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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre la energía solar y las tarifas eléctricas

La brillante conferencia de Fernando Sánchez Sudón, director Técnico del Cener, pronunciada ayer en el salón de Actos de la Universidad de Comillas en Madrid, nos da pie a algunas reflexiones, surgidas al hilo de los datos y sugerencias de este brillante profesional. La ocasión fue la presentación del libro Energía solar: estado actual y perspectiva inmediata, auspiciado por la cátedra Rafael Mariño del ICAI.

1. La fuerte subvención a la instalación de placas solares (energía fotovoltaica), a raiz del RD 436/2004, que reguló la producción de energía eléctrica en regímenes especiales, -al que siguió el 661/2007-, ha apoyado un crecimiento masivo de estas instalaciones. La tecnología era conocida, las zonas de alta insolarización en España, muchas; el montaje, sencillo y rápido.  El kwh inyectado a la red desde instalaciones de menos de 100 KW de potencia se pagó en 2007 a 44 c, y así se pagará durante 25 añosl (indexado por la inflación), momento en el cual tendrá una tarifa 205 veces inferior hasta la total obsolescencia. No muy diferente es la tarifa para instalaciones entre 100 KW y 10 MW: 0,41 c/kwh.

Problema: ya se alcanzó el objetivo previsto: 400MWp instalados, límite que se estableció para las subvenciones, por lo que, en teoría, las instaciones nuevas ya no gozarían de subvención, al carecer ahora de marco regulatorio.

2. Uno de los dilemas a resolver, una vez alcanzada una masa crítica suficiente en cuanto a la capacidad de las empresas españolas en el sector, es si deben dedicarse las subvenciones estatales a seguir apoyando la producción (cuando se ha visto que ha favorecido la especulación inversora, creando multitud de huertas solares) o no sería preferible emplear los recursos públicos en potenciar la investigación y desarrollo de la tecnología, mejorando rendimientos y reduciendo costes.

Problema: las empresas dedicadas a la energía solar tradicionales, estaban en pérdidas sistemáticas, antes de implementarse los apoyos públicos. Isofotón y BP Solar, líderes locales en el sector, están empezando a apoyar la i+d directa. Una reducción o eliminación de las ayudas puede provocar la pérdida de posiciones, en beneficio de las empresas alemanas y japonesas, mucho más robustas financieramente y con mayores recursos propios.

Sobre los que no se enteran

Algunas gentes parecen haberse perdido mucho de lo que ha pasado a su alrededor. Cuando se les pregunta por su opinión al respecto de un suceso que deberían haber conocido, por su proximidad al "lugar de los autos", contestan, encogiéndose de hombres. “No se nada" o "Nunca vi nada anormal”.

Son muchos. Unas veces, los temas son triviales, anodinos, carecen de consecuencias especiales. Pueden ser los que escabullen el bulto al menor conato de una discusión, jamás actuarán de testigos de un accidente que hayan podido presenciar en la calle, nunca emitirán una opinión si se les pregunta al paso para un programa radiofónico. Puede que lo que sí hagan es tirar la piedra si están seguros de que nadie les ve.

Desde luego, no se habrían imaginado jamás que los que eran "una pareja anormal" -sus vecinos del piso de arriba- terminaran acuchillándose, y "no oyeron nada porque tenían puesta la televisión muy alta." Se escandalizarán, eso sí, de que la gente, hoy en día, sea tan poco solidaria -pero no van a aportar jamás un euro a ninguna ONG, "porque a saber quién se quedará con el dinero".

Existe la sospecha de que no se enteran porque no quieren enterarse. No desean problemas, claro. Comprensible: mientras no les afecte a ellos, quieren vivir tranquilos.

Pero la mala noticia para ellos es que algunas historias les afectan, y la indiferencia de la mayoría puede afectarnos a todos. Es el caso de la indiferencia de los millones de honrados y cumplidores alemanes que se convirtieron en cómplices de Hitler porque no se enteraron de lo que pasaba con los judíos cuando el Holocausto, a los que creyeron tal vez "que los mandaban a otro sitio” o que "algo habría hecho". 

También hay millones de ciudadanos que no se enteraron de las dictaduras chilena, argentina, guatemalteca, etc. y de sus crímenes contra los disidentes. "No nos dimos cuenta; estábamos a lo nuestro, porque somos gente de orden".

Algunos jueces españoles están persiguiendo actualmente a los presuntos culpables de asesinatos en masa de disidentes y genocidios que otros no quieren investigar.

Puede que algunos españoles crean que con lo lenta y atareada que es/está la justicia en España, habría cosas más urgentes y directas que resolver. Pero, aunque hay que reconocer que ese esfuerzo y dedicación de medios propios para desentrañar tropelías cometidas con otros, no va a tener más que una repercusión negativa sobre nuestra directa economía (nos costará dinero), tal actitud nos enorgullece.

Es una llamada de atención severísima para destruir las excusas de los que no se enteran, no quieren enterarse, porque creen que no iba con ellos.

Sobre los optimistas crónicos y los pesimistas satisfechos

Sobre los optimistas crónicos y los pesimistas satisfechos

Hay quien ve la botella medio llena, y quien la ve medio vacía, desde luego. Esto vale para casi todo en la vida, porque nos movemos siempre entre la ambición de conseguir más y el disgusto de no haber disfrutado suficiente.

No pretendemos enumerar ejemplos generales de las distintas maneras de enfrentarse con los problemas, que forman parte del panorama diario: la situación económica (final de etapa con descalabro o comienzo de una nueva con fundamentos); el paro (pérdida significativa de empleo o mayor estabilidad de los puestos de trabajo); la evolución de la humanidad; el cambio climático; el ambiente...

¿El ambiente? Sí, queremos aplicar el principio de la botella a la valoración del medio ambiente. Frente a quienes ven el deterioro de paisajes, la contaminación de los ríos, la proliferación de escombreras o el denso penacho de las chimeneas contaminantes, se alzan quienes hablan de la belleza de los parques preservados, el placer de caminar junto a las riberas asfaltadas, la conmoción sentida ante una puesta de sol junto al mar o la visión estremecedora de las cordilleras nevadas desde las alturas de un avión...

Pertenecemos al grupo de quienes están convencidos de que nadie como el ser humano actual ha influído tanto sobre el ambiente, y para mal. Pero es aún más grave que, por falta de concienciación y, dada la alta capacidad de actuación que la tecnología proporciona a cada individuo, todos nos hayamos convertido en feroces agentes contaminantes, porque tenemos el poder directamente en nuestras manos.

