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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Política

Sobre el cuidado de la propia imagen

La posibilidad de inventarse un pasado para auparse sobre el no es tan difícil y, para algunos individuos, se convierte en un modus vivendi muy saneado. Es curioso que en estos tiempos en los que se pretende tener mucha información acerca de todo, se sepa poco del vecino y nada -nada que sea absolutamente cierto, queremos decir- del que está algo más alejado.

La intoxicación acerca de la noticia, sea la que fuere, es moneda común. Muchos son, desde luego, los que se complacen en distorsionar los hechos hasta hacerlos irreconocibles y, para más confusión, mezclar cuestiones inventadas con las reales, dándoles idéntico tono de credibilidad e, incluso, aún mayor.

En marzo de 2010 se ha vuelto a comentar, porque acaba de cumplir su deuda con la Justicia, de Luis Roldán, un experto en engaños, que llegó a ocupar el cargo de Director General de la Guardia Civil. No fue lo más grave de este personaje de la farándula política que se hubiera inventado licenciaturas de las que no disponía, sino que hubiera conseguido estafar regularmente al Estado, cobrando comisiones por la venta de propiedades de la Benemérita, engañando, por tanto, a sus compañeros de Gobierno y de Partido, que veían en él un ciudadano ejemplar.

Claro que su caso no es único. Los centenares de personajes de la vida pública que se han visto descubiertos en sus operaciones de enriquecimiento ilícito, aprovechando de la confianza que se había depositado en ellos para guardar el Patrimonio de todos, ha deteriorado terriblemente el sentimiento popular acerca del político y, por ende, afectado a la capacidad de la democracia para detectar a los corruptos.

Porque nadie podrá defender a estas alturas que lo descubierto no es sino la punta de un iceberg de miserias y, aún más grave, que resulta imposible creerse que esos casos, que no han trascendido o no han aflorado, no cuentan con algún grado de connivencia por parte de algunos de los compadres del viaje político. La mayor parte de quienes se dedican profesionalmente a la política son, seguro, gente honesta, pero, además, debieran ser más perspicaces para detectar lo que hacen sus colegas de la mesa de al lado.

El cuidado de la propia imagen es un derecho y un deber de todos. Aunque, atención. El aumentar las plumas propias, echando sobre el currículum esencias, títulos y virtudes de las que se carece, debiera estar mucho más vigilado y mejor perseguido. Cuesta mucho, en verdad, en tiempo, en dinero y esfuerzo, hacer una carrera, conseguir una buena formación, conocer en profundidad de un tema.

Y es un tremendo desgaste social, un despilfarro de recursos inaudito, que quienes se han formado para servir a la sociedad y pueden conseguir el máximo rendimiento al trabajo colectivo, se vean arrumbados por mentirosos que mienten sobre lo que saben, ocultan lo que hacen en su beneficio y cacarean de haber conseguido mejorar algo del bien común, cuando su objetivo principal era enriquecerse a costa de la credulidad de quienes somos incapaces de entender que se pueda juzgar a alguien no por los méritos, sino por las afinidades y simpatías conseguidas entre bambalinas.

 

Sobre los abstenidos

No estará de más advertir, para quienes hayan llegado a esta página navegando por Google, que los abstenidos no existen. Abstenido no es sustantivo, sino participio del verbo abstener(se), que es reflexivo. Así que siempre que, como no es tan extraño, se especifique en un Acta de una reunión el número de los que no expresaron opinión, o se prevea en unos Estatutos cómo contabilizar a quienes decidan no mojarse, no se deberá hablar de los abstenidos, sino de los que se hayan abstenido.

En fin: Los abstenidos y los que se hayan abstenido son ya franca mayoría en todos las votaciones. Da igual que se elija presidente de la República como de la Comunidad de vecinos. Por supuesto, la situación de haberse abstenido será la más común si se piden voluntarios para dar el callo, aunque en este caso, el de escurrir el bulto o darse el piro, más bien se debería hablar de huídos, mangantes, escapados. Los más jóvenes, que han aprendido algo de inglés, hablan en este caso de que Fulanito o Fulanita, "están mísin".

Las razones de haber crecido tanto el número de los que propenden a la abstención está, en opinión fundada, no tanto en la ignorancia acerca del tema sino en la convicción de que, vótese lo que se vote, no se va a cambiar nada de lo mucho a lo que sería necesario dar el vuelco. Por ello, la decisión personal que adopta una parte creciente del personal, cuando se le pide que elija, es tomarse el día libre, y, en lugar de acudir al lugar en donde habría que emitir el voto, irse de excursión con los parientes o sobar un rato más.

También es cierto que, puestos a abstenerse de manifestar opinión válida, hay que distinguir entre los ausentes o no comparecientes y los que, estando presentes, votan en blanco o manifiestan su neutralidad acerca de lo que se vota. Se han lanzado dardos envenenados contra los primeros, que forman la abstención propiamente dicha, o supina. Que si su opción es antidemocrática, que se debe acudir a las urnas aunque sea para votar en blanco o hacerlo nulo, y que si patatín o patatán.

Pero, bien mirado, para los que organizan las votaciones, es preferible la actitud del que se abstiene del todo, del que vota, por ejemplo, al Pato Donald o a la Bruja Piruja. Este último voto sería nulo,pero expresaría a las claras que el que lo emitió está en absoluto desacuerdo con las propuestas válidas. No nos consta que en los cuadros con los resultados de una votación figuren los votos otorgados a personajes imginarios, pero sería una medida nada despreciable del grado de descontento inaguantable de un sector de votantes.

Lo que no entendemos es esa obsesión en vigilar el porcentaje de lo que se considera como "participación". Porque, si lo que se va a elegir es importante, todos los que tuvieran ocasión de emitir el voto habrían participado en la votación, tanto si se hubieran abstenido de acudir a las urnas, como los que hubieran votado a los candidatos oficiales, como los que hubieran entregado la papeleta en blanco o marcada con más cruces que un camposanto (hipérbole) y, sobre todo, reivindicamos la clara intención de quienes hayan optado por inmolar su voto apoyando a un ser imaginario.

Sobre los gallegos en sentido natural y peyorativo

La rica y versátil lengua española permite, sin embargo, que algunos vocablos oculten varios significados. Esta economía fonética para un vocabulario tan amplio, tiene diversas razones, que no es cosa de descubrir aquí.

Una misma voz sirve, por ejemplo, para definir algo, como sustantivo, y, en otras ocasiones, para calificar, como adjetivo. Especialmente curriosas son aquellas palabras que, además de caracterizar, como patronímico, a los habitantes de un lugar, pueden ser utilizadas por otros e incluso por ellos mismos, en un determinado contexto, para incorporar otros significados, positivos o negativos.

Este es el caso de "gallego". Sirve, desde luego, para designar a los habitantes de Galicia, secularmente olvidada región del noroeste español, tierra que, como todos los espacios de cierta dimensión, ha producido momentos históricos memorables, caudillos, ricos (poquísimos), pobres, listos, normales (la mayoría) y otros algo menos dotados intelectualmente.

Entre los vivos nacidos en Galicia se encuentra Mariano Rajoy, actual presidente del Partido Popular. Rosa Díez, cuando el periodista Gabilondo le pidió, en un programa en directo, realizado a finales de febrero de 2010, que definiese a Rajoy con una sola palabra, lo caracterizó como "gallego", sin más, dejando abiertas al oyente todas las posibles interpretaciones, pero, como el líder del PP es gallego natural, nadie se molestaría en encontrarle otras.

El vocablo "gallego", mientras la Real Academia no borre para siempre esa acepción -la quinta, lo que hará en la versión de 2013-, tiene también, entre las otras, el significado de "tonto, falto de entendimiento o razón".

No es este el significado más frecuente, con el que se usa "gallego" en el lenguaje coloquial (además de su utilización, la más habitual, para referirse a los nacidos en Galicia).

Cuando se dice a alguien "no seas gallego" o de alguien "parece gallego", la referencia subliminal, lo es a la sospecha de que alguien no se define, porque no quiere, no precisa porque no le da la gana, oculta su verdadera posición, en medio de una hojarasca de palabras, porque no le apetece enseñar la gaita en ese momento, se va por peteneras adrede, huye a los cerros de Ubeda para que no le retraten ni le pillen.

