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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Según sea nuestro margen de albedrío en caso de que el diseño sea inteligente

Como glosábamos en nuestro último Comentario, la otra conferencia a la que pudimos asistir dentro del programa sobre "Ciencia y religión en el siglo XXI: ¿diálogo o confrontación?", que organizó la Fundación Ramón Areces en Madrid los días 10 y 11 de noviembre de 2011 fue la de F. Ayala, que respondía al título "Evolución, creación y diseño inteligente".

Si Fernando Sols en su charla había sido prudente, y por tanto, suficientemente cuidadoso, para dejar abiertas -aunque condicionadas- las opciones de albedrío y providencia, precisamente basándose en la imposibilidad de predecir el futuro de forma precisa a partir de los actuales postulados de la física, Ayala se introdujo en otros vericuetos de naturaleza bio-religiosa (por atribuirles una catalogación orientativa, con la que, muy seguramente, el ponente no estará de acuerdo), que dejaron el asunto en sus justos términos: los seres humanos no somos ni el centro del cosmos, ni sus criaturas más perfectas, ni la interpretación literal de los textos que una facción de la humanidad tiene por sagrados sirve de ayuda alguna para entender lo que nos está pasando.  

El conferenciante empezó poniendo un ejemplo que, para, al menos, una persona del público (lo puso en evidencia con la única pregunta que pudo formularse, por falta de tiempo, en el coloquio) resultó desafortunado: citó el Gernika de Picasso como ejemplo de algo que existe, por una razón precisa, creado por un ser inteligente, para transmitir un mensaje determinado.

Fue una anécdota mínima, dentro de un esquema de la presentación que, al menos para nosotros, resultó algo confuso. También se había referido a que las alas de las mariposas no habían sido diseñadas para confeccionar con ellas las letras del alfabeto (y se podía hacer, seleccionando trozos de ellas de entre la gran variedad de lepidópteros) ni los ríos y mares fueron creados originariamente para navegar. "El ojo humano tiene en común con el Guernika, el reloj o el coche, en que si no fuera por la finalidad de ver, no existiría: no es un diseño inteligente, sino resultado de la evolución, como las alas de las mariposas y los ríos".

Recordó Ayala que huvo dos revoluciones que marcaron sendos hitos en el desplazamiento de la importancia del ser humano en el conjunto del cosmos: la revolución copernicana (siglo XVI), que destruyó la idea predominante hasta entonces de que la Tierra era el centro del Universo, pero dejó fuera a los organismos, y la revolución darwiniana (siglo XIX), que convierte al hombre en una especie más, negándole ser el centro de la vida.

Willian Paley (Natural Theology) en 1802 habría explicado muy bien -según Ayala- la idea central, al "argüir una y otra vez que los organismos no se pueden explicar por ecuaciones, porque hay evidencias de que están diseñados, y donde hay un diseño, existe un diseñador". Y ese diseñador, para Paley, es, evidentemente, Dios.

La evolución del "árbol de la vida" en el que se entroncan todos los seres vivos -aquellos que desarrollaron su existencia en la Tierra- desde un big bang original, y su intrínseca analogía con lo que hemos ido descubriendo (o deduciendo) de la evolución de la materia, es, en nuestra opinión, el aspecto más apasionante de ese encaje de piezas sueltas en las que trabajan tanto físicos teóricos como biólogos moleculares.

(continuará)

Desde lo que creemos saber hacia lo que no podemos ignorar

Frente a quienes creen saberlo todo, porque están poniendo continuamente parches a su inmensa ignorancia, echando mano de todo tipo de subterfugios, se encuentra el reducido grupo de quienes trabajan en componer las frágiles bases del edificio del conocimiento colectivo, tratando de poner a salvo, si no las verdades absolutas, al menos los procedimientos.

No es una tarea sencilla. De la complejidad de ese esfuerzo, de la terrible parquedad de las conclusiones incontrovertibles, hemos tenido, los asistentes al ciclo de conferencias que organizó la Fundación Ramón Areces en Madrid (días 10 y 11 de noviembre de 2011), algunos interesantes reflejos, con la presentación de varias ponencias en torno al tema: "Ciencia y religión en el siglo XXI: ¿diálogo o confrontación?", del que fueron coordinadores Emilio Chuvieco (Catedrático de Geografía en la Universidad de Alcalá) y Denis Alexander (Director de The Faraday Institute. St. Edmund’s College. Cambridge). (1)

Solo hemos asistido a dos de las conferencias, cuya orientación conceptual resultó contrastada, y cuya estupenda profundidad y lo atractivo de las presentaciones nos hizo, además de saborear lo que expresaron los ponentes, lamentar no haber tenido tiempo para acudir a las restantes.

Fernando Sols, catedrático de Física en la Universidad Complutense de Madrid, disertó sobre "Heisenberg, Gödel y la cuestión de la finalidad en la ciencia", pero se extendió en otros recovecos muy sugerentes. Francisco Ayala, catedrático de Ciencias Biológicas en la Universidad de California, se concentró en el tema "Evolución, creación y diseño inteligente", prestando especial atención, al final de su exposición, a una cuestión que -la verdad- en España ha interesado menos: las teorías de los creacionistas y su rechazo como verdad absoluta, tanto a nivel jurídico como científico y teológico.

La disertación de Sols supuso un repaso con plausible sistematicidad sobre varios asuntos que ocupan la atención de los científicos curiosos acerca de la mejor metodología para encontrar explicaciones a lo que (nos) está pasando: presentó, por una parte, las consecuencias del principio de indeterminación de Heisenberg: la predicción precisa del futuro está prohibida por la física cuántica, por lo que hay espacio, aunque no se pueda demostrar, para la existencia de la libertad individual y el principio de Providencia.

Respecto a la pregunta clave de qué o quién determina el futuro, se refirió a los teoremas de incompletitud de Gödel (en 1931), y al "halting problem" de Turing (1936), para centrar la cuestión de la indecibilidad: Un sistema lógico con un número finito de axiomas y reglas (y no tenemos otra opción), suficientemente complejo como para contener la aritmética, y sin contradicciones (consistente), no es (no puede ser) completo.

Las consecuencias son extraídas como una sarta de descorazonadoras conclusiones: El carácter aleatorio de una secuencia es indecidible (Georges Chartin), es decir, el azar no es demostrable: la ausencia de diseño no tiene estatus ontológico, es un concepto fenomenológico (se utiliza porque es conveniente). Para Karl Popper, en su Logik der Falschung, el criterio de falsabilidad es una conclusión científica: una teoría es científica solo si es falsable, es decir, tiene un cierto riesgo de ser refutada. H.C. Reichel (Mathematical Undecidability) la hipótesis del azar es indemostrable, y, a la inversa, la tesis teleológica es irrefutable, en principio, y, por eso, no es científica (no satisface el criterio de falasabilidad).

En suma, las cuestiones sobre finalidad pueden ser de alto interés filosófico, pero deben quedar fuera del debate científico, indicó Sols, antes de que se abriera un atractivo turno de intervenciones, del que extraemos estas perlas:

"La mecánica cuántica describe perfectamente la estadística, pero hay que tener extremo cuidado con las consecuencias de que solo podemos realizar un número finito de experimentos." y

"En la naturaleza, hay experimentos que se pueden predecir, pero no hay estadísticas posibles cuando el experimento se realiza solo una vez. En la materia de la evolución, pasa algo parecido: puede haber situaciones en que una mutación tenga consecuencias a largo plazo. No hay que darle al resultado un carácter tecnológico, porque si en matemáticas se ha demostrado que el azar es indemostrable, con mayor razón esto será cierto en otras disciplinas, como en el caso de la física cuántica o la evolución".

(Continuará en otro Comentario)

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(1) El Dr. Alexander -evangelista confeso-, suponemos, se habrá referido en su conferencia a su libro (publicado en 2008), que lleva el mismo título; en marzo de 2011 estuvo también en España, para impartir la  II Conferencia Fliedner de “Ciencia y Fe” [2]  sobre el tema: “Ciencia y fe: de Darwin a Dawkins". (Dawkins es el autor de The God delusion, 2006)

Entre crear empleo o subvencionar al parado

Mientras los bustos parlantes de las difererentes facciones políticas persistan en la demostración de su insolvencia para proponer soluciones -compatible con su propósito de no abandonar el oficio- crecerá la masa de escépticos, atónitos o desesperados, a los que, por supuesto, no sirve de consuelo que la situación esté muy mal, la hayan creado otros o los que han gestionado la miseria o la opulencia lo hayan hecho con incompetencia.

