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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Economía

Sobre los ciclos en la economía, ingeniería financiera y burbujas

Los ingenieros nos negamos a denominar ingeniería financiera a las operaciones matemáticas que, en lo fundamental, arriesgan o juegan con las previsiones del futuro : a)  en unos casos, actualizan, otorgándoles un valor presente, los resultados inciertos de una actividad; b) en otros, pactan operaciones especulativas con los valores que se cree tendrán, al cabo de un tiempo determinado, ciertas mercancías.

Para llevar a cabo estos hipotéticos negocios económicos que no precisan más que lápiz y papel en muchos casos, se han perfeccionando fórmulas y siglas cuyo propósito más claro es enmascarar la realidad y complicar el análisis de los datos, de forma que las operaciones resulten opacas y su supervisión, muy difícil.

El estupendo (y algo aburrido) documental Inside Jobs, -de Samuel Ferguson- ilustra de forma muy clara acerca de la conspiración prácticamente sistemática que, con ayuda de la ingeniería financiera, realizan los delincuentes de guante blanco (esos cuya especialidad son los delitos económicos, los más difíciles, no ya de descubrir, sino de imputar y aún más de penalizar), en favor de los que más tienen y, llevados por su avidez -greediness- irrefrenable, más quieren.

Las personalidades de alguno de esos cerebros del delito, y no solo cómplices necesarios, -es frecuente que aquellos a quienes sirven no entiendan, ni se preocupen tampoco de entender, la forma en que sus eficientes directivos atraen dinero para los negocios de los que son propietarios-, ha quedado bien reflejada en el documental.

Aunque los personajes que se presentan en él son norteamericanos, el mismo perfil puede encontrarse en cualquier otro país desarrollado: políticos sin escrúpulos mezclados con compañones inocentes, profesores de prestigio académico dispuestos a dar el salto a la opulencia sacrificando la verdad, funcionarios a los que se les paga por controlar el cumplimiento de las reglas del mercado que, por propios intereses y los de sus mentores, cantan en un sitio y ponen los huevos en otro.

Se puede escribir mucho sobre la situación, repetida una y otra vez en los ciclos económicos y ahora, con los instrumentos que proporcionan la informática y las comunicaciones, reproducible en períodos mucho más cortos, pero la verdad de fondo no cambia: las burbujas son sustanciales al mercado, por razones intrínsecas y extrínsecas.

En lo intrínseco, porque los desajustes entre la oferta y la demanda tienden a ser crecientes, porque los ofertantes propenden a agrupar sus intereses, consolidando o configurando oligopolios, en tanto que los demandantes lo tienen siempre más difícil. En lo extrínseco, porque los que están en la cúpula de la oferta remuneran mucho mejor a sus empleados de mayor nivel, y captan a los más ladinos, reafirmándoles en la rentabilidad de la doble moral.

Protegidos por una maraña inextricable de poderes afectos, falta de escrúpulos, empleados fieles, refugios fiscales y personajes interpuestos, los beneficiados reales de las burbujas no arriesgarán ir a la cárcel, ni siquiera es fácil descubrirlos. Ellos tienen las manos limpias, son inocentes. Por supuesto, nada perderán, al estallar la burbuja, pues sus fieles empleados, habrán recogido los resultados del espectáculo financiero que han generado.

¿Se imaginan cuál es el núcleo duro en donde refugian sus riquezas? ¿En empresas de nuevas tecnologías, en investigación, en desarrollo? No sean Vds. inocentes.

En bienes inmuebles, en terrenos, en edificios, en materias primas. En lo que será siempre necesario.

Tras los cristales

No podemos dejar de imaginarnos al grupo de ricos muy ricos, mirando tras los ventanales de sus caldeados palacetes, en bata de andar por casa, a millones de anónimos individuos que, mal pertrechados, corren de un lado a otro, tratando inútilmente de guarecerse de la tormenta.

Parecería la filmación de una escena de película, porque, si el observador fuera capaz, como esos "ricos muy ricos" de contemplar la situación desde fuera, advertiría que, aunque para esos millones de personas el frío y la lluvia, y el riesgo de que les caigan encima los cascotes o los rayos, es real, hay un tercer grupo de personajes que se encargan de crear la escenografía.

Es el suyo un trabajo delicado, un inside job (1). Desde lo alto de las tramoyas, los especialistas en generar tempestades, vientos o tiempos bonancibles, según convenga al guión, están ahora vertiendo truenos, relámpagos y granizo sobre los pobres desgraciados.

Sin necesidad de recurrir a ninguna metáfora, podemos descubrirnos rodeados de especialistas en escenografía. Desde ilusos convulsivos hasta pelotilleros viscosos, pasando por mentirosos sin escrúpulos, todos estos miserables que nos quieren convencer de lo que no es, nos toman por imbéciles, por incapaces de discernir que, aunque consigan hacernos mucho daño, estamos por encima de sus maquinaciones, porque -al fin y al cabo- sabemos para quiénes actúan y porqué lo hacen.

Y ese conocimiento nos sirve de consuelo, nos hace, mentalmente, libres.

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(1) El lector ya se habrá dado cuenta, suponemos, que estamos referiéndonos al guión de una película real, magníficamente recogida por Charles Ferguson, y en la que nos ha contado, con la voz y el rostro de los personajes verdaderos, nuestra propia historia de crisis y miseria. "Inside jobs" son los delitos cometidos por quienes tienen puestos de confianza. 

En el país de los brotes verdes: incapacidades, complacencias y parados

A finales de marzo de 2011, en lo que parece convertirse en una reunión periódica -puesto que ya van dos- entre el presidente del Gobierno y los más cualificados empresarios españoles para comentar cómo van las cosas, se consiguió suficiente consenso para difundir que la situación se va aclarando.

Lo primero que viene a las mentes, oyendo hablar otra vez de brotes verdes y de síntomas positivos de que se va por la senda de la recuperación, es el chiste aquel en el que un infeliz, agobiado por las deudas, pedía al que le auguraba: "Ten confianza en que todo va a mejorar", una precisión pertinente: "¿Mejora de mejorar o mejora de mejoder?".

Mientras caminamos de complacencia en complacencia por los bordes de un precipicio, es imprescindible preguntarse porqué estamos tan afectados por una crisis que no hemos provocado y para la que no hay razones -fuera del sector inmobiliario- para entender que haya destruído los cimientos sustanciales de nuestra economía.

Habrá que coincidir con los consejeros aúlicos del presidente Zapatero, conviniendo en que las empresas que conforman el IBEX-35, en efecto, no van mal. Sus beneficios colectivos en 2010 han sido de 51.637 millones de euros, cifra que mejora en más de un 24,7% las del año precedente.

Telefónica es responsable de aproximadamente un 20% de ese resultado, y, junto a Banco de Santander, Repsol-YPF, BBVA e Inditex, concentran el 63% del beneficio conjunto de los mayores barcos del mar económico español.

Las empresas del IBEX daban empleo en 2006 a 1,15 millones de personas. Al día de hoy, las confusas y heterogénas cifras oficiales (ha habido cambios en el número de empresas y múltiples operaciones de fusión, adquisición y absorción) apoyan que las grandes empresas españolas mantienen -ERE arriba o abajo- el número de sus plantillas.

La información disponible no es, an absoluto, transparente, y llega de forma tardía, no ya a los análisis académicos (que no importan mucho, la verdad, ¿qué consuelo produce saber que el 20% de los empleos creados para discapacitados hayan sido generados por un grupito de ibexantes?), sino a los políticos y sociales.

Estamos asistiendo en España a un proceso de concentración de actividad en los grupos de capital más importantes, a costa de una caída que se convierte aceleradamente en no recuperable de entramado empresarial, por destrucción de las pymes. Son estas empresas, las que se mueven en la parte baja de los sectores, las que los sostienen localmente, y es en ellas en donde se refleja mejor el dinamismo de las estructuras económicas.

Los ministros y los factores principales de esa parte de la economía del país que mejor aguanta las crisis, (y que, por ello, componen el Ibex: servicios básicos, vestido, alimentación y financiación de bajo riesgo), podrán ver ilusionados brotes verdes en el alféizar de las ventanas de sus despachos, pero no hay muchos vestigios de vegetación en las calles.

El 85% de la economía real sigue enmerdada con los restos de un tsunami que no ha provocado y del que no se les ha avisado. Ningún consuelo ofrece que desde esas centrales de sabiduría de alto nivel se les indique que se han podido poner en marcha nuevamente los reactores, porque hay sospechas de que nunca han estado parados, sino solamente al ralentí, atentos a fagocitar a los pequeños más rentables.

Menos beneficios en los grandes y más respeto al trabajo y esfuerzo de los pequeños.

Conseguir bajar los precios de proveedores agobiados por llegar a fin de mes y estar atentos a fagocitar, antes de que crezcan lo suficiente para constituir un peligro, los proyectos que apuntan sólidas buenas maneras, no merece el premio de un bonus. Tampoco sirve para garantizar la salvación de aquéllos, la opinión de ejecutivos que se empachan con las grandes cifras de la economía, tomando café con pastitas en despachos desde los que dan las órdenes oportunas para regar sus jardines, procurando diferenciarlos bien del territorio contaminado de la lucha por la supervivencia.

Sobre las agencias de medición de riesgos

La agencia de riesgos Moody´s está campando a sus anchas por la cacharrería de las finanzas, cambiando los precios de los artículos, y colocando carteles de "producto estropeado" o "artículo en liquidación", para consternación de los tenderos del negociete con el que pretendemos sostener nuestra economía global.

