permanentemente expuestos a nuestra contemplación de cotillas, descubrimos con ellos nuevos lazos de inesperada simpatía.

Para nuestra sorpresa de agnósticos, hasta nos parece más razonable su comportamiento que el de algunos de nuestros más genuinos representantes, elegidos al parecer democráticamente, que, ellos sí, ahora, toman los papeles, pactan enlaces matrimoniales con los hijos del poder económico, prefieren entenderse entre ellos para organizar sus fiestas y francachelas y, ungidos por un poder que emana de las alturas y que creíamos que era nuestro voto colectivo, se complacen en enriquecerse tomando distancia de nuestra miseria, relegándonos a la categoría de siervos de su gleba.

 

Sobre el control del patrimonio en Espana

La transmisión por herencia de la propiedad ha posibilitado la formación de la mayor parte de los grandes patrimonios actuales. Su origen es, en general, bien conocido por los simpatizantes del análisis histórico.

El elemento central de la propiedad inmobiliaria es la tierra. Prácticamente en la apropiación de los terrenos de otros han descansado todos los movimientos belicosos de los seres humanos. Siguen siendo la causa de los conflictos, tanto en los foros jurídicos, como en los caminos aún más tortuosos en donde se ventilan las diferencias a palos o disparos de escopeta.

La cuestión que ahora nos ocupa es, sin embargo, lo mal que se controla esa riqueza. Las descripciones de lindes de las tierras son insuficientes, oscuras, llenas de elementos físicos perdidos o de indeterminaciones que las hacen prácticamente ininteligibles.

Pero es que, además de estar mal definida geométricamente y de ser con demasiada frecuencia, ilocalizables catastralmente sus propietarios (aunque paguen los tributos), se ha venido subestimando el valor económico de ese patrimonio.

En consecuencia, las transacciones que se realizan con él son -previsiblemente-uno de los causantes de la circulación de masas de dinero negro que se canalizan hacia la comrpra de más terrenos, hacia obras de arte cuyo precio adquiere características simbólicas (es decir, pierde la referencia respecto al valor), o se dilapida en viajes y fiestas estrambóticas.

Es imrpescindible el control del patrimonio inmobiliario de España. Quién lo tiene, cómo lo adquirió y, sobre todo, cuánto vale. Porque empeñarse en perseguir las remuneraciones del trabajo o los beneficios confesados empresariales es mucho más sencillo, pero no ha de impedir la consciencia de que desconocemos casi todo de los verdaderos patrimonios.

Basta solo darse una vuelta por la propia ciudad, por los pueblos y tierras de la piel de toro (perdón por el estúpido eufemismo) y tomar buena nota de los lujosos chalés, de las estupendas fincas y de otras aparatosas ostentaciones de una riqueza que no se controla, para deducir que no hay preocupación especial por conocer quiénes son los ricos de nuestro país; de qué viven, qué hacen, cómo lo disfrutan y con qué títulos, los verdaderos detentadores de riqueza.

Sobre una valoración del riesgo de quedarse sin trabajo, sin dinero o sin ideas

Vuelven a sonar tambores de riesgo de dificultades financieras en España, propiciadas desde foros de interés que, al parecer, tienen mejor información que la inmensa mayoría de los ciudadanos españoles, incluído el Gobierno.

De la falta de información acerca de lo que nos pasa, los españoles ya estamos acostumbrados. Siempre, desde las profundidades históricas, hemos sido considerados un pueblo menor de edad, al que era fácil convencer.

De la falta de información del Gobierno en relación con la situación finanniera del país, ya es cosa de preocuparse.

Porque, o tampoco gozamos de credibilidad internacional, o en los recovecos profundos de las finanzas internacionales saben más e intuyen mejor lo que se nos avecina, cuando se vuelve a insistir en que hay que preparar un plan de salvamento de nuestra economía, cuando aquí seguimos oyendo que estamos chapoteando en la orilla y haciendo aguadillas de complacencia.

La cuestión de la solvencia internacional es una cosa, y la situación del mercado laboral en España y sus posibilidades de recuperación a corto plazo, son otra; en nuestra opinión, ni siquiera estarían directamente relacionadas si nuestra estructura de gestión de la Administración fuera diferente.

Aquí pediríamos una atención especial al Gobierno, a la oposición y a los principales agentes económicos. En este último capítulo, nos referimos, especialmente, a las grandes empresas y entidades financieras que tomen decisiones por órganos de gestión ubicados en España, no que obedezcan a directrices foráneas y, por tanto, sigan otros intereses.

Los grandes capitales pueden permitirse planificaciones a medio plazo. Los asalariados y las pequeñas y medianas empresas, no. El Gobierno no solo debe planficiar a largo, sino resolver los problemas a corto sin comprometer la línea consistente de futuro.

Es, por tanto, exigible, imprescindible, de la máxima urgencia, clarificar, no las necesidades financieras a corto del país (que poco importan), sino la realidad de la planificación económica, tecnológica, formativa y, sobre todo, de empleo, a medio y largo plazo.

La continuación en la pérdida de actividad empresarial (por cierre de empresas, disminución de carteras de pedidos, reestructuraciones, falta de financiación para renovar equipos o cubrir los desfases entre compra de materias primas y venta de productos acabados, etc.), la reducción de salarios y la caída de los precios y rendimientos del pequeño empresario, el aumento de las prestaciones sociales y sus coberturas reales, y, en fin, la contracción del consumo -debida, no ya a la disminución de la masa salarial en circulación, sino también, a la prudencia ahorrativa ante la incertidumbre sobre la situación futura- es el riesgo que más nos preocupa.

Es el futuro, políticos, no el presente, lo que más importa. En especial, ahora que estamos en medio de la crisis. Y, cuando se tiene que navegar en una increíble tormenta en mar abierta -y, por lo que parece, en medio de una batalla en donde no se puede confiar ni en los buques que llevan la bandera de nuestra flota-, ni se puede tolerar un motín a bordo, ni confiaríamos el timón a los guardamarinas, para que hagan prácticas; tampoco iríamos a remolque del guardacostas, para que nos ayude a capear el temporal porque su experiencia en mares calmos de nada serviría.

