Blogia

Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre el mal nacional de la insidia

Suele decirse que el mal por excelencia del pueblo español es la envidia. Pues bien: no estamos de acuerdo en absoluto.

La envidia, aunque elevado a pecado capital e tiempos en los que las gentes andaban más cortos de matices, es buena, es sana, es constructiva. Ya, ya sabemos que -sobre todo en la política y en círculos de señoras bien que se reúnen a hacer obras de caridad- se habla de la "sana envidia", como pretendiendo distringuir dos clases de esa especie del comportamiento, la corrupta y la sana. Pero, si bien se mira, la envidia no hace mal a nadie. Puede y debe servir de estímulo, para que la creatividad y el trabajo bien hecho nos acerque a lo que apetecemos.

El mal que más daño hace en esta sociedad y, seguramente, caracteriza muy especialmente lo hispano, es la insidia. Es decir, la voluntad de hacer daño a otro. Por la insidia, en este país tratamos de hundir al que destaca, echándole encima todo tipo de estiércol y maledicencia.

Sobre opsimatas y marisabihondillas

(Nota previa: La palabra opsimata no está reconocida por la RAE. Ha sido introducida po Alan Bennett en su libro Una lectora poco común (Anagrama, 2008), como denominación de aquella "persona que aprende tarde en la vida", concepto que se autoatribuye una Isabel II de Inglaterra, recreada en la ficción como una lectora tardía, pero ya impenitente).

Lo opuesto de los opsimatas so, seguramente, los marisabihondillas, aquellos jóvenes que se creen saberlo todo, porque han aprendido con alfileres cuatro cosas en algunos estudios de hipotéticos altos vuelos. La palabra marisabihondilla tampoco ha merecido los laureles de la Real Academia, y es una combinación de los marisabidillas y sabihondos, que reúne en una sola las cualidades de los que alardean de lo que no saben, o saben mal.

El mundo real se ha poblado de modestos opsimatas y petulantes marisabihondillas.

Sobre jueces tiquismiquis y padres complacientes

Seguramente los juzgados españoles tienen mucho trabajo, pero hay algunos jueces que se toman muy a pecho la ingente labor de reformar el mundo como sea. El titular del juzgado de instrucción número 2 de Ourense parece ser uno de los jueces empeñados en demostrar urbi et orbe su capacidad de enseñar al prójimo lo que para ellos está bien, aunque sea a costa de violentar algunas reglas del sentido común.

En un lío de difícil ingesta está metidos un juez de Ourense, la Xunta de Galicia, la Fiscalía y los padres de un niño al que le gustan los bollicaos, las patatas fritas y las hamburguesas, entre otras chucherías. Tal afición a las golosinas y a la presunta comida basura ha llevado a un niño de 9 años a pesar unos 70 kilos, y a la Fiscalía de Ourense, en aras de la protección del menor, a pedir a los papás que entreguen la custodia del niño a quienes, aunque no lo quieran tanto como ellos, le van a poner a régimen para que pueda jugar al balón como manda los cánones deportivos de la Xunta: el centro de menores de A Carballeira, en As Burgas

Luis Montoya y Margarita Gabarres han pasado así a ser conocidos en toda España como los primeros padres, que se conozca en estos lares, que corren el riesgo de ser procesados, imputados y condenados por desobediencia judicial e incluso sustracción de menores, si persisten en negarse a comunicar dónde está su hijo.  

Entre jueces tiquismiquis y padres complacientes anda esta vez el asunto. La historia pequeña de nuestro pueblo fabricante de despropósitos sigue dando juego a la polémica.

Sobre lo que miden las energías alternativas

Para poder ser considerado productor en régimen especial de energía eléctrica no se habrán de superar los 50 MW de potencia. Con los generadores eólicos instalados en España en los primeros tiempos de la fiebre eólica, cuya capacidad individual se encontraba ente 220 y 700 kw, este límite suponía instalar hasta 200 generadores en muchos casos. 

Los más modernos molinillos, tipo Vestas V90 (funciona en As Somozas) tienen potencias individuales de has 3 Mw; basta, por tanto, colocar 16 para llegar a la potencia máxima que permite/permitía acceder a las primas a la producción eólica.

Un generador de 3 Mw tiene una altura de 140 m, con una torre de unos 100 m (y aspas de una longitud algo menor). Los generadores más pequeños, de los que pueblan las crestas del norte ibérico, tienen alturas de 30 a 40 m.

 El consumo medio anual de una familia de 4 miembros está en torno a los 4.000 Kw-hora (eléctricos) al año. A ellos habría que sumar 8.000 Kw-hora térmicos y otros 10.000 Kw-hora equivalentes para transporte. En total, unos 22.000 Kw-hora anuales.

Con una hectárea de las llamadas huertas solares se pueden llegar a producir 400.000 Kw-hora/año, es decir, la energía  eléctrica que consumen unas 100 familias. Para abastecer a una población de 200.000 personas (50.000 familias) harían falta unas 500 Hectáreas de terreno.

Sobre el proceso norteamericano de la letrada Carrascosa

La letrada española María José Carrascosa ha sido declarada culpable de secuestro de su hija. El caso Carrascosa viene ocupando, desde hace ya más de tres años, una parcela de las preocupaciones de muchos compatriotas, ya sean juristas o legos.

Esta madre valenciana, acusada por su ex-marido de no entregarle la custodia de su hija, está presa en una cárcel norteamericana. Su rostro demacrado, expresión de su ánimo terco, pero de aspecto enfermo, evidencia también la profundidad de su calvario.

No vamos a repetir aquí los detalles de este increíble asunto que, sin duda, desde la diplomacia española se ha manejado mal. Carrascosa, la madre empecinada, como consecuencia de un proceso de separación de un marido alcoholizado y que le pegaba, consiguió también la custodia de su hija, otorgada por los juzgados españoles.

