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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre desarrollo sostenible: la combinación de quimeras y falacias

Desde que la Comisión Brundtland presentó en 1987, para las Naciones Unidas, su Informe sobre "Nuestro futuro común", introduciendo por primera vez en nuestro doctrinario el término "desarrollo sostenible" (o sustentable, según los más quisquillosos en eso de la terminología), hemos contaminado mucho.

No solo contaminación: también hemos despilfarrado energía, consumido más espacios naturales, aumentado la distancia entre pobres y ricos y sustentado unas cuantas tensiones entre los pueblos del planeta, lejos de cualquier alianza entre civilizaciones y algo más próximos a darnos garrotazos con lo que tengamos más a mano, para saldar nuestras diferencias por la vía expeditiva del otecallasotemato.

El resumen del mensaje de lo que habría que hacer, difundido por doquier, es un compendio de obligaciones de máximos y mínimos. Esta doctrina es escuchada con devoción por multitudes que están dispuestas a aplaudir a rabiar a los que aconsejan sostenibilidad, pero que no tienen igual disposición a cambiar sus hábitos.

En el fondo, la mayoría de los que son conscientes de que algo habría que hacer, renuncian a pasar a la acción en la convicción de que no es cuestión personal, sino colectiva, y que lo que uno pueda abordar es inútil, cuando hay cientos de millones que actúan en sentido contrario.

Así que el desarrollo avanza en lo insostenible, destruyendo para siempre bienes de los que no podrán disfrutar las nuevas generaciones (ni nosotros, si nos mantenemos vivos un par de años más), y nos alimentamos de quimeras (los hayqués) y falacias (los asaberporqués).

Desde el voto al chápiro verde al mecachis en tal

El chápiro verde no se presenta a las elecciones municipales y autonómicas y, por lo tanto, no se sabrá nunca cuántos votos hubiera alcanzado. Ni siquiera es posible ponerse de acuerdo respecto a lo que significa votar al chápiro verde, que no debe ser expresión de ninguna facultad de los electores, pues la invocación,  "¡Voto al chápiro verde!" se empleaba, hasta avanzado el siglo pasado (el XX) para demostrar enojo y disgusto, sin necesidad de acordarse de ningún ser metafísico ni acudir a palabrotas malsonantes.

Los chápiros verdes pueden ser tomados por duendecillos que aparecen por las noches y despliegan una febril actividad mientras los humanos sueñan; otros, más serios y doctos, creen a pies juntillas que los chápiros provienen, por no se sabe tampoco qué procedimientos regresivos, de los chapirones, que sería una forma de denominar las capas o mantos de las reses vacunas, cuando ofrecen ciertas particularidades.

Por su parte, los mecachis en tal aparecían, generalmente, en los soliloquios, para poner de manifiesto que se estuvo cerca de conseguir lo que, por desgracia, se escapó. Hoy día, han sido desplazados por expresiones mucho más contundentes y efectivas para revolver los ánimos ajenos, pero igualmente inútiles para corregir el devenir de las cosas.

Se puede decir cagoenla, hayquejoderse, pero no por ello se conseguirán mejores efectos que con la simpática, correcta y algo mojigata jaculatoria de ¡mecachis en tal!, que oculta, sin duda, intenciones mentales de evacuación más pestilentes, pero se puede/podía pronunciar en cualquier foro, sin ofender a nadie.

Claro que hoy, desaparecidos en la batalla del lenguaje vivaz, los chápiros verdes y los mecachis en tal, y ocupados sus huecos por una sarta de palabras que hace apenas un par de décadas se hubieran juzgado soeces hasta para un peón caminero (dignísima profesión igualmente extinguida), solo nos queda lugar para la nostalgia.

Aquellos tiempos en los que podíamos distinguir entre lo que era inadmisible para las personas de buena educación y las palabras que no deberían escuchar las señoritas distinguidas...Hoy las señoritas distinguidas llevan las bragas al aire y, aunque no se les irrite, están hasta los cojones -que ya son ganas de estar- y las personas de buena educación sufren, entre chápiros verdes y mecachis en tal, de una absoluta bradipepsia de sus malhumores y disgustos.

 

Sobre educación cívica y respeto ciudadano

Algo habría que hacer, y pronto, para atajar la multiplicación de faltas de respeto. A la persona, a los colectivos, a las propiedades, a la ciencia, a la cultura, a las creencias. A todo.

En el fondo de este permanente atropello de los derechos de los demás, está la impunidad en la que se sabe el trasgresor.

No estamos hablando de delitos, sino de faltas que merecen solo la calificación de leves, infracciones de pequeña cuantía y valor que, si fueran aisladas y escasas, no significarían más que un disgusto pasajero, una molestia superable sin consecuencias de consideración.

Pero son muchos los que han ocupado el espacio que era merecedor de respeto, y lo hacen, además, con desfachatez y petulante agresividad, como si los que estuviéramos incumpliento normas fuéramos los otros. 

La ausencia de perspectivas morales, de educación religiosa, de creencias trascendentes, es culpable -sin necesidad de ponernos ni nostálgicos ni dogmáticos- de una sensación de impunidad que les autoriza, a muchos individuos que se han instalado en el aprovéchate y meimportaunbledo, a hacer lo que les apetece sin preocuparse de a quién daño.

Sin necesidad de mirar hacia el más allá, al neminem laedere o a los más elementales principios éticos, hay razones pragmáticas para pensar que algo se nos ha descoyuntado en esta sociedad de pequeños delincuentes.

En muchas poblaciones, no hay suficiente policía, y la que existe, no actúa o, cuando actúa lo hace solo a instancias del perjudicado, que ha debido acudir a buscarla a sus recintos, y que, una vez fuera de ellos, manifiesta una tendencia inquietante a no tener dificultades y a ser delicada con el infractor o con el violento.

Ni se le ocurra hacer Vd. mismo de objetor hacia el que molesta o incumple. Jóvenes que hacen botellón a altas horas de la madrugada en la plaza cercana a su (de Vd.) imposible descanso nocturno; falsos artistas del spray que ensucian las paredes, los cristales de escaparates y el mobiliario urbano con la manifestación e sus egos enfermos, negocios que sacan a la calle, interrumpiendo el paso, sus anuncios, bártulos y chismes; etc...todos ellos reaccionarán con violencia verbal, y puede que hasta física, si se le ocurre llamar la atención acerca de lo que dañan y su nulo derecho.

Pónga el lector otros ejemplos: borrachos o drogadictos armando bulla o durmiendo su enajenación en el portal, en los soportales de dependencias públicas o privadas o en los recintos de cajeros bancarios y entradas a comercios, incluídos tiendas de comestibles, haciendo sus necesidades en los tiestos o en las esquinas; mozalbetes jugando al balón con ímpetu insolente junto a terrazas de bares o cafeterías (Cualquier lugar vale: hay un grupo de jovenzuelos que se complace en organizar partidillos de futbito sistemáticos en la plazuela de entrada al Ministerio de Ambiente de Madrid).

Haga un ejercicio de prueba respecto a su poder de persuasión: Pruebe a llamar hoy la atención, de la forma más suave y tranquila que le sea posible,  a -por ejemplo- cualquier grupo de mocosos que hayan irrumpido en el vagón del metro, vociferando y con sus aparatitos reproductores de sonido a todo volumen, ocupando con rapidez, además, sin preocuparse de si hay ancianos, lisiados o embarazadas en presencia, todos los asientos libres, cuando no sentándose en el suelo, y ocupando todo el sitio que a su expansión de pobreza mental de la gana.

Sobre el lifting de los políticos

El territorio se nos ha poblado de caras de personajes sonrientes de las que algunas nos recuerdan vagamente a gentes a las que hemos visto otras veces, solo que ahora lucen bastante más jóvenes.

Son los políticos. Por estas fechas en las que reclaman nuestro voto, se acercan a la calle, abandonando tal vez las tareas para las que están acostumbrados (criticarse sin piedad cuando las cámaras de TV les enfocan en las foros en los que dicen representarnos y realizar pactos de conveniencia en los salones y restaurantes en los que se representan a sí mismos).

Hélos ahí, pues. Sin arrugas ni canas, con los dientes cuidadosamente alineados, entrevistos para reforzar sonrisa de oreja a oreja; sus caretos se acompañan de una frase presuntamente ingeniosa, se supone que pegadiza, en una operación de márketing por la que habrán pagado una pasta, que ya reclamarán oportunamente de nuestros bolsillos.

