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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Política

Sobre morros y morritos

Lo sentimos, pero no nos ha parecido tan mal que el alcalde de Valladolid, Francisco Javier León de la Riva, se haya referido a la neo-ministra Leyre Pajín con una alusión a sus morritos, en una frase, desde luego, desafortunada, pero no exenta de gracia.

Ya hemos tenido ocasión de lamentar que la carrera miristerial sea un paso para demostrar que se saben hacer las cosas bien y abrir el camino de los aspirantes hacia la empresa privada. Leyre Pajín es una mujer moderna, elegante y guapa.

No es una belleza como Cristina Garmendía y no tiene el estilo de Corredor o de González-Sinde, y no le llega a la altura sensual de Doña Letizia (esa nena que la mitad de los ovetenses, por lo que hemos oído, ha visto con sus propios ojos, jugar y dar gritos en su escalera de la comunidad de vecinos), pero -haciendo abstracción de la dignidad que representa, que es lo que corresponde en estos tiempos de marcada sensualidad- tiene su aquél.

La hemos visto abrazarse, jubilosa, a sus compañeras de partido y otros amigos cuando compartía con ellos la alegría de ese premio que le va a permitir alcanzar un sueldo de casi 100.000 euros al año, y eso que no consta que haya podido terminar (hasta ahora) su carrera universitaria.

El currículum que se ha difundido de su trayectoria profesional -plagada, eso sí, de referencia a su capacidad como gestora de las interioridades del partido en el gobierno- solamente indica que "tiene estudios de Sociología", que es la manera de expresar, con modestia, que ha hecho algunas asignaturas en alguna Universidad en donde se imparten esas enseñanzas.

No ha estado afortunado el alcalde de Valladolid, desde luego, porque ha confundido lo que se puede pensar y, por supuesto, decir, en círculos de amigos. Pero un profesor de medicina, miembro de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Valladolid, jefe del departamento de Ostetricia y Ginecología del Clínico de Valladolid, presidente de la OICI y alcalde de Valladolid, revalidado por mayorías absolutas por cuarta vez consecutiva, no puede permitirse, por mucho que sepa de morros y morritos, exteriorizar lo que le sugiere una competidora política.

Caigan sobre él las penas del infierno, y no han de admitirse sus disculpas. ¿Qué se habrá creído?. Ha insultado a Valladolid, merece el desprecio de la élite cultural y política de nuestro pequeño país, que no debe tolerar tamaño exabrupto y, por tanto, como ha expresado correctamente la ministra de Cultura, debería dimitir.

Aunque, si no se decide a hacerlo, lo que comprendemos, si le aconsejaríamos que meditara de dónde le viene la fijación con esta joven, a la que viene persiguiendo dialécticamente desde hace ya años, acusándola, primera, de repartidora de condones a diestro y siniestro, insultando, después, su capacidad para expresarse como "tonta en cinco idiomas (...) cada vez que habla" y ahora, cuando no es su especialidad, refiriéndose a los morritos de la Ministra más joven del gobierno de Rodríguez Zapatero.

¡Ah, la baja política!

Sobre las barbas de Zapatero y el carisma de Rubalcaba

La pérdida de credibilidad del presidente del partido que gobierna en España, al que su optimismo sistemático ha conducido a oscuros callejones sin salida veraz, aconsejaba un cambio importante en el elenco ministerial.

Debieron de pensar en las catacumbas de la Moncloa, allí donde habitan los fontaneros del Ejecutivo, probando fórmulas que conducirán a brebajes mágicos y piedras filosofales: "Hay que ofrecer alguna sangre al electorado e intentar dar la sensación de que se tiene cogido el timón con ambas manos".

Así que se ha producido una sustitución de varios ministros -significativamente, ministras, ay-, y suprimido la alegría despilfarradora que significaban algunos ministerios que no habían alcanzado ton ni son. Al mismo tiempo, se incorporan o se acercan aún más a la primera línea de fuego (léase, focos), adictos al poder que ya estaban dando muchas órdenes en la cocina -Trinidad Jiménez, Ramón Jáuregui, Leyre Pajín (asistida por Power Balance)- .

En suma, la remodelación tiene el aire de un agrupémonostodosenlaluchafinal.

Rajoy lo dijo de inmediato, con esa intuición de persona bragada en asistir a los desastres, hábil maestro en juegos de palabras: "España no necesita un cambio en el Gobierno, sino de Gobierno".

Los analistas políticos ven en la nueva ubicación de Alfredo Pérez Rubalcaba como vicepresidente primero, ministro de Interior y portavoz, el hombre que, desde su fortaleza política, se opondrá como candidato por el PSOE a Mariano Rajoy, cuando toquen elecciones, en 2012.

Esto querría decir que Zapatero está pensando en retirarse de la política "activa" (por emplear un modismo al uso) y que el partido gubernamental acoge las voces que pedían un cambio  en el rostro opositor a Rajoy, que ve maduro el momento de llegar a presidir España y parece tenerle tomada la medida, y cada vez más a su compañero de pupitre cazurro.

No creemos, sin embargo, que el presidente Zapatero tema por sus barbas y que, por ello, las ponga a remojar. Quiá.

Confiado en que la crisis se está resolviendo y apreciando como inmenso valor que Rubalcaba carece de perfil para dirigir un país pero le sobran capacidades para trabajar en la sombra, ha querido darle más poder. Lo necesita para explicar con la esa mezcla compleja de seriedad, sabiduría, cinismo y desfachatez con la que ha forjado su currículum, lo que vaya pasando, visto que la antecesora en la confianza del Presi, de la Vega, había mostrado demasiadas varices en su lado hosco y los opositores le tenían pillado el compás.

Así que el presidente del Gobierno, facción PSOE, en nuestra modesta opinión, precisamente porque quiere conservar sus barbas impolutas, ha convencido al fiel escudero Rubalcaba para que, una vez más, meta el careto en el pimpampum donde todo el mundo se empeña en ver su cabeza y haga lo que pueda por desviar la atención del campo de Agramante. (1)

(1) Lugar donde todos se pelean entre sí; a distinguir de campo de Agramonte, que puede ser tanto un lugar del municipio de Cuba (Matanzas) o de un pueblo de Aragón (Zaragoza), a los que Cervantes no atribuyó ninguna obsesión por darse continuamente de puñadas, que se sepa;

Sobre la vocación política

Hay un engaño incrustado en la sociedad por el que algunos quieren convencerse -más bien, convencernos- de que están hechos para la política, es decir, para el manejo de la res pública (la "cosa pública").

Por cierto, que aunque una mayoría de los que les seguimos el juego asociamos "manejo" con la plasmación del objetivo de hacer una buena gestión, un subgrupo de los primeros -los políticos- aprovecha para llenarse los bolsillos, mientras nos ponen la cara de tontos (simulando con los dedos los toques del virtuoso flautista de Hamelin o contratando para desviar nuestra atención, los cánticos seductores de unas náyades).

Se nos vende, pues, que existen "animales políticos", gentes que "tienen el Estado en la cabeza" o individuos con gran capacidad para "convencer a las piedras", utilizando variados artilugios que incluyen -pero no solo y no siempre todos- el encanto personal, la retórica, la dialéctica, la entronización mitológica, la puñalada en la espalda, el ejercicio del cainismo, etc.

Obviamente, también se encuentran, y en algunos de los políticos incluso en grandes dosis, la capacidad de entrega, la experiencia en el funcionamiento de los órganos del Estado, la inteligencia práctica, la afición a la síntesis, la preocupación por el análisis, etc.

Pero lo sustancial es lo que nos atrevemos a negar: nadie tiene vocación política. Primero, porque la vocación, en ese sentido de predisposición natural para una profesión es una patraña, un convencionalismo.

No existe vocación para ser ingeniero de montes, letrado del Estado, médico odontólogo o capitán de la guardia civil. Puede -de hecho, los hay-, eso sí, que haya niños a los que les guste más que a otros recoger hojas y clasificarlas, pronunciar sermones de memoria, cortarles las alas a las moscas (desaconsejable por maltrato animal, aunque fuera deporte nacional) u organizar desfiles con soldados de plastilina.

