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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre egoísmos, amores y compasiones

En el libro sobre El arte de la compasión, citado con empalagosa veneración por los simpatizantes del budismo (o, tal vez, solo del Dalai Lama), se define con precisión un concepto de compasión, al que queremos ajustarnos en este Comentario: "El deseo de que los demás estén libres de sufrimiento" y también "la capacidad de sentirnos próximos al dolor de los demás y la voluntad de aliviar sus penas".

La voluntad de ser compasivos con el otro, que debe distinguirse, según este esquema, de la voluntad de compadecer -superando las dificultades de la confusión de ambos términos por el uso común-, se separa también del mandato de amar al prójimo, que constituye el eje práctico de la doctrina cristiana.

En el cristianismo, el modelo compasivo por excelencia lo representa la Virgen María. Su capacidad de actuación para "aliviar las penas" proviene de su poder mediador ante su Hijo, Jesús, componente demiúrgico de la Trinidad. El camino hacia la santidad del creyente cristiano -del que existen varias versiones no dogmáticas- supondría la superación del egoísmo, despreciando el valor de lo material, aunque entendiendo su plena utilidad para ayudar a los demás, como manifestación de amor hacia ellos.

Es muy difícil amar a los demás como a uno mismo y es igualmente tarea de Hércules tener compasión en el sentido expresado por el Dalai. Solo santos y budas consiguen esa perfección; y los segundos, además, raramente en una sola vida.

Preferimos, simple y llanamente, compadecer la mala suerte del otro, cuando la enfermedad, la muerte, la desgracia o cualquiera otro de los múltiples productos que el azar pone en el camino de la vida, le ha dado en la cabeza. Eso nos permite pasar tranquilamente la página del dolor ajeno, para concentrarnos en disfrutar de nuestra buena suerte.

Budas, Iluminados, Vírgenes, santos, tened compasión de nosotros. Nos hemos especializado en dar simplemente el pésame a quien sufre la pena, en desear por todos los medios la riqueza y el poder del otro, y en creer que el trozo de mundo que se nos ponga al alcance está a nuestro directo servicio, confiados en que después de la propia muerte, no hay nada que podamos volver a contar en primera persona.

 

Sobre la familia, la propiedad privada y el Estado (y 2)

La propiedad privada ha evolucionado muchísimo, por supuesto. En general, puede decirse que no existe. Las grandes fortunas tradicionales se han transformado en sicavs, sociedades limitadas, o fundaciones. También, para conseguir la opacidad respecto al fisco, los propietarios tienen residencia a estos efectos en un paraíso (fiscal, obviamente), o en otro país en el que no figuran detectados como domiciliados.

La forma habitual de propiedad privada es la del propio piso, si bien, en realidad, el verdadero propietario es la entidad financiera que ha concedido el crédito hipotecario, genuinamente pagadero en 30 o más años. Otras propiedades han sido desposeídas de muchos de sus elementos de disfrute, pasando a ser prácticamente públicas, evidenciando un creciente deterioro y abandono en no pocos casos.

En cuanto al Estado, se puede decir que ha desaparecido como tal, dedicado exclusivamente a soportar una categoría de empleo llamada funcionario, aunque se desconoce, por lo general, cuál es la función que realizan, si bien se suele seguir admitiendo que los portadores de esa prebenda o canonjía indican que se dedican a la enseñanza, a la conservación del medio ambiente, o forman parte de los equipos humanos de ministerios, consejería y concejalías.

No hay que confundir Estado con nación, y mucho menos con nacionalidad. La nación es un concepto político, abstracto, que se utiliza por algunos profesionales para conseguir más dinero de los impuestos y administrarlo en el beneficio de crear más puestos de presunta actividad para sus correligionarios ideológicos, y, en casos cuyo verdadero alcance es desconocido, para compensar sus esfuerzos, en formas de corrupción o corruptelas que, salvo para cuatro jueces con mala uva, no causan mayor escándalo ni indignación.

Sobre la familia, la propiedad privada y el Estado

Interprete el lector que el título de este comentario es un homenaje a uno de los mejores trabajos de investigación sociológica que haya realizado un ser humano: "El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado", de Friedrich Engels, escrito en 1884. Debía tener el deslumbrante filósofo muy claras las ideas porque lo escribió en dos meses.

Desde un plano más sencillo y sin ánimo revisionista, podríamos, sin embago, proponer algunas actualizaciones.

Por ejemplo, el concepto de familia ha sufrido sustanciales reformas.

Existen, básicamente, dos tipos de familia. El tipo, llamémosle, a), está en la actualidad compuesta de dos personas de cierta edad (más de sesenta años), de la que una de ellas cobra una pensión pública, independientemente de sus propiedades y restantes ingresos, y cuyos hijos -típicamente dos- ya llevan "emancipados" unos cuantos años, pero a los que ayudan económicamente. Este grupo es un residuo, o resto, de la familia histórica, a extinguir.

Los hijos de estos individuos en extinción, por lo general, no forman familia, aunque cohabitan con otra persona, y a pesar de que se les denomina a efectos fiscales "familia monoparental". Carecen de proyecto, salvo pasarlo lo mejor posible, consumiendo en su propio beneficio todo lo que ganan. No creen en nada. A diferencia de sus padres, a los que se referirán frecuentemente por su nombre de pila, y a los que animarán a "disfrutar de la vida", habitan en pisos de alquiler, pero tienen como bienes propios un coche lujoso y una televisión de plasma.

Sus mayores, habitan en un piso con varias habitaciones vacías y tienen un salón con las estanterías llenas de pequeños objetos y fotografías de "cuando los niños eran pequeños".

El tipo de familia b) está formado por una pareja heterosexual entre 35 y 40 años, y sus dos hijos mellizos (gemelos bivitelinos), obtenidos por el método de fertilización in vitro y posterior inseminación, en un procedimieno carísimo pero cómodo, pues se puede programar el día del parto, y ajustarlo con las vacaciones de otoño. Viven también en una casa de alquiler, los dos componentes adultos trabajan, y el vestigio humano se completa con una asistente -latinoamericana o rumana- que enseña a los niños canciones populares de su país (de ella) y ha dejado a su propia familia en su lugar de origen, al que sueña volver, con el producto de los ahorros y pequeñas sisas.

Es curioso de la evolución, de que aunque los del tipo a) consideran que los del tipo b) siguen siendo su familia, los del tipo b) raras veces consideran al tipo a) como familia sino, sustancialmente, como una obligación más o menos penosa, que les supone compromisos y la posibilidad de contar con una guardería durante los frecuentes viajes al extranjero que realizarán, "para conocer el mundo". Acabarán considerándolos como un estorbo, "una lata" o "mi cruz" (singularmente, si se trata de los ascendientes del otro elemento de la pareja), por lo que, si se quedan viudos -típicamente, viudas- los recluirán en una casa de mayores, "en donde estarán muy bien atendidos".