"Somos de los tuyos"; "Tenemos soluciones"; "Por una ciudad más cómoda"; "Ya es hora de cambiar"; "Estamos bien y vamos para mejor"; y otros eslóganes similares pudieran ser los mensajes con los que nos recrean los oídos estos seres incólumes al paso del tiempo.

Nosotros envejecemos, somos conscientes de nuestra fealdad y nuestros achaques, nos faltan las ideas para solucionar incluso lo que más nos afecta y a lo que dedicamos noche tras noche, estamos desanimados porque nos abruma una sensación de soledad e impotencia de la que no conseguimos librarnos, pero ellos se nos muestran rejuvenecidos, atentos, ingeniosos, rotundos.

Por fortuna, esa exhibición insultante de bienestar, de fuerza, durará apenas por un par de semanas.

Después, ellos volverán a sus desconocidos trabajos y nosotros...tendremos que buscarnos la vida como bien podamos.

(P.S. Por supuesto que no todos los políticos responden a este retrato, cuyos tintes caricaturescos no habrán pasado desapercibidos al lector inteligente; la cuestión más grave es que no sabemos cuántos son los que no cumplen con este estereotipo populachero y, por momentos, ni siquiera sabemos dónde están).

Sobre los derechos fundamentales en internet

Sobre los derechos fundamentales en internet

IGF Spain (la rama local del Foro de la Gobernanza de Internet) celebró el 12 de mayo, en la E.T.S.Ing. de Telecomunicaciones de Madrid, su Jornada Anual. Se llevaron a cabo varias sesiones de debate paralelas, entre las que se distribuyeron los más de 150 asistentes a la convocatoria - una mitad de ellos, como reconoció Jorge Pérez, participantes en los debates previos-.

Hubo que elegir, y ante la escasa disponibilidad de tiempo ese día, nos decantamos por la reunión sobre "Derechos fundamentales en internet", que coordinó -muy bien, con intervenciones tanto de síntesis como de dinamización, y sin renunciar a expresar sus propias ideas- Paloma Llaneza.

Entre los debates a los que no pudimos asistir, se encuentra el de "Acceso ciudadano, open data y gobierno abierto", en la que participada Antonio Fumero, siempre ingenioso y polémico.  Todas las intervenciones de la Jornada están grabadas, así que las podemos seguir en diferido.

Para nosotros, la cuestión de la utilización de internet tiene dos facetas, disociables desde el punto de vista también de los derechos y deberes en juego:

a) acceso libre y anónimo a la información que haya sido entregada a la red con la voluntad de sus generadores de hacerla pública. Está directamente relacionado con la alfabetización de los usuarios y la cobertura de la red, y supone técnicamente la generación de una autovía de comunicaciones en la que solo queden identificados los generadores de información, de manera que el receptor pudiera juzgar sobre su autoridad, credibilidad e intenciones.

b) acceso con identificación digital para acceder -y proporcionar- contenidos a la red que no se desea comunicar más que a determinados grupos o personas, y de cuyo carácter anónimo o reservado deberían ser garantes los responsables de los centros de comunicaciones, con el refuerzo de una normativa específica y el amparo, ocmo ultima ratio, de la legislación penal.

La posición expresada no coincide necesariamente con lo debatido en la mesa, sino que recoge las dos intervenciones que tuvimos en el debate. Los asistentes, a preguntas concretas de Paloma Llaneza, convinieron en que el derecho al acceso no es un derecho fundamental (lo que no obsta, como subrayó Angel de la Hoz, para reconocer que "las nuevas tecnologías son un medio de acceso a la culuta del conocimiento y de la información" y que, por tanto, todos tengan el derecho a usar del mismo).

La posición es discrepante con la mantenida por Miguel Pérez Subias, para quien la Constitución española que "en nuevas tecnologías chirría por varios costados", debería modificarse para incorporar, entre otras cuestiones, el derecho fundamental al acceso a internet.

Mucho más escépticos -y terminantes- respecto a los "nuevos" derechos vinculados a internet estuvieron los abogados Andy Ramos y Ricardo Gómez Cabaleiro, quienes negaron la mayor ("los derechos fundamentales son algo muy serio"), y también tuvieron reservas a que existiera un pretendido "derecho al anonimato de mi ip", que Ricardo asoció a una posición romática que aparece en la Humanidad cada vez que aparece un terreno virgen y se recupera la ilusión de que la convivencia no necesita leyes).

Fue también Gómez Cabaleiro quien denunció la incongruencia con otras posibilidades de identificación (por ejemplo, de los propietarios de vehículos o viviendas) frente al anonimato que se protege en internet. "El art. 1.1. de la Ley de conservación de datos establece que solamente se puede desvelar a quién está detrás de una ip para persecución de delitos graves -castigados con más de 5 años de privación de libertad-, lo que es una salvajada y una vergüenza". (p.ej. no permitiría el levantamiento del velo de la ip "por la distribución de pornografía infantil, o en hacer proposiciones sexuales a menores de 13 años...porque detrás de los propóositos de la Ley no estaban los amantes de la información, sino las empresas telefónicas").

(N.B. La foto corresponde a la apertura de la Jornada; en la mesa se encuentran el director de la Escuela, el de las Jornadas y los representantes de las empresas patrocinadoras).

 

Por colisión de las placas europea y africana, Lorca sufre un grave terremoto

No es una metáfora. El conjunto de fallas del Valle del Guadalentín, de origen tectónico y sísmicamente activo, ha causado nuevos terremotos en la zona mediterránea; esta vez, de magnitud inferior a 5,1 en la escala de Richter.

Fue el 11 de mayo de 2011 y sus sufridores en esta ocasión, los 92.000 habitantes de la hermosa ciudad murciana de Lorca. Hubo 8 fallecidos, casi todos por la caída de cascotes desde las cornisas a la calle, en donde se encontraban, dada la hora, o donde habían pensado encontrar mejor refugio.

No es posible predecir el momento exacto de los terremotos, pero sí están localizadas (también por razón de los daños que causaron en la historia reciente) las zonas de mayor sismicidad en el planeta Tierra. No servirá de tranquilidad a los murcianos recordar ahora que, como ha explicado Roberto Rodríguez, del Instituto Geológico y Minero (IGME), las regiones de Murcia y Granada, además de estar en una zona sísmica, tienen a sus poblaciones más importantes sobre terrenos de aluvión, "donde los seísmos se propagan más" (rápidamente, ofreciendo el terreno menor resistencia y, por tanto, llegan con capacidad más destructiva a la superficie). 

Una vez que se recupere algo la tranquilidad, pero antes de que llegue otra vez el olvido, será imprescindible que se revise la resistencia a los terromotos de los edificios e infraestructuras que se encuentran en zona sísmica.

No vamos a cambiar su ubicación, desde luego, pero de vez en cuando conviene que, además de preocuparnos, como bien nacidos, de lo que sucede lejos de nuestras fronteras, nos pongamos a trabajar, como sensatos, en corregir lo que nos afecta directamente.

Por cierto, a unos 200 km del lugar del epicentro se encuentra la central nuclear de Cofrentes, con 1.100 Mw de potencia instalada, un reactor de tecnología BWR (agua hirviendo) que ha resistido el terremoto sin ninguna consecuencia.

(Por supuesto, todo nuestro respeto hacia los fallecidos y dedicamos las más cariñosas palabras de ánimo para los heridos, y los familiares y amigos de todos ellos.

Aunque, dada la premonición del experto Roberto Rodríguez (EP, 12 de mayo 2011) de que "si dentro de una semana hay otro no es de extrañar", deberíamos estar todos más avisados respecto a la necesidad de preparar a las poblaciones de la zona en cuanto a lo que deben hacer: si ponerse bajo una mesa, salir a la calle, marcharse ya a otro sitio o confiar en que la probable réplica no supere el nivel 7 en la escala MSK ("daños no generalizados") y se mantenga lejos del que destruyó prácticamente la ciudad en 1674, con su magnitud 9 en la escala MSK.

Porque, para revisar una a una las edificaciones realizadas en la zona sísmica y comprobar su verdadera resistencia a terremotos del grado máximo previsible en ella, tendremos –ojalá- algo más de tiempo)

Sobre preparación y competitividad española

Vivimos, no dejemos duda, en un país atractivo, con temperaturas agradables y gentes distendidas y cordiales. Pero si hubiera que definir nuestra idiosincrasia con una sola palabra, elegiríamos ésta: contradictorios. Somos contradictorios.

Valoremos nuestra actitud colectiva con un par de ejemplos.