Cuando recibió la citación de un juzgado norteamericano, como consecuencia de la demanda interpuesta por su ex en aquel país, por la que le pedía que entregara la niña, puso a la criatura a buen recaudo con los abuelos y se fue a Norteamérica a aclarar las cosas.

No solamente no consiguió aclarar nada, sino que la enchironaron. Se negó a negociar con su maltratador, aportó la sentencia española, defendió su convicción de que la niña no estaría en buenas manos con un padre que no había hecho mucho por ellas dos, allá en la remota España.

Pero ser ciudadano norteamericano es una categoría especial, incluso aunque se sea delincuente. Si en otros sitios se estila emplear el principio de la presunción de inocencia, en el país más tolerante de la Tierra (es un decir) rige la presunción de que los ciudadanos norteamericanos tienen razón en lo que alegan.

Ya sabemos que la diplomacia española está muy ocupada negociando con los jeques tribales de Somalia la resolución de un embrollo de compleja naturaleza jurídico-cómica-política que afecta a la libertad de 36 marineros y 2 presuntos piratas, pero debería encontrar un hueco inmediato para exigir, de una vez, que liberen a la letrada María José Carrascosa.

Si hay que entregar algo a canje, que entreguen incluso al pequeño de los Simpson (Bart) , pero que la dejen en paz, a ella, a su hija, y a toda su familia española. Que su ex se vaya a Irak, si quiere guerra.

Sobre los apolíticos

Definirse políticamente tiene una tradición histórica de riesgo en España. Se ha matado a mucha gente por sus ideas. Se ha marginado, dificultado la existencia del ideológicamente contrario y de sus familias, hasta límites muy altos.

Por supuesto, la filiación política ha tenido importantes premios que no estaban en la relación oficial: en dinero, en prebendas, en oportunidades. Hoy forman un clan, se ocultan vergüenzas, miran para otro lado hasta que la bomba estalla. Dicen que se preocupan por nuestro bienestar, aunque hay demasiadas sospechas de que su objetivo principal es mantener el suyo.

Que mucha gente capaz profesionalmente e intelectualmente bien dotada se autodefinan como apolíticos es una consecuencia combinada del descrédito de determinadas actitudes de una minoría de quienes se dedican a hacer política y de los efectos, por lo general, solo negativos, que acarrea el reconocer que se tienen fobias o filias.

Ni defensor de la economía de mercado, ni comunista, ni agnóstico, ni creyente convencido, ni muy listo, ni bastante tonto. Por supuesto, ni homosexual, ni lesbiana, ni putañero, ni goloso. Sin opinión propia sobre nada trascendente; citar siempre el autor de lo que se cuente, poner distancia con todo.

Y en temas de política, pensar como lo haría cualquier magnate: No importa quien gobierne, porque el mejor será siempre el que esté en el poder. O cada país tiene los líderes que se merece. O el pueblo es sabio y acaba decidiendo bien.

 

 

Sobre los faltantes alambritos

Sobre los faltantes alambritos

La opulencia que hemos vivido hasta que la crisis nos enseñó sus orejas de lobo, ha situado en primera línea la importancia de los "faltantes alambritos". Y la inercia sigue dándoles cancha, porque se han convertido en un alibi, una excusa socorrida para justificar la incapacidad de los supuestos expertos para arreglar con ingenio el pequeño fallo de un cacharro estropeado y elevar el problema a una categoría muy superior y, por supuesto, mucho más cara.

La teoría del faltante alambrito que obliga a cambiar toda la pieza en donde el pequeño elemento de acero cumple una función de sujeción se encuentra en la vida diaria a montones. ¿Qué el faro de su automóvil ha quedado descorregido en su posición por culpa de un faltante alambrito? El concesionario de la marca le informará que tiene que sustituir todo el bloque, porque los alambritos de marras no se entregan por separado. Por supuesto, ni se le ocurre plantear que ha dado instrucciones a su mecánico de que fije la pieza con un alambrito construído ex profeso por él para el caso.

Lo que podría solucionarse en un par de minutos y sin coste se convierte en una espera de semanas por el bloque, una operación de montaje de varias horas y un gasto -para Vd.- de quinientos euros. Vamos, lo que vale el coche.

Faltantes alambritos surgen por doquier: son la marca de la casa de los países ricos y de la incompetencia y falta de saber de la mayoría de los habitantes. Se han instalado tanto en el plano físico como en el metafísico. En el sector del automóvil, de los electrodomésticos, de la telefonía, de los ordenadores. "Es necesario sustituir el módulo entero". "Ya no se fabrican de ese tipo, hay que cambiarlo todo" "Le aconsejo que cambie el aparato, desde hace dos años no hay asistencia porque la casa ha cerrado".

En estos casos, uno mira hacia países como Cuba, en los que se ve a gentes con matrícula de honor en ingenio y reparación casera, poniendo los faltantes alambritos. Parece que la cosa funciona, además. Tienen la fuerza de sonreir enseñando los dientes al mundo desarrollado.

Ah, sí. Casi se nos olvidaba remarcarlo. En el mundo de las ideas también se nos han colado las teorías de los faltantes alambritos. ¿Hay que reducir costes? ¿Hay que adaptar la Directiva de Servicios para permitir la libre contratación de profesionales en la Unión Europea? ¿Hay que liberar a los marineros del Alakrana? ¿Hayqué?

(Explicación de la fotografía: Corresponde al alambre de sujeción de una de las bombillas de un faro delantero de un Rover 75. En la concesionaria Kia, de Madrid, indican al propietario que no es posible reglar correctamente el faro porque se ha roto o perdido este adminículo. Será necesario reponer todo el módulo del faro, que hay que pedir "a la casa", y que tardará un par de semanas en ser servido; el coste rondará por los 400 o 500 euros. El propietario del vehículo acudió a un taller de Madrid, regentado por un diligente peruano, que recogió varios de estos alambres en un taller de desguace y lo colocó sin ningún problema en un par de horas (hubo que sacar el parachoques para colocar correctamente la piececita), a cambio de "la voluntad": 25 euros. No harán falta más palabras)

Sobre la liberación de los pescadores del Alakrana

Cuando se apresó a los dos piratas que -por razones aún no explicadas- se apearon del Alakrana, -en el que iban secuestrados 36 pescadores, a los que se estaba conduciendo a algún lugar de la costa somalí-, ya lo escribimos: mejor liberarlos de inmediato.

