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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre los índices de enajenación mental de un pais

No nos consta que alguien se haya preocupado por poner en circulación un índice (o varios) que sirvieran para medir y, por tanto, establecer impertinentes comparaciones, el grado de enajenación mental que soporta un país en un momento dado.

Tenemos la sospecha de que, si tal medida existiera, España se encontraría actualmente en uno de los lugares altos del palmarés colectivo, por la acumulación de sucesos casi simultáneos que no tienen aparente justificación.

Para precisar mejor de qué hablamos, actuemos primero definiendo por exclusión: no nos estamos refiriendo a lo que se entiende -también sin patrón de medida que conozcamos- por "índice de crispación", cuyos síntomas serían todo un conjunto variopinto de manifestaciones, en el área social como en la individual:

-los disturbios callejeros, las huelgas, las pellas(estudiantiles o no), las quejas en los media, las demandas jurídicas y antijurídicas, los exabruptos -incluso los acompañados de un llegar a las manos momentáneo-, pronunciados tanto en charlas de café como en ateneos, círculos, clubes o seminarios,...
-y, sin ánimo de ser exhaustivos, los comentarios de portería y taxi, los bajos rendimientos evidenciados en oficinas y despachos...
-o sea, y en fin, cualesquiera exhibiciones, siempre que sean racionales y, por tanto razonables, por las que un colectivo -grande o pequeño- trata de poner en claro su malestar a quien corresponda, aunque a menudo quienes sufren los efectos no tengan un pepino que ver con las causas del desánimo.



Hablamos aquí de las conductas irracionales, de los comportamientos sin justificación asumible, desproporcionados e injustificables desde la perspectiva de los sanos juicios. Todas estas acciones que se advierten faltas de aplicación de los sentidos comunes, deberían ser registradas cuidadosamente, porque pueden presagiar la contaminación grave de la irracionalidad, un efecto dominó de muy graves consecuencias.
Tenemos en España ejemplos como el que ha puesto en el candelero de las miradas de terror, el de la, por otra parte, hermosa ciudad de Olot, en el que un individuo mata a cuatro personas, dos de ellas (al parecer) porque no le pagaban lo que le debían y otras dos, empleados bancarios, porque (al parecer) se negaron a abonarle un talón sin fondos con el que los dos anteriores habían pretendido librarse de la persistencia con que el homicida reclamaba los abonos.

Gentes, a las que sus vecinos definen como absolutamente normales, hasta que asesinan a su pareja, o a sus hijos, o se cuelgan de un árbol después de hacer desaparecer a su novia. Por supuesto, también, grupos de trabajadores muy bien pagados que, un buen día, para llamar la atención, abandonan su ocupación en bloque, dejando a todo un país empantanado, con la cara de pasmáo, justificándose aquellos , cuando les pasa algo el calentón, que se sentían como perros encadenados a los que se les pegaba a diario y de los que, en consecuencia, el dueño no puede esperar un comportamiento amistoso.

No estamos, claro, al nivel de esos kosovares que engordaban y cuidaban en granjas a sus prisioneros serbios para que, una vez sacrificados, sus riñones y otros órganos pudieran ser más apreciados en el mercado de órganos (ni tampoco al nivel de quienes los adquirían). Por supuesto que lo que está acaeciendo no tiene nada que ver con los asesinatos de compañeros de colegio en inconcebible compensación por no haber aprobado una asignatura.

Obviamente, estamos (tocamos madera) muy lejos de aquellos compatriotas que, no hace ni los ochenta años, decidieron llegado el momento de ventilar a tiros sus diferencias respecto a los conceptos de orden establecido, propiedad, religión y, en fin, o me matas o te mato y luego vendrán las explicaciones. Y no digamos la distancia que afortunadamente nos separa respecto a los padres y abuelos de esos siempre gallardos centroeuropeos que, en un momento de calentura colectiva, decidieron que ya estaba bien de aguantar que los judíos tuvieran más suerte en los negocios.

Nos cansaría poner más ejemplos. Un índice de enajenación mental, refrendado por instituciones serias y competentes, pondría sobreaviso del calentamiento de las ollas de irracionalidad que forman parte de la esencia humana, activando el gen de la locura.

Sobre las felicitaciones en esta época (Season's Greetings)

No vino provocado por la crisis, porque la decadencia en el envío de tarjetas navideñas procede de más antiguo; empezó a perderse, en este país desde el que escribimos, a finales de los ochenta.

Tampoco tuvo que ver exactamente con la pérdida de interés por lo religioso, porque ya hacía algún tiempo que con se estaba utilizando una frase compendiadora "Feliz Navidad y Año Nuevo" o, aún más sintéticamente, "Felices Fiestas".

Por supuesto, felicitar las fiestas es una redundancia, porque para eso se hacen. El uso de  pleonasmos como recurso para disimular la falta de imaginación es de lo más socorrido. Las fiestas son, por su esencia y concepción, felices; al menos, en la intención previa de quien las organiza o pretende.

Desear "felices fiestas" es gratuito, innecesario; se podría desear que un previsible amargo trámite resulte feliz.

Por ejemplo: "Sr. Presidente del Gobierno, le deseo que le sea feliz su próxima comparecencia en el Congreso de Diputados" o "Sra. Presidente de la Comunidad de Valencia, le deseo que obtenga una feliz salida de los complicados vericuetos de la investigación del llamado caso Gürtel" o "Sr. Ex Presidente de la CEOE, en coherencia con el que supongo su deseo y en bien de todos, me gustaría que sus negocios empresariales hubieran tenido un resultado más feliz".

La única observación que cabría hacer, pues, a tanto despilfarro de inútiles deseos como se prodigan en los finales de año, sería -dada la existencia comprobada de tantos aguafiestas profesionales, siempre atentos a destruir nuestros buenos propósitos a martillazos-, la de desear que la felicidad de esas fiestas no resulte amargada por la actuación de controladores aéreos, terroristas, especuladores económicos, huelguistas salvajes, etc.

La felicitación adecuada podría ser esta: "Deseo que el próximo año, los numerosos rompecoj... dispersos por el mundo, no te fastidien la poca felicidad que pueda corresponderte".

Aunque, dada la crisis persistente y la falta de ideas convincentes que provengan tanto de diestra como de siniestra para superarla, lo mejor sería acudir a algún oxímoron: "Feliz fastidiado año nuevo" (en inglés, Fáquin jápi níu ía), "Dios nos coja confesados", o, para agnósticos: "Al final, todos calvos" (en inglés, Dón uóri, bí jápi) e, incluso: "Como esto no tiene remedio, te deseo que pases el mal trago lo mejor posible" (en inglés, From los, tu de ríver)

 

Sobre liebres, conejos, galgos, podencos y otros animales con representación parlamentaria

Los periodistas acreditados en el Congreso de los Diputados de España, conceden todos los años varios premios a los diputados, en una cena que se celebra en el mes de diciembre. En 2010, el galardón al mejor orador ("premio Emilio Castelar") fue entregado al ministro que destaca también como mejor valorado del gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba.

Como corresponde a quien tiene acreditada su facilidad de palabra, Rubalcaba hilvanó un discurso de agradecimiento ágil, simpático (despertó las sonrisas de los asistentes un par de veces) y, lo que es especialmente de agradecer en tiempos convulsos, distendido.

En esa línea de aquínoestápasandonada, el actual presidente del Congreso, otro incombustible de la política española, José Bono, se metió en unos berenjenales controlados -tampoco es personaje que dé puntada sin hilo- para dejar entreverado que Rubalcaba puede ser liebre -es decir, señuelo- para que corran, y se agoten persiguiéndola, los galgos de la carrera por la presidencia del Gobierno. 

Distinguió Bono entre tres tipos de liebres que se crían en España, acudiendo, dijo, al Diccionario y apuntó, para reforzar con un chascarrillo la semejanza, que una de ellas era, justamente, la cántabra.

Aludía así también al origen regional del ministro portavoz, que ponía cara de sorprenderse con el ingenio de su amigo en todas las lides, muy metido en el papel de admirador de Woody Allen, al que había recurrido para remedarlo por aquello de "no me merezco este premio, pero tampoco me merezco esta diabetes" (alopecia en Rubalcaba).

Como el Partido que, según las encuestas de opinión, va a ganar las próximas elecciones es el PP y su candidato indiscutible es Mariano Rajoy, los galgos que corren tras la liebre Rubalcaba no puede ser otros que los aspirantes a candidato a la Presidencia del Gobierno por parte del PSOE y, por tanto, seguros perdedores.

¿Es así de simple? No lo creemos. La capacidad de gestión de los temas difíciles que acredita Rubalcaba, su capacidad de improvisación para responder a las cuestiones espinosas, su tranquilidad de ánimo, entre otras cualidades admirables, lo hacen un duro contrincante si la coyuntura mejora.

No sería la primera vez que se concentra en la hipotética incapacidad de un líder la razón a todos los males, para, sacrificándolo como buco emisario, redimir a la tribu de los pecados colectivos.

Atentos, pues, conejos y podencos, y cualesquiera otros animales con representación parlamentaria. La carrera es de liebres, no de galgos; o así nos lo parece. Y Rubalcaba ya ha empezado a correr y, encima, parece haberse leído a Unamuno y haber visto mucho Woody Allen.

 

Sobre los desacuerdos sobre el cambio climático

No ha quedado claro a qué se han comprometido exactamente los representantes de los 194 países que han aprobado los pactos de Cancún en relación con el cambio climático.