Los representantes políticos y sindicales -con mucho menor intensidad, los empresariales- se han concentrado en exponer que el problema mayor que tiene nuestra economía es el paro. Estar parado es, desde luego, una situación muy grave para 5 millones de españoles que desean trabajar (habría que restar de esa cifra a algunos especialistas en cobrar la subvención del paro).

Pero ese no es el problema principal de nuestra economía; es más, si estimáramos que fuera así, si nos obstináramos en querer resolverlo, sin atender a otros factores más importantes que él, no solo fracasaríamos, sino que ahondaríamos aún más en el pozo del desequilibrio.

Porque, en nuestra opinión, el asunto central de un Estado de derecho, desde el punto de vista social, es encontrar el equilibrio -dinámico, pero soportable en cada momento- entre quienes tienen empleo y quienes deben recibir subvenciones o ayudas para atender a sus necesidades, porque carecen de él.

Y como venimos diciendo hasta el aburrimiento, los desarrollos tecnológicos y las expectativas de bienestar han situado a las estructuras de los países intermedios -España como paradigma- en una posición de la que no pueden salir, sin un poderoso, dramático e inteligente (en el sentido de original y drástico) cambio de los sistemas de empleo, retribución, ayudas sociales y -la clave- reparto de plusvalías.

No será posible confiar en que la incorporación masiva de las nuevas tecnologías genere suficiente empleo de sustitución: en esta ocasión, la revolución industrial nos ha jugado una mala pasada, porque ya no encontraremos la suficiente masa crítica para desplazar hacia otros países y sectores los déficits de mano de obra y las necesidades de exportación que implica poder hacer con muy poco coste y escaso trabajo manual mercancías que casi cualquier país menos desarrollado puede ejecutar sin ayuda.

No podemos confiar en poder desplazar la solución de nuestras necesidades críticas a los países menos desarrollados; esto, ya no vale: el déficit tecnológico, cuando existe, es superable en muy corto plazo, la mayoría tienen recursos naturales aún sin explotar y -por ser breves- nos anquilosa aquí una legislación restrictiva -muy interesante cuando nos iba bien- que se ha convertido en coraza o camisa de fuerza.

En consecuencia, y en lugar de obsesionarse con las medidas para generar empleo -real y/o simulado- a corto plazo (por cierto, he aquí algunas: eliminar las medidas ambientales o de control de la contaminación, endeudar aún más a las Administraciones, diga lo que quiera el núcleo duro de la UE, incorporar a la contabilidad oficial la creciente masa de trabajadores en la economía sumergida, ...), preocupémosnos de plantear el incremento de plusvalías de nuestras actividades productivas, creemos un sistema de captación de recursos con base en su cálculo lo más exacto posible, y organicemos su distribución equitativa y proporcional entre los que lo necesitan.

Eso sería propio de un Estado social de derecho que funciona de acuerdo con las circunstancias. Con el actual panorama, que supone un colectivo de más de 8 millones de personas con ayudas sociales (pensionistas, prejubilados, parados, viudos y viudas, huérfanos, impedidos, prestaciones no contributivas, etc.) en relación con apenas 15 millones de empleados, es evidente que la situación es insostenible, y se complicará en corto plazo.

Hay que atender a generar obligaciones de contribución en quienes se benefician de las plusvalías del sistema; que, obviamente, no son quienes tienen un puesto de trabajo (y que se les ha convertido en más precario cada día). Y si no somos capaces de generar suficientes plusvalías entre todos -activos como técnicamente parados- para soportar ese "Estado de bienestar", ya sabemos adónde nos conducirá el futuro: a la quiebra.

Digan lo que digan los bustos parlantes que seguirán disputando si hay que "activar la creación de empresas", o "invertir en i+d+i", o "mejorar la educación" o "privatizar la gestión de los servicios públicos para mejorar su eficiencia".

Una cosa es el chocolate del loro y otra muy distinta lo que comerán los dueños del plumoso.

Por la cara

La forma más barata de conseguir algo es, desde luego, por la cara. No se debe entregar nada a cambio -por supuesto, no el rostro-, solo apropiarse del objeto.

Ni siquiera hace falta esperar a que el poseedor de lo que se arrebata esté distraído, basta confiar en que no lo reclamará cuando lo tengamos en nuestras manos. Quien se apropia por la cara -que, es, por tanto, un jeta- cree tener el derecho sobre la cosa, por ser quien es, porque entiende que se le debe algo o, en el caso más habitual, porque sí.

Un caradura es, por elevación, no solo el que arrebata objetos a terceros, pues más frecuentemente, lo que anda es pisándoles derechos: hay, como todo en la vida, diferentes grados. Desde el que tira las colillas en los alcorques al que se aprovecha de ocupar un cargo público para hacer reformas en su chalet con el dinero de los contribuyentes (que, por cierto, no habrían pensado jamás en contribuir de ese modo a mejorarle la casa al desalmado).

Los hispanoparlantes tenemos mucho gusto en sacarle punta a casi todas las palabras. Por eso, dar la cara es otra cosa muy distinta. Se hace cada vez menos, y no porque esté mal visto, sino porque se prefiere pasar desapercibido, no va a ser que.

Si se ve uno inmerso en un lío, lo mejor parece ser poner cara de circunstancias, e incluso de póker, como si la cosa no fuera con ese uno. Si hubiera mal tiempo, se podría poner buena cara -el viejo consejo tiene enjundia, pues de esa manera se alejan muchos comentarios de esas gentes que se alegran de lo mal que le va al prójimo, sin poner remedio alguno.

Poner buena cara es parecido, pero no igual, a poner otra cara. Lo suelen decir los amigos de parranda, cuando temen que les agüemos la fiesta. En tales circunstancias, se podría poner cara de pocos amigos -además de la cara de circunstancias propiamente dicha-, pero sería aún peor.

Por cierto: con el paso de los años, sin que hayamos caído en la cuenta de ello o no queramos caer, cambia nuestro aspecto, aunque nos hagamos el lifting más precioso. Un ejemplo: cuando cometíamos una travesura, para no ser castigados, bastaba con poner cara de cordero degollado, o carita, (en recuerdo de esas caritas de querubín seccionadas de cuajo que pintan los artistas religiosos entre nubes).

De mayores, hagamos lo que hagamos, cuando queremos disimular de haber causado un estropicio, solo se nos pone el careto. Cojan Vds. los periódicos, verán un buen muestrario.

Hacia el pluripartidismo parlamentario

Este Cuaderno está escrito desde la independencia respecto a los partidos políticos, lo que no debe interpretarse -en absoluto- como reflejo de nuestro desinterés por la política. De hecho, quienes hayan venido siguiendo nuestros comentarios, habrán encontrado opiniones acerca de las múltiples cuestiones que afectan a la vida en sociedad y que son, fundamentalmente, regidas por decisiones de quienes gestionan los bienes comunes.

El 7 de noviembre de 2011 se produjo un debate entre los canditatos a Presidente del Gobierno de España, representantes de los dos partidos que, actualmente, suponen las facciones mayoritarias de las Cámaras. Será el único debate antes de las elecciones del 20 de noviembre y había despertado la lógica expectación.

La fórmula elegida, rígida en formato y sin admitirse preguntas de terceros, limitó las cuestiones concretas a debatir -dentro de los genéricos marcos preestablecidos- a la presentación de las propuestas que los propios candidatos realizaron y a sus interpelaciones cruzadas, por las que trataron de descalificar o despertar dudas acerca de la verosimilitud o credibilidad de las intenciones del contrario. El moderador se limitó a actuar de controlador de los tiempos.

El debate fue, consecuentemente, aburrido. Las ideas presentadas, escasas y, desde luego, bien conocidas. Los candidatos repitieron esquemas que han utilizado una y otra vez en su experiencia parlamentaria; parecían encontrarse en el hemiciclo -en una sesión de trámite- y, lo que es más grave, improvisaron respecto a lo que son, ni más ni menos, los programas que, en teoría, deberán regir su actuación -como gobierno y como principal oposición- durante los próximos cuatro años.