Tampoco es que sea mala cosa, ser, así, gallego. Al fin y al cabo, es el resultado depurado de la prudencia imprescindible desarrollada como defensa por quienes han recibido muchos palos por enseñar sus sentimientos y devociones. Con los costillares magullados por la Historia grande y la pequeña, prefieren, por si acaso, que no se sepa exactamente de qué lado, si van o vienen, si suben o bajan de la escalera. Que el otro mueva ficha, para ver cómo respira, el primero.

En fin, para Rosa Díez, cántabra euskadizada, presidente/a de un partido emergente, José Luis Rodríguez Zapatero, presidente de Gobierno español, es un "gallego, en el sentido más peyorativo del término". Que debe ser la acepción quinta.

Si lo que se pretendía por Rosa Díez era hacer alarde de conocimiento del lenguaje, además de quedar demostrado que a la presidente de UPyD no le sobra prudencia cuando se expresa para el público, cabría hacer la observación crítica de que el leonés Zapatero tendrá sus defectos pero, caramba, tampoco es para tanto.

No ya hasta 2013, sino incluso aunque no se vaya más allá de 2012, año en el que se celebrarán las elecciones generales.

(Por cierto, Zapatero, podría ser caracterizado con menos polémica, dentro de la simpleza que implica poner un solo epíteto a un complejo argumental, como "cazurro". Aunque bastante gente cree que significa ser leonés -o sea, de León-, lo que significa oficialmente, en la acepción primera de la RAE es "malicioso, reservado y de pocas palabras", ya que cazurro y leonés no son sinónimos, al menos, para los que se sientan en los sillones de la Academia.

Esperamos, también, con algo de intriga, qué palabra utilizarán para definirla a ella sus contrarios políticos... con lo imaginativa que es toda esa basca: ¿cantabrona?.)

Sobre los encuentros entre técnicos y políticos

La técnica está desprestigiada en España, y muy especialmente, desde la democracia. A los partidos políticos mayoritarios -PP y PSOE- no les gustan los técnicos.

Los técnicos que no les sean afines, queremos decir.Las razones de este desencuentro no han sido, según creemos, analizadas hasta ahora.

En nuestra opinión, la desconfianza de los políticos hacia los técnicos proviene de la incomprensión del valor de la opinión profesional y de las consecuencias prácticas de la aplicación del concepto del estado del arte (lex artis) cuando se recurre a uno o varios especialistas independientes, o a un colectivo profesional no comprometido ideológicamente (nuevamente, aclaramos: con la opinión dominante del partido) para que emitan su opinión sobre un tema del que tienen, pónganse como se ponga el mandatario político, competencia técnica.

Porque parece que se interpreta que la opinión técnica ha de ser única, ignorando que los técnicos, y especialmente si actúan colectivamente, buscan soluciones a los problemas, y no pretenden presentar problemas a las soluciones, si son correctas técnicamente.

Recientemente, el PSOE ha lanzado un mensaje demoledor a la población en su conjunto, -aunque acogido con especial devoción por sus votantes más incultos-, respecto a lo que opina de los técnicos. No son gente de fiar.

El buco emisario que soportó esta gravísima lanzada en el corazón de la credibilidad técnica fue la Comisión Nacional de Seguridad, que emitió un informe inequívoco sobre la central de Garoña, a petición del propio Gobierno, en el que, con argumentos de la máxima seriedad y nivel técninos, proponía prolongar el período de funcionamiento, por encontrarse dentro de la vida útil y tener todas las garantías de seguridad. 

El Gobierno hizo caso omiso de este dictamen, y, después de haber caldeado el ambiente mediático, decidió cerrarla, sin ningún argumento técnico, obviamente, sino, simplemente "en cumplimiento de su programa electoral".

Ah, pero, en lugar de poner en práctica su decisión de inmediato, Garoña se mantendrá en funcionamiento un par de años más, porque... es segura (y la necesitamos). Desde luego que la necesitamos, pero será algo menos segura -aunque estamos convencidos que suficientemente segura, dado el nivel técnico y la seriedad de sus responsables- porque la decisión de cerrar centrales nucleares nos hace perder nivel en formación y tecnología nuclear,

El PP va por otro camino. Está a favor de la energía nuclear, porque basta que el otro partido mayoritario se postule claramente en una dirección para posicionarse en la contraria.

Lo que falta es convicción en el mensaje. Por eso, sus representantes en los territorios, que tienen que defender sus votos, se muestran incoherentes con la postura oficial del partido. Por ello, cuando se trata de postularse para ser candidato a la ubicación de un Almacén Temporal de Combustible Nuclear Gastado, los responsables de las administraciones directamente afectadas, pasan a defender la posición nimby (no me lo pongas aquí, porfa).

El ambiente, convertido en cuestión electoral, ha pasado a ser manipulado a diestra y siniestra. Es un recurso, un recurso político. La energía, como el agua, son cuestiones que forman hoy parte de la opinión pública de manera natural. Todo el mundo tiene opinión acerca de la energía nuclear, la solar, la eólica, los trasvases, las desaladoras, los pantanos. No hay acuerdo, no hay consenso, todos hablan como fakires pero se comportan como epulones.

Y no puede haber acuerdo, porque el caldo de cultivo es el desorden técnico. El grave problema que arrastran los dos partidos mayoritarios es haber lanzado a la opinión general, tardíamente, y como si fueran temas que tuviesen una inequívoca solución técnica, lo que ya estaba condicionado por la evolución histórica, económica y tecnológica de España, minúsculo agente en el panorama internacional, del que es altodependiente.

Porque, pongamos por ejemplo, Marruecos o Ghana, si pueden lanzar el debate (el primero ya no tanto, por cierto) a su población por si prefieren centrales nucleares, placas solares, esperar al viento o abanicarse al sol.

Pero en España, con 9 centrales nucleares en perfecto funcionamiento, responsables del 20% de la producción de energía primaria, abrir el debate de lo que se prefiere para obtener la energía primaria a la que se está acostumbrado, es falsearlo extemporáneamente. No tenemos alternativa sin afectar decisivamente a nuestro estado de bienestar.

Con el agua pasa algo parecido. Bienvenidos sean pantanos franquistas, desaladoras en la costa y trasvases, si con ellos se crea riqueza y mantienen los puestos de trabajo. Por supuesto, podemos abrir el debate acerca del interés de proteger la avutarda o el pato azulón, pero no de forma aislada, sino introduciéndolo dentro del contexto de lo que cuesta su protección en sacrificio de bienestar. No como una actuación nimby, sino solidaria.

Hay dos partidos del espectro político que tienen, en el tema ambiental, una posición coherente. Son Izquierda Unida y la UPyD. Por razones y con consecuencias, muy diferentes

Los primeros han caído presos de las posiciones ecologistas más radicales. Se fundamentan con opiniones técnicas, razonables, desde luego (en su contexto irreal), pero minoritarias e inconsistentes con el modelo de desarrollo económico del que todos disfrutamos y al que la inmensa mayoría no quiere abandonar.  Lo más grave es que no tienen mucho que ver con la izquierda, porque lo verde y la lucha de clases no son conceptos acordes.

Por eso, los herederos del marxismo español andan perdidos. Defienden el no a todo lo que toca el ambiente. No a la energía nuclear y el no a los trasvases y a las desaladoras en la costa, junto al pleno empleo, la igualdad social, el no a la guerra, el ahorro energético, la energía solar y eólica (lejos de casa), etc. La vuelta a las cavernas.

UPyD representa en este momento la coherencia de los políticos con los técnicos. Una coherencia que tiene sus raíces, simplemente, en que los técnicos pueden tener opinión personal, pero sus ideas profesionales tienen un escaso valor político. Porque un buen técnico, cuando se le pide que lleve a cabo una decisión política, pondrá lo mejor de sí para hacerla real. Pero un buen técnico no tiene opinión de valor político sobre los grandes temas ambientales.

Libres de compromisos ideológicos previos, su discurso tiene, en el tema ambiental, la racionalidad que han perdido los partidos tradicionales. Hacerlo todo lo mejor posible, sin olvidar que no todo lo posible es oportunamente factible.

Resulta por ello que haber llegado el último tiene una gran ventaja, desde el punto de vista del nivel técnico y la inteligibilidad de lo expresado.

La lógica de UPyD tiene un gran encanto técnico, al no estar contaminada por la política. Necesitamos la energía nuclear, es segura y debemos seguir trabajando porque se mantenga así y aún se mejore; bienvenido sea el mix energético, porque hay que abaratar nuestra producción y ayudar a la industria; habrá sitios en los que sean necesarias desaladoras y en otros será imprescindible llevar agua del trasvase, dentro del marco de lo racional y del progreso; no introduzcamos al debate político lo que no es realizable económicamente ni coherente con lo que podemos hacer, etc.