Cambios de aceite del coche al aire libre, plásticos, hojalatas, ruedas, cigarrillos, abandonados en la excursión campestre, poderosas rodadas de los cuatroporcuatro en paisajes antes impolutos, deseo frenético de viajar para obtener fotos personales que testimonien nuestro paso despilfarrador por esta Tierra, etc. Los grandes centros de producción, desde luego, pero todos somos agentes contaminantes, y a veces, muy dañinos: a sabiendas o de forma inconsciente. Los habitantes de los países más desarrolladosl estamos consumiendo paisaje a gran velocidad, y de forma irreversible, aunque intentemos tapar los agujeros de nuestra sensibilidad de acero con "medidas sostenibles".

Puede que la botella esté aún medio llena. Pero es que estuvo completamente llena, amigos.

Sobre los premios Goya y su relación con la elegancia hispana

Si hay circunstancias o momentos en los que adquiere mayor expresividad el reflejo de lo que hoy es typical spanish, una de ellas es la ceremonia de reparto de los premios Goya a la industria cinematográfica. Hay detalles de bulto, de matiz y de concepto, que marcan la diferencia.

En primer lugar, ¿qué se pretende?. Elevar el prestigio del cine patrio, de sus actores y de sus artífices, sería la respuesta obvia; llamar la atención sobre la producción española y sus mejores películas y personajes.

¿Se utilizan los medios adecuados?. Juzgue el espectador. Se ha preparado una ceremonia en la que se desarrolla un espectáculo posiblemente costoso, pero sosete, falto de ritmo y, en muchos momentos, chabacano. Los presentadores de cada premio actúan con cortedad y poca gracia, en general. Una parte excesiva de los chistes y caracterizaciones del conductor del programa son groseros. Se ridiculiza aquello que se desea prestigiar: a la Asociación, a su presidente, a los creativos más respetados y a los actores y actrices más conocidos, amparándose -suponemos- en que "el público lo demanda". La sangre vende mucho y las películas de terror son las prefridas del "respetable".

Hay detalles a tono. No se conceden premios a películas extranjeras "porque no vienen a recogerlos". Pocos de los galardonados están vestidos para una ocasión de gala; los sincorbata y hasta los convaqueros proliferan. Las palabras de agradecimiento de quienes recogen los premios son propias de un colegio infantil, salvo excepciones que, por supuesto, asombran. (¿Es que todos los que asisten a la gala no creen tener la mínima oportunidad de que les den algún premio?)

Lo de menos es ya, seguramente, que los galardones se concentren reiterativamente en dos o tres películas, -con criterios indescifrables para el espectador culto-, o que la Academia esté a punto de conceder el premio al mejor actor a un niño de seis años, o que se traduzcan tan a las claras las tensiones internas por las que vive y muere la institución que parece que ese fuera el hilo conductor del espectáculo.

Lo de más, es que los premios Goya reflejan lo que no querríamos que pensaran de nosotros, los españoles, en una ceremonia: que no somos ingeniosos, que no nos lo tomamos en serio, que los premios están decididos de antemano por gentes que se complacen en alardear de que disponen de escasa imaginación y afilados cuchillos.

Sobre los modos empresariales en la política

Seguramente no hubiera sido necesario que Manuel Pizarro, abogado de Estado en excedencia y Ex-presidente de Endesa, entre otros brillantes aspectos de su currículum, se hubiera afiliado al PP para ser incorporado a las listas de candidatos de ese grupo político en una posición muy relevante. Para algunos observadores críticos de su actuación pasada -de los que ven las cosas desde la otra acera, y, además, con cierto desfase-, habría sido en los últimos años "un peón de los dirigentes populares".

Este físicamente menudo profesional del mundo de la empresa y las finanzas, se mueve en los terrenos de la política directa, sin embargo, de una peculiar manera. Rotunda, ácida, rígida. Podría confundirse con ingenuidad, y por algunas de sus expresiones -"acabo de visitar por primera vez los mercados de la Boquería y del Carmelo", parecería dispuesto a hacer creer que se ha caído del guindo hace cuatros días. Como si hubiera estado encerrado en una urna de cristal, atareado en el cometido de hacer más ricos a los accionistas de Endesa, más serios los tejemanejes bancarios, más sólidos los fundamentos de la empresa, cumpliendo con su inmensa capacidad de trabajo los delicados cometidos que se le habían puesto, sucesivamente, en las manos.

Puede que sea cierto que Pizarro siempre se sintió militante del PP (como él mismo ha confesado), y que su identidad con la cúpula del partido sea total, y, por ello, que se convierta en un recambio posible (uno más) si alguno de los líderes de esa fuerza política flaquea. Repite que "tengo mucho trabajo/tengo mucho que leer/debo aprender rápidamente", y, por sus intervenciones, está poniéndose al día rápidamente, a costa de que, absorto en los informes económico-políticos que le deben hacer llegar a miles, no tenga tiempo ni para enterarse de quiénes fueron los ganadores de los Goya en la gala del 3 de febrero de 2008.

Pero para Alsocaire, con el debido distanciamiento, oyendo sus manifestaciones y viendo sus maneras, la situación de este empresario metido a político le trae al recuerdo la de otro extraído de un entorno diferente, también con altas cualificaciones, para servir de activador y motivador de los decadentes ánimos. Nos referimos a la campaña del juez Baltasar Garzón dentro del programa del PSOE, y su bien conocida espantada, al grito de "no es eso, no es eso".

Porque la política, en nuestro país, ha ido perfilando modos y maneras singularísimos, entre los que la flexibilidad respecto a los principios parece una de las cualidades sustanciales para subsistir. Si estás fuertemente convencido de tus ideas, y deseas convertirte en ariete para penetrar con ellas en las filas de la indiferencia de los demás, lo más probable será que no puedas cambiarlas cuando haya que hacerlo.

En consecuencia, tus compañeros de viaje político (los verdaderos profesionales) te acaban dejando de lado, con un par de cuchilladas en la misma espalda en donde te habían atiborrado de palmadas, al darse cuenta de que lo que te sucede es que te creiste plenamente tu papel. Y puede que, a diferencia de Garzón, a Pizarro (por la edad) el retorno a su realidad le coja ya algo mayor, sin tiempo para volver donde  solía.

Sobre los disfraces más comunes

Las fiestas del Carnaval suponen una explosión de alegría y una invitación a la diversión, incluso al desenfreno. Mucho se ha escrito sobre ellas, su origen pagano, su recuperación para subrayar, desde la perspectiva cristiana, la inevitable relación entre carnalidad, disfrute y muerte y así, mover a la reflexión sobre lo corto de la existencia.

Como origen de la Cuaresma, y depojadas hoy de su carga religiosa, son un símbolo de la sociedad hedonista, que cree liberarse de la realidad ridiculizando aquello que más teme, sepultando en una muestra de alegría colectiva lo que más daño nos hace: el pensamiento de la muerte.