Ni siquiera existe, con ser de las más notables, la vocación para ser Alteza Real o Presidente de la República. Creemos, con todo, que, para determinados cometidos de alta representación -simbólica-, puede tener sentido formar desde niño a una persona para que, llegado el caso, ejercite la habilidad aprendida. Hay grupos que lo hacen así, desde los adoradores del Dalai Lama a las casas reinantes o destronadas, alimentándolos con jalea especial, a la manera de las abejas reina de las colmenas.

Pero, ¿para ser político? ¿Para que le confiemos la caja de la república y la facultad de tomar decisiones que nos afecten a todos? Para eso, deberíamos estar ya muy convencidos que lo imprescindible es que quien esté más alto, además de haber demostrado con anterioridad sus virtudes, se encuentre siempre sometido a la vigilancia de la mayoría, y que se le repita, de vez en cuanto, aquello que pretendía Terencio: "Respice post te. Homine te esse memento” ("Mira detrás de tí. Recuerda que eres hombre"), para que no se olvide de que el poder viene del pueblo, y no de él hacia nosotros.

Sobre lo que enseña Rosa Díez

Sobre lo que enseña Rosa Díez

El Magazine de El Mundo (10 octubre de 2010) publica en portada una fotografía, obviamente retocada con alguno de esos programas de fotolíftin que quitan arrugas y ojeras- en la que la lider de UPYD, el partido que aspira a ser charnela en las próximas elecciones generales, enseña palmito.

Para que no haya dudas respecto al objetivo de la muestra, un espejo recoge la visión trasera de la política, que luce una minifalda sesgada y que, al haber sido tomada la fotografía de abajo arriba, permite que el ojo del observador se aventure hasta casi el punto en el que el muslo pierde su nombre.

La toma gráfica, que recuerda aquella otra de las ministras del gobierno de Rodríguez Zapatero luciendo su corpórea femineidad sobre un sofá, y que se publicó en Vogue, tiene, por lo leído, un objetivo parecido: demostrar que los hombres -los varones como las mujeres- primero miramos el cuerpo de la hembra humana, y luego, pasamos a escuchar lo que tenga que decir.

Hemos leído la entrevista que justificaría el esfuerzo exhibicionista, y, sinceramente, nos encontramos en el grupo de "quienes no entiendan este reportaje, (...) pero es que precisamente ése es el tipo de personas que menos me interesa".

Rosa Díez luce creaciones de Ion Fiz, según se cuenta, de la "actual colección de otoño", con lo que la mirada política (habrá que corregir lo de admirada, salvo entre los más incondicionales) está haciendo la competencia a las chicas de la pasarela.

La entrevista pertenece al subgénero al uso en el que el entrevistador (Gervasio Pérez, para el caso) expone más ideas que el entrevistado, por lo que es difícil seguir si lo expresado corresponde a lo que piensa Díez o Pérez. 

Se intuye con esfuerzo que la presidenta de UPyD está en contra de subvencionar la moda sin tón ni son, y que hay que vigilar los resultados. También se puede inferir con agudeza perceptiva que nuestro sistema educativo es un carajal y que no se respeta al profesorado y que sigue pensando en que hay que cambiar la Ley Electoral porque hay millones de españoles que pasan de la política.

Un error lo comete el más pintado, pero el asesor de imagen de Rosa Díez debería andar más al quite de lo que luce, en indumentaria y en ideas, una de las políticas más observadas, y valoradas, dentro del panorama de secano en el que se bandea el guirigay de la cosa pública española.

Porque si es cierto -como ella apunta y corroboramos- que los hombres, y particularmente, los políticos con poder, utilizan la cooptación con las mujeres, no entendemos a qué ha venido que haga el caldo gordo a ese machismo enseñando pierna a quien no se la va a tapar. Unas páginas más allá, el mismo Magazine presenta la moda de lencería, y aunque por un tris, Rosa no llega a lucir ese muestrario, todo parece indicar que podría hacerlo por la Patria.

Sobre el lugar para el carbón en la economía española

Los mineros del carbón -una categoría laboral que suscita, como pocas, emociones diversas- están algo más contentos. Nos referimos a nuestros mineros, un grupo en extinción que se ha concentrado en las cuencas asturleonesas, y que se parapeta en rededor a unos líderes sindicales que hace año dejaron la mina, pero están dispuestos a ponerse en huelga de hambre y lo que haga falta para que a los suyos no les quiten de sacar piedra.

Como se trata de un juego de poderes, en el que, por supuesto, el más poderoso de los dos ya tiene la decisión tomada, porque sabe bien adónde va, la Unión Europea ha consentido en prolongar la autorización para que se siga subvencionando la extracción de esa piedra que, en nuestra geología, se encuentra en lugares profundos y es obligado extraer en tajos angostos y verticales o subverticales, porque los sedimentos están bastante más plegados que en otros sitios.

Todo el mundo sabe que, escrito en román paladino, sacar carbón de las minas asturianas, leonesas, o jienenses fue siempre más difícil y, por tanto, más caro que en otros lugares. Esa falta de competitividad en lo económico no impidió que se sacara carbón -hulla, lignito o antracita- porque era estratégico.

Nunca se supo muy bien en qué consistía la cuestión de la estrategia, porque era una cuestión que se cocía principalmente -al inicio- en las cacerolas del gobierno autoritario y del capital connivente y, más tarde, solo en las del gobierno autoritario, y finalmente, en la sartén quemada de una democracia que no se aclaró ni se aclara sobre el papel que le corresponde en un mundo de comerciantes.

La Unión Europea ha autorizado a prolongar las ayudas a cambio de que se cierren definitivamente las minas no rentables (todas las españolas), y los mineros del carbón están muy contentos, porque ahora van a cobrar unos atrasos y podrán seguir sacando piedra.

Podrán los mineros sacar unas cuantes toneladas más que servirán para aumentar, mucho nos tememos, las más o menos 15.000 toneladas "contra stock" que ya han puesto a flor de tierra, y que no se han empleado en las térmicas, porque es más caro que importar carbón de fuera, y es menos contaminante, y, además, es mejor quemar gas y mover molinos que utilizar el poder calorífico de esa maldita piedra.

La historia del carbón español (en realidad, de todo el europeo) dicen que es como la de Sísifo, aquel pobre diable mitológico que estaba condenado a carretar una piedra una y otra vez a lo alto de una montaña.

Aunque quizá, puestos a buscar raíces mitológicas, el asunto esté más propio al cuento de Penélope, la mujer enamorada que tejía un jersey sin saber cómo parar, esperando que volviera de viaje de aventuras su esposo. Aquí el tricotar se llama extraer carbón y el Ulises podría ser el presidente de Gobierno que tuviera el arrojo de decir, de una vez, bastó, ya está bien de sacar un carbón que no sabemos qué hacer con él, venid, y vamos a dedicarnos a otra cosa. Aunque duela un rato.

 

Sobre los güebos de Rafael Correa y otras consideraciones ecuatorianas

Rafael Correa Delgado, presidente del Ecuador, es un tipo del que se dicen muchas cosas. Recientemente ha ocupado primeros lugares de la historieta del mundo porque estuvo a punto de ser asesinado en un intento de golpe de Estado y en el que se portó como quien no tiene miedo a morir, lo que merece siempre un respeto.

Su declarada amistad personal e ideológica con otro Presidente sudamericano, especialista éste en montar juegos de histrionismos propios de payaso en circo malo, ha difuminado en una nube de napalm bananero (que ahora es casi sinónimo de bolivariano) algunos tramos de su carrera política.

Los locatos, les dicen por allá sus opositores, a Chávez, a Correa y a Morales.

Pero merece la pena poner la lupa sobre las ideas de este tipo, Correa, economista educado en colegios de pago en los que disfrutó de becas por ser muy buen estudiante y que es poseedor de una fina pluma que hace circular por caireles de indudable interés; de ésos que escuecen y sacan hilillos de sangre -por ejemplo- a los que creen que neoliberalismo y cristianismo son tan uña y carne como pudieran serlo comunismo y utopía revolucionaria.