Qué cosas. Nos han puesto en bandeja a los profesionales decidir dónde queremos estar políticamente.

Sobre el papel de los sindicatos como agente social

Uno de los agentes sociales necesitados de remodelación en España son los sindicatos.

Como la autocrítica no es patrimonio natural de ninguna agrupación -sea del tipo que sea, política, religiosa o económica,...- vaticinamos que los sindicatos no realizarán la revisión de sus principios y móviles. Una lástima, porque el momento favorece la reflexión.

El fracaso en la convocatoria de la "manifestación general" del 23 de febrero de 2010 contra el propósito del Gobierno de ampliar la edad de jubilación desde los 65 a los 67, podría servir de estupendo pretexto para iniciar ese análisis, que, si se realiza con sinceridad y apertura de miras, habría de conducir a un cambio profundo, incluso drástico, en la selección y planteamiento de los objetivos sindicales, en la revisión de la mecánica de actuación de los sindicatos.

Y, no en último lugar, serviría para estudiar y corregir que  la conexión de los líderes y mentores de los sindicatos con los partidos políticos se ha conformado como un lastre, que ridiculiza su fingida independencia, y les reduce capacidad y credibilidad. 

Porque la realidad demuestra que la capacidad de atracción de estas pretendidas formas de ordenación de intereses colectivos han fracasado como tales. Los sindicatos, como los partidos políticos,  a través de sus afiliados, ostentan una reducida representación social.

Unos pocos miles no pueden arrogarse la representación de todos (o de la mayoría), sino es por intermedio de una tarea seria, concienzuda y ardua, de provocación, captación, y selección de los deseos y las reivindicaciones de una mayoría que no está afiliada, respondiendo así, por captación, a.los propósitos de cambio de una población sobre la que no tienen más forma de control que la simpatía (o la empatía) de sus programas. 

Cuando existían las clases sociales y no se había entrado todavía en el adormecedor desarrollismo, la sensibilidad para captar la preocupación de las mayorías era algo connatural por parte de los líderes políticos y sindicales.

Se estaban, en muchos casos, jugando la vida; eran gentes llenas de valor, rebosantes de ideas y de determinación y su capacidad para movilizar a los demás, radicaba en su propia pertenencia natural al grupo de los que reivindicaban el cambio. No necesitaban estar afiliados a nada. Eran. El cambio que pretendían, en sus orígenes al menos, no se presentaba de obtención ni simple ni pacífica, lo que obligaba a un compromiso tremendo.

El art. 7 de la obsoleta Constitución Española, heredera forzosa, en su terminología y condicionandos, de la época inmediata anterior, con la que oficialmente intenta romper drásticamente, indica misteriosamente que "los sindicatos de trabajadores y las asociaciones empresariales contribuyen a la defensa y promoción de los intereses económicos y sociales que les son propios. (...)".

Cabe preguntarse, con espíritu de investigación socio-lingüistica. ¿Propios de quién? ¿De sus afiliados? ¿Definidos por los profesionales que se han asentado en las poltronas de la representación?

¿Tal vez, propios de la idea de lograr el dinamismo social, la defensa de los intereses generales de los trabajadores y, sobre todo, de los que no tiene trabajo? ¿Tal vez, dimanantes de la idea de conseguir una sociedad más justa, más igualitaria, más honrada, más abierta, en la que los más capaces, los más trabajadores, los más honestos, tengan abierto, en beneficio de todos, el camino para lograr representarnos?.

En el momento actual, debiera ser evidente para los sindicatos que el prolongar un par de años la vida laboral de los que tienen trabajo no es lo más importante, si hay casi cinco millones de personas que no lo tienen, y hay -seguramente- más de cinco millones que lo tienen, y viven con el miedo a perderlo.

En el momento actual, debiera ser evidente que no hay que consumir mucho tiempo para lograr un Pacto de Toledo como propósito para salir de la crisis -aunque sí entendemos en interés del Gobierno para presentarlo ante la población dormida como un "logro social"- , porque los que pueden firmarlo no tienen ni la capacidad, ni las ideas, ni el conocimiento, para sacarnos de ella.

¿Qué se les va a ocurrir? ¿Hacer más fácil el despido? ¿No lo tienen ya fácil? ¿Reducir los impuestos de sociedades? ¿Es que tienen beneficios algunas empresas con la que está cayendo? ¿Dónde y porqué? ¿Trasparencia y ética? ¿Tendrán la vergüenza de proponerlo tienen corruptas sus alcantarillas?

La salida a la crisis, con este panorama, solo se conseguirá gracias a la capacidad de arrastre de las economías de las que dependemos fundamentalmente: alemana, francesa y norteamericana.

Porque para la reactivación sectorial de sectores preferentes, impulso a la inversión y colaboración público-privada, apoyo a la investigación aplicada, estímulo a la iniciativa juvenil, revisión completa de la enseñanza y de la docencia, y especialmente de la universitaria, persecución sistemática y no errática del fraude fiscal, renovación y modernización de la Justicia, renovación crítica de la función pública, etc., etc. para eso, hacen falta ideas, pensadores, conocimientos y compromisos sin condicionandos previos.

Mucha tela por cortar.

Sobre la expresión de la voluntad popular

La democracia está teóricamente, y a primera vista, muy bien. Cuando no hay nubes en el horizonte y casi todo el mundo está asomado a la barandilla del crucero, con la brisa dándole saludablemente en el rostro. Pero, cuando se trata de decidir sobre cuestiones claves en épocas de crisis no funciona o funciona muy mal, a poco que se profundice.

Las razones son múltiples, pero, la más importante, es ésta: a nadie se le ocurriría pedir opinión a quienes no saben nada sobre un tema, para considerar su juicio con el mismo valor que el que emitan los expertos y sabios del mismo.

¿Decidiría Vd. por votación de su vecindario si es conveniente enviar a su hija a Londres para estudiar inglés o a Bangla Desh? ¿Compraría su coche preguntando a los cien primeros transeúntes con los que se cruce en la calle?. Y, en fin, ¿confiaría la gestión de su patrimonio al que obtuviera más votos, emitidos en su gimnasio, teniendo como candidatos al monitor de la mañana y al de la tarde?

No hace falta que conteste, por favor.

Por supuesto, para edulcorar la patraña del sistema, las élites de los países llamados democráticos han incorporado a sus Constituciones o Leyes Fundamentales algunas reservas que, en la práctica, se han ido convirtiendo en aberrantes.

Los partidos políticos son una de esas aberraciones. Tenidos por uno de los troncos de vertebración de la gestión del Estado, porque a su través se expresaría la voluntad popular, la verdad es que solo expresan la voluntad de perpetuación de los que están en sus cúpulas y su facilidad de connivencia con los estamentos socioeconómicos.

Se puede decir más suave, pero no más claro. Los casos de corrupción conocidos en los líderes políticos, tanto de un signo como de otro, no vienen más que a confirmar que las estructuras de control de estos aparatos son inadecuadas, que las falsedades se encubren y que se priman más las devociones inquebrantables que la honestidad al servicio del bien común.

La forma elegida para tomar decisiones sobre los temas fundamentales, es otra aberración. ¿Sirve la opinión de los expertos más que la de los indocumentados?

No, por supuesto, y la realidad se ha poblado de ejemplos.

Estamos en contra de la energía nuclear, no porque los técnicos especializados no hayan indicado, una y mil veces, su posición, sino porque la inmensa mayoría de la población indocumentada sigue asociando energía nuclear con bomba atómica.

Hemos llenado nuestro paisaje de aerogeneradores costosísimos y facilitado el montaje de unas cuantas huertas solares subvencionadas para regocijo de algunos especuladores, no porque seamos un país rico y al que le sobren a puñados los dineros, sino porque la población indocumentada y mal informada cree que con ello estamos contribuyendo a evitar un cambio climático que la prensa sensacionalista se ha encargado de presentar como una catástrofe inmediata que solo podríamos evitar, (además de con nuestras oraciones, suponemos), invocando al aire y al sol.

Tenemos una economía sumergida en el caos (perdón por el torpe juego de palabras) y no acudiremos, no, a los expertos, sino que preguntaremos a empresarios fracasados, a sindicalistas encallecidos y a políticos rampantes sobre lo que hay que hacer, para que confirmen la voluntad popular de la mayoría indocumentada: queremos más oportunidades de vivir bien trabajando lo menos posible.