Debiéramos saber que el principal muñidor de los informes que publican con pasmosa insolencia los analistas que trabajan para la agencia es el Sr. Buffett (Warren), que es uno de los clientes más importantes de la tienda. Este reconocido filántropo de sí mismo es accionista mayoritario y presidente de Berkshire Hathaway, la empresa que controla Moody´s.

Tiene, por tanto, sólidas razones para afirmar rotundamente, el Sr. Buffett, que "cuando bajan las aguas se reconoce los que van en calzoncillos" (o algo así) o que "el momento es muy propicio para hacer buenos negocios".

Sus tarascadas a las economías con mayor endeudamiento, precisamente por ser las que hace pocos años ofrecían mejores posibilidades de crecimiento, no tienen más objetivo que recoger los frutos maduros de sus actuales necesidades financieras, convirtiendo en oportunidad de hacer caja a coste bajo con las joyas de la corona de los desgraciados contribuyentes e inversores que confiaron en que formaban parte de un escenario solidario.

Llueve sobre mojado, pero se sigue venerando a estos popes del engaño. En 2006, Moody´s no tuvo escrúpulos, condenando a muchos inversores a la ruina, en dar su máxima nota, triple A, a más de 9.000 títulos inmobiliarios, que cayeron a nivel de bonos basura en un 80% con la crisis.

El análisis de los accionistas de McGraw-Hill, la otra agencia "prestigiosa" en la elaboración de ratings de solvencia, conduce a parecidos callejones de oscuridad. Aunque se defiende su independencia, argumentando que son accionistas del invento economistas y analistas sin compromisos externos, la realidad es que solo un 2% de las acciones son controladas por ejecutivos de la agencia, siendo el mayor propietario, el propio McGraw-Hill (Harold).

El mayor inversor en McGraw-Hill es The Capital Group Investments, una agrupación de intereses capitalistas con control sobre más de 3 billones de dólares, repartidos en prósperos negocios.

Si se deseaba tener una visión real acerca de quién controla, desde las añagazas del poderío económico travestido de bonhomía, los entresijos de las finanzas mundiales (que son, no hará falta explicarlo, los de nuestros maltrechos deseos de bienestar), aquí quedan estos sencillos ejemplos.

Votaremos gobiernos, confiaremos en que las medidas que adopten los dirigentes políticos redunden en nuestra tranquilidad y sirven para compensar nuestros esfuerzos, pero la realidad -oculta en la bruma de la codicia- nos mostrará, una y otra vez, que somos juguetes de los intereses de unos pocos.

Cuando a esos verdaderos poderosos que se lucran con las plusvalías que generamos con nuestro trabajo, les apetezca cambiar las reglas de juego para chupar con más comodidad nuestros humores, solo nos quedará confiar en que nos dejen suficiente energía para recuperarnos de las cenizas con las que nos habrán devastado, por enésima vez, nuestras tiendas de campaña.

Eso sí que lo harán, porque, por supuesto, dependen de nosotros, de lo que seamos capaces de construir, atentos ellos para echárselo al coleto cuando entiendan que es llegada su hora de colecta.

Hacia un nuevo modelo económico, pero ¿cuál? (y 3)

(El lector interesado en adquirir la visión completa de lo expresado en esta serie de 3 Comentarios, debiera leerlos por el oden en que han sido presentados).

3. En un escalón inferior, aunque con imbricaciones en los anteriores, especialmente en el relacionado como segundo grupo, se encuentra un ya numeroso conjunto de empresas en actividades productivas, de transformación y de servicios, con orientación clara hacia los mercados locales, y en los que tratan de conseguir las mayores cuotras de mercado posibles.

Estas empresas, cuyos centros de decisión son, -en el contexto europeo-, fundamentalmente alemanas y francesas (pero también cuentan con representantes cualificados de casi todos los demás países, si bien con especializaciones, en general, resultado de la evolución histórica), han ido apoderándose de los mercados de distribución de productos agroalimentarios y de consumo, así como de casi todos los sectores de ocio, de la moda, del arte, de la cultura, en general.

La fórmula ha sido sencilla: ahogar con bajos precios circunstanciales a los líderes zonales y adquirir un músculo mínimo adquiriendo empresas de tamaño intermedio, para, conseguido una cuota sustancial del mercado, fijar márgenes alterando a voluntad los precios de venta del miz de su oferta, para que ni la competencia ni el consumidor tengan fácil la comparación.

Tenemos algunos ejemplos (muy pocos) de "empresas españolas" que están jugando sus cartas en esta división, si bien, al analizar en detalle los retornos reales de las cifras de ventas en relación con las de producción, la valoración puede no ser tan optimista, ya que han ido desplazando, forzadas por los costes crecientes de la fabricación local, sus centros de fabricación hacia países en donde el proceso es más barato, subcontratando allí la mercancía de acuerdo con las amplias posibilidades que ofrece una demanda lanoral creciente, y, sin olvidar, por supuesto, en el análisis, que los escrúpulos decaen ante la necesidad de subsistir y siempre se pueden adornar con informes y memorias de sostenibilidad y preocupación ambiental.

En el sector agropecuario, base, sino de la economía, si del empleo autónomo, en un país tradicionalmente agrario como España, los efectos han sido letales. Los grupos de producción y distribución locales, tanto en los sectores lácteo, como ganadero, han sido absorbidos por los grandes del sector, y los precios de compra han forzado al pequeño productor a vender a bajo coste, generando situaciones de explotación que los aproximan a un nuevo lumpen proletariat, además de haber provocado la desertización, por abandono, del campo.

Los comerciantes locales, incapaces de competir con las grandes cadenas de distribución, han desaparecido. Solamente los neo-empresarios orientales, con un concepto de negocio peculiar, con empleo y dedicación familiar, asumiendo horarios, cargas de trabajo y pretensiones económicas incompatibles con el estado de bienestar que presuntamente habíamos creado, han podido establecer una red de comercios cuyas características son bien conocidas (largos horarios, bajos salarios, productos a muy bajo precio y mala calidad, precios basados en aprovechar la oportunidad o la necesidad, etc.).

4. Ya avanzando hasta llegar -casi- a la base empresarial, se encuentra toda una multitud de empresas y actividades de autónomos (también clandestinas, irregulares o inconfesables) que conforman el dinamismo heterogéneo, vital, del magma de la estructura económica del país.

Todo un conjunto variopinto, no fácilmente clasificable -aunque existen, por supuesto, órdenes posibles, categorías, ramas...- de respuestas para cubrir necesidades de los seres humanos de la colectividad, o inventarlas. Son empresas, en su inmensa mayoría, de menos de 20 empleados, que dependen del esfuerzo, a menudo descomunal, de sus creadores, autoempleados generalmente en ellas, y que luchan por subsistir, frente al mercado, las adversidades, siempre con la esperanza -alcanzada en un porcentaje que, de divulgarse, sería desalentador- del éxito final.

Se dice, por ejemplo, que para generar 5 millones de puestos de trabajo (que necesita, en relación con la población activa desempleada) la economía española, se necesitarían seguramente del orden de 1 millón de empresarios. Es decir, otras tantas iniciativas singulares. ¿Se imaginan lo que esto significa, en relación con el panorama que hemos dibujado?

Quizá los mismos que han hecho esa reflexión piensan que no cabe esperar generación de empleo de los demás grupos de la pirámide, empeñados en la deslocalización y la reducción de fuerza laboral, a la espera a que las aguas de la crisis se tranquilicen.

Aquí es donde la sociedad civil tiene obligación de respuesta. Porque no se trata de que la necesidad obligue a crear muchos restaurantes, muchos comercios al detall, muchas tiendas de la esquina, o a que emprendedores sin información se empeñen (en sentido literal) en sacar adelante una idea que imaginan les sacará de pobres.

Solo una formación académica seria, una información de oportunidades veraz, una orientación diligente, y esos otros múltiples factores que ayudan a que un proyecto se tenga en pié, tienen aquí valor. Es una lástima que la Universidad, los Centros de Investigación públicos, los foros de creatividad, la comunicación de necesidades y oprtunidades, no jueguen el papel que se espera de ellos.

Porque, en nuestra opinión, hay que reconstruir la pirámide desde abajo, desde la base. Sostener lo que sea aprovechable, imprescindible, útil, y avanzar, como una lanza, hacia arriba, poniendo en claro lo que nos están ofreciendo, y en qué los necesitamos, los grupos que, desde más arriba de la pirámide, nos contemplan como elementos del mercado, como usuarios o compradores potenciales, y no como elemento central de la sociedad, en la que vivimos para ser más felices, no para que nos utilicen en la felicidad de otros.

No estamos en la filosofía de sálvese quien pueda, sino en la teoría de que todos somos parte de la solución y solo unos pocos no están preocupados por el problema.

Hacia un nuevo modelo económico, pero ¿cuál? (2)

(Este Comentario es continuación del anterior, que debería leerse antes, para su más perfecta comprensión).

2. En la parte inmediatamente colindante descendiendo desde la pirámide de poderes económicos, se encuentra un grupo de empresas, también multinacionales, que operan en sectores que pudiéramos llamar de transformación con mayores valores añadidos (mayores valores desde la perspectiva del beneficio para ellas).

Su funcionamiento se asemeja bastante a un sistema oligopolístico, en el que se hubieran pactado normas de no agresión, respetando ramas de producción completas entre sí.

Quizá lo más curioso de este grupo es que operan bajo condiciones de disponibilidad de los conocimientos tecnológicos avanzados que garantizan la persistencia de su dominio de la situación.

En sus consejos de administración, se sientan representantes de otros holdings empresariales, junto a supuestos consejeros independientes, que deberán garantizar que fluye hacia ellos la información relevante para seguir tomando decisiones estratégicas que preserven su funcionamiento, y, naturalmente, lo mejoren.