Estos residuos, con edades normalmente superiores a los 70 años, tendrán la oportunidad de crear una nueva familia no biológica, con los otros habitantes del albergue para la tercera edad, entablando relaciones intensas -utilizando principalmente monosílabos y bisílabos: sí, no, vaya, la-sal- con sus compañeros de reclusión y los cuidadores.

En aquellos casos, en los que los envejecientes/envejecidos puedan valerse de forma más o menos autónoma, y dispongan de medios económicos, se constituirán en unidades monoparentales o biparentales, siendo posible que formen parejas de hecho (sin connotación sexual de ningún tipo) con sus asistentes, generalmente de origen latinoamericano.

A su muerte, se les dispondrá una ceremonia de incineración  a la que acudirán unas diez personas, y sus cenizas serán esparcidas, subrepticiamente, por los montes cercanos a su lugar de nacimiento, para evitar el engorro de tener que visitar los cementerios y, porque, si bien se mira, resulta mucho más barato.

Existen otros tipos de agrupación de personas, que, podrían ser considerados como formas familiares espúreas, pero no tienen igual importancia numérica, aunque algunas modalidades han experimentado crecimiento notable. Es el caso de las formadas por una sola persona, relacionada ocasional y sentimentalmente con una, dos o cuatro, básicamente del otro sexo. En casos excepcionales, vivirán juntos, y se autollamarán "mi novia", "mi marido", o "compañero de piso".

(sigue)

Sobre la abogada Carrascosa y su encuentro con la justicia internacional

No sé a Vds. A  nosotros nos causa un profundo pesar la historia judicial, como acusada, de la letrada Carrascosa. Fue condenada el 24 de diciembre de 2009 en Estados Unidos por secuestro de su propia hija y oposición a la justicia (entre otros cargos), a la friolera de 14 años de prisión, por los Tribunales de New Jersey.

Condenada, en realidad, por cumplir una sentencia de un Tribunal español que le concedió, en juicio justo y con audiencia de su ex-marido,  la custodia de la niña, a la vista de los hechos, entre los que se incluía el comportamiento maltratador de su ex- marido, al que se le ordenó al alejamiento de ambas.

Carece la acción llevada a cabo por María José Carrascosa de los elementos para aplicación del tipo penal de secuestro. Un delito definido, para la jurisdicción española, en el art. 164 del Código. El  delito de secuestro es un tipo agravado de detención ilegal, cuya base esencial es exigir condiciones para la puesta en libertad del confinado.

La hija de Carrascosa -que tiene 9 años en la actualidad- no está retenida contra su voluntad, no hay condiciones (falta absolutamente el tipo penal) para su puesta en libertad yj, además, existe fundamento legal y jurídico para la posición de la madre, pues  se está cumpliendo con lo indicado por la Justicia española, que ha retirado el pasaporte de la pequeña y le impide salir de España.

La cara de la abogada, cuando recibió la sentencia, lo indica todo. Está cansada, aturdida, incrédula. Al parecer, han intentado envenarla. Es lógico que se encuentre sicológicamente afectada de forma muy grave, después de llevar cuatro años encarcelada, sin garantías legales, y tratada como una delincuente peligrosa.

Es incomprensible, desde luego, que el juez que la condenó le indicara que el castigo al que la somete es especialmente grave por el comportamiento de la inculpada y se permita aconsejarle que si entrega su hija al ex-marido -cumpliendo con la revisión de la extravagante sentencia de separación que solicitó el cónyuge norteamericano a la Justicia de Estados Unidos, posteriormente a la obtenida en España y con incumplimiento de las garantías de proceso que corresponderían a María José-, su calvario quedaría finiquitado.

El juez Donald Venezia es, según informaciones obtenidas de internet, y como otros intervinientes en la deplorable historia, un funcionario envuelto en varios casos de corrupción, y calificado de "muy malo" en el Robe, que es una fiable referencia para estimar las actuaciones de jueces norteamericanos. 

Los testigos principales aportados al juicio han denunciado las amenazas a que fueron sometidos, y sus declaraciones a la hermana de María José fueron hechas públicas, poniendo de manifiesto el comportamiento delictual y facineroso del personaje que pretende ser un buen padre para la niña.

Tenemos mucho que aprender de la forma de entender las categorías de aplicación justiciera que se estilan en Norteamérica, para muchos, -mal informados- paradigma y modelo de las libertades.

El caso Carrascosa es una demostración más de que, para los norteamericanos, la Norma Suprema Universal es la suya, y que el ciudadano de aquel país, es el merecedor del máximo amparo, aunque se haya comportado como un delincuente, pasando por encima de otras jurisdicciones, a despecho de cualquier racionalidad, al margen de cualquier sentido elemental de la justicia y obivando el respeto debido a las personas y la exacta consideración de sus móviles.

Desgraciadamente, el caso Carrascosa significa más, mucho más. Habla de la incapacidad de la Administración española para defender a uno de sus ciudadanos contra la aplicación torticera del derecho y la justicia (no es posible argumentar que "la Administración no puede inmiscuirse en la aplicación de la jurisdicción extranjera", puesto que, aunque casada en Estados Unidos, su matrimonio tiene validez en España y su hija es española).

Habla también de la capacidad de manipulación que se concede, en algún Estado nortamericano, al nacional trapacero, como el que estuvo casada la pobre Carrascosa, y, adicionalmente, dice mucho de las importantes dosis de machismo y bajonería que siguen rigiendo en algunos sectores de nuestra sociedad.

Basta darse un garbeo -con pañuelo en la nariz- por alguno de los foros en donde se opina sobre el caso, en donde se llama a María José feminonazi y se la insulta -a ella, a la justicia española y a quienes la apoyan- con inconcebibles expresiones de odio, racismo y antifeminismo.

Freedom and justice for Maria Jose Carrascosa,  innocent mother, suffering Spaniard under the tortuous missapllication of the law and the ethic´s depict.

Sobre la democracia y los tres poderes

Más que elucubrar con reiterados argumentos sobre la separación de los tres poderes (ejecutivo, legislativo, judicial) como fundamento de apoyo la democracia, situación archirepetida que encuentra cobijo en todas las Constituciones, pretendemos en este Comentario referirnos brevemente a las razones por las que esa teoría no funciona o, cuanto menos, no funciona como debiera.

Nos parece que la causa fundamental de disfunción de esa sistema tiene un culpable mayor, que es la contaminación total entre las tres funciones, que han convergido en un solo poder, y cuyo efecto absolutamente pernicioso es su autoreproducción.

En las decisiones sustanciales es donde se ve la corrupción de los procedimientos. La selección del ejecutivo tiene muy poco que ver con un procedimiento democrático, habiéndose adueñado de la misma los partidos políticos, cuyo funcionamiento interno está lejos de demostrar la plasmación del espíritu de igualdad de oportunidades y selección de los mejores.

