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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre la banda de Möbius, la botella de Klein, la conjetura de Poincaré y la cabeza de Perelman

A Perelman le ocupaba la cabeza una conjetura que había expresado Poincaré y que la inmensa mayoría de los humanos pasados y presentes ni siquiera sabía formular: todas las formas geométricas finitas, cerradas y sin discontinuidades en los subespacios de tres dimensiones que puedan ser definidas en uno de cuatro, han de ser forzosamente esferas.

Pues va Perelman y demuestra que sí, con lo cual la conjetura asciende a la categoría de teorema y el matemático ruso a la de genio reconocido.

No nos consta exactamente que la banda de Möbius y la botella de Klein sean las hijas pequeñas de esta elucubración genial que ocupó, por lo que parece, las mentes obsesionadas de muchos matemáticos, pero lo merecen.

La banda de Möbius, como saben Vds., se puede formar con una tira de papel (por ejemplo), suficientemente larga para que se pueda doblar sobre sí misma, haciendo que se toquen los extremos,  pero en lugar de formando un cilindro, haciendo un lazo. Su gracia es que, a pesar de ser bidimensional, tiene una sola cara, pudiendo recorrerse de cabo a rabo sin saltos, lo que se puede comprobar pasando un lápiz por toda ella.

La botella de Klein pertenece al mismo o parecido juego mental, pero de la categoría topológica inmediatamente superior: se trata de una figura que, a pesar de su apariencia de contenedor, nada puede guardar, pues no tiene tres dimensiones, sino dos.

Puede fabricarse físicamente, pero también imaginarse, con algo más de esfuerzo. Supóngase una botella normal -de las de cava o sidra el Gaitero, para ponerlo algo más fácil-, estírese el cuello (de la botella) haciéndolo penetrar por un lateral de la misma, y siga metiendo cuello por dentro del frasco, hasta tocar su fondo o culo (siempre el de la botella); suprímase este fondo y, con cuidado de no quemarse el magín, únase el borde del recipiente con el cuello ensanchado. Voilá!.

Hay fotografías de Grigori Perelman que lo muestran un tanto desaliñado, con mirada enajenada,  barba enrevesada y pobladas cejas. No hay aún análisis de su cerebro, pero todo se andará.

El dice que lo de haber resuelto la paradoja de Poincaré es lo de menos. Religioso y austero, vive con su madre en un apartamento pequeño y no acepta premios ni concede entrevistas.

Está seguro de haber conseguido probar la existencia de Dios, confiesa, y de eso sí está orgulloso.

El misterio que hizo devanarse los sesos a San Agustín y tantos otros místicos, filósofos, pensadores, escépticos, ateos, crédulos, discípulos y autodidactas, desvelado al fin. (Recordarán que se cuenta que aquel santo se encontró, mientras paseaba por la playa pensando en demostrar la existencia divina, con un niño que estaba tratando de meter el agua del mar en un hoyo que había hecho en la arena, y que le hizo ver que las intenciones de ambos tenía la misma dificultad práctica).

No alcanzamos a formular matemática o topológicamente la paradoja de Dios, pero intuímos algo de por dónde pueden ir las ecuaciones de Grigori Perleman, el loco aparente que admite tenerlo todo en este mundo tridimensional y rechazó el millón de dólares que la Fundación Clay estaba dispuesta a poner en sus manos por haber resuelto algo que preocupa a muy pocos aunque puede estar afectándonos a todos.

Porque, desde luego, si la banda de Möbius es unidimensional y la botella de Klein puede desarrollarse, punto a punto, en un plano, es lo natural que en el espacio de cuatro dimensiones se puedan definir esferas que están contenidas en él, y en las que se desharía -como por ensalmo- esa cuarta dimensión. Pongamos por caso, el tiempo.

Si la Tierra es una de esas esferas situada en un espacio imaginario de cuatro dimensiones que incluya el tiempo...nosotros...¿lo captan?

Sobre la vocación política

Hay un engaño incrustado en la sociedad por el que algunos quieren convencerse -más bien, convencernos- de que están hechos para la política, es decir, para el manejo de la res pública (la "cosa pública").

Por cierto, que aunque una mayoría de los que les seguimos el juego asociamos "manejo" con la plasmación del objetivo de hacer una buena gestión, un subgrupo de los primeros -los políticos- aprovecha para llenarse los bolsillos, mientras nos ponen la cara de tontos (simulando con los dedos los toques del virtuoso flautista de Hamelin o contratando para desviar nuestra atención, los cánticos seductores de unas náyades).

Se nos vende, pues, que existen "animales políticos", gentes que "tienen el Estado en la cabeza" o individuos con gran capacidad para "convencer a las piedras", utilizando variados artilugios que incluyen -pero no solo y no siempre todos- el encanto personal, la retórica, la dialéctica, la entronización mitológica, la puñalada en la espalda, el ejercicio del cainismo, etc.

Obviamente, también se encuentran, y en algunos de los políticos incluso en grandes dosis, la capacidad de entrega, la experiencia en el funcionamiento de los órganos del Estado, la inteligencia práctica, la afición a la síntesis, la preocupación por el análisis, etc.

Pero lo sustancial es lo que nos atrevemos a negar: nadie tiene vocación política. Primero, porque la vocación, en ese sentido de predisposición natural para una profesión es una patraña, un convencionalismo.

No existe vocación para ser ingeniero de montes, letrado del Estado, médico odontólogo o capitán de la guardia civil. Puede -de hecho, los hay-, eso sí, que haya niños a los que les guste más que a otros recoger hojas y clasificarlas, pronunciar sermones de memoria, cortarles las alas a las moscas (desaconsejable por maltrato animal, aunque fuera deporte nacional) u organizar desfiles con soldados de plastilina.

Ni siquiera existe, con ser de las más notables, la vocación para ser Alteza Real o Presidente de la República. Creemos, con todo, que, para determinados cometidos de alta representación -simbólica-, puede tener sentido formar desde niño a una persona para que, llegado el caso, ejercite la habilidad aprendida. Hay grupos que lo hacen así, desde los adoradores del Dalai Lama a las casas reinantes o destronadas, alimentándolos con jalea especial, a la manera de las abejas reina de las colmenas.

Pero, ¿para ser político? ¿Para que le confiemos la caja de la república y la facultad de tomar decisiones que nos afecten a todos? Para eso, deberíamos estar ya muy convencidos que lo imprescindible es que quien esté más alto, además de haber demostrado con anterioridad sus virtudes, se encuentre siempre sometido a la vigilancia de la mayoría, y que se le repita, de vez en cuanto, aquello que pretendía Terencio: "Respice post te. Homine te esse memento” ("Mira detrás de tí. Recuerda que eres hombre"), para que no se olvide de que el poder viene del pueblo, y no de él hacia nosotros.

Sobre las cuentas de Madrid

La capital de España debía 7.145 millones de euros en junio de 2010 a sus proveedores. Como al año ingresa poco más de 4.000 millones, y solo le sobran a Madrid, para pagar las deudas municipales, un 10% de los mismos, es sencillo calcular que, o se aumenta la presión recaudatoria sobre el ciudadano madrileño o se deberá seguir refinanciando -si las entidades financieras, las empresas de servicios y los pequeños acreedores lo permiten- durante unos 15 a 20 años (dependiendo del tipo de interés).

Y todo ello, naturalmente, sin posibilidad de hacer ninguna inversión. Madrid tendrá que jugar a ser "ciudad terminada" -no podrán realizarse nuevos proyectos- durante la(s) próxima(s dos) década(s).

Se está hablando mucho, pues entramos en período de calentar motores preelectorales, respecto a esta deuda madrileña, que es la obra singular del actual alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, que la incrementó en 5.000 millones de euros en siete años.

Experiencia en endeudar la cosa pública tiene D. Alberto, pues en los ocho años como Presidente de la Comunidad de Madrid aumentó el agujero financiero de aquellas arcas en 6.000 millones de euros. Y le ha ido bien en la apreciación popular, pues es, de largo, el político más valorado por los ciudadanos, según reflejan, sistemáticamente, las encuestas de opinión.

No le demos vueltas. A la gente le gusta que se hagan cosas por su pueblo, ciudad o comunidad y no le preocupa cómo pagarlas. Que no le preocupe a los políticos que se encargan de la gestión -y tampoco a la oposición, salvo en período electoral, ni a la inspección, ni a las empresas constructoras y de servicios- es mucho más grave.

Madrid ha adquirido al cabo de estos últimos siete años, un mejor aspecto, al menos en el núcleo central. Fuera de ahí, las mejoras son casi imperceptibles y las peoras -deterioro de aceras, calzadas y edificios, suciedad, mendicidad, ruinas, inseguridad, etc.- demasiado evidentes.

Nos gusta el talante de Gallardón pero no su capacidad gestora, como lo evidencian estas cifras. Tampoco nos parece que las plumas con las que se adorna la gestión de Gallardón -como la de aquellos alcaldes que gastan sin preocuparse de cómo pagar- le correspondan, pues ha comprometido la gestión de las próximas tres o cuatro legislaturas, comprometiéndolas a la penuria.