También se desconoce si tiene algún poder vinculante, pues ha quedado abierta la decisión acerca de si lo pactado podrá convertirse en tratado algún día.

La lectura de los textos ofrece la impresión de que se ha pretendido solventar las cuestiones espinosas acudiendo a la ambigüedad, al aplazamiento de la toma de las decisiones y a la expresión de voluntariedades.

En verdad, no tenemos ninguna duda de que, dada la situación de falta de concreción en los efectos, el alto coste de las medidas apuntadas, las dificultades de distribución de los fondos, la indefinición respecto a las tecnologías que sería necesario transferir, etc., será imposible llegar a un acuerdo global de reducción de emisiones, verdaderamente vinculante según el derecho internacional.

Para empezar, ni siquiera existe consenso unánime sobre los términos del derecho internacional aplicable y (lamentamos ser tan negativos), si existieran, la comunidad carecería de poder coercitivo para exigir su cumplimiento, no será posible establecer controles de medida en tiempo real fiables para las emisiones y sus efectos y ni siquiera se podría imaginar cuál sería el castigo para un país -en especial, si es de los fuertemente contaminantes- que hubiera hecho caso omiso de los acuerdos.

Así que, si el lector pertenece al grupo de quienes creen a pies juntillas que los informes del Panel del Cambio Climático no contienen errores ni ocultas intenciones, le aconsejamos que cambie de inmediato el apartamento en la costa por una cabaña en las montañas, y se ejercite en la meditación y en la austeridad, preparándose para ser testigo de la secuencia de los momentos más apasionantes de la historia del mundo.

Y, si le gusta llamar la atención, puede apuntarse a suscribir una declaración como la que figura a continuación, inspirada en los falsos acuerdos de Cancún, que puede colgar, con una chincheta, a la puerta de su refugio.

"I have launched a set of initiatives to protect myself from climate change and to deploy the money and technology that as concerned human being need to plan and build my own sustainable future.

"Related with my previous statement, I declare myself in default,  inviting all other Earth inhabitants to join me in the willingness of not paying any more green taxes nor environmental allowances till a serious agreement be achieved.

"After reading the "Cancún Adaptation Framework" and related papers, I feel myself very disappointed from the real ability of world leaders to avoid a general disaster, and, in order to enhance the willingness to positive and effective world cooperation, I´m subscribing a formal protest against the official representatives at the Conference.

"I have taken the decision, while waiting for a satisfactory response to my requirements and concerns, to establish with these detracted quantities a Fund to allow better planning and implementation of adaptation projects focused to protect my home and family through increased financial and technical support, initiating a process for avoiding myself and my relatives any loss and damage."

Sobre España como instrumento

Hay algunos políticos, incluso importantes, que se creen que dirigir un país es cosa de un solo individuo.

Otros -no necesariamente los mismos- piensan que hacer política es criticar, ridiculizándolo según apetezca, al gobernante, si es de otro partido.

En fin, hay quien, después de haber asumido los máximos poderes de un Estado y, por tanto, teniendo alta probabilidad de ser considerado como experto en sus singularidades, cuando ha decidido retirarse de la política -tal vez momentáneamente- encuentra que su misión principal ha pasado a ser la de contar al resto del mundo las razones de todo lo malo que suceda en su propio país.

Pertrechado con esa concepción mesiánica de lo que le corresponde hacer para facilitar la existencia de sus compatriotas, el ungido se dedicará a dar conferencias y escribir artículos en donde pintará con los más negros colores la situación que están gestionando otros, dejando clara, como contrapunto, su convicción de que serán incapaces para solucionarla.

Quienes lean lo anterior desde España, pensarán, con razón, que estamos refiriéndonos al comportamiento de José María Aznar, ex-presidente del Gobierno español con el Partido Popular y, más en particular, al artículo que publicó en The Wall Street el 13.12.2010 ("What´s wrong with Spain?"), con un diagnóstico negativo sobre lo que está sucediendo en este país desde 2004 (1), la atribución al mal gobierno del deterioro económico que estamos sufriendo, y la defensa, como solución, de la convocatoria inmediata de las elecciones generales.

Esta trilogía se complementa con lo que, más que el esbozo de un programa ideológico, es el abc del liberalismo económico: menor intervencionismo desde el Estado en los mercados, reducción del gasto público y revisión del estado del bienestar, disminuyendo las prestaciones actuales.(2)

Pues bien: tenga cuidado el expresidente Aznar en expresar con tanta contundencia y claridad lo que, dada su relevancia en el Partido Popular, debe interpretarse como la línea directriz de lo que haría el gobierno de su colega Mariano Rajoy si, como repetidamente proponen, se convocan elecciones anticipadas y, de acuerdo con lo que las encuestas vaticinan, su partido alcanza la mayoría.

Porque los programas políticos deben ajustarse al momento en que se emiten y, hoy, lo que necesita urgentemente España es una activación económica, que genere puestos de trabajo, para lo que es imprescindible dar confianza a inversores, empresarios y consumidores.

De aquí el riesgo de utilizar España como instrumento para vapulear al contrario. Un país, como saben mejor que nosotros tanto Aznar como Rajoy, funciona como una caja negra en la que los gobiernos no controlan todos los mandos, aunque se sienten (o,mejor, se sientan) en la cabina de pilotaje. 

El verdadero rumbo tampoco lo señalan los que se sientan en la primera clase; pero en este avión hipotético en el que, en beneficio de la metáfora, hemos convertido España, los controladores se han puesto en huelga, y ni con el estado de alarma se ha conseguido que vuelvan a trabajar; siguen de vacaciones, disfrutando con el espectáculo que les ofrece el pavor creciente de los que ocupan las plazas de turista, que asisten, impotentes, a la exhibición de propósitos sobre lo que sería más conveniente distribuir a la hora del almuerzo: patadas al oli-hála o ensalada de toma y cállate.

(1) "The roots of Spain’s crisis lie in the political decisions made in 2004 to abandon the modernizing process that Spanish society began more than 30 years ago."

(2) "An essential part of this political change will be for Spain to immediately acknowledge that the state has to limit its economic and social role, and open new areas of freedom and dynamism for society and private entrepreneurship. Spain needs to accomplish deep reforms in its administrative structure, including eradicating bureaucratic and public bodies and rationalizing public expenditure. Spain cannot delay any longer in reforming its welfare state, but must start now to restore the conditions for a thriving society that is open to all."

Sobresalientes

Hay dos formas básicas de sobresalir: a) por acreditar cualidades superiores al resto de la especie, que permiten al ejemplar, habiendo alcanzado ya su pleno desarrollo, destacar sobre los demás individuos, o bien, b) porque, en la fase de maduración, el individuo, en fase de crecimiento, presenta circunstancialmente algún rasgo diferenciador respecto a sus coétaneos.

En el segundo caso, la evolución natural acaba destruyendo la diferencia, convirtiéndola, a veces, incluso en un hándicap, una rémora. Podríamos, pues, denominar efímera u ocasional a esta forma de sobresalir, en tanto que la primera sería una sobresaliencia estable o consolidada.

Los niños que alcanzan la pubertad antes, suelen ser de estatura menor; quienes demuestran precocidad para adquirir ciertas habilidades, se pierden, casi siempre, el adquirirla en otras que les hubieran sido más útiles para la vida adulta. Los infantes prodigio no se pertenecerán, una vez maduros, a la élite por aquello en lo que tanto habían destacado.

Más grave nos parece que la sociedad no sea capaz siempre (o sea, casi nunca) de detectar a sus sobresalientes, para utilizarlos en beneficio de todos;  tampoco ha encontrado un método seguro para hacer crecer las aptitudes de los educandos, orientándolos y dándoles más músculo.

Los planes de formación cambian con los gobiernos, se mueven a bandazos, no crecen con el saber (o con el deseo de alcanzarlo), sino que se emponzoñan de personalismos, intuiciones sin base, barreras con la intención de dificultar accesos, más que de permitir que entren y luzcan los mejores.

Si nos tomamos la molestia de analizar los currícula de quienes han destacado en su etapa adulta, nos encontramos más bien con una historia de tenacidad personal, de esfuerzos en solitario; a veces, incluso, a despecho o claramente en contra de los itinerarios oficiales, dando la impresión de que el destacado ha conseguido emerger con su banderita de sobresaliente, venciendo obstáculos contra el orden establecido, en vez de contar con su apoyo.

También hay otros sobresalientes que han contado con vientos ventajosos que los han aupado a los diplomas, galardones y medallas. Cuando vuelve la calma o cambian las direcciones de los soplos, queda al descubierto que lo que pretendía ser mérito era, simplemente, desfachatez o coyuntura; y lo que les llevó arriba, no era su propia naturaleza, sino la de las gentes que la rodeaban y la de las cosas que habían utilizado para enmascararla.

Sobre carreras, objetivos y resultados

(Nota para el lector: Este Comentario va dedicado a nuestros lectores en Hispanoamérica -y también a los naturales de otros países que tengan un nivel alto de español-. Esperamos ayudarles a que nos entendamos mejor).

Si está interesado por conocer el precio de una carrera, debe precisar si se trata de una carrera desde el Hotel hasta, pongamos por caso, el centro del Corte Inglés, o pretende obtener un diploma para ejercer qué oficios, expedido según en que Universidades.