Nuestra industria del mueble tiene tradición y cuenta con buenos artesanos de la madera. Sin embargo, la mayoría de esas empresas, esclava de una concepción familiar y tradicional del negocio, sigue actuando, orgullosamente, con independencia de las demás y lanzando al mercado diseños que no corresponden al gusto general actual. Son muebles recios, desde luego, trabajados en buena madera, terminados con conocimiento, pero no encajan con lo que ahora se prefiere.

No solamente es cuestión de diseño. El trabajo artesanal, los materiales, la actuación contra pedido, hacen que los precios sean relativamente caros, la distribución complicada, el acceso al mercado de consumo difícil, los plazos de entrega excesivos y..., por tanto, el negocio languidece y los stocks de invendidos ahogan las economías.

Contrapongamos esta situación con el modelo Ikea. Muebles prefabricados, sencillos y baratos, fáciles de montar, que se pueden llevar en el propio automóvil y que se ponen a la venta en grandes superficies en donde se puede elegir todo lo necesario para equipar una casa. Detrás del escaparate hacia el cliente, hay un buen número de empresas que se han especializado en una gama de productos y, en conjunto, un concepto de diseño y publicidad coordinados, homogéneos, complementarios.

Otro ejemplo. Si Vd. ha tenido que cambiar su calentador de agua a gas recientemente, habrá tenido ocasión de comprobar que, a pesar del auge de la construcción que ha tenido España -varios millones de viviendas terminados en los últimos años- los aparatos que se ofrecen por los instaladores en nuestro mercado son alemanes o franceses.

¿No habrá habido oportunidad de crear un modelo competitivo español, teniendo en cuenta que se habrán instalado unos cuantos cientos de miles de calentadores/calefactores, que implican varios millones de euros de facturación? (cada aparato, al precio actual cuesta unos 2.000 euros). Y si hay algún fabricante español que se ha aventurado a penetrar en este mercado, ¿por qué no ha conseguido ultimar un producto técnicamente perfecto, habida cuenta de que hablamos de una tecnología muy poco sofisticada?

Fijémosnos ahora en estos grupos de diligentes trabajadores que, por doquier en nuestra geografía, realizan obras de reparación en calles y carreteras, demuelen tabiques y hacen nuevas distribuciones en oficinas, viviendas y clínicas, montan y reparan aparatos electrodomésticos de todo tipo, llevan y distribuyen mercancías, atienden cajeros en los supermercados y en cualesquiera "gran superficie",...?

Prácticamente todos son extranjeros. Rumanos y de otros países del este europeo, los que manifiestan habilidades manuales y técnicas; latinoamericanos, los que pueblan supermercados y empresas de distribución; ...

Por supuesto, no osamos referirnos siquiera a esos miles de tiendas casi idénticas en las que, bajo la tutela de eficientísimos ciudadanos orientales con conocimientos de nuestra lengua y cultura quasi-místicos, se ofrecen a la venta todo tipo de productos de uso y consumo, fabricados en su mayor parte allende las fronteras europeas, con calidades que suscitan tantos beneplácitos como improperios...  tiendas de todoaquí en las que sería motivo de legítimo asombro encontrar no ya en ellas, sino en toda la cadena de distribución, a un solo compatriota del cliente español...

Ante estos simples ejemplos, a los que el lector podrá añadir, sin duda, muchos otros, cabe preguntarse: ¿dónde está el ingenio español, la capacidad de trabajo patria, nuestro espíritu de sacrificio? ; nuestros jóvenes, ¿qué saben hacer? ¿qué les hemos enseñado? ¿están preparados para adaptarse, para superar las crisis, o solamente confían en que otras manos les saquen del atolladero, mientras viven en la creencia de que todo esto pasará algún día?

Y nuestros mayores, ¿qué proponen? ¿y a quién?. ¿Estamos todos tan faltos de empuje e ideas que nos hemos retirado de la batalla y abandonamos el campo para que nos lo ocupen otros, creyendo que permaneceremos en la abundancia, sin advertir que no podemos pagar ese despilfarro colectivo de fuerza y recursos?

 

¿Por culpa de los griegos?

Grecia necesita una nueva inyección de dinero de la Unión Europea, lo que significa que, al menos para guardar las formas, sus compañeros de viaje en el euro le exigirán que presente correcciones a sus anteriores planes de ajuste económico.

Traducir a lenguaje sencillo este panorama no ofrece problema alguno: basta compararlo con lo que está sucediendo a millones de familias en España. Los ingresos no existen o son insuficientes y como la vida sigue, hay que pedir dinero a los padres, eliminar todos los gastos superfluos, aceptar cualquier trabajo (aunque sea una chapuza) y, además de apretarse el cinturón, poner en la cazuela los ingredientes más baratos.

Si alguno de nuestros lectores se encuentra o ha encontrado en esta situación, sabrá que -por mucho cariño que nos tengan- los padres no dejarán de darnos consejos: tienes que enviar tu currículum a todas las direcciones que conozcas, aunque creas que no va a merecer la pena; date de baja en el gimnasio y nada de ir al bar a jugar la partida los viernes; ya te dije que era mejor un colegio público para los niños; tu mujer (o tu marido) gasta mucho en tonterías; llama a este amigo mío de toda la vida a ver qué puede ofrecerte; etc.

En la interesante película "Inside men" (algo así como "Uno de los nuestros" en versión empresarial) un joven ejecutivo en línea emergente que se cree el rey del mambo es despedido de su empresa y tiene que morder el polvo del desempleo, afrontar la reducción drástica de gastos y admitir la ayuda del odiado cuñado para subsistir. También conoce de falsas promesas, mentiras, tensiones, angustias e ilusiones fallidas.

Esta parte de la trama es muy convincente. Donde el asunto flojea es en la intención de enderezar la cuestión para que el mensaje final sea optimista. Porque después de muchos sinsabores, la salvación proviene de uno de los propietarios de la antigua empresa, que se encuentra de pronto con un dinero procedente de la venta de su paquete minoritario en ello y que invierte en la misma línea de negocio (¡construcción de barcos!), recontratando para el "nuevo" proyecto a parte de su antiguo equipo.

No resulta fácil encontrar soluciones fuera del ámbito económico. Podemos decir al afectado -sea un ciudadano atrapado por la pérdida de empleo o un Estado al que le agobia la refinanciación de su deuda- que tiene que reducir drásticamente sus gastos y que tiene que procurar sacar más dinero de trabajos extras, sean los que sean (aumentar impuestos, mejorar su recaudación, eliminar funcionarios, etc.), pero no sabemos cómo aconsejarle para crear nuevas tareas efectivas.

¿O es que no nos lo hemos planteado?

Técnica, acude a salvarnos.

En estas elecciones

Estamos otra vez en período electoral. En cierto modo, la historia se repite.

Por ejemplo, las administraciones públicas han gastado siempre bastante dinero en animar a los ciudadanos a votar, porque votar es un deber y un derecho y todo eso. Y lo volverán hacer. Es un mensaje neutral, aparentemente, y hay que recordar al olvidadizo votante de que, por fin, tiene la posibilidad de expresarse.

No es, qué va, un despilfarro. Los que gobiernan saben que es un dinero bien empleado y los que no gobiernan no podrán oponerse, porque alentar a ejercer el derecho al voto es una regla básica de la democracia.

Solo que la historia de cuantas elecciones en este mundo han sido, avala que el partido o coalición en el poder, vayan las cosas bien o mal, tiene siempre mayor popularidad, sus candidatos son mejor conocidos y hay un factor de arrastre intrínseco por el hecho de que "estacaramesuena" para atraer el voto delosquenuncaseenterandemasiado.

Así que, cuantos más voten, mayor será la diferencia que da la mayoría para gobernar en el recuento si la situación es de bonanza, o más benigno será el descalabro si la coyuntura se ha torcido.

Esta reflexión primera está amenazada, sin embargo, por otra constatación, acertadamente reflejada en el dicho popular: "Si llueve como si no, la culpa de todo la tiene el regidor". En otras palabras, de lo bueno como de lo malo, el culpable es aquel al que hemos puesto arriba, aunque no tenga ninguna capacidad de actuación al respecto. Y si en lugar de llover, están cayendo rayos y centellas, lo que necesitamos no son palabras, sino cobijo.

Es de aplicación al caso actual. La crisis en España continúa -y todavía no se nos ha quitado la cara de tontos, como diría Iker (capitán y portero de un equipo de genios al que da mucho gusto sacar de sus casillas), de haber visto cómo el árbitro nos ha dejado nos ha roto la estrategia, robándonos un partido que creíamos ganado-. Las promesas del equipo de gobierno central, anunciando su fin y explicando con hermosas palabras, una y otra vez, que la próxima estadística será más favorable, no sirven ya para que las piedras que se echan al cocido sepan algo a garbanzos.