Porque la pólvora con la que dispara el alcalde de Madrid la pagamos los demás, los madrileños. Y si tanto las empresas acreedoras del Ayuntamiento más endeudado de España (2.200 euros por habitante) como Cajamadrid, el BBVA y otras entidades financieras, creen que acabaremos liquidando lo que hoy les debe Madrid, porque las administraciones públicas no quiebran legalmente, no nos tranquiliza ver sobre nuestras cabezas, dispuesta a caer sobre nosotros, la espada de Damocles de una fuerte subida de impuestos.

Eso nos espera, gobierne quien gobierne, para que la actual situación de suspensión de pagos de Madrid no arrastre consigo, esta vez con toda la verosimilitud legal, a los grandes que sostienen la fantasía de que la capital de España es más rica de lo que puede, como ya ha arrastrado y sigue arrastrando a muchas pequeñas empresas y autónomos que no pudieron aguantar los impagados sin cerrar.

Sobre libertades, tolerancias, respetos y educación

La vida cotidiana presenta muchos ejemplos de las distintas formas de entender la libertad de hacer lo que a uno le venga en gana, siempre que no se encuentre con las limitaciones de la ley, la autoridad competente o la moral que uno entienda debe respetar.

Porque reconozcámoslo: estamos en un contexto en el que una parte creciente de la población parece entender que todo el monte es orégano, que el que más chifle, capador o, dándole vueltas a lo mismo, tonto el que no salte y maricón el último.

Y es grave el tema. Pues, a la hora de la verdad, lo que parece contener el uso total de lo que cada uno entiende por libertad, no está en la propia contención y prudencia, o en el respeto al  mantener incólume lo que no es imprescindible, ni -cabe decir, que "por supuesto"-, en la consideración al daño innecesario que podemos causar a otros, conocidos o anónimos.

No. Lo único que limita el uso total de cada uno de esos ámbitos de libertad, es el temor (o en todo caso, el riesgo) a ser sancionado.

El grafitero que marca de colorines el escaparate de un establecimiento comercial puede creerse que ejerce el derecho a expresar su libertad creativa, pero sabe que se expone (al menos, así debiera ser) a que le pongan una multa e, incluso, si le descubre el dueño del local, a que le rompan la cara.

La niña de trece años que llega a casa a las cuatro de la madrugada después de haber participado activamente en un botellón, puede imaginar que ha pasado una noche guay y ha conocido gente maja (aunque no recuerde sus nombres), pero, al menos las dos primeras veces, ha de temer la probabilidad (al menos, así tendría que ser)de que su padre le prohiba salir el próximo fin de semana, ya que no el riesgo de quedarse preñada de un colega o de un desconocido.

El responsable de urbanismo de una localidad turística puede convencerse de que todos hacen lo mismo y de que su labor está muy mal recompensada, pero es (también algo probable sólo) que le cohiba el pensar que algún vecino le denuncie ante la Justicia por chorizo, en caso de que se pueda probar que la mansión de que disfruta la consiguió cobrando comisiones ilegales de algún constructor.

No queremos poner más ejemplos, porque cada lector puede añadir los que conozca o imagine y no es ese el propósito de este Comentario. Lo que queremos destacar es que se advierte en el ambiente una presión para ejercer los mayores grados de libertad imaginables, apelando a la tolerancia de los otros, en lugar de echar mano al respeto que nos debería merecer el ámbito del prójimo, en el que se penetra impune, desvergonzadamente, incluso, agresivamente.

El tema es preocupante, porque, las libertades ejercitadas sin autocontrol, tal como se tiende a hacer,en especial, por grupos incontrolados de individuos en los que se enmascara el anonimato que garantiza la  impunidad -legal o ética-, genera muchos monstruos sociales.

Sexualidad adolescente sin control trasladada a un deplorable libertinaje en el que la mujer es la gran perdedora; falta de atención al profesorado y a la cultura de los que piensan que el saber no ocupa ningún lugar (desgraciadamente); destrucciones paisajísticas y aberraciones urbanísticas aunque cuenten con el pertinente -y calamitoso- estudio ambiental; ignorancia consciente de los derechos al silencio y reposo nocturnos, a la prioridad de paso, al respeto de la propiedad común (y, por supuesto, la privativa), a las creencias religiosas, a los usos y costumbres de nuestro país de acogida, a las canas, a la autoridad, al desvalido, al débil, etc.

Si la agresión que ha puesto a prueba nuestra tolerancia tiene amparo legal, nos quedará la opción, cuando se nos hinche aquella, de acudir a la justicia, denunciando al libertario. Si solo lo tiene en el terreno ético, habrá que confiar solamente en que la madurez y la capacidad de reflexión acaben llegando al intruso y, ojalá -si nada sucede-, caigan sobre él las penas del infierno.

Pero ¡qué bueno sería que hubiera más educación por la que todos tuvieran claro que el ejercicio de la libertad no implica agotar todo el campo puesto a disposición, sino, más bien, disfrutar plena, consciente, serenamente, de la parcela en la que hayamos puesto, con orgullo, la bandera de nuestro respeto a los otros!

Sobre la mitificación del trabajador

Asistimos -desde hace décadas- a un proceso, seguramente ya irreversible hasta que se produzca la extinción del concepto, a la mitificación del "trabajador".

Lo expresamos entrecomillado para poner de relieve que se está incorporando un matiz importante a lo que resulta sobreentendido cuando se habla de este colectivo de forma genérica, como un grupo oprimido, sufriente, necesitado de atención especial porque está explotado por el resto de la sociedad y, particularmente, por un producto monstruoso de la misma: el empresario.

Ese matiz se construye desde una falsedad, un anacronismo. En realidad, es un virus peligroso, incluso letal, para la propia subsistencia de los logros conseguidos en el siglo pasado, y que se ha incrustado en el término "trabajo", aprovechando el reconocimiento general que ha conseguido -no sin duros empeños- el término, y pretendiendo que la lucha sindical y la "defensa de los intereses de los trabajadores" ha de mantenerse en iguales términos que los que nos trajeron hasta aquí.

El virus está hoy ahí para llenar de pus la valoración de lo que el ser humano aporta a la sociedad en tanto que trabajador, adulterarlo con consideraciones espurias, envenarlo de sentimentalismos trasnochados y sembrarlo con apestosas marañas de odios y recelos que se dirigen, además, contra "el empresario", cuando la mayoría de los "empresarios" son propietarios de pymes, en las que ellos mismos trabajan.

Manteniendo elementos ajenos a lo que hoy habría de entenderse por trabajo, se está perjudicando con roídos ropajes la nobleza conseguida, porque, con el producto de prejuicios infundados, acarreando resabios y penurias del pasado, se empañan la serenidad y el sentido que deberían darse actualmente a las evaluaciones de trabajador y trabajo, protagonistas, desde luego, en ese escenario permanente en el que la sociedad produce los bienes y servicios que necesita.

¿Qué es "trabajo"? ¿Cómo se mide, y por quién? ¿Habría tal vez que vincular esa medida a la eficacia, a la productividad económica, al simple hecho de estar presente en el tajo, disponible?

No faltará quien piense que estas cuestiones son elementales y que han sido ya satisfactoriamente resueltas por estudiosos, admitidas por eruditos y puestas en claro por legisladores y que, por tanto, no hay nada que discutir.

Discrepamos. Trabajo es eficacia, rentabilidad, colaboración íntima, dentro de la empresa, con el empresario. Identificar "trabajador" únicamente como aquél que está vinculado con una empresa o entidad pública por un contrato laboral y que el responsable de darle rendimiento es solo "el otro", el empresario, es una grave imprecisión, que desconoce la variedad de las relaciones entre quienes necesitan un servicio y las personas físicas (separadamente o agrupadas) que lo realizan.

Nadie parece estar con ganas de llegar al meollo de la cuestión. Porque el enemigo hace tiempo que ha dejado de ser el empresario, y, mucho menos, el pequeño empresario. Lo necesitamos, y mucho. Y todos deberíamos reflexionar seriamente por dónde está evolucionando el panorama de la tecnología, de las necesidades (y cómo se están creando y por quién) y, por tanto, cómo está cambiando el tipo de trabajo que se tiene que realizar y cómo se va a distribuir su ejecución -formando a los jóvenes, y orientándolos bien- y, por supuesto, de qué forma se les va a retribuir.

Cada vez hay menos trabajo en el que se necesite simplemente la actividad física de las personas, y cada vez el trabajo intelectual exige una mayor cualificación.

Más preciso aún: se paga menos por el trabajo que no necesita cualificación (en el que, además, el hombre compite con las máquinas o con otros seres humanos en mayor necesidad aún) y se puede pagar cada vez más por trabajos muy específicos, pero para los que se necesita muy alta cualificación y, por supuesto, son escasos.