Debido a las grandes posibilidades de recursos financieros que generan sus actividades, aprovecharán especialmente los períodos de crisis para hacerse con aquellas empresas más pequeñas de sus sectores (las ahora llamadas start-ups), que pudieran significar algún riesgo potencial, si se las dejara crecer libremente.

La composición del accionariado de esas multinacionales no excluye la participación de capitales públicos, aunque cabría preguntarse qué intereses defienden en realidad. Se pueden encontrar ejemplos de estas multinacionales en los sectores de la producción de energía y electricidad, en el sector del automóvil y de los aparatos electrónicos y electrodomésticos, aparellaje quirúrgico, en composites, muebles, en los media, minerometalurgias especiales, aparatos militares y productos bélicos y de comunicaciones, etc.

Un efecto importante sobre el mercado del trabajo local que produce la búsqueda permanente de beneficio, es que los gobiernos pueden verse presionados -desde los sindicatos, fundamentalmente- cuando se amenaza con tomar decisiones de cierre de alguno de los talleres de producción, pues sus grandes factorías son generadoras de importantes demandas de fuerza de trabajo (en general, no muy cualificada, ya que los núcleos de investigación avanzada se centralizan en los países de máximo desarrollo, dominantes del contexto geopolítico).

Llueven así, hacia ellas, medidas de apoyo, subvenciones, ayudas y creación de protecciones ad hoc, que pretenden salvaguardar -quién sabe por cuánto tiempo- la permanencia de esos macrocentros productivos en las áreas afectadas. La distorsión que provocan en el mercado de la competencia y en el mercado no precisa mayores comentarios.

Tampoco puede menospreciarse, en absoluto, el efecto de arrastre que tienen estos grupos sobre las economías locales, pues generan una importante capacidad de contratación y subcontratación a su alrededor, produciendo el efecto de alineación sobre la economía regional, que queda convertida en dependiente de sus encargos, resultando prácticamente de reconversión imposible, por la especialización a que se han visto abocadas, cuando desaparecen los pedidos de las empresas de cabecera, obligándolas a su cierre inmediato. 

(seguirá)

Hacia un nuevo modelo económico, pero ¿cuál? (1)

Dejemos la ortodoxia, el análisis sistemático, la pomposidad del lenguaje. Utilicemos la intuición, nacida de la observación subjetiva, pero culta, de lo que está pasando en la economía global.

Muchos expresan que es necesario un nuevo modelo económico, presuponiendo que habrá alguna fuerza superior capaz de imponerlo. Qué ilusión. El nuevo modelo económico, surgido de la transformación controlada de las estructuras existentes, hace ya tiempo que se instaló entre nosotros.

Y estos son sus elementos principales:

1. Férreo control de las grandes líneas de producción básica (minería, materiales, energía, agua, medios de transporte, etc.) por macro-empresas multinacionales, en régimen de monopolio u oligolopolio imperfecto. Con la misma estrategia, se han configurado los líderes absolutos de otros sectores relacionados con nuestra idea de bienestar: producción de fármacos, tecno-medicina, alta tecnología, investigación de alta calidad, producción de los llamados bienes culturales, información, etc.

En algunos casos, el  capital de estas empresas, con capacidades de actuación muy superiores a la mayoría de los Estados, parece encontrarse en manos de personas físicas, de familias que han tenido éxito desproporcionado en sus planteamientos de negocio.

No nos debemos engañar. Estos detentadores masivos de capital y, sobre todo, de capacidad de decisión, reúnen muy variados intereses económicos de fuerte potencial, y sus líneas de actuación concretas son confiadas a ejecutivos muy capaces y excepcionalmente bien pagados, cuyos bonus estarán ligados a la obtención de beneficios, lo cual se convertirá en garantía de proseguir aumentando el control global para los accionistas, que adoptarán, gracias a los lazos de intereses que les unen, las grandes directrices.

No hay porqué imaginar objetivos altruistas, ni capacidades sobrehumanas. En los consejos de administración de esos mastodontes empresariales, se sientan individuos de lo más normal, con comportamientos éticos y personales que no están -ni tienen porqué estarlo, claro- precisamente dirigidos por la idea iluminada de aumentar el bienestar colectivo, salvo que se traduzca en lo que puede medirse: dinero, bienes, poder.

La utilización eficiente de la visión económica, de disponibilidad de materias primas, de recursos, de vacíos legales, de más favorables ambientes laborales y políticos, no se detendrá. Puede que, para tranquilizar las conciencias de sus nichos de clientela más exigente, se esfuercen en presentar brillantes informes de sostenibilidad y atractivas memoria ambientales. Será una posición pasajera, zonal, y, por tanto, simbólica, pues faltará la supervisión global de sus actuaciones.

En realidad, no tendrán (no tienen) empacho en combinar sedes oficiales, filiales o participadas en paraísos fiscales, manejar la economía sumergida donde haga falta y, por supuesto, alimentar la corrupción de los tomadores de decisiones, con poder suficiente para retirarlos del mercado de trabajo si oponen alguna resistencia.

Sus medios de actuación directos para incrementar la rentabilidad serán siempre los clásicos: reducir personal, deslocalizar factorías y centros de producción hasta donde los costes sean menores y, también,  incorporando más automatización y extremando los ahorros en los inputs y procesos.

Las consecuencias para los países hoy llamados desarrollados son claras: reducción de empleo y actividad en ellos, que se verá desplazada hacia países emergentes, con mejor disponibilidad de materias primas, mano de obra más barata, y menor control legal y ambiental. Las necesidades financieras no serán la preocupación fundamental para estas multinacionales, pues se encuentran en situación de fijar los precios de mercado.

(seguirá)

Sobre intangibles e invisibles

Llamamos economía sumergida a una parte del conjunto de transacciones que se realizan al margen de los mercados oficiales. Los resultados de esa actividad no se reflejan, por tanto, en las contabilidades que se presentan a la inspección pública, pero forman parte del juego de generación y consumo de bienes y servicios.

Las épocas de crisis son propicias a la proliferación de ese fenómeno y a profundizar en las fórmulas que sustentan el autoconsumo, el trueque no dinerario, el cobro en dinero B y, en general, la ocultación pública de la actividadad que se realiza o que nos realizan.

La economía sumergida no tiene que ver directamente con la utilización de recursos a los que no se da valor económico (por los motivos que sean), como puede ser -aunque ciertamente, cada vez menos, en los países en donde la mayoría de sus habitantes están más concienciados ecológicamente- el aire, la biodiversidad en la naturaleza, el agua, etc,. 

Desde hace ya décadas, se trata de inventar fórmulas para trasladar a las contabilidades oficiales el uso de estas externalidades, bien por la vía de tasas, cánones y, por supuesto, multas. Se avanza muy lentamente, por la resistencia de los sectores empresariales y laborales afectados, y por la gran diversidad de sensibilidades y legislaciones existentes en el Planeta.

Como no existe valor en el mercado para estos intangibles, sino que su coste proviene de decisiones oficiales, las empresas -cuyo objetivo, que se conozca, sigue siendo la máxima rentabilidad y el máximo beneficio- inventan fórmulas para escabullirse, en constante tensión entre la diligencia de los funcionarios, las dotaciones inspectoras, la sensibilidad ciudadana, la imaginación, el coste de las medidas alternativas, la descentralización a países más permisivos, etc.

Junto a los intangibles, están los invisibles, seres humanos a los que se paga bajo cuerda legal -menos de lo que sería oficial- o, sencillamente, no se les paga, porque su trabajo está reconocido a priori como de factura gratis et amore; entre los primeros, se observa el creciente número de extranjeros empleados en las obras de reforma de edificios y viviendas (particulares o no), o haciendo trabajillos y reparaciones aquí y allá -de carreteras, jardinería, mensajería, guardería, comercio, etc-; entre los segundos, se encuentran amas y amos de casa, agricultores sobrevenidos, cuidadores de bebés y ancianos, educadores de niños y adultos, empleados domésticos, de restauración y de abacerías, etc.

Los que se asombran de lo obvio se preguntan cómo es posible que nuestra sociedad española soporte un 20% de paro sin manifestaciones permanentes. No hay estudios, simplemente, elucubraciones. La nuestra es que se está moviendo una economía sumergida que, además de su propia dinámica tradicional, echa mano de los ahorros, de la evasión de impuestos (¡ay, el iva!), de los intangibles y de los invisibles.

 

Sobre lo que queda del año

Sobre lo que queda del año

Lo que queda del año, el 28 de diciembre, desde el punto de vista del calendario son tres días, uno de los cuales es muy importante, porque es el último y, como tal, se celebra en todas partes con una fiesta en la que se bebe bastante y, por tanto, es propicia para entablar nuevas relaciones, tal vez, pasajeras.

Pero lo que queda del año, utilizando la acepción coloquial en español de "poso, resto", es aquello que resulta más significativo de lo que nos ha pasado. Así que, aunque tomamos el título de la muy buena novela de Kazuo Ishiguro (y conocida película de James Ivory, con textos de Rurh Prawer Jhabvala) "The remains (a veces erróneamente identificada como remainders) of the Day", nos estamos refiriendo a lo que ha sido lo más sobresaliente de este año de 2010.

A escala mundial, ha sido un año pródigo en desgracias, que algunos pueden atribuir  a las fuerzas del calentamiento global y otros, a la persistencia con la que se concentran en algunos lugares del planeta los fenómenos naturales y los artificiales (estos, creados por el hombre).