Es hora, seguramente, de mirar por alternativas, como simple ejercicio de salud democrática, como medida profiláctica para que, incluso los que parecían más próximos, tomen aire, se curen de las heridas de las batallas, recompongan estrategias e incorporen ideas, pasando a los cuarteles de invierno de la oposición.

El problema gravísimo que tenemos en España es que los partidos, tanto de Gobierno como de oposición, han construído sus nuevos programas sin pensar mucho en el ciudadano -aunque lo digan así- sino, sobre todo, en sus afiliados. Es decir, intentan reproducirse, mantener el rumbo, mantenella y no enmendalla.

No queremos aparecer como obsesivos, pero ni el PP, ni IU, ni siquiera un partido con nuevos pelajes e intenciones como UPyD -y, por supuesto, tampoco, el PSOE- tienen programas en estas elecciones locales y autonómicas, que suenen a factibilidad, a cosas tangibles. Huelen a rancio.

No responden a un conocimiento profundo de la realidad que desean modificar, sino que reaparecen con el tufillo de la improvisación, adornadas con las palabras buscadas para engatusar, estructuradas con el genio insol(v)ente de lo que se sabe que no se puede cumplir, porque, aunque existiera la intención, no hay dinero y, si hay dinero, no se sabe cómo hacerlo mejor.

Nosotros votaríamos, sin importarnos en qué partido están, y especialmente si no están en ninguno, a quienes nos demostraran que están viviendo en el mismo escenario, sufriendo lo mismo que nosotros, -los ciudadanos sin militancia-, y con la sensación de falta de expectativas aparentes para que todo cambie en corto plazo-.

Votaríamos, independientemente de las ideologías que los candidatos pretendan defender -porque nos hemos hecho ya mayores, y sabemos que las ideologías sirven para muy poco cuando se trata de modificar la realidad con los escasos mimbres que tenemos en las manos- a quienes sean capaces de explicar que comprenden lo que nos pasa, que han ilusionado a algunos de los mejores, que nos cuentan lo que van a hacer con números concretos, indicando de dónde provendrán los dineros y con plazos que todos podamos revisar.

Si no se cumplen estas premisas, en estas elecciones, tal vez sea la hora de votar al Pato Donald. Convénzanos, señores candidatos, de que votarles a Vds. merece la pena frente a cualquier otro no-candidato imaginado.

Sobre eficiencia, educación cívica y empleo

Las Administraciones públicas ponen cada vez más difícil la cuestión de alcanzar el pleno empleo, que debería ser uno de sus objetivos.

Pues bien, en este Comentario, vamos en la dirección contraria: eliminar trabajos superfluos, denunciar despilfarros en las estructuras laborales y, por tanto, en aras de la eficiencia colectiva, defender que hay multitud de tareas que no debería mantenerse. Porque, a la larga (y a la corta) no generan riqueza, son símbolo e nuestra incapacidad para ordenar eficazmente las tareas conjuntas y son el reflejo de la subordinación de algunas actividades a la necedad, ineficacia o malos usos de otros.

Tomemos un primer ejemplo. Desde primeros de abril de 2011, para trabajar en la Comunidad de Madrid como controlador de acceso (antes portero de discoteca) ha que obtener un carné específico, que solo se obtendrá después de superar algunas pruebas, incluídos unos test que pretenden comprobar las condiciones síquicas.

Según la información disponible, Madrid da trabajo a 3.600 porteros de discoteca, ocupación para la que, hasta hace nada, solo hacía falta acreditar ser mayor de 18 años y, aunque no estuviera escrito, ser varón y disponer de un cuerpo trabajado en horas de gimnasio y la ingesta de algunos anabolizantes. Si hacemos una traslación de cifras, utilizando la regla de tres, es posible que en España haya unos 20 a 25.000 porteros de discotecas.

Hace tiempo que no somos rata de discoteca (¿se dirá así?) y, por tanto, solo sabemos de esos lugares de encuentro de la población desocupada por las películas y por alguna noticia desagradable que trasciende a los media.

No está, por ello, en nuestra intención, lanzar ningún dardo contra esa profesión que, como a cualquier ocupación que da para ganarse el pan sin causar mal a nadie, juzgamos dignísima ("queremos recuperar nuestra dignidad" dijo uno de sus representantes: nosotros jamás pensaríamos en arrebatársela).

Lo que ya no estamos seguros es de que sea necesaria, si la ciudadanía se comportara como mandan los cánones éticos. ¿Evitar la entrada de menores a las discotecas? ¿No podrían encargarse de ello los padres, educadores y tutores y, al final, el propio control de los menores? ¿Impedir peleas, garantizar la reserva del derecho de admisión, regular la entrada de borrachos o delincuentes, el consumo de drogas, garantizar que no se supere el aforo? ¿Estamos tan mal en esta sociedad, tan enfermos?. Habrá que tomar otras medidas.

Y ahí queríamos entrar. Hay muchas profesiones, dignísimas, por supuesto, que son producto de nuestra mala educación colectiva, del desprecio a los demás, del incumplimiento de las normas. Un despilfarro del sistema.

Enumeramos algunas de ellas:

-Una parte de los empleados de la limpieza, recolectores de residuos y basuras podrían eliminarse, si se cumpliera con estas normas elementales: no arrojar papeles, colillas, ni otros restos al suelo, sino en los contenedores, y emplear correctamente esos recipientes según el uso al que están teóricamente destinadas.

-La inmensa mayoría de los inspectores de transporte serían redundantes si todo el mundo sacara sus boletos sin preocuparse de si han de ser revisados en el viaje; por cierto, creemos que esa labor de inspección en el metro de Madrid es ya superflua, porque salvo cuatro mozalbetes y los mendigos que nos alegran el viaje con sus melódicas canciones (o sus quejas contra el Gobierno), no hemos visto a ninguna otra persona saltarse las barreras.

-Por supuesto, casi todos los inspectores de Hacienda podrían dejar de ocuparse de los tipos que vivimos de nuestro trabajo, y concentrarse en controlar lals cuentas de los verdaderamente ricos y potentados, con lo que muchos de estos probos funcionarios perderían su empleo, para dedicarse a otras labores socialmente más eficientes.

-Todos los conductores de vehículos de directivos de empresas privadas como públicas, altos cargos de la administración con derecho a coche oficial con chófer incluído, podrían perder su empleo si sus transportados utilizaran el transporte público y, en los casos más graves de egolatría, condujeran sus propios vehículos.

-Casi todos los porteros de comunidades, secretarias de altísima dirección, conserjes de Universidades, celadores de Hospitales, y similares, podrían emplearse de forma más eficiente que la llevar cafés a las reuniones, desear los nuevos días a los jefes, revender patatas fritas y cocacolas y otras funciones de apoyo, si sus mandantes ejecutaran tales labores por sí mismos.

-Por supuesto, los altos ejecutivos y responsables de actividades comerciales de mayor alcance, podrían dedicarse a otras cosas si no tuvieran que realizar penosas labores de persuasión, penosas comidas y libaciones incluídas, de sus potenciales clientes, trabajos a los que habría que añadir la entrega de maletines, sobres e involutos, con peligrosidad penal incluída.

-Naturalmente, siquiatras, sicólogos, sacerdotes, visionarios, médiums, etc., perderían la mayor parte de sus clientes si la sociedad no fuera tan estresante para el individuo, y las gentes se comportaran de forma cordial y solidaria con los demás, generando complejos de culpabilidad, justamente en los más vulnerables y sensibles.

(Continuaremos, obviamente; esto no acaba aquí)

En las miradas

En las miradas

No tenemos la foto de Osama bin Laden muerto, pero podemos analizar minuciosamente la del equipo del presidente Barak Obama contemplando en directo la operación de asalto a su residencia en Abbottabad (Pakistán) y deducir muchas cosas de las miradas de los retratados y de la escena misma.

Respecto a la escena, podemos imaginarnos, por ejemplo, que la operación fue ordenada para un determinado momento y preparada minuciosamente, tanto en la logística militar como en la de comunicaciones.

Si todos los participantes directos en el despliegue militar disponían de cámaras instaladas en sus cascos, no cabe duda de que un director técnico -un responsable de producción con su equipo de mezcla- tenía que seleccionar en tiempo real las imágenes más adecuadas, para que la transmisión tuviera la calidad y la intensidad y emoción deseables. Una trasmisión de imágenes que debería realizarse, por supuesto, contando con la confidencialidad de un espacio reservado en alguno de los satélites para comunicaciones que Estados Unidos mantiene girando sobre nuestras cabezas.