Los disfraces forman parte sustancial del Carnaval. Con el disfraz nos ocultamos, pero también nos presentamos de manera diferente a la habitual, ante los otros. Nos ocultamos, vemos sin ser vistos, y solo descubrimos nuestra verdadera identidad cuando nos apetece.

El disfraz es algo diferente al vestido, a lo que se lleva por moda o por resguardarnos del calor, de la impudicia o del frío. El disfraz alcanza categoría de tal cuando está claro que, interpretando nuestro personaje habitual, jamás nos presentaríamos así. Por eso, podemos disfrazarnos si desempolvamos del arcón el traje de la bisabuela o nos cubrimos con un traje de otro lugar, de otra cultura.

Hay quien se gasta mucho dinero en disfrazarse, quien se limita a tapar el rostro, o quien utiliza un derroche de imaginación y fantasía.

Resulta curioso que una parte de los disfraces masculinos consistan en disfrazarse de mujeres, incorporando unos pechos prominentes, medias caladas y tacones a la figura. Pocas mujeres se disfrazan, sin embargo, de hombres: los disfraces de las regiones cálidas consisten mayoritariamente en adornarse con plumas y ropajes vistosos, o desnudarse hasta límites muy cercanos al quebrantamiento del pudor.

Las madres disfrazan a sus niños de gatitos o conejitos o soldados y bandidos. En las fiestas de sociedad, ellos suelen ir vestidos de Charlot o de árabe (evidentemente, menos en los países árabes) y ellas de vaqueros con pantalón corto o de chica años veinte (del pasado siglo). Por la calle, se verán muchas caretas de monstruos, zapateros, rajoyes y calaveras.

He aquí alguna relación de disfraces originales: mesa camilla (utilizando la cabeza de florero); abeja (empleando dos coladores como ojos y dos bolsas de la basura como alas y, obviamente, con una camiseta a rayas amarillas y negras); aborto (no olvidarse del cordón umbilical y una leyenda adecuada: yo pude ser premio nóbel); chulo de meretrices (convencer a varias amigas para hacer la cohorte y así, eventualmente, ganar algo de dinero); personaje a caballo (un amigo puede hacer de acémila); caperucita y el lobo; lápiz y papel; culo y supositorio; pie y zapato; pájaro y nido; ...

El disfraz que más nos inquieta, sin embargo, es el de observador. Oculto detrás de una cámara digital, el observador obtiene fotografías de cuanto le rodea y, al llegar a casa, repasa las historias que pudo haber vivido, de haber tenido la valentía de mostrarse a los demás tal como es.

Sobre la inter-relación entre religión y política

Religión y política son dos maneras de interrelación con lo que trasciende al ser humano individual. Con la primera, desde que los primeros antropoides tomaron consciencia de su condición vulnerable, trataron de lanzar mensajes de simpatía hacia supuestos seres superiores, que tenían, forzosamente, que poseer la solución a todos los arcanos y misterios que les rodeaban. Con la segunda, buscaban la forma de organizar mejor sus vidas, para defenderse de los peligros inmediatos, y sacar beneficio de la fuerza e inteligencia conjuntas.

Podían, tal vez, haberse sostenido como dos actitudes compatibles, es decir, complementarias. Pero la tentación de mezclar los sectores de influencia de ambos fue, siempre, muy fuerte. Alardear de poseer las claves del mundo invisible, apoyado con eventuales manifestaciones cósmicas que pudieran ser atribuídas a los poderes de quienes convocaban las fuerzas del más allá, tuvo siempre importantes réditos, que se traducían en más poder y más respeto para organizar la vida de los semejantes en el más acá. Así hicieron fortuna muchos gobernantes y sus séquitos próximos.

Las religiones han demostrado un inmenso poder adaptativo para incorporar los avances de la ciencia y la técnica, y disculpar sus errores de percepción social, aunque sin descuidar la proximidad al poder terrenal,  bien para apoyarlo o para criticarlo. La figura de Jesús, cuyo atractivo histórico no se puede cuestionar, supuso un avance no superado hasta ahora, en dar consuelo a una población prácticamente endógena, dándoles fuerza moral para soportar adversidades y cohesionarse. Tuvo también otro efecto: incorporar principios éticos universales a un concepto religioso que, hasta entonces, había sido demasiado pedestre, obsesivamente preocupado por controlar a los débiles.

Posteriormente, hubo diversas adaptaciones de aquel esfuerzo ético para reconducir las obsoletas religiones, siendo una de las más curiosas, -por lo que significa, en general, de paso hacia atrás- la del islamismo, cuyo efecto de proselitismo en la llamada modernidad puede parecer sorprendente a quienes no conocen o no quieren conocer los entresijos del mundo árabe.

La toma de posición de la Conferencia Episcopal Española no tiene porqué sorprender. La religión nunca ha dejado de servir a la política, de interpretar la política. Extraña, sin embargo, que, después de lo que algunos creían que había conseguido la religión católica en España, después del fiasco de la guerra civil, que era mantenerse distante prudentemente de las interpretaciones del día a día, para reconducirse hacia las mejoras sociales, vuelva a convertirse en garante de hipotéticos mensajes de la divinidad,  respecto a la homosexualidad, el celibato, el aborto, la eutanasia, etc.

Los dioses no parece que se hayan esforzado en darnos ningún mensaje en ese sentido y las iglesias deberían entender (la católica, desde luego, también), que hay cuestiones que pueden afectar al debate ético, pero como no se trata de principios globalmente aceptados, es muy posible que cada sociedad tome sus decisiones, mal que le pese al pasado y al futuro, como le parezca en un momento dado. Si las decisiones van por el camino de la tolerancia y no causan daño a terceros, bienvenidas sean.

Sobre Enrique Loewe, Asturias y la moda (o la poesía)

Sobre Enrique Loewe, Asturias y la moda (o la poesía)

El 30 de enero de 2008, en la sede de la delegación de Asturias en Madrid, que ahora dirige Miguel Munárriz, se hizo una presentación del catálogo de un grupo de empresas de la moda y del diseño asturianas, que presidió -al menos, al inicio-, el Presi del Principado, Tini Areces, y que contó con la colabóración excepcional de Enrique Loewe, ese empresario atípico que promociona la poesía y el arte, además de ganar dinero.

Los temas que afectan a la asturianía, preséntense donde se presenten, cuentan siempre con una asistencia nutrida y entregada de asturianos en el exilio y simpatizantes. Este fue, desde luego, el caso. Además del atractivo de la presentación del dinámico grupo de empresarios que forma la Asociación de Diseño y Moda de Asturias (Adyma), se contaba con el aliciente de las palabras de Enrique Loewe, que viene apoyando esa actividad desde el inicio.