Sobre las (in)fusiones frías de algunas entidades financieras

Frecuentemente, el éxito de implantación de una idea no está solo en lo que se pretende hacer, sino en encontrar una palabra o palabras que sean incorporadas al acervo común como definitorias.

Las palabras- resumen se impondrán rápidamente a la realidad del concepto que enmascaran, y casi nadie sabrá muy bien lo que significan, produciendo tranquilidad en el ánimo de quienes antes se habían mostrado inquietos, y creando un espacio de movilidad para que actúen libremente quienes se encuentran en el dominio de la situación.

La gramática está llena de palabros técnicos, vocablos que tienen, en realidad, un significado real imcomprensible para el profano, y que han servido para sepultar inquietudes. Todos las utilizamos, como si estuviéramos de acuerdo en lo que significan, pero ya no lo sabemos. Seguramente, no lo hemos sabido nunca.

¿Qué diablos significa o significaba "desarrollo sostenible", "guerra santa", "reactor atómico", "espacio natural", "formación continua", "arquitectura industrial", "juicio justo", "derechos inalienables",...?

¿Qué signfica la "fusión fría" de las Cajas de Ahorros, a las que, en estos últimos tiempos, se refieren con aparente frenesí ideológico, algunos enterados?

Hasta ahora, para los técnicos y curiosos del tema, la fusión fría es el nombre que se da a las reacciones nucleares de fusión que tienen lugar a temperaturas y presiones próximas a las normales, en contraprosición a las reacciones termonucleares, que se realizan a temperaturas de millones de grados.

La fusión fría de las Cajas es un invento para permitir la incorporación de fondos públicos a cambio de una reorganización más o menos drástica, según la situación, que reduzca costes, unida a un plan de revisión de riesgos, manteniendo, en cambio, lo que es la joya de la Corona para los nostálgicos del regionalismo y de la acción económico-política desde las Autonomías: el nombre del ente, la insignia.

Las infusiones frías, incluso heladas, se toman en el verano. Producen una agradable sensación de frescor. En el invierno, se prefieren las infusiones calientes. Ah, y las fusiones también, especialmente si son de Cajas con problemas de solvencia. Porque, o la revisión es drástica, o volverán a surgir los mismos males; eso sí, al haber crecido desde más adentro, mejor enmascarados, más resistentes y graves.

Sobre cómo se las gasta el Estado

Los altos mandatarios de algunos países no saben cómo comportarse con el micrófono en la mano, y lo más urgente que deberíamos hacer es enviar a estos torpes responsables a la Escuela, para que aprendieran algo acerca de los efectos de lo que dicen sobre la tranquilidad de la población y, más en particular, sobre los mercados financieros.

Lajos Kósa, vicejefe del partido de Gobierno, afirmaba contundente el 4 de junio de 2010, que la situación de Hungría era comparable a la de Grecia y que el anterior partido gobernante, del que la nueva coalición tomó el relevo hace una semana, había ocultado la información financiera que llevaba al país al borde de la suspensión de pagos. No necesitaban más los asustadizos poseedores de dinero para espantarse, una vez más, de los apriscos de la Unión Europea, a pesar de que Hungría no trabaja con euros, sino con florines, y de que el PIB de este país es del orden de una centésima parte del conjunto de la citada agrupación.

Alarmados por las repercusiones de lo que, en principio, no debía ser más que una llamada de atención sobre lo difícil que habían encontrado la casa estatal húngara, tres días después, otros portavoces del gobierno rectificaron las declaraciones, bajándolas de tono hasta dejarlas en tonillo, y otros ministros de otros países europeos -entre ellos, la experta en economía internacional Elena Salgado-, se apresuraron a respaldar que Hungría estaba tomando drásticas medidas de contención del déficit público... y patatín, y patatán.

Es muy conveniente que los ciudadanos y sus dirigentes sepan que las opciones que tiene el Gobierno de un país para corregir la marcha de su economía son muy limitadas. Por supuesto, puede optar por mentir durante un cierto tiempo presumiendo de solvencia ante las entidades prestamistas internacionales, y endeudarse más de lo que debiera, por lo que llegará un momento en el que no podrá atender a los pagos de devolución de intereses y capital, y tendrá que pedir un aplazamiento y renegociar la devolución en un período de tiempo mayor.

Si se ha comprometido a pagar en dólares, por ejemplo, como tendrá que comprarlos en el mercado, tendrá que vender lo que tiene -en dólares, preferiblemente- y, perdida su credibilidad, si debe comprarlos pagando en su moneda, ahora más débil, no le quedará otra opción que devaluarla para que se la acepten.

Para no complicar el cuento, con´centremos estas observaciones rápidas en los gastos del Estado. Son, básicamente, los salarios de sus funcionarios, el sostenimiento de las estructuras básicas asumidas por la Administración pública -ejército, correos, transporte, investigación, etc., en la medida en que se haya acordado así-, las atenciones sociales (pensiones, prestaciones a desempleados, servicios asistenciales de educación y sanidad, fundamentalmente), los intereses y las devoluciones de los préstamos -debidamente periodificadas-, con los que se han realizado obras con cargo a las finanzas públicas y los pagos de las obras que se hayan asumido directamente, con el dinero que había en la Caja del Estado.

Los responsables de mantener la oposición a los Gobiernos, cuando las economías crecen (lo que supone, dicho de forma básica, más ingresos: más recaudación de impuestos y menos gastos: menos prestaciones de desempleo), expresan que hay que hacer más obras, o distintas, o que hay que dedicar más dinero a investigación, a defensa o a renovar infraestructuras y aumentar las pensiones. Cuando las economías bajan, se callan, y solo piden que el Gobierno dimita por incompetente.

Sobre la miseria de ser rico

Ahora que se ha despertado la polémica sobre la cuestión de subir los impuestos a los ricos y, por tanto, de empezar concretando qué es ser rico, habrá que recordar que a quienes tienen mucho no les gusta la luz.