La vinculación de los poderes ejecutivo y legislativo es absoluta, siendo los debates en las Cámaras, no verdaderas discusiones constructivas acerca de lo que conviene legislar (y, desgraciadamente, ya perdido el principio de legislación mínima), sino demostraciones palmarias de las mayorías que han llevado al ejecutivo al poder.

En cuanto a la situación del poder judicial, la independencia ideológica de la mayoría de estos funcionarios limita con la escasez de medios y la abrumadora judicialización de la sociedad, que favorece a los más poderosos económicamente.

Sobrecargados de trabajo, faltos en demasiados casos de preparación -teórica y práctica-, nunca suficientemente bien pagados pero con una consideración de relevancia social altísima,  los jueces acumulan decisiones que, según los niveles de la magistratura, parecen oscilar desde la tendencia (de forma consciente o inconsciente) a apoyar preferentemente a los socio-económicamente más solventes o a servir de ejecutores (puede que incluso conscientemente) de las directrices del ejecutivo o del partido dominante en la oposición.

La única forma de salirse de esta espiral contaminada, sería la puesta en cuestión periódica de todos los cargos, de todas las posiciones, de todos los puestos. No se trataría tanto de renovarlos sistemáticamente, sino de revisar, cada cierto tiempo, cómo se están ejecutando las labores asignadas.

¿Quién debería enjuiciar esa labor? He aquí el quid de la cuestión. Suele decirse que los media cumplen esa función, aunque esa afirmación sirve solo para consuelo de incautos, pues la información publicada contiene ya el sesgo del interés de quien la difunde. Este es un cuarto poder tan corrupto o corrompible, o más, que otros.

Por desgracia, tampoco sirve, en una buena parte de los casos, la manida frase de que "el pueblo tiene la última palabra" o de aplicar como norma que "la soberanía reside en el pueblo". La aperentemente noble e inocente posición de "un ciudadano, un voto" conduce a aberrantes decisiones, pues las diferencias culturales, sociales, y, por supuesto, de información pueden también servir de elemento de manipulación, según para qué actuaciones.

Puede ser interesante considerar que, para algunas decisiones en las que se necesita formación, información y objetividad, sería útil detectar una aristocracia intelectual, de cuyos componentes se eligieran por azar, y modificándolos cada año, siempre por el mismo procedimiento, aquellos ciudadanos que se distingan, por sus cualidades sociales y morales, y cuya lista base haya sido confeccionada con un procedimiento transparente y abierto.

Entre las cualidades objetivas de esa élite se podría enumerar el haber cumplido 50 años, estar dispuestos a ejercer su función sin cobrar, tener una trayectoria personal y profesional intachable -no necesariamente en la Academia- y que, por supuesto, no pertenezcan a ningún partido, grupo de presión o de interés.

Ya, ya sabemos que no existen. Todo es una fantasía.

 

Sobre el Belén, la Navidad y otros símbolos

La democracia hispana tiene cierta fijación con los símbolos, particularmente con los religiosos. Vive con ellos una relación de amor-odio vergonzante, que la conduce a contradicciones que no tienen otra explicación más que desde la incultura.

No resulta comprensible que en un pueblo que se reconoce agnóstico, los cargos públicos juren o prometan ante un crucifijo, puesto sobre la mesa. Menos aún que el funeral previsto para honrar oficialmente con lo que se llaman pompas fúnebres sea el que se realiza bajo los ritos católicos.

La eliminación de los crucifijos en las aulas ha desatado una honda polémica, con ribetes burlescos, por la que se ha puesto en el mismo cesto a minaretes, candelabros de siete brazos y hasta cruces gamadas.

Pero al llegar la Navidad, que es la fecha en la que se conmemora la encarnación de Dios como hito especial de la genética judía, toda diferencia se olvida, y no hay ningún problema en mezclar todos los símbolos con manifiesta impudicia, con la intención subyacente, al combinarlo todo, de salvar el pellejo de lo agnóstico, aunque cayendo en un eclecticismo bastante patético.

Será así posible ver instalado en cualquier Ayuntamiento, sea del signo político que sea, el Belén en el que delicadas figuritas compongan las más cursis escenas, para gozo de intelectuales y curiosos. Hasta los pueblos más remotos tendrán su iluminación de estrellitas, cruces y banderolas que, eso sí, coexistirán con el "árbol de navidad" (natural o de plástico) y el papá Noel (que es padre navidad) de la coca-cola.

Nos gustaría tener una solución para el asunto que no hiera sensibilidad alguna. Los seres humanos necesitan fiestas y el invierno es estación dura y aburrida, por lo que no está de más romper la monotonía con algún jolgorio. Pero que se utilice como pretexto el nacimiento de la divinidad para morir en la cruz y expiar nuestros pecados originales y sobrevenidos, suena a improcedente.

Mejor celebrar directamente que no entendemos casi nada de lo que pasa enrededor y que nos gusta comer bien, estar con la familia, tomar alguna copa de más y olvidarnos que la guadaña ha dejado algunas sillas vacías.

Sobre el síndrome de la vagina expectante

El síndrome de la vagina expectante, expresión que invita a ver en ella reprobables connotaciones machistas, parece que fue mentado, aunque no consta que definido, por Francisco Javier Álvarez, catedrático de Derecho penal en la Universidad Carlos III, cuando presentaba un libro sobre su especialidad, en el marco del Colegio de Abogados de Madrid.

La plática del ilustre jurista versaba sobre los desequilibrios entre las penas y la gravedad de los delitos y, también, acerca de la obsesión por penalizar algunos comportamientos que podrán aparecer como desagradables pero que no perjudican a nadie, en tanto que otros, que causan graves descalabros a la economía y a la sociedad, son castigados con penas irrisorias. 

El comentario a la conferencia, junto con otros añadidos de su cosecha, lo realiza José Yoldi, en El País del 21.12.09, en un artículo cuyo título invita ya a disparar la imaginación,  "El derecho a ser un cerdo".

Nos tememos que el "síndrome de la vagina expectante" sea solo un recurso literario, un alibi para presentaciones jurídicas que hagan reir al personal y reclamen titulares en las gacetillas.

Alvarez emitía el juicio de valor -obviamente, con la sana intención de hacer risas al mismo tiempo que lanzaba dardos contra el recuerdo de las apetencias sexuales de algunos influyentes mediáticos- de que era preferible dejarse azotar en sostén por una prostituta emplumada o bajar fotografías de impúberes despelotados para uso propio, que tener a la parienta con apetencia sexual.

Si el lector se toma la molestia de investigar en Google sobre el significado del término, comprobará que, salvo un par de rijosos comentarios, no hay literatura, ni clínica ni ácrata, sobre la cuestión.

Habrá que concluir que -salvo la utilización anómala en dicho foro jurídico- las vaginas expectantes solo existen como material imaginario del subconsciente varonil, apto para confeccionar chistes verdes que puedan ser contados con babosa fruición por reprimidos o presuntos impotentes en reuniones de varones acomplejados con una copa de más.