Hace tiempo había mercerías especializadas en coger puntos a las medias, para corregir las carreras que aparecían en aquéllas. Esta consecuencia, hoy insólita por culpa de los pantis y las nuevas costumbres, acaecía con fastidiosa regularidad, cuando las señoras trataban de enfundárselas con prisa o cuando los señores se acercaban demasiado al tiento de sus piernas. 

Hay pocos sitios en donde se consigan, pierdan o recojan puntos (salvo en los estadios deportivos, o para conseguir una reproductora de dvds con la compra del periódico) y, por lo general, son difíciles de conseguir, en especial para los cantantes españoles que acuden a festivales de Eurovisión, salvo que tropiecen en el escenario y se los ponga un facultativo en la barbilla.

De entre las carreras que no se alcanzan en los centros de enseñanza, en el siglo pasado estuvo de moda la carrera del señorito, que te la hacían, para chincharte. Hoy está en desuso, tanto por ser juego mayormente entre niños y adultos , como por el riesgo de que aquel al que se le obliga a correr con el rostro por delante, se escurra y rompa los morros.

Hablemos, pues, para centrar el tema, de carreras universitarias. Como es sabido, que todo el mundo pueda lucir un título universitario es el objetivo irrenunciable del sistema educativo español, que está copiado de otros programas internacionales.  Se puede obtener un título por internet, sin dar ni clavo (salvo entregar unos euros por la falsificación), pero lo más normal es que haya que sudar algo la camiseta para conseguirlo, aunque sería de tontos meterse en la aventura de matricularse en una de las pocas carreras que obligan al aspirante a sudar la gota gorda. Y eso porque, al final, todos calvos, y el que tiene padrino se bautiza y a quien Dios se la de, San Pedro se la bendiga.

Tampoco es que pretendamos que llegar a estar laureado sea cosa chupada, pero no no es normal que sacar una carrera cueste un huevo, salvo las que se sigan en centros privados y, en ese caso, el paganini son los padres.

Si no eres ni un tarugo ni te comportas como un capullo y dejas pronto de ser un pardillo (que es la puerta del saber por donde aparecen los adolescentes después del Bachillerato), te bastará con estar al tanto de lo que se cuece y, muy de tarde en tarde, poner el callo, porque con hacerte el visto y aguantar el tiro, malo será que, con el tiempo, no salgas con la papela que te faculta tanto para lanzarte a buscar trabajo como para hacer un master de postgrado.

No quisiéramos meternos en camisa de once varas, pero hay quien, llegando al mismo fin y logrando igual diploma, pasa las de Caín y quien termina sin saber de la misa la media, por lo que, ante la mínima, se comporta como un pulpo en un garaje que, después de todo, es preferible a entrar como un elefante en una cacharrería.

Si Vd. pertenece al grupo de aquellos a los que les han regalado -por la razón que fuere- el título, mejor ándese de puntillas por las cosas y, si le señalan desde arriba para colocarle alguna papeleta, haga la vista gorda, escurra el bulto o deje que el chaparrón pase antes de que le descubran que no tiene ni pajolera (o, aún peor, ni repajolera) idea.

Esto, salvo que el asunto esté chupado, o siendo de una complejidad variable entre difícil que te cagas y le ronca cojones, los tenga bien puestos, y, para chulo Usted, improvise con lo primero que se le venga a las mientes, si es que no consigue antes dar una larga cambiada.

Y, en caso de que le vengan mal dadas y no acierte con el quid en las primeras, consuélese pensando que nadie nació sabiendo, ni Zamora se hizo en una hora, ni deja de ser cierto que no es en Salamanca donde se aprende a capar, sino cortando cojones.

Sobre naturaleza, límites y espectáculo

También en el deporte. ¿O debemos decir, por supuesto, en el deporte?. El recrudecimiento de los controles acerca de las ayudas irregulares utilizadas por algunos de los atletas de élite y sus entrenadores para conseguir superar las marcas de otros competidores, está poniendo al descubierto muchas historias turbias del deporte.

Al mismo tiempo que caen las referencias de quienes fueron encaramados a sus éxitos incumpliendo reglas, se producen varias reacciones paralelas.

Están quienes expresan con un "ya era hora" su presunción de que estaban en el ajo y que se sienten aliviados porque otros, desde la autoridad, hayan puesto al descubierto a los culpables de las trampas.

Están, por supuesto, los otros que fueron vencidos por los ahora descubiertos, de los que muchos callan -tal vez porque saben, mejor que nadie, que también pecaron de lo mismo- y algunos sacan pecho, reclamando que se haga justicia, se revisen las marcas, se ponga patas arriba el medallero y se castigue con la horca a los culpables.

Estan, estamos, los que nos preguntamos por las causas de todo este teatro, del control y reparto de los dineros públicos y de la naturaleza de los canales para rentabilización de los intereses comerciales privados (pero no solo) que se mueven para conseguir más espectáculo.

También nos gustaría poner luz y orden sobre la presión que se ejerce sobre los profesionales a los que se pide siempre más: unas milésimas por encima del último registro, unos centímetros más allá del salto ya imposible, ensalzando como héroe al que queda primero y despreciando casi como inútil al que llega después.

Habría que revisar, adaptándolo, ese lema tan repetido de Citius, altius, fortius. Porque puede que no estemos en el momento de más rápido, más alto o más fuerte, sino más seguro, más leal, más inteligente. (Celsius, fidelius, intellegentius).

 

Sobre el ascenso a la fama del ingeniero Sougarret

Sobre el ascenso a la fama del ingeniero Sougarret

André Sougarret es el nombre del ingeniero de minas chileno que dirigió las operaciones de rescate de los 33 mineros atrapados en la mina San José, allá en el desierto de Atacama. Ha venido a España invitado por sus colegas de acá, para dar una conferencia sobre el asunto y le harán también colegiado de honor.

Este Sougarret es un hombre afable, tranquilo, que inmediatamente se hace próximo, aunque se le adivina capaz de controlar fuertes emociones.

Ha vivido los momentos más emotivos de su vida -reconoce que, solo comparables a los del nacimiento de sus tres hijas- en esas apenas 24 horas en que fue abrazando, uno a uno, a medida que iban saliendo al exterior, a los 33 sepultados, después de que durante 69 días, ellos, sus familias, todo Chile y la mitad del mundo hubieran estado pendientes del éxito de la operación de salvamento de la que él era el máximo responsable, y, por lo tanto, el único que habría sido considerado culpable de su fracaso.

Dice André Sougarret que desde el momento en que una de las sondas pudo contactar con los mineros y se supo que estaban vivos, él estuvo seguro de que los sacarían de allí, porque "ya se trataba solo de una cuestión técnica".  Persona creyente, no duda de que, además del equipo de 700 profesionales que pusieron a sus órdenes, pudo contar con intervención desde arriba -desde más arriba del presidente Piñera- para que nada se torciera.

No presenta el menor asomo el ingeniero Sougarret de que la fama se le haya subido a la cabeza, ni vaya a hacerlo, porque este éxito de la minería chilena a la que él ha dado nombre propio, no ha modificado más que en detalles poco sustanciales su vida.

Así que lo suyo sigue siendo la historia de un técnico especialista en minería subterránea, encargado de dirigir la extracción de piedras de cobre con leyes decrecientes, en la mayor mina del mundo, EL Teniente, para la empresa pública Codelco. Un reino terrenal, con polvo, rozadoras, pernos, galerías, techos, salbandas, aire comprimido, pegas, explosivos, en el que trabajan 7.000 mineros (19.000 en el conjunto de las explotaciones), a casi mil kilómetros de distancia de ese otro lugar en el que se produjo, un  5 de agosto de 2010, el derrumbe que dejó atrapados a 800 metros de profundidad a una treintena de otros escarbadores de las entrañas de la Tierra.

André Sougarret, 46 años,  ignoraba que en los salones gubernamentales se estaba hablando de él aquel fin de semana de agosto en que sonó el teléfono de su casa.  "Solo conocía La Moneda de haber pasado por allá, para hacerme unas fotos con mis hijas. Cuando me dijeron que el Presidente quería verme, no me lo podía creer".

No era ni mucho menos la fama lo que le estaban prometiendo desde los despachos del Gobierno, sino la carga de responsabilidad de sacar adelante una papeleta nada fácil. 

Por lo que se deduce por nuestra propia cuenta de lo que André no cuenta por la suya, seguramente, al principio, algunos de los que sugirieron su nombre (cuando se ignoraba casi todo: ni si los atrapados estaban vivos, ni dónde se hallaban exactamente sus cuerpos, ni la existencia de planos de labores adecuados, ni las razones del hundimiento en aquella explotación que tenía tufo a graves irregularidades, ni, por supuesto, la maquinaria y medios que harían falta para mover unos miles de toneladas de roca dura o friable, ni de dónde podrían venir, todo ello en un momento en el que Chile, convaleciente de un terremoto, parecía tocado por la mano de la mala suerte), querían colocarle un marrón.

Pero las circunstancias, fueran como fueran, se toparon con André Sougarret, un ingeniero seguro de lo que sabía, con conocimientos, serenidad e intuición para decidir lo que tenía que hacer y preguntar por lo que no sabía, acostumbrado a tomar decisiones sobre la marcha. Por eso, cuando se vió desplazado al desierto con una misión que a casi todo el mundo le hubiera venido grande, al volante de aquella responsabilidad que no le apeteció calificar de inmensa, solo pensó "si están vivos, los vamos a sacar; es cuestión de tiempo".