Los representantes sindicales, los empresariales, los miembros del Gobierno, cuando hablan de Pactos entre los agentes socioeconómicos, emplean análisis a corto plazo, aunque digan preocuparse por el futuro. No saben bastante para predecirlo o no quieren saberlo. Por ello se detienen, de forma prácticamente exclusiva, en garantizar la mayor estabilidad en el empleo para unos y que los incrementos salariales no superarán unos índices máximos para los otros. Cuando discuten sobre "formación", los técnicos no entendemos, en general, no entendemos lo que quieren expresar. (¿Peluquería, cocinero, conductor de camionetas, programador, diseñador, técnico en TICs o en tecnologías ambientales? ¿Piensan en serio?)

Complacerse en considerar actualmente -en España, concretamente- al trabajador con los tintes de explotación, precariedad, inseguridad, etc. que caracterizaron, durante siglos, la dominación de quienes tenían el poder y los que solo podían aportar su fuerza física o su habilidad para obtener de los primeros lo necesario para su sustento, es un anacronismo. Es, también, una mentira y es, sobre todo, un argumento estéril para trabajar por el futuro.

Porque, en primer lugar, existen muchas categorías de trabajadores que no son asimilables en absoluto. Los directivos de grandes empresas, los altos funcionarios, los máximos representantes sindicales, los liberados, los enchufados, los vagos, los indolentes, los inútiles, todos, son considerados trabajadores.

Los inteligentes, los activos, los creativos, los entregados, los que no se arredran, los timoratos, los incapaces, todos, son considerados trabajadores.

Legalmente, para que alguien sea considerado trabajador solo necesita un contrato que cumpla las condiciones establecidas por la Ley, el Estatuto regulador de esa relación entre dos partes: empleador y empleado.

Pero es que, además, de las muchas formas de cumplir con las condiciones válidas para ese contrato, en momentos de crisis y paro como éste, hay tantas o más de aportar trabajo y capacidades a la sociedad sin haber suscrito ningún contrato, y, aprovechando las bolsas de dinero negro, el trueque y, por supuesto, se incrementa la aportación no remunerada y el exceso de dación sobre lo pagado.

No hay más que fijarse en lo que está pasando. Obras y servicios que se realizan por inmigrantes irregulares, criadas y cuidadores de ancianos y niños sin nómina oficial y sin seguro, amas de casa sobrecargadas que cocinan-planchan-limpian de la noche a la mañana, jóvenes y no tanto que tratan de vender en las calles cds pirateados o publicaciones de contenidos infumables, artistas y aficionados que tocan y cantan en el metro o hacen equilibrios en la esquina, electricistas, fontaneros y manitas de variado pelaje que se anuncian junto al telefonillo, informáticos que resuelven problemas por la voluntad, expertos que hacen extras  después (o durante) la jornda laboral, licenciados que dan clases particulares, profesores que hacen de consultores mientras les paga el Estado, jubilados que se realizan en las ongs, modistos a destajo que cosen con las persianas bajadas, etc. Etc.

Se está mitificando a un trabajador especial -el de los "queridos trabajadores y trabajadoras" de los representantes sindicales, un elemento artificialmente pasivo de la sociedad-, descargando sobre él todos los sentimentalismos del pasado, y nos olvidamos de que crece cada día el número de los que no van a obtener trabajo si carecen de la cualificación precisa.

Como también crece la masa de quienes tienen contrato y trabajan, -vaya si trabajan-, para poder comer, para subsistir, para vivir mejor, o, incluso -y esto ya nos gusta- trabajan sin preocuparse por obtener la máxima retribución, incluso gratuitamente, porque están convencidos de que el ser humano es, por esencia, un trabajador y son conscientes de que no necesitan tanto del dinero como de los motivos para ser felices haciendo felices a otros.

El trabajo ni dignifica, ni realiza. Claro que todavía subsiste la idea de que se trabaja para vivir bien, y se busca la más alta remuneración para poder hacerlo lo mejor posible. Y no podemos ignorar ese móvil legítimo.

Pero, mirando más alto, no hay que buscar términos rimbombantes: Ser humano es trabajar, actuar, hacer, y para serlo plenamente, hay que saber hacerlo lo mejor posible.

¿Quién paga a los que no tienen contrato por sus auténticos servicios a la sociedad, muchas veces, sin cobrar nada a cambio? ¿Quién se beneficia de sus trabajos?

Todos; los empresarios que compran lo que producen a bajo precio, directa o indirectamente; los particulares que les pagan poco o nada; el Estado en su conjunto, que lo consiente y que cierra los ojos ante las irregularidades; y, en particular, muy en particular, quienes están vinculados por un contrato de trabajo "con todas las de la Ley". Los "queridos trabajadores y trabajadoras" de los sindicalistas.

Tenemos cada vez menos trabajo para repartir. Y mientras nos rija el ansia de poseer más, los niveles de explotación de unos seres humanos por otros no harán sino separarse más: arriba, los que tienen el control tecnológico; abajo, los que ofrecen sus servicios a bajo precio, porque muchos saben hacer lo mismo. 

Sobre la reparación del daño por accidente de trabajo

En el 3er. Congreso de Prevención de riesgos laborales (Madrid, 14 y 15 de octubre 2010), la conferencia de apertura corrió a cargo de Ignacio Moreno González-Aller, presidente de la Sala de lo Social del Tribunal Superior de Madrid.

Disertó sobre la problemática de la reparación del daño derivada del accidente de trabajo, que se rige en España por el principio de compensatio o restitutio in integrum (compensación total), según "modélica jurisprudencia de la Sala Social del Tribunal Supremo".

Esta línea jurisprudencial tiene sus raíces, por lo que contó el ponente -que estuvo didáctico e incisivo-, ya en la Ley de 30 de enero de 1900, primer pacto en nuestro país entre empresarios y trabajadores ("Ley de Maura", el político-filósofo que pensaba que las revoluciones hay que hacerlas desde arriba para evitar que se gesten desde abajo), y, desde luego, en los "olvidados" Decreto de 22 de junio de 1956 (Texto refundido de la legislación de accidentes del Trabajo y Reglamento para su aplicación) y la Ley de bases de la Seguridad Social, (a partir de 1966), que recogen -dentro de un esquema, desde luego, con otras debilidades- que la compensación por accidente de trabajo no queda limitada a las prestaciones públicas -indemnización y recargo-, y dejan libre el camino para ejercitar la acción de responsabilidad civil.

Dos Sentencias del TS del 17 de julio de 2007, además de recoger este principio, pretenden establecer otro que no ha tenido igual éxito, que correspondería al deber de los jueces de lo social de estructurar las valoraciones compensatorias de los daños por accidente de trabajo, justificándolas separadamente. Para ello, se sugiere la referencia de los baremos para daños y perjuicios previstos para accidentes de circulación y se exige cuantificar los daños emergentes y del lucro cesante, con los que se intenta compensar "los otros daños (morales e inmateriales)" provocados por el accidente de trabajo.  

Las dos cuestiones que el magistrado Moreno González-Aller puso sobre la mesa en su ponencia, se refieren,

a) por una parte, a su discrepancia en la consideración del recargo como partida no descontable en la compensación por accidente (a partir de la Sentencia del TSupremo del 2 de octubre de 2000, que rompe con la tradición anterior), que permite compensaciones desorbitadas, al incorporar la "indemnización punitiva al empresario" a las percepciones del trabajador derivadas de aquél. Moreno defiende la postura de la Sala de lo Social del TSuperior de Madrid, por la que se debe separar las penalizaciones por infracción -cuyo perceptor debería ser el Estado- de las compensaciones por el accidente y mantener la idea clara de la restitución íntegra, actualizando el importe del recargo no como capital de las rentas esperadas futuras téoricas, sino de acuerdo con la edad del trabajador y sus condiciones y expectativas personales.

b) por otra, a la necesidad de concentrar, de una vez por todas, los temas de accidentabilidad laboral en la sede de lo social, eliminando la actual incongruencia por la que el recargo puede ser visto simultánea e independientemente en los Juzgados de lo contencioso-administrativo y lo social, posibilitando la aberración jurídica de que "una cosa pueda ser y no ser al mismo tiempo" (pues esta penalización podría ser impuesta por el Juzgado de lo Social y, posteriormente, resultar anulado en la Contencioso, en una sentencia en la que se concluya que el hecho ilícito no se ha producido, y sin que sea posible recurso de revisión, ya que no se cumplirían las condiciones del art. 1798 de la Ley de Enjuiciamiento Civil).

(continuará)

Sobre el síndrome del rescate y la gloria del minero

Empezamos por el final: los 33 mineros atrapados a 700 m de profundidad en una mina de cobre en Atacama, Chile, han sido izados a la superficie, después de una operación de rescate que duró dos meses y medio (del 5 de agosto al 13 de octubre de 2010).

La historia está escrita con el guión de aquellas películas de suspense que llamamos "del Oeste" -cuando no sabíamos mucho de los signos cardinales- en la que la amenaza de la muerte gravitaba sobre los buenos, porque se les habían acabado las municiones y estaban rodeados de enemigos.

Si recordamos el cuento, por un lado estaban los incuestionables protagonistas, reconocibles por su rostro agradable, a los que se habían atribuído nombres y de los que conocíamos algo de su historia pasada, elementos todos ellos que despertaban nuestra simpatía, y con los que nos identificábamos, sintiendo, con ellos, angustia, compasión y dolor.