Además, se unió al acto Vicente Areces, que estaba por Madrid para dar una conferencia invitado por el Nuevo Foro de Economía y, entre otros asistentes en la mesa presidencial, junto a Camino Díaz, estaba Lucía Hidalgo (de Cosmopolitan) y el diseñador Angel Fernández, que había vestido a la guapa presentadora Wanesa, dándole aún más encanto -a varones como a hembras-, si cabe.

Areces expuso algunas cifras, en un discurso improvisado que demostró, también, que lleva a Asturias en la cabeza. La moda es un sector de futuro para Asturias, que debe tomar ejemplo de las tics, que suponen ya un 16% del pib de la región, que huye de la visión de una autonomía en crisis, de la que dijo, se ha liberado.

Enrique Loewe estuvo próximo, hasta intimista, y, por ello, especialmente interesante. Habla con claridad, y aunque no contó anécdotas, su forma de expresarse es ya una vivencia. "El lujo se ha hecho en nuestro tiempo mucho más asequible: antes era patrimonio de unos pocos. Hoy no es preciso épatar con un bolso de cocodrilo para vestir a la moda, y está más vigente que nunca la amenaza de que la mona, aunque se vista de seda, mona se queda". La clave estaría en entender que "la moda es expresión de una forma de vivir, propia, cuya sanción es la indefinición y hasta el ridículo".

"La moda es, en fin, educación y forma de cultura, y se es más cuanto mejor se sepa elegir, aquello que te ayuda a ser tú mismo, o a disfrazarte si te apetece, exponiendo el lado que desees de tu personalidad", dijo -más o menos-, Enrique Loewe, jugando siempre entre la moda y la poesía, pues, afirmó, desde hace diez años se encuentra libre para decir lo que piensa sin la preocupación de la rentabilidad. No en vano, el éxito comercial de este empresario le permite gozar de un bienestar económico que añade a su encanto personal, la libertad para hablar con comodidad de lo que puede ayudar a otros a encontrar el camino de la rentabilidad, disfrutando por ello.

Sobre los intermediarios bancarios y sus controladores

Un tal Jerôme Kerviel, un joven de 30 años que pretendía conseguir el máximo incentivo anual que estaba previsto para su categoría de meritorio bancario, y que cuadriplicaría su sueldo, hizo tambalearse la banca francesa, abriendo un agujero de oscuras consecuencias en la sociedad que le daba de comer, Societé Generale (SG).

Kerviel era especialista en la compra venta de contratos de futuro, magníficamente potenciados con la posibilidad de hacer operaciones en tiempo real en cualquier lugar del mundo. Mientras algunos afortunados sentados ante sus ordenadores conocen las cotizaciones de los valores bursátiles en milisegundos, y cualquier plaza financiera, otros seres confiados se dedican a ganar su dinero en trabajos menos sofisticados, confiando sus ahorros a hábiles bancarios que están "cuidando" su dinero.

Una de las fórmulas de aprovechar los huecos del mercado aparece en los llamados mercados de futuros. En teoría, nacieron para que se pudiera disponer de dinero antes de que el producto final estuviera en el mercado. El cuento de la lechera, hecho realidad económica; la historia de la aceituna que se vendía como árbol, en fin. Pero también se puede hacer algo mejor, sin necesidad de esperar tanto tiempo: simplemente, se compromete una cantidad de dinero para comprar un valor en una Bolsa, y, simultáneamente, se ofrece a la venta en otra plaza, a un precio algo superior. Si las operaciones cuadran, y se hace miles de veces en poco tiempo, se puede hacer así mucho dinero.

Kerviel ha dicho en sus declaraciones que él era un mandado y que sus jefes estaban al tanto de lo que hacía. Su único problema es que sus ascendentes resultados se quebraron porque se equivocó en las previsiones, y apostó mucho dinero de los clientes del Banco en posiciones que resultaron perdedoras, porque el mercado se torció. Ay. No tuvo más remedio, asustado, que falsear los resultados, inventando operaciones ficticias, esperando que la tormenta pasara. Al fin y al cabo, había estudiado en las Altas Escuelas de Economía que el mercado, a la larga, siempre es alcista. Cuando los departamentos de control de su entidad enviaron mensajes al departamento para que explicara lo que estaba haciendo, nadie se tomó la molestia en contestarles.

Parece ahora que ese poco escrupuloso bancario apenas treinteañero ha puesto en peligro a la SG, al sistema bancario francés y hasta redujo la liquidez en varios fondos europeos. Chapeau. El sueño anticapitalista de los viejos seguidores de Marx puede hacerse realidad con solo un ordenador, una clave, y montones de plácidos controladores únicamente preocupados por conseguir los más altos bonus. Mientras, los ahorradores pueden dormir, eso sí, algo más intranquilos. Alguien estará moviendo sus ahorros para obtener altas rentabilidades. Hagan juego, señores.

Sobre lo que nos importa el resultado de las elecciones en Estados Unidos a los demás

El interés con el que seguimos la evolución de los avances y retrocesos de los candidatos a Presidente de los Estados Unidos, y el diferente énfasis que, según las tendencias ideológicas, están teniendo en los media españoles las vicisitudes, nos da pie para pensar que, en efecto, nos importa -y mucho- el resultado de las elecciones en USA.

¿Tanto? ¿De veras creemos que sería mayor la sintonía, pongamos por caso, entre Rodríguez Zapatero y Obama o Hillary o entre, -siempre en hipótesis-, Rajoy y McCain o Romney?.

No deja de ser una ingenuidad. En primer lugar, porque el papel individual de España para esa inmensidad de culturas homogéneas que son los Estados Unidos, es próximo a la nulidad. Aunque, eventualmente, y dado el desconocimiento de geografía mundial que poseen los norteamericanos, un presidente norteamericano pueda presentar a uno o dos "colegas" europeos para defender lo impresentable, la verdad es que los españoles no dejamos de representar aspectos folclóricos de Europa para el ciudadano medio de allá.

Resulta, sin embargo, que, dentro de los equilibrios deseables entre dos bloques económicos de la entidad de Europa y Estados Unidos, es interesante que en la Unión Europea se mantenga una cierta diversidad ideológica entre los dirigentes, y Zapatero sirve, dentro de su moderado izquierdismo, como elemento de suave contraste a las tendencias reaccionarias de Merkel y Sarkozy. Es posible también que la apuesta por Hillary de Zapatero le reportase algunos créditos traducibles en sonrisas y apretones de manos rentabilizables. Más oscuro y problemático sería el rédito si la victoria fuera de Obama o de los republicanos.