Está ahora perfectamente claro que los 36 marineros son rehenes en un doble sentido. Son, desde luego, elemento de presión para los piratas que -igualmente por procedimientos no explicados- utilizan su cautiverio para "negociar" su liberación con el armador (y las autoridades españolas).

Pero esos marineros han pasado a ser rehenes también del Gobierno español, puesto que su seguridad, que no estaba ya garantizada -no podía estarlo en manos de unos secuestradores que los estaban utilizando como elemento de chantaje- se ve ahora mucho más complicada. El Gobierno, que por esos tejemanejes del estado de derecho, no puede liberar sin más a los somalíes, ha colocado una llave adicional sobre el cuello de los marineros del Alakrana: ha puesto más difícil su rescate. Ergo, es también su secuestrador. 

La posición de los piratas no ha quedado más debilitada, al contrario. Contiene un elemento nuevo de presión: Quieren el dinero del rescate y, además, la liberación de los dos miembros de su grupo. ¿Qué tienen a cambio?: El Alakrana y las vidas de sus 36 tripulantes, un botín de valor incalculable.

El problema que tiene el Gobierno y que, por supuesto, entienden bien, sino los piratas somalíes, sí los que negocian en su nombre, a cambio, estamos seguros, de un porcentaje del rescate, es que la liberación de los dos piratas no depende de él mismo, sino de la Justicia, un poder independiente. No solamente independiente sino que formado por algunos jueces cabreados.

Tenemos, por tanto, una negociación complicada, en la que hay muchos interlocutores: Armador, gobierno español, tribunales de Justicia, piratas somalíes, abogados británicos. Y la presión de los familiares de los marineros, al menos de los españoles. Los familiares de los thailandeses y birmanos, así como la mamá del joven somalí (que sigue diciendo que tiene 16 años) no cuentan.

Como la situación no puede prolongarse indefinidamente, y para ayudar al Ministro Moratinos que, como portavoz del Gobierno  ha declarado, que "se está trabajando activamente por encontrar una rápida solución jurídica", nos permitimos enumerar las únicas soluciones válidas al caso:

1. Solución tipo Estados Unidos: Dejarse de pamplinas y enviar a varios helicópteros de combate con militares de élite. Arrasar el campamento de los piratas y liberar a los marineros. Es posible que, entre los fallecidos se encuentren algunos marineros.

2. Solución tipo Somalia: Se pacta el canje, secuestradores por marineros; la operación se llevará a cabo en aguas internacionales, a las que se conducirá el Alakrana; un agente llevará el dinero; cuando los secuestradores se vayan con el botín, las bolsas explotarán, gracias a una bomba de control remoto.

3. Solución tipo Sarkozy: Se envía a Da. Letizia a negociar con los piratas. Cuando estén distraídos, se cambia a los marineros por soldados de élite. Ya con la Princesa de Asturias de vuelta a Madrid, y los marineros amordazados en Bermeo para evitar que hagan todavía declaraciones, en el campamento de piratas estos últimos son apresados o pasados a cuchillo, según la resistencia que opongan. 

4. Solución tipo alianza de civilizaciones: Se realiza un juicio rápido a los dos piratas presos en España, a los que se condena a 5 años y once meses por tentativa de secuestro con armas y la circunstancia atenuante de arrepentimiento espontáneo. Se les hace firmar la promesa de que no volverán a delinquir ni volverán a España. Se les lleva a Somalia y se les canjea por los rehenes. Previamente, el armador habrá pagado 3 millones de euros a un bufete internacional especializado en secuestros. Los piratas renuean su armamento y otros medios y, al cabo de unos días, secuestran una fragata.

Sobre la patafísica

Los modelos físicos tienen en sí mismos una trampa letal, y es que son más verdaderos, más perfectos, que el mundo al que tratan de reflejar. No se trata de una paradoja, sino de la consecuencia misma de la aplicación concatenada de las relaciones físico-matemáticas a un conjunto previo de postulados. La matemática, en tanto que apliciación estricta de la lógica formal, no tiene fisuras.

Por ello, el mundo de los físicos conduce a dos fronteras inevitables. La de la metafísica, en la que nos encontramos con el complejo universo de lo que no encuentra existencia coherente en el campo de la física, y que podemos identificar no sin algún rubor con el mundo de las ideas de Platón. Y el maravilloso mundo de la patafísica, o de las soluciones imaginarias.

La explicación encontrada para completar el big bang con una vuelta al principio, en una contracción del Universo que supone una vuelta a empezar, es un ejemplo de patafísica muy adecuado. Los más antiguos lo han localizado como la paradoja del huevo o la gallina, al no estar dispuestos a decidirse sobre lo que fue antes.

Pero los ejemplos patafísicos puede hallarse también en la vida cotidiana. El amor, como recoge Braudillard en su libro sobre Las estrategias fatales (Anagrama) es uno de ellos. El que ama necesita imaginarse que su amor es correspondido. Puede que sea así, pero, en verdad, nunca lo sabrá plenamente, porque no puede introducirse en el cuerpo del otro para asumir toda su complejidad. Necesita, simplemente, creérselo, para cerrar el círculo.

Como en el cuento del ratón y el experimentador, la cobaya cree que ha condicionado el reflejo del investigador para que le dé algo de comer cada vez que abre la tapa. No es el de la bata el que manda; es el de la cola.

Uno de los ejemplos patafísicos de la política actual lo encontramos, en nuestra opinión, en la estrategia del gobierno de Zapatero. Desde arriba se imaginan que lo están haciendo muy bien. Pero solo necesitan creérselo para no caerse con todo el equipo. Lo que le está pasando al PP no es que sea patafísica; es esperpento puro.