Correa y un equipo de fieles -esto último lo suponemos, pues tendrá mucho que hacer, al menos desde 2006 en que fue elegido Presidente del Ecuador- mantienen con cierta regularidad un blog, "Economía en bicicleta", en el que se pueden encontrar ciertas claves del ideario básico con el que dice actuar este mandatario de uno de los países más pobres del planeta.

Nacido en Guayaquil, -criadero natural de presidentes ecuatorianos- en 1963, Rafael Correa se mueve ideológicamente en la filosofía de la Teología de la Liberación y en la praxis del socialismo revolucionario, que tiene un referente lejano en su país en un presidente anterior, cuya muerte sigue envuelta en misterio, Jaime Roldós Aguilera.

Como profesor universitario y analista económico, tiene publicados libros, ensayos y reflexiones que merecen atención y, en general, respeto, y no debieran destinarse al saco roto en donde se acostumbra a arrojar lo que molesta, calificándolo temerariamente de "simples tonterías".

Hay tela que cortar en el asunto, nutrido de incógnitas, zancadillas, abrazos de oso, buenos propósitos, incumplimientos, medias verdades e intoxicaciones. Un traje para cada gusto, desde luego.

En primer lugar, habría que analizar la situación en que se encontró Correa cuando llegó a la presidencia de Ecuador y la naturaleza de los apoyos con los que contó para lograr su triunfo.

Ecuador era (y, por tanto, es, porque las cosas no se cambian de la noche a la mañana) un país empobrecido. Como en otros, los importantes recursos naturales propiciaron una historia de expolios y desencuentros entre el pueblo llano y los dominadores del cotarro. 

La democracia oficial no solucionó las cosas. Los últimos presidentes -se sucedieron ni más ni menos que ocho, desde 1997- siguieron combinando un elenco de incapaces políticos o mentales, que se auparon al poder, en no pocos casos, con el apoyo de las armas o el engaño de unas elecciones apañadas al gusto. En conjunto, parecen cortados por el mismo patrón: servidores de las élites económicas -que no culturales ni ideológicas-, a las que ellos mismos pertenecen orgullosamente. 

La línea de trabajo en política interior de tanto presidente depuesto, compuesto y repuesto, parecía ser, además, mantener como eje principal el dejar abiertas las puertas del país a las directrices e intereses de los Estados Unidos.

Ese colonialismo interno y externo no se traducía en la mejora de las infraestructuras ni en el avance significativo en los niveles de sanidad, educación o actividad económica, que se podían calificar de ínfimos. Por eso, los ecuatorianos emigra(ba)n a puñados; no había trabajo; el presidente Jamil Mahuad ya había confirmado antes del 2000 que el sucre no valía un chavo, abrazando el dólar como referencia y dando el permiso para crear las bases militares de Manta como tributo.

En España tenemos el reflejo de esa ola de miseria, tensiones políticas e inacción práctica que recorre, desde hace décadas, como un jinete apocalíptico, el país al que Rafael Correa quiere imponer un cambio radical.

No es cosa de convertir este Comentario en un alegato a favor de Correa y lanzar cohetes por el futuro del Ecuador, porque el escenario está plagado de claroscuros. Nos basta haber llamado la atención sobre algo que no es lo que algunos quieren que parezca.

El presidente Correa conoce bien su país y lo que pretende no puede juzgarse a la trágala como una locura; en otro lugar, podría ser criticado por desmesurado, utópico o incoherente.

En Ecuador, y en concreto, en este instante, debiera ser calificado como un proyecto con los pies bien asentados en su tierra...Y, tanto si el intento de golpe de Estado a Correa haya sido parte de un teatro, como si no, el presidente ha querido confirmar que tiene los güebos puestos en su sitio, lo que siempre atrae votos y simpatías. Así que, al tiempo.

Sobre el modelo cubano y la sucesión de Castro

Que "el modelo cubano" (fuera el que fuera) no funcionaba como hubieran deseado sus factores y seguidores, era algo que venían advirtiendo los observadores políticos independientes y los turistas que tuvieran interés en conocer algo más del país, fuera de disfrutar de sus bellas playas, sus exuberantes paisajes y la amabilidad de sus obsequiosos habitantes.

Pero tuvo que decirlo su ideólogo, Fidel Castro, anciano lúcido de 83 años, en una entrevista informal a un periódico en inglés, y a un periodista norteamericano, un tal Goldberg (The Atlantic, 8.09.10), para que ocupara especial atención en las primeras páginas de todos los periódicos.

En palabras textuales: "Cuban Model Doesn’t Even Work For Us Anymore" (El modelo cubano ya no funciona para nosotros), que equivale a decir: "Hasta la madre del alcalde ha abandonado el pueblo en donde su hijo es el jefe del Consistorio", que era como aquel juego tan simpático para hacer ciudades con el ordenador -Simcity-sancionaba definitivamente a quien lo había hecho rematadamente mal.

Aconsejo a los lectores de este Cuaderno que se lean la reseña de la entrevista (el autor indica que es una primera parte), en la que Castro habla, sobre todo, de delfines y de su condena a la guerra nuclear, además de manifestar su respeto por la religión judía.

Sobre el modelo cubano, la interpretación que se da de la frase del mandatario que fue campeón mundial de locuacidad (incluidos Chavez y Obama) es que aboga por la reducción del poder del Estado y abrir el país a la inversión extranjera.

Cuando se lee que la limitación actual a la inversión norteamericana en Cuba proviene de los Estados Unidos y no del propio país, y se toma nota de la miseria -una pobreza feliz, del que no tiene camisa- con la que vive la mayor parte del pueblo cubano (en donde, sí, algunos se están haciendo muy ricos), el observador puede sacar la conclusión de que el modelo cubano actual forma también parte del modelo de los países más poderosos para castigar al mocosuelo díscolo, haciendo de él el chivo expiatorio de su incapacidad para poner a raya a los golfos apandeadores de la aldea global. 

Sobre las primarias en el PSOE de Madrid: Mucha Esperanza

La proximidad de las elecciones municipales en España está provocando el lógico revuelo, que en Madrid ha tomado un tinte especial que, a pesar de la independencia ideológica -y, especialmente, política- que venimos dando a este Cuaderno, invita a hacer unos comentarios generales.

El PSOE ha tenido siempre muy difícil la recuperación de la plaza de Madrid, en la que, tanto en la Comunidad como en el Ayuntamiento, cuenta con la oposición de dos magníficos candidatos por parte del partido de la oposición, el PP.

Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz Gallardón ofrecen, a lo largo de muchos años de andadura política, el perfil de gestor estratégicamente inteligente, popular y hasta populachero, a quienes no cabe imputar errores graves, sino hacerles responsables de una trayectoria con mucha visibilidad, con actuaciones beneficiosas para la población.

Es cierto que las actuaciones de ambos son también merecedoras de críticas, incluso de gran calado. Pero, si se analizan desde la perspectiva neutral, tratando de sacar consecuencias de lo que han hecho y cómo lo han vendido, aparecen como candidatos muy serios para continuar en el cometido público en el que ya llevan varias legislaturas.

El PSOE tiene, como partido, un gravísimo problema de credibilidad y de competencia ante la crisis. Las encuestas, con todas las reservas que quieran dárseles, demuestran que no es, ni de lejos, el partido preferido por la mayoría de los votantes.

En este contexto, nos parece un error el plantear unas primarias internas, entre dos candidatos, por lo demás, de perfil bajo.

Ni Tomás Gómez ha sabido aprovechar su posición como Secretario regional y líder de la oposición en el Ayuntamiento madrileño, pues, a salvo de melifluas apariciones sin carácter, se desconocen sus propuestas para la ciudad; ni Trinidad Jiménez, cabeza demasiado visible de un Ministerio sin éxitos aparentes (más bien, al contrario), y, lo que es peor, con una abrumadora derrota a sus espaldas como candidata de circunstancias en unas elecciones municipales anteriores, ofrecen garantía de presentar réplica sólida a su opositora, la actual alcaldesa Esperanza Aguirre.