Por otro lado estaba la amenaza, que entendíamos como propia del espectador, que consistía en hordas de enemigos sin identidad individual, deshumanizados y de los que solo se resaltaba su crueldad. Todo parecía perdido hasta que llegaba el ejército de salvación, anunciado con cornetines y banderolas.

Los atrapados de entonces eran fundamentalmente mujeres y niños, refugiados detrás de un  precario parapeto que defendían cuatro esforzados, posiblemente heridos. La aparición de la agrupación mítica, el séptimo de caballería, suponía la liberación y el final de la película.

Muchos de estos elementos se encuentran en esta historia real, y por ello, es normal que se nos amenace con llevarla al cine, para que los rostros de los mineros y de sus salvadores sean de actores bellos y rudos, y no los ennegrecidos, desgreñados e incluso, por lo que se nos ha dicho, parcialmente desdentados, de los protagonistas reales.

Parece que será el actor de moda latino, Javier Angel Encinas Bardem, el que asumirá el liderazgo del nuevo relato corregido y solo cabe esperar que no sea Woody Allen el guionista que nos introduzca la moralina de la historia.

La mala de la historia será la madre Tierra, siempre dispuesta a fagocitar a sus hijos como Laocoonte y, por supuesto, los empresarios ávidos del dólar, indolentes y crueles.

Pero lo que no debe minusvalorarse en la historia real es la intervención del ejercito de salvación: el equipo de técnicos que hizo posible el rescate, y que este se llevara a termino sin riesgos para los mineros. Y, dentro de ese grupo, habrá que hacer distinción especial a los seis especialistas que descendieron al fondo del misterio, para acompañar a los rescatados, transquilizarlos, y probar el invento de la cápsula extractrora.

A esos ingenieros, geólogos, sicólogos, a todos esos técnicos prácticamente anónimos, dedicamos, con todo afecto, con toda admiración y respeto, este Comentario.

He aquí algunos de sus nombres: Gerardo Gofret, ingeniero de minas de Codelco, que supervisó las operaciones de rescate; André Sougarret, ingeniero de minas responsable del operativo de salvamento; Ovidio Rodríguez, que encabezó el equipo de rescate, junto a Miguel Fort, ambos ingenieros de minas de las brigadas; Jean Romagnoli, médico y preparador físico de los mineros; Alberto Iturra, sociólogo al frente del equipo médico; René Aguilar, coordinador de la perforación, y que dirigió también el operativo concreto de la jaula y los rescatistas (o rescatadores). Y lamentamos no conocer el nombre de los bomberos, sanitarios y resto de geólogos e ingenieros que participaron, jugándose el prestigio, trabajando día y noche, porque los 33 mineros salieran, como héroes por haber sobrevivido, sanos y salvos, a la superficie.

(Y permita el lector, también una nota personal del Administrador de este blog: el día 13 de octubre de 2010, en el programa de TV 24 horas, el ingeniero de minas español José Carrasco, catedrático de la Escuela de Minas de Madrid, explicó, con calor, devoción y conocimientos técnicos algunos aspectos del rescate, acertando a poner el énfasis en donde se encuentra la base del mérito y del éxito de la operación: la buena técnica minera)

Sobre la creciente afición a gritar para ser escuchado

En la Unión Europea cada vez hay más manifestaciones, más huelgas, más gritos. Parece ser una consecuencia de la democracia y de la libertad, solo que habrá que tener cuidado en analizar los resultados.

Porque se puede interpretar, a nuestro juicio cada vez más correctamente, que el que no se conduce por el camino del exabrupto, de la protesta ruda, tiene muy pocas posibilidades de ser atendido en sus reivindicaciones, incluso de que se preste oído a sus deseos.

Una de las razones por las que la exhibición del descontento está cada vez más primada, es la difusión que se da al hecho si los desperfectos fueron más cuantiosos, el daño más pernicioso, y los improperios más altos.

La elección de la estrategia para llamar la atención sobre lo que se reivindica ha pasado a ser parte del resultado. No se cuidará con seriedad y datos la presentación de las razones por las que se protesta, sino que se confiará la fuerza de los argumentos al deterioro producido.

Más pasajeros potenciales abandonados a su suerte en los aeropuertos, estaciones de autobuses o de tren, cerrados por la huelga o el exceso de celo, con millones de euros perdidos; montañas de basura en las calles, con riesgo para la salud y atentados a la higiene; mayor desabastecimiento en los mercados, a los que no pudo llegar la mercancía, que se perdió en los caminos, arrastrando jornales y expectativas; menos niños sin escolarización, pues se impidió a los maestros acceder a las aulas; más chillidos y algarabía que impidieron oir las palabras del representante que el pueblo eligió hace unos meses; más coches de la policía ardiendo; más contenedores volcados; más mases donde menos,...

Siempre se ha dicho que el que no llora no mama; ahora habrá que indicar -para el que no lo supiera- que el que no grita, no será escuchado. Un hándicap más a la posibilidad de atender a los prudentes: aquellos que teniendo incluso más razones, valoran, -por encima de los exabruptos, los empujones, las amenazas, los desperfectos, las consecuencias de ejercer la fuerza bruta y el jaleo que provocan los que interfieren destruyendo a placer el orden y la calma-, los argumentos, señores, las consecuencias y los daños a terceros.

Porque vivir en democracia no supone, qué va, que se dispense más atención cuanto más griten.

 

Sobre lo que enseña Rosa Díez

Sobre lo que enseña Rosa Díez

El Magazine de El Mundo (10 octubre de 2010) publica en portada una fotografía, obviamente retocada con alguno de esos programas de fotolíftin que quitan arrugas y ojeras- en la que la lider de UPYD, el partido que aspira a ser charnela en las próximas elecciones generales, enseña palmito.

Para que no haya dudas respecto al objetivo de la muestra, un espejo recoge la visión trasera de la política, que luce una minifalda sesgada y que, al haber sido tomada la fotografía de abajo arriba, permite que el ojo del observador se aventure hasta casi el punto en el que el muslo pierde su nombre.

La toma gráfica, que recuerda aquella otra de las ministras del gobierno de Rodríguez Zapatero luciendo su corpórea femineidad sobre un sofá, y que se publicó en Vogue, tiene, por lo leído, un objetivo parecido: demostrar que los hombres -los varones como las mujeres- primero miramos el cuerpo de la hembra humana, y luego, pasamos a escuchar lo que tenga que decir.

Hemos leído la entrevista que justificaría el esfuerzo exhibicionista, y, sinceramente, nos encontramos en el grupo de "quienes no entiendan este reportaje, (...) pero es que precisamente ése es el tipo de personas que menos me interesa".

Rosa Díez luce creaciones de Ion Fiz, según se cuenta, de la "actual colección de otoño", con lo que la mirada política (habrá que corregir lo de admirada, salvo entre los más incondicionales) está haciendo la competencia a las chicas de la pasarela.

La entrevista pertenece al subgénero al uso en el que el entrevistador (Gervasio Pérez, para el caso) expone más ideas que el entrevistado, por lo que es difícil seguir si lo expresado corresponde a lo que piensa Díez o Pérez. 

Se intuye con esfuerzo que la presidenta de UPyD está en contra de subvencionar la moda sin tón ni son, y que hay que vigilar los resultados. También se puede inferir con agudeza perceptiva que nuestro sistema educativo es un carajal y que no se respeta al profesorado y que sigue pensando en que hay que cambiar la Ley Electoral porque hay millones de españoles que pasan de la política.

Un error lo comete el más pintado, pero el asesor de imagen de Rosa Díez debería andar más al quite de lo que luce, en indumentaria y en ideas, una de las políticas más observadas, y valoradas, dentro del panorama de secano en el que se bandea el guirigay de la cosa pública española.

Porque si es cierto -como ella apunta y corroboramos- que los hombres, y particularmente, los políticos con poder, utilizan la cooptación con las mujeres, no entendemos a qué ha venido que haga el caldo gordo a ese machismo enseñando pierna a quien no se la va a tapar. Unas páginas más allá, el mismo Magazine presenta la moda de lencería, y aunque por un tris, Rosa no llega a lucir ese muestrario, todo parece indicar que podría hacerlo por la Patria.

Sobre aquellos polvos de los que vienen estos lodos

En Kolontar, Devecser y otras pequeñas localidades húngaras creyeron que se trataba de una riada del Torna, un mísero afluente del gran Danubio, y se limitaron a cortar la luz, recoger el ganado y esperar que la corriente amainara. 

Pero el 6 de octubre de 2010 las aguas rojas no eran como otras veces. Su pH correspondía al valor de 13, porque provenían de la rotura de la balsa en el que la empresa MAL contenía (de forma técnicamente no explicable y, en todo caso, está claro que de forma no suficientemente segura) los residuos corrosivos de la fabricación de aluminio.