La transmisión telemática del hecho real parece haber conseguido el efecto de trasladar la tensión de campo al despacho. Desde la perspectiva del realizador, un éxito.

La mirada del Presidente -en mayor medida que la de los demás observadores- refleja preocupación; está vestido para jugar al golf, porque le acaban de llamar para avisarle de que la operación está lista (lo que querría decir que la orden de ataque no la dió el); ocupa una esquina de la mesa, no el sillón presidencial del "Situation Room" y da más bien el tipo del vecino de arriba que ha bajado a ver un episodio de La señora.

La mirada de la secretaria de Estado, Hilary Clinton, evidencia temeroso asombro, reforzado por esa mano que se eleva para ocultar lo que se supone un grito de horror (Posteriormente, en rueda de prensa, indicó que el acto de taparse la boca fue un movimiento reflejo, por culpa de una alergia, que le provoca tos, y que no cabe otra interpretación de ese gesto).

El vicepresidente Joe Biden (izquierda de la foto), no oculta su incredulidad; el secretario de Defensa, Robert Gates (derecha), cruza los brazos, manteniendo distancia en el gesto y la mirada; un general, con uniforme de gala de aviación, que no hemos identificado plenamente (pudiera ser William Lord, comandante provisional de la Fuerza cibernética de la Fuerza Aérea) mira profesionalmente una pantalla de ordenador y teclea algo, quizá una felicitación para el equipo o la instrucción de que se trate de recuperar de la compañía de seguros el precio del helicóptero perdido en la operación.

Es muy profesional la actitud del Jefe de Estado Mayor, el militar de mayor rango en los Estados Unidos, Almirante Mike Mullen (izquierda, fila de atrás), que transmite la satisfacción de que la operación va a ser (o ha sido) un éxito, con sus manos a la espalda.

Inimaginablemente distendida la mirada la del Consejero de Seguridad Nacional, Tom Donilon (camisa azul, detrás),  con sus brazos cruzados, y razonablemente preocupada y tensa la de John Brennan, responsable de las actuaciones Antiterroristas (con camisa blanca, fila de atrás), que parece haber escapado recientemente de la sala de torturas (o que no ve bien, por la presbicia, la pantalla), al lado de James Clapper, identificable por su barba recortada, jefe de los servicios de Inteligencia nacionales y también general y, por tanto, acostumbrado a este tipo de películas.

Denis McDonough, también Consejero de Seguridad Nacional, sentado a la derecha de Hillay Clinton, con camisa azul, con los brazos cruzados y la mirada compasiva, añade un rictus de desagrado para reforzar su impresión de lo que contempla.  

Otros personajes secundarios añaden una nota de ingenuidad y hasta picardía a la escena: el joven de camisa azul que trata de mirar por encima del hombro de Bill Dalley (jefe del staff, aquí con aspecto de mayordomo distinguido, dispuesto a ir por más café y donuts) y la chica que, en cuarta fila, con aspecto de becaria, tuerce también el cuello para enterarse de algo (Audrey Tomaso, de los servicios secretos de la Casa Blanca), y a los que parece no haber llegado, ni mucho menos, la tensión de los primeros planos.

(En la foto no se ve a Leon Panetta, ex director de la CIA y Secretario de Defensa, artífice teórico de la operación, que sería el más capacitado de explicar lo que estaba sucediendo a los demás espectadores de este docudrama. Tal vez esto justifique que las miradas converjan hacia una esquina de la sala, los laptops estén apagados -salvo uno- y haya algunos papeles encima de la mesa. En una interpretación más maligna de la foto, los reunidos no estarían viendo una transmisión, sino asistiendo a las declaraciones dramatizadas del entrenador.)

¿Democracia a la carta y decisión judicial por porcentajes?

La decisión adoptada por el Tribunal Constitucional español, contradiciendo -por supuesto, con fundados argumentos- la conclusión previa del Tribunal Supremo en relación con la autorización para que la agrupación política Bildu pueda presentarse a las elecciones del 22 de mayo de 2011, abre -o más bien, confirma- algunos interrogantes.

Hemos tratado de resumir en el titular de este Comentario la cuestión principal, la que surge espontánea, por deducción inmediata a partir de lo que han concluído en discrepancia nuestros dos más altos tribunales, en un estriptís de solvencia jurídica que mejor hubiéramos podido ahorrarnos: tenemos una legislación que, en aspectos sustanciales, admite muy divergentes interpretaciones de los más significados juristas oficiales del país.

Esta conclusión elemental se podría completar con otra, no menos inquietante: cuando se trata de decidir acerca de los derechos que corresponden a algunos reclamantes con importante identidad o relevancia social, es imposible la unanimidad, y hay que acudir a una votación para caracterizar los pareceres y fundamentos de los señores magistrados que, en lugar de expresarse de forma individualizada, en virtud de su confesada o identificable afinidad política, tienden a alinearse monolíticamente en torno a sus jefes de fila ideológicos.  

Interpretaciones opinables y devociones políticas aparecen así empañando la solvencia profesional de magistrados de los que, precisamente porque se necesita distancia sobre los temas para obtener objetivididad e independencia, hubiéramos deseado que se comportaran, para tranquilidad del mundo lego en derecho, como un órgano colegiado sin discrepancias notorias.

Esto escrito, en el caso concreto de esta situación, y sin entrar en el análisis jurídico de la cuestión -otros se introducirán en esa cueva, con mejores capacidades y argumentos- somos del particular parecer de que la decisión adoptada por el TC está dotada de mayor sentido práctico. Es más ladina.

Sin querer faltar al respeto a lo que se está jugando, y desde hace décadas, en el País Vasco, el meollo conceptual (que no jurídico, que desconocemos en el momento de redactar estas líneas) que parece haber seguido este Tribunal, garante último de la correcta interpretación de la Ley Magna, para resolver el asunto, se asemejaría a lo que haría un padre hastiado de que su hijo adolescente le pida permiso para ir de vacaciones a, por ejemplo, la Tierra Amarilla con un grupo de amigos del instituto: "Si trabajas para pagarte el viaje y apruebas el curso, puedes ir a donde te de la gana".

Sobre los Prados Asfódelos

Sobre los Prados Asfódelos

Hacia la mitad de la primavera, en terrenos calizos apropiados, florecen unas plantas enhiestas con unas inflorescencias grandes, nervadas, inconfundibles. Se llaman asfódelos y, para los antiguos griegos, eran la comida preferida de los muertos, por lo que las plantaban en los cementerios, para que los difuntos no tuvieran que separarse mucho del lugar donde yacían eternamente.

Denominar a la avenida principal de una ciudad con un nombre que recuerde la antigüedad clásica, es demostración de cultura y tiene la ventaja de que se reducirán las posibilidades de que una nueva Corporación le cambie el nombre, para así pretender colar en la inmortalidad que da el asfalto a uno de los suyos. Los franceses se han apropiado, para otorgárselo a la avenida principal de París, del hermoso nombre de Los Campos Elíseos, una especie de cielo en la que los dioses y los héroes reposaban felices.

De tener la intención de apelar al más allá metafísico como símbolo de la eternidad utilizando la mitología griega, no hay mucho donde elegir. Solamente son tres los espacios en los que se consideraba dividido el reino de Hades, el inframundo de los mortales fallecidos y, si deseáramos cambiar el nombre del Paseo de la Castellana o de cualquier arteria mayor de uno de los pueblos de España -que tampoco es que sea imprescindible, pero da para un debate-, nos quedaría la opción de elegir entre Prados Asfodelos y Tártaro.

Sin embargo, el Tártaro, como es sabido, es la denominación de los infiernos, lo que, si bien en algunos días pudiera parecer adecuado a algún malévolo para definir la situación de la calle principal del Madrid interior a la M-30, sería injusto como invocación permanente, incluso teniendo en cuenta el caos circulatorio de la capital de España, agobiada por el persistente uso del transporte individual por parte de ese 70% de motorizados que viven en las afueras y trabajan, compran y comen en su centro.

Nos quedaría, pues, la posibilidad de invocar a los Prados Asfódelos o a su heterónimo, Campos Asfodelos o Asfodelinos (que no es la misma planta, pero se parece) ya que, si nos acogemos a la descripción que realiza de tal lugar Homero en su Odisea, el nombre es apropiado para un roto como para un descosido: los Campos Asfódelos son el lugar en donde reposan aquellos que han procurado llevar una vida de rectitud, con el mérito singular de no pertenecer a la élite de los dioses ni de los héroes; o sea, el grupo en el que aspiramos ubicarnos casi todos los humanos de a pie.