Por supuesto, hay una razón para no preguntar a los expertos: son serios, duros y firmes en sus apreciaciones y conclusiones. No se dejan intimidar por la necesidad de voto para perpetuarse o auparse al poder. Se inclinan sobre la información y dicen cosas que suenan a muy poco populares.

Tampoco es que nos vayan a causar la gran sorpresa con sus dictámenes. Porque adivinamos que en ellos entrarían estos condimentos: Hay que trabajar más, cobrar menos, olvidarse de tanta fiesta y de invocar la suerte, y concentrarse en la eficacia, y en la correcta valoración de los datos, creando un ambiente de cooperación con directrices señaladas, no por la improvisación ni por la voluntad popular, sino por los mejores. Se trata también de no crear más confusión, mintiendo para parecer optimistas, y marginando a los sabios, porque se muestran pesimistas.

 

Sobre la Union Europea y su cohesión

Tenemos ya expresado en otras ocasiones que la Unión Europea sigue siendo, como lo fue en sus comienzos, una unión de comerciantes. El recuerdo de Eurofer, Euratom y, no en último lugar, la Política Agraria Común, no deberían quedar obnubilados en la memoria de los europeos. Porque se siguen aplicando estos principios cuando los países líderes de la Unión ven afectados los intereses de sus nacionales.

Los ilusionistas de la unión europea (con minúsculas) abrígarán el hermoso deseo de que, algún día, los europeos se agrupen en los Estasos Unidos de Europa (terminen sus fronteras en los Urales y los Balcanes y tengan o no agujeros geográficos en su seno provocados, ejem, por intereses económicos de la más pura esencia).

La realidad es terca y los resultados, palmarios. Cuando los intereses específicos de Alemania o Francia -sin olvidar al Reino Unido e Italia, aunque por diferenciables razones- se ven afectados de forma significativa, el veto está garantizado. Y cuando, por el contrario, las medidas pueden favorecerlos, soplarán vientos a favor de la supuesta "cohesión europea".

¿Cuál es la posición de España? Pues, ante todo, la propia de un Estado desestructurado, falto de cohesión interna y con grandes tensiones políticas en la traducción de una estrategia internacional. El gobierno de Aznar señaló un intento fallido de angloamericanización de la misma, aunque el momento elegido no pudo ser peor; hay que reconocer, sin embargo, que la idea de fondo no parecía mala: construir un eje resistente y alternativo al poder franco-alemán en la Unión.

Solo que el desastre de la actuación en Irak, sin cobertura posible, mírese por donde se mire, dejó en muy mal lugar a la política española respecto al "núcleo duro" europeo, y desvirtuó la posición de España en relación con los pueblos árabes, complicando, además, la relación del nuevo gobierno socialista con el portavoz genuino del capital norteamericano, Mr. Bush jr.

Agotada la posición privilegiada de España para conseguir ayudas, cerradas las opciones de PAC, desacreditada la posición política del Gobierno ante la beligerancia de partidos, ONGs y particulares que trasladan con facilidad sus litigios a la Comisión y a los Tribunales de la Unión (250 denuncias españolas en 2009), sumergidos en una crisis más profunda de la que afectó a los demás países grandes de la UE, después de habernos jactado de estar mejor protegidos que ningún otro país ¿qué nos queda?.

En nuestra opinión, extremar la prudencia, restañar las heridas y, sobre todo, no alardear de ser paladines en lo que cuesta un dinero del que no tenemos.

Necesitamos una energía y agua más baratas, una estructura empresarial más dinámica y menos pesada, orientada hacia los países en desarrollo; necesitamos reducir el peso de las pensiones, recuperar el campo, relanzar el transporte por ferrocarril, especialmente de mercancías; paralizar la inversión en autovías y vías rápidas (que están infrautilizadas), apoyar al pequeño comercio y al empresariado autónomo y a las pymes, controlar la economía sumergida y, claro está, impulsar la investigación y la enseñanza universitaria, recuperando a muchos escépticos y desanimados y aparcando a demasiados vagos y chupatintas.

 

Sobre los amigos en política

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, ha visto cómo se le descorría el velo de sus sentimientos políticos, por una confesión a uno de sus vicepresidentes (Ignacio González), realizada sin advertir que tenía los micrófonos abiertos y que sus palabras iban a quedar registradas.

El "hijoputa" al que le quitaron un puesto en CajaMadrid para "tener la suerte de dárselo a Izquierda Unida" es un hombre de confianza de Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid, aunque seguramente la presidenta se refería directamente al propio munícipe, con el que no está precisamente a partir un piñón.

Pero se pueden hacer otros análisis de una frase cuya autoría y contenido no pueden negarse, porque se pusieron a la vista y oídos de todo el mundo. Por una parte, resulta manifiesto que es preferible para la presidenta promocionar como consejero a un representante de su oposición más descarada, un rojo de los de antes, que hacer hueco para un compañero de partido.

Por otra, también queda mal el vicepresidente, pues la confesión está destinada a corroborar un contubernio de dos, por lo menos, y no caben dudas en que el receptor de la frase y la emisora de la misma, comparten sentimientos. Así que es sencillo concluir que el Partido Popular tiene, en su seno, un nuevo germen de discordias, en la lucha por el poder de regir los destinos del país que vaticinan las encuestas, en las que el avance del partido de la gaviota sobre el de la rosa es cada vez más abrumador.

El país necesita a gritos un cambio de política, de credibilidad, de orientación económica. El PP está tejiendo una madeja en la que hay demasiadas cabezas para una propuesta económico-financiera aún muy difusa, en la que los adeptos a Aguirre no consiguen ocupar puestos relevantes.

Manuel Pizarro abandona su escaño, quejoso de que no se le ha dado la relevancia personal que reclamaba por su trayectoria (ay, cuánto mejor hubiera quedado como simple profesional competente del sector eléctrico, y no como verde candidato a sacar de sus casillas a Pedro Solves, en un debate desigual).

Rodrigo Rato, cuyo currículum resistió los iniciales rechazos de los partidarios aguirristas, manifiesta su criterio de fidelidad a Rajoy, rescatando a un colega asturiano, Fernández Norniella, con la intención de apalancar su poder ejecutivo en CajaMadrid.

Y, en fin, Cristóbal Montoro, un ácido combatiente de cualquier opción que provenga desde el gobierno socialista, sigue esperando que alguien le de argumentos para poner en pie una estrategia creíble de recuperación del país, cada vez más hundido en la crisis, el paro y la falta de iniciativas.

Sería muy aconsejable que los políticos del principal partido de la oposíción se esforzaran en unir fuerzas, separar corruptos, proponer medidas creíbles, y se abstuvieran de opinar acerca de los compañeros de partido, extremando los cuidados en la utilización de su vocabulario.

Porque nos da la impresión de que la diferencia sustancial en los comportamientos políticos de la izquierda y la derecha se concreta en esta desgraciada conclusión: los descontentos del PSOE, lo abandonan para pasar a ser críticos independientes; los descontentos del PP se mantienen en el partido, atentos a ponerse zancadillas y darse patadas por debajo de la mesa. Los micrófonos abiertos permiten, de vez en cuando, dejar el culo al aire de los verdaderos sentimientos que pululan entre bastidores.

Que el futuro nos coja confesados.

Sobre las réplicas del terremoto de Haití en República Dominicana y en otros países

Los enviados especiales de todo el mundo desplazados con ocasión del terrible terremoto que hundió aún más en la miseria a la mayoría de los haitianos y, en particular, a los que malvivían en Puerto Príncipe, se dividen en tres grupos:

a) periodistas de todo el mundo, fundamentalmente de las televisiones, acompañados obviamente de portadores de cámaras y equipos móviles y otros operarios, que toman testimonios ocasionales, aparatosos y elucuentemente gráficos de la tragedia, procurando entremeterse lo más posible entre los sufren, entre los que ayudan, entre los que viven su realidad. Porque la mejor noticia es la que tiene la mayor audiencia de quienes siguen el tema desde sus apacibles casas, tardíamente escandalizados por saber que existe Haití y muy sorprendidos y asqueados por descubrir que ese hipotético Estado no tiene ninguna organización administrativa ni asistencial, y que las ayudas que se habían prometido hace años para paliar otras desgracias, no llegaron o las que llegaron fueron pocas.

b) políticos de todo el mundo occidental, con evidentes ganas de aumentar su proyección popular local, recién llegados a la catástrofe con su uniforme de campaña y acompañados por un séquito variopinto de individuos con misiones bastante desconocidas salvo para ellos mismos, que prometen, ante las mismas cámaras anteriores o, más probablemente, ante las de sus propios servicios de propaganda, que no dejarán solo al pueblo de Haití, que les ayudarán a recuperarse rápidamente, con el mismo tono sospechoso con el que se comprometieron a disminuir las proyecciones de CO2, resolver la crisis económica financiera o ayudar al desarrollo en el mundo global.

c) y, en fin, profesionales y aficionados de las más diversas procedencias -algunos, ay, con camisetas en donde se ve a las claras el equipo al que pertenecen- que ayudan o tratan de ayudar a los dolientes, con los medios, por supuesto, escasos, insuficientes, inadecuados en gran medida, que tienen a su disposición: agua, alimentos, medicinas, ropa, tiendas de campaña, antisépticos, equipos de rescate, maquinaria para retirar cadáveres, heridos, escombros, etc.