En esa soledad del corredor de fondo, tuvo momentos malos, reconoce. Especialmente cuando la sonda pinchó en una galería vacía, en donde no estaban los mineros, y algunos familiares, decepcionados, le increparon, gritando que todo era una farsa.

Pero no perdió la calma y, terco y seguro, modificó ligeramente la inclinación del sondeo, repitió suerte, y unos pocos días después se hizo la luz: llegó el tubo pintado de rojo por una mano que trabajaba desde el fondo de la tierra, y la bolsa con una carta de alguien atrapado en su angustia que estaba dirigida a una esposa y a cuatro hijos y, por fortuna para los que esperaban ansiosos desde arriba, una nota escueta pero atinada, escrita por alguien que pensó en todos ellos: "Estamos bien, todos los 33".

Había más cartas, pero el mandril de perforación las destruyó, y solo aparecieron más papeles rotos, ilegibles. La mano de André Sougarret tembló solo unos instantes, antes de oir su propia voz, que imaginamos gritando a pleno pulmón: "¡Vivos!¡Están vivos!¡Los hemos encontrado!".

Lo demás, contado por él si advierte que al interlocutor no le interesan los detalles, fue como coser y cantar..."Podía durar algo más o menos, pero los íbamos a sacar".

Pero si se quiere escuchar los pormenores de toda la historia, se comprenderá que ha habido un inmenso trabajo de organización, de coordinación, de asunción de riesgos, de confianza en el éxito final.

Señores y señoras, póngan estilos de Sougarret en sus vidas. Al tiro.

Sobre el Ejército como garante del estado de alarma

Militarizar un sector de la población civil, trasladando al Código y a la jurisdicción militares la tipificación y sanción de sus conductas, declarar el estado de alarma en todo un país implicando la intervención de efectivos de los Ejércitos para controlar una situación para el que éstos carecen de la necesaria capacitación técnica y, en fin, distribuir mandos militares para vigilar a unos profesionales en sus lugares de trabajo, eran actuaciones insólitas hasta diciembre de 2010 en la democracia española.

Merecen, pues, un análisis.

Debemos preguntarnos, en esencia, cuál sería la forma adecuada de gestionar la crisis provocada por la actitud de unos profesionales que al haber abandonado colectivamente la prestación de un servicio esencial, sin aviso previo y sin haber pactado servicios mínimos, están causando un daño irreparable y creciente a todo un país, provocando reacciones de repulsa que amenazan destruir gravemente el orden público.

El momento que estamos imaginando -desgraciadamente acaecido en Espala el 3 de diciembre de 2010- afecta globalmente a la imagen y economía del país y perjudica muy gravemente a ciertos particulares y sectores empresariales, incluso privándoles de derechos constitucionaes (p.ej. a la libre circulación,  a la prohibición de actuaciones confiscatorias arbitrarias)  convirtiendo en rehenes de la huelga salvaje a un colectivo de la población, siendo la afección creciente a cada momento que se deje transcurrir.

No discutiremos que, con las posibilidades de actuación de que disponía el Gobierno español ante la actitud de los controladores aéreos el día citado, y ante la urgencia de atajar el caos que se había formado ya, no había más remedio que acudir a una Ley preconstitucional (1960) y decretar el estado de alarma.

Sin embargo, pensando en la conveniencia de actuación para similares casos que puedan suceder en el futuro, resulta necesario revisar el procedimiento por el que, sin necesidad de militalizar ni llamar a los Ejércitos, se pueda controlar una situación de crisis y obligar, utilizando medidas legales normales, a un colectivo disidente a que deponga de inmediato su actitud y realice las funciones que venía desempeñando, y que habían sido calificadas previamente de servicios de primera necesidad para la sociedad.

Nos parece que no ha sido la amenaza de perder sus puestos de trabajo, ni siquiera el riesgo de ser juzgados con arreglo a un Código que extrema sus sanciones para los incumplidores, lo que ha movido a los rebeldes a incorporarse al trabajo.

Ha sido, seguramente, la adopción de una medida inesperada, -un disparo al aire del Gobierno-, lo que ha cambiado completamente la dirección de la carrera en la que, como sucede en toda estampida, nadie dentro de la manada tenía el control.

No negamos que, mientras galopaban hacia la nada, algunos controladores hayan reflexionado individualmente sobre lo desproporcionado, atrabiliario y dañino para todos (para ellos también) de su acto infantil de fuerza. Pero como a la hora de juzgar la actuación temperamental de un colectivo, lo que cuentan son las medidas que pueden adoptarse desde la perspectiva de sicología de masas, no del individuo.

Y a la masa en estampida, como conocemos de las películas de vaqueros, no la detendrá en su carrera más que la llegada al precipicio, donde se despeñarán las primeras filas del grupo. Sin embargo, se puede reconducir, cambiándole la dirección, con unos cuantos disparos al aire, y dejar que canse sus fuerzas en la amplia explanada.

En fin, nuestra propuesta se concentra en la opción de que quienes desempeñen servicios esenciales se rijan por un Código especial, mientras se encuentren en el ejercicio de esa función. Deberán estar sujetos a normas de disciplina, metodologías de acción y control propios de lo que se entendía por Ejército, en aquellas épocas en las que en nuestras latitudes los países se enzarzaban en guerras convencionales. 

Hoy, al menos los Ejércitos de la Unión Europea, realizan funciones humanitarias, rescatan a los afectados por los terremotos y catástrofes naturales, enseñan a los civiles a hacer casas y puentes, repelen ataques de insurgentes procurando no causar muchas muertes y, en los llamados estados de alarma -calificados así según variados criterios-, a veces controlan los tráficos de animales afectados por la peste aviar (USA) y otras vigilan, sin armas, que unos señores con salarios de privilegio no se confundan al dirigir un tráfico complicado de aeronaves que van y vienen.

Mientras contemplamos con interés la evolución de los cometidos de los Ejércitos, creemos que hay momentos en los que no deben intervenir. Son aquellos casos en los que un colectivo profesional ha perdido la calma y éste ha decidido afectar el orden establecido, abandonando el ejercicio de sus funciones, esenciales para la sociedad.  

La solución ha de estar en una Ley de Servicios esenciales y, como un elemento de ella, en el establecimiento de una estrategia de personal redundante para cubrir cualquier eventualidad. Precisamente por ser esenciales los servicios, la sociedad ha de estar preparada para cubrirlos en todo caso.

Tal vez no podrá evitarse que algún día -al darse imprevisibles conjunciones galácticas- se les crucen los cables a todo un colectivo, y, llegado ese momento, la sociedad tiene que haber preparado, listo para actuar, un contingente de profesionales que sepan hacer bien lo mismo que los disidentes. Puede que, incluso, estén encantados de suplirles, por conseguir acceder a un puesto de trabajo atractivo, como preocupados deberían estar quienes se expusieran a la amenaza real del frío de la calle del desempleo.

 

 

Sobre los argumentos de quienes pretenden ser imprescindibles

La crisis provocada por la irracional estampida de los controladores aéreos ha provocado reacciones de todo pelaje en el teatrillo de vanidades, tensiones políticas y buscones de protagonismo, con apariencia de Estado de Alarma persistente, en que se ha convertido España.

Debiera todo el mundo estar de acuerdo en que, independientemente de las razones que tuviera el colectivo de controladores antes de su huelga salvaje, han perdido credibilidad desde el momento en que decidieron romper la baraja. No importa qué cartas tuvieran en la mano antes de colocar a un millón de personas contra el paredón de sus intereses específicos. Han perdido la razón, y por tanto, han echado por la borda la capacidad de defensa de sus razones.

Pero sería injusto, y muy deplorable, detener el análisis en la culpabilización de los controladores por el mal que han causado. Su situación de malestar no ha quedado resuelta, y la base -justa e injusta, razonable o elucubrante- que los movió a sentirse, colectivamente, amenazados hasta el límite, subsiste. Y, como necesitamos controladores aéreos, hay que encontrar una solución.

La mayoría de quienes han expresado su opinión en estos días posteriores a la crisis, se manifiestan en contra de los controladores, apoyando su despido masivo, y su sustitución por otros especialistas, formados a la carrera o contratados en el extranjero.

Cualquier que tenga o haya tenido la curiosidad de saber cómo se llega a disfrutar de "una de las carreras más apasionantes y mejor remuneradas del planeta", y haya echado un vistazo sobre los requisitos para acceder a una profesión que, en cada país, se expresa con requisitos diferenciados, seguramente llegará a la misma conclusión que nosotros: No hay ninguna razón para que su remuneración inicial sea superior a la de cualquier carrera de grado medio, en la que, por supuesto, habrá que valorar, junto a la experiencia que se vaya adquiriendo, las cualidades personales y las variables específicas de nocturnidad o turnicidad, horas extras y, en su caso, disponibilidad para incorporación al servicio.

El núcleo de la cuestión de porqué los controladores de tráfico aéreo son imprescindibles reside en que, además de saber inglés, ver bien, no superar una cierta edad, aprobar un tanto misteriosos exámenes físicos y síquicos y acreditar una formación universitaria de nivel medio (e incluso inferior: basta en muchos casos el bachillerato), necesitan especializarse, no ya en el manejo de los instrumentos propios para ejercer su trabajo, sino en los de una determinada torre de control, pues deben adquirir la capacidad para adoptar decisiones en su ámbito de responsabilidad de forma prácticamente instantánea.