Un registro sencillamente escalofriante de la riqueza en España lo proporcionan los datos respecto al impuesto sobre el Patrimonio. Fue suprimido en el 2008, porque todo el mundo parecía estar de acuerdo que además de no servir como financiador de las Comunidades Autonómas -que eran las Administraciones Públicas a las que se encontraba transferido-, dada su baja entidad recaudatoria (1.240 millones de euros anuales), resultaba que infringía el principio sagrado de evitar la doble imposición y, para más inri, actuaba como factor que invitaba a la ocultación y a la inactividad de la riqueza.

Las cifras del impuesto sobre el Patrimonio venían a reflejar que contribuyentes con patrimonios superiores a 1 millón de euros (o sea, nada) no llegaban a ser ni 100.000 (87.471 personas)

Es bien cierto que la benevolente y errónea calificación de la propiedad urbana y, no digamos, rústica, infravalora entre una quinta y una vigésima parte la realidad del mercado (al menos, antes del descalabro provocado por la crisis más reciente), pero maravilla que alguien se pueda creer que, ricos, lo que se dice ricos -según el presidente Rodríguez Zapatero y alguno de sus ministros- haya tan pocos en España.

El asunto nos parece que está, más que en sacarles algo de tajada a los ricos oficiales para que tapen los agujeros causados en el tejido capitalista por las burbujas y latrocinios financieros-, en saber cómo podemos obligar a los que consigan tener más, para que, aquello de lo que no puedan disfrutar, porque no les quepa más ni en lujos, ni en viajes, ni en fiestas, ni en cacerías, -que todo es gasto y bienvenido sea su retorno al flujo del dinero-, no se lo lleven a paraísos fiscales ni lo oculten en patrimonios rústicos o inmobiliarios infravalorados, sino que lo reinviertan en el sitio en donde han conseguido esas plusvalías, para que podamos todos seguir creciendo.

Ahí está el quid de la cuestión. ¿Tienen los ricos obligaciones por haber acumulado más dinero? ¿Los grandes patrimonios históricos deben considerarse inamovibles, sin preocuparnos de la rentabilidad social que se obtiene de ellos?. ¿Las rentas del trabajo merecen más penalización respecto a las rentas del capital, por la mayor facilidad en controlar las primeras respecto a las segundas?

Expresado de forma drástica: Si creemos que los muy ricos son los mejores impulsores de la economía y que las multinacionales y las grandes empresas privadas lo van a hacer mejor que las administraciones públicas, renunciemos a tener un Gobierno, volvamos a la época feudal.

Si a nuestra gestión de los recursos la llamamos democracia, actuemos en consecuencia. Si estamos convencidos de que la iniciativa privada tiene como objetivo propio el mayor enriquecimiento de sus promotores, y, si no hay otros controles, utilizará todas las oportunidades para evadir obligaciones, que la Administración pública controle esos desmanes previsibles, dirija la actuación preferente del desarrollo, impulse nuevos sectores y negocios como un agente más, el principal, de la economía.

Algunos parece que han olvidado que un Gobierno nos representa a todos. No a la mayoría. A todos.

Esa premisa dota a nuestros gobernantes de la máxima capacidad de actuación, pero les obliga a ser fieles a la verdad, leales a sus pueblos, informados como el que más. Los intereses de todos no pueden sucumbir jamás ante la miseria de ser rico por haberse olvidado del principio de que quien más tiene, tiene también la responsabilidad de administrar de forma óptima la rentabilidad de sus bienes en beneficio de todos. No es propietario, es depositario del fruto de nuestros esfuerzos y del rendimiento obtenido por las generaciones anteriores.

Sobre la investigación y el desarrollo económico

La investigación podría definirse como el proceso sistemático por el que se pretende encontrar la solución a un enigma.

Condicionados por los mensajes políticos, seguramente muchos pobladores de los países semidesarrollados, como España, pueden creer que investigar es clave para el desarrollo. Realmente, a menudo se habla de "investigación y desarrollo". Ministerios, centros de experimentación y departamentos de empresa combinan en sus siglas lal i+d de este aforismo.

A nivel de un país, no lo vemos tan claro. Los enigmas aún abiertos para el ser humano son tan numerosos, que dedicar medios sin otra orientación a investigar, no servirá para mejorar otro desarrollo económico que el de los afortunados que hayan sido elegidos para vestir la bata blanca (intelectual o física). 

El desarrollo económico de un país nos parece, por el contrario, esencialmente ligado a dos ejes: la disponibilidad natural de recursos y la consecución de una élite intelectual y moral que consiga dinamizar, de forma persistente, la combinación de los factores de producción básicos (trabajo, capital y materias primas) en proyectos expansivos.

Podemos llenar la pizarra de falsos ejemplos con los que se intente engañar en la demostración de que el dinero dedicado a la investigación ha producido logros fundamentales para la Humanidad. En realidad, los avances sustanciales en la técnica y en las humanidades han sido resultado del azar, de un trabajo individual -o de un grupo restringido- desarrollado incluso en penuria, a veces incluso, con desconsideración o menosprecio por parte de otros.

No será necesario -suponemos- extenderse sobre los equipos de investigación, los centros de desarrollo y los laboratorios de gran proyección teórica, que han sido creados a bombo y platillo en este país, y que han sucumbido en el olvido, dispersos sus investigadores, oxidados y rotos sus caros equipos y desconocidos sus prometidos resultados brillantes.

Si queremos un país que supere la frontera entre el subdesarrollo y los países avanzados tecnológicamente, dotemos de calidad y medios a alguna de nuestras Universidades. No podemos a todas, pero concentremos nuestra potencialidad en unas pocas. Estamos haciendo lo contrario, dispersando efectivos entre 17 comunidades autónomas, creando cátedras y centros de investigación en cada esquina, pretendiendo acuerdos empresa-Universidad sin rumbo cierto y, en fin, despilfarrando lo poco que tenemos.

(Nota: Habíamos pretendido realizar el Comentario a la conferencia del catedrático de la Pompeu Fabra, Andreu Mas-Colell que pronunció en la Fundación Rafael del Pino el 17 de mayo de 2010.