La rotura brusca de la balsa de lodos húngara ha vuelto a traer a la memoria el accidente de Aznalcóllar (ocurrido el 25 de abril de 1998), y las crónicas dicen que se está tomando como modelo de referencia el protocolo de actuación que se siguió allí. En aquel caso, en la ensenada sevillana, no resultaron afectados seres humanos. En este, para que la desgracia sea completa, ha habido ocho muertos, varios desaparecidos (o sea, muertos) y 150 heridos, con quemaduras más o menos graves producidas por el líquido rojo.

En Aznalcóllar, la balsa de residuos, de 8 Hm3, perteneciente a Boliden-Aspirsa, al romper, liberó líquido de pH bajo (con alta acidez, por tanto). El Tribunal Supremo condenó a la empresa a pagar 45 millones de euros de indemnización por los daños, aunque el dinero público empleado en tratar de corregir la catástrofe ecológica es bastante superior.

Hay miles de balsas de residuos en el territorio europeo, con diferentes niveles de peligrosidad y estabilidad. Solamente en España, Greenpeace dice tener localizadas 743 balsas de residuos tóxicos, muchas de ellas abandonadas al cesar las explotaciones mineras que las generaron. La Unión Europea tramita las denuncias presentadas contra las minas de Las Cruces (Sevilla), Cerro Colorado y Aguzaderas (Río Tinto), y Aguas Blancas (Badajoz), estando también denunciadas las balsas de estériles que produjo la fiebre del oro de Belmonte (Asturias).

En la Unión Europea puede haber más de 5.000 balsas. Es imprescindible realizar un inventario completo de las mismas, que contenga la valoración de su estado, la determinación de los responsables de su mantenimiento y cuidado y, por supuesto, los protocolos de actuación para el caso, ya sabemos que improbable pero posible, de que puedan romperse.

Están en juego vidas humanas, sistemas ecológicos, entornos paisajísticos, acuíferos y terrenos. Pero también está en juego la credibilidad de la técnica y el juicio por el buen hacer y la responsabilidad ética de los profesionales que ejecutan los procedimientos. No se apele al azar sin necesidad, cuando lo que falta es la determinación empresarial, la eficiencia del controlador y la honestidad de quienes, sabiendo, no hacen bien las cosas porque cuesta más dinero.

Eso sí, que no se alarme a la población sin motivo, o difundiendo medias verdades o elucubraciones tremendistas. El accidente de Kolontar ha llamado la atención sobre la balsa que Alcoa mantiene en San Ciprián, con residuos de la producción de bauxita, a los que se cataloga como "no muy distintos de los que han causado el desastre en el país centroeuropeo" (EM, 10 de octubre de 2010, Rosa M. Tristán).

Sobre lo que piensan los no economistas sobre el mercado

Este comentario va dirigido hacia los economistas y, más concretamente, hacia los que se ocupan de la macroeconomía, que, como se sabe, es el mundo donde hay decenas de señores que creen estar tomando decisiones para influir sobre ella.

Aunque existen libros muy voluminosos -y que resultan, por tanto, de lectura tan obligada como imposible- sobre el particular, la verdad es que se sabe muy poco sobre la posibilidad de predecir y, ya no digamos, resolver, una crisis económica. En lo único que están de acuerdo todos los "analistas" (eufemismo con el que algunos humanos abrigan a la  incertidumbre cuando la sacan a pasear por entre las zancadillas de la realidad) es que la crisis es una consecuencia indeseable de la forma que tenemos de crecer, esto es, de la persistencia en huir hacia delante con mayor velocidad de la que podemos correr sin caernos.

Es por eso que los no economistas intuyen que las crisis económicas no se presentan cíclicamente, sino de forma segura, cuando se alcanza un cierto umbral de falta de asimilación del tinglado que se fue gestando. Algo así como la vomitona después de un empacho.

La crisis sería el resultado perfecto -pero no por ello menos catastrófico- de la perversa forma de actuar de los llamados agentes económicos. Agentes, en realidad, más o menos, somos todos, aunque, por supuesto, hay una decena de superagentes que acumulan mucha más capacidad de acción, y por tanto, responsabilidades, que todos los demás juntos.

Lo más curioso es que el efecto de la crisis no se mide porque deje sin empleo a millones de personas, o porque otros tantos tengan menos que llevarse al bolsillo en un abrir y cerrar de ojos, sino porque cuando algunos señores, a los que por eso se les llama capitalistas, entran en pánico, deciden, de pronto, que el dinero que tienen no vale ya tanto como pensaban, y entienden que ha llegado la hora de volver a barajar las cartas, cambiando algunas reglas para que nadie, salvo ellos, entiendan de qué va el juego.

En realidad, para no economistas, esa es la madre del cordero, como suele decirse: el valor que se da al dinero, y que no lo determina ni el que tiene que trabajar para ganarlo ni los que llevan sus productos al mercado.

No, qué va. El dinero es un artilugio, un invento, por el que, en un momento de la historia de la Humanidad, unas gentes, que no hay razón para suponer que no fueran bien intencionadas, decidieron que ya estaba bien de practicar el trueque y que sería posible manejar piezas de metal, o piedras, o papeles, o sal, o aceite -por decir lo primero que se les pasó por la cabeza- que tuvieran un valor simbólico que todos admitieran.

Así, en lugar cambiar cosas de presente, se podrían intercambiar productos de futuro. Además, ya no haría falta retener en la memoria que si me debes tantas ovejas o en el otoño me entregarás las calabazas y el camello que me prometiste a cambio de poder acostarte con mi hija. Bastaría pasar de mano en mano unos sacos de sal, o unas piezas metálicas.

El invento prosperó tanto que ya nadie se preocupaba de dar a esos símbolos un valor real: diez tururarios podían ser equivalentes a un muslamen de ternera o iguales a cuatro días sayando patatas en mi era, según que hubiera más muslámenes o más patatas, y la gente empezó a aclararse cada vez menos; un día, dos tururarios valían tanto como diez huevos de gallina y, al cabo de tres lunas, no servían ni para que te dieran un saquito de alpiste para el canario.

Porque, ¿quién regulaba las equivalencias? El mercado. Ese dios de la tribu, al que algunos expertos decían haber visto (hacía mucho tiempo), pasó a ser venerado como el verdadero motor de la colectividad. Si bajaba la leche, era por el mercado. Si no había trabajo, la culpa la tenía el mercado.

Pasaron los siglos, y como ya nadie se acordaba de para qué diablos servían ni el dinero ni el mercado, se acudió a crear una clase especial de intelectuales-sacerdotes, los macroeconomistas, para que explicaran qué había que hacer para controlar a ese dragón que se comía por la noche lo que se producía durante el día. 

Naturalmente, los intelectuales-sacerdotes, tenían muchas ideas sobre cómo explicar lo que pasaba y, aplicados, se dedicaron a inventarse justificaciones de todo tipo. Unos, afirmaban que había que ir por aquí y otros, por allá, que es como decir, en sentido contrario. Se hicieron, por ello, escuelas de devotos, como siempre que hay una divinidad por medio. Todos pretenden haber tenido alguna revelación.

Sobre el premio a Liu Xiaobo como mensaje a Wen Jiabao

支持 刘晓波!

¡Felicidades, Liu Xiaobo!

Liu Xiaobo ("Ola del Amanecer") es un pobre diablo encarcelado en China -¡por once años!-, porque tuvo la valentía de protestar contra la matanza de estudiantes que tuvo lugar en Tiananmen, en 1989, cuando allí no había democracia.

El profesor Xiaobo enseñaba chino desde su cátedra hasta que se manifestó en apoyo de lo que pedían los revoltosos de Tiananmen, y los apoyó con declaraciones públicas y escritos.

Fue destituído, y encarcelado por primera vez, para que meditara sobre las ventajas de acomodarse al régimen imperante, pero, cuando volvió a la luz, siguió trabajando a favor de que se hiciera la luz para todo el mundo, y toda China saliera de la caverna en la que le habían metido los intérpretes de chicha y nabo de un libro de filosofía que se llamó el Libro Rojo, y que ni siquiera entendió su propio autor, sino solo los chavales que lo leían desde Europa en el 68 como si fuera un misal.

El colmo de Xiabo fue cuando creó el movimiento Charter 08 y concibió un manifiesto, en diciembre de 2008, que le convertiría en el blanco preferido de todos los disparos oficiales a favor del nonosmoverán. Reclamaba Xiabo lo imposible: reformas políticas que movieran la dictadura hacia la democracia, y, ya puestos, el fin del partido único, amén de la garantía de los derechos de libertad de expresión e independencia judicial.

Tenía motivos, además de los éticos y políticos, los surgidos del calendario para publicar el manifiesto. Fuera de allí, en el mismo entonces se celebraba el 60 aniversario de la declaración de derechos humanos de la Organización de Naciones Unidas.

La respuesta fue contundente. El gobierno de Beijing envió la policía a casa de Xiaobo y lo encarceló, sin juicio de ningún tipo, haciéndolo desaparecer del mapa por seis meses. Después, le haría juicio, y no fue mejor: once años le cayeron encima de las espaldas al disconforme con el régimen.