No se diferencian en esto de otras profesiones en las que se deben tomar decisiones en situaciones críticas: médicos, ingenieros, políticos, pilotos, manipuldores de aparatos de precisión o sistemas delicados o complejos -por decir solo algunas- se pueden encontrar en posiciones similares. Y, por supuesto, no viven la situación de tensión como la viviría un lego, pues han sufrido un aprendizaje para soportarla, además -y esto es lo importante- de disponer de los conocimientos y recursos para salir adelante del problema ocasional, con éxito.

Este es el punto al que queríamos llegar: los controladores aéreos se creen imprescindibles porque no aman su profesión, y -al parecer- solo han sido educados desde la perspectiva del profesional, no de la del bien que hacen a la sociedad.

Las declaraciones que hemos oido en estos días de gentes de ese colectivo que ha saltado a la palestra en donde los demás ponemos luz y taquígrafos, producen escalofríos: se ven superiores, únicos, se sienten perseguidos, se reconocen tensos, entienden que se les debe remunerar mucho más que a cualquier otro trabajador por la índole extraordinaria de su misión casi mesiánica; etc.

Hay que conseguir que se bajen de su pedestal y dejen de pensar en ellos mismos. Hay, solo en España, cuarenta y seis millones de personas que dependen de que hagan bien su trabajo, y que cobran, por hacer bien el suyo, mucho menos que ellos.

Y merecen el mismo respeto. Porque si no existiera esta sociedad y no se hubieran inventado los aviones, no habría torres de control, ni se necesitarían controladores aéreos.

Sobre las aplicaciones de las tecnologías sin zanja

La rehabilitación de las tuberías sin necesidad de realizar zanjas en el terreno, es una tecnología conocida desde hace décadas y que, sin embargo, en España, aún no se está utilizando de forma habitual, en aquellas ocasiones en las que las características de la conducción, asociada a las dificultades de acceso al terreno, aconsejarían su uso sistemático.

La Asociación Ibérica de Tecnologías Sin Zanja (IbSTT), dentro de la International Sociaty for Trenchless Technology, viene apoyando  desde 1995 esta técnica, organizando periódicamente Jornadas de divulgación, como la que se celebró en la Escuela de Minas de Madrid el pasado 24 de noviembre de 2010.

No pretendemos, sin embargo, enfocar este Comentario hacia los aspectos técnicos de esta forma de trabajo, bien conocidos, por lo demás, por los profesionales que nos dedicamos a la gestión de las infraestructuras de agua y alcantarillado.

La inspección de las tuberías, previa a la intervención correctora, se lleva a cabo mediante sondas robotizadas, provistas de cámaras que recogen, al moverse por la conducción, la secuencia de los perfiles que se van encontrando en el avance, lo que permite detectar aquellos puntos que necesitan atención.

Una vez localizados los sectores que deben ser reforzados o sustituídos se introduce una mabda de fibra de vidrio o poliester, de características adaptadas al fluído que debe ser transportado en el funcionamiento normal.

Las similitudes entre los sistemas de conducción de fluidos en los campos de la ingeniería y los que se encuentran en el cuerpo de los seres vivos para realizar distintas funciones vitales, abre todo un campo sugente de aplicación analógica de esta metodología, llevada a la microcirugía y a la consecución de intervenciones menos invasivas.

Nos parece que existe un amplio campo de investigación y experimentación aplicada, por ejemplo, no solo en la detección de estrechamientos en los diferentes conductos (digestivo, sanguíneo, linfático, urinario, etc.), en los que la robótica y la tecnomedicina han experimentado geniales avances en la última década, sino, también, en la aplicación de las tecnologías sin zanja para reforzar determinadas zonas, garantizando la total estanqueidad y, por supuesto, la neutralidad biológica de los materiales empleados para subsanar, por ejemplo, debilitamientos en las paredes estomacales, control y subsanación de de hemorragias internas, sustitución de partes del tracto intestinal o uretral, bypass y/o aislamiento de tumores no cancerígenos, etc.

Sobre las fiestas de guardar y las de olvidar

El 6 de diciembre es la fiesta de la Constitución Española desde que en 1978 esa Carta Magna fue aprobada -con aprobado raspado- por amplio consenso de unas Cámaras de representantes venidas desde la oscuridad de una larga dictadura.

Desde entonces, esta celebración laica ha queda arrimada en el calendario a otra fiesta religiosa, de las llamadas de guardar -porque había que dedicar una hora a escuchar la santa misa-, que es la de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, generando la posibilidad de uno de los períodos de asueto, oficialmente más largos, de la democracia española.

Todos los empleados por cuenta ajena, cuando reciben el calendario del año siguiente, se fijan en la ubicación en la semana de estas dos fiestas, la de guardar y la otra, para hacer sus cábalas y prepararse estas vacaciones extraordinarias, que se llaman, en general, puente de la Constitución o de la Inmaculada, según las tendencias de devoción de cada quisque.

Una situación así tiene atractivo para mucha gente. La tiene para los propios vacantes y sus familias, dispuestos a disfrutar de esos días de asueto; la tiene para los hosteleros, sean dueños de albergues y hoteles como de restaurantes o baretos, porque harán sus cábalas queriendo compensar los déficits de mal año; la tiene, en fin, para transportistas y relacionados con los desplazamientos de una masa de personas que, fieles al principio no probado jamás de que hay que cambiar de aires para ser más feliz, se lanzan a la carretera, o reservan pasajes de avión, de autobús o tren.

¿Hemos dicho reservan pasajes de avión? La ocasión es perfecta para que 2.500 personajes aprovechen el momento para ponerse enfermos, sin preocuparse de dejar en tierra las ilusiones de unos cientos de miles de personas que contemplarán, primero atónitos, y luego crecientemente cabreados, que sus perspectivas de viaje se han quedado en agua de borrajas.

Así, viajeros de placer, retornantes a sus hogares de sus trabajos en el extranjero, turistas nacionales y extranjeros, hombres y mujeres de negocios, se verán convertidos en rehenes de los intereses particulares de un puñado de desaprensivos, incapaces de calcular las consecuencias de sus actos para los demás.

Nos ha conmovido leer los argumentos de uno de los controladores aéreos y sus simpatizantes, perdidos los nervios de ver cómo se les obligaba, decretado el estado de alarma, a incorporarse a sus puestos de trabajo, sediciosamente abandonados. Qué gran verdad en sus palabras, qué emoción transmiten, qué bellas y sentidas argumentaciones. Su resumen es cierto: "No nos comprenden".

Una fiesta para olvidar, sin duda.

Sobre lo que aún no ha divulgado Wikileaks

Los documentos que esa agrupación a la caza de desvergonzados, que ha tomado el nombre de Wikileaks -pero al que resulta seguramente más adecuado el de Shamelessleaks-, ha puesto al descubierto, dejando con el culo al aire a unos cuantos simpatizantes, -confidentes voluntarios o inocentes-, el libro de recetas de cocina, por no decir, de los secretos de la alcoba de los contubernios, del Estado más poderoso de la Tierra.

Algunos media, que seguramente (aunque lo nieguen) han pagado un dineral por airear esta casquería, se esfuerzan en presentar esa historieta cómica de los bajos fondos de la política en pequeñas dosis y con letras mayúsculas; se comprende que quieran tratar de recuperar la inversión y se agradece que no nos quieran empapizar con demasiada casquería, introducida de sopetón.

Y, sin embargo, al leer el relato de los chismes, elucubraciones, hipótesis, cotilleos y juicios -temerarios, certeros o exquisitos- de tantos cientos personajes conocidos, -por haberlos visto antes representando sus papeles oficiales-, es difícil sentirse escandalizado.

La mayor parte de las veces, nos parece que no se nos cuenta nada nuevo, algo que no imagináramos o no supiéramos ya; y, en otras, podemos pensar que todos estos personajes que han sido descubiertos en ropas interiores son, a la postre, actores secundarios, figuras de reparto.

Están ensayando los efectos de una obra que les viene grande y que habrán de representar luego ellos mismos o sus jefes, y que, aparentando ser muy profesionales, prueban la manera de lograr despertar de forma más eficaz los sentimientos para que lo que nos cuenten luego en el escenario nos resulte más creíble.

Dejando de lado el análisis de lo que ahora se desvela, estos relatos son, desde luego, una tentación irresistible para extraer consecuencias generales acerca de cómo se tejen los hilos de los intereses que más les merecen la pena a los que se creen poderosos.

Sorprende, desde luego, que se guarden con tal despreocupación un montón de notas íntimas, después de que alguien importante las haya recopilado, calificándolas de alto secreto.

Esta colección de opiniones y comentarios, -a veces sagaces pero la mayoría  triviales, e incluso, en no pocos casos, ridículos-, está salpimentada con elucubraciones e hipótesis sobre los móviles de terceros y murmuraciones de charla de café,  traicionando muchas veces la confianza de los interlocutores que confiaron sus miserias a quien no tenía otra misión que sonsacarles algún chisme. 

Gentes, unos y otros, aparentando capacidad de decisión, pero, en verdad, comparsas. Sus chismorreos, ahora puestos en mayúsculos, si hubieran sido copieteados en su momento desde un periódico de provincias nos parecerían más bien la invención de un plumífero de chicha y nabo, escasos de interés.

Así que, una vez más, el saber no solo ocupa lugar, sino que nos llena la realidad de porquería.

La culpa no la tiene Wikileaks, al que debemos agradecer que nos confirme, con esas, lo que ya sabíamos o, al menos, intuíamos. La desazón proviene de lo que trasciende ahora de esas revelaciones, porque, al desvelarnos una parte, nos dejan con la curiosidad de confirmar todo lo demás, lo que también sospechamos que se ha estado y se está cociendo en esas y muchas otras ollas.