Advertimos, sin embargo, que habrá eruditos que digan que el lugar de los Asfódelos de marras ha sido objeto de otras interpretaciones y elucubraciones por los imaginativos clásicos que no lo hacen tan atractivo. No importa. Fonéticamente suena bien y la planta es hermosa y, de verdad -aunque no la hemos probado, y ojalá tardemos, si ha lugar, algunas décadas-, comestible por sus tubérculos, una vez cocidos para reducir la cantidad de asfodelina, una droga que afecta al pulso cardíaco.

Cuestiones culinarias aparte, un asunto delicado es la selección de las esculturas que habríamos de poner, sustituyendo las existentes -salvo la de Cibeles y Neptuno-, en las glorietas de la avenida de los Prados Asfodelos, que, siempre pensando en Madrid, podría comenzar con ese arco de triunfo inconcluso que hoy forman las torres de Kio, (al que convendría completar con un paramento horizontal, medida que nos daría mayor seguridad de que no se cayeran la una contra la otra ante la eventualidad de cualquier terremoto o tsunami) y terminar en la estación de Atocha.

Sin duda, una de esas plazas habría de estar dedicada a Teseo, incansable batallador, que dió muerte al Minotauro a puñetazos (las armas de mayor precisión eran por entonces desconocidas), liberando así a los suyos del tributo de siete doncellas y siete jóvenes que, periódicamente, constituían su dieta.

El bueno de Teseo fue rescatado del Hades -al que había viajado por amor, enfermedad que también padecen dioses y héroes- por Heracles, que pasaba por allí para realizar los trabajos que se le habían encomendado, y que pudo despegarle de la silla en donde el maléfico dios del inframundo le había encolado durante un banquete.

Seguro que muchos de los alcaldes y alcaldesas de este país sueñan con ser reencarnación de ese héroe y reclamarían para sí el privilegio de dotar a la efigie con su propio rostro.

Pero eso es ya otra historia, ¿no?

Sobre la incapacidad para generar empleo en España

Tenemos 5 millones de parados en España, un  número que aún no ha dejado de crecer y que resulta, por ello, la demostración más evidente de que la situación de crisis no ha cambiado, es decir, de que no sabemos cómo generar puestos de trabajo.

Nos resultan dramáticas, porque no podemos decir en absoluto que sean cómicas, las reiteradas declaraciones de los representantes del gobierno por las que, una y otra vez, sin importarles el paso del tiempo, afirman que estamos a punto de cambiar la coyuntura, y que la crisis ha tocado fondo. ¿Qué fondo? ¿Un fondo que se desliza con quienes se apoyan en él?.

Para quienes tenemos nuestro observatorio de la realidad en la calle, en la observación independiente de lo que sucede, no hay razón para creer que la situación económica pueda modificar su signo en el corto plazo.

Tenemos un sistema productivo inadecuado para nuestra naturaleza territorial, económica, social e histórica. Hemos copiado sin análisis ni adaptación modelos de desarrollo de otros países -particularmente Francia y Alemania- que disponen de estructuras mucho más complejas, tecnológicamente mucho más avanzadas y un comportamiento colectivo de respeto institucional más maduro y disciplinado.

Debemos elegir el perfil preferente, lo que deseamos ser.

Si queremos ser un país de servicios -hostelería, hospedería, gastronomía, transporte, informática, telecomunicaciones, ingeniería, ...- habrá que apoyar a los profesionales y empresarios de estos sectores con plena decisión, dándoles financiación, formación, estímulos publicitarios y facilitando su coordinación y empuje colectivo. Tendremos también que valorar nuestros puntos fuertes y las consecuencias de las debilidades.

Si pretendemos competir tecnológicamente en algún área, habrá que seleccionar cuidadosamente aquellas en las que estemos mejor preparados, con una base empresarial ya existente y unos contactos exteriores comerciales que garanticen aceptablemente el crecimiento de esa posibilidad. Por supuesto, habrá que dotar de facilidades de financiación a las empresas que actúen en el sector y coordinar la cobertura de la formación que precisen sus actuales y futuros empleados con los centros educativos.

No se espere que un desempleado sea capaz de generar por arte de birlibirloque su puesto de trabajo, convirtiéndose en autónomo de la noche a la mañana. El incremento del número de peluquerías, bares y mercerías no generará más que una apariencia efímera de actividad, y hundirá las economías familiares aún más.

Hay que formar el espíritu de competitividad y la voluntad de asumir riesgos controlados desde las Universidades. Con un profesorado imbrincado en el mundo real y un alumnado motivado en su condición de élite, sí, pero solo en cuanto sea capaz de servir mejor a la sociedad con su talento.

Mención especial en toda estrategia de desarrollo han de tener los grandes grupos empresariales y financieros que actúan en un país. Es imprescindible activar la cohesión y el compromiso de estos intereses con los colectivos. Las cabezas visibles de estos colosos económicos de nuestro entramado productivo, han de asumir la responsabilidad social con el país, como parte indisociable de su responsabilidad ante esos accionistas que, en buena parte de los casos, carecen de cara y ojos para la ciudadanía.

Parafraseando algo que les gusta decir a esos ejecutivos cuando hablan a sus Asambleas Generales, tenemos que aumentar el valor de lo que hacemos, pero no solo para los accionistas, sino y sobre todo, para la sociedad en conjunto. De otra forma, no merece la pena mantener ni el mercado ni la fantasía de progreso. El futuro o es de todos, o de ninguno.

 

Sobre el prestigio individual y la calidad universitaria

El inspirado artículo del filósofo José Luis Pardo ("No me hables de Oxford", EP, 2.05.11) acerca de la imposible relación entre la mejora de la competitividad, preconizada como objetivo por los acuerdos educativos de Bolonia y la mejora de los índices de excelencia universitarios, nos anima a realizar algunos comentarios sobre la cuestión capital del prestigio de la enseñanza española.

Es habitual que se haga referencia -por parte de los "mayores enterados"- a la calidad de la enseñanza actual universitaria española con dos tópicos: la disminución del nivel actual de los alumnos que acceden a ella y el nivel homologable con otras instituciones académicas internacionales que habían alcanzado nuestros egresados, especialmente si se refieren a los años 70 a 90 del pasado siglo, y, por supuesto, en años anteriores a éstos, y que se habría perdido por la disminución de la calidad de la enseñanza, ahora masificada.

La argumentación es doblemente falsa. En relación con la enseñanza del pasado, esta era tan mala o tan buena como pudiera serlo hoy día, pero existía el estímulo individual para el estudiante de mejorar su estatus económico-social, lo que resultaba peculiarmente prometedor si se había decidido a abordar una de las carreras "difíciles", como era el caso de la ingeniería.

Superar los exámenes podría ser, desde luego, un ejercicio que demandaba esfuerzo, habilidad y suerte -en proporciones variables según la asignatura-, pero una vez terminada la carrera, la mayoría de los egresados eran tan torpes o tan listos como al principio. En conclusión, apenas unos pocos resultaban realmente brillantes, y así lo prueba el fluir de sus carreras profesionales, generalmente anodinas, por no hablar del desarrollo desde la Academia, de su capacidad para integrarse activamente en la sociedad civil, en especial, como agentes capaces de desarrollar lo que se ha dado en llamar la inteligencia emocional.

Los mejores -pocas veces coincidentes, significativamente por cierto, con el ranking que ofrecían los números de promoción oficiales- eran orgullosamente presentados como ejemplo del éxito y del alto nivel de la enseñanza española, amparando con ese recurso a la gran masa de titulados, académicamente idénticos, pero muy diferentes a la hora de hacer un análisis objetivo de su capacidad y comportamientos sociales e intelectuales.

La verdad es que los profesionales españoles son, en media, mediocres.

En general, el triunfo económico-social en España (y no digamos ya el intelectual o cultural) no se vinculó por ello con la Universidad o Escuela Técnica de donde se procedía. No importaba tanto dónde o cómo se adquirió la formación académica, ni con qué aprovechamiento, sino, en todo caso, el título que se ostentaba. Que, como lo prueban los desgraciadamente suficientes ejemplos de la picaresca, incluso podía inventarse sin decoro: "haber estudiado ingeniería", ponemos por caso, podría ser equivalente a "haber estado matriculado en uno o dos cursos" de esa carrera.

Hoy en día, los métodos de enseñanza no han cambiado casi nada (ni cambiarán, con o sin Bolonia), pero la masificación y la desmesurada creación de centros universitarios, ha disminuído los niveles de exigencia, por lo que puede decirse que todo aquel que quiera terminar una carrera, lo conseguirá, sea cual fuera ésta.