Así que, gane quien gane en las primarias en la sede sociata, ni se robustecerá la opción ni se conseguirá -al revés- aglutinar al partido socialista ni, aún menos, ilusionar a los votantes que podrían desear un cambio, para probar un nuevo ritmo de la política municipal madrileña bajo una alcaldía fuerte, competente e imaginativa.

No hay esperanza, en fin, para el socialismo madrileño. Hay, por el contrario, Esperanza para más rato. Lo que, si gana el PP las elecciones generales, como parece, tampoco es malo.

Esto escrito, nos sumamos a una idea que empieza a tomar cuerpo en el electorado expectante: aquel partido de los mayoritarios que consiga liberarse de su líder actual, ganará abrumadoramente las elecciones generales. El país necesita recuperar el optimismo, convencerse de que la política es, también, lugar para los competentes, no solo para los fieles al aparato de los partidos. La sociedad civil quiere, de una vez, recuperar protagonismo.

Tiempo al tiempo.

Sobre los perfiles de Obama, Sarkozy, Merkel y otros políticos en Facebook

Las Oficinas de Prensa de los políticos más influyentes del mundo creen en el alcance de las redes sociales para difundir sus mensajes. Claro que no todas alcanzan el mismo éxito.

El perfil de Barak Obama en Facebook ha conseguido, al 15 de julio de 2010, 10.707.109 seguidores; sus entradas tienen, en media, unos 8.000 comentarios cada una. Un segundo heterónimo oficial, The White House, solo llega a los 634.500, y sus informaciones no suelen superar los 400 comentarios.

Nicolas Sarkozy tiene en esa red 256.690 fans, que se animan a rubricar o criticar alguna idea unas 4.000 veces por entrada, lo que les revela como mucho más participativos per cápita. La página de admiradores de Carla Bruni-Sarkozy supera por los pelos los 14.000 seguidores.

Mucho más modesta en sus resultados en esta red social, la canciller alemana Angela Merkel debe contentarse con 40.841 seguidores en Facebook, siendo su última entrada la dedicada a felicitar a la selección española en el Mundial, -y, de paso, proclamar que el tercer puesto para los alemanes es "un magnífico resultado" que demuestra el "rendimiento conjunto conseguido en los últimos 20 años de unidad"- con 155 comentarios y 387 devotos específicos. (Por cierto, la Sra. Merkel celebra el 17 de julio su cumpleaños: Felicidades)

Casi en los bajos fondos del invento para conectar, Rodríguez Zapatero lleva conseguidos en su página 1.187 "apasionados" de su figura (así se les reclama para participar), sin que parezcan admitirse comentarios directos.

La ola de descontentos o "desapasionados" supera con mucho esta modesta cifra, pues una de sus explícitas contrapartes, "Zapatero, dimite ya" obtiene en la misma fecha, 8.225 simpatizantes. Quizá, sin embargo, la competencia sea ventilada no por el perfil anterior, sino por el intento de equilibrio que significa este otro: "Yo si voy a votar a Zapatero, ¿y qué?", con sus prometedores (pero escasos aún) 3.806 seguidores.

24.283 seguidores telemáticos tiene en esa dinámica vía, Mariano Rajoy Brei, aunque no parecen muy entusiasmados ante la idea de participar más activamente, pues lo habitual es que solo se registren unos 30 comentarios a las diferentes entradas, y con protagonistas muy repetidos.

Por cierto, que, a pesar de los adivinables esfuerzos del controlador de la face por evitar insultos, lo habitual es que los comentarios que suscitan nuestros "políticos primos" reflejen el enzarzamiento beligerante entre las dos facciones en los que la exhibición de incapacidades parece haber dividido España.

No tienen porqué alarmarse los amantes del buen quehacer político, sabiendo que el humor está en su cénit, si se valora en su justa medida que el perfil "Pot aquest burro català tenir més fans que Mariano Rajoy?" haya alcanzado ya los 73.145 entregados a la snigular cruzada. Su foro proporciona, por cierto, uno de los ejemplos hispanos más atractivos para observar, cómodamente sentado ante el ordenador, el amplio, agudo y emocional espacio ideológico carpetobetónico, adobado con los (im)pertinentes arrebatos separatistas (40 a 50 comentarios de media).

Nota añadida el 19 de julio de 2010. Esta Nota quedaría seguramente incompleta si no dejara registrado que Andrés Iniesta, futbolista de la selección española en el Mundial de Sudáfrica, tiene en este mismo medio 1.310.430 seguidores, y que sus últimas entradas han merecido, en media, más de 10.000 comentarios. Lejos aún de los 3.889.878 devotos que tiene el perfil del argentino Lionel Messi, atleta del mismo deporte. Un nuevo orden mundial se avecina.

Sobre el estado de la nación

Se inicia el 14 de julio de 2010 en el Congreso de los Diputados de España un nuevo Debate sobre el estado de la Nación, fórmula que incorporó a la arena política en 1983 el entonces Presidente Felipe González.

Han cambiado muchas cosas desde entonces. Para empezar, la dura lucha por el espacio político desde las regiones, han hecho surgir y resurgir con fuerza al marco del debate la cuestión de las naciones -ya no nacionalidades- dentro del Estado español.

El país aún se encuentra en estado de euforia colectiva después del triunfo de la selección española de fútbol en el mundial. Los especialistas en sicología o sociología de masas sabrán interpretar mejor las consecuencias de esta exaltación de júbilo masivo, por haber visto conseguido un objetivo que se había mostrado inalcanzable pero que, a la postre, nada significa para mejorar la situación económica colectiva.

Nada o muy poco. Los más 600.000 euros que cada uno de los 23 jugadores de la selección se han embolsado supondrán unos 4,6 millones de euros en impuestos para las arcas públicas, es decir, 10 céntimos de euro por español.

Seguimos siendo tan pobres y tan faltos de ideas como antes. Hemos tenido un destello de ilusión, pero nuestro estado colectivo sigue siendo el de la desorientación, la abulia, la falta de rendimiento. Y el de nuestros políticos, como comprobaremos en estos días de mediados de julio, el estado de hinopsis que les produce el tratar de defender su puesto de trabajo y sus ideas, sin acordarse de los que estamos aquí, en la tierra.

Nos ha producido una especial emoción ver a esos millones de aficionados al deporte de la pelota, fundamentalmente jóvenes, entregados a sus líderes emocionales.

No eran, claro, todos futbolistas, ni siquiera aficionados habituales al fútbol. Habría una representación completa de todas las etapas de la formación de los jóvenes. Estarían todas las profesiones, multitud de estudiantes, muchos egresados universitarios, algunos ya activos, bastantes parados, la mayoría aún con fuertes dudas y temores respecto a cómo enfocar ese futuro que supone familia, trabajo, vivienda, mejor nivel de vida. 

Hay que llevar un mensaje contundente, coherente, a esos jóvenes que han mantenido sus incógnitas y esperanzas a un lado durante unos días para priorizar la alegría de ver que los colores de España eran llevados a la cima del mundo.

Construyamos un estado de la nación, fuerte. Jóvenes, no permitáis que la discusión sobre lo que hay que hacer se convierta en una floresta de diatribas y descalificaciones. Haced vuestro propio debate y venid, con vuestra ilusión, a empujar para salir del atolladero.

Pero no nos engañemos. Hacen falta, además del empuje y la ilusión, conocimientos, ideas, experiencia. No despreciemos el valor y el mérito de nadie, porque el trabajo de todos es necesario. Y si alguien quiere debatir si somos nación o nacionalidad, si han sido agredidos en sus sentimientos por fallos o aciertos de TCs y Estatuts, si han "hecho los deberes" o no los han hecho bien, vuvucelas, trompetillas, marco aparte.

Nosotros, adelante, a lo nuestro. No hagamos del estado de la nación, el estadio de la nación.