Lo que existen, por supuesto, son pésimos amantes, machos decadentes y, en el otro lado, mujeres deseando que se las quiera y no que se las mire como objetos para rápido solaz de torpes apresurados.

Sobre el efecto nieve

Sobre el efecto nieve

Hace frío y nieva en toda España. Muchos no han llegado a la hora a sus puestos de trabajo, otros, simplemente, no han aparecido, tomándose el día libre (mayoritariamente, funcionarios).

La nieve lo cubre todo, y desparrama un efecto de euforia y renovación. Definimos el "efecto nieve" como aquel por el que nos sentimos con temperamento de vacaciones, de asueto.

El efecto nieve aplicado a las elucubraciones sobre el cambio climático permite eliminar cualquier consideración previa sobre el clima para hablar del frío desde el tiempo atmosférico del día. Tres mil tres indios. 

El efecto nieve sobre la economía tiene su aplicación en el aforismo "año de nieves, año de bienes".

El efecto nieve sobre la política se traduce en tomarse unos días de asueto, bajando aún más la persiana de las ideas. 

El efecto nieve sobre la investigación aplicada pemite ignorar que vivimos en un país que desprecia al investigador y que confía más en copiar que en crear, para adornarse con plumas de oropel el gorro de capitán general.

El efecto nieve sobre la información implica que se olviden los antecedentes de la noticia, verdaderos o falsarios, paa reiventarla cada día, como si el lector fuera un imbécil sin memoria.

El efecto nieve....

Sobre la energía nuclear para el siglo XXI

"Energía nuclear para el siglo XXI" es el título de un Librito de 144 páginas que ha editado la Universidad de Comillas, junto al Instituto para la Ingeniería de España y el Foro Nuclear. Ni qué decir tiene que defiende la utilización de la energía nuclear como una de las formas de producción de energía primaria.

Obviamente, esa posición técnica competente de quienes se cuentan entre los que más conocen en España de esa modalidad de energía, está en contraposición con el programa del partido que se encuentra ejerciendo el poder de Gobierno en nuestro país, del que el Presidente Rodríguez Zapatero se ha manifestado en varias ocasiones como el "más antinuclear" del equipo ministerial.

Hemos ya comentado en otras ocasiones sobre el evidente riesgo de declararse antinuclear y mantener en funcionamiento varias centrales nucleares. El gran público entendería el elemental símil (ya que nos movemos a niveles muy primarios) de abrir un restaurante vegetariano pero anunciar que "seguiremos vendiendo carne hasta que se agoten las existencias.

Pero no siquiera es actualmente éste el motivo de preocupación. El miniacuerdo de Copenhague, en el que el Presidente norteamericano Obama no ha tenido ningún empacho en afirmar el éxito de la cumbre, a espaldas de la Unión Europea, por haber alcanzado un punto de unión entre los objetivos de China, Brasi e India y los propios de Estados Unidos, debiera servir (pero no tendrá efectos) de reflexión sobre el papel de la vieja Europa en el contexto mundial y, muy específicamente, de España.

Nuestro país carece de objetivos, de credibilidad internacional, de peso en la esfera política. Somos, sin duda, tenidos por buena gente como compañeros para una juerga folclórica, pero ingenuos, inconsistentes y, a salvo de algunas individualidades, mediocres.

Nos lo hemos merecido. Nos lo seguimos mereciendo. Cuando alguien destaca, le cortamos la cabeza. Preferimos poner en primer línea a los menos conflictivos, a las medianías. Sonreímos con las manos en los bolsillos y la cabeza vacía.

Si tenemos un conflicto relativamente serio, o llamamos a Alemania, Francia o Europa paa que nos lo resuelvan, o nos ahogamos con la sensación, además, de habernos ahogado en vasos de agua. Si tenemos especialistas en un tema (Unión Europea, mercados internacionales, China, energía nuclear, etc.) no tardaremos enmenospreciar su opinión, dando mayor cancha a los que llegan a última hora, o juegan a la contra o, aún peor, a los que tienen intereses bastardos.

Hay que encontrar la vía de una tercera España. Las dos Españas que conocemos nos han helado el corazón (remedando a un hombre sabio que sufrió mucho, y que hoy, cuando no hace daño a nadie, porque murió en el destierro hace décados, veneramos como a un dios: Antonio Machado).

El Foro Nuclear, por cierto, ha elegido mal el nombre. Tenía que habese llamado, pero ya es tade, Foro por la Estrategia energética, y, en lugar de contar con la opinión de ingenieros, químicos y físicos nucleares debiera haber concitado el interés de las amas de casa (con todo respeto), los jóvenes antisistema (con algo menos de ídem) y un par de comunicadores de masas.

Obviamente, el librito "Energía nuclear para el siglo XXI" no tiene deperdicio. Lo tendrá, por quienes deberían leerlo de rodillas.

Sobre la educación eficiente

"Aprendo de mis alumnos". Lo dijeron muchos ilustres maestros, -entre ellos Francisco de Asís- y no es cuestión de llevarles la contraria. El profesor eficiente es estimulado por los más brillantes de sus alumnos (que incluso pueden, con su impulso juvenil y su inteligencia abierta, superarle en las propias aulas), pero el profesor no está en su puesto para aprender, sino para enseñar.

Es en esa labor de tutela, de estímulo, de explicación correcta y sincera de lo que se sabe bien y de aquello que se ignora con exactitud, en donde el buen maestro cumple su función educadora.

Para quienes hemos dedicado -aunque sea de forma subsidiaria a otras ocupaciones más principales- una parte de nuestra vida a la enseñanza, seguro que ha sido punto de sorpresa y acicate el comprobar que algunos alumnos especialmente dotados encuentran soluciones a los problemas que no estaban en nuestra docencia. Esta demostración de que la interacción profesor-alumno provoca creatividad es, sin duda, uno de los elementos más atractivos de la tarea de ser profesor de la educación de otros.

Pero la cuestión que queremos plantear aquí es también otra, aunque relacionada. La formación individual es específica de cada individuo, y se entreteje de experiencias, enseñanzas, percepciones, estudios que cada uno va conformando a lo largo de su vida. Se aprende por impregnación, por estudio, pero también por reacción, por contraste, por contraanálisis.

Solo desde esta perspectiva se puede entender al buen maestro, al que ayuda a crear las bases por las que la Humanidad avanza. No es el mejor catedrático el que, después de conseguido su puesto de funcionario, se empeña en repetir, una y otra vez, las enseñanzas que le han servido para obtener su plaza. Quiá. La labor docente exige una actualización continuada, un estudio permanente que, por desgracia, no todos (pocos) entienden de esa forma.

Desde la posición del receptor, y si analizamos quiénes se encuentran entre los mejores, entre aquellos a quienes legítimamente podemos admirar, no hallaremos a quienes han sido buenos alumnos aplicados, sino a los que han llevado su rebeldía, su carácter de crítica, de rebeldía, en muchos casos, a todas sus consecuencias.