Se ha aumentado la dificultad de destacar por parte de los mejores de cada generación, que ahora se ven rodeados de muchos más cabestros intelectuales, y los vicios que impiden la promoción de los más capaces -nepotismo, amiguismo, plutocracia, envidia, etc- son mucho más activos.

Diríamos, parodiando la letra de la copla: Ni con Bolonia ni sin Bolonia tienen tus males remedio, Universidad española. Contigo, porque me matas; y sin tí, porque me muero. (1)

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(1) El autor es el mexicano Miguel Acebes Mejía, y el título de la copla "Ni contigo ni sin tí"; ha sido interpretada miles de veces -entre ellas, en "La niña de mis ojos", por una espléndida Penélope Cruz-, y atribuída a tirios y troyanos.

 

En el día del terrorista muerto

Casi al final del 1 de mayo de 2011 en Estados Unidos (23h30m; 6 horas de diferencia con España), en una operación cuyos detalles son aún muy confusos, Osaba Bin Laden, de profesión terrorista internacional en nombre de una subrama de incomprensible lógica del islamismo integrista, era muerto por las tropas de asalto norteamericanas en Pakistán.

Es un día de satisfacción para el presidente Barak Obama y todos aquellos que veían en la supervivencia de ese agresivo individuo, rico, viejo y enajenado, un símbolo del terrorismo ideológico.

Es, también, un día en el que ha aumentado algo más la ya alta preocupación de las gentes de paz ante la sospecha de que el fanatismo que representa no puede personificarse, desgraciadamente, en ese único personaje, subproducto de muchas coincidencias, y que habrá ahora unos cuantos iluminados más dispuestos a inmolarse en una acción terrorista contra "objetivos occidentales", a cambio de algo de dinero para sus familias y la promesa incomprobable de una vida eterna en los brazos de Alá y de las huríes de su Paraiso imaginario.

Se están sucediendo ponderadas expresiones de alegría ante la muerte de ese símbolo (cuyo cuerpo, según se cuenta, después de hacerle muchas fotografías y extraerle muestras para determinación de su ADN que prueben inequívocamente que el fallecido es Bin Laden y no otra persona, fue arrojado al mar, dentro de las 24 horas de su muerte, para no perjudicar el descanso eterno al que tiene derecho según sus creencias). (1)

Por seleccionar una de ellas, el Papa Benedicto ha expresado que, como católico, no puede alegrarse de la muerte de una persona. Para todos los que amamos la vida, esa matización resulta pertinente. No nos alegramos ni damos con ella satisfacción a un deseo de revancha que nunca hemos alimentado.

¿Qué sentimiento refleja, pues, mejor, nuestro estado de ánimo?. En el marco del absoluto rechazo a cualquier acción terrorista, creemos que esta muerte ("asesinato" lo denominan incluso algunos media occidentales, en una valoración que tampoco compartimos, pues implicaría un juicio jurídico que no deseamos realizar) es inútil.

A los terroristas se les vence con el rechazo popular a su concepción, la abominación de sus ideas, la cultura del respeto a la vida y a las ideas de los demás, siempre que éstas últimas estén orientadas exclusivamente a la convivencia pacífica.

Mientras el cumplimiento de ese deseo, tal vez inalcanzable, se persigue, la sociedad civil debe extremar su seguridad, apoyar la legitimidad de sus fuerzas policiales y, salvo en enfrentamientos armados o ante la resistencia a rendirse de los terroristas, ofrecer un juicio justo a los capturados y, probados sus crímenes (en este caso concreto, fuera de duda), poniéndolos a buen recaudo mientras vivan.

Hoy es el día del terrorista muerto. Un doble fracaso: el de la sociedad que los alimenta y el del fanatismo ideológico que sustenta el desprecio hacia la vida y las ideas de los pacíficos. Un día para meditar sobre la facilidad con la que nuestra sociedad genera monstruos y esos monstruos adquieren opciones de contagiar a otros para que los reproduzcan.

Que no haya descanso para tí en toda la eternidad, Osama bin Laden. Que los dioses te cubran por los siglos de los siglos con un desprecio aún mayor que el que vertemos sobre tí los pacíficos, las gentes de buena fe, los que creemos con total convicción de que no hay sitio en la Humanidad para quienes ven en la vida de los demás un instrumento de exhibición de su miserable y falsa fortaleza.

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(1) Se ha dicho desde Estados Unidos y subrayado por los comentaristas proclives a aplaudir todo lo que venga lavado y peinado desde ese país que presume de tener "larga tradición democrática", el asalto a la residencia de Bin Laden fue un acto de guerra y hubo feroz resistencia armada, por lo que no fue posible tomar prisioneros.

Por ello, no imaginamos a qué Convención internacional hubo de acogerse el tratamiento especial dado al cadáver del terrorista más buscado hasta entonces, culpable confeso de haber asesinado a miles de personas, civiles como militares, inermes o no, por el solo hecho de ser mercancía mediática.

En memoria de otros primeros de mayo y de la madre muerta

En memoria de otros primeros de mayo y de la madre muerta

Nada es lo que era, y el primero de mayo ha dejado de ser el día del trabajo para pasar a significar mejor el día del parado. En España, ya son/somos casi cinco millones; el gobierno dice que no se alcanzará la cifra (estamos a 4.910.120, así que ya son ganas de apostar a perder).

No ha habido manifestaciones en demanda de empleo ni congregaciones para exaltar el gozo de tener trabajo. Como es el primer domingo de mayo, además, corresponde celebrar el Día de la Madre. Ni siquiera ha habido mucho movimiento en este sentido. A las madres se les recuerda especialmente, cuando se han muerto. Salvando distancias -las que se quiera- pero una madre, como el trabajo, se valora sobre todo cuando se pierde, cuando ya no se tiene.

Las organizaciones sindicales andan, desde hace tiempo, despistadas respecto a lo que corresponde reivindicar, y ante quién. Cuando las condiciones laborales eran pésimas y los salarios muy bajos, se tenían claras las ideas y era más sencillo (y arriesgado) movilizar a los currantes. Ahora, lo difícil es inventar trabajos para los que no lo tienen.

Dicen que se genera trabajo siendo competitivos en la exportación, y especializándose y procurando orientarse hacia las nuevas tecnologías, el ambiente y esas cosas. Pero no parece haber coincidencia y, lo que es más grave, la realidad demuestra claramente que las cifras del paro aumentan sin parar.

Las grandes empresas anuncian continuamente jubilaciones anticipadas y recortes laborales. Los perqueños comercios cierran ante la presión de las grandes superficies. Las Universidades no consiguen que sus egresados se empleen tan fácilmente y, cuando lo hacen, es en puestos qie no corresponden casi nunca al nivel de estudios y a las expectativas.

Tal vez no sea tan malo que coincidan, por una vez, el día del trabajo y el de la madre. Las madres han sabido siempre lo que es trabajar, de forma silenciosa, constante, eficaz, y encuentran la satisfacción de su tarea en el cariño que despliegan hacia los suyos; que no siempre son capaces de agradérselo hasta que, desgraciadamente, ya están muertas.

 

 

Sobre espectáculos, espectadores y reconocimientos

En la información se cuelan muchos números, aunque en su mayor parte son irrelevantes o de escaso valor para quien la recibe.

La boda de un príncipe con una plebeya puede ser vista en directo por medio millón de personas y -aunque habría que contrastar de dónde ha sacado el increíble dato un periódico bastante serio (EP 30.04.2011)- dos mil millones de seres si se cuentan los seguidores de todas las televisiones mundiales.

El espectáculo debió merecer la pena para todos los que decidieron que ese viernes de primavera no tenían nada mejor que hacer, pues se han estrujado hasta lo inverosímil los vuelos del traje de la novia (hoy duquesa de Cambridge, ayer Kate Middleton), los ademanes de los invitados, los besos protocolarios de reinas, nietos y consortes y otras innumerables minucias convertidas en gestos memorables en virtud de su proveniencia.

Un partido de fútbol entre dos equipos de ciudades en las que una parte nada despreciable de sus habitantes creen tener dos formas diferentes de concebir la vida, puede ser visto por diez o quince millones de personas, que dedicarán sus comentarios más atinados a dilucidar el mérito de gentes muy bien remuneradas y con orígenes en lejanos países para meter un balón entre unos palos o reflejar en un prado artificial tácticas y estrategias que, tal vez, podrían ser trasvasadas a la política, a la vida familiar y, por supuesto, a la empresa.

En Madrid, en donde la cultura es uno de los valores de los que se presume, y con cierta razón -pero también podríamos citar el ejemplo de Barcelona, Zamora, Jerez, Avilés o Zarazalejo de la Retama para ilustrar la idea- será difícil que una conferencia en alguno de los doctos lugares que se dedican a resolver el misterio del saber reúna a más de veinte personas.