¿Cómo va a haber bastantes medios materiales y humanos para resolver el problema de Haití, si hay más de 8 o 9 millones de personas afectadas, no ya por este terremoto, sino por su crisis estructural, endémica, inabordada?

Estabilizada la tectónica, recuperada una nueva calma -precaria- sobre la desgracia, no es difícil imaginar que Puerto Príncipe será foco de atracción para quienes, no habiendo sufrido los desastres del terremoto, tengan sus bienes a salvo y pretendan, faltos de escrúpulos, conseguir alguna ventaja de unas ayudas puestas de sopetón sobre la mesa, quién sabe con qué orden y concierto.

Matarán, amenazarán, robarán. Claro que habrá actos de pillaje, luchas por las ayudas y los bienes abandonados por las empresas sin guardas, por los huídos, por los heridos o por los muertos. Claro está que, si no se arbitra el control suficiente, las ayudas no llegarán siempre a quienes las necesitan, sino a quienes se apropien de ellas, a quienes levanten más alto la mano para decir, aquí estoy yo. Y para eso, hace falta tener fuerza.

Por eso es tan importante estar en el lugar, organizar las ayudas desde el propio sitio que las necesita, detectar en el popio campo del dolor y la carencia, a los verdaderos damnificados.

Es terrible que Haití no tenga Estado, carezca de una administración solvente, y la culpabilidad de que no los tenga no es del terremoto. Hace falta, por ello, organizar de inmediato, una estrategia de campaña, de guerra, con una dirección única sobre todos los medios.

Y existe otro problema. A nosotros nos causan también preocupación las repercusiones del terremoto de Haití en la República Dominicana. Separados ambos países por una frontera tenue, quienes hemos conocido en mejores tiempos -no mucho mejores- a Haití, sabemos que esa marca política estaba defendida por un férreo control militar y policial.

Porque aunque casi todos pobres para los estándares europeos, entre las dos poblaciones había clases: los dominicanos tenían más medios, estaban mejor organizados; sus estructuras adminsitrativas son más sólidas, la corrupción más soportable, el paisaje más fértil, la naturaleza menos esquilmada.

La forma más rápida de hacer llevar la ayuda que necesita Haití, y en particular, Puerto Príncipe, es desde la República Dominicana. En Santo Domingo debería organizarse la selección, agrupación y distribución de los medios disponibles, y ser canalizados hacia Haití mediante cadenas de vehículos en lanzadera, manteniendo un control estratégico, por así decirlo, militar, de lo que se está haciendo.

Para la distribución in situ, es imprescindible agrupar a los supervivientes, llevándolos -hay que convencerlos- a campamentos a unos kilómetros de los lugares asolados y controlando que la ayuda les llegue a ellos, y a todos ellos, no solo a unos pocos. Si no se hace esto así, no solamente habrá cien mil o doscientos mil muertos por el terremoto, sino otros tantos, por el hambre, la sed, las septicemias, las heridas infectadas, el cólera, la cólera.

Y hay que empezar de inmdiato la reconstrucción de la ciudad, con mejores materiales, desde luego, que la de las frágiles edificaciones que se han caído como castillos de naipes. Toda esa labor implica más que un ministerio, y una dotación de personal de de varios miles de personas, contando con material de uso inmediato y varios miles de millones de euros de presupuesto. (por ejemplo: 1 millón de afectados, sostenidos durante 1 año a razón de 700 euros anuales, suponen, solo para eso, 700 millones de euros a fondo perdido).

Reconstruir una ciudad totalmente derruída para 3 millones de habitantes es posible que cueste no menos de 30.000 millones de euros. ¿Hay donantes? ¿Hay interés? ¿Hay tiempo?

Sobre la democracia y los tres poderes

Más que elucubrar con reiterados argumentos sobre la separación de los tres poderes (ejecutivo, legislativo, judicial) como fundamento de apoyo la democracia, situación archirepetida que encuentra cobijo en todas las Constituciones, pretendemos en este Comentario referirnos brevemente a las razones por las que esa teoría no funciona o, cuanto menos, no funciona como debiera.

Nos parece que la causa fundamental de disfunción de esa sistema tiene un culpable mayor, que es la contaminación total entre las tres funciones, que han convergido en un solo poder, y cuyo efecto absolutamente pernicioso es su autoreproducción.

En las decisiones sustanciales es donde se ve la corrupción de los procedimientos. La selección del ejecutivo tiene muy poco que ver con un procedimiento democrático, habiéndose adueñado de la misma los partidos políticos, cuyo funcionamiento interno está lejos de demostrar la plasmación del espíritu de igualdad de oportunidades y selección de los mejores.

La vinculación de los poderes ejecutivo y legislativo es absoluta, siendo los debates en las Cámaras, no verdaderas discusiones constructivas acerca de lo que conviene legislar (y, desgraciadamente, ya perdido el principio de legislación mínima), sino demostraciones palmarias de las mayorías que han llevado al ejecutivo al poder.

En cuanto a la situación del poder judicial, la independencia ideológica de la mayoría de estos funcionarios limita con la escasez de medios y la abrumadora judicialización de la sociedad, que favorece a los más poderosos económicamente.

Sobrecargados de trabajo, faltos en demasiados casos de preparación -teórica y práctica-, nunca suficientemente bien pagados pero con una consideración de relevancia social altísima,  los jueces acumulan decisiones que, según los niveles de la magistratura, parecen oscilar desde la tendencia (de forma consciente o inconsciente) a apoyar preferentemente a los socio-económicamente más solventes o a servir de ejecutores (puede que incluso conscientemente) de las directrices del ejecutivo o del partido dominante en la oposición.

La única forma de salirse de esta espiral contaminada, sería la puesta en cuestión periódica de todos los cargos, de todas las posiciones, de todos los puestos. No se trataría tanto de renovarlos sistemáticamente, sino de revisar, cada cierto tiempo, cómo se están ejecutando las labores asignadas.

¿Quién debería enjuiciar esa labor? He aquí el quid de la cuestión. Suele decirse que los media cumplen esa función, aunque esa afirmación sirve solo para consuelo de incautos, pues la información publicada contiene ya el sesgo del interés de quien la difunde. Este es un cuarto poder tan corrupto o corrompible, o más, que otros.

Por desgracia, tampoco sirve, en una buena parte de los casos, la manida frase de que "el pueblo tiene la última palabra" o de aplicar como norma que "la soberanía reside en el pueblo". La aperentemente noble e inocente posición de "un ciudadano, un voto" conduce a aberrantes decisiones, pues las diferencias culturales, sociales, y, por supuesto, de información pueden también servir de elemento de manipulación, según para qué actuaciones.

Puede ser interesante considerar que, para algunas decisiones en las que se necesita formación, información y objetividad, sería útil detectar una aristocracia intelectual, de cuyos componentes se eligieran por azar, y modificándolos cada año, siempre por el mismo procedimiento, aquellos ciudadanos que se distingan, por sus cualidades sociales y morales, y cuya lista base haya sido confeccionada con un procedimiento transparente y abierto.

Entre las cualidades objetivas de esa élite se podría enumerar el haber cumplido 50 años, estar dispuestos a ejercer su función sin cobrar, tener una trayectoria personal y profesional intachable -no necesariamente en la Academia- y que, por supuesto, no pertenezcan a ningún partido, grupo de presión o de interés.

Ya, ya sabemos que no existen. Todo es una fantasía.

 

Sobre los apolíticos

Definirse políticamente tiene una tradición histórica de riesgo en España. Se ha matado a mucha gente por sus ideas. Se ha marginado, dificultado la existencia del ideológicamente contrario y de sus familias, hasta límites muy altos.