La línea argumental de ambas posiciones, resultó trivial: Rajoy expuso, una y otra vez, que el gobierno socialista había mentido al valorar la crisis y que había hecho una mala gestión, de la que el actual candidato socialista era uno de sus principales responsables; y Rubalcaba reiteró que el programa del PP no se iba a cumplir, era confuso en términos cruciales y mentiroso respecto a las verdaderas intenciones.

Seguramente, a medida que avanzaba el supuesto debate y se aclaraba que ambos candidatos no estaban dispuestos -seguramente, porque no las tenían- a presentar opciones de actuación respecto al futuro, crecían las opciones de los partidos que no estaban representados en el plató televisivo.

La mejor solución, hoy por hoy, para España, nos parece el pluripartidismo, como garantía que se tomarán las decisiones más adecuadas, sin caer en personalismos ni en servidumbres del pasado. Ningún partido presenta en su programa un conjunto de propuestas básicas que permitirían salir de la crisis con la mayor solvencia.

Los sensatos coinciden, independientemente de su cariz político, en que el momento es difícil; las soluciones no pueden, por tanto, limitarse a unas pocas fórmulas de manual: no será posible mantener las condiciones actuales, ni en lo social, ni en lo económico, y la necesidad de conducir el cambio obliga a trazar, con valentía, el camino que conducirá hacia la restauración del actual estado de bienestar.

En ese empeño, o colaboramos todos con lo mejor que tengamos, o no nos salva, como diría una abuela de las de antes, ni la caridad.

Por razones distintas a las que expone Vargas Llosa

En un artículo que pretende ser esclarecedor acerca de su refinada posición ideológica actual ("Una rosa para Rosa", EP, 6.11.2011), Mario Vargas Llosa anuncia su voto para UPyD en las elecciones del 20 de noviembre, "porque sería el aliado ideal para el PP".

Lo indica así, después de expresar enfáticamente que "el Partido Popular cuenta con el mejor equipo de economistas y las ideas más claras (...)". Se despega, desde luego, de apoyar la opción del Partido Socialista, al que aplica, más que un juicio a su programa, comentarios críticos a la actuación de su último Gobierno, al que atribuye -lo recogemos sintéticamente- el desastre de una "cifra escalofriante" de desempleo, las "diferencias económicas más grandes" de la Unión Europea y el "altísimo paro juvenil".

Esta situación deprimente, que más bien parece responder a una síntesis académica para estudiantes norteamericanos de economía del tercer mundo, la hace derivar el político-escritor de una "razón principal": "una política económica errática, imprudente, y de la obstinación del Gobierno Socialista en negar la existencia de la crisis a lo largo de más de un año".

Con estos antecedentes discursivos, el voto de Vargas Llosa -que, dada la proyección pública del medio para el que escribe y su indudable autoridad personal, es evidente que pretende que su proceso mental sea asumido por muchos de sus lectores- sería, por tanto, un voto calificable como estrategia perversa.

En lugar de apoyar a los que defienden -o están más próximos a ellas- las convicciones personales, se defiende reforzar una opción que atempere los riesgos de radicalización del partido que se confía que, por otros votos distintos del propio, se consolide como vencedor.

No estamos de acuerdo. En una elecciones generales, en la que el voto es individual y secreto, no se trata de forzar a que cada votante elucubre, con base en hipótesis maquiavélicas, cuál convendría que fuera el resultado óptimo de la convocatoria, atribuyendo mayores o menores posibilidades a las opciones y pretendiendo corregir, dando un desmesurado valor a la decisión propia, el sesgo colectivo. Si se pretendiera ese propósito, la papeleta de voto propondría la distribución de porcentajes entre las listas (lo que complicaría, por supuesto, hasta límites inpredecibles, el recuento).

Nos parece preferible que cada uno vote -si encuentra afinidad en alguna opción electoral- a aquella propuesta que crea que le representa mejor, y que, aún sin alcanzar la añorada perfección, le ofrezca las mejores opciones de gobernar esta crisis. Esto evitaría, no solo hacer análisis esperpénticos del resultado electoral, sino, y sobre todo, que por difusión de la teoría de la estrategia perversa, acabáramos lamentando no haber podido recoger el verdadero estado de los intereses sociales.

Y tendríamos más difícil encontrar una respuesta satisfactoria a los problemas del país. Que no son, en nuestra modesta opinión, provocados por la escasez de personas capaces, sino por la dificultad que nuestro sistema de valoración de méritos ha generado para que aquellos ocupen puestos relevantes.  Y que, por cierto, contrariamente a lo que se obstinan en repetir muchos comentaristas y analistas -incluído Vargas Llosa-, no se solucionará solo con medidas económicas, sino también técnicas, sociales y éticas.

Permítasenos decirlo con la voz más alta: sobre todo, técnicas.

Entre las cuentas de la lechera y las del tendero

Aunque no tenemos forma de investigar por nuestra cuenta cómo controlan los asuntos del dinero en las Administraciones Públicas, las entidades financieras y, en general, las grandes empresas, tenemos fundadas sospechas de que una parte no despreciable de las mismas actúan como lo haría cualquiera que no tuviera ni la más remota idea de una correcta contabilidad.

No lo hacen, por supuesto, por ignorancia, sino a sabiendas. Disponen de los instrumentos óptimos para ejercer el mejor control; emplean a especialistas, como producto de complejos y serios procesos de selección, y sus Balances, cuentas de resultados y anotaciones son revisadas concienzudamente por auditores, gestores, síndicos y otros expertos.

Todo este costoso procedimiento de supervisión no impide, sin embargo, que, en atención al falseamiento de la verdad, los procedimientos técnicos se subordinen a dos filosofías extra-académicas: las previsiones de futuro según las cuentas de la lechera y los registros contables según el entendimiento del tendero. (1)

La historia reciente nos confirma estas suposiciones, que podrían haberse juzgado arriesgadas e irreverentes. De otra forma, no resulta explicable que, a finales de octubre de 2011, el Ministerio de Economía alemán reconociera haber cometido un error de 55.000 millones de euros en la contabilidad del Banco FMS Wertmanagement, creado para trasladar a él los activos tóxicos del Hypo Real State, una de las entidades hipotecarias nacionalizadas como consecuencia de la crisis.

Más o menos por las mismas fechas, los "líderes de la Unión Europea" se decidieron, después de arduas discusiones mantenidas entre abrazos y canapés, a perdonar la mitad de la deuda que el Estado griego mantenía con los Bancos de la zona euro, -en cifras: 100.000 millones de euros volatilizados-, admitiendo que, por mucho que se apretaran los cinturones, los griegos nunca podrían pagarla.

Todo fue consecuencia, por los síntomas, de la aplicación desmesurada de la filosofía del tendero. Cuando Georges Papandreu a finales de 2009 fue elegido presidente de Grecia, con un programa muy atractivo que prometía eliminar la mayor parte de los impuestos, trabajaba con información errónea: la que le proporcionaba la contabilidad oficial y su propio equipo de funcionarios adictos.

El país no era rico, sino pobre como las ratas y estaba endeudado a límites insoportables. Una vez que miró con otros ojos los papeles que le habría dejado su antecesor (a los que no tuvo más remedio que añadir las exigencias de pago de salarios de funcionarios y acreedores de los organismos públicos que aporreaban las puertas de caoba del despacho), descubrió que el déficit del país no era de un razonable 3,7% sino que ascendía a un escandaloso 12,5%. Unos 27.000 Millones de euros más de lo que el mundo creía, nacidos como consecuencia de deudas, atenciones y compromisos ineludibles que la contabilidad oficial había ocultado cuidadosamente, tal vez con el propósito incalificable de no alarmar a los confiados colegas comunitarios, que habían venido integrando aplicadamente, sin dudar de su verosimilitud, las cifras inventadas que les llegaban desde Grecia en las páginas del Eurostat.

A nuestra escala local, tampoco faltan ejemplos de cómo se han estado tergiversando las cifras contables, mezclando, según pareció conveniente a los que gestionan los dineros, las ideas de la lechera con las veleidades del tendero. Al decir más moderno de la Sindicatura de Cuentas de Castilla-La Mancha, la deuda real de esta Comunidad es ahora (un ahora relativo, pues los terrenos del dinero son, sorprendentemente, arenas movedizas cuando los que andan sobre ellas son pies ajenos) de 2.800  millones de euros.