Sobre las energías que se pierden en España

Que en España se pierde mucha energía, es cosa sabida. Que se pierda en los despachos, en discusiones baldías, en presentaciones cuidadosamente preparadas que se pierden con pocas asistencias, en monólogos sin gracia, en dineros para realizar informes que nadie lee, etc., también.

El 8 de julio de 2010 se presentó en el Ciemat, por la Fundación para estudios sobre la energía, un libro sobre "Energías renovables para la generación de electricidad en España".

El salón de la sacrosanta institución estaba casi lleno y, lo que es más saludable, nutrido con representantes de diferentes sectores energéticos, que hicieron reflexiones, en general muy atinadas, sobre el tema -sin haber leído el libro-, y que dieron lugar a brillantes precisiones, réplicas y comentarios de José María Martínez-Val, quien, como coordinador principal, había presentado el trabajo.

El libro, en sí, no añade mucho nuevo al panorama. Se han escrito en estos últimos años bastantes libros, folletos y libritos sobre el tema, y cada tres por cuarto algún sabio -despechado, por lo general- da una conferencia magistral sobre el tema. Por eso, todos sabemos o creemos saber mucho sobre el tema, y es difícil que se nos sorprenda con algún gráfico nuevo, o alguna reflexión que no hayamos oído o leído.

La lectura del libro levanta una incómoda sensación de improvisación en algunos párrafos del texto, y en concretos capítulos, en lo relativo a su expresión gramatical que no, desde luego, en su contenido.

Es como si hubiera habido prisa por la publicación, sin esperar a las indicaciones del corrector de texto. Que algunos -demasiados- de los gráficos estén ampliados a una escala que no mejora por ello su visualización tampoco ayuda a dar la sensación de que estamos leyendo algo novedoso, sino, más bien, un refrito.

El resumen ejecutivo es espléndido y debería figurar como libro de cabecera de cualquier político que quiera entender las bases actuales y de desarrollo futuro de esas tecnologías, y gozar de una guía básica para no equivocarse (mucho).

Pero el titular periodístico lo dió, sin duda, Martínez-Val, al denunciar (sin intención de hacerlo, pero estaba presidiendo el acto el secretario de Estado) que un país que confunde watios y voltios -refiriéndose al paquete común que se hizo, desde el punto de vista legislativo, para subvencionar tanto los huertos solares (basados en las placas que producen energía solar fotovoltaica, tecnología ya madura) como las instalaciones de solares térmicas (de concentración, y con tecnología aún experimental)-, va forzosamente mal orientado.

Aunque, como el libro merece un análisis más detallado, dedicaremos otros Comentarios a presentar algunos de sus aspectos más destacados.

Sobre revolucionarios, víctimas y catarsis

Entre los muchos misterios que circundan el comportamiento humano, se encuentra el de la aparición periódica de las revoluciones y, por supuesto, el análisis del papel que que en ella juegan los revolucionarios.

Aunque, una vez que las aguas vuelven a su cauce, aparecerán presuntos revolucionarios como setas que alardearán haber estado allí, construyendo su puesto ficticio junto a los que condujeron la revuelta, damos la calificación de revolucionarios en este Comentario, únicamente a los líderes.

Es decir, eliminamos a los que se incorporan a posteriori, cuando han triunfado las revoluciones o cuando, sin haberlo hecho, los nostálgicos de lo que pudo haberse conseguido intentan ponerlas en valor. Son muchos los hábiles que quieren rentabilizar en su provecho las revoluciones conseguidas como las fracasadas, una vez que entienden ahuyentado todo peligro para sus posiciones y creyendo que su currículum se verá engrandecido con padecimientos inventados que parecen incluso propios de un martirologio.

También elimianmos a los que las secundan, sean cuales fueran sus móviles reales, pero no hubieran sido capaces de iniciarlas.

Detengámosnos, pues, en los que las promueven o lideran. Ahí están, animando a sus compañeros de infortunio a revelarse contra la situación que están padeciendo, porque la juzgan insostenible, prometiendo un mundo mejor sin las cadenas, exponiéndose.

Puede parecer cómico, si bien se observa, pero llama la atención de que, generalmente, los revolucionarios personifican frecuentemente, como nadie, el origen del disgusto colectivo, no en los que han originado la injusticia, sino en el carcelero. Si somos indulgentes, podemos pensar que se trata de falta de información, pero, en realidad, lo hacen por sentido práctico y por comodidad.

Las revoluciones no han surgido históricamente para cambiarlo todo. Solo pretenden tener éxito cambiando lo justo. Como los seres humanos aborrecemos los argumentos complicados, prefiriendo la sencillez, incluso la simpleza, los lemas de la revolución han de ser escuetos, directos, simples.

Una vez que la mecha ha prendido en el grupo de la rebelión, lo más aconsejable es estar lejos. Pocos líderes revolucionarios las culminan.  Cuando se ha producido el número de víctimas suficiente para calmar los ánimos, y se entiende alcanzado el punto de la catarsis colectiva, quienes las iniciaron, si han conseguido sobrevivir, se limitarán a decir: "No era eso, no era eso".

Sobre el estado de ánimo de los socialistas

El dia 10 de junio de 2010, como cada jornada, tuvo sus momentos graciosos, de esos que levantan la sonrisa del más pintado. Las palabras del Presidente italiano Berlusconi refiriéndose al estado de gracia del Presidente español Zapatero, después de la visita de este último a S.S. Benedicto XVI -bendición incluida-, pertenecen, sin duda, a ese grupo.

Algo más de inseguridad aparecería al analizar si resulta simpática, o no, la distinta valoración que hacen del actual estado de ánimo de los socialistas españoles, el propio Rodríguez Zapatero y el ex-Presidente Felipe González. Para González, "los socialistas estamos pesimistas"; para Rodríguez, "no".

Sin necesidad de apelar a recursos pontificios para alcanzar el estado de gracia, las declaraciones que viene prodigando en las últimas semanas Felipe González, demuestran que lo está.

Sus matizadas manifestaciones sobre lo que hay que hacer, el equilibrio de sus dictámenes, esa serenidad del que ha sufrido y, después de haber perdido una batalla, vuelve al campo sin lamerse las heridas, le ha dado un halo de respeto en nuestra sociedad que, como sabemos -propios y, sobre todo, extraños- tumba sin reparos a los mejores y ensalza a los que ha cortado la cabeza.

Los socialistas de la facción González, están pesimistas, y tienen razones para ello. Los socialistas de la facción Rodríguez, no lo están, aunque sus razones no han sido explicitadas. La desproporción de fuerzas entre ambas debe ser muy evidente.

Lo que resulta más preocupante no es conocer cómo se reparten los estados de ánimo entre los socialistas del PSOE, sino entre aquellos que, careciendo de militancia, tienen la convicción de que gobernar bien es tomar las medidas más inteligentes en cada momento, conseguir apoyos leales para las decisiones difíciles, distribuir las cargas proporcionalmente a la capacidad para soportarlas, explicar sin fantasías las dificultades y motivar a todos para comprometerse, pero en especial, a los que más tienen (dineros, inteligencia, medios).

De esos socialistas se sabe muy poco, porque hace tiempo que no acuden a los mitines ni, por los síntomas, tienen escaño en el Congreso.

 

Sobre injusticias, venganzas y amiguismos

El proceso penal al que se está viendo sometido el ahora suspendido Juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón, y que está suscitando adhesiones emocionales -sobre todo, a lo que parece, entre izquierdistas republicanos, pero, naturalmente, no solo de ellos- ha puesto sobre el tapete del juego democrático la cuestión de las injusticias de la justicia.

El periódico El País del 16 de mayo de 2010 recoge una carta abierta al imputado Garzón, que le dirige, ni más ni menos, que el Presidente del Congreso de los Diputados, José Bono (afectado él mismo por una campaña de turbia catadura que apunta hacia las formas y modos en que consiguió un importante patrimonio), escrito que no tiene desperdicio.