Por supuesto, la filiación política ha tenido importantes premios que no estaban en la relación oficial: en dinero, en prebendas, en oportunidades. Hoy forman un clan, se ocultan vergüenzas, miran para otro lado hasta que la bomba estalla. Dicen que se preocupan por nuestro bienestar, aunque hay demasiadas sospechas de que su objetivo principal es mantener el suyo.

Que mucha gente capaz profesionalmente e intelectualmente bien dotada se autodefinan como apolíticos es una consecuencia combinada del descrédito de determinadas actitudes de una minoría de quienes se dedican a hacer política y de los efectos, por lo general, solo negativos, que acarrea el reconocer que se tienen fobias o filias.

Ni defensor de la economía de mercado, ni comunista, ni agnóstico, ni creyente convencido, ni muy listo, ni bastante tonto. Por supuesto, ni homosexual, ni lesbiana, ni putañero, ni goloso. Sin opinión propia sobre nada trascendente; citar siempre el autor de lo que se cuente, poner distancia con todo.

Y en temas de política, pensar como lo haría cualquier magnate: No importa quien gobierne, porque el mejor será siempre el que esté en el poder. O cada país tiene los líderes que se merece. O el pueblo es sabio y acaba decidiendo bien.

 

 

Sobre la operación Scheisse egal

El superjuez Garzón tiene una formación alemana, como corresponde a un jurista que gusta de la finura. Por eso, a los sumarios importantes les da nombres extraídos de la lengua de Goethe y Reiner Maria Rilke. Este es el caso de la instrucción realizada en torno a Correa, a la que llamó Gürtel, que significa Cinturón en alemán.

De esta manera, además, lanza un guiño a las musas del Parnaso, que estarán encantadas de ver cómo este aplicado y eficacísimo magistrado va descubriendo los agujeros por los que se han ido colando los presupuestos éticos de nuestra sociedad. Obviamente, corriendo él mismo un grave riesgo personal y, il va de soit, para su carrera profesional, amenazada continuamente por los enemigos de la verdad.

La última operación de desenmascaramiento de Baltasar Garzón está ligada a la basura, a la recogida y tratamiento de los residuos, o sea, dicho con toda vulgaridad y énfasis, de la mierda. Esta palabra que malsuena a delicados oídos ha servido -seguramente por el asco que levanta en tantos espíritus educados entre rositas-, para enriquecimiento de más de uno. Retirar la porquería que deja el bienestar de los demás, da dinero, y da tanto más cuanto más sensibles se hacen los ciudadanos que disfrutan del servicio.

Pero resulta que algunos de quienes adjudicaban las concesiones administrativas de la recogida de los residuos, no eran trigo limpio. Lo hacían a cambio de algunos dineros.

Qué escándalo. Como mierda en alemán se escribe Scheisse (y, por cierto, no tiene las mismas connotaciones que por acá, pues, como en el caso francés de merde, lo tienen mucho más en la punta de la boca), se podría llamar a esta operación, si aún no tiene nombre, Scheisse. Scheisse egal, tal vez, que es la forma de indicar Me importa un pito.

Porque aunque a los ciudadanos les importa mucho lo que se haga con los dineros públicos, provengan o no de la basura, nos tememos que a quienes manejan la mierda de este país, les importa Scheisse egal lo que el voluntarioso juez Garzón esté haciendo por desenmascarar la corrupción del engranaje.

Tenemos la impresión de que le han puesto, como a Sísifo, la tarea de escalar una montaña con una bola inmensa en las espaldas y, cuando parece que está llegando arriba, le dan una patada al redondel y le condenan a empezar desde abajo.

Sobre la urgente necesidad de reformar los partidos políticos

La idea no parecía mala, solo que se adulteró en poco tiempo hasta límites insospechados. Escribimos sobre los partidos políticos. En general, sobre todos. En particular, sobre el caso español.

¿Cuál era la idea? Estructurar básicamente la participación ciudadana en torno a los partidos políticos, haciéndolos el eje de la vida pública. Conseguir que, desde una desmesurada fragmentación ideológica, la madurez conseguida en pocas elecciones acabara seleccionando dos grandes opciones, una ligeramente a la derecha y otra ligeramente a la izquierda de un centro dinámico, que se alternaran en el poder.

No hacía falta ni escribirlo, pero el atractivo que supone servir a la causa pública, serviría de acicate suficiente para que algunos de los mejores, y. desde luego, entre los más capaces, se sintieran atraídos por la carrera política e, incluso los que se hubieran mantenido independientes, se verían muy honrados si fueran llamados algún día a un cargo público.  

El sueño se desvaneció pronto. El "caso español" tiene, entre otras singularidades, el que la plataforma política se configuró en torno a partidos bastante jóvenes, surgidos a raiz de la democracia, una vez desaparecido en su cama, rodeado de casi todas las bendiciones, el régimen de Franco.

Si tratamos de descubrir los puntos de enlace de los partidos actuales con los que existían antes de la guerra incivil, encontraríamos entre estox y aquellos muy pocas semejanzas. Solo imaginarias líneas de conexión, posiblemente interesadas, en cuanto a ideologías, posiciones y creencias.

Máquinas de acceso y mantenimiento en el poder. Monstruos que necesitan el alimento continuo de dinero, siempre escaso para sostener el entramado, cada vez más oscuro, incluso para algunos de los que pretenden estar arriba y dominarlo todo.

No hace falta dar un repaso a la Historia. Nos contentaremos con mirar hacia lo que poco defienden ideológicamente, la escasa coherencia interna de lo que expresan, la poca transparencia de lo que les impulsla. ¿Cómo se construyen las ideas y los programas de los actuales partidos que pugnan por el poder en España?. ¿Qué guía a quienes conforman la mayoría de sus órganos directivos y controlan las decisiones estratégicas?. ¿Cuál es el debate?

Fundamentalmente, el interés personal de los que mangonean los partidos, su exclusiva "carrera política". Por eso les es imprescindible mantenerse en la línea de la hipotética representatividad. Viven de eso.

Y cuando han tenido la suerte de, por haber ganado su partido las elecciones, auparse en el poder real, o mejoran su posición económica desde entonces, o la podrán rentabilizar después, trabajando para alguna entidad privada o parapública que les nombrará para un cargo directivo desde el que podrán sacar tajada a lo que han aprendido dirigiendo los bienes de todos.

Los partidos, estas maquinarias de reproducirse a sí mismas han desplazado su centro de gravedad hasta conseguir situarse en el centro de lo anodino, allí donde soplan los plácidos vientecillos de la mayoría silenciosa, que es la de amíquemeimporta y todoslospartidossoniguales.

Una mayoría que no se asombrará por nada ni por nadie, porque tiene bastante con que no le quiten el lugar conseguido, quién sabe cómo, cuándo o dónde, junto al pesebre, su particular pesebte, y que no moverá ni un dedo, salvo lo que pueda llevarse a la boca o al bolsillo.

Es urgente la necesidad de reformar los partidos políticos.

No nos referimos a hacerlo desde dentro. Hay que hacerlo desde fuera. Propiciando movimientos ciudadanos que consigan mover esta masa pastosa.

Aprovechemos el momento. Ahora que parece más preocupada por saber quién se ha enriquecido más con el dinero de todos, que en resolver de manera inteligente la forma de salir de los problemas principales que tenemos los demás, démosles un escarmiento.

Porque han de enterarse de una vez cuáles son nuestros temores: conseguir un empleo, lograr la estabilidad en el que tenemos, proteger la viabilidad de nuestra empresa, pagar las nóminas a fin de mes, no sentirse abrumado por impuestos que no sabemos a qué se dedican, orientar efizcamente nuestra formación para el futuro, garantizar nuestras pensiones en el futuro, mejorar la sanidad y la enseñanza, encontrar un enlace que no sea fantasioso con la política internacional, defender nuestro ambiente sin despendios ni ejercicios para la galería y menos para el amigo americano, controlar el precio de la energía y aún más su despillfarro, mejoracontrolar los servicios públicos, motivar a los funcionarios, erradicar la corrupción y, en fin, defender la solidaridad del modelo de Estado, en el que los que más tengan -las regiones, también, y sobre todo- pongan más para los que más necesitan. No como un regalo, sino como una obligación ética.

Hay tajo, hay tela.