La razón es siempre la misma: se habrían dejado de contabilizar o infravalorado o perdido facturas, créditos y deudas, con diversos artificios contables -el más simple, olvidarse de registrarlo-, pero, también, en este último caso, utilizando medios algo más sofisticados: uno de ellos, haber bloqueado parcialmente -y lo decimos con la boca pequeña por la evidente connotación delictiva, que deberá ser probada consecuentemente- el programa informático de gestión y contabilidad de la administración regional.

Por todas partes surgen, contagiados del fervor, amigos de la lechera y su filosofía. Según el Banco de España, a junio de 2011, los Bancos españoles acumulaban 176.000 millones de euros en activos inmobilarios de dudoso cobro, un 50% de la exposición total de la banca en el sector -que es el 11,4% del total de créditos concedidos-. Por supuesto, los seguidores de la filosofía de la del cántaro, estaban convencidos de que los deudores podrían apechugar con sus compromisos, a pesar de las burbujas, las nóminas infladas o los avalistas insolventes.

Pero algo más téngase por cierto: no se piense que la doctrina se aplica por igual a todo el mundo. Las alegrías para concesión de créditos para comprar vivienda de los últimos años contrastan poderosamente con las penalidades para justificar, con cinturón y tirantes, las garantías cuando se solicitaba a esas mismas entidades un crédito para montar un negocio...Si se concedía el préstamo por el bancario, lo era a un interés siempre bastante más alto que el que se solicitaba a las empresas de gran tamaño, cuya solvencia no se cuestionaba.

¿Cómo atreverse a ponerle condiciones a un amigo íntimo de quién sabe qué mandamás, cómo osar dudar de la credibilidad de un empresario de probidad acreditada con el que se ha coincidido en una montería o es socio del mismo club de golf? ¿Cómo creer que quien maneja un BMW descapotable y habita en un lujoso chalet haya construído su imperio con el barro de la mentira contable de valorar la leche al precio del platino?

Suponemos que ejércitos de contables independientes estarán trabajando arduamente por poner en orden ese maremágnum en que otros colegas, condicionados y hasta incluso prendados por las ideas de tenderos y lecheras, inspiradores de las ideas de sus jefes, han confundido certezas, incertidumbres, probabilidades, deseos y mentiras.

¿Saldremos de ésta? ¿Con qué pelos? ¿A costa de quiénes? No dudemos en ésto: de los que no han falseado jamás ninguna cuenta, adictos a la ética y a la verdad de las cuentas realizadas como mandan los cánones de los Planes Contables.

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(1) Es decir, atender a lo que se tiene en la caja, sin considerar ni amortizaciones, ni costes del oportunidad, ni deudas aplazadas, etc.

Ante la necesidad imperiosa de crear empleo

El comienzo de la campaña electoral en España ha activado la imaginación de los portavoces de los partidos que se encuentran en posición de obtener representación parlamentaria, para presentar las medidas que supondrían la activación de la economía, lo que se vincula directamente con la creación de empleo.

A esa ceremonia de chamanes del dios dinero, concurren también los representantes sindicales y empresariales, además de catedráticos y especialistas de esa complicada combinacion de ciencia y exoterismo que tanto papel juega en nuestras vidas.

Desde un lado del panorama, pugnan por hacerse oir quienes defienden que hay que reducir el músculo de las Administraciones, reducir impuestos, poner más barato el precio del dinero y confiar en que la iniciativa privada detecte oportunidades de negocio. En resumen: confían más en la inteligencia del mercado que en la capacidad de los Gobiernos para salir del bache, y, al reducir los ingresos del Estado, disminuyen, naturalmente, las prestaciones públicas (aunque no lo digan).

Desde el otro lado de las posiciones ideológicas, se indica que no se reducirán los servicios sociales, ni se empeorará su ejercicio, y que se aumentarán los impuestos a quienes tienen mayor capacidad económica. En resumen: se ven maniatados para reducir el Estado de bienestar, y la presión sobre los que gozan de mejor posición para soportar la crisis, menguará, naturalmente, su interés inversor por acometer nuevas iniciativas.

Parecerían dos posiciones irreconciliables y, planteadas como pura discrepancia conceptual, lo son. Pero en economía las cosas nunca son tan sencillas como para exponerlas blanco sobre negro.

En nuestra opinión, la generación masiva de puestos de trabajo no está tan vinculada a las cuestiones macroeconómicas como a la generación de un escenario de confianza a niveles microeconómicos.

Los agentes mayores de la economía tienen una visión de la situación, y una capacidad de respuesta y resistencia a la crisis, que los hace poco sensibles a las necesidades locales: el caso de las multinacionales es paradigmático, utilizando a su antojo la movilidad de sus centros de producción, buscando los menores costes y la optimización del beneficio. Aunque a muy corto plazo puedan sentir el peso de las medidas fiscales (por ejemplo), a medio plazo se escurrirán, en busca de escenarios más favorables.

Distinta es la cuestión para los agentes menores, entre los que se debe contar esperanzadoramente con los pequeños ahorradores, los profesionales con especialidades, los jóvenes con formación en nuevas tecnologías, los jubilados y prejubilados, los que tienen capacidad de consumo casi intacta a pesar de la crisis (funcionarios y empleados de las empresas más sólidas, que tienen seguro su puesto de trabajo).

Para ellos, hay que preocuparse, desde los estamentos del Estado, de generar  en condiciones de estabilidad y confianza, orientando sus posibilidades inversoras hacia sectores de futuro y reduciendo el coste del dinero que necesiten para plasmar sus ideas de negocio, que estarán, por su misma naturaleza, vinculadas al territorio en donde viven (dineros que emplearán, por cierto, fundamentalmente, en la financiación del circulante de sus proyectos).

 

Sobre las formas de salir de un atolladero

Si, como saben los lingüistas, la riqueza en la variedad de formas verbales para expresar un concepto, refleja la importancia que éste tiene para la colectividad, en el español podemos estar seguros de que nos ha preocupado tradicionalmente una cuestión que hoy está de moda: las soluciones a la crisis.

Se puede salir de un problema o atasco, por pies; es la forma más sencilla y directa. Se puede optar incluso por poner los pies en polvorosa, que es manera de poner, también, tierra por medio. En esencia, el método consiste en encontrar el destino a lo que se tiene más a mano: pies, para qué os quiero.

Hay quien tomaría, en casos así, las de Villadiego, y quien se llamaría a andanas, equivalente, esto último, a no darse por enterado, como si la fiesta (o el desastre) no fuera con uno. Los más avezados, tal vez se pongan en lo peor -esperando que los demás no lo tomen a mal-, aunque los que suelen tener más crédito son los que sin entender de la misa la media, creen que todo el monte es orégano y andan a la que salta, que puede que sea a salto de mata.

Nos gustan más quienes plantan cara, le ponen ganas, y apechugan con el asunto y se comen el marrón o, mejor, hacen que lo coman a los que organizaron el pifostio (que una cosa es ir de héroe y dejar que se vayan de rositas quienes correspondería cargar con el muerto). No siempre, por cierto, lla solución está en tirar para alante, porque a veces hay que hacerlo por la calle del medio y, en todo caso, lo aconsejable es andar con tiento y salvar los muebles. 

Si hay que cortar por lo sano, no debemos asustarnos en que caiga quien caiga,  -cuidando de que no paguen el pato los de siempre, sino los que se lo comieron -. Si no hay más remedio, una fórmula que puede servir para un apaño-está claro que no de forma universal- es poner al mal tiempo buena cara.

Lo que no hay que hacer es confiarse, porque cuando menos se espera, salta la liebre y salen más esqueletos del armario, con la consecuencia de que, después de Guatemala, venga Guatepeor.

Por ello, no está de más ponerse a cubierto mientras dure el chaparrón, y desconfiar de los que dicen ver el final del túnel cuando para los demás es aún noche cerrada y, desde luego, cuidarse mucho, de poner la otra mejilla para que nos den nueva bofetada quienes ya nos marcaron la cara una vez.

Sirve también al caso no confiar en cantos de sirena ni dejar de tener en cuenta que lo mejor es enemigo de lo bueno, y que -se crea o no- a Dios rogando, y con el mazo dando, porque aunque nunca llovió que no amainara, de grandes cenas están las sepulturas llenas, que, además, es imprescindible pagar antes de dejar el restaurante.