Por el lado de Rajoy, la estrategia ante los Estados Unidos aparece mucho más difusa. Se conocen las buenas relaciones (a salvo de la aún difícil expresividad en inglés de Aznar) entre el ex-presidente y Bush, pero no parece trasladable a terceros. En el campo del PP, pues, la apuesta deberá ser que gane McCain, como mal menor y, si la campaña española se endereza, que Rajoy, investido presidente, luzca su buen inglés ante el nuevo presidente republicado de los Estados Unidos.

Sobre las promesas electorales y sus garantías de cumplimiento

Será por madurez democrática, pero las ideologías no bastan para atraer el voto de los electores. No es suficiente definirse como de izquierdas o derechas. No basta hacer ver que el contrario es un incompetente, sus ideas para generar puestos de trabajo y riqueza, ridículas o insuficientes.

Por supuesto, si los candidatos provienen de un lado del espectro dirán que no solamente mantienen las medidas sociales, sino que las mejoran; y si se acercan al centro desde la otra orilla, no habrá empacho en presentar sus buenas relaciones con los principales detentadores del capital, alabando la importancia de la iniciativa privada y del mercado.

Algunas de las promesas electorales de la recién iniciada campaña por la presidencia del Gobierno español, han puesto el dedo en la llaga de lo que, en verdad, significan las campañas electorales y lo que se mueve en ellas. El país ya está curado de espantos de los supuestos riesgos de que gobierne PP y PSOE, ya se ha hecho maduro respecto a las dificultades de que las mujeres de los Césares y los propios Césares sean honestos, además de parecerlo, y, desde luego, en este momento está asumiendo que le tocará aguantar una crisis que, como otras veces, habrá sido generada, fundamentalmente, más allá de nuestras montañas.

Lo que es nuevo en el panorama es la ligereza con la que los políticos prometen, justamente ahora, nuevos dispendios del erario público: rebajas en los impuestos, con devolución para todos o bonificación para las féminas; más viviendas para los mileuristas; aumento de las pensiones; etc. Nadie habla de aumentar los impuestos, sino de acrecer el gasto y reducir los ingresos. La conclusión podría ser, pues, que la capacidad de actuación del Estado ha llegado a su límite con el dinero recaudado, y que se prefiere beneficiar a grupos concretos de votantes, tratando así de movilizar sus voluntades.

¿Hemos llegado al límite del Estado del bienestar? ¿Prefieren nuestros políticos que cada particular gestione el dinero como mejor le parezca, en la idea de que esa actuación individual será más beneficiosa que la gestión pública? ¿O acaso, puesto que no existe una fórmula clara de exigir responsabilidades por el incumplimiento de los programas, han iniciado la carrera de prometer desde la muñeca andadora a la batería de cocina, sin que les preocupe no poder atender a ese reparto de premios prometido?

A nosotros nos parece que las medidas propuestas deben estar perfectamente cuantificadas, han de ser cumplidas, y las promesas electorales deben venir respaldadas por un programa coherente, en el que, junto a las hermosas palabras, aparezca el coste de las medidas y la forma de llevarlas a cabo. Querríamos elegir buenos gestores, honestos, serios, y con permanente disposición a ser juzgados por su labor. Políticos que, cuando se equivoquen, lo reconozcan.

No nos gusta, sin embargo, que -por los síntomas- piensen en nosotros solo cada cuatro años, cuando se juegan su puesto, sino que valoraríamos que lo hagan en cada momento del su mandato, cuando lo que está en juego entonces es el puesto de trabajo y el bienestar de aquellos a quienes reclaman ahora su voto.

Sobre las solteras

No pretendemos hacer creer que un estado civil determine una tipología de seres humanos, ni mucho menos que defina un carácter, pero resulta muy atractivo pretender el análisis de lo que hace peculiares a las solteras en nuestra sociedad.

No nos referiremos a todas las mujeres solteras, sino que delimitaremos este comentario a realizar una prospección sobre las circunstancias peculiares de las que tienen, en este momento, entre los cuarenta y los sesenta años. Han nacido entre los cuarenta y tantos y los sesenta y algo del siglo pasado, con la lógica flexibilidad para fijar las fronteras.

Son mujeres que, para empezar, parecen disfrutar de su situación, y, sin alardear de ello, ponen de manifiesto claramente su independencia cuando tienen ocasión. No están, ni mucho menos, rendidas a la ceremonia de la seducción, sino que se entregan a ella con peculiares ahincos. Como consumidoras, gastan mucho dinero en cremas, peluquerías, ropas, regalos que se hacen a sí mismas. Pero su objetivo no son los hombres (ni las mujeres), sino gustarse a ellas mismas.

Se equivocaría de medio a medio quien, venido de otras galaxias, imaginara que su soltería las hace inocentes de las artes amatorias, panolis en las actividades sexuales, vírgenes expuestas a que se las capte con cuatro zalamerías. Por el contrario, a poco que se las comprenda, lo que dejan intuir es que saben como nadie de noches desveladas, traiciones a otros amores, declaraciones a la luz de los alcoholes, mentiras de alcoba o despedidas ya de madrugada. No son obsexas, por supuesto, pero conocen lo que dan de sí los juegos de la cama, lo que son las lágrimas de rabia, las esperas inútiles, los gozos.

En el trabajo, normalmente se hacen imbatibles. No distinguen fines de semana de lunes por la noche, no hay quien les espere si ellas no quieren . Dicen lo que piensan a las claras. Les cantan las cuarenta y más alto a compañeros y compañeras. Tienen juicios sobre lo que habría que hacer o deshacer que rascan, desbaratan o conforman. No por ello las vemos destructivas, aunque será difícil venderles como bueno un jamelgo blanqueado. Eso sí, si alguien necesita que se cumpla el programa, que recurra a las solteras para que se encarguen de llevarlo a buen sitio. Puede que no caigan simpáticas, pero los otros sabrán porqué, a causa de los esqueletos que, como buenas observadoras, ven en los armarios.

No habiendo sido madres, son más duras para juzgar a los infantes, especialmente los que lucen bigotes y triquiñuelas de pasillo. No habiendo sido esposas, desconfían. Por haber sufrido como amantes, tienen una sonrisa algo cínica cuando se las piropea. Puede que estén esperando su momento. Puede también que lo que esperen es el momento de los otros.

(Hay un libro sobre las solteras, escrito por Bert Baeza, que anda por algunos kioskos y pocas librerías, y que deberían adquirir quienes quieran saber más sobre las solteras, esas mujeres de las que no se habla, y que algunos incompetentes siguen confundiendo con las solteronas de antaño, las tietas de Serrat: en seus genolls no duerme ningún gat castrat, sino la espléndida sorpresa que están dispuestas a desvelar solo a quien a ellas apetezca)

 

Sobre las razones del envejecimiento prematuro

Si Vd. quiere envejecer rápidamente, haga el firme propósito de no disfrutar de cuanto le rodea. Piense en el mundo con irremediable pesimismo: si no le bastan las ideas generales (calentamiento global, pérdida de valores, amenaza nuclear, fracaso del desarrollo sostenible, etc.) aproxime todo lo que pueda el ascua a su sardina. Y, por supuesto, vea la sardina chamuscada o el ascua exangüe.