Lo mismo da que hable el Presidente de la Academia de Jurisprudencia que lo haga el director de la Central Térmica de Soto y que lo hagan, por supuesto, de lo que saben y el acto sea gratuito y hasta con coktel al final. En cambio, serán miles las personas las que hagan cola -y paguen su entrada, si hay aforo- para oir a un cantante-espectáculo farfullando en lenguas desconocidas o las que se alineen para ver pasar el autobús con el ídolo de sus sueños de grandeza.

Estasy otras cuestiones obligan a reflexionar sobre los diferentes espectadores: los que asisten a un espectáculo, los que lo dan y los que se lo creen. Nada que ver con el reconocimiento que debería darse a la labor del que está, circunstancialmente, en el escenario de los méritos.

Hacia una gestión sanitaria más responsable por un camino tortuoso

Qué magnífica ocasión para debate, la proporcionada el 28 de abril de 2011 por la Asociación Española para la Calidad, con el apoyo de la Agencia Laín Entralgo (Gran Vía, 28, Madrid), que reunió a varios ponentes en torno al tema "Responsabilidad social de la empresa en el sector sanitario".

Fue una primera andanada (1) sobre un terreno con muchas aristas y oscuridades. Solamente pudimos asistir a la primera parte de la Jornada, en la que intervinieron Germán Granda (Forética), Yolanda Villaseñor (AENOR) y Joaquín González (Coordinador de Calidad del Hospital Universitario de getafe). La sesión comenzó con retraso y no hubo coloquio, por lo que únicamente pudimos charlar durante el café con Germán Granda, quien hizo la exposición más general sobre el tema.

No queremos entrar en este Comentario en el análisis de las ponencias, sino aprovechar el mismo para exponer nuestro criterio. Es imprescindible dotar a la gestión sanitaria de un marco de calidad homogéneo, antes de entrar en valoraciones sobre lo que es óptimo o favorecer la exhibición de excelencias de gestión puntuales.

Como usuarios de los servicios públicos, no nos interesa que en nuestra región haya uno o varios centros asistenciales magníficos, si subsisten deficiencias terribles en los demás y, justamente, en aquellos que nos corresponden.

Y, tanto o más grave, cuando los servicios sanitarios privados campan a sus anchas por el sector, amparados en una permisividad cómplice de las institucciones que deberían ejercer el control. Existen graves incumplimientos de la normativa -en la gestión de residuos sanitarios, de las normas sobre accesibilidad, de la ley de Sanidad, e incluso del código civil o administrativo- que no son supervisadas, ni sancionadas.

Mientras no se solucione este aspecto, hablar de responsabilidad social de la empresa -¡justamente de la empresa!- en el sector sanitario es una entelequia populachera, producto de un propósito más politiquero que efectivo.

Sufrimos ejemplos dramáticos de esta dejación de funciones por parte de la Administración local y autonómica, que hemos denunciado ante las autoridades y en los Juzgados, con resultados, en muchos casos, muy poco esperanzadores.

Mientras la situación se clarifica, la avidez de ciertos empresarios sanitarios, apoyada en la convivencia de algunos responsables políticos y la confusa y prolija legislación y reglamentación del sector, que está generando una maraña jurídica entre lo que es bueno, lo que es admisible y lo que es opinable, sufrimos los pacientes, es decir, la ciudadanía (convertida en paciente y sufridora) de este desorden.

Porque la Sanidad no puede ser un turbio negocio: es una necesidad básica para la población y el garantizar un nivel asistencial homogéneo, regido por unos principios éticos insoslayables, una reglamentación coherente y única para el Estado y sometido a un deber de transparencia en los resultados económicos de su ejercicio, no puede subordinarse a ninguna voluntariedad.

(1) De los muchos - y en algún caso, olvidadas- acepciones de la palabra "andanada" hemos elegido la de "orden de cosas puestas en línea" (RAE, andanada como sinónimo de andada).

Con políticos en las ondas

Con políticos en las ondas

La reunión del Last Thursday del 28 de abril de 2011, en la convocatoria que nos envió su impulsor, Ildefonso Mayorgas -Ilde- estaba prevista para "hablar de los distintos programas y propuestas que nos presentan los partidos políticos".

Los encuentros de Thursday tienen ya gran tradición, pues ese día hacía el lugar 113, número que puede dar idea de la variedad de temas que se trataron en esas reuniones abiertas que, en el esquema de facilitar contactos y amistades, se prolongan con una cena o un cóctel. Cuando existía el restaurante Alnorte, y ya va para hace cuatro años que cerramos sus puertas, finalizaron allí algunas de esas jornadas memorables.

La reunión de ese Ultimo Jueves de abril de este año tuvo como panelistas a dos políticos especiales, de esos que harían difícil ejercitar la opción personal del voto si se tuviera que juzgar talantes personales: Cristina Cifuentes, licenciada en derecho, diputada y vicepresidenta de la Asamblea de Madrid, militante del Partido Popular, profesora en la Universidad Carlos III; y David Cierco, licenciado en económicas, candidato a Alcalde en Pozuelo de Alarcón por el Partido Socialista, y director general del Gobierno hasta hace poco, puesto de Gobierno en el que gestionó con profesionalidad impecable el proyecto Avanza.

Por alguna razón organizativa que no alcanzamos a comprender muy bien, se incorporó desde el público, Fernando Tellado, militante de Unión, Progreso y Democracia ("UPyD para los amigos", dijo él mismo), para acabar sentándose en la mesa con los dos ponentes principales y el moderador del debate, Nacho Campos, que desarrolló una magnífica labor distribuyendo juegos y marcando tiempos.

El perfil de los ponentes y de los asistentes, así como el lugar de la convocatoria -un salón del creciente complejo de "La Sombra Producciones", favorecieron el que se hablara, más que de los programas políticos, del "uso de las nuevas tecnologías en las campañas políticas". Los tres representantes de los partidos son creyentes y practicantes de las posibilidades de las ondas.

Cristina Cifuentes es más twitera que bloguera: David Cierco hace también lo que puede en ambos campos. Fernando Tellado parece dedicar más tiempo a este asunto de la comunicación de contenidos por la red.

Lo que ya no sabemos muy bien es lo que supuso nuestra intervención al iniciar el acto. Ilde nos/me presentó como "representante de la sociedad civil", en lo que fue un intento de cambiar el orden de las cosas: hacer primero las preguntas, sin esperar a la exposición de los programas.

Negamos, por supuesto, la mayor: no representamos a nadie. Sin embargo, quedó expuesto lo que esperamos de los políticos: que la ética no entre en discusión, porque es un valor incuestionable; que incorporen más técnica a sus programas; que cada propuesta sea cuantificada económicamente (ingresos, gastos y forma de control) y, en fin, que se pongan de acuerdo en los programas a largo plazo.

Porque hablar machaconamente de diferencias ideológicas cuando, al menos, los dos partidos mayoritarios están buscando el voto del centro, donde se acoge la mayoría silenciosa, aburre.

Se lo dijimos a los tres políticos intervinientes, y, en especial, al candidato a alcalde por Pozuelo: si se pudiera votar nominalmente, os votaríamos a los tres. Gentes así hacen bien a la política.

Ah, y como no nos duelen prendas, ya en el estupendo y nutrífico cóctel con el que nos obsequió "La Sombra" (es decir, Pedro Aparicio, el factótum de pr-noticias), negamos la mayor de las conclusiones del evento: No "hay futuro político en el mundo de los Tweets"; estamos más bien y mejor convencidos de que si un político quiere dar seriedad telemática a su gestión, lo que tiene que hacer es mantener regularmente un blog -o una web- en el que nos cuente sus ideas, sus realizaciones, sus propósitos, y alimentando un debate en la red que complemente o refuerce el debate presencial.

El escenario que proporciona el twiteo solo sirve a la frivolidad de unos pocos enganchados a esa enfermedad juvenil de la comunicación y hace perder mucho tiempo a la verdadera gestión que se espera de un político serio y responsable, como los que tuvimos delante en esta ocasión. 

Tuitear es, hoy por hoy, el ejercicio baldío de intercambiar mensajitos -que nadie lee- con unos miles de amigos y oportunistas ocasionales y unas decenas de incondicionales que van a retuitear sus miniocurrencias como si les fuera la vida en ello, generando, junto con los inevitables trollers que vierten su mala leche en el invento, toneladas de spam en una red que lo que necesita son contenidos, y vaciarse de humo e incienso.