Y es que han cambiado bastante las cosas para ese inmenso país, pero el régimen politburo comunista no tolera críticas, ni disidencias, ni que alguien lleve el paso cambiado de la formación militar que se acompasa desde arriba.

Por eso, aunque sus dirigentes se dan abrazos con los líderes occidentales, -porque China se ha consolidado como el gran mercado para los excedentes de producción y tecnología del desarrollo, y asombra al mundo con su capacidad de organizar espectáculos y tragarse artilugios made in fuera de China-, resulta que se sigue llamando subversivo al que piensa diferente.

La defensa de los "derechos humanos" (el derecho a discrepar, la libertad de elegir la propia ideología, el acusar de despropósito una actuación represora contra los que se manifiestan por un cambio) es tenida para el gobierno comunista como un acto de terrorismo que debe ser castigado con la cárcel.

A Liu Xiaobo Le han concedido el premio Nobel de la Paz de 2010, por decisión irresponsable de un grupo de intelectuales y políticos, bajo la presidencia del rey de Suecia.

Todo el mundo sabe ya que a Liu Xiaobo le han dado el premio Nobel de la Paz, menos el propio Liu Xiaobo. Su mujer que lo visitará hoy, 10 de octubre, cuenta con que le dejarán comunicárselo, lo que, posiblemente, le pondrá contento.

A quien estamos seguros de conocer cómo le ha sentado el asunto (a cuerno quemado) es a Wen Jiabao, (溫家寶, Valiente impetuoso), el  premier de ese país falso-demócrata que es China y que, si las cosas siguen al ritmo que van, en un par de décadas -o, a lo mejor, ni siquiera dos, le bastará con una- será la economía líder del planeta.

Una de dos: o los herederos de Mao nos cogen confesados de espantos y nos acomodamos a lo que nos prescriban, o la gente como Liu Xiabo se hace con las riendas del poder en estas próximas décadas.

Así que, además de inyectar moral bajo la forma de mensajitos desde nuestra plataforma de civilización democrática, como es este de la concesión del Premio Nobel a un intelectual que está en la cárcel, habrá que idear otros procedimientos más contundentes.

Y todo ello, sin olvidar la valoración que nos merecen estas cosas del Nobel por acá, pues el profesor chino encarcelado, ganó el galardón en un pulso al que desde aquí muchos presentaron como candidato al juez Garzón -procesado por sus colegas, por haber, presuntamente, cobrado unos dineritos de más-, y el año antes, cuando también estuvo propuesto, lo había perdido ante el recién deshornado presidente Barak Obama, que no se lo merecía ni entonces ni ahora, aunque no le negamos otros méritos.

Sobre la labor de los inspectores de educación

Los inspectores de educación españoles se han reunido en Palencia, en su XI Congreso (días 6 a 8 de octubre de 2010), para reflexionar acerca de la problemática de su profesión.

Resulta que -dicen- no están haciendo bien su trabajo, porque no les dejan. En lugar de dedicarse a ayudar a los profesores y a los centros a hacer mejor su labor educativa, se ven sepultados por un maremagnum de reclamaciones de padres y alumnos contra los maestros y profesores, quejándose de que estos educadores tratan tratan con crudeza a los educandos.

La enseñanza en España ha ido mal desde el principio de los 80 del pasado siglo, que es tanto como decir, con la llegada de la democracia. Duele mucho decirlo, pero así son las cosas; no se ha entendido bien lo que significa eso de que todos seamos iguales ante la ley y los servicios.

No se ha entendido que, para educar bien es imprescindible dar autoridad a los maestros, desde los primeros pasos del niño, y que los padres deben verse como los primeros y principales maestros de sus hijos y, más tarde, han de entender que los profesores prolongan, refuerzan y amplían esa formación, con su mayor conocimiento y dedicación.

Maestros y padres son un tándem esencial hasta que el niño adquiere el uso de razón suficiente (quizá a los quince, o a lo peor a los dieciocho años) para entender por sí solo que saber es más importante que comer; y que saber bien es básico para que el ser humano sea respetable, y que, en fin, los maestros y profesores son la forma que esta sociedad tienen de trasmitir lo que le es más valioso, el conocimiento.

No eran estas ideas (tan elementales, por lo demás) las que conforman hoy por hoy, el medio en el que desenvuelven los profesores su actividad. Por el contrario, encuentran que son muy frecuentemente los padres los que les minan la autoridad y, además, que la permisividad de dejar avanzar sin conocimiento a los niños, pasándolos con escaso bagaje intelectual -en demasiados casos- a la enseñanza secundaria, perjudica a todos.

Perjudica a los más avanzados de la clase, que se ven estudiando cosas que ya saben y se desmoralizan; perjudica a los profesores, que deben dedicar su atención preferente a los más torpes, descuidando la formación del grupo y, desde luego, de los más trabajadores. Y, para colmo, como ningún padre tiene un hijo torpe, deben aguantar la presión -a a veces, incluso física- de padres que creen que protegiendo a sus retoños y echando las culpas al maestro, consiguen algo de valor.

Los inspectores lo han sacado a la luz, otra vez, en este Congreso: la educación en España va mal desde el principio, porque los maestros no están haciendo su labor. No se les deja. Y los inspectores están ocupados en aventar fantasmas de padres que, incompetentes para serlo, echan la culpa de la falta de atención de sus hijos minando la autoridad de sus maestros.

Sobre el lugar para el carbón en la economía española

Los mineros del carbón -una categoría laboral que suscita, como pocas, emociones diversas- están algo más contentos. Nos referimos a nuestros mineros, un grupo en extinción que se ha concentrado en las cuencas asturleonesas, y que se parapeta en rededor a unos líderes sindicales que hace año dejaron la mina, pero están dispuestos a ponerse en huelga de hambre y lo que haga falta para que a los suyos no les quiten de sacar piedra.

Como se trata de un juego de poderes, en el que, por supuesto, el más poderoso de los dos ya tiene la decisión tomada, porque sabe bien adónde va, la Unión Europea ha consentido en prolongar la autorización para que se siga subvencionando la extracción de esa piedra que, en nuestra geología, se encuentra en lugares profundos y es obligado extraer en tajos angostos y verticales o subverticales, porque los sedimentos están bastante más plegados que en otros sitios.

Todo el mundo sabe que, escrito en román paladino, sacar carbón de las minas asturianas, leonesas, o jienenses fue siempre más difícil y, por tanto, más caro que en otros lugares. Esa falta de competitividad en lo económico no impidió que se sacara carbón -hulla, lignito o antracita- porque era estratégico.

Nunca se supo muy bien en qué consistía la cuestión de la estrategia, porque era una cuestión que se cocía principalmente -al inicio- en las cacerolas del gobierno autoritario y del capital connivente y, más tarde, solo en las del gobierno autoritario, y finalmente, en la sartén quemada de una democracia que no se aclaró ni se aclara sobre el papel que le corresponde en un mundo de comerciantes.

La Unión Europea ha autorizado a prolongar las ayudas a cambio de que se cierren definitivamente las minas no rentables (todas las españolas), y los mineros del carbón están muy contentos, porque ahora van a cobrar unos atrasos y podrán seguir sacando piedra.

Podrán los mineros sacar unas cuantes toneladas más que servirán para aumentar, mucho nos tememos, las más o menos 15.000 toneladas "contra stock" que ya han puesto a flor de tierra, y que no se han empleado en las térmicas, porque es más caro que importar carbón de fuera, y es menos contaminante, y, además, es mejor quemar gas y mover molinos que utilizar el poder calorífico de esa maldita piedra.

La historia del carbón español (en realidad, de todo el europeo) dicen que es como la de Sísifo, aquel pobre diable mitológico que estaba condenado a carretar una piedra una y otra vez a lo alto de una montaña.

Aunque quizá, puestos a buscar raíces mitológicas, el asunto esté más propio al cuento de Penélope, la mujer enamorada que tejía un jersey sin saber cómo parar, esperando que volviera de viaje de aventuras su esposo. Aquí el tricotar se llama extraer carbón y el Ulises podría ser el presidente de Gobierno que tuviera el arrojo de decir, de una vez, bastó, ya está bien de sacar un carbón que no sabemos qué hacer con él, venid, y vamos a dedicarnos a otra cosa. Aunque duela un rato.

 

Sobre el plan B de MAFO y el manual del optimista

Miguel Angel Fernández Ordóñez, MAFO, -del acrónimo con sus iniciales-, gobernador del Banco de España, en su comparecencia (el 5.10.2010) ante la Comisión del Congreso de Diputados, ha hecho lo que le corresponde: pintar dudas sobre la recuperación española y aconsejar al Gobierno que tenga preparado un "plan B" por se las medidas para salir de la crisis no son suficientes y hay que utilizar otra gatera.

Para el presidente Zapatero, sin duda, MAFO estaría mejor callado. La filosofía del presidente no prevé la utilización de caminos alternativos, sino, en el estricto cumplimiento del Manual del optimista, que es su libro de cabecera, continuar adelante por el camino que haya elegido, no importa a dónde conduzca, en tanto que tenga seguidores.