Sobre las dificultades de supervivencia de los partidos políticos

Se viene hablando del ocaso de las ideologías, y el argumentario está justificado. La confusión sobre los términos izquierda y derecha está servida desde hace décadas. El centro ideológico está influído por las coordenadas geográficas, y los progresistas europeos pasarían por peligrosos revolucionarios en Norteamérica, en donde "la derechona" española, por ejemplo, podría hacer un buen papel entre los "demócratas".

Pero los que en realidad están en decadencia  son los partidos políticos. Esas máquinas de consecución y mantenimiento en el poder que llevan en sí mismas su perversión. El "aparato" se convierte en un monstruo que necesita alimento continuo y, ya se sabe, el alimento de los mecanismos sofisticados inventados por la oportunidad acaba tragándose dinero.

Dinero que debe salir de cualquier parte. De los contratos adjudicados a contratistas amigos, de sobrecostes falsos que se cobran en dinero negro, de colaboraciones amistosas o forzadas que se ingresan en cajitas controladas por unos pocos, de facturas falsas, de actividades descontroladas.

Dinero que sirve para muchas actividades imprescindibles o inanes. Pagar a los más activos colaboradores, remunerar lealtades, engrosar la paga de los militantes con mayores responsabilidades, comprar trajes, realizar faustos y perderse en el camino de la corrupta pachanga.

No hay porqué generalizar, ni tampoco procede extraer consecuencias apresuradas de apreciaciones, sospechas o indicios preliminares. Ni todo incompetencia ni todo choriceo. Serán mayoría los competentes y los honestos. Solo que, en esta mala época, el escenario parece dominado por incompetentes y chorizos, y eso nos produce muy malas vibraciones.

Sobre la diferencia entre la libertad de opinión y el debate constructivo

En España existe libertad de opinión. Sin duda alguna. Cualquiera puede expresar lo que le apetezca. Cuestión diferente es que no le (a)traiga consecuencias desagradables. Puede perder su trabajo, ser marginado en el servicio, olvidado o ridiculizado por quienes opinan diferente.

Por eso, una buena parte de los españoles sigue prefiriendo no opinar, no dar la cara, no comparecer. Las opiniones, cuando se manifiestan, figuran enmascaradas tras un seudónimo, el anonimato, o un "Fulanito me contó que" o "Perenganito opina que". Por supuesto, en estos últimos casos, normalmente para tratar de hacer daño al citado.

En España no existe debate constructivo. Pocas gentes exponen sus ideas, aún menos de quienes las exponen lo hacen conocimiento y, de manera absolutamente sistemática, se rehúye el intercambio de opiniones y propuestas.

En consecuencia, se ha ido implantando el desánimo. Los que de verdad pueden aportar conocimientos a la mejora de la situación, se recluyen en el ostracismo. Buena parte de los que opinan, se limitan a repetir lo que han oído de otros, no importa si expresado con intención de engañar o desde el nulo o precario análisis.

Hace falta recuperar el debate. La Universidad debe dar ejemplo, porque la sociedad le ha encomendado formar a los mejores, educarlos en la colaboración, en el respeto a la pluralidad y a las normas de una sociedad democrática.

Pero la Universidad se ha convertido en un banco e pruebas en miniatura de la ineficacia de la libertad de opinión, expresada como supuesta libertad de cátedra y defensa de las prebendas propias en perjuicio de la valía ajena.

Hay que abrir puertas y ventanas para que en esta sociedad entre el debate, ya. Solo desde la voluntad de construir juntos una verdad que no es monopolio de nadie, de ningún partido, persona, secta, tendencia o grupo, avanzaremos.

Mientras creamos que la libertad de opinión es el objetivo, sin diferenciar entre los que gritan en la calle, escriben en un blog, pronuncian un discurso ante sus afiliados, escriben columnas en un diario de sesgo ideológico concreto, pontifican desde un púlpito o una cátedra...habremos pisoteado lo que da valor a la libertad de opinión, que es el debate de esas opiniones, para seleccionar y perfeccionar las mejores ideas y hacer de ellas el camino de todos. 

Sobre incapaces e inimputables

Conocimos a un letrado de provincias que solía referirse a un compañero de profesión dedicado a la política como "inimputable", para resaltar que lo consideraba un imbécil.

Suponemos que, de seguir aplicando los conceptos jurídicos para calificar a las gentes que mangonean la res publica, estará echando ahora mano a las diferentes categorías de incapacidad que prevee el derecho.

Incapaces e incapacitados -en el sentido común del término- podrían verse, desde luego, algunos. Lo que nos resulta chocante es la convivencia, aparentemente pacífica, entre las personas diligentes, responsables y serias, y aquellos que adoptan maneras de inimputables mentales y torpes para la labor que se les ha encomendado.

Como si la demostración de la propia incapacidad fuera una defensa para no ser molestado, incluso (o especialmente) cuando se anda por las alturas.

Sobre lo difícil que es ser buen Gobierno y estar bien en la Oposición

Las diferencias entre ser y estar en el idioma español son habitual quebradero de cabeza para angloparlantes y un motivo -de los pocos de que podemos disfrutar- para cachondearnos de los errores que cometen los extranjeros hablando nuestra lengua.

Ser Gobierno y estar en el Gobierno son dos cosas muy distintas. Cuando faltan las ideas, se está, simplemente en el Gobierno. Cuando se toman medidas de buena gestión, se es Gobierno.

Salvando las distancias, con la Oposición sucede algo similar. Solo que cambiando las tornas en el empleo de los verbos. Si se es buena Oposición, es decir, si se considera el período de Gobierno del otro como una legislatura pasajera que nos devolverá la mayoría para gobernar, se sabrá estar en la Oposición.

Si, por el contrario, se carece de ideas, y lo que se prefiere es armar barullo, impedir que el otro gobierne, criticando cuanto haga, sencillamente porque sí, se será Oposición.

Tenemos un problema en España que va camino de petrificarse: el Gobierno no sabe ser y la Oposición no sabe estar. Prefieren estar y ser, respectivamente.

Sobre la nostalgia de la izquierda europea

La aproximación de los programas políticos de los partidos de las derechas e izquierdas europeas ha traído como  consecuencia la confusión del electorado respecto a las propuestas.

Los nombres tampoco ayudan. La denominación de Revolucionario, Popular, Progresista, por ejemplo, puede adornar los acrónimos de los herederos de los conversacionistas más rancios. Pero es que Socialdemócrata, Europeo, o Republicano no son adjetivos especialmente seductores para los deseosos de que las cosas cambien, repartiendo mejor lo que se produzca por el trabajo colectivo.

Esta confusión terminológica es una de las casusas, aunque no evidentemente la única, del avance de la capacidad de convicción de los partidos que se pueden calificar objetivamente como situados a la derecha del centro social.

Las propuestas concretas tienen menos valor. Se atiende al atractivo (incluso físico) de los líderes y sus parejas; a la popularidad, conseguida no importa cómo, de los personajes de primera línea de los partidos.

Algo tiene que ver también la aversión al riesgo. Los cambios implican inseguridad, porque se generan nuevos tactismos, la orientación hacia los nuevos poderes.

Si los programas son parecidos, los partidos conservadores ofrecen más tranquilidad de que no habrá cambio de escenarios que creen intranquilidad. Las decisiones de los estómagos inmensamente agradecidos se unen así a la de los estómagos cuya hambre haya sido simplemente atemperada.

Porque, en este momento, los estómagos de los ciudadanos europeos están, razonablemente, satisfechos. La situación discurre reforzada porque los cerebros están vacíos para imaginar alternativas creativas. 

La percepción del cansancio tiene su paradigma en Italia. No tiene que ver con las características histriónicas del Presidente Berlusconi ni con sus aficiones a provocar escándalos. No se adorna con velinas, ni se pertecha de ministras más bellas que inteligentes (según dicen), ni se  sazona con su facilidad para ser inoportuno y hasta procaz.

No. Berlusconi no es más de derechas por esas manifestaciones estrambóticas. Su posición ideológica queda señalada por la ausencia de alternativas ideológicas desde su izquierda para construir un discurso sólido, que no se base en descalificar sino en ofrecer. Porque, en el mundo del espectáculo, del que la política es una derivada, Berlusconi ha asumido el papel del bufón inteligente, que es un personaje simpático en todas las operetas.

¿Será posible recuperar una izquierda genuina para Europa, capaz de proponer avances y no centrada en el reproche?.

!Qué importa que haya sido la causante de haber llegado hasta aquí!. Lo importante es que estamos asentados en unos avances sociales y económicos que parecen sólidos, y que son plataforma tanto para las opciones de derecha como para las de centro.