Aprovéchese de cuantas oportunidades le den los demás para verse ya fuera de todo circuito de poder o disfrute. A  los veinte, laméntese de los momentos de irresponsabilidad de la niñez; con la frontera de los treinta, duélase de haberse casado demasiado pronto o no haberlo hecho todavía; con cuarenta, razone sobre lo mucho que se ha perdido, pero, sobre todo, enumere las cosas que ya no podrá hacer (aquellos malabarismos de gimnasta quasi-profesional; tantas noches en vela sin que las ojeras delataran su cansancio el día después).

Si ya está en los cincuenta, lo tiene aún más fácil: la amenaza de la prejubilación es inminente, y si está tocado por el dedo que decide quién es superfluo o imprescindible, convénzase de que nadie valorará su experiencia o su destreza. Cumplir los sesenta sabrá convertirlo en memorial de achaques: si no es la próstata, el reúma, las rencillas; haber perdido al dominó, caerse del caballo. A los setenta, le quedan cuatro telediarios y docenas de miles de medicinas de alto coste aunque sin valor, simples placebos: no le llama nadie, y ya no tiene sentido que aprenda ni a tocar el timbre del datáfono.

¿Llegó a los ochenta?. Póngase a temblar. El cerebro le trae recuerdos de la infancia y la juventud que a nadie interesan; los compañeros del geriátrico se han muerto todos; lleva ya dos operaciones a vida o muerte y la enfermera que le atiende no tiene más interés que pedirle su número de cuenta corriente. Si cumple los noventa, no será porque haya disfrutado de su existencia hasta aquí, simplemente le están recompensando desde arriba (si es que hay alguien) por los años perdidos.

En fin, si quiere saber las razones del envejecimiento prematuro, no tiene más que tomar cada día de la misma medicina. Piense que no le quieren, que no sirve para nada, que nada tiene que ofrecer a los demás. Pero si quiere vivir mucho tiempo y, sobre todo, hacer felices a los que le rodean, trate de sorprenderse cada día llevando la contraria a la intensa fuerza que le pretende convencer de que este podría ser el último de su vida.

Sobre el escusado o excusado

No hace mucho, se decía "ir al retrete"; ahora se prefiere murmurar: "me voy al baño"; tal vez "al aseo" o, más simplemente, se desaparece unos instantes. En todos los idiomas se emplean diversos eufemismos para designar el lugar al que enseñamos las partes más secretas. La primera vez que un norteamericano pregunta "Where is the John?", siempre hay algún neófito que contesta"no tengo ni idea", creyendo que se interesa por Juanito, el colega que suele llegar tarde.

Hablamos del escusado, el sitio en el que uno se encuentra en la soledad de su propia corporeidad, allí donde nadie puede hacer lo que nos corresponda por nosotros, allí donde la taza, la cadena y el lavabo reclaman atención varias veces al día.

Claro que no pretendemos ser soeces ni vulgares con este Comentario. Por el contrario, queremos hacer, con la debida discreción, la exaltación de ese cuarto menospreciado de la casa, que tanto sirve para recuperar los equilibrios perdidos y tanto nos ayuda con su multivarianza. En el excusado nos hemos recluído muchas veces de niños, para recuperarnos de una rabieta. Allí hemos fumado los primeros cigarrillos, conocido los escondidos privilegios del sexo en solitario (o puede que en furtiva compañía). En los escusados se leyeron novelas prohibidas en edades benditas, se llora todavía; en él se cultiva Narciso y se acicala fantasía, creyéndose Galatea.

Hay quien tiene en ese lugar tan poco venerado oficialmente, una biblioteca completa, anunciando así a los demás presuntas dificultades con el tránsito intestinal. Otros guardan profusión de colonias, cremas y combinaciones de pócimas y aceites que, por lo menos, reflejan el deseo de estar más bello, seducir por seguro, amagando vencer el paso de ese gran enemigo de la felicidad que es el tiempo.

Lejanos los tiempos en que a los niños nos daban un trozo de periódico y nos invitaban a hacer nuestras necesidades por el campo,  épocas donde el retrete o la retraite cerrados eran cosa de más ricos. Mucho más años pasaron desde el "agua va", arrojada a la calle sin fijarse en los viandantes. Hoy los excusados se adornan de colores, se enseñan exultantes, y los genuinos roca tienen competidores en diseños italianos, franceses o nipones, no siempre buscando la comodidad de posaderas.

Algunas piezas de los excusados más completos han perdido posiciones, víctimas del espacio y del desprecio -digamos el bidé, que tantos pies sirvió para lavar, y tantos alivios procuró a venas desatadas y, por supuesto, aderezó meublés y casas de cuidado-. Otros recursos, en cambio, han aparecido, en competencia con el váter y la ducha, orgullosos o modestos, desde jacuzzis hasta adminículos deportivos, secadores, balanzas, cepillos eléctricos y prisas.

El escusado cumple, en fin, el papel del punching-ball; es el cuarto en donde, a solas, podemos pasar revista a nuestra vida, preparar estrategias y consolar decepciones,  hasta que alguien aporrea la puerta y nos urge: "¿para cuándo?", haciéndonos caer a la realidad desde la altura.

Sobre la relación entre el gusto y el poder adquisitivo

El sentido del gusto, localizado exclusivamente -cuando se sabía menos- en las papilas de la lengua, se ha ido haciendo complejo. Ahora sabemos que se educa, que los sabores tienen múltiples manifestaciones y que, para evocarlos, hay que recurrir a la literatura y, dentro de ella, a la poesía. No se le ocurra a nadie decir que "este vino se traga bien", si pretende estar a tono con los tiempos. Habrá que encontrarle sabores a campo y a melocotón, decir que es suave y aterciopelado en boca y que recuerda esencias de violeta y primavera.

Si de comer se trata, y Vd- quiere quedar en el gruppetto como connaisseur de lo que es cool, en el restaurant(e), o pide solomillo muy hecho (que es como decir, "paso"; o tiene que entregarse a la descripción evocadora de los platos, leyendo la carta de pé a pá, tratando de trasladar a elementos digestibles, las rimbombantes texturas y arriesgadas combinaciones de productos de tierra, mar y aire.