Sobre las consecuencias de la retirada del muro de Berlín

No cayó. No tuvo lugar la caída del muro de Berlín. Lo retiraron los que lo pusieron, adrede. Abrieron primero una puerta -después de anunciar desde un mes antes que lo harían, a bombo y platillo- y dejaron pasar por ella a los que quisieron, marcando sus pasaportes con un sello sobre la foto.

Valoraron los efectos. Los de un lado y los del otro. Sin información, cautos al principio, frenéticos después de advertir que los militares de frontera no solo no disparaban contra nadie, sino que saludaban desde el otro lado, unos cuantos ciudadanos desde el lado de la República Federal alemana, con buriles, punzones, desatornilladores y otros instrumentos precarios, abrieron un boquete.

Fue un momento histórico, si. Otro más de los muchos de los que la política dotó al siglo XX. No fue equiparable al del comienzo o final de las dos guerras mundiales, ni a las crisis económicas de los 20 o de los 70, ni a la creación de la ONU o de la Comunidad europea, o al uso de la energía nuclear con fines pacíficos o bélicos, o a la consagración de la hambruna subsahariana, o a las guerras de Vietnam o Corea, etc.

La retirada del muro de Berlín fue una operación necesaria para un trozo ficticio de país, la República Democrática alemana, que llevaba una década en suspensión de pagos y se había convertido en una carga pesada, económica y dialéctica, para las Repúblicas rusas. No había ya nada, además, que demostrar. El régimen comunista había probado su incapacidad para crear una economía saludable, corrompido desde sus raíces.

La perestroika de Gorbachov empezaba a cosechar sus frutos en el campo de la cooperación con el falso enemigo americano. Desde su acceso al poder de la URSS en 1985, ese político pragmático había comprendido que la guerra fría no tenía sentido. El imperio ruso aflojó la mano: Hungría y Polonia salieron por los primeros resquicios. El muro era un mastodonte incómodo, inútil. Parodiando a J.F. Kennedy (que había dicho cuando se construyó que "era mejor un muro que una guerra") Michael G. debió pensar que "era mejor abrir el muro y dejar que los parientes ricos nos liberaran de algunas bocas antes de que el hambre nos amargara a todos".

El muro de Berlín "cayó" teóricamente en la noche del 9 al 10 de noviembre, entre un viernes y el sábado de 1989, después de haberse mantenido en pie durante 28 años, sin que hubiera despertado en ese largo período, críticas significativas desde el otro lado de entender las cosas. Fue un despropósito, desde luego, un despilfarro consentido por quienes toman las verdaderas decisiones.

Para algunos, pocos, ciudadanos de a pié, resultó una provocación, un acicate para preparar el paso al otro lado. Porque los muros despiertan la curiosidad del ser humano y, en general, detrás de un muro siempre se piensa que existe una tierra mejor o peor. Se desconoce cuántas personas murieron exactamente por intentar traspasar esa línea de hormigón armado para "alcanzar la libertad" o por "traición intolerable", que son las dos caras de la misma impudicia. 

La historia posterior es aún confusa. La reunificación de las dos Alemanias tuvo lugar con gran boato en 1991, impulsando al canciller Kohl a la santidad. España perdió su papel de país privilegiado en subvenciones de la Comunidad Europea, que cambió propriddades.

De esa forma pragmática que siempre caracterizará a los que manden en Alemania, el muro físico fue sustituído por otro, invisible pero real, que, al día de hoy, permite distinguir sin dificultades a los alemanes que viven a uno y otro lado de la puerta de Brandeburgo. Les diferencian salarios de más de un 30%, posibilidades de trabajo, niveles de vida, el talante, el mismo concepto de bienestar y felicidad.

Resulta increíble, pero 20 años después, tal vez un 30% de los alemanes que fueron ciudadanos de la RFA creen que allí "vivían mejor".

¡Serán desagradecidos! Entretanto, los impulsadores de muros consintieron que otro muro más sólido, más alto, más fuerte, fuera construído en otro lugar del mundo. En Jerusalén. Hay otros muchos invisibles, y no hace falta recordar que ahora se levantan siempre desde el lado de la opulencia. Ya no debe parecer necesario andarse con rodeos.

Sobre el arte de la crítica

La profesión de crítico de literatura, de arte, de cine, de teatro, de toros y de fútbol -por citar solo algunas de las más expresadas por sus detentadores, es uno de esos granos singulares del mundo laboral y cultural que han salido a nuestra sociedad.

Para empezar, hay que decir que la posición de crítico de -sea cual sea-, no se estudia en ninguna parte, sino que se la auto-atribuye el propio interesado. Po ello, la posición más ventajosa para alcanzarla, la tienen quienes disponen de un medio de divulgación. Los periodistas figuran entre esos privilegiados.

No nos referimos necesariamente a quienes han estudiado la carrera de expertos en información. Incluso puede ser un hándicap. Para escribir en un periódico, por ejemplo, no hace falta acreditar nada: es mejor ser amigo del director o de uno de los redactores y hacerse un hueco entre las páginas.

Los mejores críticos serían los autores. Solo ellos saben de las dificultades de la creación y solo ellos pueden valorar quienes son los que tienen las mejores técnicas, y aprecian los recursos utilizados, y no solamente los efectos. Al igual que en una clase, los alumnos saben bien quiénes son los mejores, entre los especialistas de una disciplina, quienes están más capacitados para conocer los que destacan, son los propios involucrados.

Son ideas que pueden parecer rebuscadas. Aunque solo habría que pensar en la diferencia, por ejemplo, entre la crítica de arte y el arte de la crítica. La segunda es imposible sin poesía. Para la primera, muchas veces, lo único que se utiliza es la mala leche.

Sobre bodrios, infumables y tostones

Vivimos rodeados de bodrios. La producción mundial de bodrios aumenta, según los síntomas, exponencialmente. La mayor parte de los objetos que se presentan como artísticos, de las películas cinematográficas, de las obras teatrales, de los bestseller que abarrotan las estanterías de librerías y centros comerciales, son infumables, muestras del horror, faltas de imaginación, tostones. Bodrios.