En los miles de pucheros de mentiras y contubernios  que, siendo seguramente controladas hasta ahora por cocineros más cautos, o no han dejado huellas de las recetas con las que nos preparan los platos aliñados que engullimos cada día, o aún no hemos acertado con descubrir el cajón disimulado en el secretér, donde se guardan.

Tiemblen las organizaciones que han conservado los testimonios, registrados en cualquier soporte -manual, digital o unguiculado-, de las razones que les han movido a actuar como hicieron; si están a tiempo de destruir para siempre las informaciones que les han servido para tomar cualesquiera decisiones o doblegar torcidas voluntades, háganlo. 

Porque el deseo de sacar a la luz los entresijos de cuanto mueve el mundo y poner patas arriba a sus autores, es ahora insaciable. No nos bastará lo que hasta ahora tenemos documentado. Complacidos por confirmar que es genuina la indignación de las más altas instancias de los países afectados por la filtración, queremos más.

Vamos a acabar confirmando la verdad de nuestras incursiones mentales en lo que imaginamos los secretos turbios de todas las confesiones e Iglesias, en los entresijos miserables de las más respetables entidades financieras y mercantiles, queremos obtener la plena certeza de la existencia de contubernios sistemáticos entre gobernantes de países de bloques irreconciliables, entre partidos políticos de signos contrarios, refocilarnos en la confirmación de orgías mentales con intercambio de parejas en que hayan participado líderes de asociaciones en contra o a favor de algo y toda clase de perjudicantes, casorios entre cabezas sindicales, ecologistas, científicos y cualesquiera respetables y las agrupaciones empresariales que criticaron, los centros de contaminación que amenazaron cerrar, los empleadores que ocultaron resultados de sus hallazgos.

Entre tanto, nos sentimos avalados para poder mirar por encima del hombro a los más serios jueces, embajadores, fiscales, catedráticos, ministros, empresarios, hombres y mujeres de alcurnia, de cualesquiera meritócratas y encumbrados. Aunque solo lo sospechamos, acabaremos sabiendo que muchos tienen sus pies de barro sucios de la mierda de sus andanzas por los patios que han tenido que hollar para auparse unos centímetros sobre nuestras cabezas.

Nos los podemos imaginar, pero ahora con nitidez de cámara digital, en cacerías, comidas, visitas a despachos, reuniones oficiales u ocasionales, murmurando respecto a los caracteres del vecino, insinuando falsedades del compañero aparentemente más fiel, solicitando favores para la esposa o la concubina, intercambiando cromos de influencia entre risotadas y palmadas en la espalda y, para colmo, satisfechos de pensar que lo han hecho muy bien, no solo despreocupándose de borrar las huellas de la francachela, sino dejando fiel constancia, con pelos, eructos y señales, de lo que han deducido de lo que han sonsacado al otro.

Ya solo nos faltaría, pero incluso creemos que el trabajo no merece la pena, casar las informaciones confidenciales de todos esos empleados de la diplomacia mundial, buscar, para reunirlas, todas las notas en las que, aplicadamente, suponemos que han contado a sus jefes, en documentos altamente confidenciales, lo que creen haber descubierto.

Qué paradoja. Lo que no saben es que, nosotros, los de a pie, supimos desde que el mundo es mundo lo que se nos quería ocultar. Disimulábamos, conscientes de que teníamos con convivir con esa forma de actuar, puesto que no sabemos cómo fabricar una alternativa. Tenemos ciencia innata respecto a esas Lickyweaks, ("Debilidades babosas") de la naturaleza humana.

Sépanlo quienes creen dirigirnos. La gran fiesta del mundo sigue abierta. No somos invitados de piedra, ni tragamos piedras de molino, no somos sinceros cuando decimos que llueve si nos orinan encima, ni cuando subrayamos con aplausos lo que nos cuentan los caciques para su lucimiento. No nos engañan. Estamos en las claves.  Van desnudos.

Sobre los privilegios y su maluso

Saber hacer algo que está al alcance de muy pocos es un privilegio. Si de esa cualidad, conseguida por aprendizaje, se confecciona el arma del chantaje para perjudicar a miles, a millones de personas, causando máxima alarma social y el caos en un pais, ese maluso tiene la calificación, indudablemente, de delito de extrema gravedad, del que los Códigos Penales recogen distintos tipos en los que puede enmarcarse.

Los controladores aéreos de España no se han presentado a realizar su trabajo el 3 de diciembre de 2010 y, en consecuencia, todo el tráfico por avión del país se ha paralizado este viernes, en el que, aprovechando que el día 6 es la Fiesta de la Constitución, muchos españoles habían programado por ese medio un viaje de vacaciones o, para quienes vivían en otro lugar, acercarse a ver a sus familias.

No podremos evitar, a partir de ahora, cuando sepamos que la aeronave en la que viajamos nosotros o nuestras personas queridas se encuentra dirigida desde la torre de control de un aeropuerto, que en ella están individuos, de los que se depende, a los que les importa mucho más la defensa de sus hipotéticos derechos que los de cualquier grupo de otros seres humanos, por grande que sea éste.

Nos parece que el ministro de Fomento, José Blanco, está realizando una buena gestión de esta crisis insólita. El problema está en que lo que hemos consentido que esos controladores insolidarios sean -aparentemente, al menos- los únicos que están autorizados a manejar unos aparatos que no serán más difíciles de manipular que otros muchos, pero a los que hemos rodeado de un halo de misterio.

Así que solo nos queda la opción a los pacíficos -que somos todos los demás- de obligarles, con la fuerza de la Ley y la amenaza firme de un castigo ejemplar, a que vuelvan a su trabajo.

Eso lo saben los controladores. Todos, pues no cabe imaginar que entre aquellos que tienen en sus manos a diario un poder de decisión sobre la vida de miles de personas, haya quien carezca de la lucidez suficiente para calibrar las consecuencias de sus actos. ¿A qué esperan pues? ¿Cuál es el gozo de tenernos cabreados a todos los españoles, contra ellos?

Debiera ser para ellos terrible que los demás sepamos ahora, inequívocamente, que no significamos para esos seres lúcidos, privilegiados, orgullosos e insolentes, más que un número, una mierda pinchada en su palo, y que nos ostentarán, con gestos insolentes, despectivos, con ademanes airosos, cada vez que alguien les toque un pelo de sus privilegios.

No deberíamos consentir que la situación se repita jamás, y para ello, hay que tomar medidas inmediatamente.

Sobre el fomento de la cultura empresarial, entre el MIT y la RAE

El MIT Enterprise Forum está dispuesto a "ayudar a que se incremente la actividad empresarial en España, de forma diferencial y con mucho impacto", según anunció el ingeniero Pablo Fernández de la Torre, presidente de N2S y responsable del proyecto, ante un auditorio de un par de centenares de empresarios, consultores y otras gentes relacionadas con la crisis -sufridores más bien, nos pareció-, que prácticamente llenaban el salón de actos de la Fundación Rafael del Pino.

La presentación de la ambiciosa propuesta contó también con la presencia del secretario general de Innovación, Juan Tomás Hernani, que cerró el acto sin mucha convicción, quizá desorientado, como prácticamente todos los asistentes, respecto a la forma de conseguir el fin, tan concretamente expuesto, con unos mimbres bastante deslabazados (¿aún?).

Sirva de refrendo a la sensación de que se esperaba más de la reunión el que superPablo tuvo que acercarse al micrófono para anunciar que "eso era todo", pues el público permanecía en sus asientos, después de la intervención de clausura.

Hernani es genuino hombre de ciencias y no parece amigo de florituras. Afirmó que "el Ministerio cree con vehemencia" -que son muchas ganas- "que es necesaria una política de innovación" y recurrió al Diccionario de la Real Academia, para poner algo de sal a un discurso recio, repasando en voz alta los conceptos de innovación, emprendedor y emprender. Incluso aventuró la necesidad de que se incorpore el palabro emprendizaje, en alguna próxima edición, y levantó risas al recordar que una aplicación de la acción de "emprender" que recoge la RAE es en la frase "la emprendió a golpes".

La intervención de cierre del subSecretario de Estado reflejó su propio distanciamento respecto a la disparidad de ideas y criterios -en general, elementales- que habían sido esbozados por la decena de panelistas invitados.

Tanto Richard Kivel -quien estuvo más afortunado en captar el ambiente, a pesar de expresarse solo en inglés, para subrayar las cuatro ideas centrales que se trataba de transmitir, aglutinándolas-, como el dinámico Pablo F. de la Torre, maestro de las ceremonias con vocación de showman, se esforzaron durante las dos horas que duró el acto, en poner tintes animosos a la presentación del proyecto, que, como una representación teatral con flojo guión y muchos adrezzos, aburría mas a medida que pasaba el tiempo.

No fuimos capaces de entender cuál será el beneficio para el MIT Forum, ni para las Fundaciones Everis y Rafael del Pino, que organizaban el acto...y, lo que es más grave, tampoco para los emprendedores.

El proyecto para cuyo impulso se solicitó la colaboración desinteresada de los presentes, necesita -en nuestra modesta y bienintencionada opinión- un par de vueltas más, antes de que pueda ser servido como uno de los platos fuertes de un menú inspirador que alimente el riego creativo de los cerebros que se sientan capaces de impulsar el estado de nuestra economía.