Porque hay que saber bien para poder criticar la posible debilidad de lo que nos han enseñado.

Sobre potencia instantánea, frío polar y apagones

Estamos a punto de entrar en el invierno y hemos sufrido unos días de frío polar. Mal asunto para la potencia instantánea.

La tendencia de la potencia instantánea -consumo máximo de energía en un momento dado- en España es creciente de forma consistente. Ha tenido, en los inviernos de 2005 y 2007, dos momentos de techo máximo y es posible que en este invierno se alcancen los 46.500 MW.

Porque, aunque la crisis económica ha disminuído el consumo medio, en las fechas de Navidad y Año Nuevo todos querremos tener la calefacción a tope, las luces encendidas, los hornos y las vitrocerámicas a pleno rendimiento, y los electrodomésticos enchufados.

La garantía de suministro a corto plazo está tensionada, porque aunque tenemos exceso de potencia instalada, el porcentaje que se cubre con energías de menos fiabilidad es muy alto. La disponibilidad de la potencia de régimen renovable, de los que del orden de 15.000 MW provienen de la instalación para generación eólica, no depende de la voluntad del ser humano, sino de los vientos celestes o celestiales.

Con más de 84.000 MW de potencia instalada, podemos cubrir, teóricamente, 51/52.000 MW de disponibilidad. Para una necesidad de potencia instantánea de 46/48.000 MW tenemos un índice de cobertura de 1,10 (en torno al 10%). Mejor que en este invierno no hagamos muchas olas, señores, no vaya a ser que tengamos que celebrar el Fin de Año bajo las velas.

Sobre los desacuerdos de Copenhague

La Presidencia española del Consejo de la Unión Europea, que comenzará el próximo 1 de enero de 2010, se va a encontrar con un trabajo extra: concretar, desde lo que ya se llama Cumbre de Copenhague-2, los acuerdos de reducción de emisiones por grandes bloques de países que están imposibilitando el consenso en la reunión que estos días se celebra en Copenhague (y que terminará mañana, previsiblemente, con una simple declaración de intenciones).

No habrá acuerdo por dos razones: porque el presidente Obama no tiene el respaldo de su Congreso, en el que hay un bloque consistente de escépticos respecto al cambio climático, y, sobre todo, domina una inmensa mayoría que no está dispuesta a sacrificar la economía norteamericana obligándola a reducir su contribución sustancial al calentamiento del planeta.

La otra razón es que China no va a detener su marcha acelerada para convertirse en la "otra potencia", y, para ello, tiene que utilizar sus gigantescas reservas de carbón y dejarse de fruslerías en el uso de molinillos o molinetes.

Tambíén podría decirse que hay un tercer bloque de resistencia en los países menos desarrollados, encabezados por Pakistán (el grupo de los 70), pero su argumentación es un tema menor; ellos hablan de paisaje, no de economía y, además, son conscientes de que si hay un cambio climático de verdad, quienes más van a sufrir, con inundaciones, huracanes y desgracias, van a ser ellos.

Los sentimentalistas ecológicos han contrapuesto la posición de los países desarrollados a las de los pobres, para escenificar la falta de acuerdo en Copenhague-1. Hay una argumentación más cruel y no pasa por la conservación de la naturaleza, porque el ser humano ha demostrado que no es, colectivamente, un enamorado de la estética.

Si los países menos desarrollados pueden cambiar naturaleza por recursos de otro tipo, cabe la negociación. En otro caso, nos tememos que sus preocupaciones no contarán más que para hacer un poco de ruido en el debate.

Ojalá estuviéramos ante un verdadero dilema, y que los países ricos se encontraran en la necesidad de ayudar a los pobres paraa que cuiden su paisaje, conscientes de que tienen que ser espléndidos con ellos, porque si los pobres queman su paisaje (valga la metáfora), todos acabarían muriendo. ¿Recuerdan el dilema del prisionero que hemos estudiado en las escuelas de negocios?.

Pero el dilema no es ese. China quiere crecer, tiene reservas suficientes, dispone de la base tecnológica y quiere tratarse de tú a tú con los Estados Unidos. Europa lo que pone es el mantel y paga las consumiciones. Los demás países dan vueltas en torno a la mesa, por si cae alguna migaja, dando gritos.

Sobre el ridículo y sus oportunidades

Hay especialistas en aprovechar las oportunidades de hacer el ridículo. Las captan al vuelo, y allá se meten de cabeza.

En verdad, las personas con una determinada sensibilidad, tienen muchas oportunidades. Y, a la contra, hay otras que no son capaces de percibir ningún ridículo en sus actuaciones, sean las que sean, aunque pueden estar al tanto de cualquier desliz de los que les rodean.

"Es una ridiculez", solemos decir cuando algo no tiene mucha importancia. "Has hecho el ridículo más espantoso", puede decirse a un hijo y, con algo más de riesgo, a la pareja. Jamás se dirá al jefe que ha hecho el ridículo y, en caso de confianza, podrá emplearse el “hemos hecho el ridículo”, dando por supuesto que con eso queda abierto el espacio para que el que nos manda piensa que el culpable del desaguisado somos nosotros.

La capacidad de autocrítica es, sin embargo, una de las más estimables virtudes de que podemos hacer gala. No viene mal -y no para disminuir la autoestima, sino para elevarla- hacer un repaso de aquellas ocasiones sonadas en las que hemos creído hacer el ridículo.

Los españoles tenemos "un gran sentido del ridículo", que es, en realidad, la demostración de nuestra timidez. Colectivamente, podemos atrevernos a hacer muchas tonterías, pero individualmente nos solemos quedar rezagados, faltos de la capacidad para reirnos de nosotros mismos, poniendo en solfa lo que más estimamos: nuestro ego, la percepción que desearíamos que los demás tengan de nosotros.

El pueblo norteamericano utiliza mejor la catarsis de saber mostrarse de forma infantil, divirtiéndose sin pudor, al menos en ciertas ocasiones. Los alemanes, mucho más reservados, concentran en algunas efemérides el permiso colectivo para "hacer el ridículo". La fiesta del Fasching, el Carnaval, es la demostración más evidente, y sorprende ver a serios jefes de empresa disfrazados como payasos, animados, eso sí, por la ingesta de desproporcionadas cantidades de cerveza.

Reivindiquemos el ridículo. La facultad de reírnos de nuestra seriedad. Al fin y al cabo, cuando acabe esta fiesta, todos calvos.

Sobre los ricos y sus fortunas

A lo mejor la palabra "rico" le evoca al lector la frase tautológica atribuída a Botín, el Presidente del BS, cuando dijo aquello de "Desengáñese, joven. Ricos, verdaderamente ricos, en este país, somos muy pocos". O esa, más explicativa de los oscuros caminos del acceso a la pasta, que se atribuyó a un ministro socialista de la primera hornada (¿Solchaga?) "Ahora nos toca enriquecernos a nosotros".