¿Será por culpa nuestra? ¿Habremos perdido unos pocos el sentido de lo artístico, la conexión, siempre sutil, que nos conduce a valorar la belleza, en coincidencia con la mayoría?

Puede ser. Ojalá, por ello, nunca nos veamos en la ocasión de contrastar nuestra estética con la de alguien más poderoso. Una situación incómoda de ese estilo se produce cuando nuestro jefe, convertido en anfitrión porque quiere proponernos algo o sacarnos información sobre un compañero, nos acerca a uno de los cuadros del salón y nos pregunta qué nos parece.

¿Aquél adefesio, ese esperpento? . El cuadro es horrible. Un bodrio. Copia de un obra de un pintor muy conocido, realizada con una paleta limitada y unas desproporciones aparentes. Un paisaje tomado de una fotografía al que le falta toda gradación de color y sentido de la perspectiva y la distancia. Una de esas escenas de caza de ciervos o zorros que se estilan todavía en las salas de estar de las familias de clase media impudiente.

No queda más remedio que mentir. "Me gusta, me gusta mucho. Es muy original", balbucearemos. El peligro ahora es solamente que el patrón nos confiese: "Es de mi mujer. Se ha aficionado a pintar y resulta que vende algunos. Tiene de este mismo estilo varios. ¿Quieres uno?"

Lo más probable es que, si tal sucede, saldremos de la cena con un bodrio bajo el brazo y habremos aumentado, a costa del bolsillo, la autoestima de un/una artista imrpesentable.

(P.D. Para explicar la diferencia entre lo que experimenta una persona sensible ante una obra de arte y los, generalmente autoproclamados "críticos de arte", Luis Cardoza y Aragón escribió: "Hablo del poeta: no me refiero a esos tristes profetas normativos desmentidos siempre, especialistas de lo obvio y disecadores imaginarios del pasmo y de la gracia, zafios codificadores de academicismos, desahuciados censores que lanzan centellas de trapo, rutinarios necrófilos que ven decadencia o catástrofe ante las nuevas situaciones, viscosos cuerpos opacos entre la creación y el contemplador". En Arte y crítica, publicado en los 90)

Sobre las virtudes de los comerciantes chinos

La invasión china de los siglos XX y XXI es silenciosa, pero muy efectiva. Nos tienen cogidos por los huevos, la leche, las sartenes, los objetos de plástico y todas esas cosas necesarias para la vida.

No sabríamos vivir sin los comerciantes chinos. Están allí donde los necesitamos, a cualquier hora, con el complemento preciso para terminar el bizcocho, la ensalada, hacer un bricolage o meter el último tentenpié al coleto. Los hay especializados, sustituyendo a las antiguas tiendas de la esquina, en productos alimenticios; otros son la versión próxima y barata de la sección de oportunidades del Corte Inglés.

Es cierto que son todos los chinos son físicamente iguales: poseen el mismo aspecto pulcramente desaliñado, hablan a gritos y llevan unos zapatos horribles. Cuando están parados, parece que no te están viendo, y es que, simplemente vigilan. Cuando están en movimiento, llevan, desde furgonetas muy usadas pero nunca destartaladas, conduciéndolos en parejas o tríos, unos bultos inmensos que conducen a sótanos y trastiendas que nunca hubiéramos imaginado que existían.

No hablan nuestro idioma (salvo los más jóvenes), pero lo entienden perfectamente por vías desconocidas de la comprensión humana. No hay más que atender a una conversación habitual entre un cliente y su diligente proveedor chino: "¿Tenéis un chisme de esos que sirven para que espese la masa?" y, después de mirar al inquirente de hito en hito, como si fuera a penetrar su alma, el chino se va en silencio a un lugar oculto en una de las estanterías del fondo de su tienda, y le acerca una batidora de varillas.

Sobre EDF y las buenas relaciones empresariales

Para entender algo del complejo mundo de la economía, no hace falta tanto haber estudiado en Harvard, sino saber leer el Hola entre líneas.

Se aprende mucho más de las relaciones de poder real mirando las fotos de los invitados a bodas, cacerías y guateques y calibrando la intensidad de sus sonrisas y apretones de manos, que elucubrando sobre las curvas de oferta y la demanda o las teorías de los oligopolios complejos. 

Hace unos días (principios de noviembre de 2009) la EDF (Electricité de France, en nombre desglosado) comunicaba que había acogido a un excelente profesional, ya madurito, como consejero delegado de su nueva andadura. Se trataba del laurado ingeniero civil Henry Proglio, azote en su momento de Jean Marie Mesnier (hoy perdido para la causa de un cine francés universal) y que ocuparon las dos primeras posiciones de control en el grupo Vivendi (antes Compagnie General des Eaux).

Qué tiempos aquellos. Proglio, discreto, tímido, serio, inteligente, genial, había entablado una amistad duradera con Esther Koplowitz, educada en Francia, la dama de oro de FCC, la empresa española que tenía un fondo de armario lleno de dinero para invertir en expansión internacional. Se firmaron acuerdos de amor entre las dos empresas, y se establecieron vínculos para la actuación en varios frentes que deberían garantizar un sólido futuro.

Algo debió oler raro en la cocina en donde se gestaba la gran fusión y, cuando el ávido gigante francés parecía que iba a hacerse con la bolsa de FCC, se pudo salvar del fuego la mayor parte del dinero. Messier se retiró a Nueva York para salvar el pellejo, y Proglio siguió manteniendo una relación sincera con Koplowitz.

Una relación que sabrá aprovechar Baldomero Falcones, hoy Presidente de FCC, experto en el negocio de vender a tiempo, sacando rentabilidades, que fue fundador de Magnum Industrial Partners, el mayor fondo de capital riesgo de España, y antiguo socio de Ángel Corcóstegui, amigo personal de Botín, capitán del Grupo Banco de Santander.