Extrémese el cuidado en descubrir lo que se oculta tras una apariencia -que suelen ser, ya se sabe, engañosas-, porque, si de noche todos los gatos son pardos, de día no faltan especialistas en dárnoslas con queso, y hay que estar al tanto de los que hacen de sus gorgoritos, cantos de sirena. Estando, como estamos, a dos velas, a pie enjuto y empeñados hasta el alma, para salir de aquí hacen falta  algo más que buenas voluntades. 

De los que se encumbran para prometer el oro y el moro, cuidémosnos, pues. Que del árbol caído, todos hacen astillas y árboles más altos hemos visto caer.

Por eso, a cuantos nos tiren los tejos tirando a dar en los errores de otros, replicamos que, ante todo, tengamos la fiesta en paz, que arrieros somos. Será conveniente que si no van de farol, pongan todas sus cartas sobre la mesa, sin guardarse ases, especialmente si son de bastos o esapdas, en la manga. No les pedimos que hablen a calzón quitado, que para descubrir si van en pelota (picada o no) no hará falta más que mirarles a la cara y comprobar que tienen limpios los bolsillos.

Ya que estamos al cabo de la calle, no vamos a quedarnos ni escaldados ni compuestos y sin novia; a la mínima, seríamos capaces de cantarle las cuarenta al más pintado y hacer que se le caiga la cara de vergüenza. Que lo que único que ahora pedimos es que los que nos vayan a mandar, tengan lo que hay que tener; con eso sobra y basta.

Sobre lo que se echa en falta en la Unión Europea

La carencia más evidente surge, justamente, de lo que se tiene en exceso. La Unión Europea cuenta con demasiadas opiniones, por supuesto, en parte discrepantes, sobre lo que hay que hacer. El problema no aparece porque los lideres europeos no encuentren la solución idónea, pues es muy posible que esa no exista, sino en que no tomen ninguna.

Europa no funciona como agrupación de Estados con un objetivo común, sino como una suma de intereses particulares y, claro, quienes más poder tienen, imponen los suyos, por la vía de los hechos, echando mano, sencillamente, de su capacidad de resistencia ante la adversidad del conjunto.

La falta de una voz que, hacia el exterior, manifieste la posición conjunta, y -hacia dentro- de un líder con autoridad para imponer criterios y soluciones, es tan evidente, que ni los mercados, ni los demás Estados, ni siquiera los propios ciudadanos europeos, creen que están formando parte de un esquema uniforme: en lo que coinciden es en aprovecharse de las ventajas, pero se resisten ásperamente a participar en los sacrificios.

Los Estados de la Unión son demasiado diversos, en capacidad económica, en niveles de reacción, en opciones para expresar lo que necesitan con mayor urgencia y poder sacarlas adelante. Tal vez el proyecto de una Europa de las regiones hubiera ayudado a poner las cosas en su sitio. Aunque, sobre todo, lo que reclama urgencia, es la unidad política, la exigencia de solidaridad.

Nos produce una gran inquietud esa afinidad -tan exultante- entre dos gobernantes, los de Alemania y Francia; su complicidad, su entendimiento tan transparente, nos deja a los habitantes de los demás Estados de la Unión con la sospecha de que están tomando las decisiones de acuerdo con lo que más les interesa a ellos. Son los beneficiarios de la crisis de la Unión: sus empresas son más competitivas, sus necesidades de financiación, asumibles a menores costes. Pagamos más caro la indefinición de los estamentos comunitarios.

Tendremos que soportar mayores precios para salir de la crisis, que se nos dirá que es general, pero que se va perfilando en los papeles de vencedores, y vencidos. Y España, con un Estado social lastrado por compromisos de bienestar que no seremos capaces de cumplir, será uno de los más perjudicados.

Sobre la necesidad de renovar el banquillo

¿Qué habría que valorar más, la experiencia o el empuje juvenil? En un momento como éste, en el que los conocimientos y actitudes de quienes han estado tomando las decisiones, nos han llevado hasta esta situación de dificultad, convendría que el debate acerca de lo que hay que hacer ahora, pusiera en claro las responsabilidades y extrajera, con independencia, las consecuencias.

No es sencillo, claro. Las voces de quienes ocupan los puestos de mando, convertida en algarabía, como sucede siempre que no se quieren reconocer los errores, impiden que se puedan escuchar las opiniones de los que no tienen otro interés que el de sacar, cuanto antes, la carreta del barro.

Nos gustaría que quienes han asistido en posiciones secundarias a la gestación de la crisis, pero no han tenido ocasión de tomar las decisiones, subieran al estrado y nos explicaran, con claridad, qué es lo que ha pasado. Para empezar, no nos fiamos de quienes han estado en los puestos de mando y, pretendiendo que ahora saben cómo solucionar el problema, no han sabido atajarlo. Bien está que nos expongan sus propuestas, pero no esperen de nosotros que les concedamos credibilidad.

Tampoco la esperen quienes se han sentado enfrente y se han contentado con decir, "no es así". No nos sirve que pretendan convencernos que la solución está en hacer, justamente, lo contrario, porque no entendemos que exista un "contrario" a lo que, como colectivo, hemos estado admitiendo -todos: unos y otros- que sucediera.

Creemos que es la gran opción de los jóvenes; no de los muy jóvenes, sino de aquellos que tienen menos de cuarenta o cuarenta y cinco años. Ellos, que no han consumido todavía una parte importante de su existencia activa, deben aportar, no tanto las soluciones, como el imprescindible empuje para ponerlas en práctica. A ellos corresponde, en esencia, la responsabilidad -y la necesidad- de sacarnos de aquí.

Que escuchen las voces de la experiencia, pero que sean ellos quienes tomen las decisiones. Por la cuenta les tiene, por la cuenta que nos tiene a todos.

Es la hora de renovar los banquillos. Démos, no la credibilidad, sino la confianza, a quienes aporten la juventud, el dinamismo, el empuje. Y, por favor, que dejen de hacer ruido quienes se han equivocado: nos sirve su reconocimiento de que han fallado, y se lo agradecemos, pero que dejen el sitio a quienes no tienen su cesto cargado con los errores del pasado.

Sobre los despilfarros colosales

La desgraciada política de favorecer, en la búsqueda del beneplácito local (es decir, el voto de los estómagos agradecidos), la generación de expectativas sin fundamento, sin mercado, sin capacidad, ha generado en nuestro país una multitud de despilfarros que calificamos, sin temor, de colosales.

¿Ejemplos?. ¡Tantos! Demasiadas universidades sin posibilidad de alcanzar, jamás, prestigio suficiente, porque no conseguirán atraer a alguna -o no lo harán en número adecuado- de las escasas cabezas creativas disponibles; exceso de titulados sin la formación exigible, y, claro, con expectativas respecto a su titulación académica, que no podrán cumplirse, y que conducirán a su desánimo (al mismo tiempo que dejarán de cubrirse plazas adecuadas a otros niveles formativos, o a experiencias y utilidades más concretas).

Demasiados centros culturales, museos, palacios de convenciones y congresos, que jamás podrán alcanzar el nivel de utilización que los haga rentables, ni tendrán la audiencia, o despertarán el interés que sería aconsejable, aumentando el número de desorientadores culturales, de cabezas con pretensiones de representar corrientes de opinión, de premios sin interés, de certámenes sin calidad ni prestigio posible. Restos, en suma, de pretensiones fallidas, de propósitos fuera de dimensión, de descomunales apetencias sin correspondencia con la verdadera talla del que pretendió una importancia que no era acorde con su naturaleza.

Demasiadas autovías, puentes, carreteras sin tráfico que justifique la inversión, uniendo puntos cuya forzada proximidad no estaba justificada. Vemos ahora, al avanzar por la geografía, muñones de puentes que no han podido ser terminados porque faltó el presupuesto, aeropuertos sin pasaje, caminos y asfaltos abandonados a la maleza que cubre su desmedida pretensión, pueblos que languidecen con sus economías mermadas al verse alejados de los mercados que sustentaron su pasado.

Demasiados polígonos industriales sin las esperadas -y fatuas- naves que iban a servir para afincar en ellas empresas que nadie se atrevió a erigir o que, iniciadas, han servido para hundir precarias economías de emprendedores locales que no han encontrado suficiente facturación para sostener su iniciativa.