El 12 de enero, Haití fue señalado por la mano de Dios con un terremoto terrible, que provocó dos centenares de miles de muertos -seguramente, muchos de los que tuvieron más suerte- y alrededor de un millón de desplazados, cifras ambas provisionales, puesto que aún no se acabaron de contar al momento presente. Esta desgracia concitó la conmiseración general, viajes al lugar de excesivos políticos prominentes, y acumulación de promesas de ayuda inmediata, que, en no pocos casos, se están esperando.

Vinieron después el terremoto de Chile, y las inundaciones de Pakistán, Perú y Colombia, y las erupciones de Islandia y Filipinas -entre otros acontecimientos naturales-, lo que mantuvo a las fuerzas de la solidaridad atareadas y a los nativos de estos países, en tensión por su supervivencia y la salvaguarda de sus bienes, a menudo, escasos pero imprescindibles. 

Si en desastres naturales estuvo 2010 bien servido, no faltaron guerras, revueltas, tensiones políticas y marginaciones de pueblos enteros. No será posible recordarlos a todos, y sí enumerar, como símbolos de lo mucho que se está deshaciendo en lugares no siempre remotos, Irak, Afganistán, Sáhara Occidental, Costa de Marfil, y, junto a ellos, las guerras particulares de AlQaeda contra todo lo que se mueve en cualquier dirección que no sea la suya, y esas otras, también sórdidas, que se libran desde las guaridas del narcotráfico, la prostitución, o el crimen organizado de cualquier pelaje.

2010 nos dejará, a los españoles, el regusto amargo de una crisis de la que no levantamos aún la cabeza, y que nos pesa en los hombros como plomo, particularmente a los que solo tienen las ganas de trabajar como recurso.

Hay una sensación de desorden en las instituciones, incluso las que nos esforzamos en creer más respetables -desde el gobierno hasta la judicatura, desde los partidos a los sindicatos, desde las iglesias a los empresarios-, y han quedado también al descubierto agujeros con sabandijas de índole diversa, que hubiéramos preferido ignorar: privilegios inconcebibles en salarios, más corrupción en lugares que hubiéramos deseado mantener como ejemplo de honorabilidad, pederastias y vicios en quienes predican ética con una mano y tocan sus mierdas con la otra.

Puede que 2010 parezca un año para olvidar, pero también nos ha dejado alegrías, y no solo en el campo del deporte, que también, porque de enajenados sería no haberse alegrado con las selecciones españolas y sus triunfos internacionales. Hemos tenido medio Premio Nóbel (el hispanoperuano Mario Vargas Llosa), aunque sea en esa categoría de esfuerzo y consumo individuales que es la literatura y, si nuestros centros de investigación no han descubierto nada relevante, parecen estar en el camino, siempre largo y difícil.

Y a ese nivel tan particular que corresponde al entorno inmediato de cada uno, todos habremos recibido nuestra dosis de alegrías y penas, y habrá dado como resultado un balance que resulta muy personal, pero, como todo lo humano, también es en parte transferible, siempre que contemos con espíritus amigos con los que compartir, lo bueno como lo malo.

Esa constatación de no encontrarnos nunca solos es el mejor poso que cada año nos deja para el siguiente, y que transmitimos, como deseo y voluntad de hacerla siempre efectiva, a nuestros amigos, y a todos nuestros lectores.

(Nota.- El dibujo que ilustra este comentario corresponde al título "Mujeres de nuestra tribu", del que es autor Angel Manuel Arias)

Sobre corruptos, premios y loterías

La probabilidad de que a los corruptos les toque un primer premio de cualquier sorteo de la Lotería Nacional es muy alta. Muy superior a la de cualquier otro ciudadano. Al menos, así era hasta ahora en España.

Antes y después de cada sorteo se difunde la especie, sin duda, interesada, de que los premios gordos -en particular, los de los sorteos que se conocen en España como de Navidad y del Niño- tienen mayor predicción por aquellas comarcas que hayan sido recientemente azotadas por una desgracia.

No hay tal, y la relación entre corrupción y premiados era incluso conocida -que no es, por supuesto, sinónimo de reconocida- por el Tribunal Supremo. José Antonio Martín Pallín, magistrado emérito del TS, en la entrevista informal a que le somete Karmentxu Marín (EP 19.12.2010), contesta a la pregunta de porqué el Código Penal es tan benevolente con los corruptos, de esta manera (algo difícil de entender a la primera, y que transcribimos ad pedem literae):

"Lo ha sido. Ahora parece que, el 23 de diciembre, al que le haya tocado la lotería a lo mejor se retira de corrupto, y entra en vigor el nuevo Código, que los castiga más."

Martín Pallín se está refiriendo a la modificación del Código Penal, aprobada en junio de 2010, que, después de una vacatio legis de 6 meses, entrará/entró en vigor el 23 de diciembre de 2010, y que -entre otras modificaciones de variada enjundia- recrudece las penas a los que sean encontrados culpables de defraudar a la Hacienda Pública, en beneficio suyo o de sus empresas, directamente o por omisión del deber de control a sus empleados.

A la vista de esta vuelta de tuerca legislativa (que, tampoco será cosa de olvidarlo, no contó con el apoyo del Partido Popular cuando fue votada en Cortes), podemos vaticinar que, con la nueva redacción de este tipo de delitos económicos, los corruptos que confiaban en la Lotería como forma de blanquear los dineros conseguidos de la ocultación a la Hacienda Pública, pasarán a tener la misma probabilidad de ser premiados -tanto a priori como a posteriori del sorteo- como los ciudadanos cumplidores de sus obligaciones fiscales.

Prácticamente cero. Si juega un décimo, es 0,000011765 (una opción por cada 85.000 números). Tal vez se entienda mejor indicando que el 99,9988 por ciento de las veces no le tocará. Como en el sorteo de Navidad se juegan actualmente 195 series para los 85.000 números, la probabilidad de que el premio Gordo coincida en serie y número con el suyo es de 1 entre 16,6 millones.

Si le toca, le darán 300.000 euros por cada 20 euros jugados (el 1,5 millones por cien, es decir, el 15.000 por 1). Se repartirán 2.300 millones de euros en premios y, si se hubieran vendido absolutamente todos los números impresos, se habrían recaudado 3.315 millones de euros.

Claro que si decide no jugar -ni a la Lotería ni a defraudar al fisco-, la probabilidad de que le toque tanto la suerte como la mano fría de la Justicia será exactamente cero.

Sobre la función social del sistema bancario

Una interesante conferencia sobre el funcionamiento del sistema financiero español, pronunciada en el Casino de Madrid a principios de este frio diciembre de 2010 por el economista asturiano Matías Rodríguez Inciarte, (vicepresidente del Banco de Santander y bancario ilustrado acerca de los flujos y rentabilidad del dinero en España y en otros muchos países), nos da pié a plantear, sino una revisión, una reflexión sobre la función social del sistema bancario, en estos tiempos de auge de la mística de la Responsabilidad Social Corporativa.

Defiende Rodríguez Inciarte que la banca en España se encuentra en una "posición muy competitiva", a salvo de acelerar el proceso de fusión de las Cajas de Ahorros. Las necesidades de capital para saneamiento de eventuales riesgos apenas supera el 1,6% del PIB, muy alejado del 30% que se precisa en Irlanda, por ejemplo.

Aunque no excluye la necesidad de algunos retoques (mayor coordinación internacional, mejoras en la supervisión, paliar la tendencia cíclica del negocio, gestionar mejor la liquidez, y minimizar los riesgos provocados por la crisis, concluye que los problemas fundamentales de España no provienen del sistema financiero.

La reforma del mercado laboral, y del sistema de pensiones, la mejora en el sistema educativo y una mayor disciplina en la financiación de las Administraciones públicas, serían las verdaderas cuestiones pendientes que urge resolver, según este experto.

Duro me lo ponéis, amigo Inciarte, cabría expresar. Aunque expresado con cuatro pinceladas, es deducible de inmediato que a lo que se refiere el vicepresidente del Santander es a una mayor flexibilización en la contratación y despidos, una cambio profundo del actual modelo educativo que supere la tremenda disparidad de formación y su falta de adecuación a las exigencias del mercado del trabajo, y la reducción del endeudamiento de las Administraciones, disminuyendo drásticamente las inversiones públicas financiadas fuera de presupuesto y enajenando, si fuera necesario, algunos activos -fundamentalmente, gestión de servicios esenciales- para que se gestionen desde la iniciativa privada.

Sin discutir la procedencia de esas mejoras en los predios ajenos, hubiera sido de agradecer, para dotar de plena credibilidad al discurso, una mayor autocrítica al sistema bancario español, del que no cabe tanto discutir su saneamiento (lagarto, lagarto), sino su capacidad para coadyuvar al desarrollo económico del país.

Y es en este punto en donde, con los acuerdos de Basilea III o sin ellos, la Banca española presenta uno de los déficit de solidaridad más notables entre los países en desarrollo. Ha huído y huye del riesgo que no esté vinculado a las garantías tangibles, como del diablo. No le interesa el apoyo a los proyectos empresariales, sencillamente, porque no cree en la pequeña y mediana empresa.

Haga usted mismo la prueba. Vaya con el mejor proyecto que se le ocurra al más inteligente de sus amigos, trace el plan de negocio más verosímil que le haya aconsejado el más imaginativo y convincente de sus colegas económicos y presénteselo a su bancario más querido.

Apostamos a que el razonamiento que le harán es el siguiente: "Buen proyecto, bien fundamentado. Pero necesitamos garantías personales. Al fin y al cabo, Vd. tiene que ser el primero en creer en su negocio, ¿verdad?".