Lo que es menos probable, es que la palabra rico nos retrotraiga a la terrible frase de "es más difícil que un rico entre en el reino de los cielos que un camello pase por el ojo de un aguja", que es, como se sabe, además de una hipérbole, un suceso imposible. Imposible no porque el reino de los cielos no tenga realidad -siguen existiendo dudas-, sino porque no existen camellos nanotecnológicos ni agujas de tejer con ojales de tamaño estratosférico.

Pues bien: la realidad es que hay más ricos que antes -en España, al menos-. Y lo que es revelador tanto de la permeabilidad de la sociedad como de la presunta desfachatez de algunos, hay bastantes ricos nuevos. Sobre  cómo se han hecho ricos no se ha escrito mucho, porque guardan su secreto, tanto al fisco (sobre todo) como a la mayor parte de sus semejantes, por no suscitar interés del primero ni envidia de los segundos.

La recalificación de terrenos, la especulación inmobiliaria, la utilización de la capacidad de decisión propia o de los amigos para montar un negociete en el que la mercancía esté vendida de antemano, la utilización de las buenas relaciones con el político o el funcionario influyente, son métodos que no están al alcance de cualquiera, y, particularmente, si tiene escrúpulos éticos.

Pero los escrúpulos nunca afloran a la luz, así, a lo bestia. Ningún corrupto ni corruptor actúa desde la plena consciencia de que lo está haciendo mal. Basta ver la cara de compungidos que tienen cuando (raras veces) los pillan. Cara de no haber roto nunca un plato, o de que han estado trajinando con lo suyo, no con lo de todos.

Sigue siendo muy difícil (no imposible) hacerse nuevo rico sin apelar a alguna trampilla. Por eso los nuevos ricos que se han aupado a su fortuna con alguna mala arte, viven pendientes de los plazos de prescripción. Una vez que se han cumplido los períodos, un nuevo rico ladronzuelo es ya, simplemente, un rico de los de toda la vida.

Sobre el Barça y la libertad para Cataluña

Aproximadamente una cuarta parte de los electores (mayores de 16 años) de 167 municipios de Cataluña -691.000 habitantes)ç son aficionados al fútbol y, en especial, a que gane el Barça. El Barça es más que un Club y Laporta es, por supuesto, su profeta. ("Están matando a Cataluña y tenemos que reaccionar")

El pueblo catalán -integrado hoy por un componente en absoluto despreciable de inmigrantes, identificados, obviamente, con la idiosincrasia del païs- ha sido injustamente tratado por España a lo largo de la Historia. Qué les vamos a contar que no sepan.

Desde el Rey Jaime Primero El Conquistador a Alfonso XIII. La marginación se acrecentó con el franquismo, que quiso castigar a Cataluña por sus reconocidas apetencias filocomunistas, y alcanzó cimas estratosféricas durante el período llamado democrático, a partir de la Constitución de 1978, en donde se han estado vulnerando sistemáticamente "los derechos y libertades" de los catalanes.

Esta Constitución marginó a Cataluña, haciéndola soportar sobre sus hercúleas espaldas el entramado de un estado regional decadente, formado por autonomías remolonas, apáticas, con gentes de escasa productividad.

Catañuña es una nación y el Barça es el eje de su ideología, por lo que es absolutamente lógico que Joan Laporta asuma la representación de ese nuevo espíritu catalán, indepndentista por supuesto.

Ni qué decir tiene que el Madrid representa lo arcaico, lo español, lo desechable, el pasado decadente. Libertad para Cataluña y que España (ese conjunto amorfo formado por lo que se entendía tradicionalmente en los colegios de pago por España, menos el País Vasco y Catalunya), que se pudra.

Sobre las celebraciones de fin de año

Por estas fechas se multiplican las celebraciones -generalmente, en torno a comidas o cenas-. Las hay familiares, de empresa, de departamentos de la Administración pública, de compañeros de gimnasia, del instituto, de la Universidad.

Se come y bebe mucho. Los restaurantes y hoteles mejoran sus resultados con ingresos extraordinarios, con los que cuentan para cerrar un año siempre renqueante en lo financiero. En lo afectivo, se flirtea un poco, siempre que haya ocasión. Se inician noviazgos que pueden prometer proyectos duraderos. Se recuperan antiguas amistades, se rompen otras para siempre.

La vida, en fin, que se expresa, posiblemente con algo más de intensidad, en estas fechas. A pesar del frío ambiental, en nuestras latitudes, al menos, los ánimos se encuentran más dispuestos, algo más calientes.  Mientras la naturaleza profundiza en su letargo, hasta que llegue la eclosión de la primavera.

¿Qué celebramos? Incluso ente los más agnósticos, lo habitual es desearse "Felices Navidades y Año Nuevo". La Navidad es la conmemoración del nacimiento del Hijo de Dios, una construcción imaginativa para proteger nuestra debilidad para algunos, una manifestación del cariño divino con el ser humano para otros.

Es tiempo de reflexión, de propósitos de cambio y de enmienda. Felicidades para tí, lector de estos comentarios, en especial si nos has venido siguiendo con regularidades, porque nos conocemos un poco mejor, que es la base de todo amor.

Sobre los manipuladores y sus víctimas

Pocos son los que se libran de ser manipulados, porque el número de manipuladores es casi tan grande como el de las estrellas del firmamento. El ser humano gusta de manipular, que es la forma de forzar las cosas naturales para el propio beneficio. ( En el sentido de lo opción 3ª que da al término la R.A.E. "Intervenir con medios hábiles y, a veces, arteros, en la política, en el mercado, en la información, etc., con distorsión de la verdad o la justicia, y al servicio de intereses particulares")

El manipulador cuida de no ser descubierto en su acción, para poder ejercerla con toda libertad, sin que se le advierta la intención. Incluso, para enmascarar sus verdaderas intenciones, es habitual que se presente él mismo como víctima, al menos, en las etapas iniciales de su ascenso. A nivel familiar, por ello, los y las manipuladoras se están continuamente quejando, despertando la conmiseración de los suyos, a los que entretienen y distraen con la relación de sus hipotéticas desgracias, reclamando la atención para sus ayes y lástimas.

Lo que nos interesa resaltar aquí es que los manipuladores que actúan en la vida pública no actúan jamás solos, sino siempre en compañía de otros, y que los grandes manipuladores lo son poque han conseguido tejer una pirámide de manipulación en la que, de arriba hacia abajo, cada escalón de la construcción de intereses obtiene su beneficio en la manipulación y dominio de los que tiene debajo.

La Historia, por supuesto, nos enseña -como en todo lo humano, porque repetimos una y otra vez los mismos comportamientos- acerca de terribles situaciones de manipulación, que han conducido a exterminios, guerras y desgracias de grandes colectivos. El fascismo es una de ellas, sin duda. Un ejemplo de manipulación reciente, aunque no la más moderna.