Porque no faltará comida, ya que, repitiendo nuevamente al subSecretario Hernani, el Gobierno está incluso "dispuesto a poner el mantel y las lentejas".

En el espectáculo, a la americana, los muchos (demasiados) speakers invitados lanzaron varios flashes de su visión personal, iluminando la negritud como si fueran integrantes de una Santa Compaña: 

1) "Hace falta generar ideas para emprender y fijarse en las 12 áreas en dondee el planeta invierte más en i+d, porque allí es donde hay mayor probabilidad de generar riqueza, y distribuir el conocimiento entre los emprendedores españoles" (Fernando Alfaro)

2) "El pequeño tamaño de Europa, la diversidad de idiomas y el que no nos pongamos de acuerdo es el problema. Los que invertimos mucho en venture capital hemos dejado de invertir en Europa" (Mayte Ballester)

3) "España es un paquete de Petry estupendo para probar hipótesis, deliciosa para hacer experimentos; hay que conquistar promero el mercado nacional, y ya nos quitaremos la boina después" (Luis Martí Cabiedes),

etc.,

En fin, un cúmulo de buenas voluntades. Hace falta más, bastante más, que buenas voluntades para orientar efizcamente a estos cuatro millones de autónomos que luchan por mantenerse en pie, en medio de una lucha de gigantes multinacionales y bancarios ávidos de hacer dinero rápido.

Porque ni siquiera hacen falta más ideas en España. Tampoco es que sobren, pero se necesita seleccionar a las mejores; hay que ayudar a quienes deseen jugar a ser emprendedores, para que acierten con las más efectivas, no solamente para ellos (que por supuesto), sino para la colectividad (y en eso cuentan, sobre todo, los que manejan más información de a dónde queremos ir).

Hace falta, por tanto, generar un nuevo espíritu de colaboración entre las Administraciones, los centros educativos y de investigación y las grandes empresas. Hay que fomentar la interactividad sectorial y no apoyar la competencia desleal y el copieteo de proyectos. Hay que difundir correcta información de los mercados y de las oportunidades.

Hayqués.

Quizá el más urgente de los hayqués sería el de prestar máxima atención y control a cómo se emplean los grandes desembolsos, públicos y privados en innovación, para que los mejores proyectos sean liderados por gente preparada, dinámica, y para que, puesto que todos los elefantes nacen pequeños, no se encuentren con el escollo de la falta de capital, que aparecerá justamente en el momento en que el éxito les obligue a tomar la decisión de cambiar de escala para el negocio, o lamentar haber muerto en el empeño. 

Los ángeles inversores, especialmente, los que provienen de ahorros locales, también necesitan orientación leal para que sus dineros no se volatilicen, ni desaparezcan en los paraísos de la inoperancia y el canivalismo.

Se nos ocurre que, ahora que las Cajas de Ahorro están destinadas a desaparecer, aglutinar a pequeños inversionistas para que su dinero sirva para impulsar fondos de capital que ayuden a plasmar proyectos de emprendedores próximos geográficamente pero con miras globales, puede ser una mejor forma de reunir a cientos de empresarios y profesionales, en lugar de forzarles a escuchar lo que ya saben.

Sobre lecciones de macroeconomía para pobres diablos

Macroeconomía para pobres diablos podría ser el título de un bestseller, en el que se explicara, de pé a pá y a la patalallana cómo diablos funciona esto del dinero, con qué criterios le dan al rabil los que manejan las máquinas de tirar papel que vale mucha pasta y qué pinta tienen los que juegan con nuestra expresada ambición de que nos dejen en paz la mayor parte del tiempo posible, echando dosis de pánico en el frasco donde se cuecen unos indicadores de su malauva y a los que nos han colado en nuestra sala de malestar como índices de confianza.

El mago de la chistera que es el presidente Zapatero ha sacado el 1 de diciembre de 2010 de su fabulosa capacidad para asombrar a extraños y propios la firme decisión, que se plasmará en un acuerdo del Consejo de Ministros del viernes 3, que va a reducir la cartera de empresas públicas, apoyar a las pymes bajándoles algo los impuestos y fastidiar, no hay que suponer la intención, a los parados de larga duración (tosco eufemismo), echándolos a los cocodrilos de la inanición al suprimirles el subsidio.

La medida es, en realidad, el acompañamiento a la decisión del Banco Central Europeo de comprar deuda española a un precio razonable, y a las declaraciones en apoyo de lo bien que lo estaba haciendo el Gobierno de España en el manejo de esta crisis-huracán que tenía que pasar inadvertida por nuestras costas y, por un desgraciado viraje, nos dió de lleno, cuando no teníamos las puertas y ventanas apalancadas.

Ni más ni menos que el correoso Comisario Joaquín Almuna (hablando en español, para que se le entienda aquí), el díscolo presidente del Banco de España (MAFO, por fin advertido de que no le pagan por andar revisando las previsiones oficiales del Gobierno), una anónima subsecretaria del Estado norteamericano (Lael Brainard, enviada para vigilar cómo se hacen las cuentas aquí) y el desconcertado presidente del BCE (Jean Claude Trichet, que conduce el coche económico europeo cambiando de marchas sin percatarse de que está sobre un automático) han aplaudido, alabado y refrendado la solidez de nuestro sistema de producción y flujo del dinero.

La Bolsa española, ante tales declaraciones y augurios, ha dado un rebote desde las profundas simas en las que estaba sumida. El dinero reapareció en los mercados, atento a sacar tajada de estas perspectivas.

En el Manual de macroeconomía para pobres diablos se explicaría que este juego de la Bolsa no es apto para ellos, aunque se cuenta con que se les atraiga para que pongan su dinero en el tapete. Como en otros juegos, desde la Lotería hasta las máquinas tragaperras, los que ganan siempre son los que han fijado las reglas.

Y una de ellas es que, salvo la Banca, todos acaban perdiendo a largo plazo hasta la camisa.

Sobre los chisguetes de expertos en jeribeques

Si de aquel chorro de voz al cantante solo le quedó un chisguete (que es un chorro fino, aunque violento), tiene su intríngulis hablar de lo que nos dejan los expertos en jeribeques (es decir, contorsiones)y, muy especialmente, aquellos maestros en poner el careto para recoger las mieles en acontecimientos y acciones de mérito en los que no han tomado parte más que a la hora de la chicha, escabulléndose si hay que poner el callo.

Esta forma de actuar tan despreciable si se la contempla desde arriba -desde esa distancia con la que los que no son de este mundo miran lo que hacen sus congéneres- es muy apetitosa para los hijos de las tinieblas y, por eso, puede ser tenida por tan antigua como el hombre mismo, ahí donde empieza a tener consciencia de que hay un más allá en el más acá.

El propósito de perdurar coexiste desde que el mundo es mundo con el de demostrar a los contemporáneos lo importante que es uno, pero ahora está mucho más generalizado. Cuando contemplamos en los Museos los retratos y esculturas de tanto principal del que el paso del tiempo no nos ha dejado ni su nombre, ni -lo que es mucho más lamentable- el del artista, podemos reflexionar sobre lo efímero de la mayor parte de las glorias.

Pero en la actualidad, en donde lo que se ponga o haga pensando en el futuro importa mucho menos que lo que se pueda hacer pasar hoy por alguno de los propios sentidos, la obsesión por las plumas y adornos pretende una traducción inmediata. Y, como no hay muchas ganas (ni capacidad) de hacer análisis, los engaños están a la orden del día.

Observando lo que nos rodea, advertiremos, por eso, que en todos los actos, ceremonias, manifestaciones, comisiones, presentaciones o reuniones en las que se ventile algo de publicidad, hay una colección de individuos que acuden, prestos, moviendo sus pies lo más cerca posible de la primera fila. Están haciendo currículum.

Su dedicación a lo que a ellos les importa, los tendrá permanentemente ocupados en engordar sus méritos con los de otros, haciendo ver que estuvieron allí, participando, cuando solo estuvieron para salir en la foto.

Pasado algún tiempo y, sobre todo, cuando hayan muerto o desaparecido en las batallas los que verdaderamente curraron la camiseta, aparecerán ellos como los artífices, con el único mérito de haber sido comparsas.

Así nos van quedando los chisguetes de esos expertos en jeribeques, cuyos nombres irán poblando las calles, los parques, las plazas y plazuelas, sirviendo de referencia para fundaciones, frontispicios de escuelas, centros de investigación, etc., y se les darán diplomas, y atribuirán méritos que no son suyos, viendo los tiempos futuros, para consternación de quien esté en el ajo, los nombres de estos jetas y fatuos, entremezclados con los de los verdaderos ilustres, con los sabios, con los maestros, con los esforzados, haciendo de la confusión, perpetua ceremonia.

(P.S. Por cierto, lo de Wikileaks nos parecen ganas de dar cancha a los chisguetes de los que gustan de los jeribeques. Por un lado, lo que se difunde nos parece que  ya lo sabíamos, y no por verlo ahora junto y en mayúsculas nos causa más emoción.

Por otro, ya sabemos que la estrategia internacional descansa en intercambio de informaciones desde el terreno y en contactos entre amigos -eso es la diplomacia-, y que los comentarios que se hacen en notas internas dirigidas a quienes se debe dependencia funcional utilizan un lenguaje distendido.