El presidente de Barcelona GSE, miembro en el Centre Europeen de Recherches no estaba en su mejor día, y resultó bastante ininteligible su discurso, que alcanzó más brillantez en el coloquio. En esencia, estamos de acuerdo: Hace falta construir una base científica fuerte y el impulso político tiene que ayudar a orientar las lineas de la investigación preferente, apoyando lo que funcione bien y cuidando los modelos organizativos, para que no se produzcan despilfarros.

Menos teatro, en suma, y más continuidad, animando y dando apoyo a los mejores -para lo que hay que generar mecanismos que los detecten con objetividad-, y dejarse de sustentar fantasías, plumajes y oropeles, que solo sirven a quienes los lucen)

Sobre el coste de no estar de acuerdo

Discutir es un deporte nacional, y estar en desacuerdo, una postura que se utiliza continuamente, sin valorar generalmente las consecuencias. Y deberíamos ponernos en situación de hacerlo. Porque no estar de acuerdo tiene efectos en múltiples ámbitos -sicológico, terapéutico, político, etc- y, puesto que estamos en época de vacas flacas, debe tenerse en cuenta su repercusión en el ámbito más importante del momento nuestro entorno supuestamente desarrollado: el económico.

Fijándonos en lo más cercano, no siempre se puede saber en qué consiste la discrepancia entre los dos partidos principales en España. A veces, se tiene la impresión de que se intercambian los papeles ideológicos, porque su objetivo principal es mostrar la falta de sintonía con el contrario. Algunas medidas propuestas por el Gobierno socialista son propias de un Gobierno liberal preocupado por tener contentos a los grandes empresarios y a los banqueros, y ciertas afirmaciones de los representantes del PP parecen surgidas de la más genuina defensa de los intereses de la clase trabajadora.

Pero no es lo habitual que las posiciones propias se plasmen, en el caso del Gobierno, con justificaciones convincentes, ni que, en el caso de la oposición principal, los desacuerdos se traduzcan en la presentación de alternativas o de propuestas de colaboración para salir de los baches. Quiá. Los portavoces y representantes políticos más cualificados del PSOE como del PP expresan continuamente latiguillos vacíos como "La oposición carece de ideas y propuestas", o "El Gobierno no ha hecho los deberes", pero pocas veces se expresa en qué se basa, exactamente, el desacuerdo y, no digamos, cuáles son las propuestas concretas para superarlo.

Sería aconsejable que aprendiéramos a calcular el coste de no estar de acuerdo, de no arrimar el hombro a la propuesta que no se nos ha ocurrido a nosotros, sino al contrario, pero que es válida y, en verdad, nos hubiera gustado haber sido sus autores.

Las consecuencias de no saber o no querer calcular el coste del desacuerdo son muy graves. Porque existe un coste por aplazar la reforma de las pensiones, por no abordar la revisión de los planes de la educación escolar, por estar en desacuerdo con la política sanitaria o asistencial.

Existe un coste por la falta de criterios para impulslar nuevas iniciativas y apoyar con algo más que buenas palabras a posibles nuevos emprendedores, en un país en el que se necesitan 500.000 proyectos con capacidad para emplear cada uno a 10 personas, si queremos absorber los casi 5 millones de desempleados que quieren trabajar y no tienen dónde.

Existe un coste por haber creado confusión en la estrategia de captación de inmigrantes no cualificados, que ahora son un evidente lastre -pobres engañados- para nuestra política de empleo y asistencial, incluída la enseñanza de los agrupados familiarmente. Existe un coste por la falta de consenso en reestructurar una Universidad, que necesita un repaso desde los planes de estudio, las carreras, la proliferación de mediocres campus de saber y un caos de caciquillos y reinos de taifas.

Existe un coste en no estar de acuerdo en poner en claro qué significa para el país cargarse con currícula de universitarios con títulos costosos pero de escaso valor práctico. Habría que saber calcular el coste de no estar de acuerdo con la reforma del modelo energético y de no haber sabido hallar la plasmación de un mix razonable, y que sirva para impulsar tecnológicamente al país y no para lastrar aún más su deuda. Existe, por supuesto, un coste para el desacuerdo en la estrategia militar y en la llamada ayuda humanitaria prestada, nos tememos, sin mucho control.

Existe un coste por mentir respecto a la realidad, porque no se está de acuerdo en pedir ayuda para solucionar lo que no se sabe cómo corregir, y se prefiere ocultar hasta que estalla. Como tambiéen existe un coste por no impulsar la realidad investigación y, en lugar de vender como logro político haber atraído a un figura desde el exilio para que dirija un centro de nueva creación sin dotación material, apoyar equipos de jóvenes investigadores y dotarlos de buenos medios.

Ponga el lector el énfasis donde más le duela, y calcule, aunque fuera de forma aproximada, el coste que nos provoca el que nuestros políticos no estén de acuerdo.

Sobre los improductivos

En las sociedades vive un conjunto de individuos que son improductivos.

No se les puede calificar de zánganos, porque, en realidad, sí que realizan actividad. Tampoco se puede confundir a estos seres que habitan en nuestro edificio socioeconómico de chupasangres, ni de aprovechados, porque se consideran imprescindibles para que el sistema funcione, para poner en contacto oferentes y demandantes que, de otra manera, jamás se hubieran conocido.

La crisis económico-financiera internacional ha dejado al descubierto -para los legos, porque, por supuesto, quienes se habían tomado la molestia de hacer bien el análisis, ya estaban en las claves- ciertas perversidades de nuestro sistema de mercado. Por esos elementos no añaden valor al producto, pero incrementan su precio.

Se puede ir aumentando el precio de venta de un producto desde el fabricante o generador primero, hasta el consumidor o usuario final, a través de una cadena de intermediarios que lo único que ponen de su parte es la comisión que quieren cobrar, y que harán efectiva cuando el comprador pague por la mercancía o el servicio.