El sector energético es una expansión de actividad que siempre atrajo al grupo FCC, y es muy posible que Esther Koplowitz quiera devolver a Proglio el favor de haberle soplado que Messier se ponía para dormir, además del pijama, el gorro de Napoleón.

Con ello, encajarían mejor los sutiles hilos que han permitido a FCC comprar a EDF una de las empresas " no estratégicas" de la empresa pública francesa de electricidad: ASA (en Austria) y se explicaría con brillantez las razones por las que EDF ha mantenido un complejo chiringuito que va desde las energías renovables a la distribución de electricidad en el descoyuntado mercado energético español, falto de un plan estratégico desde que nos hemos especializado en distinguir a los galgos de los podencos.

 

Sobre las relaciones médico-impaciente

Dicen los expertos que el médico debe evitar mirar el rostro de su paciente (obviamente, salvo que sea clínicamente imprescindible).

Para los médicos de empresa, que deben hacer cientos de revisiones cada día, se puede sospechar una malévola razón: no vayan a perder tiempo con minucias.

También se puede pensar que, a la postre, lo que debe ocupar a un galeno en sus exploraciones del cuerpo de los otros es la anomalía y no aquello en lo que somos (a pesar de afeites, reajustes y pócimas) iguales.

Pero resulta que el principio de no mirar a los ojos del impaciente es de aplicación general. Incluso (o en especial) rige para los siquiatras, que no pueden correr el riesgo de involucrarse en las intimidades de sus clientes,  por ser si, a fuerza de querer colocarse en su postura, acaben atrapados en aquellas.

El médico debe mantener una distancia salutífera con su paciente, precisamente para poder actuar con objetividad y neutralidad, empleando toda su ciencia en solucionar el problema. Yendo al grano, al complejo, a la disfunción, a lo patológico. 

Sospechamos que esa aseveración, de no tratarse de una leyenda urbana más, pondrá los pelos como escarpias a los sicólogos, de los que hemos oído repetidas veces que cada paciente es diferente y que hay que acomodar el tratamiento a los destilados especiales del que se ha echado en el sillón de la consulta.

Si no fuera así, pedimos perdón al colectivo que pueda sentirse agraviado. Que se vea este comentario como una simplificación irónica de cómo van las cosas.

El fondo de la cuestión es, con todo, muy real. Vamos camino -o hemos llegado ya, seguramente- de una medicina impersonal, colectiva, desanimada. El resultado es el producto combinado del crecimiento de la población humana, del trauma vocacional provocado por la proliferación de grandes hospitales, con muy buenas dotaciones materiales, pero en los que el médico es un número.

No es nada salutífero -valga la palabra- advertir la colmatación de las salas de espera de los ambulatorios como de los servicios de urgencia, con gentes que tienen desde un catarro hasta la pierna sesgada por el tractor, sin contar con el efecto llamada que hemos lanzado, desde la hipotética opulencia, a los inmigrantes de los países más pobres que nos traen a sus enfermos para obtener su tajadita de nuestro estado social. Tampoco suena bien el resquebrajamiento de la ética, incluída la parte que correspondía a Hipócrates, que ha implantado el sálvese quien pueda como medida generalizada del valor.

Lo más seguro para que un médico que ha superado una dura carrera, unas complejas prácticas clínicas, oposiciones, pruebas, privaciones, para acabar encajado en un complejo en donde se mide su efectividad con cuatro números, es no meterse en problemas, y ello supone admitir que no quiera involucrarse pensando que enfrente tiene un ser humano desnudo, sino un objeto de trabajo.

Del alma, si existe, ya se ocuparán otros.

Sobre la muerte

El muerto al hoyo y el vivo al bollo, es un dicho que recoge, con precisión castellana, los intereses en juego en torno a la muerte.

Refleja también, con toda crudeza, la poca fiabilidad que la cultura popular concede a los argumentos en torno a la trascendencia del ser humano, el descrédito de las posiciones religiosas respecto a la existencia de otra vida, incluso aunque se nos presente como más privilegiada.

Una vez que el cuerpo del otro se queda inmóvil para siempre y empieza la descomposición de su materia, el cuerpo propio reclamará la inevitable atención: hay que darle alimento para que el mismo no decaiga.

Esta idea de que lo único que tenemos es la vida, y que hay que aprovecharla, disfrutar a tope, se ha incrustado de tal forma en nuestra sociedad, que se ha convertido en el mensaje más relevante.

Disfrutarlo todo, hollarlo todo, consumirlo todo. Este movimiento iconoclasta ni siquiera se detiene ante la cuestión trascendente de "cómo disfrutar mejor" o "con qué sentido", sino que se ve arrollada por el impulso colectivo, especialmente visible en un sector tal vez incluso mayoritario de la juventud, de que para gozar a tope de la vida hay que desplegar absolutamente cuantas opciones de posible placer que estén al alcance, sin pensar ni en el día de mañana ni, desde luego, en lo que pudiera tener lugar después de la propia muerte, a nosotros o a lo que sobreviva a ésta.

Resulta curioso que nuestra sociedad española haya importado la fiesta anglosajona del Halloween para sustituir a la Festividad de Todos los Santos, que la iglesia católica viene celebrando el 1 de noviembre desde que el papa Gregorio III (allá por 741), la fijó definitivamente en esta fecha, y que había sido establecicida para conmemorar, tanto a los bienventurados conocidos como a los anónimos, que eran multitud desde que el emperador Diocleciano se había empeñado en poner un halo de virtud martirológica a cuantos cristianos se puesieron al alcance.

Resulta curioso que nuestra sociedad española haya olvidado la festividad de Difuntos, establecida el 2 de noviembre, y señalada como diferente a la anterior, y cuyo origen es incluso anterior, pues parece haber sido fijada por un tal San Odilón, abad de Cluny, francés por supuesto, en 998.