No lo tiene -desperdicio-, por lo que refleja de los recovecos, hasta ahora desconocidos por los demás mortales, que llevaron al superjuez al estrellato político -una simple cena en la que el entonces apolítico confesó a Bono que era "un progresista sin partido... que quiere ayudar a los que más necesitan", y tampoco, porque, mutis mutando, el escrito se asemeja, sabiendo leer entre líneas, a un abrazo de oso; porque si bien el político de carrera desea al juez profesional suerte en su andadura entre jueces politizados, apela a una solución salvatífera inasumible para un agnóstico (Así termina la carta pública: "Ah, y que Dios (te) ayude porque el diablo trabaja duro contra ti").

La cuestión podrá ocupar, cuando se ventile hasta su vericueto final, muchas páginas de las hemerotecas de este -con harta frecuencia- miserable país en el que, incluso, es posible promover una acción popular para darse de baja como español, como se sugiere en ese divertimento colectivo que es Facebook.

Pero no queremos entrar en este juego, sino en otro.

Este. La democracia ha introducido, aquí, una perversión muy específica. La que ha conseguido poner en pie fórmulas de acceso a los puestos clave -política, judicatura, direcciones de empresa privada como pública, funcionariado universitario, ministerial, regional o local- a gentes que han obtenido sus puestos en concursos públicos, con aparente trasparencia que los hace inamovibles, y que, en la puritita verdad que nunca se descubrirá, han servida para otorgar carta de credibilidad al resultado de un proceso que estaba amañado.

Sabemos ahora, amigos como enemigos del juez de Garzón, del presidente Camps, del presidente Bono, del superjuez Varela, de Patatín y de Patatán, que hay que guardarse la ropa aunque tu puesto sea, en principio, muy seguro, porque puedes encontrarte con que te sieguen la hierba bajo los pies y, creyendo estar en zona incólume, te encuentres con que has hecho enemigos que están dispuestos a esperar el momento más inoportuno para decidir que has prevaricado creyendo ser un experto en leyes, que te has enriquecido entre sombras de sospecha y marcas de relojes aunque seas socialista del más puro pedigrí o creas haber hecho más por tu provincia que el propio Jaime Primero y te hayas hecho un par de amiguitos del alma con esfuerzo.

Por no decir, también, de los juicios que puedes merecer, cuando tus decisiones como juzgador pasan a ser analizadas por el público, si te parece que hay que acoger una propuesta de un sindicato postfascista que quiere que no se remueva la mierda del país, porque hay una ley de punto final que deja en las cunetas a los muertos de la guerra incivil.

Puede que se haya abierto la veda de descubrir que estábamos cerrando las heridas de esta democracia en falsete. Que hay muchos catedráticos que han formado sagas de figuras con el mismo apellido, que para ganar unas oposiciones es más importante que el currículum el que cuentes con amigos del alma en los tribunales o que para ganar un concurso público hay que contar con saber untar en los sitios precisos el engranaje del poder.

Da mucha pena saber que eso es lo que hay, y que para descubrir un cabo de la manta, no es cosa de que los poderes públicos hagan lo que deberían hacer, sino que se toquen las teclas adecuadas en los momentos oportunos para que, de pronto, se quede con el culo al aire alguien que, hasta entonces, se pensaba que era un modelo de actuación, un campeón de la democracia.

Todas estas cuestiones excepcionales que han surgido a la palestra y que involucran a personajes de la izquierda como de la derecha, ponen, en realidad, el dedo en la llaga, de lo que está sucediendo: no importa la verdad, nadie tiene que estar seguro si le fallan los amigos y, en fin, lo que mueve a las instituciones -palabritas aparte- no es la ética universal, sino los más oscuros intereses de los que se han aupado con el poder y no están dispuestos a abandonarlo, porque juegan en otra división, diferente a la de quienes nos conformamos, ajenos a amiguismos, partidos, fobias, filias, ideologías o propósitos, a sacar adelante la propia vida.

Visto de esa manera, debemos estar felices, al estar libres de que nos puteen los compañeros de profesión cuando llegan al convencimiento de que no somos uno de los suyos.

¿Sobre guerra civil en España?

La cuestión que da título a este Comentario pretende llamar la atención sobre una situación de amplio desconcierto que estamos viviendo en estos momentos (mayo de 2010) en España, y que afecta a la credibilidad de las tres instituciones troncales de cualquier país de concepción moderna y democrática: el poder legislativo -Cortes y Senado y la sintonía con aquellos a los que representan, ciudadanía y pretensiones autonómicas regionales-, el poder ejecutivo -Gobierno y su alter ego, la oposición- y, en fin, poder judicial -jueces, magistrados y la coherencia de las leyes y normas que, conceptualmente, deben aplicar para juzgar comportamientos ajenos.

No estamos en guerra civil porque, aunque se dan los elementos teóricamente suficientes -crisis económica, malestar social, diferencias crecientes entre pobres y ricos. imposibilidad de entendimiento Gobierno-oposición, estamentos empeñados en luchas intestinas, graves desentendimientos entre los que pretenden explicar y quienes reciben las hipotéticas explicaciones, etc.- la amplia mayoría disconforme no tiene las armas legales ni ilegales para dar un vuelco a la situación, y la reducida minoría dominante da muestras de su descomposición ideológica en luchas intestinas incomprensibles para el pueblo llano, que observa atónito el resultado del ejercicio del poder que puso en las manos de sus dirigentes.

Ni Gobierno ni oposición muestran la mínima voluntad de entenderse (y resulta imposible saber qué es lo que les resulta tan complicado), ni resulta tolerable a la salud mental del ciudadano normal que la judicatura, con cientos de miles de casos pendientes que afectan a la vida y bienestar de las familias, se enzarce en tiquismiquis complacientes sobre la interpretación del corpus procesal (los casos de Garzón y Camps no son sino punto de iceberg), ni se puede entender qué es lo que están debatiendo, en momento de profunda inestabilidad económica y social, las Cámaras, empeñadas en seguir legislando con un rumbo nada claro y en hacer florituras mentales con las ideas (pocas) de los demás.

Pongámosnos todos a trabajar, y concéntrese, los que deben hacerlo, en lo importante. Porque da la impresión de que muchos tienen las Manos Ocupadas Con lo que O No Nos interesa o Es Menos Urgente.

Sobre quién manda en los funcionarios españoles

Como no podemos imaginarnos al Presidente Obama -a pesar de ese talante abierto, tolerante y green que le hemos atribuído- mirando el reloj para saber qué hora tenemos en España, suponemos que habrá llamado al Presidente de ese pequeño-lejano país called Spain cuando le vino bien en su apretada agenda (léase ayínda).

"Jélou, Jóse Luís, is yúa intérpreta déa?

"Jelóu Bárac, ¿pero no sabes qué hora es aquí en España?

"Bé you pádon, frénd, bat de sábyet is áryen. Aim cúrius tu nóu juích ar de aidías yu ár zínkin tu imprúf de spánis económic situeishon an vuld bi veri glad tu sayést yu somuán from mai sáid. So, cól jín, plís.

"Bueno, bueno. Pero que sepas que no son horas. Aquí son las tres de la madrugada, tío. Llamo a Moratinos, porque ya sabes cómo te admiro, aunque me va a poner a caldo".

"Uót?

El contenido de la conversación se ignora, aunque, pocas horas después, el Presidente español comunicaba las "drásticas medidas" adoptadas para solucionar la "grave situación" del déficit público. A saber: reducción del 5% en el salario de los funcionarios durante 2010, eliminación del llamada cheque-bebé, reducción en 600 milloncejos de euros la ayuda al desarrollo, disminución de unos 6.000 millones en las inversiones públicas y congelación de las pensiones.

Si la existencia de la conversación entre ambos presidentes -con este u otro contenido- es cierta, y el interés de Obama era manifestar su preocupación por la situación del déficti europeo (que ya son ganas de tocar los c...), el conjunto de las medidas comunicadas, pone en evidencia lo poco que controla el Gobierno de Zapatero.