Cuando vienen mal dadas, la posición del líder optimista es siempre muy arriesgada. El optimista pone en juego su credibilidad prometiendo el éxito, si se superan las dificultades presentes, que él debe presentar como pasajeras.

La cuestión que hace peculiar el optimismo del presidente Zapatero es que ha decidido sacrificar su credibilidad minimizando las dificultades y reduciendo los sacrificios que serían imprescindibles para obtener lo que se desea.

Los ejemplos de esta forma de actuar se pueden descubrir por doquier. Se ha negado la crisis, se ha indicado -cuando fue ya inevitable admitir su presencia- que España se encontraba en óptima situación, se ha proclamado por doquier -cuando fuimos descubiertos en el grupo de los peor dotados- que habíamos hecho rápido los deberes,...y ahora, por boca del secretario de Estado de Hacienda y Presupuestos, Carlos Ocaña, se replica a la desagradable sugerencia de MAFO que no tenemos económicamente un plan B, sencillamente, porque no lo necesitamos.

El prudente hubiera contestado que, por supuesto, que lo tenemos. Un plan B y un plan C, y varios más, en el ovario de la gallina de las sugerencias. 

Pero el presidente Zapatero está dispuesto a emular, superando el modelo, el comportamiento del mantenella y no enmendalla, de otros que pasaron a la leyenda llevando las contrarias.

Como Juan Martín Díaz, el Empecinado de Castrillo de Duero, al que Fernando VII otorgó máximos favores en 1808 y luego mandó matar por mantenerse liberal, deseo regio, por cierto, que el pueblo cumplió entre aplausos. Como Aguirre, el De la cólera de Dios, tan magníficamente inventado por Herzog e interpretado por Klaus Kinski, que siguió en su aventura Amazonas arriba sin darse cuenta de que solo pilotaba una balsa que se había llenado de monos.

Zapatero no vende ya su producto ni entre los suyos, pero intenta seguir adelante. Tomás Gómez, que no era su candidato en unas primarias del PSOE de Madrid para decidir quién perderá ante Esperanza Aguirre, venció a Trinidad Jiménez, que tenía todo el apoyo oficial del presidente y su Gobierno.

Tampoco tenía plan B. Al conocer el resultado, se limitó a decir que Gómez era el mejor y que tenía todo su apoyo. Lo que pasa es que al empecinado Zapatero se le ha visto en la balsa con muy pocos cromos.

Sobre la sutil diferencia entre ahorro y estalvi

Sobre la sutil diferencia entre ahorro y estalvi

Parece ser -lo recordó Josep María Bricall, dentro del homenaje con motivo del centenario de su nacimiento, que prepararon al alimón el Grup Set y Caixaforum, en Madrid, el 4 de octubre de 2010- que el insigne polígrafo Jaume Vicens-Vives enseñaba a sus alumnos de la Universidad de Barcelona la diferencia entre ahorro y estalvi (1).

Si hemos entendido bien, ahorro sería la acumulación de dinero sobrante, después de cubiertas las necesidades propias, sin intención de retornarlo al flujo productivo, en tanto que los estalvis serían los ahorros puestos en circulación, para que produzcan nuevas riquezas y desarrollo.

O sea, el uno es el dinero guardado en el calcetín y el otro el puesto en manos de las entidades financieras.

Lamentablemente, no hemos encontrado en los diccionarios de la lengua catalana ni en el uso práctico de la palabra estalvi el reflejo de esta sutil distinción, que tanto explicaría acerca de las diferencias -en lo económico- entre catalanes y el resto de los españoles.

La Caixa, que es una Caja de Estalvis, marcaría así su distinción entre las demás de la misma especie aparente, que serían solamente Cajas de ahorros, y quedaría explicada la razón por la que muchas de las segundas -incluida, ay, Cajamadrid- luchan por no ahogarse entre los lodos económico-financieros, en tanto que La Caixa resplandece, tan campante, lustrosa entre las guapas.

(Por cierto, el vocable guapo, empleado como adjetivo, aplicado a cosas y seres animados e inanimados, es bable, como los asturianos andamos orgullosos explicando por el mundo. Guapo, para la RAE y otros eruditos, viene de vappa, que era latín, y se utilizaba para designar a vagabundos, hombres viles y al vino malo, y se usa solo en relación con las personas.

Anna Vicens-Vives, que también estaba en la celebración, dijo que su padre, entre otras virtudes, era guapo. Rióse el público presente -menos de un tercio de entrada-. También escribía y hablaba guapo, Ana; con una, o con dos enes. Qué más dará, si la dicha es buena.

En los libros de texto en donde estudiaban los chavales de 1960, cuando murió su padre -como lo prueba esta emotiva necrológica-, Jaume Vicens-Vives era todavía Jaime Vicens-Vices. Un español que no concebía a Cataluña más que como parte de una nacionalidad superior, llamada España... no, dese luego, Castilla.)

1) La distinción es desconocida para el citadà català normal, de a peu: es poden estalviar tantes coses: paraules, aigua, energía i esforços, ...

Sobre la intensidad del presente

Hay momentos que vivimos con mayor intensidad, en los que parece acumularse la carga emotiva. Esa sensación solamente la percibimos desde el presente, bajo la forma de un acaloramiento especial, una tensión del alma que dilata el ahora, haciéndonos creer fugazmente que esos instantes son más duraderos.

Lo llamaríamos "intensidad del presente", y si fueramos capaces de medirla y representar su evolución a lo largo de nuestra vida en un diagrama tiempo-intensidad, obtendríamos la secuencia de las cargas emocionales que han conformado nuesra existencia.

Si esto le pareció demasiado simple, le aconsejamos que espere a leer lo que viene ahora para calificarlo.

Cuando supimos que Melanie Griffith tenía como libro de cabecera "El poder del ahora (una guía para la iluminación espiritual)" de Eckhardt (Ulrich) Tolle, nos apresuramos a adquirirlo (10 euros, Gaia Ediciones, 2010). Conocer algo mejor los entresijos de la mente de la simpática actriz que ha decidido pasar el resto de su vida entre Antonio Banderas y sus períodos de desintoxicación merece la pena.

El libro no decepciona, desde luego. Este best seller (denominación que se consigue en EEUU escribiendo cualquier simpleza y que se traslada al cabo de unos meses o años -en este caso, el libro fue escrito en 2001- a Europa en una traducción que parece realizada por un estudiante de filología de segundo curso) es una colección de consejos para (tratar de) adquirir el control sobre el sufrimiento.

La clave de tal logro, si hemos entendido bien, es disfrutar del ahora, sin preocuparse por lo que se ha sido o se podrá ser, considerándonos como algo completo.

Para fundamentar este y otros postulados, Eckhardt recurre a lo que haga falta: "Una de las grandes comprensiones aportadas por la física moderna es la de la unidad entre el observador y lo observado: la persona que dirige el experimento -la conciencia observante- no puede separarse del fenómeno observado, y si miras de otra forma, el fenómeno observado se comportará de manera diferente"

Esta referencia elemental a la cuestión de la relatividad, teoría, como se sabe, abordada originalmente, no por Albert Einstein (1905) , sino por Jules Henry Poincaré y Hendrick A. Lorentz (1904), no aporta, en verdad, mucha enjundia, para reforzar las ideas de Eckhardt, un filósofo más bien de andar por casa que se cayó de su caballo particular cuando tenía 29 años y estaba en un tris de suicidarse. 

Más bien al contrario. Creemos que, si bien está el avanzar en el conocimiento de uno mismo, mediante la prospección y, sobre todo, por la vía catártica, aprendiendo a no dar importancia a lo que nos ha sucedido ni nos sucederá, lo que evitará agobiarnos, es imprescindible que algunos genios nos ayuden a entender mejor el cosmos.

Porque para entender lo que pasa alrededor, y poder disfrutar mejor de lo que tenemos a disposición, sin caer en un misticismo arrebatado propio de santones e iluminados, necesitamos que haya seres superiores entre nosotros, con muy amplios e innaccesibles (al resto) conocimientos de física, química física, matemáticas e ingeniería (entendida aquí como praxis de las anteriores ciencias), además de un buena base de filosofía para formar la coctelera.

Y es que, además de propugnar la alternativa de una vía beatífica válida para los más simples -a los que no despreciamos, en absoluto-, algunos -qué se le va a hacer- no cejamos en animar a que se mejore la educación de los que van a forma la vanguardia de nuestra sociedad, para que puedan explicarmos, siempre mejor, qué hacemos aquí, por qué razones, a cuénta de qué diantres.

Sobre los güebos de Rafael Correa y otras consideraciones ecuatorianas

Rafael Correa Delgado, presidente del Ecuador, es un tipo del que se dicen muchas cosas. Recientemente ha ocupado primeros lugares de la historieta del mundo porque estuvo a punto de ser asesinado en un intento de golpe de Estado y en el que se portó como quien no tiene miedo a morir, lo que merece siempre un respeto.

