Eutanasia y minería del carbón
Sobre la minería del carbón española se ha dicho demasiado, escrito mucho y desconocido u ocultado parte de lo sustancial, porque siempre fue presentado, según interesaba, un aspecto u otro de la cuestión. De esto se han beneficiado bastantes, y, por supuesto, no solamente los mineros; ni siquiera se puede decir que los mayores beneficios hayan sido para ellos, qué va.
Que la minería del carbón asturleonesa, transformada en caricatura de lo que fue, después de sucesivas reconversiones (léase, reducciones de personal) que la condujeron, desde la gloria a las miasmas, no tiene futuro rentable ni argumentos para su defensa por hipotético valor estratégico, es algo que tiene asumido todo el mundo: nuestro carbón es malo, de difícil extracción y, por tanto, muy caro y de explotación comparativamente peligrosa, en relación con alternativas de mercado. No hay, pues, porqué repetirlo.
Y que los mineros que aún quedan, convertidos en una suerte de especie en extinción que defiende su terruño a golpe de gritos y manifestaciones, con quema de neumáticos, petardazos y confrontaciones violentas -no importa si propias o surgidas de simpatizantes desestabilizadores- con las fuerzas del orden, arriesgan ver entendida su actitud como que no quieren abandonar un trabajo de Sísifos -¿extraer piedras inútiles, con riesgo de sus vidas, para qué?-, también se sabe o cree saber.
En estos días de junio de 2012, la cuestión minera ha resurgido -huelga indefinida, protestas, disturbios, etc- porque el Gobierno de España, al presentar los Presupuestos Generales del Estado, en los que recorta en 30.000 millones de euros las anteriores previsiones, aplica a la minería del carbón una reducción del 64% a las ayudas pactadas, que eran de 703 millones, dejándolas en 253 millones (1).
Los mineros del carbón siempre han metido mucho ruido para defender sus posiciones, y a muchos (no a ellos, no solo a ellos) han venido bien. Defender los puestos de trabajo de los mineros ha supuesto generación de riqueza y actividad para las cuencas asturleonesas, pero también para las jienenses, turolenses, onubenses, palentinas o catalanas. Con las subvenciones al carbón, se han hecho ricos algunos inteligentes y avispados empresarios y especuladores desde los despachos, que han aprovechado las oportunidades (de variadas formas), y han afilado sus dientes políticos varios sindicalistas y visionarios de dónde era conveniente poner más énfasis para sacar tajadas.
La historia reciente de la minería del carbón español es una combinación imperfecta de intereses económicos privados, de grupos de trabajadores organizados, detentadores de un trabajo duro, pero también mitificado (y bien remunerado comparativamente), de movilizaciones regionalistas más proclives al sentimentalismo y al apoyo incondicional que al análisis reposado, de una muy mala planificación energética, sin saber decidir entre autarquía y oportunidades y, sobre todo, es la manifestación de la absoluta incapacidad general para encontrar alternativas viables a los sectores no rentables.
A los mineros del carbón se les han mentido, porque, también para ellos, se acaba de ver que los pacta nec sunt servanda, son papel mojado, cuando hay que atender a intereses superiores. Pero el ruido de los mineros nos está impidiendo reconocer otros efectos aún más dañinos para la sociedad, de los que ellos padecen, y que nos vendría muy bien, ya que han conseguido llamar la atención, que los pusieran sobre el tapete.
Porque el problema que tenemos es que pesa más el alboroto de los mineros, trabajadores en empresas que no tienen viabilidad, al defender su puesto de trabajo (lo que es legítimo, desde luego), que la desorientación (traducida en silencios) de los millones de desempleados que no conocen cuál será su futuro, porque no tienen puesto de trabajo alguno o han perdido defintivamente el suyo.
El fracaso de la gestión minera es la ausencia de alternativas. Allí es donde hay que buscar, porque en ellas está el futuro de las cuencas asturleonesas y, en esa enseñanza, en ese modelo, el de toda España. La agonía de los trabajos mineros podrá durar más o menos tiempo, estar sometida a un eutanasia activa o pasiva, pero lo que necesitamos son nuevos sectores rentables, impulsos de aire fresco; no barricadas del no nos moverán, sino carreteras hacia el futuro, y ahí, sí, tenemos el problema colectivo.
Eso también nos lo están diciendo los mineros, y hay que escuchar, bajo los arreglos musicales y los solos virtuosos o los estropicios interpretativos, el fondo del mensaje, las notas principales de la sinfonía.
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(1) El desglose es el siguiente: 63% de reducción en las ayudas a explotaciones (pasan de 301 Mill € a 111 Mill €); 39% en infraestructuras (de 167 Mill € a 102 Mill €);77% en proyectos empresariales (de 167 a 39); 96% en formación y becas (de 56 a 2); y 100% en seguridad minera (de 12 a 0).
2 comentarios
Angel Arias -
adoracion abella -