No hay medidas sobre las grandes empresas y sus beneficios, ni sobre la Banca y su mejor control y la reducción de sus márgenes, ni sobre el impulso a la creación empresarial, ni sobre el incremento de la presión fiscal de las mayores rentas, ni sobre la mejora de la inspección fiscal y el control del lujo y otros despilfarros, ni sobre los estímulos para aumento de la productividad, ni sobre la reducción de los gastos militares y el aumento en gastos de educación.

Obama volverá a llamar, suponemos.

 

Sobre arreglos, trampas y soluciones

La Presidenta de la Comunidad de Madrid, que celebraba el 2 de mayo, una vez más, el levantamiento de unos no muy bien informados madrileños contra los franceses que dirigía Napoleón, ha dicho que la corrupción es consustancial a la política.

Es, desde luego, una frase con porvenir, de raigambre histórica, y proporciona, de forma gratuita, una de las claves del edificio precario en el que se acomoda la vida pública. No hay que interpretarla de forma sesgada: Política y corrupción no son idénticos. No. Lo que indica Esperanza Aguirre es que la segunda forma parte indisociable de la primera.

No se puede  imaginar a un banquero diciendo algo parecido de la Banca. La corrupción no forma parte del imaginario del sistema bancario. Jamás. Por definición. Tampoco puede suponerse que forme parte del deporte rey por estos lares, el fútbol. Ni hablar.

Ni Botín, los Rodríguez Iriarte, Francisco Paco González, ni Pellegrini, Ronaldo, Messi o Clemente dirán jamás una frase así. Ellos se mueven en otras intenciones, tienen un público entregado. Nadie pone en duda su honestidad ni ponen en duda la de sus compañeros de viaje.

Pase lo que pase.

Podría pensarse en que la razón está en que no tiene sentido que gentes que ganan al año de 4 a 20 millones de euros caigan en las tentaciones de la corrupción. Para qué molestarse en arañar unas decenas de miles de euros, si tu salario representa 400 o 2.000 veces el del resto de los mortales.

No hay corrupción en los estados mayores de la Banca y del Fútbol, ni en los cuarteles centrales de las Grandes Empresas. Por definición. Nunca sabremos si lo que hace tan eficaces en lo suyo a banqueros, bancarios, futbolistas y entrenadores de élite,  es el dinero que reciben por su trabajo, o está más bien relacionado con la cara de tonto con la que admiramos sus hazañas.

Siendo campos tan dispares, no parecería razonable que un entrenador deportivo con éxito o un presidente de un club de fútbol de categoría puedan ser reputados como idóneos presidentes de Gobierno. Sin embargo, los sectores se interelacionan cada vez más, y hay bancarios que fueron políticos y que han vuelto a ser bancarios, y viceversa; y hay presidentes de club que hacen política y presidentes de partidos políticos, y de autonomías, y hasta de Congresos de diputados, que crean empresas para ellos o sus cónyuges y tienen la suerte de hacer mucho dinero con ellas.

Seguramente lo que es consustancial a la política, al fútbol, a la Banca y a la Gran Empresa es el escaso control que realizamos todos los demás -los que no pertenecemos a ninguno de estos estamentos- sobre el trabajo que realizan los dirigentes de estos sectores. Porque se puede sospechar que soportamos sus altos salarios -que todos vienen de nuestros bolsillos- por el placer de que nos metan un gol. Uno tras otro.

Sobre los índices de papanatismo y su interpretación

Ahora que casi todos entienden de derecho y economía, bien estaría introducir un nuevo índice, que permitiera contrastar, desde las referencias históricas, esos otros índices que tan profusamente se utilizan para justificar lo mal que van algunos y hacernos olvidar quién o quiénes fueron más culpables.

Contra el índice de solvencia, el índice de papanatismo. Contra desfachatez, estulticia.

Será necesario hacer un somero repaso histórico de cómo se ha configurado un tercer índice, que es el de la credibilidad, que las economías más desarrolladas de la comunidad internacional, sin preguntar a nadie más, se están aplicando a sí mismas con los mayores ratios. Veamos unos pocos ejemplos.

No han sido los alemanes los que iniciaron y mantuvieron  en el lejano siglo XX dos guerras expansionistas desde su base europea que, especialmente la segunda, fueron aprovechadas para realizar algo de limpieza cultural y mejorar la concentración de la riqueza. No fueron los culpables del llamado exterminio judio (y, de paso, de algunos millares de desgraciados rojos y expatriados que pasaban por allí).

Fueron los nazis. Además, se mantuvieron, hasta hace poco -y subsisten, en algunos sectores eruditos-, serias dudas de que tal aberración, impropia del ser humano, pero que tanto contribuyó -en su caso- a mejorar la ciencia, hubiera existido. Sin olvidar que los judíos no fueron exterminados; existen, y muy boyantes y activos. Que se lo pregunten, entre otros, a los palestinos.

Tampoco fueron los ingleses e irlandeses los que exterminaron a los pueblos indios de la América del Norte, que, lejos de vivir una pacífica existencia en contacto con la Naturaleza que el buen Dios les había regalado, se mataban unos a otros. Fueron una facción fundamentalista de la metrópoli, respetuosa con las creencias propias, y no hubo tal destrucción ni usurpación de propiedades de otros y, si la hubo, que se fastidien, porque no se podía permitir a aquellos primitivos con taparrabos que no reconocieran la superioridad del hombre blanco.

No fueron los actuales belgas, holandeses, franceses, alemanes o ingleses los que maleducaron a líderes de países a los que desposeyeron de sus riquezas básicas y, cuando el reloj de la historia señaló un ligero cambio de rumbo, prefirieron seguir la explotación recursos y gentes bajo la forma de ayuda al desarrollo. Fueron otros, desde otras repúblicas.

Pero, en cambio, fuimos los españoles, los de ahora, los que tenemos la responsabilidad de haber descubierto la placidez con la que vivían los indígenas de Centro y Sudamérica. Les hemos expoliado, destruído su cultura, convertido a los supervivientes en esclavos y enriquecido a su costa. Tenemos una deuda eterna contraída con esos pueblos, como nos lo recuerdan líderes con vocabulario revolucionario, en nuestro lenguaje, con apellidos inequívocamente españoles y una piel que proclame a las claras su mestizaje.

Tendríamos que pedir perdón a estos pueblos y al mundo en general, por lo que les hicimos. Pagar nuestras culpas hasta la expiación absoluta, arrastrando nuestros imperdonables pecados como una lacra estampada en cada rostro español y, quizá debamos corregirnos, castellano (o, más precisamente, hispano no catalanovasco).

No importa que ni siquiera la institución más poderosa en credibilidad -su fuerza proviene de la divinidad-, la Iglesia católica, no sea capaz de reconocer su culpabilidad por nada de lo que hicieron -no ya sus fieles, sus mandatarios más cualificados-, en defensa de la misma fe que hoy se predica.

Porque, junto a salutíferas actuaciones, no siempre recompensadas con el reconocimiento terrenal,  desde la cúpula eclesial se desarrolló una frenética actividad en beneficio del más acá, propiciando Cruzadas, apoyando exterminios, generando estrambóticos autos de fe, impulsando crueles inquisiciones, preparando exquisitos martirios para quien pensara diferente -en lo religioso y en lo científico-, y, también, ocultando aberraciones y expolios, pederastias, violaciones y estupros, enmascarando con cuidado exquisito datos y encubriendo culpables.

En el índice de papanatismo los españoles ocupamos la categoría triple A. Cuando lo combinamos con la rebaja a la categoría AA+ de nuestra deuda pública, se entenderá mejor la relación inequívocamente entre ambos. Alemania, para salvar a la economía griega -comportamiento siguiendo fielmente el libro  del ahogado por parte del presidente Papandreu ("Si no me salváis, moriréis también vosotros")-, exige un plan severo. España no solo no ha exigido nada a cambio, sino que nuestro Gobierno ha presentado la operación de préstamo incluso como una operación rentable. 