¿Cuál es la razón por la que alguien puede pagar por un artículo más, mucho más de lo que cuesta fabricarlo, incluídos los costes de distribución?. Fundamentalmente, la ignorancia. La posición de desconocimiento, por parte del consumidor, de lo que le cuesta al productor aquello por el que le está pagando, supone una ventaja sustancial que un oferente sin escrúpulos puede aprovechar hasta límites insosprechables,

También juega a favor del oferente la situación de necesidad del demandante. Hay momentos puntuales de aparición de los improductivos. Cuando existe una huelga de transportes, p.ej., o, en general, una disminución circunstancial de los medios disponibles, los oferentes sin escrúpulos suben arbitrariamente sus precios. No buscan el que el mercado los equilibre, sino aprovecharse del estado de necesidad del que solicita sus servicios.

Pero otros viven permanentemente en el sistema, se han anclado en él.

El mercado genera, de forma natural, toda una panoplia de elementos improductivos. Las burbujas -aire para la economía real- estás relacionadas con la combinación de la ignorancia y la falta de escrúpulos de muchos de los elementos de la cadena de compra-venta. A menudo, sin moverse de su silla de especulación, trasladan, como una pelota, los papeles que suponen la propiedad (o la expectativa de obtenerla) de una mercancía.

El productor inicial y el consumidor final suelen estar ajenos a la maniobra. El mercado lácteo (por decir uno muy simple) en la Unión Europea ha conseguido que el productor inicial reciba una pequeña porción del precio que paga el cliente a las empresas transformadoras y/o distribuidoras. En algunos casos, las empresas intermediarias del sector agrario, energético, y, por supuesto, del financiero, no tienen más que papel para ofrecer. Sus empleados pueden hasta desconocer lo que están vendiendo.

Que las entidades bancarias, reputadas especialistas financieras, hayan creado, en combinación con agencias de calificación de riesgos y otros intermediarios, una burbuja financiera, a base de adornar paquetes de toma de riesgo hasta hacerlos irreconocibles a los inversionistas, es una demostración patente de cómo los improductivos pueden poner en solfa nuestra economía de bienestar.

Creyendo adquirir edificios, participaciones en empresas, fábricas o contribuir a la producción del sistema, hemos caído en la trampa de los productores de humo. Son los improductivos. Un posible guión para una serie de terror, cuyo final sigue sin estar del todo claro. Y, lo más curioso, es que seguimos haciendo caso a las agencias de rating, esas que nos habían indicado la solidez de ciertos activos que estaban compuestos por aire y, allá en el fondo, tal vez, la sangre, sudor y lágrimas, de un productivo que se esforzaba en sacar adelante a su familia.

Sobre cenas donde el menú somos todos

Los papás que envían a sus hijos a estudiar en las escuelas de negocios han oído campanas, pero quízá no todos los repiques adecuados.

Porque, por supuesto, no se trata de seguir cualquier cursillo que te adjudique un MBA de baratillo. Ni siquiera basta haberse graduado en finanzas en la Universidad de Nueva York y tener un master por Hardvard. Hay que seguir perfeccionando el currículum con trabajos en varias empresas que se dediquen a hacer cosas raras con el dinero: Boston Consulting Group, Bear Sterns. Gruss Partners, Goldman Sachs, Lehman Brothers y demás especialistas en sacar rendimiento a las carteras de los grandes inversores, esos que mueven los hilos del mundo.

No serás nunca inmensamente rico, pero manejarás mucho dinero y podrás tomar decisiones importantes. Y, de vez en cuando, como parte de tu trabajo, te reunirás a cenar con otros gestores de grandes fortunas, compañeros o rivales en algún master, para, estimulada la imaginación por un poco de champán y la agradable sensación de crear en grupo sin barreras formales, aplicar los juegos de estrategia aprendidos en las aulas al mundo real.

Habrá quien se eche las manos a la cabeza al enterarse que los gestores de las carteras de hedge funds de los más ricos del mundo, entre los que se cuentan George Soros, John Paulson y Steven Cohen, fueron descubiertos cenando en el Townhouse, hace unas semanas, en una idea dinner, al parecer, para conspirar sobre cómo hundir el euro y sacar tajada de los mordiscos a las economías más débiles de la Unión Europea.

Tomaron un acuerdo tremendamente imaginativo: difundir que algunos países de esa coalición de empresarios que disponía de una moneda única, llamada euro, con la que daba gusto jugar a la especulación desde el dólar, entrarían en suspensión de pagos, manejando a la perfección un mecanismo perverso que se habían inventado que era el de los índices de solvencia.

Para apalancar la idea-fuerza, se confabularon para elevar el precio del dinero a cuantos acudieran a sus ventanillas en busca de liquidez para atender a los vencimientos de los préstamos pendientes.

El descubrimiento del complot ha hecho saltar los gritos de aviso de los gestores de los fondos públicos de la lejana Europa, es decir, de los presidentes de los países del núcleo duro de la Unión Europea, que también se reúnen a cenar de vez en cuando, pero no tienen, lamentablemente, -sus papás no han podido pagárselos- el mismo bagaje intelectual y formal, aunque no les faltan redaños.

En la cena convocada de urgencia para decidir qué se podía hacer ante el ataque, reinó cierto alboroto, y quienes más gritaron, por supuesto, fueron los más débiles de la manada de piezas de caza, preocupados de que se produjera una estampida y se quedaran con los culetes expuestos de sus economías.

Para su consuelo, no se ha producido tal estampida, y los países de la Unión se están comportando como hemos leído que hacen los caballos cuando sufren el ataque de los lobos, que se concentran en círculo para dar coces a quien se atreva a tocar a uno solo de la recua. La foto de la operación de defensa ha resultado muy bonita, si bien, observándola con mayor aumento, se advierte que por algunas patas corren líquidos malolientes.

Entretanto, los brillantes alumnos de las escuelas de negocios norteamericanas siguen planificando cenas, en las que, junto al pollo al limón y el filet mignon, en el menú potencial entramos todos. En su exquisito programa, como en toda operación de caza bien organizada, los depredadores simulan perseguir una pieza, pero, en realidad, aspiran a zamparse otra, esperando, agazapados, que se ponga al alcance de sus garras.