Esta obsesión, consecuencia de la escasa cultura de profesionalidad ante la valoración de riesgo empresarial y surgida de la desconfianza y desinterés hacia las líneas de desarrollo socioeconómico del país (o de los países) en el que hace su negocio, es un lastre, no para la Banca, sino para la economía.

Necesitamos banqueros que, en pura coherencia de su deseo de evidenciar responsabilidad social, no solamente nos pidan que les confiemos nuestro dinero para que se lo presten a otros con altos réditos y muchas garantías, sino que sean capaces de hacerlo circular, ayudando y controlando que los agentes más activos creen nuevas líneas de negocio ventajosas para todos, no solamente para los accionistas de los Bancos.

Sobre lecciones de macroeconomía para pobres diablos

Macroeconomía para pobres diablos podría ser el título de un bestseller, en el que se explicara, de pé a pá y a la patalallana cómo diablos funciona esto del dinero, con qué criterios le dan al rabil los que manejan las máquinas de tirar papel que vale mucha pasta y qué pinta tienen los que juegan con nuestra expresada ambición de que nos dejen en paz la mayor parte del tiempo posible, echando dosis de pánico en el frasco donde se cuecen unos indicadores de su malauva y a los que nos han colado en nuestra sala de malestar como índices de confianza.

El mago de la chistera que es el presidente Zapatero ha sacado el 1 de diciembre de 2010 de su fabulosa capacidad para asombrar a extraños y propios la firme decisión, que se plasmará en un acuerdo del Consejo de Ministros del viernes 3, que va a reducir la cartera de empresas públicas, apoyar a las pymes bajándoles algo los impuestos y fastidiar, no hay que suponer la intención, a los parados de larga duración (tosco eufemismo), echándolos a los cocodrilos de la inanición al suprimirles el subsidio.

La medida es, en realidad, el acompañamiento a la decisión del Banco Central Europeo de comprar deuda española a un precio razonable, y a las declaraciones en apoyo de lo bien que lo estaba haciendo el Gobierno de España en el manejo de esta crisis-huracán que tenía que pasar inadvertida por nuestras costas y, por un desgraciado viraje, nos dió de lleno, cuando no teníamos las puertas y ventanas apalancadas.

Ni más ni menos que el correoso Comisario Joaquín Almuna (hablando en español, para que se le entienda aquí), el díscolo presidente del Banco de España (MAFO, por fin advertido de que no le pagan por andar revisando las previsiones oficiales del Gobierno), una anónima subsecretaria del Estado norteamericano (Lael Brainard, enviada para vigilar cómo se hacen las cuentas aquí) y el desconcertado presidente del BCE (Jean Claude Trichet, que conduce el coche económico europeo cambiando de marchas sin percatarse de que está sobre un automático) han aplaudido, alabado y refrendado la solidez de nuestro sistema de producción y flujo del dinero.

La Bolsa española, ante tales declaraciones y augurios, ha dado un rebote desde las profundas simas en las que estaba sumida. El dinero reapareció en los mercados, atento a sacar tajada de estas perspectivas.

En el Manual de macroeconomía para pobres diablos se explicaría que este juego de la Bolsa no es apto para ellos, aunque se cuenta con que se les atraiga para que pongan su dinero en el tapete. Como en otros juegos, desde la Lotería hasta las máquinas tragaperras, los que ganan siempre son los que han fijado las reglas.

Y una de ellas es que, salvo la Banca, todos acaban perdiendo a largo plazo hasta la camisa.

Sobre lo que nos ocultan los economistas y las fricciones en la búsqueda

Si hemos entendido bien, los respetables profesores a los que se ha concedido en 2010 el Premio Nobel de Economía -Pissarides, Mortensen y Diamond- han descubierto que la razón por la que los mercados no funcionan bien es que existen faltas de comunicación entre los agentes.

Esos defectos de información provocan falsas decisiones, fricciones en la búsqueda de las soluciones. Y, en el sector del trabajo, justifican el que haya bolsas de paro cuando, en realidad, existen vacantes por cubrir.

No se han quedado ahí, claro.

Entre los modelos que han analizado, han introducido variables que vienen a demostrar que, por ejemplo, a partir de un determinado nivel, cuanto mayores y más generosas son las prestaciones por desempleo, más paro pueden generar, pues desincentivan la búsqueda de trabajo.

Leyendo la divulgación de sus pesquisas en los media, se puede sacar la impresión de que el Premio Nobel de esta especialidad del saber (que es, como toda ciencia, probablemente, vecina con puerta de la del no-saber) es, de entre todos los galardones, el que resultaría más fácil de conseguir, si nos pusiéramos a ello; es la que se vende más barato, vamos, que diríamos en lenguaje castizo.

No debe ser así, sin embargo. Lo que seguramente pasa es que los mortales de medio pelo no estamos preparados para entender las sutilezas de los análisis macroeconómicos, porque solo nos preocupamos de lo nuestro. Nos creemos que hemos venido a este mundo solo para hablar de nuestro libro (como Francisco Umbral en TVE).

Solo las mentes privilegiadas pueden distinguir perfectamente entre los intereses generales, que afectan al bien común, y los que afectan a los bienes de cada uno. Estos, los intereses de cada uno, son, a diferencia de los otros, muy fáciles de medir, ya que los instrumentos para su valoración están relacionados con la satisfacción personal de cada quisque, y aquí no dejaremos a ningún Premio Nobel que nos meta la mano, porque nadie sabe mejor que uno mismo dónde le aprieta el zapato.

Hay que dejar que sobre la justicia de la concesión del Nobel a estos pensadores, opinen solo los de su tamaño intelectual. Tranquiliza, por tanto, que Paul Krugman, otro macroeconomista galardonado con el mismo Premio -y , en consecuencia, reconocido gigante de los análisis que afectan al bien común- haya comentado que el Premio estaba "muy merecido".

Krugman, como es sabido, figura entre los asesores del Presidente español y es. además, editorialista casi convulsivo en el periódico El País, que resulta, junto con su blog, fuente preciosa para seguir la evolución de sus reflexiones.

La capacidad de Paul para adelantar lo que nos va a suceder a los españoles lo ha convertido en un referente inexcusable a la hora de acudir para provisionarse a la farmacia, antes de que se agoten los profilácticos. Hace casi dos años, ya indicaba que lo que había que hacer para solucionar la pésima situación a que nos había conducido en España la burbuja inmobiliaria era "bajar los salarios" ("The only alternative is wadge cuts").

Por la misma época, y lo decimos sin falsa modestia, a nosotros ya se nos había ocurrido que la alternativa estaba no solo reducir los salarios, sino en aumentar la productividad, es decir, trabajar más.

La primera de las medidas es dolorosa, porque reduce el poder adquisitivo de los que viven de su trabajo.

La segunda, sin embargo, no solamente aumentaría el producto interior bruto colectivo -a poco que se acertara en elegir lo que se desea producir- sino que resultaría una fuente de satisfacción en lo individual. Puesto que trabajar más, ayuda a mantener ocupado un tiempo que, de otra forma, se dedicaría a maldecir al gobierno, quejarse de la propia mala suerte o, lo que es peor, ver obsesivamente partidos de fútbol entre extranjeros mientras se consume cerveza holandesa, con nueces de Macadamia en pantallas de plasma importadas de Alemania.

Por cierto, esta última afición a ver, analizar, discutir y extrapolar las acciones de varios atletas dándole a un cuero inflado, tiene un efecto nefasto múltiple. Por una parte, aumenta los ya altamente excesivos emolumentos de esos malabaristas,provocando más desánimos y fricciones entre los currantes de a pie (a pie flojo, se entiende), y falsos incentivos de la niñez hacia el fútbol como solución de futuro, distorsionando el mercado del trabajo.  

Por otra, reduce las cantidades que se podían dedicar a crear verdadera competencia por la calidad, pues dichos superhéroes de la pelota son utilizados para darnos consejos sobre qué comer o vestir, donde meter el dinero que nos sobra o qué coche comprar, lo que, además de instigarnos a consumir lo que cada vez podemos permitirnos menos, nos impele a no analizar lo bueno de lo malo por nosotros mismos.

De estos análisis, y llevando la anécdota a categoría, que es lo que está de moda, resulta fácil sacar la conclusión, por tanto, de que lo que nos ocultan, adrede, tenemos que suponer, los macroeconomistas es la mitad de las soluciones y, seguramente, la que nos produciría más satisfacción.

Se deberían pedir responsabilidades de tal actuación omisiva. 

Aunque, más que analizar formas de solucionar el desaguisado desde dentro, se podría pensar en una tercera variante: romper la baraja, olvidarse del mercado,  y de su supuesta asignación eficiente de recursos, de las empresas que maximizaron ayer su beneficio y hoy quieren convencernos de que lo que más les preocupa es optimizar la Responsabilidad Social Corporativa, y empezar a distribuir nuevas cartas, con otras reglas de juego.

Podemos soñar con esas nuevas reglas, en las que se premie la seriedad en los comportamientos, la eficiencia en los resultados, la honestidad como principio irrenunciable, el respeto a la inteligencia y a las canas, el menosprecio al oportunismo, el cuidado desprendido a los débiles y necesitados, y se estimule la formación permanente, la cooperación entre todos, la máxima solidaridad, la renuncia a la guerra y a cualquier apropiación por la fuerza, ...

Perdonen que nos hayamos dormido.

Sobre lo que piensan los no economistas sobre el mercado

Este comentario va dirigido hacia los economistas y, más concretamente, hacia los que se ocupan de la macroeconomía, que, como se sabe, es el mundo donde hay decenas de señores que creen estar tomando decisiones para influir sobre ella.