Lo que ya no resulta curioso, sino coherente, es que en cualquiera de estas fechas, sean pocos los jóvenes españoles que se dejan caer por los cementerios a poner, como era costumbre, flores a sus deudos y adecentarles los nichos donde yacen, y que se lancen a las calles, descocadas ellas y sedientos ellos, (o al revés, quién sabe) disfrazados de brujas, muertes, diablos, trasgos y vampiros (o puede que al revés o en totum revolutum), proclamando que hay que aprovechar el hoy, y que, si alguien cree que existe un mañana en donde rendir cuentas ante un juzgado que no sea el del Garzón y otros empecinados, que cambie el chip y corte el rollo.

Sobre lo que hay que tener

No, lector, no voy por ahí. Lo que hay que tener no son agallas (o sus sinónimos más populares), sino, simplemente, trabajo. Trabajo remunerado, además. Si no se tiene trabajo remunerado, es probable que para los demás, no existas. Borrarán en la listas de direcciones tu nombre, olvidarán el número de móvil, retirarán tu tarjeta del tarjetero o escribirán encima "no válida". 

Solamente hay unos pocos que, teniendo remuneración (y alta), no tienen trabajo. Son los privilegiados: reciben rentas por no hacer absolutamente nada. Puede que con ella se les estén pagando pasados servicios de fidelidad o choriceo, o que sus antepasados se hayan dejado la piel o actuado con habilidad suficiente para arañar de sus coetáneos la fortuna de la que viven ahora sus descendientes.

Volviendo al principio. El avance tecnológico provoca que el trabajo se desplace como una serpiente, desde los viejos sectores a los nuevos. Lo que se llama cualificación para trabajar, también se muda: se hace más liviana, casi etérea. Abandona el mono de trabajo y se viste de cuello blanco y traje gris; dejó también el mandil de ama de casa y se puso zapatos de tacón y pantalón azul.

Nadie pareció advertir que iba a haber menos trabajo al mismo tiempo que se lanzaba más gente a buscarlo. Creció, dicen, la población activa, pero las remuneraciones medias bajaron. No se divulgan esas cifras, porque harían daño a los que se sientan en la complacencia de los números peinados a propia conveniencia.

Mientras millones de jóvenes buscan su primer trabajo para existir como ciudadano independiente, y millones de desempleados en edad de producir todavía mucho más se retiran a los cuarteles de las exigüas pensiones, desde las calderas profundas de la economía de mercado, se sigue convenciendo que el trabajo dignifica, que es necesario para ser feliz, que hay que cualificarse para entrar en el mundo laboral, y ser útil a la sociedad.

El trabajo hace libres, hemos creído leer en muchos frontispicios de nuestra sociedad egoista. Nos recuerda...¿qué nos recuerda?

 

Sobre méritos y meritorios

Siempre nos ha parecido que en las dos acepciones de la palabra meritorio, según se use como adjetivo o como sustantivo, hay una ironía muy al pelo de nuestra idiosincrasia. Los que realizan tareas meritorias pocas veces se ven reconocidos por esa labor, y los que recogen el fruto de esa labor, los que cosechan el mérito, son otros.

Los meritorios son, según el docto libro, los que trabajan sin sueldo, y aclara que las razones de esta esplendidez, se encuentra en que actúan como aprendices, o a la espera de que su trabajo pase a ser remunerado.

Los tiempos han cambiado. Hoy, hay algunos que trabajan sin sueldo solamente por el prestigio que da pertenecer a una institución (o así creen obtenerlo), y, por supuesto, siguen siendo multitud los que están dispuestos a hacer de meritorios un tiempo, en la pretensión de que se les reconozcan la capacidad para ocupar un puesto asalariado o alcanzar esa distinción que les hace tilín y exige algún peaje.

Por eso, meritorio tiene ya poco que ver con los méritos, y los que los tienen oficialmente reconocidos, defienden la exigencia de cualificación para llenar los huecos que aparecen en las posiciones adyacentes con uñas y dientes, conscientes de que, cuanto más prestigio haya en los lados, más se ensalzan ellos.

Desde sillones en las Reales academias, pasando por puestos en consejos y juntas colegiales y patronazgos de fundaciones, hasta cátedras, sedes, gorros, plumas, medallas, o asesores áulicos, todos los sitios de pretendido prestigio tienen bicho, y acceder a ellos exige muchas más cosas que los méritos. Incluso, en muchos de ellos, los méritos son un hándicap, una rémora, una opción de sospecha para que los que están arriba lancen los aceites más hirvientes sobre los aspirantes.

Hay quienes se esfuerzan en conseguir esos puestos que gozan de beneplácito y fulgor aparentes. Deberían convencerse, sobre todo, si no consiguen el objetivo, de que la inmensa porción de la sociedad ignora estos alcances. El prestigio se lo conceden, en general, solo los que están en el ajo, los que tienen el título o los que aspiran a él.

Las preocupaciones de las gentes normales no van por el camino de que se les valoren los méritos con plumas ni sillones de rancios cueros, sino por la necesidad de superar la condición de meritorios y conseguir que se les pague en dineros por su trabajo.

Sobre los riesgos de no apoyar la energía nuclear

En la interesante exposición de argumentos que los días 28 y 29 de octubre de 2009, por la que muy cualificados conferenciantes respondieron a la convocatoria del Consejo Superior de Ingenieros de Minas de España para debatir sobre Estrategia energética, aparecieron muchos de los contrasentidos que se han introducido en este momento en el debate energético. Algunos afectan, y directamente, a la posición respecto a la energía nuclear.

No es un Comentario rápido en un cuaderno digital el lugar adecuado para concentrar todas las teorías, paradigmas, verdades y falsedades en torno al tema.

La intervención de los políticos con la que se cerraron las Jornadas (que concluyeron, desde luego, con la clausura oficial y el resumen -animado con notas propias- del ingeniero de minas Pedro Larrea, que actuó de relator) demostró que la posición de nuestros representantes populares está emponzoñada en un doble sentido: la intoxicación informativa, en un tema en el que no se han dejado aconsejar por los expertos, y la alineación, en terrible error ideológico, de las posiciones teóricamente de izquierdas con el rechazo a la energía nuclear y la defensa de las energías verdes como la apuesta única que habrá de salvarnos el futuro.