(Nota: Agradecemos a XLSemanal la idea base para confeccionar este Comentario, y discrepamos, desde nuestra modesta posición, de la opinión del premio Nobel Joseph Stiglitz que juzga legal, aunque tal vez éticamente reprochable, el comportamiento de los magos de las finanzas que son coprotagonistas de la historia: ni ético, ni legal. Otra cosa es que alcance su castigo.)

 

Sobre la acumulación de cargos

En una situación en la que muchos buscan desesperadamente empleo, otros acumulan cargos y más cargos. Al mismo tiempo en que miles de jóvenes, con sus flamantes títulos bajo el brazo, se postulan de acá para allá en entrevistas francodirigidas, tratanto de conseguir que se les contrate por primera vez, hay septugenarios e incluso octogenarios que ocupan puestos de postín, incapaces de ceder los trastos de mandar a sus hijos o nietos o, lo que aún resulta más extrambótico, elegidos como candidatos idóneos para desempeñar ciertas funciones públicas.

En fin, cuando muchas familias carecen de los mínimos ingresos para garantizar su subsistencia y, no pocas de entre ellas, han agotado ya hace tiempo las prestaciones sociales por desempleo, muchos prejubilados y jubilados llevan desde sus cuarenta años disfrutando de una pensión estupenda que, además, les ha permitido dedicarse a alimentar sus aficiones o flotar en la economía sumergida con nuevas ambiciones y tareas.

La historia de la efectividad de los recursos humanos disponibles se escribe con muchas líneas torcidas y con tintas entrampadas. Por supuesto, estamos a favor de que todo el mundo encuentre el lugar adecuado a su formación, inteligencia y capacidades en el escenario económico. Pero no podemos estar de acuerdo con la concentración de cometidos sustanciales para la sociedad en algunos pocos -que no es cuestión de su eficacia, sino manifestación del poder que poseen ellos y su entorno-, y máxime, si estos cometidos tienen una importante repercusión social y, ya no digamos, si se les está pagando con dineros públicos.

Necesitamos gente capaz en los sitios más difíciles, que actúe sin ataduras comprometedoras y que se entregue a su trabajo con toda la capacidad posible. Nos preocupa que, por presión de los grupos de control y poder de la sociedad, desconfiados de los talentos, se recurra a las sotas, caballos y reyes de los fieles al sistema.

Isidre Fainé, nuevo presidente de la Confederación de Cajas de Ahorro españolas -desde el 20 de abril de 2010- es, sin duda, un profesional competente. Como Emilio Botín, Albert Oliart, Marcelino Oreja, Ricard Fornesa, Amancio Ortega... Podemos poner cientos de nombres. Mírese la foto de consejos de administración, patronatos de fundaciones, juntas de colegios profesionales, academias.

Casi todos los venerables que se sientan en esos lugares de decisión, obviamente por lo general bien remunerados, tienen en común el ser bastante mayores -nacidos en los años 30 del pasado siglo, e incluso antes- y acumular, al día de hoy, múltiples cargos relevantes. Algunos, desde siempre, casi desde que eran niños. Unos pocos, gestores de sus propios negocios; otros, crecidos en la administración de los negocios de terceros.

Ante la exhibición de sus currícula plagados de referencias y cometidos de complejidad tal que hubieran hecho dudar, antes de asumir uno solo de entre ellos, a cualquiera en su normal juicio, por capaz que se le pudiera considerar, cabe preguntarse de qué madera están hechos estos titanes, en dónde encuentran su tiempo, su fuerza, sus ganas. Qué es lo que hacen, en realidad.

Nos gustaría mirar por los entresijos de su existencia y, con los ojos iluminados por la claridad, adentrarnos en el misterio de lo que se mueve detrás de tanta actividad aparente, de ese cúmulo de elogios desmedidos, de la inmensa capacidad de liderazgo que se les atribuye. A estos preclaros titanes de la humanidad, de los que nuestra Historia reciente nos obsequia a millares, les preguntaríamos, mirándoles a los ojos, con la fuerza penetrante de lo coherente: Tú, ¿De qué vas?. O mejor aún, ¿Sabes a dónde te llevan? ¿Has olvidado, acaso, de dónde vienes?

Sobre el futuro de las Cajas de Ahorro

Cuando se habla o escribe de la situación atípica que en la Unión Europea representan las Cajas de Ahorro, se suele omitir que la cuestión no proviene de una singularidad original de estas entidades, sino de que son el último reducto de una anomalía financiera.

El propósito de dotar de un objetivo social a la circulación de los dineros que fuera capaz de ahorrar una colectividad, encajaba con la genuina doctrina católica de los primeros siglos. Era inadmisible pedir intereses a quien necesitara dinero para sacar adelante su familia, porque los buenos cristianos deberían ayudarse y ya se obtendría la recompensa en la vida eterna, en bonos miríficos. Cuando el protestantismo puso algunas cosas en su sitio, introduciendo pragmatismo de mercado a la devoción sobrenatural, se perfeccionó el modelo de préstamo con rentabilidad a los necesitados de la colectividad.

¿Cuál es la diferencia entre una Caja y un Banco? Pues en realidad, son dos, y ambas muy peligrosas para la primera entidad. Los consejos de administración de las Cajas se articulan en torno a representantes de las Administraciones públicas -regionales y locales-, que tienen la mayoría o un peso muy importante en ellos (incluso superior a la representación de los impositores) y, en segundo lugar, han venido desplegando una función social, de ayuda preferentemente al desarrollo local, a las pymes e iniciativas regionales y a la promoción de viviendas de bajo coste.

La banca privada ha renunciado a meter sus pies en el sector industrial, porque las pocas veces que lo ha intentado, ha salido trasquilada. Aunque los  Bancos más conocidos tienen algunas participaciones en grandes grupos empresariales, no existe en España una verdadera banca industrial. Los Bancos han preferido recolectar pasivo con bajas remuneraciones y prestarlo -con mayor o menor prodigalidad- a empresas y particulares. Incumpliendo, por supuesto, el mandato evangélico, al exigir tanto menores intereses cuanto más solvente (más rico) fuera el destinatario y favoreciendo, en general, al grande -en fauces y apetito- antes que apoyar a los chicos -que constituyen el cardumen empresarial-.