No hará falta seguir con los ejemplos. Despilfarros colosales, surgidos de una visión localista, centrípeta, inadecuada para una economía globalizada, una modesta realidad cultural insoslayable, una competencia mísera por tener, al lado de casa, un monumento a la falta de visión de conjunto, al ego de quienes lo impulsaron, para poner su nombre a lo que la realidad convirtió rápidamente, en una ruina, un despojo, un fracaso.

Sobre la amnistía de los que apoyaron (y apoyan) a los terroristas

El enfático anuncio de tres encapuchados, arrogándose la representación de una banda terrorista llamada ETA (muy mermada en efectivos, pues, según algunas estimaciones no supera a finales de 2011 los cincuenta miembros "activos"), leyendo un papel en el que afirmaban que abandonaban la "lucha armada", está sirviendo para realizar múltiples análisis sobre sus consecuencias, condicionandos y efectos sobre el resto de la población vasca y, por ello, de la española.

No merece la pena repetir que las declaraciones de delincuentes expresando que dejarán de cometer delitos no equivalen al arrepentimiento. Su valor jurídico para reducir la pena, cuando sean apresados, es nulo, pues no adquiere categoría positiva la expresión por parte de quien ha cometido los delitos por los que se le habrá de juzgar, de que a partir de un cierto momento de su vida ha pasado a hacer lo que a la mayoría de los demás mortales les resulta natural: no delinquir y, en especial, no asesinar a semejantes, sin que importe el simbolismo que quiere dársele por el que mata a su acción de privar de su vida a otro.

Los que han sido identificados como miembros de la banda, pues, deberán seguir siendo perseguidos por la Justicia, apresados y sometidos a juicio (obviamente, justo), y sancionados de acuerdo con lo que se les impute. Como sus colegas de irracionalidad que están ya purgando sus penas. Los que no lo han sido ni lo sean en el futuro como hacedores de algún delito que no haya prescrito, tendrán más suerte, y podrán hacer una vida anónima, esto es, normal. 

La cuestión más grave en el caso del terrorismo de ETA, si aceptamos que es, en parte, "terrorismo vasco", en el sentido de que hay una parte no despreciable de la sociedad vasca que apoya tales actos -de motu proprio o forzados por el mierdo- es qué hacer con quienes los han estado ocultando o jaleando.

No vamos a juzgar a esos compañeros de viaje, una vez que el terrorismo que han protegido se desvanece. Pero habrá que preguntarse qué es lo que hizo que prendiera la mecha de la sinrazón entre tanta gente normal. Y ahí sí que habrá que trabajar mucho, para borrar de esos cerebros una aberración: que el resto de los españoles estamos oprimiendo a los vascos, que les queremos expoliar o explotar en algo, que no les queremos.

Habrá que enviar un buen elenco de siquiatras y sicólogos al País Vasco para que apliquen el tratamiento, y los curen.

Ante la percepción de la muerte

Si el lector es hipocondríaco, mejor no lea nuestro Comentario de hoy. Se lo dedicamos a personas serenas, maduras, conscientes de que, si hay una verdad que está con nosotros, incuestionable, es la de que, por el hecho de haber nacido, es decir, de vivir, moriremos.

Sería también trivial -pero no está de más ponerlo de manifiesto de vez en cuando- afirmar que la preocupación acerca de lo que puede suceder con esta magnífica sensación bipolar de poder y fragilidad que produce la consciencia de la existencia ha dado nacimiento a multitud de hipótesis que tratan de salvar la incógnita de lo que "nos" sucede una vez que morimos.

Nos resistimos, desde luego, "de forma natural" (está implícito, nos parece, en ese "orgullo de vivir una existencia especial", diferente a los demás animales y seres perecederos) a admitir que después de nuestra muerte desaparecerá definitivamente nuestra particular esencia.

Las elucubraciones en torno a la posible superación de ese problema estructural, que está directamente vinculado a nuestra capacidad de pensar, de razonar, también se han ido consolidando en unas cuantas ofertas que muchos encuentran aceptables y otros se han especializado en utilizarlas en su propio beneficio.

Tampoco descubriremos aquí nada nuevo: van desde aceptar la posibilidad de que pasemos a formar parte de un espíritu superior -más poderoso o, simplemente, más amplio- hasta incorporar a ese corpus voluntarista, diversas opciones de ser recompensados o castigados -existiendo también unas cuantas opiniones acerca de por quién y de qué manera-, de acuerdo con las acciones realizadas mientras nuestra naturaleza de ser vivos nos concedió  capacidad de actuación.

Incluso no faltan teorías que pretenden imponer que existen posibilidades de corregir, en otras vidas posteriores, el currículum de la existencia de la que ahora somos conscientes. Por supuesto, el subordinar nuestra capacidad a uno o varios seres superiores, forma parte del juego de hipótesis salvíficas del problema, como también lo es -y estamos convencidos que, por lo menos, tiene el mismo nivel de versosimilitud- aceptar que somos una anomalía de la evolución de la materia, sin más efectos secundarios que nuestra capacidad de poder llegar a entenderla parcialmente.

No hay que asustarse, creemos, en defender con la cabeza muy alta, desde el escepticismo razonado, que todas esas opciones no dejan de ser elucubraciones sin ningún valor plenamente probado y, por lo tanto, exentas del suficiente rigor científico.

En el caso de los sentimientos religiosos, particularmente si suponen la veneración de espíritus superiores, pueden servir para tranquilizar a quien desee acogerse a una de ellas, incluso parecerían necesarias como fórmula para contener, al menos parcialmente, en muchos individuos, los impulsos egoístas que forman también parte de la naturaleza.

La amenaza de un castigo cuyo padecimiento iría más allá de la existencia que nos conocemos, o, en su caso, la perspectiva de un premio representado en un disfrute eterno, parece haber servido, a lo largo de la Historia, -y lo sigue siendo- como elemento de contención o de estímulo a las masas violentas.

Pero lo contrario también es, desgraciadamente, cierto. Porque, asímismo cabe imputársele a esos credos una buena parte -sino todo el conjunto- de las aberraciones, vejaciones, guerras, asesinatos y mortandades que han jalonado el camino del llamado progreso de la Humanidad. Un itinerario que es, para quienes pretendemos que bastaría echar mano de principios de ética universal, simplemente el rescate de esa norma natural que no debiera ser cuestionada por ningún ser humano y por ninguna circunstancia, y que plasmaron casi todos los filósofos que pudieron analizar la cuestión sin mordazas: Neminem laedere, no hagas daño a otros (1).

¿Qué nos queda, pues, a los creyentes de residuo desde la paradójica verdad del ser humano? ¿Qué podemos admitir como válido quienes no tenemos más fórmula de agarre a la naturaleza que el hecho de coexistir junto a otros, de ser coetáneos, y de ser, como los demás humanos (y seguramente, solo como ellos) conscientes de que moriremos?.

Para nosotros, la única respuesta satisfactoria a esa verdad de la propia muerte es la de mantenerse en el empeño de acometer la circunstancia de vivir de la mejor manera posible: no para procurarse la máxima satisfacción utilizando como instrumento a los demás, sino aceptando convertirse en instrumento para ayudar a mejorar lo que nos rodea, ayudando a que, especialmente, quienes están más próximos, sean más felices.

Esa es nuestra propuesta, no para vencer a la muerte, sino para disfrutar de haber dado sentido a nuestra existencia. Lo que venga después, ya no dependerá de nosotros, pero habremos contribuído a que sea algo mejor. Cuando nuestra muerte llegue, ese sentimiento nos producirá, seguro, una calma reconfortante.

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(1) Este principio, a pesar de su parecido formal, no debe confundirse con los principios del Derecho, que Ulpiano recogió el primero en sus Institutiones y que Raimundo de Peñafort incorporó a sus Summa Iuris, y que tienen esta redacción: "Iuris praecepta sunt haec: honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere".

 

Sobre quienes ven los toros desde la barrera

Desde el 1 de enero de 2012, y hasta que el Parlament catalá cambie democráticamente de parecer, las corridas de toros permanerán abolidas en Cataluña. Será un hecho cultural, que marcará una diferencia más, y ésta bien definida, entre esta región y el resto de España.