La izquierda tendrá que recuperar otros valores. Puede que reconstruírlos desde las cenizas. Los que representan la honestidad, la coherencia intelectual, la solidaridad, sin más matices que el trabajo y la capacidad personales, la cultura sin trampas, la discusión abierta sin marginaciones, la evaluación del mérito con la objetividad que solo se consigue desde la pluralidad de los juzgadores y su carácter de independientes. 

Sobre los restos de la dictadura del proletariado y del fascismo

Durante el siglo XX se produjeron en Europa, singularmente en España, y especialmente en la primera mitad, terribles acontecimientos que, en buena parte, resultan ininteligibles para la gran mayoría de los actuales ciudadanos de ambos territorios.

Por eso, tiene un gran interés que los pocos protagonistas vivos de los hechos más relevantes del siglo se sometan a un interrogatorio respecto a sus móviles, sus experiencias y, se agradece que nos cuenten, sin renunciar a su visión autocrítica, qué piensan ahora, desde la perspectiva de la edad, de lo que les movió cuando eran jóvenes.

Santiago Carrillo es uno de esos personajes que vivieron intensamente momentos trascendentes. Le han hecho una película-documental, ("Carrillo, Comunista"), con manifiesto cariño, en la que, bajo la fórmula de una entrevista directa en la que se superponen imágenes relacionadas con lo que cuenta y algunas eventuales voces en off, se construye el material para revisar una parte de su historia personal, desnudándola ante el espectador.

La historia personal de Santiago Carrillo tiene elementos ejemplarizadores, para bien y para mal. Es el itinerario que le llevó a asumir y superar importantes contradicciones, y no tanto desde el cambio de sus convicciones personales, sino por la fuerza de las circunstancias y de los hechos ajenos.

Carrillo fue sucesivamente, un joven marxista convencido del poder del proletariado, un ilusionado militante revolucionario, un exaltado defensor de la URSS y sus métodos, un estratega algo inocente, un derrotado sin claudicar, un exiliado maquinador, un valiente dispuesto a la autoinmolación, un líder carismático, un enemigo para sus correligionarios, un desilusionado consciente de la traición de sus comilitones, un demócrata convencido, un escéptico con causa.

Resulta interesante verle avanzar, desde la experiencia personal, desde la convicción absoluta de que el marxismo-leninismo contenía la única verdad para actuar como combatiente para cambiar la Historia, pertrechado con la idea de que la URSS era la plasmación perfecta de la dictadura del proletariado, hasta la decepción de quien se encuentra solo con sus ideales.

No los ha cambiado, desde luego. Simplemente, los tiene enterrados bajo la fuerza de la realidad, que caminó por lados muy diferentes. Su posición actual se asemeja, por ello, más a la de un especimen en extinción que a la de un modelo de comportamiento futuro.

La  decepción de Carrillo se ancla en raíces profundas y variadas. No importa que él no se sienta decepcionado, como aclaró. Basta seguir esa trayectoria, para percibir  con él la manipulación de los principios por muchos compañeros de partido, la adulteración stalinista del modelo perfecto, el dolor por la pérdida de adhesiones de su partido ante la fortaleza pragmática de los postulados socialdemocrátas.

Resulta incluso anclada esa decepción en la revisión de los móviles que le llevaron a separarse, negándole la paternidad, de su padre, Wenceslao Carrillo, un socialista al que anatematizó por haberse rendido a Franco, mientras él defendía, con muy pocos mimbres, a un Madrid sitiado por los militares revolucionarios y desquebrajado por la quinta columna de los traidores a su razón .

Con esos mimbres propios de un peliculón, se confiesa Santiago Carrillo (más bien, se explica), guardando para sí lo que le apetece no contar, haciendo gala de una placidez intelectual y de una sensatez que le tienen que reconocer hasta sus enemigos de antaño, si hubieran vivido para contarlo. 

Este superviviente lúcido, con una memoria excelente, puede moverse con soltura entre las reconstrucciones interesadas desde otros ángulos de lo que pasó entre 1930 y 1982, sirviendo de enseñanza para jóvenes y maduros, justificándose, y beneficiándose, él también, del ámbito de libertad que ayudó a construir.

Santiago Carrillo es el protagonista único de la primera parte del documental de Manuel Martín Cuenca. Manuel Fraga tiene el papel relevante de la segunda parte. 

Fraga es un alter ego convergente en ciertos aspectos. Es otro personaje histórico, igualmente edulcorado por la edad y por la evolución de su propio comportamiento y que, como él, se mantiene firme en sus convicciones, orgulloso de su actuación,  usuario lúcido e inteligente de la libertad de que hoy disponen, para opinar con contundencia sobre unos móviles  a los que siguen fieles, y que, según su doctrinario, fueron adulterados por gentes muy poco escrupulosas con los ideales que rigieron sus vidas de visionarios.

La conclusión elemental que se puede extraer, sin pretensión histórica, sino desde la percepción sentimental, es que nada justifica la explosión de odios que dió lugar a una guerra civil en España, por la que murieron miles de jóvenes que se dejaron convencer de que luchaban para cambiar la Historia.

España era, al fin y al cabo, un campo de experimentación para una guerra europea en la que se enfrentarían con absoluta crueldad, dos intereses corruptos: fascismo y comunismo estalinista. No había ni capitalistas, ni obreros, ni católicos, ni agnósticos, ni pobres, ni ricos; la alineación en un bando o en otro, era casual, geográfica, más teórica que pragmática. Los vencedores de la guerra civil española fueron, desde el principio, los que mejores armas tenían, no los ideales más coherentes. Perdimos todos los demás.

Sentados en el sillón de la salita, con la cerveza en la mano, haciendo zapping con cualquier otra alternativa, la historia que nos cuenta Carrillo, adquiere un carácter irreal, como si fuera producto de una fantasía. Y allí está, sin embargo, la mayor parte de su verdad, resistente, incólume, aunque se muestre hoy debilitada, no por la caída de sus convicciones, sino porque los intereses colectivos se orientaron en otra dirección.

Ya no interesa a casi nadie la dictadura del proletariado, los ideales comunistas, el juicio a los propósitos fascistas, la condena a la explotación del capital o la exaltación del obrerismo como ventaja para la autogestión eficiente de los medios de producción. Los intereses de la ciudadanía son más prosaicos: un trabajo, una familia, un bienestar sostenido.

Resulta extraño escuchar a Carrillo recordar aquellos supuestos motivadores, lastrados con matices alienígenas, mientras se fuma un cigarrillo tras otro. Triunfa en su verdad, pero no busca convencer. Ya no.

Fraga parece tenerlo más difícil, pero apostamos a que también consigue conmovernos.Todos tenemos una razón si nos dejan explicarla, aunque los muertos que quedaron en el camino permanezcan silenciosos para siempre en la inutilidad aparente de su sacrificio.

Sobre la superación del bipartidismo en España

Las elecciones para renovar el Parlamento europeo han hecho aflorar a la vida pública a Francisco Sosa Wagner, que se presenta como cabeza de lista de Unión, Progreso y Democracia (UPyD).

Paco Sosa, co-artífice de una valiente propuesta de reforma de la administración pública en su momento (obviamente, en su mayor parte, no-nata), profesor admirado -especialmente, y mucho, en su momento, entre sus alumnas-, intelectual serio y, virtud rara, ameno, ha adoptado, para esta ocasión, un discurso conciliador.

En una entrevista que hemos leído en la La Nueva España (LNA, 4 de junio 2009), habla de la necesidad de romper el bipartidismo, al que confiere un carácter de superficial enfrentamiento, un artificio dialéctico convenido (más o menos) entre el PP y el PSOE, para distraer al electorado, y alejarse de los problemas reales, de los que preocupan al ciudadano.

Sosa defiende igualmente la superación de los nacionalismos regionalistas, y concentrar más esfuerzos en Europa, en la que España debería adquirir mayor peso. También cree que la preocupación por mejorar la financiación de algunas autonomías está perjudicando a regiones como Asturias, más débiles.

Personas como Sosa Wagner merecen especial atención. Entrado ya en la sesentena, con el grueso de los objetivos vitales cumplidos, con la cabeza fría y pertrechado con la experiencia de haber visto la evolución de algunos compañeros de partido -estuvo en el PSOE-, quiere dar aún buen juego en democracia.

Seguro que obtendrá una plaza para Europa. Al menos, nos ayudará a poner una pica en Estrasburgo.