Ese ejercicio de adivinanza le hará sentir la emoción de acertar o no en la comestibilidad de lo que aparecerá en su espacio vital  traído con pompa por el servicio de taula: ¿ternera a la parrilla de huesos de aceituna? ¿milhojas de vegetales de estación con huevas falsas de tubérculo y quenelle de azafrán? ¿espuma de mar al eneldo con reconstrlucciones de coquillas a la manera de Provenza?...

Entre un pincho de tortilla de patata tomado en el bar de confianza y las delicias gastronómicas ideadas por Subijana y el cuarteto divino de la cocina española, hay mucha diferencia, gastronómica y de presupuesto. En un solo plato, la diferencia económica puede venir afectada por el multiplicador cien.

En Madrid Fusión, un año más, los creadores de la restauración han compuesto su circo mediático para demostrar a los que buscan nuevas sensaciones y tienen forma de pagárselas que el ser humano occidental hace tiempo que ya no come para subsistir, ni cocina para hacer más digestibles (puede que, también, sabrosos) los alimentos.

El mensaje es: si Vd. puede pagárselo, no vulgarice el acto de comer, no coma por saciarse. Conviértalo en un espectáculo inolvidable. Déjese guiar por los expertos del teatro y, eso sí, no se olvide de comprar algún fiambre para guardar en su nevera para el caso de que retorne con hambre a su deplorable carnalidad desde el país de fantasía en donde, por unos momentos, le hicieron creer que el Paraíso está en lo desconocido.

Sobre la potencia calorifica del gas de ciudad

Si Vd. es observador, habrá notado que hay momentos en que la cafetera italiana con la que se prepara el café tarda muy poco en completar la operación, y otros en que parece eternizarse. ¿La razón? El poder calorífico del gas ciudad que llega a su instalación ha cambiado.

En Madrid, por poner un ejemplo concreto, a principio de la mañana (sobre las siete y media a ocho), ese poder calorífico es manifiestamente inferior que el que se proporciona a la red a, digamos, las cuatro y media de la tarde. La proporción de nitrógeno del gas debe ser, por tanto, notablemente superior.

Ignoramos cómo se toman las decisiones de variar las cantidades de gas natural que se suministran y, ay, qué efecto tienen sobre la facturación a los usuarios. La legislación vigente es un tanto oscura al respecto, dejando en el aire las responsabilidades concretas del proveedor para garantizar un mínimo de poder calorífico al gas entregado a la red y, desde luego, qué tipo de compensación se reconoce a los usuarios. Los contadores volumétricos, desde luego, lo único que miden es -a partir del dato de la velocidad con la que se mueven sus ruedecillas- las cantidades de gas que pasan por ellos, no sus cualidades para calentar el agua del café, de los radiadores o de la olla del cocido.

Sobre fotos, infantes e intimidades

¿Qué aspecto tendría Viriato? ¿Sería el tipo de facciones serenas y aspecto hercúleo con el que era perfilado en los libros de historia que estudiábamos en la última postguerra? ¿O le cuadraría mejor el rudo testuz de un pastor abandonado a su suerte desde la niñez? ¿Y Jesucristo? ¿Tendríamos que acudir a las imágenes de Murillo para embobarnos en sus rizos y cara plácida de chavalote bien alimentado?.

Ninguna elucubración hará falta si cualquiera de los niños que han nacido en los últimos diez o quince años llega a traspasar el umbral de lo anodino y se convierte en genio o referencia para los demás. Desde las primeras horas contará con cientos, miles de fotografías, en todas las posturas y situaciones imaginables. Papás, tíos, hermanos, gentes que pasaban por allí, tomarán instantáneas de cualquier instante de su vida. Si ha llegado a la prometedora edad de cinco o seis años, dispondrá, muy posiblemente, de una cámara digital con la que podrá ejercitar sus dotes artísticas fotografiándose a sí mismo y a cualquier cosa, animal o ser imaginario que se ponga al alcance.

No hará falta insinuar que, por supuesto, tan pronto se asome a la adolescencia, tendrá uno o varios aparatos que serán teléfono, reproductor de sonido y captador de imágenes, incluso secuencias de varios minutos. Con ellos podrá dejar para la posteridad cualquier hazaña de la que sea capaz, desde el primer gol con su equipo de barrio hasta el diploma de subcampeón de minibasket, sin olvidar la opción atractiva de registrar la paliza dada a un compañero de clase que le caiga mal.

Esa rotura permanente de la intimidad infantil, está, por el contrario, severamente protegida por la interpretación de una ley que se refiere a la captación y difusión de la imagen de los niños. En los periódicos y semanarios vemos con mucha frecuencia (porque no se trata de algo sistemático) que las fotos con la cara de los niños, hijos de famosos o del tendero de la esquina, están difuminadas o cubiertas con una mancha que impide reconocerlos.

He aquí uno ejemplo más de las contradicciones en que vive inmersa nuestra sociedad pazguata. Tomamos frenéticamente testimonios de la vida de nuestros retoños, amontonando miles de fotos sin valor en ordenadores y álbumes, y no somos capaces de reconocer el valor de la sonrisa de un niño ante la cámara. Una sonrisa que debería servir para recordarnos la alegría que hemos perdido en nuestro mundo de adultos, preocupados ahora, también, porque, con la difusión de ese rostro, alguien ose raptarnos a la criatura y pedirnos su rescate.

Preferimos creer que mantenemos a los niños en la falsa protección  de esos archivos casi completos, trazados en tiempo real, de las imágenes de su vida igual a la de cualquier otro.

Sobre la energía nuclear y algunas otras incomodidades

Los detractores de la energía nuclear (por fisión) tienen razón: la conservación sin peligros durante unos cuantos miles de años de los residuos de alta radioactividad no está plenamente garantizada y, aunque la seguridad de funcionamiento de las centrales ha alcanzado niveles que no se encuentran en ninguna otra actividad humana, existe una remota posibilidad -cualificable con cálculo de probabilidades, aunque con la salvedad de los escasísimos datos disponibles- de que algo se tuerza -pero tiene que torcerse mucho y con muchas simultaneidades-, fundamentalmente debido a fallos humanosl, y tenga consecuencias que, en caso extremo, podrían ser muy graves para las poblaciones limítrofes a las centrales.

Los partidarios de la energía nuclear tienen razón: no es posible mantener -y no digamos si se mantiene el ritmo de crecimiento- nuestros niveles de consumo energético primario atendiendo solo a las llamadas energías alternativas, que únicamente podrán cubrir un porcentaje menor de las necesidades; ni, por tanto, se puede eliminar la contribución de la energía nuclear al mix energético; y  es cierto que la energía nuclear es un procedimiento limpio en cuanto a la producción de gas con efecto invernadero; además, y aunque el argumento suena a cínico, de qué nos valdría suprimir de nuestro esta forma de energía, totalmente factible, desarrollada y razonablemente económica, cuando países más avanzados que nosotros, incluso a nuestro lado, la están utilizando desde hace años sin problemas; sin ollvidar que nosotros mismos tenemos una experiencia amplia de su uso, lutilizamos desde hace años esta energía sin mayores problemas y, para más inri, hay países del tercermundo que están instalando centrales con baremos de seguridad y conocimientos de explotación que podríamos cuestionar.