Seguro que, con el espíritu práctico que caracteriza a los catalanes -"el català de les pedres en fa pa"- la Editorial Sopena (con sede en Barcelona), que se viene esforzando desde hace siglos en que los españoles aprendan idiomas en diez días, habrá suprimido, para las ediciones en Cataluña, un capítulo que la nova situació, el fet cultural sobrevingut, ha convertido en prescindible: "En los toros/ Át dzoe búl fáit" -en español/en inglés-, ahorrándose así el alumno que quiera ser monitor turístico en los Països un par de horas en el dominio de qualsevol lengua extranjera, incluído -ay!- el catalán.

Pero no hemos abierto esta página del Cuaderno para dar cancha ni a amigos ni a enemigos de las corridas (siempre habrá que puntualizar "de toros"). Nos proponemos algo más pedestre, que es denunciar -ante quien corresponda, que puede ser, todavía, González-Sinde, ministra española de Cultura- que la supresión del vistoso, cruento y emocionante, bello y abominable, espectáculo que sigue siendo fiesta nacional en el resto del país, supondrá -si se generaliza la práctica de decidir democráticamente lo que nos gusta o no, por ajustadas votaciones en los Parlamentos regionales-, en corto plazo, una pérdida sustancial de vocabulario y, por tanto, la desaparición de una parte de nuestra cultura (que es tambè la seva).

No se comprenderá, por ejemplo, lo que se quiere decir cuando se objeta a quien no se compromete con el caso, que está viendo los toros desde la barrera. Será necesario explicar lo que duele síquicamente el que la autoridad te meta un cuerno, y, por supuesto, nadie se referirá a esas gracias que hacen daño al prójimo, comentando que le han metido un buen pullazo.

Creemos que el cuadro de Gernika (léase Guernica) que pintó un afamado artista francés nacido en Málaga, llamado Paul Picasso (léase Pablo Picaso), no hubiera sido el mismo si al maestro de todas las generaciones de pintores que vieron sus cuadros no le hubieran gustado los toros, tanto en estofado como en la plaza.

Habrá, desde luego, también, que eliminar de los museos todas las demostraciones de esa barbarie genial que es pasar a un cornúpeta bajo un trapo, y que suele acabar -en las plazas de menor postín- con el astado arrastrado por las mulillas al desolladero y con el maestro bípedo dando una vuelta al ruedo con un apéndice del animal, y que la tradición ha decidido que sea, en general, una oreja.

Volviendo al lenguaje: por más que no disminuya la frecuencia (más bien tiene toda la pinta de aumentar), habrá que encontrar otras formas de referirse a quien padece -típicamente, sin saberlo- la enfermedad común de que le engañe la pareja, pues no tendrá tanta gracia referirse a él (o ella) como cornudos, y habrá muchos que no entiendan que quien les pone los cuernos en la mano y les hace empujar la carretilla, los utiliza para entrenarse en mejorar los pases con que obsequiará al repetable a la hora de la verdad, que suele empezar a ser a las cinco de la tarde ("las cinco en punto en todos los relojes").

¿Cómo asociar el darle una larga cambiada a un tema o a un energúmeno, con el mérito de despistar lo que parecería obvio, cambiándole los chips a quien viene bufando, con ánimo de apremiarnos a hacer lo que no nos apetece un rábano? ¿Se podrá entender lo que es recibir a la porta gayola, que es casi como decir me importa un pito, esa emoción de aguantar el tipo sin saber qué es lo que se nos vendrá encima, confiando solo en nuestra destreza para salir del paso, aún estando de rodillas?

No, nos creceremos ya como el toro en el castigo. Habrá que explicar que tener temple no es ir bien abrigado, sino saber estar a las duras como a las maduras, mandando, sin mover ni una ceja ni las zapatillas, bien plantáos, aunque se tenga la taleguilla rota y los machos sueltos; se perderán colores: ni negro zahíno, ni bragao, ni tal vez prieto o manchao; prevalecerán esas ridículas denominaciones de butano, teja, chicle o verde botella...; no habrá adeptos, en tendidos de sol como de sombra, a verónicas, manoletinas, pases de pecho, naturales,...¿quién creerá algo a pies juntillas si no habrá quien ponga así, en su suerte, las banderillas, sobre todo, si fueran de castigo?

No podemos terminar sin lanzar un mensaje a todos los catalanes que aman la riqueza cultural: suprimid, si así lo queréis, las corridas de toros en directo, porque siempre os quedará verlas por las televisiones nacionales o el resto de las autonómicas, pero no dejéis que desaparezca lo taurino del idioma.

Sobre lo que ven los Príncipes de Asturias

Frecuentemente, cuando nos comunican que alguna autoridad -que en el presente Comentario hemos representado, simbólicamente, en S.S.A.A.R.R. los Príncipes de Asturias- ha visitado una población, una empresa o cualquier otra entidad que los haya acogido oficialmente, nos hemos preguntado: ¿Qué ven esas dignidades? ¿Qué imagen se confeccionarán, a partir de lo que se les enseña, de la realidad en la que estamos inmersos los demás mortales?.

Tomemos un ejemplo reciente: la visita de D. Felipe y Da. Letizia a un pueblo del occidente de Asturias, San Tirso de Abres, con ocasión del nombramiento de esta localidad como Pueblo Ejemplar de la región.

Ante los ilustres visitantes, se desarrollaron una serie de actividades que evocaban varios de los trabajos que realizaron, en su mejor época, los habitantes de uno de esos muchos municipios, perdidos por la geografía, que han perdido su identidad tradicional y navegan, con grandes vías de agua, por los mares del abandono, la despoblación y la falta de objetivos para el futuro.

Para quienes no conocen el municipio de San Tirso, se trata del territorio más occidental de Asturias, separado de Galicia por el río Eo, hasta hace un par de décadas, un río truchero y hasta salmonero y hoy, debido a la estrambótica gestión de la pesca fluvial y a la falta de cuidados de las riberas, camino de convertirse, en selectos tramos, simplemente en el linde de un paseo para desocupados.

San Tirso es una población que ha perdido su competencia frente a Vegadeo y, sobre todo, Ribadeo, como centro comercial de la zona; incluso el vecino Pontenova -un poblachón gallego sin gracia alguna- le roba la cartera. Las casas de labranza en ruinas contrastan con algunas recuperaciones de caseríos, utilizando la imaginación neoarquitectónica que pretende recrear, con paredes de cemento armado, los caídos pazos de piedra misteriosa.

Los envejecidos habitantes de las poblaciones que se han quedado prácticamente vacías, cuidan el último trozo del terruño (como llevadores, aparceros, precarios o míseros propietarios), viviendo mucho mejor que antes, desde luego, gracias a la pensión que perciben y que no garantiza, en absoluto -al contrario- que cuando mueran no les echen el pestillo para siempre a sus hórreos, huertos, leiras y casucas húmedas, en donde aún hay un pote hirviente y un café caliente para el visitante.

¿Qué ven los Príncipes? Una operación de esfoyaza de panoyes, un vareado o ximielgáo de hierba seca, una fechura de madreñes pa críos tirando de navaya, un baile de una jota que dicen del Chao y que interpretan no sin riesgo de descoyuntarse muyeres deses que tan ocupáes pa matar el tiempu nún taller de mayores.

Ven también las cabezas de muchos ya sesentones, disimulando canas y ofreciendo muestras de simulada eterna juventud, pugnando por ocupar los primeros lugares de las fotos; ven los efectos de los estiramientos de piel de algunas de las mujeres de la comitiva, bellísimas embutidas en sus vestimentas monteras, adecuadas para pasar un día en el campo; ven a unos cuantos ancianos de las poblaciones de San Tirso y vecinos representando para ellos, con verosimilitud, lo que han perdido: lo que ya no existe más que en la memoria de esos viejos.

Y se van.

 

Ante el predominio de la mediocridad

Se han colado por todas partes: en España y fuera de aquí. Se han aupado en los centros de decisión, de opinión, de creación de cultura. Impregnan el lenguaje con sus banalidades, dominan los foros de expresión. Confunden y aplastan, -con sus voces tonantes, sus argumentos insulsos, sus frases rimbombantes, soportados con los aplausos de unas claques bullangueras-, a los que tienen más sólidas razones.

Son mediocres y felices en su condición. Sobre sus alzas y pedestales, desde la cima que han conseguido a base de pisotear, emplear los codos y patadas para avanzar y, cuando lo consideraron necesario, cortar voluntades y cabezas, se sienten imprescindibles. Lo son para los intereses que defienden. 