Se atribuye, en un ingenuo ejercicio de catarsis de los colectivos que los apoyaron, al "dictador" -sea Hitler, Mussolini, Franco, Miloseviç, etc.- la culpabilidad de todo lo malo o abominable que crearon en sus épocas. No es cierto, la culpabilidad de la manipulación tiene siempre extensas las alas.

En el caso de Hitler, el pueblo alemán ha personificado, buscando la expiación, en aquel y en algunos pocos de sus colaboradores inmeditos, las razones de una actuación que, en realidad, surgió de forma ignominiosa -y, desde luego, éticamente incomprensible-desde un sector muy amplio, tal vez mayoritario, de la población alemana de entonces -por acción, omisión o desinterés- y, también de parte de la sociedad internacional.

La situación de una manipulación se sostiene porque existen cientos, miles de manipuladores de menor rango que disfrutan de situaciones de privilegio y que sirven de apoyo al entramado de una pirámide que les beneficia.

No hay por qué detenerse en el análisis de un único régimen, ni pensar en una dirección de la ideología. Castrismo, estalinismo, peronismo, son ejemplos de manipulación estructurada, con objetivos que pueden parecer más o menos aberrantes (según el color con que se miren), y que necesitan, para subsistir, de un ejército disciplinado de manipuladores.

El franquismo propició, por supuesto, estructuras de manipulación, que favorecieron a algunos y que, en varios casos, subsisten. El momento actual de cada país está construído de restos de las estructuras de manipulación de sus pasados, de ideologías que fueron arrumbadas, pero nunca del todo; de prebendas que fueron combatidas, pero solo en parte; de injustos beneficios que fueron contestados y expropiados, pero de forma incompleta.

Siguen creciendo las pirámides de manipulación, en un tejer continuo. Cuando se instalan en el poder, duran tiempo, porque tienden a mantenerse, cambiando las condiciones de juego que las llevaron hasta allí, depurando las ideologías.

Castro,Chavez, Morales, Kirchner, Bush, Berlusconi, ...decenas de manipuladores son soportados por una cadena de manipuladorcetes de menor rango, pian pianito, hasta llegar a la base de manipuladitos sin beneficio, los últimos engañados, víctimas verdaderas, porque no tienen ya a quien manipular, porque la pirámide se rompería si ellos se rebelaran .

¿Por qué se sostienen los manipuladores?, cabe preguntarse. ¿Qué hace a los humanos soportar la manipulación?. La respuesta podría ser tan sencilla como desconcertante. En la pirámide social, en cada escalón, quizás, es la simple esperanza de llegar a ser manipuladores de mayor rango, subiendo escalones en la pirámide; y en el inferior de todos, la ignorancia, la falta de coordinación, el fatalismo de apreciar que la situación no tiene solución, la sumisión al destino, el miedo.

Sobre la identidad española

¿En qué consiste ser español en este momento?.

Pues...a los franceses debe ser que les preocupa saber quiénes son (ellos). El diario Le Monde, por ejemplo, ha asumido el liderazgo de la pasión renovada por recuperar la esencia del chauvinisme, y publica, desde hace algunas semanas, opiniones de sus lectores y varias autoridades sociales (futbolistas, incluso) acerca de la espinsoa cuestión. La pregunta de base es: ¿En qué consiste ser fancés? (Pour vous, c´est quoi être français?) y fue presentada originalmente en la web del Ministerio de Inmigración e Identidad Nacional.

El presidente Sarkozy, que, por su reiterado comportamiento, tiene vocación de ser protagonista en todos los saraos -incluso allí donde hay más chicha que limonada- y que, como cabeza máxima visible del laicismo francés, está obligado a emitir una opinión sobre la espinosa cuestión de si ser francés tiene que ver con ser revolucionario, católico y orgulloso, ha irrumpido en la polémica abordando el tema, sentando doctrina institucional en los frentes abiertos: ser francés implica ejercer de tolerante religioso -fundamentalmente, hacia el islamismo- y facilitar la integración de los inmigrantes. Todo ello, con base -va de soît- en el recíproco respeto.

La reflexión sobre en qué reside la identidad española puede considerarse por algún sector como un debate inoportuno.  Aquí tenemos otros problemas, porque las identidades que más preocupan son las regionales. En un momento en que desde la autonomía catalana se recrudece el debate independentista, se podría considerar bastante pertinente el encontrar la expresión colectiva, -una especie de "ley de mínimos", de mínimo común denominador- de lo que pueda entenderse como "español".

Nada sencillo, pues. Para un pueblo que anduvo a tiros hasta hace muy poco consigo mismo, y en donde la dialéctica deja paso fácilmente a la descalificación frontal y a los garrotazos, la búsqueda de una identidad nacional común exige distancia, conocimientos históricos -pero sin irse muy allá, porque todos descendemos del mismo tronco- y ganas de sacarle punta al lápiz.

Tampoco habría que descuidar que en España hay un sector de opinión que asume la identidad nacional subsumida en la pretendida vocación para nuestro país de ser guía de la "alianza de civilizaciones", paradigma de la globalización y de la "lucha contra el cambio climático", ejemplo de neutralidad y modelo de comportamiento urbi et orbe.

No será complicado encontrar el contraste entre esas posturas grandilocuentes y la cotidiana realidad, con tintes algo trapaceros y bastante zaparrastrosos, de lo que considera símbolo común de lo español el ciudadano de a pié, admitiendo que haya nacido en Guadalix o en Tánger o El Ejido así como en Tegucigalpa o Buenos Aires.

Los espectadores de un partido de fútbol en el que juega la "selección española" se enardecen por su victoria, los que aplauden a Nadal, Alonso, Marta Domínguez o Gassol -por no citar a todos los que provocan devoción con sus resultados-, quienes critican la inmigración que viene a quitar puestos de trabajo a los españoles o saludan efusivamente a un desconocido al que oyeron hablar español (sin acento sudamericano) en las ruinas de Petra, ¿tienen en común algo que pueda ser identificable con el convencimiento de que les une "lo español"?

La identidad española -como la francesa o la italiana- hace algún tiempo que entró en crisis. Desapareció cuando se la contrastó con el sentido práctico del europeísmo, y se vió que lo más importante de lo que podemos tener en común los seres humanos es la economía. La que nos da para comer, vivir algo mejor, comprar lo que queremos.

Esa es también la razón última de la resurrección o la puesta en valor de las identidades regionales y aún más, de las locales. Diluídos en un mundo en el que no sabemos movernos, porque desconocemos sus verdaderos móviles, no queda otro remedio que mirar a lo que tenemoso más cerca.

Como la familia ha desaparecido, y  necesitamos el apoyo de un grupo para no sentirnos solos, para reforzar la defensa de nuestro miedo al aislamiento, a la marginación, nos inventamos las relaciones, basándolas en un nuevo concepto de la amistad, convirtiéndola en presupuesto de "identidad colectiva".

No fue así hasta hace poco, y sigue siendo así (con resistencia de los supuestos valores que configuran la identidad regional) en algunos sitios privilegiados, porque aún creen tener las claves de cómo generar más riqueza. Esa idea de poder económico colectivo sirve para generar una población de recepción de los que quieren venir de fuera a disfrutar del pastel, la base de una identidad fuerte.

