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Al Socaire de El blog de Angel Arias

¿Hacia dónde han ido los optimistas?

Cierto que ni la situación propia ni las noticias que vienen de fuera animan a tocar tambor ni castañuelas, pero es necesario preguntarse dónde se han refugiado los optimistas que, si la sabiduría sicológica los ha conseguido definir correctamente, serían aquellos que enfocan los problemas de la vida con resolución, conscientes de que aplicando ilusión, conocimiento y esfuerzo, se conseguirá resolverlos o, en todo caso, disminuir a lo soportable sus efectos negativos.

Hemos estado confundiendo a los optimistas con aquellos que negaban la existencia del problema o que disminuían su importancia, apuntando hacia otros lados. Confundidos por esas señales, hemos consumido por más valor de lo que ganábamos -e incluso de lo que necesitábamos, dilapidando recursos- y hemos descuidado la preparación de las reservas en nuestra bodega para los años peores.

Es casi seguro que, entretenidos los de más abajo de esa cadena alimentaria de despropósitos, en satisfacer su voracidad -con las sobras-, se haya dejado el campo abierto a quienes, con mayor conocimiento y medios de las oportunidades verdaderas, han mejorado sus posiciones, acumulado beneficios que han situado en lugares seguros y, en fin, generado o potenciado un marco de corrupción, de mentiras, de falsos negocios, de informaciones trucadas.

No es a los falsos optimistas -en realidad, propiamente, falsarios- a los que dedicamos esta reflexión. Queremos apelar a aquellos que, desde el realismo -la forma útil del optimismo constructivo- serían capaces de entender la situación (ésta, no otra; no necesitamos análisis académicos de rutina), encontrar sus puntos fuertes (y débiles) y estimular con sus ideas la capacidad de ponernos a todos los demás a trabajar, y sacarnos adelante, llevándonos a un lugar menos embarrado.

La situación de partida no es totalmente negativa, por supuesto. Tiene muchos elementos de anclaje, sólidos, que han de servirnos para actuar de fulcro o punto de apoyo con el que catapultarnos a lugares más ventajosos.

Tenemos una estructura productiva cuya rentabilidad es imprescindible mantener: inversiones en equipos, maquinaria, tecnología, que ni son obsoletas ni se encuentran amortizadas. Pero, y sobre todo, tenemos una formación, una capacidad, unas ganas de trabajar y ser útiles que hay que potenciar, canalizar y rentabilizar en beneficio de todos.

Hay algo en las formas de la política española actual -hoy es 14 de diciembre de 2011- que ha cambiado y para bien. Han amainado las críticas frontales y los portavoces de los diferentes partidos políticos apuntan más hacia la colaboración, cuando no al consenso. Es muy positivo, en este sentido, la constatación del carácter sereno, prudente, conciliador, de quien será próximo presidente de Gobierno, Mariano Rajoy; sus colabodores inmediatos han bajado también el nivel de tensión, y es de agradecer.

Pero no basta. Hay que llamar al escenario a los optimistas. A esas personas, en gran parte desconocidas en el panorama político, que no han tenido oportunidad de manifestarse hasta ahora, ni se les ha preguntado o escuchado su opinión, y que poseen el conocimiento para detectar soluciones.

Sí, esos optimistas a los que debemos rescatar, son los realistas; eran caracterizados como pesimistas cuando advertían de la necesidad de contener los despilfarros, priorizar las inversiones, concentrar esfuerzos en tecnologías de mayor valor añadido, evitar duplicidades y redundacias improductivas, reducir el número de funcionarios y revisar sus fórmulas de contratación, obligar a reinvertir parte de los beneficios empresariales, controlar las grandes fortunas, limitar los salarios desmesurados, perseguir el fraude, agilizar la justicia, apoyar la exportación de productos con mayor valor añadido, ...

Andan por ahí, pero son muy fáciles de detectar. No hay más que preguntar a sus compañeros de trabajo, analizar sus trayectorias profesionales, oir sin apasionamientos ni vicios a priori sus propuestas. Y ponernos a trabajar junto a ellos, apoyándolos. La política general lo agradecerá de inmediato.

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