Por ello, no nos vamos a rasgar las vestiduras junto a los que se alarman y desmayan como cortesanuelas ante lo obvio, de la misma manera que no nos encontrarán junto a los que escuchan con embeleso los chismes que cuentan la ex-criada o el antiguo chófer de los que sirvieron, olvidando que, entre sus funciones, está la de ser discretos.

Sobre gestas, fútbol y misiones

Qué cabe duda que del fútbol se pueden sacar enseñanzas. Como toda confrontación, en la que dos (o más) equipos compiten por ganar, sometidos a ciertas reglas y bajo la observación atenta y crítica de otros, involucra estrategias, protagonismos individuales y esfuerzos colectivos que se pueden analizar a posteriori de acuerdo con el resultado.

El simbolismo de un encuentro de fútbol Barça-R. Madrid, cargado de intereses y emotividades que nada tienen que ver con el deporte, cobra su verdadera dimensión -ridícula- a la vista del resultado abultado que el 29 de noviembre de 2010 ha ofrecido este juego de pequeños salones que se escenifica en estadios cada vez más grandes y ante multitudes crecientemente menos inteligentes : Barça, 5-R. Madrid, 0.

Ha sido una inmensa suerte que la casualidad nos  haya ofrecido a los analistas de la realidad un resultado tan desproporcionado. Ni siquiera los más forofos del Barça y los más enardecidos simpatizantes del estilo sobrio de Guardiola y la capacidad de funcionar como equipo conjuntado de Messi y sus colegas, habrían de estar de acuerdo con que la superioridad de su equipo respecto al rival madrileño es tan aplastante. Si así fuera, no habría espectáculo, ni tensión. Apaga y vámonos.

La memoria nos retrotrae a hace unos días, cuando el presidente de Acciona, que también ejerce de presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, recogía de manos de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, el  premio al mejor ingeniero de caminos del año 2010. Eran otros tiempos, sin duda, en los que parecía posible hacer trascender a un terreno de juego rectangular cuestiones relativas al centralismo respecto a la periferia o, sencillamente, pretender que el éxito depende de una persona y no de la afortunada combinación de capacidades, equipos y coyuntura.

Al mismo tiempo, prácticamente, en el que el Real Madrid y el centralismo temperamental recibían tan severa derrota por culpa fundamentalmente del azar, un grupo de amigos se entregaban a la grata tarea de escuchar a Carlos Zapata, ingeniero industrial, que disertaba sobre un desconocido para la mayoría, el teniente de navío y coronel de infantería de marina Melchor Ordóñez.

La historia sucedió durante el período conocido en España como Restauración, y la aventura de Ordóñez tiene semejanzas con la del Mensaje a García. Se le encomendó entrevistarse con el rey de Annam (Siam) para negociar un tratado que permitiera la emigración de sus súbditos y la exportación de arroz.

El modo como se organizó el viaje, el planteamiento, a un tiempo solícito pero persistente en el propósito de conseguir el éxito de la compleja misión, se nos antojó a los asistentes, a toro pasado, más ilustrativo, formativo y convincente que otras hipotéticas gestas cuyo propósito es, a la postre, solo hacer pasar un rato agradable al respetable.

Porque aquello, aunque hoy prácticamente desconocido, es historia de España y, como expresó el conferenciante, "ejemplo de ciudadano, buen patriota, excelente marino y modelo de lo que puede conseguir un ciudadano solo, entregado a su empeño y a su ingenio". Lo del Barça-R. Madrid, por fortuna para los forofos madrileños, ni es historia, ni merece la pena recordarlo, salvo como ilustración de que no se deben poner símbolos ajenos en lo que es solo un juego de pelota, y ni siquiera una cuestión de pelotas.

Sobre lo que nos ocultan los economistas y las fricciones en la búsqueda

Si hemos entendido bien, los respetables profesores a los que se ha concedido en 2010 el Premio Nobel de Economía -Pissarides, Mortensen y Diamond- han descubierto que la razón por la que los mercados no funcionan bien es que existen faltas de comunicación entre los agentes.

Esos defectos de información provocan falsas decisiones, fricciones en la búsqueda de las soluciones. Y, en el sector del trabajo, justifican el que haya bolsas de paro cuando, en realidad, existen vacantes por cubrir.

No se han quedado ahí, claro.

Entre los modelos que han analizado, han introducido variables que vienen a demostrar que, por ejemplo, a partir de un determinado nivel, cuanto mayores y más generosas son las prestaciones por desempleo, más paro pueden generar, pues desincentivan la búsqueda de trabajo.

Leyendo la divulgación de sus pesquisas en los media, se puede sacar la impresión de que el Premio Nobel de esta especialidad del saber (que es, como toda ciencia, probablemente, vecina con puerta de la del no-saber) es, de entre todos los galardones, el que resultaría más fácil de conseguir, si nos pusiéramos a ello; es la que se vende más barato, vamos, que diríamos en lenguaje castizo.

No debe ser así, sin embargo. Lo que seguramente pasa es que los mortales de medio pelo no estamos preparados para entender las sutilezas de los análisis macroeconómicos, porque solo nos preocupamos de lo nuestro. Nos creemos que hemos venido a este mundo solo para hablar de nuestro libro (como Francisco Umbral en TVE).

Solo las mentes privilegiadas pueden distinguir perfectamente entre los intereses generales, que afectan al bien común, y los que afectan a los bienes de cada uno. Estos, los intereses de cada uno, son, a diferencia de los otros, muy fáciles de medir, ya que los instrumentos para su valoración están relacionados con la satisfacción personal de cada quisque, y aquí no dejaremos a ningún Premio Nobel que nos meta la mano, porque nadie sabe mejor que uno mismo dónde le aprieta el zapato.

Hay que dejar que sobre la justicia de la concesión del Nobel a estos pensadores, opinen solo los de su tamaño intelectual. Tranquiliza, por tanto, que Paul Krugman, otro macroeconomista galardonado con el mismo Premio -y , en consecuencia, reconocido gigante de los análisis que afectan al bien común- haya comentado que el Premio estaba "muy merecido".

Krugman, como es sabido, figura entre los asesores del Presidente español y es. además, editorialista casi convulsivo en el periódico El País, que resulta, junto con su blog, fuente preciosa para seguir la evolución de sus reflexiones.

La capacidad de Paul para adelantar lo que nos va a suceder a los españoles lo ha convertido en un referente inexcusable a la hora de acudir para provisionarse a la farmacia, antes de que se agoten los profilácticos. Hace casi dos años, ya indicaba que lo que había que hacer para solucionar la pésima situación a que nos había conducido en España la burbuja inmobiliaria era "bajar los salarios" ("The only alternative is wadge cuts").

Por la misma época, y lo decimos sin falsa modestia, a nosotros ya se nos había ocurrido que la alternativa estaba no solo reducir los salarios, sino en aumentar la productividad, es decir, trabajar más.

La primera de las medidas es dolorosa, porque reduce el poder adquisitivo de los que viven de su trabajo.

La segunda, sin embargo, no solamente aumentaría el producto interior bruto colectivo -a poco que se acertara en elegir lo que se desea producir- sino que resultaría una fuente de satisfacción en lo individual. Puesto que trabajar más, ayuda a mantener ocupado un tiempo que, de otra forma, se dedicaría a maldecir al gobierno, quejarse de la propia mala suerte o, lo que es peor, ver obsesivamente partidos de fútbol entre extranjeros mientras se consume cerveza holandesa, con nueces de Macadamia en pantallas de plasma importadas de Alemania.

Por cierto, esta última afición a ver, analizar, discutir y extrapolar las acciones de varios atletas dándole a un cuero inflado, tiene un efecto nefasto múltiple. Por una parte, aumenta los ya altamente excesivos emolumentos de esos malabaristas,provocando más desánimos y fricciones entre los currantes de a pie (a pie flojo, se entiende), y falsos incentivos de la niñez hacia el fútbol como solución de futuro, distorsionando el mercado del trabajo.  

Por otra, reduce las cantidades que se podían dedicar a crear verdadera competencia por la calidad, pues dichos superhéroes de la pelota son utilizados para darnos consejos sobre qué comer o vestir, donde meter el dinero que nos sobra o qué coche comprar, lo que, además de instigarnos a consumir lo que cada vez podemos permitirnos menos, nos impele a no analizar lo bueno de lo malo por nosotros mismos.

De estos análisis, y llevando la anécdota a categoría, que es lo que está de moda, resulta fácil sacar la conclusión, por tanto, de que lo que nos ocultan, adrede, tenemos que suponer, los macroeconomistas es la mitad de las soluciones y, seguramente, la que nos produciría más satisfacción.

Se deberían pedir responsabilidades de tal actuación omisiva. 

Aunque, más que analizar formas de solucionar el desaguisado desde dentro, se podría pensar en una tercera variante: romper la baraja, olvidarse del mercado,  y de su supuesta asignación eficiente de recursos, de las empresas que maximizaron ayer su beneficio y hoy quieren convencernos de que lo que más les preocupa es optimizar la Responsabilidad Social Corporativa, y empezar a distribuir nuevas cartas, con otras reglas de juego.

Podemos soñar con esas nuevas reglas, en las que se premie la seriedad en los comportamientos, la eficiencia en los resultados, la honestidad como principio irrenunciable, el respeto a la inteligencia y a las canas, el menosprecio al oportunismo, el cuidado desprendido a los débiles y necesitados, y se estimule la formación permanente, la cooperación entre todos, la máxima solidaridad, la renuncia a la guerra y a cualquier apropiación por la fuerza, ...

Perdonen que nos hayamos dormido.