Aunque existen libros muy voluminosos -y que resultan, por tanto, de lectura tan obligada como imposible- sobre el particular, la verdad es que se sabe muy poco sobre la posibilidad de predecir y, ya no digamos, resolver, una crisis económica. En lo único que están de acuerdo todos los "analistas" (eufemismo con el que algunos humanos abrigan a la  incertidumbre cuando la sacan a pasear por entre las zancadillas de la realidad) es que la crisis es una consecuencia indeseable de la forma que tenemos de crecer, esto es, de la persistencia en huir hacia delante con mayor velocidad de la que podemos correr sin caernos.

Es por eso que los no economistas intuyen que las crisis económicas no se presentan cíclicamente, sino de forma segura, cuando se alcanza un cierto umbral de falta de asimilación del tinglado que se fue gestando. Algo así como la vomitona después de un empacho.

La crisis sería el resultado perfecto -pero no por ello menos catastrófico- de la perversa forma de actuar de los llamados agentes económicos. Agentes, en realidad, más o menos, somos todos, aunque, por supuesto, hay una decena de superagentes que acumulan mucha más capacidad de acción, y por tanto, responsabilidades, que todos los demás juntos.

Lo más curioso es que el efecto de la crisis no se mide porque deje sin empleo a millones de personas, o porque otros tantos tengan menos que llevarse al bolsillo en un abrir y cerrar de ojos, sino porque cuando algunos señores, a los que por eso se les llama capitalistas, entran en pánico, deciden, de pronto, que el dinero que tienen no vale ya tanto como pensaban, y entienden que ha llegado la hora de volver a barajar las cartas, cambiando algunas reglas para que nadie, salvo ellos, entiendan de qué va el juego.

En realidad, para no economistas, esa es la madre del cordero, como suele decirse: el valor que se da al dinero, y que no lo determina ni el que tiene que trabajar para ganarlo ni los que llevan sus productos al mercado.

No, qué va. El dinero es un artilugio, un invento, por el que, en un momento de la historia de la Humanidad, unas gentes, que no hay razón para suponer que no fueran bien intencionadas, decidieron que ya estaba bien de practicar el trueque y que sería posible manejar piezas de metal, o piedras, o papeles, o sal, o aceite -por decir lo primero que se les pasó por la cabeza- que tuvieran un valor simbólico que todos admitieran.

Así, en lugar cambiar cosas de presente, se podrían intercambiar productos de futuro. Además, ya no haría falta retener en la memoria que si me debes tantas ovejas o en el otoño me entregarás las calabazas y el camello que me prometiste a cambio de poder acostarte con mi hija. Bastaría pasar de mano en mano unos sacos de sal, o unas piezas metálicas.

El invento prosperó tanto que ya nadie se preocupaba de dar a esos símbolos un valor real: diez tururarios podían ser equivalentes a un muslamen de ternera o iguales a cuatro días sayando patatas en mi era, según que hubiera más muslámenes o más patatas, y la gente empezó a aclararse cada vez menos; un día, dos tururarios valían tanto como diez huevos de gallina y, al cabo de tres lunas, no servían ni para que te dieran un saquito de alpiste para el canario.

Porque, ¿quién regulaba las equivalencias? El mercado. Ese dios de la tribu, al que algunos expertos decían haber visto (hacía mucho tiempo), pasó a ser venerado como el verdadero motor de la colectividad. Si bajaba la leche, era por el mercado. Si no había trabajo, la culpa la tenía el mercado.

Pasaron los siglos, y como ya nadie se acordaba de para qué diablos servían ni el dinero ni el mercado, se acudió a crear una clase especial de intelectuales-sacerdotes, los macroeconomistas, para que explicaran qué había que hacer para controlar a ese dragón que se comía por la noche lo que se producía durante el día. 

Naturalmente, los intelectuales-sacerdotes, tenían muchas ideas sobre cómo explicar lo que pasaba y, aplicados, se dedicaron a inventarse justificaciones de todo tipo. Unos, afirmaban que había que ir por aquí y otros, por allá, que es como decir, en sentido contrario. Se hicieron, por ello, escuelas de devotos, como siempre que hay una divinidad por medio. Todos pretenden haber tenido alguna revelación.

Sobre el plan B de MAFO y el manual del optimista

Miguel Angel Fernández Ordóñez, MAFO, -del acrónimo con sus iniciales-, gobernador del Banco de España, en su comparecencia (el 5.10.2010) ante la Comisión del Congreso de Diputados, ha hecho lo que le corresponde: pintar dudas sobre la recuperación española y aconsejar al Gobierno que tenga preparado un "plan B" por se las medidas para salir de la crisis no son suficientes y hay que utilizar otra gatera.

Para el presidente Zapatero, sin duda, MAFO estaría mejor callado. La filosofía del presidente no prevé la utilización de caminos alternativos, sino, en el estricto cumplimiento del Manual del optimista, que es su libro de cabecera, continuar adelante por el camino que haya elegido, no importa a dónde conduzca, en tanto que tenga seguidores.

Cuando vienen mal dadas, la posición del líder optimista es siempre muy arriesgada. El optimista pone en juego su credibilidad prometiendo el éxito, si se superan las dificultades presentes, que él debe presentar como pasajeras.

La cuestión que hace peculiar el optimismo del presidente Zapatero es que ha decidido sacrificar su credibilidad minimizando las dificultades y reduciendo los sacrificios que serían imprescindibles para obtener lo que se desea.

Los ejemplos de esta forma de actuar se pueden descubrir por doquier. Se ha negado la crisis, se ha indicado -cuando fue ya inevitable admitir su presencia- que España se encontraba en óptima situación, se ha proclamado por doquier -cuando fuimos descubiertos en el grupo de los peor dotados- que habíamos hecho rápido los deberes,...y ahora, por boca del secretario de Estado de Hacienda y Presupuestos, Carlos Ocaña, se replica a la desagradable sugerencia de MAFO que no tenemos económicamente un plan B, sencillamente, porque no lo necesitamos.

El prudente hubiera contestado que, por supuesto, que lo tenemos. Un plan B y un plan C, y varios más, en el ovario de la gallina de las sugerencias. 

Pero el presidente Zapatero está dispuesto a emular, superando el modelo, el comportamiento del mantenella y no enmendalla, de otros que pasaron a la leyenda llevando las contrarias.

Como Juan Martín Díaz, el Empecinado de Castrillo de Duero, al que Fernando VII otorgó máximos favores en 1808 y luego mandó matar por mantenerse liberal, deseo regio, por cierto, que el pueblo cumplió entre aplausos. Como Aguirre, el De la cólera de Dios, tan magníficamente inventado por Herzog e interpretado por Klaus Kinski, que siguió en su aventura Amazonas arriba sin darse cuenta de que solo pilotaba una balsa que se había llenado de monos.

Zapatero no vende ya su producto ni entre los suyos, pero intenta seguir adelante. Tomás Gómez, que no era su candidato en unas primarias del PSOE de Madrid para decidir quién perderá ante Esperanza Aguirre, venció a Trinidad Jiménez, que tenía todo el apoyo oficial del presidente y su Gobierno.

Tampoco tenía plan B. Al conocer el resultado, se limitó a decir que Gómez era el mejor y que tenía todo su apoyo. Lo que pasa es que al empecinado Zapatero se le ha visto en la balsa con muy pocos cromos.

Sobre la sutil diferencia entre ahorro y estalvi

Sobre la sutil diferencia entre ahorro y estalvi

Parece ser -lo recordó Josep María Bricall, dentro del homenaje con motivo del centenario de su nacimiento, que prepararon al alimón el Grup Set y Caixaforum, en Madrid, el 4 de octubre de 2010- que el insigne polígrafo Jaume Vicens-Vives enseñaba a sus alumnos de la Universidad de Barcelona la diferencia entre ahorro y estalvi (1).

Si hemos entendido bien, ahorro sería la acumulación de dinero sobrante, después de cubiertas las necesidades propias, sin intención de retornarlo al flujo productivo, en tanto que los estalvis serían los ahorros puestos en circulación, para que produzcan nuevas riquezas y desarrollo.

O sea, el uno es el dinero guardado en el calcetín y el otro el puesto en manos de las entidades financieras.

Lamentablemente, no hemos encontrado en los diccionarios de la lengua catalana ni en el uso práctico de la palabra estalvi el reflejo de esta sutil distinción, que tanto explicaría acerca de las diferencias -en lo económico- entre catalanes y el resto de los españoles.

La Caixa, que es una Caja de Estalvis, marcaría así su distinción entre las demás de la misma especie aparente, que serían solamente Cajas de ahorros, y quedaría explicada la razón por la que muchas de las segundas -incluida, ay, Cajamadrid- luchan por no ahogarse entre los lodos económico-financieros, en tanto que La Caixa resplandece, tan campante, lustrosa entre las guapas.

(Por cierto, el vocable guapo, empleado como adjetivo, aplicado a cosas y seres animados e inanimados, es bable, como los asturianos andamos orgullosos explicando por el mundo. Guapo, para la RAE y otros eruditos, viene de vappa, que era latín, y se utilizaba para designar a vagabundos, hombres viles y al vino malo, y se usa solo en relación con las personas.

Anna Vicens-Vives, que también estaba en la celebración, dijo que su padre, entre otras virtudes, era guapo. Rióse el público presente -menos de un tercio de entrada-. También escribía y hablaba guapo, Ana; con una, o con dos enes. Qué más dará, si la dicha es buena.

En los libros de texto en donde estudiaban los chavales de 1960, cuando murió su padre -como lo prueba esta emotiva necrológica-, Jaume Vicens-Vives era todavía Jaime Vicens-Vices. Un español que no concebía a Cataluña más que como parte de una nacionalidad superior, llamada España... no, dese luego, Castilla.)