¿Qué puede hacer el ciudadano?. ¿Echar la moneda al aire? ¿Fiarse más de lo que le diga aquella persona que ponga más énfasis en el argumento o esté más cercana a su filosofía vital, en general? ¿Es quizá la energía nuclear de fisión, utilizada con fines pacíficos, intrínsecamente mala? ¿Tiene una relación directa, y por tanto, la hace aún más peligrosa, la energía nuclear usada en reactores controlados, y la fabricación de misiles nucleares de largo alcance? . A escala local, ¿a quién dará más credibilidad: a la Ministra de Medio Ambiente española, a los ex-presidentes de Gobierno González y Aznar, a los directivos actuales de Green Peace, a los antiguos, a los directivos de las centrales de carbón, a los de las empresas fabricantes de placas solalres, al vecino del quinto, a...?

Son demasiadas las preguntas que, en este como en otros temas, se lanzan al hombre/mujer de la calle. Otras veces se han resuelto temas más delicados sin consultarlos, empezando por la instalación de centrales nucleares cuando los conocimientos de sus alcances y peligros eran francamente menores. Resuelvan, ya, señores, pero no calienten la cabeza de los demás con sus hamletianas elucubraciones: si tenemos alternativas más baratas y seguras, realizables a corto y que permitan cubrir por completo nuestras necesidades, expongamos el plan, y cuantifiquemos hitos y costes. Y si no las hay, callemos, no para siempre, pero al menos hasta que tengamos otra solución factible.

Sobre la Bolsa y otros juegos económicos peligrosos

La Bolsa ha caído y nadie sabe (mejor dicho, nadie ha sabido o querido explicar) cómo ha sido. En el día de hoy, 21 de enero de 2008, vencidos y desarbolados los ánimos que incitaban a la calma, los valores de la práctica totalidad de las empresas europeas que cotizan en las Bolsas se han dejado las plumas, perdiendo entre el 6 y el 8%. En el caso español, se trata de la mayor caída media desde que existe el Ibex.

Se ha volatilizado mucho dinero, pues. ¿A dónde se van esas diferencias, se preguntan los ingenuos, entre los valores de ayer y los de hoy?. ¿Quién se los queda?. La respuesta es, como siempre, la sobrevaloración de lo que se compra. Cuando la euforia de un momento de crecimiento sostenido, permite a los especuladores arriesgar, pagándolos hoy, con la correspondiente rebaja, los beneficios futuros de las empresas, las acciones suben y suben.

El valor nominal de una acción pasa así a tener un valor simbólico, reemplazado por otro relacionado con los márgenes netos del negocio de la empresa. Puede suceder así que se pague por una acción hasta mil veces el valor nominal, y diez o veinte veces el valor del beneficio anual. Llega un momento, claro, en que las acciones pierden su referencia real y pasan a tener un valor simbólico: la especulación ha vencido cualquier intento racional de relacionar el estado contable con la cotización en Bolsa.

Esos dineros que los pequeños inversores han perdido hoy, ya están a buen recaudo en otros sitios. Una parte importante ha ido a parar en sueldos y salarios ineficientes, en compras de equipos e instalaciones no suficientemente productivas, en inversiones fallidas. Otra parte se ha marchado en falsos beneficios contables, en primas desorbitadas para gestores supuestamente muy eficientes, en publicidades engañosas. También se ha quedado otra parte en los bolsillos de los grandes capitales, en las sociedades que saben cuidar el valor, engordándolo o adelgazándolo cuando les conviene.

La Bolsa, conviene repetirlo, es un juego económico peligroso. Si Vd. tiene dinero y ganas de trabajar, siempre será preferible que invierta en poner en marcha sus propias ideas. Como decía un insigne economista -¿o no lo era tanto?- "las únicas cifras de las que me fío son las que yo mismo peino".

Sobre la importancia del manejo de la elipsis

La Real Academia Española no concede el privilegio de ser elipsis a aquellas omisiones de palabras que hacen perder su sentido  a la frase o la adulteran tanto que dificultan su comprensión. Pero la realidad es que nos movemos en el terreno de las elipsis. Cualquier entrevistado sobre temas controvertidos o delicados sabe de la necesidad de ser elíptico, de contestar sin dar información relevante o decir únicamente lo que se desea, en controlada ambigüedad.

Los políticos, empresarios y hasta los personajes de la fanfarria mediática ejercen su dominio de la elipsis continuamente. No siempre con éxito a largo plazo, pues, como le gusta decir al Sr. Zapatero, al menos paa su sector de trabajo actual: "En política la verdad se acaba sabiendo siempre".

No es lo mismo, por ejemplo, que el esposo que lleva varios días sin conocer el paradero de su cónyuge, cuando se le pregunta por ella a las diez de la mañana conteste: "Creo que debe estar comprando el pan o los periódicos", que reconozca de plano que lo que teme es que le están ponienda la cornamenta. Por supuesto que no es igual que se diga que " a partir del 9 de marzo me retiraré de la política" o se introduzca el complemento "municipal" o "reconsideraré la oportunidad de".

Pero es que, además, incluso las frases más explícitas pueden tener varios sentidos, por lo que cabría atribuirles algún contagio de esa figura multipresente, que es la elipsis. Cuando un experto mundial en economía y premio nobel, como el Dr. Stieglitz, asesor no remunerado (¿en dinero pero tal vez en especies? -valga como ejemplo de lo que glosamos) del Presidente del gobierno español indica con su gran conocimiento del tema, que "las rebajas de impuestos recortan el gasto público", él o los periodistas que hacen la reseña están ejerciendo de elípticos.

El que esté libre de haber sido elíptico, que arroje la primera piedra. Para los políticos profesionales, es parte del trabajo. El proto-presidente del Gobierno, D.Mariano Rajoy (al menos, por opción), se comprometió a rebajar hasta el 20% el tipo general del impuesto sobre sociedades. Puso varias condiciones: que las empresas se comprometan a crear más empleo estable, que fomenten las medidas de igualdad y que inviertan más en formación; la falta de precisión de los condicionantes convierte en ejemplo de elipsis el propósito electoralista. Seguirán otros, desde una u otra tendencia.

Si no hay mentiras, las elipsis decidirán el voto del once eme, suponemos.