Las Cajas de Ahorro han seguido, frente a este camino por el diablo de la ambiciones capitalistas, una dirección errática o no uniforme. Algunas han ido perfeccionando y extremando sus mecanismos de control y reduciendo la libertad para organizar aventuras peligrosas de hipotético desarrollo regional, que estaban reduciendo su solvencia en el altar de las ambiciones políticas, y se han adaptado para funcionar como entidades financieras más puras y duras.

Otras, han seguido sirviendo de instrumento apetitoso a la ambición del político de turno de disponer de un dinero calentito, cuyo empleo sería supervisado por amigos correligionarios, con el que poner parches a los problemas de las empresas locales, crear instrumentos de posible promoción regional que aglutinaran a las fuerzas vivas, cuando no la construcción y ventas a plazo de viviendas de protección oficial, muchas de las cuales retornaron en los últimos años como activos enfermos cuando los beneficiarios no pudieron cumplir sus obligaciones crediticias.

El cuento de la lechera regional se acabó, aunque, justamente, una de las Cajas que mejores ratios presentan es Cajastur, que participa como socio de referencia en la Central lechera asturiana. Como hemos seguido desde hace tiempo el funcionamiento de esta Caja, podemos decir que, a pesar de sus indubitados sesgos políticos, se ha mantenido, entre tempestades y tensiones, con una gestión profesional (y, además, ha tenido suerte).

La crisis económica ha supuesto acelerar la necesidad de conversión de las Cajas de Ahorro a entidades financieras como cualquier otro Banco. Lo único que ralentiza el proceso es que, a pesar de las declaraciones apresuradas del Gobierno español de que el sistema bancario propio era de inquebrantable solidez, resulta que, en verdad, la estructura financiera del Estado está actualmente en entredicho, y la pérdida de solvencia pública mueve los cimientos de la Banca, y recíprocamente.

Con la disipación de las nubes del optimismos, ha aparecido como afectada la credibilidad de todo nuestro sistema bancario -orgullosa e innecesariamente restregado ante las narices ajenas, sobre todo, alemanas y franceses-. Pero, además de la penosa situación de ver el control de las cuentas nacionales cuestionado, lo más peligroso es que, por los síntomas, aún no conocemos exactamente las verdaderas necesidades y posibilidades de fondos para tapar completamente el agujero -si de tamaño detectado, aún no confesado- en el que están metidas las hipotecas podres, los préstamos alegremente concedidos, las revalorizaciones de activos, las inversiones que ya nunca serán rentables, los efectos de los compromisos de alta rentabilidad para remunerar pasivos que no hay donde emplear,  y, en fin, los bonos basura propios y ajenos.

La dimisión de Quintas como presidente de la Confederación de Cajas de Ahorro ha abierto una dura polémica interna acerca de lo que se puede hacer con las Cajas de Ahorro españolas. Los expertos bancarios -algunos de ellos, advenedizos a la gestión de las Cajas- parecen coincidir en que hay que reducir su número a poco más de la veintena, y extremar los mecanismos de control de riesgo, calificando a éstos con criterios totalmente profesionales, y dotando corrrespondientemente las reservas.

Se dice que Isidre Fainé, candidato en la sombra para suceder a Quintas es la persona capaz de movilizar esa reforma, siguiendo el modelo de la Caixa y apoyándose en su gran experiencia empresarial. Aunque, para nosotros, la cuestión no está en las ideas de lo qúe hay que hacer, sino en cómo hacerlo.

 

Sobre la ética y la lógica de la selva

El profesor José Antonio Marina fue invitado por Merco, que presentaba el informe anual con su ranking de empresas y ejecutivos, a pronunciar una conferencia sobre Etica empresarial.

Marina aprovechó la ocasión para dar al público asistente, una magnífica combinación de su frasco de esencias de pesimismo positivista. Combinando anécdotas con apreciaciones filosóficas y pragmáticas, defendió los deberes éticos como elemento sustancias del proyecto que permitiría, de tener éxito, a la Humanidad salir de la selva.

Los deberes éticos aparecerían como deberes "de proyecto", diferenciable de los deberes de sumisión (los deberes legales, por ejemplo, que deben cumplir las empresas obligatoriamente), y los de compromiso (en los que, igualmente como ejemplo, se prometen a los accionistas, clientes o a la sociedad ciertas prestaciones no obligatorias, pero que serían exigibles en virtud de esa promesa)

"Nuestro  proyecto es muy  raro; supone que el fuerte y el débil tengan los mismos derechos: que todos los seres humanos tengan los mismos derechos, o la misma dignidad...". Con la crisis económica, -dijo- se habló también de la crisis de valores éticos y de que se podría aprender de su superación. Marina fue contundente: "No vamos a aprender nada de ética de la crisis. En épocas de prosperidad, el capitalismo salvaje funciona de forma estupenda, aunque como no es perfecto, es necesario que, de vez en cuando, el Estado tenga que acudir a reflotar la economía de mercado".

Las cuatro instituciones en las que descansa el proyecto humano "son suicidas, a no ser que todas ellas se integren en un marco ético". Porque el sistema de mercado es el más eficiente desde el punto de vista económica, y la racionalidad científica, la innovación tecnológica y la democracia política, consideradas de forma independiente, son aparentemente perfectas. Pero, abandonadas a su propio crecimiento, conducen al colapso ético.

Los ejemplos propuestos por Marina son muy claros. La ley contra los monopolioos no es una ley económica, sino ética. El contrato laboral, que se construye desde el reconocimiento del desquilibrio entre empleador y trabajador, proviene de razones éticas. La racionalidad científica no entiende de dignidad. Para la ciencia somos un primate con un cerebro algo más elaborado. Igual consideración le merece la tecnología "que vale lo mismo para un barrido que para un fregado" (desde el punto de vista ético, se entiende) y la democracia, que si no está sometida a leyes éticas, supodrá que la mayoría se coma a la minoría.