Su declarada amistad personal e ideológica con otro Presidente sudamericano, especialista éste en montar juegos de histrionismos propios de payaso en circo malo, ha difuminado en una nube de napalm bananero (que ahora es casi sinónimo de bolivariano) algunos tramos de su carrera política.

Los locatos, les dicen por allá sus opositores, a Chávez, a Correa y a Morales.

Pero merece la pena poner la lupa sobre las ideas de este tipo, Correa, economista educado en colegios de pago en los que disfrutó de becas por ser muy buen estudiante y que es poseedor de una fina pluma que hace circular por caireles de indudable interés; de ésos que escuecen y sacan hilillos de sangre -por ejemplo- a los que creen que neoliberalismo y cristianismo son tan uña y carne como pudieran serlo comunismo y utopía revolucionaria.

Correa y un equipo de fieles -esto último lo suponemos, pues tendrá mucho que hacer, al menos desde 2006 en que fue elegido Presidente del Ecuador- mantienen con cierta regularidad un blog, "Economía en bicicleta", en el que se pueden encontrar ciertas claves del ideario básico con el que dice actuar este mandatario de uno de los países más pobres del planeta.

Nacido en Guayaquil, -criadero natural de presidentes ecuatorianos- en 1963, Rafael Correa se mueve ideológicamente en la filosofía de la Teología de la Liberación y en la praxis del socialismo revolucionario, que tiene un referente lejano en su país en un presidente anterior, cuya muerte sigue envuelta en misterio, Jaime Roldós Aguilera.

Como profesor universitario y analista económico, tiene publicados libros, ensayos y reflexiones que merecen atención y, en general, respeto, y no debieran destinarse al saco roto en donde se acostumbra a arrojar lo que molesta, calificándolo temerariamente de "simples tonterías".

Hay tela que cortar en el asunto, nutrido de incógnitas, zancadillas, abrazos de oso, buenos propósitos, incumplimientos, medias verdades e intoxicaciones. Un traje para cada gusto, desde luego.

En primer lugar, habría que analizar la situación en que se encontró Correa cuando llegó a la presidencia de Ecuador y la naturaleza de los apoyos con los que contó para lograr su triunfo.

Ecuador era (y, por tanto, es, porque las cosas no se cambian de la noche a la mañana) un país empobrecido. Como en otros, los importantes recursos naturales propiciaron una historia de expolios y desencuentros entre el pueblo llano y los dominadores del cotarro. 

La democracia oficial no solucionó las cosas. Los últimos presidentes -se sucedieron ni más ni menos que ocho, desde 1997- siguieron combinando un elenco de incapaces políticos o mentales, que se auparon al poder, en no pocos casos, con el apoyo de las armas o el engaño de unas elecciones apañadas al gusto. En conjunto, parecen cortados por el mismo patrón: servidores de las élites económicas -que no culturales ni ideológicas-, a las que ellos mismos pertenecen orgullosamente. 

La línea de trabajo en política interior de tanto presidente depuesto, compuesto y repuesto, parecía ser, además, mantener como eje principal el dejar abiertas las puertas del país a las directrices e intereses de los Estados Unidos.

Ese colonialismo interno y externo no se traducía en la mejora de las infraestructuras ni en el avance significativo en los niveles de sanidad, educación o actividad económica, que se podían calificar de ínfimos. Por eso, los ecuatorianos emigra(ba)n a puñados; no había trabajo; el presidente Jamil Mahuad ya había confirmado antes del 2000 que el sucre no valía un chavo, abrazando el dólar como referencia y dando el permiso para crear las bases militares de Manta como tributo.

En España tenemos el reflejo de esa ola de miseria, tensiones políticas e inacción práctica que recorre, desde hace décadas, como un jinete apocalíptico, el país al que Rafael Correa quiere imponer un cambio radical.

No es cosa de convertir este Comentario en un alegato a favor de Correa y lanzar cohetes por el futuro del Ecuador, porque el escenario está plagado de claroscuros. Nos basta haber llamado la atención sobre algo que no es lo que algunos quieren que parezca.

El presidente Correa conoce bien su país y lo que pretende no puede juzgarse a la trágala como una locura; en otro lugar, podría ser criticado por desmesurado, utópico o incoherente.

En Ecuador, y en concreto, en este instante, debiera ser calificado como un proyecto con los pies bien asentados en su tierra...Y, tanto si el intento de golpe de Estado a Correa haya sido parte de un teatro, como si no, el presidente ha querido confirmar que tiene los güebos puestos en su sitio, lo que siempre atrae votos y simpatías. Así que, al tiempo.

Sobre los factores que disminuyen la eficacia de un grupo

La teoría de la eficacia grupal está bastante estudiada, así que iremos directamente al grano en la enumeración de lo que disminuye la capacidad de cualquier institución y, en especial, de un país (en donde la acumulación de los efectos negativos es mucho más aparente y, por tanto, relevante).

1. Capacidad de crítica destructiva ejercida permanentemente, y a todos los niveles

2. Inexistencia de autoridad admitida por el grupo (puede sustituirse por la dictatorial)

3. Discusiones sobre los temas relevantes abiertas de forma indefinida y mezclando opiniones técnicas serias con apreciaciones subjetivas e intuiciones

4. Incapacidad para seleccionar a los mejores, sustituyendo el mérito por otros factores (amiguismo, grupismo, nepotismo, aspecto estético, etc.)

5. Bolsas de corrupción no combatidas y, en especial, la sensación de corrupción generalizada como elemento intrínseco del sistema

6. Percepción de que la innovación se castiga con el fracaso y que el empresario es un mal social, un parásito, en tanto que el trabajador es la base de la sociedad, desconsiderando el valor insustituible de la empresa como un combinado excelso entre creatividad, eficacia, financiación y trabajo.

7. Falta de educación y formación suficiente, especialmente en los escalones más altos sociales, económicos, productivos, e incluso en los formativos.

8. Ausencia de valoración positiva por la colectividad de los principios éticos universales, sustituídos por otros relativos a la inmediatez del disfrute y el principio delquevengadetrásquearree.

9. Sustitución de la capacidad de negociación y asimilación de directrices por la imposición de los criterios del "jefe", al que se alaba por su camarilla como si fuera un dios incapaz de errar.

10. Falta de aprovechamiento de la capacidad productiva de todos y cada uno, en particular, de los jóvenes y de los más experimentados.

11. Desprecio hacia la norma, hacia lo construido en el pasado, y, en general, hacia lo que hacen los demás, considerando que lo propio es lo correcto, y lo mejor.

12. Desconocer las limitaciones y posibilidades personales, confundiendo la propia función y asumiendo responsabilidades y objetivos para los que no se está preparado ni capacitado.

Sobre cómo elegir el mejor blog en 20 minutos

Cada año, desde 2006, el periódico digital 20.minutos invita a los blogueros que escriben en español a participar en un concurso para elegir el mejor, teniendo en cuenta su clasificación en unas cuantas especialidades.

La participación, en esta quinta edición ha alcanzado los 5.012 cuadernos o bitácoras. El concurso consiste en premiar a aquellos blogs que obtengan la mayor cantidad de puntos, según la votación que harán los propios competidores.

Se trata de una oportunidad excelente para analizar varias cosas. Desde luego, el interés no está en conocer quién obtiene el mayor número de votos -en general, el resultado de un apaño de un grupito de jovenzuelos que inscriben varios blogs, sin pretensión de alimentarlos más que con algunas tonterías. y así poder votar a uno de sus amiguetes, aupándolo en la clasificación.

No. El interés mayor está en detectar cuáles son los mejores de aquellos blogs que no han obtenido ningún voto, o -quizá por casualidad- uno solo.

Hemos realizado el histograma con los resultados de las votaciones (es decir, detectando el número de blogs que han sido votados las mismas veces). El análisis es muy significativo.

1.395 blogs no han sido votados (entre ellos, éste, y El blog de Angel Arias)

1.447 blogs han obtenido 1 voto.

4.764 (95%) han sido votados por menos de 10 colegas.

10 blogs han obtenido 981 votos en total (21,8%); el ganador obtuvo 190 votos (el 3,8% de los votos)

Para nosotros, conscientes de la imposibilidad de analizar todos los blogs concursantes, la cuestión se redujo a detectar, de entre los que tenían cero votos, aquellos que, en nuestra opinión, tenían mejor calidad. Dedicamos 20 minutos, en referencia a la organización del concurso, en encontrarlos, para cada grupo.

Hubo agradables sorpresas.

Como curiosidad, hemos buceado también entre los más votados. No podemos decir que fueran blogs malos, pero su calidad no superaba, en general, -valorando corrección gramatical, regularidad de la alimentación del blog, antigüedad, variedad de contenidos- nuestra elección, realizada, como expresamos, entre los que no habían conseguido, hasta nuestra actuación simbólica, ningún voto en su categoría.

Como en años anteriores, volvemos a dar la enhorabuena a los que han obtenido cero votos en este singular concurso. Porque, en ocasiones como ésta, hay que considerar como mérito que nadie te quiera. Y pedimos perdón a los que obtuvieron, por nuestra culpa, un solo voto, porque también merecen estar con nosotros, los del cero.