Siguiendo pautas de desorientación, han convencido a las masas, vacías de energía, que son, a la vez, posición y alternativa. Las tienen en sus manos.

Mirémoslos, de una vez, desprovistos de ropajes. Se reúnen, dicen, para analizar la situación. Proclaman que saben cómo resolverla. Pero la realidad demuestra que no saben o no quieren tomar las decisiones que servirían para corregir el rumbo torcido.

No gestionan las crisis, gestionan las voluntades de los que han convertido en sus dependientes, haciéndoles creer que hacen lo que pueden para solucionar las debacles, cuando en realidad, aplazan las medidas, marean las perdices, dejan que las cosas empeoren para los más débiles, calentando el fuego de los que más tienen.

No basta con desenmascararlos, hay que construir alternativas. La mediocridad no es, desde luego, inocua. Sigue directrices, toma posturas que no son inocentes.

Aunque lo parezca, no estamos refiriéndonos a la política. No solo.

Emprende, España: El Manifiesto

Amigos, sin duda, de los retos de apariencia imposible, se plantean llegar a las cien mil adhesiones. Han lanzado un Manifiesto que recoge tanto los principios de su posición conjunta como sus propuestas para generar nuevas iniciativas empresariales como la suya.

Son los empresarios del Chamberi Valley, un grupo creado en torno a dos características comunes: ser activos en el sector de las nuevas tecnologías y tener la sede de sus empresas en ese barrio del Madrid castizo.

A la vista de sus currícula, tienen otras afinidades: son universitarios, jóvenes, animosos, creativos. Han montado sus empresas prácticamente de la nada y, superando la apatía y el desánimo que envuelve a una parte de la sociedad española y amenaza con contagiarlo todo, nos demuestran que no hay dificultades insalvables.

El Manifiesto "España Emprende" (que ha alcanzado desde su lanzamiento una importante difusión) fue hecho público el 24 de octubre de 2011. Circula un resumen en inglés con el nombre de "Start up, Spain", en el que se enfatiza sobre una característica de la mayoría de las empresas tecnológicas generadas en torno a las tics, y que ha hecho fortuna en el lenguaje universal: la de empezar desde la nada, impulsado solo por la voluntad de crear, tratando de ser útiles a la sociedad en la que se ha nacido, respondiendo a una llamada interior que es esencial para explicar el avance de la humanidad: emprender algo nuevo.

Hemos apoyado ese Manifiesto, por profunda convicción. En él encontramos elementos de los que se precisan para dotar de una base más sólida a la sociedad del futuro. Habrá quien argumente que faltan algunos, criticarán otros que la redacción de ciertos puntos es insuficiente o, tal vez, que hay propósitos que suenan a irrealizables o utópicos.

Naderías. Ojalá superen las cien mil adhesiones. Les deseamos que consigan, por la cuenta que nos tiene a todos, que se adhieran masivamente, los que tienen facultad para tomar decisiones. Porque nos vendría muy bien que lo que manifiestan entrara a formar parte de lo que aplaudimos de los que emprenden y les ofrecemos a los que pretenden emprender.

Bajo la lupa: empresarios y sindicatos

Las intervenciones habidas durante la Jornada del 20 de octubre de 2011 en el Instituto de Ingeniería de España (Madrid, General Arrando, 48), en relación con el papel del Ingeniero en la Sociedad y, en particular, la exposición de Claudio Boada, a la que nos referimos en el Comentario anterior, nos dan pié para, al mismo tiempo que seguimos glosando sus argumentos, incorporemos nuestras propias reflexiones.

Centraremos nuestro análisis, específicamente, en la necesidad de cambiar las prioridades de la negociación entre empresarios y sindicatos, en busca de la estabilidad del mercado laboral.

Porque en un escenario en el que se pretende que las pequeñas empresas asuman la regeneración del tejido industrial y de servicios del país, con un dinamismo que es imprescindible potenciar, carece de sentido que los sindicatos sigan defendiendo los intereses de los trabajadores en las grandes empresas o en las Administracíones públicas, perjudicando así la consecución de un marco de cooperación activa entre el pequeño capital y el factor trabajo.

También hay que prestar especial atención a las características de la oferta laboral, distinguiendo bien entre sus cualificaciones y en lo que puedan aportar al nuevo modelo económico-social: porque queremos, sobre todo, ayudar a que las empresas impulsen, o adquieran, potencialidades de crecimiento que han de estar basadas en su eficacia, en su capacidad para resistir la crisis y en encontrar nuevas vías de negocio.

 

Sobre la ingeniería en la sociedad

"Ingeniería en la sociedad: Negocio y empresa" fue el título genérico con el que fueron presentadas varias ponencias el 20 de octubre de 2011 en el salón de actos del Instituto de la Ingeniería de España.

La convocatoria atrajo, sorprendentemente, a pocos interesados. Cierto que, al final de las exposiciones y del coloquio, no se había anunciado esta vez el siempre atractivo cóctel, en esta época de penurias. El que la hora de comienzo del acto fuera las 18h30 tampoco justificaba -como pretendió un azorado Manuel Acero, al comprobar la escasa asistencia- los inmensos claros en la sala.

El tema era muy atractivo y los ponentes se esforzaron en dar su visión sobre la situación de la sociedad y la contribución de la ingeniería. Claudio Boada, Presidente del Circulo de Empresarios, que habló en primer lugar, teniendo que ausentarse inmediatamente después de su exposición, estuvo especialmente brillante.

Después de referirse el ponente a que nuestro modelo de crecimiento está agotado, pues estuvo fundamentalmente basado en la mano de obra barata y concedió un peso excesivo del sector de la construcción, se decantó por la necesidad de impulsar la economía del conocimiento, además de recuperar parte del peso perdido por la industria: "Los países que mejor han capeado la crisis son aquellos para los que el sector industrial representa del orden del 20% del pib" (En España ha caído desde el 35% en 1970 al 15% en la actualidad).

Defiende Boada la necesidad de formar más profesionales en ciencias y, en concreto, en ingeniería, mejorando el sistema educativo de las Escuelas de Formación profesional y Educación secundaria, para fomentar las vocaciones en esta rama del saber. La deficiente formación recibida en España queda patente, no solamente en los conocidos informes PISA, sino en el reciente Global Information Tecnology Report (2010-2011), según el cual, España ocupa -por ejemplo- el puesto 99 del ranking en formación en matemáticas, detrás de países (puede imaginarse) con un nivel de desarrollo muy inferior en la actualidad.

La oferta educativa debe adaptarse a la realidad social, lo que exige un cambio de enfoque. Hay que salir del círculo vicioso por el que se pretende que lo que se enseña sea utilizable para que el alumno sea "empleable". Los males de esta situación los enumeró Boada con crudeza y contundencia: Tenemos una industria "plagada de debilidades", con una débil innovación, poco respeto a la investigación y desarrollo, insuficiente internacionalización, una escasa presencia de empresas verdaderamente multinacionales (con sede principal en España), y un tejido industrial muy precario.

En este último punto, destacó Boada una cuestión que, posteriormente, en su ponencia, el director de la Cámara de Comercio Alemana en España (Walter von Plettenberg) pondría en contraste con la situación en el país que es motor de Europa. Una parte sustancial de las pymes españolas no tienen ¡ningún empleado! -solo el dueño-; aquí llamamos pymes a empresas que no alcanzan los 10 empleados y que, por su naturaleza, tienen escaso potencial de adaptación y crecimiento.

En Alemania, justamente, el tejido industrial más activo lo forman las "pymes" de 200 a 300 empleados, que aquí serían consideradas "grandes empresas". A raiz de una de las preguntas que formulamos en el coloquio -cuál es el porcentaje de egresados de las Escuelas Politécnicas que forman empresa propia-, quedó patente que los ingenieros alemanes, en contraste con los jóvenes españoles que sueñan con ser Beamte (funcionarios), desean aplicar lo que han aprendido para montar una empresa de éxito.

Los problemas de un entramado industrial tan precario como el español son variados, y las consecuencias son bastante obvias: Las pequeñas empresas son mucho menos productivas (cifró en 2,35 veces la efectividad de las empresas grandes respecto a las pymes), y el salto hacia un paradigma más flexible no se ha conseguido aún. La escasa coordinación del mundo de la empresa con la Administración ha causado una mayor caída en los márgenes económicos y la plasmación de una mala política energética.

(continuará)