El conferenciante vierte optimismo sobre su discurso al afirmar que cree que "acabaremos viendo el triunfo de la ética, porque todo lo que hacemos está en relación con la felicidad, que es la armoniosa satisfacción de nuestros tres grandes deseos: el de la comodidad, el de contar con una vinculación afectiva satisfactoria, y el de sentir que progresamos".

Con la cita a Max Aub pidiendo para su epitafio la inscripción "Hice lo que pude", y que se aplicó a él mismo e invitó a que sirviera de modelo vital para todos, José Antonio Marina terminó su conferencia despertando el fuerte aplauso de la sala.

La presentación del ránking Merco, que realizó su inventor e impulsor, el también profesor Justo Villafaña, y que consagraba este año 2010 a Telefónica como la mejor empresa española, objetivo principal de la reunión, tuvo un carácter inevitable de telonero de la estupenda intervención que lo precedió. Emilio Botín se clasificó como mejor empresario y su hija, Ana Patricia, fue la mejor catalogada de entre las mujeres. 

Cabría decir, a la vista de los resultados, que el binomio virtuoso empresas-empresarios distinguidos, -detectados por este índice que mide, fundamentalmente, la RSC (Responsabilidad Social Corporativa), y, dentro de ella, la ética empresarial-, tiene también inequívocos aires de familia.

Troncos familiares y talantes empresariales que, aunque, como denunciaba Marina, "la crisis ha desfondado la reputación ética en general, desacreditando la RSS", siguen siendo referencia.  Sin olvidar que, en esto de la ética y la responsabilidad social corporativa, ..."todos somos partidarios".

Sobre los que nos salvarán de la crisis

Los que nos sacarán de las crisis:

No estarán entre los empresarios de entidades que llevan años en suspensión de pagos enmascarada y que defienden el despido libre de trabajadores a los que deben varios meses de salarios, ni entre los sindicalistas que reivindican sueldos más altos y vacaciones más largas sin preocuparse de los números de las empresas y de su productividad y que olvidan que los que más necesitan apoyo son los que no tienen trabajo.

No estarán entre los gobernantes que crean que la salida a la crisis económica está en impulsar sectores subvencionados muy poco intensivos en mano de obra o en mirarse en el ombligo de sus posturas iluminadas, ni entre partidos opositores cuyo principal argumento sea llevar la contraria a cualquier propuesta que venga de los otros, sin incorporar a su discurso las ideas de una sociedad civil cada vez más distante.

No estarán entre los funcionarios que no perdonan por nada del munso su larga pausa de bocadillo a media mañana, protegidos por sus plazas fijas a viento y marea de las crisis, sin importarles que en el mundo real llueva o truene y sin dar importancia a que la cola de ciudadanos esperando a que les atiendan para que resuelvan sus peticiones de información, de varias vueltas a la manzana, o que desaparecen un par de semanas "porque tienen depresión" o, tal vez, alegando que aún tienen pendientes de disfrute varios días de vacaciones y permisos, amparados en que nadie les controla con rigor ni su actividad ni sus rendimientos.

No estarán entre los desempleados sin derecho a cobrar el paro, ni entre quienes nunca han tenido un empleo, ni entre los inmigrantes irregulares ni entre todos aquellos que, necesitados de llevar algo que comer a sus bocas y a las de sus familias, están dispuestos a hacer cualquier trabajo por cualquier dinero en cualquier momento.

No estarán de la mano de quienes se han lucrado con la especulación inmobiliaria, ni con los que ocultan los beneficios que no han declarado al fisco en paraísos fiscales y colchones reales o ficticios, ni surgirán de los corruptos de cualquier naturaleza, ni de quienes sustentan negocios de prostitución, droga o receptación, ni de sus explotados, ni de sus clientes ni de los que toleran su proliferación desde su malejercida autoridad, argumentando que carecen de medios suficientes.

La crisis se resolverá, mal que nos pese, cuando quienes mantienen intactas sus disponibilidades económicas, a la espera de mejores oportunidades crean, que deben, por fin, comprar, antes de que el vecino se aproveche de las ventajas.

La crisis se resolverá cuando los miles de emprendedores que siguen dedicando muchas más horas de las que posee una jornada laboral normal, sin preguntarse por condiciones ni obsesionados por el corto plazo, sin escatimar medios propios ni de sus familias, consigan al fin que sus empresas generen un entramado de clientes y proveedores confiados y solventes, en otros tantos miles de brotes verdes en la economía real, allí donde, a lo peor, nadie está regando apoyos ni atención.

La crisis se resolverá porque millones de trabajadores manuales e intelectuales no habrán dejado de aportar todo lo que saben para que la producción no decaiga, manteniendo en servicio instalaciones que aún no han sido amortizadas, procurando que el coste de los productos sea cada vez menor y la calidad más alta, aún siendo conscientes de que lo que ganan no guarda relación con lo que merecen.

La crisis se resolverá por miles de empresarios, y sus directores y técnicos seguirán arriesgando su dinero, su tiempo y un futuro más apacible, en la realización de sus ideas y de proyectos, a los que dedican cuanto tienen, sin preocuparse más que por hacerlo cada vez mejor.

La crisis se resolverá gracias a los investigadores, maestros, funcionarios, jubilados, intelectuales, políticos, independientes, amas de casa, técnicos, médicos, etc., etc,  que se concentran cada día en su trabajo, haciéndolo lo mejor que saben y pueden, sin emplear lo mejor de su tiempo en lamentarse por lo mal que están las cosas.

La crisis se resolverá debido a los bancarios y banqueros que olviden el beneficio a corto plazo, la especulación, las matemáticas financieras que consumen hoy el rendimiento futuro que no tendremos, y apoyen los proyectos serios, impulsados por profesionales competentes y en sectores necesarios, no en fantasías empapeladas en oropel y colores engañosos.

La crisis se resolverá, desde luego, porque necesitamos seguir viviendo y, para ello, tenemos que consumir y, preferentemente, consumiremos lo que más nos gusta. Y, si además, ayudamos al vecino a sostener su negocio, en lugar de comprar lo que necesitamos en la multinacional cuyo dueño carece de cara y ojos, mejor.