Pensamos que nuestro Gobierno vive en un país distinto al de la realidad en la que nos vemos obligados a habitar el resto de los españoles. Aquí tenemos paro, falta de productividad, de ideas, desplazamiento de los mejores por los mediocres e incompetentes. Vemos mucho fútbol pero poca economía, nada de impulso industrial. Hay mucho proceso judicial y mucha palabrería vacua, pero escasa educación para saber, incluso para saber estar.

Hay signos de esperanza. Quizá el índice de papanatismo se esté concentrando en la cúpula de nuestro ejecutivo. Quizá la salvación esté próxima y podamos enterrar la incompetencia y ese síndrome de estúpida culpabilidad improductiva en las próximas elecciones, para concentrarnos en el interés de todos los españoles. Quizá sea llegada la hora de dejar las alianzas de civilizaciones y la búsqueda de la sustentabilidad mundial o la protección ambiental apoyando energías verdes, pero que muy verdes -entre otras banderas- cuando estemos seguros, no tanto de que nos siguen, sino de que formamos parte del pelotón de los más listos.

Preguntamos, ¿hay alguien más ahí? ¿Hay más oposición que la que se sienta en el Congreso o en el Senado? ¿De qué se ríen, señores diputados? ¿De nosotros?

Sobre los límites de los poderes públicos en las campañas institucionales

La Ley 29/2005, de 29 de diciembre, de Publicidad y Comunicación institucional, establece el régimen jurídico de las campañas promovidas por todos los órganos de la Administración del Estado español.

A tales efectos, distingue entre las campañas institucionales de publicidad y las de comunicación. Ambas son actividades que tienen por base, como no podía ser de otro modo, la difusión de mensajes u objetivos dedicados a una comunidad, pagados con dinero público. La primera utiliza un soporte estrictamente publicitario, a diferencia de las campañas de comunicación, que combinan otros soprtes.

Los límites de tales campañas incluyen la prohibición de dedicar los dineros públicos a alardear de los logros de gestión de los responsables de la Administración, o a criticar la actuación de otros poderes públicos; tampoco se pueden incluir mensajes discriminatorios o incitar a la violencia.

Enrique Arnaldo, -asesor del ex-presidente balear y ex-ministro de Medio Ambiente en uno de los anteriores gobiernos del PP, Jaume Matas-, recibió, en su día, el encargo de realizar un informe sobre el tema que da título a este comentario, según obra en los autos en los que figura encausado el segundo. Profesor de derecho constitucional, ex vocal del Poder judicial, abogado y articulista habitual en El Imparcial, no debió haber tenido problema alguno en confeccionar un brillante trabajo con un tema tan apasionante y sobre el que, como se ha podido ver en estas ligeras pinceladas previas, reina, al parecer, alguna confusión.

Con imaginación, a falta de que se de publicidad al trabajo realizado, podría intuirse algo sobre los objetivos del mismo, de otros artículos de divulgación del insigne jurista. El 18 de junio de 2009, en un artículo intitulado "Nada es lo que parece",el profesor Arnaldo se preguntaba por el color de la piel de Michael Jackson (q.e.p.d.) y escribía, como colofón:

"Nada es lo que parece. Ni el Parlamento manda. Ni el Tribunal Constitucional garantiza la supremacía de la Constitución. Ni el Gobierno garantiza el interés general de los españoles. Ni siquiera el racismo es lo que parece. Todo es según el color con el que se mira. Pero el fondo del pozo, al que tanta miseria y vacuidad nos lleva está tintado de negro. La insoportable levedad de los seres extraterrestres que nos dirigen nos conduce a la huída o a dar las teclas de “borrar” y “papelera”.

Palabras de cuya demoledora conclusión se puede dudar, pero definitorias de quien no tiene problemas en confesar sin ambajes sus filias políticas e institucionales. El juez Castro, encargado por el momento del "caso Jaume Matas" -ya que corre el riesgo de ser recusado por enemistad manifiesta y por predisposición a culpabilizar antes de haberse realizado el juicio en el que deberá dirimirise la responsabilidad del encausado-, ha redactado un auto de prisión eludible con fianza de 3 millones de euros a finales de marzo de 2010, dinero que el ex presidente pudo reunir en su particular Semana de Pasión.

En el proceso, según la instrucción, deberá decidirse si el presunto delincuente Matas cometió delitos de corrupción, falsedad en documentos públicos, infringiendo de paso una decena más de figuras penales,

Nuevamente el profesor Arnaldo parece estar en situación de dar respuesta a lo que está pasando, a pesar de la confusión que el caso está causando entre los analistas políticos y el ciudadano confiado en que quienes administran lo público son gentes de fiar. El 5 de noviembre de 2009, bajo el ilustrativo título de !¿Cuándo se jodió España?", en el mismo periódico, respondía de esta manera, entre otras atractivas sugerencias, a la pregunta que él mismo se hacía: "Se empezó a joder cuando la clase política se transformó en casta profesionalizada, perpetuada en el machito inexpugnable cual muralla china."

Duro trabajo ser juez en estos tiempos convulsos. Por eso, como orientación para las oposiciones a judicatura, no dudamos en que alguien esté preparando un informe sobre "Los límites de los autos judiciales en los procesos penales contra cargos públicos". El profesor Arnaldo seguro que ya tiene el bosquejo para tan ímprobo trabajo, que, a no dudar, no tardaremos en ver publicado en El imparcial.

Sobre los líderes y lo que representan

Que los líderes, y en especial, los máximos mandatarios políticos, aunque se trate del lugar más miserable y apartado de la Tierra, tienen un ego que se lo pisan, no merece dudas.

Verse en el pedestal de la admiración, el respeto, e incluso, de la moderada crítica, sentirse aupado  en el por todos sus conciudadanos, tiene que ser muy estimulante. Te levantas de la cama, aún con la resaca de haber tenido cualquier pesadilla, te miras en el espejo, y pronuncias, para animarte, las palabras mágicas: "¡A mandar!" y, allá te vas, hacia los laureles de tu gloria, entre crisis, paro, descarrilamientos, inauguraciones, atentados, discursos, corruptos, entregados, reformas, éxitos,...

Se han descrito diversos síndromes vinculados a la sensación de poder y soledad combinados que hacen pasto de los líderes políticos. En España, se habla del "síndrome de la Moncloa", pretendiendo resumir de esa forma la actitud de menosprecio a cualquier opinión negativa que venga de quienes no son los fieles del Presidente.

El afectado por el síndrome de la Moncloa, cree que todo lo hace bien y que las críticas están infundadas o malintencionadas, y, al escuchar solo a los suyos, se cuece en la salsa de su autocomplacencia.

El problema no es nuevo, y por eso, ya Tertuliano registraba que los generales romanos, cuando eran recibidos en victoria por el pueblo enardecido, llevaban a su lado un esclavo que repetía: "Respice post te! Hominem te memento!" (¡Mira atrás!¡Recuerda que eres solo un hombre!).

No vendría nada mal que se recuperase esta sabia manera de bajar los humos a los líderes, recordándoles que, si representan a sus pueblos, no es por lo mucho que valen, sino porque ellos así lo han querido, y que la gloria que les han otorgado, por el mismo camino se la pueden quitar. No sabemos si en Francia existe costumbre de referirse al síndrome del Elíseo, pero el presidente Sarkozy podría ser diagnosticado del mismo en grado sumo.

Un ejemplo: El 31 de marzo de 2010, después del encuentro con el presidente norteamericano Obama, en Washington, afirmó que "Si hay alguna diferencia, la resolveremos hablando entre nosotros. Confío en Obama, y hablo en nombre de Merkel, de Brown y de otros líderes europeos".

A algunos comentaristas españoles les sentó mal que omitiera a Zapatero, actual presidente del Consejo Europeo. Pero a nosotros lo que nos pareció improcedente es que hablara en nombre de cualesquiera otros mandatarios. Debería haber, en todo caso, matizado que hablaba en representación de una exigüa mayoría de franceses. Y eso, aunque lo que estaba diciendo no eran, por supuesto, tonterías.