La tremenda paradoja, el descomunal despropósito de abominar desde la izquierda española de la energía nuclear , lo expuso, en pregunta-reflexión a los parlamentarios que intervinieron al final de las Jornadas técnicas, un ingeniero de minas de excepción, que se declaró socialista de carné con solera, admirado desde todos los sectores, y que será nombrado ingeniero del año por el Colegio de Ingenieros de Minas de Centro: Juan Manuel Kindelán.

Kindelán deshace, desde el conocimiento de la cuestión, las dos falacias respecto a la energía nuclear: son seguras y el tratamiento de los residuos tiene solución, y la tendrá, plena, en muy pocos años, si se sigue avanzando en el buen sendero de las investigaciones ya muy desarrolladas.

Y no tiene sentido económico ni social, apostar por un modelo energético sesgado hacia las energías llamadas verdes, que, hoy por hoy, no pueden abastecer autónomamente nuestras necesidades, a las que se está beneficiando con subvenciones que apoyan la producción -4.000 millones de euros anuales- y no la investigación (caso de las eólicas, tecnología madura), despreciando la importante posición de prestigio y saber hacer, reconocido internacionalmente, de nuestros expertos nucleares y de las empresas que suministran energía de base nuclear.

 Juan Manuel Kindelán calificó de "grotesca" la posición asumida desde los partidos de izquierdas españoles, IU y PSOE. Muy poco antes, el representante del PSOE en la mesa de debate, Jesús Arique, había manifestado -sin sonrojarse ante la protesta masiva de los expertos presentes en la sala- que, a diferencia de las centrales nucleares francesas, las españolas no tenían flexibilidad productiva y debían funcionar de forma permanente.

Gaspar Llamazares, en un discurso serio, desde luego, pero políticamente sesgado, recordó que en Garoña, entre los ciudadanos de los municipios que se oponían al cierre de Garoña, estaban también los que habían manifestado su protesta porque se instalara en uno de ellos el depósito de residuos nucleares.

Lo que se olvidó de indicar, como también omitió Arique, es que la ciudadanía responsable se pregunta también por las compensaciones que se prevean para los sacrificios que pueda exigir la solidaridad. No se puede pretender que en un debate lleno de confusión, unas poblaciones asuman los perjuicios sin obtener, a cambio, satisfacciones en lo que importa: seguridad de futuro, trabajo y garantías.

Los riesgos de no apoyar la energía nuclear, anatematizándola, son los de atrasar la recuperación de España, dificultar, por el encarecimiento de la tarifa eléctrica, la competitividad de las empresas, y generar falsas expectativas de actividad y empleo, creyendo obcecadamente que se puede adquirir una posición relevante en el mercado de las energías alternativas, sin advertir que las empresas eléctricas no tienen corazón social, y que se adaptarán a la ideología política imperante.

Lo expresó muy bien, contrariamente a las medias palabras de los representantes parlamentarios -sobre la posibilidad de incluir en el Pacto de Estado por la Energía la producción nuclear-, otro ingeniero de minas, José Luis G. del Valle, ex- presidente de Scottish Power y consejero delegado actualmente de Iberdrola (con otra dicción, pero esta idea): Las empresas no tienen preferencias respecto a una fuente de energía; están preparadas para adaptarse a la filosofía política imperante en cada momento, y no pueden descuidar ninguna, porque cada país es diferente, y toma sus decisiones de forma oportunista, como le conviene.

 

Sobre la operación Scheisse egal

El superjuez Garzón tiene una formación alemana, como corresponde a un jurista que gusta de la finura. Por eso, a los sumarios importantes les da nombres extraídos de la lengua de Goethe y Reiner Maria Rilke. Este es el caso de la instrucción realizada en torno a Correa, a la que llamó Gürtel, que significa Cinturón en alemán.

De esta manera, además, lanza un guiño a las musas del Parnaso, que estarán encantadas de ver cómo este aplicado y eficacísimo magistrado va descubriendo los agujeros por los que se han ido colando los presupuestos éticos de nuestra sociedad. Obviamente, corriendo él mismo un grave riesgo personal y, il va de soit, para su carrera profesional, amenazada continuamente por los enemigos de la verdad.

La última operación de desenmascaramiento de Baltasar Garzón está ligada a la basura, a la recogida y tratamiento de los residuos, o sea, dicho con toda vulgaridad y énfasis, de la mierda. Esta palabra que malsuena a delicados oídos ha servido -seguramente por el asco que levanta en tantos espíritus educados entre rositas-, para enriquecimiento de más de uno. Retirar la porquería que deja el bienestar de los demás, da dinero, y da tanto más cuanto más sensibles se hacen los ciudadanos que disfrutan del servicio.

Pero resulta que algunos de quienes adjudicaban las concesiones administrativas de la recogida de los residuos, no eran trigo limpio. Lo hacían a cambio de algunos dineros.

Qué escándalo. Como mierda en alemán se escribe Scheisse (y, por cierto, no tiene las mismas connotaciones que por acá, pues, como en el caso francés de merde, lo tienen mucho más en la punta de la boca), se podría llamar a esta operación, si aún no tiene nombre, Scheisse. Scheisse egal, tal vez, que es la forma de indicar Me importa un pito.

Porque aunque a los ciudadanos les importa mucho lo que se haga con los dineros públicos, provengan o no de la basura, nos tememos que a quienes manejan la mierda de este país, les importa Scheisse egal lo que el voluntarioso juez Garzón esté haciendo por desenmascarar la corrupción del engranaje.

Tenemos la impresión de que le han puesto, como a Sísifo, la tarea de escalar una montaña con una bola inmensa en las espaldas y, cuando parece que está llegando arriba, le dan una patada al redondel y le condenan a empezar desde abajo.