1) La distinción es desconocida para el citadà català normal, de a peu: es poden estalviar tantes coses: paraules, aigua, energía i esforços, ...

Sobre la recuperación de la crisis y la creación de empleo (2)

Proseguimos en este Comentario el análisis de los argumentos expuestos en la Jornada sobre "La economía y las empresas españolas ¿dónde estamos? ¿hacia dónde vamos?", que se celebró el 27 de septiembre en el IIE, y en la que fueron ponentes Juan Miguel Villar Mir, Miguel Boyer y Antonio González-Adalid.

Indicó Villar Mir, siguiendo con su argumentación acerca de los problemas con los que se está viendo confrontada España para salir de la crisis, que, para el control del déficit exterior, hay que considerar el endeudamiento no solo del Estado, sino de todo el sistema financiero, incluyendo las empresas y las familias. El endeudamiento total español se evalúa en el 280% del PIB -que es de 1 millón de millones de euros-, lo que arroja la escalofriante cifra (el adjetivo es nuestro) de 2,8 millones de millones de euros.

La situación es ahora, pues, peor para España que al principio de la crisis. Además, se debe tener en cuenta que ha habido un cambio de calidad en el concepto tradicional de "paises desarrollados y emergentes": estos últimos están creciendo ya al 6,7%, con una "salida en V" de la crisis. Otros, como Europa del Este y Japón, han sufrido una recaída; y, en fin, otros, como irlanda, España, Grecia o Italia, ofrecen un perfil más plano, no apareciendo claro cuándo van a empezar su recuperación.

Se puede decir que en la vieja Europa, con un 40 a 50% de gasto público y una cultura de bienestar bien arraigada, será más difícil la salida de la crisis.

Resumió Villar Mir su ponencia con estas ideas: España deberá generar actividad, con la digestión de las viviendas que sobran al mercado y ganar competitividad, reduciendo costos y aplicando una política de austeridad. La reforma de la Administración Pública, para reducir el gasto público, es, asímismo, imprescindible.

Miguel Boyer, que intervino a continuación, manifestó estar "de acuerdo en casi todo con Villar Mir". Con todo, puso sobre la mesa varias discrepancias significativas.

Matizó, por ejemplo, que Estados Unidos "tuvo una crisis inmobiliaria tremenda, muy superior a la de España"; también indicó que "hemos sido buenos ahorradores" -22% frente al 20% de EEUU-, y que no creía que se pudiera afirmar taxativamente que hubiéramos "vivido por encima de nuestras posibilidades, aunque hicimos cosas que no necesitábamos, como construir viviendas sin demanda y, posiblemente, creado infraestructuras que hubieran necesitado un período más extenso".

La inversión en construcción consumió el 15% de ese 30% de inversión total (referido al PIB), por lo que el desplome fue superior al de otros países, salvo Irlanda, que también dedicó un porcentaje similar.

Pero la cuestión clave del comentario de Miguel Boyer en relación con el empleo, fue cuando atribuyó la caída central del mismo, a la construcción (55,8% de los empleos perdidos, algo más de 1 millón de personas). Este sector, intensivo en mano de obra de escasa cualificación en general, acaparó más de 1 millón de inmigrantes (del total de 6,5 millones de extranjeros que se encuentran afincados en España). En él, la tasa de paro es del 36%.

En el sector de servicios, por el contrario, no ha habido destrucción de empleo; industria, por su parte, destruyó 860.000 puestos de trabajo, siendo el resto del incremento de desempleados provocado, sustancialmente, por el aumento de la población activa (más de 800.000 personas durante la crisis).

Miguel Boyer cree que, dada la alta tasa de ahorro español, y teniendo en cuenta que una parte de la crisis ha sido provocada por inversión que no era urgente o necesaria, será relativamente sencillo reinvertir la tendencia. Caso diferente es el de Grecia, en donde el ahorro era necesario "para sobrevivir", es decir, poder pagar su alta deuda exterior.

El problema del desempleo, reconoció Miguel Boyer, es de otra naturaleza. Más de 1 millón de parados actuales no van a encontrar trabajo en donde lo tuvieron, por lo que su reconversión es imprescindible; de entre ellos, un capítulo especial son los inmigrantes sin empleo, que permanecen en España, sin volver a su país ni desplazarse a otros países de Europa, que no están en situación de absorberlos.

Los agentes reguladores no advirtieron la gravedad de la situación. Es una situación que no previó nadie "salvo los que acostumbran a decir persistentemente que va a haber una crisis".

El BCE actuó tarde y mal, identificando el problema con la inflación; los americanos llevaban ya más de un año bajando sus tipos de interés, y en la UE no se reaccionaba. En octubre de 2009, tanto el FM como el BEI identificaban una recuperación "débil e incipiente" y recomendaban seguir con los paquetes de medidas.

Apareció entonces la crisis de la deuda, que fue solventada en España con éxito, gracias -dijo Boyer, que elogió en otros momentos a la ministra y a su equipo- "al instinto de Elena Salgado y a su afición a los impuestos". La actuación de nuestro país "fue de las más serias", aunque no contó con el apoyo de algunos medios, interesados en criticarnos como perteneciente "a los países del Club Mediterráneo".

Así, el Finantial Times, "con el juego que suele hacer", situaba a Solbes en penúltimo lugar de los ocho ministros económicos europeos, en el que había calificado al griego como segundo mejor.

La economía está empezando a recuperarse lentamente; este año, se llevan dos trimestres de crecimiento, débil aún, pero positivo. Se daba por supuesto que al subir el iva y caer los estímulos a la inversión, se produciría una inflexión negativa, pero ha quedado probado que nuestra economía tiene otros estímulos, una vez que se ha tocado fondo, porque hay menos miedo a consumir.

Se ha superado, esgrimió Miguel Boyer, el temor a que la crisis se prolongara, y el consumo privado y las exportaciones están presentando un buen comportamiento y el resultado bruto de las empresas experimenta factores de multiplicación de 1,3 o 1,4, lo que indica que la productividad por empleo es superior.

¿Cómo volver al dinamismo? se preguntaba Boyer. "Durante mucho tiempo no podremos contar con la construcción, pero tampoco su valor añadido era tan importante: apenas un 4% en 1997, por ejemplo. El dinamismo provendrá de los servicios, que constituyen el 71% de la economía española.

La industria también está creciendo, aunque su incremento en productividad es de tal tipo que no genera empleo. Los precios de la exportación han experimentado un crecimiento muy notable; en el período 2001-2010 el crecimiento ha sido consistente, del 0,7% anual, mayor que la media de las empresas europeas.

En cuanto al pib, Miguel Boyer destacó que España ha multiplicado su valor por 8 desde 1950. En 1960, la economía alemana era 6 veces superior a la de España, y hoy, solamente la duplica. Otros países, como Italia y Francia solo la multiplican actualmente por 1,2.

En su resumen, Boyer expresó que "no es de esperar que nos vayamos a volver imbéciles de pronto. Es muy difícil que, con el dinamismo que hemos demostrado, vayamos a quedarnos cogidos en una trampa".

Cerró el trío de intervenciones Antonio González Adalid, para el que "las cosas están mejorando más rápido fuera de España" que en nuestro país.

Ve González Adalid, que las empresas se están desapalancando (reduciendo inversiones y deuda) y que, en consecuencia, la demanda interna se ha reducido.

Por ello, una de las salidas a la crisis tendrá que provenir del sector exterior, defendió González Adalid, poniendo como referencia la publicación del Círculo de Empresarios "Una industria competitiva, clave para el crecimiento", que está disponible en la red.

En el documento se expresan las reformas necesarias en el marco institucional, y se pone de manifiesto que "nos estamos olvidando de la industria" y, en el mismo sentido, resulta que "no hay en España suficientes ingenieros".

La desconsideración hacia los técnicos cualificados se refleja en la disminución del interés por seguir carreras de ingeniería, habiendo descendido la matriculación en el primer curso de 17.000 estudiantes (2003) a solo 12.000 en el curso 2006/2007, por ejemplo.

Otros dos elementos que deben corregirse, según J. Antonio González Adalid, son el uso del ferrocarril (solo el 4% del transporte de mercancías se realiza por este medio, frente al 18% de la UE), especialmente necesario habida cuenta de que el transporte es responsable del 50% del consumo de energía primaria; y la política energética, puesto que los precios de UNESA ocupan el cuarto lugar entre los más altos de la UE.

(continuará)

Sobre la recuperación de la crisis y la creación de empleo

Poder escuchar lo que opinan quienes son ocupan lugares de protagonismo en la situación económica, sea cual sea ésta, es un privilegio. Se recibe información directa acerca de las actitudes, los talantes, la percepción de las incógnitas y las soluciones.

Al mismo tiempo, oir lo que dicen quienes manejan más incógnitas -y, posiblemente, más soluciones- provoca reflexiones y sugerencias, entre quienes se sientan en la sala, agilizando la tormenta de ideas que está en el núcleo de la creatividad.

El Instituto de la Ingeniería de España convocó el 27 de septiembre de 2010 a Miguel Boyer, J, Miguel Villar Mir y Antonio González-Adalid para hablar de esta crisis económica y su valoración de cuándo llegará la recuperación.

El Presidente de la institución, Manuel Acero, al hacer la presentación del acto -ante un salón lleno hasta la bandera- manifestó una inquietud que, seguramente, era compartida por muchos: "Si sigues de cerca el proceso no solamente no te aclaras, sino que te complicas la vida. Cada día me cuesta más entender (la crisis), y lo que se comunica en la prensa, no está claro. (Por ejemplo, el sector de la) energía no necesita ligeros retoques, sino una reforma en profundidad".