Lo local se valora como vencedor, como mérito, por el que llega, y, consciente del peaje que debe pagar el foráneo, se produce por éste, la asimilación, la adaptación, el intento de mimetización. Cataluña, por ejemplo, está llena de ejemplos de catalanistas acérrimos que se apellidan Núñez, Martín, López o Rodríguez. Han asumido la servidumbre de su incorporación al sistema y son más catalanes que nadie (al menos, mientras estén en su tierra de acogida).

Los españoles modernos carecen de la idea de Patria de que alardeaban sus padres o, mejor dicho, sus abuelos. No saben apenas ni tres conceptos de Historia o Geografía española, hablan mal la lengua (que llaman, para más inri, "castellano"), carecen de una formación religiosa seria -y, ay, en muchos casos, incluso ética-, y han recibido sus enseñanzas embutidos en aulas heterogéneas recibidas de maestros desilusionados -tomando prematuros contactos con los "valores de la vida", de los que la actividad sexual ocupa un término aventajado- .

Claro está, son apolíticos, aconfesionales, agnósticos, escépticos y ácratas, aunque no sabrán explicar porqué. Han viajado por todo el mundo y se dicen ecologistas, sensibles con la amenaza del calentamiento global, pero se mostrarán intolerantes con quienes les lleven la contraria por cuestiones intrascendentes.

Por supuesto, no han contado con muchas oportunidades de apreciar el concepto de grupo y sus valores, más allá del grupito de amigos de toda la vida, con el que crecerán y se cocerán hasta la muerte, un microcosmos ciertamente limitado. No han hecho la mili ni el servicio social, y su idea de "identidad" puede no ser muy diferente de intentar ponerse hasta el gorro de porros y alcohol antes de entrar en un "palacio de deportes" con otros cuantos miles de desconocidos.

La identidad española no existe, puede ser, más que en algunos reductos impregnados de nostalgia, pero los rescoldos no se han apagado del todo. Bienvenido sea quien consiga recuperar de ellos la ilusión por un proyecto colectivo común, proyectado hacia un mundo global en el que el respeto a lo que cada persona pueda aportar para hacerlo mejor, ha de ser siempre bienvenida.

Sobre los vehículos para recogida de residuos en Madrid

El municipio madrileño ha decidido recuperar la tasa de basuras, metiéndose en un callejón legal del que, probablemente, saldrá algo trasquilado.

La cuestión, sin embargo, que queremos comentar aquí es otra. Los flamantes vehículos para recogida de basuras, de los que presumen las concesionarias del servicio y hasta el propio Ayuntamiento, cuentan, desde hace algún tiempo, con serios competidores.

Unos momentos antes de que los vehículos compactadores recojan los residuos que los voluntariosos madrileños han conseguido separar en los cubos naranja y amarillo, varias camionetas harán el mismo recorrido. Esforzadas gentes, sin ninguna protección, a toda carrera, abrirán los cubos, seleccionando con habilidad lo que les interesa.

Es cierto que en algunos casos que hemos podido comprobar, la operación de apertura de las bolsas y retirada de parte de lo que contienen, se hace con cierta pulcritud, dejando los cubos con apariencia de que aquí no ha pasado nada.

Sin embargo, ha pasado. Se han vulnerado los reglamentos de higiene y salubridad, las disposiciones para recogida domiciliaria, las normas de seguridad e higiene en el trabajo, las normativas respecto al transporte de residuos.

No nos consta que nadie haya tomado cartas en el asunto. No queremos denunciar aquí a los que se sacan unos euros con este procedimiento, peligroso e incumplidor, entre otras, de la normativa sanitaria. Estamos en la sociedad del sálvese quien pueda.

Denunciamos, sin embargo, una actuación manifiestamente negligente, permisiva y anormal, de quienes deben vigilar por la limpieza e higiene de esta ciudad, y se preocupan, sin justificación y a destiempo, de cobrar la tasa de basuras por un servicio ineficiente, y cada vez más caótico.

Sobre lo que pintan los críticos de arte

Dentro de la excelente iniciativa de sacar a la luz, en exposiciones temporales, diversas obras que permanecen ocultas en los ricos fondos que no forman parte del "núcleo duro" del Museo del Prado, se están restaurando y dedicando atención a obras de autores (fundamentalmente pintores) olvidados o poco conocidos del público.

Javier Barón Thaidigsmann, director de pintura del siglo XIX del Prado, impartió una excelente conferencia sobre A. de Beruete, un pintor paisajista madrileño que enseñó técnicas pictóricas y que incluso trató -e influyó- sobre Sorolla, junto al que pintó varios temas en Toledo.

Barón viene estudiando la pintura española del XIX desde hace años. Su tesis, dirigida por Germán Ramallo y leída en 1989, se centró en ese tema, en el que varios autores permanecían olvidados.

La presentación de Javier Barón, interesante y bien documentada, se distinguió, en especial, por una razón singularísima, respecto a otras charlas de críticos y profesores de arte. Aunque no dejó de presentar las cuestiones básicas de la vida del pintor -fue abogado de prestigio, era persona de "pudientes", no desdeñó un escarceo por el campo de la política- se detuvo, ante todo, en comentar su pintura: su técnica pictórica, el tratamiento del color y de las pinceladas, la evolución en la selección de los temas, etc.

A alguno de los oyentes nos hizo recordar a un maestro de la crítica de arte. El profesor Carlos Cid Priego (fallecido en 1998), que enseñó a varias generaciones de alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras de Oviedo, a ver el arte, desde dentro, desde la posición del pintor. Para él, no era tan importante -sin que fuera de despreciar- la vida del artista, como la obra misma, a la que el crítico debería saber enmarcar en su época y en su tendencia, haberla estudiado para entender su evolución, sus razones artísticas, su técnica.

Javier Barón, al dar una visión integral de un artista poco conocido que, además, fue pintor de pequeños formatos transportables (pintaba directamente de la naturaleza), se alejó de los críticos de arte y comentaristas al uso, que atiborran a sus oyentes o lectores con apabullantes e inútiles pormenores de sus vidas, y se olvidan de enseñar a ver y a entender el pulso de la creatividad, el deseo del artista de mostrar una forma de entender la vida y pretender comunicarla.

Y al alejarse de ellos, se acercó, para abrazarla con fruición, a la genuina crítica de arte, dejando un magnífico sabor de respeto, conocimiento y prudencia, en el ambiente.

(Por cierto que, como es habitual en Madrid, la audiencia estaba compuesta fundamentalmente por gentes de la tercera edad y, dentro de ella, por mujeres. Aunque el aforo estaba prácticamente al completo, no deja de ser una lástima que la juventud se pierda enseñanzas como ésta, que tanto ayudan a mirar con otros ojos -los del que sabe y sabe decirlo- lo que nos rodea)