Los ponentes no defraudaron en trazar un diagnóstico de la crisis con claridad y sinceridad, y tampoco en expresar sus criterios acerca de las posibilidades de salir de ella en corto plazo, discrepando entre sí -con suave educación- en algunos casos.

El IIE publicará, en su página web, los vídeos de las conferencias, lo que nos excusa de hacer aquí un resumen. Sin embargo, amparándonos en la precaria autoridad que nos concede en ser administradores de este cuaderno, sí queremos indicar nuestro punto sustancial de discrepancia con los ponentes y, en general, con todos cuantos abordan la salida de la crisis actual desde una posición economicista clásica.

Lo enunciamos así: Es una equivocación centrar las opciones de la recuperación económica desde la perspectiva de la creación de empleo. Las nuevas tecnologías destruyen empleo, por su propia naturaleza: permiten resolver los problemas con menos participación del factor trabajo y, en especial, con el de aquellos que tienen menor cualificación, es decir, aportan más de cantidad -medida en horas- que de calidad -medida en incremento de las plusvalías, en relación con los márgenes económicos-.

Por ello, hay que meditar sobre nuevas formas de distribuir las plusvalias empresariales, admitiendo que, seguramente, la remuneración de los tiempos de trabajo como asalariados se convierta en un anacronismo. Por el contrario, las nuevas tecnologías permitirán que algunas empresas -en especial, grandes grupos empresariales- acumulen mayores beneficios.

Esta situación conduciría a que habrá que potenciar los sistemas de seguridad asistencial, señalando una mayor presión impositiva sobre las plusvalías que se generen al capital. El número de desempleados crecerá, pero, en cambio, es seguro que los beneficios empresariales, en los sectores tecnológicos más avanzados, se incrementen de forma importante.

Solamente instaurando mecanismos de control e inspección severos será posible detectar estos márgenes, evitando las evasiones de impuestos y los desequilibrios que propiciarán las opciones que ofrece la globalización de la producción, el desplazamiento de los mercados de consumo de ciertos materiales, bienes y servicios, y la diversidad de posiciones tecnológicas, jurídicas y asistenciales, que se dan actualmente entre los países.

Frente a este planteamiento -es decir, ignorándolo- los conferenciantes se han detenido en analizar las causas de la crisis y establecer sus predicciones de superación de la misma, recurriendo a los viejos parámetros. Pasamos ahora a analizar las posturas individuales de cada uno.

Juan Miguel Villar-Mir atribuyó la crisis a la alarma creada por la crisis financiera en Estados Unidos (agosto de 2007), surgida de una política monetaria excesivamente expansiva y a las pérdidas provocadas por una asunción de riesgos desproporcionada.

La inyección de liquidez a las entidades financieras evitó que la crisis se convirtiera en global, aunque, en algunos casos, el sector aún no está "plenamente curado".

En España, a esta crisis general, se han añadido dos crisis o problemas exclusivamente propios: la crisis inmobiliaria y la derivada de la pérdida de competitividad. Durante muchos años se han construído el doble de las viviendas necesarias (700.000 frente a las 350.000 que absorbería el mercado), por lo que existen más de 1 millón de viviendas que están pendientes de venta.

La pérdida de competitividad viene causada porque nuestra inflación en el período 1979-2007 se ha mantenido 1 punto porcentual por encima de la zona euro. Para Villar Mir, una "buena parte" de la responsabildiad debe achacarse al crecimiento de los costes salariales, que han subido un 27% por encima de la inflación, en tanto que la media europea fue de apenas el 13% y en Alemania, durante los últimos 8 años, se han mantenido prácticamente estables (solo un 0,3% por encima de la inflación acumulada).

Como consecuencia, en España se ha generado bruscamente un gran déficit público, que pasó a ser del 4,1% del PIB en 2008 y del 11,2% en 2009. Traducido a porcentaje de los ingresos públicos, (que son aproximadamente el 11,2% del PIB), esto se traduce en que tenemos actualmente una deuda de más del 30% de los mismos.

(seguirá)

Sobre la distancia entre inconformismo y acción

Las crisis son momentos estupendos para escuchar a los filósofos y, especialmente, a esa clase de pensadores sin manual de instrucciones que son los macroeconomistas.

No nos estamos librando de nada. Cada dos por tres, alguien nos ilustra sobre el fracaso de la economía del mercado, las consecuencias de la perversión y avidez acumulativas del capital, o la pérdida de respeto a valores que no deberíamos haber menospreciado.

Estos pensadores, a algunos de los cuales incluso se les remunera por decirnos que no hemos querido escucharles, cuando, en realidad, han sido incapaces de meternos el miedo en el cuerpo mientras los anemómetros señalaban bonanza y no la previsión de huracanes, seleccionan ahora con ahinco las razones de nuestros males, repartiendo mandobles a diestro y siniestro (según su presunta ideología).

Sin pretender una enumeración exhaustiva, he aquí algunos de los argumentos al uso, tomados al tresbolillo, que es como se generan: 

a) no ser conscientes de nuestro emplazamiento en una naturaleza con medios limitados, y haber estado expoliando el planeta e incluso calentándolo con nuestra piromanía;

b) haber dejado que el capital acumulara demasiados beneficios, hasta no saber qué hacer con él;

c) no haber demostrado sensibilidad y/o solidaridad con los demás seres (humanos o no), y, según otros, haber demostrado excesiva simpatía hacia los necesitados, concediéndoles subsidios y beneficios sociales en lugar de abandonarlos a su -mala- suerte;

d) habernos pasado por el arco del triunfo la guía de actuación que suponían los principios de la ética universal, explotando, para enriquecernos, los recursos de aquellos a los que, previamente, hubo que convencer de que eran pobres,...

No tenemos hoy voluntad de hacer el análisis de la calidad relativa de tantas opciones de las razones de generación de esta crisis que, además, está admitido que es múltiple: económica, política, de valores, de iniciativas, de recursos, de ideas.

Total.

Lo que nos sorprende algo es que, habiendo tanta coincidencia en el diagnóstico, no haya más propuestas en apoyo de la única salida que nos queda abierta a la esperanza. Deberíamos  dejar de engañarnos con la persistente huída hacia adelante de las economías -consistente básicamente en apropiarnos hoy de las expectativas del futuro-.

Para conseguir la salvación, tendríamos que abandonar la explotación avariciosa por unos de otros seres humanos y de sus recursos, introduciendo argumentos falaces respecto a los títulos de propiedad y los méritos de los que expropian, y, de una vez por todos, hacer descansar nuestra felicidad en lo que generamos, damos y compartimos, y no en lo que mantenemos en nuestras alcancías, consumimos o despilfarramos.

No hace falta subirse a un púlpito y apelar a la revelación divina para escupir esto a la cara de cada falso penitente.

Sobre el exceso de medios para vivir y la falta de razones para existir

Nicolás Castellanos es misionero en Bolivia, en Santa Cruz de la Sierra. Acumula méritos singulares: Premio Príncipe de Asturias de la Concordia (1988), ex-obispo católico (nombrado por el Papa Pablo VI, lo fue de Palencia, y renunció para dedicarse a hacer lo que lo gusta, predicar la teología de la liberación y ayudar a que los pobres reciban educación), ex-provincial de los Agustinos.

En una entrevista que le publican en El País del 7.9.2010 (última página, Desayuno con Nicolás Castellanos, realizada por Juan G. Bedoya) hilvana una frase de antología:

"En el Norte sobran medios para vivir pero faltan razones para existir, mientras que en el Sur carecemos de los medios para vivir y sobran razones para existir".

Claro elemento para la reflexión. ¿Qué razones para existir nos faltan, acá, en estas tierras de exuberancia -azotadas por una crisis/burbuja cuyas causas y posibles salidas aún seguimos analizando- y sobran, allá, donde paupérrimos campesinos luchan por la subsistencia?.

Nos atrevemos a señalar algunas de las evidencias éticas que separan ambas caras del desarrollo, desde la observación práctica de los comportamientos de las gentes del "norte":

1. Implementación generalizada de la filosofía del "disfruta de tu vida al máximo, que es lo único que tienes", combinada con la máxima "todo está permitido, siempre que tengas cuidado de que no te pillen".

2. Desprecio hacia la tradición, la cultura, el conocimiento, frente a la improvisación, la frase ingeniosa (mejor si es maledicente), lo consumible y efímero.

3. Falta de formación seria, como consecuencia de la desmotivación y escasa valoración del personal docente, de lo teórico frente a lo pragmático, de la apariencia frente a la realidad.

4. Ridiculización de la ética, en especial, de la que tiene base religiosa, amparándose en la incuestionable verdad de las connivencias históricas entre el capital y el sacerdocio y la clara evidencia de falacia en algunos comportamientos presentados como modélicos y, en realidad, corruptos.

5. Ausencia de ejemplaridad en la vida pública, en donde se dan demasiados ejemplos de utilización de la gestion de lo que es de todos en beneficio personal, y que enmascaran y sepultan los comportamientos decentes, entregados, solidarios.

6. Dificultades en los gestores públicos en plasmar una estrategia de desarrollo coherente, que involucre no solamente los voluntarismos sociales (prestaciones desmesuradas respecto a los ingresos económicos del erario público), sino la motivación de todos, y, en especial, el compromiso -¡y el control!- de quienes poseen el capital.

7. Equivocación, por adulteración, de los modelos políticos tradicionales, asimilados a arcaicos conceptos de la derecha y de la izquierda, y que hacen ininteligibles al votante no afiliado a una facción política, los programas y valores realmente defendidos por los líderes de los partidos.

(...)